Hacia la unión con Dios

Archive for 29 diciembre 2010

Ciclo A, La Sagrada Familia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 29, 2010

Un hogar como el de Nazaret

«El que respeta a su padre obtiene el perdón de sus pecados; el que honra a su madre se prepara un tesoro. Sus propios hijos serán la alegría del que respeta a su padre; el día en que le implore, el Señor lo atenderá.» Así comienza la liturgia del día de hoy, al ofrecernos el ejemplo de la Sagrada Familia para nuestras familias.

Y las promesas continúan en el texto de la primera lectura.

¿Hacemos todo lo que hoy nos dice san Pablo en nuestras familias? ¿Nos tratamos con compasión tierna, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia? ¿Nos soportamos y perdonamos unos a otros si alguno tiene motivo de queja contra otro? Todo lo que, en el hogar, decimos o hacemos, ¿lo hacemos en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él?

La segunda lectura nos da las reglas para hacer de la nuestra una familia feliz:

  • Maridos que amen a sus esposas en una entrega total, sin reservas egoístas, como Cristo amó a su esposa (hasta la muerte) y no les amarguen la vida.
  • Y si así actúan los maridos, las esposas, con un marido que las ama como Cristo amó a la Iglesia, se someterán a él como conviene entre cristianos.
  • Hijos que obedezcan a sus padres en todo, porque eso es lo correcto entre cristianos.
  • Padres que no sean pesados con sus hijos, para que no se desanimen.

Así nuestro hogar será como el de aquella hermosa morada de Nazaret, en donde vivía un Niño–Dios, lleno de amor por los hombres, que se derretía en detalles y trabajos con su Madre y con su padre adoptivo; una Madre tan excelsa, que estaba sin la más pequeña mancha de pecado y que, por lo tanto, amaba —y ama a sus hijos— con un amor que ninguna criatura puede alcanzar, y que se desvive para hacer la misión que su Hijo le confió: ser nuestra Madre; y, por último, José, un padre honesto, casto, trabajador, amoroso y respetuoso como ninguno…

¿Quién no querría un hogar así?

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Tiempo de Adviento*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2010

 

(Del primer domingo de Adviento al 24 de diciembre). 

 

1.- Exposición dogmática

La lectura de los textos litúrgicos, de que la Iglesia se sirve durante las cuatro semanas de Adviento, nos descubre claramente su intención de que asimilemos la mentalidad del Pueblo de Dios en la Antigua Ley, de los Patriarcas y Videntes de Israel, quienes suspiraban por la llegada del Mesías en su doble adveni­miento de gracia y de gloria.

La Iglesia griega honra en Adviento a los progenitores del Señor, y especialmente a Abraham, a Isaac y a Jacob.

La Iglesia latina, sin honrarlos con un culto particular, nos recuerda con frecuencia su memoria en esta época, al hablar de las promesas que les fueron hechas relativas al Mesías. A todos ellos los vemos desfilar cada año, formando el magnífico cortejo que a Cristo precedió en los siglos. Pasan a nuestra vista Abrahán, Jacob, Judá, Moisés, David, Miqueas, Jeremías, Ezequiel y Daniel, Isaías, san Juan Bautista, José y sobre todo María, la cual resume en sí misma todas las esperanzas mesiánicas, pues de su fiat pende su cumplimiento. Todos a una ansían porque venga el Salvador y lo llaman con ardientes gemidos. Al recorrer las misas y los oficios de Adviento siéntese el alma impresionada por los continuos y apremiantes llamamientos al Mesías: «Ven, Señor, y no tardes». «Venid y adoremos al Rey que va a venir». «El Señor está cerca, venid y adorémoslo». «Manifiesta, Señor, tu poder y ven» «¡Oh Sabiduría! Ven a enseñarnos el camino de la prudencia». «Oh Dios, guía de la casa de Israel, ven a rescatarnos». «Oh Vástago de Jesé, ven a redimirnos, y no tardes». «Oh, llave de David y cetro de la casa de Israel, ven y saca a tu cautivo sumido en tinieblas y som­bras de muerte». «Oh, Oriente resplandor de la Luz eterna, ven y alúmbranos». «Oh, Rey de las Naciones y su deseado, ven a salvar al hombre que formaste del barro». «Oh, Emmanuel (Dios con nosotros), Rey y Legislador nuestro, ven a salvarnos Señor y Dios nuestro». 

El Mesías esperado es el Hijo mismo de Dios; Él es el gran libertador que vencerá a Satanás, que reinará eternamente sobre su  pueblo, al que todas las naciones habrán de servir, Y como la divina misericordia alcanza no solo a Israel, sino a todo el gentilismo, debemos hacer nuestro aquel Veni,  y decir a Jesús: «Oh, Piedra angular, que reúnes en ti a todos los pueblos, ven». Todos seremos guiados juntos por un mismo Pastor. «Él —dice Isaías— pastoreará a su rebaño, y acogerá a los corderitos en sus brazos, y los llevará en sus haldas; Él, que es nuestro Dios y Señor».

Esta venida de Cristo, anunciada ya por los profetas, a la que el pueblo de Dios aspira, es una venida de misericordia. El divino Redentor se apareció en la tierra bajo la humilde condición de nuestra humana existencia. Es también una venida de justicia, en que aparecerá rodeado de gloria y majestad al fin del mundo, como Juez y supremo Remunerador de los hombres. Los Videntes del Antiguo Testamento no separaron estos dos advenimientos, por lo que también la liturgia del Adviento, al traer sus palabras, habla indistintamente de ambos. San Gregorio explica que san Juan Bautista, Precursor del Redentor, es Elías en espíritu y en virtud, es el Precursor del Juez.

