Hacia la unión con Dios

Cualidades de una buena dirección espiritual*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 17, 2010

 

Los tiempos actuales reclaman cristianos auténticos que estén a la altura de los retos y desafíos de santidad que el mundo y las sociedades les presentan. Aunque el ideal común es claro, cada alma necesita una formación individual, una atención detallada y particularizada, no masiva, superficial y a la buena de Dios. Cada alma es obra de artesanía singular divina.

Por lo mismo, hay que valorar el papel de la dirección espiritual en la vida de cualquier persona, abierta hacia un futuro y unas metas por alcanzar en el campo de la formación, de la santificación, del apostolado, de las tareas y deberes confiados. En su trabajo necesita de un guía que conozca el camino y lo oriente en su labor concreta.

Este es el ámbito de la dirección espiritual entendida no sólo como una forma de comunicación humana sino, ante todo, como un diálogo en la fe dentro de la Iglesia de dos personas que buscan juntamente conocer la Voluntad de Dios en lo concreto de la vida.

Bien podemos decir que no toda comunicación y encuentro entre las personas es un encuentro formativo. La dirección espiritual siempre debe serlo. Es mucho lo que está en juego. Ahora bien, ¿qué debemos cuidar para que la dirección espiritual sea lo que debe ser y cumpla su objetivo? ¿Cómo debe ser? ¿Qué características debe tener?

Es mucho lo que podríamos decir al respecto, pero quizá podríamos definir sus cualidades con cuatro adjetivos: fecunda, renovadora, transformadora, enriquecedora.

Cada uno de ellos nos habla de vida, porque en realidad la dirección espiritual siempre debe suscitar nueva vida en el dirigido. ¡Pobres de nosotros y pobres de nuestros dirigidos si no aprovecháramos este encuentro para crecer! El reto que tenemos y la meta a la que aspiramos nos la ha dejado Cristo en el Evangelio: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10) y también: “Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Ahora bien, si queremos que la dirección espiritual sea lo anteriormente descrito y no una charla espiritual, un simple desahogo o el cumplimiento formal de un compromiso, debe reunir una serie de requisitos. Es así que la dirección espiritual debe ser: periódica, motivadora y exigente, profunda, cordial y amable y concreta.

1. Periódica

Bien sabemos que la santificación personal no se obtiene de la noche a la mañana, como la semilla que se planta no crece de un día a otro. El proceso de nuestra santificación es una labor que se realiza en el tiempo. Hoy captamos una luz en el prisma de nuestra vida cristiana, mañana otra, y así sucesivamente, día a día, hasta que captamos toda su belleza y atractivo. Dios nos va conquistando y transformando en su Hijo poco a poco, hay que ir a su paso con constancia. Una labor aislada puede quizás dar un pequeño empujón, pero no deja huella profunda, por eso es esencial el seguimiento periódico. La continuidad en el diálogo es necesaria para ir modelando con paciencia y perseverancia la obra de arte descrita en nuestro ideal de vida.

Esta periodicidad se pide tanto al dirigido, que debe mantener la continuidad en su dirección espiritual, cuanto al orientador que debe analizar el número de personas que atiende en dirección espiritual y ver si está ofreciendo a todas ellas la posibilidad de una dirección espiritual periódica.

La dirección espiritual no puede depender del capricho o del gusto personal, ni por parte del orientador ni por parte del dirigido, y por ello, es importante calendarizarla. Conviene ponerse de acuerdo para que, en la medida de lo posible, la dirección espiritual sea fija, con día y hora. Normalmente la falta de regularidad en la dirección espiritual la encontramos, sobre todo, en no haber marcado previamente el día y la hora. Cuando no hay una cita fija, cualquier otro compromiso, incluso menos importante, puede prevalecer. Además, se requiere ser muy formales: cita hecha, cita mantenida. Si el orientador es cumplidor, el orientado verá la seriedad del compromiso y no lo pospondrá fácilmente. Es conveniente, al terminar la dirección espiritual, concretar la siguiente cita apuntándola en sus respectivas agendas. Para tener periodicidad hay que tener tiempo y tener un gran realismo en la organización del mismo.

Es importante consagrar una buena parte del día a atender en dirección espiritual, dejando a un lado la creencia de ser tiempo perdido que podría dedicarse a otras actividades, aparentemente más urgentes, pero nunca más importantes. Descubrimos que las almas que realmente progresan en su vida espiritual, en su entrega a Dios y en su vida apostólica, son las que no fallan a la dirección espiritual, y los directores más fecundos son los que son fieles en impartirla.

