Hacia la unión con Dios

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Ciclo C, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 29, 2010

¿Desde dónde reina Cristo?

Como nos cuenta la primera lectura, cuando los dirigentes de las tribus de Israel vinieron a hablar con David, le dijeron: «El Señor te dijo: «”Tú eres el que guiará a mi pueblo, tú llegarás a ser el rey de Israel”.» Con esto, según los Padres de la Iglesia, se estaba anunciando el reinado del descendiente de David: Jesucristo.

Efectivamente, porque se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los Cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor.

Eso es lo que resalta la segunda lectura de hoy: Él renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo, y logró ese puesto por una sola razón: porque derramó la Sangre en la Cruz.

Los Padres de la Iglesia y muchos santos defienden la idea de que Jesucristo reinó desde la Cruz. Efectivamente, el Evangelio nos cuenta que había sobre la cruz un letrero que decía: «Este es el Rey de los judíos». Y, cuando los sacerdotes le pidieron a Pilato que corrigiera el escrito, se negó.

Y, ¿cómo reinó? Con su humildad: los jefes se burlaban de Él diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él: le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Hasta uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero Jesús callaba; fue con la humildad como derrotó la soberbia del Demonio.

Cruz y humildad, pues, son el Trono y la corona de este Rey.

Eso fue lo que descubrió el otro malhechor; por eso le dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino».

Si nosotros también lo advertimos, escucharemos igualmente sus palabras: «En verdad te digo que estarás conmigo en el paraíso».

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DIÁLOGO ENTRE EL PAPA Y LOS PRESBÍTEROS DE TODO EL MUNDO*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 28, 2010

 

I. No basta con “hacer”

Los sacerdotes hoy, en general, se encuentran sobrecargados de trabajo. Muchos llevan varias parroquias a la vez, las dificultades aumentan y el contexto social no ayuda. ¿Cómo hacer?

Esta fue la primera pregunta, desde Brasil, planteada al Papa Benedicto XVI durante la Vigilia de Oración celebrada en la Plaza de San Pedro el pasado jueves 10 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal.

El presbítero José Eduardo Oliveira y Silva, en nombre de los sacerdotes de América, subrayó que muchos se sienten “superados”: “Con toda la buena voluntad intentamos hacer frente a las necesidades de una sociedad muy cambiada, ya no más enteramente cristiana, pero nos damos cuenta de que nuestro “hacer” no basta”.

“¿A dónde ir, Santidad? ¿En qué dirección?”, preguntó al Papa.

Es difícil ser párroco

El Papa admitió que hoy “es muy difícil ser párroco, también y sobre todo en los países de antigua cristiandad”.

“Las parroquias son cada vez más extensas, unidades pastorales… es imposible conocer a todos, es imposible hacer todos los trabajos que se esperan de un párroco”, añadió.

La causa, explicó el Papa, es que “nuestras fuerzas son limitadas y las situaciones son difíciles en una sociedad cada vez más diversificada, más complicada”.

El Pontífice quiso dar algunos consejos a los presbíteros. El primero, el sacerdote debe “poner la vida”.

Si los fieles ven que el sacerdote “no hace solo un oficio, horas de trabajo, y que después está libre y vive sólo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado por Cristo”, si “ven que está lleno de la alegría del Señor, comprenden también que no lo puede hacer todo, aceptan sus límites, y ayudan al párroco”.

“Este me parece el punto más importante: que se pueda ver y sentir que el párroco realmente se siente un llamado por el Señor; que está lleno de amor por el Señor y por los suyos”, añadió.

En segundo lugar, el Papa aconsejó establecer prioridades, “ver lo que es posible y lo que es imposible”.

Las tres prioridades fundamentales, dijo el Papa, “son las tres columnas de nuestro ser sacerdotes. Primero, la Eucaristía, los Sacramentos: hacer posible y presente la Eucaristía”. Después, “el anuncio de la Palabra en todas las dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía”. El tercer punto “es la caritas, el amor de Cristo”.

Otro punto que no hay que desatender, advirtió el Papa, es “la relación personal con Cristo”.

“La relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, ¡es condición para nuestro trabajo por los demás! Y la oración no es algo marginal: es precisamente rezar la “profesión” del párroco”.

Y la tercera recomendación del Papa, la humildad: “reconocer nuestros límites”.

“Recordemos una escena de Marcos, capítulo 6, donde los discípulos estaban ‘estresados’, querían hacer todo, y el Señor dice: ‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. También éste es trabajo – diría – pastoral: encontrar y tener la humildad, el valor de descansar”.

“Por tanto, pienso que la pasión por el Señor, el amor por el Señor, nos muestra las prioridades, las decisiones, nos ayuda a encontrar el camino”.

Benedicto XVI concluyó animando a los presentes: “sé que hay muchos párrocos en el mundo que dan realmente todas sus fuerzas por la evangelización, por la presencia del Señor y de sus Sacramentos”.

“A estos párrocos fieles, que trabajan con todas las fuerzas de su vida, de nuestro ser apasionados por Cristo, quisiera decir un gran ‘gracias’, en este momento”.

II. La verdadera teología

La teología actual, muchas veces, aparece como una mera especulación intelectual, separada de la doctrina y de la vida espiritual. Para un sacerdote, a quien su trabajo deja apenas tiempo para la formación, ¿cómo orientarse en un laberinto de ideas y opiniones que a veces parece contradecir al magisterio?

Esta fue la segunda pregunta al Papa Benedicto XVI, en la pasada vigilia del 10 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal, y fue planteada por un sacerdote procedente desde Costa de Brasil (África), Mathias Agnero.

El Papa coincidió en que se trata de un problema “difícil y doloroso”, pero no “nuevo”: el propio san Buenaventura planteaba “dos tipos de teología”, una que procede de “la arrogancia de la razón” y otra que busca “profundizar en el conocimiento del amado”.

“Existe realmente una teología que quiere sobre todo ser académica, parecer científica, y olvida la realidad vital, la presencia de Dios, su presencia entre nosotros, su hablar hoy, no sólo en el pasado”, explicó el Papa a los presentes.

Esta teología “viene de la arrogancia de la razón, que quiere dominar todo, hace pasar a Dios de sujeto a objeto que estudiamos, mientras debería ser sujeto que nos habla y nos guía”, y “no nutre la fe, sino que oscurece la presencia de Dios en el mundo”.

“Modas”

Actualmente, comentó Benedicto XVI, “se impone la llamada ‘visión moderna del mundo’ (Bultmann), que se convierte en el criterio de cuanto sería posible o imposible”, afirmando que “todo es como siempre, que todos los acontecimientos históricos son del mismo tipo”, con lo que “se excluye precisamente la novedad del Evangelio, se excluye la irrupción de Dios, la verdadera novedad que es la alegría de nuestra fe”.

Sin embargo, el Papa quiso “desmitificar” estas teologías “a la moda”, siguiendo su propia experiencia.

“Yo comencé a estudiar teología en enero de 1946, y he visto por tanto a tres generaciones de teólogos, y puedo decir: las hipótesis que en aquel tiempo, y después en los años 60 y 80 eran las más nuevas, absolutamente científicas, absolutamente casi dogmáticas, ¡con el tiempo han envejecido y ya no valen! Muchas de ellas parecen casi ridículas”, afirmó.

Por ello, invitó a los teólogos a “no tener miedo al fantasma de la cientificidad”, a tener el coraje de “no someterse a todas las hipótesis del momento, sino de pensar realmente a partir de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y que nos abre el acceso a la verdad”.

Especialmente, subrayó la importancia de “no pensar que la razón positivista, que excluye lo trascendente – que no puede ser accesible – sea la razón verdadera. Esta razón débil, que presenta sólo las cosas experimentables, es realmente una razón insuficiente”.

“Nosotros teólogos debemos usar la razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener el valor de ir más allá del positivismo a la cuestión de las raíces del ser”, añadió.

Teología por amor

Existe también “una teología que quiere conocer más por amor al amado, está estimulada por el amor y guiada por el amor, quiere conocer más al amado. Y esta es la verdadera teología, que viene del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo”, explicó el Papa.

“La formación es muy importante. Pero debemos ser también críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que ver también a los teólogos y las teologías”, subrayó.

El Pontífice recomendó tanto a sacerdotes como a seminaristas, consultar a menudo el Catecismo de la Iglesia Católica: “aquí vemos la síntesis de nuestra fe, y este Catecismo es verdaderamente el criterio para ver dónde va una teología aceptable o no aceptable”.

En este sentido, pidió a los presentes que sean “críticos en el sentido positivo”, es decir, “críticos contra las tendencias de la moda y abiertos a las verdaderas novedades, a la profundidad inagotable de la Palabra de Dios, que se revela nueva en todos los tiempos, también en nuestro tiempo”.

Por último, el Papa invitó a los sacerdotes a “tener confianza en el Magisterio permanente de la comunión de los obispos con el Papa”.

Por ello recordó que la Sagrada Escritura “no es un libro aislado: está vivo en la comunidad viva de la Iglesia, que es el mismo sujeto en todos los siglos y que garantiza la presencia de la Palabra de Dios”.

“El Señor nos ha dado a la Iglesia como sujeto vivo, con la estructura de los obispos en comunión con el Papa, y esta gran realidad de los obispos del mundo en comunión con el Papa nos garantiza el testimonio de la verdad permanente”.

“Hay abusos, lo sabemos, pero en todas partes del mundo hay muchos teólogos que viven verdaderamente de la Palabra de Dios, se nutren de la meditación, viven la fe de la Iglesia y quieren ayudar para que la fe esté presente hoy día. A estos teólogos quisiera decir un gran ‘gracias’”, concluyó.

III. El celibato anticipa el Cielo

El sentido profundo del celibato en un sacerdote es que anticipa la vida plena de la resurrección. Así respondió el Papa Benedicto XVI, el pasado jueves 10 de junio, a la pregunta que el eslovaco Karol Miklosko le dirigió en nombre de los presbíteros de Europa.

Durante la Vigilia de clausura del Año Sacerdotal, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó a los miles de sacerdotes presentes que el celibato sacerdotal, hoy tan cuestionado, supone una consecuencia de la unión del “yo” del presbítero con Cristo.

Esto, afirmó, significa que el sacerdote “es ‘atraídos’ también a su realidad de Resucitado, que seguimos adelante hacia la vida plena de la resurrección, de la que Jesús habla a los saduceos en Mateo, capítulo 22: es una vida “nueva”, en la que ya estamos más allá del matrimonio”.

