Hacia la unión con Dios

La eficacia del silencio

Posted by pablofranciscomaurino en enero 21, 2011

En teología, en filosofía, en doctrina y hasta en aspectos litúrgicos se viven a diario discusiones en todos los niveles: laicos que comienzan a estudiar, laicos que ya llevan haciéndolo bastante tiempo, diáconos, presbíteros y hasta obispos.

Esto sucede también a la hora de hacer apostolado: ¡Cuántas veces —por ejemplo— ese noble afán apostólico se convierte en contiendas, disputas, rivalidades, competencias por «tener» la verdad! Y, en vez de apostolado, se abre la puerta para la desunión, para las faltas de caridad y hasta para el pecado.

Los mismos medios de comunicación no están exentos de este defecto; ni siquiera los medios de comunicación cristianos. En la televisión, por ejemplo, es frecuente, en los programas no católicos dedicados a la difusión de la doctrina cristiana, que se critique tanto al catolicismo, como a los católicos.

Pero aun dentro de la Iglesia Católica se ven actitudes semejantes: en vez de procurar la unión y estimular las virtudes, se resaltan a veces los defectos. En vez de proponer soluciones eficaces, se critican abierta y públicamente los errores, supuestos o reales.

Pareciera que los cristianos no hubiéramos oído ni leído lo que nos dijo aquél a quien seguimos: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros» (Jn 13, 35).

Pareciera que se nos olvidó que Jesús nos enseñó: «Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea.» (Mt 18, 15-17). Estos hermanos escritores u oradores hacen primero el último paso: le informan al mundo los desperfectos de los demás.

Pareciera que se nos olvidó que el Espíritu Santo actúa eficazmente en el alma cuando cumplimos la doctrina del amor: orar por los equivocados y por los pecadores, unirnos a la Cruz redentora de Cristo ofreciendo nuestros Ighlesisacrificios por ellos y no dejar de hablarles con cariño y con prudencia.

Pero con frecuencia se nos olvidan tanto el cariño de hermanos como la prudencia del Espíritu Santo. Y por eso la labor que pretendíamos hacer no es eficaz. Y por eso crecen las divisiones y el desamor. Y por eso se opaca y se nubla la doctrina de la Iglesia Católica. Y por eso triunfa el demonio.

En cambio, obtendremos resultados eficaces si oramos, si confiamos más en los méritos de Cristo que en nuestro poder de convicción y si ofrecemos nuestros sufrimientos por los miembros de la Iglesia, a la manera de san Pablo: «Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24).

El silencio de Cristo en su juicio y en su pasión nos pareció absurdo, pero el Amor que destiló dio resultados. Lo propio de los cristianos es callar cuando queramos hablar mal de los demás y, más bien, hablar con Nuestro Padre para que los ayude y nos ayude.

Amémonos unos a otros como él nos amó: no criticándonos ni enfatizando errores o defectos sin caridad, sino dándolo todo, muriendo a nuestros egoísmos y a nuestras soberbias por nuestros hermanos, para que seamos uno, como Él y el Padre. Y así brillará en nosotros la luz del Espíritu Santo.

 

 

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