Hacia la unión con Dios

Archive for 25 octubre 2010

Ciclo C, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 25, 2010

¿De qué sirve orar?

 

Es posible que alguna vez nos hayamos hecho esta pregunta. Y quizá hayamos añadido: «Ya llevo tanto tiempo rezando y…, nada he conseguido». Las lecturas de hoy nos enseñan los errores que hacen que nuestra oración no sea eficaz y, por lo tanto, las características de la oración que logra todo lo que desea.

Como se sabe, en el Antiguo Testamento, levantar las manos equivalía a orar; y eso fue lo que hizo Moisés: rezaba al Señor para que su pueblo obtuviese la victoria, y así sucedía; dejaba de orar y eran vencidos…

Este hecho tiene una enseñanza intrínseca: si nos cansamos de orar, no lograremos lo que anhelamos.

Lo mismo le sucedió a la viuda que acudía al juez para pedirle que le hiciera justicia contra su adversario: tanto insistió, que consiguió lo que deseaba.

La primera característica de una oración eficaz es, pues, la constancia, la perseverancia en la oración. ¡Cuántas veces nos desanimamos porque no se nos da pronto lo que pedimos! Por eso mismo es que no lo alcanzamos.

La segunda es la confianza. Jesús nos lo enseña en el Evangelio de hoy; dijo: «¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos, si claman a él día y noche? Somos sus elegidos; es más: somos sus hijos; ¿cómo nos va a negar algo?

Quizá lo que ocurre es que no acabamos de creer que Él nos ame tanto; de otra manera no se puede explicar nuestra falta de confianza. Si miramos un crucifijo descubriremos que ese sufrimiento solo lo pudo padecer alguien que nos amaba mucho: llegó hasta el extremo. ¿Cómo dudar de su amor? ¿Cómo no confiar en Él, si nos salvó con su dolor?

Ahora que lo sabemos, hagamos lo que le recomienda san Pablo a Timoteo: Quédate con lo que has aprendido de las Sagradas Escrituras. Esa es la sabiduría que lleva a la salvación. En esas mismas Escrituras aprendimos que Jesús murió por amor a nosotros, y que con ese mismo amor nos escucha siempre.

Pero —como dijo Jesús—, cuando Él vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra?».

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Acto de humildad*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2010

Acto de humildad

Dios mío, mi soberano Amor, mi todo: yo que soy nada de nada, que nada tengo de virtud, de fidelidad, de correspondencia a tus gracias, de gratitud…, nada, en fin, de bueno; desde el profundo abismo de mi miseria recurro al abismo de tu misericordia, implorando de ella la gracia de poderte conocer y hacer que otros conozcan, de poderte amar y hacer que otros te amen, de poderte servir y hacer que otros te sirvan, de la manera más perfecta que le sea posible a una pobre criatura, para tu mayor gloria.

Voto de humildad

Dios mío, grandeza infinita: yo, pequeño átomo de miseria, desde el abismo profundo de mi nada me ofrezco, me consagro, me abandono del todo a ti; Dios mío confieso y reconozco que Tú eres el que eres, infinitamente grande, infinitamente poderoso, infinitamente bueno e infinitamente perfecto en todos tus divinos atributos; y yo soy el que no es, esto es, una nada culpable y una miseria pecaminosa. Gran Dios de misericordia, Tú te has dignado mirar a esta pequeña nada, y le has dado el ser racional, la has colmado de gracias que Tú sólo puedes enumerar. Dios mío, para honrar tu infinita misericordia te hago voto de humildad:

– No me quejaré nunca interior ni exteriormente de cualquier tratamiento que reciba, sea de Dios, sea de las criaturas racionales o irracionales. A la nada nada le es debido y no se queja nunca.

– No hablaré de mí mismo sino por obediencia o caridad (nunca por satisfacerme ni por ningún fin humano): por obediencia, cuando los superiores lo quieran o lo deseen; y por caridad, cuando pueda ayudar al prójimo.

– Me pondré en espíritu bajo los pies de todos con la convicción de que soy menos que nada; y con los hechos, haciéndome —cuanto pueda— el siervo de todos, cuando no me lo impida la intención de la obediencia o la práctica de mis deberes.

– Seré feliz y saltaré de alegría al poder, en las ocasiones que mi Dios me presente, probarle mi amor triturando el mío propio.

¡Oh Dios mío, concédeme hacerlo siempre con creciente generosidad!

Decálogo de la humildad

1. No eres nada, eres menos que nada, porque eres una miseria culpable y una nada pecadora.

2. Por ti mismo no puedes nada; sólo puedes una cosa: ofenderme abusando de mis gracias, y prepararte una eterna condenación.

3. Tú no mereces nada: la nada no juzga nada, no dice nada, no pide nada ni se lamenta de nada.

4. La nada se contenta con todo porque la nada no se merece nada, no pide nada ni se lamenta de nada.

5. La nada no pretende que otros se ocupen de ella, y cuando los superiores lo hacen por caridad, se sumerge o se sepulta en el abismo de su indignidad.

6. Te has de considerar como un trapo, pero no como un trapo limpio, que tantas veces aún se estima porque sirve para enjugar; sino como uno sucio, que solo mirarlo da asco, y que no se toca nunca con las manos, sino que se empuja con los pies o que se coge sólo con las puntas de los dedos para no mancharse. Así es como debes considerarte en comunidad para estar en tu puesto.

7. Debes estar siempre sumergido en el abismo de la consideración de tu nada y estimarte indigna de todo aquello que se te da.

8. No te opongas a nada de aquello que el Amor quiera hacer de ti; aunque Yo te conceda grandes gracias, recíbelas con humildad. Así es como has de hacer tú: esconderte cada vez más en la vida interior. Por fuera, la vida común; puntual sí, pero nada extraordinario; pero en el interior todo extraordinario: empezando por la caridad; después, la humildad; y después, la mortificación.

9. Déjate arrebatar por el Amor, cuando le plazca sacarte de la tierra de tus miserias para colocarte en la corona de gloria de mi dulcísimo Corazón para toda la eternidad. Imita a los ángeles que ayudan mucho a los hombres y sin embargo no se dejan ver ni oír.

10. Finalmente, mientras permanezcas abismado en tu nada, lo cual te atraerá muchas gracias, seré siempre para ti un Dios de bondad, un Dios de misericordia, un Dios de amor. Mas el día en que te ensoberbecieres, Yo sería entonces para ti un Dios de justicia. Te lo digo, no para asustarte, sino para avisarte, porque te amo mucho.

Si tú practicas la humildad, hallarás la paz; si la practicas más, también hallarás más paz; y si tú no vives ni respiras más que humildad, serás perseguida por mi amor, por mis predilecciones, por mis favores, más de lo que podría serlo un ladrón buscado por la policía.

Alma mía, yo quisiera poderte llamar «Mi Humildad», y lo lograré si eres fiel al amor.

 

 (De Jesús a sor Benigna Consolata Ferrero)

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Letanías de la humildad*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 20, 2010

Oh, Jesús, manso y humilde corazón,                            acógeme

Del deseo de ser estimado,                                                 líbrame, Jesús
Del deseo de ser amado,                                                      líbrame, Jesús
Del deseo de ser buscado,                                                   líbrame, Jesús
Del deseo de ser honrado,                                                  líbrame, Jesús
Del deseo de ser loado,                                                        líbrame, Jesús
Del deseo de ser preferido,                                                líbrame, Jesús
Del deseo de ser consultado,                                             líbrame, Jesús
Del deseo de ser aprobado,                                                líbrame, Jesús

Del temor de ser humillado,                                              líbrame, Jesús
Del temor de ser despreciado,                                          líbrame, Jesús
Del temor de ser refutado,                                                 líbrame, Jesús
Del temor de ser calumniado,                                           líbrame, Jesús
Del temor de ser olvidado,                                                 líbrame, Jesús
Del temor de ser burlado,                                                   líbrame, Jesús
Del temor de ser abandonado,                                          líbrame, Jesús

Que otros sean en todo preferidos y yo sea pospuesto, dame la gracia de quererlo, Oh Jesús

Que otros sean más amados que yo, dame la gracia de quererlo, Oh Jesús

Que otros crezcan para el mundo y yo disminuya, dame la gracia de quererlo, Oh Jesús

Que otros sean loados y yo sea olvidado, dame la gracia de quererlo, Oh Jesús

Que otros sean amados y yo abandonado, dame la gracia de quererlo, Oh Jesús

Que otros sean consolados y yo sufra sólo contigo, dame la gracia de quererlo, Oh Jesús

Que otros sean más santos que yo con tal de que yo sea lo que tú quieres, dame la gracia de quererlo, Oh Jesús

El conocimiento de mi nada,                                                                   concédeme oh Jesús
La perpetúa memoria de mis pecados,                                                concédeme, oh Jesús
El aborrecimiento de toda vanidad,                                                      concédeme, oh Jesús
La pura intención de servir a Dios,                                                       concédeme, oh Jesús
La perfecta sumisión al querer de Dios,                                              concédeme, oh Jesús
El verdadero espíritu de compunción,                                                 concédeme, oh Jesús
La obediencia sin reserva a los superiores,                                        concédeme, oh Jesús
El odio santo de toda envidia y celos,                                                    concédeme, oh Jesús
La rapidez en el perdón de las ofensas,                                                concédeme, oh Jesús
La prudencia de callar las cosas de otras personas,                        concédeme, oh Jesús
La paz y la caridad con todos,                                                                  concédeme, oh Jesús
La ardiente llama del desprecio y de las humillaciones y de ser
tratado como tú y la gracia de acoger esto santamente,                concédeme, oh Jesús

Oh, María Reina Madre, maestra de la humildad,                           ruega por mí

Oración: Oh Dios, que resistes a los soberbios y das la gracia a los humildes, concédeme la virtud de la verdadera humildad, de quien tu Unigénito se mostró fiel; que, a ejemplo suyo, no provoque tu indignación exaltando mi orgullo, más bien sometiéndome humildemente pueda recibir los dones de tu gracia. Así sea

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Ciclo C, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 19, 2010

‘Levántate y vete; tu fe te ha salvado’

 

¡Cuánto nos gusta la gente agradecida! ¡Qué virtud tan bella la gratitud! Pero cuánta falta nos hace. A veces, ni siquiera le damos gracias a Dios por lo que somos y recibimos. Preguntémonos, por ejemplo: ¿Hemos agradecido a Dios la vida que nos dio?… ¿Y tantas otras cosas que hemos recibido de su amor?

A veces podemos actuar como lo hicieron los nueve leprosos del Evangelio: ninguno le agradeció a Dios su curación; solo uno de los curados supo regresar a dar gracias… Es que, a veces, la alegría que produce el bienestar hace que nos olvidemos de la gratitud. Y no solo eso: hasta creemos que recibir esos regalos de Dios es «lo normal», pues Dios es el dueño de todo y de todos, es capaz de darnos salud, trabajo, amor, bienestar, bienes…

En la primera lectura se nos cuenta que hasta Naamán, que no era del pueblo de Dios, decide ofrecer acciones de gracias solemnemente a Dios, porque lo curó.

Pensemos: ¿No es grande la cantidad de beneficios que recibimos de Dios?

El regalo (no merecimiento) más grande que, en promesa, hemos recibido es el Cielo: para llegar allá a ser infinitamente felices por toda la eternidad basta cumplir los preceptos de Dios y, si fallamos, confesarnos.

Si queremos ser agradecidos, seámoslo sobre todo con este maravilloso obsequio: como nos sugiere san Pablo en la segunda lectura, acordémonos de Cristo Jesús, descendiente de David y resucitado de entre los muertos, que soportó tanto sufrimiento para reabrirnos las puertas del Cielo.

Muchos han sido capaces de llegar hasta el martirio por agradecimiento a Dios. ¿Hasta dónde podríamos llegar nosotros?

San Pablo nos dice hoy que por eso sufre hasta llevar cadenas. Pero también afirma que si morimos con Él, también viviremos con Él; si sufrimos con Él, también reinaremos con Él.

Si lo hacemos, quizás oigamos un día las palabras que oyó el leproso: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado» ¡Qué alegría más grande sería esa!

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¿Adán y Eva o la teoría de la evolución?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2010

Se ha suscitado una polémica grande acerca del origen del hombre: hay quienes defienden la idea de que el ser humano es producto de la evolución y de que, por lo tanto, varios individuos dieron ese formidable paso del mono al hombre simultáneamente; otros, por el contrario, creen en la narración bíblica que afirma que fue en una sola pareja -Adán y Eva- en la que hizo patente el cambio.

El genetista especializado en estudio de poblaciones Luigi Lucca Cavally-fforza, de la universidad de Stanfford, explica algo que tiene gran trascendencia en el estudio de la génesis del hombre:

Está genéticamente bien establecido el momento exacto del origen de un nuevo ser humano: se da al unirse los núcleos de los dos gametos (el óvulo y el espermatozoide). En ese momento, el ácido desoxirribonucléico (ADN) contenido en los 23 cromosomas del espermatozoide se une al ADN de los 23 cromosomas del óvulo. Ese ADN interviene en la construcción de nuestro organismo durante el crecimiento. Este nuevo ser humano, con 46 cromosomas que contienen toda la información genética requerida para formar a un adulto con sus características particulares se llama cigoto. El ADN está constituido por bases, y se sabe que en este ADN hay 3.000’000000 de pares de bases

Lo anterior es conocido por muchos, pero permanece muy olvidado un aspecto particular: mientras que del espermatozoide solo se usa su núcleo para la formación del cigoto, del óvulo se usan todas sus partes: núcleo, citoplasma y membrana celular. En el citoplasma femenino se encuentran unos organitos encargados de la respiración celular llamados mitocondrias, en donde hay unos pequeños trozos circulares de ADN, que se encargan de suministrar energía para el metabolismo celular (conjunto de reacciones químicas que efectúan constantemente las células de los seres vivos). A este se le llama el ADN mitocondrial, y tiene únicamente 16.500 pares de bases.

El ADN mitocondrial femenino se hereda de generación en generación solamente por línea materna.

Al compilar los estudios de las poblaciones en África, el doctor Cavally-fforza ha encontrado esa transmisión lineal femenina, y ha visto que las mutaciones (alteraciones producidas en la estructura o en el número de los genes o de los cromosomas) que se producen son menores en cualquier parte del mundo que en África, lo que sugiere que el linaje humano es más antiguo en ese continente. Además, la investigación ha revelado que las divergencias observadas son relativamente escasas, de apenas un 0,5 %.

Analizado esto con profundidad se llega a la conclusión lógica de que existió un antepasado común a todos los humanos y, por lo tanto, de que la raza humana proviene de una sola pareja.

Hoy son pocos los que todavía afirman que la primera mujer es resultado de un proceso evolutivo: basta mirar las gigantescas diferencias entre el homo sapiens y el homo erectus, su antecesor más inmediato, según los especialistas.

Y, lo que es más admirable aún, en ningún estudio genético se ve el menor rastro de material más antiguo que debería corresponder al homo erectus. Esto descarta la idea de que se hubiera producido un mestizaje entre el homo erectus y el ser humano, especie que la reemplazó completamente.

Este estudio genético de las mitocondrias del óvulo está consignado en varios artículos de varios genetistas reconocidos en el mundo entero, y ya lo llaman la “Eva mitocondrial”.

Ya que no hay datos que nieguen esta aseveración, sino que, por el contrario, varios estudios genéticos lo corroboran, cada día crece el número de científicos que tienen la certeza de que la especie humana nació de una pareja.

   

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Ciclo C, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 11, 2010

¿De verdad tenemos fe?

 

Quizá algún día hayan sido nuestras las palabras de Habacuc: ¿Hasta cuándo, Dios mío, te pediré socorro sin que Tú me hagas caso? ¿Por qué me obligas a ver la injusticia? ¿Acaso tus ojos soportan la opresión? Sólo observo robos y atropello, y no hay más que querellas y altercados…

Dios le respondió a él, diciendo: «El que vacila nunca contará con mi favor, el justo sí vivirá por su fidelidad».

Por eso nunca debemos vacilar en nuestra fe; por eso debemos ser fieles, y creer en Él, que nos amó hasta dar su vida por nuestra felicidad, derramando hasta la última gota de su santísima Sangre…

Él nunca nos faltará en los momentos de necesidad; y, si parece que lo hace, es para que nosotros nos beneficiemos en algo que no alcanzamos a ver. Él ve las situaciones de nuestra vida con un telescopio de largo alcance; nosotros, con microscopio: así, situaciones que parecerían beneficiosas resultan desastrosas a largo plazo; y al revés. Solo Dios sabe cuánto provecho nos hará cualquier situación en la que nos encontremos, por mala que parezca.

San Pablo nos invita hoy a que reavivemos el don que recibimos en el Bautismo, «porque Dios no nos dio un espíritu de timidez, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de buen juicio», sostenidos por la fuerza de Dios.

Los apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Hagamos nosotros lo mismo, con constancia, y llegaremos a tenerla —como dijo Jesús— más grande que un granito de mostaza: no solo le diremos a un árbol: Arráncate y plántate en el mar, y el árbol nos obedecerá, sino que haremos mayores milagros.

Eso fue lo que hicieron los ya innumerables santos: ¡milagros! La fuerza y el poder de Dios no se han debilitado: lo que faltan son mujeres y hombres de fe.

Y cuando hayamos hecho todo lo que se nos haya mandado, digamos como los santos: «Somos simplemente servidores; no hemos hecho sino lo que teníamos que hacer, lo que era nuestro deber».

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El tesoro escondido de la Santa Misa*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 8, 2010

San Leonardo de Porto-Maurizio

(1676-1751)

Franciscano genovés, nacido en Porto Maurizio (hoy Imperia), gran misionero popular, propagador del Via Crucis y predicador incansable de Jesús Crucificado.

Celebraba siempre la Santa Misa con cilicio y en memoria de los siete dolores de la Santísima Virgen llevó por toda la vida una cruz con siete puntas sobre el pecho.

Su apostolado fueron las misiones populares, a las que llamaba “campañas contra el infierno”: en 44 años de misionero recorrió con los pies descalzos, sin sandalias, todos los caminos de la Italia del Norte y Central, predicando 339 misiones y erigiendo 576 viacrucis o “baterías contra el infierno”.

Este “gran cazador del paraíso” —como le llamaba su amigo el papa Benedicto XIV—murió al clausurar una misión, como anhelaba en uno de sus propósitos: “Deseo morir en misión con la espada en la mano contra el infierno”.

Beatificado en 1796 por Pío VI y canonizado en 1867 por Pío IX, Pío XI lo nombró en 1923 patrono de los sacerdotes dedicados a las misiones populares.

Festividad: 26 de noviembre.

CAPÍTULO

EXCELENCIA, NECESIDAD Y UTILIDADES
DE LA SANTA
MISA

 

Antes de principiar te diré que este Santo Sacrificio se llama Misa, esto es, enviada, porque representa la legación que media entre Dios y el hombre; pues Dios envía a su Hijo al altar, y de aquí la Iglesia le envía a su Eter­no Padre para que interceda por los pecadores. (SAN BUENAVENTURA. In exp. Miss.).

 

1. Mucha paciencia se necesita para tole­rar el contagioso lenguaje de algunos liber­tinos que con frecuencia se atreven a difun­dir proposiciones escandalosas, que tienen sabor de muy pronunciado ateísmo, y son un veneno para la piedad cristiana.

“Una Misa más o menos, dicen, poco im­porta”.

“Ya no es tan poca cosa oír la Misa los días de obligación”.

“La Misa de tal sacerdote es una Misa de Semana Santa: y cuando lo veo acercarse al altar escapo de la iglesia”.

Los que así se expresan dan bien a entender que en poco, mejor dicho, que en nada apre­cian el adorable sacrificio de la Misa. ¿Sabes, querido lector, lo que es en realidad la Santa Misa? Es el sol del mundo cristiano, el alma de la fe, el centro de la Religión católica, ha­cia el cual convergen todos los ritos, todas las ceremonias y todos los Sacramentos; en una palabra, es el compendio de todo lo bueno, de todo lo bello que hay en la Iglesia de Dios. Medita, pues, atentamente, piadoso lector, lo que voy a decirte en estas páginas para tu instrucción.

Artículo I

EXCELENCIA DEL SANTO SACRIFICIO

DE LA MISA

2. Es una verdad incontestable, que todas las religiones que existieron desde el principio del mundo establecieron algún sacrificio que constituyó la parte esencial del culto debido a Dios: empero, como sus leyes eran o viciosas o imperfectas, también los sacrificios que prescribían participaban de sus vicios o de sus imperfecciones. Nada más vano que los sacrificios de los idólatras, y por consiguiente no hay necesidad de mencionarlos. En cuanto a los de los hebreos, aun cuando profesaban entonces la verdadera Religión, eran también pobres e imperfectos, pues sólo consistían en figuras: Infirma et egena elementa[1], según expresión del Apóstol San Pablo, porque no podían borrar los pecados ni conferir la divina gracia.

El sacrificio, pues, que poseemos en nuestra Santa Religión es el de la Santa Misa, el único sacrificio santo y de todo punto perfecto. Por medio de él todos los fieles pueden hon­rar dignamente a Dios, reconociendo su dominio soberano sobre nosotros, y protestando al mismo tiempo su propia nada. Por esta razón el santo rey David le llama Sacrificium iustitiae[2]), sacrificio de justicia, no sólo porque contiene al Justo por excelencia y al Santo de los Santos, o mejor dicho, a la Jus­ticia y Santidad por esencia, sino porque san­tifica las almas por la infusión de la gracia y por la abundancia de dones celestiales que les comunica. Siendo, pues, este augusto Sacrificio el más venerable y excelente de todos, y a fin de que te formes la sublime idea que debes tener de un tesoro tan precioso, vamos a explicar sucintamente algunas de sus divinas excelencias, porque para expli­carlas todas se necesitaba otra inteligencia superior a la nuestra.

