Hacia la unión con Dios

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El oficio del ministro ordenado en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 27, 2012


La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

Uno de los campos en donde se puede expresar ese amor es en la celebración de las acciones litúrgicas, en la que «cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas»[1], ya que cada acción litúrgica tiene un fundamento teológico–sacramental y una justificación histórico–jurídica[2]; además, «la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales».[3]

He aquí algunos avisos de importancia acerca del culto del ministerio eucarístico, extractados de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II; del Missale Romanum; del Ritual De Sacra Communione et de culto mysterii eucharistici extra Missam; de las instrucciones: Eucharisticum mysterium, Memoriale Domini, Inmensæ caritatis y Liturgicæ instaurationis; de las instrucciones Inæstimabile Donum y Redemptionis Sacramentum de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; de la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos; del boletín: Actualidad litúrgica, del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal y de otros documentos de la Iglesia.

Obediencia

 

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud».[4]

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «les obedeció».[5]

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice: «Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado».[6]

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».[7]

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen».[8]

Y también es de Jesús la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho».[9]

La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino alerta sobre los errores más frecuentes «señalados desde las diversas partes del mundo católico: confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares, creciente pérdida del sentido de lo sagrado, desconocimiento del carácter eclesial de la liturgia […]. Ahora bien, todo esto no puede dar buenos frutos. Las consecuencias son —y no pueden menos de serlo— la resquebradura de la unidad de la Fe y de culto en la Iglesia, la inseguridad doctrinal, el escándalo y la perplejidad del pueblo de Dios».[10]

Aspectos generales

 

  • Ceñirse a las recomendaciones de los misales y leccionarios no solamente es un gesto de comunión eclesial, sino que muestra la humildad del Ministro ordenado y da ejemplo de obediencia al Magisterio de la Iglesia.

«El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión.»[11]

«Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.»[12]

Además, la uniformidad facilita a los fieles su participación activa, sin confundirlos: «La unidad de criterios entre uno y otro presidente de asambleas litúrgicas está cuestionando seriamente la participación de los fieles: “¿A qué nos atenemos?” Y: “¿A quién le creemos?”»[13].

  • Conviene mucho tener presentes los actos presidenciales, en los que actúa dirigiéndose a Dios en nombre de todo el pueblo o al pueblo en nombre de Dios y de Cristo, los cuales debe decir solo el sacerdote. Este es el caso de la doxología de la Plegaria Eucarística y de la Oración de la Paz.
  • Es también muy importante que el Ministro ordenado tenga en cuenta las oraciones que son secretas (que no deben decirse en voz alta), como la que se hace durante el lavabo o las que se hacen en la fracción del Pan.
  • «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».[14]
  • No conviene distorsionar las oraciones que trae el Misal Romano agregando intenciones particulares que el presidente quisiera incluir en las mismas (ejemplo: en la memoria de un santo, mencionar a un difunto en la oración colecta o en la oración sobre las ofrendas o en la oración después de la comunión).

Tampoco es bueno incluir, dentro de la celebración de la Santa Misa, oraciones no litúrgicas (por ejemplo: «Alma de Cristo, santifícame…» después de la comunión, una oración a la Santísima Virgen, etc.). Estas se pueden recitar después, si se desea.

  • Cuando hay canto no hay necesidad de decir la antífona (ejemplo: si se canta durante la comunión no será necesario leer la antífona de la comunión; lo mismo se aplica al canto de entrada).
  • El presidente de la asamblea debe favorecer el silencio y dar espacio para la oración.[15] Hay varios momentos especiales de silencio: en el acto penitencial, después del «Oremos» de la oración colecta, entre la primera lectura y el salmo, después de la homilía[16] y después de la comunión.
  • «Los pastores de almas deben fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles […], cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios».[17]
  • «El Misal Romano debe quedar como un instrumento para testimoniar y conformar la mutua unidad del Rito Romano en la diversidad de lenguas y culturas, como su signo preeminente».[18]
  • «Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.»[19]
  • «Los presbíteros presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la vestidura talar. No es apropiado, salvo los casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.»[20]
  • «Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.»[21]

Aspectos particulares

Ritos iniciales

 

  • Si se hace canto de entrada, no se recite la antífona; recuérdese que la antífona de entrada es el reemplazo del canto. Por eso, cuando no se hace canto de entrada, el presidente puede adaptar la antífona de entrada a manera de monición.[22] Obsérvese lo mismo para la antífona de la comunión.

 

à      No se permita que el acólito se siente en la sede, al lado del presidente; este lugar está reservado para los diáconos o para otros ministros ordenados en las concelebraciones. Destínese para ello una pequeña silla cerca de la credencia.

  • Alístense tanto el misal como el leccionario antes de la celebración (hacerlo después de la entrada, no solo da la impresión de improvisación y falta de preparación por parte del sacerdote, sino que es falta de cortesía con el pueblo hacerlo esperar).

Oraciones

  • Solamente en la oración colecta se usa la conclusión larga: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» o «Él, que vive y reina…» o «Tú que vives y…».

En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión se utiliza la terminación corta: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». o «Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». o «Tú que vives y reinas…».

