Hacia la unión con Dios

Archive for 25 julio 2014

Oración para los momentos difíciles

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2014

 

Señor, sé que eres un abismo de infinita bondad, misericordia y amor; sé que me creaste solo por amor y para ser feliz, que me amas con un amor tan grande que me es imposible ni siquiera imaginar, que diste tu vida por mí…

Sé que estás de continuo junto a mí, cuidándome, facilitando todo para mi bien, aun lo que a mí me parece negativo…

Sé también que eres un abismo de infinito poder: para ti no existen cosas imposibles; sé que si me permites algo o mucho sufrimiento, es para mi bien; sé que, aunque no lo comprenda, lo malo que me suceda lo has permitido por tu infinita misericordia: nada escapa a tu sabiduría…

Sé que eres un abismo de infinita sabiduría; tú sabes más; tú sabes mejor que yo lo que me conviene para encontrar la felicidad eterna en el Cielo, que es lo único que verdaderamente importa.

 

Es esta esperanza la que me tiene que hacer vivir alegre, lleno de gozo, pues me tienes preparada una dicha sin fin; para eso me creaste.

Sé que esa felicidad llenará absolutamente todos los anhelos de mi corazón: tu infinita belleza, tu infinita bondad y tu infinita sabiduría colmarán mi ser de todo lo que deseé siempre…

Todo lo espero de ti, confío total y exclusivamente en ti: confío en la inmensidad de tu bondad, poder y sabiduría. Te pido que nada me haga temer: que frente a los enemigos más poderosos, frente a los más grandes males, frente a los infortunios más graves, esté seguro de ti, confíe totalmente en ti. Que cuanto mayor sea el apremio, cuanto mayor sea el peligro, tanto más espere todo de ti; y que si no viera tu mano providente, más y más confíe en ti, me aferre a la seguridad de que tu amor por mí es infinito, incalculable…

 

Señor, te amo con un amor diminuto junto al tuyo, pero con todo lo que puede amar esta criatura pequeña, pobre y pecadora.

Inflámame en tu amor para que me confunda contigo, que eres el Amor mismo: purifica mi miseria y quema todas mis impurezas con ese Amor ardiente, para que ya no tenga apegos por las criaturas y te ame exclusivamente a ti, el Creador; que no tenga apetitos desordenados por cosas, personas, ideas, ni por mí mismo… Así te amaré como tú mereces ser amado y viviré buscando únicamente tu Reino de Amor, de paz y de alegría, despreocupado de todo lo demás…

Señor, creo en ti, pero aumenta mi Fe.

Señor, lo espero todo de ti, pero aumenta mi Esperanza.

Señor, te amo, pero aumenta mi Caridad.

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¡Familias católicas!

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2014

Dirigiéndose a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, el Santo Padre se puso categórico al hablar de los esposos, frente a los problemas y conflictos:

«Jamás hay que abandonar la oración, el recurso frecuente al sacramento de la reconciliación y la dirección espiritual, pensando en sustituirlos con otras técnicas de apoyo humano y psicológico».

A más de uno le habrá parecido extraño ese énfasis: la palabra «jamás», rara vez es usada por Su Santidad en ese sentido urgente.

Y ¿qué es lo que le urge tanto al Papa?

Que los esposos han abandonado la oración, ese encuentro personal con Dios que los capacita para ser buenos padres y parejas saludables, que les provee la paz necesaria para vivir en armonía, que les da la alegría de vivir en familia y que los impulsa a la generosidad para establecer hogares luminosos y alegres.

Ese Dios es el único que puede enseñar el amor verdadero, con el que la célula de la sociedad, la familia, propenderá por el cambio social que tanto anhelamos.

Pide el Papa que el Sacramento de la Reconciliación sea frecuente: al pedir perdón a Dios cultivaremos el perdón en nuestro hogar y no nos faltará nunca la gracia de Dios para formar familias santas y pujantes, de donde saldrán ciudadanos honestos y trabajadores.

E invita a la dirección espiritual: que alguien, con prudencia y experiencia, dirija nuestras almas por el camino que Dios desea para cada uno de nosotros.