§ 1. El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz

 

3. La principal excelencia del santo sacri­ficio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calva­rio, con esta sola diferencia: que el sacrifi­cio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en par­ticular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo. De esta manera, el sacrificio san­griento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salva­dor; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos. La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: “Vidi (…) agnum stantem tam­quam occisum”[3].

En el día de Navidad la Iglesia nos repre­senta el Nacimiento del Salvador; sin embar­go, no es cierto que nazca en este día cada año. En el día de la Ascensión y Pentecostés, la misma Iglesia nos representa a Jesucristo subiendo a los cielos y al Espíritu Santo ba­jando a la tierra; sin embargo, no es verdad que en todos los años y en igual día se renueve la Ascensión de Jesucristo al cielo, ni la venida visible del Espíritu Santo sobre la tierra. Todo esto es enteramente distinto del misterio que se verifica sobre el altar, en donde se renueva realmente, aunque de una manera incruenta, el mismo sacrificio que se realizó sobre la cruz con efusión de sangre. El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, el mismo es el que al presente se ofrece en la Misa.

Ésta es la obra de nuestra Redención, que continúa en su ejecución, como dice la Igle­sia: Opus nostrae redemptionis exercetur[4]. Sí, exercetur; se ofrece hoy sobre los altares el mismo sacrificio que se consumó sobre la cruz. 

¡Oh, qué maravilla! Pues dime por favor. Si cuando te diriges a la iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan arrogante? Si la Magdalena al dirigir sus pasos al Calvario se hubiese prosternado al pie de la cruz, estando enga­lanada y llena de perfumes, como cuando de­seaba brillar a los ojos de sus amantes, ¿qué se hubiera pensado de ella? Pues bien; ¿qué se dirá de ti que vas a la Santa Misa ador­nado como para un baile? ¿Y qué será si vas a profanar un acto tan santo con miradas y señas indecentes, con palabras inútiles y en­cuentros culpables y sacrílegos? Yo digo que la iniquidad es un mal en todo tiempo y lu­gar; pero los pecados que se cometen durante la celebración del santo sacrificio de la Misa y en presencia de los altares, son pecados que atraen sobre sus autores la maldición del Señor: Maledictus qui facit opus Domini fraudulenter[5]. Medítalo atentamente mientras que te manifiesto otras maravillas y ex­celencias de tan precioso tesoro.

§ 2. El santo sacrificio de la Misa tiene por principal sacerdote al mismo Jesucristo. Funciones del celebrante y de los asistentes

 

4. Imposible parece poderse hallar una prerrogativa más excelente del sacrificio de la Misa, que el poderse decir de él que es, no sólo la copia, sino también el verdadero y exacto original del sacrificio de la cruz; y, sin embargo, lo que lo realza más todavía, es que tiene por sacerdote un Dios hecho hombre. Es indudable que en un sacrificio hay tres cosas que considerar: el sacerdote que lo ofrece, la Víctima que ofrece, y la majestad de Aquél a quien se ofrece. He aquí, pues, el maravilloso conjunto que nos presenta el santo sacrificio de la Misa bajo estos tres puntos de vista. El sacerdote que lo ofrece es un Hombre-Dios, Jesucristo; la víctima ofre­cida es la vida de un Dios, y aquél a quien se ofrece no es otro que Dios. Aviva, pues, tu fe, y reconoce en el sacerdote celebrante la adorable persona de Nuestro Señor Jesucris­to. Él es el primer sacrificador, no solamen­te por haber instituido este sacrificio y porque le comunica toda su eficacia en virtud de sus méritos infinitos, sino también porque, en cada Misa, Él mismo se digna conver­tir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima. Ve, pues, cómo el privilegio más augusto de la Santa Misa es el tener por sacer­dote a un Dios hecho hombre. Cuando consi­deres al sacerdote en el altar, ten presente que su dignidad principal consiste en ser el ministro de este Sacerdote invisible y eterno, nuestro Redentor. De aquí resulta que el sa­crificio de la Misa no deja de ser agradable a Dios, cualquiera que sea la indignidad del sacerdote que celebra, puesto que el principal sacrificador es Jesucristo Nuestro Señor, y el sacerdote visible no es más que su humilde ministro. Así como el que da limosna por mano de uno de sus servidores es considerado justamente como el donante principal; y aun cuando el servidor sea un pérfido y un malvado, siendo el señor un hombre justo, su limosna no deja de ser meritoria y santa.

¡Bendita sea eternamente la misericordia de nuestro Dios por habernos dado un sacer­dote santo, santísimo, que ofrece al Eterno Padre este Divino Sacrificio en todos los paí­ses, puesto que la luz de la fe ilumina hoy al mundo entero! Sí, en todo tiempo, todos los días y a todas horas; porque el sol no se oculta a nuestra vista sino para alumbrar a otros puntos del globo; a todas horas, por consiguiente, este Sacerdote santo ofrece a su Eterno Padre su Cuerpo, su Sangre, su Alma, a sí mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se celebren en todo el uni­verso. ¡Oh, qué inmenso y precioso tesoro! ¡Qué mina de riquezas inestimables poseemos en la Iglesia de Dios! ¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos asistir a todas esas Misas! ¡Qué capital de méritos adquiriríamos! ¡Qué co­secha de gracias recogeríamos durante nues­tra vida, y qué inmensidad de gloria para la eternidad, asistiendo con fervor a tantos y tan Santos Sacrificios!

5. Pero ¿qué digo, asistiendo? Los que oyen la Santa Misa, no solamente desempe­ñan el oficio de asistentes, sino también el de oferentes; así que con razón se les puede llamar sacerdotes: Fecisti nos Deo nostro regnum, et sacerdotes[6]. El celebrante es, en cierto modo, el ministro público de la Iglesia, pues obra en nombre de todos: es el media­dor de los fieles, y particularmente de los que asisten a la Santa Misa, para con el Sacer­dote invisible, que es Jesucristo Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno, en nombre de todos y en el suyo, el precio infinito de la redención del género humano. Sin embargo, no está solo en el ejercicio de este augusto misterio; con él concurren a ofrecer el sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa. Por eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice: Orate, fratres: “Orad, hermanos, para que mi sacri­ficio, que también es el vuestro, sea agradable a Dios Padre todopoderoso”. Por estas palabras nos da a entender que, aun cuando él desempeña en el altar el principal papel de ministro visible, no obstante todos los presentes hacen con él la ofrenda de la Víctima Santa.

Así, pues, cuando asistes a la Misa, desem­peñas en cierto sentido las funciones de sacer­dote. ¿Qué dices ahora? ¿Te atreverás todavía de aquí en adelante a oír la Santa Misa sentado desde el principio hasta el fin, char­lando, mirando a todas partes, o quizás medio dormido, satisfecho con pronunciar bien o mal algunas oraciones vocales, sin fijar la atención en que desempeñas el tremendo mi­nisterio de sacerdote? ¡Ah! Yo no puedo menos de exclamar: ¡Oh, mundo ignorante, que nada comprendes de misterios tan subli­mes! ¡Cómo es posible estar al pie de los altares con el espíritu distraído y el corazón disipado, cuando los Ángeles están allí tem­blando de respeto y poseídos de un santo temor a vista de los efectos de una obra tan asombrosa!

§ 3. El sacrificio de la Misa es el prodigio más asombroso de cuantos ha hecho la Omnipotencia divina

6. ¿Te admirarás acaso al oírme decir que la Santa Misa es una obra asombrosa? ¡Ah! ¿Tan poca cosa es a tus ojos la maravilla que se verifica a la palabra de un simple sacerdote? ¿Qué lengua de hombres, ni aun de ángeles, podrá explicar jamás un poder tan ilimitado? ¿Quién hubiera podido conce­bir que la voz de un hombre, que ni aun pue­de sin algún esfuerzo levantar una paja, de­bería estar por gracia, dotada de una fuerza tan prodigiosa que obligase al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra? Éste es un poder mucho mayor que el de trasladar los montes de un lugar a otro, secar el Océano, o dete­ner el curso de los astros. Éste es un poder que de algún modo rivaliza con aquel primer Fiat, por medio del cual sacó Dios el mundo de la nada y que parece aventajar, en cierto sentido, al otro Fiat, por el cual la Santísima Virgen recibió en su seno al Verbo Eterno. Con efecto, la Santísima Virgen no hizo más que suministrar la materia para el Cuerpo del Salvador, que fue formado de su substancia, es decir, de su preciosísima sangre, pero no por medio de Ella, ni de su operación; mientras que la voz del sacerdote, en cuanto obra como instrumento de Nuestro Señor Jesucristo, en el acto de la consagración reproduce de una manera admirable al Hombre-Dios, bajo las especies sacramentales, y esto tantas cuantas veces consagra.

El Beato Juan el Bueno de Mantua con un milagro hizo conocer en cierto día esta verdad a un ermitaño, compañero suyo. No podía éste comprender que la palabra del sacerdote fuese bastante poderosa para con­vertir la substancia del pan y del vino, en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucris­to; y, lo que aún es más lamentable, cedió a las sugestiones del demonio. Tan pronto el venerable Siervo de Dios se apercibió del gravísimo error de su compañero, lo condujo cerca de una fuente, de la que sacó un poco de agua, que le hizo tomar. El ermitaño, des­pués de haberla bebido, declaró que jamás había gustado un vino tan delicado. Pues bien, le dijo entonces el Siervo de Dios, ¿veis lo que significa este prodigio? Si por mi mediación, y eso que no soy más que un mi­serable mortal, la virtud divina ha mudado el agua en vino, ¿con cuánta mayor razón de­béis creer que por medio de las palabras del sacerdote, que son las palabras del mismo Dios, el pan y el vino se convierten en el Cuer­po y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Quién, pues, se atreverá a fijar límites a la omnipotencia de Dios? Esto bastó para ilustrar a aquel afligido solitario, quien, alejando de repente todas las dudas que atormentaban su alma, hizo una austera penitencia de su pecado.

Tengamos fe, pero fe viva, y confesaremos que son innumerables las maravillosas exce­lencias contenidas en este adorable Sacrificio. Entonces no nos asombraremos viendo reno­varse a cada instante, y en mil y mil luga­res diversos, el prodigio de la multiplicación de la Humanidad sacratísima del Salvador, por la cual goza de una especie de inmensi­dad no concedida a ningún otro cuerpo, y re­servada a ella sola en recompensa de una vida inmolada al Altísimo. Esto es lo que el demonio, hablando por boca de una obsesa o endemoniada, hizo comprender a un judío incrédulo, valiéndose de una comparación material y ordinaria. Encontrábase este judío en una plaza pública con otras muchas perso­nas entre las cuales estaba la obsesa, cuando vio pasar un sacerdote que, seguido de una numerosa comitiva, llevaba a un enfermo el Sagrado Viático. Todos se arrodillaron al ins­tante para adorar al Santísimo Sacramento; pero el judío permaneció inmóvil y no dio la menor señal de respeto. Apercibiéndose de ello la obsesa, se levantó con ira, y dando al judío un fuerte bofetón, le quitó con violencia su sombrero. “Desgraciado, le dice, ¿por qué no rindes homenaje al verdadero Dios, que está presente en este Divino Sacramento? — ¿Qué verdadero Dios? replicó el judío; si así fuese, pudiera decirse que había muchos dio­ses, puesto que cuando se celebra la Misa hay uno en cada altar”. Al oír estas palabras tomó la obsesa una criba, y poniéndola en frente del sol, le dijo al judío que mirase los rayos que pasaban por medio de los agujeros, y en seguida añadió: “Dime, judío, ¿son muchos los soles que atraviesan esta criba, o no hay más que uno?” El judío contestó que sólo había uno, no obstante la multiplicación de rayos. “¿Por qué te asombras, pues, repuso la obsesa, de que un Dios hecho hombre, aunque uno, indivisible e inmutable, se ponga por un exceso de amor, real y verdaderamente presente bajo los velos del Sacramento y sobre muchos altares a la vez?” Esta refle­xión fue bastante para confundir la perfidia del judío, que se vio obligado a confesar la verdad de la fe.

¡Oh fe santa! Necesitamos un rayo de tu luz para repetir con fervor: ¿Quién se atre­verá jamás a fijar límites a la omnipotencia de Dios? La sublime idea que Santa Teresa de Jesús había concebido de esta omnipo­tencia, le hacía decir a menudo, que cuanto más profundos e inaccesibles a nuestro en­tendimiento eran los misterios de nuestra Re­ligión, más se adhería a ellos, con más firmeza y devoción, sabiendo muy bien que el Todopoderoso puede hacer, si es de su divino agrado, prodigios infinitamente más admira­bles que todo cuanto vemos. Aviva, pues, mucho tu fe, y confesarás que este Divino Sacrificio es el milagro de los milagros, la maravilla de las maravillas, y que su princi­pal excelencia consiste en ser incomprensible a nuestra débil inteligencia, y lleno de asom­bro di una y mil veces: ¡Ah qué gran tesoro! ¡Cuán inmenso es! Pero si su prodigiosa ex­celencia no basta a conmoverte, te conmove­rás, sin duda, en vista de la suprema necesi­dad que tenemos de este Santísimo Sacrificio.

Artículo II

NECESIDAD DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA PARA APLACAR LA IRA DE DIOS

7. ¿Qué sería del mundo si llegase a verse privado del sol? ¡Ay! No habría en él más que tinieblas, espanto, esterilidad, miseria horrible. Y ¿qué sería de nosotros faltando del mundo la Misa? ¡Ah! ¡Desventurados de nosotros! Estaríamos privados de todos los bienes, oprimidos con el peso de todos los males; estaríamos expuestos a ser el blanco de todos los rayos de la ira de Dios. Admí­ranse algunos al ver el cambio que, en cierta manera, se ha verificado en la conducta de la providencia de Dios con respecto al gobierno de este mundo. Antiguamente se hacía lla­mar: El Dios de los ejércitos. Hablaba a su pueblo en medio de nubes y armado de ra­yos, y de hecho lo castigaba con todo el rigor de su divina justicia. Por un solo adulterio hizo pasar a cuchillo veinticinco mil personas de la tribu de Benjamín. Por un ligero senti­miento de orgullo que dominó al rey David, por contar su pueblo, Dios le envió una peste tan terrible, que en muy pocas horas perecie­ron setenta mil personas[7]. Por haber mirado los betsamitas el Arca Santa con mucha curiosidad y poco respeto, Dios quitó la vida a más de cincuenta mil[8]. Y ahora, he aquí que este mismo Dios sufre con paciencia, no sólo la vanidad y las ligerezas de la incons­tancia, sino también los adulterios más as­querosos, los escándalos más repugnantes y las blasfemias más horribles, que un gran número de cristianos vomitan continuamente contra su santo nombre. ¿Cómo, pues, se concibe esto? ¿Por qué tal diversidad de con­ducta? ¿Nuestras ingratitudes serán hoy más excusables que lo eran en otros tiempos? No, por cierto; antes al contrario, son mucho más criminales en razón de los inmensos beneficios de que hemos sido colmados. La verdadera causa de esa clemencia admirable por parte de Dios es la Santa Misa, en la que el Cordero sin mancha se ofrece sin cesar al Eterno Padre como víctima expiatoria de los pecados del mundo. He ahí el sol que llena de regocijo a la Santa Iglesia, que disipa las nubes y deja el cielo sereno. He ahí el arco iris que apacigua las tempestades de la justicia de Dios. Yo estoy firmemente per­suadido de que sin la Santa Misa, el mundo a la hora presente estaría ya abismado y hu­biera desaparecido bajo el inmenso peso de tantas iniquidades. El adorable Sacrificio del altar es la columna poderosa que lo sostiene.

De lo dicho, pues, hasta aquí, bien puedes deducir cuán necesario nos es este divino Sacrificio; mas no basta el que así sea, si no nos aprovechamos de él en las ocasiones. Cuando asistimos, pues, a la Santa Misa, de­bemos imitar el ejemplo del célebre ALFONSO DE ALBUQUERQUE. Viéndose este famoso conquistador de las Indias orientales en inmi­nente peligro de naufragar con todo su ejérci­to, tomo en sus brazos un niño que se hallaba en la nave, y elevándolo hacia el cielo, dijo: “Si nosotros somos pecadores, al menos esta tierna criatura libre está ciertamente de pecado. ¡Ah, Señor! por amor de este inocente, perdonad a los culpables”. ¿Lo creerías? Agradó tanto al Señor la vista de aquel niño inocente, que, tranquilizado el mar, se trocó en alegría el temor a una muerte inminente. Ahora bien; ¿qué piensas que hace el Eterno Padre cuando el sacerdote, elevando la Sa­grada Hostia entre el cielo y la tierra, le hace presente la inocencia de su divino Hijo? ¡Ah! Ciertamente su compasión no puede resistir el espectáculo de este Cordero sin mancha, y se siente como obligado a calmar las tempes­tades que nos agitan y socorrer todas nues­tras necesidades. No lo dudemos; sin esta Víctima adorable, sacrificada por nosotros primeramente sobre la cruz, y después todos los días sobre nuestros altares, ya estaría decretada nuestra reprobación y cada cual hubiera podido decir a su compañero: ¡Hasta la vista en el infierno! ¡Si, sí, hasta volver a vernos en el infierno!… Pero, gracias al tesoro de la Santa Misa que poseemos, nues­tra esperanza se reanima, y nos asegura de que el paraíso será nuestra herencia. Debe­mos, pues, besar nuestros altares con respeto, perfumarlos con incienso por gratitud, y sobre todo honrarlos con la más perfecta modestia, puesto que de allí recibimos todos los bienes. No cesemos de dar gracias al Eterno Padre por habernos colocado en la dichosa necesidad de ofrecerle a menudo esta Víctima celestial, y todavía más por las utilidades inmensas que podemos reportar si somos fieles, no solamente en ofrecerla, sino en ofrecerla según los fines para que se nos ha concedido tan precioso don.

Articulo III

 

UTILIDADES OUE NOS PROPORCIONA EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

 

 

§ 1. Nos hace capaces de pagar todas las deudas que tenemos contraídas con Dios

 

8. Lo magnífico y lo bello son dos alicien­tes que ejercen un poderoso imperio sobre los corazones; pero la utilidad hace más que conmoverlos, pues triunfa de ellos casi siempre, aún a despecho de las más fuertes repugnan­cias. Prescinde, por un momento si quieres, de la excelencia y necesidad de la Santa Mi­sa; ¿podrás, sin embargo, prescindir de apre­ciar la suma utilidad que ella proporciona a los vivos y a los muertos, a los justos y a los pecadores, durante la vida, en la hora de la muerte y aún más allá de la tumba?

Figúrate que eres aquel deudor del Evan­gelio que, cargado con la enorme deuda de diez mil talentos y llamado a rendir cuentas, se humilla en presencia de su acreedor, im­plora su indulgencia, y pide un plazo para satisfacer cumplidamente sus obligaciones: Patientiam habe in me, et omnia reddam ti­bi[9]. Y he ahí lo que en realidad debes hacer que tienes, no una, sino mil deudas que sa­tisfacer a la Justicia divina. Humiliate y pide de plazo para pagarlas el tiempo que nece­sitas para oír la Santa Misa, y puedes estar seguro de que por este medio satisfarás cum­plidamente todas tus deudas. (SANTO TOMÁS, 1.2., q. 102, a. 3, ad 10).

El Angélico doctor SANTO TOMÁS explica cuáles son nuestras deudas u obligaciones para con Dios, y entre ellas cita especialmente cuatro, y todas son infinitas.

La primera, alabar y honrar la infinita ma­jestad de Dios, que es digna de honores y alabanzas infinitas.

La segunda, satisfacer por los innumera­bles pecados que hemos cometido.

La tercera, darle gracias por los beneficios recibidos.

La cuarta, en fin, dirigirle súplicas, como autor y dispensador de todas las gracias.

Ahora bien: ¿cómo se concibe que noso­tros, criaturas miserables que nada poseemos en propiedad, ni aún el aire que respiramos, podamos, sin embargo, satisfacer deudas de tanto peso? He ahí el medio más fácil y el más a propósito para consolarnos y consolar al mundo. Procuremos asistir con la mayor atención al mayor número de Misas que nos sea posible; hagamos celebrar muchas, y por exorbitantes que sean nuestras deudas, por más que sean sin número, no hay duda que podremos satisfacerlas completamente por medio del inagotable tesoro de la Santa Misa.

A fin de que estés mejor instruido acerca de estas deudas, y que tengas de ellas el co­nocimiento más perfecto posible, voy a explanarlas una por una, y seguramente te llenarás de inefable consuelo al ver las preciosas utili­dades y las riquezas inagotables que puedes sacar de la mina que te descubro, para satis­facerlas todas.

§ 2. Primera obligación: alabar y adorar a Dios

 

9. La primera obligación que tenemos para con Dios, es la de honrarle. La misma ley natural nos dicta que todo inferior debe homenaje a su superior; y cuanto más ele­vada sea su dignidad, mayores y más profun­dos deben ser los homenajes que se le tri­buten.

Resulta, pues, de aquí que, siendo la majestad de Dios infinita, le debemos un honor infinito. Pero ¡pobres de nosotros! ¿En dónde encontraremos una ofrenda que sea digna de nuestro Soberano Creador? Dirige una mirada a todas las criaturas del universo, y nada verás que sea digno de Dios. ¡Ah! ¿Qué ofrenda podrá ser jamás digna de Dios, sino el mismo Dios? Es preciso, pues, que Aquél que está sentado sobre su trono en lo más alto de los cielos, baje a la tierra y se coloque como víctima sobre sus propios altares, para que los homenajes tributados a su infi­nita majestad estén en perfecta relación con lo que ella merece. He aquí lo que se verifica en la Misa: en ella Dios es tan honrado como lo exige su dignidad, puesto que Dios se hon­ra a sí mismo. Jesucristo se pone sobre el altar en calidad de víctima, y por este acto de humillación inefable adora a la Santísima Trinidad tanto como es adorable: y de tal manera, que todas las adoraciones y homena­jes que le tributan las puras criaturas desa­parecen ante este acto de humillación del Hombre-Dios, coma las estrellas ante la pre­sencia de los rayos del sol.