Por lo demás, ¿acaso estos dos sucesos no tienen una misma finalidad? Si el Hijo de Dios se ha bajado hasta nosotros haciéndose hombre (1er advenimiento), ha sido precisamente para hacernos subir hasta su Padre, introduciéndonos en su reino celestial (2° advenimiento). Y la sentencia que el Hijo del hombre, a quien será entregado todo juicio, ha de fallar cuando por segunda vez viniere a este mundo, dependerá del recibi­miento que se le hubiere hecho al venir por vez primera. «Este niño —dijo Simeón— está puesto para ruina y para resurrección de muchos, y será una señal que excitará la contradicción». El Padre y el Espíritu darán testimonio de que Cristo es el Hijo de Dios, y el mismo Jesús lo probará bien por sus palabras y sus milagros. Y los mismos hombres deberán dar ese doble testimonio de un Dios en tres personas, decidiendo así ellos mismos de su suerte futura. «Bienaventurados los que no se escandalizaren por mi causa», porque «el que pusiere en Cristo su confianza no será confundido». Y al contrario, ¡ay de aquél que chocare contra esa piedra de salvación!, porque quedará desmenuzado. «Si alguno se avergüenza de Mí o de mis palabras, —dice Jesús—, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la de su Padre y sus santos Ángeles». «Cuando el Hijo del hombre venga en su majestad, y con Él todos sus Ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Y reuniendo las Naciones todas en torno suyo, separará a los unos de los otros, como separa el pastor a las ovejas de los cabritos. Y colocaré las ovejas a su derecha y los cabritos a su siniestra. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el principio del mundo”. Y luego dirá a los de su izquierda: “Apartaos, malditos, e id al fuego eterno que el diablo y sus ángeles os tienen dispuesto”» (Mal 25, 31-46).

A todos cuantos hubieren negado a Cristo en la tierra, Él los desechará de Sí, separándolos para siempre de los que le han sido fieles, y juntando en torno suyo a cuantos lo hubieren acogido por su fe y su amor, los hará entrar en pos de Sí en el Reino de su Padre. Estrechamente unidos al Hijo de Dios humanizado, serán eternamente «Cristo y su místico cuerpo», o lo que san Agustín llama «el Cristo total». Y por ese motivo justificará Jesús su sentencia judicial, que separará a los buenos de los malos, diciendo: «Todo cuanto habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo lo habéis hecho; y lo que no habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo no lo habéis hecho».

 

2.- Exposición histórica

Los oráculos proféticos se habían ya cumplido: la herencia del pueblo escogido de Dios había pasado a poder de los romanos y el cetro le había sido arrebatado a la casa de Judá por la dinastía pagana de los Idumeos. El Mesías debía, pues, venir ya; el mundo lo aguardaba, y más todavía los Judíos.

Juan Bautista dócil a la voz del Señor, abandona el desierto en donde paso toda la infancia; y viniendo a la región del Jordán, junto a Betania, administra el bautismo de penitencia para preparar las almas a la venida de Cristo. Sus virtudes son tan excelsas, que se diría ser el mismo Mesías; por lo cual los fariseos le envían desde Jerusalén una delegación de sacerdotes y levitas para informarse de ello. Mas Juan les responde que él es aquél de quien Isaías dijo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad los caminos del Señor». Jesús viene entonces al Jordán para ser bautizado por Juan, y éste declara que Él es el Cordero de Dios, cuya Sangre borrará los pecados de los hombres.

Luego Juan Bautista es apresado en el castillo de Maqueronte, al oriente del Mar Muerto, y allí tiene noticia de los innumerables milagros que obra Jesús, y probablemente de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, acaecida en Galilea en el año segundo de su ministerio público. Entonces Juan envía desde la cárcel a dos de sus discípulos, para que Cristo manifieste pública­mente a todos su divina misión: «¿Eres tú el que debe venir?», y Jesús responde con las palabras que Isaías decía del Mesías: «Dios mismo vendrá y nos visitará. Entonces los ojos de los ciegos verán, y las orejas de los sordos se abrirán; en­tonces saltará el cojo como un ciervo y será desatada la lengua de los mudos». Todos esos portentos vaticinados por Isaías los obra el Hijo de María: luego Él es el Mesías.

Respecto a Juan, prosigue el Maestro, de él dejó escrito Isaías: «He aquí que Yo envío delante de vosotros a mi Ángel para que os preceda y os prepare el camino». Juan es el precursor de Jesús y «ha venido para dar testimonio de la Luz», testimonio que dio ya a los judíos en su tiempo y que sigue dándonos todos los días, y con mayor insistencia los Evangelios del Adviento.

Antiguamente los Domingos de Adviento se sucedían en orden inverso al de hoy, siendo llamado Domingo primero el más próximo a Navidad, y así los demás por este orden retrospectivo. Así los Evangelios que hablan del Bautista se sucedían por su orden histórico.

