Hacia la unión con Dios

Santa Catalina de Siena y la locura de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2011

Santa Catalina penetró como pocos en los abismos de la bondad de Dios. Contemplando el misterio de la providencia inefable, su corazón se dilataba según las medidas del Corazón de Cristo. Permanecía, sin duda, en su cuerpo, pero le parecía estar fuera de él, por el arrebato que en ella producía el exceso de la divina caridad. ¿No es acaso excesiva dicha condescendencia, no hay cierta locura en el amor de Dios?

«¡Oh inefable y dulcísima Caridad! ¿Quién no se inflamará ante tanto amor? ¿Qué corazón resistirá sin desfallecer? Diríase, oh Abismo de caridad, que pierdes la cordura por tus criaturas, como si no pudieras vivir sin ellas, siendo nuestro Dios… Tú, que eres la vida, fuente de toda vida y sin la cual todo muere, ¿por qué, pues, estás tan loco de amor? ¿Por qué te apasionas con tu criatura, haciendo de ella tu complacencia y delicias?»

Tales acentos aparecen no sólo en las páginas de su escrito, el Diálogo, sino en sus cartas y elevaciones. En una de estas últimas leemos: «¡Oh Trinidad eterna, Trinidad eterna; oh Fuego y Abismo de caridad; oh Loco de tu criatura!… ¡Oh Trinidad eterna, Loco de amor!». La criatura, a la que había hecho a imagen y semejanza suya, lo ha enajenado: «Loco de tu misma hechura». 

La Locura de Dios. Nos enardece este pensamiento. Un primer síntoma de esa locura es el hecho mismo de la creación del ser humano. Catalina no acaba de admirarse viendo cómo Dios no nos creó por ningún otro motivo que no fuese el fuego gratuito de su caridad. Conocía, por cierto, las iniquidades que íbamos a cometer, pero «Tú hiciste como si no lo vieras, antes fijaste la mirada en la belleza de tu criatura, de la que Tú, como loco y ebrio de amor, te enamoraste, y por amor la sacaste de ti, dándole el ser a imagen y semejanza tuya».

Transida la Santa de fuego, sangre y amor, sus palabras, que brotan con una vehemencia sobrecogedora, llevan el signo inequívoco de la belleza y de la poesía, estremeciendo las fibras más recónditas del corazón. Nuestro Dios es un Dios loco, loco de amor. ¿Acaso precisaba de nosotros? Él es la vida indeficiente y de nada necesita. Con todo, se comporta como si no pudiese vivir sin nosotros. Ya esto parecía excesivo.

Pero la locura de Dios no se clausura en la creación. Quedaba todavía por realizar su gesto más enajenado, la Encarnación del Verbo.

«¿Cómo has enloquecido de esta manera? Te enamoraste de tu hechura, te complaciste y te deleitaste con ella en ti mismo, y quedaste ebrio de su salud. Ella te huye, y Tú la vas buscando. Ella se aleja, y Tú te acercas. Ya más cerca no podías llegar al vestirte de su humanidad. Y yo, ¿qué diré? Gritaré como Jeremías: ¡Ah, ah! (Jer 1, 6). No sé decir otra cosa; porque la lengua, finita, no puede expresar el afecto del alma que te desea infinitamente… ¿Qué viste? Vi los arcanos de Dios. Pero, ¿qué digo? Nada puedo decir, porque los sentidos son torpes. Diré solamente que mi alma ha gustado y ha visto el abismo de la suma y eterna Providencia»

Tenemos un Padre divino que ha perdido la razón. Nada le podíamos añadir a su grandeza, ningún mal le podíamos hacer con nuestro pecado, y, sin embargo, para que no nos perdiéramos, hace justicia sobre el Cuerpo de su propio Hijo. «¡Señor, parece que enloqueces!» El Hijo, por su parte, tan enamorado y loco como su Padre, corrió por el camino de la obediencia, hasta dejarse clavar en la Cruz. Algo increíble. Porque «yo soy el ladrón y Tú eres el ajusticiado en lugar de mí». La Cruz es el acto de la locura total. De ella «está suspenso aquel a quien su amor y no los tres clavos retienen en ella fijo y fuerte, Cristo, il Pazzo d’amore (el Loco de amor)».

«Pero no le bastó esta locura, sino que se quiso quedar, todo él, Dios y hombre, envuelto en la blancura del pan». La Encarnación, el Calvario, la Eucaristía, ¿no es acaso la locura total?

La misericordia de Dios, tal como la ha ejercido, está en el telón de fondo de esta locura ininterrumpida. Se ha dicho que el mejor título que le convendría al Diálogo sería: «Libro de la misericordia». Porque todo su contenido se resume en las palabras: «Quiero hacer misericordia al mundo». El amor loco no se rinde, ni aun ante el rebelde. Así le canta Catalina:

«¡Oh misericordia que procede de tu Divinidad, Padre eterno, y que gobierna por tu poder el mundo entero! Por tu misericordia hemos sido creados, por tu misericordia hemos sido recreados en la Sangre de tu Hijo; tu misericordia nos conserva; tu misericordia ha puesto a tu Hijo en agonía y lo ha abandonado sobre el leño de la Cruz… ¡Oh loco de amor! ¿No era bastante haberte encarnado, sino que además has querido morir… Y tu misericordia ha hecho más todavía: te has quedado como alimento. ¡Oh misericordia! ¡Mi corazón se hace todo fuego pensando en ti! De cualquier lado que mi espíritu se vuelva y se revuelva no encuentra sino misericordia…»

Alfredo Sáenz, S. J.

 

Si a todo esto añadimos la misericordia de Dios, al instituir el Sacramento del perdón, podemos quedar abismados de la infinita locura del amor de Dios: la confesión es un tribunal en el que un reo se declara culpable y, a diferencia de lo que ocurre con la justicia humana, ¡el juez nos perdona! ¿Qué más podemos pedir?

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