Ninguna de estas tres ayudas maravillosas puede ser reemplazada por otras técnicas de apoyo humano y psicológico: Dios es la sabiduría infinita.

Y continúa diciendo Su Santidad que vivamos la vida familiar en la presencia de nuestro Padre amoroso:

«Jamás hay que relegar al olvido lo esencial, o sea, vivir en familia bajo la mirada tierna y misericordiosa de Dios».

Es todo un programa para engrandecer la vida familiar y, por ende, el globo terráqueo.

¿Aprenderemos?

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¿Somos hombres nuevos?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 8, 2014

Charlando de noche con Nicodemo, Jesús le reveló algo grande y misterioso:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»(Jn 3, 3)

Tan misterioso fue, que Nicodemo —que no entendió nada— le preguntó que si, para lograrlo, era posible entrar de nuevo en el seno materno…

La Iglesia siempre ha enseñado al respecto que hay dos etapas: la primera, puramente sacramental y la segunda, espiritual:

1) por el Bautismo dejamos de ser hombres viejos y nos hacemos hombres nuevos: somos integrados a la vida divina, para comenzar una nueva vida en Cristo, dejando atrás el pecado, y

2) por la práctica y el ejercicio de la perfección espiritual —con la gracia de Dios, obtenida de los Sacramentos y la oración asidua— continuar en esa nueva vida en Cristo, ascendiendo hasta la experiencia mística, la contemplación y unión con Dios.

Para la primera etapa, san Pablo nos dejó algunas enseñanzas:

«sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado» (Rm 6, 6)

«a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias» (Ef 4, 22)

«No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras» (Col 3, 9)

Pero no es el deseo divino —ni el de san Pablo— que nos quedemos en esa etapa: Dios desea que no solo dejemos de pecar, sino que todo sea nuevo:

«Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.» (2Co 5, 17)

Se refiere a algo mayor, a algo que está en una dimensión superior:

«a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad.» (Ef 4, 24)

Ese Hombre Nuevo —con mayúsculas— es Cristo, del que debemos revestirnos, hasta convertirnos en el mismo Cristo. Lo dice con gran vehemencia:

«¡hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros»(Ga 4, 19)

Y, ¿cómo veremos a Cristo formado en nosotros?

Cuando actuemos como Él, el Hombre Nuevo. Somos hombres nuevos únicamente si acogemos e integramos en nuestras vidas las enseñanzas divinas.

Hay personas, por ejemplo, que se acercan a Dios para servirse de Él, no para servirlo:

  • Consideran un privilegio pertenecer a un ministerio (el de predicar, por ejemplo), en vez de ser conscientes de que ministerium significa servicio. Dicen: “Gracias por esta oportunidad” —como si fuera un honor—, en vez de prestar el servicio con sencillez y únicamente por amor a Dios, no por otras razones.

  • Creen que lo importante son las estadísticas, como si este ministerio fuera algo terrenal: “Están asistiendo muchos a las predicaciones”, afirman orgullosos, o: “Estoy contento porque me han pedido que predique en tal sitio”. En cambio, quienes ya son hombres nuevos saben que los planes de Dios son distintos a los de los hombres y, por eso, solo ponen los medios para servir a Dios, dejándole a Él sólo los resultados.

  • Preguntan si la predicación gustó o no, con lo que descubren sus vanidosas intenciones.

  • Y, entre quienes los invitan o dirigen a estos predicadores, hay quienes los elogian, como si se tratara de una empresa terrenal y solamente humana; les dicen, por ejemplo: “La labor que estás haciendo es muy bella”, como si no supieran que la labor apostólica es realizada por el Espíritu Santo, a quien simplemente le colaboran.

  • Hacen esos elogios, aunque Jesús aclaró que «no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»(Mt 20, 26).

Los hombres nuevos, por el contrario, recuerdan que Jesús afirmó que «si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35); por eso saben que, para incrementar la eficacia  apostólica, es mejor no solamente ser excluido, sino postergado, olvidado, humillado, tal y como nos lo reiteran tanto los santos místicos.

