Hacia la unión con Dios

Tiempo de Cuaresma*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2011

1.- Exposición dogmática

El tiempo de Cuaresma nos recuerda cómo debe el hombre caldo asociarse, por el espíritu de penitencia, a la obra redentora del Mesías. Nuestra alma rebelde a Dios se ha hecho esclava del demonio, del mundo y de la carne. Y precisamente en todo este santo tiempo nos muestra la Iglesia a Jesús, ya en el desierto, ya en medio de los azares de su vida pública, combatiendo para librarnos de la triple atadura del orgullo, de la avaricia y de la lujuria, que nos escla­vizan a las criaturas. Cuando por su doctrina y sus dolores nos haya redimido del cautiverio y restituido la libertad de hijos de Dios, nos dará, en las fiestas pascuales, la vida divina que habíamos perdido. De ahí que la liturgia cuaresmal, embebida como está en las enseñanzas del Maestro y en el espíritu de peni­tencia del Redentor, sirviera en otro tiempo para la formación de los catecúmenos, y para mover a compunción a los públicos penitentes, que aspiraban a resucitar con Jesús el Sábado Santo, mediante la recepción del Sacramento del Bautismo o el de la Penitencia[1]. Ésos son los dos pensamientos que la Iglesia irá desarrollando durante la Cuaresma entera, mostrándonos —en la persona de los judíos infieles— a los pecadores, que no pueden volver a Dios sino asociándose al ayuno de Jesús, y en la de los Gentiles, llamados en su lugar, los efectos del Sacramento de la Regeneración y de la Eucaristía en nuestras almas.

En el Oficio divino prosiguen las lecturas del Antiguo Testa­mento. La figura de Isaac se halla eclipsada por el pensamiento de Jesús en el desierto, se lee la historia de Jacob, figura de Cristo y de su Iglesia, la cual es siempre protegida y favorecida por Dios como aquel santo patriarca. Trátase de José, y en él se ve una figura de Cristo y de la Iglesia, los cuales han devuelto siempre el bien por el mal, y brillan con desusados fulgores por su inma­culada vida. Moisés, el cual libertó al pueblo de Dios, introduciéndolo después en la tierra prometida, y figurando en esto lo que la Iglesia y Jesucristo hacen con las almas por Pascua.

Vemos, pues, cómo Dios explica con la luz del Nuevo Testa­mento los milagros de los tiempos primitivos. Así, meditando las páginas paralelas de entrambos Testamentos, nos dispondremos a celebrar con la Iglesia los santos misterios pascuales, ya que aquellas sagradas páginas nos dan cumplida inteligencia de la misericordia divina, que no conoce límites.

La liturgia cuaresmal nos exhorta también por boca de Isaías, de Jeremías y de los Profetas; y en el Nuevo Testamento, por la de san Pablo, cuyas Epístolas vienen a ser como el eco de la voz del Maestro, que se oye en los Evangelios de esos cuatro Domingos.

Bien podemos considerar todo este tiempo como un gran retiro espiritual, en que entran todos los cristianos del mundo entero, para disponerse a la fiesta pascual, y que termina por la Confesión y Comunión pascuales. Así como Jesús, retirándose del tráfago del mundo, oró y ayunó durante 40 días, y luego en su vida de apostolado nos enseñó cómo hemos de morir a nosotros mis­mos, así también la Iglesia, en esta santa cuarentena, nos predica cómo debe morir en nosotros el hombre de pecado.

Esa muerte se manifestará en nuestra alma por la lucha contra el orgullo y el amor propio, por el espíritu de oración y la medi­tación más asidua de la palabra divina. Se manifestará también en nuestro cuerpo por el ayuno, la abstinencia y la mortificación de los sentidos. Aparecerá por fin, en toda nuestra vida mediante una renuncia mayor a los placeres y bienes del siglo, dando más limosna[2] y absteniéndonos de alternar en las fiestas mundanales. Porque, en efecto, el ayuno cuaresmal no debe ser sino la expre­sión de los sentimientos de penitencia, de que nuestra alma está embargada, ocupándose tanto más libremente de las cosas de Dios cuanto más cercena el regalo de los sentidos. Así, este tiempo favorable cual ningún otro, es para los corazones generosos venero de santa alegría, la cual traspira por todos los poros de la liturgia cuaresmal.

Esa labor de purificación se obra bajo la dirección de la Iglesia, que une nuestros padecimientos con los de Cristo. Los cobardes pueden también entrar con esfuerzo en la lid, fiados en la gracia de Jesús, que no les ha de faltar, si imploran los divinos auxilios contra el enemigo; y los fuertes no se engrían por su observancia, porque deben saber que sólo la Pasión de Jesús es la que los salva, y sólo participando en ella por la paciencia se les aplican sus fru­tos de salud.

«La observancia de Cuaresma, dice el papa Benedicto XIV, es el cíngulo de nuestra milicia, y por ella nos distinguimos de los enemigos de la Cruz de Cristo; por ella conjuramos los huracanes de las iras divinas; por ella somos protegidos con los auxilios celestiales durante el día, y nos armamos contra los príncipes de las tinieblas. Si esa observancia viniera a relajarse, cedería en merma de la gloria de Dios, en desdoro de la religión católica, sería un peligro para las almas cristianas, y no cabe duda que semejante entibiamiento se convertiría en fuente de des­gracias para los pueblos, de desastres en los negocios públicos, y de infortunios para los mismos individuos

 

2.- Exposición histórica.

