Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘Doctrina de la Iglesia’ Category

ESTO FUE LO QUE DIJO EL PAPA SOBRE AMORIS LAETITIA DURANTE SU VIAJE A COLOMBIA:

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2017

«Escucho muchos comentarios -respetables porque los dicen hijos de Dios, pero equivocados- sobre la Exhortación apostólica postsinodal. Para entender Amoris Laetitia hay que leerla de principio a fin […] y reflexionar. Leer qué cosa se ha dicho en el Sínodo».
«Una segunda cosa: algunos sostienen que la moral que está a la base de Amoris Laetitia no es una moral católica o, al menos, que no es una moral segura. Ante esto quiero reafirmar con claridad que la moral de Amoris laetitiae es tomista, la del gran Tomás».

Leer:

https://www.aciprensa.com/noticias/esto-fue-lo-que-dijo-el-papa-francisco-sobre-amoris-laetitia-durante-su-viaje-a-colombia-66168

 

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Atenuantes del pecado de abortar

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 2, 2017

La periodista Claudia Palacios publicó en el periódico EL TIEMPO el artículo:

Atenuantes del pecado de abortar: La Iglesia debe reconocer que el derecho canónico perdona el aborto en 10 causales:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/claudia-palacios/atenuantes-del-pecado-de-abortar-125474

 

Sobre este artículo, hay que aclarar algunas cosas:

1) Las «10 causales para que las sanciones no sean aplicadas» de las que habla la periodista se refieren no a la justicia divina (la de Dios) sino a las sanciones eclesiales (las de la Iglesia); por eso, los códices 1.323 y 1.324 del Código de Derecho Canónico están enmarcadas en el LIBRO VI: DE LAS SANCIONES EN LA IGLESIA.

Esto quiere decir que, aunque la Iglesia contemple esos atenuantes para la pena que impone a los pecadores, Dios castigará de todos modos el aborto a quienes no se arrepientan sinceramente y se acojan al Sacramento de la Reconciliación (confesión), por ser un homicidio realizado con premeditación (lo pensó antes de abortar), alevosía (contra una persona sin correr el riesgo de una reacción defensiva) y ventaja (de un superior contra un ser humano inferior e indefenso).

Comparándolo con la justicia penal, supongamos que a un homicida, por cometer este delito coaccionado por miedo grave o para evitar un perjuicio grave, en vez de una pena de 30 años, se le aplica una de 25 ó 20. Pero ese delito no deja de llamarse homicidio.

En el caso del aborto siempre se pretende la muerte de un ser humano no-nacido: es homicidio, aunque en algunos casos haya atenuantes.

Así, pues, si algunas jóvenes no abortaron «por temor a convertirse en pecadoras», como lo dice la periodista, hicieron bien pues, aunque la justicia de la Iglesia atenúe sus penas, el aborto sigue siendo un pecado gravísimo.

2) La cita que hace la periodista (que no está en el Código de Derecho Canónico): «No queda sujeto a pena quien cuando infringió una ley o precepto aún no había cumplido 16 años», vale para todos los delitos, como ella misma lo dice. Podríamos preguntar: ¿Si un joven de 15 años y 11 meses mata a un compañero de la escuela a puñaladas, ¿será que no es consciente del mal que hace? ¿Acaso se hará consciente el mes siguiente, cuando cumpla 16?

La experiencia demuestra que la conciencia acusa indefinidamente a las jóvenes que se realizan un aborto siendo menores de 16 años, prueba de que sabían que actuaron mal.

3) La fuente de la periodista —el sacerdote que l«pide no revelar su nombre para no meterse en líos con su comunidad»— no es buena, pues no es un auténtico seguidor de Jesucristo quien, por defender la verdad, llegó hasta las últimas consecuencias: dio su vida. Asimismo, todos los mártires de la Iglesia dieron su vida en defensa de la verdad; no fueron cobardes. Por eso, las opiniones de este sacerdote no deberían tenerse en cuenta.

Por otra parte, nace la pregunta: ¿A qué le teme este anónimo sacerdote? Según la periodista, fue él quien le reveló los códices que hablan de los atenuantes, «esa verdad que la mayoría de los sacerdotes y la alta jerarquía de la Iglesia, según él, se niegan a divulgar por miedo a perder el control sobre la conciencia de las personas». ¿Acaso el Código de Derecho Canónico -donde se encuentran esos códices- no fue publicado por la Iglesia hace más de treinta años?, ¿acaso no se consigue en todas las librerías católicas y en varios lugares de la Red? Véase, por ejemplo, la página oficial del Vaticano:

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html.

4) Parafraseando a la periodista, podemos decir que el problema no es [Su Santidad] Francisco, ni la pesada estructura eclesial; es la ignorancia de quienes se atreven a cuestionar personas e instituciones sin conocimiento de causa, como se demostró en los 3 numerales anteriores.

 

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Ponte estas gafas también

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2017

Dice la fábula que una vez iban por un camino un viejo, un burro y un niño. El niño iba montado en el burro y el viejo lo llevaba de cabestro. Pasaron por un caserío, y la gente criticaba: “Qué niño más desconsiderado, no se da cuenta de lo cansado que irá su abuelo”.
Al oír los comentarios, el niño se bajó y el viejo se montó al burro. Pasaron por otra aldea y la gente protestaba: “Qué viejo tan descarado, poner un niño a caminar, no hay derecho”.

Ante esta crítica, el viejo resolvió que su nieto se montara también, al anca, detrás de él. Pero al pasar por el siguiente pueblo la gente murmuraba: “Qué abuso, pobre burrito con semejante peso”.

Al oír esta observación, se apearon los dos y siguieron caminando al lado del burro. Ya iban llegando a su destino, pero al entrar al pueblo la gente los señalaba y se burlaba de ellos: “Miren qué idiotas, tienen un burro y ni siquiera lo usan”.

La moraleja es obvia: haga uno lo que haga, la gente siempre encontrará motivos para criticar nuestros actos.

Pero conviene aquí observar que hay 4 miradas distintas sobre lo que ocurre. Cada una se fija sólo en uno de los aspectos de la historia: la incomodidad del viejo, la del niño, la del burro y, finalmente, la inutilidad del animal.

Es más: hay también otras 2 miradas: la de la moraleja que apuntamos (hagas lo que hagas, siempre te criticarán) y la de quienes consideran estúpido querer dar gusto a todos.

¿De qué depende, pues, el juicio que se hace sobre algo? De la mirada subjetiva que se use. Algunos dirán que se trata de las gafas que nos ponemos en el momento de juzgar: ¿miramos con las gafas del niño, del viejo, del burro, del utilitarismo, de la crítica per se, del miedo al “¿qué dirán?”…

En fin, muy raramente los juicios se hacen con objetividad, es decir, con todas las gafas puestas.

Eso es lo que pasa con lo que dice el Papa:

Bajo la mirada del ideólogo de género, las apreciaciones del Papa tienen un tinte homófobo; con las gafas del tradicionalista a ultranza, el Papa claudica en la defensa de la verdad; a los inquisidores les parece un Papa poco claro, que no se decide por un bando; las mentes poco profundas lo juzgan según sus gustos y criterios personales…

Pero son muy pocos quienes reconocen en todo lo que escribe y habla el Romano Pontífice lo mismo que ha enseñado siempre la Iglesia, y que es lo que nos reveló el mismísimo Dios inmutable: que al pecador hay que verlo y tratarlo con infinita misericordia (como lo hace Dios), pero que el pecado pecado es, como lo fue hace dos mil años y como lo será dentro de dos mil años si los hombres siguen existiendo, y que el pecado le hace mal al pecador, por lo que hay que enseñarle a evitarlo, si desea ser feliz.

Esta es la perenne enseñanza del Creador del género humano, que no busca “estar a la moda”, tener o no seguidores en las redes sociales, ni ser o no aprobado…; lo único que persigue es el bien de su criatura predilecta de la creación visible: el ser humano.

-Ponte estas gafas también.

 

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¿Negarse a sí mismo?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 1, 2017

 

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña.» (Mt 13, 24b-26)

Son muchas las cizañas que ha sembrado el enemigo en el campo de Dios; y entre ellas está la herejía que, según el Código de Derecho Canónico, consiste en «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma» (CIC  751). La herejía, por tanto, es la oposición voluntaria a la autoridad de Dios depositada en Pedro, los Apóstoles y sus sucesores y lleva a la excomunión inmediata.

Y la más popular de todas las herejías en estos tiempos —y la que más daño está haciendo— es el voluntarismo, también conocido como semipelagianismo.

Para definirla, es necesario precisar antes un par de conceptos:

 

1) El pelagianismo cree que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Afirma que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente lo que Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil.

Pelagio decía que Dios nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar; pero que no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer.

Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones de súplica de la Iglesia: ¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?

No hay un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como ejemplo, que como Salvador, como causa de la salvación.

Para el pelagiano no hay un pecado original que deteriore la naturaleza del ser humano: la naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación.

La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobrenatural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido para el pelagiano.

En resumen: el hombre no necesita de lo divino para hacer obras buenas ni para llegar a la santidad.

 

2) La doctrina católica afirma que la libertad humana se mueve movida por la gracia de Dios. Dios es la causa principal en la producción de la obra buena; el hombre es la causa instrumental: le sirve a Dios de instrumento para realizar esa obra buena. Por tanto, la libertad no puede producir el bien por sí misma; sino que necesita la moción de la gracia divina.

Ahora bien, la libertad humana puede resistirse a la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él.

La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la cooperación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María.

Dios, con la eficacia de su gracia, nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer y cambia las voluntades de los hombres para que realicen las obras buenas (Cf. Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15, 5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).

 

3) El voluntarismo o semipelagianismo:

Esta herejía explica que la libertad humana se «coordina» con la gracia divina. Los semi-pelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) trabaja con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace eficaz en la producción del bien.

Según este gravísimo error, Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

En la doctrina católica, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

Los voluntaristas o semipelagianos opinan que la eficacia de la gracia en realizar la obra buena se da por el asentimiento y la cooperación humana y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín y de Santo Tomás e incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras.

Quien quiera profundizar en esta doctrina, puede hacerlo visitando Gratis Date, Gracia y libertad:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=63

 

La doctrina católica de la negación de sí mismo

Jesús fue categórico: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24b; Mc 8, 34b; Lc 9, 23b). ¿Y por qué?

Es que antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos; pero después de ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

Pero, para eso, hace falta la negación de nosotros mismos. ¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

Jesús nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano. Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!» (Mt 27, 46; Mc 15, 34).

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama negarse a sí mismo. Y es el comienzo de la vida en Dios, de la vida mística, una muestra gratis en esta vida de lo que se experimentará en el Cielo: la felicidad eterna, la auténtica.

Por otra parte, toda la Tradición de la Iglesia: los santos Padres de la Iglesia, los santos que expusieron la mística y, en general, todos los santos, acatando las sapientísimas palabras de Jesucristo —negarse a sí mismo— han descrito o simplemente han vivido la teología espiritual (mística), en la que parten de su propia nada.

Este ha sido su lema: «Nada sé, nada tengo, nada puedo, nada soy y nada valgo», para llegar a la unión mística.

Efectivamente, de muchos santos hemos leído oraciones parecidas a esta:

¡Oh, abismo infinito de poder!, ¡oh, abismo infinito de sabiduría!, ¡oh, abismo infinito de amor!… ¿Quién eres Tú?… Y, ¿quién soy yo? ¡Una criatura tan miserable!, un atado de pecados, el último de todos, el más pobre, el más pequeño, el peor, el más despreciable… Tú eres el Todo y yo la nada…, ¡una nada pecadora! ¡Y he aquí, oh, divina Bondad, que te me diste todo!: Padre mío, Hermano mío, Esposo mío…

¡Gracias por esta inmensa muestra de predilección! ¡Ahora lo puedo todo en Aquél que me conforta!

Cauteriza con el ardor de tu amor mis pecados, mis apegos, mis miserias, mis imperfecciones y hasta mis apetitos, para que pueda dejarme amar por ti, y me conviertas en amor puro.

Haz, te lo ruego, que sea un instrumento eficaz de tu gracia.

Se dan cuenta de que, cuando se mueven movidos por la gracia de Dios y realizan el bien, es Dios quien actúa en y a través de ellos.

Se percibe claramente que, tanto ellos como cuantos se animen a obedecer la máxima de Jesucristo de negarse a sí mismos, nada son por sí mismos, pero que son mucho por Jesús, que los elevó con su gracia.

Y esto es exactamente lo que quiso enseñar Dios al pueblo cristiano, en el episodio de Moisés en la zarza ardiente: cuando Dios envía a Moisés al Faraón para que saque a su pueblo de Egipto, Moisés le pregunta su nombre a Dios, y Él le responde:

«Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘Yo soyʼ me ha enviado a vosotros”.» (Ex 3, 13b-14), significando así que el único que ES es Él, es decir: que Él se da el ser a sí mismo, que Él se da la vida, que vive por sí mismo; en cambio, nosotros recibimos el ser prestado de Él: si Dios dejara de pensar un instante en nosotros, nos desintegraríamos inmediatamente. En otras palabras: que somos nada, pues hasta el ser lo tenemos prestado. Es más: somos peores que la nada, pues la nada no peca y nosotros sí.

 

La doctrina voluntarista

Pero los voluntaristas —es decir: los no-cristianos o cristianos herejes— no aceptan de ningún modo esta verdad revelada por Dios. Y, con muy buena voluntad pero equivocados, pues nos están bien formados doctrinalmente, se expresan con argumentos como estos:

—¿No somos nada?… Somos la obra maravillosa del Creador.

—Decir que “No somos Nada” limita nuestro amor propio, por lógica limita nuestro amor al prójimo y en consecuencia limita nuestro amor a Dios. Somos la mejor creación de Dios, imperfectamente perfecta.

—Los extremos no ayudan a la santidad… Decir que somos nada o decir que somos producto terminado es sabotear nuestro poder y responsabilidad en este mundo. Poder y responsabilidad dado por Dios…, talentos que debemos poner al servicio del prójimo.

Como se ve, ponen el énfasis en el ser humano, no en el de la gracia de Dios (la parte divina). Subrayan el «Yo»: los talentos, el poder de la parte humana. Creyendo que es lo correcto, pretenden estar trabajando coordinados con Dios para producir el bien, no subordinados a Él, con humildad.

Con esos criterios, olvidando el «niéguese a sí mismo» de Jesús, se niegan a sí mismos la posibilidad de los gozos y deleites espirituales que se experimentan en la unión con Dios, deliciosos presagios y anticipos de la eterna felicidad.

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¿Reencarnación o Resurrección?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 29, 2017

El cristiano, el que cree en Cristo, cree que Jesucristo es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, y que se hizo hombre para pagar el pecado de soberbia que el ser humano cometió de querer ser como Dios; por eso, por los pecados de los hombres, sufrió y murió. Si Cristo pagó sus pecados, ¿qué razón tiene volver a una nueva vida (reencarnar) a pagar lo malo que se hizo en la anterior?

Y, ¿de qué serviría el bautismo, por el cual se nos borra el pecado por el que merecíamos un castigo infinito?

Además, el revivir el sacrificio de Cristo en la Cruz, por el cual fuimos salvados del castigo que merecíamos. ¿Qué sentido tendría la celebración eucarística si existiese la reencarnación?

¿Y qué decir de la Unción de los Enfermos, que se aplica a quienes están más cerca del último y único viaje hacia la eternidad?

Dios se inventó también otra muestra de amor por los hombres: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados» (Jn 20, 23). Los sacerdotes tienen la potestad de representar a Dios y, en su Nombre, perdonar los pecados en el sacramento de la Reconciliación, la confesión, el único lugar donde el reo se declara culpable, y es perdonado. Si se cree en la reencarnación, en la que se «purifican» los pecados, vida tras vida, ¿para qué sirve la confesión que inventó el mismo Dios?

Por extensión podría preguntarse también: ¿cuál es la razón de ser de los apóstoles y discípulos y de sus sucesores, los obispos y sacerdotes, escogidos por el mismo Dios para administrar ese y los demás sacramentos?

Por otra parte, la doctrina de la reencarnación podría invitar a la irresponsabilidad. En efecto, si uno cree que va a tener varias vidas, además de esta, existe la posibilidad de que no se exija mucho para vivir bien la vida presente, pues pensará que siempre quedarán otras reencarnaciones dónde mejorar. En cambio, si uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene solamente esta vida para llegar a la meta, no permitirá que se le escapen las oportunidades para ser mejor.

«Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio» (Hb 9, 27).

 

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¿La Iglesia debe acomodarse a los tiempos?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 31, 2017

Pululan por doquier miembros de la Iglesia Católica que tergiversan la doctrina de Cristo, hasta afirmar que los Evangelios fueron escritos mucho después de los hechos que narran y que, por eso, deben estar equivocados; explican que fueron acomodadizos, según las circunstancias del momento, con lo que niegan la inspiración del Espíritu Santo de las Sagradas Escrituras.

Como se comprende, todo queda al arbitrio de la imaginación de cada persona y, así, se disparan criterios como el de que la Resurrección de Cristo fue solo espiritual o un simple modo de enseñar metafórico, que la Santísima Virgen tuvo más hijos, y mil pensamientos más que socavan los fundamentos mismos de la doctrina perenne de la Iglesia. Y es que para ellos «la Iglesia debe acomodarse a los tiempos»; pero no se dan cuenta de la consecuencia lógica que esa frase entraña: que el Dios-Verdad inmoble debe acomodarse al vaivén humano.

Pero todo esto ya estaba profetizado por la misma Biblia:

Hermanos: Hubo también falsos profetas en el pueblo de Dios, como también entre vosotros habrá falsos maestros. Éstos introducirán sectas de perdición, renegarán del Señor que los rescató y atraerán sobre sí una pronta venganza. Mucha gente los seguirá en sus torpezas y a causa de ellos será difamada la doctrina de la verdad. (2P 2, 1-3)

Haciendo alusión a la lámpara encendida que no debe ponerse bajo el celemín (Mt 5, 15; Mc 4, 21; Lc 11, 33), san Máximo, confesor, abad, nos previno sobre esto:

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la Palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero (es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la revelación divina. (De las Cuestiones a Talasio, n° 63: PG 90, 670)

Dicho en otras palabras, la humildad de quien se somete a la enseñanza de la Iglesia es el único “seguro” contra el error, y nos evita caer en la arrogancia de quien todo lo cuestiona con su “infalible” inteligencia.

 

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La discusión sobre Amoris Laetitia

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 24, 2016

Exhortación Apostólica "Amoris laetitia"

Cada vez que leo o escucho nuevos giros de la discusión sobre esta exhortación, vuelvo a leerla, meditarla y analizarla, y encuentro que:

En ninguna parte del documento se dice que lo que está objetivamente mal pueda juzgarse como bueno; se recuerda la doctrina moral de siempre: que la inadvertencia parcial hace que el pecado no sea mortal (aunque sigue siendo grave). Y se aconseja que se apele a la misericordia, que ha faltado en tantos casos, en los que se calificó a priori e implícitamente a los adúlteros como pecadores mortales (única razón válida para no poder acceder a la comunión sacramental).

Además, hay que aclarar que en ninguna parte del documento se recomienda que se le dé la comunión a los adúlteros.

Y me pregunto por qué se hace tanta discusión sobre este tema si, desde el punto de vista práctico, los divorciados vueltos a casar pasan a comulgar sin que el párroco, el vicario o el sacerdote adscrito sepan si están o no en esa “situación irregular”.

Finalmente, recuerdo que lo que el Papa escribió en Amoris Laetitia es el resumen de lo que entre el Espíritu Santo y los Padres sinodales determinaron, no su opinión personal. Efectivamente, aunque este documento no debe considerarse ex catedra, sí debemos recordar que todo documento oficial de la Iglesia expedido por el Papa y los obispos unidos a él es parte del Magisterio oficial de la Iglesia y, por ende, puede considerarse inspirado.

Afirma san Pablo:

«Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación.» (RM 13, 1-2)

Téngase en cuenta que en esta cita el Apóstol se refiriere a las autoridades civiles; ¿cómo no obedecer, pues, a la Santa Madre Iglesia?

Además, debemos seguir el ejemplo de Jesús quien, como escribió san Juan Bosco, «vino para obedecer». (Epistolario, Turín, 1959, 202)

Pero más allá de todo lo dicho, pienso que es del Papa la responsabilidad de guiar a la Iglesia. Así, aunque muchos quieran hablar, discutir y opinar sobre el Papa, lo que dijo, lo que dicen los demás, etc., yo no tengo tiempo para eso: me dedicaré a cumplir con mi responsabilidad: orando, reparando, procurando por todos los medios mi propia santificación y evangelizando con el ejemplo, más que con la palabra.

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¿Opinar? ¿Obedecer?

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2016

Sí; opinar es algo bueno: se generan ideas que enriquecen las posibilidades. Además, es un derecho: todos podemos expresar nuestras ideas. Hasta en muchos periódicos hay una sección que se llama Opinión.

Hubo una época en la que se hablaba de materias opinables y de temas que no admitían posibilidad de opinión. Se decía: “Usted puede opinar sobre política, economía, etc., pero no sobre moral, sobre lo que expresa el Magisterio de la Iglesia, sobre lo que dice el Papa.

Hoy ya no es así. Basta que el Papa escriba o diga algo, para que, lanza en ristre, le lluevan desde todos los ámbitos, no solo opiniones contrarias, sino críticas que ponen en tela de juicio la autoridad máxima de la Iglesia fundada por Jesucristo, y hasta censuras y reprobaciones que rayan en la ofensa y en la burla. Y, la mayoría de las veces tergiversando el mensaje.

Papa Juan Pablo IIPasó con Su Santidad Juan Pablo II. No bien dijo que el Cielo y el Infierno no eran lugares sino estados, cuando la mayoría de los medios de comunicación gritaban con ánimo exacerbado que “¡El Papa dijo que no existen ni el Cielo ni el Infierno!”, “¡Cambió la doctrina de la Iglesia!”. Otros se atrevían a más: “¡Por fin un cambio en la Iglesia!… Y no faltó quien aseverara que “la Iglesia se empezó a desboronar”…

Después de la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis de Su Santidad Benedicto XVI, no ocurrió lo contrario: tanto desde fuera como Papa Benedicto XVIdesde adentro de la Iglesia, todos se creen con el derecho a opinar, cuando no de criticar y hasta de ridiculizar a la Cabeza visible de Cristo.

Y ahora, que Su Santidad Francisco firmó el documento postsinodal sobre la Familia, ocurre lo mismo…Papa Francisco

¿No radica la esencia de la salvación en la obediencia? «Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud». (Rm 5, 19)

San Pablo también pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz». (Flp 2, 5-8)

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen». (Hb 5, 8-19)

De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «los obedeció». (Lc 2, 51)

¿A quién seguimos?, ¿no es a ese Jesús?

 

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¿Es pecado el aborto?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 22, 2016

AbortoAl hablar sobre este tema debemos tener en cuenta que lo que importa es la verdad, y la verdad nos la reveló Dios: cada pecado ofende a Dios porque se ofende la dignidad (el valor) de sus hijos predilectos: los seres humanos. Por eso Dios sufre cuando el hombre peca, no porque Él se sienta ofendido como Dios, sino porque ve que sus hijos se hunden en la posibilidad de irse al infierno, donde no podrá darles su amor (que es la razón para la cual los creó y es lo que más desea: hacerlos inmensamente felices con su infinito amor). Sufre, además, porque hizo al hombre para que fuera libre, y él decidió hacerse esclavo de las cosas que lo denigran, que lo bajan de categoría, que disminuyen su valor como hijos de Dios: los pecados.

El aborto es un homicidio, un asesinato de un ser humano, hecho con alevosía (sin respetar el derecho que el niño tiene de vivir), premeditación (pensado, dándose cuenta de lo que se estaba por realizar), ventaja (el fuerte se aprovecha del débil, a la brava, con violencia) y, por último, es el asesinato de ¡un hijo!, no de un extraño. Por eso el aborto es uno de los pecados más graves que existen, es decir, hace sufrir mucho a Nuestro Señor.

La doctrina cristiana es, por una parte, la que está en el párrafo anterior, y nada la puede cambiar. Pero también incluye que Dios es infinitamente misericordioso y que sólo está esperando que la persona se arrepienta verdaderamente para perdonarlo; digámoslo así: cuando alguien comete el pecado del aborto (o cualquier otro pecado), Dios está ansioso, a la expectativa, deseando con todas sus fuerzas que la persona se arrepienta sinceramente de haber hecho sufrir a un Dios tan bueno y, cuando esa persona da el paso (se confiesa con un obispo o con un sacerdote que tiene la potestad de levantar la excomunión, en caso de haber realizado un aborto), ¡se pone feliz!, porque puede hacer lo que más le gusta: derramar su infinita misericordia, perdonar. Y cuando Él perdona, olvida que ocurrió: para Él ya no cuenta ese pecado. Por este acto, Dios da una nueva oportunidad para ir al Cielo: que la persona reinicie una nueva vida, una vida santa, por supuesto.

 

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La alegría del Evangelio*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 31, 2014

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
EVANGELII GAUDIUM
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE
EL ANUNCIO DEL EVANGELIO
EN EL MUNDO ACTUAL

1. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años.

I. Alegría que se renueva y se comunica

2. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.

3. Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor»[1]. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!

4. Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos. El profeta Isaías se dirige al Mesías esperado saludándolo con regocijo: «Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo» (9,2). Y anima a los habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: «¡Dad gritos de gozo y de júbilo!» (12,6). A quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita a convertirse en mensajero para los demás: «Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén» (40,9). La creación entera participa de esta alegría de la salvación: «¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría! Porque el Señor ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido» (49,13).

Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega «pobre y montado en un borrico»: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso!» (9,9).

Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: «Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (3,17).

Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: «Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras!

5. El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: «Alégrate» es el saludo del ángel a María (Lc 1,28). La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1,41). En su canto María proclama: «Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador» (Lc 1,47). Cuando Jesús comienza su ministerio, Juan exclama: «Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud» (Jn 3,29). Jesús mismo «se llenó de alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: «Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena» (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Él promete a los discípulos: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20). E insiste: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría» (Jn 16,22). Después ellos, al verlo resucitado, «se alegraron» (Jn 20,20). El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la primera comunidad «tomaban el alimento con alegría» (2,46). Por donde los discípulos pasaban, había «una gran alegría» (8,8), y ellos, en medio de la persecución, «se llenaban de gozo» (13,52). Un eunuco, apenas bautizado, «siguió gozoso su camino» (8,39), y el carcelero «se alegró con toda su familia por haber creído en Dios» (16,34). ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?

6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,17.21-23.26).

7. La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría»[2]. Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[3].

8. Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?

II. La dulce y confortadora alegría de evangelizar

9. El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co 9,16).

10. La propuesta es vivir en un nivel superior, pero no con menor intensidad: «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás»[4]. Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión»[5]. Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo»[6].

Una eterna novedad

11. Un anuncio renovado ofrece a los creyentes, también a los tibios o no practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora. En realidad, su centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado. Él hace a sus fieles siempre nuevos; aunque sean ancianos, «les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse» (Is 40,31). Cristo es el «Evangelio eterno» (Ap 14,6), y es «el mismo ayer y hoy y para siempre» (Hb 13,8), pero su riqueza y su hermosura son inagotables. Él es siempre joven y fuente constante de novedad. La Iglesia no deja de asombrarse por «la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios» (Rm 11,33). Decía san Juan de la Cruz: «Esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro»[7]. O bien, como afirmaba san Ireneo: «[Cristo], en su venida, ha traído consigo toda novedad»[8]. Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece. Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva».

12. Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y el más grande evangelizador»[9]. En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que «es Dios quien hace crecer» (1 Co 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo.

13. Tampoco deberíamos entender la novedad de esta misión como un desarraigo, como un olvido de la historia viva que nos acoge y nos lanza hacia adelante. La memoria es una dimensión de nuestra fe que podríamos llamar «deuteronómica», en analogía con la memoria de Israel. Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia, que nos introduce cada vez más en la Pascua (cf. Lc 22,19). La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir. Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1,39). Junto con Jesús, la memoria nos hace presente «una verdadera nube de testigos» (Hb 12,1). Entre ellos, se destacan algunas personas que incidieron de manera especial para hacer brotar nuestro gozo creyente: «Acordaos de aquellos dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios» (Hb 13,7). A veces se trata de personas sencillas y cercanas que nos iniciaron en la vida de la fe: «Tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice» (2Tm 1,5). El creyente es fundamentalmente «memorioso».

III. La nueva evangelización para la transmisión de la fe

14. En la escucha del Espíritu, que nos ayuda a reconocer comunitariamente los signos de los tiempos, del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordó que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos[10]. En primer lugar, mencionemos el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna»[11]. También se incluyen en este ámbito los fieles que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras, aunque no participen frecuentemente del culto. Esta pastoral se orienta al crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez mejor y con toda su vida al amor de Dios.

En segundo lugar, recordemos el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo»[12], no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio.

Finalmente, remarquemos que la evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»[13].

15. Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia»[14]. La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafíopara la Iglesia»[15] y «la causa misionera debe ser la primera»[16]. ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. En esta línea, los Obispos latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos»[17] y que hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera»[18]. Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).

Propuesta y límites de esta Exhortación

16. Acepté con gusto el pedido de los Padres sinodales de redactar esta Exhortación[19]. Al hacerlo, recojo la riqueza de los trabajos del Sínodo. También he consultado a diversas personas, y procuro además expresar las preocupaciones que me mueven en este momento concreto de la obra evangelizadora de la Iglesia. Son innumerables los temas relacionados con la evangelización en el mundo actual que podrían desarrollarse aquí. Pero he renunciado a tratar detenidamente esas múltiples cuestiones que deben ser objeto de estudio y cuidadosa profundización. Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización».

17. Aquí he optado por proponer algunas líneas que puedan alentar y orientar en toda la Iglesia una nueva etapa evangelizadora, llena de fervor y dinamismo. Dentro de ese marco, y en base a la doctrina de la Constitución dogmática Lumen gentium, decidí, entre otros temas, detenerme largamente en las siguientes cuestiones:

a) La reforma de la Iglesia en salida misionera.
b) Las tentaciones de los agentes pastorales.
c) La Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza.
d) La homilía y su preparación.
e) La inclusión social de los pobres.
f) La paz y el diálogo social.
g) Las motivaciones espirituales para la tarea misionera.

18. Me extendí en esos temas con un desarrollo que quizá podrá pareceros excesivo. Pero no lo hice con la intención de ofrecer un tratado, sino sólo para mostrar la importante incidencia práctica de esos asuntos en la tarea actual de la Iglesia. Todos ellos ayudan a perfilar un determinado estilo evangelizador que invito a asumir en cualquier actividad que se realice. Y así, de esta manera, podamos acoger, en medio de nuestro compromiso diario, la exhortación de la Palabra de Dios: «Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito, ¡alegraos!» (Flp 4,4).

 

CAPÍTULO PRIMERO
LA TRANSFORMACIÓN MISIONERA DE LA IGLESIA

19. La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt28,19-20). En estos versículos se presenta el momento en el cual el Resucitado envía a los suyos a predicar el Evangelio en todo tiempo y por todas partes, de manera que la fe en Él se difunda en cada rincón de la tierra.

I. Una Iglesia en salida

20. En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de «salida» que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham aceptó el llamado a salir hacia una tierra nueva (cf. Gn 12,1-3). Moisés escuchó el llamado de Dios: «Ve, yo te envío» (Ex 3,10), e hizo salir al pueblo hacia la tierra de la promesa (cf. Ex 3,17). A Jeremías le dijo: «Adondequiera que yo te envíe irás» (Jr 1,7). Hoy, en este «id» de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.

21. La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera. La experimentan los setenta y dos discípulos, que regresan de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10,17). La vive Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu Santo y alaba al Padre porque su revelación alcanza a los pobres y pequeñitos (cf. Lc 10,21). La sienten llenos de admiración los primeros que se convierten al escuchar predicar a los Apóstoles «cada uno en su propia lengua» (Hch 2,6) en Pentecostés. Esa alegría es un signo de que el Evangelio ha sido anunciado y está dando fruto. Pero siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá. El Señor dice: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido» (Mc 1,38). Cuando está sembrada la semilla en un lugar, ya no se detiene para explicar mejor o para hacer más signos allí, sino que el Espíritu lo mueve a salir hacia otros pueblos.

22. La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas.

23. La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente se configura como comunión misionera».[20] Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie. Así se lo anuncia el ángel a los pastores de Belén: «No temáis, porque os traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10). El Apocalipsis se refiere a «una Buena Noticia, la eterna, la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, a toda nación, familia, lengua y pueblo» (Ap 14,6).

Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar

24. La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.

II. Pastoral en conversión

25. No ignoro que hoy los documentos no despiertan el mismo interés que en otras épocas, y son rápidamente olvidados. No obstante, destaco que lo que trataré de expresar aquí tiene un sentido programático y consecuencias importantes. Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una «simple administración»[21]. Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un «estado permanente de misión»[22].

26. Pablo VI invitó a ampliar el llamado a la renovación, para expresar con fuerza que no se dirige sólo a los individuos aislados, sino a la Iglesia entera. Recordemos este memorable texto que no ha perdido su fuerza interpelante: «La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio […] De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de comparar la imagen ideal de la Iglesia —tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como Esposa suya santa e inmaculada (cf. Ef 5,27)— y el rostro real que hoy la Iglesia presenta […] Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior, frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí»[23].

El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad»[24].

Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo.

Una impostergable renovación eclesial

27. Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad. Como decía Juan Pablo II a los Obispos de Oceanía, «toda renovación en el seno de la Iglesia debe tender a la misión como objetivo para no caer presa de una especie de introversión eclesial»[25].

28. La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. Aunque ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo «la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas»[26]. Esto supone que realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos. La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración[27]. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización[28]. Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión.

29. Las demás instituciones eclesiales, comunidades de base y pequeñas comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores. Muchas veces aportan un nuevo fervor evangelizador y una capacidad de diálogo con el mundo que renuevan a la Iglesia. Pero es muy sano que no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular[29]. Esta integración evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin raíces.

30. Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera. Ella es el sujeto primario de la evangelización[30], ya que es la manifestación concreta de la única Iglesia en un lugar del mundo, y en ella «verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica»[31]. Es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local. Su alegría de comunicar a Jesucristo se expresa tanto en su preocupación por anunciarlo en otros lugares más necesitados como en una salida constante hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos socioculturales[32]. Procura estar siempre allí donde hace más falta la luz y la vida del Resucitado[33]. En orden a que este impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma.

31. El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32). Para eso, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos. En su misión de fomentar una comunión dinámica, abierta y misionera, tendrá que alentar y procurar la maduración de los mecanismos de participación que propone el Código de Derecho Canónico[34] y otras formas de diálogo pastoral, con el deseo de escuchar a todos y no sólo a algunos que le acaricien los oídos. Pero el objetivo de estos procesos participativos no será principalmente la organización eclesial, sino el sueño misionero de llegar a todos.

32. Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización. El Papa Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar «una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva»[35]. Hemos avanzado poco en ese sentido. También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral. El Concilio Vaticano II expresó que, de modo análogo a las antiguas Iglesias patriarcales, las Conferencias episcopales pueden «desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación concreta»[36]. Pero este deseo no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal[37]. Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera.

33. La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades. Una postulación de los fines sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía. Exhorto a todos a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedos. Lo importante es no caminar solos, contar siempre con los hermanos y especialmente con la guía de los obispos, en un sabio y realista discernimiento pastoral.

III. Desde el corazón del Evangelio

34. Si pretendemos poner todo en clave misionera, esto también vale para el modo de comunicar el mensaje. En el mundo de hoy, con la velocidad de las comunicaciones y la selección interesada de contenidos que realizan los medios, el mensaje que anunciamos corre más que nunca el riesgo de aparecer mutilado y reducido a algunos de sus aspectos secundarios. De ahí que algunas cuestiones que forman parte de la enseñanza moral de la Iglesia queden fuera del contexto que les da sentido. El problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes, por sí solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo. Entonces conviene ser realistas y no dar por supuesto que nuestros interlocutores conocen el trasfondo completo de lo que decimos o que pueden conectar nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido, hermosura y atractivo.

35. Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante.

36. Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que «hay un orden o “jerarquía” en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana»[38]. Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral.

37. Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden[39]. Allí lo que cuenta es ante todo «la fe que se hace activa por la caridad» (Ga 5,6). Las obras de amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu: «La principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe que obra por el amor»[40]. Por ello explica que, en cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes: «En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo»[41].

38. Es importante sacar las consecuencias pastorales de la enseñanza conciliar, que recoge una antigua convicción de la Iglesia. Ante todo hay que decir que en el anuncio del Evangelio es necesario que haya una adecuada proporción. Ésta se advierte en la frecuencia con la cual se mencionan algunos temas y en los acentos que se ponen en la predicación. Por ejemplo, si un párroco a lo largo de un año litúrgico habla diez veces sobre la templanza y sólo dos o tres veces sobre la caridad o la justicia, se produce una desproporción donde las que se ensombrecen son precisamente aquellas virtudes que deberían estar más presentes en la predicación y en la catequesis. Lo mismo sucede cuando se habla más de la ley que de la gracia, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa que de la Palabra de Dios.

39. Así como la organicidad entre las virtudes impide excluir alguna de ellas del ideal cristiano, ninguna verdad es negada. No hay que mutilar la integralidad del mensaje del Evangelio. Es más, cada verdad se comprende mejor si se la pone en relación con la armoniosa totalidad del mensaje cristiano, y en ese contexto todas las verdades tienen su importancia y se iluminan unas a otras. Cuando la predicación es fiel al Evangelio, se manifiesta con claridad la centralidad de algunas verdades y queda claro que la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener «olor a Evangelio».

IV. La misión que se encarna en los límites humanos

40. La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad. La tarea de los exégetas y de los teólogos ayuda a «madurar el juicio de la Iglesia»[42]. De otro modo también lo hacen las demás ciencias. Refiriéndose a las ciencias sociales, por ejemplo, Juan Pablo II ha dicho que la Iglesia presta atención a sus aportes «para sacar indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar su misión de Magisterio»[43]. Además, en el seno de la Iglesia hay innumerables cuestiones acerca de las cuales se investiga y se reflexiona con amplia libertad. Las distintas líneas de pensamiento filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el respeto y el amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia, ya que ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra. A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio[44].

41. Al mismo tiempo, los enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad. Pues en el depósito de la doctrina cristiana «una cosa es la substancia […] y otra la manera de formular su expresión»[45]. A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano. De ese modo, somos fieles a una formulación, pero no entregamos la substancia. Ése es el riesgo más grave. Recordemos que «la expresión de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico en su inmutable significado»[46].

42. Esto tiene una gran incidencia en el anuncio del Evangelio si de verdad tenemos el propósito de que su belleza pueda ser mejor percibida y acogida por todos. De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio.

43. En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida. Santo Tomás de Aquino destacaba que los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles al Pueblo de Dios «son poquísimos»[47]. Citando a san Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida a los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre»[48]. Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos.

44. Por otra parte, tanto los Pastores como todos los fieles que acompañen a sus hermanos en la fe o en un camino de apertura a Dios, no pueden olvidar lo que con tanta claridad enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales»[49].

Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día[50]. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas.

45. Vemos así que la tarea evangelizadora se mueve entre los límites del lenguaje y de las circunstancias. Procura siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio en un contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible. Un corazón misionero sabe de esos límites y se hace «débil con los débiles […] todo para todos» (1 Co 9,22). Nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades, nunca opta por la rigidez autodefensiva. Sabe que él mismo tiene que crecer en la comprensión del Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu, y entonces no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino.

V. Una madre de corazón abierto

46. La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.

47. La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas. Pero hay otras puertas que tampoco se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale sobre todo cuando se trata de ese sacramento que es «la puerta», el Bautismo. La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles[51]. Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.

48. Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte» (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio»[52], y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos.

49. Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37).

 

CAPÍTULO SEGUNDO
EN LA CRISIS DEL COMPROMISO COMUNITARIO

50. Antes de hablar acerca de algunas cuestiones fundamentales relacionadas con la acción evangelizadora, conviene recordar brevemente cuál es el contexto en el cual nos toca vivir y actuar. Hoy suele hablarse de un «exceso de diagnóstico» que no siempre está acompañado de propuestas superadoras y realmente aplicables. Por otra parte, tampoco nos serviría una mirada puramente sociológica, que podría tener pretensiones de abarcar toda la realidad con su metodología de una manera supuestamente neutra y aséptica. Lo que quiero ofrecer va más bien en la línea de un discernimiento evangélico. Es la mirada del discípulo misionero, que se «alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo»[53].

51. No es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea, pero aliento a todas las comunidades a una «siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos»[54]. Se trata de una responsabilidad grave, ya que algunas realidades del presente, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización difíciles de revertir más adelante. Es preciso esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios. Esto implica no sólo reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, sino —y aquí radica lo decisivo— elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo. Doy por supuestos los diversos análisis que ofrecieron otros documentos del Magisterio universal, así como los que han propuesto los episcopados regionales y nacionales. En esta Exhortación sólo pretendo detenerme brevemente, con una mirada pastoral, en algunos aspectos de la realidad que pueden detener o debilitar los dinamismos de renovación misionera de la Iglesia, sea porque afectan a la vida y a la dignidad del Pueblo de Dios, sea porque inciden también en los sujetos que participan de un modo más directo en las instituciones eclesiales y en tareas evangelizadoras.

I. Algunos desafíos del mundo actual

52. La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo.

No a una economía de la exclusión

53. Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».

54. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

No a la nueva idolatría del dinero

55. Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

56. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir

57. Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios. La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética —una ética no ideologizada— permite crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos»[55].

58. Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.

No a la inequidad que genera violencia

59. Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.

60. Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones— cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.

Algunos desafíos culturales

61. Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse[56]. A veces éstos se manifiestan en verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario. Esto no perjudica sólo a la Iglesia, sino a la vida social en general. Reconozcamos que una cultura, en la cual cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales.

62. En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas. Así lo han manifestado en distintos Sínodos los Obispos de varios continentes. Los Obispos africanos, por ejemplo, retomando la Encíclica Sollicitudo rei socialis, señalaron años atrás que muchas veces se quiere convertir a los países de África en simples «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la parte Norte del mundo, no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos países, ni respetan su fisonomía cultural»[57]. Igualmente, los Obispos de Asia «subrayaron los influjos que desde el exterior se ejercen sobre las culturas asiáticas. Están apareciendo nuevas formas de conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los medios de comunicación social […] Eso tiene como consecuencia que los aspectos negativos de las industrias de los medios de comunicación y de entretenimiento ponen en peligro los valores tradicionales»[58].

63. La fe católica de muchos pueblos se enfrenta hoy con el desafío de la proliferación de nuevos movimientos religiosos, algunos tendientes al fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin Dios. Esto es, por una parte, el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista, consumista e individualista y, por otra parte, un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, que sobrevive en medio de grandes dolores humanos y busca soluciones inmediatas para sus necesidades. Estos movimientos religiosos, que se caracterizan por su sutil penetración, vienen a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista. Además, es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización.

64. El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios. Como bien indican los Obispos de Estados Unidos de América, mientras la Iglesia insiste en la existencia de normas morales objetivas, válidas para todos, «hay quienes presentan esta enseñanza como injusta, esto es, como opuesta a los derechos humanos básicos. Tales alegatos suelen provenir de una forma de relativismo moral que está unida, no sin inconsistencia, a una creencia en los derechos absolutos de los individuos. En este punto de vista se percibe a la Iglesia como si promoviera un prejuicio particular y como si interfiriera con la libertad individual»[59]. Vivimos en una sociedad de la información que nos satura indiscriminadamente de datos, todos en el mismo nivel, y termina llevándonos a una tremenda superficialidad a la hora de plantear las cuestiones morales. Por consiguiente, se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores.

65. A pesar de toda la corriente secularista que invade las sociedades, en muchos países —aun donde el cristianismo es minoría— la Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, confiable en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados. En repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan a la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos, etc. ¡Y cuánto aportan las escuelas y universidades católicas en todo el mundo! Es muy bueno que así sea. Pero nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común.

66. La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total»[60].

67. El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales. Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga 6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.

Desafíos de la inculturación de la fe

68. El substrato cristiano de algunos pueblos —sobre todo occidentales— es una realidad viva. Allí encontramos, especialmente en los más necesitados, una reserva moral que guarda valores de auténtico humanismo cristiano. Una mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el Espíritu Santo. Sería desconfiar de su acción libre y generosa pensar que no hay auténticos valores cristianos donde una gran parte de la población ha recibido el Bautismo y expresa su fe y su solidaridad fraterna de múltiples maneras. Allí hay que reconocer mucho más que unas «semillas del Verbo», ya que se trata de una auténtica fe católica con modos propios de expresión y de pertenencia a la Iglesia. No conviene ignorar la tremenda importancia que tiene una cultura marcada por la fe, porque esa cultura evangelizada, más allá de sus límites, tiene muchos más recursos que una mera suma de creyentes frente a los embates del secularismo actual. Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida.

69. Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. En los países de tradición católica se tratará de acompañar, cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras tradiciones religiosas o profundamente secularizados se tratará de procurar nuevos procesos de evangelización de la cultura, aunque supongan proyectos a muy largo plazo. No podemos, sin embargo, desconocer que siempre hay un llamado al crecimiento. Toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración. En el caso de las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es precisamente la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas.

70. También es cierto que a veces el acento, más que en el impulso de la piedad cristiana, se coloca en formas exteriores de tradiciones de ciertos grupos, o en supuestas revelaciones privadas que se absolutizan. Hay cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad no responde a una auténtica «piedad popular». Algunos promueven estas expresiones sin preocuparse por la promoción social y la formación de los fieles, y en ciertos casos lo hacen para obtener beneficios económicos o algún poder sobre los demás. Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe. Algunas causas de esta ruptura son: la falta de espacios de diálogo familiar, la influencia de los medios de comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo desenfrenado que alienta el mercado, la falta de acompañamiento pastoral a los más pobres, la ausencia de una acogida cordial en nuestras instituciones, y nuestra dificultad para recrear la adhesión mística de la fe en un escenario religioso plural.

Desafíos de las culturas urbanas

71. La nueva Jerusalén, la Ciudad santa (cf. Ap 21,2-4), es el destino hacia donde peregrina toda la humanidad. Es llamativo que la revelación nos diga que la plenitud de la humanidad y de la historia se realiza en una ciudad. Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas. La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y difusa.

72. En la ciudad, lo religioso está mediado por diferentes estilos de vida, por costumbres asociadas a un sentido de lo temporal, de lo territorial y de las relaciones, que difiere del estilo de los habitantes rurales. En sus vidas cotidianas los ciudadanos muchas veces luchan por sobrevivir, y en esas luchas se esconde un sentido profundo de la existencia que suele entrañar también un hondo sentido religioso. Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed (cf. Jn 4,7-26).

73. Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad. El Sínodo ha constatado que hoy las transformaciones de esas grandes áreas y la cultura que expresan son un lugar privilegiado de la nueva evangelización.[61] Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas para los habitantes urbanos. Los ambientes rurales, por la influencia de los medios de comunicación de masas, no están ajenos a estas transformaciones culturales que también operan cambios significativos en sus modos de vida.

74. Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades. No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural. En las grandes urbes puede observarse un entramado en el que grupos de personas comparten las mismas formas de soñar la vida y similares imaginarios y se constituyen en nuevos sectores humanos, en territorios culturales, en ciudades invisibles. Variadas formas culturales conviven de hecho, pero ejercen muchas veces prácticas de segregación y de violencia. La Iglesia está llamada a ser servidora de un difícil diálogo. Por otra parte, aunque hay ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar, son muchísimos los «no ciudadanos», los «ciudadanos a medias» o los «sobrantes urbanos». La ciudad produce una suerte de permanente ambivalencia, porque, al mismo tiempo que ofrece a sus ciudadanos infinitas posibilidades, también aparecen numerosas dificultades para el pleno desarrollo de la vida de muchos. Esta contradicción provoca sufrimientos lacerantes. En muchos lugares del mundo, las ciudades son escenarios de protestas masivas donde miles de habitantes reclaman libertad, participación, justicia y diversas reivindicaciones que, si no son adecuadamente interpretadas, no podrán acallarse por la fuerza.

