Hacia la unión con Dios

Tiempo Ordinario después de Epifanía*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 6, 2011

1.- Exposición dogmática

En el Tiempo después de Epifanía la divinidad de Jesús continúa afirmándose, y los que hablan v actúan no son ya los ángeles del Gloria in excelsis, ni la estrella de los Magos, ni siquiera la voz de Dios Padre y la aparición del Espíritu Santo, como en el Bautismo de nuestro Señor, sino que es Cristo mismo. Éste exigirá, como veremos en el Ciclo Pascual, la entera sumisión de nuestro espíritu y de nuestro corazón a su doctrina y a las normas de vida que nos dictará. Ya desde ahora, sus palabras y sus obras revelan al Verbo divino.

Las palabras de Cristo son la expresión directa y sensible del pensamiento de Dios. «Las cosas que Yo digo las digo como el Padre me las ha dictado» (Jn 12, 50); y así como las sagradas Especies son objeto de nuestras adoraciones, por encerrar en sí la divinidad, también la doctrina de Jesús reclama de nosotros rendida fe y respeto, pues son como una partecita de la verdad eterna. El que con frialdad recibe la divina palabra no es menos culpable que el que deja caer por el suelo el Cuerpo del Hijo de Dios[1]. Lo que san Pablo decía de la Eucaristía: «quien come el Cuerpo del Señor indignamente come su propio juicio», Jesús lo afirma de su sagrada palabra: «El que n0 recibe mis palabras, la palabra misma que Yo he anunciado lo juzgará en el postrero día», porque desecharla es lo mismo que desechar al Verbo divino que en esta forma se nos manifiesta.

Pero Cristo no se contentó con «decir la verdad»; sino que quiso «hacer la verdad» (Jn 3, 21). Y en efecto, poseyendo como posee la naturaleza del Padre, no sólo su doctrina es la suya, sino que también es suya su omnipotencia. «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino aquello que ve hacer al Padre, porque todo lo que el Padre hace, lo hace también el Hijo»; y por eso, sus milagros lo mismo que sus palabras son una manifestación de la divinidad. «Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de Mí» (Jn 10, 25).

Un puro hombre no podría hablar ni obrar como Jesús, si no fuese también Dios; por eso declara a renglón seguido: «Si Yo no hubiese venido y les hubiera hablado, no habrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado». «Si no hubiese hecho entre ellos obras, que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; mas ahora no tienen excusa de su pecado».

Estas dos frases resumen todo el Tiempo ordinario después de Epifanía.

 

2.- Exposición histórica

En tiempo de nuestro Señor, Palestina estaba dividida en cua­tro provincias: al este del Jordán, Perea; al sudoeste, Judea; al sur, Samaria; al Norte, Ga­lilea. Y principalmente en esta última región donde vivieron las tribus de Aser, de Neftalí, de Zabulón y de Isacar, fue donde ocurrieron los sucesos narrados en los evangelios de los domingos de esta parte del Tiempo Ordinario.

En Caná obró Jesús su pri­mer milagro. Luego, y ya de vuelta para Judea, predicó en la sina­goga de Nazaret la sublime doctrina que «dejó maravi­llados a los oyentes». Estando también en Galilea, curó Jesús al leproso; pero el centro de sus predicaciones y de sus prodigios lo puso en Cafarnaum, lugar distante de Na­zaret como un día de camino. Después del Sermón de la Montaña, que la tradición más corriente dice ser el monte de Kouroun-Hattin, al noroeste de Tiberíades, el Señor bajó a Cafarnaum, curando allí al siervo del centurión.

La parábola del sembrador la predicó Jesús desde una barca a las orillas del lago, que debe su nombre de Genesaret, o sea, valle de las flores, a la florida llanura que lo circunda. Se la pudieron sugerir las fértiles colmas que van de Cafarnaum a Corozaín.

Entonces precisamente sucedió que cierta tarde, tras de esta continua predicación, el Salvador, no pudiendo alcanzar reposo, hubo de atravesar el lago, e irse a Gerza, lugar de la Perca situado en el litoral opuesto.

El mar de Tiberíades formado por las aguas del Jordán, está expuesto a repentinas y furiosas borrascas, y al sobrevenir una de ellas, fue cuando quiso Jesús demostrar a sus apóstoles cómo era Dios, serenando por arte milagroso la mar bravía.

 

3.- Exposición litúrgica

El Tiempo Ordinario después de Epifanía empieza el día siguiente al Bautismo de Jesús, y va hasta el día antes del Miércoles de Ceniza.

La fiesta de Navidad cae en día fijo, por lo que da al Ciclo del Natalicio cierta estabilidad. No así el Ciclo Pascual que, estando a merced de los cambios lunares, es necesariamente movible. Y por eso, cuando la fiesta de Resurrección —que puede caer entre el 22 de marzo y el 25 de abril— se celebra pronto, esta primera parte del Tiempo Ordinario se abrevia, razón por la cual puede durar entre 5 y 9 semanas.

El color verde —símbolo de la esperanza— es el propio del Tiempo Ordinario, tanto antes como después del ciclo Cuaresma–Pascua. Y en efecto, el color verde es el que predomina en la naturaleza. San Pablo dice que el que rompe el surco debe hacerlo con la esperanza de recoger frutos. Y así también, en este Tiempo Ordinario, el campo de la Iglesia sembrado con la doctrina y las obras de Jesús, se cubre de verdes cañas, que permiten esperar mies abundante. Su nota característica es también una santa alegría, la alegría de poseer en la persona de Cristo a un Dios «poderoso en obras y en palabras».

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] San Cesáreo de Arlés, Serm. 100

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