Hacia la unión con Dios

‘Si tu hermano peca, repréndelo’

Posted by pablofranciscomaurino en enero 27, 2016

El amor verdadero consiste en trabajar con todas las fuerzas por la persona amada, para procurarle la felicidad. Lo único que queremos es que esa persona sea feliz: no solamente agradarla temporalmente, sino que consiga una felicidad duradera.

Por eso, no se puede llamar amor al hecho de que una mamá le conceda a su hijo pequeño todos sus caprichos. Por ejemplo: si el niño quiere solo carbohidratos (dulces, caramelos, helados, postres, chocolates, etc.), y eso es lo que le da, o si lo deja jugar todo el día, a pesar de que el niño no haya hecho las tareas escolares, simplemente para evitar un altercado con él.

En consecuencia, podemos afirmar que tanto quien busca no tener el mínimo roce con la persona que dice amar como el que únicamente procura evitarle lo que le incomoda, están faltando al amor. Porque siempre conviene corregir a la persona que se ama.

Es más: no corregirla es no amarla, puesto que la mayoría de las veces las personas no se dan cuenta de sus errores, si no hay alguien que se los muestre: si yo nunca recibo una advertencia de quienes dicen amarme, jamás me enteraré del mal que estoy haciendo y, por lo tanto, seré condenado el día del juicio, ya sea al purgatorio o al infierno, dependiendo de los pecados que haya cometido: veniales o mortales.

Por eso, cuando Dios nos juzgue, nos pedirá cuentas por no haber corregido a las personas que vivieron a nuestro alrededor.

En resumen: si yo no corrijo a quien digo que amo, por evitarle (o evitarme) un disgusto, en realidad no lo amo.

Antes de que viniera Jesús, el Espíritu Santo lo mandó dejar escrito en la Biblia:

Si no le hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta y viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre te pediré cuentas a ti. Pero si tú adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mala conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu alma. (Ez 3, 18bc-19)

Y también en:

Si tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, pero tu alma no será responsable de su muerte. (Ez 33, 8-9)

Por eso, en las enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia esto está consignado en las obras de misericordia; efectivamente, la tercera obra de misericordia espiritual es: Corregir al que yerra.

Su mismo nombre lo dice: este es un acto de misericordia, un acto de amor; tanto que, si no lo realizamos, faltamos a la caridad, pecamos por omisión. Es por esto que en la oración del “Yo, pecador…”, confesamos: “he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”.

Y ordena el Señor el modo de hacerlo: No aborrecerás a tu hermano en tu corazón, pero repréndelo abiertamente, para que no incurras en pecado sobre él. (Lv 19, 17)

Jesús nos lo dejó clarísimo en el Evangelio: Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

El Diccionario de la Real Academia Española define la palabra Reprender así: “Amonestar a alguien vituperándolo o desaprobando lo que ha dicho o hecho”.

Y de Vituperar dice: “censurar con dureza algo o a alguien”.

Esto quiere decir que estamos obligados por el amor a censurar con dureza a quienes se equivocan.

Pero san Pablo deja claro que, cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre (Ga 6, 1).

Por eso, la dureza que debemos poner en esa censura no debe estar en la razón por la que lo reprendemos (por amor) ni en la forma (con amor), sino en la actitud.

La experiencia nos ha enseñado que cuando corregimos solo con palabras casi nunca conseguimos nada: solemos decir que nuestra amonestación le entró por un oído y le salió por el otro. Por eso, quien quiere corregir, lo debe hacer con hechos, no con palabras.

Pero, ¿cuál hecho? ¿Cómo hacer?

La mejor forma de enseñar a alguien que está equivocado es la indiferencia: hacer silencio (no hablarle) y no demostrarle nada…, y seguir así varios días… Alejarse de la persona, para que sienta nuestro disgusto; alejarse afectivamente y, a veces, hasta físicamente.

Si un tiempo después nos pregunta qué nos pasa, debemos contestarle algo así:

«Eso que hiciste me duele, es verdad, pero más me preocupa el daño que te estás haciendo tú mismo: le has fallado a Dios, que te ama tanto…»

Y el amor nos hará esperar el tiempo que sea necesario para que se produzca la gracia que el Señor espera: que la persona pida perdón, comienzo de su conversión.

Obviamente, esto es imposible si no oramos por ellos, pues es el Señor el único que puede convertir a las personas; pero cuenta con nuestras oraciones para hacer su obra de conversión en ellos: hasta se puede decir que espera tanto nuestras oraciones como las reprensiones que les hagamos, para realizar su obra en ellos.

Los pecadores ordinariamente no salen de su situación sino cuando se ora por ellos y se ofrecen pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones.

Es así como lograremos que las personas que amamos alcancen a arrepentirse sinceramente de sus errores y a pedir perdón a quienes ofendieron, y mueran limpios.

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