Hacia la unión con Dios

Ciclo A, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 18, 2011

El traje de fiesta

Así como se vio el domingo pasado, nuestra historia es como la de los invitados a las bodas: no hicimos caso, sino que nos fuimos, unos a nuestros campos y otros a nuestros negocios. Otros tomaron a los servidores del rey, los maltrataron y los mataron.

¿Acaso no sabemos que la Iglesia busca siempre nuestra felicidad?, ¿que Jesús fundó la Iglesia Católica para auxiliarnos en este mundo y llegar así a la dicha eterna? ¿Hacemos caso a lo que nos dice esa su Iglesia? ¿Averiguamos dónde comprar los escritos del Santo Padre, del Concilio, de los sínodos, para leerlos y llenarnos de esa instrucción? ¿Escuchamos con atención la homilía de la Santa Misa, para ponerla por obra la semana siguiente? ¿Acudimos a la dirección espiritual?…

O, por el contrario, ¿vivimos concentrados en nuestros negocios?

Si hacemos lo primero habremos, digamos, «comprado» parte de la verdadera paz interior: vivir junto a Dios, llenos de su sabiduría. Con Él sabremos —como san Pablo nos lo dice en la segunda lectura— pasar privaciones y vivir en la abundancia. Estaremos entrenados para todo y en todo momento: a estar satisfechos o hambrientos, a vivir en la abundancia o en la escasez. Todo lo podremos en aquel que nos fortalece.

La Iglesia nos invita a entrar a la Misa con el traje adecuado: vivir los mandatos de amor que Dios nos dio a través de Moisés y de la Iglesia, y a confesarnos cada vez que los dejamos de cumplir. Y así hallaremos la felicidad que tanto buscamos: nos ganaremos el derecho a entrar en el banquete de la Carne y Vinos escogidos del que nos habla Isaías: el banquete del Cielo, donde se destruirá para siempre la Muerte. ¡El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros!

Mientras tanto, tenemos el derecho a entrar a estas bodas terrenales —la Eucaristía—; hagámoslo con el traje adecuado, pues con pecado mortal sería un sacrilegio comulgar y ofenderíamos de nuevo a nuestro amado Bienhechor.

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