Hacia la unión con Dios

Ciclo A, Domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2011

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

¿Milagros?

Lo que quizá más impresiona de las lecturas de la solemnidad de hoy es que en nuestros días no vemos con frecuencia a los actuales apóstoles (los obispos) ni a los actuales discípulos (los presbíteros) hablar en lenguas ni realizar milagros.

Pero no lo vemos porque no tenemos abiertos los ojos del espíritu para ver cómo la enseñanza de la Iglesia ha llegado en casi todos los idiomas a numerosos países, y así se han roto las barreras que nos separaban antaño:

Es bello saber de hombres o mujeres que en el otro lado del planeta celebran la Eucaristía como nosotros, o enterarse de la devoción mundial a la Santísima Virgen María. ¡Qué hermoso es descubrir a dos católicos de distinta nacionalidad y lengua rezar el Santo Rosario juntos y que uno conteste al otro, sin conocer su idioma, pero sabiendo qué se está diciendo al orar! Da alegría enterarse de que en todas partes del globo terráqueo hay comunidades apostólicas que dan testimonio del mensaje de amor del Evangelio… En fin, se puede decir que la Iglesia rompió las fronteras. Y esto es obra del Espíritu Santo. Las actividades apostólicas se abren como un abanico expresando, en el orbe entero, las diferentes facetas de la acción del Espíritu Santo, las acciones de cada una de las partes del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.

Otra realidad que no se ve es la acción del Espíritu Santo en las almas: poco a poco y en el silencio de las vidas individuales, se está llevando a cabo una transformación patente y auténtica: ciegos para las cosas de Dios que recuperan la vista, sordos al mensaje evangélico que comienzan a escuchar, paralíticos del espíritu que ahora empiezan a recorrer los caminos del amor de Dios…, y hasta muertos que, por sus pecados estaban destinados al infierno, que resucitan a la vida de la gracia.

¿Hacemos patente e innegable en nuestras vidas que, con el Espíritu Santo, nos llegan sus siete dones y sus doce frutos? ¿Vivimos, por ejemplo, el fruto de la paz, que tanto necesitamos?

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