Hacia la unión con Dios

Archive for 18 octubre 2012

Juzgar o comprender

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 18, 2012

 

Nos hiere profundamente la actitud de muchas personas a través de la cual expresan su desprecio, su interés por mostrar su superioridad sobre nosotros o su absoluta falta de interés en nuestras necesidades. Y a veces no nos quedamos sin hacer algo al respecto: reiteramos que todos ellos merecían una reprensión, y la hacemos o de algún modo la propiciamos.

Y esta actitud la tenemos tanto en el ámbito laboral como en todos los campos de nuestra vida: familia, relaciones sociales, vendedores, trato con dependientes de cualquier empresa… Y así llegamos a ganarnos la animadversión de muchos… Y lo que es peor: no la pasamos muy bien, puesto que con cada evento nos enfadamos o, al menos, sentimos algún disgusto, a pesar de la supuesta satisfacción lograda al haber defendido “mi causa” o “la causa de otros”…

Pero hay un camino hermoso por recorrer:

Así como nosotros mismos tenemos defectos, los demás tienen también —digamos— ese “derecho” a ser defectuosos. Nadie es perfecto. Y, en consecuencia, también ellos tienen derecho a que nosotros seamos capaces de pasar por alto sus errores, así como lo esperamos de ellos.

Los defectos de cada persona tienen sus raíces en causas muy profundas, y que casi todos ellos nacen de carencias afectivas en la primera etapa de la vida: antes de los doce años. En esa etapa de nuestra vida todos necesitamos recibir una dosis suficiente de amor por parte de nuestros padres, y que nuestros padres, porque no la recibieron, no pudieron dárnosla en medida suficiente. Y esto se remonta, generación tras generación, en orden ascendente, quién sabe desde cuando…

Lo peor de esta situación es que en esa época no somos capaces de entender por qué no nos aman suficientemente (ni siquiera tenemos clara esa idea en el cerebro); sólo nos duele…

Y, como somos tan pequeños, no tenemos las herramientas para encarar esa realidad y, mucho menos, darle solución.

Por estas causas, hay miles de personas llenas de agresividad o, por el contrario, de pusilanimidad, simplemente porque no recibieron el amor necesario para que sus vidas —desde el punto de vista afectivo y emocional— se desarrollaran adecuada y normalmente.

La mayoría de ellos tratan de suplir esas carencias afectivas ahogándolas en cuatro actitudes que toman como la razón de ser de sus vidas: el tener, el poder, el placer y/o la fama, tratando de llenar inútilmente con ellas ese vacío (si tienen dinero, acuden a las ciencias de la psicología clínica o la psiquiatría).

Y es por esto que encontramos personas que quieren imponerse de alguna manera sobre los demás (así sea aprovechando que tienen poder para manejar al público), altivos, arrogantes, displicentes, déspotas, despreciadoras, despectivas, desdeñosas, totalmente desinteresadas en los problemas de otros, frías y hasta sin la más mínima cultura para saludar…

¡Pobres seres humanos!: unos tratan de llenar sus vacíos afectivos infantiles con esas actitudes mientras que otros reaccionan agresivamente para ocultar su vulnerabilidad. Sí; porque gritar o emplear la fuerza (física o con palabras) es la mayor muestra de debilidad: el hombre que está seguro de su poder no siente necesidad de demostrarlo. Por eso son dignos de nuestra compasión, no de nuestra reprensión.

Podemos estar por encima de esas lides. Podemos decidir verlos como lo que son: víctimas que lloran porque no recibieron cariño, aunque lloren equivocadamente. Pensemos por un momento: ¿Qué hacemos cuando vemos el berrinche de un niño? ¿No es verdad que no le damos la trascendencia que le damos a la de un adulto? Pues bien: ¿por qué hacemos esta diferencia? Porque no hemos descubierto que entre la actitud infantil de un niño y la de un adulto que no supo cómo solucionar las carencias afectivas de su infancia no hay diferencia: son adultos en el porte, no en el interior. ¡La correcta actitud de un adulto que se siente atacado de alguna manera por estos sufrientes seres es la lástima! Y, tras ella, la comprensión Y después el perdón. ¡Aunque nos estén hiriendo!, pues ya sabemos de qué herida viene su agresión.

Quien comienza a actuar así empieza a descubrir algo maravilloso: que esas agresiones ya no lo hieren tanto, que esos errores ya no le afectan. ¡Se ha comenzado a liberar! Se ha comenzado a curar; ¡y sin medicamentos ni terapias de ninguna clase! Poco a poco empieza a verificar que puede llegar al estado en el que nada lo afecta; como dicen ahora los muchachos: ¡Todo le resbala!

