Hacia la unión con Dios

Archive for 30 mayo 2011

Ciclo A, V domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 30, 2011

El sacerdocio común de los fieles

Hoy la Iglesia nos enseña que todos nosotros somos un pueblo de sacerdotes. Es que, además del sacerdocio ministerial (obispos, presbíteros y diáconos), está el sacerdocio común de los fieles.

Todos los bautizados poseen las prerrogativas y los deberes de ese sacerdocio.

Como piedras vivas, como dice san Pedro, edifiquémonos y pasemos a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús, que es piedra angular escogida y preciosa; quien se afirme en ella no quedará defraudado.

Y, ¿cuáles son esos sacrificios espirituales que podemos ofrecer a Dios? Nuestras oraciones, las penas y trabajos diarios; el ayudar a nuestros parientes, amigos y conocidos en su camino hacia la perfección, cuando tengamos oportunidad de hacerlo (hacer apostolado); enseñar la doctrina de la Iglesia… Todo para la gloria de Dios y por la salvación de las almas.

Somos una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas; pues Él nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable.

Y ese sacerdocio está establecido por Dios para que seamos una sola cosa con Él, como Él está en el Padre y el Padre está en Él.

Lo dijo claramente: el que crea en Él, hará las mismas obras que Él hace, y las hará aún mayores: los ciegos para las cosas del espíritu comenzarán a ver esas realidades espirituales, los sordos empezarán a oír acerca del amor que Dios promete a los que lo escuchan, los paralíticos se encaminarán hacia la santidad, los muertos resucitarán a la vida de la gracia… ¡Seremos testigos del poder de Dios!

En la época de los primeros cristianos, la Palabra de Dios se difundía, y el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente. Nosotros, si ejercemos ese sacerdocio con los sacrificios espirituales, podremos ver lo mismo.

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Examen de conciencia para seglares

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 27, 2011

 

¿Hice santa mi vida cumpliendo cada una de mis obligaciones familiares, laborales, eclesiales y sociales? ¿Amé eficaz y efectivamente a cada uno de mis seres queridos? ¿Fui un trabajador honesto y responsable? ¿Actué en todo momento como un buen cristiano?, ¿y como un buen ciudadano? ¿Irradié en todas partes paz y alegría?

¿Se me notaron la Fe, la Esperanza y la Caridad en cada uno de mis actos y actitudes?

¿Admiré el abismo infinito de poder, sabiduría y bondad de Dios, con una Fe pura y desnuda de toda figura e imaginación, con atención amorosa en el inabarcable, el incomprensible, el inefable?

¿Viví profundamente la Esperanza de llegar a ese mar infinito de Amor? ¿Estuve seguro de aquel que es bondad y misericordia, de aquel con el cual vivo día y noche, que me conoce y que conozco, que me ama y que amo? ¿Tuve absoluta confianza en Él? ¿Lo esperé todo de Él? ¿Me abandoné como un bebé?

¿Tuve intimidad con aquel que es todo Amor y que se pone al nivel de sus criaturas para pedirles que no lo dejen solo y que le den su amor? ¿Fui para todos alter Christus, ipse Christus? ¿Fue mi mirada siempre una mirada de amor transformador? ¿Se me notó su dulzura y su ternura para con todos? Como el rey Midas, ¿todo lo que toqué se convirtió en amor, paz y gozo? ¿Ayuné todo para amar solo a Dios sin sustentarme más en las criaturas? ¿Me crucifiqué detrás de la Cruz por el Reino de Dios y su justicia, amando a Jesús? ¿Aproveché estos tesoros: incomodidades, frío, calor, sed, hambre, cansancio, pobreza, fracaso, vergüenzas, incomprensión, desconfianza, rechazo, críticas, falsas acusaciones, ofensas, irrespeto, «injusticias», desprecios, humillaciones, deshonra, desprestigio, ingratitud, indiferencia de los seres queridos, desamor, esclavitud, soledad, desconsuelo, enfermedad, dolor, desamparo…?

¿Hice algunos minutos de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración? ¿Seguí las indicaciones de mi director espiritual? ¿Me mantuve en la presencia de Dios, orando en todo momento? ¿Hice silencio? ¿Previne todo con la oración, diciendo: «Señor, en tu Nombre actuaré y sé que seré poderoso»?

¿Ofrecí las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador? ¿Ofrecí mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios?

¿Renové el Sacrificio de Cristo al asistir hoy a la Eucaristía? ¿Al comulgar, con cuánto amor recibí al Amor de los amores? ¿Visité al Santísimo Sacramento, al prisionero del Amor?

¿Honré a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María? ¿La tuve todo el día como especial protectora?

¿Medité, en estos días, los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Me arrepentí sinceramente de todos mis pecados, preparándome así para recibir el Sacramento de la Reconciliación?

¿Traté de vivir la pobreza dentro de mi estado? ¿Tuve las cosas como medios, no como fines? ¿Viví con sobriedad? ¿Administré los bienes con prudencia? ¿Ejercí la caridad con ellos?

¿Estuve sin apegos por las criaturas, para tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios? ¿Cuánto oré y me sacrifiqué con ese Amor por la felicidad de mis seres queridos?, ¿y por toda la humanidad?

¿Busqué en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios? ¿Permanecí indiferente a todo lo que no fue amor? ¿Traté de vivir en estado de inocencia y de gracia, alabando a Dios con mi vida? ¿Se notó que el Espíritu Santo mora en mí? ¿Hice y dije lo que Jesús haría y diría?

¿Fui el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos —en mi casa, en mi trabajo, en la Iglesia y en la sociedad— como Jesús, humilde, paciente, crucificado?

¿Fui hoy obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual?

¿Me acordé de que lo único que merezco es el infierno? ¿Me dejé ofender, calumniar y agredir, con tranquilidad, bondad, benevolencia y amor?

¿Controvertí? ¿Comprendí, excusé, disculpé y disimulé las faltas de los demás? Si corregí a alguien, ¿lo hice con mi amor y con mi ejemplo?, ¿lo dejé actuar a Él?

¿Usé mis virtudes sabiendo que son solo préstamos? ¿Pensé en mi propia imagen, la defendí? ¿Hablé de mí? ¿Me oculté por completo, como la nada? ¿Cuántos actos de humildad hice hoy? ¿Estuve a los pies de todos?