“Es importante que nos dejemos penetrar siempre de nuevo por esta identificación del ‘yo’ de Cristo con nosotros, de este ser ‘sacados’ hacia el mundo de la resurrección – prosiguió –. En este sentido, el celibato es una anticipación” del cielo.

El problema de la cristiandad en el mundo de hoy, subrayó el Papa, “es que no se piensa ya en el futuro de Dios: parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia”.

“El sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente. Vivir, por tanto, así como en un testimonio de la fe: creemos realmente que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura”.

Celibato y matrimonio

Benedicto XVI reconoció que “para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no tiene nada que ver, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad”.

“Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo. ¡Y esto debería desaparecer!”

En un cierto sentido, arguyó, “puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse”.

Sin embargo, “este no casarse es algo totalmente, fundamentalmente distinto del celibato, porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida”.

Este “celibato moderno” es un “no” al vínculo, un “no” a la definitividad, “un tener la vida solo para sí mismo. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un ‘sí’ definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor”.

El celibato en un sacerdote “es un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este ‘no’, de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el ‘sí’ definitivo que supone, confirma el ‘sí’ definitivo del matrimonio”.

Por ello, añadió, “el celibato confirma el ‘sí’ del matrimonio con su ‘sí’ al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios”.

Este “escándalo de la fe”, concluyó el Papa, no debe quedar oscurecido por los “escándalos secundarios” provocados por las flaquezas de los sacerdotes. “El celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”.

IV. No al clericalismo

Vivir verdaderamente la Eucaristía es el mejor antídoto contra una tentación de la Iglesia desde siempre: el clericalismo, o el vivir alejado de la realidad del mundo y en una “urna protegida” dentro de la Iglesia.

Así respondió el Papa Benedicto XVI a la pregunta planteada, en nombre de los presbíteros de Asia, por el japonés Atsushi Yamashita, durante la vigilia de conclusión del Año Sacerdotal, el pasado 10 de junio en la Plaza de San Pedro de Roma.

“Sabemos que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes en todos los siglos, también hoy; tanto más importante es encontrar la forma verdadera de vivir la Eucaristía, que no es cerrarse al mundo, sino precisamente la apertura a las necesidades del mundo”, afirmó el Papa.

La cuestión, explicó, es “cómo vivir la centralidad de la Eucaristía sin perderse en una vida puramente cultual, ajenos a la vida de cada día de las demás personas”.

Para vivir bien la Eucaristía, arguyó Benedicto XVI, “debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza este gran drama de Dios que sale de sí mismo”.

En este sentido la Eucaristía “debe considerarse como el entrar en este camino de Dios”: El sacrificio “consiste precisamente en salir de nosotros, en dejarnos atraer a la comunión del único pan, del único Cuerpo, y así entrar en la gran aventura del amor de Dios”.

“Vivir la Eucaristía en su sentido original, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda forma de clericalismo”.

“La Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: que el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. Y por tanto, de esta forma, debemos aprender la Eucaristía, que es además lo contrario del clericalismo, de cerrarse en sí mismos”, añadió.

Puso como ejemplo a la Madre Teresa “de un amor que se deja a sí mismo, que deja todo tipo de clericalismo, de alejamiento del mundo, que va a los más marginados, a los más pobres, a las personas a punto de morir, y que se da totalmente al amor por los pobres, por los marginados”.

“Sin la presencia del amor de Dios que se da no sería posible realizar ese apostolado, no habría sido posible vivir en ese abandono de sí mismos; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden llevar a cabo este gran acto de amor, esta apertura a todos”, concluyó.

V. La vocación viene de Dios

La falta de vocaciones hoy es un “problema doloroso” que aflige a la Iglesia, reconoció el Papa Benedicto XVI, en la última pregunta planteada durante la Vigilia celebrada en San Pedro el pasado 10 de junio, durante la clausura del Año Sacerdotal.

A la cuestión planteada por Anthony Denton, de Australia, en nombre de los sacerdotes de Oceanía, supone “un problema grande y doloroso de nuestro tiempo”, admitió Benedicto XVI.

Es “la falta de vocaciones, a causa de la cual Iglesias locales están en peligro de volverse áridas, porque falta la Palabra de vida, falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás Sacramentos”.

Sin embargo, advirtió el Papa, ante este problema existe una “gran tentación”, que consiste en “tomar nosotros mismos en mano la cuestión, de transformar el sacerdocio – el sacramento de Cristo, el ser elegidos por Él – en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y que por lo demás uno se pertenece solo a sí mismo; y hacerlo así como cualquier otra vocación: hacerlo accesible y fácil”.

Pero, subrayó, esta “es una tentación, que no resuelve el problema”.

Citó a propósito la historia bíblica de Saúl, que realiza un sacrificio en lugar del profeta Samuel porque éste no se presenta a tiempo antes de una batalla.

Este rey, explicó el Papa, “piensa resolver así el problema, que naturalmente no se resuelve, porque toma en mano por sí mismo lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente a la manera de Dios”.

“Así, también nosotros, si ejerciésemos solo una profesión como las demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que solo Dios da, que puede venir solo de su vocación y no de nuestro hacer, no resolveremos nada”.

Lo único que hay que hacer, insistió, es “rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción también”, llamar “al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes”.

Tres consejos

El Papa señaló tres “recetas” para promover las vocaciones. La primera, cada sacerdote “debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente”.

“Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo”, subrayó.

La segunda, la oración, y la tercera, “tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios les llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina”.

“El mundo de hoy es tal que casi parece excluida la maduración d una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que aparezca la belleza de la fe, en los que aparezca que éste es un modelo de vida”.

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Nuestro Señor Jesucristo Rey*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 28, 2010

 

«A Jesucristo Rey de reyes venid y adorémoslo.» Hoy es el día de proclamar su realeza, de decir entre suspiros: ¡Venga a nosotros tu reino! de decir al Padre: « ¡Padre, glorifica a tu Hijo! ».

«La revolución ha comenzado por proclamar los derechos del hombre, y no terminará sino al proclamar los derechos de Dios.» Así decía en el siglo XIX el conde de Maistre.

«Jesucristo no es Rey por gracia nuestra, ni por voluntad nuestra, sino por derecho de nacimiento, por derecho de filiación divina, por derecho también de conquista y de rescate.»

«Así que Cristo es Rey universal de este mundo por su propia esencia y naturaleza» (San Cirilo de Alejandría) en virtud de aquella admirable unión que llaman hipostática, la cual le da pleno domino no sólo sobre los hombres, sino hasta sobre los ángeles y aun sobre todas las criaturas. (Pío XI).

Y ¿qué de extraño tiene sea Rey de los hombres el que fue Rey de los siglos?

Pero Jesucristo no es Rey para exigir tributos o para armar un ejército y pelear visiblemente contra sus enemigos. Es Rey para gobernar los espíritus, para proveer eternamente al mundo, para llevar al reino de los Cielos a los que creen, esperan y aman. El Hijo de Dios, igual al Padre, el Verbo por el cual todas las cosas fueron hechas, si quiso ser Rey de Israel fue pura dignación y no una promoción: fue una señal de misericordia, no un aumento de poder (San Agustín).

Nadie tema que vaya a perder algo porque se someta al «suavísimo imperio» de Cristo. No teman las sociedades, porque Él es quien las funda y las sustenta. No teman los poderosos porque «no quita los reinos mortales quien da los celestiales». No teman tampoco los individuos, porque servir a Cristo es reinar. Es un Amo tal, que no esclaviza, ni esquilma a sus servidores; un Pastor y un Señor que no engorda con la carne de su rebaño, ni se viste con sus lanas, ni se regala con su leche, antes se desvive por los suyos, y se les entrega con todos sus haberes ya desde la tierra, hasta que sean capaces de poseerlo y de gozarlo más cumplidamente allá en el Cielo. Tiene derecho a todo mando y a todo honor; pero exige poco y hasta llega a decir que «su reino no es de este mundo». Por eso, nada hay de más irracional y más incomprensible que el grito rabioso de esa chusma que todavía vocifera: «¡No queremos que Cristo reine sobre nosotros!» Piensan los insensatos que les va a privar de la libertad cuando se la va a acrecentar y perfeccionar, pros­cribiendo tan sólo el libertinaje, tan fatal para las almas como para los cuerpos, para las naciones como para los individuos, ya que «lo que hace míseros a los pueblos es el pecado».

Conviene, pues, que Él reine: oportet Illum regnare, porque su reinado «es eterno y universal, es un reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz». Quiere ante todo reinar en las inteligencias, en las volun­tades y en los corazones de los hombres. Es un reinado antes que todo espiritual, el aparato exterior lo tiene en poco y huye ahora del fasto externo, como huyó cuando los hombres quisieron tributarle los honores de Rey, y por eso sigue humilde y «escon­dido en nuestros altares bajo las figuras de pan y de vino».

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

   

 

 

 

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Ciclo C, XXXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 22, 2010

Lo único seguro

 

En esta época, por todas partes se ven adornos, luces y mensajes que invitan a comprar, comprar y comprar; pero es poca o casi nula la alusión a la Navidad: el Nacimiento de Jesús, nuestro Salvador. Efectivamente, ya casi no se ven representaciones del Pesebre, de san José, de María, del Niño-Dios…

Mientras el mundo del comercio está usando, antes de tiempo, la Navidad para enriquecerse, la Iglesia Católica —creadora de la Navidad— nos invita a aprovechar estas dos semanas que quedan antes de iniciar el Adviento, que es el tiempo para preparar la celebración de la Navidad, para pensar en el aspecto escatológico de nuestras vidas: el juicio particular, el juicio final, el Cielo, el Infierno y el Purgatorio. Se llaman también los novísimos, las postrimerías.

Malaquías, en la primera lectura, los anuncia muy bien: Ya llega el día, ardiente como un horno. Todos los orgullosos y los que hacen el mal serán quemados como paja por el fuego de ese día. No quedarán de ellos ni ramas ni raíces. Pero, en cambio, para ustedes que respetan mi Nombre, brillará el sol de justicia, que traerá en sus rayos la salud; ustedes saldrán saltando como terneros cebados.

Y Jesús, en el Evangelio, también habla del final de nuestras vidas.

El juicio particular y el juicio final se llevarán a cabo, aunque algunos no lo crean. El Cielo, el Infierno y el Purgatorio existen; y no dejan de existir porque algunos los nieguen. Allá se darán cuenta, tarde.

