Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘Apostolado’ Category

El predicador

Posted by pablofranciscomaurino en abril 18, 2017

El predicador principiante confía en el poder de sus palabras;

el avanzado, en el poder de su testimonio;

el perfecto, en el poder de Dios.

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Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

______________

*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

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Los musulmanes ya son más numerosos que los católicos

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 20, 2017

 

He aquí las estadísticas mundiales por religiones (aproximado en millones) al finalizar el año 2016*:

 

Población mundial 7.400

  1. Islam 1.350

  2. Cristianos católicos 1.280

  3. Secularismo 1.100

  4. Hinduismo 1.050

  5. Budismo 1.000

  6. Cristianos nacidos del Protestantismo 804                                                                              

  7. Taoísmo y confucianismo 800

  8. Cristianos orientales 260

  9. Sintoísmo 65

  10. Otros cristianos 28

  11. Sijiísmo 26

  12. Judaísmo 16

  13. Jainismo 10

Y otros de >10

 

Como se ve, el total de cristianos de todas las denominaciones (incluyendo los católicos) en el mundo es de 2.370 millones, y supera a los musulmanes; pero los musulmanes sobrepasan a los católicos por 70 millones.

¿Se produjo esto porque muchos católicos controlan la natalidad mientras que los musulmanes no lo hacen?

 

Otra circunstancia que se destaca es que el secularismo (quienes no tienen religión) está ahora en el tercer lugar en las estadísticas mundiales.

Después de la apostasía, la gente cae en el ateísmo, en el agnosticismo o en la indiferencia total sobre el ámbito espiritual del ser humano, con el consecuente automutilamiento de su esencia, de su ser.

 

Este dramático pero auténtico panorama debe hacernos reaccionar: ¿Qué falla en nuestra predicación? ¿La hay?: ¿qué predica nuestra vida? ¿Son consecuentes nuestros actos y actitudes con nuestra fe?

Más allá de todo análisis sobre las técnicas de evangelización, las estadísticas muestran que donde hay más persecución religiosa a la Iglesia Católica es donde más está creciendo, no solo el número de cristianos, sino de vocaciones sacerdotales y religiosas, mientras que en donde no hay persecución, decrecen ambos.

Esto quiere decir que el cristianismo católico auténtico es el que está crucificado; y es el que está vivo, pues es el único que crece.

¡No más miedo a la Cruz! Ya lo hemos leído y escuchado: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

¿Quién tiene miedo al martirio? Es fácil responder: quien todavía no ha comprendido que en esta vida estamos de paso: que nuestra existencia en esta tierra es simplemente una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor. Y que, pasada esta prueba —que dura un instante—, vendrá la eternidad, la eternidad feliz.

Pero, ¿cuántos católicos lo saben?, ¿cuántos están dispuestos a demostrarlo dando la vida presente para ganar la Vida (con mayúscula)? Ellos son los que captaron la esencia de su fe, como lo hicieron los mártires, que nunca estuvieron tan contentos como en sus bodas místicas, en su Bautismo de sangre, en su dies natalis: en su nacimiento a la Vida eterna.

¿Qué temes? ¡Dios está contigo! Y la Virgen y todos los ángeles, y san José y todos los santos… ¡Somos el espectáculo del Cielo! Nos esperan allá, con coronas imperecederas.

¿Qué temes? La gracia de Dios no nos faltará. ¡Ánimo! Ni un paso atrás. Siempre adelante: con la valentía de quienes saben que Jesús ya venció en esta batalla, y que nos precede.

 

Mira las estadísticas de los católicos consagrados a Él:

53.000 obispos

416.000 sacerdotes

45.000 diáconos

737.000 religiosos

Ora por ellos; sacrifícate con Jesús por ellos; niégate a ti mismo; carga con tu cruz de cada día, en pos de Jesucristo, nuestro caudillo, que desea cambiar el mundo, y sólo te pide tu cooperación con la gracia. Y, después, ¡recibirás el Premio mayor! Y dirás: “¡Valió la pena!”

 

_________

*  Los números de población por religión son computados por una combinación de datos del censo y encuestas de población (en países donde los datos de religión no son recolectados por el censo, por ejemplo Estados Unidos o Francia), pero los resultados pueden variar ampliamente dependiendo de la manera en que las preguntas son formuladas, las definiciones de religión utilizadas y la parcialidad de las agencias u organizaciones que conducen la investigación. Las religiones informales o desorganizadas son especialmente difíciles de contabilizar.

No hay consenso entre los investigadores acerca de la mejor metodología para determinar el perfil religioso de la población mundial. Un número de aspectos fundamentales están sin resolver:

  • Si contabilizar las “culturas religiosas históricamente predominantes”.
  • Si contabilizar sólo aquellos que “practican” activamente una religión en particular.
  • Si contabilizar basándose en un concepto de “adhesión”.
  • Si contabilizar sólo a aquellos que se auto-identifican expresamente con una denominación particular.
  • Si contabilizar solo a los adultos o incluir también a los niños.
  • Si apoyarse solamente en estadísticas oficiales facilitadas por el gobierno.
  • Si utilizar múltiples fuentes y rangos o sólo las “mejores fuentes”.

 

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Cómo ejercer la caridad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2016

“Nosotros no fijamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas.” (2Co 4, 18)

Esta cita de la Palabra de Dios nos indica en qué quiere Él que nos concentremos, cuál quiere que sea nuestro interés principal en esta vida.

Además, cuando el Espíritu Santo inspiró a san Pablo a escribir esto, quiso resaltar para nosotros que, además de la Fe y la Caridad, la Esperanza es una de las 3 virtudes que distinguen al cristiano de los demás seres humanos, tal y como lo enseña la Iglesia Católica desde sus comienzos. Y quizá también lo haya hecho para resaltar esta virtud, previniendo así el error que sabía que iba a emerger en nuestros tiempos.

Efectivamente, hay hoy una gran cantidad de cristianos (católicos y protestantes) que han concentrado su atención casi solamente en el Amor, restándole importancia a las otras 2 virtudes teologales, especialmente a la Esperanza.

Y se concentran el Amor ejercido en el prójimo, pues hasta del amor a Dios se han olvidado casi por completo, dejándose impregnar por ese criterio equivocado que afirma que “Amar a Dios consiste únicamente en amar al prójimo”.

Recordemos que Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos. Los ama tanto que parece un loco de amor, como explica santa Catalina de Siena:

1) sabiendo que le iban a fallar, que lo iban a ofender gravemente, los creó,

2) quiso compartir su ser: se hizo uno de ellos para salvarlos,

3) padeció indeciblemente y se dejó matar para pagar sus pecados y para abrirles de nuevo las puertas del Cielo y

4) se quiso quedar con ellos mientras estuvieran en la tierra y se hizo su comida espiritual;

Pero a eso le podemos añadir que,

5) sabiendo que todavía le seguirían fallando, inventó una última tabla de salvación para ellos: el Sacramento de la Reconciliación.

Todas esas locuras de amor las hizo porque lo único que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el hombre— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

Se puede afirmar que quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano; y lo ama procurándole la eterna dicha.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Es en este contexto en que debe interpretarse esta frase de san Juan, apóstol y evangelista:

“Si alguno dice: ‘Amo a Diosʼ y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” (1Jn 4, 20)

Esto quiere decir que es mentiroso quien dice amar a Dios y no ama lo que Dios ama: al ser humano, a su hermano.

Están equivocados, pues, quienes interpretan esta frase afirmando que la única manera de amar a Dios es amar al prójimo, pues amar a Dios sobre todas las cosas consiste en adorarlo, honrarlo, bendecirlo y glorificarlo, dándole el culto que merece; obedecerlo, comportándonos de acuerdo con la dignidad que tenemos como hijos suyos; y vivir agradecidos con Él. Además, lo amamos trabajando por sus intereses: 1) reparando la honra y gloria del Padre, manchadas por las muchas ofensas que recibe, 2) ayudando a Jesús a salvar el mayor número de personas posibles y 3) cooperando con el Espíritu Santo en la santificación de todos los bautizados.

Otra deducción lógica es que amar al prójimo consiste en procurarle la felicidad eterna; no una “felicidad” pasajera que, como vimos, no es felicidad. Pero esto parecen olvidarlo quienes solamente procuran su bienestar pasajero: olvidándose casi por completo de llevarlos a la bienaventuranza eterna, dirigen todos sus esfuerzos para propiciarles bienestar pasajero: alimentación, vestido, vivienda, educación, salud, trabajo digno, etc., objetivos todos que debemos procurar —según nuestras capacidades—  si somos cristianos auténticos y amamos verdaderamente a nuestros hermanos, pero que no son la principal finalidad: ¿De qué serviría conseguirles todo el bienestar posible aquí en la tierra y, acabar con las injusticias y las desigualdades que los oprimen, si no logramos que lleguen al Cielo? ¿Habrá alguien tan tonto que prefiera 40, 50 ó 70 años de bienestar, justicia y oportunidades equitativas, sabiendo que todo eso acabará un día, y no prefiera la eterna y creciente dicha para la que fue creado? Claro: lo ideal sería conseguir ambas cosas, pero debemos tener claras las prioridades.