Medité algo del Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia, el Código de Derecho Canónico, el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos» o la constitución Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II?

¿Oré por el Papa, los Obispos, los Presbíteros (especialmente por mi párroco) y los diáconos?

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Ciclo A, IV domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 23, 2011

IV DOMINGO DE PASCUA

El buen Pastor

Se celebra hoy en todo el mundo la fiesta de los sacerdotes, aquellos varones que, llamados por Dios, se dedican a administrar los Sacramentos, predicar la palabra de Dios, dirigir las oraciones del pueblo, acercar a las almas a Dios, servir como guías o consejeros espirituales…

El sacramento del Orden se da en tres niveles diferentes: el obispo, que lo posee en plenitud (el Papa es uno de ellos), el presbítero y el diácono.

La inspiración con que Dios llama a este estado es llamada vocación (del latín: vocatio, –onis, acción de llamar), y es el camino a través del cual Dios invita al hombre a participar de sus propósitos salvadores.

Hoy, la primera lectura nos cuenta cómo san Pedro inicia su vocación invitando a todos a bautizarse, con lo que consigue unas tres mil almas para Dios.

Luego, en la segunda lectura, él mismo les indica que el Sacramento del Orden implica sufrimientos, que los harán grandes ante Dios, pues para esto han sido llamados. Añade el primer Papa que Cristo también sufrió por todos, dejándoles un ejemplo que deben seguir.

Él cargó con nuestros pecados en el madero de la Cruz, para que, muertos a nuestros pecados, empecemos una vida santa. Y por ese suplicio suyo hemos sido sanados. Pues éramos ovejas descarriadas, pero hemos vuelto al Pastor y guardián de sus almas. Y como Él deben ser los sacerdotes.

Así, la Palabra de Dios se difundía y el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente. Y asimismo, hoy, con sacerdotes entregados por amor a su vocación, se seguirá difundiendo la Palabra de Dios, y el número de los discípulos en el mundo aumentará.

Estos son los buenos pastores. Y necesitan nuestra comprensión para que el Señor les dé fortaleza para ejercer su valiosísima labor; y también requieren de nuestras oraciones para ejercer su tarea con eficacia, para que sean muchos y santos. Y, si somos más generosos, ofrezcamos algunos sacrificios por ellos.

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La soledad del sacerdote

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 21, 2011

Es una verdad innegable: el ejercicio del sacerdocio implica momentos de soledad, especialmente en lugares como las parroquias de algunos barrios o pueblos alejados, etcétera; y esto es, a veces, duro y difícil.

Sin embargo, cuando se tienen en cuenta las características de la vocación sacerdotal, se deducen los privilegios, gracias y exenciones que se conceden al sacerdote para que goce de ellos, y que están anejas a su dignidad y ministerio:

  • En primer lugar, está claro que el camino escogido por Dios para los presbíteros es más excelente que el del sacramento del matrimonio.

El matrimonio, siendo sólo signo, termina en los límites de esta forma de vida terrestre. El matrimonio es signo de la vida definitiva: Dios y yo.

El matrimonio es signo de la virginidad evangélica. Después, cuando acabe la vida terrestre, no habrá signos: sólo la realidad. Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

El sacramento significa, mientras que la virginidad evangélica es lo significado.

El sacerdote no necesita de una imagen (el cónyuge) para amar a Dios: dirige sus afectos y su amor (obras) en una entrega directa a Dios, diríamos, sin intermediarios.

Esto no quiere decir que la virginidad evangélica acerque más a la santidad que el matrimonio: una mujer o un hombre casado puede ser más santo que un sacerdote o una monja, y al revés. La mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado. Pero el camino, como se escribió más arriba, es más excelente.

Y si el casado se siente acompañado por una mujer imperfecta (sólo Dios es perfecto), ¿qué podrá decir el sacerdote que es acompañado por la misma perfección?

  • En segundo lugar, esa virginidad evangélica, vivida en grado heroico —como lo pide Dios a todos sus hijos—, los hace libres: ya no está en sus vidas aquella idea de que toda mirada a una mujer es impura, o que todo trato con ellas está manchado.

Al sacerdote puro y casto le han calado hasta el fondo las palabras de san Agustín: ama y haz lo que quieras. Porque su amor es casto, porque su amor está dirigido al alma de esa persona, como el que siente un padre por su hija, en el que ni siquiera se trae a la mente la palabra sexo.

Y esa libertad, que sí es verdadera, los hace capaces de amar con tanta intensidad y con tanta pureza, que nunca se sentirán solos.

  • En tercer lugar, el sacerdote tiene la certeza absoluta de que es privilegiado por el amor de Dios y el de la Santísima Virgen María.

Los “otros Cristos”, que diría santa Margarita, son privilegiados por las prerrogativas de los hijos predilectos de Dios, y como tales, se hacen uno con Él al administrar los Sacramentos; comparten su dolor por las almas uniéndose de una manera íntima a Cristo en la Cruz; son hombres eminentes llamados a cooperar en la salvación de los hombres; sus oraciones son escuchadas con más atención…; es decir, no pueden sentirse solos.

  • En cuarto lugar, la solicitud que Dios les pide por las almas que están a su cargo, su celo apostólico fundado en el amor de Dios, los hace acercarse a esas almas de tal manera que nunca dejarán de orar y sacrificarse por ellas, y nunca tendrán tiempo para pensar en sí mismos ni para sentirse solos.
  • En quinto lugar, siempre habrá fieles que oren y se sacrifiquen por ellos: aun cuando un sacerdote crea que las almas que le han sido confiadas no oren por él, ha de saber que siempre hay millones de católicos que oran a diario por los sacerdotes, y que Dios no deja esas oraciones sin respuesta. Esta compañía espiritual nunca les faltará.

La soledad está presente cuando falta el amor, y un sacerdote tiene ceca de sí al Amor mismo.

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Ciclo A, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 16, 2011

III DOMINGO DE PASCUA

¡Levantémonos!

En este viaje hacia la otra vida, Jesús realiza a diario milagros, prodigios y señales entre nosotros: nos salva de numerosos peligros, nos evita sufrimientos, nos envía luces para saber qué camino seguir… A algunos —que están ciegos— les hace ver la vida espiritual; convierte a los pecadores; nos impulsa a hacer el bien… Sin embargo —como dice el Evangelio de hoy sobre los discípulos que iban de viaje— algo impide que nuestros ojos lo reconozcan.

