Hacia la unión con Dios

Alberto de Jerusalén, septiembre 17

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 8, 2013

 

San Alberto de JerusalénSu vida

No es carmelita en sentido estricto, pero sí lo celebra la Orden del Carmen con toda propiedad como a hijo querido por haber sido su Legislador.

Nació en Castel Gualtien, diócesis de Reggio Emilia, Italia, a mediados del siglo XII, de la familia Avogadro o de los condes Sabbioneta.

En 1180 fue elegido Prior de los Canónigos Regulares de Santa Cruz de Mortara, Pavía. En 1184 es elegido obispo de Bobbio y, al año siguiente, de Vercelli, diócesis que gobernó por espacio de veinte años.

Durante este tiempo desempeñó, con gran acierto, delicadas misiones nacionales e internacionales, encargado por papas y emperadores. Todos acudían a él, sabedores de su prudencia, firmeza e independencia.

Fue lo que suele llamarse “experto árbitro” de los más intrincados litigios que tenían relación con la Iglesia.

Dadas sus cualidades y mirando el bien de la Iglesia universal, el Papa Inocencio III lo nombró Patriarca de Jerusalén, aunque le dolió perderlo, del que dijo el 17 de febrero de 1205: […] aunque nos eres muy necesario en la región de Lombardía, pues confiamos plenamente en ti para que nos representes incluso en los más difíciles asuntos”…

El 16 de junio de 1205 anunciaba este mismo Papa a los prelados de Tierra Santa que les enviaba a Alberto, “varón probado, discreto y prudente como legado suyo para la provincia eclesiástica de Jerusalén”.

Llegó a Palestina a principios de 1206 y fijó su residencia en Accón (San Juan de Acre) porque Jerusalén estaba ocupada por los sarracenos.

Sus extraordinarias cualidades de experto mediador también las ejercitó con fruto durante los nueve años que duró su patriarcado.

Para nosotros —los carmelitas— su obra más benemérita fue la entrega de la Regla o Norma de vida que lleva su nombre y que aún hoy observa el Carmelo en todas sus múltiples Ramas.

El 14 de septiembre de 1214, en Accón, mientras participaba san Alberto en una procesión, fue asesinado a puñaladas por el Maestro del Hospital del Espíritu Santo, al cual había reprendido y depuesto de su cargo a causa de su mala vida.

Su recuerdo comenzó a celebrarse en la Orden en 1504.

Su espiritualidad

Por los años 1206-1209, a petición de los eremitas que moraban en el Monte Carmelo, entregó al “hermano (Rocardo) y compañeros” una Norma de vida o Regla, que llamamos “Regla de San Alberto”.

Alberto codificó en breves trazos, ricos en citas bíblicas, la tradición monástica del Carmelo. Son normas concretas y prescripciones disciplinares. Insiste, sobre todo, en la meditación de la Palabra de Dios para mejor servir a Jesucristo, en la oración, silencio, mortificación y trabajo.

La entregó en un solo cuerpo, pero hoy la tenemos dividida en un prólogo, dieciocho capitulillos y un epílogo.

Cantidad enorme de autores de dentro y fuera de la Orden han comentado durante estos más de siete siglos que cuenta de vida, este maravilloso documento legislativo–espiritual.

Muchos hombres y mujeres se santificaron observando esta Regla, que fue aprobada y transformada por varios Pontífices.

El himno del Oficio de Lecturas de su fiesta sintetiza su espiritualidad:

Alberto, sol refulgente, / pastor y legislador, / tus hijos hoy te celebran, / escucha su invocación./ De la paz y la concordia, / mensajero sembrador,/ eres faro que nos das / en fe y costumbres fulgor. / Patrias fronteras rebosa / de tu virtud el olor; / y llena Jerusalén / tu dignidad y tu honor./ Resplandeciendo en la Iglesia / santo y prudente rector, / en santa Regla al Carmelo / guías por sendas de amor. / Haz que en nosotros aumenten / caridad, gracia, oración; / y contigo a Dios rindamos / sempiterna adoración. Amén.

Su mensaje

  • que amemos a la Iglesia hasta morir por ella.
  • que nuestra maravillosa Regla sea “trampolín” para el cielo.
  • que gastemos nuestra vida en obsequio de Jesucristo.
  • que nuestra ilusión y meta sea: Servir fielmente a Jesucristo.

Su oración

Oh Dios, que, por medio de san Alberto, nos diste una regla de vida evangélica para alcanzar la perfecta caridad; concédenos vivir generosamente nuestra consagración a Jesucristo, y servirlo fielmente hasta la muerte. Amén.

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