“Porque la apariencia de este mundo pasa.” (1Co 7, 31)

La Biblia nos enseña, en el salmo 38, que “la vida del hombre sobre la tierra es un soplo”; dos versículos después dice, casi con cinismo: “Y el hombre se afana por un soplo.

Asimismo, el apóstol Santiago afirma: “Ustedes son vapor que aparece un momento y después desaparece.” (St 4, 15).

Efectivamente, este mundo es una apariencia; y, por eso, debemos vivir de una manera diferente a los que no creen:

“Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen.” (1Co 7, 29-30)

Porque sabemos que todo esto pasará. Es por eso que san Pablo —inspirado por el Espíritu Santo— nos dejó estos criterios:

“Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra.” (Col 3, 2)

“Buscad las cosas de arriba.” (Col 3,1b)

Es que somos ciudadanos del Cielo:

“Muchos […] no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo.” (Flp 3, 18-20)

Ciudadanos del Cielo que viven, por ahora, desterrados:

“Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

“Conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

Somos extranjeros y forasteros:

“Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de los deseos carnales que combaten contra el alma.” (1pe 2, 11)

Desterrados, extranjeros y forasteros, vivimos absolutamente seguros de que, por su infinito Amor, Dios nos cuida, está pendiente de nuestras necesidades:

“No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño, ¿por qué preocuparos de lo demás? Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura.” (Lc 12, 22-31)

Esos gentiles del mundo son los no-cristianos, los que son del mundo. Nosotros, como se lo dijo Jesús al Padre, vivimos en el mundo, pero no pertenecemos al mundo:

“Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo.” (Jn 17, 16)

Y, como ya sabe nuestro Padre que necesidades tenemos, nos concentramos en buscar más bien su Reino, absolutamente seguros de que Él nos dará por añadidura lo que precisemos.

Mientras los gentiles se afanan por sus necesidades materiales y temporales, nosotros, después de procurar la salvación de nuestros prójimos —su necesidad primordial—, los ayudamos con las necesidades materiales y temporales cuanto podamos, pero lo hacemos no como la finalidad de nuestra vida cristiana, sino como una consecuencia del amor.

De otro modo, correríamos el riesgo de nuestros corazones se apegaran a las preocupaciones temporales, como bien lo explica la Palabra de Dios:

“Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones […] por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros.” (Lc 21, 34)

Que no nos pase lo de la fábula: que por estar buscando encorvados otra moneda de oro, quedemos encorvados para siempre, sin poder ver la luz del sol…, de Dios.

Por el amor que nos tiene, Dios nos advierte constantemente sobre este peligro, con una insistencia empecinada:

“Las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto.” (Mc 4, 19)

“Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.” (Mt 6, 24)

Es que Él sabe que caemos fácilmente:

“Quien siembra en su carne cosechará corrupción de la carne; quien siembra en el espíritu cosechará vida eterna del espíritu.” (Ga 6, 8)

“Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios: ni la corrupción hereda la incorrupción.” (1Co 15, 50)

Es que las preocupaciones exageradas por las cosas materiales —aunque se hagan por  caridad—, nos pueden hacer descuidar lo único necesario. Eso les pasó a los primeros cristianos:

Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: «No parece bien que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo. (Hch 6, 1-3)

¡Los Apóstoles prefirieron nombrar a los primeros diáconos, para que se dedicaran a servir en las cosas temporales (la comida, que preserva la vida), antes de correr el riesgo de descuidar la Predicación, que lleva a la Vida (con mayúscula) eterna!

Cuando caemos en las preocupaciones y en las ocupaciones por lo temporal, debemos recordar lo que Jesús le dijo a la hermana de Lázaro y de María:

“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; una sola es necesaria.” (Lc 10, 41)

Fijémonos cuánto nos podemos equivocar: a pesar de que Jesús ya les había insistido muchas veces sobre la importancia de buscar sólo lo eterno —el Reino de Dios—, pues las necesidades temporales se nos darían por añadidura, los discípulos seguían entendiendo las palabras espirituales de Jesús como si fueran palabras sobre cosas temporales:

“Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes. Jesús les dijo: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.» Ellos hablaban entre sí diciendo: «Es que no hemos traído panes.» Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: «Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres, y cuántos canastos recogisteis ¿Ni de los siete panes de los cuatro mil, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos.» Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.” (Mt 16, 5-12)

No sigamos siendo discípulos sordos para lo espiritual: Amemos a Dios sobre todas las cosas y, por amor a Él, amemos a nuestros prójimos, ayudándolos primero a conseguir lo único necesario: su salvación, la dicha eterna, que es el acto de caridad más grande que podemos hacerles. Y, en segundo lugar, ayudémoslos también en lo temporal, en lo pasajero, en lo efímero, en lo fugaz: en lo que es añadidura.

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Vea la película: TIERRA DE MARÍA

Posted by pablofranciscomaurino en abril 6, 2015

Querida familia de INFINITO + 1 en Colombia,

¡Muchísimas gracias por todo vuestro cariño, vuestro trabajo de promoción y, sobre todo, vuestras oraciones!

Gracias a la generosidad de incontables personas, TIERRA DE MARÍA se ha podido estrenar en salas de cine colombianas, permaneciendo varios meses en cartelera. Pero la mayor alegría no viene del número de espectadores o de salas, ni de cuántas semanas ha permanecido en cartelera. El gran aplauso surge espontáneo cuando recibimos mensajes preciosos de algunos espectadores para los que TIERRA DE MARÍA ha significado una invitación sencilla y directa a la conversión, a la alegría, a la esperanza… y han aceptado esa propuesta del Cielo. ¡Qué alegría tan grande! No se limitan a decir “me ha gustado” o “no me ha gustado”, sino que Dios se les ha colado en el corazón desde la pantalla, con intención de renovárselo. Hemos de aplaudir esa acción del Espíritu Santo. Sin su intervención, TIERRA DE MARÍA sería un puro entretenimiento o un simple éxito cinematográfico, en el mejor de los casos. No es el fin de ninguna de las produccion es de INFINITO + 1.

Ahora ya tenéis a la venta el DVD de TIERRA DE MARÍA, y el visionado ON LINE en varias plataformas digitales, autorizadas como iTunes y Amazon. También podéis hacer vuestro pedido escribiendo a tierrademariacolombia@infinitomasuno.org o llamando al 3005602294.

También podéis ver TIERRA DE MARÍA en copias piratas o en plataformas piratas. Es la opción de muchas personas, que quieren ver las películas, pero no desean contribuir con su dinero a que sigamos produciéndolas. Que Dios bendiga a todos, sin excepción. Os agradecemos, muy sinceramente, a todos los que soportáis económicamente nuestro trabajo, mediante el pago de la entrada al cine, del DVD o del visionado ON LINE.

Por último, os pido que sigáis rezando por nosotros y por todos los espectadores de TIERRA DE MARÍA en el mundo. Su periplo continúa. Los próximos países: República Dominicana y Brasil.

¡Un grandísimo abrazo a cada uno de vosotros!

Juan Manuel Cotelo

INFINITO MÁS UNO

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Una pregunta

Posted by pablofranciscomaurino en enero 16, 2015

A las nuevas generaciones les hemos mostrado a un Jesús que sólo suscita indiferencia.

Dios quiere que nos identifiquemos de tal manera con Cristo, que provoquemos de nuevo la persecución y el martirio, semillero de cristianos auténticos.

¿Te animas?

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¿Somos hombres nuevos?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 8, 2014

Charlando de noche con Nicodemo, Jesús le reveló algo grande y misterioso:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»(Jn 3, 3)

Tan misterioso fue, que Nicodemo —que no entendió nada— le preguntó que si, para lograrlo, era posible entrar de nuevo en el seno materno…

La Iglesia siempre ha enseñado al respecto que hay dos etapas: la primera, puramente sacramental y la segunda, espiritual:

1) por el Bautismo dejamos de ser hombres viejos y nos hacemos hombres nuevos: somos integrados a la vida divina, para comenzar una nueva vida en Cristo, dejando atrás el pecado, y

2) por la práctica y el ejercicio de la perfección espiritual —con la gracia de Dios, obtenida de los Sacramentos y la oración asidua— continuar en esa nueva vida en Cristo, ascendiendo hasta la experiencia mística, la contemplación y unión con Dios.

