Hacia la unión con Dios

Archive for 22 abril 2011

‘Verdaderamente éste era Hijo de Dios’*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 22, 2011

En su Pasión —escribe san Pablo a Timoteo— Jesucristo “dio buen testimonio ante Poncio Pilato” (1 Tim 6,13). Nos preguntamos: ¿testimonio de qué? No de la verdad de su vida y de su causa. Muchos han muerto, y mueren aún hoy, por una causa equivocada, creyendo que es justa. La resurrección, esta sí que da testimonio de la verdad de Cristo: Dios lo “ha acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos”, dirá el Apóstol en el Areópago de Atenas (Hch 17, 31).

La muerte no da testimonio de la verdad, sino del amor de Cristo. Es más, ésta constituye la prueba suprema de Él: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Se podría objetar que hay un amor más grande que dar la vida por los propios amigos, y es dar la vida por los propios enemigos. Pero esto es precisamente lo que Jesús hizo: “En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores. Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5, 6-8). “Nos amó cuando éramos enemigos, para poder hacernos amigos”[1].

Una cierta “teología de la cruz” unilateral puede hacernos olvidar lo esencial. La cruz no es sólo el juicio de Dios sobre el mundo, confutación de su sabiduría y revelación de su pecado. No es el NO de Dios al mundo, sino su SÍ de amor: “La injusticia, el mal como realidad —escribe el Santo Padre en su último libro sobre Jesús— no puede ser simplemente ignorado, dejado estar. Debe ser eliminado, vencido. Esta es la verdadera misericordia. Y que ahora, dado que los hombres no son capaces, lo haga Dios mismo; esta es la bondad incondicional de Dios”[2].

¿Pero cómo tener el valor de hablar del amor de Dios, cuando tenemos ante los ojos tantas tragedias humanas? ¿No hay que hablar de ello? Pero quedarse del todo en silencio sería traicionar la fe e ignorar el sentido del misterio que estamos celebrando.

Hay una verdad que proclamar fuertemente el Viernes Santo. Aquel a quien contemplamos en la cruz es Dios en persona. Sí, es también el hombre Jesús de Nazaret, pero éste es una sola persona con el Hijo del eterno Padre. Hasta que no se reconozca y no se tome en serio el dogma de fe fundamental de los cristianos —el primero definido dogmáticamente en Nicea— que Jesucristo es el Hijo de Dios, es Dios mismo, de la misma sustancia que el Padre, el dolor humano quedará sin respuesta.

No se puede decir que “la pregunta de Job todavía permanece sin respuesta”, o que tampoco la fe cristiana tiene una respuesta que dar al dolor humano, si de entrada se rechaza la respuesta que ésta dice tener. ¿Cómo se hace para demostrar a alguien que una cierta bebida no contiene veneno? ¡Se bebe de ella antes que él, delante de él! Así ha hecho Dios con los hombres. Él bebió el cáliz amargo de la Pasión. No puede estar por tanto envenenado el dolor humano, no puede ser sólo negatividad, pérdida, absurdo, si Dios mismo ha decidido saborearlo. En el fondo del cáliz debe haber una perla.

El nombre de la perla lo conocemos: ¡Resurrección! “Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros” (Rm 8, 18), y también “Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó” (Ap 21,4).

Si la carrera por la vida terminara aquí abajo, habría de verdad que desesperarse pensando en los millones y quizás miles de millones de seres humanos que parten en desventaja, clavados por la pobreza y el subdesarrollo al punto de partida, mientras algunos pocos nadan en el lujo y no saben cómo gastar el dinero exagerado que ganan. Pero no es así. La muerte no sólo acaba con las diferencias, sino que les da la vuelta. “El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado, en la morada de los muertos, en medio de los tormentos” (cf. Lc 16, 22-23). No podemos aplicar de manera simplista este esquema a la realidad social, pero éste está allí para advertirnos de que la fe en la resurrección no deja a nadie en su vida tranquila. Nos recuerda que la máxima “vive y deja vivir” no debe nunca transformarse en la máxima “vive y deja morir”.

La respuesta de la cruz no es solo para nosotros los cristianos, es para todos, porque el Hijo de Dios murió por todos. Hay en el misterio de la Redención un aspecto objetivo y un aspecto subjetivo; está el hecho en sí mismo y la toma de conciencia y la respuesta de fe ante él. El primero se extiende más allá del segundo. “El Espíritu Santo —dice un texto del Vaticano II— de modo que solo Dios sabe, ofrece a cada hombre la posibilidad de ser asociado al misterio pascual” [3].