 

3.- Exposición litúrgica

La fecha inicial del año litúrgico era en el siglo V la festividad de la Anunciación. Celebrada al principio en marzo, esta solem­nidad fue trasladada a Diciembre. En el siglo X, el año comenzaba el primer domingo de Adviento, o sea, unas cuatro o cinco semanas antes de Navidad. En un Concilio de Zaragoza (año 380) se prescribe una preparación de ocho días para la fiesta de Navidad. En el Concilio de Tours de 563, se menciona al Adviento como período litúrgico que tiene ya sus ritos y fórmulas propias. El Domingo 1° de Adviento es el que cae más cerca del día de la fiesta de san Andrés (30 de Noviembre). La alegría que engendra el pensamiento de poseer dentro de poco al Salvador, fue y es todavía como la nota dominante del santo Adviento; por eso no se deja de cantar el Aleluya, y las campanas voltean mientras en el coro se entonan las grandes antífonas: ¡Oh! El 3er domingo, el altar se ve engalanado con flores, los ornamentos pueden ser de color rosa y se vuelven a oír las suaves melodías del órgano.

En el siglo VII se dio también a este Tiempo un carácter penitencial llamándose en la Edad Media «Cuaresma de Navidad», por lo cual muchos ayunaban a diario y hasta cubrían las sagradas imágenes, como ahora en el Tiempo de Pasión. Ese espíritu de penitencia se trasluce en la omisión del Gloria y de los ornamentos morados y en muchos textos litúrgicos.

En el santo Adviento no nos preocupemos sólo de su venida misericordiosa, al revés de los judíos, que únicamente quisieron admitir el advenimiento glorioso del Mesías. Dejemos toda su amplitud a las fórmulas litúrgicas, para que ejerzan en nosotros toda su eficacia y digamos con la Iglesia: «Veni, Domine», ven, Salvador y Juez mío. Líbrame aquí de mis pecados, y llévame algún día a tu Cielo. Adveniat regnum tuum. Como todos los Patriarcas y Profetas, en Ti pongo toda mi esperanza. Per Adventum tuum, libera nos, Domine.

¡Oh, cuan benéfica es la liturgia de este tiempo, que así nos dispone a celebrar el advenimiento de Jesús en vista del segundo, de manera que, aprovechándonos de las gracias del Redentor, no hayamos por qué temer los castigos del Juez! «Haz, Señor —pide la Iglesia—, que recibiendo con alegría al Hijo de Dios, ahora que viene a rescatarnos, podamos también contemplarlo seguros cuando viniere a juzgarnos». 

Así pues, el Adviento nos predica que Jesucristo es el centro de la historia del mundo, la cual comienza con la esperanza de su venida de gracia y terminará con su postrer y glorioso adveni­miento. Y la Liturgia hace desempeñar a todos los cristianos su papel respectivo en este plan divino. Si Cristo bajó a la tierra, accediendo a los apremiantes llamamientos de los justos del Antiguo Testamento, bajará también hoy día en vista de las llamadas que le dirige la humanidad, generación tras generación, y vendrá sobre todo por Navidad a las almas fieles con una infu­sión nueva de gracia. Vendrá por fin Jesús, llamado por los últi­mos cristianos, cuando se vean perseguidos por el Anticristo al fin de los tiempos.

Nuestras aspiraciones a Cristo son las mismas que las de los Patriarcas y Profetas, ya que el Oficio Divino y el Misal ponen en nuestros labios las palabras mismas que ellos en otros tiempos pronunciaron. ¿No es, pues, uno mismo el grito de fe, de esperanza y amor que se viene elevando a Dios y a su divino Hijo en el correr de los siglos? Animémonos de los mismos entusiasmos y de las mismas súplicas de un Isaías, de un Juan Bautista y de la benditísima Virgen María, de esas tres figuras que cumplidamente encarnan el espíritu del Adviento; aspiremos con sinceridad, con amor, con impaciencia, por Jesús, en su doble advenimiento: «Al Rey que va a venir, venid adorémoslo».

Se nota que las iniciales de las grandes antífonas ¡Oh! dan por orden inverso estas dos palabras: Ero cras, que significa: Mañana estaré, es decir, estaré con vosotros.

  

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

  

 

 

 

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Ciclo A, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Una señal

 

Aunque a todos nos gusta recibir buenas noticias, no siempre nos las dan. Los medios de comunicación, que viven tras la noticia de mayor impacto, más bien nos alarman constantemente con malas noticias: muertes, asesinatos, secuestros, masacres, etc. Y hay incluso algunos que ya no se asombran al enterarse de esas atrocidades…

Evangelio significa Buena Nueva, es decir, Buena Noticia. Y realmente fue la mejor noticia que recibió la especie humana. Como cuenta Isaías, fue una señal que estremeció a las profundidades del lugar oscuro y a las alturas del Cielo: la joven Virgen está embarazada por obra del Espíritu Santo y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.

Dios, dejando la gloria que le pertenece, desciende para estar con nosotros, se hace hombre como nosotros, para compartir nuestra vida, nuestras ansias, nuestro dolor, nuestras alegrías…; todo, menos el pecado. Así nos dimos cuenta de que nos comprende más que nadie.

Además, no deja que seamos castigados: paga por nosotros el pecado original.

