Hacia la unión con Dios

Archive for 23 noviembre 2011

Ciclo A, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2011

Preparados para la muerte

«La muerte no es una posibilidad ni una opción; es una realidad ineludible.» Ninguna frase tiene tanta contundencia como esta.

El ser humano pertenece a la única especie que se ha percatado de tener un alma inmortal, y es también el único que sabe que hay otra vida tras la muerte. Por eso, entre todas las metas, emerge la imperiosa necesidad de prepararse para la muerte propia y la de los seres queridos.

Sin embargo, el ser humano moderno se prepara más para el futuro inmediato: las mujeres y hombres de hoy están siendo inducidos a tener seguros para todo. Nos estamos preparando para lo eventual, para lo que pueda pasar. Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Y, ¿cómo prepararnos? Como las vírgenes del Evangelio de hoy, teniendo preparado el aceite: hacer la voluntad de Dios.

Así sucederá lo que nos dice la segunda lectura: cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del Cielo; y resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros nos reuniremos con ellos, llevados en las nubes al encuentro del Señor, allá arriba. Y estaremos con el Señor para siempre, inmensa y eternamente felices, junto a nuestros seres queridos.

Esta es la verdadera sabiduría: hacer la voluntad de Dios. Un director espiritual nos puede orientar; aprendamos nuestra Fe leyendo y meditando el Catecismo de la Iglesia Católica, luego la Biblia, después el Código de derecho canónico y los documentos de la Iglesia… Y vivamos de acuerdo con esa doctrina.

Apasionarse por esta sabiduría, como dice el libro de la sabiduría en la primera lectura de hoy, es la mejor de las ambiciones; el que trasnocha a causa de ella estará pronto sin preocupaciones. Y, lo que es mejor, se habrá preparado para la única realidad inevitable del ser humano.

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Ciclo A, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2011

Servir al Rey y reinar con Él

Estamos acostumbrados a recordar con algo de preocupación el Evangelio del día de hoy. Es que asusta un poco eso de que algunos serán puestos a su izquierda y oirán de boca de Dios: «¡Malditos, aléjense de Mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!»

Pero vale la pena revisar las otras lecturas para descubrir que Dios está aquí, que viene en busca de sus ovejas; se ocupará de ellas como el pastor que se ocupa de su rebaño, las llevará a descansar. Incluso buscará a la que esté perdida, volverá a traer a la que esté extraviada, curará a la que esté herida, reanimará a la que esté enferma, velará por la que esté sana; las cuidará con justicia.

Después, el universo entero le quedará sometido, y así vencerá al mal, y pondrá a todos sus enemigos bajo sus pies, hasta el último de sus enemigos: la muerte.

Solo el Rey de reyes, el Señor de los señores, el dueño de la creación puede lograr todo eso. Por tal razón, se celebra hoy la solemnidad de Cristo Rey.

Súbditos de ese eterno soberano como somos, podremos llegar a escuchar su alentadora promesa: «Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo».

¿Vimos hambrientos y les dimos de comer? ¿Vimos sedientos y les dimos de beber? ¿Vimos forasteros y los recibimos, o sin ropa y los vestimos? ¿Vimos enfermos o en la cárcel, y los fuimos a ver? El Rey dijo que cuando lo hicimos con alguno de los más pequeños de sus hermanos, se lo hicimos a Él.

A estas obras de misericordia corporales hay que añadir las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir con cariño y prudencia al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofensas, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por los vivos y por muertos.

¿Queremos vivir inmensamente felices en el Cielo, junto al Rey? En este momento, al final del año litúrgico, ¡qué bien cae este examen de conciencia! Comencemos este año que viene con el propósito firme de servir.

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Ciclo A, XXXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 15, 2011

¿Tienes guardados tus talentos?

La primera lectura nos habla de las virtudes de una mujer ideal y de cuánto se deben valorar esas virtudes. Es como un preámbulo del Evangelio, en el que se nos cuenta la parábola de los talentos. El talento era una moneda de los griegos y de los romanos. Hoy significa aptitud, capacidad para el desempeño o ejercicio de una ocupación.

Y, si tenemos aptitudes y no las desarrollamos en beneficio de Dios y de los demás, ya sabemos por el texto lo que nos pasará.

Además, ¡hay tanto por hacer! Basta revisar las necesidades individuales y colectivas del mundo de hoy para observar los campos tan vastos en los que hay que trabajar; sí, trabajar, sacar tiempo para los demás; sí, además del trabajo profesional. Sí, para hacer de esta multitud de solitarios un mundo solidario.

Cada uno de nosotros debe preguntarse: ¿Qué talento tengo yo con el que, además de mi labor profesional, podría ayudar a mejorar este mundo?