Para la primera etapa, san Pablo nos dejó algunas enseñanzas:

«sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado» (Rm 6, 6)

«a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias» (Ef 4, 22)

«No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras» (Col 3, 9)

Pero no es el deseo divino —ni el de san Pablo— que nos quedemos en esa etapa: Dios desea que no solo dejemos de pecar, sino que todo sea nuevo:

«Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.» (2Co 5, 17)

Se refiere a algo mayor, a algo que está en una dimensión superior:

«a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad.» (Ef 4, 24)

Ese Hombre Nuevo —con mayúsculas— es Cristo, del que debemos revestirnos, hasta convertirnos en el mismo Cristo. Lo dice con gran vehemencia:

«¡hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros»(Ga 4, 19)

Y, ¿cómo veremos a Cristo formado en nosotros?

Cuando actuemos como Él, el Hombre Nuevo. Somos hombres nuevos únicamente si acogemos e integramos en nuestras vidas las enseñanzas divinas.

Hay personas, por ejemplo, que se acercan a Dios para servirse de Él, no para servirlo:

  • Consideran un privilegio pertenecer a un ministerio (el de predicar, por ejemplo), en vez de ser conscientes de que ministerium significa servicio. Dicen: “Gracias por esta oportunidad” —como si fuera un honor—, en vez de prestar el servicio con sencillez y únicamente por amor a Dios, no por otras razones.

  • Creen que lo importante son las estadísticas, como si este ministerio fuera algo terrenal: “Están asistiendo muchos a las predicaciones”, afirman orgullosos, o: “Estoy contento porque me han pedido que predique en tal sitio”. En cambio, quienes ya son hombres nuevos saben que los planes de Dios son distintos a los de los hombres y, por eso, solo ponen los medios para servir a Dios, dejándole a Él sólo los resultados.

  • Preguntan si la predicación gustó o no, con lo que descubren sus vanidosas intenciones.

  • Y, entre quienes los invitan o dirigen a estos predicadores, hay quienes los elogian, como si se tratara de una empresa terrenal y solamente humana; les dicen, por ejemplo: “La labor que estás haciendo es muy bella”, como si no supieran que la labor apostólica es realizada por el Espíritu Santo, a quien simplemente le colaboran.

  • Hacen esos elogios, aunque Jesús aclaró que «no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»(Mt 20, 26).

Los hombres nuevos, por el contrario, recuerdan que Jesús afirmó que «si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35); por eso saben que, para incrementar la eficacia  apostólica, es mejor no solamente ser excluido, sino postergado, olvidado, humillado, tal y como nos lo reiteran tanto los santos místicos.

Es que les quedó muy claro lo que aseveró Jesucristo: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24); están conscientes de que deben morir (mortificarse) a sí mismos, para hacer fructífero su apostolado.

Por otra parte, Dios tiene un plan perfecto de salvación para cada ser humano, y nosotros, sus servidores, entramos en ese plan como una tuerca entra en una maquinaria gigantesca y compleja (que no llegamos a entender): se ajusta al tornillo con una determinada fuerza. Y eso es todo lo que debe hacer: no pretende, por ejemplo, entender el plan de Dios; solo desea servirlo, por amor, haciendo lo que tiene que hacer, aunque sea mínima su participación en ese magnífico plan. Es más: mientras menos entienda los designios divinos sobre las almas, más útil será para Dios y para los destinatarios de su apostolado.

Por eso los negocios divinos tienen metodologías diferentes a los humanos:

1) oración, oración, oración,

2) unión a la Cruz de Cristo y

3) desprendimiento total de intenciones personales y querer solo la Voluntad de Dios: pureza total del corazón.

Esa pureza comienza con la vivencia auténtica de las virtudes teologales:

–   ¿Creemos realmente que la vida terrenal es solo un paso hacia la eternidad?

–   ¿Recordamos continuamente que esta vida es una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor?

–   ¿Estamos convencidos de que Dios está pendiente de nosotros y que lo dispone todo para nuestro bien?

–   ¿Confiamos realmente en el amor de Dios por nosotros? ¿Estamos seguros de que solo Él sabe qué nos conviene? ¿Creemos que todo lo puede y que lo que permite —aunque a veces nos parezca malo— es para nuestro bien?

Contestemos con sinceridad estas preguntas:

·   ¿Estamos seguros del amor de Dios o nos angustiamos cuando hay peligros?

·   ¿Cómo tomaríamos la noticia de una enfermedad terminal: nos desesperaríamos, aceptaríamos la Voluntad de Dios o nos sentiríamos dichosos al saber que vamos a llegar a la felicidad eterna?

·   ¿Cómo recibiríamos la muerte de un ser querido?

El hombre viejo todavía huye del sufrimiento; el nuevo lo acepta gozoso, pues sabe que Dios lo usa en beneficio de otros, como lo hacía san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

El hombre nuevo sabe que Dios todo lo dispone para nuestro bien y que de las manos de Dios solo pueden salir cosas buenas para sus hijos, aunque no las entienda. Paradójicamente, va entrando en un conocimiento nuevo, perfecto:

«revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3, 10)

El conocimiento perfecto al que se refiere es la Cruz:

«la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde,el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no demostró Dios que la sabiduría del mundo es necedad? Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.» (1Co 1, 18-20. 22-24).

Es una sabiduría sobrenatural:

«hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra» (1Co 2, 7).

Por eso, el hombre nuevo sabe que debe negarse a sí mismo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24; Mc 8, 34).

Y carga todos los días la Cruz con Cristo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»(Lc 9, 23).

Es lo mismo que decir que el verdadero servidor de Jesús, el que sí lo ama, el hombre nuevo:

*  sirve a Dios, no se sirve de Él,

*  no considera su labor un privilegio sino un servicio de amor,

*  no se ocupa por saber los resultados de su servicio, sino en tener contento al Señor,

*  no admite ni da elogios,

*  no se preocupa de las opiniones de nadie; solo quiere agradar a Dios,

*  se niega a sí mismo en todo,

*  se oculta para no aparecer,

*  se mortifica (carga con Jesús la Cruz) para ayudar a realizar el plan de Dios,

*  ora intensamente, sabiendo que solo Dios convierte a las personas y

*  ofrece sus mortificaciones para que se cumpla ese plan, trazado desde la eternidad por la infinita sabiduría.

Estas son palabras dirigidas a hombres nuevos, porque ya son espirituales; no son para hombres viejos (carnales).

Con personas así se encontró san Pablo, y tuvo que escribirles:

«Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente; […]  porque ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?» (1Co 3, 1-3)

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¿Evangelizar a los de la casa?

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2014

Cuando una persona se acerca a Dios y se convierte, se llena de dicha interior y desea fervientemente que sus parientes sigan su mismo camino. Además, suele ocurrir que en la parroquia o grupo de oración se le recomiende que los evangelice, que hay que convertirlos, que hay que comenzar por ellos…

Pero la verdad es que ellos no comprenden ese cambio; lo suelen confundir con fanatismo religioso y, si les habla de Dios, lo rechazan…

Así, la alegría que experimenta el recién convertido se ve empañada desde temprano por ese dolor que experimenta al ver que sus seres más cercanos no lo entienden, lo critican y hasta se burlan de él, lo ponen en ridículo ante los demás, etc. Y aunque siente el apoyo de la comunidad a la que pertenece y la asistencia divina, ese desconsuelo es difícil de llevar.

Pero Jesús dijo que ningún profeta es bien recibido en su propia casa (Lc 4, 24). Nadie les dice que a los familiares no se los debe evangelizar con palabras, que no deben hablarles a sus familiares de Dios ni de las cosas de Dios (mucho menos tratar de obligarlos a asistir a misa o a otra celebración o encuentro espiritual…).

Es con el ejemplo como se los debe acercar a Dios; es mostrándoles la felicidad que ahora los embarga.

¿Y esto cómo se hace?

1) Amándolos, es decir, sirviéndolos con gusto,

2) infundiéndoles paz y

3) llenándolos de alegría.

En resumen: que se note que ahora está lleno de Dios, pero sin hablarles de Él; predicarles con la vida, no con las palabras.

Al ver este cambio positivo en su vida, los demás se sentirán atraídos. Se preguntarán: «¿Por qué ahora se ve tan feliz?» «¿Por qué ya no se disgusta como antes?» «¿Por qué es tan cariñoso y servicial?»…

Y a veces hasta le harán la pregunta: «Oye, ¿qué te ha hecho cambiar tanto?» Esa será la señal, el momento propicio para que aproveche —ahora sí— a evangelizar con la Palabra; contestará, por ejemplo: «Porque ahora estoy con Dios».