Lecturas

¨    «Las lecturas […] sean confiadas a un lector o a otros laicos preparados espiritualmente y técnicamente».[23]

¨    La preparación espiritual presupone, por lo menos, una doble instrucción: bíblica y litúrgica. La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y, para entender a la luz de la Fe el núcleo central del mensaje revelado.

¨    La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre ésta y la liturgia eucarística.

¨    «La preparación técnica debe consistir en que los lectores sean cada día más aptos en el arte de proclamar delante del pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de voz».[24]

¨    Se requiere de práctica y de talleres para proclamar la Palabra, en vez de leerla, simplemente.[25] «La proclamación es un anuncio solemne, una declaración».[26]

¨    Es necesario diferenciar las lecturas para hacer una entonación adecuada de ellas: no es lo mismo recitar un cántico o un salmo que narrar una historia o leer una exhortación. Conviene que sean nombrados lectores quienes ya distinguen estos estilos literarios y el modo adecuado de proclamarlos.

q  Su compostura se notará especialmente en los actos de reverencia (genuflexiones al pasar ante el sagrario o ante Santísimo expuesto en la Custodia, inclinación de la cabeza ante el sacerdote–presidente, los crucifijos e imágenes…). Por esto mismo, no es necesario hacer inclinaciones de la cabeza al llegar al ambón o al retirarse: ni dirigidos hacia el sagrario ni, mucho menos, hacia el leccionario o ambón.

¨      Instrúyase a los lectores que no se debe leer lo que está escrito en color rojo. No se diga, por ejemplo, «Primera lectura» ni «Salmo responsorial» o «Al salmo respondemos» o «Salmo de respuesta».

Tampoco deben añadirse palabras, como: «Esta es Palabra de Dios» o «Es Palabra de Dios»; dígase con sencillez: «Palabra de Dios». La razón es que «el lector se identifica tanto con aquello que anuncia, que él mismo se hace Palabra de Dios».[27] Téngase cuidado de no hacer entonación de interrogación, como si se estuviera preguntando: «¿Palabra de Dios?»,[28] ni tampoco hacer la entonación que se suele hacer por un altoparlante solicitando a alguien en un aeropuerto o supermercado.

¨    El micrófono estará a una cuarta de distancia de la boca. Así se evitan circunstancias que impiden una buena comprensión de lo que se lee: por ejemplo, que la «P» suene como un golpe; la «S», como un silbido fuerte; o que se escuche la respiración.

¨      «No es necesario estar pasando la cinta de una hoja a otra; lo mejor es dejarla en su puesto para evitar posibles confusiones en otras celebraciones».[29]

¨      «Al terminar la lectura, haga una pausa de tres segundos antes de decir: «Palabra de Dios».[30]

¨      Es conveniente hacer unos instantes de silencio entre la primera lectura y el salmo, para facilitar la meditación.[31]

¨      «Si hay dos lectores para tres lecturas, el mismo que proclamó la primera hará la segunda y el otro proclamará el salmo»[32] y el versículo anterior al Evangelio. Asimismo, cuando hay una sola lectura, uno proclamará la lectura y el otro el salmo. El cambio de voz del lector al salmista y el espacio de tiempo entre la subida al ambón de estos dos ministros favorece la contemplación de la Palabra; por eso se insiste en que quien proclama el salmo no sea el mismo que proclamó la primera lectura[33], ya que es a todas luces un texto muy diverso.

Evangelio

¨      El versículo anterior al Evangelio suele ir intercalado entre el canto del Aleluya (salvo en cuaresma, que no se dice ni se canta el Aleluya). Como norma general, si se proclama el versículo, el canto debe hacerse; si no, se omite el versículo.[34]

  • El Evangelio debe proclamarse en el ambón, lugar destinado precisamente para proclamar la Palabra de Dios; no en la sede, desde donde solamente se realizan los ritos iniciales, la homilía y el rito de conclusión. Para entender esto, recuérdese que después del sagrario —si lo hay— el lugar de mayor importancia es el altar, al que lo sigue el ambón y, por último, la sede.
  • Al anunciar la proclamación del Evangelio, el sacerdote dice: «Lectura del santo Evangelio según…». En ese momento todos —incluyendo quien proclama— se signan con el dedo pulgar, se hacen tres cruces: la primera en la frente, para conocer mejor la palabra; la segunda en los labios, para anunciarla con ardor; y la tercera en el pecho, para vivirla en la práctica diaria. No se santiguan (hacerse la señal de la cruz desde la frente al ombligo y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad), porque ya se hizo al comienzo de la celebración y, en liturgia, se evitan los duplicados.[35]

 

  • Por esto mismo, es redundante santiguarse antes o después de la homilía (además, así se da la impresión de la no basta la bendición inicial).

Homilía

  • «La homilía tiene la finalidad de explicar a los fieles la palabra de Dios proclamada en las lecturas y actualizar su mensaje»[36], y corresponde al sacerdote o al diácono.[37]

«La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.»[38]

«Se predicará la homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo […]. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables, principalmente en ciertas ferias de Adviento y de Cuaresma».[39]

La predicación actualiza la Palabra y, para eso, conviene prepararla adecuadamente para no caer en la frialdad, la falta de convicción, la repetición de lo proclamado en las lecturas u otras cosas distintas a la aplicación de los textos bíblicos a la vida de los oyentes y del predicador mismo, lo cual muestra cierta improvisación.[40]

La homilía se hará desde la sede, preferencialmente.