75. No podemos ignorar que en las ciudades fácilmente se desarrollan el tráfico de drogas y de personas, el abuso y la explotación de menores, el abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y de crimen. Al mismo tiempo, lo que podría ser un precioso espacio de encuentro y solidaridad, frecuentemente se convierte en el lugar de la huida y de la desconfianza mutua. Las casas y los barrios se construyen más para aislar y proteger que para conectar e integrar. La proclamación del Evangelio será una base para restaurar la dignidad de la vida humana en esos contextos, porque Jesús quiere derramar en las ciudades vida en abundancia (cf. Jn 10,10). El sentido unitario y completo de la vida humana que propone el Evangelio es el mejor remedio para los males urbanos, aunque debamos advertir que un programa y un estilo uniforme e inflexible de evangelización no son aptos para esta realidad. Pero vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como fermento testimonial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al cristiano y fecunda la ciudad.

II. Tentaciones de los agentes pastorales

76. Siento una enorme gratitud por la tarea de todos los que trabajan en la Iglesia. No quiero detenerme ahora a exponer las actividades de los diversos agentes pastorales, desde los obispos hasta el más sencillo y desconocido de los servicios eclesiales. Me gustaría más bien reflexionar acerca de los desafíos que todos ellos enfrentan en medio de la actual cultura globalizada. Pero tengo que decir, en primer lugar y como deber de justicia, que el aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más.

77. No obstante, como hijos de esta época, todos nos vemos afectados de algún modo por la cultura globalizada actual que, sin dejar de mostrarnos valores y nuevas posibilidades, también puede limitarnos, condicionarnos e incluso enfermarnos. Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, «lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales»[62]. Al mismo tiempo, quiero llamar la atención sobre algunas tentaciones que particularmente hoy afectan a los agentes pastorales.

Sí al desafío de una espiritualidad misionera

78. Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad. Al mismo tiempo, la vida espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora. Así, pueden advertirse en muchos agentes evangelizadores, aunque oren, una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí.

79. La cultura mediática y algunos ambientes intelectuales a veces transmiten una marcada desconfianza hacia el mensaje de la Iglesia y un cierto desencanto. Como consecuencia, aunque recen, muchos agentes pastorales desarrollan una especie de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar u ocultar su identidad cristiana y sus convicciones. Se produce entonces un círculo vicioso, porque así no son felices con lo que son y con lo que hacen, no se sienten identificados con su misión evangelizadora, y esto debilita la entrega. Terminan ahogando su alegría misionera en una especie de obsesión por ser como todos y por tener lo que poseen los demás. Así, las tareas evangelizadoras se vuelven forzadas y se dedican a ellas pocos esfuerzos y un tiempo muy limitado.

80. Se desarrolla en los agentes pastorales, más allá del estilo espiritual o la línea de pensamiento que puedan tener, un relativismo todavía más peligroso que el doctrinal. Tiene que ver con las opciones más profundas y sinceras que determinan una forma de vida. Este relativismo práctico es actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes no recibieron el anuncio no existieran. Llama la atención que aun quienes aparentemente poseen sólidas convicciones doctrinales y espirituales suelen caer en un estilo de vida que los lleva a aferrarse a seguridades económicas, o a espacios de poder y de gloria humana que se procuran por cualquier medio, en lugar de dar la vida por los demás en la misión. ¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!

No a la acedia egoísta

81. Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea durante varios años. Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente preservar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante.

82. El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esta acedia pastoral puede tener diversos orígenes. Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vivir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por apegarse a algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad. Otros, por perder el contacto real con el pueblo, en una despersonalización de la pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les entusiasma más la «hoja de ruta» que la ruta misma. Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz.

83. Así se gesta la mayor amenaza, que «es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad»[63]. Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio»[64]. Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico. Por todo esto, me permito insistir: ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!

No al pesimismo estéril

84. La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña. A cincuenta años del Concilio Vaticano II, aunque nos duelan las miserias de nuestra época y estemos lejos de optimismos ingenuos, el mayor realismo no debe significar menor confianza en el Espíritu ni menor generosidad. En ese sentido, podemos volver a escuchar las palabras del beato Juan XXIII en aquella admirable jornada del 11 de octubre de 1962: «Llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina […] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia»[65].

85. Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica.

86. Es cierto que en algunos lugares se produjo una «desertificación» espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas. Allí «el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena»[66]. En otros países, la resistencia violenta al cristianismo obliga a los cristianos a vivir su fe casi a escondidas en el país que aman. Ésta es otra forma muy dolorosa de desierto. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero «precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza»[67]. En todo caso, allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!

Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo

87. Hoy, que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación. De este modo, las mayores posibilidades de comunicación se traducirán en más posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos. Si pudiéramos seguir ese camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos.

88. El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual. Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.

89. El aislamiento, que es una traducción del inmanentismo, puede expresarse en una falsa autonomía que excluye a Dios, pero puede también encontrar en lo religioso una forma de consumismo espiritual a la medida de su individualismo enfermizo. La vuelta a lo sagrado y las búsquedas espirituales que caracterizan a nuestra época son fenómenos ambiguos. Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios.

90. Las formas propias de la religiosidad popular son encarnadas, porque han brotado de la encarnación de la fe cristiana en una cultura popular. Por eso mismo incluyen una relación personal, no con energías armonizadoras sino con Dios, Jesucristo, María, un santo. Tienen carne, tienen rostros. Son aptas para alimentar potencialidades relacionales y no tanto fugas individualistas. En otros sectores de nuestras sociedades crece el aprecio por diversas formas de «espiritualidad del bienestar» sin comunidad, por una «teología de la prosperidad» sin compromisos fraternos o por experiencias subjetivas sin rostros, que se reducen a una búsqueda interior inmanentista.

91. Un desafío importante es mostrar que la solución nunca consistirá en escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos comprometa con los otros. Eso es lo que hoy sucede cuando los creyentes procuran esconderse y quitarse de encima a los demás, y cuando sutilmente escapan de un lugar a otro o de una tarea a otra, quedándose sin vínculos profundos y estables: «Imaginatio locorum et mutatio multos fefellit»[68]. Es un falso remedio que enferma el corazón, y a veces el cuerpo. Hace falta ayudar a reconocer que el único camino consiste en aprender a encontrarse con los demás con la actitud adecuada, que es valorarlos y aceptarlos como compañeros de camino, sin resistencias internas. Mejor todavía, se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás, en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin cansarnos jamás de optar por la fraternidad[69].

92. Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno. Precisamente en esta época, y también allí donde son un «pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva.[70] ¡No nos dejemos robar la comunidad!

No a la mundanidad espiritual

93. La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos: «¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os glorificáis unos a otros y no os preocupáis por la gloria que sólo viene de Dios?» (Jn 5,44). Es un modo sutil de buscar «sus propios intereses y no los de Cristo Jesús» (Flp 2,21). Toma muchas formas, de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en los que se enquista. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto. Pero, si invadiera la Iglesia, «sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral»[71].

94. Esta mundanidad puede alimentarse especialmente de dos maneras profundamente emparentadas. Una es la fascinación del gnosticismo, una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. La otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente. Son manifestaciones de un inmanentismo antropocéntrico. No es posible imaginar que de estas formas desvirtuadas de cristianismo pueda brotar un auténtico dinamismo evangelizador.

95. Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia». En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. En otros, la misma mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. También puede traducirse en diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones. O bien se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización. En todos los casos, no lleva el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado, se encierra en grupos elitistas, no sale realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo. Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica.

96. En este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando. ¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es «sudor de nuestra frente». En cambio, nos entretenemos vanidosos hablando sobre «lo que habría que hacer» —el pecado del «habriaqueísmo»— como maestros espirituales y sabios pastorales que señalan desde afuera. Cultivamos nuestra imaginación sin límites y perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel.

97. Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien. Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!

No a la guerra entre nosotros

98. Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras! En el barrio, en el puesto de trabajo, ¡cuántas guerras por envidias y celos, también entre cristianos! La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica. Además, algunos dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia por alimentar un espíritu de «internas». Más que pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversidad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente o especial.

99. El mundo está lacerado por las guerras y la violencia, o herido por un difuso individualismo que divide a los seres humanos y los enfrenta unos contra otros en pos del propio bienestar. En diversos países resurgen enfrentamientos y viejas divisiones que se creían en parte superadas. A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis: «En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a otros» (Jn 13,35). Es lo que con tantos deseos pedía Jesús al Padre: «Que sean uno en nosotros […] para que el mundo crea» (Jn 17,21). ¡Atención a la tentación de la envidia! ¡Estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto! Pidamos la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos.

100. A los que están heridos por divisiones históricas, les resulta difícil aceptar que los exhortemos al perdón y la reconciliación, ya que interpretan que ignoramos su dolor, o que pretendemos hacerles perder la memoria y los ideales. Pero si ven el testimonio de comunidades auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre una luz que atrae. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?

101. Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: «No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rm 12,21). Y también: «¡No nos cansemos de hacer el bien!» (Ga 6,9). Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos digamos al Señor: «Señor, yo estoy enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por ella». Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!

Otros desafíos eclesiales

102. Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante.

103. La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones. Por ejemplo, la especial atención femenina hacia los otros, que se expresa de un modo particular, aunque no exclusivo, en la maternidad. Reconozco con gusto cómo muchas mujeres comparten responsabilidades pastorales junto con los sacerdotes, contribuyen al acompañamiento de personas, de familias o de grupos y brindan nuevos aportes a la reflexión teológica. Pero todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque «el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral»[72] y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales.

104. Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir superficialmente. El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder. No hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal «nos encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad»[73]. El sacerdocio ministerial es uno de los medios que Jesús utiliza al servicio de su pueblo, pero la gran dignidad viene del Bautismo, que es accesible a todos. La configuración del sacerdote con Cristo Cabeza —es decir, como fuente capital de la gracia— no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto. En la Iglesia las funciones «no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros»[74]. De hecho, una mujer, María, es más importante que los obispos. Aun cuando la función del sacerdocio ministerial se considere «jerárquica», hay que tener bien presente que «está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de Cristo»[75]. Su clave y su eje no son el poder entendido como dominio, sino la potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía; de aquí deriva su autoridad, que es siempre un servicio al pueblo. Aquí hay un gran desafío para los pastores y para los teólogos, que podrían ayudar a reconocer mejor lo que esto implica con respecto al posible lugar de la mujer allí donde se toman decisiones importantes, en los diversos ámbitos de la Iglesia.

105. La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a desarrollarla, ha sufrido el embate de los cambios sociales. Los jóvenes, en las estructuras habituales, no suelen encontrar respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas. A los adultos nos cuesta escucharlos con paciencia, comprender sus inquietudes o sus reclamos, y aprender a hablarles en el lenguaje que ellos comprenden. Por esa misma razón, las propuestas educativas no producen los frutos esperados. La proliferación y crecimiento de asociaciones y movimientos predominantemente juveniles pueden interpretarse como una acción del Espíritu que abre caminos nuevos acordes a sus expectativas y búsquedas de espiritualidad profunda y de un sentido de pertenencia más concreto. Se hace necesario, sin embargo, ahondar en la participación de éstos en la pastoral de conjunto de la Iglesia[76].

106. Aunque no siempre es fácil abordar a los jóvenes, se creció en dos aspectos: la conciencia de que toda la comunidad los evangeliza y educa, y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor. Cabe reconocer que, en el contexto actual de crisis del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado. Algunos participan en la vida de la Iglesia, integran grupos de servicio y diversas iniciativas misioneras en sus propias diócesis o en otros lugares. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean «callejeros de la fe», felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!

107. En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Frecuentemente esto se debe a la ausencia en las comunidades de un fervor apostólico contagioso, lo cual no entusiasma ni suscita atractivo. Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas. Aun en parroquias donde los sacerdotes son poco entregados y alegres, es la vida fraterna y fervorosa de la comunidad la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esa comunidad viva ora insistentemente por las vocaciones y se atreve a proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración. Por otra parte, a pesar de la escasez vocacional, hoy se tiene más clara conciencia de la necesidad de una mejor selección de los candidatos al sacerdocio. No se pueden llenar los seminarios con cualquier tipo de motivaciones, y menos si éstas se relacionan con inseguridades afectivas, búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar económico.

108. Como ya dije, no he intentado ofrecer un diagnóstico completo, pero invito a las comunidades a completar y enriquecer estas perspectivas a partir de la conciencia de sus desafíos propios y cercanos. Espero que, cuando lo hagan, tengan en cuenta que, cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos. Los ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado. Los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual.

109. Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!

 

CAPÍTULO TERCERO
EL ANUNCIO DEL EVANGELIO

110. Después de tomar en cuenta algunos desafíos de la realidad actual, quiero recordar ahora la tarea que nos apremia en cualquier época y lugar, porque «no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor», y sin que exista un «primado de la proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización»[77]. Recogiendo las inquietudes de los Obispos asiáticos, Juan Pablo II expresó que, si la Iglesia «debe cumplir su destino providencial, la evangelización, como predicación alegre, paciente y progresiva de la muerte y resurrección salvífica de Jesucristo, debe ser vuestra prioridad absoluta».[78] Esto vale para todos.

I. Todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio

111. La evangelización es tarea de la Iglesia. Pero este sujeto de la evangelización es más que una institución orgánica y jerárquica, porque es ante todo un pueblo que peregrina hacia Dios. Es ciertamente un misterio que hunde sus raíces en la Trinidad, pero tiene su concreción histórica en un pueblo peregrino y evangelizador, lo cual siempre trasciende toda necesaria expresión institucional. Propongo detenernos un poco en esta forma de entender la Iglesia, que tiene su fundamento último en la libre y gratuita iniciativa de Dios.

Un pueblo para todos

112. La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí.[79] Él envía su Espíritu a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a ese amor. La Iglesia es enviada por Jesucristo como sacramento de la salvación ofrecida por Dios[80]. Ella, a través de sus acciones evangelizadoras, colabora como instrumento de la gracia divina que actúa incesantemente más allá de toda posible supervisión. Bien lo expresaba Benedicto XVI al abrir las reflexiones del Sínodo: «Es importante saber que la primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también ser —con Él y en Él— evangelizadores»[81]. El principio de la primacía de la gracia debe ser un faro que alumbre permanentemente nuestras reflexiones sobre la evangelización.

113. Esta salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia, es para todos[82], y Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados.[83] Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana. Este pueblo que Dios se ha elegido y convocado es la Iglesia. Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos» (Mt 28,19). San Pablo afirma que en el Pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay ni judío ni griego […] porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28). Me gustaría decir a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, a los que son temerosos o a los indiferentes: ¡El Señor también te llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor!

114. Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio.

Un pueblo con muchos rostros

115. Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los cuales tiene su cultura propia. La noción de cultura es una valiosa herramienta para entender las diversas expresiones de la vida cristiana que se dan en el Pueblo de Dios. Se trata del estilo de vida que tiene una sociedad determinada, del modo propio que tienen sus miembros de relacionarse entre sí, con las demás criaturas y con Dios. Así entendida, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo[84]. Cada pueblo, en su devenir histórico, desarrolla su propia cultura con legítima autonomía[85]. Esto se debe a que la persona humana «por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social»[86], y está siempre referida a la sociedad, donde vive un modo concreto de relacionarse con la realidad. El ser humano está siempre culturalmente situado: «naturaleza y cultura se hallan unidas estrechísimamente»[87]. La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe.

116. En estos dos milenios de cristianismo, innumerable cantidad de pueblos han recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida cotidiana y la han transmitido según sus modos culturales propios. Cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio. De modo que, como podemos ver en la historia de la Iglesia, el cristianismo no tiene un único modo cultural, sino que, «permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado»[88]. En los distintos pueblos, que experimentan el don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad y muestra «la belleza de este rostro pluriforme»[89]. En las manifestaciones cristianas de un pueblo evangelizado, el Espíritu Santo embellece a la Iglesia, mostrándole nuevos aspectos de la Revelación y regalándole un nuevo rostro. En la inculturación, la Iglesia «introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad»[90], porque «toda cultura propone valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera de anunciar, concebir y vivir el Evangelio»[91], Así, «la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace “sponsa ornata monilibus suis”, “la novia que se adorna con sus joyas” (cf. Is 61,10)»[92].

117. Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia. Es el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, quien transforma nuestros corazones y nos hace capaces de entrar en la comunión perfecta de la Santísima Trinidad, donde todo encuentra su unidad. Él construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios. El mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo[93]. Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad sino multiforme armonía que atrae. La evangelización reconoce gozosamente estas múltiples riquezas que el Espíritu engendra en la Iglesia. No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad que algunas culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. Por ello, en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador.

118. Los Obispos de Oceanía pidieron que allí la Iglesia «desarrolle una comprensión y una presentación de la verdad de Cristo que arranque de las tradiciones y culturas de la región», e instaron «a todos los misioneros a operar en armonía con los cristianos indígenas para asegurar que la fe y la vida de la Iglesia se expresen en formas legítimas adecuadas a cada cultura»[94]. No podemos pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia, porque la fe no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de una cultura[95]. Es indiscutible que una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo.

Todos somos discípulos misioneros

119. En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible «in credendo». Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación[96]. Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe —el sensus fidei—que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión.

120. En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?

121. Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos. En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir como san Pablo: «No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que continúo mi carrera […] y me lanzo a lo que está por delante» (Flp 3,12-13).

La fuerza evangelizadora de la piedad popular

122. Del mismo modo, podemos pensar que los distintos pueblos en los que ha sido inculturado el Evangelio son sujetos colectivos activos, agentes de la evangelización. Esto es así porque cada pueblo es el creador de su cultura y el protagonista de su historia. La cultura es algo dinámico, que un pueblo recrea permanentemente, y cada generación le transmite a la siguiente un sistema de actitudes ante las distintas situaciones existenciales, que ésta debe reformular frente a sus propios desafíos. El ser humano «es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece»[97]. Cuando en un pueblo se ha inculturado el Evangelio, en su proceso de transmisión cultural también transmite la fe de maneras siempre nuevas; de aquí la importancia de la evangelización entendida como inculturación. Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede decirse que «el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo»[98]. Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal[99].

123. En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo mirada con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al Concilio. Fue Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi quien dio un impulso decisivo en ese sentido. Allí explica que la piedad popular «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer»[100] y que «hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe»[101]. Más cerca de nuestros días, Benedicto XVI, en América Latina, señaló que se trata de un «precioso tesoro de la Iglesia católica» y que en ella «aparece el alma de los pueblos latinoamericanos»[102].

124. En el Documento de Aparecida se describen las riquezas que el Espíritu Santo despliega en la piedad popular con su iniciativa gratuita. En ese amado continente, donde gran cantidad de cristianos expresan su fe a través de la piedad popular, los Obispos la llaman también «espiritualidad popular» o «mística popular»[103]. Se trata de una verdadera «espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos»[104]. No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum[105]. Es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros»[106]; conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar: «El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador»[107]. ¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!

125. Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres. Pienso en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado. Quien ama al santo Pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones sólo como una búsqueda natural de la divinidad. Son la manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5).

126. En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización.

Persona a persona

127. Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación y también es la que realiza un misionero cuando visita un hogar. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino.

128. En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad. Es el anuncio que se comparte con una actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera. A veces se expresa de manera más directa, otras veces a través de un testimonio personal, de un relato, de un gesto o de la forma que el mismo Espíritu Santo pueda suscitar en una circunstancia concreta. Si parece prudente y se dan las condiciones, es bueno que este encuentro fraterno y misionero termine con una breve oración que se conecte con las inquietudes que la persona ha manifestado. Así, percibirá mejor que ha sido escuchada e interpretada, que su situación queda en la presencia de Dios, y reconocerá que la Palabra de Dios realmente le habla a su propia existencia.

129. No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable. Se transmite de formas tan diversas que sería imposible describirlas o catalogarlas, donde el Pueblo de Dios, con sus innumerables gestos y signos, es sujeto colectivo. Por consiguiente, si el Evangelio se ha encarnado en una cultura, ya no se comunica sólo a través del anuncio persona a persona. Esto debe hacernos pensar que, en aquellos países donde el cristianismo es minoría, además de alentar a cada bautizado a anunciar el Evangelio, las Iglesias particulares deben fomentar activamente formas, al menos incipientes, de inculturación. Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino simplemente espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia.

Carismas al servicio de la comunión evangelizadora

130. El Espíritu Santo también enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas. Son dones para renovar y edificar la Iglesia[108]. No son un patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie; más bien son regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial, atraídos hacia el centro que es Cristo, desde donde se encauzan en un impulso evangelizador. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma. En la medida en que un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo para la paz en el mundo.

131. Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción. La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda del Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división y, por otra parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia.

Cultura, pensamiento y educación

132. El anuncio a la cultura implica también un anuncio a las culturas profesionales, científicas y académicas. Se trata del encuentro entre la fe, la razón y las ciencias, que procura desarrollar un nuevo discurso de la credibilidad, una original apologética[109] que ayude a crear las disposiciones para que el Evangelio sea escuchado por todos. Cuando algunas categorías de la razón y de las ciencias son acogidas en el anuncio del mensaje, esas mismas categorías se convierten en instrumentos de evangelización; es el agua convertida en vino. Es aquello que, asumido, no sólo es redimido sino que se vuelve instrumento del Espíritu para iluminar y renovar el mundo.

133. Ya que no basta la preocupación del evangelizador por llegar a cada persona, y el Evangelio también se anuncia a las culturas en su conjunto, la teología —no sólo la teología pastoral— en diálogo con otras ciencias y experiencias humanas, tiene gran importancia para pensar cómo hacer llegar la propuesta del Evangelio a la diversidad de contextos culturales y de destinatarios[110]. La Iglesia, empeñada en la evangelización, aprecia y alienta el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la investigación teológica, que promueve el diálogo con el mundo de las culturas y de las ciencias. Convoco a los teólogos a cumplir este servicio como parte de la misión salvífica de la Iglesia. Pero es necesario que, para tal propósito, lleven en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la teología, y no se contenten con una teología de escritorio.

134. Las Universidades son un ámbito privilegiado para pensar y desarrollar este empeño evangelizador de un modo interdisciplinario e integrador. Las escuelas católicas, que intentan siempre conjugar la tarea educativa con el anuncio explícito del Evangelio, constituyen un aporte muy valioso a la evangelización de la cultura, aun en los países y ciudades donde una situación adversa nos estimule a usar nuestra creatividad para encontrar los caminos adecuados[111].

II. La homilía

135. Consideremos ahora la predicación dentro de la liturgia, que requiere una seria evaluación de parte de los Pastores. Me detendré particularmente, y hasta con cierta meticulosidad, en la homilía y su preparación, porque son muchos los reclamos que se dirigen en relación con este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos. La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento.

136. Renovemos nuestra confianza en la predicación, que se funda en la convicción de que es Dios quien quiere llegar a los demás a través del predicador y de que Él despliega su poder a través de la palabra humana. San Pablo habla con fuerza sobre la necesidad de predicar, porque el Señor ha querido llegar a los demás también mediante nuestra palabra (cf. Rm 10,14-17). Con la palabra, nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes (cf. Mc 1,45). Se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas (cf. Mc 6,2). Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad (cf. Mc 1,27). Con la palabra, los Apóstoles, a los que instituyó «para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14), atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos (cf. Mc 16,15.20).

El contexto litúrgico

137. Cabe recordar ahora que «la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza»[112]. Hay una valoración especial de la homilía que proviene de su contexto eucarístico, que supera a toda catequesis por ser el momento más alto del diálogo entre Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental. La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto.

138. La homilía no puede ser un espectáculo entretenido, no responde a la lógica de los recursos mediáticos, pero debe darle el fervor y el sentido a la celebración. Es un género peculiar, ya que se trata de una predicación dentro del marco de una celebraciónlitúrgica; por consiguiente, debe ser breve y evitar parecerse a una charla o una clase. El predicador puede ser capaz de mantener el interés de la gente durante una hora, pero así su palabra se vuelve más importante que la celebración de la fe. Si la homilía se prolongara demasiado, afectaría dos características de la celebración litúrgica: la armonía entre sus partes y el ritmo. Cuando la predicación se realiza dentro del contexto de la liturgia, se incorpora como parte de la ofrenda que se entrega al Padre y como mediación de la gracia que Cristo derrama en la celebración. Este mismo contexto exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida. Esto reclama que la palabra del predicador no ocupe un lugar excesivo, de manera que el Señor brille más que el ministro.

La conversación de la madre

139. Dijimos que el Pueblo de Dios, por la constante acción del Espíritu en él, se evangeliza continuamente a sí mismo. ¿Qué implica esta convicción para el predicador? Nos recuerda que la Iglesia es madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado. Además, la buena madre sabe reconocer todo lo que Dios ha sembrado en su hijo, escucha sus inquietudes y aprende de él. El espíritu de amor que reina en una familia guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos, donde se enseña y aprende, se corrige y se valora lo bueno; así también ocurre en la homilía. El Espíritu, que inspiró los Evangelios y que actúa en el Pueblo de Dios, inspira también cómo hay que escuchar la fe del pueblo y cómo hay que predicar en cada Eucaristía. La prédica cristiana, por tanto, encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de «cultura materna», en clave de dialecto materno (cf. 2 M 7,21.27), y el corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso.

140. Este ámbito materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del Señor con su pueblo debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador, la calidez de su tono de voz, la mansedumbre del estilo de sus frases, la alegría de sus gestos. Aun las veces que la homilía resulte algo aburrida, si está presente este espíritu materno-eclesial, siempre será fecunda, así como los aburridos consejos de una madre dan fruto con el tiempo en el corazón de los hijos.

141. Uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo, para revelar su misterio a todos, para cautivar a gente común con enseñanzas tan elevadas y de tanta exigencia. Creo que el secreto se esconde en esa mirada de Jesús hacia el pueblo, más allá de sus debilidades y caídas: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32); Jesús predica con ese espíritu. Bendice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, se las has revelado a pequeños» (Lc 10,21). El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente.

Palabras que hacen arder los corazones

142. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo. La predicación puramente moralista o adoctrinadora, y también la que se convierte en una clase de exégesis, reducen esta comunicación entre corazones que se da en la homilía y que tiene que tener un carácter cuasi sacramental: «La fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo» (Rm 10,17). En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien. La memoria del pueblo fiel, como la de María, debe quedar rebosante de las maravillas de Dios. Su corazón, esperanzado en la práctica alegre y posible del amor que se le comunicó, siente que toda palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia.

143. El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón. La diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón. El predicador tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman, el del Señor y los de su pueblo. El diálogo entre Dios y su pueblo afianza más la alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Durante el tiempo que dura la homilía, los corazones de los creyentes hacen silencio y lo dejan hablar a Él. El Señor y su pueblo se hablan de mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía quieren que alguien haga de instrumento y exprese los sentimientos, de manera tal que después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La palabra es esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un predicador que la represente como tal, convencido de que «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Co 4,5).

144. Hablar de corazón implica tenerlo no sólo ardiente, sino iluminado por la integridad de la Revelación y por el camino que esa Palabra ha recorrido en el corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia. La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos —y predilectos en María—, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio.

III. La preparación de la predicación

145. La preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral. Con mucho cariño quiero detenerme a proponer un camino de preparación de la homilía. Son indicaciones que para algunos podrán parecer obvias, pero considero conveniente sugerirlas para recordar la necesidad de dedicar un tiempo de calidad a este precioso ministerio. Algunos párrocos suelen plantear que esto no es posible debido a la multitud de tareas que deben realizar; sin embargo, me atrevo a pedir que todas las semanas se dedique a esta tarea un tiempo personal y comunitario suficientemente prolongado, aunque deba darse menos tiempo a otras tareas también importantes. La confianza en el Espíritu Santo que actúa en la predicación no es meramente pasiva, sino activa y creativa. Implica ofrecerse como instrumento (cf. Rm 12,1), con todas las propias capacidades, para que puedan ser utilizadas por Dios. Un predicador que no se prepara no es «espiritual»; es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido.

El culto a la verdad

146. El primer paso, después de invocar al Espíritu Santo, es prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación. Cuando uno se detiene a tratar de comprender cuál es el mensaje de un texto, ejercita el «culto a la verdad»[113]. Es la humildad del corazón que reconoce que la Palabra siempre nos trasciende, que no somos «ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los heraldos, los servidores»[114]. Esa actitud de humilde y asombrada veneración de la Palabra se expresa deteniéndose a estudiarla con sumo cuidado y con un santo temor de manipularla. Para poder interpretar un texto bíblico hace falta paciencia, abandonar toda ansiedad y darle tiempo, interés y dedicación gratuita. Hay que dejar de lado cualquier preocupación que nos domine para entrar en otro ámbito de serena atención. No vale la pena dedicarse a leer un texto bíblico si uno quiere obtener resultados rápidos, fáciles o inmediatos. Por eso, la preparación de la predicación requiere amor. Uno sólo le dedica un tiempo gratuito y sin prisa a las cosas o a las personas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que ha queridohablar. A partir de ese amor, uno puede detenerse todo el tiempo que sea necesario, con una actitud de discípulo: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 S 3,9).

147. Ante todo conviene estar seguros de comprender adecuadamente el significado de las palabras que leemos. Quiero insistir en algo que parece evidente pero que no siempre es tenido en cuenta: el texto bíblico que estudiamos tiene dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto del que utilizamos ahora. Por más que nos parezca entender las palabras, que están traducidas a nuestra lengua, eso no significa que comprendemos correctamente cuanto quería expresar el escritor sagrado. Son conocidos los diversos recursos que ofrece el análisis literario: prestar atención a las palabras que se repiten o se destacan, reconocer la estructura y el dinamismo propio de un texto, considerar el lugar que ocupan los personajes, etc. Pero la tarea no apunta a entender todos los pequeños detalles de un texto, lo más importante es descubrir cuál es el mensaje principal, el que estructura el texto y le da unidad. Si el predicador no realiza este esfuerzo, es posible que su predicación tampoco tenga unidad ni orden; su discurso será sólo una suma de diversas ideas desarticuladas que no terminarán de movilizar a los demás. El mensaje central es aquello que el autor en primer lugar ha querido transmitir, lo cual implica no sólo reconocer una idea, sino también el efecto que ese autor ha querido producir. Si un texto fue escrito para consolar, no debería ser utilizado para corregir errores; si fue escrito para exhortar, no debería ser utilizado para adoctrinar; si fue escrito para enseñar algo sobre Dios, no debería ser utilizado para explicar diversas opiniones teológicas; si fue escrito para motivar la alabanza o la tarea misionera, no lo utilicemos para informar acerca de las últimas noticias.

148. Es verdad que, para entender adecuadamente el sentido del mensaje central de un texto, es necesario ponerlo en conexión con la enseñanza de toda la Biblia, transmitida por la Iglesia. Éste es un principio importante de la interpretación bíblica, que tiene en cuenta que el Espíritu Santo no inspiró sólo una parte, sino la Biblia entera, y que en algunas cuestiones el pueblo ha crecido en su comprensión de la voluntad de Dios a partir de la experiencia vivida. Así se evitan interpretaciones equivocadas o parciales, que nieguen otras enseñanzas de las mismas Escrituras. Pero esto no significa debilitar el acento propio y específico del texto que corresponde predicar. Uno de los defectos de una predicación tediosa e ineficaz es precisamente no poder transmitir la fuerza propia del texto que se ha proclamado.

La personalización de la Palabra

149. El predicador «debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva»[115]. Nos hace bien renovar cada día, cada domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, y verificar si en nosotros mismos crece el amor por la Palabra que predicamos. No es bueno olvidar que «en particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra»[116]. Como dice san Pablo, «predicamos no buscando agradar a los hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones» (1 Ts 2,4). Si está vivo este deseo de escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar, ésta se transmitirá de una manera u otra al Pueblo fiel de Dios: «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Las lecturas del domingo resonarán con todo su esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el corazón del Pastor.

150. Jesús se irritaba frente a esos pretendidos maestros, muy exigentes con los demás, que enseñaban la Palabra de Dios, pero no se dejaban iluminar por ella: «Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo» (Mt 23,4). El Apóstol Santiago exhortaba: «No os hagáis maestros muchos de vosotros, hermanos míos, sabiendo que tendremos un juicio más severo» (3,1). Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan intensa y fecunda que es «comunicar a otros lo que uno ha contemplado»[117]. Por todo esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque es una Palabra viva y eficaz, que como una espada, «penetra hasta la división del alma y el espíritu, articulaciones y médulas, y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12). Esto tiene un valor pastoral. También en esta época la gente prefiere escuchar a los testigos: «tiene sed de autenticidad […] Exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmente como si lo estuvieran viendo»[118].

151. No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos. Lo indispensable es que el predicador tenga la seguridad de que Dios lo ama, de que Jesucristo lo ha salvado, de que su amor tiene siempre la última palabra. Ante tanta belleza, muchas veces sentirá que su vida no le da gloria plenamente y deseará sinceramente responder mejor a un amor tan grande. Pero si no se detiene a escuchar esa Palabra con apertura sincera, si no deja que toque su propia vida, que le reclame, que lo exhorte, que lo movilice, si no dedica un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí será un falso profeta, un estafador o un charlatán vacío. En todo caso, desde el reconocimiento de su pobreza y con el deseo de comprometerse más, siempre podrá entregar a Jesucristo, diciendo como Pedro: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy» (Hch 3,6). El Señor quiere usarnos como seres vivos, libres y creativos, que se dejan penetrar por su Palabra antes de transmitirla; su mensaje debe pasar realmente a través del predicador, pero no sólo por su razón, sino tomando posesión de todo su ser. El Espíritu Santo, que inspiró la Palabra, es quien «hoy, igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone en sus labios las palabras que por sí solo no podría hallar»[119].

La lectura espiritual

152. Hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su Palabra y de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos «lectio divina». Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve. Esta lectura orante de la Biblia no está separada del estudio que realiza el predicador para descubrir el mensaje central del texto; al contrario, debe partir de allí, para tratar de descubrir qué le dice ese mismo mensaje a la propia vida. La lectura espiritual de un texto debe partir de su sentido literal. De otra manera, uno fácilmente le hará decir a ese texto lo que le conviene, lo que le sirva para confirmar sus propias decisiones, lo que se adapta a sus propios esquemas mentales. Esto, en definitiva, será utilizar algo sagrado para el propio beneficio y trasladar esa confusión al Pueblo de Dios. Nunca hay que olvidar que a veces «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14).

153. En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a míeste texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me interesa?», o bien: «¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?». Cuando uno intenta escuchar al Señor, suele haber tentaciones. Una de ellas es simplemente sentirse molesto o abrumado y cerrarse; otra tentación muy común es comenzar a pensar lo que el texto dice a otros, para evitar aplicarlo a la propia vida. También sucede que uno comienza a buscar excusas que le permitan diluir el mensaje específico de un texto. Otras veces pensamos que Dios nos exige una decisión demasiado grande, que no estamos todavía en condiciones de tomar. Esto lleva a muchas personas a perder el gozo en su encuentro con la Palabra, pero sería olvidar que nadie es más paciente que el Padre Dios, que nadie comprende y espera como Él. Invita siempre a dar un paso más, pero no exige una respuesta plena si todavía no hemos recorrido el camino que la hace posible. Simplemente quiere que miremos con sinceridad la propia existencia y la presentemos sin mentiras ante sus ojos, que estemos dispuestos a seguir creciendo, y que le pidamos a Él lo que todavía no podemos lograr.

Un oído en el pueblo

154. El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar. Un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo. De esa manera, descubre «las aspiraciones, las riquezas y los límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo, que distinguen a tal o cual conjunto humano», prestando atención «al pueblo concreto con sus signos y símbolos, y respondiendo a las cuestiones que plantea»[120]. Se trata de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación humana, con algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la Palabra. Esta preocupación no responde a una actitud oportunista o diplomática, sino que es profundamente religiosa y pastoral. En el fondo es una «sensibilidad espiritual para leer en los acontecimientos el mensaje de Dios»[121] y esto es mucho más que encontrar algo interesante para decir. Lo que se procura descubrir es «lo que el Señor desea decir en una determinada circunstancia»[122]. Entonces, la preparación de la predicación se convierte en un ejercicio de discernimiento evangélico, donde se intenta reconocer —a la luz del Espíritu— «una llamada que Dios hace oír en una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente»[123].

155. En esta búsqueda es posible acudir simplemente a alguna experiencia humana frecuente, como la alegría de un reencuentro, las desilusiones, el miedo a la soledad, la compasión por el dolor ajeno, la inseguridad ante el futuro, la preocupación por un ser querido, etc.; pero hace falta ampliar la sensibilidad para reconocer lo que tenga que ver realmente con la vida de ellos. Recordemos que nunca hay que responder preguntas que nadie se hace; tampoco conviene ofrecer crónicas de la actualidad para despertar interés: para eso ya están los programas televisivos. En todo caso, es posible partir de algún hecho para que la Palabra pueda resonar con fuerza en su invitación a la conversión, a la adoración, a actitudes concretas de fraternidad y de servicio, etc., porque a veces algunas personas disfrutan escuchando comentarios sobre la realidad en la predicación, pero no por ello se dejan interpelar personalmente.

Recursos pedagógicos

156. Algunos creen que pueden ser buenos predicadores por saber lo que tienen que decir, pero descuidan el cómo, la forma concreta de desarrollar una predicación. Se quejan cuando los demás no los escuchan o no los valoran, pero quizás no se han empeñado en buscar la forma adecuada de presentar el mensaje. Recordemos que «la evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la importancia de los métodos y medios de la evangelización»[124]. La preocupación por la forma de predicar también es una actitud profundamente espiritual. Es responder al amor de Dios, entregándonos con todas nuestras capacidades y nuestra creatividad a la misión que Él nos confía; pero también es un ejercicio exquisito de amor al prójimo, porque no queremos ofrecer a los demás algo de escasa calidad. En la Biblia, por ejemplo, encontramos la recomendación de preparar la predicación en orden a asegurar una extensión adecuada: «Resume tu discurso. Di mucho en pocas palabras» (Si 32,8).

157. Sólo para ejemplificar, recordemos algunos recursos prácticos, que pueden enriquecer una predicación y volverla más atractiva. Uno de los esfuerzos más necesarios es aprender a usar imágenes en la predicación, es decir, a hablar con imágenes. A veces se utilizan ejemplos para hacer más comprensible algo que se quiere explicar, pero esos ejemplos suelen apuntar sólo al entendimiento; las imágenes, en cambio, ayudan a valorar y aceptar el mensaje que se quiere transmitir. Una imagen atractiva hace que el mensaje se sienta como algo familiar, cercano, posible, conectado con la propia vida. Una imagen bien lograda puede llevar a gustar el mensaje que se quiere transmitir, despierta un deseo y motiva a la voluntad en la dirección del Evangelio. Una buena homilía, como me decía un viejo maestro, debe contener «una idea, un sentimiento, una imagen».

158. Ya decía Pablo VI que los fieles «esperan mucho de esta predicación y sacan fruto de ella con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada»[125]. La sencillez tiene que ver con el lenguaje utilizado. Debe ser el lenguaje que comprenden los destinatarios para no correr el riesgo de hablar al vacío. Frecuentemente sucede que los predicadores usan palabras que aprendieron en sus estudios y en determinados ambientes, pero que no son parte del lenguaje común de las personas que los escuchan. Hay palabras propias de la teología o de la catequesis, cuyo sentido no es comprensible para la mayoría de los cristianos. El mayor riesgo para un predicador es acostumbrarse a su propio lenguaje y pensar que todos los demás lo usan y lo comprenden espontáneamente. Si uno quiere adaptarse al lenguaje de los demás para poder llegar a ellos con la Palabra, tiene que escuchar mucho, necesita compartir la vida de la gente y prestarle una gustosa atención. La sencillez y la claridad son dos cosas diferentes. El lenguaje puede ser muy sencillo, pero la prédica puede ser poco clara. Se puede volver incomprensible por el desorden, por su falta de lógica, o porque trata varios temas al mismo tiempo. Por lo tanto, otra tarea necesaria es procurar que la predicación tenga unidad temática, un orden claro y una conexión entre las frases, de manera que las personas puedan seguir fácilmente al predicador y captar la lógica de lo que les dice.

159. Otra característica es el lenguaje positivo. No dice tanto lo que no hay que hacer sino que propone lo que podemos hacer mejor. En todo caso, si indica algo negativo, siempre intenta mostrar también un valor positivo que atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento, la crítica o el remordimiento. Además, una predicación positiva siempre da esperanza, orienta hacia el futuro, no nos deja encerrados en la negatividad. ¡Qué bueno que sacerdotes, diáconos y laicos se reúnan periódicamente para encontrar juntos los recursos que hacen más atractiva la predicación!

IV. Una evangelización para la profundización del kerygma

160. El envío misionero del Señor incluye el llamado al crecimiento de la fe cuando indica: «enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt 28,20). Así queda claro que el primer anuncio debe provocar también un camino de formación y de maduración. La evangelización también busca el crecimiento, que implica tomarse muy en serio a cada persona y el proyecto que Dios tiene sobre ella. Cada ser humano necesita más y más de Cristo, y la evangelización no debería consentir que alguien se conforme con poco, sino que pueda decir plenamente: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20).

161. No sería correcto interpretar este llamado al crecimiento exclusiva o prioritariamente como una formación doctrinal. Se trata de «observar» lo que el Señor nos ha indicado, como respuesta a su amor, donde se destaca, junto con todas las virtudes, aquel mandamiento nuevo que es el primero, el más grande, el que mejor nos identifica como discípulos: «Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Es evidente que cuando los autores del Nuevo Testamento quieren reducir a una última síntesis, a lo más esencial, el mensaje moral cristiano, nos presentan la exigencia ineludible del amor al prójimo: «Quien ama al prójimo ya ha cumplido la ley […] De modo que amar es cumplir la ley entera» (Rm 13,8.10). Así san Pablo, para quien el precepto del amor no sólo resume la ley sino que constituye su corazón y razón de ser: «Toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5,14). Y presenta a sus comunidades la vida cristiana como un camino de crecimiento en el amor: «Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos» (1 Ts 3,12). También Santiago exhorta a los cristianos a cumplir «la ley real según la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (2,8), para no fallar en ningún precepto.

162. Por otra parte, este camino de respuesta y de crecimiento está siempre precedido por el don, porque lo antecede aquel otro pedido del Señor: «bautizándolos en el nombre…» (Mt 28,19). La filiación que el Padre regala gratuitamente y la iniciativa del don de su gracia (cf. Ef 2,8-9; 1 Co 4,7) son la condición de posibilidad de esta santificación constante que agrada a Dios y le da gloria. Se trata de dejarse transformar en Cristo por una progresiva vida «según el Espíritu» (Rm 8,5).

Una catequesis kerygmática y mistagógica

163. La educación y la catequesis están al servicio de este crecimiento. Ya contamos con varios textos magisteriales y subsidios sobre la catequesis ofrecidos por la Santa Sede y por diversos episcopados. Recuerdo la Exhortación apostólica Catechesi Tradendae (1979), el Directorio general para la catequesis (1997) y otros documentos cuyo contenido actual no es necesario repetir aquí. Quisiera detenerme sólo en algunas consideraciones que me parece conveniente destacar.

164. Hemos redescubierto que también en la catequesis tiene un rol fundamental el primer anuncio o «kerygma», que debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. El kerygma es trinitario. Es el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre. En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el primer anuncio: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte». Cuando a este primer anuncio se le llama «primero», eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos[126]. Por ello, también «el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado»[127].

165. No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en pos de una formación supuestamente más «sólida». Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es el anuncio que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena.

166. Otra característica de la catequesis, que se ha desarrollado en las últimas décadas, es la de una iniciación mistagógica[128], que significa básicamente dos cosas: la necesaria progresividad de la experiencia formativa donde interviene toda la comunidad y una renovada valoración de los signos litúrgicos de la iniciación cristiana. Muchos manuales y planificaciones todavía no se han dejado interpelar por la necesidad de una renovación mistagógica, que podría tomar formas muy diversas de acuerdo con el discernimiento de cada comunidad educativa. El encuentro catequístico es un anuncio de la Palabra y está centrado en ella, pero siempre necesita una adecuada ambientación y una atractiva motivación, el uso de símbolos elocuentes, su inserción en un amplio proceso de crecimiento y la integración de todas las dimensiones de la persona en un camino comunitario de escucha y de respuesta.

167. Es bueno que toda catequesis preste una especial atención al «camino de la belleza» (via pulchritudinis)[129]. Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas. En esta línea, todas las expresiones de verdadera belleza pueden ser reconocidas como un sendero que ayuda a encontrarse con el Señor Jesús. No se trata de fomentar un relativismo estético[130], que pueda oscurecer el lazo inseparable entre verdad, bondad y belleza, sino de recuperar la estima de la belleza para poder llegar al corazón humano y hacer resplandecer en él la verdad y la bondad del Resucitado. Si, como dice san Agustín, nosotros no amamos sino lo que es bello[131], el Hijo hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es sumamente amable, y nos atrae hacia sí con lazos de amor. Entonces se vuelve necesario que la formación en la via pulchritudinis esté inserta en la transmisión de la fe. Es deseable que cada Iglesia particular aliente el uso de las artes en su tarea evangelizadora, en continuidad con la riqueza del pasado, pero también en la vastedad de sus múltiples expresiones actuales, en orden a transmitir la fe en un nuevo «lenguaje parabólico»[132]. Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros.

168. En lo que se refiere a la propuesta moral de la catequesis, que invita a crecer en fidelidad al estilo de vida del Evangelio, conviene manifestar siempre el bien deseable, la propuesta de vida, de madurez, de realización, de fecundidad, bajo cuya luz puede comprenderse nuestra denuncia de los males que pueden oscurecerla. Más que como expertos en diagnósticos apocalípticos u oscuros jueces que se ufanan en detectar todo peligro o desviación, es bueno que puedan vernos como alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio.

El acompañamiento personal de los procesos de crecimiento

169. En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos— en este «arte del acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.

170. Aunque suene obvio, el acompañamiento espiritual debe llevar más y más a Dios, en quien podemos alcanzar la verdadera libertad. Algunos se creen libres cuando caminan al margen de Dios, sin advertir que se quedan existencialmente huérfanos, desamparados, sin un hogar donde retornar siempre. Dejan de ser peregrinos y se convierten en errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte. El acompañamiento sería contraproducente si se convirtiera en una suerte de terapia que fomente este encierro de las personas en su inmanencia y deje de ser una peregrinación con Cristo hacia el Padre.

171. Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu, para cuidar entre todos a las ovejas que se nos confían de los lobos que intentan disgregar el rebaño. Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila condición de espectadores. Sólo a partir de esta escucha respetuosa y compasiva se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado en la propia vida. Pero siempre con la paciencia de quien sabe aquello que enseñaba santo Tomás de Aquino: que alguien puede tener la gracia y la caridad, pero no ejercitar bien alguna de las virtudes «a causa de algunas inclinaciones contrarias» que persisten[133]. Es decir, la organicidad de las virtudes se da siempre y necesariamente «in habitu», aunque los condicionamientos puedan dificultar las operaciones de esos hábitos virtuosos. De ahí que haga falta «una pedagogía que lleve a las personas, paso a paso, a la plena asimilación del misterio»[134]. Para llegar a un punto de madurez, es decir, para que las personas sean capaces de decisiones verdaderamente libres y responsables, es preciso dar tiempo, con una inmensa paciencia. Como decía el beato Pedro Fabro: «El tiempo es el mensajero de Dios».

172. El acompañante sabe reconocer que la situación de cada sujeto ante Dios y su vida en gracia es un misterio que nadie puede conocer plenamente desde afuera. El Evangelio nos propone corregir y ayudar a crecer a una persona a partir del reconocimiento de la maldad objetiva de sus acciones (cf. Mt 18,15), pero sin emitir juicios sobre su responsabilidad y su culpabilidad (cf. Mt 7,1;Lc 6,37). De todos modos, un buen acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad. Siempre invita a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir siempre de nuevo a anunciar el Evangelio. La propia experiencia de dejarnos acompañar y curar, capaces de expresar con total sinceridad nuestra vida ante quien nos acompaña, nos enseña a ser pacientes y compasivos con los demás y nos capacita para encontrar las maneras de despertar su confianza, su apertura y su disposición para crecer.

173. El auténtico acompañamiento espiritual siempre se inicia y se lleva adelante en el ámbito del servicio a la misión evangelizadora. La relación de Pablo con Timoteo y Tito es ejemplo de este acompañamiento y formación en medio de la acción apostólica. Al mismo tiempo que les confía la misión de quedarse en cada ciudad para «terminar de organizarlo todo» (Tt 1,5; cf.1 Tm 1,3-5), les da criterios para la vida personal y para la acción pastoral. Esto se distingue claramente de todo tipo de acompañamiento intimista, de autorrealización aislada. Los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros.

