Hacia la unión con Dios

Suicidio, Fe y humildad

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 3, 2012

Hay una íntima relación entre la Fe y la humildad: quien es consciente de su condición de criatura tiene pocas probabilidades de perder la Fe; por el contrario, quien comete el error de subordinar la Fe a la razón —trastrocando la esencia del ser humano— corre el riesgo de ponerse “por encima de las creencias” y llegar hasta establecer la inexistencia de Dios.

Por eso, siempre se ha explicado que el ateo es el menos humilde de los seres humanos, ya que se erige a sí mismo como el principio rector de las cosas, por encima de Dios: no acepta más criterio que el suyo propio.

Y también por eso, la Iglesia enseña que el suicidio es un pecado: Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella.” (Catecismo, 2280). Y los “trastornos psíquicos graves, la angustia, el temor grave de la prueba, el sufrimiento pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (2282), pero no eliminarla. Hubo una época en la que —sin que esta fuera jamás la posición oficial de la Iglesia— casi ningún sacerdote sepultaba cristianamente a un suicida: le negaban las pompas fúnebres a sus deudos, por más tristes que estuvieran y por más insistentes que se mostraran.

En resumen: quien es humilde reconoce a un ser superior, no solamente creador, sino dueño de la vida y rector de todas las criaturas. Y, basados en este criterio, tanto los santos místicos como los padres de la Iglesia han explicitado en sus escritos que al soberbio le queda muy difícil aceptar la Fe. Es por esto que Jesucristo afirmó: “El que crea se salvará. El que no crea se condenará.” (Mc 16, 16). Eso mismo han dicho siempre los santos y los Padres de la Iglesia, como san Policarpo, obispo y mártir: “Cristo ha de venir como juez de vivos y muertos y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en Él” (Flp 3).

Y también por esto la vida es simplemente una prueba de Fe (también es prueba de obediencia y de amor).

Queda, pues, patente que es un error poner la razón por encima de la Fe. Es que, según el mismo Dios, “el conocimiento llena de orgullo”(1Co 8, 1).

Somos simples criaturas a las que no solamente se les dio la razón sino también la Fe —infinitamente superior a la razón— para que alcancemos la dicha eterna, para la cual fuimos creados.

Quien se hace consciente de su condición de criatura, quien es humilde, es capaz de llegar más lejos en el camino de la auténtica felicidad: no se martiriza con dudas ni se pone a estudiar filosofía y religiones para elaborar criterios de vida… Vive en la simplicidad, en la sencillez y en la humildad de quien se sabe pequeño frente al Dios omnipotente, sapientísimo y misericordioso en extremo, que vela por él, que lo ama y que no permite sino lo que le conviene; y no duda del amor divino, porque sabe que Jesucristo demostró ese amor infinito al dar la vida por él. Por eso repite con san Pablo: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga 2, 20).

Así se llega a la conclusión de que es más sabio no tratar de explicar la Fe a través de la razón, pues a la razón le es imposible alcanzar cosas tan elevadas.

Para ser feliz basta asumir —de una vez y para siempre— que Dios existe, que somos simples criaturas y que debemos pasar esta prueba de Fe, de obediencia y de amor.

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