Y, asimismo, entregamos a Jesús para que sea crucificado y muera: cada vez que pecamos, cada vez que agredimos a los demás, cada vez que incumplimos sus mandamientos, cada vez que dañamos el cosmos…

Nos dice san Pedro que tomemos en serio estos años en que vivimos fuera de la patria del Cielo, que no olvidemos que hemos sido rescatados de la vida vacía que vivíamos: el ansia desmedida por el placer, por el tener, por el reconocimiento de los demás, por el poder, etc.

Pero no lo hacemos: andamos más preocupados por las cosas materiales y por el momento actual…

Ese rescate no fue un rescate material de oro o plata, sino con la Sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha ni defecto. Jesús puede decirnos hoy, como en el Evangelio: «¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas!».

Ojalá se nos abran los ojos y lo reconozcamos, como les pasó a los discípulos que iban para Emaús; ojalá nos demos cuenta de que Él está con nosotros, junto a nosotros; ojalá nos percatemos de que nos está llamando para que nos acordemos de Él y de nuestros hermanos, que dejemos a un lado nuestro egoísmo y nos ocupemos de los demás; ojalá lo veamos en los demás…

Dice el Evangelio que, al aprender estas cosas y al ver que Jesús había resucitado, de inmediato, los discípulos se levantaron. Hagamos lo mismo ahora: levantémonos de inmediato a servir a Dios y a los demás.

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Ciclo A, II domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2011

¿Confesarse con otro pecador?

Parece que hoy se repitiera constantemente la escena de Tomás, el que por sus palabras de incredulidad pasó a la historia. Efectivamente, algunos dicen: «Yo no creo en la confesión; yo me confieso directamente con Dios».

Las lecturas nos muestran que el Señor, por su gran misericordia, se inventó otro milagro de amor: un tribunal. Allí, a diferencia de los tribunales humanos, quien se acusa culpable es perdonado, en vez de ser castigado.

Esa misericordia divina exige un acto de humildad: reconocer ante otro pecador que somos pecadores: si el oro debe ser probado pasando por el fuego, y es sólo cosa pasajera, con mayor razón nuestra fe, que vale mucho más y que pretende la salvación de sus almas.

Este Sacramento de la Reconciliación fue instituido por Jesucristo cuando dijo a los sacerdotes: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen los pecados les serán perdonados, y a quienes se los retengan les serán retenidos».

«¡Felices los que no han visto, pero creen!» dijo el Señor, después del acto de incredulidad de Tomás.

¡Felices los que no han visto a Jesús en el sacerdote que perdona los pecados, pero creen que es Él mismo!

¡Felices los que no han visto cómo se borran los pecados cuando el sacerdote dice: «Yo te absuelvo en el Nombre de Dios…», pero creen!

¡Felices los que no han visto, pero aceptan las leyes de Dios con humildad!

¡Felices los que no han visto la acción del Espíritu Santo en el alma que se confiesa, pero creen y verifican luego cuántas gracias —fuerza espiritual— se gana para dejar los defectos!

¡Felices los que no han visto la alegría que hay en el Cielo cuando un pecador se confiesa, pero creen!

«Crean, y tendrán vida por su Nombre».

Y esta vida de la que habla es eterna.

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El Papa reflexiona sobre el sufrimiento de Cristo en Getsemaní*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2011


El cristiano debe evitar la “somnolencia” ante Dios y ante el dolor del mundo

De hecho, el sufrimiento de Cristo en el Huerto de los Olivos ocupó casi toda la catequesis sobre la pasión y muerte, enfocando todo el Triduo Santo desde un aspecto distinto a años anteriores, en los cuales explicaba cada una de las celebraciones.

El Papa subrayó la importancia, después de los Oficios del Jueves Santo y el Lavatorio de los Pies, de participar en la Adoración Eucarística, que precisamente hace memoria de este momento especialmente duro de la vida de Jesús.

Retirado a rezar, mientras esperaba la llegada del traidor Judas, Jesús, “consciente de su inminente muerte en la cruz”, siente “una gran angustia y la cercanía de la muerte”.

Este momento, afirmó el Papa, supone “un elemento de gran importancia para toda la Iglesia”.

“Jesús dice a los suyos: quedaos aquí y vigilad; y este llamamiento a la vigilancia se refiere de modo preciso a este momento de angustia, de amenaza, en el que llegará el traidor, pero concierne a toda la historia de la Iglesia”, explicó.

Esta exhortación de Cristo es “un mensaje permanente para todos los tiempos, porque la somnolencia de los discípulos no era solo el problema de aquel momento, sino que es el problema de toda la historia”.

Esta somnolencia, afirmó, “es una cierta insensibilidad del alma hacia el poder del mal, una insensibilidad hacia todo el mal del mundo. Nosotros no queremos dejarnos turbar demasiado por estas cosas, queremos olvidarlas: pensamos que quizás no será tan grave, y olvidamos”.

Y no es sólo, añadió, “la insensibilidad hacia el mal, mientras deberíamos velar para hacer el bien, para luchar por la fuerza del bien. Es insensibilidad hacia Dios: esta es nuestra verdadera somnolencia; esta insensibilidad hacia la presencia de Dios que nos hace insensibles también hacia el mal”.

Por ello, el Pontífice invitó a todos a no quedarse “en el camino de la comodidad”, sino que este momento de adoración nocturna del Jueves Santo sea “momento de hacernos reflexionar sobre la somnolencia de los discípulos, de los defensores de Jesús, de los apóstoles, de nosotros, que no vemos, no queremos ver toda la fuerza del mal, y que no queremos entrar en su pasión por el bien, por la presencia de Dios en el mundo, por el amor al prójimo y a Dios”.

La voluntad de Dios

Después, el Papa quiso detenerse sobre la oración de Jesús en Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya“.

Esta voluntad de Cristo, explicó el Papa, es que “no debería morir”, “que se le ahorre este cáliz del sufrimiento: es la voluntad humana, de la naturaleza humana, y Cristo siente, con toda la consciencia de su ser, la vida, el abismo de la muerte, el terror de la nada, esta amenaza del sufrimiento”.

