Hacia la unión con Dios

La justicia infinita de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en enero 14, 2011

 

Dios es misericordioso. Nada más veraz, nada más cierto. La mayor evidencia de la misericordia de Dios se muestra en la tríada del cristiano: la creación, la Encarnación y la Redención. Efectivamente, esas tres realidades definen más que nada ese atributo divino poseído en forma infinita, como todos los suyos: nos creó, nos hizo los reyes de la creación visible, y cuando nos alejamos voluntariamente de la felicidad eterna en el Cielo vino como uno de nosotros y murió para pagar nuestra deuda…

Pero también es infinitamente justo. Lo dicen innumerables pasajes de la Biblia. Solamente de uno de sus 73 libros, el Evangelio de san Mateo, se extractan a continuación algunas palabras del Hijo de Dios, nuestro salvador Jesús:

El Amor de los amores dijo un día:

«El que ignore el último de los mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

Y añadió, para que quedara muy claro:

«Yo os lo digo: si no hay en vosotros algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley, vosotros no podréis entrar en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20).

Parece duro que aquél que lloró por su amigo Lázaro predicara un día lo siguiente:

«Yo os digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22).

El que perdonó al ladrón en la cruz fue bastante claro:

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (Mt 5, 29).

El que sentía compasión de todos, pues estaban como ovejas sin pastor les decía:

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9).

El que contó la bella historia del hijo pródigo habló de la senda que lleva a la perdición:

«Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran.» (Mt 7, 13-14)

¡Y esto es palabra de Dios!

El que se compadeció de la mujer cananea decía refiriéndose a los hombres:

«Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego» (Mt 7, 19).

Aquél que sintió dolor por la mujer que perdió a su hijo y lo resucitó dijo:

«Entonces yo les diré claramente: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, vosotros que hacéis el mal!» (Mt 7, 23).

El que curó a un paralítico proclamó una vez:

«Os digo que, en el día del Juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que vosotros» (Mt 11, 24).

El que curó a los endemoniados dijo otro día:

«Yo os digo que, en el día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho» (Mt 12, 36).

El que curó a un leproso le dijo a Pedro, cuando él no quiso aceptar la pasión de su maestro:

«Apártate de mí Satanás» (Mt 16, 23).

Leamos lo que hizo el que decía que había que perdonar las ofensas y poner la otra mejilla:

Entró en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo. Derribó las mesas de los que cambiaban monedas y los puestos de los vendedores de palomas. » (Mt 21, 12).

El que habló del amor a los enemigos, una vez sintió hambre y veamos lo que pasó:

Divisando una higuera cerca del camino, se acercó, pero no encontró más que hojas. Entonces dijo a la higuera: «¡Nunca jamás volverás a dar fruto!» Y al instante la higuera se secó. Al ver esto, los discípulos se maravillaron: «¿Cómo pudo secarse la higuera, y tan rápido?» (Mt 21, 18-20).

El que multiplicó los panes para que comiera la gente no dejó entrar a las vírgenes necias:

Más tarde llegaron las otras jóvenes y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero él respondió: «En verdad, os lo digo: no os conozco.» Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis el día ni la hora. (Mt 25, 11-13).

El que sanó al siervo del Centurión contó alguna vez la historia de alguien invitado a las bodas de un rey:

Le dijo: «Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas?» El hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a sus servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Sabed que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.» (Mt 22, 12-14).

El que resucitó a una niña recriminó con todos estos insultos a los escribas y fariseos:

«¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos, que sois unos hipócritas! […] ¡Ay de vosotros, que sois guías ciegos! […] ¡Torpes y ciegos! […] no cumplís la Ley en lo que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe. […] ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos, que sois unos hipócritas! Vosotros sois como sepulcros blanqueados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Vosotros también aparentáis ser personas muy correctas, pero en vuestro interior estáis llenos de falsedad y de maldad. […] ¡Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo lograréis escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 13-33)

 Todas estas son citas de uno solo de los libros de la Biblia. Si se escribieran todas las citas que hay en los otros 72 libros sobre la justicia de Dios, este artículo sería de unas trescientas páginas.

Como se ve, Dios posee en grado infinito, no solamente la misericordia, sino también la justicia.

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