Cuéntase que un alma santa, abrasada por el fuego del amor de Dios y llena del deseo de su gloria, exclamaba con frecuencia: “¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo quisiera tener tantos corazones y lenguas como hojas hay en los árboles, átomos en los aires y gotas de agua en el mar, para amaros y alabaros tanto como merecéis! ¡Ah! ¡Quién me diera que yo pudiera disponer de todas las criaturas para ponerlas a vuestros pies, a fin de que todas se inflamasen de amor por Vos, con tal que yo os amase más que todas ellas jun­tas, más aún que los Ángeles, más que los Santos, más que todo el paraíso!” Un día que ella se entregaba a estos dulcísimos transportes, oyó la voz del Señor que le decía: “Consuélate, hija mía; con asistir a una sola Misa con devoción me darás toda esa gloria que deseas, e infinitamente más todavía”.

¿Te admiras quizás de esta proposición? En este caso tu admiración no sería razona­ble. En efecto, como nuestro buen Salvador no es solamente hombre, sino también Dios verdadero y todopoderoso, al dignarse bajar sobre el altar tributa a la Santísima y adorable Trinidad, por esta humillación divina, una gloria y honor infinito, y por consiguiente nosotros, que concurrimos con Él a ofrecer el augusto Sacrificio, contribuimos también, por su mediación, a tributar a Dios homena­jes y gloria de un precio infinito.

¡Oh qué acto tan grandioso! Repitámoslo una vez más, porque importa mucho el saberlo. Oyendo con devoción la Santa Misa, da­mos a Dios una gloria y honor infinitos. Con­fiesa, pues, en medio de tu admiración, que es una verdad incontestable la proposición arriba enunciada, a saber: que un alma que asiste a la Santa Misa con devoción, tributa a Dios más gloria que todos los Ángeles y Santos con las adoraciones que le dirigen en el cielo. Como éstos no son más que puras criaturas, sus homenajes son limitados y fi­nitos; mientras que en la Santa Misa Jesús es quien se humilla, Jesús cuyas humillaciones son de un mérito y precio infinito: de lo cual se deduce que la gloria y el honor que por su medio damos a Dios, ofreciéndole el santo sacrificio de la Misa, es una gloria y honor infinitos. Y siendo esto así, ¡ah! ¡cuán dignamente satisfacernos nuestra primera obliga­ción para con Dios asistiendo a la Santa Misa! ¡Oh mundo ciego e insensato! ¡Cuándo abri­rás los ojos para comprender verdades tan importantes! Y habrá todavía quien tenga valor para decir: “Una Misa más o menos ¿qué importa?” ¡Qué ceguedad tan deplorable!

§ 3. Segunda obligación: satisfacer a la Justicia divina por los pecados cometidos

10. La segunda obligación que tenemos para con Dios es la de satisfacer a su divina Justicia por tantos pecados como hemos cometido. ¡Ah, qué deuda ésta tan inmensa! Un solo pecado mortal pesa de tal manera en la balanza de la Justicia divina, que para expiarlo no bastan todas las obras buenas de los justos, de los Mártires y de todos los Santos que existieron, existen y han de existir hasta el fin del mundo. Sin embargo, por medio del santo sacrificio de la Misa, si se considera su mérito y su valor intrínseco, se puede satisfacer plenamente por todos los pe­cados cometidos. Fija bien aquí tu atención, y comprenderás una vez más lo que debes a Nuestro Señor Jesucristo. Él es el ofendido, y a pesar de esto, no contento con haber sa­tisfecho a la Justicia divina sobre el Calvario, nos dio y nos da continuamente en el santo sacrificio de la Misa el medio de aplacarla. Y a la verdad, en la Misa se renueva la ofrenda que Jesucristo hizo de sí mismo a su Eterno Padre sobre la cruz por todos los pecados del mundo; y la misma sangre que ha sido de­rramada por la redención del humano linaje es aplicada y se ofrece, especialmente en la Santa Misa, por los pecados del que celebra o hace celebrar este tremendo Sacrificio, y por los de todos cuantos asisten a él con devoción.

No es esto decir que el sacrificio de la Misa borre por sí mismo inmediatamente nuestros pecados en cuanto a la culpa, como lo hace el sacramento de la Penitencia; sin embargo, los borra mediatamente, esto es, por medio de movimientos interiores, de santas inspiracio­nes, de gracias actuales y de todos los auxi­lios necesarios que nos alcanzan para arre­pentirnos de nuestros pecados, ya en el mo­mento mismo en que asistimos a la Misa, ya en otro tiempo oportuno. Además, Dios sabe cuántas almas se han apartado del cieno de sus desórdenes en virtud de los auxilios ex­traordinarios debidos a este Divino Sacrificio. Advierte aquí que si el sacrificio, en cuanto es propiciatorio, no aprovecha al que se halla en pecado mortal, siempre le vale como im­petratorio, y por consiguiente todos los pe­cadores debían oír muchas Misas, a fin de alcanzar más fácilmente la gracia de su conversión y perdón.

En cuanto a las almas que viven en estado de gracia, la Santa Misa les comunica una fortaleza admirable para perseverar en tan dichoso estado, y borra inmediatamente, según la opinión más común, todos los pecados veniales, con tal que se tenga dolor general de ellos. Así lo enseña clara y terminante mente SAN AGUSTÍN. “El que asista con devo­ción a la Misa, dice este Santo Padre, será fortalecido para no caer en pecado mortal, y alcanzará el perdón de todas las faltas leves cometidas anteriormente”. Nada hay en esto que deba admirarse. Refiere SAN GREGORIO EL GRANDE (4 Dial. c. que una pobre mujer mandaba celebrar una Misa todos los lunes por el eterno descanso del alma de su marido, que había sido reducido a esclavitud por los bárbaros (y a quien creía muerto), y que las Misas le hacían caer las cadenas de sus manos y pies, de manera que durante el tiempo de la celebración del Santo Sacrificio el esclavo permanecía libre y desembarazado de sus hierros, según él mismo confesó a su mujer después de haber conseguido la liber­tad. Ahora bien: ¿Con cuánta mayor razón debemos creer en la eficacia del Divino Sa­crificio, para romper los lazos espirituales, esto es, los pecados veniales, que tienen cau­tiva nuestra alma y la privan de aquella li­bertad y de aquel fervor con que obraría si estuviese libre de todo embarazo? ¡Oh Misa preciosa, que nos proporciona la libertad de los hijos de Dios y satisface todas las penas debidas por nuestros pecados!

11. Según eso, me dirás acaso, bastará oír o hacer celebrar una sola Misa para pagar las enormes deudas contraídas con Dios por tantos pecados como hemos cometido, y satisfacer todas las penas por ellos merecidos, toda vez que la Misa es de un precio infinito, y por ella se ofrece a Dios una satisfacción infinita. Poco a poco, si te place. — Aunque la mina et peccata etiam ingentia dimittit”. (Sess. 22, c. II)[10]. 

Sin embargo, como no tenéis conocimiento cierto, ni de las disposiciones interiores con que oís la Santa Misa, ni del grado de satisfacción que le corresponde, debéis tomar el partido más seguro de asistir a muchas Mi­sas, y asistir con la mayor devoción posible. ¡Dichosos vosotros, sí, una y mil veces dicho­sos, si tenéis una gran confianza en la miseri­cordia de Dios y en este Divino Sacrificio, en donde brilla admirablemente! ¡Dichosos si asistís siempre a la Santa Misa con fe viva y con gran recogimiento! ¡Ah! en este caso os digo que podéis alimentar en el fondo de vuestro corazón la dulcísima esperanza de ir derechamente al Paraíso sin parar un instante en las penas del purgatorio. ¡A Misa, pues, a Misa! y sobre todo que vuestros labios no pronuncien jamás esta proposición escandalosa: “Una Misa más o menos poco importa”.

§ 4. Tercera obligación: Acción de gracias a Dios por los beneficios recibidos

 

12. La tercera obligación que tenemos pa­ra con Dios es la de darle gracias por los inmensos beneficios que debemos a su amor y a su liberalidad. Repasa con tu entendimien­to todos los favores que has recibido de Dios, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia: el cuerpo y sus sentidos, el alma y sus potencias, la salud y la vida, que todo lo debemos a su infinita bondad. Añade a éstos la misma vida de Jesús, su Hijo, su misma muerte sufrida por nosotros, y cono­cerás no tener límites nuestra deuda por sus innumerables beneficios.

Ahora bien; ¿cómo podremos jamás corresponder debidamente a tantos beneficios? Si la ley de la gratitud es observada hasta por las fieras, cuya ferocidad natural se cambia alguna vez en un generoso obsequio a su bienhechor, ¿será esta ley menos sagrada para los seres dotados de razón y colmados por Dios de tantas gracias? Sin embargo, nuestra pobreza es tan grande, que no podemos pagar ni el menor de los beneficios que debemos a su liberalidad, porque el menor de ellos, por lo mismo que lo recibimos de una mano tan augusta, y que está acompañado de un amor infinito, adquiere un precio infinito, y nos obliga a un reconocimiento y acción de gra­cias igualmente infinito. Mas ¡ay! ¡cuán mi­serables somos! Si el peso de un solo bene­ficio nos oprime, ¿qué será, cuánto no deberá agobiarnos la incalculable multitud de los fa­vores celestiales? — Henos, pues, condenados forzosamente a vivir y morir en la ingratitud para con nuestro soberano Bienhechor. — Pero no, consolémonos; pues el santo rey David nos indica ya el medio de satisfacer plenamente esta deuda de gratitud a los be­neficios de nuestro Dios. Previendo en espí­ritu el Divino Sacrificio de nuestros altares, el Profeta Rey proclama abiertamente que nada hay en el mundo que sea capaz de dar a Dios las acciones de gracias que le son debi­das, a no ser la Santa Misa. ¿Qué daré yo al Señor en recompensa de los beneficios que me ha hecho? “Quid retribuam Domino om­nibus quae retribuit mihi?”[11]. Y dándose a sí mismo la respuesta, dice: Yo elevaré hacia el cielo el cáliz del Salvador: “Calicem saluta­ris accipiam”[12]; es decir: yo le ofreceré un sa­crificio que le será infinitamente agradable, y con esto solo yo satisfaré la deuda que tengo contraída por tantos y tan preciosos beneficios.

Añade que nuestro Divino Redentor ha ins­tituido este sacrificio principalmente con este fin; quiero decir, para manifestar a Dios nues­tro reconocimiento y darle gracias. Por eso se le da por antonomasia el nombre de Euca­ristía: palabra que significa acción de gracias. El mismo Salvador nos ha manifestado este designio con el ejemplo que nos dio en la última Cena, cuando, antes de pronunciar las palabras de la consagración, dio gracias a su

Eterno Padre: Elevatis oculis in coelum, tibi gratias agens. ¡Oh divina acción de gracias, que nos descubre el fin sublime por el que fue instituido este adorable Sacrificio! ¡Qué invitación tan tierna a conformarnos con nuestro Divino Maestro! Todas las veces, pues, que asistimos a la Santa Misa, sepamos aprovecharnos de este inmenso tesoro, y ofrezcámoslo en testimonio de agradecimien­to a nuestro Soberano Bienhechor; y tanto más, cuanto que todo el Paraíso, la Santísima Virgen, los Ángeles y Santos se regocijan de vernos pagar este tributo de acción de gra­cias a nuestro augusto Monarca.

13. La venerable Hermana Francisca Far­nesia estaba afligida del más vivo sentimien­to, viéndose colmada de pies a cabeza de los beneficios divinos, y sin hallar un medio de descargarse de su deuda de gratitud a Dios, satisfaciéndole con una justa recompensa. Un día que se entregaba a estos pensamientos, inspirados por un ardiente amor de Jesús, se le apareció la Santísima Virgen, y colocándole en sus brazos a su Divino Hijo, le dijo: “Tómale; es tuyo, y saca de Él todo el provecho posible: con Él y sólo con Él satisfarás todas tus obligaciones”. ¡Oh preciosa Misa, por la cual el Hijo de Dios es depositado, no solamente en nuestros brazos, sino también en nuestras manos y hasta en nuestro corazón, para estar enteramente a disposición nuestra: “Parvulus enim natos est nobis”![13]

Con Él, pues, con Él solo podemos sin duda alguna satisfacer por completo la deuda de gratitud que tenemos con Dios. Aún diré mucho más. Si fijamos bien nuestra atención, veremos que en la Santa Misa damos a Dios, en cierta manera, más de lo que Él nos ha dado, si no en realidad, a lo menos en apa­riencia, porque el Padre Eterno, no nos dio a su Divino Hijo más que una sola vez, en la Encarnación, mientras que nosotros se lo ofrecemos infinitas veces por medio de este Sacrificio. Parece, pues, que le ganamos en cierto modo, si no por la cualidad del don, puesto que no es posible que lo haya más excelente que el Hijo de Dios, a lo menos por las apariencias, en tanto que ofrecemos este don repetidas veces.

¡Oh gran Dios! ¡Oh Dios de amor! ¡Quién tuviere infinitas lenguas para daros acciones de gracias infinitas por el inmenso tesoro con que nos habéis enriquecido en la Santa Misa! ¿Y cuáles son ahora ¡oh cristiano lector! tus sentimientos? ¿Has abierto al fin los ojos y reconocido el precio de este tesoro? Si hasta aquí ha sido para ti un tesoro escondido, ahora que comienzas a apreciarlo, ¿podrás prescindir de exclamar en medio de la admi­ración más profunda: ¡Ah! ¡Qué inmenso tesoro! ¡Qué precioso tesoro!?

§ 5. Cuarta obligación: Implorar nuevas gracias

14. No se limita a lo dicho la inmensa utilidad del santo sacrificio de la Misa. Por ella podemos, además, satisfacer la obligación que tenemos para con Dios de implorar su asistencia y pedirle nuevas gracias. Ya sabes cuán grandes son tus miserias, así corporales como espirituales, y cuánto necesitas, por consiguiente, recurrir a Dios para que te asis­ta y no cese de socorrerte a cada instante, puesto que es el Autor y principio de todo bien, en el tiempo y en la eternidad. Pero, por otra parte, ¿con qué título y con qué confian­za te atreverías a pedir nuevos beneficios, en vista de la excesiva ingratitud con que has correspondido a tantos favores que te ha concedido, hasta el extremo de haberlos conver­tido contra Él mismo para ofenderlo? Sin embargo, no te desanimes, porque si no eres digno de nuevos beneficios por méritos pro­pios, alguien los ha merecido para ti. Nues­tro buen Salvador ha querido con este fin po­nerse sobre el altar en el estado de Hostia pacífica, o sea un sacrificio impetratorio, para en él alcanzarnos de su Eterno Padre todo aquello de que tenemos necesidad. Sí, nuestro dulce y muy amado Jesús, en su ca­lidad de primero y supremo Pontífice, reco­mienda en la Misa a su Padre celestial nues­tros intereses, pide por nosotros y se cons­tituye abogado nuestro. Si supiéramos que la Santísima Virgen unía sus ruegos a los nuestros para alcanzar del Eterno Padre las gracias que deseamos, ¿qué confianza no ten­dríamos de ser escuchados? ¿Qué confianza, pues, y aún qué seguridad debemos experi­mentar, si pensamos que el mismo Jesús in­tercede en la Misa por nosotros, que ofrece su sacratísima Sangre al Eterno Padre en nuestro favor, y que se hace abogado nuestro? ¡Oh preciosísima Misa, principio y fuente de todos los bienes!

15. Pero es preciso profundizar más en esta mina, para descubrir todos los tesoros que encierra. ¡Ah! ¡Qué dones tan preciosos, qué gracias y virtudes nos alcanza la Santa Misa! En primer lugar, nos proporciona todas las gracias espirituales, todos los bienes que se refieren al alma, como el arrepenti­miento de nuestros pecados, la victoria en nuestras tentaciones, ya sean exteriores, como las malas compañías o el demonio, ya sean interiores, como los desórdenes de nuestra carne rebelde: la Misa nos alcanza los soco­rros actuales, tan necesarios para levantarnos, para sostenernos y hacernos adelantar en los caminos de Dios. La Misa nos obtiene muchas buenas y santas inspiraciones, mu­chos saludables movimientos interiores, que nos disponen a sacudir nuestra tibieza y nos mueven a ejecutar todas nuestras acciones con más fervor, con una voluntad más pron­ta, con una intención más recta y pura, lo cual nos proporciona un tesoro inestimable de méritos, que son otros tantos medios efi­cacísimos, para alcanzar la gracia de la perse­verancia final, de la que depende nuestra salvación eterna, y para tener una certeza moral, la mayor posible en esta vida, de estar predestinados a una feliz eternidad. Además, la Santa Misa nos alcanza también todos los bienes temporales, en tanto que puedan con­tribuir a nuestra salvación, como son la sa­lud, la abundancia de los frutos de la tierra y la paz; preservándonos a la vez de todos los males que se oponen a estos bienes, como de enfermedades contagiosas, temblores de tierra, guerras, hambre, persecuciones, plei­tos, enemistades, pobreza, calumnias e inju­rias: en suma, de todos los males que son el azote de la humanidad; en una palabra, la Santa Misa es la llave de oro del paraíso: y cuando nos la da el Padre Eterno, ¿qué bie­nes podrá rehusarnos? Él, que no perdonó a su propio Hijo, según expresión del Apóstol San Pablo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos donó con 21 todos sus bienes? “Qui etiam proprio Filio suo non pepercit, sed pro nobis omnibus tradidit ilium: quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit?”[14].

Ved, pues, con cuánta razón acostumbraba a decir un virtuoso sacerdote, que aun cuando pidiese a Dios cualquier favor para sí o para otro, al celebrar la Santa Misa, siempre se le figuraba que nada pedía, si comparaba las gracias que solicitaba de Dios con la ofrenda que le hacía. He aquí cuál era su razonamien­to. Las gracias y favores que yo pido a Dios en la Santa Misa, son bienes finitos y creados, mientras que los dones que yo le presento son increados e inmensos, y por consiguiente, todo bien pesado, yo soy el acreedor y Dios el deudor. En esta confianza pedía y alcan­zaba muchas gracias del Señor. (Ossor. Conc. 8, t. 4). Ea, pues, ¿cómo no te despiertas? ¿Por qué no pides grandes beneficios? Si quieres seguir mi consejo, pide a Dios en todas las Misas que haga de ti un gran santo. ¿Te parece mucho esto? Pues yo creo que no es mucho. ¿No es el mismo divino Maestro quien nos asegura en su Evangelio, que por un vaso de agua dado por su amor nos recompensará con el paraíso? ¿Cómo, pues, en retorno de la ofrenda que le hacemos de toda la sangre de su amadísimo Hijo, no nos daría cien paraísos si los hubiera? ¿Y cómo será posible dudar que no esté dispuesto a concederte todas las virtudes y la perfección necesaria para llegar a ser santo, y un gran santo en el cielo? ¡Oh bendita Misa! Ensan­cha, pues, animosamente tu corazón, y pide grandes cosas, considerando que te diriges a un Dios que no se empobrece dando, y que cuanto más le pidas más alcanzarás.

§ 6. Por la Santa Misa alcanzamos aun aquellas gracias que no pedimos

 

16. ¿Lo creerías? Además de los bienes que pedimos en la Santa Misa, nuestro buen Dios nos concede otros muchos que no pedi­mos. Así nos lo dice SAN JERÓNIMO con las palabras siguientes: “Sin duda alguna Dios nos concede todas las gracias que le pedimos en la Misa, si nos conviene: y lo que todavía es más admirable, nos concede muy frecuen­temente aun aquello que no le pedimos, con tal que por nuestra parte no pongamos obs­táculos a su generosidad”. “Absque dubio dat nobis Dominus quod in Missa petimus; et quod magis est, saepe dat quod non peti­mus”. (Div. Hieronym.). De esta suerte, bien puede decirse que la Misa es el sol del género humano, que extiende sus rayos sobre bue­nos y malos, y que no hay en el mundo una sola alma, por perversa que sea, que no sa­que algún provecho de la asistencia al santo sacrificio de la Misa, y muchas veces sin pen­sar en ello ni aun hacer súplica alguna. (S. Hier., Cap. cum Mart. de celebr. Miss.).

Escucha el suceso siguiente, que tuvo lugar en circunstancias bien memorables, según nos lo refiere SAN ANTONINO, arzobispo de Florencia. Dos jóvenes, bastante libertinos, salieron juntos un día, a una partida de caza. Uno de ellos había asistido antes a la Santa Misa, el otro no. Estando ya en camino, se levantó de repente una violenta tempestad, y en medio de los truenos y relámpagos, oyeron una voz que clamaba: “¡Hiere, hiere!” y lue­go cayó un rayo y mató al que no había oído Misa en aquel día. Aterrado y fuera de sí el compañero, buscaba dónde salvar su vida, cuando oyó nuevamente la misma voz que re­petía: “¡Hiere, hiere!” Ya el infeliz aguardaba la muerte, que creía inevitable, mas pronto fue consolado por otra voz que res­pondió: “No puedo, porque oyó en el día de hoy el Verbum caro factum est”. La Misa, pues, a que había asistido aquella mañana, lo preservó de una muerte tan terrible y es­pantosa.

