Hacia la unión con Dios

Ciclo A, II domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2011

¿Confesarse con otro pecador?

Parece que hoy se repitiera constantemente la escena de Tomás, el que por sus palabras de incredulidad pasó a la historia. Efectivamente, algunos dicen: «Yo no creo en la confesión; yo me confieso directamente con Dios».

Las lecturas nos muestran que el Señor, por su gran misericordia, se inventó otro milagro de amor: un tribunal. Allí, a diferencia de los tribunales humanos, quien se acusa culpable es perdonado, en vez de ser castigado.

Esa misericordia divina exige un acto de humildad: reconocer ante otro pecador que somos pecadores: si el oro debe ser probado pasando por el fuego, y es sólo cosa pasajera, con mayor razón nuestra fe, que vale mucho más y que pretende la salvación de sus almas.

Este Sacramento de la Reconciliación fue instituido por Jesucristo cuando dijo a los sacerdotes: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen los pecados les serán perdonados, y a quienes se los retengan les serán retenidos».

«¡Felices los que no han visto, pero creen!» dijo el Señor, después del acto de incredulidad de Tomás.

¡Felices los que no han visto a Jesús en el sacerdote que perdona los pecados, pero creen que es Él mismo!

¡Felices los que no han visto cómo se borran los pecados cuando el sacerdote dice: «Yo te absuelvo en el Nombre de Dios…», pero creen!

¡Felices los que no han visto, pero aceptan las leyes de Dios con humildad!

¡Felices los que no han visto la acción del Espíritu Santo en el alma que se confiesa, pero creen y verifican luego cuántas gracias —fuerza espiritual— se gana para dejar los defectos!

¡Felices los que no han visto la alegría que hay en el Cielo cuando un pecador se confiesa, pero creen!

«Crean, y tendrán vida por su Nombre».

Y esta vida de la que habla es eterna.

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