Y, una vez contestada esa pregunta, empezar a trabajar con decisión y con optimismo: sabiendo que Dios es nuestro aliado y que con Él triunfaremos: en el momento del juicio divino, podremos mostrar lo que hemos hecho con los talentos dados por Él.

En la segunda lectura, san Pablo nos dice que de ese juicio no necesitamos que se nos hable, pues sabemos perfectamente que el día del Señor llega como un ladrón en plena noche. Cuando todos se sientan en paz y seguridad, nadie podrá escapar.

Pero nosotros no andamos en tinieblas, de modo que ese día no nos sorprenderá como al ladrón. Todos nosotros somos hijos de la luz e hijos del día: no somos de la noche ni de las tinieblas, porque estaremos trabajando con nuestros talentos.

No durmamos como los demás, sino permanezcamos sobrios y despiertos. Permanecer sobrios y despiertos también es poner los talentos al servicio de Dios y de nuestros hermanos.

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Isabel de Hungría, noviembre 17

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 14, 2011

Santa Isabel de Hungría, Viuda  (1207-1231), de la Tercera Orden Franciscana y patrona de la Arquidiócesis de Bogotá.

SE CELEBRA CON CATEGORÍA DE FIESTA EN TODA LA ARQUIDIÓCESIS

Canonizada por Gregorio IX el 27 de mayo de 1235.

Esta joven Santa del siglo XIII a quien los hermanos y hermanas de la penitencia veneran como Patrona, se consumó en el ardor de todo lo bueno y dejó una estela luminosa de amor, un ejemplo que la cristian­dad nunca ha olvidado.

Isabel Langravia de Turingia, nació en 1207 en Hungría, hija del rey Andrés II y de la reina Gertrudis de Merano. Siendo todavía niña fue dada por esposa a Luis, Langrave de Asia y Turingia y creció con él en el amor de Dios y del prójimo. Pasaba largas noches en oración y dedi­caba sus días a visitar a los enfermos y a socorrer a los pobres. Pero su grandeza brilló sobre todo después de que murió su esposo, que se ha­bía hecho cruzado. Fue despojada de todos sus bienes, arrojada a la ca­lle con sus hijitos y forzada a buscar refugio en un establo, ella, que había ayudado a tantos y construido hospitales para sus súbditos. No se quejó de ello, sino que entró a la iglesia de los Hermanos Menores y pidió que se cantara un “Te Deum” porque el Señor le había dado su pobreza. Vistió el hábito de la Tercera Orden y recibió de San Francisco el regalo de su manto.

Cuando más tarde le fueron reconocidos sus derechos, que tuvo que reivindicar para sus hijos, no cambió de vida, sino que continuó traba­jando con sus manos para ayudar a los pobres. Las visitas del Señor en la oración eran frecuentes.

Santa Isabel en solos 24 años de vida conoció riqueza y miseria, honores y desprecio y santificó todas las condiciones de la vida de una mujer: religiosísima desde su juventud, amantísima esposa con un cora­zón maternal para con su pueblo, madre delicadísima de tres hijos, tem­pranamente viuda, arrojada, errante con sus hijitos hambrientos; siem­pre sobreabundante de gozo en la pobreza y en el dolor, porque abun­daba totalmente en Dios, cuyo amor tierno y fuerte conocía. Dios la escuchó por sus hijos, cuyos derechos principescos fueron reconocidos; para sí conservó sólo el inestimable tesoro de la pobreza franciscana que le había revelado la dulzura de Dios.

Característica de su vida es la caridad hacia los pobres, a quienes asistía siempre con regia generosidad y visitaba en sus barracas. Es céle­bre la anécdota de su esposo Luis, quien se encontró con ella mientras bajaba del castillo de Marburgo con las provisiones para los pobres, ocultas bajo el manto. Cuando él le preguntó qué llevaba, corrió el manto y aparecieron fresquísimas rosas a pesar del crudo invierno. Otra vez un leproso a quien después de lavarle los pies y dado alimento, lo colocó a dormir en su lecho regio; al regresar el esposo, indignado qui­so ver quién era ese leproso que dormía en su lecho, y con sorpresa vio a Cristo, que en un nimbo de luz desapareció dejando gran gozo en el corazón de ambos cónyuges. Murió de veinticuatro años el 17 de no­viembre de 1231 y fue sepultada en Marburgo el 19 del mismo mes.

Patrona de la Arquidiócesis de Bogotá

Fue el arzobispo fray Luis Zapata de Cárdenas quien eligió a santa Isabel de Hungría por patrona de la Arquidiócesis de Bogotá.

Muerto el arzobispo fray Luis Zapata de Cárdenas en 1590, el cabildo en sede vacante renovó aquella consagración a la santa, como lo testimonian las palabras de la solemne acta que se firmó el 11 de diciembre de 1593.