Recuérdese que los sermones largos o muy teóricos (de poca aplicación para la vida diaria) no son eficaces desde el punto de vista pastoral.

Oración universal

  • El celebrante dirige la oración universal desde la sede.[41]

Presentación de ofrendas

  • Las fórmulas de presentación del pan y del vino se dicen habitualmente en voz baja; sólo se dicen en voz alta si no hay canto ni suena el órgano.[42]

 

Plegaria Eucarística

 

  • «Merece especial atención la Plegaria Eucarística, que es la parte central de la celebración de la Eucaristía. Hay que orarla con voz alta y clara, sin precipitación, haciendo pausas de interiorización».[43]

«Es un gravísimo abuso modificar las Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras compuestas privadamente».[44]

Se insiste en que el celebrante deje de dirigirse al pueblo y, como imagen de Cristo que ora al Padre, no hable sino a Dios.[45]

Recuérdese que solo las plegarias eucarísticas I, II y III admiten el uso de cualquier prefacio; las demás forman un todo con su prefacio y, por lo tanto, deben recitarse exclusivamente con él.

En la consagración del pan, el que preside dice: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…». No dice: «porque este es mi Cuerpo».

«En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.»[46]

  • La inclinación del celebrante al In spiritu humilitatis debe hacerse «profunde inclinatus».[47]
  • Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino, los fieles quedan en silencio respetuoso. El sacerdote, por lo tanto, no invite a decir «Señor mío y Dios mío…», oración que se recitaba antes de la reforma, porque la aclamación vendrá enseguida.
  • La doxología de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» la dice el presidente solo.[48]

Es que la Plegaria Eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote[49].

El pueblo responde: «Amén». Este «Amén» en particular debería resaltarse con el canto, dado que es el más importante de toda la Misa.[50]

Þ  «Recuérdese que durante la Plegaria Eucarística no se deben ejecutar cantos».[51] Tampoco debe ejecutarse música alguna.[52] Este otro documento enfatiza la norma: «Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales.»[53]

  • Inmediatamente después de la consagración del pan, adórese unos segundos el Cuerpo de Cristo con una genuflexión. Hágase lo mismo con la Sangre de Cristo.

 

Rito de la comunión

 

  • La oración de la paz es presidencial, es decir, la dice el sacerdote solo en nombre de toda la asamblea. El sacerdote termina esa oración diciendo: «…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» el pueblo concluye: «Tuyo es el reino…» (antes se decía: «Porque tuyo es el reino»).
  • El Pan eucarístico se muestra a los fieles sobre la patena o sobre el cáliz (se muestra una parte de la Hostia fraccionada).[54]

 

  • «La fracción del Pan se inicia después del gesto de la paz y debe realizarse con la debida reverencia sin alargarla innecesariamente, a fin de que el gesto [de la paz] no adquiera un excesivo realce».[55]

«El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles.»[56]

 

  • Instrúyase a los feligreses que «Conviene que cada uno de los fieles dé la paz de una manera sobria, únicamente a los que están cerca»[57], sin moverse de su puesto.[58]

El que da la paz puede decir: «La paz del Señor esté siempre contigo»; y el que la recibe, «Amén».[59]

v  «Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. […] esto no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.»[60]

v  «El fiel, religioso o seglar, autorizado como ministro extraordinario de la comunión, podrá distribuir la comunión, solamente cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito, cuando el sacerdote esté impedido por enfermedad o por su edad avanzada, o cuando el número de fieles que se acercan a la comunión sea tan grande que haría prolongar excesivamente la celebración de la Misa».[61] Léase también: «Cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.»[62] «Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente.»[63] «Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.»[64]

v  «Llamar [a alguien] ministro extraordinario significa que sólo puede ejercitar el cargo recibido en ausencia de los ministros ordinarios. Si hay diáconos o sacerdotes, son estos los que deben distribuir la Eucaristía, empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que reparten la comunión».[65]

v  «Si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición.»[66] El Obispo nombrará con el rito correspondiente al ministro extraordinario de la comunión que haya sido escogido y preparado por el párroco bajo los cánones establecidos; para ello se utiliza el Ritual del Culto (pp. 139-142).

«Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum[67] En esos casos esporádicos, en los misales se encuentra el «Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada comunión».

v  «Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.»[68]

v  Según el Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, Actualidad litúrgica, nº 28, p. 8-9 (cf.), es necesario que el ministro extraordinario de la comunión cumpla los siguientes requisitos:

  1. Conocer, estudiar y aplicar los documentos oficiales de la Iglesia relacionados con la liturgia eucarística.
  2. Saber los nombres de lugares, vestiduras, libros, vasos sagrados y utensilios litúrgicos en general.
  3. Participar de viva voz sabiendo bien las respuestas actuales de la celebración eucarística.
  4. Estar entrenado en el servicio al altar para cuando no se dispone de la presencia o ayuda de monaguillos.
  5. Conocer el Misal, distinguir las diversas partes que lo conforman y aprender a registrarlo.
  6. Entrenarse en el manejo y buen uso del incensario mediante prácticas que ayuden a utilizarlo con destreza y naturalidad.