Pero hay más: Jesús nos da las enseñanzas necesarias para que alcancemos el Cielo, lugar de eterna dicha y consuelo, de paz y descanso. Nos lo había prometido: en la casa de mi Padre hay muchas moradas…

Y nos promete su compañía por los siglos de los siglos: está en los sagrarios, realmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, a la espera de nuestras quejas, de nuestras peticiones, de nuestro amor… Y nos da al Espíritu Santo, para que podamos decirle a Dios Padre: «Papá» y para que nos ayude en la lucha diaria por conseguir la felicidad. Esta Buena Nueva anunciada de antemano por sus profetas en las Santas Escrituras se refiere a su Hijo que al resucitar de entre los muertos nos abrió el camino al Cielo.

Por eso hacemos la novena de aguinaldos, por eso celebramos junto a los seres queridos, por eso estamos felices.

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Ciclo A, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Él mismo viene

 

Hoy es un día de espera. Las lecturas nos muestran la espera del Mesías: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?», fue lo que dijo san Juan. Y san Pablo: «Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida del Señor está cerca». «Calma, no tengan miedo, porque ya viene su Dios»: Isaías. ¿Tenemos, en esta etapa de preparación a la Navidad, la misma actitud de espera que tenían los judíos y los primeros cristianos? ¿Cómo nos estamos preparando?

Ya viene el Señor para alojarse en el corazón de cada uno de nosotros.

Viene para abrazarnos —y abrasarnos— con su amor…

Viene para decirnos que no le importan nuestros pecados, que se los entreguemos, que los quiere…, para perdonarlos…, para manifestar su misericordia.

Viene para manifestarnos que su amor está por encima de nuestros defectos, que nos ama tal y como somos, y que nadie nos amará tanto como Él, que Él es el único que nunca traiciona, que podemos contar con Él ahora y siempre… ¿Cómo hacer caso omiso a semejante llamado?

Es el momento de decir que sí: entreguémosle nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación, al sacerdote —Cristo que perdona—, que los borrará de su mente, para siempre. Y, ya reconciliados, vivamos sus mandatos de amor y esperemos a ese Amor (con mayúscula), con una vida más limpia, más pura, más acorde con el acontecimiento que se nos viene encima.

Preparemos la novena de aguinaldos, las invitaciones, la comida, alistemos la sala para los invitados…; pero, muy especialmente, preparemos Pula casa de nuestro corazón para el eminente Inquilino que, a partir de ese día, vivirá en ella… Y que esa casa se mantenga siempre limpia, siempre amable, siempre dispuesta al amor: se convertirá en un hogar luminoso, apacible y alegre, y viviremos así en la verdadera casa del Padre.

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Cualidades de una buena dirección espiritual*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 17, 2010

 

Los tiempos actuales reclaman cristianos auténticos que estén a la altura de los retos y desafíos de santidad que el mundo y las sociedades les presentan. Aunque el ideal común es claro, cada alma necesita una formación individual, una atención detallada y particularizada, no masiva, superficial y a la buena de Dios. Cada alma es obra de artesanía singular divina.

Por lo mismo, hay que valorar el papel de la dirección espiritual en la vida de cualquier persona, abierta hacia un futuro y unas metas por alcanzar en el campo de la formación, de la santificación, del apostolado, de las tareas y deberes confiados. En su trabajo necesita de un guía que conozca el camino y lo oriente en su labor concreta.

Este es el ámbito de la dirección espiritual entendida no sólo como una forma de comunicación humana sino, ante todo, como un diálogo en la fe dentro de la Iglesia de dos personas que buscan juntamente conocer la Voluntad de Dios en lo concreto de la vida.

Bien podemos decir que no toda comunicación y encuentro entre las personas es un encuentro formativo. La dirección espiritual siempre debe serlo. Es mucho lo que está en juego. Ahora bien, ¿qué debemos cuidar para que la dirección espiritual sea lo que debe ser y cumpla su objetivo? ¿Cómo debe ser? ¿Qué características debe tener?

Es mucho lo que podríamos decir al respecto, pero quizá podríamos definir sus cualidades con cuatro adjetivos: fecunda, renovadora, transformadora, enriquecedora.

Cada uno de ellos nos habla de vida, porque en realidad la dirección espiritual siempre debe suscitar nueva vida en el dirigido. ¡Pobres de nosotros y pobres de nuestros dirigidos si no aprovecháramos este encuentro para crecer! El reto que tenemos y la meta a la que aspiramos nos la ha dejado Cristo en el Evangelio: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10) y también: “Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Ahora bien, si queremos que la dirección espiritual sea lo anteriormente descrito y no una charla espiritual, un simple desahogo o el cumplimiento formal de un compromiso, debe reunir una serie de requisitos. Es así que la dirección espiritual debe ser: periódica, motivadora y exigente, profunda, cordial y amable y concreta.

1. Periódica

Bien sabemos que la santificación personal no se obtiene de la noche a la mañana, como la semilla que se planta no crece de un día a otro. El proceso de nuestra santificación es una labor que se realiza en el tiempo. Hoy captamos una luz en el prisma de nuestra vida cristiana, mañana otra, y así sucesivamente, día a día, hasta que captamos toda su belleza y atractivo. Dios nos va conquistando y transformando en su Hijo poco a poco, hay que ir a su paso con constancia. Una labor aislada puede quizás dar un pequeño empujón, pero no deja huella profunda, por eso es esencial el seguimiento periódico. La continuidad en el diálogo es necesaria para ir modelando con paciencia y perseverancia la obra de arte descrita en nuestro ideal de vida.