Es más, apuntó, “Él más que nosotros”, siente “el abismo del mal. Siente, con la muerte, también todo el sufrimiento de la humanidad. Siente que todo esto es el cáliz que tiene que beber, que debe hacerse beber a sí mismo, aceptar el mal del mundo, todo lo que es terrible, la aversión contra Dios, todo el pecado”.

“Podemos comprender que Jesús, con su alma humana, estuviese aterrorizado ante esta realidad, que percibe en toda su crueldad: mi voluntad sería no beber el cáliz, pero mi voluntad está subordinada a tu voluntad, a la voluntad de Dios, a la voluntad del Padre, que es también la verdadera voluntad del Hijo”.

En el Huerto, Jesús transforma “esta voluntad natural suya en voluntad de Dios, en un “sí” a la voluntad de Dios”.

“El hombre de por sí está tentado de oponerse a la voluntad de Dios, de tener la intención de seguir su propia voluntad, de sentirse libre sólo si es autónomo; opone su propia autonomía contra la heteronomía de seguir la voluntad de Dios. Este es todo el drama de la humanidad”.

Pero la verdad, subrayó, es que “esta autonomía es errónea y este entrar en la voluntad de Dios no es una oposición a uno mismo, no es una esclavitud que violenta mi voluntad, sino que es entrar en la verdad y en el amor, en el bien”.

Jesús, afirmó el Papa, invita a todos a “entrar en este movimiento suyo: salir de nuestro “no” y entrar en el “sí” del Hijo. Mi voluntad existe, pero la decisiva es la voluntad del Padre, porque ésta es la verdad y el amor”.

Sumo Sacerdote

Por último, el Papa explicó cómo en Getsemaní, Jesús se convierte en el verdadero Sumo Sacerdote, prefigurado en el sacerdocio levítico.

La Carta a los Hebreos, afirmó, “nos dio una profunda interpretación de esta oración del Señor, de este drama del Getsemaní. Dice: estas lágrimas de Jesús, esta oración, estos gritos de Jesús, esta angustia, todo esto no es sencillamente una concesión a la debilidad de la carne, como podría decirse”.

“Precisamente así realiza la tarea del Sumo Sacerdote, porque el Sumo Sacerdote debe llevar al ser humano, con todos sus problemas y sufrimientos, a la altura de Dios”.

“En este drama del Getsemaní, donde parece que la fuerza de Dios ya no está presente, Jesús realiza la función del Sumo Sacerdote. Y dice además que en este acto de obediencia, es decir, de conformación de la voluntad natural humana a la voluntad de Dios, se perfecciona como sacerdote”.

El Papa llamó la atención sobre el “gran contraste entre Jesús, con su angustia, con su sufrimiento, en comparación con el gran filósofo Sócrates, que permanece pacífico, imperturbable ante la muerte”.

Esta muerte “parece esto lo ideal. Podemos admirar a este filósofo”, reconoció el Papa. Pero la misión de Jesús “no era esta total indiferencia y libertad; su misión era llevar en sí mismo todo el sufrimiento, todo el drama humano”.

Esta “humillación del Getsemaní es esencial para la misión” de Jesús, afirmó el Papa. “Él lleva consigo nuestro sufrimiento, nuestra pobreza, y la transforma según la voluntad de Dios. Y así abre las puertas del cielo, abre el cielo: esta cortina del Santísimo, que hasta ahora el hombre cerraba contra Dios, se abre por este sufrimiento y obediencia suyas”.

Por ello, el Papa invitó a los presentes a intentar “comprender el estado de ánimo con el que Jesús vivió el momento de la prueba extrema, para captar lo que orientaba su actuación”.

“El criterio que guió cada elección de Jesús durante toda su vida fue la firme voluntad de amar al Padre, de ser uno con el Padre, y de serle fiel; esta decisión de corresponder a su amor le impulsó a abrazar, en toda circunstancia, el proyecto del Padre”.

“Dispongámonos a acoger también nosotros en nuestra vida la voluntad de Dios, conscientes de que en la voluntad de Dios, aunque parece dura, en contraste con nuestras intenciones, se encuentra nuestro verdadero bien, el camino de la vida”, concluyó.

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Tiempo de Cuaresma*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2011

1.- Exposición dogmática

El tiempo de Cuaresma nos recuerda cómo debe el hombre caldo asociarse, por el espíritu de penitencia, a la obra redentora del Mesías. Nuestra alma rebelde a Dios se ha hecho esclava del demonio, del mundo y de la carne. Y precisamente en todo este santo tiempo nos muestra la Iglesia a Jesús, ya en el desierto, ya en medio de los azares de su vida pública, combatiendo para librarnos de la triple atadura del orgullo, de la avaricia y de la lujuria, que nos escla­vizan a las criaturas. Cuando por su doctrina y sus dolores nos haya redimido del cautiverio y restituido la libertad de hijos de Dios, nos dará, en las fiestas pascuales, la vida divina que habíamos perdido. De ahí que la liturgia cuaresmal, embebida como está en las enseñanzas del Maestro y en el espíritu de peni­tencia del Redentor, sirviera en otro tiempo para la formación de los catecúmenos, y para mover a compunción a los públicos penitentes, que aspiraban a resucitar con Jesús el Sábado Santo, mediante la recepción del Sacramento del Bautismo o el de la Penitencia[1]. Ésos son los dos pensamientos que la Iglesia irá desarrollando durante la Cuaresma entera, mostrándonos —en la persona de los judíos infieles— a los pecadores, que no pueden volver a Dios sino asociándose al ayuno de Jesús, y en la de los Gentiles, llamados en su lugar, los efectos del Sacramento de la Regeneración y de la Eucaristía en nuestras almas.

En el Oficio divino prosiguen las lecturas del Antiguo Testa­mento. La figura de Isaac se halla eclipsada por el pensamiento de Jesús en el desierto, se lee la historia de Jacob, figura de Cristo y de su Iglesia, la cual es siempre protegida y favorecida por Dios como aquel santo patriarca. Trátase de José, y en él se ve una figura de Cristo y de la Iglesia, los cuales han devuelto siempre el bien por el mal, y brillan con desusados fulgores por su inma­culada vida. Moisés, el cual libertó al pueblo de Dios, introduciéndolo después en la tierra prometida, y figurando en esto lo que la Iglesia y Jesucristo hacen con las almas por Pascua.