¡Ah, cuántas veces el Señor os ha preservado de la muerte o de muy graves peligros por virtud de la Santa Misa que habíais oído! SAN GREGORIO EL GRANDE así lo afirma en su 4º Diálogo: Per auditionem Missae homo liberatur a multis malis et periculis.[15] Es indiscutible, dice este sabio Pontífice, que el que asiste a la Misa será librado de muchos males y peligros hasta imprevistos. Más aún: según enseña SAN AGUSTÍN, será preservado de una muerte repentina, que es el golpe más terrible que los pecadores deben temer de la Justicia divina. He aquí, pues, conforme a la doctrina del Santo Obispo de Hipona, una admirable prevención contra el peligro de muerte repentina: oír todos los días la Santa Misa, y oírla con la mayor atención posible. El que tenga cuidado de prevenirse con esta salvaguardia tan eficaz, puede estar seguro que no le sucederá tan espantosa desgracia.

Hay una opinión singular, que algunos atri­buyen a San Agustín, a saber: que mientras una persona asiste a la Misa no envejece, sino que, durante este tiempo, se conserva en el mismo grado de fuerza y de vigor que tenía al principio de la Santa Misa. No me fati­garé por saber si esto es o no verdad; sin embargo, afirmo que si el que oye Misa en­vejece en cuanto a la edad, no envejece en la malicia porque, como dice SAN GREGORIO, el que asiste a la Santa Misa con devoción, se conserva en la buena vida, crece constan­temente en mérito y en gracia, y adquiere nuevas virtudes que le hacen más y más agradable a su Dios.

A todo lo dicho añade SAN BERNARDO que se gana más oyendo una sola Misa con devo­ción (entiéndase en cuanto a su valor intrín­seco), que distribuyendo todos los bienes a los pobres y marchando en peregrinación a todos los santuarios más venerados del mun­do. ¡Oh riquezas inmensas de la Santa Misa! Medita atentamente esta verdad: oyendo o celebrando dignamente una sola Misa, consi­derado el acto en sí mismo y con relación a su valor intrínseco, se puede merecer más que si uno dedicase todas sus riquezas al socorro de los pobres, más que si fuese en peregrinación hasta el fin del mundo, más que si visitase con la mayor devoción los santua­rios de Jerusalén, de Roma, de Santiago de Galicia, de Loreto y otros. Dedúcese esta doctrina de lo que enseña el angélico doctor SANTO Tomás, cuando dice: “Que una Misa encierra todos los frutos, todas las gracias y todos los tesoros que el Hijo de Dios repartió en su Esposa la Santa Iglesia por medio del cruento sacrificio de la cruz”: In qualibet Missa.

Detente aquí un instante, cierra el libro y no leas más, pero reúne en tu entendimiento todas estas utilidades tan preciosas que nos proporciona la Santa Misa, medítalas atentamente, y después dime: ¿Tendrás todavía di­ficultad alguna en conceder que una sola Mi­sa (abstracción hecha de nuestras disposicio­nes, y sólo en cuanto a su valor intrínseco) tiene tal eficacia que, según afirman muchos Doctores, bastaría para salvar todo el género humano? Figúrate, por ejemplo, que Nues­tro Señor Jesucristo no hubiese sufrido la muerte en el Calvario, y que en lugar del sangriento sacrificio de la cruz hubiese ins­tituido solamente el de la Misa, y con precep­to expreso de no celebrar más que una en el mundo. Pues bien, admitida esta suposición, ten entendido que esta sola Misa, celebrada por el sacerdote más pobre del mundo, hu­biera sido más que suficiente, considerada en sí misma y en cuanto al mérito de la obra exterior, para alcanzar la salvación de todas las criaturas. Sí, sí, no me canso de repetirlo, una sola Misa, en la anterior hipótesis, bas­taría para merecer la conversión de todos los mahometanos, de todos los herejes, de todos los cismáticos, en una palabra, de todos los infieles y malos cristianos: bastaría para cerrar las puertas del infierno a todos los pe­cadores, y sacar del purgatorio a todas las almas que están allí detenidas.

¡Oh, qué desdichados somos! ¡Cuánto res­tringimos la esfera de acción del santo sacri­ficio de la Misa! ¡Cuánto pierde de su eficacia provechosa por nuestra tibieza, por nuestra indevoción, y por las escandalosas inmodes­tias que cometemos asistiendo a ella! Que no pueda yo colocarme a una elevada altura para hacer oír mi voz en todo el mundo exclamando: “Pueblos insensatos, pueblos ex­traviados, ¿qué hacéis? ¿Cómo no corréis a los templos del Señor para asistir santamente al mayor número de Misas que os sea posible? ¿Cómo no imitáis a los Santos Ángeles, quie­nes, según el pensamiento del Crisóstomo, al celebrarse la Santa Misa bajan a legiones de sus celestes moradas, rodean el altar cubrién­dose el rostro con sus alas por respeto, y esperan el feliz momento del Sacrificio para interceder más eficazmente por nosotros?” Porque ellos saben muy bien que aquél es el tiempo más oportuno, la coyuntura más favo­rable para alcanzar todas las gracias del cielo. ¿Y tú? ¡Ah! Avergüénzate de haber hecho hasta hoy tan poco aprecio de la Santa Misa. Pero, ¿qué digo? Llénate de confusión por haber profanado tantas veces un acto tan sagrado, especialmente si fueses del número de aquéllos que se atreven a lanzar esta proposición temeraria: Una Misa más o menos poco importa.

§ 7. La Santa Misa proporciona un gran alivio a las almas del purgatorio

17. Para concluir y dar fin a esta instruc­ción, te haré notar que no sin razón te dije más arriba, que una sola Misa, considerado el acto en sí mismo, y en cuanto a su valor intrínseco, bastaría para sacar todas las almas del purgatorio y abrirles las puertas del cielo. En efecto, la Misa es útil a las almas de los fieles difuntos, no solamente como Sa­crificio satisfactorio, ofreciendo a Dios la sa­tisfacción que ellas deben cumplir por medio de sus tormentos, sino también como impe­tratorio, alcanzándoles la remisión de sus pe­nas. Tal es la práctica de la Santa Iglesia, que no se limita a ofrecer el sacrificio por los difuntos, sino que además ruega por su li­bertad.

A fin, pues, de excitar tu compasión en favor de estas almas santas, ten entendido que el fuego en que están sumergidas es tan abrasador, que, según pensamiento de SAN GREGORIO, no cede en actividad al fuego del infierno, y que, como instrumento de la di­vina Justicia, es tan vivo, que causa tormentos insufribles y más violentos que todos los que han sufrido los Mártires y cuanto el humano entendimiento puede concebir. Pero lo que más las aflige todavía, es la pena de daño; porque, como enseña el DOCTOR ANGÉLICO, privadas de ver a Dios, no pueden contener la ardiente impaciencia que experimentan de unirse a su soberano Bien, del que se ven constantemente rechazadas.

Entra ahora dentro de ti mismo, y hazte la siguiente reflexión. Si vieses a tus padres en peligro de ahogarse en un lago, y que con alargarles la mano los librabas de la muerte, ¿no te creerías obligado a hacerlo por caridad y por justicia? ¿Cómo es posible, pues que veas a la luz de la fe tantas pobres almas, quizás las de tus parientes más cercanos, abrasarse vivas en un estanque de fuego, y rehúses imponerte la pequeña molestia de oír con devoción una Misa para su alivio? ¿Qué corazón es el tuyo? ¿Quién podrá dudar que la Santa Misa alivia a estos pobres cauti­vos? Para convencerte, basta que prestes fe a la autoridad de SAN JERÓNIMO. Te enseñará claramente que, “cuando se celebra la Misa por un alma del purgatorio, aquel fuego tan abrasador suspende su acción, y el alma cesa de sufrir todo el tiempo que dura la celebración del Sacrificio”. (S. Hier., c. cum Mart. de celebr. Miss.). El mismo Santo Doctor afirma también que por cada Misa que se dice, muchas almas salen del purgato­rio y vuelan al cielo.

Añade a esto que la caridad que tengas con los difuntos redundará enteramente en favor tuyo. Pudiérase confirmar esta verdad con innumerables ejemplos; pero bastará citar uno, perfectamente auténtico, que sucedió a SAN PEDRO DAMIANO. Habiendo perdido este Santo a sus padres en la niñez, quedó en poder de uno de sus hermanos, que lo trató de la manera más cruel, no avergonzándose de que anduviese descalzo y cubierto de ha­rapos. Un día encontró el pobre niño una moneda de plata. ¡Cuál sería su alegría cre­yendo tener un tesoro! ¿A qué lo destinaría? La miseria en que se hallaba le sugería mu­chos proyectos; pero después de haber refle­xionado bien, se decidió a llevar la moneda a un sacerdote para que ofreciese el sacrifi­cio de la Misa para las almas del purgatorio. ¡Cosa admirable! Desde este momento la for­tuna cambió completamente en su favor. Otro de sus hermanos, de mejor corazón, lo reco­gió, tratándolo con toda la ternura de un padre. Lo vistió decentemente y lo dedicó al estudio, de suerte que llegó a ser un perso­naje célebre y un gran Santo. Elevado a la púrpura, fue el ornamento y una de las más firmes columnas de la Iglesia. Ve, pues, cómo una sola Misa que hizo celebrar a costa de una ligera privación, fue para él principio de utilidades inmensas.

¡Oh, bendita Misa, que tan útil eres a la vez a los vivos y a los muertos en el tiempo y en la eternidad! En efecto, estas almas san­tas son tan agradecidas a sus bienhechores, que, estando en el cielo, se constituyen allí sus abogadas, y no cesan de interceder por ellos hasta verlos en posesión de la gloria. En prueba de esto voy a referirte lo que le sucedió a una mujer perversa que vivía en Roma. Esta desgraciada, habiendo olvidado enteramente el importantísimo negocio de su salvación, no trataba más que de satisfa­cer sus pasiones, sirviendo de auxiliar al de­monio para corromper la juventud. En medio de sus desórdenes todavía practicaba una buena obra, y era mandar celebrar en cier­tos días la Santa Misa por el eterno descanso de las almas benditas del purgatorio. Efecto de las oraciones de estas almas santas, como se cree piadosamente, sintióse un día aquella infeliz mujer sorprendida por un dolor de sus pecados tan amargo, que de repente, y abandonando el infame lugar donde se en­contraba, fue a postrarse a los pies de un celoso sacerdote para hacer su confesión ge­neral. Al poco tiempo murió con las mejores disposiciones y dando señales las más ciertas de su predestinación. ¿Y a qué podremos atribuir esta gracia prodigiosa, sino al mérito de las Misas que ella hacía celebrar en alivio de las almas del purgatorio? Despertemos, pues, del letargo de nuestra indevoción, y no permitamos que los publicanos y mujeres perdidas se nos adelanten en conseguir el reino de Dios (Mt 21, 31).

Si fueses del número de aquellos avaros, que no solamente quebrantan las leyes de la caridad descuidando la oración por sus difun­tos y no oyendo, al menos de tiempo en tiem­po, una Misa por estas pobres almas, sino que, hollando los sagrados fueros de la jus­ticia, rehúsan satisfacer los legados piadosos y hacer celebrar las Misas fundadas por sus antepasados o que, siendo sacerdotes, acumu­lan un considerable número de limosnas, sin pensar en la obligación de cumplirlas a tiem­po, ¡ah! avivado entonces por el fuego de un santo celo, te diré cara a cara: Retírate, porque eres peor que un demonio; porque los demonios al fin sólo atormentan a los répro­bos, pero tú atormentas a los predestinados; los demonios emplean su furor con los con­denados, pero tú descargas el tuyo sobre los elegidos y amigos de Dios. No, ciertamente: no hay para ti confesión que valga, ni con­fesor que pueda absolverte, mientras no hagas penitencia de tal iniquidad y no llenes cumplidamente tus obligaciones con los muer­tos. Pero, Padre mío, dirá alguno, yo no ten­go medios para ello… no me es posible… ¿Conque no puedes? ¿Conque no tienes medios? ¿Y te faltan por ventura para brillar en las fiestas y espectáculos del mundo? ¿Te faltan recursos para un lujo excesivo y otras superfluidades? ¡Ah! ¿Tienes medios para ser pródigo en tu comida, en tus diversiones y placeres y… quizás en tus desórdenes es­candalosos? En una palabra, ¿tienes recur­sos para satisfacer tus pasiones, y cuando se trata de pagar tus deudas a los vivos, y lo que aún es más justo, a los difuntos, no tienes con qué satisfacerlas? ¿No puedes dis­poner de nada en su favor? ¡Ah! te com­prendo: es que no hay en el mundo quien examine esas cuentas, y te olvidas en este asunto de que te las ha de tomar Dios. Con­tinúa, pues, consumiendo la hacienda de los muertos, los legados piadosos, las rentas destinadas al Santo Sacrificio; pero ten presente que hay en las Santas Escrituras una ame­naza profética registrada contra ti; amenaza de terribles desgracias, de enfermedades, de reveses de fortuna, de males irreparables en tu persona y bienes, y en tu reputación. Es palabra de Dios, y antes que ella deje de cumplirse faltarán los cielos y la tierra. La ruina, la desgracia y males irremediables descargarán sobre las casas de aquéllos que no satisfacen sus obligaciones para con los muer­tos. Recorre el mundo, y sobre todo los pue­blos cristianos, y verás muchas familias dis­persas, muchos establecimientos arruinados, muchos almacenes cerrados, muchas empre­sas y compañías en suspensión de pagos, mu­chos negocios frustrados, quiebras sin nú­mero, inmensos trastornos y desgracias sin cuento. Ante este cuadro tristísimo excla­marás sin duda: ¡Pobre mundo, infeliz so­ciedad! Ahora bien, si buscas el origen de todos estos desastres, hallarás que una de las causas principales es la crueldad con que se trata a los difuntos, descuidando el socorrerlos como es debido, y no cumpliendo los le­gados piadosos: además, se cometen una in­finidad de sacrilegios, es profanado el Santo Sacrificio, y la casa de Dios, según la enér­gica expresión del Salvador, es convertida en cueva de ladrones. Y después de esto, ¿quién se admirará de que el cielo envíe sus azotes, el rayo, la guerra, la peste, el hambre, los temblores de tierra y todo género de casti­gos? ¿Y por qué así? ¡Ah! Devoraron los bienes de los difuntos, y el Señor descargó sobre ellos su pesado brazo: “Lingua eorum et adinventiones eorum contra Dominum. (…) Vae animae eorum, quoniam reddita sunt eis mala”[16]. Con razón, pues, el cuarto Concilio de Cartago declaró excomulgados a estos ingratos, como verdaderos homicidas de sus prójimos; y el Concilio de Valencia ordenó que se los echase de la Iglesia como a infieles. 

Todavía no es éste el mayor de los casti­gos que Dios tiene reservado a los hombres sin piedad para con sus difuntos: los males más terribles les esperan en la otra vida. El Apóstol Santiago nos asegura que el Señor juzgará sin misericordia, y con todo el rigor de su justicia, a los que no han sido miseri­cordiosos con sus prójimos vivos y muertos: “Iudicium enim sine misericordia illi qui non fecit misericordiam”[17]. El permitirá que sus herederos les paguen en la misma moneda, es decir, que no se cumplan sus últimas dis­posiciones, que no se celebren por sus almas las Misas que hubiesen fundado, y, en el caso de que se celebren, Dios Nuestro Señor, en lugar de tomarlas en cuenta, aplicará su fru­to a otras almas necesitadas que durante su vida hubiesen tenido compasión de los fieles difuntos. Escucha el siguiente admirable suceso que se lee en nuestras crónicas, y que tiene una íntima conexión con el punto de doctrina que venimos explicando. Aparecióse un religioso después de muerto a uno de sus compañeros, y le manifestó los agudísimos dolores que sufría en el purgatorio por haber descuidado la oración en favor de los otros religiosos difuntos, y añadió que hasta enton­ces ningún socorro había recibido, ni de las buenas obras practicadas, ni de las Misas que se le habían celebrado para su alivio; porque Dios, en justo castigo de su negligen­cia, había aplicado su mérito a otras almas que durante su vida habían sido muy devo­tas de las del purgatorio. Antes de concluir la presente instrucción, permíteme que arro­dillado y con las manos juntas te suplique encarecidamente, que no cierres este pequeño libro sin haber tomado antes la firme resolu­ción de hacer en lo sucesivo todas las dili­gencias posibles para oír y mandar celebrar la Santa Misa, con tanta frecuencia como tu estado y ocupaciones lo permitan. Te lo su­plico, no solamente por el interés de las almas de los difuntos, sino también por el tuyo, y esto por dos razones: primera, a fin de que alcances la gracia de una buena y santa muerte, pues opinan constantemente los teólogos que no hay medio tan eficaz como la Santa Misa para conseguir este di­choso término. Nuestro Señor Jesucristo reveló a Santa Matilde, que aquél que tuviese la piadosa costumbre de asistir devotamente a la Santa Misa, sería consolado en el ins­tante de la muerte con la presencia de los Ángeles y Santos, sus abogados, que le prote­gerían contra las asechanzas del infierno. ¡Ah! ¡Qué dulce será tu muerte si durante la vida has oído Misa con devoción y con la mayor frecuencia posible!

La segunda razón que debe moverte a asistir al Santo Sacrificio es la seguridad de salir más pronto del purgatorio y volar a la patria celestial. Nada hay en el mundo como las indulgencias y la Santa Misa para alcanzar el precioso favor, la gracia especial de ir derechamente al cielo sin pasar por el pur­gatorio, o al menos sin estar mucho tiempo en medio de sus abrasadoras llamas. En cuanto a las indulgencias, los Sumos Pontí­fices las concedieron pródigamente a los que asisten con devoción a la Santa Misa. En cuanto a la eficacia de este Divino Sacrificio para apresurar la libertad de las almas del purgatorio, creemos haberla demostrado su­ficientemente en las páginas anteriores. En todo caso, y para convencernos de ello, de­biera bastar el ejemplo y autoridad del VENERABLE JUAN DE ÁVILA. Hallábase en los últimos instantes de su vida este gran Siervo de Dios, que fue en su tiempo el oráculo de España, y preguntado qué era lo que más ocupaba su corazón, y qué clase de bien so­bre todo deseaba se le proporcionase des­pués de su muerte. “Misas, respondió el Ve­nerable moribundo, Misas, Misas”[18].

Sin embargo, si me lo permites, te daré con este motivo y de muy buena gana, un consejo que creo importantísimo, y es: que durante tu vida, y sin confiar en tus here­deros, tengas cuidado de hacer que se cele­bren aquellas Misas que desearías se celebra­sen después de tu muerte, y tanto más, cuan­to que SAN ANSELMO nos enseña que una sola Misa oída o celebrada por las necesida­des de nuestra alma mientras vivimos, nos será más provechosa que mil celebradas des­pués de nuestra muerte.

Así lo había comprendido un rico comer­ciante de Génova que, hallándose en el ar­tículo de la muerte, no tomó disposición alguna para el alivio de su alma. Todos se admiraban de que un hombre tan opulento, tan piadoso y caritativo con todo el mundo, fuese tan cruel consigo mismo. Pero al proceder, después de su muerte, al examen de sus papeles, se encontró un libro en donde había anotado todas las obras de caridad que había practicado por la salvación de su alma.

“Para Misas que hice celebrar por mi alma   2,000 liras

“Para dotes de doncellas pobres 10,000

“Para el Santo Hospital 200, etc.”

Al fin de este libro leíase la máxima si­guiente: “Aquél que desee el bien, hágaselo a sí mismo mientras vive, y no confíe en los que le sobrevivan”. En Italia es muy popular este proverbio: “Más alumbra una vela delante de los ojos, que una gran antor­cha a la espalda”. Aprovéchate, pues, de este saludable aviso, y después de haber medita do prudentemente sobre la excelencia y utili­dades de la Santa Misa, avergüénzate de la ignorancia en que has vivido hasta aquí, sin haber hecho el aprecio debido de un tesoro tan grande, que fue para ti ¡ay! un tesoro escondido. Ahora que conoces su valor, destierra de tu espíritu, y más todavía de tus discursos, estas proposiciones escandalosas, y que saben a ateísmo:

—Una Misa más o menos poco importa.

—No es poca cosa oír Misa los días de obligación.

—La Misa de tal sacerdote es una Misa de Semana Santa, y cuando lo veo acercarse al altar, me escapo de la iglesia.

Renueva, además, el saludable propósito de oír la Santa Misa con la mayor frecuencia y devoción posibles, a cuyo fin podrás ser­virte, con mucha utilidad, del siguiente mé­todo práctico que voy a exponer.

MÉTODO PARA OÍR CON FRUTO LA SANTA MISA

§ 1, Disposiciones generales con que se debe asistir al santo sacrificio de la Misa

1. Como indicamos ya en la instrucción precedente, fue opinión aprobada y confirmada por SAN GREGORIO en su cuarto Diálogo, que cuando un sacerdote celebra la Santa Misa bajan del cielo innumerables legiones de Ángeles para asistir al Santo Sacrificio. SAN NILO, abad y discípulo de San Juan Crisóstomo, enseña que mientras el Santo Doctor celebraba los divinos misterios veía una multitud de esos espíritus celestiales rodeando el altar y asistiendo a los sagrados ministros en el desempeño de su tremendo ministerio. Siendo esto así, he ahí las disposiciones más esenciales para asistir con fruto a la Santa Misa. Ve a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ángeles. Considera ahora cuáles deben ser tu modestia, tu atención y respeto, si quieres recoger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y sentimientos religiosos.