Y las palabras que diga en adelante serán escuchadas.

 

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Oblación perfecta

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2012

Dios Padre,

haz que te glorifique con mi vida;

 

Dios Hijo,

haz que te ayude

a salvar almas;


Dios Espíritu Santo, lléname de ti

para derramarte

en mis hermanos

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Cómo eliminar el estrés

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 15, 2011

 

El camino más corto y fácil de acabar con nuestro estrés, angustias, ansiedades, depresiones, preocupaciones… y todas las demás neurosis, es olvidarnos de nosotros mismos y concentrar nuestra atención y realizar todos nuestros trabajos por un ideal grande, de servicio a los demás.

¿Y cuáles son los ideales más grandes? Aquellos por los cuales luchó el Hombre perfecto, el Hombre por antonomasia, el paradigma de todo ser humano: Jesucristo.

Hay 3 razones por las cuales vino Cristo al mundo:

  1. para restituir la gloria y honra que le quitamos a Dios–Padre con nuestros pecados,

  2. para tratar de salvar a la mayor cantidad de personas posible y

  3. para lograr la santificación de todos los bautizados (el Reino de Dios).

Esos son sus únicos ideales, sus metas, las causas por las que el luchó: se redujo de Dios a criatura por eso, se dejó matar con una muerte atroz por eso, se quedó en la Eucaristía por eso, fundó la Iglesia por eso…

Si quieres, puedes escoger los mejores ideales: aquellos por los que Él dio su vida.

Concéntrate en ellos: que sean tu único pensamiento; ofrece tu trabajo (el que estás obligado a hacer) y tu descanso por estas intenciones, tus oraciones y penas, tus alegrías y tristezas, tu vida ordinaria o extraordinaria, tus amores…, todo, para que se den en el mundo, cada vez más, los ideales de Jesucristo… Ocúpate únicamente de eso; y despreocúpate de todo lo demás.

Y siéntete feliz cuando puedas ofrecerle padecimientos y desprecios —como Él lo hizo por ti— para que los use con esos tres fines.

Y serás como Jesucristo; te identificarás con Él… Y él sabrá que hay otro Cristo trabajando con Él, por las causas más altas de todas: las mismas de Dios.

Y, por añadidura, se te acabará el estrés.

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¿Miedo a exigir?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2008

 

Son muchos los eventos que suceden a diario para demostrar que la Iglesia Católica pierde cada vez más “adeptos”. Y si son incontables los “ex católicos” que pasan a las huestes mormonas, qué no se dirá de los que se unen a los cristianos evangélicos o a los Testigos de Jehová. Además, hoy pululan los que creen en la Nueva Era, entendida de mil formas distintas, y a las sectas…

 

A todos los ciudadanos nos aterra ver cómo los almacenes, las fábricas y las empresas anuncian grandes descuentos en los productos que venden, desde cosas palpables como los carros que cuestan ahora millones de pesos menos, hasta las intangibles como los viajes y los seguros… Así mismo, es impresionante observar las estadísticas en lo referente a la presencia de católicos en los templos, en la solicitud de servicios litúrgicos, de sacramentos, de asesoría espiritual…

 

Esta última, por ejemplo, si se compara con la que brindan los centros de yoga, el esoterismo y los almacenes de venta de velas de colores para cada necesidad, muestra un valor mínimo: muy pocos feligreses creen en la eficacia de la labor sacerdotal que, como ministros de Dios, pueden ejercer.

 

Las editoriales católicas están pasando un momento verdaderamente apremiante desde el punto de vista económico. Si se coteja su situación con las librerías esotéricas y las que venden libros de frutoterapia, aromaterapia, coloroterapia, radioterapia, digitoterapia… es decir, sobre todas las “terapias” posibles, se llegará a la conclusión evidente de que el catolicismo está “de capa caída”.

 

Y algunos sacerdotes se llenan de miedo: cambian la liturgia de los ritos sagrados, desobedeciendo las normas emanadas del Vaticano; se esfuerzan por “llegar” al público con novedosas técnicas de oratoria, música más “alegre”, actitudes más “acordes con el pensar de las gentes de hoy”, llegando muchas veces a perder la modestia, la mesura y la circunspección debidas en un ministro de Dios; otros hablan más de política y de cosas profanas que de aspectos útiles para la gloria Dios y la salvación de las almas, para “no cansar al auditorio y que se nos alejen más fieles”; En fin, se llega a claudicar en aspectos esenciales de nuestra Fe y hasta en los Dogmas que la Iglesia ha proclamado, por ser “más asequibles”…

 

Y, ¿fue Jesús así? No. Por más “mal” que llegase a caer en los ambientes de su época, Él permaneció digno e inflexible, aunque lleno de amor por todos. Es más: esa actitud fue la que lo llevó a una muerte de cruz. No cedió ante los escribas y fariseos a quienes no dudó en llamar sepulcros blanqueados, hipócritas (Mt 23, 27) y otros improperios; ni siquiera claudicó ante Caifás o ante Pilato, cuando podía decir algo para salvarse de la muerte.

 

Y tuvo éxito: hoy, en más de dos tercios del globo terráqueo se dice “antes de Cristo” o “después de Cristo” para dar fechas; hoy el cristianismo sigue siendo todavía la religión con más creyentes…

 

En los momentos difíciles es cuando más se fortalece un ser humano. Asimismo, en las dificultades, los cristianos somos más cristianos: cuando se persigue a la Iglesia aparecen los mártires, cuando un lugar se siembra de mártires crece esa Iglesia local más que nunca, cuando los obispos y los presbíteros son perseguidos se hacen más fuertes, se llenan más de amor por Dios y por su Iglesia, y ese ejemplo mueve a los laicos a ser mejores hijos de Dios…

 

¿Necesitaremos acaso hostigamientos, persecuciones, acosos, para ser otra vez como los primeros cristianos? ¿Vamos a esperar a que lleguen esos momentos?

 

No son las tácticas las que atraerán a los verdaderos católicos. Es nuestro ejemplo de valentía, de obediencia, de sacrificio, lo que lo logrará; es la unión verdadera con Cristo: en la oración frecuente, puntual, perseverante, de diálogo verdadero entre Dios y su criatura; en la cruz de cada día que nos viene o en la que valiente y voluntariamente le ofrecemos por la salvación del mundo y para reparar la gloria que le hemos quitado; es la obediencia delicada a sus leyes y a las de su Iglesia… Es Dios quien mantendrá firme y creciente a la Iglesia Católica. Si creemos que son nuestras habilidades o las tácticas las que evitarán la desbandada de los católicos  o las que nos traerán más adeptos, estamos cometiendo el mismo pecado de Adán y Eva: la soberbia. Y eso no es nada original.

 

 

 

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Merma el número de católicos

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2008

 

Es algo innegable: los países latinoamericanos están viendo cómo sus hijos católicos se hacen principalmente Evangélicos y Pentecostales (que se llaman a sí mismos cristianos), Testigos de Jehová, seguidores de la Nueva Era, Mormones… Los párrocos están percibiendo una menor proporción de feligreses.

 

Este abandono ya muestra sus efectos: críticas a la Iglesia Católica que van y vienen en los medios de comunicación, en los círculos sociales y en los ambientes más dispares, lo que deriva en menor credibilidad en la Iglesia…

 

Y, ¿cuál es la razón de esa huida? ¿Por qué se van los católicos a otras huestes?

 

Preguntando tanto a los «ex católicos» como a los que todavía no se han cambiado, se descubrió que las siguientes son las principales causas, en orden de prevalencia: primero, falta de motivación por parte del clero a sus feligreses; segundo, presencia de cierta rigidez y monotonía en los ritos católicos, que no tienen alegría ni entusiasmo; tercero, alejamiento de la jerarquía de la realidad del católico común; y cuarto, un léxico incomprensible por parte de los sacerdotes y laicos comprometidos (que con frecuencia se ven un poco fanáticos).

 

Este estudio muestra realidades que invitan a hacer profundos análisis, imposibles de exponer en un artículo tan reducido en espacio; pero bien se alcanza a descubrir la entraña de este innegable desastre: la deserción —ya en masa— de muchos bautizados y la disminución de la eficacia apostólica de quienes creen que la Iglesia Católica es depositaria de la verdadera Fe.