Vemos, pues, cómo Dios explica con la luz del Nuevo Testa­mento los milagros de los tiempos primitivos. Así, meditando las páginas paralelas de entrambos Testamentos, nos dispondremos a celebrar con la Iglesia los santos misterios pascuales, ya que aquellas sagradas páginas nos dan cumplida inteligencia de la misericordia divina, que no conoce límites.

La liturgia cuaresmal nos exhorta también por boca de Isaías, de Jeremías y de los Profetas; y en el Nuevo Testamento, por la de san Pablo, cuyas Epístolas vienen a ser como el eco de la voz del Maestro, que se oye en los Evangelios de esos cuatro Domingos.

Bien podemos considerar todo este tiempo como un gran retiro espiritual, en que entran todos los cristianos del mundo entero, para disponerse a la fiesta pascual, y que termina por la Confesión y Comunión pascuales. Así como Jesús, retirándose del tráfago del mundo, oró y ayunó durante 40 días, y luego en su vida de apostolado nos enseñó cómo hemos de morir a nosotros mis­mos, así también la Iglesia, en esta santa cuarentena, nos predica cómo debe morir en nosotros el hombre de pecado.

Esa muerte se manifestará en nuestra alma por la lucha contra el orgullo y el amor propio, por el espíritu de oración y la medi­tación más asidua de la palabra divina. Se manifestará también en nuestro cuerpo por el ayuno, la abstinencia y la mortificación de los sentidos. Aparecerá por fin, en toda nuestra vida mediante una renuncia mayor a los placeres y bienes del siglo, dando más limosna[2] y absteniéndonos de alternar en las fiestas mundanales. Porque, en efecto, el ayuno cuaresmal no debe ser sino la expre­sión de los sentimientos de penitencia, de que nuestra alma está embargada, ocupándose tanto más libremente de las cosas de Dios cuanto más cercena el regalo de los sentidos. Así, este tiempo favorable cual ningún otro, es para los corazones generosos venero de santa alegría, la cual traspira por todos los poros de la liturgia cuaresmal.

Esa labor de purificación se obra bajo la dirección de la Iglesia, que une nuestros padecimientos con los de Cristo. Los cobardes pueden también entrar con esfuerzo en la lid, fiados en la gracia de Jesús, que no les ha de faltar, si imploran los divinos auxilios contra el enemigo; y los fuertes no se engrían por su observancia, porque deben saber que sólo la Pasión de Jesús es la que los salva, y sólo participando en ella por la paciencia se les aplican sus fru­tos de salud.

«La observancia de Cuaresma, dice el papa Benedicto XIV, es el cíngulo de nuestra milicia, y por ella nos distinguimos de los enemigos de la Cruz de Cristo; por ella conjuramos los huracanes de las iras divinas; por ella somos protegidos con los auxilios celestiales durante el día, y nos armamos contra los príncipes de las tinieblas. Si esa observancia viniera a relajarse, cedería en merma de la gloria de Dios, en desdoro de la religión católica, sería un peligro para las almas cristianas, y no cabe duda que semejante entibiamiento se convertiría en fuente de des­gracias para los pueblos, de desastres en los negocios públicos, y de infortunios para los mismos individuos

 

2.- Exposición histórica.

La liturgia Cuaresmal nos hace seguir a Jesús en todas las andanzas de su apostólico ministerio.

Jesús pasó primero 40 días en el desierto en el monte de la cuarentena, al NE de Betania. Luego se rodeó de sus primeros discípulos y subió con ellos a Galilea, de donde volvió a Jerusalén para celebrar allí la 1a fiesta de la Pascua, arrojando entonces a los vendedores del Templo. Después de haber evange­lizado la Judea durante varios meses, se fue a Siquén, donde convirtió a la Samaritana, de donde pasó a Nazaret, predicando en su sina­goga. De allí, por fin, se encaminó a Cafarnaum, recorriendo después toda la Galilea.

Jesús volvió de nuevo a Jerusalén para la 2a Pascua, y allí curó al paralítico de la piscina de Betsaida. De nuevo en Galilea, predicó el Sermón de la Montaña. Entrando en Cafarnaum, sanó al siervo del Cen­turión y luego resucitó en Naín al hijo de una viuda. Entonces evangelizó de nuevo la Galilea, y se fue inmediata­mente a Betsaida-Julias, en los dominios de Filipo. En las cercanías de esa ciudad multiplicó los panes, y luego anduvo sobre las aguas del lago, cuando regresaba a Cafarnaum.

Jesús recorrió por entonces las regiones de Tiro y de Sidón, a donde lo siguieron sus enemigos; oyó la súplica de la Cananea cuando pasaba por junto a Sarepta y, volviendo por Cesárea de Filipo, regresó a Galilea, teniendo entonces lugar la Transfiguración. De vuelta en Cafarnaum, predicó la misericordia a sus apóstoles y en seguida subió a Jerusalén a la fiesta de los Tabernáculos, para no volver más a Galilea. Allí confundió a los judíos que lo acusaron de quebrantar el sábado, perdonó a la mujer adúltera, enseñó en el Templo y curó al ciego de nacimiento. Después de estar Jesús en Galilea pasó a Perea, donde devolvió el habla a un mudo y mostró a Jonás como una imagen de su resurrección. De allí vino a Jeru­salén para la fiesta de la Dedicación, y luego volvió a Perea donde predicó las parábolas del hijo pródigo y del rico epulón. Entonces fue llamado a Betania, donde resucitó a Lázaro. Después de irse a Efrén se dirigió a Jerusalén, anunciando cómo iba a ser condenado a muerte. En el Templo arrojó otra vez a los vendedores, pronunció la parábola de los viñadores rebeldes y desenmascaró la hipocresía de los fariseos. Por fin, subió al monte Olivete y, mirando a Jerusalén, en donde habían de crucificarlo tres días después, habló del Juicio que separará para siempre a los buenos de los malos.

 

3- Exposición litúrgica

El Tiempo de Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza para terminar en la vigilia pascual del sábado santo. Descontando los cuatro Domingos de Cuaresma y los de Pasión y Ramos, tenemos sólo 36 días de ayuno, a los cuales se han añadido los cuatro que preceden para obtener así el número exacto de 40, que la Ley y los Profetas habían inaugurado, y que Cristo mismo consagró con su ejemplo.