2. Leemos en el Antiguo Testamento, que cuando los israelitas ofrecían sus sacrificios, en los que sólo se inmolaban toros, corderos y otros animales, admiraba el ver la atención, el silencio y veneración con que asistían a aquellas solemnidades. Aunque el número de asistentes fuese inmenso y los ministros y sacrificadores llegasen a setecientos, parecía, sin embargo, que el templo estaba vacío; tanto era el cuidado con que cada uno procuraba no hacer el más pequeño ruido. Pues bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que, al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué respeto, con qué devoción y religioso silencio no debemos asistir a la celebración de la Santa Misa, en que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se inmola por nosotros? Muy bien lo comprendía SAN AMBROSIO. Cuando celebraba el Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluido el Evangelio, se volvía al pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un recogimiento profundo, les ordenaba que guardasen el más riguroso silencio, y así consiguió que no solamente pusiesen un freno a su lengua, no pronunciando la menor palabra, sino, lo que aún es más admirable, que se abstuviesen de toser y de moverse con ruido. Estas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos, de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.


§ 2. Métodos diferentes para oír la Santa Misa. Primero y segundo

3. El objeto de este opúsculo es instruir, al que quiera leerlo bien, sobre el mérito del santo sacrificio de la Misa, e inclinarlo a abrazar con fervor la práctica de asistir a ella frecuentemente, siguiendo el método que me propongo trazar más adelante. Sin embargo, como hay libros piadosos, difundidos con gran utilidad entre los fieles, que contienen diversos métodos, muy buenos y provechosos, para oír la Santa Misa, de ninguna manera trato de violentar el gusto de nadie; por el contrario, a todos dejo en completa libertad para escoger aquél que juzgue más agradable y el más conforme a su capacidad y a sus piadosas inclinaciones únicamente me propongo, querido lector, desempeñar contigo el oficio de Ángel Custodio, sugiriéndote el que pueda serte más provechoso, es decir, según mi pobre juicio, el que te sea más útil y menos molesto. A este fin pienso reducirlos todos a tres clases o tres métodos en general.

4. El primero consiste en seguir con la mayor atención y con el libro en las manos, todas las acciones del sacerdote, rezando a cada una de ellas la oración vocal correspondiente contenida en el libro, de suerte que se pase leyendo todo, el tiempo de la Misa. Si a la lectura se une la meditación de los santos misterios que se celebran sobre el altar, es indudable que se asiste al adorable Sacrificio de un modo excelente y además muy provechoso. Pero como esto pide una sujeción excesiva, puesto que es preciso atender a las ceremonias que se hacen en el altar y dirigir alternativamente la mirada al sacerdote y al libro, para leer en él la oración que corresponde a la parte de la Misa, resulta de aquí que es muy trabajoso en la práctica; y aun me inclino a creer que habrá pocos fieles que perseveren mucho tiempo empleando este método, por útil que sea. Es tal la debilidad de nuestro entendimiento, que se distrae fácilmente cuando tiene que atender a la multitud de acciones que el sacerdote ejecuta en el altar. A pesar de esto, el que se encuentra bien con este método, y consiga por él su provecho espiritual, puede continuar usándolo con la esperanza de que un trabajo tan penoso le granjeará una magnífica recompensa de parte de Dios.

5. El segundo método para asistir con fruto a la Santa Misa se practica no por medio de la lectura, ni aun durante el tiempo del Sacrificio, sino contemplando con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, pues, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento interior, ocupándose en considerar espiritualmente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador, que no solamente se representan, sino que también se reproducen místicamente sobre el altar. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cuidado de conservar unidas a Dios las potencias de su alma, lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las virtudes. Esta manera de oír Misa es más perfecta que la primera, y al mismo tiempo más dulce y más suave, según lo experimentó un santo religioso lego, el cual acostumbraba decir que oyendo Misa no leía más que tres letras. La primera era negra, a saber, sus pecados, cuya consideración le inspiraba afectos de dolor y arrepentimiento, y éste era el punto de su meditación desde el principio de la Misa hasta el Ofertorio. La segunda era encarnada, a saber, la Pasión del Salvador, meditándola desde el Ofertorio hasta la Comunión, sobre la preciosísima Sangre que Jesús derramó por nosotros y la muerte cruel que sufrió en el Calvario. La tercera letra era blanca, a saber, la Comunión espiritual, que jamás omitía en el momento que comulgaba el sacerdote, uniéndose de todo corazón a Jesús, oculto bajo las especies sacramentales; después de lo cual permanecía abismado en su Dios y en la consideración de la gloria, que esperaba como fruto de este Divino Sacrificio. Este pobre religioso, a pesar de no tener instrucción, oía la Misa de una manera muy perfecta, y yo quisiera que todos aprendiesen en su escuela una ciencia tan profunda.


§ 3. Tercer método de oír la Santa Misa

 

6. El tercer método para asistir con fruto al santo sacrificio de la Misa tiene la preferencia sobre los anteriores. No exige lectura de un gran número de oraciones vocales como el primero, ni requiere un espíritu contemplativo como se necesita para seguir el segundo. Sin embargo, si bien se considera, es el más conforme al espíritu de la Iglesia, cuyos deseos son que los fieles estén unidos a los sentimientos del sacerdote. Éste debe ofrecer el Sacrificio por los cuatro fines indicados en la instrucción precedente (n° 8), por cuanto éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que tenemos contraídas con Dios. Por consiguiente, y puesto que cuando asistes a la Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte del mejor modo posible a la consideración de los cuatro fines indicados, lo cual te será muy fácil por medio de los cuatro ofrecimientos que voy a presentarte.
He aquí el método reducido a la práctica. Toma este pequeño libro hasta aprender de memoria estos ofrecimientos, o a lo menos hasta penetrarte bien de su sentido, pues no se necesita sujetarse a las palabras. Luego que comience la Misa y cuando el sacerdote, humillándose en las gradas del altar, rece el Confiteor, haz un breve examen de tus pecados, excítate a un acto de verdadera contrición, pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo el respeto y devoción posible. En seguida, y para cumplir sucesivamente con las cuatro importantísimas obligaciones de que te he hablado, divide la Misa en cuatro partes, lo que podrás hacer del modo siguiente:

7. En la primera parte, desde el principio hasta el Evangelio, satisfarás la primera deuda, que consiste en adorar y alabar la majestad de Dios, que es infinitamente digna de honores y alabanzas. Para esto humíllate profundamente con Jesucristo, abísmate en la consideración de tu nada, confiesa sinceramente que nada eres delante de aquella inmensa Majestad, y humillado con alma y cuerpo (pues en la Misa debe guardarse la postura más respetuosa y modesta), dile: “¡Oh Dios mío! yo os adoro y reconozco por mi Señor y dueño de mi alma y vida: yo protesto que todo lo que soy y cuanto tengo lo debo a vuestra infinita bondad. Bien sé que vuestra soberana Majestad merece un honor y homenajes infinitos; pero yo soy un pobrecillo impotente para pagar esta inmensa deuda, por tanto os presento las humillaciones y homenajes que el mismo Jesús os ofrece sobre este altar. “Yo quiero hacer lo mismo que hace Jesús: yo me abato con Jesús, y con Jesús me humillo delante de vuestra suprema Majestad. Yo os adoro con las mismas humillaciones de mi Salvador. Yo me regocijo y me felicito de que mi Divino Jesús os tribute por mí honores y homenajes infinitos”.
Aquí cierra el libro, y continúa excitándote interiormente a iguales actos. Regocíjate de que Dios sea honrado infinitamente, y en algún intermedio repite una y muchas veces estas palabras: “Sí, Dios mío, inefable es mi gozo por el honor infinito que vuestra Divina Majestad recibe de este augusto Sacrificio. Me complazco y alegro cuanto sé y cuanto puedo”. No te empeñes con afán en repetir a la letra estas mismas palabras: emplea libremente las que tu piedad te sugiera. Sobre todo procura conservarte en un profundo recogimiento y muy unido a Dios. ¡Ah! ¡Qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!

8. Satisfarás la segunda desde el Evangelio hasta la elevación de la Sagrada Hostia, y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la inmensa deuda que has contraído con la divina Justicia, dile con un corazón profundamente humillado:
“He ahí, Dios mío, a este traidor que tantas veces se ha rebelado contra Vos. ¡Ah! Penetrado de dolor, yo abomino y detesto con todo mi corazón todos los gravísimos pecados que he cometido. Yo os presento en su expiación la satisfacción infinita que Jesucristo os da sobre el altar. Os ofrezco todos los méritos de Jesús, la sangre de Jesús y al mismo Jesús, Dios `y hombre verdadero, quien en calidad de víctima, se digna todavía renovar su sacrificio en mi favor. Y puesto que mi Jesús se constituye sobre ese altar mi abogado y mediador, y que por su preciosísima Sangre os pide gracia para mí, yo uno mi voz a la de esta Sangre adorable, e imploro el perdón dé todos mis pecados. La sangre de Jesús está gritando misericordia, y misericordia os pide mi corazón arrepentido. ¡Oh Dios de mi corazón! Si no os enternecen mis lágrimas, dejaos ablandar por los tiernos gemidos de mi Jesús. Él alcanzó en la cruz gracia para todo el humano linaje, ¿y no la obtendrá para mí desde ese altar? Sí, sí; yo espero que por los méritos de su Sangre preciosa me perdonaréis todas mis iniquidades, y me concederéis vuestra gracia para llorarlas hasta el último suspiro de mi vida”. Enseguida, y habiendo cerrado el libro, repite estos actos con una viva y profunda contrición. Da rienda suelta a los afectos de tu alma, y sin articular palabra, dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón: “¡Mi muy amado Jesús! Dadme las lágrimas de San Pedro, la contrición de la Magdalena y el dolor de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes, a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón de todos mis pecados”. Reitera estos mismos actos en un perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satisfarás completamente todas las deudas que por tus pecados hubieres contraído con Dios.

9. En la tercera parte, es decir, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, considera los innumerables beneficios de que has sido colmado. En cambio, ofrece al Señor una víctima de precio infinito, a saber: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por ti, diciendo estas o parecidas palabras:
“Vedme aquí, Dios de mi corazón, cargado con el enorme peso de una inmensa deuda de gratitud y reconocimiento a todos los beneficios generales y particulares de que me habéis colmado, y de los que estáis dispuesto a concederme en el tiempo y en la eternidad. Confieso que vuestras misericordias para conmigo han sido y son infinitas; sin embargo, estoy pronto a pagaros hasta el último óbolo. En satisfacción de todo lo que os debo, os presento por las manos del sacerdote la Sangre divina, el cuerpo adorable y la víctima inocente que está colocada sobre este altar. Esta ofrenda basta (seguro estoy de ello) para recompensar todos los dones que me habéis concedido; siendo como es de un precio infinito, vale ella sola por todos los que he recibido y puedo recibir de Vos.

“Ángeles del Señor, y vosotros, dichosos moradores del cielo, ayudadme a dar gracias a mi Dios, y ofrecedle en agradecimiento por tantos beneficios, no solamente esta Misa a que tengo la dicha de asistir, sino también todas las que en este momento se celebran en todo el mundo, a fin de que por este medio satisfaga yo a su ardiente caridad por todas las mercedes que me ha hecho, así como por las que está dispuesto a concederme ahora y por los siglos de los siglos. Amén”. ¡Con qué dulce complacencia recibirá este Dios de bondad el testimonio de un agradecimiento tan afectuoso! ¡Cuán satisfecho quedará de esta ofrenda que, siendo de un precio infinito, vale más que todo el mundo! A fin, pues, de excitar más y más en tu corazón estos piadosos sentimientos, convida a toda la corte celestial a dar gracias a Dios en tu nombre. Invoca a todos los Santos a quienes tienes particular devoción, y con toda la efusión de tu alma dirígeles la siguiente plegaria: “¡Oh gloriosos bienaventurados e intercesores míos cerca del trono de Dios! Dad gracias por mí a su infinita bondad, para que no tenga la desventura de vivir y morir siendo ingrato. Suplicadle se digne aceptar mi buena voluntad, y tener en consideración las acciones de gracias, llenas de amor, que mi adorable Jesús le tributa por mí en ese augusto Sacrificio”. No te contentes con manifestar una sola vez estos sentimientos: repítelos a intervalos, en la firme seguridad de que por este medio satisfarán plenamente tan inmensa deuda. A este fin harás muy bien en rezar todos los días algún Acto de ofrecimiento, para ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino también las Misas que se celebran en todo el mundo.

10. En la cuarta parte, desde la Comunión hasta el fin, mientras que el sacerdote comulga sacramentalmente, harás la Comunión espiritual de la manera que te explicaré al terminar este capítulo. Dirige en seguida tus miradas a Dios Nuestro Señor que está dentro de ti, y anímate a pedir muchas gracias. Desde el momento en que Jesús se une a ti, Él es quien ruega y suplica por— ti. Ensancha, pues, el corazón, y no te limites a pedir solamente algunos favores: pide muchas, muchísimas gracias, porque el ofrecimiento de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito. Por consiguiente, dile con la más profunda humildad: “¡Oh Dios de mi alma! Me reconozco indigno de vuestros favores: lo confieso sinceramente, así como también que no merezco el que me escuchéis, atendida la multitud y enormidad de mis faltas. Pero, ¿podréis rechazar la súplica que vuestro adorable Hijo os dirige por mí sobre ese altar, en que os ofrece por mí su Sangre y su vida? ¡Oh Dios de infinito amor! ¡Aceptad los ruegos del que aboga en favor mío cerca de vuestra Divina Majestad!; y en atención a sus méritos concededme todas las gracias que sabéis necesito para llevar a feliz término el negocio importantísimo de mi eterna salvación. Ahora más que nunca me atrevo a implorar de vuestra infinita misericordia el perdón de todos mis pecados y la gracia de la perseverancia final. Además, y apoyándome siempre en las súplicas que os dirige mi amado Jesús, os pido por mí mismo, ¡oh Dios de bondad infinita! todas las virtudes en grado heroico, y los auxilios más eficaces para llegar a ser verdaderamente santo. Os pido también la conversión de los infieles, de los pecadores, y en particular de aquéllos a quienes estoy unido por los lazos de la sangre, o de relación espiritual. Imploro además la libertad, no de una sola alma, sino la de todas las que en este momento están detenidas en la cárcel del purgatorio. Dignaos, Señor, concedérsela a todas, y haced quede vacío ese lugar de dolorosa expiación. En fin, ojalá que la eficacia de este Divino Sacrificio convirtiera este mundo miserable en un paraíso de delicias para vuestro Corazón, donde fueseis amado, honrado y glorificado por todos los hombres en el tiempo, para que todos fuésemos admitidos a bendeciros y alabaros en la eternidad. Así sea”.
Pide sin temor, pide para ti, para tus amigos, parientes y demás personas queridas. Implora la asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor que se digne librarla de los males que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus súplicas, unidas a las de Jesús, serán escuchadas.

Concluida la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: “Os damos gracias por todos vuestros beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Así sea”.

Saldrás de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario. Dime ahora: si hubieras asistido de esta manera a todas las Misas que has oído hasta hoy, ¡con qué tesoros de gracias habrías enriquecido tu alma! ¡Ah! ¡Cuánto has perdido asistiendo a este augusto Sacrificio con tan poca religiosidad, dirigiendo tus miradas acá y allá, ocupado en ver quiénes entraban y salían, murmurando algunas veces, quedándote dormido, o cuando más, balbuceando algunas oraciones sin atención ni recogimiento! Si quieres, pues, oír con fruto la Santa Misa, toma desde este momento la firme resolución de servirte de este método, que es muy agradable, y que está todo él reducido a satisfacer las cuatro enormes deudas que tenemos contraídas con Dios. Persuádete firmemente de que en poco tiempo adquirirás inmensos tesoros de gracias y méritos, y de que jamás te asaltará la tentación de decir: Una Misa más o menos ¿qué importa?

§ 4. Modo de hacer la Comunión espiritual

11. Dejamos dicho que el que asiste a la Santa Misa no debe omitir la Comunión espiritual cuando el sacerdote comulga. Réstanos ahora explicar el modo de hacerlo. Según la doctrina del Santo CONCILIO DE TRENTO, hay tres clases de Comunión: la primera meramente sacramental; la segunda puramente espiritual, y la tercera sacramental y espiritual a la vez[19]. No se trata aquí de la primera, que consiste en comulgar en realidad, pero en pecado mortal, a imitación del traidor Judas; tampoco hablamos de la tercera, que es la que practican todos los fieles cuando reciben a Jesucristo en estado de gracia. Trátase únicamente de la segunda, que se reduce —según las palabras del mismo Concilio—, a un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial, unido a una fe viva que obra por la caridad, y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento. En otros términos: los que no pueden recibir sacramentalmente el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, lo reciben espiritualmente haciendo actos de fe viva y de caridad fervorosa, con un ardiente deseo de unirse al soberano Bien, y por este medio se disponen a participar de los frutos de este Divino Sacramento. Considera bien lo que voy a decir para facilitarte una práctica que tantas utilidades proporciona. Cuando el sacerdote va ya a comulgar, estando con gran recogimiento interior y exterior, modestia y compostura, excita en tu corazón un verdadero dolor de los pecados, y date golpes de pecho para significar que te reconoces indigno de la gracia de unirte a Jesucristo. Después ejercítate en actos de amor, de ofrecimiento, de humildad y demás que acostumbras hacer al acercarte a la Sagrada Mesa, añadiendo a esto el más ardiente y fervoroso deseo de recibir a Jesucristo, que, por tu amor, está real y verdaderamente presente en el augusto Sacramento. Para avivar más y más tu devoción, figúrate que la Santísima Virgen, o tu Santo Patrón, te presenta la Sagrada Hostia, y que tú la recibes en realidad y como si abrazaras estrechamente a Jesús en tu corazón, y repite una y muchas veces en tu interior estas palabras dictadas por el amor: “Venid ¡Jesús mío! mi vida y mi amor, venid a mi pobre corazón; venid y colmad mis deseos; venid y santificad mi alma; venid a mí, ¡dulcísimo Jesús! Venid”. Permanece después en silencio, contempla a tu Dios dentro de ti mismo; y como si hubieses comulgado realmente, adórale, dale gracias y haz todos los actos que se acostumbran después de la Sagrada Comunión. Ten por cierto, amado lector, que esta Comunión espiritual, tan descuidada por los cristianos de nuestros días, es, sin embargo, un verdadero y riquísimo tesoro que llena el alma de bienes infinitos; y, según opinión de muchos y muy respetados autores, —entre otros el P. RODRÍGUEZ, en su obra De la perfección cristiana—, la Comunión espiritual es tan útil, que puede causar las mismas gracias y aun mayores que la Comunión sacramental. En efecto, aunque la recepción real de la Sagrada Eucaristía produzca por su naturaleza más fruto, puesto que, siendo sacramento, obra por su propia virtud; puede no obstante suceder que un alma deseosa de su perfección haga la Comunión espiritual tan humildemente, con tanto amor y devoción, que merezca más a los ojos de Dios que otro comulgando sacramentalmente, pero con menor preparación y fervor. Se conoce cuánto agrada a Jesucristo esta Comunión espiritual, en que muy frecuentemente se ha dignado escuchar —por medio de patentes milagros—, los piadosos suspiros de sus servidores, unas veces dándoles por sus propias manos la Comunión sacramental, como a Santa Clara de Montefalco, a Santa Catalina de Sena y a Santa Ludovina; otras por manos de los Ángeles, como a mi Seráfico Doctor San Buenaventura, y a los obispos Honorato y Fermín, y alguna vez también por el ministerio de la augusta Madre de Dios, que por su misma mano dio la Sagrada Comunión al Beato Silvestre. Rasgos tan tiernos por parte de Dios no deben asombrarte, si consideras que la Comunión espiritual inflama las almas en el fuego de un santo amor, las une a Dios y las dispone a recibir las más señaladas gracias. ¿Y será posible que tantas utilidades no te causen alguna impresión y continúes siempre en tu indiferencia e insensibilidad? ¿Qué excusa podrás alegar desde ahora para descuidar todavía una práctica tan útil y tan santa? Resuélvete, pues, de una vez a servirte de ella frecuentemente, advirtiendo que la Comunión espiritual tiene sobre la sacramental la ventaja de que ésta no puede recibirse más que una vez al día, mientras que aquélla se puede renovar, no solamente en todas las Misas a que asistas, sino también en todas las horas del día; de mañana y tarde, por el día y por la noche, en la iglesia y en tu aposento, sin que para esto necesites el permiso de tu confesor; en una palabra, cuantas veces practiques lo que acabo de prescribirte, otras tantas harás la Comunión espiritual, y enriquecerás tu alma de gracias, de méritos y de toda clase de bienes.
Tal es el objeto de este opúsculo: inspirar a cuantos lo lean un santo deseo de introducir en el mundo católico la piadosa costumbre de oír todos los días la Santa Misa con una sólida piedad y verdadera devoción, haciendo en ella siempre la Comunión espiritual.
¡Ah, qué dicha si pudiera conseguirse! Entonces se vería reflorecer en todo el mundo aquel fervor tan admirable de los felices siglos de la primitiva Iglesia en que los cristianos recibían diariamente la Divina Eucaristía asistiendo al Santo Sacrificio. Si no eres digno de recibir a Dios tan a menudo, procura a lo menos oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión espiritual. Si yo lograse persuadirte de esta piadosa práctica, creería haber ganado todo el mundo, y tendría la dulce satisfacción de haber empleado bien el tiempo y mis trabajos. Y a fin de echar por tierra todas las excusas que acostumbran alegar los que pretenden dispensarse de asistir a la Misa, pondré en el capítulo siguiente varios ejemplos adaptados a toda clase de personas, para que todos comprendan que si se privan de un tan gran tesoro, esto nace, o bien de su negligencia, o bien de su tibieza y repugnancia a todas las obras de piedad, por cuyas causas les esperan amargos remordimientos para la hora de la muerte.