“… Renovamos y revalidamos los votos que antes de éste tenemos hechos… y así mismo el voto y promesa que hicimos a la gloriosa santa Isabel de Hungría de guardar su fiesta para siempre jamás. que cae a 19 de noviembre, y celebrar solemnemente los oficios divinos de su fiesta en la santa iglesia catedral y hacer procesión y traer en ella su santa reliquia, a la cual gloriosa santa tomamos y votamos por patrona nuestra, por tener como tenemos en la dicha santa iglesia catedral la santa y notable reliquia de su sagrada cabeza. que trajo a ella el reverendísimo don fray Luis Zapata de Cárdenas, arzobispo que fue de este reino. que se la dio la majestad de la reina doña Ana, nuestra señora. de gloriosa memoria… ”
El documento más antiguo que nos asegura de la veracidad de haber traído Zapata de Cárdenas las reliquias de la santa que luego dieron origen a su devoción y elección como patrona de la Arquidiócesis, es la carta que el capítulo catedral envió a la reina doña Ana de Austria, esposa de Felipe 11, para agradecerle tan precioso obsequio. Por lo cual bien merece la pena que la conozcamos:

“Católica Real Majestad. Los príncipes y señores que en esta vida, cuando hacen mercedes, es habiendo precedido servicios o habido merecimientos. y esta orden Vuestra Majestad Real, como cristianísima Reina y Señora nuestra, la ha empleado con nosotros, porque sin haber de nuestra parte servicio ni merecimiento, nos ha hecho mercedes, y son: que el arzobispo don fray Luis Zapata, llegado a esta su iglesia, significó al estado eclesiástico y seglar la merced que Vuestra Majestad nos hizo con las reliquias que le dio para poner en esta santa iglesia, las cuales mostró; con lo cual no solamente la iglesia pero el Reino será ilustrado. Lo que se puede significar es que se tiene por gran merced y por tal se reconoce, y lo que de nuestra parte se puede recompensar es ser capellanes y oradores al Dios, nuestro Señor, por Vuestra Majestad…”

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Jesucristo, modelo de oración

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 11, 2011

 

Soledad

Pero él buscaba siempre lugares solitarios dónde orar. (Lc 5, 16)

En aquellos días se fue a orar a un cerro y pasó toda la noche en oración con Dios. (Lc 6,12)

Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» (Lc 11, 1)

 

Perdonar antes

«Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo.» (Mc 11, 25)

 

Oración humilde

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. (Mt 11, 25-26; Cf. Lc 10, 21-22)

«Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará. Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se los oiga. No hagan como ellos, pues antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan. (Mt 6, 5-8)

Jesús dijo esta parábola por algunos que estaban convencidos de ser justos y  despreciaban a los demás. «Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto de pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas.” Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.” Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Lc 18, 9-14)

 

Oración confiada

«Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama. ¿Acaso alguno de ustedes daría a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O le daría una culebra cuando le pide un pescado? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡con cuánta mayor razón el Padre de ustedes, que está en el Cielo, dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11)

«Asimismo yo les digo: si en la tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre Celestial se lo concederá.» (Mt 18, 19)

«Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán.» Mc 11, 24)

 

Oración perseverante

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y el otro le responde a usted desde adentro: “No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos”. Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted  se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 5-13)

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: “Hazme justicia contra mi adversario”. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: “Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza”.» Y el Señor dijo: «¿Se han fijado en las palabras de este juez malo? ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos, si claman a él día y noche, mientras él deja que esperen? Yo les aseguro que les hará justicia, y lo hará pronto. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?». (Lc 18, 1-8)

 

Oración agradecida

Y se echó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole las gracias. Era un samaritano. Jesús entonces preguntó: «¿No han sido sanados los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Así que ninguno volvió a glorificar a Dios fuera de este extranjero?» (Lc 17, 16-18)

 

En toda circunstancia

 

Antes de un milagro

Entonces mandó a la gente que se sentara en el suelo y, tomando los siete panes, dio gracias, los partió y empezó a darlos a sus discípulos para que los repartieran. Ellos se los sirvieron a la gente. (Mc 8, 6; Cf. Mt 15, 35-36)

Un día fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: (Lc 3, 21)

Unos ocho días después de estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. (Lc 9, 28)

Y quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos al cielo y exclamó: «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. (Jn 11, 41)

 

Antes de algo importante

Un día Jesús se había apartado un poco para orar, pero sus discípulos estaban con él. Entonces les preguntó: «Según el parecer de la gente ¿quién soy yo?» (Lc 9, 18)

«Pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 32)

 