En torno a la Palabra de Dios

174. No sólo la homilía debe alimentarse de la Palabra de Dios. Toda la evangelización está fundada sobre ella, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensable que la Palabra de Dios «sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial»[135]. La Palabra de Dios escuchada y celebrada, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en la vida cotidiana. Ya hemos superado aquella vieja contraposición entre Palabra y Sacramento. La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima eficacia.

175. El estudio de las Sagradas Escrituras debe ser una puerta abierta a todos los creyentes[136]. Es fundamental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe[137]. La evangelización requiere la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige a las diócesis, parroquias y a todas las agrupaciones católicas, proponer un estudio serio y perseverante de la Biblia, así como promover su lectura orante personal y comunitaria.[138] Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente «Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado»[139]. Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada.

 

CAPÍTULO CUARTO
LA DIMENSIÓN SOCIAL DE LA EVANGELIZACIÓN

176. Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios. Pero «ninguna definición parcial o fragmentaria refleja la realidad rica, compleja y dinámica que comporta la evangelización, si no es con el riesgo de empobrecerla e incluso mutilarla»[140]. Ahora quisiera compartir mis inquietudes acerca de la dimensión social de la evangelización precisamente porque, si esta dimensión no está debidamente explicitada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora.

I. Las repercusiones comunitarias y sociales del kerygma

177. El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad.

Confesión de la fe y compromiso social

178. Confesar a un Padre que ama infinitamente a cada ser humano implica descubrir que «con ello le confiere una dignidad infinita»[141]. Confesar que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana significa que cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios. Confesar que Jesús dio su sangre por nosotros nos impide conservar alguna duda acerca del amor sin límites que ennoblece a todo ser humano. Su redención tiene un sentido social porque «Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres»[142]. Confesar que el Espíritu Santo actúa en todos implica reconocer que Él procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales: «El Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables»[143]. La evangelización procura cooperar también con esa acción liberadora del Espíritu. El misterio mismo de la Trinidad nos recuerda que fuimos hechos a imagen de esa comunión divina, por lo cual no podemos realizarnos ni salvarnos solos. Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás.

179. Esta inseparable conexión entre la recepción del anuncio salvífico y un efectivo amor fraterno está expresada en algunos textos de las Escrituras que conviene considerar y meditar detenidamente para extraer de ellos todas sus consecuencias. Es un mensaje al cual frecuentemente nos acostumbramos, lo repetimos casi mecánicamente, pero no nos aseguramos de que tenga una real incidencia en nuestras vidas y en nuestras comunidades. ¡Qué peligroso y qué dañino es este acostumbramiento que nos lleva a perder el asombro, la cautivación, el entusiasmo por vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia! La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros: «Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí» (Mt 25,40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: «Con la medida con que midáis, se os medirá» (Mt 7,2); y responde a la misericordia divina con nosotros: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará […] Con la medida con que midáis, se os medirá» (Lc 6,36-38). Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de la «salida de sí hacia el hermano» como uno de los dos mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual en respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios. Por eso mismo «el servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia».[144] Así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve.

El Reino que nos reclama

180. Leyendo las Escrituras queda por demás claro que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación personal con Dios. Nuestra respuesta de amor tampoco debería entenderse como una mera suma de pequeños gestos personales dirigidos a algunos individuos necesitados, lo cual podría constituir una «caridad a la carta», una serie de acciones tendentes sólo a tranquilizar la propia conciencia. La propuesta es el Reino de Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. Buscamos su Reino: «Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura» (Mt 6,33). El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre; Él pide a sus discípulos: «¡Proclamad que está llegando el Reino de los cielos!» (Mt 10,7).

181. El Reino que se anticipa y crece entre nosotros lo toca todo y nos recuerda aquel principio de discernimiento que Pablo VI proponía con relación al verdadero desarrollo: «Todos los hombres y todo el hombre»[145]. Sabemos que «la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre»[146]. Se trata del criterio de universalidad, propio de la dinámica del Evangelio, ya que el Padre desea que todos los hombres se salven y su plan de salvación consiste en «recapitular todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, bajo un solo jefe, que es Cristo» (Ef 1,10). El mandato es: «Id por todo el mundo, anunciad la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15), porque «toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Toda la creación quiere decir también todos los aspectos de la vida humana, de manera que «la misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño»[147]. La verdadera esperanza cristiana, que busca el Reino escatológico, siempre genera historia.

La enseñanza de la Iglesia sobre cuestiones sociales

182. Las enseñanzas de la Iglesia sobre situaciones contingentes están sujetas a mayores o nuevos desarrollos y pueden ser objeto de discusión, pero no podemos evitar ser concretos —sin pretender entrar en detalles— para que los grandes principios sociales no se queden en meras generalidades que no interpelan a nadie. Hace falta sacar sus consecuencias prácticas para que «puedan incidir eficazmente también en las complejas situaciones actuales»[148]. Los Pastores, acogiendo los aportes de las distintas ciencias, tienen derecho a emitir opiniones sobre todo aquello que afecte a la vida de las personas, ya que la tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas «para que las disfrutemos» (1 Tm6,17), para que todos puedan disfrutarlas. De ahí que la conversión cristiana exija revisar «especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común»[149].

183. Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia»[150]. Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une «el propio compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como en el ámbito práctico»[151].

184. No es el momento para desarrollar aquí todas las graves cuestiones sociales que afectan al mundo actual, algunas de las cuales comenté en el capítulo segundo. Éste no es un documento social, y para reflexionar acerca de esos diversos temas tenemos un instrumento muy adecuado en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuyo uso y estudio recomiendo vivamente. Además, ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos. Puedo repetir aquí lo que lúcidamente indicaba Pablo VI: «Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil pronunciar una palabra única, como también proponer una solución con valor universal. No es éste nuestro propósito ni tampoco nuestra misión. Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país»[152].

185. A continuación procuraré concentrarme en dos grandes cuestiones que me parecen fundamentales en este momento de la historia. Las desarrollaré con bastante amplitud porque considero que determinarán el futuro de la humanidad. Se trata, en primer lugar, de la inclusión social de los pobres y, luego, de la paz y el diálogo social.

II. La inclusión social de los pobres

186. De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad.

Unidos a Dios escuchamos un clamor

187. Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. Basta recorrer las Escrituras para descubrir cómo el Padre bueno quiere escuchar el clamor de los pobres: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo […] Ahora, pues, ve, yo te envío…» (Ex 3,7-8.10), y se muestra solícito con sus necesidades: «Entonces los israelitas clamaron al Señor y Él les suscitó un libertador» (Jc 3,15). Hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre «clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado» (Dt 15,9). Y la falta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra relación con Dios: «Si te maldice lleno de amargura, su Creador escuchará su imprecación» (Si 4,6). Vuelve siempre la vieja pregunta: «Si alguno que posee bienes del mundo ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17). Recordemos también con cuánta contundencia el Apóstol Santiago retomaba la figura del clamor de los oprimidos: «El salario de los obreros que segaron vuestros campos, y que no habéis pagado, está gritando. Y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (5,4).

188. La Iglesia ha reconocido que la exigencia de escuchar este clamor brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata de una misión reservada sólo a algunos: «La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas»[153]. En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37), lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos. La palabra «solidaridad» está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos.

189. La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces.

190. A veces se trata de escuchar el clamor de pueblos enteros, de los pueblos más pobres de la tierra, porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en el de los derechos de los pueblos»[154]. Lamentablemente, aun los derechos humanos pueden ser utilizados como justificación de una defensa exacerbada de los derechos individuales o de los derechos de los pueblos más ricos. Respetando la independencia y la cultura de cada nación, hay que recordar siempre que el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad. Hay que repetir que «los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás»[155]. Para hablar adecuadamente de nuestros derechos necesitamos ampliar más la mirada y abrir los oídos al clamor de otros pueblos o de otras regiones del propio país. Necesitamos crecer en una solidaridad que «debe permitir a todos los pueblos llegar a ser por sí mismos artífices de su destino»[156], así como «cada hombre está llamado a desarrollarse»[157].

191. En cada lugar y circunstancia, los cristianos, alentados por sus Pastores, están llamados a escuchar el clamor de los pobres, como tan bien expresaron los Obispos de Brasil: «Deseamos asumir, cada día, las alegrías y esperanzas, las angustias y tristezas del pueblo brasileño, especialmente de las poblaciones de las periferias urbanas y de las zonas rurales —sin tierra, sin techo, sin pan, sin salud— lesionadas en sus derechos. Viendo sus miserias, escuchando sus clamores y conociendo su sufrimiento, nos escandaliza el hecho de saber que existe alimento suficiente para todos y que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes y de la renta. El problema se agrava con la práctica generalizada del desperdicio»[158].

192. Pero queremos más todavía, nuestro sueño vuela más alto. No hablamos sólo de asegurar a todos la comida, o un «decoroso sustento», sino de que tengan «prosperidad sin exceptuar bien alguno»[159]. Esto implica educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida. El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están destinados al uso común.

Fidelidad al Evangelio para no correr en vano

193. El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Releamos algunas enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la misericordia, para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia. El Evangelio proclama: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán mise­ricordia» (Mt 5,7). El Apóstol Santiago enseña que la misericordia con los demás nos permite salir triunfantes en el juicio divino: «Hablad y obrad como corresponde a quienes serán juzgados por una ley de libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia triunfa en el juicio» (2,12-13). En este texto, Santiago se muestra como heredero de lo más rico de la espiritualidad judía del postexilio, que atribuía a la misericordia un especial valor salvífico: «Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga» (Dn 4,24). En esta misma línea, la literatura sapiencial habla de la limosna como ejercicio concreto de la misericordia con los necesitados: «La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado» (Tb 12,9). Más gráficamente aún lo expresa el Eclesiástico: «Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados» (3,30). La misma síntesis aparece recogida en el Nuevo Testamento: «Tened ardiente caridad unos por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Esta verdad penetró profundamente la mentalidad de los Padres de la Iglesia y ejerció una resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista pagano. Recordemos sólo un ejemplo: «Así como, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, una vez que se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio»[160].

194. Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos. ¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría. Porque «a los defensores de “la ortodoxia” se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injusticia intolerables y a los regímenes políticos que las mantienen»[161].

195. Cuando san Pablo se acercó a los Apóstoles de Jerusalén para discernir «si corría o había corrido en vano» (Ga 2,2), el criterio clave de autenticidad que le indicaron fue que no se olvidara de los pobres (cf. Ga 2,10). Este gran criterio, para que las comunidades paulinas no se dejaran devorar por el estilo de vida individualista de los paganos, tiene una gran actualidad en el contexto presente, donde tiende a desarrollarse un nuevo paganismo individualista. La belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha.

196. A veces somos duros de corazón y de mente, nos olvidamos, nos entretenemos, nos extasiamos con las inmensas posibilidades de consumo y de distracción que ofrece esta sociedad. Así se produce una especie de alienación que nos afecta a todos, ya que «está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y de consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana».[162]

El lugar privilegiado de los pobres en el Pueblo de Dios

197. El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo «se hizo pobre» (2 Co 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres. Esta salvación vino a nosotros a través del «sí» de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio. El Salvador nació en un pesebre, entre animales, como lo hacían los hijos de los más pobres; fue presentado en el Templo junto con dos pichones, la ofrenda de quienes no podían permitirse pagar un cordero (cf. Lc 2,24; Lv 5,7); creció en un hogar de sencillos trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan. Cuando comenzó a anunciar el Reino, lo seguían multitudes de desposeídos, y así manifestó lo que Él mismo dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres» (Lc 4,18). A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: «¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!» (Lc 6,20); con ellos se identificó: «Tuve hambre y me disteis de comer», y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s).

198. Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia»[163]. Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener «los mismos sentimientos de Jesucristo» (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobresentendida como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia»[164]. Esta opción —enseñaba Benedicto XVI— «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza»[165]. Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos.

199. Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro «considerándolo como uno consigo»[166]. Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien. Esto implica valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe. El verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia: «Del amor por el cual a uno le es grata la otra persona depende que le dé algo gratis»[167]. El pobre, cuando es amado, «es estimado como de alto valor»[168], y esto diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de intereses personales o políticos. Sólo desde esta cercanía real y cordial podemos acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación. Únicamente esto hará posible que «los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en su casa. ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la Buena Nueva del Reino?»[169]. Sin la opción preferencial por los más pobres, «el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día»[170].

200. Puesto que esta Exhortación se dirige a los miembros de la Iglesia católica quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria.

201. Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales. Si bien puede decirse en general que la vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las distintas realidades terrenas para que toda actividad humana sea transformada por el Evangelio[171], nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social: «La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos»[172]. Temo que también estas palabras sólo sean objeto de algunos comentarios sin una verdadera incidencia práctica. No obstante, confío en la apertura y las buenas disposiciones de los cristianos, y os pido que busquéis comunitariamente nuevos caminos para acoger esta renovada propuesta.

Economía y distribución del ingreso

202. La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad[173], no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales.

203. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica, pero a veces parecen sólo apéndices agregados desde fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral. ¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia. Otras veces sucede que estas palabras se vuelven objeto de un manoseo oportunista que las deshonra. La cómoda indiferencia ante estas cuestiones vacía nuestra vida y nuestras palabras de todo significado. La vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida; esto le permite servir verdaderamente al bien común, con su esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo.

204. Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos.

205. ¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común[174]. Tenemos que convencernos de que la caridad «no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas»[175]. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social.

206. La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero. Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos.

207. Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos.

208. Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra.

Cuidar la fragilidad

209. Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmente con los más pequeños (cf. Mt25,40). Esto nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra. Pero en el vigente modelo «exitista» y «privatista» no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida.

210. Es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, aunque eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e inmediatos: los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, etc. Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos. Por ello, exhorto a los países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción de la identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. ¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!

211. Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para mendicidad, en aquel que tiene que trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado? No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad. ¡La pregunta es para todos! En nuestras ciudades está instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda.

212. Doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo, también entre ellas encontramos constantemente los más admirables gestos de heroísmo cotidiano en la defensa y el cuidado de la fragilidad de sus familias.

213. Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, «toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre»[176].

214. Precisamente porque es una cuestión que hace a la coherencia interna de nuestro mensaje sobre el valor de la persona humana, no debe esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser completamente honesto al respecto. Éste no es un asunto sujeto a supuestas reformas o «modernizaciones». No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana. Pero también es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?

215. Hay otros seres frágiles e indefensos, que muchas veces quedan a merced de los intereses económicos o de un uso indiscriminado. Me refiero al conjunto de la creación. Los seres humanos no somos meros beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas. Por nuestra realidad corpórea, Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación. No dejemos que a nuestro paso queden signos de destrucción y de muerte que afecten nuestra vida y la de las futuras generaciones[177]. En este sentido, hago propio el bello y profético lamento que hace varios años expresaron los Obispos de Filipinas: «Una increíble variedad de insectos vivían en el bosque y estaban ocupados con todo tipo de tareas […] Los pájaros volaban por el aire, sus plumas brillantes y sus diferentes cantos añadían color y melodía al verde de los bosques […] Dios quiso esta tierra para nosotros, sus criaturas especiales, pero no para que pudiéramos destruirla y convertirla en un páramo […] Después de una sola noche de lluvia, mira hacia los ríos de marrón chocolate de tu localidad, y recuerda que se llevan la sangre viva de la tierra hacia el mar […] ¿Cómo van a poder nadar los peces en alcantarillas como el río Pasig y tantos otros ríos que hemos contaminado? ¿Quién ha convertido el maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color?»[178].

216. Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como san Francisco de Asís, todos los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos.

III. El bien común y la paz social

217. Hemos hablado mucho sobre la alegría y sobre el amor, pero la Palabra de Dios menciona también el fruto de la paz (cf. Ga5,22).

218. La paz social no puede entenderse como un irenismo o como una mera ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros. También sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una organización social que silencie o tranquilice a los más pobres, de manera que aquellos que gozan de los mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sin sobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una voz profética.

219. La paz tampoco «se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres»[179]. En definitiva, una paz que no surja como fruto del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia.

220. En cada nación, los habitantes desarrollan la dimensión social de sus vidas configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un pueblo, no como masa arrastrada por las fuerzas dominantes. Recordemos que «el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral»[180]. Pero convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía.

221. Para avanzar en esta construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad, hay cuatro principios relacionados con tensiones bipolares propias de toda realidad social. Brotan de los grandes postulados de la Doctrina Social de la Iglesia, los cuales constituyen «el primer y fundamental parámetro de referencia para la interpretación y la valoración de los fenómenos sociales»[181]. A la luz de ellos, quiero proponer ahora estos cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en el mundo entero.

El tiempo es superior al espacio

222. Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El «tiempo», ampliamente considerado, hace referencia a la plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

223. Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.

224. A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana. La historia los juzgará quizás con aquel criterio que enunciaba Romano Guardini: «El único patrón para valorar con acierto una época es preguntar hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una auténtica razón de ser la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con el carácter peculiar y las posibilidades de dicha época»[182].

225. Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo. El Señor mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus discípulos que había cosas que no podían comprender todavía y que era necesario esperar al Espíritu Santo
(cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importante de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo.

La unidad prevalece sobre el conflicto

226. El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad.

227. Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).

228. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna.

229. Este criterio evangélico nos recuerda que Cristo ha unificado todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad. La señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí es la paz. Cristo «es nuestra paz» (Ef2,14). El anuncio evangélico comienza siempre con el saludo de paz, y la paz corona y cohesiona en cada momento las relaciones entre los discípulos. La paz es posible porque el Señor ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente «haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Col 1,20). Pero si vamos al fondo de estos textos bíblicos, tenemos que llegar a descubrir que el primer ámbito donde estamos llamados a lograr esta pacificación en las diferencias es la propia interioridad, la propia vida siempre amenazada por la dispersión dialéctica.[183] Con corazones rotos en miles de fragmentos será difícil construir una auténtica paz social.

230. El anuncio de paz no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis. La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger una «diversidad reconciliada», como bien enseñaron los Obispos del Congo: «La diversidad de nuestras etnias es una riqueza […] Sólo con la unidad, con la conversión de los corazones y con la reconciliación podremos hacer avanzar nuestro país»[184].

La realidad es más importante que la idea

231. Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.

232. La idea —las elaboraciones conceptuales— está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad, así como se suplanta la gimnasia por la cosmética[185]. Hay políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente.

233. La realidad es superior a la idea. Este criterio hace a la encarnación de la Palabra y a su puesta en práctica: «En esto conoceréis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios»
(1 Jn 4,2). El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado, a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos, a recoger la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, sin pretender elaborar un pensamiento desconectado de ese tesoro, como si quisiéramos inventar el Evangelio. Por otro lado, este criterio nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo.

El todo es superior a la parte

234. Entre la globalización y la localización también se produce una tensión. Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Las dos cosas unidas impiden caer en alguno de estos dos extremos: uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante, miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo, que es de otros, con la boca abierta y aplausos programados; otro, que se conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites.

235. El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. Del mismo modo, una persona que conserva su peculiaridad personal y no esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se anula sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo. No es ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza.

236. El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno. Allí entran los pobres con su cultura, sus proyectos y sus propias potencialidades. Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos.

237. A los cristianos, este principio nos habla también de la totalidad o integridad del Evangelio que la Iglesia nos transmite y nos envía a predicar. Su riqueza plena incorpora a los académicos y a los obreros, a los empresarios y a los artistas, a todos. La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta. La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Así brota la alegría en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y ciudad que brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino. El todo es superior a la parte.

IV. El diálogo social como contribución a la paz

238. La evangelización también implica un camino de diálogo. Para la Iglesia, en este tiempo hay particularmente tres campos de diálogo en los cuales debe estar presente, para cumplir un servicio a favor del pleno desarrollo del ser humano y procurar el bien común: el diálogo con los Estados, con la sociedad —que incluye el diálogo con las culturas y con las ciencias— y con otros creyentes que no forman parte de la Iglesia católica. En todos los casos «la Iglesia habla desde la luz que le ofrece la fe»,[186]aporta su experiencia de dos mil años y conserva siempre en la memoria las vidas y sufrimientos de los seres humanos. Esto va más allá de la razón humana, pero también tiene un significado que puede enriquecer a los que no creen e invita a la razón a ampliar sus perspectivas.

239. La Iglesia proclama «el evangelio de la paz» (Ef 6,15) y está abierta a la colaboración con todas las autoridades nacionales e internacionales para cuidar este bien universal tan grande. Al anunciar a Jesucristo, que es la paz en persona (cf. Ef 2,14), la nueva evangelización anima a todo bautizado a ser instrumento de pacificación y testimonio creíble de una vida reconciliada[187]. Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural.

240. Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la sociedad[188]. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos, desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las circunstancias actuales, exige una profunda humildad social.

241. En el diálogo con el Estado y con la sociedad, la Iglesia no tiene soluciones para todas las cuestiones particulares. Pero junto con las diversas fuerzas sociales, acompaña las propuestas que mejor respondan a la dignidad de la persona humana y al bien común. Al hacerlo, siempre propone con claridad los valores fundamentales de la existencia humana, para transmitir convicciones que luego puedan traducirse en acciones políticas.

El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias

242. El diálogo entre ciencia y fe también es parte de la acción evangelizadora que pacifica.[189] El cientismo y el positivismo se rehúsan a «admitir como válidas las formas de conocimiento diversas de las propias de las ciencias positivas»[190]. La Iglesia propone otro camino, que exige una síntesis entre un uso responsable de las metodologías propias de las ciencias empíricas y otros saberes como la filosofía, la teología, y la misma fe, que eleva al ser humano hasta el misterio que trasciende la naturaleza y la inteligencia humana. La fe no le tiene miedo a la razón; al contrario, la busca y confía en ella, porque «la luz de la razón y la de la fe provienen ambas de Dios»[191], y no pueden contradecirse entre sí. La evangelización está atenta a los avances científicos para iluminarlos con la luz de la fe y de la ley natural, en orden a procurar que respeten siempre la centralidad y el valor supremo de la persona humana en todas las fases de su existencia. Toda la sociedad puede verse enriquecida gracias a este diálogo que abre nuevos horizontes al pensamiento y amplía las posibilidades de la razón. También éste es un camino de armonía y de pacificación.

243. La Iglesia no pretende detener el admirable progreso de las ciencias. Al contrario, se alegra e incluso disfruta reconociendo el enorme potencial que Dios ha dado a la mente humana. Cuando el desarrollo de las ciencias, manteniéndose con rigor académico en el campo de su objeto específico, vuelve evidente una determinada conclusión que la razón no puede negar, la fe no la contradice. Los creyentes tampoco pueden pretender que una opinión científica que les agrada, y que ni siquiera ha sido suficientemente comprobada, adquiera el peso de un dogma de fe. Pero, en ocasiones, algunos científicos van más allá del objeto formal de su disciplina y se extralimitan con afirmaciones o conclusiones que exceden el campo de la propia ciencia. En ese caso, no es la razón lo que se propone, sino una determinada ideología que cierra el camino a un diálogo auténtico, pacífico y fructífero.

El diálogo ecuménico

244. El empeño ecuménico responde a la oración del Señor Jesús que pide «que todos sean uno» (Jn 17,21). La credibilidad del anuncio cristiano sería mucho mayor si los cristianos superaran sus divisiones y la Iglesia realizara «la plenitud de catolicidad que le es propia, en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el Bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión»[192]. Tenemos que recordar siempre que somos peregrinos, y peregrinamos juntos. Para eso, hay que confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas, y mirar ante todo lo que buscamos: la paz en el rostro del único Dios. Confiarse al otro es algo artesanal, la paz es artesanal. Jesús nos dijo: «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9). En este empeño, también entre nosotros, se cumple la antigua profecía: «De sus espadas forjarán arados» (Is 2,4).

245. Bajo esta luz, el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia humana. La presencia, en el Sínodo, del Patriarca de Constantinopla, Su Santidad Bartolomé I, y del Arzobispo de Canterbury, Su Gracia Rowan Douglas Williams, fue un verdadero don de Dios y un precioso testimonio cristiano[193].

246. Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se vuelve urgente. Los misioneros en esos continentes mencionan reiteradamente las críticas, quejas y burlas que reciben debido al escándalo de los cristianos divididos. Si nos concentramos en las convicciones que nos unen y recordamos el principio de la jerarquía de verdades, podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimonio. La inmensa multitud que no ha acogido el anuncio de Jesucristo no puede dejarnos indiferentes. Por lo tanto, el empeño por una unidad que facilite la acogida de Jesucristo deja de ser mera diplomacia o cumplimiento forzado, para convertirse en un camino ineludible de la evangelización. Los signos de división entre los cristianos en países que ya están destrozados por la violencia agregan más motivos de conflicto por parte de quienes deberíamos ser un atractivo fermento de paz. ¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen! Y si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros! No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros. Sólo para dar un ejemplo, en el diálogo con los hermanos ortodoxos, los católicos tenemos la posibilidad de aprender algo más sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre su experiencia de la sinodalidad. A través de un intercambio de dones, el Espíritu puede llevarnos cada vez más a la verdad y al bien.

Las relaciones con el Judaísmo

247. Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada, porque «los dones y el llamado de Dios son irrevocables» (Rm 11,29). La Iglesia, que comparte con el Judaísmo una parte importante de las Sagradas Escrituras, considera al pueblo de la Alianza y su fe como una raíz sagrada de la propia identidad cristiana (cf. Rm 11,16-18). Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios (cf. 1 Ts 1,9). Creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada.

248. El diálogo y la amistad con los hijos de Israel son parte de la vida de los discípulos de Jesús. El afecto que se ha desarrollado nos lleva a lamentar sincera y amargamente las terribles persecuciones de las que fueron y son objeto, particularmente aquellas que involucran o involucraron a cristianos.

249. Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza y provoca tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina. Por eso, la Iglesia también se enriquece cuando recoge los valores del Judaísmo. Si bien algunas convicciones cristianas son inaceptables para el Judaísmo, y la Iglesia no puede dejar de anunciar a Jesús como Señor y Mesías, existe una rica complementación que nos permite leer juntos los textos de la Biblia hebrea y ayudarnos mutuamente a desentrañar las riquezas de la Palabra, así como compartir muchas convicciones éticas y la común preocupación por la justicia y el desarrollo de los pueblos.

El diálogo interreligioso

250. Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes. Este diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto es un deber para los cristianos, así como para otras comunidades religiosas. Este diálogo es, en primer lugar, una conversación sobre la vida humana o simplemente, como proponen los Obispos de la India, «estar abiertos a ellos, compartiendo sus alegrías y penas»[194]. Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales. Los esfuerzos en torno a un tema específico pueden convertirse en un proceso en el que, a través de la escucha del otro, ambas partes encuentren purificación y enriquecimiento. Por lo tanto, estos esfuerzos también pueden tener el significado del amor a la verdad.

251. En este dialogo, siempre amable y cordial, nunca se debe descuidar el vínculo esencial entre diálogo y anuncio, que lleva a la Iglesia a mantener y a intensificar las relaciones con los no cristianos[195]. Un sincretismo conciliador sería en el fondo un totalitarismo de quienes pretenden conciliar prescindiendo de valores que los trascienden y de los cuales no son dueños. La verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero «abierto a comprender las del otro» y «sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada uno»[196]. No nos sirve una apertura diplomática, que dice que sí a todo para evitar problemas, porque sería un modo de engañar al otro y de negarle el bien que uno ha recibido como un don para compartir generosamente. La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente[197].

252. En esta época adquiere gran importancia la relación con los creyentes del Islam, hoy particularmente presentes en muchos países de tradición cristiana donde pueden celebrar libremente su culto y vivir integrados en la sociedad. Nunca hay que olvidar que ellos, «confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final»[198]. Los escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo y María son objeto de profunda veneración, y es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, muchos de ellos tienen una profunda convicción de que la propia vida, en su totalidad, es de Dios y para Él. También reconocen la necesidad de responderle con un compromiso ético y con la misericordia hacia los más pobres.

253. Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes. Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica. ¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales! Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del Islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia.

254. Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir «justificados mediante la gracia de Dios»[199], y así «asociados al misterio pascual de Jesucristo»[200]. Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios[201]. No tienen el sentido y la eficacia de los Sacramentos instituidos por Cristo, pero pueden ser cauces que el mismo Espíritu suscite para liberar a los no cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias religiosas meramente individuales. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones.

El diálogo social en un contexto de libertad religiosa

255. Los Padres sinodales recordaron la importancia del respeto a la libertad religiosa, considerada como un derecho humano fundamental[202]. Incluye «la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia»[203]. Un sano pluralismo, que de verdad respete a los diferentes y los valore como tales, no implica una privatización de las religiones, con la pretensión de reducirlas al silencio y la oscuridad de la conciencia de cada uno, o a la marginalidad del recinto cerrado de los templos, sinagogas o mezquitas. Se trataría, en definitiva, de una nueva forma de discriminación y de autoritarismo. El debido respeto a las minorías de agnósticos o no creyentes no debe imponerse de un modo arbitrario que silencie las convicciones de mayorías creyentes o ignore la riqueza de las tradiciones religiosas. Eso a la larga fomentaría más el resentimiento que la tolerancia y la paz.

256. A la hora de preguntarse por la incidencia pública de la religión, hay que distinguir diversas formas de vivirla. Tanto los intelectuales como las notas periodísticas frecuentemente caen en groseras y poco académicas generalizaciones cuando hablan de los defectos de las religiones y muchas veces no son capaces de distinguir que no todos los creyentes —ni todas las autoridades religiosas— son iguales. Algunos políticos aprovechan esta confusión para justificar acciones discriminatorias. Otras veces se desprecian los escritos que han surgido en el ámbito de una convicción creyente, olvidando que los textos religiosos clásicos pueden ofrecer un significado para todas las épocas, tienen una fuerza motivadora que abre siempre nuevos horizontes, estimula el pensamiento, amplía la mente y la sensibilidad. Son despreciados por la cortedad de vista de los racionalismos. ¿Es razonable y culto relegarlos a la oscuridad, sólo por haber surgido en el contexto de una creencia religiosa? Incluyen principios profundamente humanistas que tienen un valor racional aunque estén teñidos por símbolos y doctrinas religiosas.

257. Los creyentes nos sentimos cerca también de quienes, no reconociéndose parte de alguna tradición religiosa, buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza, que para nosotros tienen su máxima expresión y su fuente en Dios. Los percibimos como preciosos aliados en el empeño por la defensa de la dignidad humana, en la construcción de una convivencia pacífica entre los pueblos y en la custodia de lo creado. Un espacio peculiar es el de los llamados nuevos Areópagos, como el «Atrio de los Gentiles», donde «creyentes y no creyentes pueden dialogar sobre los temas fundamentales de la ética, del arte y de la ciencia, y sobre la búsqueda de la trascendencia»[204]. Éste también es un camino de paz para nuestro mundo herido.

258. A partir de algunos temas sociales, importantes en orden al futuro de la humanidad, procuré explicitar una vez más la ineludible dimensión social del anuncio del Evangelio, para alentar a todos los cristianos a manifestarla siempre en sus palabras, actitudes y acciones.

 

CAPÍTULO QUINTO
EVANGELIZADORES CON ESPÍRITU

259. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios.

260. En este último capítulo no ofreceré una síntesis de la espiritualidad cristiana, ni desarrollaré grandes temas como la oración, la adoración eucarística o la celebración de la fe, sobre los cuales tenemos ya valiosos textos magisteriales y célebres escritos de grandes autores. No pretendo reemplazar ni superar tanta riqueza. Simplemente propondré algunas reflexiones acerca del espíritu de la nueva evangelización.

261. Cuando se dice que algo tiene «espíritu», esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora. Antes de proponeros algunas motivaciones y sugerencias espirituales, invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos.

I. Motivaciones para un renovado impulso misionero

262. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras sólo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad[205]. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, «se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación»[206]. Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad.

263. Es sano acordarse de los primeros cristianos y de tantos hermanos a lo largo de la historia que estuvieron cargados de alegría, llenos de coraje, incansables en el anuncio y capaces de una gran resistencia activa. Hay quienes se consuelan diciendo que hoy es más difícil; sin embargo, reconozcamos que las circunstancias del Imperio romano no eran favorables al anuncio del Evangelio, ni a la lucha por la justicia, ni a la defensa de la dignidad humana. En todos los momentos de la historia están presentes la debilidad humana, la búsqueda enfermiza de sí mismo, el egoísmo cómodo y, en definitiva, la concupiscencia que nos acecha a todos. Eso está siempre, con un ropaje o con otro; viene del límite humano más que de las circunstancias. Entonces, no digamos que hoy es más difícil; es distinto. Pero aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época. Para ello, os propongo que nos detengamos a recuperar algunas motivaciones que nos ayuden a imitarlos hoy[207].

El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva

264. La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3). La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás.

265. Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan, aunque no lo reconozcan: «Lo que vosotros adoráis sin conocer es lo que os vengo a anunciar» (Hch 17,23). A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno. Cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el contenido esencial del Evangelio, seguramente ese mensaje hablará a las búsquedas más hondas de los corazones: «El misionero está convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder a esta esperanza»[208].

El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor.

266. Pero esa convicción se sostiene con la propia experiencia, constantemente renovada, de gustar su amistad y su mensaje. No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos. El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.

267. Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre; vivimos y actuamos «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6). Si queremos entregarnos a fondo y con constancia, tenemos que ir más allá de cualquier otra motivación. Éste es el móvil definitivo, el más profundo, el más grande, la razón y el sentido final de todo lo demás. Se trata de la gloria del Padre que Jesús buscó durante toda su existencia. Él es el Hijo eternamente feliz con todo su ser «hacia el seno del Padre» (Jn 1,18). Si somos misioneros, es ante todo porque Jesús nos ha dicho: «La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante» (Jn 15,8). Más allá de que nos convenga o no, nos interese o no, nos sirva o no, más allá de los límites pequeños de nuestros deseos, nuestra comprensión y nuestras motivaciones, evangelizamos para la mayor gloria del Padre que nos ama.

El gusto espiritual de ser pueblo

268. La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo: «Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios» (1 Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo. Así redescubrimos que Él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia.

269. Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una profunda atención amorosa: «Jesús lo miró con cariño» (Mc 10,21). Lo vemos accesible cuando se acerca al ciego del camino (cf. Mc 10,46-52) y cuando come y bebe con los pecadores (cf. Mc 2,16), sin importarle que lo traten de comilón y borracho (cf. Mt 11,19). Lo vemos disponible cuando deja que una mujer prostituta unja sus pies (cf. Lc 7,36-50) o cuando recibe de noche a Nicodemo (cf. Jn 3,1-15). La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad.

270. A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo.

271. Es verdad que, en nuestra relación con el mundo, se nos invita a dar razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan y condenan. Se nos advierte muy claramente: «Hacedlo con dulzura y respeto» (1 Pe 3,16), y «en lo posible y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres» (Rm 12,18). También se nos exhorta a tratar de vencer «el mal con el bien» (Rm 12,21), sin cansarnos «de hacer el bien» (Ga 6,9) y sin pretender aparecer como superiores, sino «considerando a los demás como superiores a uno mismo» (Flp 2,3). De hecho, los Apóstoles del Señor gozaban de «la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,47; 4,21.33; 5,13). Queda claro que Jesucristo no nos quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres de pueblo. Ésta no es la opinión de un Papa ni una opción pastoral entre otras posibles; son indicaciones de la Palabra de Dios tan claras, directas y contundentes que no necesitan interpretaciones que les quiten fuerza interpelante. Vivámoslas «sine glossa», sin comentarios. De ese modo, experimentaremos el gozo misionero de compartir la vida con el pueblo fiel a Dios tratando de encender el fuego en el corazón del mundo.

272. El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios hasta el punto de que quien no ama al hermano «camina en las tinieblas» (1 Jn 2,11), «permanece en la muerte» (1 Jn 3,14) y «no ha conocido a Dios» (1 Jn 4,8). Benedicto XVI ha dicho que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios»,[209] y que el amor es en el fondo la única luz que «ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar»[210]. Por lo tanto, cuando vivimos la mística de acercarnos a los demás y de buscar su bien, ampliamos nuestro interior para recibir los más hermosos regalos del Señor. Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios. Como consecuencia de esto, si queremos crecer en la vida espiritual, no podemos dejar de ser misioneros. La tarea evangelizadora enriquece la mente y el corazón, nos abre horizontes espirituales, nos hace más sensibles para reconocer la acción del Espíritu, nos saca de nuestros esquemas espirituales limitados. Simultáneamente, un misionero entregado experimenta el gusto de ser un manantial, que desborda y refresca a los demás. Sólo puede ser misionero alguien que se sienta bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros. Esa apertura del corazón es fuente de felicidad, porque «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35). Uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad. Eso no es más que un lento suicidio.

273. La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo.

274. Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!

La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu

275. En el capítulo segundo reflexionábamos sobre esa falta de espiritualidad profunda que se traduce en el pesimismo, el fatalismo, la desconfianza. Algunas personas no se entregan a la misión, pues creen que nada puede cambiar y entonces para ellos es inútil esforzarse. Piensan así: «¿Para qué me voy a privar de mis comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?». Con esa actitud se vuelve imposible ser misioneros. Tal actitud es precisamente una excusa maligna para quedarse encerrados en la comodidad, la flojera, la tristeza insatisfecha, el vacío egoísta. Se trata de una actitud autodestructiva porque «el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se volvería insoportable»[211]. Si pensamos que las cosas no van a cambiar, recordemos que Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive. De otro modo, «si Cristo no resucitó, nuestra predicación está vacía» (1 Co 15,14). El Evangelio nos relata que cuando los primeros discípulos salieron a predicar, «el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra» (Mc 16,20). Eso también sucede hoy. Se nos invita a descubrirlo, a vivirlo. Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda.

276. Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo.

277. También aparecen constantemente nuevas dificultades, la experiencia del fracaso, las pequeñeces humanas que tanto duelen. Todos sabemos por experiencia que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse. Sin embargo, no es lo mismo cuando uno, por cansancio, baja momentáneamente los brazos que cuando los baja definitivamente dominado por un descontento crónico, por una acedia que le seca el alma. Puede suceder que el corazón se canse de luchar porque en definitiva se busca a sí mismo en un carrerismo sediento de reconocimientos, aplausos, premios, puestos; entonces, uno no baja los brazos, pero ya no tiene garra, le falta resurrección. Así, el Evangelio, que es el mensaje más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas.

278. La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia «en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles» (Ap 17,14). Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!

279. Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.

280. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente. Él puede sanar todo lo que nos debilita en el empeño misionero. Es verdad que esta confianza en lo invisible puede producirnos cierto vértigo: es como sumergirse en un mar donde no sabemos qué vamos a encontrar. Yo mismo lo experimenté tantas veces. Pero no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!

La fuerza misionera de la intercesión

281. Hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la intercesión. Miremos por un momento el interior de un gran evangelizador como san Pablo, para percibir cómo era su oración. Esa oración estaba llena de seres humanos: «En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos vosotros […] porque os llevo dentro de mi corazón» (Flp 1,4.7). Así descubrimos que interceder no nos aparta de la verdadera contemplación, porque la contemplación que deja fuera a los demás es un engaño.

282. Esta actitud se convierte también en agradecimiento a Dios por los demás: «Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos vosotros» (Rm 1,8). Es un agradecimiento constante: «Doy gracias a Dios sin cesar por todos vosotros a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús» (1 Co 1,4); «Doy gracias a mi Dios todas las veces que me acuerdo de vosotros» (Flp 1,3). No es una mirada incrédula, negativa y desesperanzada, sino una mirada espiritual, de profunda fe, que reconoce lo que Dios mismo hace en ellos. Al mismo tiempo, es la gratitud que brota de un corazón verdaderamente atento a los demás. De esa forma, cuando un evangelizador sale de la oración, el corazón se le ha vuelto más generoso, se ha liberado de la conciencia aislada y está deseoso de hacer el bien y de compartir la vida con los demás.

283. Los grandes hombres y mujeres de Dios fueron grandes intercesores. La intercesión es como «levadura» en el seno de la Trinidad. Es un adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian. Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo.

II. María, la Madre de la evangelización

284. Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (Hch 1,14), y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización.

El regalo de Jesús a su pueblo

285. En la cruz, cuando Cristo sufría en su carne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de la Madre y del amigo. En ese crucial instante, antes de dar por consumada la obra que el Padre le había encargado, Jesús le dijo a María: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego le dijo al amigo amado: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Estas palabras de Jesús al borde de la muerte no expresan primeramente una preocupación piadosa hacia su madre, sino que son más bien una fórmula de revelación que manifiesta el misterio de una especial misión salvífica. Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo sentir que «todo está cumplido» (Jn 19,28). Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femenino. Ella, que lo engendró con tanta fe, también acompaña «al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17). La íntima conexión entre María, la Iglesia y cada fiel, en cuanto que, de diversas maneras, engendran a Cristo, ha sido bellamente expresada por el beato Isaac de Stella: «En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se entiende en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de la Virgen María […] También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda […] Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos»[212].

286. María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza. Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica. Muchos padres cristianos piden el Bautismo para sus hijos en un santuario mariano, con lo cual manifiestan la fe en la acción maternal de María que engendra nuevos hijos para Dios. Es allí, en los santuarios, donde puede percibirse cómo María reúne a su alrededor a los hijos que peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella. Allí encuentran la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida. Como a san Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo maternal y les dice al oído: «No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?»[213].

La Estrella de la nueva evangelización

287. A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial. Ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe[214], y «su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la Iglesia»[215]. Ella se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de fe, hacia un destino de servicio y fecundidad. Nos-otros hoy fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en agentes evangelizadores[216]. En esta peregrinación evangelizadora no faltan las etapas de aridez, ocultamiento, y hasta cierta fatiga, como la que vivió María en los años de Nazaret, mientras Jesús crecía: «Éste es el comienzo del Evangelio, o sea de la buena y agradable nueva. No es difícil, pues, notar en este inicio una particular fatiga del corazón, unida a una especie de “noche de la fe” —usando una expresión de san Juan de la Cruz—, como un “velo” a través del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el misterio. Pues de este modo María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe»[217].

288. Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los poderosos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia. Es también la que conserva cuidadosamente «todas las cosas meditándolas en su corazón» (Lc2,19). María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización. Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo. Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la clausura del Año de la fe, el 24 de noviembre, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del año 2013, primero de mi Pontificado.

FRANCISCUS

 

 

[1] Pablo VI, Exhort. ap. Gaudete in Domino (9 mayo 1975), 22: AAS 67 (1975), 297.

[2] Ibíd., 8: AAS 67 (1975), 292.

[3] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS 98 (2006), 217.

[4] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 360.

[5] Ibíd.

[6] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 80: AAS 68 (1976), 75.

[7] Cántico espiritual, 36, 10.

[8] Adversus haereses, IV, c. 34, n. 1: PG 7, 1083: «Omnem novitatem attulit, semetipsum afferens».

[9] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 7: AAS 68 (1976), 9.

[10] Cf. Propositio 7.

[11] Benedicto XVI, Homilía durante la Santa Misa conclusiva de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (28 octubre 2012): AAS 104 (2012), 890.

[12] Ibíd.

[13] Benedicto XVI, Homilía en la Eucaristía de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en el Santuario de «La Aparecida» (13 mayo 2007): AAS 99 (2007), 437.

[14] Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 34: AAS 83 (1991), 280.

[15] Ibíd., 40: AAS 83 (1991), 287.

[16] Ibíd., 86: AAS 83 (1991), 333.

[17] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 548.

[18] Ibíd., 370.

[19] Cf. Propositio 1.

[20] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 32: AAS 81 (1989), 451.

[21] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 201.

[22] Ibíd., 551.

[23] Pablo VI, Carta enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964), 3: AAS 56 (1964), 611-612.

[24] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 6.[25] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodalEcclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 19: AAS 94 (2002), 390.

[26] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 26: AAS 81 (1989), 438.

[27] Cf. Propositio 26.

[28] Cf. Propositio 44.

[29] Cf. Propositio 26.

[30] Cf. Propositio 41.

[31] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los Obispos, 11.

[32] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en un Congreso con ocasión del 40 Aniversario del Decreto Ad Gentes (11 marzo 2006): AAS 98 (2006), 337.

[33] Cf. Propositio 42.

[34] Cf. cc. 460-468; 492-502; 511-514; 536-537.

[35] Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 95: AAS 87 (1995), 977-978.

[36] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.

[37] Cf. Juan Pablo II, Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998): AAS 90 (1998), 641-658.

[38] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 11.

[39] Cf. Summa Theologiae I-II, q. 66, art. 4-6.

[40] Summa Theologiae I-II, q. 108, art. 1.

[41] Summa Theologiae II-II, q. 30, art. 4. Cf. ibíd. q. 30, art. 4, ad 1: «No adoramos a Dios con sacrificios y dones exteriores por Él mismo, sino por nosotros y por el prójimo. Él no necesita nuestros sacrificios, pero quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y para la utilidad del prójimo. Por eso, la misericordia, que socorre los defectos ajenos, es el sacrificio que más le agrada, ya que causa más de cerca la utilidad del prójimo».

[42] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 12.

[43] Motu proprio Socialium scientiarum (1 enero 1994): AAS 86 (1994), 209.

[44] Santo Tomás de Aquino remarcaba que la multiplicidad y la variedad «proviene de la intención del primer agente», quien quiso que «lo que faltaba a cada cosa para representar la bondad divina, fuera suplido por las otras», porque su bondad «no podría representarse convenientemente por una sola criatura» (Summa Theologiae I, q. 47, art. 1). Por eso nosotros necesitamos captar la variedad de las cosas en sus múltiples relaciones (cf. Summa Theologiae I, q. 47, art. 2, ad 1; q. 47, art. 3). Por razones análogas, necesitamos escucharnos unos a otros y complementarnos en nuestra captación parcial de la realidad y del Evangelio.

[45] Juan XXIII, Discurso en la solemne apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 octubre 1962): AAS 54 (1962), 792: «Est enim aliud ipsum depositum fidei, seu veritates, quae veneranda doctrina nostra continentur, aliud modus, quo eaedem enuntiantur».

[46] Juan Pablo II, Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 19: AAS 87 (1995), 933.

[47] Summa Theologiae I-II, q. 107, art. 4.

[48] Ibíd.

[49] N. 1735.

[50] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 34: AAS 74 (1982), 123.

[51] Cf. San Ambrosio, De Sacramentis, IV, 6, 28: PL 16, 464: «Tengo que recibirle siempre, para que siempre perdone mis pecados. Si peco continuamente, he de tener siempre un remedio»; ibíd., IV, 5, 24: PL 16, 463: «El que comió el maná murió; el que coma de este cuerpo obtendrá el perdón de sus pecados»; SanCirilo de Alejandría, In Joh. Evang. IV, 2: PG 73, 584-585: «Me he examinado y me he reconocido indigno. A los que así hablan les digo: ¿Y cuándo seréis dignos? ¿Cuándo os presentaréis entonces ante Cristo? Y si vuestros pecados os impiden acercaros y si nunca vais a dejar de caer —¿quién conoce sus delitos?, dice el salmo—, ¿os quedaréis sin participar de la santificación que vivifica para la eternidad?».

[52] Benedicto XVI, Discurso durante el encuentro con el Episcopado brasileño en la Catedral de San Pablo, Brasil (11 mayo 2007), 3: AAS 99 (2007), 428.

[53] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84 (1992), 673.

[54] Pablo VI, Carta enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964), 19: AAS 56 (1964), 632.

[55] San Juan Crisóstomo, De Lazaro Concio II, 6: PG 48, 992D.

[56] Cf. Propositio 13.

[57] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 52: AAS 88 (1996), 32-33; Id., Carta enc.Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 22: AAS 80 (1988), 539.

[58] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 7: AAS 92 (2000), 458.

[59] United States Conference of Catholic Bishops, Ministry to Persons with a Homosexual Inclination: Guidelines for Pastoral Care(2006), 17.

[60] Conférence des Évêques de France. Conseil Famille et Société, Élargir le mariage aux personnes de même sexe? Ouvrons le débat! (28 septiembre 2012).

[61] Cf. Propositio 25.

[62] Azione Cattolica Italiana, Messaggio della XIV Assemblea Nazionale alla Chiesa ed al Paese (8 mayo 2011).