¿Cuánto tiempo debe dedicarse a cada dirección? No es posible determinar el tiempo que se requiere para una buena dirección. Se ha de emplear el necesario; sin embargo, se ha de procurar normalmente que sea breve, y para ello formar al orientado para que la prepare bien, con precisión y delicadeza. No se trata de decir muchas cosas, sino de elegir sabiamente las que interesan para el provecho espiritual y las que conviene por tanto manifestar.

Algunas personas requieren más tiempo que otras; hay almas más abiertas y espontáneas, otras más reservadas, debemos tomarlo en cuenta a la hora de citarlas. Hay también que saber detectar las razones que tiene una persona que habitualmente exige más atención de la necesaria para así ayudarla a poner soluciones en la raíz, ya que las direcciones prolongadas pueden ser contraproducentes.

Por otra parte, debemos evitar a toda costa dar la impresión agobiadora de la prisa, de tener un horario restringido puesto que inhibe la apertura, al hacer sentir al orientado que es un número más o que nos está quitando el tiempo.

2. Motivadora y exigente

No podemos permitir que, por ningún motivo, las almas que dirigimos se conformen con un grado de santidad más o menos ‘aceptable’, sino que debemos acompañarlas por el camino de la vida espiritual siempre de una forma positiva y constructiva, haciendo más hincapié en el atractivo de la santidad y en los medios para conquistarla que en las limitaciones y obstáculos que le son contrarios. Debemos invitarlos a subir más alto, a llevar su amor y fidelidad a Cristo hasta sus últimas consecuencias en la entrega de su vida diaria y mostrarles la hermosura del camino de progresiva intimidad con Jesucristo que exige sacrificio y renuncia como medios de identificación con Él y de participación en su cruz redentora. Debemos convencerlas de que cuando un alma se deja tocar por su amor, y se abraza sin reservas a la cruz de Cristo, se transforma, se transfigura a lo divino. Dios no puede tocar un alma y dejarla igual.

Esto nos da luz para comprender que nuestra labor es presentar la cara hermosa de la lucha en el camino de la propia santificación.

El orientador debe ser alguien que continuamente está alimentando la confianza en la misericordia de Dios. Al orientar, está tratando de acercar las almas a Dios, y por ello debe ser siempre positivo y motivador. La motivación es el germen de la perseverancia; es ahí donde se gesta realmente la perseverancia. La motivación conduce al amor y el amor es el fundamento de la vida, de la disponibilidad y de la generosidad.

Cuando se sabe orientar, motivar y exigir; cuando se sabe tener paciencia, Dios nuestro Señor bendice con creces la labor del orientador. Encerrado en las cuatro paredes de un pequeño despacho colabora con Dios en dar cauce a las grandes entregas en bien de la Iglesia.

Este trabajo no siempre resulta tarea fácil, sabemos que toda labor pastoral tiene sus ratos de alegría y de sufrimiento íntimo hasta ver revestidos de Cristo a aquellos que nos han sido confiados en la dirección espiritual.

La labor positiva reviste una especial importancia en la dirección de mujeres, pues debido a su emotividad, su sensibilidad y su fina percepción de los detalles, suelen crearse una imagen negativa de sí mismas. Ante pequeños fallos se recriminan fácilmente: «soy mala», «no valgo», «no puedo»…Si las impulsamos a la confianza en Dios y en sí mismas, se logrará mucho más que con impaciencias o incomprensiones.

En este sentido, un análisis del Evangelio nos descubre casos muy hermosos de cómo Cristo, incluso ante el pecado de la mujer, siempre reacciona de una forma positiva y motivadora. Encontramos un claro ejemplo en el episodio de la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Jesús no corresponde a la actitud de aquellos hombres, armados con piedras, decididos a acabar con ella. Pero tampoco cierra los ojos al pecado como si nada hubiera ocurrido. Más bien Cristo le deja ver que conoce su falta; pero penetrando en sus sentimientos adopta la actitud de quien busca ayudar a un alma.

Así, cuando todos se han ido, le dice con ternura y firmeza: «Vete y adelante no peques más”. Si el orientador es defensor de la verdad, no debe abdicar de ella. Sin embargo, la debe presentar con bondad para que el alma dirigida se sienta motivada. No hay que olvidar que el ser humano es una unidad de alma y cuerpo, por tanto de espíritu y sentimiento; hay que atender esta necesidad que tiene el hombre de ser comprendido, de ser aceptado y de ser animado.