Esto es lo único seguro: de nuestro comportamiento dependerá nuestra eterna felicidad o desgracia. Por eso, en la segunda lectura, san Pablo advierte a los Tesalonicenses que no hay que vivir sin control ni regla mientras estamos en esta tierra.

¿Hemos examinado nuestro actuar, nuestro hablar, nuestros pensamientos? ¿Hemos descubierto lo que debimos hacer o decir y no lo hicimos? Todavía estamos a tiempo: podemos arrepentirnos sinceramente de nuestros pecados, confesarnos y formular un propósito firme de mejorar.

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Tiempo ordinario después de Pentecostés*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 21, 2010

 

1.- Exposición dogmática 

Después del reinado del Padre sobre el pueblo de Dios, que nos recuerda el Tiempo de Adviento; después del reinado del Hijo, que comienza en su nacimiento, o sea, en Navidad, para consumarse en su Ascensión, y que nos recuerda a su vez el Tiempo de Navidad y el Tiempo Pascual, la liturgia celebra y se manifiesta desde Pentecostés hasta el fin de los siglos.

Así como el Padre se sirvió del pueblo hebreo para preparar la Redención del mundo; y el Verbo asumió la naturaleza humana e hizo de ella el instrumento de nuestra redención, así también el Espíritu Santo hace efectiva la redención en la Iglesia. El sacerdocio, la Misa y los Sacramentos son otros tantos cauces oficiales, por donde nos trae la doctrina del Salvador y nos aplica sus méritos.

El Papa está al frente de toda la jerarquía eclesiástica, como la Eucaristía está sobre todos los demás Sacramentos. Y así el rei­nado del Espíritu Santo se manifiesta visiblemente por la Iglesia romana, en medio de la cual está el Santísimo Sacramento, despi­diendo efluvios de luz y de amor.

Si el Espíritu es el alma que vivifica a esa Iglesia[1], Cristo escondido en la Hostia sagrada es el corazón, de donde se reparte la sangre por las venas, o sea, por el canal de los Sacramentos, a todos los miembros; san Pedro y sus sucesores con todos los obispos, son la cabeza de donde parten las fibras nerviosas que mandan a todo el cuerpo: y ese cuerpo místico lo formamos todos los cristianos.

«Formamos un solo cuerpo, dice san Pablo, porque hemos sido bautizados en un solo Espíritu» (1Co 10), y «todos participamos del mismo pan (Ib. 10, 17). Lo somos también porque hemos sido convertidos por Cristo resucitado en corderos y ovejas de un mismo Pastor, cabeza visible de la Iglesia[2].

La acción del Espíritu Santo y la acción de Cristo en el Sacra­mento se unen hasta el punto de que los Libros Santos llegan a afirmar indiferentemente que «somos santificados en el Espí­ritu Santo» (1Co 6) o «en Cristo» (Ib. 1 1), y que así como el Espíritu Santo es vida, así también Jesús es «pan de vida». La acción de ambas divinas Personas se ejerce mediante la Iglesia.

Merced al ciclo litúrgico, Cristo revive en cierto modo cada año sobre el altar como en otra Palestina, toda su vida en el mismo orden en que antaño se realizara. O sea que ahora somos nosotros los que en unión con Cristo realizamos en cierto modo sus miste­rios, y de ahí también que el tiempo después de Pentecostés esté dedicado más especialmente al ciclo santoral, a la vida de la Iglesia.

El Espíritu Santo, al hacernos echar una ojeada retrospectiva a la vida del Salvador, que se termina en este ciclo, nos repite por boca de los evangelistas y de los Apóstoles, cuyos escritos Él inspiró, todas las enseñanzas del Maestro, proyectando sobre ellas nuevos fulgores. Esas Epístolas nos hablan precisamente de los frutos de santidad, que el Espíritu Santo produce en las almas, y asistimos durante todo ese tiempo a la magnífica floración de santidad, que no cesa de reproducir imágenes vivas de Cristo en todos los siglos y en todos los países.

Sol divino, radiante al despuntar en la mañana de Navidad, majestuoso al transponerse pálido el Viernes Santo, Jesús ha reco­rrido su carrera de gigante: y durante la larga noche que precede a su venida y la que le sigue, María, luna mística y los santos, a manera de estrellas de mil vistosos cambiantes brillan en el firmamento de la Iglesia, y nos son propuestos como dechados de vida. Y así, nuestra alma, después de haber copiado a Jesús mismo, podrá también copiarlo en sus miembros, los cuales vivieron la vida de su Cabeza.

Si en Adviento se celebra la gran festividad de la Inmaculada Concepción, en este tiempo de Pentecostés se celebra la de su Asunción a los cielos.

Los ángeles tienen su fiesta en este mismo período del año, así como el Bautista y los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo, y la turba magna de Todos los Santos a la que honramos en todos estos seis meses, y especialmente el día 1° de noviembre. En ese mes se celebran asimismo la Conmemoración de los fieles Difun­tos y la Dedicación de las iglesias.

Si la solemnidad del Corpus Christi, que viene en pos de Pente­costés y va seguida de la de los Príncipes de los Apóstoles, nos recuerda que son el Espíritu Santo, el Santísimo Sacramento y la Iglesia los que santifican a los fieles , la solemnidad de la Santísima Trinidad, la del Sagrado Corazón y la memoria del santísimo rosario —que obedecen todas a una misma necesidad— nos muestran que esa santificación se obra mediante la doctrina del Salvador y la aplicación a las almas de sus infinitos merecimientos.

Así, durante esta segunda parte del año eclesiástico, la Iglesia es la continuadora de la obra de la Redención de Cristo que ya había sido preparada y reali­zada en la primera parte del ciclo litúrgico.

«Si en esa primera parte no hubiere conseguido el cristiano que su vida sea un fiel trasunto de la vida de Cristo, en esta segunda encontrará seguramente valiosísimos auxilios, fervorosos alientos para desarrollar su fe y acrecentar su amor. El misterio de la Trinidad, el del Santísimo Sacramento, la misericordia y el poder del Corazón de Jesús, las grandezas de María y su acción en la Iglesia y en las almas aparecerán en toda su plenitud, produ­ciendo en él nuevos efectos. El alma siente más íntimamente en las vidas de los santos, tan variadas y tan ricas en ese tiempo, el lazo que le une a ellos en Jesucristo, por el Espíritu Santo. La felicidad eterna, que ha de seguir a esta vida de prueba se revela a ellos en la fiesta de Todos los Santos, y entonces com­prende mejor la esencia de esa misteriosa dicha, que consiste en la luz y en el amor.

« Unido cada vez más estrechamente a la Santa Iglesia, que es la Esposa de Aquél a quien ama, va siguiendo el cristiano todas las fases de su existencia en el correr de los tiempos, lo compa­dece en sus dolores, triunfa con Él en su triunfo, y ve sin flaquear un momento, a ese mundo que camina a su fin, porque sabe muy bien que el Señor está cerca».

 

2.- Exposición histórica

Desde Pentecostés, en que la Iglesia nació, viene ésta reproduciendo siglo tras siglo, la vida de Cristo, cuyo místico cuerpo es.

Jesús, desde el día en que nació, se vio perseguido y hubo de huir a Egipto, mientras se perpetraba la horrible matanza de los Inocentes. También la Iglesia sufrió durante cuatro siglos recias persecuciones, teniéndose que ocultar en las Catacumbas o en el desierto.

Jesús adolescente se retira a Nazaret, y allí pasa los años largos y floridos de su vida en el recogimiento y la oración. Y la Iglesia, desde Constantino, disfrutó de una era de paz. Entonces surgieron por doquier catedrales y abadías en que resonaran día y noche las divinas alabanzas, y cuyos obispos, abades, sacerdotes y reli­giosos se oponen por el estudio y un celo infatigable al avance de la herejía y al violento empuje de la barbarie.

Jesús, el divino misionero, enviado por el Padre a las apar­tadas regiones de este planeta, comienza a los treinta años su vida de apostolado; y la Iglesia, desde el siglo XVI, debe resistir a los embates del paganismo renaciente, y desparramar por todos los nuevos mundos entonces descubiertos la semilla del Evangelio de Cristo. De su fecundo seno saldrán sin cesar nuevas milicias, y nutridas falanges de apóstoles y esforzados misioneros que anuncien la Buena Nueva al mundo entero.

Por fin Jesús termina su vida con el sacrificio del Gólgota, seguido muy pronto del triunfo de su Resurrección; y la Iglesia, lo mismo que su divina Cabeza, se verá entonces vencida y cla­vada en cruz, aunque ella ganará la victoria decisiva. «El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo mismo que el cuerpo humano, fue en un tiempo joven, aunque al fin del mundo tendrá una apariencia de caducidad» (San Agustín).

Las fiestas de Santos abundan más después de Pentecostés, que es la más larga entre todas las épocas litúrgicas, pudiendo empezar hacia el 10 de mayo y terminar el 3 de diciembre.

3.- Exposición litúrgica

Durante el primer período del año eclesiástico (Adviento-Pentecostés) la Iglesia ha reconstituido la trama entera de la vida de Cristo, para trazar en el segundo (Pentecostés-Adviento) la vida de la Iglesia, la cual procura reproducir en sus santos las virtudes del Maestro. Por eso, los domingos que siguen a Pentecostés se veían como agrupados en torno de algu­nos santos más importantes, llamándose en la antigüedad sema­nas después de San Pedro, o de los Santos Apóstoles; Semanas después de San Lorenzo, Semanas del Séptimo mes (Septiembre) y Semanas después de San Miguel. Pero, con el tiempo, reparando más bien en la acción del Espíritu Santo en las almas, esos domingos recibieron su antigua denominación, que es sin duda más lógica, de domingos del tiempo ordinario.

Esta segunda parte del año, sin someter de nuevo su liturgia al orden cronológico de la primera, es sin embargo, eco suyo fidelísimo, porque ahonda más y más en las enseñanzas del Señor, dejándose guiar por las necesidades de nuestra inteligencia y de nuestro corazón. De ahí que en tiempos antiguos se leyeran por orden las Epístolas de san Pablo, como también los Evangelios de san Marcos y de san Lucas. Aún queda en el Misal algún rastro de aquel orden.

Con todo eso, aún se advierte cierto lógico plan en la enseñanza que se nos da en las misas dominicales del Tiempo que sigue a Pentecostés.

El primero de todos los dogmas es el de la Santísima Trinidad, y es el que el Espíritu Santo recuerda antes que ningún otro a la Iglesia, habiendo de enseñarlo a todas las naciones, al bautizarlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y así, el domingo después de Pentecostés coincide con la Fiesta de la Santísima Trinidad.