Una de las formas de asociarse al misterio pascual es precisamente el sufrimiento: “Sufrir —escribía Juan Pablo II después de su atentado y de la larga convalecencia que lo siguió— significa volverse particularmente susceptibles, particularmente sensibles a la obra de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo”[4]. El sufrimiento, todo sufrimiento, pero especialmente el de los inocentes, pone en contacto de modo misterioso, “que sólo Dios conoce”, con la cruz de Cristo.

¡Después de Jesús, quienes “dieron buen testimonio” y “bebieron el cáliz” son los mártires! Los relatos de su muerte se titulaban al principio “passio“, pasión, como el de los sufrimientos de Jesús que acabamos de escuchar. El mundo cristiano ha vuelto a ser visitado por la prueba del martirio que se creía acabada con la caída de los regímenes totalitarios ateos. No podemos pasar en silencio su testimonio. Los primeros cristianos honraban a sus mártires. Las actas de su martirio eran leídas y distribuidas entre las Iglesias con inmenso respeto. Precisamente, en un gran país de Asia, los cristianos han rezado y marchado en silencio por las calles de algunas ciudades para conjurar la amenaza que pende sobre ellos.

Hay algo que distingue las actas auténticas de los mártires de las legendarias, reconstruidas al terminar las persecuciones. En las primeras, no hay casi trazas de polémica contra los perseguidores; toda la atención se concentra en el heroísmo de los mártires, no en la perversidad de los jueces y de los verdugos. Incluso san Cipriano llegó hasta ordenar a los suyos dar veinticinco monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Son discípulos de aquel que murió diciendo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. En verdad, “la sangre de Jesús habla un lenguaje distinto respecto a la de Abel (cf. Hb 12, 24): no pide venganza y castigo, sino reconciliación” [5].

También el mundo se inclina ante los testigos modernos de la fe. ¿Cómo no permanecer admirados por las palabras escritas en su testamento por el político católico Shahbaz Bhatti, asesinado por su fe? Su testamento es también para nosotros, sus hermanos de fe, y sería ingratitud dejarlo caer pronto en el olvido.

“Se me han propuesto —escribía— altos cargos en el Gobierno, y se me ha pedido que abandone mi batalla, pero yo siempre me he negado, incluso a riesgo de mi propia vida. No quiero popularidad, no quiero posiciones de poder. Sólo quiero un lugar a los pies de Jesús. Quiero que mi vida, mi carácter, mis acciones hablen por mí y digan que estoy siguiendo a Jesucristo. Este deseo es tan fuerte en mí que me consideraría privilegiado si, en este esfuerzo mío y en esta batalla mía por ayudar a los necesitados, los pobres, los cristianos perseguidos de mi país, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir para Cristo y quiero morir por Él”.

Parece que volvamos a escuchar al mártir Ignacio de Antioquía, cuando venía a Roma a sufrir el martirio. El silencio de las víctimas no justifica, sin embargo, la indiferencia culpable del mundo ante su suerte. “El justo desaparece y a nadie le llama la atención; los hombres de bien son arrebatados, sin que nadie comprenda que el justo es arrebatado a consecuencia de la maldad” (Is 57, 1)!

Los mártires cristianos no están solos, lo hemos visto, en sufrir y morir a nuestro alrededor. ¿Qué podemos ofrecer a quien no cree, además de nuestra certeza de fe de que hay un rescate para el dolor? Podemos sufrir con el que sufre, llorar con el que llora (Rm 12, 15). Antes de anunciar la resurrección y la vida, ante el luto de las hermanas de Lázaro, Jesús “se echó a llorar” (Jn 11, 35).

La globalización tiene al menos este efecto positivo: el dolor de un pueblo se convierte en el dolor de todos, suscita la solidaridad de todos. Nos da ocasión de descubrir que somos una sola familia humana, unida en lo bueno y en lo malo. Nos ayuda a superar las barreras de raza, color y religión. Como dice el verso de un poeta italiano: “¡Hombres, paz! Sobre esta tierra de dolor demasiado grande es el misterio “[6].

Debemos sin embargo recoger también la enseñanza que hay en acontecimientos como este. Terremotos, huracanes y otras desgracias que afectan a la vez a culpables e inocentes nunca son un castigo de Dios. Decir lo contrario supone ofender a Dios y a los hombres. Pero son una advertencia: en este caso, la advertencia a no engañarnos con que la técnica y la ciencia bastarán para salvarnos. Si no sabemos imponernos límites, pueden convertirse, precisamente ellas, lo estamos viendo, en la amenaza más grave de todas.

