Hacia la unión con Dios

El Evangelio del sufrimiento*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2012

CONFERENCIA DEL CARD. SARAIVA MARTINS
SOBRE EL TEMA «EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO
EN EL MAGISTERIO DE JUAN PABLO II»

Sábado 13 de diciembre de 2003
San Giovanni Rotondo (Foggia, Italia)  


Desde niño, el Santo Padre experimentó el sufrimiento. Tal vez lo sintió por primera vez de modo intenso con la muerte prematura de su madre. La segunda guerra mundial y la pobreza, así como la dura situación creada por el comunismo que dominaba en Polonia, formaron al joven Karol en la dura «escuela del sacrificio y del dolor»[1]. Él mismo, con ocasión de su 50° aniversario de ordenación sacerdotal, escribió:  
«Para evitar la deportación a trabajos forzados en Alemania, en el otoño de 1940 empecé a trabajar como obrero en una cantera de piedra vinculada a la fábrica química Solvay. (…) Estaba presente cuando, durante el estallido de una carga de dinamita, las piedras golpearon a un obrero y lo mataron. Quedé profundamente desconcertado:  “Levantaron el cuerpo, en silencio avanzaban. Abatidos, sentían en todos el agravio…”»[2].

Pero el sufrimiento en los años juveniles del Santo Padre se confirmó también en su fuerza salvífica de realidad generadora de vida. Precisamente a propósito de su opción por la vocación sacerdotal, se expresó así: «…mi sacerdocio, ya desde su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generación. La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso, es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal. De algún modo, me han introducido en este camino, mostrándome en la dimensión del sacrificio la verdad más profunda y esencial del sacerdocio de Cristo»[3].

En esa misma línea, su pontificado quedó pronto marcado por una impronta muy particular. El 13 de mayo de 1981, alrededor de las cinco de la tarde, mientras recorría la plaza de San Pedro para saludar a los fieles, lo hirió gravemente un tiro disparado por la pistola del terrorista turco Alí Agca. Mientras desde toda la Iglesia se elevaban oraciones al Señor para obtener la salvación de la vida del Vicario de Cristo, en Polonia otro gran pastor, el siervo de Dios cardenal Wyszynski, se encontraba muy enfermo, casi en agonía. Había predicho al nuevo Pontífice que llevaría a la Iglesia al nuevo milenio. Precisamente mientras el Obispo de Roma se hallaba internado en un hospital, el cardenal Wyszynski moría, el 28 de mayo de 1981.

Estos episodios marcaron profundamente el pontificado de Juan Pablo II, hasta el punto de que, una vez restablecido, en cuanto su salud se lo permitió, emprendió el proyecto de una carta apostólica dedicada al sentido cristiano del sufrimiento humano. Así vio la luz la «Salvifici doloris», firmada por el Sumo Pontífice el 11 de febrero de 1984. Se trataba de un documento programático, esclarecedor, elaborado en unos tiempos en que el consumismo y las doctrinas ateas corrían el riesgo de influir fuertemente en la vida de los creyentes e incluso en la enseñanza de los que tenían la misión de formar al pueblo de Dios.

El sufrimiento en la enseñanza del Santo Padre:  «Salvifici doloris» 

En la introducción de la carta apostólica, el Santo Padre recuerda a todos las sorprendentes palabras de san Pablo a los Colosenses:  «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Las tribulaciones de Cristo, hombre-Dios, de valor infinito, no necesitan otros sufrimientos para salvar, pues constituyen la única causa de salvación para todos. El poder ilimitado de sus sufrimientos confiere lo que falta a las tribulaciones de todo hombre que sufre. Sin embargo, es necesario aprovechar los dones que produce la cruz de Cristo. Jesús, por decirlo así, ha preparado un banquete, en el que no falta ningún manjar; lo único que falta es que cada uno ocupe su lugar en la mesa y consuma los manjares preparados también para él. El convidado, ataviado con los sufrimientos que Dios mismo da a cada uno como vestido, completa la mesa.