El segundo dogma es el de la Encarnación que nos será recor­dado hasta el fin de los siglos por la presencia de Jesús en la Eucaristía. Y la segunda solemnidad de este tiempo es la del Santísimo Sacramento.

El tercer dogma es el de la Iglesia, cuya alma es el Espíritu Santo; de ahí que todos los domingos encierren alusiones al Espíritu Santo y a la gracia que en las almas produce, para hacer de ellas esposas de Cristo.

Como esta serie de domingos viene también a representar los siglos por que atravesará la Iglesia, se pueden ver en ellos alusiones a las distintas edades del mundo. Y así, los últimos domingos hablan claramente de la conversión de los judíos y de las grandes pruebas por que se distinguirá el fin de los tiempos.

El tiempo ordinario está sobre todo consagrado a la Iglesia. De ahí que aparezcan más de relieve las figuras de los santos, de esos «otros Cristos», que el Espíritu Divino ha ido labrando desde el día de Pentecostés, en que fue enviado al mundo con la alta misión de santificar las almas y recoger los frutos de la reden­ción obrada por Jesús. Los Santos son el comentario vivo de la palabra del Maestro, realizando ellos en el curso de la semana lo que el Espíritu Santo ha tenido a bien enseñarnos el domingo. El ciclo santoral se despliega libremente en este tiempo litúrgico del año, y hasta hace que resalte el valor del ciclo temporal, del que depende.

En efecto, durante este tiempo vemos desfilar, una tras otra las fiestas de la Natividad de María Santísima y su Asunción a los cielos en cuerpo y alma; la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y la memoria de los santos ángeles custodios; la doble natividad de san Juan Bautista, primero en la tierra y después en el cielo el día de su degollación; la de los Príncipes de los Apóstoles, san Pedro y san Pablo; la de Todos los Santos, la Conmemoración de todos los fieles Difuntos y el Aniversario de la Dedicación de las prin­cipales iglesias figurando la reunión de las almas, que un día habrán de integrar esa «turba magna» de que hablaba san Juan, llamada la celestial Jerusalén.

Y precisamente, para indicar esta esperanza certera, se reviste el sacerdote durante todo este tiempo con los verdes ornamentos que la simbolizan[3]. El color verde significa el trabajo de la gra­cia en las almas, y por eso los antiguos con frecuencia vestían a la Virgen y a los santos con ropas verdes. También sobre los fúnebres monumentos solían pintar un ramito verde, símbolo de la inmortalidad y de la resurrección futura, a las cuales nos lleva como de la mano el tiempo santo de Pentecostés.

La fiesta de Pascua es movible, y por eso el tiempo ordinario retoma el conteo de las semanas que se dieron después de Epifanía, haciendo que terminen con la semana 34, inmediatamente antes de Adviento aunque para ello algunas veces se pierda una semana.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] «El Espíritu es en toda la Iglesia lo que el alma es todos los miembros del cuerpo» San Agustín.

[2] «La unidad del cuerpo místico es producida por el cuerpo verdadero sacramentalmente recibido» (Santo Tomás). 

[3] El color verde, que en la naturaleza vegetal es indicio de vida, se estilaba antaño para los ángeles, los cuales aparecían con doble aureola verde, o bien revestidos de ese color, porque, según la expresión del Areopagita «éstos tienen algo de juvenil». Pero los tejidos de oro pueden suplir a los verdes (Decreto 20, noviembre de 1885).

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Estudio sobre el Evangelio de Judas*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 19, 2010

La National Geographic presentó un documental sobre “El Evangelio prohibido de Judas”, preguntándose si esta nueva revelación no pondría en tela de juicio las creencias cristianas en general y a la Iglesia católica en particular.

Este manuscrito, formado por 13 planchas de papiro antiquísimo (26 páginas), fue encontrado en el año 1978 en Egipto, a orillas del río Nilo en la zona de Al—Minya, pero fue pasando por varias manos, hasta que se hizo público el pasado 6 de abril en Washington.

El manuscrito fue sacado ilegalmente de Egipto y permaneció durante casi 20 años guardado en un banco de Long Island, en Nueva York, sin que se advirtiera la importancia del hallazgo, hasta que en el 2002, una fundación suiza lo compró y financió la restauración del mismo. La organización quiso venderlo a varios museos, pero por su salida ilegal no pudo hacerlo y decidió hacer un acuerdo con la National Geographic para su divulgación internacional, y así llega hasta nosotros.

¿CUÁL ES SU ORIGEN?

Hay importantes datos que pasan inadvertidos para muchos “especialistas” que nos hablan de la “nueva revelación”. Y es que, este hallazgo es una traducción copta del siglo IV d.C., de un original anterior escrito en griego entre el 180 y el 190 d.C., o sea, que el original es de finales del siglo II y también sabemos que no es cristiano, sino un escrito de sectas gnósticas, cuyas doctrinas saltan a la vista en el texto.

El mismo Ireneo de Lyon lo menciona en su obra Adversus Haereses (s. II), atribuyendo este “evangelio de Judas” a la secta gnóstica de los cainitas ( A.H. 1,31,1). En el siglo II en esas zonas rendían culto a Caín (el primer asesino) y también a la Serpiente (Ofitas).

Stephen Emmel, profesor de paleografía copta de la Universidad de Münster y estudioso del manuscrito, afirmó que una vez analizado, será enviado al museo de El Cairo en Egipto en forma permanente.

Este manuscrito es muy importante para la historia de las religiones, como fue el resto de los escritos gnósticos hallados en Nag Hammadi en 1945 y probablemente sea uno de los tantos que se extravió en aquel primer hallazgo de textos gnósticos en Egipto. Vale mucho más para la historia de la teología y para conocer el gnosticismo del siglo II que para revelar algún secreto sobre el cristianismo primitivo o sobre Jesús de Nazareth.

Entenderlo como un documento sobre verdades cristianas, es tan ingenuo como si dentro de 2000 años encontraran el Código Da Vinci o un libro de la delirante “Metafísica Cristiana New Age” de Conny Méndez y se dijera que eran textos cristianos porque hablan de Jesús y buscaran encontrar en ellos lo que creían los católicos del año 2006. Estarían muy lejos de la realidad.

Además, el género literario parece que no lo tienen en cuenta, lo quieren leer como si estuviera escrito al estilo de la historia moderna y el texto tiene casi 1800 años. ¿Ingenuidad? ¿Rentabilidad?

EL “BOOM” DE LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS

En los últimos años ha resurgido un gran interés por documentos antiguos y por la literatura apócrifa, y mucho de ello se debe a una búsqueda ingenua de querer encontrar en estos escritos algunas verdades misteriosas que las iglesias habrían ocultado por miedo a que alguien descubriera “la verdad sobre Jesús” o que “la Iglesia se derrumbe en sus creencias”. Muchos piensan que porque se llamen “evangelios” y aparezca el nombre de un “apóstol” ya eso acreditaría su autenticidad. Pero esto es por falta de información histórica al respecto.

A todo el mundo le gusta que le cuenten la versión “no oficial” o “no autorizada” de los hechos. Lo “no—dicho”, lo oculto, aunque sea inexistente, suena interesante y atractivo. Lo misterioso y extraño tiene mayor público que los buenos libros de historia, como sucede con los divagues de Dan Brown y sus novelas pseudohistóricas.

Muchos han afirmado que el estreno mundial del documental sobre “Judas” en el comienzo de la Semana Santa y a un mes del estreno del Código Da Vinci, sea una estrategia sensacionalista de comercialización. Y es probable.
DISTINGUIENDO UN POCO

Los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, son los aceptados por el cristianismo (no solo por católicos, sino por todas las iglesias cristianas) como fuente cierta y segura de la Revelación de Dios, desde comienzos del siglo II hasta hoy y se los llama canónicos (de la lista oficial).

En cambio se llaman apócrifos — a veces peyorativamente — a los considerados como ajenos a la tradición cristiana. Sin embargo, el término apócrifo (que significa “oculto”) fue usado por los mismos autores de estos textos “ocultos”, dando a entender su perfil esotérico, reservado a una elite de iniciados en sus misteriosas doctrinas. No se los llamó ocultos por estar escondidos, sino por su origen esotérico y luego se hizo costumbre identificar apócrifo con no canónico, no inspirado, etc.

Los cuatro evangelios canónicos (que son regla de fe para los cristianos, y son considerados como inspirados) de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, fueron escritos entre el año 60 y el 95 según los especialistas. Estos escritos pertenecen a las comunidades cristianas de los primeros testigos y tienen un origen apostólico y eran de uso generalizado en los primeros siglos de la era cristiana. No fueron cambiados ni corregidos, y esto lo sabemos porque se dispone de gran cantidad de reproducciones y traducciones hechas en la antigüedad. También se poseen textos de autores de los primeros siglos que citan y comentan estos textos, lo cual nos permite comparar y ver la fidelidad en la trasmisión hasta nuestros días. No sería posible ocultar algo que fue dado a conocer desde el principio. Además, el criterio de canonicidad tiene que ver con el serio conocimiento del origen de tal o cual evangelio como vinculado directa y realmente a un Apóstol o discípulo del mismo, acreditado a su vez por las otras comunidades cristianas que servían de referentes por estar conectadas también con un origen apostólico.

En el Concilio de Trento (s. XVI) se define dogmáticamente el canon actual de la Biblia, pero ya desde el siglo IV hay elencos completos de los libros canónicos (Concilio de Cartago, 397), y el decreto Gelasiano del Sínodo de Roma, 383, es el primer documento romano autorizado con la lista completa del canon. Por lo tanto, ya en los comienzos de la Iglesia, la totalidad de los textos del Nuevo Testamento ya eran considerados como los auténticamente inspirados y de autoridad apostólica.

En torno al Antiguo Testamento, en el siglo XVI la reforma protestante en una deseada vuelta a las fuentes acepta el canon de la Biblia hebrea, que no contiene algunos libros que sí tiene la traducción griega (LXX), que era la que se usaba en la primitiva comunidad apostólica. Si bien la Biblia católica incluye 7 libros más del Antiguo Testamento en comparación con las protestantes, en cuanto al Nuevo Testamento siempre se mantuvieron los 27 libros que hoy conocemos.