[63] J. Ratzinger, Situación actual de la fe y la teología. Conferencia pronunciada en el Encuentro de Presidentes de Comisiones Episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara, México, 1996, publicada en L’Osservatore Romano, 1 noviembre 1996. Cf. V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 12.

[64] G. Bernanos, Journal d’un curé de campagne, Paris 1974, 135.

[65] Discurso en la solemne apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 octubre 1962), 4, 2-4: AAS 54 (1962), 789.

[66] J. H. Newman, Letter of 26 January 1833,enThe Letters and Diaries of John Henry Newman, III, Oxford 1979, 204.

[67] Benedicto XVI, Homilía durante la Santa Misa de apertura del Año de la Fe (11 octubre 2012): AAS 104 (2012), 881.

[68] Tomás de Kempis, De Imitatione Christi, Liber Primus, IX, 5: «La imaginación y mudanza de lugares engañó a muchos».

[69] Vale el testimonio de Santa Teresa de Lisieux, en su trato con aquella hermana que le resultaba particularmente desagradable, donde una experiencia interior tuvo un impacto decisivo: «Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea para con la hermana Saint-Pierre. Hacía frío, anochecía… De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […] No puedo expresar lo que pasó en mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad» (Manuscrito C, 29 vº-30 rº, en Oeuvres complètes, Paris 1992, 274-275).

[70] Cf. Propositio 8.

[71] H. de Lubac, Méditation sur l’Église, Paris 1968, 231.

[72] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 295.

[73] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 51: AAS 81 (1989), 493.

[74] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Inter Insigniores, sobre la cuestión de la admisión de la mujer al sacerdocio ministerial (15 octubre 1976), VI: AAS 69 (1977) 115, citada en Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 51, nota 190: AAS 81 (1989), 493.

[75] Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 27: AAS 80 (1988), 1718.

[76] Cf. Propositio 51.

[77] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 19: AAS 92 (2000), 478.

[78] Ibíd., 2: AAS 92 (2000), 451.

[79] Cf. Propositio 4.

[80] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

[81] Meditación en la primera Congregación general de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (8 octubre 2012): AAS 104 (2012), 897.

[82] Cf. Propositio 6; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.

[83] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9.

[84] Cf. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Puebla (23 marzo 1979), 386-387.

[85] Conc. Ecum. Vat.II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 36.

[86] Ibíd., 25.

[87] Ibíd., 53.

[88] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 40: AAS 93 (2001), 294-295.

[89] Ibíd., 40: AAS 93 (2001), 295.

[90] Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 52: AAS 83 (1991), 300.Cf.Exhort. ap. Catechesi Tradendae (16 octubre 1979), 53: AAS 71 (1979), 1321.

[91] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 16: AAS 94 (2002), 384.

[92] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 61: AAS 88 (1996), 39.

[93] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 39, art. 8 cons. 2: «Excluido el Espíritu Santo, que es el nexo de ambos, no se puede entender la unidad de conexión entre el Padre y el Hijo»; cf. también ibíd. I, q. 37, art. 1, ad 3.

[94] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 17: AAS 94 (2002), 385.

[95] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 20: AAS 92 (2000), 478-482.

[96] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 12.

[97] Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 71: AAS 91 (1999), 60.

[98] III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Puebla (23 marzo 1979), 450; cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 264.

[99] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 21: AAS 92 (2000), 482-484.

[100] N. 48: AAS 68 (1976), 38.

[101] Ibíd.

[102] Discurso en la Sesión inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007), 1:AAS 99 (2007), 446-447.

[103] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007),  262.

[104] Ibíd., 263.

[105] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 2, art. 2.

[106] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007),  264.

[107] Ibíd.

[108] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 12.

[109] Cf. Propositio 17.

[110] Cf. Propositio 30.

[111] Cf. Propositio 27.

[112] Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini (31 mayo 1998), 41: AAS 90 (1998), 738-739.

[113] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 78: AAS 68 (1976), 71.

[114] Ibíd.

[115] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 26: AAS 84 (1992), 698.

[116] Ibíd., 25: AAS 84 (1992), 696.

[117] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 188, art. 6.

[118] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 76: AAS 68 (1976), 68.

[119] Ibíd., 75: AAS 68 (1976), 65.

[120] Ibíd., 63: AAS 68 (1976), 53.

[121] Ibíd., 43: AAS 68 (1976), 33.

[122] Ibíd.

[123] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84 (1992), 672.

[124] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 40: AAS 68 (1976), 31.

[125] Ibíd., 43: AAS 68 (1976), 33.

[126] Cf. Propositio 9.

[127] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 26: AAS 84 (1992), 698.

[128] Cf. Propositio 38.

[129] Cf. Propositio 20.

[130] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Inter mirifica, sobre los medios de comunicación social, 6.

[131] Cf. De musica, VI, XIII, 38: PL 32, 1183-1184; Confessiones, IV, XIII, 20: PL 32, 701.

[132] Benedicto XVI, Discurso en ocasión de la proyección del documental «Arte y fe – via pulchritudinis» (25 octubre 2012):L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (4 noviembre 2012), 11.

[133] Summa Theologiae I-II q. 65, art. 3, ad 2: «propter aliquas dispositiones contrarias».

[134] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 20: AAS 92 (2000), 481.

[135] Benedicto XVI, Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010), 1: AAS 102 (2010), 682.

[136] Cf. Propositio 11.

[137] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 21-22.

[138] Cf. Benedicto XVI, Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010), 86-87: AAS 102 (2010), 757-760.

[139] Benedicto XVI, Discurso durante la primera Congregación general del Sínodo de los Obispos (8 octubre 2012): AAS 104 (2012), 896.

[140] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 17: AAS 68 (1976), 17.

[141] Juan Pablo II, Mensaje a los discapacitados, Ángelus (16 noviembre1980): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (23 noviembre 1980), 9.

[142] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 52.

[143] Juan Pablo II, Catequesis (24 abril 1991): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (26 abril 1991), 3.

[144] Benedicto XVI, Motu proprio Intima Ecclesiae natura (11 noviembre 2012): AAS 104 (2012), 996.

[145] Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264.

[146] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 29: AAS 68 (1976), 25.

[147] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 380.

[148] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 9.

[149] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22 enero 1999), 27: AAS 91 (1999), 762.

[150] Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28: AAS 98 (2006), 239-240.

[151] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 12.

[152] Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 4: AAS 63 (1971), 403.

[153] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis nuntius (6 agosto 1984), XI, 1: AAS 76 (1984), 903.

[154] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.

[155] Pablo VI, Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 23: AAS 63 (1971), 418.

[156] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 65: AAS 59 (1967), 289.

[157] Ibíd., 15: AAS 59 (1967), 265.

[158] Conferência Nacional dos Bispos do Brasil, Documento Exigências evangélicas e éticas de superação da miséria e da fome(abril 2002), Introducción, 2.

[159] Juan XXIII, Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS 53 (1961), 402.

[160] San Agustín, De Catechizandis Rudibus, I, XIV, 22: PL 40, 327.

[161] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis nuntius (6 agosto 1984), XI, 18: AAS 76 (1984), 907-908.

[162] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 41: AAS 83 (1991), 844-845.

[163] Juan Pablo II, Homilía durante la Misa para la evangelización de los pueblos en Santo Domingo (11 octubre 1984), 5: AAS77 (1985), 358.

[164] Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 42: AAS 80 (1988), 572.

[165] Discurso en la Sesión inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007), 3:AAS 99 (2007), 450.

[166] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 27, art. 2.

[167] Ibíd., I-II, q. 110, art. 1.

[168] Ibíd., I-II, q. 26, art. 3

[169] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 50: AAS 93 (2001), 303.

[170] Ibíd.

[171] Cf. Propositio 45.

[172] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis nuntius (6 agosto 1984), XI, 18: AAS 76 (1984), 908.

[173] Esto implica «eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial»: Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático (8 enero 2007): AAS 99 (2007), 73.

[174] Cf. Commission sociale des évêques de France, Declaración Réhabiliter la politique (17 febrero 1999); Pío XI, Mensaje, 18 diciembre 1927.

[175] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 2: AAS 101 (2009), 642.

[176] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 37: AAS 81 (1989), 461.

[177] Cf. Propositio 56.

[178] Catholic Bishops’ Conference of the Philippines, Carta pastoral What is Happening to our Beautiful Land? (29 enero 1988).

[179] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 76: AAS 59 (1967), 294-295.

[180] United States Conference of Catholic Bishops, Carta pastoral Forming Consciences for Faithful Citizenship (2007), 13.

[181] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 161.

[182] Das Ende der Neuzeit, Würzburg 91965, 30-31.

[183] Cf. I. Quiles, S.I., Filosofía de la educación personalista, Buenos Aires 1981, 46-53.

[184] Comité permanent de la Conférence Episcopale Nationale du Congo, Message sur la situation sécuritaire dans le pays (5 diciembre 2012), 11.

[185] Cf. Platón, Gorgias, 465.

[186] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2012): AAS 105 (2013), 51.

[187] Cf. Propositio 14.

[188] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1910; Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 168.

[189] Cf. Propositio 54.

[190] Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 88: AAS 91 (1999), 74.

[191] Santo Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles, I, VII; cf. Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 43: AAS 91 (1999), 39.

[192] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.

[193] Cf. Propositio 52.

[194] Catholic Bishops’ Conference of India, Declaración final de la XXX Asamblea general, The Church’s Role for a Better India (8 marzo 2012), 8.9.

[195] Cf. Propositio 53.

[196] Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 56: AAS 83 (1991), 304.

[197] Cf. Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana (21 dicembre 2012): AAS 105 (2013), 51; Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 9; Catecismo de la Iglesia Católica, 856.

[198] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 16.

[199] Comisión Teológica Internacional, El cristianismo y las religiones (1996), 72.

[200] Ibíd.

[201] Cf. ibíd., 81-87.

[202] Cf. Propositio 16.

[203] Benedicto XVI, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Medio Oriente (14 septiembre 2012), 26: AAS 104 (2012), 762.

[204] Propositio 55.

[205] Cf. Propositio 36.

[206] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 52: AAS 93 (2001), 304.

[207] Cf. V. M. Fernández, «Espiritualidad para la esperanza activa». Acto de apertura del I Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia, Rosario (Argentina), 2011: UCActualidad 142 (2011), 16.

[208] Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 45: AAS 83 (1991), 292.

[209] Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 16: AAS 98 (2006), 230.

[210] Ibíd., 39: AAS 98 (2006), 250.

[211] II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje final, 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (29 octubre 1999), 10.

[212] Isaac de Stella, Sermo 51: PL 194, 1863.1865.

[213] Nican Mopohua, 118-119.

[214] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentiumsobre la Iglesia, cap. VIII, 52-69.

[215] Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris Mater (25 marzo 1987), 6: AAS 79 (1987), 366.

[216] Cf. Propositio 58.

[217] Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris Mater (25 marzo 1987), 17: AAS 79 (1987), 381.

 

 

ÍNDICE

La alegría del Evangelio

  1.  Alegría que se renueva y se comunica [2-8]
  2.  La dulce y confortadora alegría de evangelizar [9-13]

Una eterna novedad [11-13]

  1.  La nueva evangelización para la transmisión de la fe [14-18]

Propuesta y límites de esta Exhortación [16-18]

Capítulo primero
La transformación misionera de la Iglesia

  1.  Una Iglesia en salida [20-24]

Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar [24]

  1.  Pastoral en conversión [25-33]

Una impostergable renovación eclesial [27-33]

  1.  Desde el corazón del Evangelio [34-39]
  2.  La misión que se encarna en los límites humanos [40-45]
  3.  Una madre de corazón abierto [46-49]

Capítulo segundo
En la crisis del compromiso comunitario

  1.  Algunos desafíos del mundo actual [52-75]

No a una economía de la exclusión [53-54]
No a la nueva idolatría del dinero [55-56]
No a un dinero que gobierna en lugar de servir [57-58]
No a la inequidad que genera violencia [59-60]
Algunos desafíos culturales [61-67]
Desafíos de la inculturación de la fe [68-70]
Desafíos de las culturas urbanas [71-75]

  1.  Tentaciones de los agentes pastorales [76-109]

Sí al desafío de una espiritualidad misionera [78-80]
No a la acedia egoísta [81-83]
No al pesimismo estéril [84-86]
Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo [87-92]
No a la mundanidad espiritual [93-97]
No a la guerra entre nosotros [98-101]
Otros desafíos eclesiales [102-109]

Capítulo tercero
El anuncio del Evangelio

  1.  Todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio [111-134]

Un pueblo para todos [112-114]
Un pueblo con muchos rostros [115-118]
Todos somos discípulos misioneros 
[119-121]
La fuerza evangelizadora de la piedad popular [122-126]
Persona a persona [127-129]
Carismas al servicio de la comunión evangelizadora [130-131]
Cultura, pensamiento y educación [132-134]

  1.  La homilía [135-144]

El contexto litúrgico [137-138]
La conversación de la madre [139-141]
Palabras que hacen arder los corazones [142-144]

  1.  La preparación de la predicación [145-159]

El culto a la verdad [146-148]
La personalización de la Palabra [149-151]
La lectura espiritual [152-153]
Un oído en el pueblo [154-155]
Recursos pedagógicos [156-159]

  1.  Una evangelización para la profundización del kerygma [160-175]

Una catequesis kerygmática y mistagógica [163-168]
El acompañamiento personal de los procesos de crecimiento [169-173]
En torno a la Palabra de Dios [174-175]

Capítulo cuarto
La dimensión social de la evangelización

  1.  Las repercusiones comunitarias y sociales del kerygma [177-185]

Confesión de la fe y compromiso social [178-179]
El Reino que nos reclama [180-181]
La enseñanza de la Iglesia sobre cuestiones sociales [182-185]

  1.   La inclusión social de los pobres [186-216]

Unidos a Dios escuchamos un clamor [187-192]
Fidelidad al Evangelio para no correr en vano [193-196]
El lugar privilegiado de los pobres en el pueblo de Dios [197-201]
Economía y distribución del ingreso 
[202-208]
Cuidar la fragilidad
 [209-216]

  1.   El bien común y la paz social [217-237]

El tiempo es superior al espacio [222-225]
La unidad prevalece sobre el conflicto [226-230]
La realidad es más importante que la idea [231-233]
El todo es superior a la parte [234-237]

  1.   El diálogo social como contribución a la paz [238-258]

El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias [242-243]
El diálogo ecuménico [244-246]
Las relaciones con el Judaísmo [247-249]
El diálogo interreligioso [250-254]
El diálogo social en un contexto de libertad religiosa [255-258]

Capítulo quinto
Evangelizadores con Espíritu

  1.  Motivaciones para un renovado impulso misionero [262-283]

El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva [264-267]
El gusto espiritual de ser pueblo [268-274]
La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu [275-280]
La fuerza misionera de la intercesión [281-283]

  1.  María, la Madre de la evangelización [284-288]

El regalo de Jesús a su pueblo [285-286]
La Estrella de la nueva evangelización [287-288]

 

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Un nuevo Papa

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 16, 2014

 

Siempre que sale electo un nuevo Papa, lo comienzan a llamar «Cardenal conservador», «retrógrado», «de derecha», el Cardenal del «no»: no al aborto, no a la eutanasia, no al matrimonio de homosexuales, no a la clonación, no a la ordenación de mujeres…

Así se van desglosando todos los «no» que la Iglesia Católica ha enseñado desde hace tantos años y que no puede dejar de enseñar: la Iglesia debe respetar su propia doctrina; de no hacerlo, perdería su identidad propia, traicionaría a su fundador y el mundo se quedaría sin un norte moral hacia dónde dirigirse.

Los que creen en un posible Papa que dijera sí al aborto, sí a la eutanasia, sí al matrimonio de homosexuales, sí a la clonación, sí a la ordenación de mujeres…, no han entendido que la Iglesia es de origen divino, no humano.

Fue Dios el que puso las reglas, y Dios es inmutable: nunca va a aceptar, por ejemplo, el homicidio de inocentes, como ocurre con el aborto. Lo que pueden hacer los hombres es seguir investigando para entender el porqué de esas decisiones divinas, como lo hizo la genética hace unos años: descubrió y demostró científicamente que la vida humana se inicia con la concepción: negar eso hoy sí es ser retrógrado.

Dios también puso otras reglas: no hay razón alguna para eliminar a los viejos o a los enfermos: el hombre es de tal dignidad —hecho a imagen y semejanza de Dios— que su vida vale más que cualquier circunstancia; por eso el «no» a la eutanasia será eterno en la Iglesia.

La Iglesia siempre defenderá lo que es evidente: que el ser humano masculino se complementa con el femenino y viceversa, tanto desde el punto de vista biológico, como del psicológico; por eso el matrimonio de homosexuales fue, es y será un desorden en la naturaleza creada por Dios…

Toda vida humana es el resultado natural del amor entre un hombre y una mujer; por eso, la Iglesia estará siempre en desacuerdo con la fertilización in vitro y con toda manipulación de la dignidad del ser humano…

Y con respecto a la ordenación de mujeres, ¿qué hacen algunos hombres entrometiéndose en las cosas de Dios? Él no lo decidió así; solo Él lo puede cambiar. Ni siquiera el Papa puede ordenar algo distinto.

Dios sabe lo que es bueno para sus hijos más que ellos mismos, Dios ama a sus hijos más que lo que ellos mismos se aman o se pueden imaginar.

La Iglesia, de la mano del Creador, se adapta a los tiempos modernos, pero no doblega sus creencias en aras de un falso «avanzar», porque avanzar es mejorar como seres humanos, no empeorar.

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Los Padres de la Iglesia*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 5, 2013

PADRES LATINOS
(en algunos casos se ha dejado el nombre en latín)

San Ambrosio, Obispo de Milán (340-97)
Arnobius, apologista (327)
San Agustín, Obispo de Hippo (354-430)
San Benito, Padre del Monasticismo Occidental (480-546)
San Caesarius, Arzobispo de Arles (470-542)
San Juan Casiano, abad, escritor ascético (360-435)
San Celestino I, Papa (m. 432)
San Cornelio, Papa (m. 253)
San Cipriano, Obispo de Cartago (m. 258)
San Dámaso I, Papa (m. 384)
San Dionisio, Papa (m. 268)
San Enodio, Obispo de Pavia (473-521)
San Euquerio, Obispo de Lyons (d. 449)
San Fulgencio, Obispo de Ruspe (468-533)
San Gregorio de Elvira (m. después del 392)
San Gregorio Magno (I), Papa (540-604)
San Hilario, Obispo de Poitiers (315-68)
San Inocente I, Papa (m. 417)
San Ireneo, Obispo de Lyons (130-200)
San Isidoro, Arzobispo de Sevilla (560-636)
San Jerónimo, sacerdote, exegeta, traductor de la Vulgata. (343-420)
Lactancio Firmianus, apologista (240-320)
San León Magno, Papa (390-461)
Mario Mercator, (principios del siglo V)
Mario Victorinus, romano (siglo IV)
Minucio Felix, apologista (siglo II o III)
Novatiano, el Sismático (200-62)
San Optatus, Obispo de Mileve (finales del siglo IV)
Orígenes (185ca. -254) 
San Paciano, Obispo de Barcelona (siglo IV)
San Pamfilio, sacerdote (240-309)
San Paulino, Obispo de Nola (353-431)
San Pedro Crisólogo, Arzobispo de Ravenna (400-50)
San Fobadio, Obispo de Agen (m. 395)
San Próspero de Aquitaine, teólogo (390-463)
Rufino, traductor al latín de la teología griega (345-410)
Salvian, sacerdote (400-80)
San Siricio, Papa (334-99)
Tertuliano, apologista, fundador de la teología latina (160-223)
San Vicente de Urins, sacerdote, monje (m. 450)PADRES GRIEGOS

San Anastasio Sinaita, apologista, monje (m. 700)
San Andrés de Creta, Arzobispo de Gortyna (660-740)
Afrates, monje sirio (siglo IV)
San Arquelao, Obispo de Cascar (m.. 282)
San Atanasio, Arzobispo de Alejandria (c. 297-373)
Atenágoras, apologista (siglo II)
San Basilio Magno, Arzobispo de Cesarea (329-79)
San Cesario de Nazianzus (330-69)
San Clemente de Alejandría, teólogo (150-215)
San Clemente I, Papa (Clemente Romano) (88-97)
San Cirilo, Obispo de Jerusalén (315-86)
San Cirilo, Patriarca de Alejandría (376-444)
Didimus el ciego; teólogo (313-98)
Diodoro, Obispo de Tarsus (m. 392)
Dionisio el PseudoAreopagita, teólogo místico (finales del siglo V)
San Dionisio el Grande, Arzobispo de Alejandría (190-264)
San Epifanio, Obispo de Salamis (315-403)
Eusebio, Obispo de Cesarea (260-340)
San Eustaquio, Obispo de Antioquía (siglo IV)
San Firmiliano, Obispo de Cesarea (m. 268)
Genadio I, Patriarca de Constantinopla (m. 471)
San Germano, Patriarca de Constantinopla (634-733)
San Gregorio Nacianceno, Obispo de Sasima (329-90)
San Gregorio de Nisa (330-95)
San Gregorio Taumaturgo, Obispo de Neocesarea (213-70)
Hermas, autor de El Pastor (siglo II)
San Hipólito, mártir (170-236)
San Ignacio de Antioquía  (35-107)
San Isidoro de Pelusium, Abad (360-c. 450)
San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla (347-407)
San Juan Climacus, monje (579-649)
San Juan Damasceno, defensor de las imágenes sagradas (675-749)
San Julio I, Papa (m. 352)

 

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Las indulgencias (2)*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 6, 2013

Remisión de la pena temporal

por Félix Velasco Santandreu
– colaboró en la edición digital el hermano Juan Pablo Montes, IVE –

¿Qué es una indulgencia?

La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la penitencia: “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la Redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos”(1).

La indulgencia puede ser parcial o plenaria, según que libre en parte o en todo de la pena temporal debida por los pecados.

Nadie que gane indulgencias puede aplicarlas a otras personas que aún viven, pero las indulgencias pueden aplicarse a los difuntos a manera de sufragio.

“Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”(2).

Al fiel cristiano que, por lo menos arrepentido interiormente, realiza una obra enriquecida con indulgencia parcial, se le concede, por medio de la Iglesia, una remisión de la pena temporal del mismo valor que la que él mismo con su acción ya recibe. No se pueden separan las indulgencias del resto de la vida cristiana. La indulgencia no es un procedimiento fácil para que sean perdonados los pecados evitando la penitencia, sino una asistencia que presta toda la Iglesia a los fieles para que su conversión, invitándoles a que realicen buenas obras y ayudándoles a expiar la pena debida por los pecados. Es conveniente recordar que el medio ordinario para que el individuo se reconcilie con Dios y con la Iglesia es la confesión individual y completa de los pecados graves, seguida de la absolución.

“Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad”(3).

“Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la “pena eterna” del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las creaturas que tienen necesidad de purificación, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de la que se llama la “pena temporal” del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecado, de modo que no subsistirá ninguna pena”(4).

“El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegando el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del hombre viejo y a revestirse del hombre nuevo”(5).

El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo, tiene la ventaja y la ayuda de ser miembro de la Iglesia. “La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística”(6).

Un poco de historia

Sed. Jubileo que cada treinta años celebraban los reyes del antiguo Egipto, y que consistía en una repetición de los ritos de la coronación, los cuales servían para afirmar la soberanía real, ya que así quedaba consagrado el poder divino del faraón. La primera mención de estos ritos parece en el reinado del rey Udimu (quinto soberano de la I dinastía: c. 3100 a C.), el pueblo era favorecido con festejos y perdones.

Jubileo. Entre los judíos, nombre del año consagrado a Dios y al descanso que, según la ley, debía celebrarse cada cincuenta años. Este nombre ha pasado también a los cristianos.

Año Santo o jubilar. Entre los católicos, año privilegiado en que los peregrinos que acuden a Roma se benefician de una indulgencia plenaria. El primer año santo se celebró en 1300, proclamado por Bonifacio VIII (Anagni, c. 1235-Roma, 1303) Papa (1294-1303), el 2 de febrero de ese mismo año. El Papa puede promulgar otros por motivos especiales. Desde entonces se han celebrado 125 jubileos 25 ordinarios y 100 extraordinarios, que pueden ser universales, particulares o locales. Tienen lugar a intervalos regulares (cada 100 años bajo Bonifacio VIII, cada 50 años bajo Clemente VI y Nicolás V, cada 25 años desde Pablo II). Su duración es de un año, de una Navidad a otra. Comienzas en Roma con la apertura de la puerta Santa. Los fieles deben visitar las basílicas de San Pedro y San Pablo desde Bonifacio VIII, también la de Letrán a partir de Clemente VI, y Santa María la Mayor desde Gregorio IX; deben arrepentirse y confesarse y rezar por las intenciones del Papa. Las visitas debían hacerse durante treinta días continuos o intercalados por los romanos y quince días por los no romanos. León XIII redujo esos días a veinte y diez respectivamente. Pío XII estableció una sola visita. Pablo VI ordenó que al Jubileo de 1975 le precediera un año de preparación. Juan Pablo II ha dispuesto para el 2000 una fase antepreparatoria (1994-96) y otra preparatoria (1997-99) y ha establecido que el mismo tenga lugar simultáneamente en Tierra Santa, en Roma y en las demás Iglesias locales.

Bula de la Santa Cruzada. Creada en la Alta Edad Media por la cual se obtenían numerosos privilegios e indulgencias que se adquiría mediante la limosna. La recaudación servía para ayudar a la Reconquista y a las cruzadas. Abolida mediante la constitución apostólica Paenitemini, publicada por Pablo VI el 17 de febrero de 1966.

Disputa sobre las indulgencias. Conflicto religioso, preludio de la ruptura de Lutero con la Iglesia romana. El Papa León X promulgó el 31 de mayo de 1515 una indulgencia en favor de quienes diesen limosna para terminar las obras de la basílica de San Pedro en Roma. Johannes Tetzel, dominico español, fue delegado por el arzobispo de Maguncia para predicar las indulgencias en esa diócesis. Los abusos que se cometieron con tal motivo indignaron a muchos. El monje agustino Martín Lutero también ambicionaba esta predicación y fue más lejos, atacó las bases mismas de las indulgencias. El 31 de octubre de 1517, la víspera del día de Todos los Santos, a la llegada de Tetzel, colocó, en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, 95 tesis redactadas en latín, en las que atacaba el sistema de contribuciones y afirmaba que las indulgencias pontificias no podían ser otra cosa que la remisión de la pena infligida por el mismo Papa, este hecho marcó el comienzo de la reforma protestante. Estas tesis, fueron condenadas por el Papa en 1519, invitándole a retractarse mediante la bula Exurge, Domine (1520), pero Lutero rehusó y quemó en una plaza pública de Wittenberg la bula pontificia, por lo que condenado de forma definitiva. El cisma se consumó tras la Dieta de Worms (1521), en la que nuevamente se negó a retractarse.

Decreto sobre las Indulgencias del Concilio de Trento. “Habiendo Jesucristo concedido a su Iglesia la potestad de conceder indulgencias, y usando la Iglesia de esta facultad que Dios le ha concedido, aun desde los tiempos más remotos; enseña y manda el sacrosanto Concilio que el uso de las indulgencias sumamente provechoso al pueblo cristiano y aprobado por la autoridad de los sagrados concilios, debe conservarse en la Iglesia, y fulmina anatema contra los que, o afirman ser inútiles, o niegan que la Iglesia tenga potestad de concederlas. No obstante, desea que se proceda con moderación en la concesión de ellas, según la antigua y aprovechada costumbre de la Iglesia; para que por la suma facilidad de concederlas no decaiga la disciplina eclesiástica. Y anhelando a que se enmienden, y corrijan los abusos que se han introducido en ellas, por cuyo motivo blasfeman los herejes de este glorioso nombre de indulgencias; establece en general por el presente decreto que, absolutamente se exterminen todos los lucros ilícitos que se sacan porque los fieles las consigan; pues se han originado de esto muchísimos abusos en el pueblo cristiano. Y no pudiéndose prohibir fácil ni individualmente los demás abusos que se han originado de la superstición, ignorancia, irreverencia, o de otra cualquiera causa, por las muchas corruptelas de los lugares y provincias en que se cometen; manda a todos los Obispos que cada uno note todos estos abusos en su Iglesia, y los haga presentes en el primer concilio provincial, para que conocidos y calificados por los otros obispos, se delaten inmediatamente al Sumo Pontífice Romano, por cuya autoridad y prudencia se establecerá lo conveniente a la Iglesia universal: y de este modo se reparta a todos los fieles piadosa, santa e íntegramente el tesoro de las santas indulgencias”. No era ésta la primera vez que un concilio ecuménico discutía el tema de las indulgencias -la primera vez fue en 1415, cuando el Concilio de Constanza afirmó la práctica- pero en Trento la doctrina fue proclamada infaliblemente por primera vez.

Errores más frecuentes sobre las indulgencias

Una persona puede comprar su salida del infierno mediante las indulgencias. Este es un error habitual, debido a la ignorancia. Las indulgencias sólo remitan penas temporales, no pueden remitir la pena eterna del infierno. Una vez que alguien está en el infierno, ninguna cantidad de indulgencias cambiará jamás ese hecho. La única manera de evitar el infierno es apelando a la misericordia eterna de Dios mientras todavía estamos en vida. Luego de la muerte, el destino eterno queda fijado: Hebreos 9,27.

Una persona puede “comprar el perdón” con indulgencias: La definición de indulgencias presupone que el perdón ya ha tenido lugar: “Una indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa”(7). Las indulgencias no perdonan pecados en absoluto. Sólo conciernen a las penas que permanecen luego de que los pecados han sido perdonados.

Si la Iglesia tiene los recursos y el poder para borrar todas las penas temporales de todas las personas, ¿por qué no lo hace? Porque Dios no desea que se haga. Dios mismo instituyó el hecho de que las penas temporales permanecieran. Estas penas temporales llevan a cabo funciones válidas, una de ellas disciplinaria, al igual que hacen los padres con los hijos. La Iglesia no puede borrar todas las penas temporales porque su remisión depende de las disposiciones de las personas que sufren esas penas temporales. Así como el arrepentimiento y la fe se requieren para la remisión de las penas eternas, también son necesarios para la remisión de las penas temporales.

Una persona puede comprar indulgencias. El Concilio de Trento instituyó severas reformas en la práctica reformas en la práctica de conceder indulgencias y, a causa de anteriores abusos, en 1567 el Papa Pio V canceló todas las concesiones de indulgencias que tuvieran que ver con estipendios u otras transacciones financieras. Las indulgencias se desarrollaron a partir de una reflexión profunda sobre el sacramento de la reconciliación. Son una manera de acortar la penitencia de la disciplina sacramental y estaban en uso siglos antes de que aparecieran problemas relaciones con el dinero y con Lutero.

Una indulgencia acortará el tiempo en el purgatorio en un número fijo de días. El número de días que solía asociarse con las indulgencias era una referencia al período de penitencia que uno podría realizar durante la vida terrena. Se desconoce lo duradero que puede ser el purgatorio para cada persona concreta. Hasta el Concilio Vaticano II se decía que cada indulgencia remitía un cierto número de “días” de la disciplina de una persona -por ejemplo, un acto podía ganar “300 días de indulgencia”- pero el uso del término “días” confundía a la gente, dándoles la impresión errónea de que en el purgatorio sigue existiendo el tiempo y de que podemos calcular nuestro “tiempo de descuento” en una manera matemática. El número de días asociado con las indulgencias realmente nunca significó que esa cantidad de “tiempo” fuera descontada de la estancia que le correspondiera a alguien en el purgatorio. En lugar de ello, significaba que se concedería un monto de remisión indefinido pero parcial, proporcionado a lo que los antiguos cristianos hubieran recibido llevando a cabo obras piadosas durante esa cantidad de días. Para solucionan esta confusión, Pablo VI emitió una revisión del Enchiridion o manual de indulgencias. Hoy ya no se asocian cantidades de días con las indulgencias, que pueden ser plenarias o parciales. Sólo Dios sabe exactamente lo eficaz que es una indulgencia parcial o si se ha recibido de hecho una indulgencia plenaria.

Una persona puede comprar indulgencias para que se le perdonen pecados futuros. La Iglesia siempre ha enseñado que las indulgencias no se aplican a pecados aún cometidos. Una indulgencia no es un permiso para pecar, ni un perdón del pecado, ni un perdón del pecado futuro. Su beneficio recae únicamente sobre faltas realizadas con anterioridad.

Condiciones para ganar la Indulgencia

Para poder beneficiarse de las indulgencias es necesario estar bautizado, no excomulgado y en estado de gracia por lo menos al final de las obras prescritas para ganar la indulgencia. Esto es fundamental para no caer en la superstición o pensar que se trata de algo mágico.

Para que el sujeto que reúne estas condiciones se beneficio debe tener intención aunque sea general, de ganarlas y de cumplir las obras prescritas dentro del tiempo establecido y en la forma debida.

Indulgencia plenaria

Las siguientes oraciones y acciones, entro otras, tienen indulgencia plenaria, si se cumplen las condiciones requeridas:

“A ti, oh Dios, te alabamos…” (Te Deum): 1 de enero y en la Solemnidad de Pentecostés.

“Adorad postrados…” (Tantum ergo): Jueves Santo después de la Misa en Coena Domini y en la acción litúrgica del Corpus Christi.

“Jesús dulcísimo…” (Acto de reparación): rezado públicamente el día del Sagrado Corazón.

“Miradme, oh mi amado y buen Jesús…”: Los viernes de Cuaresma.

“Ven Espíritu Creador…” (Veni Creator): rezado públicamente el 1 de enero y en la solemnidad de Pentecostés.

– Rezar el Vía Crucis: ante las estaciones, pasando de una a otra por lo menos quien lo dirige, meditando las escenas si se desea, con alguna oración vocal.

– Rezo del Santo Rosario: rezándolo en una iglesia, en un oratorio, en familia, o en comunidad. Es suficiente con rezar sólo cinco de los veinte misterios, con la meditación de los misterios que se rezan.

– Adoración al Santísimo durante al menos media hora.

– Adoración de la Cruz: en la acción litúrgica del Viernes Santo.

– Realizar Ejercicios Espirituales o retiros similares, al menos de tres días de duración.

– Recibir la Bendición Papa Urbi el Orbi, también es válida por radio o televisión.

– Asistir al rito con que se clausura un Congreso Eucarístico.

– Al sacerdote que celebra los 25, 50, 60 años como aniversario de su ordenación, es extensiva a quienes le acompañen en la Santa Misa.

– Lectura de la Sagrada Escritura: al menos media hora.

– Visitar la iglesia parroquial en la fiesta titular y el 2 de agosto (indulgencia de la Porciúncula). Lo mismo vale para la Iglesia catedral o concatedral o para las iglesias cuasiparroquiales.

– Recibir la bendición apostólica en peligro de muerte inminente. En el caso de que no haya sacerdote, la Iglesia concede esta misma indulgencia con tal que se haya rezado habitualmente algunas oraciones (se suplen las tres condiciones habituales para ganar la indulgencia plenaria).

– Asistir a la predicación de algunos sermones, participando en la clausura de una Santa Misión.

– Visitar una iglesia u oratorio el día de su santo Fundador, rezando un Padrenuestro y un credo.

– Visitar las Basílicas Patriarcales o Mayores de Roma el día de la fiesta titular, en cualquier día de precepto o en día cualquiera del año elegido por el mismo fiel: ha de rezarse el Padrenuestro y el Credo.

– Visitar una iglesia u oratorio el día de Todos los difuntos (o con consentimiento del obispo, el domingo anterior o el posterior). Esta indulgencia sólo es aplicable a las almas del purgatorio.

– Visitar una iglesia o altar en el día de su dedicación, rezando un Padrenuestro y un Credo.

– Usar el día de los Santos Pedro y Pablo (29 de junio) algún objeto piadoso bendecido por el Papa o un obispo, rezando un Credo.

– Al nuevo sacerdote en su Primera Misa Solemne, y a quienes asistan a ella.

– Renovación de las promesas del bautismo: en la Vigilia pascual o en el aniversario del bautismo.

– Visitar la iglesia en que se celebra el Sínodo diocesano mientras éste dura, rezando el Padrenuestro y el Credo.

– Visitar las iglesias estacionales en su día propio, asistiendo a las funciones de la mañana o de la tarde.

– Al fiel que hace la Primera Comunión, y a quienes le acompañan.

– Visita al cementerio en los primeros ochos días del mes de noviembre, orando (basta mentalmente) por los fieles difuntos.

– En la visita pastoral, pueden beneficiarse de la indulgencia una vez si se asiste a una función sagrada presidida por el visitador.

Condiciones para la indulgencia plenaria

Para ganar una indulgencia plenaria, además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia cumpliendo tres condiciones:

Confesión sacramental

Comunión Eucarística

Oración por las intenciones del Papa.

Con una sola confesión sacramental puede ganarse varias indulgencias plenarias; en cambio con una solo comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Papa sólo se gana una indulgencia plenaria. Las tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia, pero es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día.

La condición de orar por las intenciones del Papa se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y un Avemaría; pero se concede a cada fiel la facultad de orar con cualquier fórmula, según su piedad y devoción.

La indulgencia plenaria únicamente puede ganarse una vez al día, pero el fiel cristiano puede alcanzar indulgencia plenaria in artículo mortis, aunque el mismo día haya ganado otra indulgencia plenaria.

La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

La obra indicada para obtener la indulgencia plenaria aneja a una iglesia y oratorio consiste en la visita piadosa de este lugar, rezando el Padrenuestro y el Credo, a no ser que en algún caso especial se establezcan otras condiciones.

Indulgencia parcial

Las siguientes oraciones y acciones tienen indulgencia parcial, todas las que van señalizan con (*) pueden alcanzar la indulgencia plenaria si se cumplen los requisitos de la misma:

“A ti, bienaventurado José…”.

“A ti, oh Dios, te alabamos…”(Te Deum)*.

“Acordaos, oh piadosísima Virgen María…”.

“Ángel de Dios, tú que eres mi custodio…”.

“Aquí estamos, Señor, Espíritu Santo…”

“Santos Apóstoles Pedro y Pablo…”.

“Misericordia, Dios mío…” (Salmo 50).

– “María, Madre de gracia y de clemencia…”

“Adorad postrados…” (Tantum ergo)*.

“Oh, sagrado banquete”.

Miradme, oh mi amado y buen Jesús…”*.

“Señor, a todos lo que por amor…” (Oración por nuestros benefactores).

“Señor, Dios Todopoderoso que nos has hecho llegar al comienzo de este día…”

– “Bajo tu protección…” (Sub tuum praesidium).

“Señor, dales el descanso eterno…” Esta indulgencia se aplica sólo a los difuntos.

– “Adorote devotamente…” (Adoro te devote).

“Alma de Cristo…”.

“Proclama mi alma…” (Magnificat).

– “Oremos por nuestro Pontífice…”.

“Jesús dulcísimo, cuya caridad…”.

“Desde lo hondo…”

“Ven, Espíritu Creador…” (Veni Creator).

– “Ven, Espíritu Santo…” (Veni, Spiritus Sanctus).

“Jesús dulcísimo, Redentor del género humano…” (Consagración a Cristo Rey).

“Te damos gracias…”

“Señor… dígnate enviar a su santo ángel…”.

– “Señor, que tu gracia inspire…”.

– “Visita, Señor esta habitación…”.

– Rezar la Salve.

– Rezar el Santo Rosario.

– Rezar el Ángelus durante el tiempo ordinario.

– Rezar el Credo, ya sea el apostólico o el niceno-constantinopolitano*.

– Rezar Regina Coeli durante el tiempo pascual.

– Rezar Laudes o Vísperas del Oficio de difuntos.

– Rezo de cualquiera de las Letanías aprobadas por la Iglesia, entre otras: del Santísimo Nombre de Jesús, del Sagrado Corazón de Jesús, de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, de Santa María Virgen, de San José y de los Santos.

– Rezar las oraciones para pedir por las vocaciones.

– Rezar por la unidad de los cristianos.

– Rezo de cualquiera de los oficios parvos.

– Rezar una oración en honor de un santo en el día de su celebración litúrgica.

– Adoración del Santísimo Sacramento (Visita al Santísimo)*.

– Hacer un acto de contrición.

– Leer la Sagrada Escritura como lectura espiritual*.

– La comunión espiritual.

– Asistir a las Novenas con motivo de Navidad, Pentecostés o de la Inmaculada Concepción.

– Cualquier acto de fe, esperanza o caridad.

– Hacer un raro de oración mental.

– Renovar las promesas del bautismo*.

– Impartir o aprender la doctrina cristiana.

– Realizar la Señal de la cruz, pronunciando las palabras de costumbre.

– Visitar las catacumbas.

– Asistir a la predicación de la palabra de Dios*.

– Visitar una iglesia u oratorio en los días en que se realiza la visita pastoral*.

– Usar los objetos piadosos con la bendición debida*.

– Visitar las iglesias estacionales en su día propio.

Condiciones generales para la indulgencia parcial

La indulgencia parcial se concede a los fieles cristianos que, en el cumplimiento de sus obligaciones y en el sufrimiento de las dificultades de la vida, eleva su alma a Dios con humilde confianza, añadiendo, aunque sólo sea mentalmente, alguna piadosa invocación.

La indulgencia parcial se concede al fiel cristiano que, movido por el Espíritu de fe, se entrega a sí mismo o sus bienes, con sentimientos de misericordia, al servicio de los hermanos necesitados.

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que, con espíritu de penitencia, se priva voluntariamente de alguna cosa lícita y agradable.

NOTAS

1. Catecismo de la Iglesia Católica, [1471].

2. Catecismo de la Iglesia Católica, [1479].

3. Catecismo de la Iglesia Católica, [1478].

4. Catecismo de la Iglesia Católica, [1472].

5. Catecismo de la Iglesia Católica, [1473].

6. Pablo VI, Const. ap. Indulgentarium doctrina, nº 5.

7. Indulgentarium doctrina Nº 1.

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El Credo comentado por santo Tomás*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 4, 2013

EXPOSICIÓN DEL SÍMBOLO DE LOS APOSTÓLES O DEL “CREDO IN DEUM”

Prólogo

1.- Lo primero que le es necesario al cristiano es la fe, sin la cual nadie se llama fiel cristiano. Pues bien, la fe produce 4 bienes.

2.- Primeramente por la Fe se une el alma a Dios. En efecto, por la fe el alma cristiana realiza una especie de matrimonio con Dios (Oseas, 2, 20): “Te desposaré conmigo en la Fe”.

Por lo cual al ser bautizado el hombre, desde luego confiesa la Fe, cuando se le pregunta: “¿Crees en Dios?”, porque el bautismo es el primer sacramento de la fe. Lo dice el Señor (Mc 16, 16): “El que crea y sea bautizado será salvo”. Porque el bautismo sin la fe es inútil, por lo cual es de saberse que nadie es acepto a Dios sin la fe (Hb II, 6): “Sin la fe es imposible agradar a Dios”. Por esta razón San Agustín, comentando a Romanos 14, 23: “Todo lo que no proceda de la fe es pecado”, escribe: “Donde falta el conocimiento de la eterna e inmutable verdad, falsa es la virtud aun con las mejores costumbres”.

3.- El segundo bien es que por la Fe comienza en nosotros la vida eterna. Porque la vida eterna no es otra cosa que conocer a Dios, por lo cual dice el Señor (Jn 17, 3): “La vida eterna es que te conozcan a ti el solo Dios verdadero”. Pues bien, este conocimiento de Dios empieza aquí por la fe, para perfeccionarse en la vida futura, en la cual lo conoceremos tal cual es. Por lo cual se dice en Hebreos II, I: “La fe es la substancia de las realidades que se esperan”. Así es que nadie puede alcanzar la bienaventuranza, que es el verdadero conocimiento de Dios, si primero no lo conoce por la fe (Juan 20, 29): “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

4.- El tercer bien es que la fe dirige la vida presente. En efecto, para vivir bien es menester que el hombre sepa qué cosas son necesarias para bien vivir, y si tuviera que aprender por el estudio todas las cosas necesarias para bien vivir, o no podría alcanzar tal cosa, o la alcanzaría después de mucho tiempo. En cambio la fe enseña todo lo necesario para vivir sabiamente. En efecto, ella nos enseña la existencia del Dios único, que recompensa a los buenos y castiga a los malos, y que hay otra vida y otras cosas semejantes, que nos incitan suficientemente a hacer el bien y a evitar el mal (Hab 2, 4): “Mi Justo vive de la fe”. Lo cual es manifiesto, porque ninguno de los filósofos de antes de la venida de Cristo, a pesar de todos los esfuerzos, pudo saber tanto acerca de Dios y de lo necesario para la vida eterna cuanto después de la venida de Cristo sabe cualquier viejecita mediante la fe. Por lo cual Isaías (II, 9) dice: “Colmada está la tierra con la ciencia del Señor”.

5.- El cuarto bien es que por la fe vencemos las tentaciones (Hb 11, 33): “Por la fe los santos vencieron reinos”. Y esto es patente, porque toda tentación viene o del diablo, o del mundo, o de la carne. En efecto, el diablo tienta para que no obedezcas a Dios ni te sujetes a Él. Y esto lo rechazamos por la fe. Porque por la fe sabemos que El es el Señor de todas las cosas, y por lo tanto que se le debe obedecer: I Pe 5, 8: “Vuestro adversario el diablo ronda buscando a quién devorar: resistidle firmes en la fe”.

El Mundo, por su parte, tienta o seduciendo con lo próspero o aterrándonos con lo adverso. Pero todo lo vencemos por la fe, que nos hace creer en otra vida mejor que ésta, y así despreciamos las cosas prósperas de este mundo y no tememos las adversas: I Jn 5, 4: “La victoria que vence al mundo es nuestra fe”, y a la vez nos enseña a creer que hay males mayores, los del infierno.

La Carne, en fin, nos tienta induciéndonos a las delectaciones momentáneas de la vida presente. Pero la fe nos muestra que por ellas, si indebidamente nos les adherimos, perdemos las delectaciones eternas: Ef 6. 16: “Embrazad siempre el escudo de la fe”.

Con todo esto queda patente que es grandemente útil tener fe.

6.- Pero puede alguno decir: es una tontería creer en lo que no se ve; así es que no se puede creer en lo que no vemos.

7.- Respondo. En primer lugar, la imperfección de nuestro entendimiento resuelve esta dificultad: porque si el hombre pudiese perfectamente conocer por sí mismo todas las realidades visibles e invisibles, necio sería creer en lo que no vemos. Pero nuestro conocimiento es tan débil que ningún filósofo pudo jamás descubrir a la perfección la naturaleza de un solo insecto. En efecto, leemos que un filósofo vivió treinta años en soledad para conocer la naturaleza de la abeja. Por lo tanto, si nuestro entendimiento es tan débil, ¿acaso no es insensato no creerle a Dios sino lo que el hombre puede conocer por sí mismo? Por lo cual sobre esto se dice en Job 36, 26: “¡Qué grande es Dios, y cuánto excede nuestra ciencia!”.

8.- En segundo lugar se puede responder que si un maestro enseñase algo de su ciencia y cualquier rústico dijese que eso no es tal como el maestro lo afirma por no entenderlo él, por gran necio tendríamos a ese rústico. Pues bien, es un hecho que el entendimiento de los ángeles excede al entendimiento del mejor filósofo más que el entendimiento de éste al del rústico. Por lo cual necio es el filósofo si no quiere creer lo que dicen los ángeles, y con mayor razón si no quiere creer lo que Dios enseña. Sobre esto se dice en Eccli 3, 25: “Muchas cosas que sobrepujan la humana inteligencia se te han enseñado”.

9.- En tercer lugar se puede responder que si el hombre no quisiera creer sino lo que conoce, ciertamente no podría vivir en este mundo. En efecto, ¿cómo se podría vivir sin creerle a nadie? ¿Cómo creer ni siquiera que tal persona es su padre? Por lo cual es necesario que el hombre le crea a alguien sobre las cosas que él no puede conocer perfectamente por sí mismo. Pero a nadie hay que creerle como a Dios, de modo que aquellos que no creen las enseñanzas de la fe, no son sabios sino necios y soberbios, como dice el Apóstol en la  Epístola a Timoteo, 6, 4: “Soberbio es, y no sabe nada”. Por lo cual dice San Pablo en la 2a. Epístola a Timoteo, I, 12: “Yo sé bien en quién creí y estoy cierto”.