CAPÍTULO III


EJEMPLOS OPORTUNOS PARA INCLINAR A LAS PERSONAS DE TODOS LOS ESTADOS Y CONDICIONES A OÍR TODOS LOS DÍAS LA SANTA MISA

 

Los que no tienen deseo de asistir a la Misa alegan siempre una multitud de excu­sas, creyendo justificar así su falta de devo­ción. Los verás totalmente ocupados y lle­nos de afán por los intereses materiales; nada les importan los trabajos y fatigas si se trata de acrecentar su fortuna, mientras que para la Santa Misa, que es el negocio por excelencia, sólo encontrarás frialdad e indiferencia. Alegan mil pretextos frívolos, ocupaciones graves, indisposiciones, asuntos de familia, falta de tiempo, en una palabra, si la Iglesia no los obligase bajo pena de culpa grave a oír Misa los domingos y días de fiesta, Dios sabe si pondrían jamás los pies en un altar. ¡Ah! ¡Qué vergüenza! ¡Qué tiempos tan calamitosos los nuestros! ¡Qué desgraciados somos! ¡Cuánto hemos decaído del fervor de los primeros fieles que, como ya dije, asistían todos los días al Santo Sa­crificio y se alimentaban allí del Pan de los Ángeles por medio de la Comunión sacramental! Y no es que les faltasen negocios, ni ocupaciones; sin embargo, la Misa, lejos de servirles de molestia, era a sus ojos un medio eficaz de que prosperasen a la vez sus intereses temporales y espirituales.

¡Mundo ciego! ¿Cuándo abrirás los ojos para reconocer un error tan manifiesto? Cristianos, despertad por fin de vuestro letar­go, y que vuestra devoción más dulce y pre­dilecta sea oír todos los días la Santa Misa, y hacer en ella la Comunión espiritual. Para que tú, cristiano lector, formes esta resolu­ción, no encuentro otro medio más eficaz que el del ejemplo; porque es un hecho que salta a la vista, que todos somos gobernados por él. Todo lo que vemos hacer a otros, nos es fácil y cómodo. “Y ¿por qué no podrás hacer tú lo que éstos y aquéllos?”. Éste era el re­proche que SAN AGUSTÍN se dirigía a sí mis­mo antes de su conversión. Voy, pues, a citarte algunos, siguiendo las diferentes categorías de personas, y de esta manera abrigo la esperanza de ganar tu corazón.
§ 1. Ejemplos de varios príncipes, reyes y emperadores

 

Los ejemplos de los grandes del mundo causan ordinariamente más impresión que la piedad, aun extraordinaria, de los simples particulares, lo cual confirma la verdad de aquel axioma tan conocido: “El pueblo sigue el ejemplo de su rey”: Regis ad exemplum totus componitur orbis. Bien podría citar aquí un considerable número de aquellos per­sonajes, a fin de animarte a imitarlos y a oír todos los días la Santa Misa; mas para no exceder los justos límites, me contentaré con indicar algunos.

El gran CONSTANTINO asistía todos los días al Santo Sacrificio en su palacio; pero esto no bastaba a satisfacer su piedad, pues cuando marchaba a la cabeza de sus ejércitos y hasta en los campos de batalla, llevaba consigo un altar portátil, no dejando pasar un solo día sin ordenar que se celebrasen los divinos misterios, a lo cual debió las señaladas victorias que obtuvo sobre sus enemigos. LOTARIO, emperador de Alemania, observó constantemente la misma piadosa práctica: en la paz como en la guerra, quiso oír hasta tres Misas diarias. El piadoso rey de Ingla­terra ENRIQUE III, hacía lo mismo con edifi­cación de toda su Corte; y su devoción fue recompensada por Dios, aun temporalmente, concediéndole un reinado de cincuenta y seis años[20].

Mas para conocer bien la piedad de los monarcas ingleses y su asistencia continua al santo sacrificio de la Misa, no es preciso recurrir a los siglos pasados: basta fijar la consideración en aquella grande alma, cuya muerte todavía llora la ciudad de Roma; me refiero a la piadosa reina MARÍA CLEMENTINA. Esta princesa, según ella misma tuvo la bon­dad de confiármelo muchas veces, tenía sus principales delicias en oír la Santa Misa, así que lo hacía diariamente y en el mayor nú­mero posible. Asistía a ellas de rodillas, sin almohadillas para las rodillas, sin apoyo al­guno, inmóvil, cual una verdadera estatua de la piedad. Una asistencia tan fervorosa al Sacrificio inflamó de tal manera su corazón en el fuego de amor a Jesús, que todos los días quería hallarse presente a tres o cuatro reservas del Santísimo Sacramento, que se celebraban en distintas iglesias, haciendo ir al galope sus caballos por las calles de Roma, para llegar oportunamente a todos los tem­plos. ¡Ah! ¡Qué torrentes de lágrimas vertía esta virtuosa señora para conseguir saciar el hambre que tenía del Pan de los Ángeles! Hambre tan devoradora que la hacía pade­cer noche y día, y era que su corazón sen­tíase constantemente transportado al objeto de su amor. Sin embargo, Dios permitió que sus apremiantes súplicas no fuesen siem­pre escuchadas; y lo permitió a fin de hacer más heroico el amor de su sierva, o más bien para hacerla mártir del amor, pues, a mi juicio, esto fue lo que abrevió los días de su vida, de lo cual es una prueba evidente la carta que me escribió estando ya mori­bunda. Lo que hay de cierto es, que si se vio privada de la frecuente Comunión sacramental, no por eso perdió el mérito; porque aquellos dulcísimos deliquios del amor que no podía experimentar comulgando sacramentalmente, se los proporcionaba la Comu­nión espiritual que renovaba, no sólo siem­pre que asistía a la Santa Misa, sino también muchísimas veces al día, y con un gozo in­terior inexplicable, siguiendo con exactitud el plan trazado en el capítulo anterior.

Ahora yo pregunto: este ejemplo tan su­blime y edificante, del que puedo asegurar haber sido testigo de vista, puesto que ha pasado en mi presencia, y que en nuestros días ha sido en Roma objeto de admiración, ¿no bastará para cerrar la boca de los que alegan tantas y tantas dificultades para dis­pensarse de oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión espiritual? Pero todavía no me satisface que procures imitar a esa virtuosa reina en su ardiente deseo de unirse a Jesucristo; yo quisiera que la imi­tases también en el celo con que trabajaba con sus propias manos para proveer de vestiduras sagradas a las iglesias pobres: ejem­plo que siguieron en Roma muchas señoras distinguidas, que se recreaban en una ocupa­ción tan piadosa, como útil y modesta. Co­nozco fuera de Roma una gran princesa, tan célebre por su piedad como por su esclare­cido nacimiento, que oye todos los días va­rias Misas y tiene a sus doncellas frecuentemente ocupadas en trabajos de mano para el servicio de los altares, hasta el punto de entregar cajones de corporales, purificadores y otros ornamentos, bien a misioneros, bien a predicadores, para que éstos los distribu­yan a las iglesias, a fin de que el Divino Sa­crificio se celebre en todas partes con la decencia y pompa convenientes.

Séame permitido exclamar ahora: ¡Oh poderosos del mundo! Ved ahí el medio seguro de conquistar el cielo. Y vosotros, ¿qué hacéis? Decídmelo por favor: ¿qué hacéis? ¿Cómo no abrís vuestras manos para distri­buir abundantes limosnas a favor de tantas iglesias tan necesitadas? No digáis que care­céis de recursos, que vuestras propiedades producen poco, y que otras necesidades más apremiantes absorben vuestras rentas; porque en este caso yo os facilitaría el medio de proporcionar recursos a los altares sin perjudicar a las exigencias de vuestro estado. Vedlo ahí: es muy fácil y lo tenéis a mano; un caballo menos en vuestras caba­llerizas, un lacayo menos a vuestro servicio, cualquier otra superfluidad menos; y de este modo podéis hacer economías suficientes pa­ra socorrer las necesidades de muchas igle­sias sumamente pobres. Y ¡qué de bendiciones atraería sobre el Estado y sobre vosotros mismos una conducta tan edificante! Convó­canse asambleas, reúnense congresos, fór­manse conferencias, consejos de guerra para la seguridad de las provincias, juntas de no­tables para deliberar sobre los medios de aumentar la prosperidad y riqueza pública, y de alejar los peligros que pudieran impe­dirla, y es muy frecuente no conseguirlo. Pues bien, una buena idea, un medio suge­rido con oportunidad bastaría para allanar estas dificultades y asegurar de una vez la tranquilidad del reino. Pero, ¿y de dónde nos vendrá este feliz pensamiento? —De Dios, sabedlo bien, de Dios. — ¿Y cuál es el medio más eficaz para conseguirlo? —La Santa Misa. Óyela, pues, querido lector, con la frecuencia posible, y haz que se celebre a menudo por tu intención: cuida de proveer a las iglesias de vasos sagrados y ornamentos convenientes, y verás entonces los efectos de una providencia especial, que asegurará tus posesiones, y que te hará dichoso en el tiem­po y en la eternidad.

Concluiré este párrafo con un ejemplo de SAN WENCESLAO[21], rey de Bohemia, a quien deberías imitar, si no en todo, a lo menos en parte. Este Santo Rey no se contentaba con asistir diariamente a varias Misas, arrodillado sobre el pavimento desnudo, y ayudando a veces al sacerdote con más humildad y modestia que un joven de prima tonsura. El piadoso monarca se empleaba además en adornar los altares con las joyas más ricas de su corona y con las ropas más preciosas de su palacio. Acostumbraba también a pre­parar con sus propias manos las hostias destinadas al Santo Sacrificio; y el grano que servía para confeccionarlas era recogido por el mismo Santo Rey. Veíasele, sin temor de rebajar la dignidad real, trabajar la tierra, sembrar el trigo y recoger la cosecha; des­pués de lo cual él mismo molía el grano y cernía la harina, con cuya flor amasaba las hostias y las presentaba humildemente a los sacerdotes. ¡Oh manos dignas de empuñar el cetro de todo el mundo! Pero ¿qué utilidades le reportó una devoción tan tierna? Dios per­mitió que el emperador Otón distinguiese a este Santo Rey con una benevolencia sin igual, de la que le dio una brillante prueba concediéndole la gracia de unir a su escudo de armas todos los blasones del Imperio: favor que no se había concedido a ningún príncipe. Pero Dios, que se dignó recompen­sar en este mundo la devoción de Wenceslao al santo sacrificio de la Misa, le preparó en el cielo una recompensa mucho más magní­fica, cuando, después de un glorioso martirio, fue elevado de un reino temporal a un trono eterno de la gloria. Reflexiona sobre estos grandes ejemplos, y toma una resolución ge­nerosa.

§ 2. Ejemplos de grandes damas y señoras del mundo

Hay señoras que parece quieren convertir la iglesia en un teatro para su vanidad. Al entrar en ella atraen las miradas de todos con su brillante y acicalado traje. ¡Plegue a Dios que no usurpen o no estorben las ado­raciones que debieran dirigirse hacia el altar! Como entre esta clase de personas se encuen­tran muchas bastante asiduas en la asisten­cia a los Oficios divinos, no nos detendremos tanto en exhortarlas a frecuentar el lugar santo, como en enseñarles la modestia y el respeto con que es preciso portarse en la casa de Dios, particularmente durante la ce­lebración del Santo Sacrificio. En efecto, tan edificado como estoy de la conducta de un gran número de matronas romanas, y de las más distinguidas, que se presentan delante de nuestros altares con un exterior sumamente sencillo, sin pompa alguna y sin ador­nos; tanto me escandaliza ver otras vanido­sas, que con su ridículo peinado y su vestido de teatro tienen la necia pretensión de pasar por diosas en las iglesias. A fin de inspirar a estas desgraciadas un saludable y santo temor a nuestros tremendos misterios, voy a referir el siguiente ejemplo que se lee en la vida de la BEATA IVETA DE HUY, en el terri­torio de Lieja (Bolland, vita B. Ivetae). Oyendo Misa esta santa viuda el día de Navidad, Dios le hizo ver un espectáculo espantoso. Estaba a su lado una persona distinguida que parecía tener los ojos fijos en el altar, pero no era con el objeto de prestar aten­ción al Santo Sacrificio, o de adorar al San­tísimo Sacramento que se disponía a recibir, sino que estaba la infeliz entretenida en sa­tisfacer una pasión impura que había conce­bido por uno de los cantores que se hallaba en el coro, y cuando la desgraciada se le­vantó para acercarse a la Sagrada Mesa, la Bienaventurada Iveta vio una turba de de­monios saltando y bailando alrededor de aquella mujer: unos le levantaban su vesti­do, otros le daban el brazo, y todos parecían emplearse con diligencia en servirla, aplau­diendo a la vez su acto sacrílego. Rodeada de este infernal cortejo fue a arrodillarse ante el altar de la Comunión: bajó el sacer­dote, llevando en su mano la Sagrada Hostia, y la depositó sobre la lengua de aquella infeliz mujer; pero en el mismo instante la Santa viuda vio a Nuestro Señor volar al cielo, por no habitar en un alma que era guarida de los espíritus impuros. Con esta inmodestia sacrílega había atraído los demo­nios y ahuyentado al Divino Salvador, según la infalible sentencia del Espíritu Santo: La sabiduría encarnada no entrará en un alma depravada, ni habitará en un cuerpo esclavo del pecado. “In malevolam animam non in­troibit sapientia, nec habitabit in corpore subdito peccatis”. (Sb 1, 4).

Quizás me dirás, al leer estas páginas, que tú no eres del número de las personas que no guardan moderación ni decencia. Me com­plazco en creerlo, digo más, ni aun lo dudo; pero cuando se nota que vas a la iglesia ador­nada y perfumada como para un baile, y ves­tida con tan poca modestia, ¿no hay derecho para dirigirte una censura severa? ¡Qué do­lor! En verdad que así se hace de la casa de Dios una cueva de ladrones, puesto que, dis­trayendo a todo el mundo, se roba a Jesu­cristo el honor y atención que le son debidos.

Entra, pues, dentro de tu corazón, y toma la firme resolución de imitar a SANTA ISABEL DE HUNGRÍA[22]. Esta santa reina tenía el ma­yor anhelo por oír Misa, pero cuando llegaba el momento de asistir al Santo Sacrificio, dejaba su corona, quitaba las sortijas de sus dedos, y despojada de todo adorno, se con­servaba en presencia de los altares cubierta con un velo y en actitud tan modesta, que jamás se la vio dirigir sus miradas a derecha ni izquierda. Esta sencillez y esta modestia agradaron tanto a Dios, que quiso manifes­tar su contento por medio de un brillante y ruidoso prodigio. Al tiempo de celebrarse la Misa, la Santa se vio rodeada de una luz tan resplandeciente, que los ojos de los demás asistentes quedaron deslumbrados: pa­recía un ángel bajado del cielo. Aprovéchate de tan bello ejemplo; y si lo haces, está segura de que así agradecerás a Dios y a los hombres, y de que tus sacrificios te acarrea­rán inmensas utilidades en esta vida y en la otra.

§ 3. Ejemplos de mujeres de humilde condición

 

En la primera instrucción se ha demostra­do de una manera incontestable que la Santa Misa es de grandísima utilidad para toda cla­se de personas. Sin embargo, no es oportuno que mujeres de cierta condición, y a causa de los deberes que tienen que cumplir, asis­tan a ella todos los días de la semana. Si criáis niños, o si por un motivo de caridad o de justicia cuidáis enfermos; en fin, si un marido díscolo os prohíbe salir, no tenéis motivo para inquietaron y mucho menos para desobedecer; porque, aun cuando la asisten­cia a la Misa sea la cosa más santa y pro­vechosa, sin embargo la obediencia y la mor­tificación de la propia voluntad siempre son preferibles. Para vuestro consuelo añadiré que obedeciendo dobláis vuestros méritos, en atención a que Dios, en este caso, no sólo recompensará vuestra obediencia, sino que además tomará en cuenta la buena voluntad que tenéis de asistir a la Misa, como si en realidad la hubieseis oído. Por el contrario, desobedeciendo, perderíais uno y otro méri­to, demostrando con vuestra conducta que preferís satisfacer los deseos de vuestra pro­pia voluntad a cumplir con la de Dios, de la cual se nos dice expresamente en las Santas Escrituras que “la obediencia es mejor que los sacrificios”, es decir, que prefiere una sumisión humilde a todas las Misas que no sean de precepto.

¿Y qué sería si, después de ir a la Santa Misa, volvieseis con las manos vacías, efecto de vuestra charlatanería, de vuestra curiosi­dad y distracciones voluntarias? Escuchad el caso que voy a referir. Una buena mujer que habitaba en un pueblito a cierta distan­cia de la iglesia, resolvió y prometió a Dios oír un gran número de Misas durante un año, a fin de alcanzar una gracia que deseaba vivamente. Por esta razón, en el momento en que sonaba la campana de una ermita, in­terrumpía de repente sus ocupaciones, y se dirigía con prontitud a la iglesia a pesar de la lluvia, de la nieve y de todas las intem­peries de la estación. Cuando volvía a su casa procuraba apuntar las Misas oídas, con el fin de tener la seguridad de que era pun­tual en el cumplimiento de su promesa, a cuyo efecto colocaba por cada Misa un haba en una cajita que cerraba con todo cuidado. Pasado el año, y no abrigando la menor duda de haber satisfecho con exceso lo que había prometido, alcanzado muchos méritos y pro­porcionado mucha gloria a Dios Nuestro Señor, abrió su caja: pero ¡cuál sería su sorpresa al encontrar una sola haba, de tantas como había depositado! En vista de tan esperado suceso, entregóse a una profunda pena, y vertiendo lágrimas, fue a quejarse a Dios con las siguientes palabras: ¡Oh Señor! ¿Cómo es posible que de tantas Misas como he oído sólo encuentre la señal de una? Yo jamás he faltado a ella, a pesar de los obstáculos de toda clase, a pesar de la lluvia, del hielo y del calor. . . ¿Cómo, pues, ¡Dios mío! me explico este suceso? Entonces el Señor le inspiró el pensamiento de que fuese a consultar a un sabio y virtuoso sacerdote. Preguntóle éste por las disposiciones con que acostumbraba dirigirse a la iglesia y por la devoción con que asistía al Santo Sacrificio. A esta pregunta contestó la pobre mujer, di­ciendo con toda verdad, que durante el tiem­po que empleaba en ir de casa a la iglesia, no se ocupaba más que en negocios y bagatelas; y que mientras se celebraba la Santa Misa, estaba constantemente preocupada con los cuidados de la casa, o con los trabajos del campo y aún charlando con otras. He aquí, le dijo el sacerdote, la causa de que se hayan perdido todas estas Misas: los discur­sos inútiles e impertinentes, la disipación y las distracciones voluntarias os quitaron todo el mérito. El demonio se aprovechó de esto, y vuestro Ángel bueno llevó todas las habas que servían de señales, para daros a entender que el fruto de las buenas obras se pierde cuando no se practican bien. Por consiguien­te, dad gracias a Dios porque a lo menos hay una que fue oída con gran provecho vuestro.

Ahora entra dentro de ti mismo y di: De tantas Misas como he oído en el curso de mi vida, ¿cuántas habrá que Dios haya tomado en cuenta? ¿Qué te dice la conciencia? Si te parece que serán pocas las que hayan sido favorablemente recibidas del Señor, ob­serva otro método en lo sucesivo. Y a fin de que jamás seas del número de aquellas desgraciadas que sirven de ministros al de­monio, aun en las iglesias, para arrastrar almas al infierno, escucha el ejemplo siguien­te, muy a propósito para hacerte temblar.

Se lee, en el Sermonario llamado Dormisicuro, que una mujer reducida a extrema necesidad andaba errante cierto día por lu­gares solitarios, y tentada de la desespera­ción, cuando de repente se le apareció el demonio y le ofreció cuantiosas riquezas, con tal que ella quisiera ocuparse en distraer a los fieles durante la Misa, entreteniéndolos con discursos inútiles. La infeliz aceptó esta proposición, según ella dijo; y habiendo co­menzado a ejercer su oficio diabólico, lo de­sempeñó tan maravillosamente, que a cualquiera persona que estuviese cerca de ella le era imposible prestar atención a los Oficios divinos, ni oír devotamente la Santa Misa. Pero no pasó mucho tiempo sin que aquella mujer desgraciada se viese herida por la ma­no de Dios. En una mañana de violenta tem­pestad un rayo cayó sobre ella sola y la re­dujo a cenizas. Aprende por cuenta ajena y evita en todo lugar, y especialmente en la iglesia, el estar al lado de aquéllos que con sus chanzas, con sus conversaciones imper­tinentes y con sus irreverencias de toda clase, se convierten en instrumentos del demonio: de otra manera te expondrías a incurrir co­mo ellos en el desagrado de Dios.

§ 4. Ejemplos de negociantes y artesanos

 

El dinero es el ídolo de nuestros días. ¡Ah! ¡Cuántos desgraciados están constantemente prosternados ante esta falsa deidad, a la que únicamente rinden culto! Ellos llegan a ol­vidar al Creador del cielo y de la tierra, y por consiguiente se precipitan en un abismo de males aun temporales, mientras que el Real Profeta nos asegura que los que buscan a Dios ante todo, estarán al abrigo de los in­fortunios y serán colmados de bienes: “In­quirentes autem Dominum non minuentur omni bono”[23]. Esta sentencia se verifica es­pecialmente, en favor de aquéllos que procuran prepararse para el trabajo y demás ocupaciones del día, con la asistencia al san­to sacrificio de la Misa. La prueba de esta verdad nos la suministra el siguiente caso notable, ocurrido a tres negociantes de Gub­bio, en Italia.