Es que les quedó muy claro lo que aseveró Jesucristo: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24); están conscientes de que deben morir (mortificarse) a sí mismos, para hacer fructífero su apostolado.

Por otra parte, Dios tiene un plan perfecto de salvación para cada ser humano, y nosotros, sus servidores, entramos en ese plan como una tuerca entra en una maquinaria gigantesca y compleja (que no llegamos a entender): se ajusta al tornillo con una determinada fuerza. Y eso es todo lo que debe hacer: no pretende, por ejemplo, entender el plan de Dios; solo desea servirlo, por amor, haciendo lo que tiene que hacer, aunque sea mínima su participación en ese magnífico plan. Es más: mientras menos entienda los designios divinos sobre las almas, más útil será para Dios y para los destinatarios de su apostolado.

Por eso los negocios divinos tienen metodologías diferentes a los humanos:

1) oración, oración, oración,

2) unión a la Cruz de Cristo y

3) desprendimiento total de intenciones personales y querer solo la Voluntad de Dios: pureza total del corazón.

Esa pureza comienza con la vivencia auténtica de las virtudes teologales:

–   ¿Creemos realmente que la vida terrenal es solo un paso hacia la eternidad?

–   ¿Recordamos continuamente que esta vida es una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor?

–   ¿Estamos convencidos de que Dios está pendiente de nosotros y que lo dispone todo para nuestro bien?

–   ¿Confiamos realmente en el amor de Dios por nosotros? ¿Estamos seguros de que solo Él sabe qué nos conviene? ¿Creemos que todo lo puede y que lo que permite —aunque a veces nos parezca malo— es para nuestro bien?

Contestemos con sinceridad estas preguntas:

·   ¿Estamos seguros del amor de Dios o nos angustiamos cuando hay peligros?

·   ¿Cómo tomaríamos la noticia de una enfermedad terminal: nos desesperaríamos, aceptaríamos la Voluntad de Dios o nos sentiríamos dichosos al saber que vamos a llegar a la felicidad eterna?

·   ¿Cómo recibiríamos la muerte de un ser querido?

El hombre viejo todavía huye del sufrimiento; el nuevo lo acepta gozoso, pues sabe que Dios lo usa en beneficio de otros, como lo hacía san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

El hombre nuevo sabe que Dios todo lo dispone para nuestro bien y que de las manos de Dios solo pueden salir cosas buenas para sus hijos, aunque no las entienda. Paradójicamente, va entrando en un conocimiento nuevo, perfecto:

«revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3, 10)

El conocimiento perfecto al que se refiere es la Cruz:

«la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde,el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no demostró Dios que la sabiduría del mundo es necedad? Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.» (1Co 1, 18-20. 22-24).

Es una sabiduría sobrenatural:

«hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra» (1Co 2, 7).

Por eso, el hombre nuevo sabe que debe negarse a sí mismo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24; Mc 8, 34).

Y carga todos los días la Cruz con Cristo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»(Lc 9, 23).

Es lo mismo que decir que el verdadero servidor de Jesús, el que sí lo ama, el hombre nuevo:

*  sirve a Dios, no se sirve de Él,

*  no considera su labor un privilegio sino un servicio de amor,

*  no se ocupa por saber los resultados de su servicio, sino en tener contento al Señor,

*  no admite ni da elogios,

*  no se preocupa de las opiniones de nadie; solo quiere agradar a Dios,

*  se niega a sí mismo en todo,

*  se oculta para no aparecer,

*  se mortifica (carga con Jesús la Cruz) para ayudar a realizar el plan de Dios,

*  ora intensamente, sabiendo que solo Dios convierte a las personas y

*  ofrece sus mortificaciones para que se cumpla ese plan, trazado desde la eternidad por la infinita sabiduría.

Estas son palabras dirigidas a hombres nuevos, porque ya son espirituales; no son para hombres viejos (carnales).

Con personas así se encontró san Pablo, y tuvo que escribirles:

«Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente; […]  porque ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?» (1Co 3, 1-3)

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