Hacia la unión con Dios

Las manifestaciones sobrenaturales*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 17, 2012

La Fe es la virtud teologal que nos hace creer firmemente en todo lo que decimos en el Credo y en todo lo que contiene el Catecismo de la Iglesia Católica. Creemos —por ejemplo— en Dios, a pesar de que no lo veamos, no lo oigamos, no lo sintamos. La Fe deja de ser Fe cuando vemos a Dios, cuando lo oímos, cuando lo sentimos.

Según san Pablo de la Cruz[1], las manifestaciones sobrenaturales que hace Dios (locuciones, visiones, olores, revelaciones, sentimientos, sueños y otros) dejan siempre 5 resultados:

  1. Una concepción de la inmensidad de Dios, de su grandeza: su infinita belleza, su infinita bondad, su infinita sabiduría, su infinito amor…
  2. Una concepción de nuestra pequeñez, de nuestra pobreza, de nuestra condición de pecadores. El alma se hace consciente de que sin Dios es nada, no tiene nada, no vale nada, no puede nada.
  3. Una paz duradera.
  4. No querer compartir la experiencia con nadie.
  5. Una sensación de no poder entender ni explicar el fenómeno del todo (las cosas de Dios son incomprensibles e inefables: cuanto más lo sean, tanto más seguro es que son de Dios).

Además, aunque no siempre pero sí es muy frecuente, se presenta el deseo vehemente de participar de la Cruz de Nuestro Señor, sufriendo cuanto se pueda, por el amor tan grande que se siente por Él, por saber que somos nosotros quienes nos merecíamos el dolor que Él soportó, por no querer dejarlo solo con su sufrimiento, por el deseo de salvar almas…

Por el contrario, la paz que el demonio imprime es pasajera y las almas sienten cierta satisfacción oculta por ser beneficiarios de tales regalos espirituales, lo cual es soberbia de la más refinada.

Estos temas fueron tratados con profundidad por san Juan de la Cruz. Él los clasifica como sentidos exteriores y sentidos interiores:

Los sentidos exteriores[2] consisten en ver, oír, oler, gustar y tocar cosas extraordinarias. Con el primer sentido, por ejemplo, se ven figuras, personajes, santos, ángeles, etc.; también se pueden oír palabras de estos personajes o palabras que no se sabe quién las dice; a veces se sienten olores suavísimos que no se sabe de dónde provienen; aparecen sabores suaves y tactos de gran deleite (llamados por algunos «unción del espíritu»)…

Aunque estos sentidos exteriores pueden provenir de Dios, nunca se debe asegurar que así sea ni se deben admitir ni aceptar; antes, por el contrario, se debe huir de las comunicaciones o conocimientos que lleguen por estas vías, pues por el hecho de que son externas, muy poca certeza hay de que vengan de Dios, ya que es más propia de Dios la comunicación a través del espíritu que a través del sentido corporal.

Además, hay mucho peligro de engaño cuando la comunicación viene por el sentido, pues el sentido corporal se hace juez de ellas pensando que son así, como las siente; y debe saberse que el sentido corporal es más ignorante en las cosas espirituales que un animal en las cosas racionales.

Otra cosa que sucede es que lo que se experimenta con los sentidos tiene el peligro de inducir a disminuir la Fe, ya que el alma se acostumbra a apoyarse más en esas experiencias. También existe para el alma el riesgo de engolosinarse en esas cosas y de no poder volar así hacia las cosas del espíritu.

Existe otro peligro adicional, que es que el alma, al recibir y aceptar estas cosas extraordinarias, puede llegar a sentirse algo delante de Dios, lo cual no es humildad, virtud indispensable para el crecimiento espiritual.

Por otra parte, el demonio aprovecha con frecuencia la oportunidad para producir en el alma cosas parecidas a esas visiones o a esos olores, etc., las cuales disfraza y disimula con gran sagacidad, pues puede «transfigurarse en ángel de luz»[3], y dañar el camino hacia Dios.

Por último, recuérdese que si el alma no está desnuda de estas comunicaciones, estará totalmente impedida para avanzar espiritualmente.

Los sentidos interiores[4] son la imaginación y la fantasía naturales. La primera reflexiona imaginando; la segunda, forma la imaginación fantaseando. He aquí unos ejemplos: imaginar a Cristo crucificado, en la flagelación o en otro momento de su vida; o imaginar a Dios con gran majestad en un trono; considerar su gloria como una gran luz, etc. O también, de modo semejante, otras cosas divinas o humanas.

Es mejor evitar estas cosas por las siguientes razones:

Así como un ciego de nacimiento no puede comprender los colores, por más imágenes que les fabriquemos, la imaginación no puede fabricar cosas distintas a las que conoce por los sentidos. Menos podrá imaginar a Dios, por más pensamientos elevados haga de Él, puesto que las criaturas son infinitamente inferiores, sean cosas o personas. Un fuego o un resplandor hermoso, por ejemplo, está muy lejos de la realidad divina.

Mientras los principiantes necesitan de estas imaginaciones y fantasías para irse enamorando de Dios y llenando su alma, los aprovechados no utilizan esos medios remotos para unirse con Dios: pasando por la noche oscura del sentido van aprendiendo a ir directamente a Dios, concentrando la atención en Él, de modo amoroso, en una quietud en la que no cabe la imaginación.

Por eso, el alma debe aprender a estar fija la atención en Dios, aun cuando no pueda meditar; sosegado el entendimiento, aunque le parezca que no hace nada; porque así, poco a poco, se infundirá en su alma sosiego y paz divinos con admirables y elevadas comunicaciones de Dios, envueltas en amor divino.

Sin embargo, debe hacerse una aclaración: al alma le es imposible recorrer este camino por sí misma; es necesario que, además del esfuerzo personal para erradicar esos defectos y errores, Dios la introduzca en esta noche oscura del sentido, y la lleve de la mano al nivel de los aprovechados. Eso mismo hará cuando, más adelante, conduzca a los aprovechados por la noche oscura del espíritu al nivel de los perfectos.

Todo esto nos enseña que los aprovechados ya tienen una Fe más pura: no se fían de esas experiencias, sino creen, a pesar de no ver, oír, oler, sentir, etc. Tienen una Fe desnuda, sin ataduras; ya son más maduros, aunque no «sientan» a Dios, saben que Él está ahí, siempre junto a ellos, que los ama entrañablemente y que, si los deja pasar por un mal momento, es para su bien. Aceptan la Voluntad de Dios; es más: la aman con todas sus fuerzas.


[1] San Pablo de la Cruz, Vivencia de Cristo Paciente, clásicos de espiritualidad, BAC, Madrid, España, 2000

[2] Cf. San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, 2, 11.

[3] 2Co 11, 14.

[4] Cf. San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, 2, 12.

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