Habíanse dirigido los tres a una feria que se celebraba en la villa de Cisterno, y des­pués de haber arreglado sus compras, tra­taron de ponerse de acuerdo para la marcha. Dos fueron de parecer que se emprendiese al día siguiente muy temprano, a fin de lle­gar a sus casas antes de anochecer; empero el tercero protestó que el día siguiente era domingo, y que de ningún modo se pondría en camino sin oír primeramente la Santa Misa. También exhortó a sus compañeros a que tomasen la misma resolución para volver juntos como habían ido, añadiendo que, des­pués de haber cumplido este precepto y to­mado un buen desayuno, viajarían más con­tentos; y por último dijo: que si no era po­sible llegar a Gubbio antes de anochecer, no faltarían mesones en el camino. Los compa­ñeros rehusaron conformarse con un dicta­men tan sabio y provechoso, y queriendo a toda costa llegar a su casa el mismo día, respondieron: que si por esta vez dejaban de oír Misa, Dios tendría misericordia con ellos. Así, pues, el domingo al rayar el alba y sin poner los pies en la iglesia, montaron a ca­ballo y emprendieron el viaje a su pueblo. Bien pronto llegaron cerca del torrente de Confuone, que la lluvia caída durante la noche había hecho crecer desmedidamente y hasta tal punto, que la corriente, azotando con violencia el puente de madera, lo había sacudido fuertemente. Sin embargo, los ji­netes subieron, pero apenas dieron los pri­meros pasos cuando la impetuosidad de las aguas arrastró el puente con los caballeros, y los sumergió. Al ruido de tan espantoso desastre corrieron los aldeanos, y con el auxi­lio de ganchos consiguieron sacar los cadá­veres de aquellos desgraciados que acaba­ban de perder su fortuna y su vida, y quizás su alma: se les depositó a orillas del torrente esperando que alguno los reclamase para darles honrosa sepultura. Durante este tiem­po el tercer negociante, que se había quedado en Cisterno para oír la Santa Misa, cumplido este deber había emprendido ale­gremente su viaje. No tardó mucho en lle­gar al sitio de la catástrofe, quedando atur­dido a la vista de los cadáveres; y habiéndose detenido a mirarlos, reconoció a sus compa­ñeros de la víspera. Oyó, vivamente conmo­vido, la relación de la funesta desgracia de que habían sido víctimas, y levantando sus manos al cielo, dio gracias a la Bondad infinita por haberlo preservado de semejante desventura; y sobre todo, bendijo mil y mil veces la hora dichosa que había consagrado al cumplimiento de sus deberes religiosos, atribuyendo su conservación al santo sacri­ficio de la Misa. Habiendo regresado a su pueblo extendió en él la noticia del trágico suceso, que excitó en todos los corazones un vivísimo deseo de asistir todos los días a la Santa Misa.

¡Maldita avaricia! muy necesario es que lo diga: ¡maldita avaricia! Tú eres la que apar­tas los corazones de Dios, y les quitas, por decirlo así, la libertad de ocuparse del impor­tantísimo negocio de su salvación.

Con el fin, pues, de que todos los que están expuestos a este vicio comprendan bien en qué consiste, voy a explicarlo por medio de una comparación tomada de la Sagrada Es­critura. Sansón, como sabéis, dejóse atar al principio con nervios de buey; después con gruesas cuerdas nuevas, que todavía no ha­bían prestado servicio alguno; y las rompió como se rompe un hilo. Pero al fin, vencido por las importunas molestias de Dalila, su mujer, le descubrió que el secreto de sus fuerzas estaba en sus cabellos: de suerte que habiéndole rasurado la cabeza se con­virtió en un hombre débil como los demás, y cayó en poder de los filisteos que le arran­caron los ojos, y lo condenaron a hacer dar vueltas a la rueda de un molino. Ahora pre­gunto: ¿En qué estuvo la falla de Sansón? ¿En dejarse atar de tantas maneras? No; porque él sabía muy bien que todas las ligaduras cederían a sus esfuerzos como un del­gado hilo. La gran falta que tuvo fue el revelar el verdadero secreto de su fuerza y dejarse cortar los cabellos, sin los cuales San­són no fue ya Sansón. Del mismo modo, digo, supuesto que un negociante, un indus­trial, se deje aprisionar por miles de ocupa­ciones, en el tráfico, en la industria y en empresas de toda clase: ¿es esto en lo que consiste el vicio funesto de la avaricia? No: el vicio consiste en dejarse cortar los cabe­llos. Me explicaré: Tal negociante está abru­mado de asuntos, y, sin embargo, por la mañana temprano, al oír tocar a Misa, se dice a sí mismo: tregua a los cuidados, la Misa antes que todo. Ved aquí un Sansón que está atado, si se quiere, con muchas cuerdas, pero que no está rasurado. Otro está sujeto por más de siete lazos, por ejemplo: expediciones que hacer, jornaleros que pagar, cartas que escribir, cuentas que arre­glar, deudas que satisfacer, créditos que co­brar: ¡ah! ¡qué de ligaduras y qué laberin­to! Sin embargo, llega el domingo o un día de fiesta y este hombre se desentiende de todos estos embarazos y se dirige a la igle­sia para oír la Santa Misa y practicar sus devociones: ved ahí todavía un Sansón que está muy atado, pero que conserva su cabe­llera, porque en medio de sus numerosos negocios no pierde de vista el importantísi­mo de su eternidad. Pero (fijad bien la aten­ción en este pero), cuando estáis fuertemente ligados con mil lazos de intereses tempora­les, y no tenéis bastante fuerza para rom­perlos, esto es, para desembarazaros de cuando en cuando, y acercaros con regularidad de cristianos a los Santos Sacramentos, y a oír la Santa Misa, desde entonces ¡ay! no sois más que unos infelices Sansones ligados y rasurados a la vez. Vuestros títulos y ren­tas quizás sean legítimos; pero no lo es se­guramente ese furor por adquirir que absor­be toda vuestra atención: ésa es una avaricia cruel que os tratará como a Sansón, es de­cir: que, como él, seréis envueltos en las rui­nas de vuestras casas. Y entonces esos te­soros que amontonáis, ¿para quién serán? “Quae autem parasti, cuius erunt?”[24].

Pero no olvidemos, querido lector, que estos avaros jamás se rendirán, a menos que se les tome por su lado débil. Pues bien, les diré: ¿Qué es lo que pretendéis? ¿En­riqueceros, ganar dinero y redondear vues­tra fortuna? ¿Y sabéis cuál es el medio más seguro y eficaz de conseguirlo? Vedlo aquí: asistid todos los días a la Santa Misa. El ejemplo siguiente debe convenceros de esta verdad. Había dos artesanos que ejercían el mismo oficio: uno de ellos estaba cargado de familia, pues tenía mujer, hijos y aún so­brinos que alimentar, y no en corto número; el otro vivía solo con su mujer. El primero criaba su familia con bastante desahogo, y todo le salía maravillosamente: tenía un al­macén muy acreditado, trabajo cuanto pudie­ra desear, y negocios bastante lucrativos para hacer cada año algunas economías destinadas a la dote de sus hijas, cuando lle­gasen a la edad de casarse. El otro artesano, aunque solo, estaba sin trabajo y muerto de hambre. Acercóse un día a su vecino y le dijo en confianza: “¿Cómo haces y qué con­ducta es la tuya para vivir tan cómodamente y aumentar tus intereses? Diríase que Dios hace llover en tu casa todos los bienes en abundancia, mientras que yo, infeliz, no pue­do levantar la cabeza, y todas las desgracias me oprimen. —Yo te lo explicaré bien, le respondió su amigo: mañana por la mañana pasaré por tu casa, y te enseñaré el lugar donde voy a negociar mi buena fortuna”. A la mañana siguiente fue a buscarlo y lo condujo a la iglesia para oír la Santa Misa, después de lo cual lo acompañó a su taller: hizo lo mismo el segundo y tercer día, y al cuarto le dijo el otro: “Si no hay más que hacer que ir a la iglesia y asistir al Santo Sacrificio, yo sé perfectamente el camino; por consiguiente no es necesario que te molestes más. —Esto es precisamente, le contestó el primero: asiste todos los días a la Santa Misa, y verás cómo la fortuna te sonríe”. Así sucedió efectivamente. Desde el momento en que abrazó esta práctica tan piadosa, se vio muy surtido de trabajo, pagó sus deudas en poco tiempo, y puso su casa en buen pie. (Surio, en la Vida de S. Juan el Limosnero).

Creéis al Evangelio, ¿no es así? Pues bien: si creéis en él, no podéis dudar de esta verdad. ¿No dice terminantemente: “Quaerite primum regnum Dei (Mt 6,33): Buscad pri­mero el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura”? Procurad hacer la prueba, a lo menos durante un año. A la Misa todas las mañanas; y si vuestros nego­cios no tienen mejor éxito, os permito que­jaros de mí. Pero no sucederá así seguramente, antes por el contrario, tendréis mo­tivos poderosos para darme gracias.

§ 5. Ejemplos de jornaleros y sirvientes

 

El apóstol SAN PABLO dice que el cristiano que no tiene cuidado de los suyos, y espe­cialmente de los domésticos, es peor que un infiel. Esta solicitud que se les debe, entién­dese no sólo en cuanto al cuerpo, sino y mu­cho más en cuanto al alma. Por consiguien­te, si el Apóstol tenía por crueldad el que se les dejase carecer de lo necesario para la vida corporal, mucho mayor lo será privarlos del alimento espiritual, principalmente prohi­biéndoles asistir todos los días a la Santa Misa. No hay un señor, por rico y poderoso que sea, que sepa comprender la pérdida que le ocasiona tal privación. Cuando Dios esta­bleció alianza con Abrahán, le ordenó que no solamente se circuncidase, sino que obligase a hacer lo mismo a todos sus servidores y esclavos: prueba evidente de que todo buen cristiano no debe contentarse con servir a Dios por sí mismo, especialmente con la asis­tencia al Santo Sacrificio, sino que debe procurar que todos sus criados, que toda su casa, le sirva igualmente.

SAN ELEÁZARO, conde de Ariani, practicó perfectamente esta santa economía espiritual. En un reglamento que había formado para su palacio, ordenaba en primer lugar que todos oyesen diariamente la Santa Misa; do­mésticos y sirvientes, mozos y empleados, a todos quería verlos asistiendo al adorable Sacrificio del altar. Esta piadosa costumbre es seguida por un gran número de señores, de cardenales y prelados de Roma. Todos los días oyen o celebran la Santa Misa, y quieren que todos sus dependientes y domés­ticos asistan a ella, y no vayáis a creer que el tiempo que éstos emplean en oír Misa es un tiempo perdido, no: es el tiempo que Dios tendrá más en cuenta.

SAN ISIDRO[25] era un pobre labrador; pero tenía sumo cuidado de no faltar a Misa. Dios le hizo conocer cuán agradable le era su de­voción por el suceso siguiente. Un día que el Santo estaba trabajando en el campo, oyó tocar a Misa en una iglesia inmediata; deja sus bueyes, y marcha precipitadamente con objeto de asistir al Santo Sacrificio. Pero ¡oh prodigio! mientras que San Isidro estaba en Misa, los Ángeles se ocuparon en conti­nuar la labor de aquel devoto y piadoso la­brador. Es verdad que Dios no hará milagros tan patentes en favor vuestro; sin em­bargo, ¿no tiene medios infinitos para recompensar vuestra piedad? Bien podéis com­prenderlo por lo que hizo con un pobre vi­ñador, cuya historia es la siguiente: Este virtuoso jornalero, que criaba su familia con el sudor de su rostro, acostumbraba, antes de consagrarse al trabajo, asistir todos los días al santo sacrificio de la Misa. Un día muy temprano dirigióse al punto donde se reunían sus compañeros, esperando que al­guno viniese para alistarlos. En este tiempo oyó sonar la campana, y al instante, según costumbre se dirigió a la iglesia para rezar en ella sus oraciones. Después de la primera Misa salió inmediatamente otra, que el pia­doso jornalero oyó con la misma devoción. Al volver a su puesto ya no encontró a nin­guno de sus compañeros: todos habían sido alistados y enviados al campo, y los dueños también habían desaparecido. Aquel buen hombre volvíase triste a su casa, cuando un rico propietario del lugar se apercibió de ello; y al notar en su rostro su gran tristeza, se acercó a él y le preguntó la causa. “Qué quiere usted, respondió el pobre trabajador, esta mañana, por temor de perder la Misa, he perdido mi jornal. —No te aflijas por eso, respondió el rico: vuelve a la iglesia, oye una Misa más por mi intención, y esta tarde te pagaré tu jornal”. El pobre hombre fue a cumplir con lo que le ordenaba su nue­vo amo, y no solamente asistió a la Misa que se le había prescrito, sino que además oyó todas las que se celebraron en aquel día. Al caer de la tarde se presentó al rico para recoger su jornal. En efecto, recibió doce sueldos, salario ordinario de un jornalero de aquel país. Marchábase muy contento a su casa, cuando vio venir hacia él un personaje desconocido (era Nuestro Señor Jesucristo), y le preguntó cuánto le dieron por el trabajo de un día tan bien empleado; y oyendo que sólo recibiera doce sueldos, le dijo: “¿Tan poco ganaste por una obra tan meritoria? Vuelve a casa de ese rico, y dile: que si no aumenta la retribución, sus negocios irán muy mal”. El jornalero desempeñó con humilde sencillez el encargo que llevaba para el rico, quien le entregó cinco sueldos más, enviándole en paz. Marchó el buen hombre muy satisfecho con esta gratificación; pero el Divino Salvador no se contentó con ella: viendo que el aumento no excediera de cinco sueldos, le dijo: “Esto no es bastante todavía; vuelve a casa de ese avaro, y hazle pre­sente que si no se muestra generoso, vendrá sobre él una terrible desgracia”. El jorna­lero se presenta nuevamente delante del rico con un temor respetuoso, y le hizo a medias palabras aquella nueva demanda. Entonces el rico, herido interiormente por la gracia del Señor, llevó su generosidad hasta el punto de darle cien sueldos y un buen vestido nue­vo. Sin duda os admiraréis, y con razón, del modo con que la Divina Providencia recom­pensó a este pobre viñador, de la piedad que le movía a oír todos los días la Santa Misa; pero más admirable es todavía la misericor­dia que Dios tuvo de este rico. A la noche siguiente apareciósele el Salvador, y le reve­ló que, gracias a las Misas oídas por aquel pobre, había sido preservado de una muerte repentina, que en aquella misma noche lo hubiera precipitado en el infierno. Al oír un aviso tan espantoso, se levantó sobresaltado, y entrando en cuentas consigo mismo, co­menzó a detestar su mala vida; y se declaró muy devoto de la Santa Misa, a la que asis­tió en adelante todos los días con bastante regularidad. No se contentaba con oírla, sino que además hacía que diariamente se cele­brasen otras muchas en diferentes iglesias, por cuyo medio alcanzó la gracia de pasar el resto de su vida en la práctica constante de la virtud y la de una muerte preciosa a los ojos del Señor. (Nicol Lac. trat. 6 dist. 10 de Misc., c. 200).


§ 6. Ejemplo formidable para los que no aprecian el inmenso tesoro de la Santa Misa

 

Dos insignes doctores de la Iglesia, el Án­gel de las Escuelas Santo Tomás de Aquino y el Seráfico San Buenaventura, enseñan, como se dijo en el capítulo primero, que el adorable sacrificio de la Misa es de un precio infinito, tanto por razón de la Víctima, como por la del sacerdote que la inmola. La Víc­tima ofrecida es el Cuerpo, la Sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; y el primer sacrificador, es el mismo Jesu­cristo. ¿De qué procede, pues, que tantos cristianos hacen tan poco caso de este ines­timable tesoro, prefiriendo a él un vil interés?

Hemos escrito este opúsculo con el fin de instruir a todos los que quieran leerlo con atención, e inspirarles la más sublime idea de este Divino Sacrificio. Si hasta hoy ¡oh cristiano lector! fue para ti un tesoro escon­dido, ahora que ya conoces su valor infinito, quisiera que tomases una resolución eficaz de aprovecharte de él, asistiendo todos los días a la Santa Misa. Para concluir de ani­marte a la práctica de una obra tan piadosa y fecunda en resultados espirituales y aún temporales, voy a referirte un ejemplo terri­ble que pondrá el sello a toda la obra.

Eneas Silvio, que llegó a ser Papa con el nombre de Pío II[26], cuenta que un gentilhombre de los más distinguidos de la provin­cia de Istria, después de haber perdido la mayor parte de su inmensa fortuna, se había retirado a una aldea suya para vivir allí con más economía. Vióse al poco tiempo atacado de una negra melancolía que no le dejaba un momento de sosiego, persiguiéndolo hasta el punto de querer abandonarse a la deses­peración. En medio de luchas interiores tan horribles recurrió a un piadoso confesor, quien, después de haberle oído sus trabajos, le dio un excelente consejo: “No deje usted pasar, le dijo, un solo día sin oír la Santa Misa, y no tenga usted ningún temor”. Este aviso agradó tanto al gentilhombre, que se apresuró a ponerlo en ejecución, con el ob­jeto de asegurar más y más la facilidad de su cumplimiento, tomó un capellán para que le dijese Misa todos los días en el castillo. Por un compromiso inevitable, tuvo este sa­cerdote que ir muy temprano a una villa poco distante, para ayudar a otro compañero que celebraba la primera Misa. Nuestro pia­doso caballero, no queriendo pasar un solo día sin asistir al adorable Sacrificio, salió del castillo en dirección a la villa con el fin de oír allí la Santa Misa. Como iba a un paso muy acelerado, un aldeano que lo en­contró en el camino le dijo: “Que podía volverse a su casa, porque la Misa del nuevo sacerdote había concluido y no se celebraba ninguna otra”. Al oír esta noticia se llenó de turbación, y empezando a lamentarse, exclamó: “¿Qué será de mí en este día, qué será de mí? Quizá sea hoy el último de mi vida”. Asombrado el aldeano de verle tan afligido, le dijo: “No os desconsoléis, señor: con mucho gusto os vendo la Misa que acabo de oír. Dadme la capa que cubre vuestros hombros y os cedo la Misa, con todo el mé­rito que por ella pude haber contraído de­lante de Dios”. El gentilhombre tomó la palabra del aldeano, y después de haberle entre­gado muy gozoso su capa, continuó su viaje a la iglesia para rezar allí sus oraciones. Al regresar al castillo y habiendo llegado al sitio donde se había verificado el indigno cambio, vio al infeliz aldeano colgado de una encina como Judas. Dios había permitido que la tentación de ahorcarse, que tanto atormen­taba al gentilhombre, se apoderase de aquel desgraciado que, privado de los auxilios que había alcanzado por medio de la Santa Misa, no tuvo fuerzas para resistir. Horrorizado a vista de semejante espectáculo, comprendió una vez más toda la eficacia del remedio que su confesor le había dado, y se confirmó en la resolución de asistir todos los días al Santo Sacrificio.

A propósito de este tremendo caso, quisie­ra hacerte dos observaciones de altísima im­portancia. La primera es concerniente a la monstruosa ignorancia de aquellos cristianos que no apreciando debidamente las inmen­sas riquezas encerradas en el Sacrificio del altar, llegan a tratarle como si fuera un ob­jeto de tráfico. De aquí proviene esa manera de hablar tan inconveniente, que tienen cier­tas personas, cuyo cinismo llega al extremo de preguntar a un sacerdote: ¿Cuánto me cuesta una Misa? ¿Quiere usted que se la pague hoy? ¡Pagar una Misa! ¿Y en dónde encontraréis capital equivalente al valor de una Misa, que vale más que el paraíso? ¡Qué ignorancia tan insoportable! La moneda que dais al sacerdote es para proveer a su sub­sistencia, pero no un pago de la Santa Misa, que es un tesoro que no tiene precio.

Muy cierto es, amado lector, que en este opúsculo te he exhortado constantemente a oír todos los días la Santa Misa, y a que hi­cieses celebrarla con la mayor frecuencia po­sible. Y quién sabe si con este motivo habrá tomado un pretexto el demonio para soplarte al oído esta maldita sospecha: “Los sacer­dotes presentan muy buenas y excelentes ra­zones para inclinarnos a dar limosnas destinadas a la celebración del Santo Sacrificio; sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Bajo una apariencia de celo, ellos buscan su provecho, pues cuando se penetra en el fon­do de ciertas cosas, se comprende al fin que el interés es el único móvil de todo lo que hacen y de todo lo que dicen”. ¡Ah! si tal crees te engañas miserablemente. En cuanto a mí, doy gracias a Dios por haberme lla­mado a una Religión en donde se hace voto de pobreza, la más estricta y rigurosa, y en donde no se recibe estipendio de Misas. Aún cuando se nos ofrecieran cien escudos por celebrar una sola vez el Santo Sacrificio, no los recibiríamos. Nosotros, al decir Misa, nos conformamos siempre con la intención que tuvo el mismo Jesucristo al ofrecerse al Eterno Padre en sacrificio, sobre el altar sangriento del Calvario. Por consiguiente, si alguno puede hablar con toda claridad y sin temor de que se atribuyan miras interesadas, soy yo que no pienso ni puedo pensar en otra cosa que en el bien de todos. Por lo mismo vuelvo a repetir lo que te dije al prin­cipio de este opúsculo: asiste frecuentemente a la Santa Misa; a ello te conjuro en el nombre de Dios; asiste muy frecuentemente y da limosnas para hacer que se celebren en el mayor número posible, y de este modo amontonarás un rico y precioso tesoro de méritos, que te será muy provechoso en este mundo y en la eternidad.

