Hacia la unión con Dios

¿Cada pecado nos acarrea un sufrimiento?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 14, 2014

 

Cuando el Magisterio oficial de la Iglesia Católica afirma: “El sufrimiento, la enfermedad y la muerte son consecuencia del pecado original”, no está diciendo que cada pecado causa una enfermedad o un sufrimiento. Eso significaría que cada vez que pecamos tendríamos un sufrimiento o una enfermedad; y bien sabemos que muchas veces pecamos sin que nos sobrevenga enfermedad o sufrimiento y, además, que a veces sufrimos sin que hayamos pecado, lo que significa que ese criterio está equivocado.

Lo que explica la doctrina de la Iglesia es que el pecado original, y únicamente el pecado original (no cualquier pecado), fue el causante de que en el mundo aparecieran todos los dolores, todas las enfermedades y la muerte de todos los seres humanos, tres circunstancias que no estaban en los planes divinos.

A partir de ese primer pecado, los seres humanos se enferman, sufren y mueren; antes no.

Y, ¿quién indujo al hombre a pecar? El Demonio. Por eso Jesús dijo que “a causa del Demonio” la mujer del Evangelio estaba encorvada.

Por otra parte, Dios hizo el Universo visible, con todas sus leyes: atracción de los planetas, cambios climáticos, placas tectónicas, virus, bacterias, etc. Y, sobre todas, la ley del azar: las cosas creadas se rigen por unas leyes impuestas por su creador, pero sin estar totalmente dirigidas: las nubes, por ejemplo, se mueven a merced del viento, a veces para un lado, a veces para el otro, lo que determina el frío, el calor, la lluvia, etc. Asimismo, la velocidad, dirección y fuerza del viento están determinadas por otras causas… Y así se podrían seguir examinando las variables indefinidamente.

Si lo ponemos de una manera gráfica para comprenderlo mejor, habría que decir que es como si el Creador hubiese puesto a girar un trompo, como lo haría un niño, con la diferencia de que el niño puede despreocuparse de la suerte del trompo, mientras que Dios permanece siempre pendiente de la suerte del universo (el trompo) y, sobre todo, de los seres vivientes, respetando la condición propia de su actividad (que en el hombre es libre), e interviniendo para su bien, especialmente cuando solicita su ayuda.

Aunque Dios no ha abandonado a su creación, y a pesar de que está al tanto de los acontecimientos e interviniendo en la historia, ha dejado que el azar sea una de las reglas del devenir universal y humano.

Pues bien, en el momento en el que el rey del universo visible (el ser humano) pecó, ese universo se desordenó en sus leyes, y comenzaron a producirse desastres, epidemias y males de todos los órdenes, con los que la humanidad empezó a experimentar algo que antes no existía: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Por eso, en la Biblia se narra la vida de Job, el caso del ciego de nacimiento, el enfermo que bajan en una camilla del techo, etc. Y también los otros seres vivos inferiores al hombre sufrieron las consecuencias de ese desorden.

Y esto ocurre, según las leyes del cosmos (ahora desordenadas por el pecado original del ser humano): algunos se enferman más que otros y unos más gravemente que otros, algunos se mueren más prematuramente que otros y unos sufren más que otros, todo dependiendo de las circunstancias que los rodean y de la ley del azar.

Por eso las enfermedades están en el genoma humano: porque el pecado fue de toda la especie, no de un par de individuos. Y, cuando los genes no son recesivos, la enfermedad se manifiesta en unos, mientras que en otros no (aunque todos las merecíamos); por eso unos nacen sanos y otros no; por eso unos nacen vivos y otros no…

Pero todo lo dicho hasta ahora es lo que ocurría antes de la venida de Cristo.

Él vino para salvarnos, para devolverle la gloria que le quitamos al Padre y para dejar al Espíritu Santo para nuestra santificación.

Pero también redimió el dolor: después del sufrimiento de Cristo el dolor adquirió unos matices nuevos, todos positivos:

  • es a veces una prueba;
  • otras veces manifiesta la gloria de Dios (que exime a muchos de las enfermedades que merecíamos);
  • otras veces es medio para alcanzar la santidad, pues nos purifica de nuestros apegos y desórdenes;
  • también es modo de unirse a la Cruz de Cristo para ayudarlo a salvar y santificar personas, y a devolverle la gloria al Padre (la que le quitamos con nuestros pecados);
  • es la muestra más grande del amor cuando lo hacemos por compadecer a Jesús (con-padecer = padecer con Él), es como mejor lo consolamos, pues ¡el amor hace suyas las penas del Amado!;
  • y es, a través del sufrimiento, como el Señor nos corrige, pues Él prefiere que suframos un poco en esta vida temporal, siempre que nos ganemos la vida eterna: qué importa sufrir diez años, veinte, cincuenta…, si después es el Cielo ¡para siempre, para siempre, para siempre!

La lista de beneficios es más larga… El sufrimiento, pues, no es para pagar culpas, porque los pagos se hacen en la otra vida: en el Infierno o en el Purgatorio (aunque, a veces Dios, por su infinita misericordia, aprovecha nuestros sufrimientos para ahorrarnos Purgatorio).

La ciencia médica cura enfermedades o las erradica porque Dios le dio, en su infinita misericordia, las herramientas para lograrlo: la inteligencia humana —principalmente—, los vegetales y animales (de donde se extractaron o derivaron químicamente la mayoría de los medicamentos), la tecnología hecha a partir de las leyes de la física y de la mecánica, etc. Dios no puede contradecirse impidiendo una lógica consecuencia del pecado original, como es la enfermedad, pero sí puede ayudar al hombre a encontrar el modo de paliarla, curarla o, en algunos casos, erradicarla. Pero continuamente nacen continuamente nuevas enfermedades, que seguirán reafirmando la perenne enseñanza de la Iglesia: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte no estaban en el plan original de Dios.

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