La Cuaresma es uno de los tiempos litúrgicos más anti­guos y más importantes del año. El Ciclo Temporal consagrado a la contemplación de los misterios de Cristo, ejerce ahora coti­diano y directo influjo sobre los fieles, mientras que en las demás épocas del año, las fiestas de entre semana son más bien celebraciones de santos. Y como quiera que toda la vida cristiana se resume en la imitación de Jesús, este Tiempo, en que el Ciclo santoral es más reducido, ha de ser especialmente fecundo para nuestras almas.

La Iglesia ha admitido, por su excepcional importancia, las solemnidades de san José (19 de Marzo) y la Anunciación (25 de Marzo) en la liturgia cuaresmal. Y aunque, en el curso de los tiempos, se hayan añadido otras misas en honor de algunos santos, sin embargo es del todo conforme al espíritu de esta época, preferir la misa ferial.

Con el fin de inculcar el espíritu de penitencia, la Iglesia no sólo suprime el Gloria y el Aleluya y reviste a sus sacerdotes de ornamentos morados durante esta santa cuarentena, sino que no coloca flores en los templos ni usa instrumentos musicales, salvo los necesarios para acompañar el canto.

La sociedad cristiana suspendía antiguamente durante este tiempo los tribunales de justicia y las guerras, declarándose la Tregua de Dios. Era también un tiempo prohibido para las bodas.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] El espíritu y hasta las ceremonias de estos dos sacramentos de muertos se encuentran en la liturgia del Tiempo de Cuaresma; ellos son término y resu­men de esta época purgativa, en la cual morimos con Jesús al pecado.

[2] Quien no puede ayunar, debe dar más limosna a los pobres, redimirse de este modo de los pecados, de que no se puede curar con el ayuno.

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San Juan de la Cruz, el Doctor místico*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

Hoy quisiera hablar de un importante santo de las tierras españolas, amigo espiritual de santa Teresa, reformador, junto a ella, de la familia religiosa carmelita: san Juan de la Cruz, proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Pío XI, en 1926, y al que la tradición puso el sobrenombre de Doctor mysticus, Doctor místico.

Juan de la Cruz nació en 1542 en la pequeña villa de Fontiveros, cerca de Ávila, en Castilla la Vieja, hijo de Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez. La familia era paupérrima, porque el padre, de noble origen toledano, había sido expulsado de casa y desheredado por haberse casado con Catalina, una humilde tejedora de seda. Huérfano de padre a tierna edad, Juan, a los nueve años, se trasladó, con la madre y el hermano Francisco, a Medina del Campo, cerca de Valladolid, centro comercial y cultural. Aquí asistió al Colegio de los Doctrinos, llevando a cabo también trabajos humildes para las monjas de la iglesia-convento de la Magdalena. Posteriormente, dadas sus cualidades humanas y sus resultados en los estudios. Fue admitido primero como enfermero en el Hospital de la Concepción, y después en el Colegio de los Jesuitas, apenas fundado en Medina del Campo: en él entró Juan a los dieciocho años y estudió durante tres años ciencias humanas, retórica y lenguas clásicas. Al final de su formación, tenía muy clara su propia vocación: la vida religiosa y, entre las muchas órdenes presentes en Medina, se sintió llamado al Carmelo.

En el verano de 1563 inició el noviciado entre los Carmelitas de la ciudad, asumiendo el nombre religioso de Matías. Al año siguiente fue destinado a la prestigiosa Universidad de Salamanca, donde estudió por un trienio filosofía y artes. En 1567 fue ordenado sacerdote y volvió a Medina del Campo para celebrar su Primera Misa rodeado del afecto de sus familiares. Precisamente aquí tuvo lugar el primer encuentro entre Juan y Teresa de Jesús. El encuentro fue decisivo para ambos: Teresa le expuso su plan de reforma del Carmelo también en la rama masculina, y propuso a Juan que se adhiriera a él “para mayor gloria de Dios”; el joven sacerdote quedó fascinado por las ideas de Teresa, hasta el punto de convertirse en un gran apoyo del proyecto. Los dos trabajaron juntos algunos meses, compartiendo ideales y propuestas para inaugurar lo antes posible la primera casa de Carmelitas descalzos: la apertura tuvo lugar el 28 de diciembre de 1568 en Duruelo, lugar solitario de la provincia de Ávila. Con Juan, formaban esta primera comunidad masculina otros tres compañeros. Al renovar su profesión religiosa según la Regla primitiva. Los cuatro adoptaron un nuevo nombre: Juan se llamó entonces de la Cruz, nombre con el que será después universalmente conocido. A finales de 1572, a petición de santa Teresa, se convirtió en confesor y vicario del monasterio de la Encarnación de Ávila, donde la Santa era priora. Fueron años de estrecha colaboración y amistad espiritual, que enriqueció a ambos. A aquel periodo se remontan también las más importantes obras teresianas y los primeros escritos de Juan.

La adhesión a la reforma carmelita no fue fácil y le costó a Juan incluso graves sufrimientos. El episodio más dramático fue, en 1577, su apresamiento y su encarcelamiento en el convento de los Carmelitas de la Antigua Observancia de Toledo, a raíz de una acusación injusta. El santo permaneció en prisión durante seis meses, sometido a privaciones y constricciones físicas y morales. Aquí compuso, junto con otras poesías, el célebre Cántico espiritual. Finalmente, en la noche entre el 16 y el 17 de agosto de 1578, consiguió huir de forma aventurada, refugiándose en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de la ciudad. Santa Teresa y sus compañeros reformados celebraron con inmensa alegría su liberación y, tras un breve tiempo para recuperar las fuerzas, Juan fue destinado a Andalucía, donde transcurrió diez años en varios conventos, especialmente en Granada. Asumió cargos cada vez más importantes en la Orden, hasta llegar a ser Vicario Provincial, y completó la redacción de sus tratados espirituales. Después volvió a su tierra natal, como miembro del gobierno general de la familia religiosa teresiana, que gozaba ya de plena autonomía jurídica. Vivió en el Carmelo de Segovia, desempeñando el cargo de superior de esa comunidad. En 1591 fue quitado de toda responsabilidad y destinado a la nueva Provincia religiosa de México. Mientras se preparaba para el largo viaje con otros diez compañeros, se retiró a un convento solitario cerca de Jaén, donde enfermó gravemente. Juan afrontó con ejemplar serenidad y paciencia enormes sufrimientos. Murió en la noche entre el 13 y el 14 de diciembre de 1591, mientras sus hermanos recitaban el Oficio matutino. Se despidió de ellos diciendo: “Hoy voy a cantar el Oficio en el cielo”. Sus restos mortales fueron trasladados a Segovia. Fue beatificado por Clemente X en 1675 y canonizado por Benedicto XIII en 1726.