La segunda observación que debo hacerte con relación al ejemplo que acabas de leer, es acerca de la eficacia de la Santa Misa para alcanzarnos todos los bienes y preservarnos de todos los males, especialmente pa­ra avivar nuestra confianza en Dios y darnos fuerzas con las cuales vencer todas las tenta­ciones. Permíteme, pues, que te diga una vez más: ¡A Misa, por favor, a Misa! si quieres triunfar de tus enemigos y ver al infierno humillado a tus pies.

Antes de terminar este opúsculo, creo con­veniente decir algunas palabras acerca del ministro que ayuda a Misa. En estos días desempeñan este oficio los niños o personas sencillas, mientras que ni aún las testas co­ronadas serían dignas de un honor tan sin­gular. SAN BUENAVENTURA dice que el ayudar a Misa es un ministerio angélico, puesto que los muchos Ángeles que asisten al Santo Sa­crificio sirven a Dios durante la celebración de este augusto misterio. SANTA MATILDE Vio el alma de un fraile lego más resplandeciente que el sol, porque había tenido la devoción de ayudar a todas las Misas que podía. SAN­TO Tomás DE AQUINO, brillante antorcha de las escuelas, no apreciaba menos la dicha del que sirve al sacerdote en el altar, puesto que, después de celebrar, nada deseaba tanto co­mo ayudar a Misa. El ilustre canciller de Inglaterra, TOMÁS MORO, tenía sus delicias en el desempeño de tan santo ministerio. Ha­biéndole reprendido cierto día uno de los grandes del reino, diciéndole que el Rey vería con disgusto que se rebajase hasta el punto de convertirse en monaguillo, Tomás Moro respondió: “No, no, al Rey mi señor no pue­den disgustarle los servicios que yo hago al que es Rey de los reyes y Señor de los señores”. ¡Qué motivo de confusión para aquellos cristianos que, aun haciendo alguna vez profesión de piedad, se hacen rogar para ayu­dar a Misa, mientras que debieran disputar a otros este honor, que envidian los Ángeles del cielo!

Por otra parte, es preciso tener cuidado de que el que ayuda a Misa sea capaz de cumplir con su ministerio de una manera conveniente. Debe tener la vista mortificada y manifestar un exterior grave, modesto y piadoso: debe pronunciar las palabras claramente, sin apresurarse y a media voz; no en tono tan bajo que no le oiga el sacerdote, ni tan alto que incomode a los que celebran en otros altares. Por consiguiente, no deben ser admitidos ciertos niños desvergonzados, que están burlándose unos de otros durante la Misa y distraen al celebrante. Yo suplico al Señor se digne iluminar a los hombres sabios, e inspirarles la resolución de ocuparse en un ministerio tan santo y meritorio. A las personas más distinguidas corresponde dar el ejemplo.

Para concluir, sólo me resta dar un salu­dable consejo que comprenda a seglares y sacerdotes. Dirigiéndome a los primeros, les digo: Si queréis recoger frutos abundantísi­mos del santo sacrificio de la Misa, asistid a ella con la mayor devoción. Por todo este opúsculo he insistido más de una vez sobre este punto; y ahora, al terminar, insisto to­davía y con más eficacia, si cabe. Asistid, pues, con devoción a la Santa Misa, y si lo encontráis bueno, utilizad este librito, practi­cando exactamente lo que se prescribe en el capítulo segundo. Haciéndolo así, os aseguro pues tengo la experiencia por testigo) que bien pronto experimentaréis en vuestro co­razón un cambio muy notable, y palparéis las inmensas utilidades que redundan en benefi­cio de vuestra alma.

En cuanto a vosotros, sacerdotes del Señor permitidme que, con mi frente pegada al polvo, os dirija una súplica. Os ruego, por las entrañas de Nuestro Señor Jesucristo, que toméis la firme y constante resolución de celebrar todos los días la Santa Misa. Si en la primitiva Iglesia los mismos seglares no dejaban pasar un solo día sin comulgar, ¿con cuánta mayor razón debemos creer, que los sacerdotes celebraban diariamente? “Cada día ofrezco a Dios el Cordero sin man­cha”, dijo SAN ANDRÉS APÓSTOL, dirigiéndose al tirano. SAN CIPRIANO[27] escribió en una carta las palabras siguientes: “Nosotros, los sa­cerdotes, que celebramos y ofrecemos a Dios todos los días el Santo Sacrificio”. SAN GREGORIO EL GRANDE refiere de Casiano, obis­po de Narni, que teniendo éste la piadosa costumbre de celebrar diariamente, Dios Nuestro Señor encargó a uno de sus capellanes le dijese en su nombre que se portaba muy bien, que su piedad le era muy agra­dable, y que por ella recibiría una recom­pensa magnífica en el reino de los cielos.

Por el contrario, ¿quién será capaz de com­prender, ni menos de expresar, el daño que causan a la Iglesia los sacerdotes que sin impedimento legítimo y sólo por pura negli­gencia, omiten la celebración del adorable Sacrificio? Y no crea el sacerdote indevoto que pueda alegar como excusa, para no decir Misa, las muchas ocupaciones de que está rodeado. El BEATO FERNANDO, arzobispo de Granada y ministro del reino a la vez, estaba siempre ocupadísimo, y sin embargo celebra­ba todos los días la Santa Misa. Advertido en cierta ocasión por el cardenal Toledo de que la Corte murmuraba porque, a pesar de verse abrumado de tantos negocios, no quería privarse de celebrar un solo día, el Siervo de Dios le respondió: “Ya que Sus Altezas pusieron sobre mis débiles hombros una carga tan pesada, necesito un poderoso apoyo para no sucumbir. ¿Y dónde lo encon­traré mejor que en el santo sacrificio de la Misa? Allí adquiero toda la fuerza y el vigor necesarios para llevar mi carga”.

Hay sacerdotes que, apoyándose en cierta humildad omiten celebrar todos los días la

Santa Misa. SAN PEDRO CELESTINO[28], a consecuencia de la sublime idea que había formado de este augusto Misterio, quiso abstenerse de la celebración diaria; pero un santo Abad, de cuyas manos había recibido el hábito re­ligioso, se le apareció, y en tono de autoridad le dijo: “¿Encontrarás en el cielo un serafín que sea digno de ofrecer a Dios el tremendo sacrificio de la Misa? Dios eligió, para mi­nistros suyos, no Ángeles, sino hombres; y como tales están sujetos a mil imperfeccio­nes. Humíllate, pues, muy profundamente, pero no dejes de celebrar un solo día, porque ésta es la voluntad de Dios”.

Sin embargo, y a fin de que la frecuencia no disminuya el respeto, todo sacerdote debe esforzarse en imitar a los Santos que brillaron especialmente por la modestia y fervor con que subían al altar. El ilustre arzobispo de Colonia, SAN HERIBERTO, manifestaba al celebrar una devoción tan extraordinaria, que hubiéraselo tenido por un ángel bajado del cielo. SAN LORENZO JUSTINIANO[29] estaba como fuera de sí cuando decía la Santa Misa. Pero SAN FRANCISCO DE SALES parece desco­llar sobre todos. Jamás se vio un sacerdote que subiese al altar con más dignidad, con más respeto y recogimiento; desde que se revestía de los ornamentos sagrados no se ocupaba de ningún pensamiento extraño al tremendo Sacrificio; y en el momento en que ponía el pie sobre la primera grada del altar, se notaba en él un no sé qué de celestial, que asombraba y era el embeleso de todos los circunstantes.

Si estos ejemplos os parecen muy subli­mes, adoptad la práctica de SAN VICENTE FERRER[30]. Este gran Santo, que celebraba to­dos los días antes de subir a la cátedra del Espíritu Santo, tenía sumo cuidado de acercarse al altar con dos disposiciones impor­tantísimas. Para conseguir la primera, recu­rría todas las mañanas a la santa Confesión. Yo quisiera que hicierais lo mismo, sacerdo­tes fervorosos, que, celebrando los mismos misterios buscáis el medio de dar a Dios la mayor satisfacción posible. ¡Cosa extraña! se ve a muchos emplear medias horas en la lectura de ciertos libritos a fin de prepararse para el Santo Sacrificio, mientras que ha­ciendo un corto examen y excitándose al do­lor de los pecados de la vida pasada, supuesto que no hubiese otra materia, confe­sándose, podrían adquirir una grande pureza de alma. Ved aquí, sacerdotes del Señor, la preparación más excelente, y cuya prácti­ca os aconsejo. No menospreciéis este aviso que os doy, así como daría mi vida por vues­tra salvación. ¡Ah! ¡Qué tesoro de méritos adquiriréis por este medio! ¡Qué gracias me daréis cuando nos encontremos en la dichosa eternidad!

Para obtener la segunda disposición, San Vicente Ferrer quería que el altar estuviese adornado con cierta magnificencia. Como celebraba ordinariamente en presencia de una numerosa asistencia, exigía la limpieza y decencia más exquisitas en las vestiduras sagradas y en todo lo que servía al Santo Sacrificio. No se me oculta que la pobreza a que se ven hoy reducidas las iglesias, las excusa de tener ricos ornamentos de seda y tisú; pero ¿podrá dispensarlos de la decen­cia y limpieza que se requieren? Mi Padre SAN FRANCISCO DE Asís tenía tanto celo por los divinos misterios, que a pesar de su amor a la pobreza exigía, sin embargo, la mayor decencia y aseo en las sacristías, en el altar, y sobre todo en las vestiduras sagradas que sirven inmediatamente al Santísimo Sacramento. A todo esto añadiré, que la SANTÍSI­MA VIRGEN, para darnos a entender la nece­sidad de esta limpieza exterior, en una de sus revelaciones a Santa Brígida, le dijo: “La Misa no debe celebrarse sino con ornamen­tos que puedan inspirar devoción por su limpieza y decencia”.

Procuremos, pues, sacerdotes del Altísimo, celebrar la Santa Misa con estas dos dispo­siciones: limpieza exterior, y sobre todo la pureza del alma. Celebremos todos los días el Santo Sacrificio con el fervor y modestia con que celebraríamos, si toda la Corte ce­lestial asistiese visiblemente. De esta manera daremos gloria y alabanza a la Santísima Tri­nidad, proporcionaremos alegría a los Án­geles, perdón a los pecadores, auxilios de gra­cia a los justos, alivio y sufragio a las almas del purgatorio, a toda la Iglesia bienes inmensos, y a nosotros mismos la medicina y remedio de todas nuestras necesidades. Por último, yo abrigo la confianza de que si cele­bramos con recogimiento, y sobre todo con una viva fe y un gran fervor, los seglares se determinarán a asistir devotamente todos los días al Santo Sacrificio, y nosotros ten­dremos el consuelo de ver renovarse entre los cristianos el fervor de los primeros fieles, y Dios será honrado y glorificado. Ved ahí el único objeto que me propuse al escribir este opúsculo, a que doy fin rogándoos recéis por mí una sola Ave María[31].


[1] “Débiles y pobres elementos”. (Ga 4, 9). (N. del E.).

[2] S. 4, 6. (N. del E.)

[3] “Vi (…) un cordero de pie como degollado”.

[4] “Se realiza la obra de nuestra redención” (Ora­ción de la Secreta del 99 Domingo después de Pen­tecostés). (N. del E.).

[5] “Maldito el que ejecuta de mala fe la obra del Señor”. (Jr 48,10). (N. del E.).

[6] “Nos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes” (Ap. 5,10). (N. del E.).

[7] Par. 21, 1-17. (N. del E.)

[8] 1 Sam 6, 19. Sobre este pasaje, véase:

“Sin duda los betsamitas miraron el Arca con curio­sidad registrando su contenido y tocándolo todo lo cual estaba prohibido hasta a los levitas (Núm. 4, 5 y 20).

El número elevado de cincuenta mil muertos en una pequeña ciudad se debe a un error del copista. Flavio Josefo habla de setenta muertos”. (Nota de Straubin­ger).

“El texto masorético y la Vulgata ponen aquí un ‘estrago de setenta varones por un lado y cincuenta mil por otro, muertos por mirar el arca. Se impone la corrección del texto según la versión de los LXX, que reduce los muertos a setenta”. (Nota de Nácar-Colunga). (N. del E.).

[9] Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. (Mt 18,26). (N. del E.).

[10]  “En efecto, aplacado el Señor con esta oblación, y concediendo la gracia y el don de la penitencia, perdona los delitos y pecados por grandes que sean”. (Denz, 940; D-S 1743). (N. del E.).

[11] “¿Con qué retribuiré al Señor por todas las cosas que me ha hecho?”. (S. 115, 12). (N. del E.).

[12] “Tomaré el cáliz de la salud” (S. 115,13). (N. del E.). 

[13] “Porque nos ha nacido un niño”. (Is 9, 6). (N. del E.).

[14] “El que ni aun a su propio Hijo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros; ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?”. (Rm 8, 32). (N. del E.).

[15] “Escuchando la misa, el hombre se libra de ¡mu­chos males y peligros!”. (N. del E.).

[16] “Su lengua y sus mentiras contra el Señor. (… ) ¡Ay del alma de ellos!, porque se les retribuyeron sus males”. (Is 3, 8-9). (N. del E.).

[17] “Porque el juicio [será] sin misericordia para el que no usó de misericordia”. (Sant. 2,13). (N. del E.).

[18] Beato JUAN DE ÁVILA (1500-1569): el “Apóstol de Andalucía”, escritor místico y misionero español, autor entre otras obras de un “Tratado del amor de Dios”, una sobre el ‘modo de rezar el rosario y del célebre “Audi Filia”, síntesis maravillosa de la espi­ritualidad cristiana.

Beatificado en 1894, el Papa Pío XII lo proclamó el 6 de julio de 1946 patrono principal del clero se­cular español. Festividad: 10 de mayo. (N. del E.).

[19] Sesión XIII, cap. 8. (Denz. 881. D-S 1648). (N. del E.).

[20] 1216-1272. (N. del E.).

[21] SAN WENCESLAO, rey y mártir. Nieto de Santa Ludmila. Asesinado por su hermano Boleslao el 28 de setiembre de 938. Santo patrono de la nación checa. Festividad: 28 de setiembre. (N. del E.).

[22] Santa ISABEL DE HUNGRÍA (1207-1231): Hija del rey Andrés II de Hungría. Esposa del landgrave Ludwig IV de Turingia. Canonizada en 1235. Festi­vidad: el 19 de noviembre. Patrona de la Tercera Orden Franciscana. (N. del E.),

[23] “Los que buscan al Señor no carecerán de bien alguno” (S. 33, 11). (N. del E.). 

[24] Pero lo que has preparado, ¿de quién será?” (Lc 12, 20). (N. del E.).

[25] SAN ISIDRO LABRADOR (1082-1170): Patrono de Madrid, su ciudad natal. Festividad el 15 de mayo. El papa Gregorio XV, en la bula de canonización (1621), afirma que San Isidro “nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la santa misa y encomendarse a Dios y a su Madre Santísima” (N. del E.).

[26] Eneas Silvio PICCOLOMINI (1405-1464), Papa Pío II (1458-1464): Estadista, diplomático, orador, mecenas y erudito humanista; poeta, historiador, memo­rialista, pintor, etnógrafo y geógrafo.

En 1459 convocó en Mantua infructuosamente un congreso de príncipes cristianos para inducirlos a una gran cruzada contra el Turco, que fue siempre su preocupación fundamental.

En 1463 proclamó la Bula de Cruzada con estas palabras: “Ya que de otro modo nos es imposible des­pertar los entorpecidos corazones de los cristianos, nosotros mismos nos lanzaremos al peligro y gastaremos en esta empresa todos los recursos de la Iglesia romana y del patrimonio de San Pedro, con el solo fin de amparar la fe católica. (…) Nuestra causa es la de Dios; lucharemos por la ley de Dios y el mismo Dios aplastará a los enemigos ante nuestros ojos”. (N. del E.).

[27] SAN CIPRIANO (circa 200-258): Obispo de Cartago, uno de los Padres de la Iglesia latina, cuyos escritos “resplandecen más que el sol”, al decir de San Jerónimo.

Apóstol y maestro de la Romanidad y del amor a la Iglesia: “No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia por madre”, escribe en el más hermoso de sus opúsculos, el “De Catholicae Ecclesiae unitate” (251).

Mártir en la octava persecución, la de Valeriano, el 14 de septiembre de 258, el mismo día, aunque no el mismo año que el Papa San Cornelio (251-253).

Festividad de ambos: el 16 de setiembre. (N. del E.).

[28] SAN PEDRO CELESTINO 0 SAN PEDRO DE MORRONE (1215-1296), Papa SAN CELESTINO V (1294): Undécimo de doce hermanos, anacoreta y eremita, fundador de la Congregación de los Celestinos (1264), rama benedic­tina aprobada por Gregorio X en 1274 y suprimida a fines del siglo XVIII.

Estando la barca de la Iglesia sin su supremo pastor durante más de dos años (4 de abril de 1292: muerte de Nicolás IV, el primer papa franciscano), Celestino, que vivía consagrado a la oración y a la penitencia en las soledades del monte Morrone, fue electo Papa sin su conocimiento, el 5 de julio de 1294.

Después de cinco meses y seis días, convencido de su ineptitud, abdicó solemnemente al pontificado el 13 de diciembre de 1294. Diez días después, era elegido sucesor el gran pontífice BONIFACIO VIII (1294-1303) —propugnador del primado pontificio con todas sus prerrogativas—, quien ratificó la validez de la abdica­ción de Celestino V, insertando la bula de dimisión del pontífice en el Cuerpo del Derecho Canónico.

En razón del “gran rechazo” de Celestino a la tiara pontificia, DANTE lo hunde en el infierno:

“vidi e conobbi L’ombra di colui

che fece per viltá lo gran rifiuto”.

(Infierno 3, 59-60; cfr. 27, 104-105).

Canonizado por Clemente V el 5 de mayo de 1313. Festividad: 19 de mayo. (N. del E.).

[29] SAN LORENZO JUSTINIANO (1381-1456): Escritor ascético, primer patriarca de Venecia (1451).

Su reforma de costumbres del clero se adelantó en un siglo a las del Concilio de Trento y desmiente los pretextos invocados por Lutero. “En España, en Italia, en Francia, en la misma Alemania, los santos se anti­ciparon a los herejes y por el camino recto. Los siglos XIV y XV son testigos de la aparición de varios milla-res de libros titulados DE REFORMATIONE ECCLESIAE IN CAPITE ET IN MEMRRIS (Sobre la reforma de la Iglesia en la cabeza y en los miembros)” (A. Montero).

Canonizado por Alejandro VIII en 1690. Festividad: 5 de setiembre. (N. del E.).

[30] SAN VICENTE FERRER (1350-1419): Famoso pre­dicador, misionero y taumaturgo español, nacido en Valencia, de la orden de Santo Domingo.

Sólido teólogo tomista y profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, a sus sermones acudían multi­tudes de hasta quince mil personas. Contemporáneos del Santo refieren que, predicando en su valenciana lengua nativa, le entendían por igual gentes de muy diversas naciones.

Recorrió misionando toda Europa y convirtió a millares de judíos. Todos los días cantaba la misa solem­ne y luego pronunciaba el sermón, que solía durar dos o tres y hasta seis horas, como un Viernes Santo en Toulouse.

Contribuyó notablemente para la terminación del mal llamado “Cisma de Occidente” (1378-1417).

Canonizado en 1455 por Calixto III, el papa valencia-no a quien, según la tradición, San Vicente le profetizó la tiara pontificia y el honor de canonizarlo.

Festividad: 5 de abril. (N. del E.).

[31] El autor se halla en el número de los bienaventu­rados, que no necesitan de nuestras oraciones, y por consiguiente puede ayudarnos eficazmente con las su­yas. Es preciso, pues, invocarlo devotamente, a fin de que nos alcance la gracia de aprovecharnos de sus lecciones y ejemplos. (N. ed. 1924).

  

 

 

 

 

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Ciclo C, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 4, 2010

Generosos o castigados

 

Si el Señor amenaza a las naciones ricas, no es por sus riquezas, es porque son indiferentes ante las desdichas ajenas: «¡Ay de ustedes, los primeros de la primera de las naciones, a quienes acude todo el mundo»; es porque descansan en su orgullo y se sienten seguros por sí mismos, no por Dios.

Lo mismo sucede con las personas ricas: ellas no son malas por tener dinero o poder; lo son si son egoístas e indiferentes a la suerte ajena, o si no ponen su confianza en el Señor sino en el dinero y el poder…

Escuchemos lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Pero tú, hombre de Dios, huye de todo eso. Procura ser religioso y justo. Vive con fe y amor, constancia y bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado…

Las palabras claves de este escrito son: «fe y amor, constancia y bondad». Fe para creer que es Dios quien nos ayuda a dejar el egoísmo. Amor para darlo a los demás, única manera de dejar el egoísmo. Después, constancia para ejercitar esas obras de caridad. Y, por último, bondad para seguir en ese camino hasta el Cielo, lo que lograremos si seguimos estos consejos.

¿Cómo estamos utilizando los bienes que recibimos en esta vida? ¿Se benefician muchos de ellos o los usamos únicamente para nuestro propio beneficio? ¿Tenemos cosas que no usamos?, ¿las guardamos en forma egoísta?…

¿O más bien somos generosos con nuestros parientes necesitados?… Eso es amor. Si no lo hacemos, tendremos una mala noticia tras la Resurrección: nuestra perdición eterna, como le sucedió al rico del Evangelio: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos.»

Y allí será tarde para todo, hasta para avisarle a los demás; tal vez tengamos que oír algo parecido a lo que Abraham le dijo al rico: Si no escuchan a la Iglesia, aunque resucite un muerto, no se convencerán.

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