Obviamente los textos gnósticos, por no ser cristianos, nunca formaron parte de la lista de libros revelados y auténticos entre los cristianos de todos los tiempos.
NO HAY NADA OCULTO

Por otra parte, existen otros escritos posteriores, escritos entre el s. II y el IV, los cuales tienen por autores a miembros de distintas sectas gnósticas de la antigüedad y de otros grupos pseudocristianos, cuyos textos fueron llamados también “evangelios” y bajo pseudoepígrafes de Apóstoles —sin conexión histórica con los mismos—, como: “Tomás”, “Pedro, “María Magdalena”, “Santiago”, “Felipe”, “Andrés”, “Judas”, etc. ¿Qué quiere decir esto? Que usaban el nombre de un apóstol para darle mayor autoridad a esos textos tardíos, y no tenían ninguna relación con las comunidades apostólicas. Y obviamente no fueron escritos por los apóstoles, que murieron en el siglo I.

Estos textos fueron rechazados por las comunidades cristianas desde sus comienzos, ya que sus contenidos además de ser bastante fantasiosos sobre la vida de Jesús (acomodados a las doctrinas gnósticas y esotéricas, con un Jesús lejano al histórico) eran inconciliables con lo transmitido oralmente y por escrito en las primeras comunidades cristianas. Sólo unos pocos escritos apócrifos judeocristianos —algunos contaminados de gnosticismo— influyeron en la liturgia, en historias populares y en el arte, pero nunca entraron en el canon. Aunque se los llame ocultos (apócrifos), no están escondidos en ninguna parte, ya que se pueden adquirir, hace ya varios años, en cualquier librería que tenga textos religiosos.

Y los originales tampoco están en algún lugar secreto del Vaticano —como afirma la película Estigma—, sino en diferentes museos, como el evangelio apócrifo “de Tomás”, que está en el Museo de El Cairo (Egipto) desde su hallazgo en 1945. Cualquiera los puede leer, pero la Iglesia nunca los aceptará como regla de fe, ya que estos no fueron aceptados desde el principio y no son fuente de revelación para el cristianismo, sencillamente porque no transmiten la fe de los Apóstoles, sino un Jesús reinventado por las sectas gnósticas y esotéricas que mezclaban doctrinas de religiones orientales con la fe de la Iglesia primitiva y elementos de la literatura apocalíptica judía (apócrifa).

Sencillamente no son evangelios cristianos, aunque se llamen “evangelios”, ni tienen por autor a ningún apóstol o sucesor directo del mismo por que fueron escritos fuera de las comunidades cristianas y entre el fin del siglo II y el siglo IV.

En la época del Canon Muratoriano —que data aproximadamente del año 190 DC— el reconocimiento de cuatro evangelios como canónicos y la exclusión de textos gnósticos era un proceso que se encontraba ya sustancialmente completo. No es como muchos creen que en la época postapostólica andaban cientos de evangelios circulando entre las comunidades. Porque todos estos textos apócrifos son muy posteriores.

Para el cristianismo existen textos muy antiguos de autores de gran importancia que, sin embargo, no entraron en el canon y son poco conocidos. Muchos de ellos nos muestran interesantes datos sobre el cristianismo primitivo, sus celebraciones, sus creencias y enseñanzas, y no por ello se los integró al canon de la Biblia, ni tampoco se los escondió en ningún lado (Didajé o Enseñanza de los Apóstoles, Pastor de Hermas, Carta de Bernabé, 1ª Clemente, etc.).
LOS PRIMEROS CRISTIANOS Y LOS EVANGELIOS

Si leemos a un gran escritor de la antigüedad como Taciano (110 —?), quien en el siglo II escribió el Diatessaron (una vida de Jesús que mezcla los evangelios que conocía), constataremos al leerlo, que sus únicas fuentes son los cuatro evangelios que hoy llamamos canónicos. En sus escritos, la humanidad y divinidad de Cristo, así como su mensaje, están tal y como los conocemos por la tradición cristiana. Y eso que Taciano al final de su vida fue excomulgado por hereje, por pasarse al gnosticismo de los marcionitas, llegando a liderar una secta conocida como encratitas.

Siendo el Diatessaron la historia más antigua que se conoce sobre Jesús y de un autor no ortodoxo, está fundamentada solamente en los Evangelios auténticamente apostólicos, de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y algunos elementos de fuentes apócrifas judeocristianas; pero nunca fuentes gnósticas.

Es importante resaltar, contra nuestro gusto y curiosidad por el género biográfico, que los evangelistas no quisieron escribir una biografía de Jesús; no fue ésta su intención. Ellos entregaban a sus comunidades la verdad del acontecimiento Jesucristo como fundamento de su fe, el testimonio de lo vivido y la enseñanza concerniente a la salvación. Su objetivo no fue hacer un documental, sino testimoniar y transmitir lo recibido fielmente. Como acertadamente escribe Jesús Álvarez M: “La fe de los evangelistas no inventa los hechos. Les busca el sentido y los interpreta. La misma fe los obligaba a la más estricta fidelidad a los hechos. Incluso llegaron a morir por ella. Con razón decía Pascal: Creo de buen grado las historias de cuyos testigos se dejan degollar. No suele suceder esto cuando las ideologías dirigen la mente del historiador”.

Conclusión: La iglesia no ocultó ningún evangelio, simplemente descartó desde sus orígenes aquellos escritos que no tenían origen apostólico y cuyas historias fantásticas contrastaban con los textos más antiguos. Los verdaderos evangelios para el cristianismo son los que encontramos en la Biblia (Marcos, Mateo, Lucas y Juan), son los más antiguos y no fueron modificados.
QUIENES ERAN LOS GNÓSTICOS Y QUÉ CREÍAN

En 1945, se encontraron en Nag Hammadi (Egipto) una serie de textos antiguos, cuya composición fue entre los siglos II y IV D.C.

Para comprender el origen y la doctrina de estos textos tardíos conocidos como “evangelios gnósticos” es necesario introducirnos brevemente en el movimiento que les dio origen, y así comprender el rechazo cristiano por estos textos, como su no—vinculación con el Jesús histórico.

El gnosticismo (gnosis: conocimiento) es un movimiento espiritual precristiano fruto del sincretismo de elementos iranios con otros mesopotámicos, de escuelas filosóficas griegas como el platonismo y el pitagorismo, y de la tradición apocalíptica judía. “Estalla públicamente a mediados del siglo II como una tendencia poderosa e identificable con numerosos maestros, diversidad de escuelas y amplia expansión (Palestina, Siria, Arabia, Egipto, Italia y la Galia)” (García Bazán). Se caracterizan por buscar la salvación a través del conocimiento reservado a unos pocos y por un marcado dualismo cosmológico y antropológico. No buscaban un conocimiento de tipo intelectual, sino espiritual e intuitivo, a saber: el descubrimiento de la propia naturaleza divina, eterna, escondida y encerrada en la cárcel del cuerpo y la psique. Un conocimiento reservado a una elite de hombres “espirituales”.

Con el nacimiento del cristianismo, el gnosticismo tomará contacto con éste y dará lugar a una larga lista de sectas que mezclaban elementos gnósticos y cristianos, confundiendo a las mismas comunidades cristianas (como hoy pasa con la literatura New Age).

Los llamados “Evangelios Gnósticos” encontrados en Nag Hammadi y el de Judas son producto de estas sectas, que son posteriores a la época apostólica y no tienen un origen verdaderamente cristiano, de ahí que no se los reconozca como auténticos evangelios. Sin embargo, son un importante hallazgo para conocer el gnosticismo de esa época.

El gnosticismo antiguo, aunque no era homogéneo en sus doctrinas, tenía un importante desprecio por el mundo material y por el cuerpo.

Los gnósticos creían que el mundo material en el que vivimos es una catástrofe cósmica y que de alguna manera, chispas de la divinidad han caído, quedando atrapadas en la materia y necesitan escapar y volver a su origen. El escape de la materia lo logran cuando adquieren conciencia cabal de su situación y de su origen divino, este conocimiento es la “gnosis”. Por lo tanto, la única forma de salvación no es por obra de Dios, sino por la adquisición de la propia conciencia de tener en sí la “chispa divina”. Muchas de estas doctrinas como una “autosalvación”, “autodivinización”, reencarnación, cierto panteísmo, y la interpretación de Jesús y Cristo como dos realidades separadas, vuelven a aparecer en los movimientos new agers como la Metafísica Cristiana de Conny Mendez, Los Ishayas, y las modernas sectas gnósticas y esotéricas. Una realidad que a muchos cristianos les pasa desapercibido, debido al uso de un confuso lenguaje esotérico con barniz cristiano, por parte de estos grupos.

Es preciso resaltar que las creencias gnósticas son fuertemente anticristianas y niegan la encarnación del Verbo, la muerte y resurrección de Jesús, además de tener una pesimista visión del mundo. Es gracias al testimonio de muchos escritos cristianos contra la doctrina del gnosticismo como conocemos muchas de sus creencias. Los dogmas proclamados por el cristianismo primitivo se fijaron para salvar la fe original de la contaminación de ideas gnósticas que comenzaron a proliferar en el mundo helenístico y dentro del imperio romano entre los siglos II al V D.C. En el seno de estas sectas y creencias gnósticas se dieron los autores de los llamados “evangelios gnósticos”, con los que algunos se ilusionan en encontrar algo más original que lo que sabemos de Jesús, pero para su decepción estos textos no son cristianos, y son muy posteriores a los cuatro que la Iglesia aceptó como auténticos. Eso sí, muchos gnósticos —al igual que algunas sectas de hoy— se autoproclamaban los “verdaderos cristianos”, de ahí la confusión de muchos ante el uso de la terminología cristiana con contenidos y sentidos ajenos a la revelación bíblica.

Tampoco es cierto que el gnosticismo fuera un cristianismo marginal, sino que existía una mutua desacreditación entre dos religiones enemigas. No solo los cristianos rechazaban a los gnósticos por tergiversar el mensaje y la vida de Jesús con doctrinas orientales y filosofías extrañas, sino que los gnósticos también rechazaban y atacaban a los cristianos ortodoxos por considerarlos seres inferiores espiritualmente. El gnosticismo, por su naturaleza sincretista (mezclar elementos de cualquier religión), asimilaba lo cristiano a su manera. Por eso, da impresión de ser tolerante. El historiador anglicano Paul Jonson escribe: “Los grupos gnósticos se apoderaron de fragmentos del cristianismo, pero tendieron a desprenderlos de sus orígenes históricos. Estaban helenizándolo, del mismo modo que helenizaron otros cultos orientales (a menudo amalgamando los resultados)…” Pablo luchó esforzadamente contra algunas ideas del gnosticismo, pues advirtió que podía devorar al cristianismo y destruirlo. En Corinto conoció a cristianos cultos que había reducido a Jesús a un mito. Entre los colosenses halló a cristianos que adoraban a espíritus y ángeles intermedios. Era difícil combatir al gnosticismo porque, a semejanza de la hidra, tenía muchas cabezas y siempre estaba cambiando. Por supuesto, todas las sectas tenían sus propios códigos y en general se odiaban unas a otras. En algunas confluían la cosmogonía de Platón con la historia de Adán y Eva, y se la interpretaba de diferentes modos: así, los ofitas veneraban a las serpientes…, y maldecían a Jesús en su liturgia…” (Historia del cristianismo).

