Hacia la unión con Dios

Ciclo B, XXXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 12, 2012

¿Premio o castigo?

 

Pocas veces pensamos en las postrimerías del hombre: nuestro juicio, el Cielo, el Infierno y el Purgatorio.

Al final del año litúrgico, la Iglesia nos pone de presente estas ineludibles realidades, para que pensemos en ellas. Nos estamos preparando para lo que pueda pasar, para lo eventual: tenemos seguro médico, seguro de accidentes, seguro para proteger el carro o la casa de un robo, seguro de estudios, seguro de incendio, seguro de terremoto, en fin, seguro para todo. Y nada de eso es seguro: no es seguro que nos enfermemos, que tengamos un accidente, que nos estrellemos en nuestro carro o que nos roben…

Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Habrá premio y habrá castigo: el profeta Daniel nos lo dice hoy: muchos se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.

Jesús, como lo dice hoy la Carta a los Hebreos, ha ofrecido por los pecados un solo sacrificio, y presentó a los hombres el camino de la salvación. Quienes se acojan a su bondad, y aprovechen ese sacrificio, mediante una sola oblación serán llevados a la perfección para siempre: serán santificados.

Y, ¿cómo debemos acogernos a su bondad?

Cumpliendo los mandamientos, aprovechando los Sacramentos y haciendo oración. Solo quienes hagan esto serán los elegidos que se congregarán desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte. Y serán eternamente felices.

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