Hacia la unión con Dios

Ciclo C, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 16, 2010

¿Creemos o no creemos?

 

El mensaje judeo-cristiano fue, es y será como lo dice la primera lectura de hoy: que el Rey del mundo nos resucitará y nos dará una vida eterna. Es la misma idea de la segunda lectura: san Pablo afirma que Dios, nuestro Padre, nos ha amado dándonos en su misericordia una esperanza feliz en un consuelo eterno.

Así como se acercaron a Jesús algunos saduceos que negaban la resurrección, algunos cristianos de los tiempos modernos viven como si no creyeran en la Vida eterna: se angustian únicamente cuando tienen problemas en esta vida temporal: salud, dinero, trabajo, relaciones maritales, familiares, laborales, sociales…; pero pueden dormir varias noches tranquilos después de haber cometido un pecado mortal, ¡sabiendo que pueden caer en el Infierno, del que nunca saldrán!

Otros se ocupan únicamente de las cosas temporales, y nunca sacan tiempo para las eternas: se olvidan de sus obligaciones para con Dios y para con el prójimo, es decir, no cumplen los Mandamientos de Dios ni los de la Santa Madre Iglesia. Si, por ejemplo, tienen urgencias económicas, son capaces de trabajar muchas horas los domingos y días festivos pero esos mismos días, si están cansados, no asisten a la Misa, de menos de una hora pues, según ellos, “Dios entenderá”.

En cambio, en el aterrador episodio de los hermanos Macabeos que se nos narra hoy, los siete —junto con su madre— dieron la vida por cumplir una prescripción de la ley: «Estamos prontos a morir antes que a quebrantar la ley»; «Más vale morir a manos de los hombres y aguardar las promesas de Dios que nos resucitará». Y así actuaron todos los mártires que veneramos los cristianos.

Hay también quienes, con muy buena voluntad y sentimientos, se dedicaron a trabajar por el bienestar temporal (luchan por la erradicación del hambre, de las injusticias sociales, etc.), y por estar tan concentrados en ello, se olvidaron de amar a Dios sobre todas las cosas y de enseñarles a todos el mensaje judeo-cristiano por excelencia: que el verdadero bienestar será el eterno.

Y nosotros, ¿estamos dispuestos a dar la vida por lo que creemos?

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