Hacia la unión con Dios

Archive for 16 noviembre 2013

El amor de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 16, 2013

 

Los pequeños actos heroicos son los que nos hacen santos, pues lo primero que examina la Iglesia en un proceso de canonización es si la persona vivió las virtudes en grado heroico.

Y vivir las virtudes en grado heroico es ejercitarlas principalmente en los momentos de crisis. Es por tanto en las crisis cuando debemos hacer lo que nos toca, aunque no sintamos ganas de nada.

Por ejemplo, hacer oración aun cuando nada nos mueva, cumplir las obligaciones que tenemos, practicar las obras de caridad que nos corresponden… Pero también es sonreírle a quien nos critica, servir más y mejor a quien hable mal de nosotros…

Y si duele, ¡qué bueno que duela!: no solo hacemos méritos para la vida eterna, sino que ¡así le pagamos a Jesús un poco todo lo que sufrió por amor a nosotros!

Amemos sin esperar nada a cambio, como Él, que nos perdona todo, y que nos sigue amando aun cuando no nos portemos bien con Él…

A veces pensamos que Dios es como muchos papás humanos, y que por eso tenemos que portarnos bien para recibir su amor. Cuántas veces se ha escuchado a un papá o a una mamá decirle a su hijo: “¡Ya no lo quiero!”, porque simplemente no se portó bien en determinado momento. Y trasladamos este mismo criterio a nuestras relaciones con Dios: pensamos que debemos estar a la altura del amor de Dios para poder ser amados por Él; algo imposible, por supuesto.

Además, deberíamos recordar siempre que Él nos ama no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno. ¡No hay nada que podamos hacer para que Él nos ame más! Su amor por nosotros ya no puede crecer más. ¡Él ya nos ama en una medida infinita!

Es más: Él nos ama a pesar de las miserias que ve en nosotros; mejor aún: Él nos ama precisamente porque somos miserables, ya que son nuestras miserias las que atraen su amor, para poder derrocharlo en nosotros…

Vino a buscarnos, a nosotros, los pecadores, para perdonarnos; a los enfermos, para curarnos…, siempre y cuando luchemos para mejorar, por amor a Él.

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Ciclo B, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

¿Confiamos?

 

Cuando el profeta Elías le pidió un pedazo de pan a la viuda, y ella confió en la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías (que el tarro de harina no se agotaría ni se vaciaría el frasco de aceite), comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo.

¿Estamos dispuestos a confiar así?

Es que quien confía en el Señor ve milagros; pero ve más milagros quien confía hasta el extremo de entregar lo último que le queda para vivir, como esta viuda.

Lo mismo nos quiere enseñar Jesús en el Evangelio de hoy: mientras miraba cómo la gente depositaba su limosna y muchos ricos daban en abundancia, se percató de que una viuda muy pobre colocó dos pequeñas monedas. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir». Tengamos en cuenta que las viudas de la época en que vivió Jesús estaban totalmente desprotegidas económicamente: eran desvalidas.

En cambio, Jesús deplora la confianza que en sí mismos tenían los fariseos de entonces: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes».

¿En qué confiamos nosotros, los cristianos de hoy? ¿En nosotros mismos? ¿En nuestro dinero? ¿En nuestra habilidades? ¿En nuestros conocimientos? ¿En nuestro prestigio? ¿En nuestras relaciones sociales? ¿Tal vez en los seguros que compramos?… ¿O confiamos realmente en Dios?

Recordemos lo que nos enseña Dios, quien nos creó, en la segunda lectura de hoy: «el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio»: No hay reencarnación, no hay una segunda oportunidad para poner finalmente nuestra confianza únicamente en Dios.

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Ciclo B, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

Para que te vaya bien

Nuestro Creador —el que sabe cómo seremos felices— nos dice hoy en el Deuteronomio: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras vivan; así prolongarás tu vida. Y ponlo por obra, para que te vaya bien.»

Pero los judíos tenían 613 mandamientos para cumplir en la Ley de Moisés. Y, si los revisamos, en realidad eran difíciles de llevar a cabo. Por eso, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Sabía que, al menos cumpliendo el principal, conseguiría que le fuera bien.

Jesús le respondió, no solamente cuál es el primero, sino también el segundo:

«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

Si nos dejamos llevar por la idea de cumplir únicamente el segundo, como muchos de los seguidores de la Teología de la Liberación, nos concentraremos tanto en buscar el bienestar temporal de nuestros hermanos, que nos olvidaremos que todos estamos hechos para la felicidad eterna en el Cielo.

Si, por el contrario, nos dedicamos a amar a Dios con toda el alma, ese amor nos llevará a amar lo que Él más ama: la salvación de sus hijos.

Para lograr esa salvación de todos, Dios estableció el sacerdocio Cristo, como nos lo cuenta hoy la Carta a los Hebreos: «El sacerdocio salva definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios.»

Ahora bien: el sacerdote lo que hace es ofrecer sacrificios a Dios. Y, ¿cuál es el mejor sacrificio? El escriba contestó: «Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Hagamos esto para que nos vaya bien.

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Las señales del cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 1, 2013

¿Cómo se distingue un cristiano auténtico? ¿Será acaso porque se sabe de memoria muchas citas bíblicas, con sus números de capítulos y versículos? ¿O porque carga la Biblia bajo el brazo?…

«Quizá sea porque asiste a Misa, reza y se casa por lo católico», dirá alguno…

Tal vez haya algo más qué añadir: se podría decir que el verdadero católico es aquel que cumple los 10 mandamientos de la Ley de Dios y los 5 de la Santa Madre Iglesia y ejercita las obras de misericordia… Pero, ¿será esta la esencia?

¿Cómo se distingue un cristiano? Veamos:

«¿Cosecharían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos? Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos». (Mt 7, 16-18)

Uno de los frutos de los árboles buenos es la paz:

«Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios». (Mt 5, 9)

Paz que proviene de la sabiduría:

«En cambio la sabiduría que viene de arriba es, ante todo, recta y pacífica, capaz de comprender a los demás y de aceptarlos; está llena de indulgencia y produce buenas obras, no es parcial ni hipócrita. Los que trabajan por la paz siembran en la paz y cosechan frutos en todo lo bueno. (St 3, 17-18)

El segundo fruto bueno es la unidad:

«Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones; que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios». (1Co 1, 10)

Porque donde hay unidad, allá está Dios:

«Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos. (Ef 4, 4-6)

El mismo Jesús deseaba esa unidad. Por eso dijo:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». (Jn 17, 21)

Y el tercer fruto es el amor:

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido con la Ley. Pues los mandamientos: no cometas adulterio, no mates, no robes, no tengas envidia y todos los demás, se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley. (Rm 13, 8-10)

Pero el verdadero amor llega más lejos:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo». (Mt 5, 38-48)

Es más, Jesús dio una medida para el amor que debemos tenernos los cristianos:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Jesús? Dando su vida por nosotros. Por lo tanto, si queremos ser buenos discípulos de Jesús, nuestro Maestro, es necesario que demos la vida por los demás.

Precisamente por eso nos reconocerán como discípulos de Cristo, porque nos amamos:

«En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35).

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