10.- Se puede todavía responder que Dios prueba la verdad de las enseñanzas de la fe. En efecto, si un rey enviase cartas selladas con su sello, nadie osaría decir que esas cartas no proceden de la voluntad del rey. Pues bien, consta que todo aquello que los santos creyeron y nos transmitieron acerca de la fe de Cristo marcadas están con el sello de Dios: ese sello lo muestran aquellas obras que ninguna pura criatura puede hacer: son los milagros con los que Cristo confirmó las enseñanzas de los Apóstoles y de los santos.

11.- Si me dices que nadie ha visto hacer un milagro, respondo: consta que todo el mundo adoraba los ídolos y perseguía a la fe de Cristo, como lo atestiguan aun las historias de los paganos; y sin embargo todos se han convertido a Cristo: sabios y nobles, y ricos y poderosos y los grandes, por la predicación de unos cuantos pobres y simples que predicaron a Cristo. Y esto ha si-do obrado o milagrosamente, o no. Si milagrosamente, ya está la demostración. Si no, yo digo que no puede haber mayor milagro que la conversión del mundo en-tero sin milagros. No hay para qué investigar más.

12.- Así es que nadie debe dudar de la fe, sino creer en lo que es de fe más que en las cosas que ve; porque la vista del hombre puede engañarse, mientras que la ciencia de Dios es siempre infalible.

Artículo    1

CREO EN UN SÓLO DIOS, PADRE

TODOPODEROSO, CREADOR DEL

CIELO Y DE LA TIERRA

13.- Entre todas las cosas que los fieles deben creer, lo primero es que existe un solo Dios. Pues bien, debemos considerar qué significa esta palabra: “Dios”, que no es otra cosa que Aquel que gobierna y provee al bien de todas las cosas. Así es que cree que Dios existe aquel que cree que El gobierna todas las cosas de este mundo y provee a su bien.

Al contrario, el que crea que todas las cosas ocurren al acaso no cree en la existencia de Dios. Sin embargo, nadie hay tan insensato que no crea que las cosas de la naturaleza son gobernadas, están sometidas a una providencia y ordenadas, de modo que ocurren conforme a cierto orden y a su tiempo. En efecto, vemos que el sol y la luna y las estrellas y todos los otros seres de la naturaleza guardan un curso determinado, lo cual no ocurriría si fuesen efecto del azar. En consecuencia, si hubiere alguien que no creyese en la existencia de Dios, sería un insensato. Salmo 13, I: “Dijo el necio en su corazón: no hay Dios”.

14.- Sin embargo, hay algunos que creen que Dios gobierna y dispone las realidades naturales, pero no creen que Dios sea providente respecto de los actos humanos, así que no creen que los actos humanos estén gobernados por Dios. Y la razón de ello es que ven que en este mundo los buenos son afligidos y los malos prosperan, por lo cual parece que no hay una pro-videncia divina respecto a los hombres, por lo cual ha-blando por ellos dice Job (22, 14): “Dios se pasea por los caminos del cielo y se desinteresa de nuestros asuntos”.

Pero esto es demasiado estúpido. Pues a éstos les ocurre como si algún ignorante en medicina viere al médico recetar a un enfermo agua, a otro vino, conforme lo piden las reglas de la medicina, y creyere que eso lo hace al acaso, por su ignorancia de esas reglas, siendo que por un justo motivo lo hace, o sea, el darle a uno vino, y al otro agua.

15.- Lo mismo debemos decir de Dios. Pues por justo motivo y por su providencia Dios dispone las cosas que les son necesarias a los hombres, por lo cual a algunos buenos los aflige y a algunos malos los deja en prosperidad. Así es que quien crea que esto ocurre por azar es un insensato y se le tiene por tal, porque esto no proviene sino de que ignora la sabiduría y las razones del gobierno divino. Job 11,6: “Ojalá que Dios te revelara los arcanos de su sabiduría y la multiplicidad de sus designios”. Por lo cual es de creer firmemente que Dios gobierna y dispone no sólo las realidades naturales sino también los actos humanos. Salmo 93, 7-10: “Y dicen: ‘No lo verá el Señor, no se da cuenta el Dios de Jacob’. Comprended, estúpidos del pueblo; insensatos ¿cuándo vais a ser cuerdos? El que plantó la oreja ¿no oirá? El que formó los ojos ¿no va a ver?… El Señor conoce los pensamientos de los hombres”.

Dios ve, pues, todas las cosas, y los pensamientos y los secretos de la voluntad. De aquí que se les imponga especialmente a los hombres la necesidad de obrar bien, porque todo lo que piensan y hacen manifiesto está a la mirada divina. El Apóstol dice en Hebreos 4, 13: “Todo está desnudo y patente a sus ojos”.

16.- Pues bien, debemos creer que este Dios que todo lo dispone y gobierna es un Dios único. La razón es que la disposición de las cosas humanas está bien ordenada cuando la multitud se halla regida y gobernada por uno solo. En efecto, una multitud de jefes provoca generalmente disensiones entre los subordinados. Y como el gobierno divino es superior al gobierno humano, es evidente que el mundo no está regido por muchos dioses sino por uno solo.

17.- Sin embargo, hay cuatro razones por las que los hombres son inducidos a tener muchos dioses.

La primera es la flaqueza * del entendimiento huma-no. Porque hombres de flaco entendimiento, incapaces de elevarse por encima de los seres corporales, no creyeron que hubiese algo más allá de la naturaleza de los cuerpos sensibles, y en consecuencia, entre los cuerpos tuvieron por preeminentes y gobernantes del mundo a los que les parecieron más bellos y dignos de todos, y les atribuían y consagraban un culto divino: y de éstos son los cuerpos celestes, a saber el sol, la luna y las estrellas. Pero a éstos les ocurrió lo que a uno que fue a la corte de un rey: queriendo ver al rey, se imaginaba que cualquiera bien vestido o cualquier funcionario era el rey. De estas gentes dice la Sabiduría, 13, 2: “Al sol y la luna y la «bóveda estrellada los consideraron como dioses que rigen el mundo”. E Isaías, 51,6, dice: “Alzad a los cielos vuestros ojos, y contemplad abajo la tierra, pues los cielos como humareda se disiparán, la tierra como un vestido se gastará, y sus moradores perecerán igualmente: pero mi salvación por siempre será, y mi justicia no tendrá fin”.

18.- En segundo lugar proviene de la adulación de los hombres. En efecto, algunos, queriendo adular a los. poderosos y a los reyes, a ellos les tributaron el honor debido a Dios, obedeciéndolos y sujetándoseles; y por eso a algunos ya muertos los hicieron dioses, y a otros aun en vida los declararon dioses. Judit 5, 29: “Sepan todas las naciones que Nabucodonosor es el dios de la tierra y que no hay otro fuera de él”.

19.- La tercera causa proviene del afecto carnal a hijos y consanguíneos. En efecto, algunos, por el excesivo amor a los suyos, les hacían estatuas después de muertos, y de esto se siguió que a esas estatuas les rin-dieran culto divino. De éstos dice la Sabiduría, 14, 21: “O por afecto o por servilismo con los reyes, los hombres impusieron a piedras y maderos el nombre incomunicable”.

20.- En cuarto lugar por la malicia del diablo. Pues éste desde el principio quiso igualarse a Dios, por lo cual dijo (Isaías 14, 13): “Pondré mi sede hacia el Aquilón, escalaré los cielos y seré semejante al Altísimo”. Y tal decisión nunca la ha revocado, por lo cual todo su esfuerzo consiste en hacerse adorar por los hombres y en que le ofrezcan sacrificios: no es que se deleite en un perro o en un gato que le sean ofrecidos, sino que se deleita en que a él se le rinda reverencia como a Dios, por lo cual dijo al mismo Cristo (Mt 4, 9): “Todo esto te daré sí postrándote me adoras”. Por esta misma razón entraban los demonios en los ídolos y daban las respuestas para ser venerados como dioses. Salmo 95, 5: “Todos los dioses de las naciones son demonios”. Y el Apóstol dice en 1Co 10, 20: “¡Pero si lo que inmolan los gentiles, lo inmolan a los demonios, y no a Dios!”.

21.- Verdaderamente son horribles estas cosas, y sin embargo son muchos los que con frecuencia incurren en estas cuatro causas. Y ciertamente, si no de palabra o con la boca, con sus hechos demuestran que creen en muchos dioses.

En efecto, aquellos que creen que los cuerpos celestes pueden constreñir la voluntad del hombre y que para obrar escogen tiempos determinados, consideran a los cuerpos celestes como dioses y que dominan a los otros seres, y hacen predicciones. Jeremías 10, 2: “De los signos celestes no os espantéis como los temen los gentiles, porque las costumbres de las naciones son vanas”.

Asimismo, todos aquellos que obedecen a los reyes más que a Dios o en aquellas cosas en que no deben obedecer, los constituyen dioses suyos. Hechos 5, 29: “Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Asimismo aquellos que aman a sus hijos o a sus parientes más que a Dios, con sus obras manifiestan que para ellos hay muchos dioses. Así como los que aman la comida más que a Dios. De éstos dice el Apóstol (Fil 3, 19): “Su dios es su vientre”.

También todos aquellos que se entregan a la adivinación y a los sortilegios creen que los demonios son dioses, puesto que piden a los demonios lo que sólo Dios puede dar, a saber, la revelación de alguna cosa oculta o el conocimiento de las cosas futuras.

En consecuencia, lo primero que se debe creer es que Dios es tan sólo uno.

22.- Como ya lo dijimos, lo que primeramente debemos creer es que hay un solo Dios; en segundo lugar, que este Dios es el creador que ha hecho el cielo y la tierra, las cosas visibles y las invisibles.

Y dejando a un lado por el momento razonamientos sutiles, con un ejemplo sencillo demostremos nuestra proposición: todas las cosas han sido creadas y hechas por Dios.

Es  claro  que  si  alguien  entra  a  una  casa,  y  al  penetrar en ella siente calor, y conforme va avanzando sien-te mayor calor, y más y más, pensará que hay fuego adentro, aun cuando no vea el fuego que produce dicho calor: esto mismo le ocurre al que considera las cosas de este mundo. Porque encuentra que todas las cosas están dispuestas según diversos grados de belleza y de nobleza, y cuanto más se acercan a Dios, más bellas y mejores las halla. He aquí por qué los cuerpos celestes son más bellos y nobles que los cuerpos inferiores, y las cosas invisibles más que las visibles. Por lo cual debemos creer que todas estas realidades vienen del Dios uno, que da a cada cosa su existencia y su excelencia.

Sabiduría 13, I: “Vanos son todos los hombres que ignoraron a Dios y no fueron capaces de conocer por los bienes visibles a Aquel que es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice”; y más abajo, 5: “pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se puede, por analogía, contemplar a su Creador”.

Así es que como cosa cierta debemos tener que todas las cosas que existen en el mundo, de Dios vienen.

23.- Sin embargo, en esta materia debemos evitar tres errores.

El primer error es el de los Maniqueos, que dicen que todas las cosas visibles han sido creadas por el diablo, y por lo mismo a Dios no le atribuyen sino la creación de las cosas invisibles. Y la causa de este error es que afirman, conforme a la verdad, que Dios es el sumo bien y que todas las cosas que provienen del Bien son buenas; pero no sabiendo discernir qué cosa sea mala y qué cosa sea buena, creyeron que todas aquellas cosas que de cierta manera son malas son pura y simplemente malas; y así, según ellos, el fuego, porque quema, es totalmente malo; y lo es el agua, porque ahoga, y así por el estilo. En consecuencia, por no ser enteramente buena ninguna de las realidades sensibles, sino en cierto modo malas y deficientes, dijeron que todas las realidades visibles no son hechas por el Dios bueno, sino por el dios malo.

Contra ellos propone San Agustín el siguiente ejemplo. Si alguien entra a la casa de un artesano y allí encuentra instrumentos con los que tropieza, y que lo hieren, y por ello juzgare que dicho artesano es malo, por tener esos instrumentos, sería un estulto, pues el artesano los tiene para su trabajo. Asimismo es estulto decir que las criaturas son malas por ser nocivas en algo, pues lo que es nocivo para el uno es útil para el otro.

Este error es contrario a la fe de la Iglesia, y para descartarlo se dice: “De todas las cosas visibles e invisibles”. Génesis 1, 1: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”. Juan I, 3: “Todas las cosas son hechas por El”.

24.- El segundo error es de los que afirman que el mundo es eterno, según este modo de hablar que Pedro consigna (II Pedro 3, 4): “Desde que murieron los padres,* todo sigue como al principio de la criatura”.

* La primera generación cristiana.

Estos son inducidos a tal postura porque no supieron considerar el principio del mundo. Por lo cual, como dice Maimónides, a éstos les pasa lo que a un niño que desde su nacimiento fuese puesto en una isla, y que nunca viese a una mujer encinta ni nacer a un niño: si a este niño se le dijera, siendo ya grande, cómo es concebido el hombre y llevado en el seno y cómo nace, no creería nada de lo que se le dijera, porque le parecería imposible que el hombre pudiese existir en el seno materno. De la misma manera, estos hombres, considerando el estado del mundo presente, no creen que haya tenido comienzo.

También esto es contra la fe de la Iglesia, por lo cual para descartarlo se dice: “Creador del cielo y de la tierra”. Y si fueron hechos es claro que no siempre existieron, por lo cual se dice en el Salmo 148, 5: “Dios mandó y ellas fueron creadas”. “Dixít et facta sunt”.

25.- El tercer error es de los que afirman que Dios hizo el mundo de una materia preexistente. Y a esto fueron llevados porque quisieron medir el poder de Dios conforme a nuestra capacidad, y como el hombre nada puede hacer sino de alguna materia preexistente, creyeron que también así es Dios, por lo cual dijeron que para la producción de los seres contó El con una materia preexistente.

Pero esto no es la verdad. En efecto, nada puede hacer el hombre sin una materia preexistente, porque él es una causa parcial y no puede dar sino tal o cual forma a una materia determinada, por algún otro proporcionada. Y la razón es que su poder no abarca sino la forma, y en consecuencia no puede ser causa sino de ella sola. Dios, en cambio, es la causa universal de todas las cosas, y no crea sólo la forma sino también la materia; así es que de la nada lo hizo todo. Por lo cual para descartar este error se dice: “Creador del cielo y de la tierra”.

Así es que crear y hacer difieren en que crear es hacer algo de la nada, y hacer es producir algo de cierta cosa. Por lo tanto, si de la nada creó Dios, debemos creer que podría crear todas las cosas de nuevo si fuesen destruidas: así es que puede darle la vista a un ciego, resucitar a un muerto, y hacer las demás obras milagrosas. Sabiduría 12, 18: “Con sólo quererlo lo puedes todo”.

26.- Por la consideración de esta doctrina el hombre es llevado a cinco consecuencias.

Primeramente al conocimiento de la divina Majestad. Porque el artesano es superior a sus obras, y como Dios es el creador de todas las cosas, es evidente que está por encima de todas las cosas. Sabiduría 13, 3-4: “Si seducidos por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de todos ellos; y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos, deduzcan de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los hizo”. Por lo cual cuanto podamos entender y pensar es inferior a Dios mismo. Job 36, 26: “¡Qué grande es Dios! Excede nuestra ciencia”.

27.- En segundo lugar, esto lleva al hombre a la acción de gracias. Porque si Dios es el creador de todas las cosas, resulta evidente que cuanto somos y tenemos, de Dios procede. Dice San Pablo en 1Co 4, 7: “¿Qué cosa tienes que no la hayas recibido?”. Salmo 23, I: “Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella, el orbe de la tierra y cuantos en él habitan”. Y por lo mismo debemos rendirle acciones de gracias: Salmo 115, 12: “¿Qué podré yo darle al Señor por todo lo que El me ha dado?”.

28.- En tercer lugar es llevado a la paciencia en las adversidades. En efecto, si toda criatura viene de Dios, y por esto mismo es buena según su naturaleza, empero, si en algo nos daría una de ellas y nos produce un sufrimiento, debemos creer que éste viene de Dios; mas no el pecado, porque ningún mal viene de Dios sino en cuanto está ordenado al bien. Por lo cual, como cualquier pena que el hombre sufra viene de Dios, pacientemente debe soportarlas. En efecto, las penas purgan los pecados, humillan a los culpables, inducen a los buenos a amar a Dios. Job 2, 10: “Si los bienes los hemos recibido de la mano de Dios, ¿por qué no hemos de aceptar igualmente los males?”.

29.- En cuarto lugar somos llevados a usar rectamente de las cosas creadas: en efecto, de las criaturas debemos usar para aquello para lo que fueron creadas por Dios. Ahora bien, fueron hechas con un doble objeto: para la gloria de Dios, porque “el Señor ha hecho todas las cosas en atención a El mismo” (esto es, para su gloria], como dice Prov 16, 4; y para nuestro provecho: Deut 4, 19: “El Señor tu Dios las hizo para el provecho de todas las gentes”. Por lo tanto, debemos usar de las cosas para la gloria de Dios, o sea, para que al usarlas agrademos a Dios; y para nuestro provecho, o sea, de modo que al usarlas no cometamos pecado. I Paralip 29, 14: “Tuyas son todas las cosas y te damos lo que de tu mano hemos recibido”. Así es que cuanto tengas, o ciencia, o belleza, todo debes referirlo y usarlo para la gloria de Dios.

30.- Todo ello nos lleva, en quinto lugar, al conocimiento de la dignidad humana. En efecto, Dios todo lo hizo para el hombre, según se dice en el Salmo 8, 8: “Todo lo pusiste bajo sus pies”. Y entre todas las criaturas, el hombre es, después de los ángeles, la más semejante a Dios, por lo cual dice el Génesis (I, 26): “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y esto no lo dijo ni del cielo ni de las estrellas, sino del hombre. Pero no en cuanto al cuerpo, sino en cuanto al alma, que goza de una voluntad libre y que es incorruptible, que es en lo que se asemeja a Dios más que las otras criaturas. Por lo tanto, hemos de considerar que después de los ángeles el hombre tiene mayor dignidad que las demás criaturas y de ninguna manera disminuir nuestra dignidad por el pecado y por el desordenado apetito de las cosas corporales, que son inferiores a nosotros y fueron hechas para nuestro servicio, sino que debemos portarnos tal como Dios nos hizo.

Pues bien, Dios hizo al hombre para que domine todas las cosas que existen en la tierra y para que se sujete a Dios. Por lo tanto, debemos dominar y someter las cosas; pero sujetarnos a Dios, obedecerlo y servirlo; y de esto pasaremos a la fruición de Dios. Que El se digne concedérnoslo, etc.

 

Artículo    2

Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, SEÑOR NUESTRO

31.- No sólo les es necesario a los cristianos creer en un Dios único, y en que El es creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas, sino que también les es necesario creer que Dios es Padre y que Cristo es verdadero Hijo de Dios.

Lo cual, como lo dice el bienaventurado Pedro en su Segunda Epístola Canónica, cap. I, no es una fábula, sino algo cierto y probado por la palabra de Dios en la montaría. En efecto, dice él allí (16-18): “Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de Nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloría cuando de la sublime Gloria le vino esta voz: Este es mi hijo muy amado en quien me complazco. Oídle. Nosotros mismos escuchamos esta voz venida del cielo, estando con El en el monte santo”.

El mismo Jesucristo en muchas ocasiones llama Padre suyo a Dios y se dice Hijo de Dios. Por lo cual los Apóstoles y los Santos Padres pusieron entre los artículos de Fe que Cristo es Hijo de Dios, al decir: “Y en Jesucristo su Hijo”, esto es, Hijo de Dios.

32.- Pero hubo algunos herejes que creyeron en esto de manera perversa.

En efecto, Fotino dice que Cristo no es Hijo de Dios sino tal como lo son los varones virtuosos que, por vivir honestamente y por cumplir con la voluntad de Dios, merecen ser llamados hijos de Dios por adopción; y que de esta manera Cristo, que vivió honestamente e hizo la voluntad de Dios, mereció ser llamado Hijo de Dios; y pretendió que Cristo no existió antes de la Bienaventurada Virgen, sino que empezó a existir cuando fue concebido por Ella.

Y así erró doblemente. Primero, por no decir que Cristo es verdadero Hijo de Dios según la naturaleza; y en segundo lugar al decir que Cristo empezó a existir en el tiempo en cuanto a todo su ser, mientras que nuestra fe afirma que El es Hijo de Dios por naturaleza y que lo es ab aeterno. Y en todo esto tenemos testimonios expresos contra Fotino en la Sagrada Escritura.

En efecto, contra lo primero la Escritura dice no sólo que Cristo es Hijo sino que es Hijo único. Juan I, 18: “El Hijo único, que está en el seno del Padre, El lo ha contado”. Y contra lo segundo, Juan 8, 58: “Antes de que Abraham fuese, Yo soy”. Ahora bien, es claro que Abraham existió antes que la Santísima Virgen, por lo cual los Santos Padres agregaron, en otro Símbolo, contra lo primero: “Su único Hijo”; y contra lo segundo: “Y nacido del Padre antes de todos los siglos”.

33.- Sabelio ciertamente dijo que Cristo fue anterior a la Bienaventurada Virgen, pero también dijo que no es una la persona del Padre y otra la del Hijo, sino que el mismo Padre se encarnó, por lo cual una misma es la persona del Padre y la del Hijo. Pero esto es erróneo porque destruye la trinidad de las personas. Y en contra de esto tenemos la autoridad de Juan 8, 16: “No estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre”. Y es claro que nadie se envía a sí mismo. En esto, pues, yerra Sabelio. Por lo cual se añade en el Símbolo de los Padres: “Dios de Dios, Luz de Luz”, o sea: debemos creer en Dios Hijo procedente de Dios Padre, en el Hijo que es Luz, que procede del Padre, que es Luz.

34.- Arrío dijo que Cristo es anterior a la Bienaventurada Virgen, y que una es la persona del Padre y otra la del Hijo; pero le atribuyó a Cristo estas tres cosas: primera, que el Hijo de Dios fue una criatura; segunda, que no ab aeterno sino en el tiempo fue creado por Dios como la más noble de las criaturas; tercera, que Dios Hijo no es de una misma naturaleza con Dios Padre, y por lo tanto que no es verdadero Dios.

Pero todo esto es igualmente erróneo y contra la autoridad de la Sagrada Escritura. Pues dice Juan (10, 30): “Yo y el Padre somos una sola cosa”, es evidente que en cuanto a la naturaleza; y por lo tanto, como el Padre siempre ha existido, también el Hijo, y así como el Padre es verdadero Dios, lo es también el Hijo.

Por lo cual, donde se dice por Arrio que Cristo fue una criatura, en contra se dice por los Padres en el Símbolo: “Dios verdadero de Dios verdadero”; donde se dice que Cristo no existe ab aeterno, sino que fue creado en el tiempo, en contra se dice en el Símbolo: “Engendrado, no creado”, y contra la afirmación de que El no es de la misma sustancia con el Padre, se agrega en el Símbolo: “Consubstancial al Padre”.

35.- Es evidente, por Io tanto, que debemos creer que Cristo es el Unigénito de Dios, y verdadero Hijo de Dios, y que siempre ha sido con el Padre, y que una es la persona del Hijo y otra la del Padre, y que es de una misma naturaleza con el Padre. Pero todo esto que creemos aquí abajo por la fe, lo conoceremos en la vida eterna por una visión perfecta. Por lo cual para nuestro consuelo diremos algo de estas cosas.

36.- Es de saber que los diversos seres tienen diversos modos de generación. En efecto, la generación en Dios es distinta de la de los demás seres; por lo cual no podemos llegar a conocer la generación en Dios si no por la generación de aquello que en las criaturas alcance a ser más semejante a Dios. Pues bien, nada es tan semejante a Dios, según ya lo dijimos, como el alma del hombre. Y he aquí el modo de la generación en el alma: el hombre piensa por su alma alguna cosa, que se llama concepción de la inteligencia; y tal concepción proviene del alma como de un padre, y se le llama verbo de la inteligencia, o del hombre. Así es que, pensando, el alma engendra su Verbo.

De la misma manera, el Hijo de Dios no es otra cosa que el Verbo de Dios; no como un verbo proferido afuera, porque tal verbo pasa, sino como un verbo concebido interiormente: por lo cual ese Verbo de Dios es de una misma naturaleza con Dios e igual a Dios. De aquí que hablando San Juan acerca del Verbo de Dios, a los tres herejes destruyó. Primero la herejía de Fotino, que es aniquilada con estas palabras (Jn I, I): “En el principio era el Verbo”; en segundo lugar la de Sabelio, cuando dice: “Y el Verbo estaba en Dios”; y en tercer lugar la de Arrio, cuando dice: “Y el Verbo era Dios”.

37.- Pero el verbo es una cosa en nosotros y otra en Dios. En efecto, en nosotros nuestro verbo es un accidente; y en Dios el Verbo de Dios es lo mismo que el propio Dios, por no haber nada en Dios que no sea la esencia de Dios. Ahora bien, nadie puede decir que Dios no tenga Verbo, porque ocurriría que Dios sería ignorantísimo; pero como Dios siempre ha existido, también su Verbo.

38.- Y como el artesano lo hace todo conforme a la forma que preconcibió en su inteligencia, lo cual es su verbo, de la misma manera Dios lo hace todo por su Verbo, como por su arte. Juan I, 3: “Todas las cosas fueron hechas por El”.

39.- Pues bien, si el Verbo de Dios es Hijo de Dios, y si todas las palabras de Dios son cierta semejanza de ese Verbo, en primer lugar debemos oír con gusto las palabras de Dios, pues la señal de que amamos a Dios es que con agrado escuchemos sus palabras.

40.- En segundo lugar, debemos creer en las palabras de Dios, porque gracias a esto habita en nosotros el Verbo de Dios, esto es, Cristo, que es el Verbo de Dios, conforme al Apóstol (Ef 3, 17): “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”. Juan 5, 38: “El Verbo de Dios no habita en vosotros”.

41.- En tercer lugar, es menester que continuamente meditemos en el Verbo de Dios que habita en nosotros; porque debemos no sólo creer sino también meditar; pues de otra manera lo primero no nos aprovecha, y tal meditación sirve de mucho contra el pecado. Salmo 118, II: “Dentro del corazón he guardado tus palabras, para no pecar contra ti”; y otra vez acerca del varón justo se dice en Salmo I, 2: “En la ley del Señor medita de día y de noche”. Por lo cual se dice de la Santísima Virgen, en Luc 2, 51, que “conservaba todas estas palabras meditándolas en su corazón”.

42.- En cuarto lugar, es menester que el hombre comunique la palabra de Dios a los demás, advirtiendo, predicando e inflamando. Dice el Apóstol en Efesios 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea buena para edificar”. Y en Colos 3, 16: “La palabra de Dios habite en vosotros en abundancia, con toda sabiduría, enseñándoos y amonestándoos unos a otros”. Y asimismo en Tim 4, 2: “Predica la palabra, insiste oportuna e inoportunamente, reprende, exhorta, amenaza con toda paciencia y doctrina”.

43.- Por último, debemos llevar a la práctica la palabra de Dios. Santiago I, 22: “Sed ejecutores de la palabra, y no tan sólo sus oyentes, engañándoos a vosotros mismos”.

44.- Estas cinco cosas las observó por su orden la Santísima Virgen al engendrar al Verbo de Dios. En efecto, primero escuchó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti” (Luc I, 35); en segundo lugar, consintió gracias a la fe: “He aquí la esclava del Señor” (Luc I, 38); en tercer lugar, le tuvo y llevó en su seno; en cuarto lugar, lo dio a luz; en quinto lugar, lo nutrió y amamantó, por lo cual canta la Iglesia: “Al mismo rey de los Ángeles la sola Virgen lo amamantaba con su pecho lleno de cielo”.

Artículo    3

QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE LA VIRGEN MARÍA

45.- No solamente es necesario creer en el Hijo de Dios, como está demostrado, sino que es menester creer también en su encarnación. Por lo cual San Juan, después de haber dicho muchas cosas sutiles y difíciles (sobre el Verbo), en seguida nos habla de su encarnación en estos términos (Jn I, 14): Y el Verbo se hizo carne.

Y para que podamos captar algo de esto, propondré dos ejemplos.

Es claro que nada es tan semejante al Hijo de Dios como el verbo concebido en nuestra mente y no proferido. Ahora bien, nadie conoce el verbo mientras permanece en la mente del hombre, si no es aquel que lo concibe; pero es conocido al ser proferido. Y así, el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre no era conocido sino por el Padre; pero ya revestido de carne, como el verbo se reviste con la voz, entonces por primera vez se manifestó y fue conocido. Baruc (3, 38): “Después apareció en la tierra, y conversó con los hombres”.

El segundo ejemplo es éste: por el oído se conoce el verbo proferido, y sin embargo no se le ve ni se le toca; pero si se le escribe en un papel, entonces sí se le ve y se le toca. Así, el Verbo de Dios se hizo visible y tangible cuando en nuestra carne fue como inscrito; y así como al papel en que está escrita la palabra del rey se le llama palabra del rey, así también el hombre al cual se unió el Verbo de Dios en una sola hipóstasis, se llama Hijo de Dios, Isaías 8, I: “Toma un gran libro, y escribe en él con un punzón de hombre”; por lo cual los santos apóstoles dijeron (acerca de Jesús): “Que fue concebido del Espíritu Santo, y nació de la Virgen María”.

46.- En esto erraron muchos. Por lo cual los Santos Padres, en otro símbolo, en el Concilio de Nicea, añadieron muchas precisiones, en virtud de las cuales son destruidos ahora todos los errores.

47.- En efecto, Orígenes dijo que Cristo nació y vino al mundo para salvar también a los demonios. Por lo cual dijo que todos los demonios serían salvos al fin del mundo. Pero esto es en contra de la Sagrada Escritura. En efecto, dice San Mateo (25, 41): “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”. Por lo cual, para rechazar esto se agrega: “Que por nosotros los hombres (no por los demonios) y por nuestra salvación”. En lo cual aparece mejor el amor que Dios nos tiene.

48.- Fotino ciertamente consintió en que Cristo nació de la Bienaventurada Virgen; pero agregó que El era un simple hombre, que viviendo bien y haciendo la voluntad de Dios mereció venir a ser hijo de Dios, como los demás santos. Pero contra esto Jesús dice en Juan (ó, 38): “Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Es claro que del cielo no habría descendido si allí no hubiese estado; y que si fuese un simple hombre, no habría estado en el cielo. Por lo cual, para rechazar ese error se añade: “Descendió del cielo”.

49.- Maniqueo, por su parte, dijo que ciertamente el Hijo de Dios existió siempre y que descendió del cielo; pero que no tuvo carne verdadera, sino aparente. Pero esto es falso. En efecto, no convenía que el doctor de la verdad tuviese alguna falsedad. Y por lo mismo, puesto que ostentó verdadera carne, verdaderamente la tuvo. Por lo cual dijo en San Lucas (24, 39): “Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. Por lo cual, para rechazar dicho error, agregaron (los Santos Padres): “Y se encarnó”.

50.- Por su parte, Ebión, que fue de origen judío, dijo que Cristo nació de la Santísima Virgen, pero por la unión de un varón y del semen viril. Pero esto es falso, porque el Ángel dijo (Mt I, 20): “Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”. Por lo cual los Santos Padres, para rechazar dicho error, añadieron: “del Espíritu Santo”.

51.- Valentino, por su parte, confesó que Cristo fue concebido del Espíritu Santo; pero pretendió que el Espíritu Santo llevó un cuerpo celeste, y que lo puso en la Santísima Virgen, y que ése fue el cuerpo de Cristo: de modo que ninguna otra cosa hizo la Santísima Virgen, sino que fue su receptáculo. Por lo cual aseguró que dicho cuerpo pasó por la Bienaventurada Virgen como por un acueducto. Pero esto es falso, pues el Ángel le dijo a Ella (Lc I, 35): “El Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”. Y el Apóstol dice (Gal 4, 4): “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Por lo cual añadieron: “Y nació de la Virgen María”.

52.- Arrio y Apolinar dijeron que ciertamente Cristo es el Verbo de Dios y que nació de la Virgen María; pero que no tuvo alma, sino que en el lugar del alma estuvo allí la divinidad. Pero esto es contra la Escritura, porque Cristo dijo (Jn 12, 27): “Ahora mi alma está turbada”, y también en Mateo 26, 38: “Triste está mi alma hasta la muerte”. Por lo cual, para rechazar dicho error añadieron: “Y se hizo hombre”. Pues bien, el hombre está constituido de alma y cuerpo. Así es que muy verdaderamente Jesús tuvo todo lo que el hombre puede tener, con excepción del pecado.

53.- Al  asentar  que  Cristo  se  hizo  hombre,  se  destruyen todos los errores arriba enunciados y cuantos puedan decirse, y principalmente el error de Eutiques, que enseñaba que hecha la mezcla de la naturaleza divina con la humana, resultaba una sola naturaleza de Cristo, la cual no sería ni puramente divina ni puramente humana. Lo cual es falso, porque así Cristo no sería hombre, y también contra esto se dice que “se hizo hombre”.

Se destruye también el error de Nestorio, el cual enseñó que el Hijo de Dios está unido a un hombre sólo porque habita en él. Pero esto es falso, porque en tal caso no sería hombre, sino que estaría en un hombre. Y que Cristo es hombre lo dice claramente el Apóstol (Flp 2, 7): “Y por su presencia fue reconocido como hombre”. Y Juan (8, 40) dice: “¿Por qué tratáis de matarme a mí, que soy hombre, que os he dicho la verdad que he oído de Dios?”.

54.- De todo esto podemos concluir algunas cosas para nuestra instrucción.

En primer lugar, se confirma nuestra fe. En efecto, si alguien dijera algunas cosas de una tierra remota a la que no hubiese ido, no se le creería igual que si allí hubiese estado. Ahora bien, antes de la venida de Cristo al mundo, los Patriarcas y los Profetas y Juan Bautista dijeron algunas cosas acerca de Dios, y sin embargo no les creyeron a ellos los hombres como a Cristo, el cual estuvo con Dios, y que además es uno con El. De aquí que nuestra fe, que nos transmitió el mismo Cristo, sea más firme. Juan I, 18: “Nadie ha visto jamás a Dios: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él mismo lo ha revelado”. De aquí resulta que muchos secretos de la fe se nos han manifestado después de la venida de Cristo, los cuales estaban antes ocultos.

55.- En segundo lugar, por todo ello se eleva nuestra esperanza. En efecto, es claro que el Hijo de Dios no vino, asumiendo nuestra carne, por negocio de poca monta, sino para una gran utilidad nuestra; por lo cual efectuó cierto canje, o sea, que tomó un cuerpo con una alma, y se dignó nacer de la Virgen, para hacernos el don de su divinidad; y así, El se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. Rm 5, 2: “Por quien hemos obtenido, mediante la fe, el acceso a esta gracia, en la cual nos hallamos y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios”.

56.- En tercer lugar, con todo ello se inflama la caridad. En efecto, ninguna prueba de la divina caridad es tan evidente como la de que Dios creador de todas las cosas se haya hecho criatura, que nuestro Dios se haya hecho nuestro hermano, que el Hijo de Dios se haya hecho hijo del hombre. Juan 3, 16: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito”. Por lo tanto, por esta consideración el amor a Dios debe reencenderse e inflamarse.

57.- En cuarto lugar, somos llevados a guardar pura el alma. En efecto, de tal manera ha sido ennoblecida y exaltada nuestra naturaleza por la unión con Dios, que ha sido elevada a la unidad con una divina persona. Por lo cual el Ángel, después de la encarnación, no quiso permitir que el bienaventurado apóstol Juan lo adorase, cosa que anteriormente les había permitido a los más grandes de los Patriarcas. Por lo cual, recordando su exaltación y meditando sobre ella, debe el hombre guardarse de mancharse y de manchar su naturaleza con el pecado. Por eso dice San Pedro (IIP I, 4): “Por quien nos han sido dadas las magníficas y preciosas promesas, para que por ellas nos hagamos partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción de la concupiscencia que hay en el mundo”.

58.- En quinto lugar, con todo ello se nos inflama el deseo de alcanzar a Cristo. En efecto, si algún rey fuese hermano de alguien y estuviese lejos de él, ese cuyo hermano fuese el rey desearía llegar a él, y con él estar y permanecer. Por lo cual, como Cristo es nuestro hermano, debemos desear estar con él y unírnosle: Mt 24, 28: “Donde esté el cuerpo, allí se juntarán las águilas”. Y el Apóstol deseaba morir y estar con Cristo. Y este deseo crece en nosotros si meditamos sobre su encarnación.

Artículo    4

PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO

59.- Así como le es necesario al cristiano creer en la encarnación del Hijo de Dios, así también le es necesario creer en su pasión y en su muerte, porque, como dice San Gregorio, “de nada nos aprovecharía el haber nacido si no nos aprovecha el haber sido redimidos”. Pues bien, que Cristo haya muerto por nosotros es algo tan elevado, que apenas puede nuestra inteligencia captarlo; no sólo, sino que no le cuadra a nuestro espíritu. Y esto es lo que dice el Apóstol (Hechos 13, 41): “En vuestros días yo voy a realizar una obra, una obra que no creeréis si alguien os la cuenta”. Y Habacuc I, 5: “En vuestros días se cumplirá una obra que nadie creerá cuando se narre”. Pues tan grandes son la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo por nosotros más de lo que podemos entender.

60.- Sin embargo, no debemos creer que de tal manera haya sufrido Cristo la muerte que muriera la Divinidad, sino que la humana naturaleza fue lo que murió en El. Pues no murió en cuanto Dios, sino en cuanto hombre. Y esto es patente mediante tres ejemplos.

El primero está en nosotros. En efecto, es claro que al morir el hombre, al separarse el alma del cuerpo, no muere el alma, sino el mismo cuerpo, o sea, la carne.

Así también, en la muerte de Cristo, no muere la Divinidad sino la naturaleza humana.

61.- Pero si los judíos no mataron a la Divinidad, es claro que no pecaron más que si hubiesen matado a cualquier otro hombre.

62.- A esto debemos responder que suponiendo a un rey revestido con determinada vestidura, si alguien se la manchase incurriría en la misma falta que si manchase al propio rey. De la misma manera los judíos: no pudieron matar a Dios, pero al matar la humana naturaleza asumida por Cristo, fueron castigados como si hubiesen matado a la Divinidad misma.

63.- Además, como dijimos arriba, el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, y el Verbo de Dios encarnado es como el verbo del rey escrito en una carta. Pues bien, si alguien rompiese la carta del rey, se le consideraría igual que si hubiere desgarrado el verbo del rey. Por lo mismo, se considera el pecado de los judíos de igual manera que si hubiesen matado al Verbo de Dios.

64.- Pero ¿qué necesidad había de que el Verbo de Dios padeciese por nosotros? Muy grande. Y se puede deducir una doble necesidad. Una, como remedio de los pecados, y la otra como modelo de nuestros actos.

65.- Para remedio, ciertamente, porque contra todos los males en que incurrimos por el pecado, encontramos el remedio en la pasión de Cristo. Ahora bien, incurrimos en cinco males.

66.- En primer lugar, una mancha: el hombre, en efecto, cuando peca, mancha su alma, porque así como la virtud del alma es su belleza, así también el pecado es su mancha. Baruc 3, 10: “¿Por qué, Israel, por qué estás en país de enemigos… te has contaminado con los cadáveres?”. Pero esto lo hace desaparecer la Pasión de Cristo: en efecto, con su Pasión Cristo hizo un baño con su sangre, para lavar allí a los pecadores. Apoc I, 5: “Nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. En efecto, se lava el alma con la sangre de Cristo en el bautismo, pues por la sangre de Cristo tiene el bautismo virtud regenerativa. Por lo cual cuando alguien se mancha por el pecado, le hace una injuria a Cristo y peca más que antes (del bautismo). Hebreos 10, 28-29: “Si alguno viola la ley de Moisés es condenado a muerte sin compasión, por la declaración de dos o tres testigos. ¿Cuánto más grave castigo pensáis que merecerá el que pisoteó al Hijo de Dios y tuvo por impura la sangre de la Alianza?”.

67.- En segundo lugar, caemos en desgracia respecto a Dios. Porque así como el hombre carnal ama la belleza carnal, así Dios ama la espiritual, que es la belleza del alma. Así es que cuando el alma se mancha por el pecado, Dios se ofende y le tiene odio al pecador. Sabiduría 14, 9: “Dios odia al impío y su impiedad”. Pero esto lo borra la Pasión de Cristo, el cual satisfizo a Dios Padre por el pecado, por el que no podía satisfacer el propio hombre, porque la caridad y la obediencia de Cristo fueron mayores que el pecado del primer hombre y su desobediencia. Rm 5, 10: “Cuando éramos enemigos (de Dios), fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”.

68.- En tercer lugar, caemos en debilidad. Porque el hombre tan pronto como peca cree poder en seguida preservarse del pecado; pero ocurre todo lo contrario; porque por el primer pecado se debilita y se hace más inclinado al pecado; y así domina más el pecado al hombre, y el hombre, en cuanto de sí depende, se pone en tal situación que sin el poder divino no se puede levantar, como quien se arrojara a un pozo. Por lo cual después de haber pecado el hombre, nuestra naturaleza se debilitó y corrompió, y entonces el hombre se encontró más inclinado a pecar. Pero Cristo disminuyó esta flaqueza y esta debilidad, aunque no la suprimió enteramente. Sin embargo, de tal manera ha sido confortado el hombre por la Pasión de Cristo, y debilitado el pecado, que ya no estamos tan dominados por él; y puede el hombre, ayudado por la gracia de Dios, que nos confiere con los sacramentos, que tienen eficacia por la Pasión de Cristo, esforzarse de tal manera que puede apartarse de los pecados. Dice el Apóstol en Rm 6, 6: “Nuestro hombre viejo fue crucificado con El, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado”. En efecto, antes de la Pasión de Cristo se halló que eran pocos los hombres que vivieran sin pecado mortal; pero después son muchos los que vivieron y viven sin pecado mortal.

69.- En cuarto lugar, incurrimos en el reato de una pena. Pues la justicia de Dios exige que todo el que peque sea castigado. Y la pena se mide por la culpa. De modo que como la culpa del pecado mortal es infinita, puesto que es contra el bien infinito, o sea, Dios, cuyos preceptos menosprecia el pecador, la pena debida al pecado mortal es infinita. Pero Cristo por su Pasión nos levantó esa pena, y El mismo la padeció. I Pedro 2, 24: “El mismo llevó nuestros pecados (esto es, la pena del pecado) en su cuerpo”. Porque la virtud de la Pasión de Cristo fue tan grande que bastó para expiar todos los pecados de todo el mundo, aun cuando fuesen sin cuento. Por eso los bautizados son aliviados de todos sus pecados. Por eso también el sacerdote perdona los pecados. Por eso también el que mejor se conforme a la Pasión de Cristo, mayor perdón obtendrá y más gracia merece.

70.- En quinto lugar, incurrimos en el destierro del reino. Porque quienes ofenden a los reyes son obligados a dejar el reino. Y así el hombre por el pecado es echado del paraíso. Por eso, inmediatamente después de su pecado Adán es arrojado del paraíso, y es cerrada la puerta del paraíso. Pero Cristo por su Pasión abrió esa puerta, y llamó al reino a los desterrados. En efecto, abierto el costado de Cristo, fue abierta la puerta del paraíso; y derramada su sangre, se limpió la mancha, Dios fue aplacado, suprimida fue la debilidad, fue expiada la pena, los desterrados fueron llamados al reino. Y por eso se le dijo al ladrón inmediatamente (Lc 23, 43): “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esto no fue dicho en otro tiempo: no se le dijo a nadie, ni a Adán, ni a Abraham, ni a David; sino hoy, o sea, cuando es abierta la puerta, el ladrón pide y obtiene el perdón. Hebr 10, 19: “Teniendo… la seguridad de entrar en el santuario por la sangre de Cristo”.

De esta manera, pues, queda patente la utilidad (de la Pasión de Cristo) en calidad de remedio.

Pero no es menor su utilidad en calidad de ejemplo.

71.- En efecto, como dice San Agustín, la Pasión de Cristo basta totalmente como instrucción para nuestra vida. Pues quien anhele vivir de manera perfecta, que no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y que desee lo que Cristo deseó.

72.- Porque ningún ejemplo de virtud falta en la cruz. Pues si buscas un ejemplo de caridad, “nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos”, Jn 15, 13. Y esto fue lo que hizo Cristo en la cruz. Por lo tanto, si El dio su vida por nosotros, no se nos debe hacer pesado soportar por El cualquier mal. Salmo 115, 12: “¿Qué le daré al Señor por todo lo que El me ha dado?”.

73.- Si buscas un ejemplo de paciencia, excelentísimo lo encuentras en la cruz. En efecto, de dos grandes maneras se manifiesta la paciencia: o bien padeciendo pacientemente grandes males, o bien padeciendo algo que podría evitarse y que no se evita.

Pues bien, Cristo soportó en la cruz grandes males. Treno I, 12: “Oh, vosotros todos, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor”; y pacientemente, porque, “al padecer, no amenazaba”, I Pedro 2, 23; e Isaías 53, 7: “Como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante los trasquiladores”.

Además, Cristo pudo evitarlos, y no los evitó. Mt 26, 53: “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que me enviaría luego más de doce legiones de ángeles?”.

Grande es, pues, la paciencia de Cristo en la cruz. Hebr 12, 1-2: “Por la paciencia corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús, el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia”.

74.- Si buscas un ejemplo de humildad, ve el crucifijo: en efecto, Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilato y morir. Job 36, 17: “Tu causa ha sido juzgada como la de un impío”. En verdad como la de un impío: “Condenémosle a una muerte afrentosa”, Sabiduría 2, 20. El Señor quiso morir por su siervo, y el que es la vida de los Ángeles por el hombre. Flp 2, 8: “Hecho obediente hasta la muerte”.

75.- Si buscas un ejemplo de obediencia, síguelo a Él. que se hizo obediente al Padre hasta la muerte. Rm 5, 19: “Como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo muchos fueron hechos justos”.

76.- Si quieres un ejemplo de desprecio de las cosas terrenas, síguelo a Él, que es el Rey de Reyes y el Señor de los señores, en quien se hallan los tesoros de la sabiduría, y que sin embargo en la cruz estuvo desnudo, objeto de burla, fue escupido, golpeado, coronado de espinas, y abrevado con hiel y vinagre, y murió. Por lo tanto, no os impresionéis por las vestiduras, ni por las riquezas, porque “se repartieron mis vestiduras”, Salmo 21, 19; ni por los honores, porque a mí me cubrieron de burlas y de golpes; no por las dignidades, porque tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre mi cabeza; no por las delicias, porque “en mi sed me abrevaron con vinagre”, Salmo 68, 22.

Sobre Hebr 12, 2: “El cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia”, dice San Agustín: “El hombre Jesucristo despreció todos los bienes terrenos para enseñarnos que deben ser despreciados”.

Artículo    5

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, Y AL TERCER DÍA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS

77.- Como ya dijimos, la muerte de Cristo consistió, como en los demás hombres, en que su alma se separó de su cuerpo; pero de manera tan indisoluble está unida la Divinidad a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la misma Deidad estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo, por lo cual en el sepulcro estuvo el Hijo de Dios con el cuerpo, y descendió a los infiernos 1 con el alma.

78.- Por cuatro razones descendió Cristo con su alma a los infiernos.

La primera fue soportar toda la pena del pecado, para expiar así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no era sólo la muerte del cuerpo, sino que también era un sufrimiento del alma. Porque como el pecado era también por parte del alma, también la misma alma era castigada por la privación de la visión divina. De modo que sin esa pena, de ninguna manera se satisfacía. Por ello, después de muertos, todos descendían, aun los santos Padres, antes de la venida de Cristo, a los infiernos. Así es que para soportar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también bajar con el alma a los infiernos. De aquí que diga el Salmo 87, 5-6: “Contado entre los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado, libre entre los muertos”. Pues los demás estaban allí como esclavos, pero Cristo como libre.

79.- La segunda fue el socorrer perfectamente a todos sus amigos. En efecto, El tenía amigos no sólo en el mundo sino también en los infiernos. Pues se es amigo de Cristo en la medida en que se tiene caridad, y en los infiernos había muchos que habían muerto con la caridad y la fe en El que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros justos y varones perfectos. Y como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido por su propia muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y socorrerlos bajando hasta donde se hallaban ellos. Eccli 24, 45: “Penetraré a todas las profundidades de la tierra, y visitaré a todos los que duermen, e iluminaré a cuantos esperan en el Señor”.

