Hacia la unión con Dios

La soledad del sacerdote

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 21, 2011

Es una verdad innegable: el ejercicio del sacerdocio implica momentos de soledad, especialmente en lugares como las parroquias de algunos barrios o pueblos alejados, etcétera; y esto es, a veces, duro y difícil.

Sin embargo, cuando se tienen en cuenta las características de la vocación sacerdotal, se deducen los privilegios, gracias y exenciones que se conceden al sacerdote para que goce de ellos, y que están anejas a su dignidad y ministerio:

  • En primer lugar, está claro que el camino escogido por Dios para los presbíteros es más excelente que el del sacramento del matrimonio.

El matrimonio, siendo sólo signo, termina en los límites de esta forma de vida terrestre. El matrimonio es signo de la vida definitiva: Dios y yo.

El matrimonio es signo de la virginidad evangélica. Después, cuando acabe la vida terrestre, no habrá signos: sólo la realidad. Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

El sacramento significa, mientras que la virginidad evangélica es lo significado.

El sacerdote no necesita de una imagen (el cónyuge) para amar a Dios: dirige sus afectos y su amor (obras) en una entrega directa a Dios, diríamos, sin intermediarios.

Esto no quiere decir que la virginidad evangélica acerque más a la santidad que el matrimonio: una mujer o un hombre casado puede ser más santo que un sacerdote o una monja, y al revés. La mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado. Pero el camino, como se escribió más arriba, es más excelente.

Y si el casado se siente acompañado por una mujer imperfecta (sólo Dios es perfecto), ¿qué podrá decir el sacerdote que es acompañado por la misma perfección?

  • En segundo lugar, esa virginidad evangélica, vivida en grado heroico —como lo pide Dios a todos sus hijos—, los hace libres: ya no está en sus vidas aquella idea de que toda mirada a una mujer es impura, o que todo trato con ellas está manchado.

Al sacerdote puro y casto le han calado hasta el fondo las palabras de san Agustín: ama y haz lo que quieras. Porque su amor es casto, porque su amor está dirigido al alma de esa persona, como el que siente un padre por su hija, en el que ni siquiera se trae a la mente la palabra sexo.

Y esa libertad, que sí es verdadera, los hace capaces de amar con tanta intensidad y con tanta pureza, que nunca se sentirán solos.

  • En tercer lugar, el sacerdote tiene la certeza absoluta de que es privilegiado por el amor de Dios y el de la Santísima Virgen María.

Los “otros Cristos”, que diría santa Margarita, son privilegiados por las prerrogativas de los hijos predilectos de Dios, y como tales, se hacen uno con Él al administrar los Sacramentos; comparten su dolor por las almas uniéndose de una manera íntima a Cristo en la Cruz; son hombres eminentes llamados a cooperar en la salvación de los hombres; sus oraciones son escuchadas con más atención…; es decir, no pueden sentirse solos.

  • En cuarto lugar, la solicitud que Dios les pide por las almas que están a su cargo, su celo apostólico fundado en el amor de Dios, los hace acercarse a esas almas de tal manera que nunca dejarán de orar y sacrificarse por ellas, y nunca tendrán tiempo para pensar en sí mismos ni para sentirse solos.
  • En quinto lugar, siempre habrá fieles que oren y se sacrifiquen por ellos: aun cuando un sacerdote crea que las almas que le han sido confiadas no oren por él, ha de saber que siempre hay millones de católicos que oran a diario por los sacerdotes, y que Dios no deja esas oraciones sin respuesta. Esta compañía espiritual nunca les faltará.

La soledad está presente cuando falta el amor, y un sacerdote tiene ceca de sí al Amor mismo.

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