Hacia la unión con Dios

Los cuatro sentidos de la Sagrada Escritura*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 18, 2013

Los cuatro sentidos de la Sagrada Escritura[1]

Los santos Padres de la Iglesia nos han dejado cuatro claves para desentrañar toda la riqueza de la Sagrada Escritura. A pesar de la diversidad de vocabulario, podemos precisar así los cuatro sentidos de la Sagrada Escritura.

 

El sentido literal: leer los textos en su sentido más obvio. A veces la respuesta de Dios pasa, sin más, por esa lectura directa que dicen las palabras.

 

El sentido (o inteligencia) espiritual: bajo el influjo del Espíritu Santo, se penetra en el espíritu del texto, se deja el sentido «carnal» por el «alegórico[2]», como se lo sigue llamando todavía. Es un sentido cargado de fe en Cristo y que nos hace comprender cómo toda la Escritura se cumple en el Nuevo Testamento. Es un «pasar hacia Cristo», una conversión inacabada. Hablando de la roca del desierto en la que los israelitas saciaron su sed, san Pablo afirma: «Y esa roca era Cristo» (1Co 10, 4).

De la contemplación de Cristo y de su Iglesia podemos sacar una norma de vida cristiana. En su sentido moral, la Escritura nos dice lo que debemos hacer y cómo debemos comportarnos. «Estas cosas sucedieron en figura para nosotros […] No seáis idólatras, como algunos de ellos.» (1Co 10, 6-7)

Finalmente, el sentido más profundo es el sentido místico, que nos lleva a ver en los textos de la Sagrada Escritura una evocación de las realidades celestiales y de las cosas de la vida futura que esperamos. Este sentido nos eleva hacia lo alto; de ahí el nombre que ha recibido: «sentido anagógico[3]». De este sentido se ha podido decir que es una inteligencia «angélica» de la Sagrada Escritura. Partiendo de las realidades de aquí abajo, se descubren las de la Jerusalén celestial, y podemos contemplar (como por una fisura) los misterios divinos. El espíritu recibe como un soplo de eternidad.

Para una escucha de esta plenitud, hay que hacer la lectura en una calma contemplativa, que excluya toda precipitación. Algo muy distinto de los hábitos de lectura de hoy. Lectura lenta, intercalando en ella momentos de pausa.

A veces transcribir un texto, escribiéndolo uno mismo, a mano, puede ayudar a una lectura más lenta. Los antiguos monjes solían hacerlo así cuando aún no existía la imprenta.


[1] Cf. Padre J. M. Dumortier. Artículo de la revista: Orar, modos de ayer y de hoy, Nº 34, traducción: padre Manuel Ordoñez, Editorial Monte Carmelo, Burgos, España.

[2] Ficción en virtud de la cual una cosa representa o significa otra diferente.

[3] Sentido místico de la Sagrada Escritura, encaminado a dar idea de la bienaventuranza eterna.

Elevación y enajenación del alma en la contemplación de las cosas divinas.

 

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