80.- La tercera razón fue el triunfar perfectamente sobre el diablo. En efecto, se triunfa de manera perfecta sobre otro, cuando no sólo se le vence en el campo de batalla, sino que se le acomete hasta en su propia casa y se le arrebata la sede de su imperio y su casa misma. Pues bien, Cristo había triunfado del diablo, pues en la cruz lo había vencido. Por lo cual dice Juan (12, 31): “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo (o sea el diablo) será echado fuera”. Por lo cual para triunfar perfectamente, quiso arrebatarle la sede de su imperio y encadenarlo en su casa, que es el infierno. Por eso descendió hasta allí, y le arrebató todos sus bienes, y lo encadenó, y le quitó su presa, Col. 2, 15: “Y una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió con gran despliegue, triunfando de ellos públicamente por sí mismo”.

Y así como había recibido Cristo el poder y la posesión del cielo y de la tierra, quiso también recibir la posesión de los infiernos, para que así, según el Apóstol a los Filipenses (2, 10): “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla, en los cielos, en la tierra y en los infiernos”. Y Marcos 16, 17: “En mi nombre expulsarán a los demonios”.

81.- La cuarta y última razón era librar a los santos que estaban en los infiernos. Porque así como Cristo quiso sufrir la muerte para librar de la muerte a los vivos, así también quiso descender a los infiernos para librar a los que allí estaban. Zac 9, 11: “Tú, Señor, por la sangre de tu alianza, soltaste a tus cautivos de la fosa, en la cual no hay agua”. Oseas 13, 14: “Oh muerte, yo seré tu muerte; infierno, yo seré tu mordedura”.

En efecto, aunque Cristo haya destruido totalmente la muerte, no destruyó del todo los infiernos, sino que los mordió; porque ciertamente no liberó a todos del infierno, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, e igualmente sin el pecado original, del cual en cuanto a su persona estaban libres por la circuncisión: o antes de la circuncisión, los que eran salvos por la fe de los padres fieles, si no tenían uso de razón; o por los sacrificios, y con la fe en el Cristo que había de venir, si eran adultos; pero que permanecían allí por el pecado original de Adán, del cual no podían librarse, en cuanto a la naturaleza, sino por Cristo. Por lo cual Cristo dejó allí a los que habían descendido con pecado mortal y a los niños incircuncisos. Por lo cual dijo: “Infierno, seré tu mordedura”.

Así pues, queda claro que Cristo bajó a los infiernos y por qué razones.

82.- De todo esto podemos recibir para nuestra instrucción cuatro cosas.

En  primer  lugar,  una  firme  esperanza  en  Dios.  Porque por más que esté el hombre en aflicción, siempre debe esperar en la ayuda de Dios, y en El confiar. No puede haber, en efecto, cosa tan penosa como estar en los infiernos. Si pues Cristo libró a los que estaban en los infiernos, todo aquel que sea amigo de Dios debe tener gran confianza en ser librado por El de cualquier angustia. Sabiduría 10, 13-14: “Ella (la Sabiduría) no desamparó al justo vendido… descendió con él a la mazmorra, y no lo abandonó en las cadenas”. Y porque Dios ayuda especialmente a sus siervos, aquel que sirve a Dios debe sentirse con gran seguridad. Eccli 34, 16: “El que teme al Señor de nada teme porque El mismo es su esperanza”.

83.- En segundo lugar, debemos concebir el temor (de Dios) y apartar la presunción. Porque aun cuando Cristo haya padecido por los pecadores y descendido a los infiernos, sin embargo no liberó a todos, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, como ya se dijo. Y allí dejó a los que habían muerto en pecado mortal. Por lo tanto, que nadie de los que allí bajen en pecado mortal espere el perdón. Porque en el infierno estará cuanto los santos padres en el paraíso, esto es, eternamente. Mt 25, 46: “Irán éstos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna”.

84.- En tercer lugar, debemos estar alertas. Precisamente porque Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación, nosotros debemos preocuparnos por descender allí frecuentemente considerando ciertamente las penas aquellas, como lo hacía el santo Ezequías, que decía (Is 38, 10}: “Yo dije: a la mitad de mis días me voy a las puertas del Infierno”. Porque quien baje allí frecuentemente en vida con el pensamiento, no descenderá allá fácilmente al morir: porque tal consideración lo aparta del pecado. En efecto, vemos que los mundanos se guardan de las malas acciones por temor al castigo: en consecuencia, ¿cuánto más deben guardarse (del mal) ante la pena del infierno, la cual es mayor por razón de la duración, de la acritud y de la multiplicidad? Eclesiástico 7, 36: “Ten presentes tus novísimos, y jamás pecarás”.

85.- En cuarto lugar, de esto resulta para nosotros un ejemplo de amor. En efecto, Cristo bajó a los infiernos para liberar a los suyos, y por lo tanto nosotros debemos descender allí (en espíritu) para ayudar a los nuestros. Pues ellos nada pueden, por lo cual debemos ayudar a los que están en el purgatorio. Demasiado cruel sería quien no ayudara a un ser querido que estuviese en una cárcel terrena. Así es que no habiendo ninguna comparación de las penas de este mundo con aquéllas, mucho más cruel es el que no le ayuda al amigo que está en el purgatorio. Job 19, 21: “Tened piedad de mí, tened piedad de mí, siquiera vosotros, mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido”. II Macab 12, 46: “Obra santa y saludable es orar por los muertos para que sean librados de sus pecados”.

86.- Como dice San Agustín, se les ayuda principalmente de tres maneras, a saber, con misas, con oraciones y con limosnas. San Gregorio agrega una cuarta manera: el ayuno. Ni hay de qué admirarse, porque aun en este mundo, el amigo puede satisfacer por el amigo. Sin embargo, esto debe entenderse respecto a quienes están en el purgatorio.

87.- Al hombre le es necesario conocer dos cosas, a saber, la gloria de Dios y el castigo del infierno. Atraídos, en efecto, por la gloria, y atemorizados por los castigos, los hombres se guardan y se apartan de los pecados. Pero muy difícilmente conoce el hombre estas cosas. Por lo cual acerca de la gloria se dice en Sabiduría 9, 16: “¿Quién rastreará lo que hay en los cielos?”. Lo cual es ciertamente difícil para los terrenos, porqué, como se dice en Juan 3,31: “El que es de la tierra habla de la tierra”; pero no les es difícil a los espirituales, porque “el que viene de lo alto está por encima de todos”, como se dice allí mismo. Y por eso, para enseñamos las cosas celestiales, Dios bajó del cie lo y se encarnó.

Era también difícil conocer las penas del infierno. Sabiduría 2, I: “Ni se sabe de nadie que haya vuelto de los infiernos”. Y esto se pone en boca de los impíos. Pero esto de ninguna manera se puede decir, porque así como bajó del cielo para enseñar las cosas celestiales, así también resucitó de los infiernos para instruirnos acerca de las cosas de los infiernos. Por lo cual es necesario que creamos no sólo que Cristo se hizo hombre y que murió, sino también que resucitó de entre los muertos. Por lo cual se dice: “Y al tercer día resucitó de entre los muertos”.

88.- Sabemos que muchos resucitaron de entre los muertos, como Lázaro, y el hijo de la viuda y la hija del jefe de la sinagoga. Pero la resurrección de Cristo difiere de la resurrección de éstos y de otros en cuatro cosas.

Primero en cuanto a la causa de la resurrección, porque los otros resucitados no resucitaron por su propia virtud sino por la de Cristo o por las oraciones de algún santo, y en cambio Cristo resucitó por su propia virtud, porque no sólo era hombre, sino que también era Dios, y la Divinidad del Verbo jamás fue separada ni de su alma ni de su cuerpo, por lo cual el cuerpo recobró el alma, y el alma recobró el cuerpo cuando El lo quiso. Juan 10, 18: “Tengo poder de dar mi alma y poder para recobrarla de nuevo”. Y aunque Cristo haya muerto, esto no fue por debilidad ni por necesidad, sino por su propio poder, porque fue voluntariamente. Y esto es patente porque cuando exhaló su espíritu, gritó con fuerte voz, cosa que no pueden hacer los demás moribundos, porque mueren por debilidad. Por lo cual dijo el Centurión (Mt 27, 54): “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”. Y por eso, así como por su propio poder entregó su alma, así también por su propio poder la recobró. Por lo cual se dice que “resucitó”, y no que haya sido resucitado, como si lo hubiera sido por otro. Salmo 3, 6: “Me acosté, y me dormí, y me levanté”. Ni esto es contrario a lo que se dice en Hechos 2, 32: “A este Jesús lo resucitó Dios”, porque en efecto el Padre lo resucitó, y a la vez el Hijo: porque el mismo poder es el del Padre y el del Hijo.

89.- En segundo lugar, difiere en cuanto a la vida a la cual resucitó, porque Cristo resucitó a una vida gloriosa e incorruptible. Dice el Apóstol en Rm 6, 4: “Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre”; y los demás, ciertamente, a la misma vida que primero tenían, como consta en cuanto a Lázaro y otros.

90.- En tercer lugar, difiere en cuanto al fruto y la eficacia, porque todos resucitan por el poder de la resurrección de Cristo. Mt 27, 52: “Muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron”. Dice el Apóstol en I Cor 15, 20: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron”.

Pero notad que por la pasión Cristo llegó a la gloria. Luc 24, 2ó: “¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Así nos enseña cómo podemos nosotros llegar a la gloria: Hechos 14, 21: “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios”.

91.- En cuarto lugar, difiere en cuanto al tiempo: porque la resurrección de los otros hombres es diferida hasta el fin del mundo, si no es que a algunos por privilegio se les concede antes, como a la Santísima Virgen, y, como piadosamente se cree, a San Juan Evangelista; pero Cristo resucitó al tercer día. Y la razón de ello es que la resurrección y la muerte y la natividad de Cristo fueron por nuestra salvación, por lo cual El quiso resucitar cuando nuestra salvación se cumpliera. Por lo cual, si hubiese resucitado al instante, no se habría creído que hubiese muerto. De la misma manera, si hubiese tardado mucho, los discípulos no habrían permanecido en la fe, y así ninguna utilidad habría en su pasión. Salmo 29, 10: “¿Qué utilidad hay en mi sangre si desciendo a la corrupción?”. Por lo cual resucitó al tercer día, para que se creyera que había muerto y para que los discípulos no perdieran la fe.

92.- Pues bien, de todo lo anterior podemos sacar cuatro consecuencias para nuestra ilustración.

En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: “Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará”. Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: “Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección”.

93.- En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: “No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro”, porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado. Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.

94.- En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rm ó, 9: “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él”. Y más abajo (1 1-13): “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida”.

95.- En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rm 6, 4: “Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva”. Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la. conduce a la vida de la gloria. Así sea.

Artículo    6

ASCENDIÓ A LOS CIELOS, Y SE SENTÓ A LA DIESTRA DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE

96.- Tras de creer en la resurrección de Cristo es necesario creer en su ascensión, por la cual ascendió al Cielo a los cuarenta días. Y por eso se dice: “Ascendió a los cielos”.

Acerca de su ascensión debes notar tres cosas.

Primeramente fue a) sublime, b) racional y c) útil.

97.- a) Fue sublime porque ascendió a los cielos. Y esto se explica de tres maneras.

Primero, por encima de todos los cielos materiales. Dice el Apóstol en Ef 4, 10: “Subió por encima de todos los cielos”. Cristo fue el primero en realizar tal cosa. Antes, en efecto, el cuerpo terreno no existía sino en la tierra, tanto que aun Adán estuvo en un paraíso terrenal.

En segundo lugar, ascendió por encima de todos los cielos espirituales. Ef I, 20-22: “Sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero; y bajo sus pies sometió todas las cosas”.

En tercer lugar, ascendió hasta el trono del Padre. Dan 7, 13: “Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre, y llegó hasta el Anciano de los días”; y Marc 16, 19: “Y el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo, y se sentó a la diestra de Dios”.

98.- Pero no debemos entender lo de “diestra de Dios” de una manera corporal, sino metafóricamente: porque se dice que se sentó a la derecha del Padre, en cuanto Dios, esto es, por su igualdad con el Padre; y en cuanto hombre se sentó a la derecha del Padre, esto es, con los bienes más excelentes. Pero esto afectó al diablo: Is 14, 13: “Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el monte de la Alianza, en el extremo norte. Subiré por encima de la altura de las nubes, me asemejaré al Altísimo”. Pero no llegó allí sino Cristo, por lo cual se dice: “Subió a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre”. Salmo 109, I: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra”.

99.- b) En segundo lugar, la ascensión de Cristo fue conforme a razón, porque fue hasta los cielos; y esto por tres motivos:

Primeramente porque el cielo se le debía a Cristo a causa de su naturaleza. En efecto, lo natural es que cada ser vuelva al lugar de donde es originario. Pues bien, el principio del origen de Cristo está en Dios, que es por encima de todo. Juan 16, 28: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre”. Juan 3, 13: “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo”. Y aunque los santos suben al cielo, sin embargo esto no es como sube Cristo; porque Cristo sube por su propio poder, y los santos, atraídos por Cristo. Cant 1, 3: “Llévame en pos de ti”. Pero puede decirse que nadie sube al cielo sino Cristo, porque los santos no ascienden sino en cuanto son miembros de Cristo, que es la cabeza de la Iglesia. Mat 24, 28: “Donde esté el cadáver, allí se juntarán las águilas”.

En segundo lugar, se le debía a Cristo el cielo por razón de su victoria. Porque Cristo fue enviado al mundo para luchar contra el diablo, y lo venció, y por lo mismo mereció ser exaltado por encima de todo. Apoc 3,21: “Yo vencí, y me senté con mi Padre en su trono”.

En tercer lugar, a causa de su humildad. En efecto, ninguna humildad es tan grande como la de Cristo, que siendo Dios quiso hacerse hombre, y siendo Señor quiso tomar la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte, como se dice en Flp 2, y descendió hasta los infiernos, por lo cual mereció ser exaltado hasta el cielo, al trono de Dios. Porque la humildad es el camino de la exaltación. Luc 14, II: “El que se humilla será exaltado”; Ef 4, 10: “Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos”.

100.- c) En tercer lugar, la ascensión de Cristo fue útil, por tres motivos.

Primeramente por razón de conducción, porque ascendió para conducirnos. Pues nosotros ignorábamos el camino, pero El mismo nos lo mostró. Miqueas 2, 13: “Ascendió, abriendo camino adelante de ellos”. Y para darnos la seguridad de la posesión del reino celestial. Juan 14, 2: “Voy a prepararos un lugar”.

En segundo lugar, por razón de la seguridad que nos da. Pues subió al cielo para interceder por nosotros. Hebr 7, 25: “Ya que está siempre vivo para interceder por nosotros”. I Juan 2: “Tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo”.

En tercer lugar, para atraer nuestros corazones hacia El. Mt 6, 21: “Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón”; y para que despreciemos las cosas temporales. El Apóstol en Colos 3, I: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; gustad de las cosas de arriba, no de las de la tierra”.

Artículo    7

Y DE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS

101.- El juzgar corresponde al oficio de rey y de Señor. Prov 20, 8: “El Rey sentado sobre el trono de la justicia disipa con la mirada todo mal”. Y como Cristo ascendió al Cielo, y está sentado a la derecha de Dios como Señor de todos, es claro que a él le toca el juzgar. Por lo cual en la regla de la Fe católica confesamos que “ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Esto mismo lo dijeron también los Ángeles (Hechos I, II): “Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo”.

102.- Debemos considerar tres cosas acerca de este juicio. Primero, su forma; segundo, lo que se le debe temer; tercero, cómo hemos de prepararnos para ese juicio.

103.- Tres cosas concurren a la forma de un juicio: quién sea el juez, quiénes serán juzgados y acerca de qué.

104.- Pues bien, Cristo es el juez. Hechos 10, 42: “Es Él quien ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos”: ya sea que tomemos por muertos a los pecadores, y por vivos a los justos; o literalmente por vivos a los que aún vivan a la sazón, y por muertos a cuantos hayan muerto. El es el juez no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre. Y esto por tres razones.

Primeramente porque es necesario que los que son juzgados vean al juez. Ahora bien, tan deleitable es la Divinidad, que nadie puede verla sin gozo; por lo cual ningún condenado podrá verla, porque de lo contrario gozaría. Por lo tanto es necesario que aparezca bajo la forma de hombre, para que sea visto por todos. Juan 5, 27: “Le ha dado poder para juzgar, porque es el Hijo del hombre”.

En segundo lugar, porque en cuanto hombre mereció tal oficio. Pues en cuanto hombre fue injustamente juzgado El mismo, por lo cual Dios lo hizo juez de todo el mundo. Job 36, 17: “Tu causa ha sido juzgada como la de un impío: recibirás la culpa y la pena”.

En tercer lugar, para que, siendo juzgados por un hombre, los hombres cesen de desesperar. Pues si sólo Dios fuese el juez, los hombres, aterrados, desesperarían. Luc 21, 27: “Verán venir al Hijo del hombre en una nube”. Ciertamente serán juzgados cuantos son, fueron y serán. Dice el Apóstol en II Cor 5, 10: “Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada quien reciba lo que es debido a su cuerpo, según el bien o el mal que haya hecho”.

105.- Según dice San Gregorio, hay una cuádruple diferencia entre los que son juzgados. Desde luego, o son buenos o son malos. Pero entre los malos, algunos, que serán condenados, no serán juzgados, como los que han rechazado la Fe: sus acciones no serán examinadas, porque, según Juan 3, 18: “el que no cree ya está juzgado”. Otros, ciertamente, serán condenados y juzgados, como los fieles que mueren en pecado mortal. Dice el Apóstol en Rm ó, 23: “El salario del pecado es la muerte”. Estos, en efecto, no serán excluidos del juicio, a causa de la fe que tuvieron.

En cuanto a los buenos, algunos, que serán salvos, no serán juzgados: serán los pobres de espíritu por (amor a) Dios; más bien ellos juzgarán a otros. Mt 19, 28: “Vosotros que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”: lo cual no se entiende sólo de los discípulos, sino también de todos los pobres. De otra manera San Pablo, que trabajó más que los otros, no sería del número de ellos. Por lo cual debe entenderse también de cuantos siguieron a los Apóstoles y de los varones apostólicos. Por lo cual dice el Apóstol en I Cor 6, 3: “¿Acaso no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?”. Isaías 3, 14: “El Señor vendrá al juicio con los ancianos y los jefes de su pueblo”.

Otros, empero, que mueren en la justicia, serán salvos pero serán juzgados. En efecto, aunque murieron justificados, sin embargo en algo faltaron en sus ocupaciones temporales, por lo cual serán juzgados pero se salvarán.

106.- 3o. Los hombres serán juzgados por todas sus acciones, buenas y malas. Eclesiastés 11,9: “Sigue los impulsos de tu corazón… pero a sabiendas de que por todo ello te hará venir Dios a juicio”. Eclesiastés 12, 14: “Todo cuanto se hace Dios lo llevará a juicio, por cualquier falta, sea bueno o sea malo”. Aun por las palabras ociosas. Mt 12, 36: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio”. De los pensamientos: Sab I, 9: “Los pensamientos del impío serán examinados”.

Y así queda en claro la forma del juicio.

107.- Por cuatro razones debemos temer ese juicio.

En primer lugar por la sabiduría del Juez. Pues lo sabe todo: pensamientos, palabras y obras, porque “todo está patente y descubierto ante sus ojos”, como se dice en Hebr 4, 13 y en Prov 16, 2: “Todos los caminos del hombre están patentes a los ojos del Señor”. Y conoce también nuestras palabras. Sab I, 10: “Un oído celoso lo escucha todo”. Y asimismo nuestros pensamientos: Jer 17, 9: “El corazón del hombre es retorcido e inescrutable: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, exploro el corazón, pruebo los riñones para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras”. Habrá allí testigos infalibles: la propia conciencia de los hombres. Dice el Apóstol en Rm 2, 15-16: “…atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que les acusan y también les defienden en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres”.

108.- En segundo lugar, por el poder del Juez, porque por sí mismo es omnipotente. Is 40, 10: “He aquí que viene el Señor Dios con poder”. Es también todopoderoso sobre los otros, porque el conjunto de la creación estará con El. Sab 5,21: “Peleará con Él el Universo contra los insensatos”; por lo cual decía Job (10, 7): “Nadie hay que pueda librarse de tus manos”. Y el Salmista (138, 8) dice: “Si hasta los cielos subo, allí estás tú; si desciendo al infierno, allí te encuentras”.

109.- En tercer lugar, a causa de la inflexible justicia del juez. En efecto, ahora es el tiempo de la misericordia; pero para entonces será solamente el tiempo de la justicia. Por lo cual este tiempo es nuestro, pero para entonces será sólo la hora de Dios. Salmo 74, 3: “En el momento que yo fije, haré perfecta justicia”. Prov 6, 34: “El día de la venganza, el celo y furor del esposo no tendrá miramientos, no escuchará petición alguna, no recibirá en rescate ni grandes regalos”.

110.- En cuarto lugar, a causa de la cólera del juez. En efecto, de un modo se les aparece a los justos, porque es dulce y encantador: Is 33, 17: “Contemplarán al rey en su belleza”; y de otro modo a los malos, tan airado y cruel, que dirán a las montañas: “Caed sobre nosotros, y escondednos de la ira del Cordero”, como dice el Apocalipsis (6, 16). Pero esta ira no quiere decir pasión del ánimo en Dios, sino un efecto de la ira, o sea, la pena infligida a los pecadores, la cual es eterna. Orígenes: “¡Cuan estrechas serán las vías de los pecadores el día del juicio! De arriba vendrá el juez airado, etc.”.

111.- Pues bien, contra ese temor debemos tener cuatro remedios.

El primero consiste en las buenas obras. Dice el Apóstol en Rm 13, 3: “¿Quieres no temer a la autoridad?” Obra el bien, y obtendrás elogios de ella”.

El segundo es la confesión y la penitencia de los pecados cometidos, en las cuales debe haber tres cosas, que expían la pena eterna: dolor en el pensamiento, vergüenza en la confesión y rigor en la satisfacción.

El tercero es la limosna, que todo lo limpia. Lucas XVI, 9: “Haceos amigos con las riquezas injustas, para que cuando lleguen a faltar, os reciban en las eternas moradas”.

El cuarto es la caridad, esto es, el amor a Dios y al prójimo, porque la caridad cubre la multitud de los pecados, como se dice en I Pedro 4, 8 y en Prov 10, 12,

Artículo    8

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

112.- Como ya se dijo, el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así como el verbo del hombre es una concepción de su inteligencia. Pero a veces el hombre tiene un verbo muerto: así es cuando el hombre piensa lo que debe hacer, pero no hay en él la voluntad de hacerlo; como cuando el hombre cree y no obra, se dice que su fe está muerta, como en Santiago 2, 26. Pero el Verbo de Dios está vivo. Hebr 4, 12: “Ciertamente es viva la palabra de Dios”; por lo cual necesariamente Dios tiene en sí voluntad y amor. Por lo cual dice San Agustín en el libro sobre la Trinidad: “El Verbo del que tratamos de dar una idea es un conocimiento con amor”. Ahora bien, como el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así el amor de Dios es el Espíritu Santo. De aquí que el hombre posee al Espíritu Santo cuando ama e Dios. Dice el Apóstol en Rm 5, 5: “El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”.

113.- Pero hubo algunos que opinando erróneamente acerca del Espíritu Santo, dijeron que es una creatura, que es inferior al Padre y al Hijo y que era el esclavo y el servidor de Dios. Por lo cual, para rechazar esos errores, se agregaron cinco palabras en otro símbolo sobre el Espíritu Santo.

114.- Primeramente, que aun cuando hay otros espíritus, los Ángeles, que sí son servidores de Dios, según aquello del Apóstol (Hebr I, 14): “Todos ellos son espíritus servidores”; en cambio, el Espíritu Santo es Señor. Juan 4, 24: “El Espíritu es Dios”; y el Apóstol, en II Cor 3, 17: “El Señor es el Espíritu”; por lo cual donde esté el Espíritu del Señor, allí hay libertad, como se dice en II Cor 3. Y la razón de ello es que hace amar a Dios y quita el amor al mundo. Por lo cual se dice: Creo “En el Espíritu Santo, que es Señor”.

115.- En segundo lugar, que la vida del alma consiste en unirse a Dios, porque Dios mismo es la vida del alma, así como el alma es la vida del cuerpo. Pues bien, el Espíritu Santo une a Dios por amor, porque El mismo es el amor de Dios, y por eso vivifica. Juan 6, 64: “El Espíritu es el que vivifica”. Por lo cual se dice: “Y vivificante”.

116.- En tercer lugar, que el Espíritu Santo es de la misma substancia con el Padre y el Hijo; porque como el Hijo es el Verbo del Padre, así el Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, y por lo mismo procede del uno y del otro; y así como el Verbo de Dios es de una misma sustancia con el Padre, así también el Amor con el Padre y con el Hijo. Por lo cual se dice: “Que procede del Padre y del Hijo”. Luego también por esto consta que no es una criatura.

117.- En cuarto lugar, que es igual al Padre y al Hijo en cuanto al culto. Juan 4, 23: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Mt 28, 19: “Enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Por lo cual se dice: “Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración”.

118.- En quinto lugar, lo que prueba que el Espíritu Santo es igual a Dios es que los Santos Profetas hablaron por Dios. En efecto, es claro que si el Espíritu no fuese Dios, no se diría que los Profetas hablaran por Dios. Pero San Pedro dice (Epist. II, cap. I, 21) que “santos hombres de Dios han hablado inspirados por el Espíritu Santo”. Isaías 48, 16: “Me envió el Señor Dios y su Espíritu”. Por lo cual aquí se dice: “Que habló por los Profetas”.

119.- Con esto se destruyen dos errores: el error de los Maniqueos, que dijeron que el Antiguo Testamento no es de Dios, lo cual es falso, porque por los Profetas habló el Espíritu Santo. Y también el error de Priscila y de Montano, que dijeron que los Profetas no hablaron por el Espíritu Santo, sino como dementes.

120.- Pues bien, del Espíritu Santo provienen para nosotros variados frutos.

En primer lugar, nos purifica de los pecados. La razón es que a quien hace una cosa le corresponde rehacerla. Pues bien, el alma es creada por el Espíritu Santo, porque Dios hace todas las cosas por El. En efecto, amando su propia bondad es como Dios produce todas las cosas. Sab II, 25: “Amas todo lo que existe, y nada de lo que hiciste aborreces”. Dice Dionisio en el cap. 4 de Los Nombres divinos: “El amor de Dios no le permitió permanecer sin vástago”. Es forzoso, pues, que el corazón del hombre destruido por el pecado sea rehecho por el Espíritu Santo. Salmo 103, 30: “Envía tu Espíritu y los seres serán creados, y renovarás la faz de la tierra”. Ni es de admirar que el Espíritu purifique, porque todos los pecados se perdonan por el amor. Luc 7, 47: “Sus muchos pecados le son perdonados porque amó mucho”. Prov 10, 12: “La caridad cubre todos los delitos”. Y también I Pedro 4, 8: “La caridad cubre la multitud de los pecados”.

121.- En segundo lugar, ilumina el entendimiento, porque todo lo que sabemos, lo hemos aprendido del Espíritu Santo. Juan 14, 26: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que yo os he dicho”. Y también I Jn 2, 27: “La Unción os enseñará acerca de todas las cosas”.

122.- En tercer lugar, el Espíritu Santo nos ayuda y de cierta manera nos obliga a guardar los mandamientos. En efecto, nadie puede guardar los mandamientos de Dios si no ama a Dios. Juan 14, 23: “Si alguno me ama guardará mi palabra”. Pues bien, el Espíritu Santo nos hace amar a Dios, por lo cual nos ayuda. Ezeq 36, 26: “Os daré un corazón nuevo, y en medio de vosotros pondré un espíritu nuevo; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra; y os daré un corazón de carne; y pondré mi espíritu en medio de vosotros; y haré que marchéis según mis preceptos, y observaréis mis leyes y las practicaréis”.

123.- En cuarto lugar, confirma la esperanza de la vida eterna, porque El es como la prenda de su herencia. Dice el Apóstol en Efes I, 13-14: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia”. El es, pues, como las arras de la vida eterna. Y la razón de ello es que la vida eterna le es debida al hombre en cuanto es hecho hijo de Dios, y viene a serlo haciéndose semejante a Cristo. Ahora bien, se asemeja uno a Cristo por poseer al Espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo. Dice el Apóstol en Rm 8, 15-16: “No recibisteis un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que recibisteis el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: Abba, Padre. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”. Y en Gal 4, 6: “Porque sois hijos de Dios, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre”.

124.- En quinto lugar, nos aconseja en nuestras dudas y nos enseña cuál sea la voluntad de Dios. Apoc 2, 7: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias”. Isaías 50, 4: “Lo escucharé como a Maestro”.

Artículo   9

EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA

125.- Así como vemos que en un hombre hay una alma y un cuerpo, y sin embargo son diversos sus miembros, así la Iglesia Católica es un cuerpo y tiene diversos miembros. Ahora bien, el alma que vivifica este cuerpo es el Espíritu Santo. Por lo cual, tras de creer en el Espíritu Santo, se nos manda creer en la santa Iglesia Católica. Por lo cual, se añade en el Símbolo: “en la Santa Iglesia Católica”.

Acerca de esto es de saber que la Iglesia es lo mismo que congregación. Por lo cual la Santa Iglesia es lo mismo que la asamblea de los fieles, y cada cristiano es como un miembro de esta Iglesia, de la que dice el Eclesiástico (51, 31): “Acercaos a mí, ignorantes, y congregaos en la casa de la instrucción”.

Pues bien, esta Santa Iglesia posee cuatro cualidades: porque es una, porque es santa, porque es católica, esto es, universal, y porqué es fuerte y firme.

126.- En cuanto a lo primero, es de saberse que aunque diversos herejes han inventado diversas sectas, sin embargo no pertenecen a la Iglesia, porque están divididas en partes; pero la Iglesia es una. Cant 6, 8: “Única es mi paloma, única mi perfecta”.

Ahora bien, de tres cosas proviene la unidad de la Iglesia.

127.- Primero, de la unidad de la fe. En efecto, todos los cristianos que pertenecen al cuerpo de la Iglesia, creen lo mismo. I Cor I, 10: “Tened todos un mismo lenguaje, y que no haya escisiones entre vosotros”. Y Ef 4, 5: “Un solo Dios, una fe, un bautismo”.

128.- En segundo lugar, de la unidad de la esperanza, porque todos han sido afirmados en la misma esperanza de llegar a la vida eterna. Por lo cual dice el Apóstol en Ef 4, 4: “Un solo cuerpo y un sólo espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados”.

129.- En tercer lugar, de la unidad de la caridad, porque todos (los cristianos) se unen en el amor de Dios y entre sí en el amor mutuo. Juan 17, 22: “Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno”. Tal amor, si es verdadero, se manifestará en la mutua solicitud y en la mutua compasión. Ef 4, 15-16: “Por la caridad, crezcamos en todo por aquel que es la cabeza, Cristo: de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor”. Porque cada uno debe servir al prójimo con la gracia que le ha sido dada por Dios.

130.- Por lo cual nadie debe menospreciar ni sufrir el ser arrojado y apartado de esta Iglesia; porque no hay más que una Iglesia en la que los hombres se salven, así como fuera del arca de Noé nadie pudo salvarse.

131.- B) Acerca de lo segundo es de saberse que hay también otra congregación, pero es la de los perversos. Salmo 25, 5: “Odio la Iglesia de los perversos”.

Esta es mala. Pero la Iglesia de Cristo es santa. Dice el Apóstol en I Cor 3, 17: “El templo de Dios es santo, y vosotros sois ese templo”. Por lo cual se dice: (Creo) “en la Iglesia Santa”.

Los fieles de esta congregación son santificados por tres realidades:

132.- Primeramente, así como una iglesia, al ser consagrada, materialmente es lavada, así también los fieles han sido lavados en la sangre de Cristo. Apoc I, 5: “Nos amó, y nos lavó de nuestros pecados en su sangre”. Hebr 13, 12: “Jesús, para santificar con su sangre al pueblo, padeció fuera de la puerta”.

133.- En segundo lugar, por la unción: así como una iglesia se unge con aceite, así también los fieles son ungidos con una unción espiritual para ser santificados: de otra manera no serían cristianos: Cristo, en efecto, es lo mismo que el Ungido. Pues bien, esta unción es la gracia del Espíritu Santo. 2 Cor 1,21: “El que nos ha ungido es Dios”; y I Cor 6, II: “Habéis sido santificados en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo”.

134.- En tercer lugar por la inhabitación de la Trinidad. Porque cualquiera que sea, el lugar en que Dios habite es santo. Por lo cual dice el Génesis, 28, 16: “Verdaderamente este lugar es santo”. Y el Salmo 92, 5: “La santidad conviene a tu casa, Señor”.

135.- En cuarto lugar por la invocación de Dios. Jer 14, 9: “Tú, Señor, estás entre nosotros, y por tu Nombre se nos llama”.

136.- Por lo tanto, debemos guardarnos de manchar nuestra alma, que es templo de Dios, por el pecado, después de semejante santificación. Dice el Apóstol en I Cor 3, 17: “Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo aniquilará”.

137.- C) Acerca de lo tercero es de saber que la Iglesia es católica, o sea universal: primeramente en cuanto al lugar, porque existe en todo el mundo, contra lo que dicen los Donatistas. Rm I, 8: “Vuestra fe es celebrada en el mundo entero”. Marcos 16, 15: “Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a todas las creaturas”. Por lo cual antiguamente Dios era conocido solamente en Judea, y ahora lo es en todo el mundo.

Ahora bien, esta Iglesia tiene tres partes. Una existe en la tierra, otra en el cielo, y la tercera en el purgatorio.

138.- En segundo lugar, es universal en cuanto a la condición de los hombres, porque nadie es rechazado, ni señor, ni esclavo, ni hombre, ni mujer. Gal 3, 28: “Ya no hay ni hombre ni mujer”.

139.- En tercer lugar, es universal en cuanto al tiempo. En efecto, algunos dijeron que la Iglesia debe durar hasta cierto tiempo. Pero esto es falso. Porque esta Iglesia empezó en el tiempo de Abel y durará hasta el final de los siglos. Mt 28, 20: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Pero después de la consumación de los siglos (la Iglesia) permanecerá en el cielo.

140.- D) Acerca de lo cuarto debemos saber que la Iglesia es firme. Se dice que una casa está firme si primeramente tiene buenos cimientos. Pues bien, el principal fundamento de la Iglesia es Cristo. Dice el Apóstol en I Cor 3, 11: “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, el cual es Jesucristo”. Fundamento secundario son ciertamente los Apóstoles y su doctrina. Por eso la Iglesia es firme. Por lo cual, en Apoc XXI se dice que la ciudad tenía doce fundamentos, y que estaban escritos en ella los nombres de los doce Apóstoles. Y por esto se dice que la Iglesia es apostólica. De allí también que para significar la firmeza de esta Iglesia, Pedro ha sido nombrado su cabeza.

141.- En segundo lugar es patente la solidez de la casa, si sacudida no puede ser destruida. Ahora bien, la Iglesia nunca puede ser destruida:

–Ni por los perseguidores; al contrario, en el tiempo de las persecuciones más creció, y perecieron los que la perseguían y los que ella misma combatía. Mt 2 1, 44: “Aquel que cayere sobre esta piedra se estrellará y aquel sobre el cual ella cayera, será aplastado”;

Ni por los errores, pues cuantos más errores sobrevengan, tanto mejor se manifiesta la verdad. II Tim 3, 8: “Hombres de mente corrompida; réprobos en cuanto a la fe; pero no progresarán más”;

Ni por las tentaciones de los demonios. En efecto, la Iglesia es como una torre, en la cual se refugia cual quiera que lucha contra el diablo. Prov 18, 10: “El nombre del Señor es una torre fortísima”. Por lo cual el diablo se esfuerza principalmente por destruirla; pero no prevalece, porque el Señor dijo, según San Mateo16, 18: “Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, como diciendo: te harán la guerra, pero no te vencerán.

De aquí que solamente la Iglesia de Pedro (de la que vino a formar parte toda Italia, cuando los discípulos fueron enviados a predicar) siempre fue firme en la fe. Y mientras en otras partes o es nula la fe, o está mezclada con muchos errores, la Iglesia de Pedro, en cambio, se robustece en la fe y limpia está de los errores. Y no es de admirar, porque el Señor dijo a Pedro, según San Lucas 22, 32: “Yo he rogado por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe”.

Artículo     10

LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS, LA REMISIÓN DE LOS PECADOS

142.- Así como en el cuerpo natural la acción de un miembro redunda en beneficio de todo el cuerpo, así también en el cuerpo espiritual, o sea, en la Iglesia. Y como todos los fieles son un solo cuerpo, el bien de uno es comunicado al otro. Dice el Apóstol en Rm 12, 5: “Todos somos miembros los unos de los otros”. De aquí que entre otros artículos de fe que los Apóstoles nos transmitieron está el de que hay en la Iglesia comunión de bienes, lo cual es lo que se llama “La comunión de los santos”.

143.- Pero entre los miembros de la Iglesia, el miembro principal es Cristo, porque El es la cabeza. Ef I, 22-23: “Dios lo dio por cabeza a toda la Iglesia, que es su Cuerpo”. En consecuencia, los bienes de Cristo son comunicados a todos los cristianos, como la virtud de la cabeza lo es a todos los miembros. Y tal comunicación se efectúa mediante los Sacramentos de la Iglesia, en los cuales obra la virtud de la pasión de Cristo, la cual obra para conferir la gracia para la remisión de los pecados.

144.- Pues bien, estos Sacramentos de la Iglesia son siete. El primero es el bautismo, que es cierta regeneración espiritual. En efecto, así como el hombre no puede tener la vida carnal si no nace carnalmente, de la misma manera, no puede poseer la vida espiritual, o de la gracia, si no renace espiritualmente. Pues bien, este nacimiento se opera por el bautismo. Juan 3, 5: “El que no renazca del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios”.

Y  es  de  saberse  que  así  como  el  hombre  no  nace sino una sola vez, así también sólo una vez es bautizado, por lo cual los santos (Padres) agregaron: “Confieso que hay un solo bautismo”.

La virtud del bautismo, en efecto, consiste en que limpia de todos los pecados, tanto en cuanto a la falta como en cuanto a la pena. Y por eso no se impone penitencia alguna a los bautizados, por grandes pecadores que hayan sido; y si muriesen inmediatamente después del bautismo, al instante volarían a la vida eterna. De aquí que aunque solamente los sacerdotes bautizan en virtud de su cargo, sin embargo, en caso de necesidad, cualquier persona puede bautizar, aunque guardando la forma del bautismo, la cual es ésta: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Pues bien, este Sacramento toma su virtud de la pasión de Cristo: “Todos nosotros que hemos sido bautizados en Jesucristo, en su muerte fuimos bautizados”. Por lo cual, así como Cristo estuvo tres días en el sepulcro, así también se hace una triple inmersión en el agua.

145.- El segundo Sacramento, es la Confirmación. Así como en los que nacen corporalmente, las fuerzas son necesarias para obrar, así también, a los que renacen espiritualmente les es necesario el vigor del Espíritu Santo. Por lo cual a fin de que fueran fuertes, los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo después de la Ascensión de Cristo. Lucas 24, 49: “Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto”.

Pues bien, este vigor se confiere en el Sacramento de la Confirmación. Por lo cual aquellos que tienen niños a su cargo deben ser muy solícitos en que sean confirmados, porque con la Confirmación se confiere una gran gracia. Y en caso de muerte, tiene mayor gloria el confirmado que el no confirmado, porque aquél posee más gracia.

146.- El tercer Sacramento es la Eucaristía. Así como en la vida corporal, después de nacer y de adquirir fuerzas el hombre, le es necesario el alimento, para conservarse y sustentarse, así en la vida espiritual, después de haber recibido el vigor le es necesario el alimento espiritual, el cual es el Cuerpo de Cristo. Juan 6, 54: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”. Por lo cual, conforme al mandato de la Iglesia cada cristiano cuando menos una vez al año debe recibir el Cuerpo de Cristo, pero dignamente y con pureza, porque, como se dice en I Cor I 1, 29: “el que come y bebe indignamente”, o sea, con conciencia de pecado mortal del que no se ha confesado, o sin proponerse no abstenerse de él, “come y bebe su propia condenación”.

147.- El cuarto Sacramento es la Penitencia. En efecto, en la vida corporal ocurre que si alguien enferma y no se medicina, muere, y lo mismo el que en la vida espiritual enferma por el pecado. Por lo cual es necesaria la medicina para recuperar la salud. Y esa medicina es la gracia que se confiere en el Sacramento de la Penitencia. Salmo 102, 3: “El que todas tus iniquidades perdona, el que sana todas tus dolencias”.

Ahora bien, en la penitencia debe haber tres actos: contrición, que es el dolor del pecado con el propósito de abstenerse de él: la confesión íntegra de los pecados; y la satisfacción, mediante buenas obras.

148.- El Quinto Sacramento es la Extrema Unción. En efecto, en esta vida hay muchos impedimentos para que el hombre pueda conseguir perfectamente la purificación de los pecados. Y como no puede entrar a la vida eterna nadie que no esté bien purificado, se hizo necesario otro Sacramento por el que el hombre lo purificara de sus pecados, se librara de su debilidad y se preparara a entrar al reino de los cielos. Y este es el Sacramento de la Extrema Unción. Y el que no siempre cure corporalmente se debe a que quizá no convenga para la salvación del alma. Santiago 5, 14-15: “¿Se enferma alguien entre vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que éstos oren sobre él, ungiéndole con óleo en nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará; y si estuviere con pecados, le serán perdonados”.

149.- Queda en claro, pues, que por los cinco Sacramentos ya dichos, se tiene perfección de vida. Pero como es necesario que esos Sacramentos sean conferidos por determinados ministros, fue igualmente necesario el Sacramento del Orden, por cuyo ministerio se dispensan esos Sacramentos. Y no hay qué considerar la vida de ellos si a veces caen en el mal, sino el poder de Cristo, por el cual tienen su eficacia esos Sacramentos, de los que ellos mismos son los dispensadores. Dice el Apóstol en I Cor 4, I: “Que los hombres nos miren como los ministros de Cristo, y como los dispensadores de los misterios de Dios”. Y este es el Sexto Sacramento, o sea, el del Orden.

150.- El Séptimo Sacramento es el Matrimonio, en el que si limpiamente viven, los hombres se salvan, y pueden vivir sin pecado mortal.

A veces los esposos incurren en pecados veniales cuando su concupiscencia no cae fuera de los bienes del matrimonio; porque si cae fuera de esos bienes, incurren en pecado mortal.

151.- Pues bien, por estos siete Sacramentos, conseguimos el perdón de los pecados. Por lo cual aquí se agrega: “Creo en la remisión de los pecados”.

152.- También por esto les ha sido dado a los Apóstoles el perdonar los pecados. Por lo cual se debe creer que los ministros de la Iglesia a los cuales les ha sido transmitida tal potestad por los Apóstoles, y a los Apóstoles por Cristo, tienen en la Iglesia la potestad de ligar y de desligar, y que en la Iglesia es plena la potestad de perdonar los pecados, pero por grados, o sea, por el Papa para los otros prelados.

153.- Pero es de saberse también que no sólo la virtud de la pasión de Cristo se nos comunica, sino también el mérito de la vida de Cristo. Y cuantos bienes hicieron todos los santos se comunican a los que viven en la caridad, porque todos son uno: Salmo CXVIII, ó3: “Yo tengo participación con todos los que te temen”. Por lo cual el que vive en la caridad es partícipe de todo el bien que se hace en el mundo entero; pero más especialmente aquellos por los que especialmente se hace algo bueno. Porque uno puede satisfacer por otro, como consta por los bienes espirituales a los que numerosas congregaciones admiten a algunos.

154.- Así pues, por esta comunión conseguimos dos cosas: la primera, que el mérito de Cristo se comunique a todos; la otra, que el bien de uno se comunique al otro. De aquí que los excomulgados, por estar fuera de la Iglesia, no participan de ninguno de los bienes que se hacen, lo cual es una pérdida mayor que la pérdida de cualquier cosa temporal. Pero hay además otro peligro: porque consta que por los dichos derechos (a participar de los bienes espirituales), se impide que el diablo nos pueda tentar. Por lo cual cuando alguien queda excluido de esos derechos el diablo más fácilmente lo vence. Por eso en la primitiva Iglesia, cuando era excomulgado, al instante el diablo lo vejaba corporalmente.

 

Artículo    11

LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE

155.- No sólo santifica el Espíritu Santo la Iglesia en cuanto a las almas, sino que por su virtud resucitarán nuestros cuerpos. Rm 4, 24: “Creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos, Jesucristo Señor Nuestro”. Y Cor 15, 21: “Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos”. Por lo cual creemos, conforme a nuestra fe, en la futura resurrección de los muertos.

156.- Cuatro cosas se pueden considerar acerca de esto.

La primera es la utilidad que proviene de la fe en la resurrección. La segunda son las cualidades de los resucitados, en cuanto a todos en general. La tercera, cuáles serán las cualidades de los buenos. La cuarta, en cuanto a los malos en especial.

157.- Acerca de lo primero debe saberse que de cuatro maneras nos son útiles la fe y la esperanza de la resurrección.

En primer lugar, para que desaparezca la tristeza que abrigamos por los muertos. Es ciertamente imposible que el hombre no se duela por la muerte de un ser querido; pero por esperar su resurrección, mucho se modera el dolor de su muerte. I Tes 4, 13: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza”.

158.- En segundo lugar, se suprime el temor a la muerte. Porque si el hombre no espera otra vida mejor después de la muerte, indudablemente debe ser muy temida la muerte, y el hombre debería hacer cualquier mal con tal de no tropezar con la muerte. Pero como creemos que hay otra vida mejor, a la cual llegaremos después de la muerte, es claro que nadie debe temer la muerte, ni por temor a la muerte hacer algún mal. Hebr 2, 14-15: “para aniquilar por la muerte al señor de la muerte, esto es, al diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud”.

159.- En tercer lugar, nos hace solícitos y atentos en hacer el bien. Pues si la vida del hombre fuese tan sólo ésta en que vivimos, no habría en los hombres gran aplicación en obrar bien, porque cualquier cosa que hiciesen sería poca cosa por no ser su anhelo por un bien limitado conforme a un tiempo determinado sino por la eternidad. Pero como creemos que, por lo que aquí hacemos, recibiremos los bienes eternos en la resurrección, tratamos de obrar bien. I .Cor 15, 19: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres”.

160.- En cuarto lugar, nos aparta del mal. En efecto, así como la esperanza del premio incita a obrar bien, así también el temor a la pena, que creemos se reserva para los malos, nos aparta del mal. Juan 5, 29: “Y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; pero los que hayan hecho el mal, para la resurrección de condenación”.

161.- Acerca de lo segundo debemos saber que en cuanto a todos habrá una cuádruple condición.

La primera es en cuanto a la identidad de los cuerpos que resucitarán. Porque el mismo cuerpo que ahora

es, con su carne y sus huesos resucitará, aunque algunos dijeron que este cuerpo que ahora se corrompe no resucitará, lo cual es contra lo que dice el Apóstol. Pues dice en I Cor 15, 53: “En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad”. Y la Sagrada Escritura dice que por el poder de Dios el mismo cuerpo resurgirá a la vida: Job 19, 26: “De nuevo seré recubierto con mi piel, y con mi carne veré a Dios”.

162.- La segunda condición será en cuanto a la cualidad, porque los cuerpos de los resucitados serán de cualidad distinta de la que ahora son: porque lo mismo en cuanto a los bienaventurados que en cuanto a los malos, los cuerpos serán incorruptibles, porque los buenos estarán siempre en la gloria, y los malos siempre en sus tormentos. I Cor 15, 53: “Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad”. Y como el cuerpo será incorruptible e inmortal, no habrá uso de alimentos ni de unión sexual. Mt 22, 30: “En la resurrección no se tomará ni mujer ni marido, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo”. Y esto es contra lo que dicen judíos y sarracenos. Job 7, 10: “No volverá más a su casa”.

163.- La tercera condición es en cuanto a la integridad, porque todos, buenos y malos, resucitarán con toda la integridad que pertenece a la perfección del hombre; así es que no habrá allí ni ciego ni cojo, ni defecto alguno. Dice el Apóstol en I Cor 15, 52: “Los muertos resucitarán incorruptibles”, esto es, sin que puedan padecer las actuales corrupciones.

