Hacia la unión con Dios

Por las ramas

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2011

Son muchos los que olvidan la esencia del cristianismo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 34-35).

Pero, ¡cuántos hay que creen que ser cristianos consiste en asistir a la Eucaristía todos los días, rezar el Rosario, visitar al Santísimo Sacramento, hacer muchas horas de oración…! Otros creen que ser cristianos es pertenecer a un grupo de oración, asistir a congresos de alabanza o de adoración, vivir determinada espiritualidad… Olvidan que todos estos actos son medios para llenarse del amor de Dios, y así repartir ese amor a todos los que viven a su alrededor.

También están los que creen que Dios los escogió para corregir a los demás: se la pasan escribiendo cartas o artículos agresivos a cuantas personas o entidades defienden un criterio o conducta contrarias a la Fe. Olvidan que la verdad sin caridad no es verdad.

Hay quienes creen que la esencia de la vida cristiana consiste en saber mucho: leen libros, se aprenden los versículos y los capítulos de la Biblia para defender cualquier criterio, asisten a cuanta predicación pueden, toman cursos, estudian teología… Olvidan que, aunque es importante conocer nuestra doctrina, el cristiano no se distingue por saber, sino por amar.

Y, por último, pululan cada vez más los que concentran su atención en las cosas periféricas de la Fe cristiana, descuidando su esencia: creen que Satanás está en todas partes o que la Virgen se aparece en todas partes o que el Señor se la pasa haciendo manifestaciones extraordinarias… Y se olvidan que la Iglesia, como Madre que es, tiene un Magisterio que nos informa lo que está correcto y lo que no; para que nos despreocupemos de todas esas cosas, y nos concentremos en lo más importante: en amar.

¿Queremos saber qué tan buenos seguidores de Cristo somos? Preguntémosle a quienes conviven con nosotros qué reciben de nosotros; si ellos nos dicen que somos los que les damos amor, los que trabajamos por su felicidad, los que dejando a un lado nuestro egoísmo nos ocupamos por su bienestar…, sabremos que somos buenos cristianos.

Pero si ellos notan que lo que nosotros queremos es que nos amen, que nos respeten, que nos valoren, que nos tengan en cuenta…, podremos deducir con ello cuán egoístas somos. Y el egoísmo es lo contrario del amor; es decir, es lo contrario del cristianismo.

 

 

 

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