 

En primer lugar, sorprende saber que las razones apuntadas para esta especie de apostasía dejan entrever la falta de testimonio que damos los católicos: cerca de un 97% de los encuestados tuvieron padres católicos que no vivían como tales (algunos, aunque conocían los principales postulados de nuestra Fe, no cumplían los mandamientos: vivían en unión libre o eran infieles a sus cónyuges o abortaban o usaban anticonceptivos, etc.).

 

Directamente relacionada con el antitestimonio, la incoherencia es otro de los resultados de la investigación que se llevó a cabo; el estribillo de los encuestados fue: «El cura predica pero no aplica» o «Piden humildad, pobreza, obediencia, castidad… pero no las viven».

 

Jesús, por ejemplo, dijo que la gente conocería si somos sus discípulos por el amor que nos demostremos unos a otros y, sin embargo, oímos críticas, sentimos envidias y recelos, nos obstinamos en el error…

 

Hay algo más: el defecto en la explicación de las verdades de la Fe es evidente: los feligreses no saben, por ejemplo, qué es la Eucaristía; creen que se trata de algo superficial, obligatorio («quién sabe por qué») y monótono.

 

Del mismo modo, casi toda la doctrina de la Iglesia es desconocida, aunque no siempre nominalmente: muchos conocen los «qué», pero no los «porqué» de cada dogma, de la moral, de la gracia, de la oración, de los sacramentos, de los mandamientos, de la economía de la salvación… Pero lo que menos conocen los católicos que se cansan y se van tras otras «luces» es la tríada fundamental de nuestra Fe: la creación, la Encarnación y la Redención.

 

Analizado sin la Fe, sin la Esperanza y sin el Amor, podríamos decir que, poco a poco, el éxodo seguirá creciendo hasta hacer desaparecer a la Iglesia; pero, por fortuna, tenemos esas 3 virtudes teologales que nos hacen decir: «A grandes desafíos, grandes respuestas».

 

De modo pues que es necesario hacer algo grande. Y debemos comenzar por el principio: estudiar nuestra Fe y vivirla, para ser testigos veraces, más con el ejemplo que con las palabras.

 

El segundo paso es ser hombres y mujeres de oración, una oración asidua y profunda que nos lleve a conocer y comprometernos con Cristo, quien siempre pide más. Ese Cristo nos llevará, como a los santos, como a los mártires, a desgastar la vida por su amor ofreciendo nuestras cruces (unidas a la de Él para que así tengan eficacia) por la salvación de las almas y para reparar la gloria que le hemos quitado.

 

Y, por último, a cumplir con el deber de bautizados: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio» (Mc 16, 15), más con las obras que con las palabras.

 

 

 

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El secreto de la eficacia apostólica

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2008

 

Las técnicas, los medios, la imagen que proyecta la Iglesia es, para la prensa, la causa del abandono del camino católico de muchos.

Para ese supuesto “fracaso” de la Iglesia Católica se aduce error en las estrategias “de venta”, no saber “llegar” al público, no saber promover el “producto”…

Además —dicen los medios—, se ha minado el antiguo esplendor del catolicismo por la atracción de otras Iglesias o sectas con música y alegría en sus templos, con tácticas psicológicas para atraer adeptos, con sermones que sí cautivan al público, junto con la aparición de la Nueva Era —menos exigente y más acomodadiza en lo que respecta a la moral y a las costumbres—, y otros modos de vivir subjetivistas y relativistas.

Pero ningún medio de comunicación habla o escribe de la necesidad de la oración: oración por la grey del Señor, oración por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos:

“Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha».” (La Biblia Latinoamericana, Lc 10,2)

Tampoco hay palabras escritas o habladas acerca de la unión con la Cruz de Cristo, lugar donde se hizo la Redención:

A partir del misterioso designio de Dios (1Co 1,23) la cruz, en su sentido físico cuando lo requieran las circunstancias (y siempre en sentido espiritual) se ha convertido en camino inesquivable para alcanzar la salvación propia y de los demás:

“Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga».” (Mc 8,34; Mt 16,24)

“En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo.” (Ga 6,14)

El dolor, históricamente, en lo que tiene de duro y mortificante para el hombre, es instrumento querido por Dios para que individuo y comunidad se conviertan en frutos maduros para la salvación:

“Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi Nombre.” (He 9,16)

“Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que estamos vivos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal. Y mientras la muerte actúa en nosotros, a ustedes les llega la vida.” (2Co 4,10-12)

Como se ve, la cruz personal es el cauce para que la gracia de Dios actúe y transforme.

“De mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer.” (2Co 6,4-5)

“Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con muchos días sin comer, con frío y sin abrigo. Además de estas y otras cosas, pesa sobre mí la preocupación por todas las Iglesias.” (2Co 11,27-28)

“Por eso, yo les ruego que no se desanimen al ver las pruebas que soporto por ustedes. Más bien han de sentirse orgullosos de ellas.” (Ef 3,13)

“Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.” (Col 1,24)

Si queremos el bien de la Iglesia, todos debemos seguir este mismo camino. Quien desee triunfar en el apostolado debe hacer sacrificios.

“Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarle; este culto conviene a criaturas que tienen juicio.” (Rm 12,1)

“Ofrezcamos a Dios en todo tiempo, por medio de Jesús, el sacrificio de alabanza” (He 13,15)

“También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús.” (1 Pe 2,5)

Y quien desee éxito también debe hacer ayunos, gesto religioso muy positivamente valorado por la Biblia como medio de implorar la protección divina contra una calamidad (Jl 2,12-17; Jdt 4,9-13). ¿Acaso no es la situación moral y espiritual de hoy una gigante calamidad?

“Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.” (Mt 17,21)

O antes de emprender una difícil empresa (Jc 20,26; Est 4,16; He 13,2-3).

Pero la Biblia no considera el ayuno como un rito mágico; por eso mismo sólo lo valora positivamente cuando va acompañado de la oración y de la ayuda al necesitado (Tb 12,8-9; Jr 14,10-12; Is 58,3-7). En esta misma línea de valoración positiva, pero condicionada, se coloca Jesús:

“Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Cuando tú hagas ayuno, lávate la cara y perfúmate el cabello. (Mt 6,16-17)

Y también la primitiva comunidad cristiana lo hace. Veamos unos apartes de los Hechos de los Apóstoles:

“En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe.

Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.

Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’.

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo:

–Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.” (He 11, 22-26; 13,1-3)

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver los Católicos más a menudo?: “al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho” Es verdad que se hace apostolado, es verdad que se incrementan los integrantes de los grupos de oración, es verdad que a veces se ve un florecimiento del catolicismo…, pero ¿no es verdad también que la mayoría de los católicos están ajenos al verdadero compromiso?

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo? ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: “Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’”.

Pero hay más: “Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron”.

¿Cuántos católicos ayunan?

“En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.” (He 14,23)

Para estar plenamente convencidos de todo esto basta ver lo que fue la cuaresma de Jesús: Mt 4.

El Señor nos enseñó, con su vida, a amar la Cruz:

“Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!” (Lc 12, 50)

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

Por eso, quien quiera lograr mucho con su apostolado debe abnegarse, exigencia indispensable para ser discípulo de Jesús (Mt 10,37; Mt 16,24; 19,17.29; Mc 8,34; Lc 9,23).

También el apóstol de Cristo debe tomar la cruz y seguir a Jesús (Mt 16,24 par), crucificar la propia carne (Ga 5,24), preferir los intereses de Cristo a los propios (Mt 10,37; Lc 14,26), y otras tantas expresiones neotestamentarias de la abnegación cristiana.

San Pablo recomienda encarecidamente la abnegación (Rm 6,12-13; 1Co 7,29-31; Ti 2,12).

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

Unidos a su Cruz cada día, diciendo “sí” al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del gran grupo de católicos llamados “no practicantes”. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

El error es creer que son nuestras fuerzas las que logran el triunfo en el apostolado: cuando se mengua el “yo” para que crezca el Señor a la manera de Juan, el bautista (Cf. Jn 3,30), se obtiene el éxito:

1.  La oración y el sacrificio nos obtendrán fuerzas para saber escuchar a quienes acuden a nosotros.

2.  La oración y el sacrificio ayudarán a que seamos más comprensivos y tolerantes.

3.  La oración y el sacrificio hará que sepamos que el éxito no depende de nosotros sino de la gracia de Dios.

4.  La oración y el sacrificio servirán de cauce para la acción del Espíritu Santo en las almas que nos están confiadas.

5.  La oración y el sacrificio nos pondrán “a tono” con los deseos del Señor.

6.  La oración y el sacrificio nos acarrearán ese “gancho” que necesitamos como pescadores de hombres que somos: el amor sincero y desinteresado por las almas, como el de Jesús, quien fue capaz de morir por ellas ¡y en una muerte de Cruz!