Para la eficacia apostólica

«Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger su cosecha.»  (Mt 9, 38)

 

Cuando se quiere algo difícil

«Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.» (Mt 17, 21)

 

En la tentación

«Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.» (Mt 26, 41)

 

En el sufrimiento

Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar.»  Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos.» Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú.» Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.» De nuevo se apartó por segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad.» (Mt 26, 36-42; Cf. Mc 14, 32.42; Lc 22, 40-46)

(Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.») Después los soldados se repartieron sus ropas echándolas a suerte. (Lc 23, 34)

Y Jesús gritó muy fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dichas estas palabras, expiró. (Lc 23, 46)

 

Lo que quiere Jesús

«Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde; y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.» (Mt 6, 9-13; Cf. Lc 11 2-4)

Dicho esto, Jesús elevó los ojos al cielo y exclamó: «Padre, ha llegado la hora: ¡glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti! Tú le diste poder sobre todos los mortales, y quieres que comunique la vida eterna a todos aquellos que le encomendaste. Y esta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesús, el Cristo. Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías encomendado. Ahora, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo. He manifestado tu Nombre a los hombres: hablo de los que me diste, tomándolos del mundo. Eran tuyos, y tú me los diste y han guardado tu Palabra. Ahora reconocen que todo aquello que me has dado viene de ti. El mensaje que recibí se lo he entregado y ellos lo han recibido, y reconocen de verdad que yo he salido de ti y creen que tú me has enviado. Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que son tuyos y que tú me diste —pues todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo mío—; yo ya he sido glorificado a través de ellos. Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo, mientras yo vuelvo a ti. Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me diste, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo los cuidaba en tu Nombre, pues tú me los habías encomendado, y ninguno de ellos se perdió, excepto el que llevaba en sí la perdición, pues en esto había de cumplirse la Escritura. Pero ahora que voy a ti, y estando todavía en el mundo, digo estas cosas para que tengan en ellos la plenitud de mi alegría. Yo les he dado tu mensaje, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos mediante la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me has enviado al mundo, así yo también los envío al mundo, y por ellos ofrezco el sacrificio, para que también ellos sean consagrados en la verdad. No ruego sólo por estos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra. Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí. Padre, ya que me los has dado, quiero que estén conmigo donde yo estoy y que contemplen la Gloria que tú ya me das, porque me amabas antes que comenzara el mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocía, y éstos a su vez han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amas esté en ellos y también yo esté en ellos.» (Jn 17, 1-26)

 

En espíritu y en verdad

«Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.» (Jn 4, 23-24)

 

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Ciclo A, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2011

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿A quién predicamos?

Todos podemos estorbar los planes de Dios. De hecho, lo hemos obstaculizado siempre que omitimos hacer el bien que podíamos, cuando pensamos mal, cuando al hablar suscitamos el mal, cuando hacemos el mal…

Las lecturas de hoy hacen referencia a un mal que estorba más que todos los demás males: la soberbia. Y en la soberbia caemos todos cuando, por ejemplo, al ver que no hacemos tanto mal como otros, nos juzgamos superiores; cuando creemos que somos buenos católicos y por eso nos sentimos mejores que los demás; cuando cumplimos los deberes cristianos… Es que la soberbia es tan sutil, que a veces ni nos damos cuenta de que se nos cuela con apariencias de bien.

Pero el escándalo, es decir, las acciones o palabras que son causa de que otros obren mal o piensen mal, es el que más daño hace a los designios de Dios: aquel sacerdote, catequista o predicador que no es capaz de predicar a Cristo, sino de predicarse a sí mismo.

También aquellos los que se engríen por hacer las lecturas de la Misa, por acolitar, por cantar en las celebraciones o por repartir la comunión…, están impidiendo que la gracia de Dios llegue a las almas; están siendo obstáculo de Dios: creen que son servidores de Dios, pero se predican a sí mismos.

Además, se hacen merecedores de que Dios, como dice la primera lectura, les lance la maldición, porque ninguno toma su oficio en serio, y porque se han desviado del camino, según dice el Señor de los ejércitos, y han hecho que muchos tropiecen.

La actitud correcta es la que san Pablo nos presenta hoy: a pesar de que los apóstoles de Cristo habían podido aparecer como grandes, se hicieron pequeños: ni siquiera valoraban su propia vida: estaban dispuestos hasta a darla por Cristo.

O, como dice Jesús en el Evangelio: El más grande entre ustedes será el servidor de todos. Porque el que se pone por encima, será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto.

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Lo que merezco

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2011

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Lo único que merezco es el infierno.

El único derecho que tengo es el derecho a pedir perdón.

«Aprendan de mí,

que soy manso y humilde de corazón,

y sus almas encontrarán descanso».

(Mt 11, 29)

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