 

  • Los ministros extraordinarios de la comunión e incluso los diáconos y sacerdotes deben recibir el recipiente de la Eucaristía de manos del celebrante, detalle este sacramentalmente importante porque manifiesta que la Eucaristía se recibe del Señor.[69]
  • El sacerdote «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”, dando espera a la respuesta del comulgante. Ninguna otra fórmula cabe acá»; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.
  • «Cuando los fieles comulgan de rodillas no se les exige ningún otro signo de reverencia al Santísimo Sacramento, ya que la misma genuflexión es expresión de adoración. En cambio, cuando comulgan de pie, acercándose al altar procesionalmente, hagan un acto de reverencia antes de recibir el Sacramento, en el lugar y de manera adecuados, con tal de no desordenar el turno de los fieles»[70] (por ejemplo, una pequeña inclinación de la cabeza).
  • «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.»[71]
  • Autorizados por la Conferencia Episcopal, los fieles pueden recibir la comunión en la boca o en la mano, según lo deseen; pero se recomienda que, si lo hacen de este último modo, lo hagan cuando las manos están perfectamente limpias (para evitar que las partículas sagradas en las que sigue presente el Señor caigan al piso, se ha considerado siempre un signo de delicadeza que un acólito ponga la patena, y que los fieles reciban el Pan consagrado en la boca).
  • No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.»[72] «No se admite que los fieles tomen por sí mismos el Pan consagrado»[73], ni siquiera cuando el que comulga es monja, monje o seminarista. Razón: en liturgia no se contempla el autoservicio. Tampoco deben tomar el cáliz sagrado.[74]
  • «Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción».[75] «No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado.»[76]
  • «Se recomienda a los fieles no descuidar, después de la comunión, una justa y debida acción de gracias, quedando posiblemente en oración por un conveniente espacio de tiempo».[77]

No es litúrgico recitar oraciones, como sucede cuando, al acabar, algunos fieles —o a veces el mismo sacerdote— pronuncian la conocida oración: «Alma de Cristo, santifícame…»; este acto se sale de las rúbricas de la Santa Misa, razón por la cual está en el misal, para hacerse después de terminada la liturgia eucarística. Por otra parte, durante la celebración, las oraciones deben ser dirigidas por el presidente, es decir, el sacerdote, y son de carácter comunitario y no privado.

  • Lo que queda de la Sangre del Señor se la toma el sacerdote, el diácono o un acólito instituido que sirve de ministro del cáliz.[78]

 

  • Como señal de respeto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la limpieza de las patenas y los vasos sagrados debe hacerse sobre el corporal. Los purifica el sacerdote, uno de los concelebrantes, el diácono o un acólito instituido.[79] «El ministro extraordinario de la comunión está excluido notablemente de la lista de personas que pueden purificar los utensilios sagrados».[80]
  • La bendición se recibe de pie, salvo que se haga oración sobre el pueblo, que inclina la cabeza, en señal de humildad (no se arrodilla).

Rito de conclusión

  • Es preferible que la atención a los fieles que requieran al sacerdote se haga después de retirarse los ornamentos, a la salida de la sacristía.

 


[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 28

[2] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 10

[4] Rm 5, 19

[5] Lc 2, 51

[6] Jn 4, 34

[7] Flp 2, 5-8

[8] Hb 5, 8-10

[9] Lc 16, 10

[10] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, introducción

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 11

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 59

[13] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[14] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 22, par. 3

[15] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 11

[16] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[17] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 19;

cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 19

[18] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, final

[19] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 112

[20] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 128

[21] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 153

[22] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[23] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2

[24] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 19-20

[25] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[26] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 18

[27] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 22

[28] Cf. Ídem

[29] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 21

[30] Ídem

[31] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56 y 128

[32] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[33] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1, que cita al Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[34] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[35] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 134

[36] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 3;

cf. Sagrada Congregación para el Culto Divino, instrucción Liturgicæ instaurationes, 2, a

[37] Cf. Ídem

[38] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 66

[39] Sagrada Congregación de Ritos, Intrusión sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 53

[40] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 8

[41] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 71

[42] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 142;

cf. Ordinario de la Misa, 1975, 20-21

[43] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 20

[44] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 5

[45] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 31

[46] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 55

[47] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 143

[48] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 4

[49] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 52

[50] Ídem

[51] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 6

[52] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 12;

cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 30

[53] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 53

[54] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 84

[55] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 83

[56] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[57] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 82

[58] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[59] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 154

[60] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 151

[61] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 10;

cf. Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, Instrucción;

cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[62] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 158

[63] Ídem

[64] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 88

[65] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 21

[66] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[67] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[68] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 157

[69] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[70] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, 34;

Cf. Institutio generalis Missalis Romani, c; 246, d; 247, b;

Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 11

[71] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 93

[72] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 94

[73] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 9

[74] Cf. Ídem.