La liturgia Cuaresmal nos hace seguir a Jesús en todas las andanzas de su apostólico ministerio.

Jesús pasó primero 40 días en el desierto en el monte de la cuarentena, al NE de Betania. Luego se rodeó de sus primeros discípulos y subió con ellos a Galilea, de donde volvió a Jerusalén para celebrar allí la 1a fiesta de la Pascua, arrojando entonces a los vendedores del Templo. Después de haber evange­lizado la Judea durante varios meses, se fue a Siquén, donde convirtió a la Samaritana, de donde pasó a Nazaret, predicando en su sina­goga. De allí, por fin, se encaminó a Cafarnaum, recorriendo después toda la Galilea.

Jesús volvió de nuevo a Jerusalén para la 2a Pascua, y allí curó al paralítico de la piscina de Betsaida. De nuevo en Galilea, predicó el Sermón de la Montaña. Entrando en Cafarnaum, sanó al siervo del Cen­turión y luego resucitó en Naín al hijo de una viuda. Entonces evangelizó de nuevo la Galilea, y se fue inmediata­mente a Betsaida-Julias, en los dominios de Filipo. En las cercanías de esa ciudad multiplicó los panes, y luego anduvo sobre las aguas del lago, cuando regresaba a Cafarnaum.

Jesús recorrió por entonces las regiones de Tiro y de Sidón, a donde lo siguieron sus enemigos; oyó la súplica de la Cananea cuando pasaba por junto a Sarepta y, volviendo por Cesárea de Filipo, regresó a Galilea, teniendo entonces lugar la Transfiguración. De vuelta en Cafarnaum, predicó la misericordia a sus apóstoles y en seguida subió a Jerusalén a la fiesta de los Tabernáculos, para no volver más a Galilea. Allí confundió a los judíos que lo acusaron de quebrantar el sábado, perdonó a la mujer adúltera, enseñó en el Templo y curó al ciego de nacimiento. Después de estar Jesús en Galilea pasó a Perea, donde devolvió el habla a un mudo y mostró a Jonás como una imagen de su resurrección. De allí vino a Jeru­salén para la fiesta de la Dedicación, y luego volvió a Perea donde predicó las parábolas del hijo pródigo y del rico epulón. Entonces fue llamado a Betania, donde resucitó a Lázaro. Después de irse a Efrén se dirigió a Jerusalén, anunciando cómo iba a ser condenado a muerte. En el Templo arrojó otra vez a los vendedores, pronunció la parábola de los viñadores rebeldes y desenmascaró la hipocresía de los fariseos. Por fin, subió al monte Olivete y, mirando a Jerusalén, en donde habían de crucificarlo tres días después, habló del Juicio que separará para siempre a los buenos de los malos.

 

3- Exposición litúrgica

El Tiempo de Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza para terminar en la vigilia pascual del sábado santo. Descontando los cuatro Domingos de Cuaresma y los de Pasión y Ramos, tenemos sólo 36 días de ayuno, a los cuales se han añadido los cuatro que preceden para obtener así el número exacto de 40, que la Ley y los Profetas habían inaugurado, y que Cristo mismo consagró con su ejemplo.

La Cuaresma es uno de los tiempos litúrgicos más anti­guos y más importantes del año. El Ciclo Temporal consagrado a la contemplación de los misterios de Cristo, ejerce ahora coti­diano y directo influjo sobre los fieles, mientras que en las demás épocas del año, las fiestas de entre semana son más bien celebraciones de santos. Y como quiera que toda la vida cristiana se resume en la imitación de Jesús, este Tiempo, en que el Ciclo santoral es más reducido, ha de ser especialmente fecundo para nuestras almas.

La Iglesia ha admitido, por su excepcional importancia, las solemnidades de san José (19 de Marzo) y la Anunciación (25 de Marzo) en la liturgia cuaresmal. Y aunque, en el curso de los tiempos, se hayan añadido otras misas en honor de algunos santos, sin embargo es del todo conforme al espíritu de esta época, preferir la misa ferial.

Con el fin de inculcar el espíritu de penitencia, la Iglesia no sólo suprime el Gloria y el Aleluya y reviste a sus sacerdotes de ornamentos morados durante esta santa cuarentena, sino que no coloca flores en los templos ni usa instrumentos musicales, salvo los necesarios para acompañar el canto.

La sociedad cristiana suspendía antiguamente durante este tiempo los tribunales de justicia y las guerras, declarándose la Tregua de Dios. Era también un tiempo prohibido para las bodas.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] El espíritu y hasta las ceremonias de estos dos sacramentos de muertos se encuentran en la liturgia del Tiempo de Cuaresma; ellos son término y resu­men de esta época purgativa, en la cual morimos con Jesús al pecado.

[2] Quien no puede ayunar, debe dar más limosna a los pobres, redimirse de este modo de los pecados, de que no se puede curar con el ayuno.

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