Cristo salva por medio de la muerte de su cuerpo de carne; el hombre es salvado y ayuda a salvar con las tribulaciones de Cristo, el cual ofrece a cada uno el don de sufrir como él y con él, a fin de seguir salvando en él, también mediante el sufrimiento de su propia carne. Los sufrimientos del cristiano, vividos juntamente con las tribulaciones de Cristo, permiten donar los beneficios de Cristo a su Cuerpo místico. Así pues, la Iglesia no sólo es el Cuerpo de Cristo salvado por los sufrimientos del hombre-Dios; también es su Cuerpo místico, que sigue salvando al mundo mediante los sufrimientos de sus miembros. Estos completan así, por vocación recibida del Señor, las tribulaciones de Cristo.

Como escribí en el libro La Iglesia en el alba del tercer milenio, «al añadir el adjetivo místico al Cuerpo de Cristo, se quiere subrayar, sin poner en duda su visibilidad, la dimensión espiritual y visible de la Iglesia. Se indica que, bajo la forma de una comunidad humana, se oculta una realidad divina que no se puede captar mediante una experiencia sensible sino sólo por la fe. Se afirma que, además de tener, como cualquier otra forma de asociación humana, una finalidad e intereses comunes a todos los miembros, la Iglesia está animada por la Gracia divina, la cual, por voluntad de Dios, se ha revestido de elementos sensibles en una comunidad de creyentes, haciéndose accesible, por medio de ella, a la experiencia de los hombres»[4].

En este sentido, la redención de Jesús, realizada de forma completa «en virtud de su amor satisfactorio, permanece constantemente abierta a todo amor que se manifiesta en el sufrimiento humano»[5]. En la dimensión del amor, la redención, ya realizada plenamente, en cierto sentido se realiza constantemente.

Impresionan profundamente las palabras del Santo Padre sobre el valor del sufrimiento, cuando afirma que «parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar»[6]. De este modo, «cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo»[7].

El sufrimiento en el magisterio vivo del Santo Padre 

Durante el Ángelus del 29 de mayo de 1994, al volver al Vaticano después de haber estado internado algunas semanas en el hospital policlínico Gemelli de Roma, el Santo Padre hizo una importante referencia al sufrimiento, recordando los momentos de dolor y consternación que habían acompañado al atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981:

«Por medio de María quisiera expresar hoy mi gratitud por este don del sufrimiento, asociado nuevamente al mes mariano de mayo. Quiero agradecer este don. He comprendido que es un don necesario. El Papa debía estar en el hospital policlínico Gemelli; debía estar ausente de esta ventana durante cuatro semanas, cuatro domingos; del mismo modo que sufrió hace trece años, debía sufrir también este año.

»He meditado, he vuelto a pensar en todo esto durante mi hospitalización. Y he reencontrado a mi lado la gran figura del cardenal Wyszynski (…). Al comienzo de mi pontificado, me dijo:  “Si el Señor te ha llamado, debes llevar a la Iglesia hasta el tercer milenio”. (…) Y he comprendido que debo llevar a la Iglesia de Cristo hasta este tercer milenio con la oración, con diversas iniciativas, pero he visto que eso no basta:  necesitaba llevarla con el sufrimiento, con el atentado de hace trece años y con este nuevo sacrificio. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en este año? ¿Por qué en este Año de la familia? Precisamente porque se amenaza a la familia, porque se la ataca. El Papa debe ser atacado, el Papa debe sufrir, para que todas las familias y el mundo entero vean que hay un evangelio -podría decir- superior:  el evangelio del sufrimiento, con el que hay que preparar el futuro, el tercer milenio de las familias, de todas las familias y de cada familia.

»Quería añadir estas reflexiones en mi primer encuentro con vosotros, queridos romanos y peregrinos, al final de este mes mariano, porque debo este don del sufrimiento a la santísima Virgen, y se lo agradezco. Comprendo que era importante tener este argumento ante los poderosos del mundo. Tengo que encontrarme nuevamente con los poderosos del mundo y tengo que hablar. ¿Con cuáles argumentos? Me queda este argumento del sufrimiento. Y quisiera decirles:  comprended, comprended por qué el Papa ha estado nuevamente en el hospital, por qué ha sufrido nuevamente, comprendedlo, pensad una vez más en ello»[8].