[75] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 103

[76] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 104

[77] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 17

[78] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 284b; 279

[79] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 163; 279

[80] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 37, p. 30

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‘No me puse la ceniza’

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 22, 2012

Él es un católico ejemplar: ha estudiado bien la doctrina de la Iglesia, ha vivido en gracia de Dios, frecuenta los Sacramentos, hace oración mental todos los días… Y, además, es un buen consejero y predicador de la Palabra de Dios.

Pero este miércoles de Ceniza sorprendió a todos sus familiares, amigos y conocidos: no se impuso la ceniza.

Cuando le preguntaron por qué no lo había hecho, contestó:

No fui capaz: eso es una gran responsabilidad. Ponerme la ceniza significaría reconocerme ante el mundo entero como pecador; hasta aquí la cosa parece fácil. Pero, además, ponerme la ceniza significaría proclamar a todos los que me ven que estoy comprometido —durante cuarenta días— a vivir sinceramente arrepentido por mis pecados y a expiarlos, haciendo penitencias, viviendo en austeridad, ayunando y haciendo abstinencia, oración, actos de caridad, limosnas…

Por eso no me la puse. No quiero convertir la ceniza en un acto superficial, en una caricatura de lo que verdaderamente expresa.

Y para completar, ponerme la ceniza me obligaría a renovar mi vida, a una conversión auténtica, a luchar contra el mal que reside en mí, a erradicar el pecado, a llenarme de virtudes cristianas, especialmente el amor: al final de la Cuaresma, tendría que amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a mí mismo; y esto es muy difícil.

Le pediré al Señor que algún día me dé la gracia de estar verdaderamente dispuesto para ponerme la ceniza.

¿En qué se equivocó este hombre? En olvidarse de la infinita misericordia de Dios: Dios hará por él lo que él no puede hacer: su conversión.

¿En qué acertó? En valorar y respetar el signo de la Ceniza tal y como lo hace la Iglesia.

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Adelaida (Alicia), diciembre 16

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 18, 2012

Sesenta y ocho años llenos de agitación en los que una mujer de las importantes quiso y supo ser testigo de Cristo. Esta fue Adelaida o Alicia, emperatriz en Italia.

Casada muy joven con el rey de Italia Lotario, se le prometía una vida feliz con su recién nacida hija Emma, y probablemente el matrimonio deseaba terminar sus días como se pone fin a los cuentos de princesas y príncipes, que probablemente también en su época se contaban. Pero a veces los planes de la Providencia no coinciden con los de los hombres; se complican, van y vienen por tortuosos senderos, en muchas ocasiones imprevistos y, en otras, muy dolorosos, de los que el Señor sabe sacar mayores bienes. Así pasó con Adelaida.

En realidad toda su vida estuvo envuelta en las turbulencias políticas y militares propias del tiempo. Cuando murió su primer marido sólo tenía dieciocho años y, tan joven, ya es reina, madre y viuda. Otro matrimonio, el segundo, la va a relacionar con la historia de los tres primeros Otones: su marido, hijo y nieto. En su vida están presentes los sufrimientos por cárcel y destierro. También entendió mucho de intrigas de la Corte, de confabulación, de envidias, de traiciones y de falsedades. Inculpablemente tuvo que soportar la incomprensión de propios y extraños porque la ambición y el poder ciegan los ojos de los que no son buenos.

Regente emperatriz, retoma funciones de mando en tiempos de Otón III. Ahora muestra con sus obras lo muerta que estaba para sí misma y que la anterior piedad, la de toda su vida, fue un asunto sincero. La emperatriz se dedica a hacer el bien. Protege, socorre y consuela a los necesitados. Considera el poder como una carga para ella y un servicio para el bien del pueblo. No es injusta, ni vengativa con quienes la injuriaron en tiempo pretérito. Muestra esmero infatigable en las tareas de gobierno. Reza, se mortifica y expía por los pecados de su pueblo. Magdeburgo es ejemplo de que propicia el resurgir de los templos.

Muere en Salces, en la Alsacia, en el 999, tenida ya por santa.

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Dios es amor*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 13, 2012

 

El primer y fundamental anuncio que la Iglesia está encargada de llevar al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean íntimamente permeados por ella, que ésta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos mínimamente, la presente meditación.

La expresión “amor de Dios” tiene dos acepciones muy diversas entre sí: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, más inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, más a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. También la predicación cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas épocas, casi solo del deber de amar a Dios (De diligendo Deo).

Pero la revelación bíblica da la precedencia al segundo significado: al amor de Dios, no al amor por Dios. Aristóteles decía que Dios mueve el mundo “en cuanto es amado”, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo más importante, a propósito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que lo ama primero: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo demás, incluida nuestra propia posibilidad de amar a Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19).

 

1. El amor de Dios en la eternidad

Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los demás se detenían en su nacimiento de María; él da el gran salto hacia atrás, del tiempo a la eternidad: “Al principio estaba la Palabra”. Lo mismo hace a propósito del amor. Todos los demás, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; él se remonta a más allá de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor: “Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios”: así podemos descomponer su afirmación: “Dios es amor” (1Jn 4,10).