7.  La oración y el sacrificio son, como dice la canción, el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia…

  

Los siguientes documentos de la Iglesia hablan de estos temas de un modo similar:

·     Sobre la Cruz:

Lumen Gentium, 3;

Hechos de los apóstoles, 14, 22;

Santo Domingo, conclusiones, 2;

Santo Domingo, conclusiones, 10;

Santo Domingo, conclusiones, 40.

Puebla, conclusiones, 278;

Puebla, conclusiones, 296;

Puebla, conclusiones,  585;

Catecismo de la Iglesia Católica, 710.

·     Sobre el anonadamiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 520.

·     Sobre el sufrimiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 307;

Catecismo de la Iglesia Católica, 428.

·     Sobre la mortificación:

Catecismo de la Iglesia Católica, 2015;

Catecismo de la Iglesia Católica, 2043.

·     Sobre el ayuno:

Catecismo de la Iglesia Católica, 575;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1430;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1434;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1969.

·     Y sobre el dolor:

Santo Domingo, mensaje a los pueblos de América latina y el Caribe, 8;

Santo Domingo, conclusiones, 145;

Puebla, conclusiones, 279.

 

 

 

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Desbandada de católicos

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2008

 

Hacer una evaluación, parroquia por parroquia, o viajar por el país son, entre otras, las mejores maneras de evaluar lo que está sucediendo en las huestes católicas: grupos de esoterismo, presencia de Testigos de Jehová, satanismo, budismo tibetano y otros y, mucho más extendidas, agrupaciones cristianas no católicas que son ahora sedes llenas de ex católicos. Hay lugares en donde por cada templo católico hay tres iglesias de credos no católicos en las que los pastores aleccionan a los fieles a seguir tras las huellas de fundadores de nuevos modos de ver el cristianismo; y lo que es más: por cada feligrés hay doscientos o trescientos nuevos cristianos: personas que antes conocíamos como evangélicos y más atrás como protestantes.

Preocupados por esa desbandada, muchos prelados y laicos intentan retornarlos o disminuir su éxodo cambiando sus actitudes e intentando mudar la forma —no el fondo— de los ritos, llenándolos de cánticos, de diálogo pastoral, de música, de simpatía…, como si se tratase de la captura de un mercado comercial.

Pocos, en cambio, se han dado a la tarea de examinar los motivos extrínsecos de tales cambios de “religión” y mucho menos los motivos interiores o intrínsecos. Sobresalen los siguientes en orden de prevalencia (del más frecuente al menos):

1. La inexistencia de una “alma” en el catolicismo que impela a un verdadero compromiso de vida. 2. La ausencia de un cambio exterior en los ritos católicos que demuestre los movimientos interiores del alma. 3. La presencia en los otros credos de expresiones externas que muevan el sentimentalismo de las masas. 4. La evidencia de gran cantidad de cambios positivos en drogadictos, delincuentes de la más variada maldad y, especialmente, de seres que, tras etapas de depresión, encuentran cariño y el apoyo psicológico y material que – dicen ellos – no hallaron entre los sacerdotes y religiosos y, mucho menos, entre quienes se llaman católicos.

¿Qué podemos contestar ante estos argumentos?…

Más que contestar bien vale la pena evaluar la situación actual, tanto en la realidad (llegaremos ser la religión menos numerosa del país), realidad imposible de negar, como en las causas de la misma:

¿Por qué se niega la existencia de una “alma” en el catolicismo que impulse a un cambio verdadero de vida en el Señor? No nos dejemos llevar por respuestas simplistas. No es porque no se predique lo suficiente, ni porque el cura no “llega” al feligrés. Es porque esa “alma” del catolicismo es la misma Cruz de Cristo a la que no hemos llegado de veras y con la valentía de algunos de los primeros cristianos; “hasta la sangre”, como decía san Pablo; radicalmente, como lo hizo san Francisco; “… es Cristo quien vive en mí”…

¿Por qué no llegamos a tantos, como los otros? Tampoco conviene dejar esta pregunta sin un profundo análisis. Y la respuesta es la misma: la eficacia no está en nosotros, en nuestras cualidades como predicadores o como hombres piadosos únicamente, está en nuestra unión con la Cruz de Cristo. ¿Cuántas veces nos unimos a ella, no en el sentimiento sino en la realidad? Morir con Cristo en la Cruz cada día es ser el servidor de todos; trabajar, sufrir y dejar toda la satisfacción a los demás; considerase siempre el último de todos, por tanto, contento de ocupar el último lugar; ser indiferente a todo, tanto a los reproches como a las alabanzas, y hasta preferir lo primero; ser siempre condescendientes con las opiniones ajenas; no vivir dando disculpas y explicaciones por los errores cometidos; no hablar de nosotros mismos; que los oficios más humildes sean siempre los nuestros…

Y, principalmente, pureza de intención en la acción menor como en la mayor y unión íntima con el Corazón de Jesús. Aquí está la fuerza del amor de Cristo: en su Cruz.

 

 

 

 

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Crisis vocacional

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

Es evidente que hay una crisis profunda en la Iglesia: constantemente se reciben noticias acerca de que tanto el número de vocaciones sacerdotales como religiosas es muy bajo: aunque a veces se lee en distintas publicaciones que aumentó ligeramente en algún lugar o en alguna institución, al hacer la proporción de esas cifras, se encuentran los índices muy bajos, comparados con el crecimiento demográfico.

 

Por eso, es de grandísima importancia profundizar conscientemente en las causas que han originado esta disminución vocacional.

 

Para ello, conviene detenerse primero en la esencia de la vocación religiosa.

 

Teóricamente son muy bien conocidos por todos los aspectos que se deben tener en cuenta para que un cristiano se decida por la vida religiosa: después de un proceso de discernimiento vocacional, la evidencia de un llamado divino al Amor, dentro de un carisma específico.

 

Pero, de acuerdo con la experiencia en la dirección espiritual, se puede deducir —no sin inmensa tristeza— que muchos religiosos han tomado la decisión de ingresar a una comunidad por distintas causas, todas diferentes a la descrita en el párrafo anterior.

 

Efectivamente, aunque hay vocaciones auténticas, hombres y mujeres felices, verdaderamente enamorados de Dios, dispuestos a seguir los consejos evangélicos y llegar al martirio, si Dios se lo pide; algunos religiosos y sacerdotes se guían por criterios más superficiales. He aquí, estadísticamente, los más frecuentes:

 

1.                 Circunstancias espirituales particulares, que son entendidas como la voluntad de Dios, hechas sin todos los pasos que implica el proceso completo del discernimiento vocacional.

 

2.                 Dificultades psicológicas —afectivas y/o emocionales— que inducen a los individuos a encontrar un posible camino para ellos: piensan, en el fondo de su corazón, que ese es el “lugar” (el estado) donde mejor se adaptan sus aptitudes, sus condiciones… Pero no exteriorizan sus pensamientos. Obviamente aquí también ha fallado algo en el proceso de discernimiento.

 

3.                 Una “realización personal” entendida únicamente bajo parámetros puramente humanos planeada, casi siempre, únicamente desde el punto de vista racional. Aquí se incluyen los casos de aquellos que creen gozar de cierto prestigio o estabilidad económica, etc.

 

4.                 La creencia de que, desde chicos, están ya destinados (por Dios) a una vocación específica; esto, por enseñanzas inadecuadas por parte de sus progenitores, educadores (estudios hechos en colegios–seminarios), etc.

 

Como se puede deducir, todos estos casos carecen de un auténtico discernimiento vocacional previo. Pero hay que advertir, sobre todo, que el móvil de todas estas circunstancias no es el amor a Dios y el deseo de servirlo. Hay que decirlo sin miedo: bajo estas intenciones está escondido un egoísmo, más o menos consciente, según el caso. Y el egoísmo es exactamente lo opuesto al amor auténtico de quien está dispuesto a todo, hasta a dar la vida por amor a Cristo.

 

Hace falta, pues, que las vocaciones sean auténticas.

 

Esta situación explica el porqué de tantas deserciones, tanto de religiosos que dejan una comunidad para ir a otra (cambian de orden, congregación o instituto) o para vivir la vida laica…

 

Además, así se explica también la disminución de las vocaciones religiosas (y también de las vocaciones sacerdotales), como se pasa a considerar:

 

Algunos aducen causas como el desprestigio de la vida religiosa, cierta apatía hacia lo santo, el consumismo, el ambiente cambiante de la sociedad actual, el fenómeno de la globalización, en fin, innumerables posibles causas. Aquí vale la pena preguntarnos: ¿Acaso Dios no puede contra todo eso? Si la fuerza de Dios no se ha disminuido, ¿no será que nos falta Fe?