Hubo un terremoto también en el momento de la muerte de Cristo: “El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ‘¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!'” (Mt 27, 54). Pero hubo otro aún más grande en el momento de su Resurrección: “De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella” (Mt 28, 2). Así será siempre. A cada terremoto de muerte sucederá un terremoto de resurrección y de vida. Alguien dijo: “Ahora solo un dios puede salvarnos”, “Nur noch ein Gott kann uns retten” [7]. Tenemos una garantía cierta de que lo hará porque “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16).

Preparémonos para cantar con renovada convicción y agradecimiento conmovido las palabras de la liturgia: “Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit: Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venite, adoremus: venid, adoradlo.

P. Raniero Cantalamessa, ofm cap.

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La riqueza no es un don*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 15, 2011

“El trabajo honesto ofrece dignidad,

no gran riqueza, por cierto, pero

la riqueza no es un don de Dios,

es una prueba difícil de superar

sin sentir avidez por ella,

o tener soberbia, sin egoísmo;

porque la riqueza es

para compartir con quien no la posee,

no para vanagloriarse.

Es la prueba más difícil para el alma;

y esto a muchos podrá parecer extraño.”

Jesús


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Ciclo A, IV domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2011

La ceguera

Los hombres vemos las apariencias, pero Dios ve el corazón. Así eligió Dios a David, de cuya descendencia nacería Jesús, el Redentor esperado por los judíos: aunque nadie esperaba que él fuera el elegido, Dios se fijó en su corazón.

Y es del corazón de donde salen los actos de los que tienen la facultad de la vista, de los que tienen luz: bondad, justicia y verdad, como nos dice hoy san Pablo.

Pero también del corazón nacen los actos de la ceguera o de la oscuridad: la soberbia, la codicia, la ira, la envidia, la gula, la lujuria y la pereza.

Si en otro tiempo éramos tinieblas, y ahora somos luz en el Señor, ¿buscamos lo que agrada al Señor? ¿O tomamos parte en las obras de las tinieblas, donde no hay nada que cosechar?

Y, si vemos esas obras oscuras, ¿las denunciamos?

Despertemos, no durmamos más, levantémonos de entre los muertos, y la luz de Cristo brillará sobre nosotros.

No sigamos ciegos, con esa ceguera —peor que la física— que nos hace preguntarnos siempre que vemos a los enfermos o a los que les va mal: «¿Quién habrá pecado: ellos o sus padres?».

Nos creemos buenos; y nos creemos con muy buena vista y con la autoridad para decir quién obra bien y quién no. Decimos que vemos, y esa es la prueba de nuestro pecado.

El ciego del Evangelio fue, se lavó y, cuando volvió, veía claramente con los ojos del cuerpo. Pero comenzó a ver con los ojos del alma cuando dijo: «Creo, Señor», y se arrodilló ante Jesús.

¿Vemos con los ojos del alma a todos los que, después de vivir mal, creen ahora en Jesús y lo adoran? ¿O los criticamos? ¡Cómo se enjuicia a todos los que se portaron mal en el pasado y quieren ahora iniciar una nueva vida, una vida de bondad, de verdad! No los dejan en paz. ¿Qué dirá Jesús de esta actitud?

Esa es una obra de la oscuridad, de la ceguera. Seamos luz para todos.

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¡No me lo merezco!

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2011

¡No me lo merezco! Esta es la exclamación de quienes están recibiendo una afrenta, ofensa o agresión… De hecho, tenemos en la cabeza una lista de las cosas que «nos merecemos» y otra de las que consideramos «injusticias» contra nosotros. Y pensamos que cuanto más «buenos» somos tanto más beneficios debemos obtener.

Pero, ¿qué es lo que realmente merecemos? Con el pecado original ofendimos a un Ser eterno y, dado que el castigo se da de acuerdo con la calidad del ofendido, nuestro castigo debe ser así: eterno; sumado a ese están todos nuestros pecados personales.