164.- La cuarta condición es en cuanto a la edad, porque todos resucitarán en la edad perfecta, o sea, de treinta y tres o treinta y dos años. La razón de ello es que los que no llegaron a ella no tienen la edad perfecta, y los ancianos la pasaron ya, por lo cual a los jóvenes y a los niños se les agrega los que les falta, y a los ancianos se les restituye. Ef 4, 13: “Hasta que lleguemos todos al estado de hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo”.

165.- Acerca de lo tercero debemos saber que en cuanto a los buenos será una gloria especial, porque los santos tendrán cuerpos glorificados en los que habrá una cuádruple condición.

La primera es la claridad: Mt 13, 43: “Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”. La segunda es la impasibilidad: I Cor 15, 43: “Se siembra (el cuerpo) en la vileza, y resucitará en la gloria”; Apoc 21,4: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gemidos, ni dolor porque el primer estado habrá pasado”. La tercera es la agilidad: Sab 3,7: “Los justos resplandecerán, se propagarán como chispas en rastrojo”. La cuarta es la sutileza: I Cor 15, 44: “Se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual”: no que sea completamente espíritu, sino que estará totalmente sujeto al espíritu.

166.- Acerca de lo cuarto debemos saber que la condición de los condenados será contraria a la condición de los bienaventurados, porque en ellos habrá un castigo eterno, en el cual se dará una cuádruple mala condición. En efecto, sus cuerpos serán oscuros: Isaías 13, 8: “Son los suyos rostros calcinados”. Además, serán pasibles, aunque nunca se corromperán, porque arderán eternamente en el fuego y nunca serán consumidos: Isaías 66, 24: “Su gusano no morirá, su fuego no se apagará”. Además, serán pesados, pues sus almas estarán allí como encadenadas: Salmo 149, 8: “Para trabar con grillos a sus reyes”. Además, sus almas y sus cuerpos serán de cierta manera carnales: Joel I, 17: “Se pudrirán las bestias de carga en sus inmundicias”.

 

Artículo    12

Y EN LA VIDA ETERNA. AMEN.

167.- Conviene que como término de todos nuestros deseos, esto es, la vida eterna, se nos proponga ese final, en el Símbolo, a los creyentes, diciendo: “Y en la vida eterna. Amén”, Contra lo cual están los que asientan que el alma muere con el cuerpo. Si esto fuese verdadero, el hombre sería de la misma condición de los brutos. Les conviene a aquéllos lo del Salmo 48, 21: “El hombre, mientras está en honor, no comprende; se le compara con las bestias irracionales, y semejante es a ellas”. En efecto el alma humana se asemeja a Dios por la inmortalidad; pero por parte de la sensualidad se asemeja a las bestias. Por lo tanto el que crea que el alma muere con el cuerpo, se aparta de la semejanza con Dios y se equipara a las bestias. Contra lo cual dice la Sabiduría 2, 22-23: “No esperan recompensa para la justicia, ni creen en el premio de las almas santas. Porque Dios creó al hombre inmortal, y le hizo a imagen de su misma naturaleza”.

168.- Lo primero que se debe considerar en este artículo es qué clase de vida sea la vida eterna. Acerca de esto debemos saber: a) que en la vida eterna lo primero es que el hombre se une a Dios. Porque Dios es el premio y el fin de todos nuestros trabajos: Gen 15, I: “Yo soy tu protector, y tu premio será muy grande”.

Pues bien, esa unión consiste en la visión perfecta: I Cor 13, 12: “Ahora vemos como en un espejo, y en enigma; pero entonces veremos a Dios cara a cara”.

También consiste en la suma alabanza. Dice San Agustín en La Ciudad de Dios, cap. 22: “Veremos, amaremos y alabaremos”. E Isaías 51,3: “Regocijo y alegría se encontrarán en ella, acción de gracias y voces de alabanza”.

169.- Consiste también en la perfecta satisfacción del deseo. En efecto, allí poseerá cada bienaventurado más de lo deseado y esperado.

Y la razón de ello es que en esta vida nadie puede satisfacer su deseo, ni jamás nada creado sacia el anhelo del hombre. Porque sólo Dios lo sacia y lo excede de manera infinita, por lo cual el hombre no descansa sino en Dios, como dice San Agustín en sus Confesiones (libro I): “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti”. Y como los santos poseerán en la patria a Dios perfectamente, es claro que será saciado el deseo de ellos, y aun su gloria lo excederá. Por lo cual dice el Señor en San Mateo 25, 21: “Entra en el gozo de tu Señor”. Y San Agustín: “Todo el gozo no cabrá en los gozosos, pero todos los gozosos entrarán en el gozo”. Salmo 16, 15: “Me saciaré cuando aparezca vuestra gloria”. Y también el Salmo 102, 5: “El que harta de bienes tu deseo”.

170.- Cuanto es deleitable se halla allí superabundantemente. En efecto, si se antojan gozos, allí habrá el sumo y perfectísimo gozo, porque será del sumo bien, esto es, de Dios: Job 22, 26: “Pondrás entonces totalmente en el Omnipotente tus delicias”. Salmo 15, II: “A tu derecha delicias para siempre”.

Además, si se apetecen los honores, allí los habrá todos. Los hombres desean principalmente ser reyes, los seglares, y obispos, los clérigos. Y una y otra cosa serán allí: Apoc 5, 10: “Has hecho de nosotros reyes y sacerdotes para nuestro Dios”. Y Sab 5, 5: “He aquí que son contados entre los hijos de Dios”.

Además, si se apetece ciencia, allí la habrá perfectísima, porque todas las naturalezas de las cosas y toda verdad, y cuanto queramos conoceremos, y cuanto queramos poseer lo poseeremos allí con esa vida eterna. Sab 7, II: “Con ella me vinieron a la vez todos los bienes”. Prov 10, 24: “Al justo se le dará lo que desee”.

171.- c) En tercer lugar (la vida eterna) consiste en una seguridad perfecta. En efecto, en este mundo no hay seguridad perfecta, porque cuanto más posee alguien y más sobresale, más cosas teme y de más cosas carece; pero en la vida eterna no hay ni tristeza, ni trabajo, ni temor. Prov I, 33: “Gozará de la abundancia, sin temer mal alguno”.

172.- d) En cuarto lugar, consiste en la gozosa sociedad de todos los bienaventurados, sociedad que será sumamente deleitable, porque cada quien tendrá todos los bienes con todos los bienaventurados. Porque amara a cada uno como a sí mismo, por lo cual gozará por el bien del otro como de su propio bien. Lo cual hace que aumente tanto la alegría y el gozo de cada uno cuanto es el gozo de todos. Salmo 86, 7: “Es un gran gozo para todos el habitar en ti”.

173.- Todo lo que se ha dicho y otras muchas cosas inefables poseerán los santos en la patria. En cambio los malos, que estarán en la muerte eterna, no tendrán menos dolor y daño que los buenos gozo y gloria.

174.- En efecto, aumenta la pena de ellos, en primer lugar por la separación de Dios y de todos los buenos. Y esta pena es la de daño, que corresponde a su aversión (a Dios), y tal pena es mayor que la pena del sentido. Mt 25, 30: “A ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores”. En efecto, en esta vida los malos viven en tinieblas interiores, las del pecado; pero para entonces estarán también en tinieblas exteriores.

En segundo lugar, por el remordimiento de la conciencia. Salmo 49, 21: “Te reprenderé y te pondré ante tu rostro”. Sab 5, 3: “gimiendo con la angustia en el alma”. Y sin embargo, esos sufrimientos y gemidos serán inútiles, porque no serán por odio al mal sino por el dolor del castigo.

En tercer lugar, por la inmensidad del castigo sensible, esto es, del fuego del infierno, que torturará alma y cuerpo, el más terrible de los castigos, como dicen los santos; y estarán como si siempre murieran, y nunca muertos ni podrán morir, por lo cual se llama muerte eterna, porque como el que muere se halla en la amargura del sufrimiento, así también los que estén en el infierno. Salmo 48, 15: “Como ovejas son colocados en el infierno: la muerte los devora”.

En cuarto lugar, por no tener esperanzas de salvación. En efecto, si se les diera esperanza de la liberación de sus penas, se mitigaría su castigo; pero como se les priva de toda esperanza, su castigo se vuelve gravísimo. Isaías 66, 24: “Su gusano no morirá, su fuego no se apagará”.

175.- De esta manera es clara la diferencia entre bien y mal obrar, porque las buenas obras conducen a la vida, y en cambio las malas arrastran a la muerte. Por lo cual los hombres deberían hacer volver estas cosas a la memoria con frecuencia, porque así serán excitados al bien y se apartarán del mal. Por lo cual expresamente se dice al final de todo: “En la vida eterna”, para que siempre se grabe mejor en nuestra memoria. Que a esa vida nos conduzca Nuestro Señor Jesucristo, Dios bendito por los siglos de los siglos. Amén.

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El mensaje de Fátima*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 16, 2013

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

PRESENTACIÓN 

En el tránsito del segundo al tercer milenio, Juan Pablo II ha decidido hacer público el texto de la tercera parte del « secreto de Fátima ».

Tras los dramáticos y crueles acontecimientos del siglo XX, uno de los más cruciales en la historia del hombre, culminado con el cruento atentado al « dulce Cristo en la Tierra », se abre así un velo sobre una realidad, que hace historia y la interpreta en profundidad, según una dimensión espiritual a la que la mentalidad actual, frecuentemente impregnada de racionalismo, es refractaria.

Apariciones y signos sobrenaturales salpican la historia, entran en el vivo de los acontecimientos humanos y acompañan el camino del mundo, sorprendiendo a creyentes y no creyentes. Estas manifestaciones, que no pueden contradecir el contenido de la fe, deben confluir hacia el objeto central del anuncio de Cristo: el amor del Padre que suscita en los hombres la conversión y da la gracia para abandonarse a Él con devoción filial. Éste es también el mensaje de Fátima que, con un angustioso llamamiento a la conversión y a la penitencia, impulsa en realidad hacia el corazón del Evangelio.

Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas. La primera y la segunda parte del « secreto » —que se publican por este orden por integridad de la documentación— se refieren sobre todo a la aterradora visión del infierno, la devoción al Corazón Inmaculado de María, la segunda guerra mundial y la previsión de los daños ingentes que Rusia, en su defección de la fe cristiana y en la adhesión al totalitarismo comunista, provocaría a la humanidad.

Nadie en 1917 podía haber imaginado todo esto: los tres pastorinhos de Fátima ven, escuchan, memorizan, y Lucía, la testigo que ha sobrevivido, lo pone por escrito en el momento en que recibe la orden del Obispo de Leiria y el permiso de Nuestra Señora.

Por lo que se refiere la descripción de las dos primeras partes del « secreto », por lo demás ya publicado y por tanto conocido, se ha elegido el texto escrito por Sor Lucía en la tercera memoria del 31 de agosto de 1941; después añade alguna anotación en la cuarta memoria del 8 de diciembre de 1941.

La tercera parte del « secreto » fue escrita « por orden de Su Excelencia el Obispo de Leiria y de la Santísima Madre…. » el 3 de enero de 1944.

Existe un único manuscrito, que se aquí se reproduce en facsímile. El sobre lacrado estuvo guardado primero por el Obispo de Leiria. Para tutelar mejor el « secreto », el 4 de abril de 1957 el sobre fue entregado al Archivo Secreto del Santo Oficio. Sor Lucía fue informada de ello por el Obispo de Leiria.

Según los apuntes del Archivo, el 17 de agosto de 1959, el Comisario del Santo Oficio, Padre Pierre Paul Philippe, O.P., de acuerdo con el Emmo. Card. Alfredo Ottaviani, llevó el sobre que contenía la tercera parte del « secreto de Fátima » a Juan XXIII. Su Santidad, « después de algunos titubeos », dijo: « Esperemos. Rezaré. Le haré saber lo que decida ».1

En realidad, el Papa Juan XXIII decidió devolver el sobre lacrado al Santo Oficio y no revelar la tercera parte del « secreto ».

Pablo VI leyó el contenido con el Sustituto, S. E. Mons. Angelo Dell’Acqua, el 27 de marzo de 1965 y devolvió el sobre al Archivo del Santo Oficio, con la decisión de no publicar el texto.

Juan Pablo II, por su parte, pidió el sobre con la tercera parte del « secreto » después del atentado del 13 de mayo de 1981.S. E. Card.Franjo Seper, Prefecto de la Congregación, entregó el 18 de julio de 1981 a S. E. Mons. Martínez Somalo, Sustituto de la Secretaría de Estado, dos sobres: uno blanco, con el texto original de Sor Lucía en portugués, y otro de color naranja con la traducción del « secreto » en italiano. El 11 de agosto siguiente, Mons. Martínez devolvió los dos sobres al Archivo del Santo Oficio.2

Como es sabido, el Papa Juan Pablo II pensó inmediatamente en la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María y compuso él mismo una oración para lo que definió « Acto de consagración », que se celebraría en la Basílica de Santa María la Mayor el 7 de junio de 1981, solemnidad de Pentecostés, día elegido para recordar el 1600° aniversario del primer Concilio Constantinopolitano y el 1550° aniversario del Concilio de Éfeso. Estando ausente el Papa por fuerza mayor, se transmitió su alocución grabada. Citamos el texto que se refiere exactamente al acto de consagración:

« Madre de los hombres y de los pueblos,Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón y abraza con el amor de la Madre y de la Esclava del Señor a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana a la que, con todo afecto a ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza ».3

Pero el Santo Padre, para responder más plenamente a las peticiones de « Nuestra Señora », quiso explicitar durante el Año Santo de la Redención el acto de consagración del 7 de junio de 1981, repetido en Fátima el 13 de mayo de 1982. Al recordar el fiat pronunciado por María en el momento de la Anunciación, en la plaza de San Pedro el 25 de marzo de 1984, en unión espiritual con todos los Obispos del mundo, precedentemente « convocados », el Papa consagra a todos los hombres y pueblos al Corazón Inmaculado de María, en un tono que evoca las angustiadas palabras pronunciadas en 1981.

« Y por eso, oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces todos sus sufrimientos y esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que invaden el mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo, elevamos directamente a tu corazón: abraza con amor de Madre y de Sierva del Señor a este mundo humano nuestro, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos.

De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones, que tienen necesidad particular de esta entrega y de esta consagración.

¡“Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios”!

¡No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades! ».

Acto seguido, el Papa continúa con mayor fuerza y con referencias más concretas, comentando casi el triste cumplimiento del Mensaje de Fátima:

« He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo: “Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19). Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación.

El poder de esta consagracióndura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo.

¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.

Lo manifiesta el presente Año de la Redención, el Jubileo extraordinario de toda la Iglesia.

En este Año Santo, bendita seas por encima de todas las creaturas, tú, Sierva del Señor, que de la manera más plena obedeciste a la llamada divina.

Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo.

Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Ilumina especialmente a los pueblos de los que tú esperas nuestra consagración y nuestro ofrecimiento. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo actual.

Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón maternal.

¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.

¡Del hambre y de la guerra, líbranos!

¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!

¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!

¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!

¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!

¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!

¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!

¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!

¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!

Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades enteras.

Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del hombre y el « pecado del mundo », el pecado en todas sus manifestaciones.

Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: poder del Amor misericordioso. Que éste detenga el mal.Que transforme las conciencias.Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos la luz de la Esperanza».4

Sor Lucía confirmó personalmente que este acto solemne y universal de consagración correspondía a los deseos de Nuestra Señora (« Sim, està feita, tal como Nossa Senhora a pediu, desde o dia 25 de Março de 1984 »: « Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido »: carta del 8 de noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión, así como cualquier otra petición ulterior, carecen de fundamento.

En la documentación que se ofrece, a los manuscritos de Sor Lucía se añaden otros cuatro textos: 1) la carta del Santo Padre a Sor Lucía, del 19 de abril del 2000; 2) una descripción del coloquio tenido con Sor Lucía el 27 de abril del 2000; 3) la comunicación leída por encargo del Santo Padre en Fátima el 13 de mayo actual por el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado; 4) el comentario teológico de Su Eminencia el Card. Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Una indicación para la interpretación de la tercera parte del « secreto » la había ya insinuado Sor Lucía en una carta al Santo Padre del 12 de mayo de 1982. En ella se dice:

« La tercera parte del secreto se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Si no [Rusia] diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre sufrirá mucho, varias naciones serán destruidas” (13-VII-1917).

La tercera parte es una revelación simbólica, que se refiere a esta parte del Mensaje, condicionado al hecho de que aceptemos o no lo que el mismo Mensaje pide: “si aceptaren mis peticiones, la Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, diseminará sus errores por el mundo, etc.”.

Desde el momento en que no hemos tenido en cuenta este llamamiento del Mensaje, constatamos que se ha cumplido, Rusia ha invadido el mundo con sus errores. Y, aunque no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía, vemos que nos encaminamos poco a poco hacia ella a grandes pasos. Si no renunciamos al camino del pecado, del odio, de la venganza, de la injusticia violando los derechos de la persona humana, de inmoralidad y de violencia, etc.

Y no digamos que de este modo es Dios que nos castiga; al contrario, son los hombres que por sí mismos se preparan el castigo. Dios nos advierte con premura y nos llama al buen camino, respetando la libertad que nos ha dado; por eso los hombres son responsables ».5

La decisión del Santo Padre Juan Pablo II de hacer pública la tercera parte del « secreto » de Fátima cierra una página de historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad, pero impregnada del amor misericordioso de Dios y de la atenta premura de la Madre de Jesús y de la Iglesia.

La acción de Dios, Señor de la Historia, y la corresponsabilidad del hombre en su dramática y fecunda libertad, son los dos goznes sobre los que se construye la historia de la humanidad.

La Virgen que se apareció en Fátima nos llama la atención sobre estos dos valores olvidados, sobre este porvenir del hombre en Dios, del que somos parte activa y responsable.

 

Tarcisio Bertone, SDB
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario de la Congregación
para la Doctrina de la Fe

EL « SECRETO » DE FATIMA

PRIMERA Y SEGUNDA PARTE DEL « SECRETO »

EN LA REDACCIÓN HECHA POR SOR LUCÍA
EN LA « TERCERA MEMORIA » DEL 31 DE AGOSTO DE 1941
DESTINADA AL OBISPO DE LEIRIA-FÁTIMA

(Traducción) 6

Tendré que hablar algo del secreto, y responder al primer punto interrogativo.

¿Qué es el secreto? Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo licencia del Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han autorizado a ello varias veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia. Rvma. conserva una de ellas, del R. P. José Bernardo Gonçalves, aquella en que me manda escribir al Santo Padre. Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Sí, ya dije algo; pero, para no alargar más ese escrito que debía ser breve, me limité a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más favorable.

Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el 13 de junio al 13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición todo se desvaneció.

Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales voy a revelar dos.

La primera fue, pues, la visión del infierno.

Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.

Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo! (en la primera aparición). De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de susto y pavor.

Inmediatamente levantamos los ojos hacia Nuestra Señora que nos dijo con bondad y tristeza:

— Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra pronto terminará. Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz.7

 

TERCERA PARTE DEL « SECRETO »

(Traducción)8

« J.M.J.

Tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima.

Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.

Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: « algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre ». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.

Tuy-3-1-1944 ».

INTERPRETACIÓN DEL « SECRETO »

 

CARTA DE JUAN PABLO II

A SOR LUCÍA

(Traducción)

 Reverenda Sor
María Lucía
Convento de Coimbra

En el júbilo de las fiestas pascuales, le presento el augurio de Cristo Resucitado a sus discípulos: « ¡la paz esté contigo! »

Tendré el gusto de poder encontrarme con Usted en el tan esperado día de la beatificación de Francisco y Jacinta que, si Dios quiere, beatificaré el próximo 13 de mayo.

Sin embargo, teniendo en cuenta que ese día no habrá tiempo para un coloquio, sino sólo para un breve saludo, he encargado ex profeso a Su Excelencia Monseñor Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que vaya a hablar con Usted. Se trata de la Congregación que colabora más estrechamente con el Papa para la defensa de la fe católica y que ha conservado desde 1957, como Usted sabe, su carta manuscrita que contiene la tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria, Fátima.

Monseñor Bertone, acompañado del Obispo de Leiria, su Excelencia Monseñor Serafim de Sousa Ferreira e Silva, va en mi nombre para hacerle algunas preguntas sobre la interpretación de la « tercera parte del secreto ».

Reverenda Sor Lucía, puede hablar abierta y sinceramente a Monseñor Bertone, que me referirá sus respuestas directamente a mí.

Ruego ardientemente a la Madre del Resucitado por Usted, por la Comunidad de Coimbra y por toda la Iglesia.

María, Madre de la humanidad peregrina, nos mantenga siempre estrechamente unidos a Jesús, su amado Hijo y Hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria.

Con una especial Bendición Apostólica.

JUAN PABLO II

Vaticano, 19 de abril de 2000.

 

 

COLOQUIO
CON SOR MARÍA LUCÍA DE JESÚS
Y DEL INMACULADO CORAZÓN

 

La cita de Sor Lucía con Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encargado por el Santo Padre, y de Su Excia. Mons. Serafim de Sousa Ferreira e Silva, Obispo de Leiria-Fátima, tuvo lugar el pasado jueves 27 de abril en el Carmelo de Santa Teresa de Coimbra.

Sor Lucía estaba lúcida y serena; estaba muy contenta del viaje del Papa a Fátima para la beatificación, que ella tanto esperaba, de Francisco y Jacinta.

El Obispo de Leiria-Fátima leyó la carta autógrafa del Santo Padre que explicaba los motivos de la visita. Sor Lucía se sintió honrada y la releyó personalmente, teniéndola en sus propias manos. Dijo estar dispuesta a responder francamente a todas las preguntas.

Llegados a este punto, Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone le presentó dos sobres, uno externo y otro dentro con la carta que contenía la tercera parte del « secreto » de Fátima, y ella dijo inmediatamente, tocándola con los dedos: « es mi carta »; y después, leyéndola: « es mi letra ».

Con la ayuda del Obispo de Leiria-Fátima, se leyó e interpretó el texto original, que está en portugués. Sor Lucía estuvo de acuerdo en la interpretación según la cual la tercera parte del secreto consiste en una visión profética comparable a las de la historia sagrada. Reiteró su convicción de que la visión de Fátima se refiere sobre todo a la lucha del comunismo ateo contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de las víctimas de la fe en el siglo XX.

A la pregunta: « El personaje principal de la visión, ¿es el Papa? », Sor Lucía respondió de inmediato que sí y recuerda que los tres pastorcitos estaban muy apenados por el sufrimiento del Papa y Jacinta repetía: « Coitandinho do Santo Padre, tenho muita pena dos peccadores! » (« ¡Pobrecito el Santo Padre, me da mucha pena de los pecadores! »). Sor Lucía continúa: « Nosotros no sabíamos el nombre del Papa, la Señora no nos ha dicho el nombre del Papa, no sabíamos si era Benedicto XV o Pío XII o Pablo VI o Juan Pablo II, pero era el Papa que sufría y nos hacía sufrir también a nosotros ».

Por lo que se refiere al pasaje sobre el obispo vestido de blanco, esto es, el Santo Padre —como se dieron cuenta inmediatamente los pastorcitos durante la “visión”—, que es herido de muerte y cae por tierra, Sor Lucía está completamente de acuerdo con la afirmación del Papa: « una mano materna guió la trayectoria de la bala, y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, 13 de mayo de 1994).

Puesto que Sor Lucía, antes de entregar al entonces Obispo de Leiria-Fátima el sobre lacrado que contenía la tercera parte del « secreto », había escrito en el sobre exterior que sólo podía ser abierto después de 1960, por el Patriarca de Lisboa o por el Obispo de Leiria, Su Excia. Mons. Bertone le preguntó: « ¿por qué la fecha tope de 1960? ¿Ha sido la Virgen quien ha indicado esa fecha? Sor Lucía respondió: « no ha sido la Señora, sino yo la que ha puesto la fecha de 1960, porque según mi intuición, antes de 1960 no se hubiera entendido, se habría comprendido sólo después. Ahora se puede entender mejor. Yo he escrito lo que he visto, no me corresponde a mí la interpretación, sino al Papa ».

Finalmente, se mencionó el manuscrito no publicado que Sor Lucía ha preparado como respuesta a tantas cartas de devotos de la Virgen y de peregrinos. La obra lleva el título « Os apelos da Mensagen da Fatima » y recoge pensamientos y reflexiones que expresan sus sentimientos y su límpida y simple espiritualidad, en clave catequética y parenética. Se le preguntó si le gustaría que la publicaran, y ha respondido: « Si el Santo Padre está de acuerdo, me encantaría, si no, obedezco a lo que decida el Santo Padre ». Sor Lucía desea someter el texto a la aprobación de la Autoridad eclesiástica, y tiene la esperanza de poder contribuir con su escrito a guiar a los hombres y mujeres de buena voluntad por el camino que conduce a Dios, última meta de toda esperanza humana.

El coloquio se concluyó con un intercambio de rosarios: a Sor Lucía se le dio el que le había regalado el Santo Padre y ella, a su vez, entrega algunos rosarios confeccionados por ella personalmente.

La bendición impartida en nombre del Santo Padre concluyó el encuentro.

 

COMUNICADO DE SU EMINENCIA EL CARD. ANGELO SODANO
SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD

 

Al final de la solemne Concelebración Eucarística presidida por Juan Pablo II en Fátima, el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, ha pronunciado en portugués las palabras que aquí reproducimos en traducción española.

 

Hermanos y hermanas en el Señor:

Al concluir esta solemne celebración, siento el deber de presentar a nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II la felicitación más cordial, en nombre de todos los presentes, por su próximo 80° cumpleaños, agradeciéndole su valioso ministerio pastoral en favor de toda la Santa Iglesia de Dios.

En la solemne circunstancia de su venida a Fátima, el Sumo Pontífice me ha encargado daros un anuncio. Como es sabido, el objetivo de su venida a Fátima ha sido la beatificación de los dos “pastorinhos”. Sin embargo, quiere atribuir también a esta peregrinación suya el valor de un renovado gesto de gratitud hacia la Virgen por la protección que le ha dispensado durante estos años de pontificado. Es una protección que parece que guarde relación también con la llamada “tercera parte” del secreto de Fátima.

Este texto es una visión profética comparable a la de la Sagrada Escritura, que no describe con sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetiza y condensa sobre un mismo fondo hechos que se prolongan en el tiempo en una sucesión y con una duración no precisadas. Por tanto, la clave del lectura del texto ha de ser de carácter simbólico.

La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un interminable Via Crucis dirigido por los Papas del Siglo XX.

Según la interpretación de los pastorinhos, interpretación confirmada recientemente por Sor Lucia, el « Obispo vestido de blanco » que ora por todos los fieles es el Papa. También él, caminando con fatiga hacia la Cruz entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego.

Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había sido « una mano materna quien guió la trayectoria de la bala », permitiendo al « Papa agonizante » que se detuviera « en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, en: Insegnamenti, vol. XVII1, 1994, p. 1061). Con ocasión de una visita a Roma del entonces Obispo de Leiria-Fátima, el Papa decidió entregarle la bala, que quedó en el jeep después del atentado, para que se custodiase en el Santuario. Por iniciativa del Obispo, la misma fue después engarzada en la corona de la imagen de la Virgen de Fátima.

Los sucesivos acontecimiento del año 1989 han llevado, tanto en la Unión Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen comunista que propugnaba el ateísmo. También por esto el Sumo Pontífice le está agradecido a la Virgen desde lo profundo del corazón. Sin embargo, en otras partes del mundo los ataques contra la Iglesia y los cristianos, con la carga de sufrimiento que conllevan, desgraciadamente no han cesado. Aunque las vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una estimulante actualidad. « La Señora del mensaje parecía leer con una perspicacia especial los signos de los tiempos, los signos de nuestro tiempo … La invitación insistente de María santísima a la penitencia es la manifestación de su solicitud materna por el destino de la familia humana, necesitada de conversión y perdón » (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 1997, n. 1, en: Insegnamenti, vol. XIX2, 1996, p. 561).

Para permitir que los fieles reciban mejor el mensaje de la Virgen de Fátima, el Papa ha confiado a la Congregación para la Doctrina de la Fe la tarea de hacer pública la tercera parte del « secreto », después de haber preparado un oportuno comentario.

Hermanos y hermanas, agradecemos a la Virgen de Fátima su protección. A su materna intercesión confiamos la Iglesia del Tercer Milenio.

Sub tuum praesidium confugimus, Santa Dei Genetrix! Intercede pro Ecclesia. Intercede pro Papa nostro Ioanne Paulo II. Amen.

Fátima, 13 de mayo de 2000.

 

COMENTARIO TEOLÓGICO

 

Quien lee con atención el texto del llamado tercer “secreto” de Fátima, que tras largo tiempo, por voluntad del Santo Padre, viene publicado aquí en su integridad, tal vez quedará desilusionado o asombrado después de todas las especulaciones que se han hecho. No se revela ningún gran misterio; no se ha corrido el velo del futuro. Vemos a la Iglesia de los mártires del siglo apenas transcurrido representada mediante una escena descrita con un lenguaje simbólico difícil de descifrar. ¿Es esto lo que quería comunicar la Madre del Señor a la cristiandad, a la humanidad en un tiempo de grandes problemas y angustias? ¿Nos es de ayuda al inicio del nuevo milenio? O más bien ¿son solamente proyecciones del mundo interior de unos niños crecidos en un ambiente de profunda piedad, pero que a la vez estaban turbados por las tragedias que amenazaban su tiempo? ¿Cómo debemos entender la visión, qué hay que pensar de la misma?

Revelación pública y revelaciones privadas — su lugar teológico

Antes de iniciar un intento de interpretación, cuyas líneas esenciales se pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal Sodano pronunció el 13 de mayo de este año al final de la celebración eucarística presidida por el Santo Padre en Fátima, es necesario hacer algunas aclaraciones de fondo sobre el modo en que, según la doctrina de la Iglesia, deben ser comprendidos dentro de la vida de fe fenómenos como el de Fátima. La doctrina de la Iglesia distingue entre la « revelación pública » y las « revelaciones privadas ». Entre estas dos realidades hay una diferencia, no sólo de grado, sino de esencia. El término « revelación pública » designa la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama « revelación » porque en ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para atraer a sí y para reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo encarnado, Jesucristo. No se trata, pues, de comunicaciones intelectuales, sino de un proceso vital, en el cual Dios se acerca al hombre; naturalmente en este proceso se manifiestan también contenidos que tienen que ver con la inteligencia y con la comprensión del misterio de Dios. El proceso atañe al hombre total y, por tanto, también a la razón, aunque no sólo a ella. Puesto que Dios es uno solo, también es única la historia que él comparte con la humanidad; vale para todos los tiempos y encuentra su cumplimiento con la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es decir, se ha manifestado así mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la realización del misterio de Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo Testamento. El Catecismo de la Iglesia Católica, para explicar este carácter definitivo y completo de la revelación, cita un texto de San Juan de la Cruz: « Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra…; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer cosa otra alguna o novedad » (n. 65, Subida al Monte Carmelo, 2, 22).

El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los pueblos se haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él recogido en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con el acontecimiento único de la historia sagrada y de la palabra de la Biblia, que garantiza e interpreta este acontecimiento, pero no significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar al pasado y esté así condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto: « Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos » (n. 66). Estos dos aspectos, el vínculo con el carácter único del acontecimiento y el progreso en su comprensión, están muy bien ilustrados en los discursos de despedida del Señor, cuando antes de partir les dice a los discípulos: « Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta… Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros » (Jn 16, 12-14). Por una parte el Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que permitiera acogerlo; es ésta la amplitud y la profundidad nunca alcanzada de la fe cristiana. Por otra parte, este guiar es un « tomar » del tesoro de Jesucristo mismo, cuya profundidad inagotable se manifiesta en esta conducción por parte del Espíritu. A este respecto el Catecismo cita una palabra densa del Papa Gregorio Magno: « la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura » (Catecismo de la Iglesia Católica, 94; Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el « crecimiento de la Palabra »: éste se lleva a cabo a través de la meditación y del estudio por parte de los fieles, por medio del conocimiento profundo, que deriva de la experiencia espiritual y por medio de la predicación de « los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad » (Dei Verbum, 8).

En este contexto es posible entender correctamente el concepto de « revelación privada », que se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento; es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de Fátima. Escuchemos aún a este respecto antes de nada el Catecismo de la Iglesia Católica: « A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia… Su función no es la de… “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia » (n. 67). Se deben aclarar dos cosas:

1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la seguridad de que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza que no puede darse en ninguna otra forma humana de conocimiento. Es la certeza sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío al morir.

2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única revelación pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo para las beatificaciones y canonizaciones: « No se debe un asentimiento de fe católica a revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera posible. Estas revelaciones exigen más bien un asentimiento de fe humana, según las reglas de la prudencia, que nos las presenta como probables y piadosamente creíbles ». El teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle en forma prudente su adhesión (E. Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio di una discussione, en: La Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406, en particular 397). Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por eso no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma.

El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es, pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él, cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro y mejor designio de salvación, más importante que el Evangelio, entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el interior del Evangelio y no fuera del mismo. Esto no excluye que dicha revelación privada acentúe nuevos aspectos, suscite nuevas formas de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso, en todo esto debe tratarse de un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad, que son el camino permanente de salvación para todos. Podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en la relación entre liturgia y piedad popular se refleja la relación entre Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, la forma vital de la Iglesia en su conjunto, alimentada directamente por el Evangelio. La religiosidad popular significa que la fe está arraigada en el corazón de todos los pueblos, de modo que se introduce en la esfera de lo cotidiano. La religiosidad popular es la primera y fundamental forma de « inculturación » de la fe, que debe dejarse orientar y guiar continuamente por las indicaciones de la liturgia, pero que a su vez fecunda la fe a partir del corazón.

Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran necesarias antes de nada, a la determinación positiva de las revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo correcto a partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál es su categoría teológica? La carta más antigua de San Pablo que nos ha sido conservada, tal vez el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece una indicación. El Apóstol dice en ella: « No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno » (5, 19-21). En todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el presente. La importancia de la predicción del futuro en este caso es secundaria. Lo esencial es la actualización de la única revelación, que me afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el carisma de la profecía con la categoría de los « signos de los tiempos », que ha sido subrayada por el Vaticano II: « …sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? » (Lc 12, 56). En esta parábola de Jesús por « signos de los tiempos » debe entenderse su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia —y por tanto también en Fátima— se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos.

La estructura antropológica de las revelaciones privadas

Una vez que con las precedentes reflexiones hemos tratado de determinar el lugar teológico de las revelaciones privadas, antes de ocuparnos de una interpretación del mensaje de Fátima, debemos aún intentar aclarar brevemente un poco su carácter antropológico (psicológico). La antropología teológica distingue en este ámbito tres formas de percepción o « visión »: la visión con los sentidos, es decir la percepción externa corpórea, la percepción interior y la visión espiritual (visio sensibilis – imaginativa – intellectualis). Está claro que en las visiones de Lourdes, Fátima, etc. no se trata de la normal percepción externa de los sentidos: las imágenes y las figuras, que se ven, no se hallan exteriormente en el espacio, como se encuentran un árbol o una casa. Esto es absolutamente evidente, por ejemplo, por lo que se refiere a la visión del infierno (descrita en la primera parte del « secreto » de Fátima) o también la visión descrita en la tercera parte del « secreto », pero puede demostrarse con mucha facilidad también en las otras visiones, sobre todo porque no todos los presentes las veían, sino de hecho sólo los « videntes ». Del mismo modo es obvio que no se trata de una « visión » intelectual, sin imágenes, como se da en otros grados de la mística. Aquí se trata de la categoría intermedia, la percepción interior, que ciertamente tiene en el vidente la fuerza de una presencia que, para él, equivale a la manifestación externa sensible.

Ver interiormente no significa que se trate de fantasía, como si fuera sólo una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien significa que el alma viene acariciada por algo real, aunque suprasensible, y es capaz de ver lo no sensible, lo no visible por los sentidos, una especie de visión con los « sentidos internos ». Se trata de verdaderos « objetos », que tocan el alma, aunque no pertenezcan a nuestro habitual mundo sensible. Para esto se exige una vigilancia interior del corazón que generalmente no se tiene a causa de la fuerte presión de las realidades externas y de las imágenes y pensamientos que llenan el alma. La persona es transportada más allá de la pura exterioridad y otras dimensiones más profundas de la realidad la tocan, se le hacen visibles. Tal vez por eso se puede comprender por qué los niños son los destinatarios preferidos de tales apariciones: el alma está aún poco alterada y su capacidad interior de percepción está aún poco deteriorada. « De la boca de los niños y de los lactantes has recibido la alabanza », responde Jesús con una frase del Salmo 8 (v.3) a la crítica de los Sumos Sacerdotes y de los ancianos, que encuentran inoportuno el grito de « hosanna » de los niños (Mt 21, 16).

La « visión interior » no es una fantasía, sino una propia y verdadera manera de verificar, como hemos dicho. Pero conlleva también limitaciones. Ya en la visión exterior está siempre involucrado el factor subjetivo; no vemos el objeto puro, sino que llega a nosotros a través del filtro de nuestros sentidos, que deben llevar a cabo un proceso de traducción. Esto es aún más evidente en la visión interior, sobre todo cuando se trata de realidades que sobrepasan en sí mismas nuestro horizonte. El sujeto, el vidente, está involucrado de un modo aún más íntimo. Él ve con sus concretas posibilidades, con las modalidades de representación y de conocimiento que le son accesibles. En la visión interior se trata, de manera más amplia que en la exterior, de un proceso de traducción, de modo que el sujeto es esencialmente copartícipe en la formación como imagen de lo que aparece. La imagen puede llegar solamente según sus medidas y sus posibilidades. Tales visiones nunca son simples « fotografías » del más allá, sino que llevan en sí también las posibilidades y los límites del sujeto perceptor.

Esto se puede comprender en todas las grandes visiones de los santos; naturalmente, vale también para las visiones de los niños de Fátima. Las imágenes que ellos describen no son en absoluto simples expresiones de su fantasía, sino fruto de una real percepción de origen superior e interior, pero no son imaginaciones como si por un momento se quitara el velo del más allá y el cielo apareciese en su esencia pura, tal como nosotros esperamos verlo un día en la definitiva unión con Dios. Más bien las imágenes son, por decirlo así, una síntesis del impulso proveniente de lo Alto y de las posibilidades de que dispone para ello el sujeto que percibe, esto es, los niños. Por este motivo, el lenguaje imaginativo de estas visiones es un lenguaje simbólico. El Cardenal Sodano dice al respecto: « … no se describen en sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una sucesión y con una duración no precisadas ». Esta concentración de tiempos y espacios en una única imagen es típica de tales visiones que, por lo demás, pueden ser descifradas sólo a posteriori. A este respecto, no todo elemento visivo debe tener un concreto sentido histórico. Lo que cuenta es la visión como conjunto, y a partir del conjunto de imágenes deben ser comprendidos los aspectos particulares. Lo que es central en una imagen se desvela en último término a partir del centro de la « profecía » cristiana en absoluto: el centro está allí donde la visión se convierte en llamada y guía hacia la voluntad de Dios.

Un intento de interpretación del secreto de Fátima

La primera y segunda parte del secreto de Fátima han sido ya discutidas tan ampliamente por la literatura especializada que ya no hay que ilustrarlas más. Quisiera sólo llamar la atención brevemente sobre el punto más significativo. Los niños han experimentado durante un instante terrible una visión del infierno. Han visto la caída de las « almas de los pobres pecadores ». Y se les dice por qué se les ha hecho pasar por ese momento: para « salvarlas », para mostrar un camino de salvación. Viene así a la mente la frase de la Primera Carta de Pedro: « meta de vuestra fe es la salvación de las almas » (1,9). Para este objetivo se indica como camino -de un modo sorprendente para personas provenientes del ámbito cultural anglosajón y alemán- la devoción al Corazón Inmaculado de María. Para entender esto puede ser suficiente aquí una breve indicación. « Corazón » significa en el lenguaje de la Biblia el centro de la existencia humana, la confluencia de razón, voluntad, temperamento y sensibilidad, en la cual la persona encuentra su unidad y su orientación interior. El «corazón inmaculado » es, según Mt 5,8, un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y, por lo tanto, « ve a Dios ». La « devoción » al Corazón Inmaculado de María es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el « fiat » —hágase tu voluntad— se convierte en el centro animador de toda la existencia. Si alguno objetara que no debemos interponer un ser humano entre nosotros y Cristo, se le debería recordar que Pablo no tiene reparo en decir a sus comunidades: imitadme (1 Co 4, 16; Flp 3,17; 1 Ts 1,6; 2 Ts 3,7.9). En el Apóstol pueden constatar concretamente lo que significa seguir a Cristo. ¿De quién podremos nosotros aprender mejor en cualquier tiempo si no de la Madre del Señor?

Llegamos así, finalmente, a la tercera parte del « secreto » de Fátima publicado íntegramente aquí por primera vez. Como se desprende de la documentación precedente, la interpretación que el Cardenal Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había sido presentada anteriormente a Sor Lucia en persona. A este respecto, Sor Lucia ha observado en primer lugar que a ella misma se le dio la visión, no su interpretación. La interpretación, decía, no es competencia del vidente, sino de la Iglesia. Ella, sin embargo, después de la lectura del texto, ha dicho que esta interpretación correspondía a lo que ella había experimentado y que, por su parte, reconocía dicha interpretación como correcta. En lo que sigue, pues, se podrá sólo intentar dar un fundamento más profundo a dicha interpretación a partir de los criterios hasta ahora desarrollados.

Como palabra clave de la primera y de la segunda parte del « secreto » hemos descubierto la de « salvar las almas », así como la palabra clave de este « secreto » es el triple grito: « ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! ». Viene a la mente el comienzo del Evangelio: « paenitemini et credite evangelio » (Mc 1,15). Comprender los signos de los tiempos significa comprender la urgencia de la penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada al momento histórico, que se caracteriza por grandes peligros y que serán descritos en las imágenes sucesivas. Me permito insertar aquí un recuerdo personal: en una conversación conmigo Sor Lucia me dijo que le resultaba cada vez más claro que el objetivo de todas las apariciones era el de hacer crecer siempre más en la fe, en la esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo para conducir a esto.

Examinemos ahora más de cerca cada imagen. El ángel con la espada de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda imágenes análogas en el Apocalipsis. Representa la amenaza del juicio que incumbe sobre el mundo. La perspectiva de que el mundo podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas, hoy no es considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus inventos la espada de fuego. La visión muestra después la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión tiene lugar en realidad sólo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una dirección positiva. El sentido de la visión no es el de mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de lugar las explicaciones fatalísticas del « secreto » que, por ejemplo, dicen que el atentador del 13 de mayo de 1981 habría sido en definitiva un instrumento del plan divino guiado por la Providencia y que, por tanto, no habría actuado libremente, así como otras ideas semejantes que circulan. La visión habla más bien de los peligros y del camino para salvarse de los mismos.

Las siguientes frases del texto muestran una vez más muy claramente el carácter simbólico de la visión: Dios permanece el inconmensurable y la luz que supera todas nuestras visiones. Las personas humanas aparecen como en un espejo. Debemos tener siempre presente esta limitación interna de la visión, cuyos confines están aquí indicados visivamente. El futuro se muestra sólo « como en un espejo de manera confusa » (cf. 1 Co 13,12). Tomemos ahora en consideración cada una de las imágenes que siguen en el texto del « secreto ». El lugar de la acción aparece descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una grande ciudad medio en ruinas y, finalmente, una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su propio trabajo. La ciudad puede ser el lugar de comunión y de progreso, pero también el lugar del peligro y de la amenaza más extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de orientación de la historia. En la cruz la destrucción se transforma en salvación; se levanta como signo de la miseria de la historia y como promesa para la misma.

Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido de blanco (« hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre »), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente, hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa parece que precede a los otros, temblando y sufriendo por todos los horrores que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad están medio en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los cuerpos de los muertos. El camino de la Iglesia se describe así como un viacrucis, como camino en un tiempo de violencia, de destrucciones y de persecuciones. Se puede ver representada en esta imagen la historia de todo un siglo. Del mismo modo que los lugares de la tierra están sintéticamente representados en las dos imágenes de la montaña y de la ciudad y están orientados hacia la cruz, también los tiempos son presentados de forma compacta. En la visión podemos reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda su segunda mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el « espejo » de esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios. A este respecto, parece oportuno mencionar una frase de la carta que Sor Lucia escribió al Santo Padre el 12 de mayo de 1982: « la tercera parte del “secreto” se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Si no (Rusia) diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán destruidas” ».

En el viacrucis de este siglo, la figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papas, que empezando por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellas por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es matado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del « secreto », reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: « …fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte » (13 de mayo de 1994). Que una « mano materna » haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones.

La conclusión del « secreto » recuerda imágenes que Lucía puede haber visto en libros de piedad y cuyo contenido deriva de antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que quiere hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia de sangre y lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la cruz la sangre de los mártires y riegan con ella las almas que se acercan a Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los mártires están aquí consideradas juntas: la sangre de los mártires fluye de los brazos de la cruz. Su martirio se lleva a cabo de manera solidaria con la pasión de Cristo y se convierte en una sola cosa con ella. Ellos completan en favor del Cuerpo de Cristo lo que aún falta a sus sufrimientos (cf. Col 1,24). Su vida se ha convertido en Eucaristía, inserta en el misterio del grano de trigo que muere y se hace fecundo. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, ha dicho Tertuliano. Así como de la muerte de Cristo, de su costado abierto, ha nacido la Iglesia, así la muerte de los testigos es fecunda para la vida futura de la Iglesia. La visión de la tercera parte del « secreto », tan angustiosa en su comienzo, se concluye pues con un imagen de esperanza: ningún sufrimiento es vano y, precisamente, una Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, se convierte en señal orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre. En las manos amorosas de Dios no han sido acogidos únicamente los que sufren como Lázaro, que encontró el gran consuelo y representa misteriosamente a Cristo que quiso ser para nosotros el pobre Lázaro; hay algo más, del sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de purificación y de renovación, porque es actualización del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su eficacia salvífica.

Hemos llegado así a una última pregunta: ¿Qué significa en su conjunto (en sus tres partes) el « secreto » de Fátima? ¿Qué nos dice a nosotros? Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: « …los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del « secreto » de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado ». En la medida en que se refiere a acontecimientos concretos, ya pertenecen al pasado. Quien había esperado en impresionantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro de la historia debe quedar desilusionado. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, del mismo modo que la fe cristiana por lo demás no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo que queda de válido lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del « secreto »: la exhortación a la oración como camino para la « salvación de las almas » y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión.

Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del « secreto », que con razón se ha hecho famosa: « mi Corazón Inmaculado triunfará ». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este « sí » Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: « padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo » (Jn 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.

 

Joseph Card. Ratzinger

Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe


 NOTAS

(1) Del diario de Juan XXIII, 17 agosto 1959: « Audiencias: P. Philippe, Comisario del S.O. que me trae la carta que contiene la tercera parte de los secretos de Fátima. Me reservo leerla con mi Confesor ».

(2) Se puede recordar el comentario que hizo el Santo Padre en la Audiencia General del 14 de octubre de 1981 sobre « evento del 13 de mayo »: « la gran prueba divina », en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IV, 2, Città del Vaticano 1981, 409-412.

(3) Radiomensaje durante el Rito en la Basílica de Santa María la Mayor. Veneración, acción de gracias, consagración a la Virgen María Theotokos, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IV, 1, Città del Vaticano 1981, 1246.

(4) En la Jornada Jubilar de las Familias, el Papa consagra a los hombres y las naciones a la Virgen, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 1, Città del Vaticano 1984, 775-777.

(6) En la « cuarta memoria », del 8 de diciembre de 1941, Sor Lucía escribe: « Comienzo, pues, mi nuevo trabajo y cumpliré las órdenes de V. E. Rvma. y los deseos del sr. Dr. Galamba. Exceptuando la parte del secreto que, por ahora, no me es permitido revelar, diré todo. Advertidamente no dejaré nada. Supongo que se me podrán quedar en el tintero sólo unos pocos detalles de mínima importancia ».

(7) En la citada « cuarta memoria », Sor Lucía añade: « En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe, etc… ».

(8) En la traducción se ha respetado el texto original incluso en las imprecisiones de puntuación que, por otra parte, no impiden la comprensión de lo que la vidente ha querido decir.