Es un anacronismo imaginar que los gnósticos eran tolerantes y pluralistas por ser sincretistas: eran dogmáticos en su propia doctrina.
UNA MIRADA AL MANUSCRITO GNÓSTICO DE “JUDAS”

En el evangelio gnóstico de Judas, Jesús le dice que será el encargado de liberarlo de su cuerpo, con un claro desprecio del mismo y marcando la identidad de Jesús como un ser puramente espiritual, revestido provisoriamente de materia.

En los versículos se observa claramente la tendencia al elitismo del conocimiento gnóstico por parte del protagonista (Judas) y el pesimismo en la visión del mundo.

Judas no habría sido el traidor que vendió a Jesús por 30 monedas de plata, sino el discípulo privilegiado al que encarga la misión más difícil: sacrificarlo, para ayudar a su esencia divina a escapar de la prisión del cuerpo y elevarse al espacio celestial (cosmovisión gnóstica).

“Apártate de los demás y te contaré los misterios del reino. Es posible que lo alcances, pero será para ti motivo de gran aflicción”.

“Tú serás el decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre ellos. En los últimos días maldecirán tu ascensión a la [generación] sagrada”.

“Tú serás el apóstol maldito por todos los demás. Tú, Judas, ofrecerás el sacrificio de este cuerpo de hombre del que estoy revestido”.

“Y fueron a Judas y le dijeron: Aunque en este lugar no hagas el bien, eres un auténtico discípulo de Jesús. Y él les dijo lo que querían oír. Y lo entregó. Este es el fin del evangelio de Judas”.

Si leemos los “evangelios” gnósticos de María, de Felipe y de Judas, veremos que esos textos siempre posicionan a su apóstol de cabecera como el receptor privilegiado de las revelaciones gnósticas que traería Jesús. En el caso de Judas es clara una preferencia de Jesús por contarle cosas en secreto y le advierte de la oposición de los otros apóstoles.

CUESTIONES DE SENTIDO COMÚN

La Iglesia tuvo que fijar algunas de las creencias fundamentales de la fe primitiva, llamados dogmas, debido a la confusión que armaron los escritos gnósticos en muchos cristianos. Los dogmas no modifican lo que se cree antes, sino que formula la fe de modo claro y explícito en un lenguaje que todos entiendan y no en afirmaciones ambiguas, que darían lugar a cualquier interpretación, alejándose de la fe original de los apóstoles. Servían para aclarar al pueblo creyente cuál es la verdadera fe cristiana y en qué creyeron siempre los discípulos de Jesús, y para no dejarse confundir por nuevas doctrinas extrañas al Evangelio, con las que se quiere acomodar tanto a la persona como a la doctrina de Jesús a algunos caprichos. Eso sucede ahora con el movimiento New Age, el libro de Urantia, Sixto Paz con sus telenovelas cósmicas, J. J. Benitez con su Caballo de Troya, los seguidores del Da Vinci Code y las supuestas nuevas revelaciones extraterrestres sobre Jesús, como las del estigmatizado Giorgio Bongiovanni, donde la fantasía que llena curiosidades siempre quiere ser la versión oculta —esotérica— de la historia. A la hora del delirio, las nuevas versiones de la gnosis se ponen de moda y tienen bastante público entre aquellos que están ávidos de cosas misteriosas y extrañas.

Hace falta que los cristianos se formen mejor en lo concerniente a su fe y de manera especial en las Sagradas Escrituras. Lo ideal es no quedarse con la catequesis de niños (como si fuera todo un tratado de teología) y seguir leyendo la Biblia como si fuera un cuentito o en forma literal y fundamentalista como algunas sectas. Si alguien quiere saber sobre la fe cristiana, no debería basarse únicamente en lo que aprendió de niño como un cuento, sino ahondar madura y profundamente en su fe, ya sea porque su propia fe se lo exige, ya sea para conocer seriamente una religión que no es un cuento de hadas, que se caería con un hallazgo arqueológico.

La Biblia no cayó del cielo, es la Palabra de Dios en palabras humanas, producto de un pueblo y de comunidades creyentes. Y sin la fe y el conocimiento que sólo esa comunidad tiene, ¿puede alguien interpretar bien esos textos?

La misma Biblia advierte: “Ante todo tengan presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1,20).

¿Se puede leer de cualquier manera algo de lo que no se conoce ni su historia, ni su contexto, ni su origen, ni su sentido original, y además pretender que sea más legítima esa interpretación subjetiva?

Como dijera un antiguo proverbio: “La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia”.

NO HAY NADA QUE ESCONDER

La mayoría de las sectas esotéricas y los autores e intelectuales vinculados al ocultismo están convencidos de que el cristianismo tiene “secretos” de contenido religioso que no revela, como si existiese un esoterismo cristiano, y les fascina el tema de los evangelios apócrifos, sobre todo si está mal manejado y lleno de fantasías insostenibles. Y la verdad es que nunca existió ni existen tales verdades ocultas que solo una elite cristiana conoce. Eso es una ilusión de algunos, pero que no pocos alimentan.

El punto de partida de la fe cristiana es la aceptación de lo que Dios ha revelado y no de lo que oculta.

El cristiano cree que en Cristo, Dios ha revelado todo lo necesario para la salvación de la humanidad. El cristianismo es una religión universal, que Jesucristo mismo envía a dar a conocer a todos (Mateo 28,20ss).

La Biblia no es Harry Potter, pero tampoco un libro de Historia Universal con biografías de la historiografía moderna.

Debido a la crisis cultural en la que estamos viviendo, está aconteciendo una nueva emergencia gnóstica y esotérica; de ahí el éxito de toda literatura que se vincule a estas temáticas y el sensacionalismo que se genera con supuestos hallazgos de textos gnósticos. Es una pena que pocos conozcan la verdadera historia, y tal vez no quieran saberla porque sus mágicas fantasías caerían al suelo demasiado rápido.
EL GRAN COMPLOT: ¿CONSPIRACIÓN DE 2000 AÑOS?

A raíz de la literatura esotérica, los escritos apócrifos y novelas como el Código Da Vinci, no son pocos los que se unen al cultural prejuicio anticatólico y afirman que la Iglesia conspiró para ocultar estos textos a lo largo de la historia. Pero, con un poco de sentido común vemos que todos los cristianos (una quinta de la humanidad), tanto católicos, como ortodoxos, el protestantismo histórico, anglicanos, bautistas, metodistas, evangélicos y pentecostales, coinciden en los 4 evangelios canónicos del Nuevo Testamento como fuentes fieles de revelación, en la divinidad de Cristo, en la resurrección, y en la mayoría de las verdades fundamentales de la fe cristiana, transmitida por los Apóstoles y sus sucesores.

Sería tonto pensar que la Iglesia católica oculta cosas, y que el resto del cristianismo permanece ingenuo y acrítico ante la verdad sobre Jesucristo y los Evangelios. Esto obligaría a pensar en una conspiración de todo el cristianismo mundial a lo largo de 2000 años —no solo de católicos— por ocultar tantas cosas sobre Jesús. Es insostenible algo así. ¿Nadie se dio cuenta antes de un engaño tan grande?

Y si Judas no hubiese existido, o su historia fuera otra, nada hubiera cambiado para el cristianismo, porque es algo secundario. El problema es que la información que existe sobre el catolicismo es generalmente la de la catequesis de niños y no la teología que cualquier católico formado conoce.

¿IGNORANCIA RELIGIOSA?

A nadie le es ajeno el dato de la extendida y creciente ignorancia en materia de cultura religiosa en nuestro mundo. No tenemos mucha idea de la historia de las religiones, de los símbolos religiosos, del arte religioso, de las distintas mitologías, de los libros sagrados, etc. La religión es un hecho humano específico e innegable, que debe ser estudiado desde las diversas disciplinas académicas. Y las mujeres y los hombres de hoy carecen de conocimiento en lo que a cultura religiosa se refiere. Esto nos deja vulnerables frente a cualquier discurso o interpretación sobre temas religiosos descontextualizados. Hoy proliferan cientos de libros y revistas, sectas, cursos y conferencias, sobre temas que uno no sabe si se trata de religiosidad o ciencia—ficción, y no siempre se tiene herramientas académicas para discernir adecuadamente. Si la gran masa de lectores que se acercan a novelas como El Código Da Vinci tuvieran un acceso posible y serio a la historia del cristianismo, no hubiera tenido tanta trascendencia, porque su pretensión de veracidad es insostenible.

Creemos que la enseñanza seria y objetiva, de las distintas religiones en la historia de la humanidad y del presente, tarde o temprano tendrán que incluirse en los programas curriculares de enseñanza. De lo contrario seguiremos siendo incapaces de discernir entre lo serio y la estupidez, incapaces de reconocer una tontería con halo de sabiduría de una verdad histórica.

Las sensacionalistas interpretaciones sobre el tema de los textos apócrifos está siempre lista para los ávidos clientes de novedades sin mucho fundamento.

CONCLUSIÓN

Finalmente, lo que se puede encontrar en el Evangelio de Judas y en los textos gnósticos de Nag Hammadi son cuestiones de mayor interés para los eruditos de la investigación histórica y arqueológica sobre el gnosticismo antiguo, que para el público en general, que comprende muy poco la cosmovisión gnóstica como para poder interpretar esos textos, y menos aún si se dieran cuenta que no aportan nada sobre el Jesús histórico y su mensaje.

Los especialistas seguirán trabajando en la autentificación del manuscrito y eso será un valioso aporte a la investigación histórica y al conocimiento del gnosticismo antiguo, pero ni sobre Jesús, ni sobre Judas encontraremos algo nuevo, porque obviamente se trata de un texto gnóstico tardío.

Miguel Pastorino

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Ciclo C, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 16, 2010

¿Creemos o no creemos?