Esta periodicidad se pide tanto al dirigido, que debe mantener la continuidad en su dirección espiritual, cuanto al orientador que debe analizar el número de personas que atiende en dirección espiritual y ver si está ofreciendo a todas ellas la posibilidad de una dirección espiritual periódica.

La dirección espiritual no puede depender del capricho o del gusto personal, ni por parte del orientador ni por parte del dirigido, y por ello, es importante calendarizarla. Conviene ponerse de acuerdo para que, en la medida de lo posible, la dirección espiritual sea fija, con día y hora. Normalmente la falta de regularidad en la dirección espiritual la encontramos, sobre todo, en no haber marcado previamente el día y la hora. Cuando no hay una cita fija, cualquier otro compromiso, incluso menos importante, puede prevalecer. Además, se requiere ser muy formales: cita hecha, cita mantenida. Si el orientador es cumplidor, el orientado verá la seriedad del compromiso y no lo pospondrá fácilmente. Es conveniente, al terminar la dirección espiritual, concretar la siguiente cita apuntándola en sus respectivas agendas. Para tener periodicidad hay que tener tiempo y tener un gran realismo en la organización del mismo.

Es importante consagrar una buena parte del día a atender en dirección espiritual, dejando a un lado la creencia de ser tiempo perdido que podría dedicarse a otras actividades, aparentemente más urgentes, pero nunca más importantes. Descubrimos que las almas que realmente progresan en su vida espiritual, en su entrega a Dios y en su vida apostólica, son las que no fallan a la dirección espiritual, y los directores más fecundos son los que son fieles en impartirla.

¿Cuánto tiempo debe dedicarse a cada dirección? No es posible determinar el tiempo que se requiere para una buena dirección. Se ha de emplear el necesario; sin embargo, se ha de procurar normalmente que sea breve, y para ello formar al orientado para que la prepare bien, con precisión y delicadeza. No se trata de decir muchas cosas, sino de elegir sabiamente las que interesan para el provecho espiritual y las que conviene por tanto manifestar.

Algunas personas requieren más tiempo que otras; hay almas más abiertas y espontáneas, otras más reservadas, debemos tomarlo en cuenta a la hora de citarlas. Hay también que saber detectar las razones que tiene una persona que habitualmente exige más atención de la necesaria para así ayudarla a poner soluciones en la raíz, ya que las direcciones prolongadas pueden ser contraproducentes.

Por otra parte, debemos evitar a toda costa dar la impresión agobiadora de la prisa, de tener un horario restringido puesto que inhibe la apertura, al hacer sentir al orientado que es un número más o que nos está quitando el tiempo.

2. Motivadora y exigente

No podemos permitir que, por ningún motivo, las almas que dirigimos se conformen con un grado de santidad más o menos ‘aceptable’, sino que debemos acompañarlas por el camino de la vida espiritual siempre de una forma positiva y constructiva, haciendo más hincapié en el atractivo de la santidad y en los medios para conquistarla que en las limitaciones y obstáculos que le son contrarios. Debemos invitarlos a subir más alto, a llevar su amor y fidelidad a Cristo hasta sus últimas consecuencias en la entrega de su vida diaria y mostrarles la hermosura del camino de progresiva intimidad con Jesucristo que exige sacrificio y renuncia como medios de identificación con Él y de participación en su cruz redentora. Debemos convencerlas de que cuando un alma se deja tocar por su amor, y se abraza sin reservas a la cruz de Cristo, se transforma, se transfigura a lo divino. Dios no puede tocar un alma y dejarla igual.

Esto nos da luz para comprender que nuestra labor es presentar la cara hermosa de la lucha en el camino de la propia santificación.

El orientador debe ser alguien que continuamente está alimentando la confianza en la misericordia de Dios. Al orientar, está tratando de acercar las almas a Dios, y por ello debe ser siempre positivo y motivador. La motivación es el germen de la perseverancia; es ahí donde se gesta realmente la perseverancia. La motivación conduce al amor y el amor es el fundamento de la vida, de la disponibilidad y de la generosidad.

Cuando se sabe orientar, motivar y exigir; cuando se sabe tener paciencia, Dios nuestro Señor bendice con creces la labor del orientador. Encerrado en las cuatro paredes de un pequeño despacho colabora con Dios en dar cauce a las grandes entregas en bien de la Iglesia.

Este trabajo no siempre resulta tarea fácil, sabemos que toda labor pastoral tiene sus ratos de alegría y de sufrimiento íntimo hasta ver revestidos de Cristo a aquellos que nos han sido confiados en la dirección espiritual.

La labor positiva reviste una especial importancia en la dirección de mujeres, pues debido a su emotividad, su sensibilidad y su fina percepción de los detalles, suelen crearse una imagen negativa de sí mismas. Ante pequeños fallos se recriminan fácilmente: «soy mala», «no valgo», «no puedo»…Si las impulsamos a la confianza en Dios y en sí mismas, se logrará mucho más que con impaciencias o incomprensiones.

En este sentido, un análisis del Evangelio nos descubre casos muy hermosos de cómo Cristo, incluso ante el pecado de la mujer, siempre reacciona de una forma positiva y motivadora. Encontramos un claro ejemplo en el episodio de la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Jesús no corresponde a la actitud de aquellos hombres, armados con piedras, decididos a acabar con ella. Pero tampoco cierra los ojos al pecado como si nada hubiera ocurrido. Más bien Cristo le deja ver que conoce su falta; pero penetrando en sus sentimientos adopta la actitud de quien busca ayudar a un alma.