 

Hoy muchos creen que todo obedece a la falta de testimonio. Pero, ¿será posible que todo dependa únicamente del testimonio y no de la gracia de Dios?

 

Hay también quienes piensan que hace falta mejorar las técnicas de apostolado, los medios, la imagen que proyecta la Iglesia… Para ellos, esta es la causa del abandono del camino de algunos y la falta de interés de muchos.

 

Para ese supuesto “fracaso” de la Iglesia Católica se aduce error en las estrategias “de venta”, no saber “llegar” al público, no saber promover el “producto”…

 

Además, dicen, se ha minado el antiguo esplendor del catolicismo por la atracción de otras Iglesias o sectas con música y alegría en sus templos, con tácticas psicológicas para atraer adeptos, con sermones que sí cautivan al público, junto con la aparición de la Nueva Era —menos exigente y más acomodadiza en lo que respecta a la moral y a las costumbres—, y otros modos de vivir subjetivistas y relativistas…

 

Pero poco se habla o escribe de la necesidad de la oración: oración por la grey del Señor, oración por los religiosos, por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos:

 

“Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha».” (Lc 10,2)

 

Por eso, todo discernimiento vocacional debe comenzar y seguir con mucha oración.

 

Tampoco hay muchas palabras escritas o habladas —como habló y escribió san Pablo de la Cruz— acerca de la unión con la Cruz de Cristo, lugar donde se hizo la Redención:

 

A partir del misterioso designio de Dios (1Co 1,23) la cruz, en su sentido físico cuando lo requieran las circunstancias (y siempre en sentido espiritual) se ha convertido en camino inesquivable para alcanzar la salvación propia y de los demás:

 

“Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga».” (Mc 8,34; Mt 16,24)

 

“En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo.” (Ga 6,14)

 

El dolor, históricamente, en lo que tiene de duro y mortificante para el hombre, es instrumento querido por Dios para que individuo y comunidad se conviertan en frutos maduros para la salvación:

 

“Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi Nombre.” (He 9,16)

 

“Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que estamos vivos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal. Y mientras la muerte actúa en nosotros, a ustedes les llega la vida.” (2Co 4,10-12)

 

Como se ve, la cruz es el cauce para que la gracia de Dios actúe y transforme.

 

“De mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer.” (2Co 6,4-5)

 

“Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con muchos días sin comer, con frío y sin abrigo. Además de estas y otras cosas, pesa sobre mí la preocupación por todas las Iglesias.” (2Co 11,27-28)

 

“Por eso, yo les ruego que no se desanimen al ver las pruebas que soporto por ustedes. Más bien han de sentirse orgullosos de ellas.” (Ef 3, 13)

 

“Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.” (Col 1,24)

 

Si queremos vocaciones auténticas, todos debemos seguir este mismo camino. Quien desee triunfar en el apostolado debe hacer sacrificios.

 

“Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarlo; este culto conviene a criaturas que tienen juicio.” (Rm 12,1)

 

 “También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús.” (1 Pe 2,5)

 

Y quien desee éxito también debe hacer ayunos, gesto religioso muy positivamente valorado por la Biblia como medio de implorar la protección divina contra una calamidad (Jl 2,12-17; Jdt 4,9-13). ¿Acaso no es la ausencia de vocaciones una gigante calamidad?

 

“Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.” (Mt 17, 21)

 

La primitiva comunidad cristiana lo hizo. Veamos unos apartes de los Hechos de los Apóstoles:

 

“En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe».

Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.

Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’.

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo:

Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.” (He 11, 22-26; 13,1-3)

 

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver más a menudo?: “al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho”. ¿No es verdad también que algunos están ajenos al verdadero compromiso?

 

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo?, ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: “Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’”.

 

Para estar plenamente convencidos de todo esto basta ver lo que fue la cuaresma de Jesús: Mt 4.

 

El Señor nos enseñó, con su vida, a amar la Cruz:

 

“Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!” (Lc 12, 50)

 

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

 

Por eso, quien quiera lograr mucho con su apostolado debe abnegarse, exigencia indispensable para ser discípulo de Jesús (Mt 10,37; Mt 16,24; 19,17.29; Mc 8,34; Lc 9,23).

 

También el apóstol de Cristo debe tomar la cruz y seguir a Jesús (Mt 16,24 par), crucificar la propia carne (Ga 5,24), preferir los intereses de Cristo a los propios (Mt 10,37; Lc 14,26), y otras tantas expresiones neotestamentarias de la abnegación cristiana.

 

San Pablo recomienda encarecidamente la abnegación (Rm 6,12-13; 1Co 7,29-31; Ti 2,12).

 

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

 

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

 

Allí donde hay más martirio —lo constata la historia— allí hay más vocaciones…

 

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

 

Unidos a su Cruz cada día, diciendo “sí” al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del mundo. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores, ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

 

El error es creer que son nuestras fuerzas las que logran el triunfo en el apostolado: cuando se mengua el “yo” para que crezca el Señor a la manera de Juan, el Bautista (Cf. Jn 3,30), se obtiene el éxito:

 

1.   La oración y el sacrificio nos obtendrán fuerzas para saber escuchar a quienes acuden a nosotros.

 

2.   La oración y el sacrificio servirán de cauce para la acción del Espíritu Santo en las almas que nos están confiadas.

 

3.   La oración y el sacrificio hará que sepamos que el éxito no depende de nosotros sino de la gracia de Dios.

 

4.   La oración y el sacrificio nos pondrán “a tono” con los deseos del Señor.

 

5.   La oración y el sacrificio nos conseguirán esas redes que necesitamos como pescadores de hombres que somos: el amor sincero y desinteresado por las almas, como el de Jesús, quien fue capaz de morir por ellas, ¡en una muerte de Cruz!

 

6.   La oración y el sacrificio son, como dice la canción, el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia…

 

7.   ¡La oración y el sacrificio son los medios para conseguir que el Señor nos dé más vocaciones!

 

Con sinceridad, profundidad y valentía, hagámonos algunas preguntas más:

 

¿Estamos viviendo nuestro carisma, nuestro espíritu a cabalidad?

 

Y por otra parte, ¿cómo estamos viviendo las Reglas?¿Las obedecemos con heroica fidelidad?

 

Vivir las Reglas nos lleva a la esencia de nuestra vocación, de nuestra pertenencia. Vivir las Reglas es la esencia de la eficacia apostólica.

 

Vivir las Reglas es atraer sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo.

 

Por eso, además de la oración y el sacrificio, vivir las Reglas es el modo de aumentar las vocaciones, pero eso sólo ocurrirá si estamos crucificados.

 

Conclusión: si queremos que el Espíritu Santo nos dé más vocaciones, debemos amar apasionadamente a Cristo Crucificado, crucificándonos con Él, “encarnando” nuestro carisma y viviendo las Reglas con una santísima observancia.

 

Solo así, lograremos evitar que el Señor no «nos encuentre dormidos o con los ojos cansados».

 

«Dichosa tú, Virgen María, que sin morir mereciste la corona del martirio junto a la Cruz del Señor», dice una de las antífonas de comunión de la misa votiva de la Virgen de los Dolores. Pidamos su protección y ayuda para que merezcamos también nosotros esa mística corona del martirio, permaneciendo junto a la Cruz del Señor. Y Él multiplicará las vocaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Donde hay más martirio hay más vocaciones

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

Es evidente que hay una crisis profunda en la Iglesia: constantemente se reciben noticias acerca de que tanto el número de vocaciones sacerdotales como religiosas es muy bajo: aunque a veces se lee en distintas publicaciones que aumentó ligeramente en algún lugar o en alguna institución, al hacer la proporción de esas cifras, se encuentran los índices muy bajos, comparados con el crecimiento demográfico.

Por eso, es de grandísima importancia profundizar conscientemente en las causas que han originado esta disminución vocacional.

Para ello, conviene detenerse primero en la esencia de la vocación religiosa.

Teóricamente son muy bien conocidos por todos los aspectos que se deben tener en cuenta para que un cristiano se decida por la vida religiosa: después de un proceso de discernimiento vocacional, la evidencia de un llamado divino al Amor, dentro de un carisma específico.

Pero, de acuerdo con la experiencia en la dirección espiritual, se puede deducir —no sin inmensa tristeza— que muchos religiosos han tomado la decisión de ingresar a una comunidad por distintas causas, todas diferentes a la descrita en el párrafo anterior.