 

El mensaje judeo-cristiano fue, es y será como lo dice la primera lectura de hoy: que el Rey del mundo nos resucitará y nos dará una vida eterna. Es la misma idea de la segunda lectura: san Pablo afirma que Dios, nuestro Padre, nos ha amado dándonos en su misericordia una esperanza feliz en un consuelo eterno.

Así como se acercaron a Jesús algunos saduceos que negaban la resurrección, algunos cristianos de los tiempos modernos viven como si no creyeran en la Vida eterna: se angustian únicamente cuando tienen problemas en esta vida temporal: salud, dinero, trabajo, relaciones maritales, familiares, laborales, sociales…; pero pueden dormir varias noches tranquilos después de haber cometido un pecado mortal, ¡sabiendo que pueden caer en el Infierno, del que nunca saldrán!

Otros se ocupan únicamente de las cosas temporales, y nunca sacan tiempo para las eternas: se olvidan de sus obligaciones para con Dios y para con el prójimo, es decir, no cumplen los Mandamientos de Dios ni los de la Santa Madre Iglesia. Si, por ejemplo, tienen urgencias económicas, son capaces de trabajar muchas horas los domingos y días festivos pero esos mismos días, si están cansados, no asisten a la Misa, de menos de una hora pues, según ellos, “Dios entenderá”.

En cambio, en el aterrador episodio de los hermanos Macabeos que se nos narra hoy, los siete —junto con su madre— dieron la vida por cumplir una prescripción de la ley: «Estamos prontos a morir antes que a quebrantar la ley»; «Más vale morir a manos de los hombres y aguardar las promesas de Dios que nos resucitará». Y así actuaron todos los mártires que veneramos los cristianos.

Hay también quienes, con muy buena voluntad y sentimientos, se dedicaron a trabajar por el bienestar temporal (luchan por la erradicación del hambre, de las injusticias sociales, etc.), y por estar tan concentrados en ello, se olvidaron de amar a Dios sobre todas las cosas y de enseñarles a todos el mensaje judeo-cristiano por excelencia: que el verdadero bienestar será el eterno.

Y nosotros, ¿estamos dispuestos a dar la vida por lo que creemos?

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Consagración de sí mismo a Jesucristo por medio de María*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 12, 2010

 

Oh Jesús, Sabiduría Eterna y Encarnada, te adoro en la gloria del Padre durante la eternidad y en el seno virginal de María en el tiempo de tu encarnación.

Te agradezco que hayas venido al mundo —hombre entre los hombres y servidor del Padre— para librarme de la esclavitud del pecado.

Te alabo y glorifico porque has vivido en obediencia amorosa a María para hacerme fiel discípulo tuyo; desgraciadamente no he guardado las promesas y compromisos de mi bautismo, no soy digno de llamarme hijo de Dios.

Por ello acudo a la misericordiosa intercesión de tu Madre, esperando obtener por su ayuda el perdón de mis pecados y una continua comunión contigo, Sabiduría Encarnada.

Te saludo, pues, oh María Inmaculada, templo viviente de Dios; en ti ha puesto su morada la Sabiduría Eterna para recibir la adoración de los ángeles y de los hombres.

Te saludo, oh Reina del cielo y de la tierra: a ti están sometidas todas las criaturas ¡todos experimentan tu gran misericordia! Acepta los anhelos que tengo de la Divina Sabiduría y mi consagración total. Consciente de mi vocación cristiana, renuevo hoy en tus manos mis compromisos bautismales.

Renuncio a Satanás, a sus seducciones y a sus obras, y me consagro a Jesucristo para llevar mi cruz con Él, en la fidelidad de cada día a la voluntad del Padre.

En presencia de toda la Iglesia te reconozco ahora como mi Madre y Soberana; te ofrezco y consagro mi persona, mi vida y el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras; dispón de mí y de cuanto me pertenece para la mayor gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad.

Madre del Señor, acepta mi oración y preséntala a tu Hijo: si Él me redimió con tu colaboración, debe ahora recibir de tu mano el don total de mí mismo.

Que yo viva plenamente esta consagración para prolongar en mí la amorosa obediencia de tu Hijo y dar respuesta vital a la misión que Dios te ha confiado en la historia de la salvación.

Madre de la misericordia, alcánzame la verdadera sabiduría de Dios y hazme plenamente disponible a tu acción maternal.

Oh Virgen fiel, haz de mí un auténtico discípulo de tu Hijo, la Sabiduría Encarnada.

Contigo, Madre y modelo de mi vida, llegaré a la perfecta madurez de Jesucristo en la tierra y a la gloria del cielo. Amén.

 Oración a Jesucristo

Gracias, Señor Jesucristo, por haberme concedido la gracia de consagrarme a María.

Ella será mi socorro que, levantándome de mi propia miseria, me introducirá más y más profundamente en tu amistad.

Ay, Señor, débil como soy, sin ella ya hubiera naufragado en mis pecados. Sí ¡María me hace falta ante ti y en todas partes!

Con ella, en cambio, me libraré del pecado y de sus consecuencias, y podré acercarme a ti, dialogar contigo y agradarte en todo; aceptar radicalmente tu Evangelio, salvarme e irradiar tu amor y salvación a mis hermanos. ¡Cómo quisiera, oh Jesús, publicar ante todas las criaturas tu gran misericordia en favor mío! Y hacer que todo el mundo reconozca que, de no ser por María, hace tiempo estaría yo condenado. ¡Y agradecerte dignamente ese favor!

¡María está conmigo! ¡Qué tesoro tan precioso! ¡Qué alegría tan inmensa!

Pero, Señor, amor con amor se paga: qué ingratitud la mía si no me consagrara a ella totalmente.

Salvador mío amadísimo, antes morir que vivir sin ella… Mil   y mil veces, como Juan ante la Cruz, he aceptado a María como tu don más precioso y cuántas veces me he consagrado a ella ¡aunque todavía con tanta imperfección!

Por eso, quiero ahora, con la madurez y disponibilidad que esperas de mí, consagrarme a ella nuevamente.

Arranca de mi ser todo lo no que pertenezca a tan augusta Reina, pues si no es digno de ella, tampoco es digno de ti. Amén

 Oración al Espíritu Santo

Oh, Espíritu Santo, ayúdame a cumplir mi compromiso, concédeme todas las gracias: planta y cultiva en mí el árbol de la vida verdadera, que es la amabilísima María, para que crezca y dé flores y frutos abundantes.

Oh, Espíritu Santo, concédeme amar y venerar a María, tu esposa fidelísima, apoyarme en su amparo maternal y recurrir a ella confiadamente en toda circunstancia. Forma con ella en mí a Jesucristo hasta la plena madurez espiritual. Amén.

Oración a María

¡Oh María, hija predilecta del Padre, Madre admirable del Hijo, esposa fidelísima del Espíritu Santo!

Tú eres mi Madre espiritual, mi admirable maestra y soberana, mi gozo, mi corona, mi corazón y mi alma.

Tú eres toda mía, por bondad del Señor, y yo te pertenezco por justicia.

Mas, aún no soy tuyo cuanto debo; por ello, hoy me consagro a ti, en disponibilidad plena y eterna, comprometiéndome a arrancar de mí cuanto desagrade a mi Dios, y a plantar, levantar y producir todo lo que tú quieras.

Que la luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu, que tu humildad profunda sustituya a mi orgullo, que tu contemplación contenga mi alocada fantasía, que tu visión no interrumpida de Dios llene con su presencia mi memoria, que el fuego de tu ardiente caridad incendie la tibieza y frialdad de mi pecho, que mis pecados cedan al paso de tus virtudes y que el fulgor de tu gracia me acompañe al encuentro con Dios.

Madre mía amantísima, alcánzame la gracia de no tener más espíritu que el tuyo para conocer a Jesús y su Evangelio, más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor, más corazón que el tuyo para amar a Dios como tú lo amas.

No te pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni consuelos aun espirituales.

Para ti el ver claro, sin tinieblas ni dudas; para ti el saborear el gozo pleno; para ti el triunfar junto a tu Hijo; para ti el dominar cielos y tierra, y humillar los poderes del maligno; para ti el difundir como tú quieras los dones del Altísimo. Esta es tu mejor parte, que no te será nunca arrebatada, y me llena de gozo el corazón.

Para mí solamente gozarme en tu alegría, seguirte en tu camino: creer confiado solamente en Dios, sufrir con alegría cerca a Cristo, morir al egoísmo cada día, colaborar contigo para salvar al mundo.

Te pido solamente poder decir 3 veces «amén»: amén a cuanto hiciste en este mundo, amén a todo lo hoy que haces en el cielo, amén a todo lo ahora que haces en mi alma, para que en ella Cristo sea glorificado en plenitud, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

Oraciones compuestas por san Luis María Grignion de Montfort

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Ciclo C, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2010

Baja pronto, que quiero hacerte feliz

 

Con mucha frecuencia se nos olvida que Dios es amor, que Dios es perdón, que Dios es misericordia, que Dios es dulzura… Tal vez ocurra esto porque no comprendemos que lo que llamamos «malo» aquí en la tierra lo permite Dios únicamente para nuestro bien. ¡Cuántas veces, por ejemplo, un problema es el que nos acerca a Él!

Y Dios lo sabe. Por eso a veces permite que suframos: efectivamente, Él prefiere —si es necesario— que no la pasemos muy bien en esta tierra, con tal de que nos ganemos el Cielo, donde derramará todo su amor sobre nosotros.

En esta vida estamos de paso; santa Teresa afirmó que esta vida es apenas una mala noche en una mala posada. Por tanto, ¿qué importa un mal pasajero, si nos ganamos la felicidad eterna?

En el libro de la Sabiduría se nos recuerda que el Señor se compadece de todos para que se arrepientan, que ama a todos los seres y no aborrece nada de lo que hizo; pues, si algo odiara, no lo habría creado. Por eso corrige poco a poco a los que caen y los reprende recordándoles sus pecados, para que se aparten del mal y se salven, lleguen al Cielo y sean inmensa y eternamente felices.

Por eso san Pablo, en la segunda lectura, dice que ruega en todo tiempo por todos, para que nuestro Dios lleve a término con su poder todo deseo de hacer el bien, para que así el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado por la vida de cada cristiano.

Por eso, como en el Evangelio, a todos nos dice Jesús lo mismo que le dijo a Zaqueo «Baja pronto; porque conviene que hoy me quede en tu casa.» Baja de tu arrogancia, de la soberbia que domina tus actos, de ese querer gobernar tu vida con tus criterios, y deja que Yo, que soy la humildad, me hospede en tu vida y te enseñe a ser feliz.