Así, cuando todos se han ido, le dice con ternura y firmeza: «Vete y adelante no peques más”. Si el orientador es defensor de la verdad, no debe abdicar de ella. Sin embargo, la debe presentar con bondad para que el alma dirigida se sienta motivada. No hay que olvidar que el ser humano es una unidad de alma y cuerpo, por tanto de espíritu y sentimiento; hay que atender esta necesidad que tiene el hombre de ser comprendido, de ser aceptado y de ser animado.

Exigencia y motivación van de la mano. Quien quiera exigir, debe saber motivar, y nunca exigir sin haber motivado; de otra manera la dirección espiritual se desvanecerá como humo en el viento. Convencer es dar motivos suficientes para actuar, para que salga espontánea la entrega, para que brote fluida la disponibilidad.

3. Profunda

La dirección espiritual cobra esta dimensión especial, porque en ella se busca descubrir la voluntad de Dios sobre el alma de cada persona. En esta búsqueda se compromete todo el hombre: inteligencia, voluntad, libertad, afectividad, sentimientos, emociones, pasiones, ideales.

Los directores espirituales deben potenciar a las almas que les han sido confiadas para que sientan la urgencia de responder más a la gracia de Dios. Para ello, la dirección espiritual no puede ser una entrevista superficial o un compromiso social o un diálogo más o menos corto que ayude, sí, pero que no lleve a la profunda formación y transformación de la persona. No se puede convertir la dirección espiritual en una serie de consejos espirituales que no den una verdadera dirección al alma confiada por Dios.

Cada entrevista debe ayudar a fraguar un poco más, y más sólidamente, la santidad y, para lograrlo, deberemos permanecer alerta para descubrir qué grado tiene el dirigido de formación de la conciencia, y ayudarlo/a a interiorizar los valores y principios de su vida cristiana y a tomar decisiones eficaces y duraderas.

Cuando la persona trate un problema, busquemos llegar a la causa de fondo, sólo así la dirección espiritual resultará acertada y eficaz. No podemos dar respuestas prefabricadas. En conformidad con la problemática de fondo, vendrá dada la solución. Esto es vivir la caridad en plenitud, buscar lo mejor para el alma, aunque implique mayor esfuerzo.

4. Cordial y amable

La seriedad y profundidad que caracteriza a la dirección, no puede transformarla en algo frío, lejano, impositivo. Por el contrario, la dirección espiritual debe desarrollarse en un clima de diálogo cordial y amable, porque el dirigido habla de lo más íntimo de sí, de lo más preciado, y lo pone en consideración, con toda confianza, ante quien lo orienta. Se sentirá alentado a abrirse si encuentra cordialidad sincera.

Conviene que el director recuerde a Quién representa y de Quién es instrumento para que la conversación refleje los rasgos amables que encontramos en los diálogos de Cristo, en su rostro, en sus palabras, en sus movimientos, en su dedicación total a cada persona. Así mismo debe evitar lo que pueda crear barreras y bloqueos. Esto requiere por parte del director espiritual un gran olvido personal para dejar de lado como se siente, sus prisas y sus problemas personales, sus antipatías naturales, sus modos, sus prejuicios, su humor… y un gran amor a quien tiene por delante, ya que el alma puede percibir todo, también a través del lenguaje corporal no verbal. Ya antes de hablar, el orientador influye sobre el dirigido por su modo de comportarse y de acogerlo. Su sola presencia debe ser ya una revelación de Cristo y difundir los valores del Evangelio.

Caridad amigable inspirada por Dios y ofrecida por Dios en el encuentro con su director. ¡Qué misión tan grande la de ser transmisores del amor de Dios de esta manera!

5. Concreta

El diálogo espiritual debe centrarse en la vida espiritual y en las inquietudes y problemas del momento que atraviesa el que es ayudado espiritualmente. Por ello, el diálogo espiritual debe asentarse fundamentalmente sobre el proyecto de vida espiritual que cada alma debe tener permanentemente actualizado. Este proyecto de vida espiritual es un medio sencillo, claro, exigente, de metas concretas, que determina la orientación de propio esfuerzo en la búsqueda de la virtud y en la práctica de la vida cristiana. La revisión periódica y frecuente del mismo ayuda a desterrar los defectos y a cultivar la virtud.

Conclusión

La conquista de un hombre o una mujer para Dios es la tarea más hermosa que existe. Al director espiritual, como instrumento de Dios, le corresponde este privilegio de asistir a la prodigiosa transformación de la persona, dejando que Él actúe en su vida.

Privilegio y responsabilidad que se basa única y exclusivamente en el don y la llamada de Dios, y que exige de cada uno actitudes de agradecimiento y de correspondencia.

Estas pautas generales quieren ser medios que ayuden e iluminen para llevar a cabo con más acierto la misión encomendada.

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* Paloma Chico

   Profesora del Instituto Superior de Ciencias Religiosas en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma).

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¿Es pecaminoso tatuarse?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 13, 2010

 

Algunos sacerdotes y consejeros espirituales instan a las personas a confesarse porque se hicieron un tatuaje pues, dicen, la Biblia lo prohíbe.

