Hacia la unión con Dios

Cómo ejercer la caridad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2016

“Nosotros no fijamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas.” (2Co 4, 18)

Esta cita de la Palabra de Dios nos indica en qué quiere Él que nos concentremos, cuál quiere que sea nuestro interés principal en esta vida.

Además, cuando el Espíritu Santo inspiró a san Pablo a escribir esto, quiso resaltar para nosotros que, además de la Fe y la Caridad, la Esperanza es una de las 3 virtudes que distinguen al cristiano de los demás seres humanos, tal y como lo enseña la Iglesia Católica desde sus comienzos. Y quizá también lo haya hecho para resaltar esta virtud, previniendo así el error que sabía que iba a emerger en nuestros tiempos.

Efectivamente, hay hoy una gran cantidad de cristianos (católicos y protestantes) que han concentrado su atención casi solamente en el Amor, restándole importancia a las otras 2 virtudes teologales, especialmente a la Esperanza.

Y se concentran el Amor ejercido en el prójimo, pues hasta del amor a Dios se han olvidado casi por completo, dejándose impregnar por ese criterio equivocado que afirma que “Amar a Dios consiste únicamente en amar al prójimo”.

Recordemos que Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos. Los ama tanto que parece un loco de amor, como explica santa Catalina de Siena:

1) sabiendo que le iban a fallar, que lo iban a ofender gravemente, los creó,

2) quiso compartir su ser: se hizo uno de ellos para salvarlos,

3) padeció indeciblemente y se dejó matar para pagar sus pecados y para abrirles de nuevo las puertas del Cielo y

4) se quiso quedar con ellos mientras estuvieran en la tierra y se hizo su comida espiritual;

Pero a eso le podemos añadir que,

5) sabiendo que todavía le seguirían fallando, inventó una última tabla de salvación para ellos: el Sacramento de la Reconciliación.

Todas esas locuras de amor las hizo porque lo único que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el hombre— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

Se puede afirmar que quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano; y lo ama procurándole la eterna dicha.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Es en este contexto en que debe interpretarse esta frase de san Juan, apóstol y evangelista:

“Si alguno dice: ‘Amo a Diosʼ y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” (1Jn 4, 20)

Esto quiere decir que es mentiroso quien dice amar a Dios y no ama lo que Dios ama: al ser humano, a su hermano.

Están equivocados, pues, quienes interpretan esta frase afirmando que la única manera de amar a Dios es amar al prójimo, pues amar a Dios sobre todas las cosas consiste en adorarlo, honrarlo, bendecirlo y glorificarlo, dándole el culto que merece; obedecerlo, comportándonos de acuerdo con la dignidad que tenemos como hijos suyos; y vivir agradecidos con Él. Además, lo amamos trabajando por sus intereses: 1) reparando la honra y gloria del Padre, manchadas por las muchas ofensas que recibe, 2) ayudando a Jesús a salvar el mayor número de personas posibles y 3) cooperando con el Espíritu Santo en la santificación de todos los bautizados.

Otra deducción lógica es que amar al prójimo consiste en procurarle la felicidad eterna; no una “felicidad” pasajera que, como vimos, no es felicidad. Pero esto parecen olvidarlo quienes solamente procuran su bienestar pasajero: olvidándose casi por completo de llevarlos a la bienaventuranza eterna, dirigen todos sus esfuerzos para propiciarles bienestar pasajero: alimentación, vestido, vivienda, educación, salud, trabajo digno, etc., objetivos todos que debemos procurar —según nuestras capacidades—  si somos cristianos auténticos y amamos verdaderamente a nuestros hermanos, pero que no son la principal finalidad: ¿De qué serviría conseguirles todo el bienestar posible aquí en la tierra y, acabar con las injusticias y las desigualdades que los oprimen, si no logramos que lleguen al Cielo? ¿Habrá alguien tan tonto que prefiera 40, 50 ó 70 años de bienestar, justicia y oportunidades equitativas, sabiendo que todo eso acabará un día, y no prefiera la eterna y creciente dicha para la que fue creado? Claro: lo ideal sería conseguir ambas cosas, pero debemos tener claras las prioridades.

“Porque la apariencia de este mundo pasa.” (1Co 7, 31)

La Biblia nos enseña, en el salmo 38, que “la vida del hombre sobre la tierra es un soplo”; dos versículos después dice, casi con cinismo: “Y el hombre se afana por un soplo.