Realmente, esta alocución del Papa tiene el tono de una profecía. El evangelio del sufrimiento en el magisterio de Juan Pablo II no ha sido simplemente un capítulo de una carta apostólica; no sólo ha sido un párrafo de un documento oficial. Ha sido mucho más:  se ha convertido en carne y sangre en la persona misma del Sumo Pontífice; se ha transformado en magisterio vivo. Él lo ha anunciado en su preocupación por el mundo, atormentado por guerras y por la sordera ante sus incansables llamamientos a la paz; en él se ha convertido en labor misionera al contacto con los dramas del pueblo de Dios, al que ha sabido hablar de esperanza.

Pero ha proclamado, de una forma clara y fuerte, el evangelio «superior» del sufrimiento con sus mismos sufrimientos físicos, con la cruz de la enfermedad vivida valientemente y sin descuentos a su mandato de Pastor de la Iglesia universal, «usque ad sanguinis effusionem»[9]. Tal vez sólo hoy comprendemos el lenguaje arcano que usa Dios, dotando el anuncio del Papa con el nuevo «argumento del sufrimiento». Así ha hecho a su servidor aún más elocuente, más semejante a su Hijo unigénito, como hace siempre con aquellos que lo aman totalmente. Así hizo con san Pío de Pietrelcina, a quien donó durante cincuenta y ocho años los signos de su configuración con Cristo; y así ha hecho con Juan Pablo II, transformando un hombre excepcional en un imitador fiel de Cristo crucificado y resucitado.

Ante sus pasos cansados, pero tenaces; ante sus palabras sufridas, pero obstinadamente veraces, también el mundo calla y aprende. «El Papa debía sufrir», dijo el 29 de mayo de 1994 tal vez porque, cuando todas las palabras se agotan, cuando todos los llamamientos resultan ineficaces, sólo la cruz logra abrir brecha en la obstinación del corazón humano engangrenado por el odio y el egoísmo.

Para llevar a la Iglesia hasta el tercer milenio y acompañarla en él, no bastan las iniciativas, incluidas las más geniales; ni siquiera basta la oración. Hace falta el sufrimiento de los hijos de Dios, las tribulaciones de los santos, el dolor del Vicario de Cristo y de «todos los que sufren con Cristo, uniendo los propios sufrimientos humanos a su sufrimiento salvador»[10].

El sufrimiento y el rosario

Al final del año 2003, dedicado por el Santo Padre al rezo del rosario, tan grato a María, no podemos por menos de recordar que el rosario constituye el equipo indispensable de quien quiere aprender «el sentido del dolor salvífico»[11]. En Oristano, el 18 de octubre de 1985, el Papa afirmó:  «Os exhorto vivamente a vosotros, los enfermos (…), a rezar cada día el santo rosario a la Virgen. Puesto que la salud es un bien, que forma parte del proyecto primitivo de la creación, rezar el rosario por los enfermos y con los enfermos, a fin de que puedan curarse o al menos lograr alivio a sus males, es una obra exquisitamente humana y cristiana. (…) Y cuando la enfermedad dura y el sufrimiento permanece, el rosario nos recuerda también que la redención de la humanidad se realiza por medio de la cruz. (…) Vale más el sufrimiento silencioso y escondido de un enfermo, que el ruido de muchas discusiones y protestas. (…) Y este es también el mensaje confiado por la Virgen de Fátima a los tres jovencitos:  el sufrimiento y el rosario por la Iglesia y por los pecadores»[12]. Los sencillos, incluso los niños[13] como los beatos Francisco y Jacinta Marto[14], han sido invitados «a ofrecer los terribles dolores que los afligen con espíritu de penitencia por la conversión de los pecadores»[15].

A través del rosario, el cristiano entra en la escuela de María, gran maestra por lo que respecta a la cátedra de la cruz:  «La Virgen de los Dolores, de pie al lado de la cruz, con la silenciosa elocuencia del ejemplo, nos habla del significado del sufrimiento en el plan divino de la redención. Ella fue la primera que supo y quiso participar en el misterio salvífico “asociándose con corazón de Madre al sacrificio de Cristo, uniéndose a él, llena de amor, y dando su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima” (cf. Lumen gentium, 58). Íntimamente enriquecida por esta inefable experiencia, se acerca al que sufre, lo toma de la mano, lo invita a subir con ella al Calvario y a estar de pie ante Cristo crucificado»[16].