De ella Agustín escribió: “Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las páginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta única palabra, es decir, que Dios es amor, no deberíamos pedir más”[2]. Toda la Biblia no hace sino “narrar el amor de Dios” [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las demás. Se discute sin fin, y no sólo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo más importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hipótesis, Él existiese pero no fuese amor, habría que temer más que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ¡Dios existe y es amor!

El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. Allí donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.

No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, así como —dice el filósofo Husserl— no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ¿A quién ama Dios para ser definido amor? ¿A la humanidad? Pero los hombres existen sólo desde hace algunos millones de años; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ¿El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años; antes, ¿a quién amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.

He aquí la respuesta de la revelación cristiana que la Iglesia recogió de Cristo y que explicitó en su Credo. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, que ama con un amor infinito que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que los une.

 

2. El amor de Dios en la creación

Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvación. La primera etapa de ella es la creación. El amor es, por su naturaleza, “diffusivum sui”, es decir, “tiende a comunicarse”. Dado que “el actuar sigue al ser”, siendo amor, Dios crea por amor. “¿Por qué nos ha creado Dios?”: así sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo después en la otra en el paraíso”. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: “con qué objetivo, con que fin nos ha creado Dios”; no responde a la pregunta sobre la causa causante: “por qué nos creó, qué le empujó a crearnos”. A esta pregunta no se debe responder: “para que lo amásemos”, sino “porque nos amaba”.

Según la teología rabínica, hecha propia por el Santo Padre en su último libro sobre Jesús, “el cosmos fue creado no para que haya múltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la ‘alianza’, el ‘sí’ del amor entre Dios y el hombre que le responde” [5]. La creación existe de cara al diálogo de amor de Dios con sus criaturas.

¡Qué lejos está, en este punto, la visión cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos más profundos para un joven o una chica es descubrir un día que está en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empeñado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabría convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oración suya a la Trinidad:

“¿Cómo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? […]. El fuego te obligó. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz veías todas las iniquidades que tu criatura debía cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, dándole el ser a tu imagen y semejanza. Tú, verdad eterna, me declaraste a mí tu verdad, es decir, que el amor te obligó a crearla”.

Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donación y de descendimiento; es también eros y en estado puro; es atracción hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinación por su belleza.

3. El amor de Dios en la revelación

La segunda etapa del amor de Dios es la revelación, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé […] ¡Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! […] Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer […] ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? […] Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1-4).

Encontramos este mismo lenguaje en Isaías: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?” (Is 49, 15) y en Jeremías: “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él” (Jr 31, 20).

En estos oráculos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno está hecho de estímulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y difícilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese más. El amor materno en cambio está hecho de acogida y de ternura; es un amor “visceral”; parte de las profundas fibras del ser de la madre, allí donde se formó la criatura, y de allí afirma toda su persona haciéndola “temblar de compasión”.

En el ámbito humano, estos dos tipos de amor – viril y materno – están siempre repartidos, más o menos claramente. El filósofo Séneca decía: “¿No ves cómo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces también de lágrimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse”[6]. Pero mientras el Dios del filósofo pagano tiene hacia los hombres sólo “el ánimo de un padre que ama sin debilidad” (son palabras suyas), el Dios bíblico tiene también el ánimo de una madre que ama “con debilidad”.

El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es “fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego” (cf Ct 8, 6), y también a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegría del día de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).

El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elección. ¡Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, también lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por él “como se alegra el esposo por la esposa” (Is 62,5)!

Como observa el Santo Padre en la “Deus caritas est”, la metáfora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la “alianza”, es la mejor muestra de que también el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un “hacer caridad” al hombre, en el sentido más restringido del término.

4. El amor de Dios en la encarnación

Llegamos así a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnación: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Frente a la encarnación se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnación. ¿Por qué Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundizó esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnación, como de todas las demás obras ad extrade la Trinidad.

Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a sí mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (“secundo vult alios habere condiligentes”). Si decide la encarnación es para que haya otro ser que le ama con el amor más grande posible fuera de Él [7]. La encarnación habría tenido lugar por tanto aunque Adán no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el “primogénito de la creación” (Col 1,15), no la solución a un problema creado a raíz del pecado de Adán.

Pero también la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnación del Hijo, no sólo para tener a alguien fuera de sí que le amase de modo digno de sí, sino también y sobre todo para tener a alguien fuera de sí a quien amar de manera digna de sí. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone “toda su complacencia” y con él a todos nosotros hechos “hijos en el Hijo”.

Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no sólo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido también subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situación. En el principio existía el amor, y “el amor se hizo carne”: así parafraseaba un antiquísimo escrito cristiano las palabras del Prólogo de Juan [8].

San Pablo acuña una expresión adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama “el amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rom 8, 39). Si, como se decía la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expresó y recogió en Cristo.

5. El amor de Dios infundido en los corazones

La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecostés, que hace presente y operante “el amor de Dios en Cristo Jesús” hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir sólo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).

¿Pero qué es este amor que ha sido derramado en nuestro corazón en el bautismo? ¿Es un sentimiento de Dios por nosotros? ¿Una disposición benévola suya respecto a nosotros? ¿Una inclinació? ¿Es decir, algo intencional? Es mucho más; es algo real. Es, literalmente, el amor de Dios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnación asumió una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de “inhabitación”. “Mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).

