Hacia la unión con Dios

¿Matrimonio para los sacerdotes?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2015

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona histórica, concreta (no la metafísica), jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra —o viceversa—, porque ella —o él— es la imagen de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa: Signo sensible de un efecto interior y espiritual.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad, como tal, no necesita del Sacramento, del signo: Dios se convierte en el esposo del alma. ¡El sacerdote alcanza la realidad frontalmente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado. La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento, con signo (Sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir: todas sus acciones están encaminadas a lograr la verdadera y única felicidad en Dios, quien es su auténtico complemento.

El sacerdote se entrega directamente a Dios; no necesita el signo, es decir, no necesita el Sacramento. Tiene la realidad que verdaderamente lo complementa: Dios.

Por consiguiente, el sacerdote está por encima de los deseos sexuales del matrimonio; y realmente los desprecia, puesto que ya posee lo que el matrimonio apenas promete. Por esto mismo está muy lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones. He aquí la razón por la cual todos los seminaristas abrazan libremente el celibato antes de ordenarse.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Así, un sacerdote, por ejemplo, puede llegar a vivir su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que el celibato sea mejor que el matrimonio. Por un lado, tiene la ventaja de estar directamente con Dios, de haberse entregado directamente a Él; pero al casado le queda más fácil, más tangible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Así, pues, no existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Además, su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado.

De todo esto resulta que la dignidad del ser humano solo acepta dos opciones: entregarse por completo en el matrimonio a su cónyuge —la imagen de Dios—, o vivir una virginidad total, dirigiendo su amor, sin intermediarios, al Creador.

Así, todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

 

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