Por tanto, el rosario, el sufrimiento y la inocencia se convierten en términos constantemente presentes en las biografías de los enamorados de Dios y en la solicitud pastoral del Papa. El mismo san Pío de Pietrelcina, a quien el Santo Padre quiso canonizar personalmente el 16 de junio de 2002, amó profundamente el rosario, tan grato a María. A un periodista de «Sorella Radio» -transmisión radiofónica de hace algún tiempo en Italia- le prometió rezar cada día el rosario por todos los enfermos del mundo. En continuidad con el mensaje de Fátima, san Pío de Pietrelcina ofreció al Señor todo su ser, todo lo que tenía, por la salvación de numerosos pecadores, viviendo en plenitud una misión que parece tener muchos puntos de contacto con las apariciones a los tres pastorcitos portugueses.

Conclusión 

Jesús, después de sufrir por la redención de todos, donó una Madre a los hombres para educarlos en la escuela del evangelio del sufrimiento, y ofreció al mundo el rosario para confortar a los que sufren y salvar a las almas necesitadas. También nos señaló a san Pío de Pietrelcina, siervo sufriente, y a los santos, como el camino para unirnos a su obra de salvación. Hoy regala a la Iglesia y al mundo la enseñanza y el testimonio del Vicario de Cristo, del enamorado de Dios, del propagador del evangelio del sufrimiento.

La Eucaristía, la Iglesia, María, el rosario, los santos, san Pío de Pietrelcina, el sufrimiento, el hombre en su misterio y con su dignidad de persona:  estos son los grandes amores de Juan Pablo II.


Notas

[1] Padre Pío de Pietrelcina, Epistolario, vol. III, San Giovanni Rotondo 1987, p. 106.

[2] Juan Pablo II, «Don y misterio», BAC, Madrid 1996, pp. 22-23.

[3] Ib., p. 52.

[4] Cardenal José Saraiva Martins, La Chiesa all’alba del terzo millennioRiflessioni teologico-pastorali, Ciudad del Vaticano 2001, p. 18.

[5] Salvifici doloris, 24.

[6] Ib.

[7] Ib.

[8] L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de junio de 1994, p. 4.

[9] Discurso del Santo Padre durante el consistorio ordinario público, 21 de octubre de 2003, n. 3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de octubre de 2003, p. 7.

[10] Salvifici doloris, 26.

[11] Rosarium Virginis Mariae, 25.

[12] Alocución a los enfermos en la catedral de Oristano, n. 2:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de noviembre de 1985, p. 10.

[13] En el testimonio de la muerte prematura de la sierva de Dios María del Pilar Cimadevilla y López-Dóriga, que falleció a los diez años -cuyo caso se estudió recientemente durante un congreso  teológico  en la Congregación para las causas de los santos- se puede descubrir la  misma  asociación entre «rosario, sufrimiento e inocencia» (cf. Congregatio de causis sanctorum, Matriten. Beatificationis et canonizationis servae Dei Mariae a Columna Cimadevilla et López-Dóriga, Relatio et vota congressus peculiaris super virtutibus die 28 octobris anno 2003 habiti, Roma 2003, p. 66).

[14] Son muy importantes las palabras que pronunció el Santo Padre con ocasión del 80° aniversario de las apariciones de la santísima Virgen en Fátima, cuando subrayó que las apariciones marianas de 1917 constituyen uno de los signos de los tiempos, capaz de expresar «un renovado e intenso sentido de solidaridad y mutua dependencia en el Cuerpo místico de Cristo, que va consolidándose en todos los bautizados» (Mensaje del Papa a mons. Serafim de Sousa, obispo de Leiría-Fátima, 1 de octubre de 1997: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de octubre de 1997, p. 2).

[15] Cardenal José Saraiva Martins, «Conclusione del Simposio “Eucaristia, santità e santificazione”», en Congregación para las causas de los santos, Eucaristia: santità e santificazione, Ciudad del Vaticano 2000, p. 364.

[16] Cf. La síntesis del discurso del Papa recogida por Greco, A., Sofferenza ed evangelizzazione nel Magisterio di Giovanni Paolo II, Tarento 1998, pp. 34-35.

Card. José SARAIVA M., c.m.f.
Prefecto de la Congregación para las causas de los santos

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