Nosotros nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), es decir, partícipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vorágine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor aún: entre la vorágine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.

6. ¡Nosotros hemos creído en el amor de Dios!

Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aquí es la revelación objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ¿qué haremos, qué diremos tras haber escuchado cuánto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ¡amar a Dios! ¿No es este, el primero y más grande mandamiento de la ley? Sí, pero viene después. Otra respuesta posible: ¡amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ¿No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4, 11)? También esto viene después; antes hay otra cosa que hacer. ¡Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que “Dios es amor”, el evangelista Juan exclama: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Jn 4,16).

La fe, por tanto. Pero aquí se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ¿Cómo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no sólo de crearnos, sino también de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ¿Cómo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.

El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribió una novela singular titulada “Cartas del diablo a su sobrino”. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que está empeñado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la práctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener éxito en el intento. Se trata de un moderno, finísimo tratado de moral y de ascética, que hay que leer al revés, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.

En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusión que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (así llaman a Dios) ame verdaderamente “a los gusanos humanos y desee su libertad”. Están seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un engaño, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el día en que “Nuestro Padre” (Así llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen razón.

Parecería una fe fácil y agradable; en cambio, es quizás lo más difícil que hay también para nosotros, criaturas humanas. ¿Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ¡No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo creyésemos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, porque el paraíso no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.

El mundo ha hecho cada vez más difícil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cuánto duele sentirse engañado. Así, se va engrosando cada vez más la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es más, en ningún amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal está también la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: “Sí, este amor de Dios es hermoso, pero no es para mí. Yo no soy digno…”.

Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los discípulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupación por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie – digo nadie – entre los filósofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros y agape.

San Pablo nos sugiere un método para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que él experimentó en su vida: la angustia, la persecución, la espada… (cf 2 Cor 11, 23 ss). Él los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.

Se nos invita a hacer como él: a mirar nuestra vida, tal como ésta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden allí, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto físico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.

Desde su vida personal, el Apóstol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 37-39). Observa “su” mundo, con los poderes que lo hacían amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infundían tanto terror al hombre antiguo.

Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La “altura” y la “profundidad”, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente pequeño abajo, el universo y el átomo. Todo está dispuesto a aplastarnos; el hombre es débil y está solo, en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador a raíz de los descubrimientos científicos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos está demostrando dramáticamente el caso de los reactores atómicos de Fukushima.

Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es más fuerte que todo. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

 

P. Raniero Cantalamessa

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[1] Aristóteles, Metafísica, XII, 7, 1072b.

[2] S. Agustín, Tratados sobre la Primera Carta de Juan, 7, 4.

[3] S. Agustín, De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.

[4] Cf. S. Kierkegaard, Disursos edificantes en diverso espíritu, 3: El Evangelio del sufrimiento, IV.

[5] Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana, 2011, p. 93.

[6] Séneca, De Providentia, 2, 5 s.

[7] Duns Scoto, Opus Oxoniense, I,d.17, q.3, n.31; Rep., II, d.27, q. un., n.3

[8] Evangelium veritatis (de los Códigos de Nag-Hammadi).

[9] Cf. S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, estrofa 38.

[10] C.S. Lewis, The Screwtape Letters, 1942, cap. XIX; trad. it. Le lettere di Berlicche, Milán, Mondadori, 1998

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Prioridades

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 10, 2012


Una de las verdaderas causas de estrés es el no darle, en nuestras mentes, la importancia que tienen las cosas, las circunstancias y las personas en nuestras vidas.

Con frecuencia, por ejemplo, anteponemos cosas superfluas a las trascendentales o les damos más interés a circunstancias secundarias o le dedicamos más tiempo a personas menos allegadas que a los seres queridos…

Se da también el caso de quienes tienen una desavenencia con un amigo, y no valoran el apoyo que recibe en su propio hogar.

Hay quienes se amargan el día porque no pueden ir a tomarse unos tragos y departir con sus amigos, pues los requieren asuntos de trabajo o familiares

Otros se angustian mucho ante la inminencia de una dificultad económica, pero olvidan que lo más importante —su salud espiritual, psicológica y biológica— está bien.

Por otra parte, es común observar cuánto se pierde diariamente al dedicar tiempo y esfuerzos a cosas triviales, dejando de lado las cosas que nos harían realmente felices.

Y todo esto obedece a que no tenemos ordenadas las ideas.

Lo más importante en un ser humano es que posee un alma espiritual, que está destinado a ser eternamente feliz; que esta vida es un paso, «una mala noche en una mala posada», como dijo santa Teresa de Ávila. Por lo tanto, la mejor inversión (de tiempo, de esfuerzo, de dedicación) es la que se haga para lograr esa trascendental meta.

En segundo lugar está la familia, sus seres queridos: el amor que logre construir. Con ese empuje e inspiración podrá proyectar ideales altos y soportará cualquier penalidad.

Luego, es necesaria la salud. Con ella se puede trabajar y dar el máximo de las capacidades para llegar a ver hechas realidad las metas que se proponga.

Después de estas preferencias están las otras personas, circunstancias y cosas de la vida de un ser humano.