Asimismo, el apóstol Santiago afirma: “Ustedes son vapor que aparece un momento y después desaparece.” (St 4, 15).

Efectivamente, este mundo es una apariencia; y, por eso, debemos vivir de una manera diferente a los que no creen:

“Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen.” (1Co 7, 29-30)

Porque sabemos que todo esto pasará. Es por eso que san Pablo —inspirado por el Espíritu Santo— nos dejó estos criterios:

“Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra.” (Col 3, 2)

“Buscad las cosas de arriba.” (Col 3,1b)

Es que somos ciudadanos del Cielo:

“Muchos […] no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo.” (Flp 3, 18-20)

Ciudadanos del Cielo que viven, por ahora, desterrados:

“Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

“Conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

Somos extranjeros y forasteros:

“Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de los deseos carnales que combaten contra el alma.” (1pe 2, 11)

Desterrados, extranjeros y forasteros, vivimos absolutamente seguros de que, por su infinito Amor, Dios nos cuida, está pendiente de nuestras necesidades:

“No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño, ¿por qué preocuparos de lo demás? Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura.” (Lc 12, 22-31)

Esos gentiles del mundo son los no-cristianos, los que son del mundo. Nosotros, como se lo dijo Jesús al Padre, vivimos en el mundo, pero no pertenecemos al mundo:

“Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo.” (Jn 17, 16)

Y, como ya sabe nuestro Padre que necesidades tenemos, nos concentramos en buscar más bien su Reino, absolutamente seguros de que Él nos dará por añadidura lo que precisemos.

Mientras los gentiles se afanan por sus necesidades materiales y temporales, nosotros, después de procurar la salvación de nuestros prójimos —su necesidad primordial—, los ayudamos con las necesidades materiales y temporales cuanto podamos, pero lo hacemos no como la finalidad de nuestra vida cristiana, sino como una consecuencia del amor.

De otro modo, correríamos el riesgo de nuestros corazones se apegaran a las preocupaciones temporales, como bien lo explica la Palabra de Dios:

“Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones […] por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros.” (Lc 21, 34)

Que no nos pase lo de la fábula: que por estar buscando encorvados otra moneda de oro, quedemos encorvados para siempre, sin poder ver la luz del sol…, de Dios.

Por el amor que nos tiene, Dios nos advierte constantemente sobre este peligro, con una insistencia empecinada:

“Las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto.” (Mc 4, 19)

“Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.” (Mt 6, 24)

Es que Él sabe que caemos fácilmente:

“Quien siembra en su carne cosechará corrupción de la carne; quien siembra en el espíritu cosechará vida eterna del espíritu.” (Ga 6, 8)

“Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios: ni la corrupción hereda la incorrupción.” (1Co 15, 50)

Es que las preocupaciones exageradas por las cosas materiales —aunque se hagan por  caridad—, nos pueden hacer descuidar lo único necesario. Eso les pasó a los primeros cristianos:

Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: «No parece bien que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo. (Hch 6, 1-3)

¡Los Apóstoles prefirieron nombrar a los primeros diáconos, para que se dedicaran a servir en las cosas temporales (la comida, que preserva la vida), antes de correr el riesgo de descuidar la Predicación, que lleva a la Vida (con mayúscula) eterna!

Cuando caemos en las preocupaciones y en las ocupaciones por lo temporal, debemos recordar lo que Jesús le dijo a la hermana de Lázaro y de María:

“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; una sola es necesaria.” (Lc 10, 41)

Fijémonos cuánto nos podemos equivocar: a pesar de que Jesús ya les había insistido muchas veces sobre la importancia de buscar sólo lo eterno —el Reino de Dios—, pues las necesidades temporales se nos darían por añadidura, los discípulos seguían entendiendo las palabras espirituales de Jesús como si fueran palabras sobre cosas temporales:

“Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes. Jesús les dijo: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.» Ellos hablaban entre sí diciendo: «Es que no hemos traído panes.» Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: «Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres, y cuántos canastos recogisteis ¿Ni de los siete panes de los cuatro mil, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos.» Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.” (Mt 16, 5-12)

No sigamos siendo discípulos sordos para lo espiritual: Amemos a Dios sobre todas las cosas y, por amor a Él, amemos a nuestros prójimos, ayudándolos primero a conseguir lo único necesario: su salvación, la dicha eterna, que es el acto de caridad más grande que podemos hacerles. Y, en segundo lugar, ayudémoslos también en lo temporal, en lo pasajero, en lo efímero, en lo fugaz: en lo que es añadidura.

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