Pensemos: “Si yo hubiera nacido en el hogar en el que nació Hitler, hubiera vivido en sus circunstancias históricas, hubiera tenido los padres y amigos que él tuvo, hubiera sufrido lo que él sufrió, etc., me pregunto: ¿No sería igual o peor que él?” ¿No es verdad que, en su situación, nosotros seríamos peores que esos que nos agreden o nos ignoran y desprecian…? Lo repito: ¡Pobres seres humanos! Necesitan de nuestra comprensión y corremos a corregirlos, sin saber de dónde les vienen todos sus males…

¡Qué serenidad produce el dejar de sentir las agresiones y desprecios que nos hacen! Pero más enriquecedor es acabar con ese deseo de “dejar sentada nuestra posición” ante los demás, de corregir, de reprender, de exigir respeto (cuando sabemos que no pueden darlo). Se reducen —y hasta se acabarían— las disputas acaloradas, y el mundo comenzaría a caminar hacia la paz auténtica: esa que viene de dentro, esa que no se pierde fácilmente, esa que fortalece y da ejemplo.

Finalmente, solo así estableceríamos el cristianismo en el mundo. Jesús dijo: “En esto conocerán que sois mis discípulos: En que os amáis unos a otros. ¿Hay mayor muestra de amor auténtico que comenzar a dejar de juzgar a los demás y comprenderlos?

Muy a menudo los cristianos nos engañamos pensando que es mejor seguidor de Jesús quien va a Misa y ora con frecuencia y, a pesar de eso, no es capaz de entender que los demás tienen razones para equivocarse. No; el verdadero católico es quien va a Misa y ora con frecuencia para llenar su corazón de ese amor divino con el que nunca juzga a los demás, y admite en su mente que, como él, también son seres falibles.

Aunque hayamos recorrido un buen trecho con la gracia de Dios, es posible que todavía nos falte cumplir en ocasiones estos criterios… Pero sé que Dios se complace más con nuestra lucha que con nuestros logros, que en realidad son suyos y no nuestros.

Oremos para que Dios nos dé la gracia de la verdadera pureza de corazón: la absoluta indiferencia a todo lo que no sea amor.

 

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Suicidio, Fe y humildad

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 3, 2012

Hay una íntima relación entre la Fe y la humildad: quien es consciente de su condición de criatura tiene pocas probabilidades de perder la Fe; por el contrario, quien comete el error de subordinar la Fe a la razón —trastrocando la esencia del ser humano— corre el riesgo de ponerse “por encima de las creencias” y llegar hasta establecer la inexistencia de Dios.

Por eso, siempre se ha explicado que el ateo es el menos humilde de los seres humanos, ya que se erige a sí mismo como el principio rector de las cosas, por encima de Dios: no acepta más criterio que el suyo propio.

Y también por eso, la Iglesia enseña que el suicidio es un pecado: Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella.” (Catecismo, 2280). Y los “trastornos psíquicos graves, la angustia, el temor grave de la prueba, el sufrimiento pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (2282), pero no eliminarla. Hubo una época en la que —sin que esta fuera jamás la posición oficial de la Iglesia— casi ningún sacerdote sepultaba cristianamente a un suicida: le negaban las pompas fúnebres a sus deudos, por más tristes que estuvieran y por más insistentes que se mostraran.

En resumen: quien es humilde reconoce a un ser superior, no solamente creador, sino dueño de la vida y rector de todas las criaturas. Y, basados en este criterio, tanto los santos místicos como los padres de la Iglesia han explicitado en sus escritos que al soberbio le queda muy difícil aceptar la Fe. Es por esto que Jesucristo afirmó: “El que crea se salvará. El que no crea se condenará.” (Mc 16, 16). Eso mismo han dicho siempre los santos y los Padres de la Iglesia, como san Policarpo, obispo y mártir: “Cristo ha de venir como juez de vivos y muertos y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en Él” (Flp 3).

Y también por esto la vida es simplemente una prueba de Fe (también es prueba de obediencia y de amor).

Queda, pues, patente que es un error poner la razón por encima de la Fe. Es que, según el mismo Dios, “el conocimiento llena de orgullo”(1Co 8, 1).

Somos simples criaturas a las que no solamente se les dio la razón sino también la Fe —infinitamente superior a la razón— para que alcancemos la dicha eterna, para la cual fuimos creados.

Quien se hace consciente de su condición de criatura, quien es humilde, es capaz de llegar más lejos en el camino de la auténtica felicidad: no se martiriza con dudas ni se pone a estudiar filosofía y religiones para elaborar criterios de vida… Vive en la simplicidad, en la sencillez y en la humildad de quien se sabe pequeño frente al Dios omnipotente, sapientísimo y misericordioso en extremo, que vela por él, que lo ama y que no permite sino lo que le conviene; y no duda del amor divino, porque sabe que Jesucristo demostró ese amor infinito al dar la vida por él. Por eso repite con san Pablo: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga 2, 20).

Así se llega a la conclusión de que es más sabio no tratar de explicar la Fe a través de la razón, pues a la razón le es imposible alcanzar cosas tan elevadas.

Para ser feliz basta asumir —de una vez y para siempre— que Dios existe, que somos simples criaturas y que debemos pasar esta prueba de Fe, de obediencia y de amor.

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Ciclo B, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2012

¿Divorcio?

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble.

Desde siempre se canta el amor exclusivo y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y san Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia: «Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 32).

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

Y, en consecuencia, es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9). «El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6). Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios, y constituye un desprecio a las leyes de Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

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