Efectivamente, aunque hay vocaciones auténticas, hombres y mujeres felices, verdaderamente enamorados de Dios, dispuestos a seguir los consejos evangélicos y llegar al martirio, si Dios se lo pide; algunos religiosos y sacerdotes se guían por criterios más superficiales. He aquí, estadísticamente, los más frecuentes:

Circunstancias espirituales particulares, que son entendidas como la voluntad de Dios, hechas sin todos los pasos que implica el proceso completo del discernimiento vocacional.

Dificultades psicológicas —afectivas y/o emocionales— que inducen a los individuos a encontrar un posible camino para ellos: piensan, en el fondo de su corazón, que ese es el «lugar» (el estado) donde mejor se adaptan sus aptitudes, sus condiciones… Pero no exteriorizan sus pensamientos. Obviamente aquí también ha fallado algo en el proceso de discernimiento.

Una «realización personal» entendida únicamente bajo parámetros puramente humanos planeada, casi siempre, únicamente desde el punto de vista racional. Aquí se incluyen los casos de aquellos que creen gozar de cierto prestigio o estabilidad económica, etc.

La creencia de que, desde chicos, están ya destinados (por Dios) a una vocación específica; esto, por enseñanzas inadecuadas por parte de sus progenitores, educadores (estudios hechos en colegios–seminarios), etc.

Como se puede deducir, todos estos casos carecen de un auténtico discernimiento vocacional previo. Pero hay que advertir, sobre todo, que el móvil de todas estas circunstancias no es el amor a Dios y el deseo de servirlo. Hay que decirlo sin miedo: bajo estas intenciones está escondido un egoísmo, más o menos consciente, según el caso. Y el egoísmo es exactamente lo opuesto al amor auténtico de quien está dispuesto a todo, hasta a dar la vida por amor a Cristo.

Hace falta, pues, que las vocaciones sean auténticas.

Esta situación explica el porqué de tantas deserciones, tanto de religiosos que dejan una comunidad para ir a otra (cambian de orden, congregación o instituto) o para vivir la vida laica…

Además, así se explica también la disminución de las vocaciones religiosas (y también de las vocaciones sacerdotales), como se pasa a considerar:

Algunos aducen causas como el desprestigio de la vida religiosa, cierta apatía hacia lo santo, el consumismo, el ambiente cambiante de la sociedad actual, el fenómeno de la globalización, en fin, innumerables posibles causas. Aquí vale la pena preguntarnos: ¿Acaso Dios no puede contra todo eso? Si la fuerza de Dios no se ha disminuido, ¿no será que nos falta Fe?

Hoy muchos creen que todo obedece a la falta de testimonio. Pero, ¿será posible que todo dependa únicamente del testimonio y no de la gracia de Dios?

Hay también quienes piensan que hace falta mejorar las técnicas de apostolado, los medios, la imagen que proyecta la Iglesia… Para ellos, esta es la causa del abandono del camino de algunos y la falta de interés de muchos.

Para ese supuesto «fracaso» de la Iglesia Católica se aduce error en las estrategias «de venta», no saber «llegar» al público, no saber promover el «producto»…

Además, dicen, se ha minado el antiguo esplendor del catolicismo por la atracción de otras Iglesias o sectas con música y alegría en sus templos, con tácticas psicológicas para atraer adeptos, con sermones que sí cautivan al público, junto con la aparición de la Nueva Era —menos exigente y más acomodadiza en lo que respecta a la moral y a las costumbres—, y otros modos de vivir subjetivistas y relativistas…

Pero poco se habla o escribe de la necesidad de la oración: oración por la grey del Señor, oración por los religiosos, por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos:

Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha». (Lc 10,2)

Por eso, todo discernimiento vocacional debe comenzar y seguir con mucha oración.

Tampoco hay muchas palabras escritas o habladas —como habló y escribió san Pablo de la Cruz— acerca de la unión con la Cruz de Cristo, lugar donde se hizo la Redención:

A partir del misterioso designio de Dios (1Co 1,23) la cruz, en su sentido físico cuando lo requieran las circunstancias (y siempre en sentido espiritual) se ha convertido en camino inesquivable para alcanzar la salvación propia y de los demás:

Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga». (Mc 8,34; Mt 16,24)

«En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo.» (Ga 6,14)

El dolor, históricamente, en lo que tiene de duro y mortificante para el hombre, es instrumento querido por Dios para que individuo y comunidad se conviertan en frutos maduros para la salvación:

«Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi Nombre.» (He 9,16)

«Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que estamos vivos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal. Y mientras la muerte actúa en nosotros, a ustedes les llega la vida.» (2Co 4,10-12)

Como se ve, la cruz es el cauce para que la gracia de Dios actúe y transforme.

«De mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer.» (2Co 6,4-5)

«Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con muchos días sin comer, con frío y sin abrigo. Además de estas y otras cosas, pesa sobre mí la preocupación por todas las Iglesias.» (2Co 11,27-28)

«Por eso, yo les ruego que no se desanimen al ver las pruebas que soporto por ustedes. Más bien han de sentirse orgullosos de ellas.» (Ef 3, 13)

«Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.» (Col 1,24)

Si queremos vocaciones auténticas, todos debemos seguir este mismo camino. Quien desee triunfar en el apostolado debe hacer sacrificios.

«Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarlo; este culto conviene a criaturas que tienen juicio.» (Rm 12,1)

«También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús.» (1 Pe 2,5)

Y quien desee éxito también debe hacer ayunos, gesto religioso muy positivamente valorado por la Biblia como medio de implorar la protección divina contra una calamidad (Jl 2,12-17; Jdt 4,9-13). ¿Acaso no es la ausencia de vocaciones una gigante calamidad?

«Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.» (Mt 17, 21)

La primitiva comunidad cristiana lo hizo. Veamos unos apartes de los Hechos de los Apóstoles:

En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe. Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor. Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos «cristianos».

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado». Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron. (He 11, 22-26; 13,1-3)

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver más a menudo?: «al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho». ¿No es verdad también que algunos están ajenos al verdadero compromiso?

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: «como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor». De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo?, ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: «Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos “cristianos”».

Para estar plenamente convencidos de todo esto basta ver lo que fue la cuaresma de Jesús (Mt 4).

El Señor nos enseñó, con su vida, a amar la Cruz:

«Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!» (Lc 12, 50)

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

Por eso, quien quiera lograr mucho con su apostolado debe abnegarse, exigencia indispensable para ser discípulo de Jesús (Mt 10,37; Mt 16,24; 19,17.29; Mc 8,34; Lc 9,23).

También el apóstol de Cristo debe tomar la cruz y seguir a Jesús (Mt 16,24 par), crucificar la propia carne (Ga 5,24), preferir los intereses de Cristo a los propios (Mt 10,37; Lc 14,26), y otras tantas expresiones neotestamentarias de la abnegación cristiana.

San Pablo recomienda encarecidamente la abnegación (Rm 6,12-13; 1Co 7,29-31; Ti 2,12).

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

Allí donde hay más martirio —lo constata la historia— allí hay más vocaciones…

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

Unidos a su Cruz cada día, diciendo «sí» al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del mundo. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores, ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

El error es creer que son nuestras fuerzas las que logran el triunfo en el apostolado: cuando se mengua el «yo» para que crezca el Señor a la manera de Juan, el Bautista (Cf. Jn 3,30), se obtiene el éxito:

La oración y el sacrificio nos obtendrán fuerzas para saber escuchar a quienes acuden a nosotros.

La oración y el sacrificio servirán de cauce para la acción del Espíritu Santo en las almas que nos están confiadas.

La oración y el sacrificio hará que sepamos que el éxito no depende de nosotros sino de la gracia de Dios.

La oración y el sacrificio nos pondrán «a tono» con los deseos del Señor.

La oración y el sacrificio nos conseguirán esas redes que necesitamos como pescadores de hombres que somos: el amor sincero y desinteresado por las almas, como el de Jesús, quien fue capaz de morir por ellas, ¡en una muerte de Cruz!

La oración y el sacrificio son, como dice la canción, el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia…

¡La oración y el sacrificio son los medios para conseguir que el Señor nos dé más vocaciones!

Conclusión: si queremos que el Espíritu Santo nos dé más vocaciones, debemos amar apasionadamente a Cristo Crucificado, crucificándonos con Él.

Solo así, lograremos evitar que el Señor no «nos encuentre dormidos o con los ojos cansados».

«Dichosa tú, Virgen María, que sin morir mereciste la corona del martirio junto a la Cruz del Señor», dice una de las antífonas de comunión de la misa votiva de la Virgen de los Dolores. Pidamos su protección y ayuda para que merezcamos también nosotros esa mística corona del martirio, permaneciendo junto a la Cruz del Señor. Y Él multiplicará las vocaciones.

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

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