Exigencia y motivación van de la mano. Quien quiera exigir, debe saber motivar, y nunca exigir sin haber motivado; de otra manera la dirección espiritual se desvanecerá como humo en el viento. Convencer es dar motivos suficientes para actuar, para que salga espontánea la entrega, para que brote fluida la disponibilidad.

3. Profunda

La dirección espiritual cobra esta dimensión especial, porque en ella se busca descubrir la voluntad de Dios sobre el alma de cada persona. En esta búsqueda se compromete todo el hombre: inteligencia, voluntad, libertad, afectividad, sentimientos, emociones, pasiones, ideales.

Los directores espirituales deben potenciar a las almas que les han sido confiadas para que sientan la urgencia de responder más a la gracia de Dios. Para ello, la dirección espiritual no puede ser una entrevista superficial o un compromiso social o un diálogo más o menos corto que ayude, sí, pero que no lleve a la profunda formación y transformación de la persona. No se puede convertir la dirección espiritual en una serie de consejos espirituales que no den una verdadera dirección al alma confiada por Dios.

Cada entrevista debe ayudar a fraguar un poco más, y más sólidamente, la santidad y, para lograrlo, deberemos permanecer alerta para descubrir qué grado tiene el dirigido de formación de la conciencia, y ayudarlo/a a interiorizar los valores y principios de su vida cristiana y a tomar decisiones eficaces y duraderas.

Cuando la persona trate un problema, busquemos llegar a la causa de fondo, sólo así la dirección espiritual resultará acertada y eficaz. No podemos dar respuestas prefabricadas. En conformidad con la problemática de fondo, vendrá dada la solución. Esto es vivir la caridad en plenitud, buscar lo mejor para el alma, aunque implique mayor esfuerzo.

4. Cordial y amable

La seriedad y profundidad que caracteriza a la dirección, no puede transformarla en algo frío, lejano, impositivo. Por el contrario, la dirección espiritual debe desarrollarse en un clima de diálogo cordial y amable, porque el dirigido habla de lo más íntimo de sí, de lo más preciado, y lo pone en consideración, con toda confianza, ante quien lo orienta. Se sentirá alentado a abrirse si encuentra cordialidad sincera.

Conviene que el director recuerde a Quién representa y de Quién es instrumento para que la conversación refleje los rasgos amables que encontramos en los diálogos de Cristo, en su rostro, en sus palabras, en sus movimientos, en su dedicación total a cada persona. Así mismo debe evitar lo que pueda crear barreras y bloqueos. Esto requiere por parte del director espiritual un gran olvido personal para dejar de lado como se siente, sus prisas y sus problemas personales, sus antipatías naturales, sus modos, sus prejuicios, su humor… y un gran amor a quien tiene por delante, ya que el alma puede percibir todo, también a través del lenguaje corporal no verbal. Ya antes de hablar, el orientador influye sobre el dirigido por su modo de comportarse y de acogerlo. Su sola presencia debe ser ya una revelación de Cristo y difundir los valores del Evangelio.

Caridad amigable inspirada por Dios y ofrecida por Dios en el encuentro con su director. ¡Qué misión tan grande la de ser transmisores del amor de Dios de esta manera!

5. Concreta

El diálogo espiritual debe centrarse en la vida espiritual y en las inquietudes y problemas del momento que atraviesa el que es ayudado espiritualmente. Por ello, el diálogo espiritual debe asentarse fundamentalmente sobre el proyecto de vida espiritual que cada alma debe tener permanentemente actualizado. Este proyecto de vida espiritual es un medio sencillo, claro, exigente, de metas concretas, que determina la orientación de propio esfuerzo en la búsqueda de la virtud y en la práctica de la vida cristiana. La revisión periódica y frecuente del mismo ayuda a desterrar los defectos y a cultivar la virtud.

Conclusión

La conquista de un hombre o una mujer para Dios es la tarea más hermosa que existe. Al director espiritual, como instrumento de Dios, le corresponde este privilegio de asistir a la prodigiosa transformación de la persona, dejando que Él actúe en su vida.

Privilegio y responsabilidad que se basa única y exclusivamente en el don y la llamada de Dios, y que exige de cada uno actitudes de agradecimiento y de correspondencia.

Estas pautas generales quieren ser medios que ayuden e iluminen para llevar a cabo con más acierto la misión encomendada.

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* Paloma Chico

   Profesora del Instituto Superior de Ciencias Religiosas en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma).

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