Esto se agrava al pensar en el derroche de amor que hemos recibido de su parte: dejando la riqueza del Cielo, se rebajó hasta la pequeñez de su criatura; siendo Rey nació de un pobre carpintero en un establo; dueño del universo, vivió y trabajó como uno de tantos; y después de semejante ejemplo de vida ordinaria y humilde, dedicó tres años de su vida a enseñar a todos el Amor de su Padre y a llenarnos de esperanza en la vida eterna y feliz que nos prometió. Finalmente, se dejó maltratar infamemente: azotado, cargado con la Cruz y clavado en ella, murió después de una agonía atroz; además, parecía que buscaba las humillaciones adrede: se dejó escarnecer de sus propios amigos que lo abandonaron —uno lo traicionó y el principal lo negó—, de los sacerdotes judíos —los sacerdotes de su Padre— que se burlaban de Él y lo juzgaban, de las autoridades civiles que lo condenaron, del ladrón que lo repudió, de la humanidad a la que amó hasta el extremo, de cada uno de los pecadores por los que derramó toda su sangre en la Cruz…

Hoy todavía sigue a cada ser humano con su mirada, con su providencia, y le da, una y otra vez, nuevas oportunidades para que encuentre la auténtica felicidad, junto a Él; pero la humanidad sigue empecinada en huir de Jesús, en despreciarlo, en olvidarlo, ¡a Él, el camino, la verdad y la vida!: para completar la lista de afrentas contra Dios, se alzan nuestros apegos y apetitos desordenados con los que lo reemplazamos y a los que les damos el amor que le debemos a Él y, así, lo herimos de nuevo, como cebándonos en ofenderlo…

Cualquier escarnio que recibamos en esta vida es, pues, nada, comparado con lo que realmente merecemos. Así lo decía san Pablo de la Cruz, en el siglo XVIII, cada vez que era ofendido, vituperado, agredido o humillado: «Gracias, Dios mío: es mucho más lo que merezco».

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Ciclo A, III domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en abril 4, 2011

Agua que quita la sed

En el desierto, el pueblo atormentado por la sed, se quejó y recibió agua, cuando Moisés golpeó una roca. Así Dios demostró que estaba en medio de ellos.

Jesús, en el Evangelio, se hace el encontradizo con la mujer samaritana para hablarle de un agua más excelsa: un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna, un manantial que quita para siempre la verdadera sed: sed de paz, sed de gozo, sed de felicidad y sed de eternidad…

Y, ¿en qué consiste esa agua? Nos lo dice la segunda lectura: «Hermanos, por la fe hemos sido reordenados y estamos en paz con Dios, por medio de Jesucristo, nuestro Señor. Por Él hemos tenido acceso a un estado de gracia e incluso hacemos alarde de esperar la misma Gloria de Dios, que no quedará frustrada, pues ya se nos ha dado el Espíritu Santo, y por Él, el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones».

Habíamos pecado contra nuestro Creador y ya no podíamos ser felices, es decir, teníamos un desorden en el amor que debíamos a Dios y a nosotros mismos que produjo, a su vez, un desorden en la naturaleza. La fe, cuyo signo es el bautismo de agua que hemos recibido, fue la que nos reordenó para la vida eterna y el bautismo de agua es el que prometía Jesús a la samaritana.

Esta agua fue conseguida por Jesús con un acto de amor superior a la falta que cometimos, como lo explica san Pablo: no aceptaríamos morir por una persona mala; tratándose de una persona muy buena, tal vez alguien se atrevería a sacrificar su vida. Pero Dios dejó constancia del amor que nos tiene: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.

¿Cómo hemos correspondido a esa muestra extraordinaria de amor? ¿Cumplimos los mandamientos de Dios y de la Iglesia? ¿Sabemos perdonar? ¿Ofrecemos y damos nuestra ayuda? ¿Notan los demás en nuestro comportamiento y en nuestra forma de hablar que estamos bautizados?…

Si no es así, ¡qué desperdicio de agua viva!

 

 

 

 

 

 

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Es maravilloso*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 1, 2011

Es maravilloso, Señor,

tener los brazos abiertos cuando hay tantos mutilados,

que mis ojos vean cuando hay tantos sin luz,

que mis manos trabajen cuando hay tantas que mendigan,

que tenga buena salud cuando hay tanta enfermedad,

que tenga unos seres queridos cuando hay tantos solitarios,

que mi voz cante cuando hay tantas que enmudecen.

Es maravilloso, Señor,

tener abrigo, techo y sustento

cuando hay tantos en la calle;

es maravilloso volver a casa

cuando hay tantos que no tienen adónde ir.

Es maravilloso amar, vivir, sonreír y soñar

cuando hay tantos que lloran, odian y se revuelven en pesadillas.

Es maravilloso tener un Dios en quién creer

cuando hay tantos que no tienen consuelo ni tienen Fe.

Es maravilloso, Señor,

—sobre todo—

tener tan poco que pedir

y tanto que agradecerte.

Anónimo

 

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