Hacia la unión con Dios

Viviendo el momento presente*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 26, 2012

El pasado ya no te pertenece; el futuro está en las manos de Dios.

Lo que cuenta es el momento presente, la hora, el instante que estás viviendo.

Y, sin embargo, este instante difícilmente se vive a pleno rendimiento, porque se pasa el tiempo en lamentaciones por la vida pasada o llenos de preocupaciones por la que ha de venir.

¡El pasado! Cuando, al resplandor de una madurez más sabia y reflexiva, se te ocurre pensar en tus errores de la vida pasada, se apodera de ti una sensación de angustia y de temor. Todo te parece inútil y la vida se te muestra irreparable­mente manchada.

¡Cuánto te gustaría haberte comportado de otra manera! ¡Cómo te repugnan aquellas acciones! ¡Cómo te parece que has malgastado totalmente muchas energías! ¡Si pudieras volver sobre tus pasos! Este es el sufrimiento de todos, porque todos tenemos un pasado.

Amigo que sufres, no olvides que el recuerdo punzante de tu vida ya pasada puede convertirse —y de hecho se con­vierte— en uno de los obstáculos más graves para la serenidad de tu vida y para la santificación del momento presente, que es lo que nos interesa. Por eso, ya no debes pensar más en el pasado.

Aleja el recuerdo como una tentación.

También el porvenir nos causa preocupaciones perjudiciales.

Un dicho popular nos advierte que “debemos vendarnos la cabeza solamente cuando esté rota”. Si nos adentramos en el laberinto de las combinaciones posibles en que podemos encontrarnos, ¿adonde iremos a parar?

Jesús ha querido quitarnos toda preocu­pación, asegurándonos que nuestro Padre celestial pro­vee por su parte a todas nuestras necesidades. Efectivamente, dijo:

“Por eso les digo: No se inquieten por la vida, pensando qué van a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. Porque la vida vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido. Fíjense en los pájaros: no siembran ni cosechan, no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que los pájaros! Fíjense en los lirios: no hilan ni tejen; sin embargo, les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana es echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! Tampoco tienen que preocuparse por lo que van a comer o beber; no se inquieten, porque son los paganos de este mundo los que van detrás de esas cosas. El Padre sabe que ustedes las necesitan. Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura. (Mt 6, 25-33)

Deja sólo a los que no creen la preocupación del mañana. Nosotros, pobres, pequeños seres, semejantes a la hierba que se mece en el prado hoy y mañana será cortada, debemos limitarnos, ha dicho Jesús, a pensar exclusivamente en el día de hoy: “bástale a cada día su afán” (Mt 6, 34).

Todas las dificultades, las dudas, los temores, los remordimientos de cualquier clase y gravedad, deberían servir únicamente, según las disposiciones soberanas de la Providencia divina (el cuidado de Dios sobre nosotros), para hacernos perder toda con­fianza en nosotros mismos y despertar en nosotros una ilimitada confianza en Él, cuya bondad y poder superan todas nuestras miserias y todos nuestros cálculos. Por tanto, ¿qué podemos temer? Bástale a cada día su congoja, su dolor, su lucha.

Lo importante es llegar a la certeza de que Él nos ama, nos salva, nos guía en todo cuanto nos acontece. Y que nosotros podemos y debemos sencillamente creer en este Amor, fiándonos ciegamente de sus disposiciones adorables.

Para nuestro afán de hoy existe una Providencia par­ticular, suficiente, proporcionada. Para nuestra preocupación de mañana estará presente, de igual manera, otra Providencia particular, suficiente, proporcionada. No sabemos qué sucederá mañana; pero estamos seguros de que, suceda lo que suceda, contaremos con la ayuda que necesitamos.

Es necesario, por consiguiente, vivir al día. Es preciso vivir con serenidad imperturbable: el futuro está en las manos de Dios. El proveerá, como lo hizo abundantemente ayer, como lo está haciendo hoy. La jornada presente es, a fin de cuentas, muy poca cosa y fácilmente superable. Y lo será también la de mañana, con la ayuda de Aquel, que antes de determinar la cruz que ha de ser llevada, se preocupa de saber la capacidad real de cada una de sus criaturas.

Aceptemos, pues, el día de hoy tal y como se nos presenta, tal y como Él nos lo ha preparado. No te detengas en imaginar lo que habrías podido hacer.

Aprende a gustar cada una de las pequeñas y gran­des alegrías que el presente te reserva. La vida no está solamente rociada de amarguras, sino también de una serie ilimitada de pequeñas y grandes satisfacciones.

Las grandes alegrías aceleran por un momento el palpi­tar de la vida. Son las pequeñas alegrías las que resultan más preciosas, más suaves, más sabrosas.

Ninguna vida tiene un camino tan duro y pedregoso que no produzca alguna pequeña flor de alegría. Pero con frecuencia la vista se ofusca y no es capaz de verla y el corazón, que está enfermo, en vez de preocuparse de ella, se consume en el ansia febril de las grandes emociones soñadas para un futuro que, tal vez, no llegará jamás.

El secreto de la vida radica en saber revestir de una apariencia bella y preciosa las pobres cosas que posee­mos en el instante presente.

Aprovechemos, vivamos, iluminemos el instante presente, que para nosotros es la manifestación de la presencia divina y es tan preciosa como Dios mismo.

Extractado del libro: Para sufrir menos… Para sufrir mejor

Autor: Novello Pederzini

Editorial católica: Sin Fronteras

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