Juan es considerado uno de los más importantes poetas líricos de la literatura española. Sus obras mayores son cuatro: Subida al Monte Carmelo, Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva.

En el Cántico espiritual, san Juan presenta el camino de purificación del alma, es decir, la progresiva posesión gozosa de Dios, hasta que el alma llega a sentir que ama a Dios con el mismo amor con que es amada por Él. La Llama de amor viva prosigue en esta perspectiva, describiendo más en detalle el estado de unión transformadora con Dios. El ejemplo utilizado por Juan es siempre el del fuego: como el fuego cuanto más arde y consume el leño, tanto más se hace incandescente hasta convertirse en llama, así el Espíritu Santo, que durante la noche oscura purifica y “limpia” el alma, con el tiempo la ilumina y la calienta como si fuese una llama. La vida del alma es una continua fiesta del Espíritu Santo, que deja entrever la gloria de la unión con Dios en la eternidad.

La Subida al Monte Carmelo presenta el itinerario espiritual desde el punto de vista de la purificación progresiva del alma, necesaria para escalar la cumbre de la perfección cristiana, simbolizada por la cima del Monte Carmelo. Esta purificación es propuesta como un camino que el hombre emprende, colaborando con la acción divina, para liberar el alma de todo apego o afecto contrario a la voluntad de Dios. La purificación, que para llegar a la unión de amor con Dios debe ser total, comienza desde la de la vía de los sentidos y prosigue con la que se obtiene por medio de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que purifican la intención, la memoria y la voluntad. La Noche oscura describe el aspecto pasivo, es decir, la intervención de Dios en el proceso de purificación del alma. El esfuerzo humano, de hecho, es incapaz por sí solo de llegar hasta las raíces profundas de las inclinaciones y de las malas costumbres de la persona: las puede frenar, pero no desarraigarlas totalmente. Para hacerlo, es necesaria la acción especial de Dios que purifica radicalmente el espíritu y lo dispone a la unión de amor con Él. San Juan define pasiva esta purificación, precisamente porque, aun aceptada por el alma, es realizada por la acción misteriosa del Espíritu Santo que, como llama de fuego, consume toda impureza. En este estado, el alma es sometida a todo tipo de pruebas, como si se encontrase en una noche oscura.

Estas indicaciones sobre las obras principales del Santo nos ayudan a acercarnos a los puntos sobresalientes de su vasta y profunda doctrina mística, cuyo objetivo es describir un camino seguro para llegar a la santidad, el estado de perfección al que Dios nos llama a todos nosotros. Según Juan de la Cruz, todo lo que existe, creado por Dios, es bueno. A través de las criaturas, podemos llegar al descubrimiento de Aquel que nos ha dejado en ellas su huella. La fe, con todo, es la única fuente dada al hombre para conocer a Dios tal como es Él en sí mismo, como Dios Uno y Trino. Todo lo que Dios quería comunicar al hombre, lo dijo en Jesucristo, su Palabra hecha carne. Él, Jesucristo, es el único y definitivo camino al Padre (cf Jn 14,6). Cualquier cosa creada no es nada comparada con Dios y nada vale fuera de Él: en consecuencia, para llegar al amor perfecto de Dios, cualquier otro amor debe conformarse en Cristo al amor divino. De aquí deriva la insistencia de san Juan de la Cruz en la necesidad de la purificación y del vaciamiento interior para transformarse en Dios, que es la única meta de la perfección. Esta purificación no consiste en la simple falta física de las cosas o de su uso; lo que hace al alma pura y libre, en cambio, es eliminar toda dependencia desordenada de las cosas. Todo debe colocarse en Dios como centro y fin de la vida. El largo y fatigoso proceso de purificación exige el esfuerzo personal, pero el verdadero protagonista es Dios: todo lo que el hombre puede hacer es disponerse, estar abierto a la acción divina y no ponerle obstáculos. Viviendo las virtudes teologales, el hombre se eleva y da valor a su propio empeño. El ritmo de crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad va al mismo paso que la obra de purificación y con la progresiva unión con Dios hasta transformarse en Él. Cuando se llega a esta meta, el alma se sumerge en la misma vida trinitaria, de forma que san Juan afirma que ésta llega a amar a Dios con el mismo amor con que Él la ama, porque la ama en el Espíritu Santo. De ahí que el Doctor Místico sostenga que no existe verdadera unión de amor con Dios si no culmina en la unión trinitaria. En este estado supremo el alma santa lo conoce todo en Dios y ya no debe pasar a través de las criaturas para llegar a Él. El alma se siente ya inundada por el amor divino y se alegra completamente en él.

Queridos hermanos y hermanas, al final queda la cuestión: este santo con su alta mística, con este arduo camino hacia la cima de la perfección, ¿tiene algo que decirnos a nosotros, al cristiano normal que vive en las circunstancias de esta vida de hoy, o es un ejemplo, un modelo solo para pocas almas elegidas que pueden realmente emprender este camino de la purificación, de la ascensión mística? Para encontrar la respuesta debemos ante todo tener presente que la vida de san Juan de la Cruz no fue un “vuelo por las nubes místicas”, sino que fue una vida muy dura, muy práctica y concreta, tanto como reformador de la orden, donde encontró muchas oposiciones, como de superior provincial, como en la cárcel de sus hermanos de religión, donde estuvo expuesto a insultos increíbles y malos tratos físicos. Fue una vida dura, pero precisamente en los meses pasados en la cárcel escribió una de sus obras más bellas. Y así podemos comprender que el camino con Cristo, el ir con Cristo, el Camino, no es un peso añadido a la ya suficientemente dura carga de nuestra vida, no es algo que haría aún más pesada esta carga, sino algo completamente distinto, es una luz, una fuerza que nos ayuda a llevar esta carga. Si un hombre tiene en sí un gran amor, este amor casi le da alas, y soporta más fácilmente todas las molestias de la vida, porque lleva en sí esta gran luz; esta es la fe: ser amado por Dios y dejarse amar por Dios en Cristo Jesús. Este dejarse amar es la luz que nos ayuda a llevar la carga de cada día. Y la santidad no es obra nuestra, muy difícil, sino que es precisamente esta apertura: abrir las ventanas de nuestra alma para que la luz de Dios pueda entrar, no olvidar a Dios porque precisamente en la apertura a su luz se encuentra fuerza, se encuentra la alegría de los redimidos. Oremos al Señor para que nos ayude a encontrar esta santidad, a dejarnos amar por Dios, que es la vocación de todos nosotros y la verdadera redención.

