Hacia la unión con Dios

Por qué tan pocos llegan a la perfecta unión con Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2011

No es Dios quien quiere que haya pocos espíritus perfectos; Él querría más bien que todos lo fueran. Lo que ocurre es que encuentra pocos que sean capaces de recibir esa acción espiritual tan alta y tan sublime: como primero los prueba en pequeñas cosas, y huyen (no queriendo ni aceptando sufrir el menor desconsuelo y mortificación), no los nota lo suficientemente fuertes ni fieles en lo poco que les da cuando comienza a desbastar y labrar en ellos la estatua de la santidad, se da cuenta de que serán mucho más débiles para recibir lo más noble y elevado; por eso no continúa purificándolos ni levantándolos del polvo de la tierra a través de la mortificación, para la cual es menester mayor constancia y fortaleza de la que ellos muestran.

Efectivamente, hay muchos que desean pasar adelante, a los goces y deleites espirituales de la divina unión, y con gran insistencia piden a Dios que los lleve a este estado de perfección, pero cuando Dios los quiere comenzar a hacer pasar por los primeros esfuerzos y mortificaciones —porque es necesario—, ellos no quieren, y quitan el cuer­po, huyendo del camino angosto de la vida (Mt 7, 14), buscando el ancho de su consuelo, que es el de su perdi­ción (Jb 7, 13), y así no le dan lugar a Dios para recibir lo que le piden, cuando él se lo comienza a dar.

Es más: muchos ni siquiera quieren comen­zar a entrar en este camino angosto, en el que se sufre casi lo mismo que se suele sufrir en la vida. Se les puede decir a éstos aquello que dijo Jeremías (12, 5): Si te agotas corriendo con los que van a pie, ¿cómo podrías competir con los caballos?, lo cual es como si dijera: Si con los trabajos que ordinaria y humanamente le toca realizar a todos los seres humanos tú te cansas tanto, ¿cómo podrías igualar al caballo, para el que se requiere mayor fuerza y velocidad? Si tú no has querido dejar de conservar tus gustos, seguridades y complacencias espirituales, no sé cómo querrás entrar en las impetuosas aguas de tribulaciones y trabajos del espíritu, que son más profundos.

¡Oh almas que quieren estar seguras y conso­ladas en las cosas del espíritu! Si supieran cuánto les conviene padecer sufriendo para llegar a la auténtica seguridad y al auténtico consuelo, y cómo no se puede llegar a lo que el alma más desea sin padecer, de ninguna manera buscarían consuelo ni de Dios ni de las criaturas; más bien llevarían la cruz, y, clavados en ella, querrían beber allí la hiel y el vinagre puro, y lo harían con gran dicha, viendo cómo, muriendo así al mundo y a ustedes mismas, vivirían en Dios los verdaderos deleites del espíritu y, sufriendo con paciencia y fidelidad lo poco en lo exterior, merecerían que Dios pusiera los ojos en ustedes para purgarlos y limpiarlos por algunos trabajos espirituales más interiores, para darles lo mucho: los bienes más interiores.

Muchos servicios han de haber hecho a Dios, mucha paciencia y constancia han de haber tenido por Él, y su vida y obras han de haber sido muy gratas a Él, aquellos a quienes les hace el tan hermoso regalo de tentarlos más interiormente, para hacerlos aventajados en dones y mere­cimientos, como lo hizo en el santo Tobías (Tb 12, 13), a quien dijo el arcángel san Rafael: Yo fui enviado para ponerte a prueba, es decir: Por haber sido grato a Dios, Él te hizo el regalo de enviarte la tenta­ción, con la que te probó más, para engrandecerte más. Y así, todo lo que le quedó de vida después de aquella tentación fue gozo, como dice la Escritura divina (14, 4). Ni más ni menos vemos en el santo Job que Dios aceptó sus obras, y por eso le hizo el regalo de enviarle aquellos grandes sufrimientos para engrandecerlo después mucho más, como lo hizo multiplicando sus bienes tanto en lo espiritual como también en lo temporal (Jb 1, 2; 42, 12).

San Juan de la Cruz,  Llama de amor viva, 2, 5, 27-28

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