La cita bíblica que habla de los tatuajes es: Lv 19, 26-28:

“Ustedes no comerán nada que tenga sangre. No practicarán la magia ni la adivinación. No se cortarán el borde de la cabellera en forma de círculo, ni cortarás el borde de tu barba. No se harán incisiones en la carne a causa de los muertos, ni tampoco se harán tatuajes. Yo soy el Señor.»

En este lugar, Dios quiere corregir costumbres que enseñaban los pueblos vecinos —amonitas, idumeos, moabitas, etc.— al pueblo escogido por Dios: beber la sangre de animales ofrecidos a falsos dioses; querer adivinar lo venidero por el canto de las aves, el vuelo, la manera de comer, etc.; cortarse el cabello y la barba de determinada manera en obsequio de los ídolos; hacerse incisiones en el cuerpo para aplacar a los dioses infernales; grabarse la piel (tatuarse) con el ídolo al cual se consagraban…

Por otra parte, no es lo mismo leer el Antiguo Testamento (AT) que el Nuevo Testamento (NT). Nos lo enseñan los exégetas:

  • Todo lo valioso del AT está interiorizado en el NT: menos acciones externas y más conversión del corazón.
  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.
  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

La Ley Nueva se condensa en el amor:

Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?”. Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”. (Mt 22-34-40)

Acercóse uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le contestó: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.”  (Mc 12, 28-31);

Se levantó un legista y dijo, para ponerle a prueba: “Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” Respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.”  (Lc 10, 25-28).

Cuando san Agustín lo descubrió experimentalmente gritó: “¡Ama y haz lo que quieras!”.

Faltar a este amor, es decir, dejar de cumplir los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, es lo único por lo que hay que confesarse.

Así lo entendieron los santos; y por eso muchos se tatuaron el nombre de Jesús en el pecho.

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El Papa afirma la importancia de la Clausura en la Iglesia*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 11, 2010

 

El Papa Benedicto XVI expresó su reconocimiento y estima a los hombres y mujeres que se retiran a la vida contemplativa, durante la catequesis que pronunció durante la Audiencia General.

El Papa quiso subrayar la importancia de esta vocación dentro de la Iglesia, al hablar de una nueva santa medieval, Juliana de Norwich, escritora y mística inglesa del siglo XIV.

“Las mujeres y los hombres que se retiran para vivir en compañía de Dios, precisamente gracias a esta decisión suya, adquieren un gran sentido de compasión por las penas y debilidades de los demás”, afirmó el Papa.

Estas personas son “amigas y amigos de Dios”, “disponen de una sabiduría que el mundo, del que se alejan, no posee, y con amabilidad la comparten con aquellos que llaman a sus puertas”.

Ante los fieles congregados en el Aula Pablo VI, el Papa aseguró su “admiración y reconocimiento” a los monasterios de clausura, “que, hoy más que nunca, son oasis de paz y de esperanza, precioso tesoro para toda la Iglesia, especialmente al recordar la primacía de Dios y la importancia de una oración constante e intensa para el camino de fe”.

De esto es ejemplo Juliana, que tras unas revelaciones místicas, se retiró como anacoreta a una celda cerca de la iglesia de san Julián de Norwich, explicó el Papa.

“Podría sorprendernos e incluso dejarnos perplejos esta decisión de vivir ‘recluida’, como se decía en sus tiempos”, aunque Juliana no fuese una excepción: “en aquellos siglos un número considerable de mujeres optó por este tipo de vida, adoptando reglas elaboradas a propósito para ellas”, explicó el Papa.

Las anacoretas o “reclusas”, dentro de su celda, se dedicaban a la oración, a la meditación y al estudio. “De esta forma, maduraban una sensibilidad humana y religiosa finísima, que las hacía veneradas por la gente”, añadió.

Esta, subrayó el Pontífice, “no era una decisión individualista; precisamente con esta cercanía al Señor maduraba en ella también la capacidad de ser consejera para muchos, de ayudar a cuantos vivían en dificultad en esta vida”.

Amor divino

Juliana de Norwich es conocida por una única obra, las Revelaciones del Amor divino, que tuvo durante una enfermedad que la llevó al borde de la muerte.

“Fue el propio Señor quien, quince años después de estos acontecimientos extraordinarios, le reveló el sentido de esas visiones”, la revelación del “amor divino”, explicó el Papa.

Este libro “contiene un mensaje de optimismo fundado en la certeza de ser amados por Dios y de ser protegidos por su Providencia”.

El tema del amor divino “vuelve a menudo en las visiones de Juliana de Norwich quien, con una cierta audacia, no duda en compararlo también al amor materno”.

“Este es uno de los mensajes más característicos de su teología mística. La ternura, la solicitud y la dulzura de la bondad de Dios hacia nosotros son tan grandes, que a nosotros peregrinos en la tierra nos evocan el amor de una madre por sus propios hijos”, afirmó.

El propio Catecismo de la Iglesia Católica, subrayó Benedicto XVI, “recoge las palabras de Juliana de Norwich cuando expone el punto de vista de la fe católica sobre un argumento que no deja de constituir una provocación para todos los creyentes: Si Dios es sumamente bueno y sabio, ¿por qué existen el mal y el sufrimiento de los inocentes?”

Precisamente, apuntó, “los santos, se plantean esta pregunta. Iluminados por la fe, nos dan una respuesta que abre nuestro corazón a la confianza a la esperanza: en los misteriosos designios de la Providencia, también del mal sabe sacar Dios un bien más grande, como escribió Juliana de Norwich”.