Benedicto XVI

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Ciclo A, domingo de Resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

¡Resucitó! ¡Resucitó!

Nadie lo podía creer: ni siquiera los apóstoles, pero había resucitado como lo prometió. La muerte fue vencida. Ahora podemos resucitar nosotros también.

El dueño de la vida nos ofrece la resurrección. Si hemos sido resucitados con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Preocupémonos por las cosas de arriba, no por las de la tierra.

Si hemos muerto al pecado, nuestra vida está ahora escondida con Cristo en Dios.

Cuando se manifieste el que es nuestra vida, también nosotros nos veremos con Él en la gloria.

Esa felicidad tan esquiva, esa que buscamos y no encontramos en los placeres, en las posesiones, en la fama, en el poder, está a la vuelta de la esquina, nos la ofrece Dios cada momento, si cumplimos tres requisitos:

Primero, que concentremos nuestra atención en la vida eterna, que nos alistemos para ese paso (Pascua) viviendo como Él quiere: cumplir los diez mandamientos de la ley de Dios y los cinco mandamientos de la Santa Madre Iglesia, aprovechar los Sacramentos  de la Reconciliación y la Comunión y orar con frecuencia; así demostraremos el amor a Dios.

Segundo, que le mostremos ese mismo amor a los demás viviendo para hacerlos felices —especialmente a los más cercanos—; que sepamos perdonar, comprender, ser desprendidos, generosos…

Y, por último, que respetemos el hábitat que Dios nos dio para beneficio de las generaciones que vienen.

Al vivir estos tres amores —a Dios, a los demás y al cosmos— nos haremos acreedores al premio mayor que Cristo nos ganó: el Cielo, para siempre, para siempre, para siempre…

Allí ya no habrá llanto ni dolor ni lucha ni estrés… Solo gozo, paz y felicidad.

¿No vale la pena?

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Ciclo A, domingo de Ramos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

La fortaleza del cristiano

La psicología moderna ha avanzado mucho. Los estudios científicos han dado como resultado novedosas y eficaces técnicas para diagnosticar y tratar muchas enfermedades y carencias, dentro de las que se encuentra la falta de fortaleza, que es la fuerza y el vigor para acometer la lucha en las vicisitudes de la vida.

Y nosotros, algunas veces, hemos querido fortalecer con nuestras palabras a alguna persona que pasa por un mal momento, por una calamidad o que, simplemente, necesita que la escuchen.

De eso es de lo que nos habla hoy la liturgia de la Palabra.

La primera lectura nos explica que Jesús, para fortalecer a los demás, se hizo primero víctima: «Yo no me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los salivazos».

El Evangelio de san Mateo nos recuerda todo lo que Cristo sufrió por nosotros.

Y en la segunda lectura, san Pablo dice que Jesús fue, además, humilde y obediente: «Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».

Aunque esto de reducirse y rebajarse es escándalo para algunas vertientes de la psicología moderna, Cristo ha demostrado que es el camino más eficaz de todos. Y lo prueba la historia: miles y miles de personas que, al escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, no solo se consuelan sino que se llenan de fortaleza, ese vigor que nos ayuda eficazmente a conseguir la felicidad.

Son tres los pasos para lograrlo y, además, para que nuestras palabras sean útiles para los demás: ofrecer a Dios nuestros dolores y sacrificios por ellos; saber que somos simplemente criaturas, esto es, ser humildes; y ser delicadamente obedientes a Dios y a su Iglesia. ¡Cambiaremos el mundo, con Jesús!

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Ciclo A, V domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

Está vivo, ¡resucitó!

Nadie lo podía creer, pero ahí estaba el muerto: tenía las manos y los pies atados con vendas y la cabeza cubierta con un velo. Así se comenzaron a cumplir las palabras del Señor: «Voy a abrir las tumbas de ustedes, oh pueblo mío, haré que se levanten de sus tumbas […] Entonces, cuando haya abierto sus tumbas y los haya hecho levantarse, sabrán que yo soy el Señor. Pondré en ustedes mi Espíritu y vivirán. –Palabra del Señor.»

Es que la verdadera muerte no es lo que creemos los hombres: es la imposibilidad de ganar la dicha eterna en el Cielo, estar en el pecado, vivir sin la gracia de Dios. Todo eso es muerte: sin esperanza, sin ilusión, sin vida de fe; sin tener presente la existencia verdadera de la Santísima Trinidad, de Santa María Virgen, de los ángeles, de los santos, de los que se limpian sus pecados en el purgatorio…

Y de los demonios, que buscan por todos los medios que muramos una y otra vez a la vida sobrenatural, que vivamos según la carne: que nos ocupemos exclusivamente del placer, del tener, del poder o de la fama…, y así nos olvidemos de lo que Dios tiene preparado a los que lo aman.

Esta muerte es peor que la separación del alma y el cuerpo: es muerte en vida, y es eterna, si no resucitamos a través de la confesión de nuestros pecados. ¡Esa reconciliación con Dios es la resurrección que, más que la de Lázaro, nos lleva a la verdadera Vida: ya no estamos en la carne, sino que vivimos en el espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en nosotros! Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en nosotros, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a nuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en nosotros.

Morir es, pues, tener pecados mortales. Enfermarnos es tener pecados veniales. Y para ambos hay remedio: la resurrección del Sacramento de la Reconciliación y el arrepentimiento sincero, junto con el inicio de una nueva vida: Vida de Dios, vida para Dios.

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