Hacia la unión con Dios

Ciclo C, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 19, 2010

‘Levántate y vete; tu fe te ha salvado’

 

¡Cuánto nos gusta la gente agradecida! ¡Qué virtud tan bella la gratitud! Pero cuánta falta nos hace. A veces, ni siquiera le damos gracias a Dios por lo que somos y recibimos. Preguntémonos, por ejemplo: ¿Hemos agradecido a Dios la vida que nos dio?… ¿Y tantas otras cosas que hemos recibido de su amor?

A veces podemos actuar como lo hicieron los nueve leprosos del Evangelio: ninguno le agradeció a Dios su curación; solo uno de los curados supo regresar a dar gracias… Es que, a veces, la alegría que produce el bienestar hace que nos olvidemos de la gratitud. Y no solo eso: hasta creemos que recibir esos regalos de Dios es «lo normal», pues Dios es el dueño de todo y de todos, es capaz de darnos salud, trabajo, amor, bienestar, bienes…

En la primera lectura se nos cuenta que hasta Naamán, que no era del pueblo de Dios, decide ofrecer acciones de gracias solemnemente a Dios, porque lo curó.

Pensemos: ¿No es grande la cantidad de beneficios que recibimos de Dios?

El regalo (no merecimiento) más grande que, en promesa, hemos recibido es el Cielo: para llegar allá a ser infinitamente felices por toda la eternidad basta cumplir los preceptos de Dios y, si fallamos, confesarnos.

Si queremos ser agradecidos, seámoslo sobre todo con este maravilloso obsequio: como nos sugiere san Pablo en la segunda lectura, acordémonos de Cristo Jesús, descendiente de David y resucitado de entre los muertos, que soportó tanto sufrimiento para reabrirnos las puertas del Cielo.

Muchos han sido capaces de llegar hasta el martirio por agradecimiento a Dios. ¿Hasta dónde podríamos llegar nosotros?

San Pablo nos dice hoy que por eso sufre hasta llevar cadenas. Pero también afirma que si morimos con Él, también viviremos con Él; si sufrimos con Él, también reinaremos con Él.

Si lo hacemos, quizás oigamos un día las palabras que oyó el leproso: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado» ¡Qué alegría más grande sería esa!

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