“Si entregamos a Dios, a su inmenso amor, los deseos más puros y más profundos de nuestro corazón, nunca seremos decepcionados. ‘Y todo estará bien’, ‘todo será para bien’”, concluyó el Papa.

 

 

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Ciclo A, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 6, 2010

I DOMINGO DE ADVIENTO

La lucha por llegar a la casa del Padre

 

Comienza hoy un nuevo año litúrgico, y las lecturas nos invitan al cambio, a comenzar un nuevo camino. Este año nuevo aparece como el cuaderno nuevo de un colegial: listo para que se inicie sobre él un trabajo limpio, pulcro, perfecto.

El profeta Isaías nos muestra la meta: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas; en ese lugar ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. ¡La paz que tanto buscamos será nuestra!

Pero para que la paz verdadera llegue a nosotros, es necesario que escuchemos la voz de san Pablo cuando dice que ya es hora de espabilarse. La paz es primer logro de nuestra lucha interior por acercarnos a Dios: dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con la dignidad de los hijos de Dios, dignidad de reyes, de señores, de hombres bañados por la gracia, de templos del Espíritu Santo: nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni contiendas. Habremos dado así honor a nuestra condición de hombres y de cristianos, y tendremos las virtudes necesarias para acceder a la auténtica paz y a la alegría verdadera.

Revestidos de Nuestro Señor Jesucristo, dueños de nosotros mismos, sin malos deseos —producto casi siempre del excesivo cuidado personal— estaremos preparados, en vela, para la hora decisiva, la hora en que vendrá el Hijo del hombre.

Él nos llevará a la eterna e imperturbable felicidad: junto a Dios–Padre, en donde sentiremos que por fin nos realizaremos como seres humanos.

Por eso ya hoy podemos cantar presagiando nuestra conquista: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Y cuando lleguemos a la Jerusalén celestial, nos diremos a nosotros mismos: ¡Valió la pena!

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La infinita misericordia de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2010

Dios es perfecto; si no, no sería Dios. Y si es perfecto, tiene todos los atributos en grado sumo: es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo.

Sin embargo, hoy se está extendiendo en muchos ambientes cristianos la idea de que Dios es únicamente misericordioso. Según quienes así piensan, los pecados que cometemos serían siempre perdonados por Dios, aunque no nos arrepintiéramos ni procuráramos mejorar. Con este modo de pensar, el amor a Dios y al prójimo serían solo sentimientos que no nos exigen responsabilidades. Amar a Dios sobre todas las cosas significaría «sentir» que lo amamos, aunque incumplamos todos sus mandamientos. Así hablan:

«Practiquemos el satanismo o el espiritismo. Creamos en la Nueva Era, leamos temas esotéricos; ¿qué importa?»

«Asistamos a Misa los domingos y fiestas de precepto sólo cuando nos nazca. Y si vamos, podemos llegar a la hora que queramos. »

«Ofendamos a nuestros padres, y no les pidamos perdón.»

«Llegado el caso, matemos, pues todos los asesinos son perdonados por Dios. No importa cuántos homicidios cometamos: el amor de Dios es tan grande que hasta Hitler y todos los magnicidas de la historia viven en el Cielo, inmensamente dichosos, junto a Dios… »

«Los que practican el aborto, las que se los mandan a hacer, los que pagan esos abortos y los que lo promueven pueden seguir haciéndolo tranquilos. Lo mismo sucede con la eutanasia: Dios nos hizo dueños de la vida de los demás, especialmente de la de los más débiles… »

«Herir física, psicológica o moralmente a los demás puede que sea malo, pero Dios es tan bueno que perdonará a los torturadores, a los esposos y padres que usan los golpes o los insultos o la coacción psicológica o la humillación, a los maestros y a los patronos que atormentan psicológicamente a sus estudiantes y empleados…»

«Él sabrá comprendernos si, para evitar los hijos, usamos anticonceptivos. »

«Nada de malo hacen quienes tienen relaciones prematrimoniales.»

«La unión libre o el matrimonio civil son una opción más; por lo tanto, eso nunca ofenderá a Dios. Tampoco es malo masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.; nada de esto es pecado.»

«Los que roban, cobran injustamente, retienen cosas de propiedad de los demás, demoran los pagos de los empleados o les pagan muy poco, pueden continuar haciéndolo: es verdad que todo esto son injusticias que causarán más y más desorden social, pero a la misericordia divina no le gana nada.»

«Levantar falsos testimonios podrá causar infamias, pero no el castigo de Dios. Las mentiras —todas—, la difamación, los engaños…, no son nada malo: ¡Dios es tan bueno!»

«Ser infiel es siempre objeto de la compasión de Dios; no importa todo lo que sufran los hijos ni la mujer burlada; tampoco importa el daño que se le hace a la sociedad: el caos producido por estas traiciones no impedirá la bondad de Dios.»

En resumen, estas personas nos invitan a ofender a Dios, a burlarnos de sus mandamientos. Y si lo pensamos bien, también nos están invitando a ser malos con el prójimo y a acabar con el poco orden social que existe.

Se les olvidó que «amar a Dios es guardar sus mandatos» (1Jn 5, 3); se les olvidó que Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14, 15); se les olvidó que si Dios no fuera infinitamente justo, no sería Dios, pues no sería perfecto.

  

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