Si respondemos como Zaqueo, es decir, si nos confesamos y dejamos el pecado, podremos oír también lo que Jesús le dijo: «Hoy ha llegado tu salvación».

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Los vicios capitales en la vida de oración*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2010

 

Es muy frecuente encontrar que a las almas que se determinan a servir a Dios, Él les vaya dando deleites espirituales, del mismo modo que lo hace una madre con su hijo pequeño; por eso, pasan grandes ratos en oración e, incluso, las noches enteras; sus gustos son las penitencias y los ayunos; sus consuelos son usar los sacramentos y la comunicación de las cosas divinas: lo que los mueve a hacer todo es el gusto y el consuelo que encuentran en ello[1].

Y también es frecuente que sufran de los males establecidos por san Juan de la Cruz y que él denomina los vicios capitales:

La soberbia

Por su imperfección, les nace muchas veces cierto grado de soberbia oculta, con la que llegan a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos.

Sienten cierto deseo vano de hablar cosas espirituales delante de otros y, a veces, hasta de enseñarlas, más que de aprenderlas.

Condenan en su corazón a otros cuando no les ven los estilos de devoción que a ellos les gustaría que tuvieran, y hasta a veces lo dicen en voz alta.

A veces, no aceptan que los demás parezcan buenos (solo de ellos mismos se puede decir que son buenos); y así, con obras y palabras, cuando tienen la oportunidad, los condenan y los desprecian.

Otras veces, cuando sus directores o guías espirituales no les aprueban su espíritu o su modo de proceder (porque tienen gran deseo de que los estimen y alaben), juzgan que lo que sucede es que no los entienden o que los directores no son muy espirituales, y hasta procuran tratar con otro director que cuadre con su gusto.

En ocasiones tienen tantas ganas de que les entiendan su espíritu y su devoción, que hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, preferiblemente en público, no en secreto.

Muchos quieren ir por delante de su confesor, de lo que resultan mil envidias e inquietudes. Se privan de decirle sus pecados desnudos para que no los valoren en poco, y los van coloreando para que no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decirle lo malo, de modo el confesor habitual no piense que tienen errores y pecados, sino que todo lo que hacen es bueno.

También algunos de estos creen que sus faltas son pequeñas. Otras veces se entristecen demasiado al verse caer en ellas, pensando que ya deberían ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección.

Tienen muchas veces gran ansiedad de que Dios les quite sus faltas e imperfecciones, no tanto por amor a Dios, sino para no sentirse mal y experimentar paz.

Son enemigos de alabar a los demás y muy amigos de que los alaben.

Por el contrario, los que van avanzando hacia la perfección, valoran sus propias cosas como si fueran nada, y viven muy poco satisfechos de sí mismos; mientras que a todos los demás los tienen por superiores. Conocen cuánto merece Dios y lo poco que es todo cuanto hacen por Él; y así, consideran que hacen siempre muy pocas cosas por Dios. Y están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. Desean también que los demás los valoren poco, que hablen mal de ellos y que desestimen sus cosas. Cuando otros los alaban y estiman, no lo pueden creer, y les parece cosa extraña que digan esas bondades de ellos. Además, aceptan gustosos los consejos y desean que cualquiera les enseñe.

Los principiantes, en cambio, querrían enseñar todo, y hasta cuando alguien les está enseñando algo, ellos mismos toman la palabra, para demostrar que ya se lo saben. En cambio, los más avanzados, lejos de querer ser maestros de nadie, están muy dispuestos a cambiar de camino y a andar por ese nuevo camino, si así se lo pidiera su director espiritual, porque piensan que no aciertan en nada. Tampoco tienen ganas de contar sus cosas, porque las consideran inútiles y pequeñas; más gana tienen de decir sus faltas y pecados, que sus virtudes; hablan con simplicidad, para que su director espiritual los entienda; y se inclinan más a tratar de su alma con quien menos los valora y menos valora sus cosas y su espíritu.

La avaricia

Muchos andan muy desconsolados y quejumbrosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Otros no se cansan de oír consejos y aprender preceptos espirituales, de tener y leer muchos libros que traten de estos temas; y se les va más tiempo en eso que en mortificarse y perfeccionarse en la pobreza espiritual que deben tener.

Se llenan de imágenes, reliquias, cruces y rosarios curiosos: usan unos primero y luego usan los otros, porque los primeros ya no les satisfacen. Se aficionan a unos por ser más curiosos que otros.

No obstante, los que van bien encaminados no se aferran a estos instrumentos, ni les importa saber mucho acerca de ellos, solo lo que se necesita para tener una buena devoción, y agradar así a Dios.

La lujuria

A algunas almas, a veces les aparecen deleites sensuales inferiores cuando están tratando de vivir experiencias espirituales, como por ejemplo cuando están haciendo oración, cosa que no desean, pero de lo cual se aprovecha el demonio, quitándoles la quietud espiritual e inquietándolos, para que aflojen en la oración y hasta para que la dejen de hacer. Luego les viene un temor de que les aparezcan esas representaciones lujuriosas, temor que los hace sufrir.

Otras veces aparece lujuria con otras personas, creyendo que se trata de afectos espirituales. O les nace la tentación de tener deseos o representaciones morbosas, o de recordar algunas pasadas.

La ira

Otros, cuando se les acaba el sabor y el gusto en las cosas espirituales, se sienten mal y se irritan por cualquier pequeñez, como el niño que se aparta del pecho.

Hay otros que se indignan contra los defectos o vicios ajenos, con cierto ardor intranquilo, y a veces les dan impulsos de llamarles la atención por sus errores, y hasta lo hacen, haciéndose dueños de la virtud.

Otros, cuando se ven imperfectos, con impaciencia, se enfurecen contra sí mismos; querrían ser santos en un día. Como no son humildes ni desconfían de sí mismos, cuantos más propósitos hacen tanto más caen y tanto más se enojan.

La gula

Algunos, engolosinados con el sabor y el gusto que hallan en los ejercicios espirituales, procuran más el sabor del espíritu que la pureza y moderación.

Atraídos por el gusto que encuentran, algunos se matan con penitencias, y otros se debilitan con ayunos haciendo más de lo que soportan, sin orden ni consejo del director espiritual, antes “haciéndole trampa”; y hasta se atreven a hacerlo aunque le han mandado lo contrario.

Imperfectísimos, gente sin razón, no saben que el estar sujetos al director espiritual y la obediencia es penitencia de razón y de moderación, y por eso mejor aceptada y preferida por Dios que la penitencia corporal.

Piensan que el gustar y sentirse satisfechos es servir a Dios y satisfacerlo.

Cuando comulgan y no sienten gusto o sentimiento, piensan que no han hecho nada, lo cual es juzgar bajamente a Dios.

Quieren sentir a Dios y gustarlo como si fuese comprensible y accesible.

En la oración piensan que lo importante es hallar gusto y devoción sensible, y cuando no han encontrado ese placer, se desconsuelan mucho pensando que no han hecho nada, y tienen mucha desgana y repugnancia de volver a orar. Y hay quienes a veces dejan la oración.

Son muy flojos y perezosos en ir por el camino áspero de la cruz; el Señor por momentos los cura con tentaciones, sequedades y otros padecimientos.

La envidia

A los principiantes les suele disgustar el bien espiritual de los otros, y les da alguna tristeza que les lleven ventaja en ese camino.

En cambio, los aprovechados, si alguna envidia tienen, es la envidia santa de no tener las virtudes con las que otros le dan gloria a Dios; pero, al ver que otros tienen esas virtudes, se sienten muy contentos. Además, les entusiasma que todos vayan más adelante en el camino de la perfección, ya que así sirven a Dios en lo que ellos fallan.

La pereza espiritual

Otra característica de los principiantes es la pereza espiritual o tedio en las cosas que son más espirituales.

Si alguna vez, haciendo oración, no hallan la satisfacción que deseaban (porque conviene que Dios les quite esa satisfacción para probarlos), no quieren volver a hacerla o van de mala gana o, a veces, la dejan.

Muchos de estos querrían que Dios quisiera lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, sintiendo repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. Por eso creen que lo que no les gusta es porque no es voluntad de Dios; y, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, creen que Dios se satisface. Y también sienten fastidio cuando su director les manda algo que no les gusta.

Son muy flojos para las cosas que exigen fortaleza y, también, para trabajar en su perfección personal.

Se ofenden cuando Dios les manda la cruz, metiéndolos en la noche oscura donde Dios los desteta de estos gustos y sabores, y los deja en puras sequedades y tinieblas interiores, para quitarles todas estas impertinencias y niñerías.

 San Juan de la Cruz


[1] Cf. Noche, san Juan de la Cruz, 1, 1.

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Ciclo C, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2010

Hora de examen: ¿Cómo vamos?

 

Hoy se nos presentan dos actitudes que, a primera vista, parecen dos polos opuestos.

Por un lado, la humildad del publicano que ora en la parte de atrás del templo y que no se atrevía a levantar los ojos al Cielo, sino que se golpeaba su pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador».

Por otra parte, esas palabras de san Pablo: «He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Sólo me queda recibir la corona de toda vida santa con la que me premiará aquel día el Señor, juez justo».

Aunque parecen triunfalistas, estas son declaraciones de un ser humano excepcional que ya había demostrado su humildad profunda al decir que es el último de todos, un aborto, indigno de llamarse cristiano…

Él sabe que, desde su conversión, hizo todo lo que debía hacer; por eso espera seguro el premio prometido.

Y, nosotros, ¿hemos combatido bien?, ¿hemos hecho lo que debíamos?, ¿hemos guardado la fe que recibimos? O, como la señora del Evangelio, ¿andamos encorvados mirando nuestro propio egoísmo…?

Todavía estamos a tiempo. Todavía podemos ponernos en la presencia de ese Señor que lo cura todo y lo perdona todo; podemos pedirle perdón y podemos comenzar una nueva vida: una vida verdaderamente cristiana.

Porque el que adora a Dios con todo su corazón, como dice la primera lectura, encontrará buena acogida, su clamor llegará hasta el Cielo; la oración del humilde atravesará las nubes.

Si así actuamos, probablemente oiremos las mismas palabras que Jesús dijo del publicano: Yo te digo que estás en gracia de Dios, porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Ven a gozar de la Gloria eterna del Cielo.

Este es el camino: humillarse, confesarse y recomenzar, con la ayuda de Dios.

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