Como resumen, el siguiente cuadro podrá servir para ordenar la vida humana por prioridades y, sobre todo, para elegir en cuál área trabajar primero para forjar nuestro bienestar:

 

  1. Mi salvación eterna y la de mis seres queridos
  2. Mi relación con mis seres queridos
  3. Mi salud y la de mis seres queridos
  4. Mis necesidades materiales
  5. Mis relaciones con los otros familiares
  6. Mis amistades
  7. Mis gustos personales

 

Confronte con su propia vida las cosas que de esta lista ya posee, las que necesita mejorar o reforzar y las que le hace falta implementar. Y comience hoy mismo.

Póngase metas diarias, semanales, mensuales y anuales; revise a diario cómo va el mejor negocio de su vida: su propia felicidad.

 

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Letanías de la Pasión*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2012

 

Señor, ten piedad de nosotros. Jesucristo, ten piedad de nosotros.

Señor, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.

Jesucristo, óyenos. Jesucristo, escúchanos.

 

Dios, Padre celestial, ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.

Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.

Dios Santo, trino y uno, ten piedad de nosotros.

 

Jesús, Rey de la gloria, entrando en Jerusalén para consumar la obra de la redención, ten piedad de nosotros.

Jesús, postrado ante tu Padre en el Huerto de los Olivos, cubierto con los crímenes del mundo entero, ten piedad de nosotros.

Jesús, abrumado de tristeza, puesto en agonía y sumergido en un océano de dolores, ten piedad de nosotros.

Jesús, que sudaste sangre en abundancia por todos los po­ros de tu cuerpo, ten piedad de nosotros.

Jesús, entregado por un apóstol pérfido y vendido a vil precio como un esclavo, ten piedad de nosotros.

Jesús, arrastrado por las calles de Jerusalén y cargado de maldiciones,

Jesús, injustamente acusado y condenado, ten piedad de nosotros.

Jesús, saturado de oprobios, manchado de esputos, herido de bofetadas, ten piedad de nosotros.

Jesús, vestido con traje afrentoso y tratado de loco por la corte de Heredes, ten piedad de nosotros.

Jesús, azotado, desgarrado a golpes y bañado en la propia Sangre, ten piedad de nosotros.

Jesús, coronado de agudísimas espinas, ten piedad de nosotros.

Jesús, tratado como rey de farsa, ten piedad de nosotros.

Jesús, comparado con un criminal insigne a quien fuiste pospuesto, ten piedad de nosotros.

Jesús, entregado a Pilatos por el encono de tus enemi­gos, ten piedad de nosotros.

Jesús, agotado de dolores y desfalleciendo bajo el peso de la cruz, ten piedad de nosotros.

Jesús, puesto en cruz entre dos malhechores, ten piedad de nosotros.

Jesús, lleno de mansedumbre con los que te daban a beber hiel y vinagre, ten piedad de nosotros.

Jesús, que rezabas por los verdugos y los defendías ante tu Padre, ten piedad de nosotros.

Jesús, muerto en la cruz por amor nuestro, ten piedad de nosotros.

 

Senos propicio, perdónanos, Señor.

Senos propicio, escúchanos, Señor.

 

De todo pecado, líbranos, Señor.

De una mala muerte, líbranos, Señor.

De la condenación eterna, líbranos, Señor.

Por tu agonía y sudor de sangre, líbranos, Señor.

Por tu cruel flagelación, líbranos, Señor.

Por tu corona de espinas, líbranos, Señor.

Por tus cinco llagas, líbranos, Señor.

Por tu muerte, líbranos, Señor.

Por tu resurrección, líbranos, Señor.

En el día del juicio, líbranos, Señor.

 

Pecadores como somos, te rogamos que nos oigas.

Para que por tu Pasión aprendamos a conocer la enor­midad del pecado, por cuya causa has padecido, te rogamos que nos oigas.

Para que con la memoria de tus dolores y padeci­mientos soportemos con resignación las penas, las tribu­laciones, las enfermedades, te rogamos que nos oigas.

Para que de tu mano recibamos sin quejarnos humilla­ciones, desprecios, ofensas y persecuciones, te rogamos que nos oigas.

Para que a tu ejemplo soportemos los falsos testimo­nios y críticas injustas, te rogamos que nos oigas.

Para que, por la virtud de la santa Cruz triunfemos del demonio, del mundo y de la carne, te rogamos que nos oigas.

Para que pensemos con frecuencia, amor y agradecimiento en la Pasión, te rogamos que nos oigas.

Para que en la hora de la muerte nos fortalezcas por tu Pasión y muerte, te rogamos que nos oigas.

Para que por los méritos de tu cruz nos lleves a la gloria eterna, te rogamos que nos oigas.

 

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

 

Jesucristo, óyenos. Jesucristo, óyenos.

Jesucristo, escúchanos. Jesucristo, escúchanos.

 

–        Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

–        Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Señor, Jesús, que habiendo bajado del cielo, del seno del Padre, derramaste tu preciosa Sangre en remisión de nuestros pecados; humildemente te suplicamos que en el día del juicio estemos a tu derecha y merezcamos oír de tu boca estas palabras: “Venid, benditos de mi Padre”. Así sea.

 

 

 

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