 

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Síntomas del voluntarismo semipelagiano*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 10, 2012

Semipelagianismo

Sus tesis principales se exponen en este mismo blog en el artículo: ¿Somos semipelagianos o voluntaristas? Son, en resumen, las siguientes.

1) Gracia y libertad: la parte de Dios y la parte del hombre concurren, como causas co-ordinadas, para realizar el bien.

2) Es la acción del hombre, co-operando con la gracia divina, la que hace eficaz a ésta.

3) Dios ama a todos por igual, y la mayor santidad se determina fundamentalmente por la mayor generosidad del esfuerzo humano.

4) La iniciativa de la vida espiritual la lleva, de hecho, el hombre. Etc.

De esta enfermedad espiritual, que en los buenos cristianos podríamos llamar simplemente voluntarismo, se siguen efectos pésimos, que son síntomas propios de una enfermedad grave.

Antropocentrismo mediocre, voluntad propia y cambios de ánimo. El voluntarismo más o menos semipelagiano es congénitamente mediocre, aunque a primera vista parezca a veces lo contrario. El voluntarista, no partiendo de la iniciativa de Dios, sino de sí mismo, de su leal saber y entender –y ateniéndose normalmente a sus inclinaciones personales–, es decir, partiendo de su propia voluntad, va proponiéndose ciertas obras buenas concretas, dando por supuesto que, ya que son buenas, Dios le dará necesariamente su gracia para hacerlas. El voluntarismo personal o institucional, partiendo de iniciativa humana, aunque incluya un hermoso conjunto de obras buenas, siempre lo establece proporcionado a las fuerzas del hombre: de ahí su mediocridad congénita.Y así el voluntarista va llevando adelante, como puede, su vida espiritual, a su manera y modo de ser: vanamente desanimado cuando no consige sus intentos y vanamente satisfecho de sí cuando los cumple.

Preocupaciones. Partiendo el cristiano en la vida espiritual de sí mismo, es inevitable que viva tenso y preocupado. No acaba de «hacerse como niño», para dejarse llevar pacíficamente de la mano de Dios, entrando así en el Reino de su paz y de su alegría. No termina de abandonarse confiadamente a la iniciativa, tantas veces sorprendente, del Espíritu Santo. No pone su mayor empeño en discernir la voluntad de Dios, en ocasiones tan contraria a nuestros intentos. Y nunca acaba de entender que la proa de su barco ha de ser siempre la oración de petición: «pedir luz para conocer Su voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla» (Or. I dom. T.O.). Centrado en sí mismo y en sus obras, no se centra en Dios y en su obra. No hay modo así de vivir con la paz y la alegría propia de los hijos de Dios.

Pero ni siquiera se hace problema de conciencia acerca de sus preocupaciones. Le parece que en la vida del hombre, con tantas posibles vicisitudes favorables o adversas, son normales, es decir, son inevitables. En la práctica no cree que el abandono confiado en el amor providente de Dios pueda ahuyentar toda ansiedad e inquietud, guardando a la persona en una paz continua e inalterable. No intenta no preocuparse porque le parece imposible conseguirlo, ni siquiera con la ayuda de la gracia. Ignora este cristiano voluntarista que la palabra de Cristo «no os preocupéis» (cf. Mt 6,25-34), no es simplemente un consejo, es un mandato, y que Él, por supuesto, nos da su gracia para poder cumplirlo. Las preocupaciones consentidas son, pues, malos pensamientos, tan malos como los pensamientos obscenos consentidos. Son materia de confesión sacramental.

«Encomienda al Señor tus afanes, que Él te sustentará» (Sal 54,23). «Cuando se multiplican mis preocupaciones, Tus consuelos son mi delicia» (93,19). «Encomienda tu camino al Señor, confía en Él, y Él actuará. Descansa en el Señor y espera en él» (36,5.7). «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo» (4,9; cf. 3,6).

Imposibles la paz y la alegría inalterables. El voluntarista ignora que el hombre no está creado para querer en forma autónoma desde su propia voluntad, ni siquiera para querer cosas buenas. Está creado para querer lo que la Voluntad divina quiera en su providencia. Debe querer, como decía Santa Maravillas, «lo que Dios quiera, como Dios quiera y cuando Dios quiera». Cualquier volición humana, desvinculada o contraria a la voluntad divina, crea en el hombre necesariamente preocupaciones, ansiedades, temores, vanas tristezas, vanas alegrías… «Porca miseria». El hombre tiene que querer todo, solo y aquello que Dios quiere: ni más, ni menos, ni otra cosa, por buena que ésta sea. «Su alimento» tiene que ser hacer siempre, con la ayuda de la gracia, la Voluntad divina, y no la propia, por «santa» que ella sea –que no puede serlo, si es propia–. ¿Tan difícil es entenderlo?…

Evitación sistemática del martirio. El voluntarismo, en cualquiera de sus formas –pelagiana o semipelagiana– excluye por principio el martirio, es decir, la Cruz de Cristo. La ruina del cristianismo en Occidente en los últimos siglos viene principalmente de este error.

Los católicos, como discípulos humildes de Jesús, saben que todo el bien es causado por la gracia de Dios, y que el hombre co-labora en la producción de ese bien dejándose mover libremente por la moción de la gracia, es decir, se mueve movido por la gracia divina. Dios y el hombre se unen así en la producción de la obra buena como causas subordinadas, en la que la principal es Dios y la instrumental y secundaria el hombre. Los cristianos fieles a la voluntad de Dios se mueven movidos por ella, incondicionalmente, sin cálculos humanos de eficacias previsibles.

Por eso, al combatir el mal y al promover el bien bajo la acción de la gracia, no temen verse marginados, encarcelados o muertos. Llegada la persecución –que en uno u otro modo es continua en el mundo–, ni se les pasa por la mente pensar que aquella fidelidad martirial, que pueda traerles desprecios, marginaciones, empobrecimientos, desprestigios y disminuciones sociales o incluso la pérdida de sus vidas, va a frenar la causa del Reino en este mundo. Están ciertos de que la docilidad incondicional a la gracia de Dios es lo más fecundo para la evangelización del mundo, aunque eventualmente pueda traer consigo proscripciones sociales, penalidades y muerte. Están, pues, prontos para el martirio.

El voluntarismo antropocéntrico, por el contrario, ha producido en los últimos siglos un falso cristianismo, que ignora la primacía de la gracia, la primacía absoluta de la voluntad salvífica de Dios –tan desconcertante a veces: la Cruz–. Piensan entonces muchos cristianos que la obra buena, en definitiva, procede solo de la fuerza del hombre (pelagianismo), o a lo más que procede en parte de Dios y en parte del hombre (semipelagianismo).

Y lógicamente, en esta perspectiva voluntarista, los cristianos, tratando de proteger la parte suya humana, no quieren perder la propia vida o ver disminuída su fuerza y prestigio; más aún, estiman imposible que Dios quiera hacer unos bienes que puedan exigir en los fieles marginación, persecución o muerte. Dios «no puede querer» en ninguna circunstancia que el hombre se arranque el ojo, la mano o el pie (Mc 9,43-48), pues esta disminución de la parte humana debilitaría necesariamente la obra de Dios en el mundo.

En consecuencia, rehuyen el martirio como sea, en conciencia, en cualquiera de sus formas. Tratan por todos los medios de estar bien situados y considerados en el mundo; procuran, haciéndose cómplices al menos pasivos de tantas abominaciones mundanas, estar a bien con los poderosos del mundo presente. Así, de este modo, podrán servir mejor al Reino de Dios en la vida presente. «Salvando su vida» en este mundo, esperan conseguir que su parte humana colabore mejor y más eficazmente con la parte de Dios en la salvación del mundo.

Igualmente la Iglesia y cada cristiano deben evitar cualquier enfrentamiento con el mundo, eludiendo toda actitud que pueda desprestigiar el Evangelio ante los mundanos, o dar ocasión a persecuciones, pues una Iglesia debilitada y mártir, debilitada su fuerza humana, no podrá co-laborar eficazmente con Dios, no podrá servir en el siglo presente la causa del Reino. Todo aquello que es una pérdida de influjo social, de posibilidad de acción, de imagen atrayente, es una miseria, no tiene gracia alguna. El martirio es malo incluso para la salud… Así piensan bajo el influjo del Padre de la Mentira.

La Iglesia voluntarista, puesta en el mundo en el trance del Bautista, se dice a sí misma: «no le diré la verdad al rey, pues si lo hago, me cortará la cabeza, y no podré seguir evangelizando. Yo debo proteger ante todo el ministerio profético que Dios me ha confiado». ¡Cuántos Obispos, párrocos, teólogos, padres de familia, profesores, misioneros, laicos comprometidos y feligreses de toda índole piensan y actúan así! Por el contrario, sabiendo que la salvación del mundo la obra Dios, la Iglesia, la Iglesia verdadera de Cristo, dice y hace la verdad, sin miedo a verse pobre y marginada. Y entonces es cuando, sufriendo persecución, evangeliza al mundo: «no te es lícito tener la mujer de tu hermano».

Horror a la Cruz, buscando eficacias. Los cristianos afectados de pelagianismo o semipelagianismo, por el camino suyo, tan razonable, van llegando poco a poco, casi insensiblemente, a silencios y complicidades con el mundo cada vez mayores. Lo vemos en una de sus formas más escandalosas en muchos «políticos católicos», absolutamente estériles para la causa de Cristo. Quieren guardar la cabeza sobre sus hombros, y conservar su escaño… Cesa entonces la evangelización de los pueblos, de las instituciones y de la cultura.¡Y así actúan quienes decían estar empeñados en impregnar de Evangelio todas las realidades temporales!

No será raro así que al abuelo, piadoso semipelagiano conservador, tenga un hijo pelagiano progresista; y es incluso probable que el nieto baje otro peldaño, y llegue a la apostasía. De todo lo cual hablo más ampliamente en dos libros, De Cristo o del mundo y El martirio de Cristo y de los cristianos.

Cuando el bien y el mal son dictados por la mayoría –trátese de una mayoría real o ficticia, inducida por los poderes mediáticos y políticos–, el martirio aparece como una opción morbosa, excéntrica, opuesta al bien común, insolidaria con la sociedad general. Los cristianos semipelagianos no quieren de ningún modo que se debilite la parte humana con la que pretenden colaborar con el Salvador: se callan, se disfrazan y pasan por lo que sea «para no ser perseguidos por la cruz de Cristo» (Gál 6,12). Reconozcamos que este grave error es con frecuencia en buenos cristianos inculpable, porque sufren una «ignorancia invencible», invencible de hecho en ellos, porque nadie les ha dicho la verdad evangélica. Pero otras veces es culpable, cuando se avergüenzan del Evangelio y del Magisterio apostólico: silencios clamorosos, anticoncepción habitual, complicidades con el poder político perverso, conflicto de valores, moral de actitudes, opción por el mal menor, situacionismo, consecuencialismo, etc.

Según esta visión el obispo, el rector de una escuela o de una universidad católica, el político cristiano, el párroco en su comunidad, el teólogo moralista en sus escritos, es un cristiano impresentable, que no está a la altura de su misión, si por lo que dice o lo que hace ocasiona grandes persecuciones del mundo. Con sus palabras y obras, es evidente, desprestigia a la Iglesia, le ocasiona odios y desprecios del mundo, dificulta, por tanto, las conversiones, y es causa de divisiones entre los cristianos. Debe, pues, ser silenciado, marginado o retirado por la misma Iglesia. Aunque lo que diga y haga sea la verdad y el bien, aunque sea el más puro Evangelio, aunque guarde perfecta fidelidad a la tradición católica, aunque diga o haga lo que dijeron e hicieron todos los santos. Fuera con él: no queremos mártires. En la vida de la Iglesia los mártires son un lastre, una vergüenza, un desprestigio. No deben ser tolerados, sino eficazmente reprimidos por la misma Iglesia.

Qué tristeza. Si el martirio implica un fracaso total –la cruz del Calvario–, si consiste en sufrir un rechazo absoluto del mundo, está claro que el martirio es algo sumamente malo, algo que debe evitarse como sea. Por el mismo bien de la Iglesia. Algunos cristianos insensatos quizá piensan que la Iglesia evitadora del martirio, la que «guarda su vida» en este mundo, será una Iglesia próspera, atractiva y alegre en la vida presente. Pero eso es como suponer que la esposa infiel, que se entrega al adulterio, será una mujer alegre. No, es todo lo contrario; es una mujer muy triste. Lo que alegra el corazón humano es lo que viene de Dios: el amor, la fidelidad, la abnegación, la entrega en el amor. Por el contrario, la infidelidad es traición al amor, y solo puede traer tristeza. Los mártires son alegres y los apóstatas son tristes. «En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; pero el que aborrece su alma en este mundo la guardará para la vida eterna» (Jn 12,24,25). Es así. Es palabra de Cristo.

El voluntarismo semipelagiano, como todas las enfermedades, tiene muchos síntomas. Y conviene que quienes lo padecen sean sanados por Cristo, que les da su gracia para conocerlos y vencerlos.

La vocación. Comienzo por aquí, porque en la vocación está el principio de todo. Dios, en el orden natural, llama al ser a cada criatura, y la mantiene en la existencia. Dios, en el orden sobrenatural, llama a la gracia al hombre caído: «le llama de las tinieblas a su luz admirable» (1Pe 2,9). Dios es «el que llama» (Gál 5,8: kalon) y los cristianos somos «los llamados» (Rm 8,30: keklemenoi).

La llamada de Dios es absolutamente gratuita. Y por parte Suya, «los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rom 11,29: karismata kai e klesis). Todo en la vocación es amor gratuito de Dios, que sólo en Él tiene su causa. Él elige desde la eternidad, llama con una vocación dada en el tiempo –la llamada al pueblo de Israel, a ser cristiano, al apostolado, al matrimonio, al camino concreto personal–, consagra a los llamados –bautismo, orden, matrimonio, profesión religiosa–, y envía en la misión propia de cada vocación. Dios elige-llama-consagra-envía.

Todo en la vocación es don gratuito del amor de Cristo: «es la voz del Amado que me llama» (Cant 5,2). Gran verdad absolutamente cierta es que «todos los hombres son llamados a la unión con Cristo» (Vat. II, LG 3). Pero es igualmente cierto que los cristianos, los apóstoles, somos objeto de una especial llamada del amor de Dios para formar la Iglesia, «sacramento universal de salvación» (LG 48; AG 1). La Escritura lo afirma muchas veces: somos «elegidos de Dios, santos y amados» (Col 3,12). Y esta elección-llamada parte exclusivamente de la elección eterna de Dios. Nunca viene determinada por los bienes que Él mismo haya puesto en hombres o pueblos. Cuántas veces el Señor elige-llama a lo más pequeño, Israel, «el más pequeño de todos los pueblos» (Deut 7,6-7); a mujeres estériles; a gente que apenas cuenta ante el mundo: «mirad, hermanos, vuestra vocación, pues no hay entre vosotros» muchos nobles, poderosos, cultos, sino más bien gente humilde, «para que nadie pueda gloriarse ante Dios» (1Cor 1,26-29). Pues bien,

el voluntarismo semipelagiano, conforme a su teología de la gracia, plantea la elección vocacional como si Dios ofreciera igualitariamente a los cristianos los diversos caminos de vida, unos de suyo más idóneos para la santificación personal y otros no tanto –aunque todos santos y santificantes–; y como si después fuera ya el cristiano, según el grado de su generosidad, quien decidiera seguir lo más perfecto o lo menos perfecto, aunque también bueno. Esta visión es una distorsión terrible de la verdad de las vocaciones, es causa de errores vocacionales, de escrúpulos y de grandes sufrimientos. Y hay que reconocer que es un error típicamente semipelagiano: Dios ofrece la misma gracia a todos, y es la parte humana la que, haciendo eficaz la gracia, la parte divina, decide lo más o menos perfecto. En definitiva, no es Dios quien elige y llama gratuitamente, sino que es el cristiano el que, por lo visto, «se llama» a sí mismo según el grado de su mayor o menor generosidad. Con inevitable preocupación se pregunta: «¿Qué elijo?»

Cuando yo acabé el bachillerato, mi madre, con esa excusa, me mandó a hacer Ejercicios espirituales. Y todavía recuerdo cómo al final de ellos el padre predicador nos invitó a elegir la vocación. En una hoja, trazando una raya vertical en medio, habíamos de ir poniendo a un lado y otro los pros y contras que alcanzábamos a ver en orden a nuestra santificación. Se hacía finalmente la suma, y el total resultante, determinaba nuestra vocación concreta dentro de la Iglesia. Ya entonces a mí aquello me pareció un espanto. Y ahora todavía me horroriza más.

Otro caso ilustrativo. Siendo yo joven, asistí a la profesión religiosa de una amiga mía. Y recuerdo también la prédica del cura que presidió la Misa. ¡Qué canto a la generosidad de esta muchacha, a quien el mundo y la vida le sonríen (aquí amplia enumeración de sus cualidades), y que, sin embargo, dejándolo todo, va a seguir a Cristo por un camino austero y penitente!… etc. etc. etc. Ya entonces a mí todo aquello me sonaba muy mal. No sabía yo entonces que, simplemente, era semipelagiano. Imagínense ustedes un sacerdote que en una boda canta la generosidad de esta joven, que teniendo tantos pretendientes excelentes, etc., ha venido a casarse con éste (con este pobre diablo). Es de suponer que, al término de la ceremonia, los familiares del novio entrarían a la sacristía para leerle la cartilla al ministro del Señor. «¿Pero usted qué se ha creído?»…

la fe católica nos enseña, por el contrario, que Dios llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Y que la vocación, la que sea, es un don precioso que el hombre, con inmenso agradecimiento, debe recibir libre y meritoriamente, con el auxilio de la gracia divina, por supuesto. «¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú que no hayas recibido?… Gracias a Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido en vano, sino que he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 4,7; 15,10). San Pablo, recién converso, se plantea su vocación como se debe: «Señor ¿qué quieres que haga?» (Hch 22,10).

Es cuestión de generosidad. La vocación –y toda obra cristiana– es un don de Dios, que el hombre recibe. Si hablamos el castellano usual, es generoso el donante, no el que recibe. Si un hombre dona una gran herencia a una familia numerosa que está en la ruina, el generoso es el donante, no la familia que recibe tan precioso donativo. Y esto es lo que sucede en toda vocación y acción cristiana. El generoso es Dios, que estando nosotros muertos por nuestros delitos y pecados, esclavizados por el mundo y por la carne, cautivos del demonio, «nos dió vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados» (Ef 2,1-10: leerlo entero). El generoso es Dios. Si, por ejemplo, a uno le falta sabiduría, «que la pida a Dios y la recibirá, porque Él la da a todos generosamente, y sin reproches» (Sant 1,5).

Miremos el caso de la vocación de un apóstol. Cristo elige por pura gracia a Mateo. No lo mira con desprecio, en su miserable condición de publicano, idólatra de la riqueza, excomulgado de su pueblo, sino que lo llama a dejar su oficina de recaudación, y lo consagra como Apóstol suyo, para enviarlo a predicar y a escribir el Evangelio. Gracia, pura gracia gratuita ha sido la elección, la vocación, la consagración y la misión. Y gracia de Cristo ha sido también la que ha movido el corazón de Mateo para poder seguirlo, aceptando su llamada y dejándolo todo. ¿Dónde está aquí la generosidad de Mateo? ¡Cantemos la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que por pura gracia ha hecho de este pobre diablo un Apóstol santo! «Sígueme. Y él, levantándose, lo siguió» (Mt 9,9-13). Todo ha sido gracia. Y por eso lo primero que se le ocurre a Mateo –que era católico y no semipelagiano– es celebrarlo en un gran banquete, en el que no sería raro que alguno se hubiera pasado un poco en la bebida. Está feliz, loco de gratitud y alegría. Y piensa que si alguno elogia su generosidad personal es que no está en su sano juicio.

Católicos excelentes hay que emplean con frecuencia la palabra generosidad al hablar de la vocación y, lógicamente, de cualquier otro asunto de la vida espiritual. Muchos de ellos tienen una captación del misterio de la gracia perfectamente católica; pero no escapan a una contaminación del lenguaje de origen voluntarista.

«Es cuestión de generosidad». «Pone usted en peligro su misma salvación por falta de perseverancia». «Ingresó en el noviciado, pero no perseveró: le faltó generosidad». «Dios no se deja ganar en generosidad por el hombre». O sea: usted propóngase el bien que sea, cuanto más alto mejor, y esté seguro de que la gracia de Dios, siendo la obra tan buena, vendrá ciertamente en su auxilio para que pueda vivirla. Etc. ¿Pero qué están diciendo?… Todo eso es semipelagianismo puro y duro. ¿Cuándo estos católicos se van a enterar de que, aunque solo sea en el lenguaje, son semipelagianos?

Dios te pide. Toda la vida cristiana, toda, está movida por la gracia de Dios, toda es gracia, toda es don de Dios. Es Él quien «obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13); de tal modo que «cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, c.9). Ahora bien, cuando alguien da algo a otro, a esa acción le llamamos donativo, y no petición. Y cuando alguien pide algo a alguien, su acción es una petición. ¿Es así o no es así?… Pues bien, si Dios da a los hombres su gracia, siempre gratuita, moviéndolos a querer y a obrar el bien, ¿por qué a esa acción no se le da el nombre de donación, que le corresponde, y se dice en cambio que Dios pide al cristiano esto y lo otro? ¿A qué viene hablar de que Dios pide a éste que dé más limosna, al otro que se case, a otro más que ingrese en un monasterio, etc.? «Siempre Dios pidiendo», en vez de «siempre Dios dando», como es la verdad. ¿Qué sentido tiene, en la fe católica ese modo de expresar la vida espiritual? «Recibir, más me parece a mí eso, que no dar nosotros nada» (Sta. Teresa, Vida 11,13). ¿Tan difícil es esto de entender; o mejor, de creer?

Supongamos que un director espiritual dice al cristiano que se le confía, atendiendo a las mociones de gracia que parece recibir: «según lo que me cuentas, yo creo que Dios te pide que dobles el tiempo de la oración». El consejo podrá ser prudente y beneficioso. Pero ¿por qué lo expresa en forma de petición? ¿No es más conforme a la verdad decir: «parece que Dios quiere darte la gracia de aumentar al doble tu oración»? En el fondo, dicho de un modo o de otro, está dando el mismo consejo, es cierto. Pero la formulación primera encaja perfectamente con el semipelagianismo, puede dar ocasión a la soberbia («he cumplido: le he dado a Dios lo que me pedía»), al escrúpulo también, y a otros malos efectos. En cambio, la segunda formulación habla como siempre lo hace la sagrada Escritura y la mejor Tradición católica, y solo puede producir efectos buenos.

Ese «Dios te pide» esto y lo otro expresa mal la doctrina católica sobre la acción de la gracia. Pero tiene en cambio pleno sentido si se parte de una teología semipelagiana de la gracia. Según ella, Dios ofrece su parte (la gracia), y «pide» al hombre que ponga su parte (la voluntad libre), de tal modo que, con la generosa colaboración de la persona, venga así la gracia a ser eficaz en la buena obra pretendida (noviciado, matrimonio, más oración, etc.). Ésta es la verdad. Y no se ofendan si la digo, pues solo pretendo que sean «santificados en la verdad» (Jn 17,17). Pero, por otro lado también, no se me asusten

Puede darse una ortodoxia perfecta en la vida de la gracia, que en algunos temas, sin embargo, esté expresada verbalmente en modos deficientes. Trento dice que la concupiscencia no es pecado, pero que «procede del pecado y al pecado inclina» (Denz 1515). Pues bien, aquí habría que decir que ese modo de hablar voluntarista puede darse, y se da con relativa frecuencia, en un marco doctrinal católico y santo. Pero conviene reconocer honradamente que es un modo verbal que procede del error voluntarista y que a él inclina. Reconozcamos con humildad que siempre llevará en sí al menos el peligro de ocasionar en las personas ramalazos voluntaristas negativos, malos entendimientos de la acción de Dios en el hombre. Insisto: muchas veces el marco doctrinal es en la persona o en la comunidad tan claramente católico, que neutraliza en buena medida los efectos negativos de un modo de hablar ciertamente deficiente. En buena medida… No siempre del todo.

Hablen en católico de la gracia divina. Hablen como hablan la Escritura y la Liturgia, los Concilios y los grandes Doctores de la Iglesia. Hablen como lo han hecho todos los santos.

Bueno, la verdad es que no todos los santos usaron siempre y en todo un lenguaje claramente católico de la gracia. Antes de que se formulase en la Iglesia dogmáticamente la doctrina de la gracia, hubo santos, como Fausto de Riez o Vicente de Lérins, ya lo vimos, que hablaron así (61). Más penoso es que, después de reprobado por la Iglesia el error semipelagiano, haya todavía algunos santos, a partir sobre todo del siglo XVII, que en ocasiones usan un lenguaje más o menos marcado por el ramalazo semipelagiano voluntarista. Ciertamente, aquéllos y estos santos, captan perfectamente en su mente y en su corazón la verdad de la gracia: si no, no hubieran sido santos. Y además el lenguaje espiritual que emplean, en su conjunto, es clarísimamente católico. Pero… pero algunas veces ese lenguaje espiritual se ve marcado por estas deficiencias voluntaristas de su tiempo. Lo comprobaremos en algunos santos, con el favor de Dios.

Dios no te puede pedir. Allí donde se generalice un tanto en la cultura cristiana el Dios te pide, no tendrá nada de raro que, con un poco más, se dé el paso al Dios no te puede pedir. Cualquier contradicción en el pensamiento cristiano puede esperarse en cuanto se aleja de la verdad católica. Las dos actitudes, que son ciertamente contradictorias, coinciden en que centran la vida cristiana en la voluntad, la parte humana. Por el contrario, los católicos reconocemos la iniciativa absoluta de la gracia de Dios, a la que el hombre debe una docilidad incondicional, que no resiste ni pone nunca límites a lo que Dios quiera darle en su infinita misericordia.

Un buen número de moralistas católicos saben perfectamente aquello que Dios no puede pedir a los cristianos. Y elaboran planteamientos –conflicto de deberes, opción fundamental, mal menor, etc.– que permitan evitar en buena conciencia el martirio y la fidelidad a ciertas normas morales, como las que prohiben la anticoncepción, al menos en ciertos casos. «Llevan ustedes casados diez años y tienen ya cinco niños. Dios no les puede pedir que eviten los anticonceptivos».

Otros maestros espirituales –éstos, a lo mejor, muy estrictos– saben también perfectamente aquello que Dios no puede pedir a los fieles laicos, alegando la secularidad que Él quiere en sus vidas.

«Usted es una señora seglar, madre de familia, con muchas responsabilidades y trabajos. Por tanto, Dios no le puede pedir que haga una hora diaria de oración y menos aún que practique mortificaciones corporales». Prohibido. El director voluntarista, y más después del Vaticano II, sabe perfectamente lo que es un laico, y lo que Dios puede o no puede pedirle sin desmedro de su secularidad. Desde luego, con una espiritualidad semejante no tendríamos la maravilla de una Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), madre mejicana de ocho hijos, fundadora de las Religiosas de la Cruz, de los Misioneros del Espíritu Santo y de otras asociaciones para laicos. Ella tuvo la dirección espiritual de Mons. Luis Mª Martínez, Arzobispo Primado de Méjico, gran maestro de espiritualidad católica (1881-1956). De ella cuenta su biógrafo, el P. Treviño, M. Sp. S.: «todas las noches dedicaba cerca de dos horas a la oración, interrumpiendo el sueño. Gustaba de unir a esta oración alguna penitencia, como hacerla postrada en el suelo, con una corona de espinas en la cabeza» (Concepción Cabrera de Armida, La Cruz, San Luis Potosí 1987, 7ª ed., 108). Semejantes «excesos» sólamente pueden ocurrir cuando la libertad del cristiano se abandona incondicionalmente a la acción del Espíritu Santo, que «sopla donde quiere» (Jn 3,8).

Lo que más cuesta es lo más santificante, lo más meritorio. Eso es falso. A esa convicción conduce aquella espiritualidad voluntarista que, al menos en la práctica, centra más la santificación en el esfuerzo del hombre (parte humana), que en la eficacia intrínseca de la gracia (parte divina). Y siguiendo ese camino, el cristianismo se va entendiendo mucho más como una ascesis costosa, que como un gozo, un don, una salvación inefable, que se recibe del amor de Cristo, «gracia sobre gracia» (Jn 1,16). No pocos bautizados entonces van cayendo en el alejamiento de la vida cristiana, para abandonarla finalmente por completo, cayendo en la apostasía. Ya sabemos, sí, que no es posible seguir a Jesucristo sin tomar la cruz de cada día. Esto el Maestro «lo decía a todos» (Lc 9,23). Pero sus discípulos sabemos que ese yugo es ligero, que pesa poco, y que en él hallamos nuestro descanso (Mt 11,29-30).

La obra más santificante y meritoria es la realizada con mayor caridad. Lo explico un poco.

Es la caridad la que santifica y da mérito a nuestras obras: «sólo la caridad edifica» (l Cor 8,1). Sin ella, por mucho que yo haga, «no teniendo caridad, de nada me aprovecha», aunque dé mi fortuna a los pobres, aunque me mate a mortificaciones (1 Cor 13,3). Por eso enseña Santo Tomás que «el mérito de la vida eterna pertenece en primer lugar a la caridad, y a las otras virtudes [laboriosidad, paciencia, castidad, etc.] secundariamente, en cuanto que sus actos son imperados por la caridad» (STh I-II,114,4).

Las obras hechas con más amor son las más libres y meritorias. Sigue diciendo Santo Tomás: «es manifiesto que lo que hacemos por amor lo hacemos con la máxima voluntariedad; por donde se ve que, también por parte de la voluntariedad que se exige para el mérito, éste pertenece principalmente a la caridad» (ib.). Y la caridad sobrenatural, evidentemente, sólo puede ejercitarse bajo la moción del Espíritu Santo. Es docilidad a la gracia.

El mérito de la obras no está en función de su penalidad, sino del grado de caridad con que se realizan. Y cuanto mayor es el amor, menos cuestan. El principio de que «lo que más cuesta es lo que más mérito tiene» procede de inspiración semipelagiana, y no es verdadero, pues precisamente las obras hechas con más amor son las que menos cuestan y las que más mérito tienen. Santo Tomás: «importa más para el mérito y la virtud lo bueno que lo difícil. No siempre lo más difícil es lo más meritorio» (STh II-II,27,8 ad 3m).

A un cristiano rico, pero apegado a sus riquezas, le cuesta mucho hacer un donativo a unos familiares muy necesitados, porque tiene muy poca caridad. Un cristiano muy caritativo, en cambio, realiza la misma obra con verdadero gozo –si no da más es porque no puede–, y su obra es mucho más meritoria. Aquella pobre viuda del Evangelio, que para el honor del Dios y de su templo, «ha dado de su miseria cuanto tenía, todo su sustento» (Mc 12,41-44), lo ha hecho con inmenso amor y facilidad, bajo la acción de la gracia. «Dios ama al que da con alegría» (2Cor 9,7), porque Dios ama a quien da con amor, con caridad, bajo la moción de su Amor divino.

Sólo la caridad más crecida es capaz de realizar las obras más costosas, más penosas para el hombre carnal. Bajo la moción de la gracia, el cristiano de gran caridad es capaz de obras que para otros son imposibles: dedicar la vida a cuidar leprosos, donar a un familiar la mitad de la propia hacienda para sacarle de la ruina, etc. Pero quede claro al mismo tiempo que todo lo que se hace en caridad, por duro que sea, se realiza bajo la moción del Espíritu Santo, que da la posibilidad, más aún, la inclinación, para obrarlo. Y en este sentido se hace con alegría, aunque sea en ocasiones con gran cruz. Por eso la vida de los santos es la más crucificada, la menos costosa y la más alegre.

San Pablo expresa con frecuencia este misterio: «así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación» (2Cor 1,5). «Estoy lleno de consuelo, rebosando de gozo en todas nuestras penalidades» (7,4). Sobreabunda en gozo, en medio de mil tribulaciones y trabajos, porque sobreabunda en la caridad a Cristo y a los hombres. En tres artículos sobre La alegría cristiana trato más ampliamente de este tema.

Por otra parte, la virtud más crecida es la que se ejercita con más facilidad y más mérito. Cuando la virtud de la castidad, por ejemplo, está muy débil, cuesta mucho guardar la pureza en pensamientos y deseos, palabras y obras; es una guerra muy dura. Por el contrario, cuando la virtud (virtus: fuerza) de la castidad está muy perfecta, se ejercita con toda facilidad en los buenos actos que le son propios, incluso normalmente –normalmente– con gozo. Y ésa es sin duda la castidad más meritoria y grata a Dios. En el crecimiento de esta virtud, como en el de todas, suelen darse tres fases: cuando la virtud es 1) incipiente, hay mucha guerra; cuando está 2) adelantada, se viva con paz su objeto propio; y cuando está 3) perfecta, se ejercita con gozo. Lo que realmente resultaría costoso y repugnante sería obrar en contra de esa virtud.

Creer que a quien posee un alto grado de virtud siempre se le facilita ejercitarla suele ser también un síntoma semipelagiano, pues el voluntarismo siempre es cuantitativo y operacionista. Acabo de decir que, en principio, van juntas la perfección de la virtud y la facilidad para ejercitarla. Sin embargo, como Santo Tomás enseña, no siempre puede identificarse grado de una virtud y grado de facilidad para su ejercicio. «Ocurre a veces que uno que tiene un hábito [virtud] encuentra dificultad en obrar y, por consiguiente, no siente complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural], a causa de algún impedimento de origen extrínseco; como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad» (STh I-II,65,3).

Identificar sin más virtud y obras es un grave error, que causa grandes perturbaciones en la vida espiritual, que origina muchos discernimientos erróneos, muchas exhortaciones vanas, muchas correcciones inoportunas, muchos esfuerzos inútiles y no pocos sufrimientos. El cristiano, aun revestido de la gracia de Cristo, sufre grandes limitaciones y precariedades. Bien sabemos, con Santo Tomás, que «la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona» (STh I, 1,8 ad 2m). Pero no necesariamente la gracia sana la naturaleza siempre y en todo, sino que, según el beneplácito de Dios providente, puede dejar que peduren en la naturaleza graves deficiencias, que no son pecado, para que la persona crezca en humildad y participe más de la pasión de Cristo. Trato algo más ampliamente de este tema en el artículo Santos no ejemplares.

Cuántas veces, por ejemplo, un cristiano muy fuerte en la virtud de la esperanza puede sufrir, sin embargo, depresiones profundas y duraderas, provenientes de huellas genéticas o familiares, por condicionamientos educativos erróneos, por causas somáticas o por noches espirituales. Un director espiritual voluntarista hará de esa terrible dolencia un diagnóstico claro: «falla en usted la virtud de la esperanza», con lo cual acabará de hundirlo en la angustia y el escrúpulo. Este mismo director, si se acercara a Cristo en Getsemaní, no dudaría en decirle: «menos angustias y más confianza en Dios, que un santo triste es un triste santo. Alegre esa cara, que da pena verlo».

Cuántas veces, por ejemplo, un hombre con verdadero espíritu de oración, que por lo que sea está pasando un tiempo, a veces muy largo, sin capacidad alguna para ejercitarlo en actos concretos –me refiero sobre todo a ratos largos de oración–, quizá intente, como dice Santa Teresa, «atormentar el alma a lo que no puede» (Vida 11,16). Y quizá se vea atormentado también, además, por un director voluntarista: «no se engañe; usted no hace oración porque no quiere, porque rehuye la cruz que a veces hay en ella». Los colegios de psiquiatras, para ganar clientes, deberían promover campañas pelagianas y semipelagianas en parroquias, catequesis y grupos cristianos, sea de religiosos, sea de laicos. Harían una inversión ciertamente rentable.

La santa Doctora Teresa entiende estos problemas muy de otro modo, porque los entiende al modo católico: «aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarlo. Esta determinación es la que quiere; ese otro afligimiento que nos damos, no sirve de más que para inquietar el alma; y si había de estar inhábil para aprovechar una hora, lo está cuatro» (ib.). Ya dice San Juan de la Cruz que «hay muchas almas que piensan que no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada» (prólogo Subida 6).

El menosprecio de los débiles es uno de los aspectos más lamentables y dañinos del voluntarismo semipelagiano. El voluntarismo menosprecia a las personas de poca salud física y psicológica, de escasa inteligencia y cultura, de caracteres mal cristalizados, de inestabilidad emocional no superada. Y admira simétricamente a los hombres sanos, fuertes, estables, de firme carácter. Los juicios temerarios abundan inevitablemente en un ambiente espiritual semejante: «es un tipo formidable», «es mejor que lo dejes: con éste no hay nada que hacer», «aquél parece muy aprovechable» (esa frase la he oído yo: una persona «muy aprovechable»). El voluntarismo se avergüenza del Evangelio, que tantas veces muestra la preferencia de Cristo hacia los pequeños, hacia los que no cuentan nada para el mundo (Lc 10,21; 1Cor 2,26-31). Los deja a un lado. No le valen. Así, al mismo tiempo, deja a un lado a Jesús, que fue «ungido y enviado para evangelizar a los pobres» (cf. Lc 4,18).

Quedarían por describir muchos otros síntomas del voluntarismo, pero están más o menos incluídos en los ya señalados:

Los esfuerzos activos son los que valen, los pasivos no, o no tanto. Una pobreza elegida santifica; padecida por ruina, no tanto.

Todo lo que es gratuito, sin esfuerzo, no vale, porque nada cuesta. Fuera, pues, el agua bendita, las novenas, los crucifijos en las habitaciones, las imágenes piadosas, y hasta ¡la Misa dominical!…

Centrarse en la voluntad lleva necesariamente a una vida espiritual de ánimo cambiante, ánimo/desánimo.

La pobreza evangélica, todo eso de: “solo una túnica, no oro ni plata”, tanto en la vida personal como en las actividades apostólicas, tiene valores románticos indudables; pero en la práctica es claro que hay que evitar la pobreza lo más posible.

Es mejor la riqueza de medios, hay que ser realistas: cuanto más fuerte esté la parte humana, tanto más crece el Reino en las personas y en el mundo. Por tanto, revista informativa carísima de un instituto o grupo cristiano, con estadísticas apabullantes. Liturgia con globitos, pantallas gigantes, danzas y cantautores. Evento juvenil cristiano, al modo de macro-maxi-hiper-super-show profano. Títulos académicos siempre que sea buenamente posible, y si no, también. Etc. Cuanto más y mejor, mejor.

Métodos de oración y de apostolado de segura eficacia (más o menos como algunos medicamentos para hacer crecer el pelo), ejercitaciones de auto-ayuda, técnicas que perfeccionan tanto tanto al hombre y al mundo que nada hay mejor.

Adulaciones y elogios pestilentes de «la parte humana»: los jóvenes (la esperanza de la Iglesia), las mujeres (el mundo se salvará en clave de feminización), los obreros, los teólogos renovadores, la nueva pastoral, la familia (¡la familia salvará al mundo!), etc.

Todo ese mundo voluntarista es una miseria y un enorme error multiforme, que cierra en buena medida a la gracia del Salvador. Es causa muy suficiente para la descristianización progresiva de Occidente. Sólo nos ha sido dado bajo los cielos un nombre, el de Jesús, en el que podamos hallar la salvación, una salvación por gracia divina (Hch 4,12).

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

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¿Somos semipelagianos o voluntaristas?*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2012

El pelagianismo. En el siglo IV, cuando la Iglesia se ve invadida por multitudes de neófitos, surge en Roma un monje de origen británico, Pelagio (354-427), riguroso y ascético, que ante la mediocridad espiritual imperante, predica un moralismo muy optimista sobre las posibilidades naturales éticas del hombre. Los planteamientos de Pelagio resultaban muy aceptables para el ingenuo optimismo greco-romano respecto a la naturaleza: «Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla» (Epist. I Pelagii ad Demetriadem 30,16). Somos libres, no necesitamos gracia.

San Agustín resume así la doctrina pelagiana: «Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice [Pelagio] que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil. La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones [de súplica] de la Iglesia [¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?]. Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original» (De hæresibus, lib. I, 47-48. 42,47-48).

Según ellos, no hay, pues, un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación. La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobre-natural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido.

La Iglesia afirma la verdad católica de la gracia muy pronto. Aunque las doctrinas de Pelagio fueron en principio aprobadas por varios obispos y Sínodos, debido a informaciones insuficientes y malentendidas, pronto la Iglesia rechaza el pelagianismo con gran fuerza en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas, sobre todo a través de las enseñanzas de los pelagianos Celestio y Julián de Eclana (Indiculus 431, Orange II 529, Trento 1547, Errores Pistoya 1794: Denz 238-249, 371, 1520ss, 2616). Gran fuerza tuvieron en la lucha contra el pelagianismo varios santos Padres, como San Jerónimo, el presbítero hispano Orosio, San Próspero de Aquitania y sobre todo San Agustín de Hipona. Se atrevieron a combatir los errores de su propio tiempo.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15,5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).


El semipelagianismo es un grave error que en el siglo V se produjo en algunos monasterios del sur de Francia, como Marsella –de aquí vino el llamarlo error massiliense– y Lérins, isla frente a Cannes. Fue formulado y difundido por hombres de muy santa vida, como los monjes Juan Casiano, abad de Marsella (+430), en su Colación XIII, San Vicente de Lérins (+445), autor del Commonitorium, y San Fausto, Obispo de Riez, antes abad de Lérins (400-490). Ellos, claramente alejados del pelagianismo –reconocían el pecado original, la necesidad de la gracia y de la oración de petición–, erraban, sin embargo, acerca de la primacía absoluta de la gracia. Queriendo reaccionar contra ciertas tesis de San Agustín, que a su entender eliminaban la libertad del hombre en su colaboración con la gracia, vinieron a afirmar que ciertos esfuerzos de la voluntad humana preceden a la gracia y que el principio mismo de la fe (initium fidei) depende del hombre. Eran hombres santos, que erraron en un tiempo en que la Iglesia no había definido suficientemente la doctrina católica sobre la gracia.

San Fausto de Riez es el exponente máximo del semipelagianismo (De gratia Dei: PL 58,783-836). Según él, Dios ofrece igualmente a todos los hombres su gracia salvadora, y aquellos que generosamente la reciben, son los que se salvan. No son éstos, por tanto, propiamente elegidos de Dios (Rm 8,29), sino que más bien son ellos quienes se eligen a sí mismos, mereciendo así la salvación. La predestinación no es, por tanto, sino la previsión divina de aquellos que libremente van a recibir la gracia. Y es la voluntad humana la que hace eficaz la gracia, y la que decide el grado de santidad final según el grado mayor o menor de su generoso esfuerzo personal: «Regnorum cælorum vim patitur» (es el esfuerzo el que gana el Reino celestial, Lc 16,16). A fines del s. V, apenas entre los Obispos del sudeste de las Galias se alzaban voces contra la doctrina semipelagiana de católicos tan fidedignos como Casiano, Vicente y Fausto. El De gratia de Fausto era considerado por el escritor Genadio de Marsella (+500), docto sacerdote, como un «opus egregium».

Rechazo católico inmediato. También eran santos –y probablemente más santos, digo yo– quienes refutaron inmediatamente el semipelagianismo, como San Agustín (+430), San Hilario (401-449), obispo de Arlés, el monje San Próspero de Aquitania (+450), gran defensor del agustinismo, y San Fulgencio (+533), obispo de Ruspe, en el norte de África.

También el Magisterio pontificio, estimulado por esos autores, produjo a lo largo del siglo V varias declaraciones contrarias al semipelagianismo, reunidas en un documento, el Indiculus, que fue reconocido por Roma hacia el 500 (Denz. 238-249). Pero la más perfecta enseñanza de la Iglesia contra el semipelagianismo, en la misma doctrina del Indiculus, se produjo en el Sínodo II de Orange (529), pequeña ciudad al sudeste de Francia (Denz. 238-249). Fue presidido por San Cesáreo, obispo de Arlés (+543), y confirmado por el Papa Bonifacio II (Denz. 370-397).

Es significativo que tanto Hilario, como Próspero y Cesáreo, los tres habían sido monjes de Lérins, y conocían bien la doctrina del «semipelagianismo». Este término, por cierto, nació mucho después, cuando los que contradecían las tesis del P. Luis de Molina, S. J. (1535-1600), expuestas en su libro la Concordia (1588), lo acusaban de profesar las sententiæ semipelagianorum, es decir, de revivir los errores massilienses, ya condenados por la Iglesia.

Cánones principales del Sínodo II de Orange. El sufrido lector me va a permitir –a la fuerza– que transcriba buena parte de los cánones de este maravilloso Sínodo provincial (Arausicano). Su doctrina fue especialmente tenida en cuenta en los debates del Concilio de Trento. Han de ser leídos estos cánones con gran atención porque 1.–como es normal en los antiguos sínodos y concilios, su formulación es sumamente densa, precisa y concisa; y 2.–porque afirman unas verdades grandiosas, muy olvidadas actualmente hasta por los católicos más fieles. Si hoy la mayoría de los católicos no practicantes son apóstatas o pelagianos, una buena parte de los practicantes se ven más o menos afectados de semipelagianismo. Hemos de comprobarlo más adelante. Atención, pues:

Can. 1 y 2: El pecado original existe, y no en el sentido de Pelagio, sino en el de la Iglesia.

Can. 3: «Si alguno dice que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia hace que sea invocado [Dios] por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol: “he sido encontrado por los que no me buscaban. Manifiestamente aparecí a quien por mí no preguntaba” (Rm 10,20; cf. Is 65,1)».

Can. 4: «Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo, que por Salomón dice: “es preparada la voluntad por el Señor” (Prov. 8,35: en LXX), y al Apóstol que saludablemente predica: “Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar, según su beneplácito” (Flp 2,13)».

Can. 5: «Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe… se muestra enemigo de los dogmas apostólicos… “Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús” (Flp 1,6)… “A vosotros se os ha concedido por Cristo no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis” (1,29), y: “de gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios” (Ef 2,8)»…

Can. 6: «Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas, y no consiente que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: “¿qué tienes tú que no lo hayas recibido?” (1Cor 4,7), y: “por la gracia de Dios soy lo que soy” (1Cor 15,10)».

Can. 7: Es engañado por la herejía quien «afirma que por la fuerza de la naturaleza se puede pensar como conviene, o elegir algún bien que toca a la salud de la vida eterna, o consentir a la saludable y evangélica predicación… “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), y: “no que seamos capaces de pensar nada por nosotros como de nosotros, sino que nuestra suficiencia viene de Dios” (2Cor 3,5)».

Can. 8: Yerra el que «porfía que pueden venir a la gracia del bautismo unos por misericordia, otros en cambio por libre albedrío… El Señor mismo lo prueba, al atestiguar que no algunos, sino “ninguno puede venir a Él sino aquel a quien el Padre atrajere” (Jn 6,44); así como al bienaventurado Pedro le dice: “bienaventurado eres, Simón, hijo de Joná, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17); y el Apóstol: “nadie puede decir Señor a Jesús, sino en el Espíritu Santo” (1Cor 12,3)».

Can. 9: «Sobre la ayuda de Dios. Don divino es el que pensemos rectamente y que contengamos nuestros pies de la falsedad y la injusticia; porque cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros».

Can. 12: «Cuáles nos ama Dios. Tales nos ama Dios cuales hemos de ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento nuestro».

Can. 13: «De la reparación del libre albedrío. El albedrío de la voluntad, debilitado en el primer hombre, no puede repararse sino por la gracia del bautismo. Lo perdido no puede ser devuelto, sino por el que pudo darlo. De ahí que la Verdad misma diga: “si el Hijo os liberare, entonces seréis verdaderamente libres” (Jn 8,36)».

Can. 18: «Que por ningún merecimiento se previene a la gracia. Se debe recompensa a las obras buenas, si se hacen; pero la gracia, que no se debe, precede para que se hagan».

Can. 20: «Que el hombre no puede nada bueno sin Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, en cambio, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre».

Can. 22: «De lo que es propio de los hombres. Nadie tiene de suyo sino mentira y pecado. Y si alguno tiene alguna verdad y justicia, viene de aquella fuente» divina.

Can. 23: «De la voluntad de Dios y del hombre. Los hombres hacen su voluntad y no la de Dios, cuando hacen lo que a Dios desagrada; mas cuando hacen lo que quieren para servir a la divina voluntad, aun cuando voluntariamente hagan lo que hacen, la voluntad, sin embargo, es de Aquel por quien se prepara y se manda lo que quieren».

Can. 24: «De los sarmientos de la vid. De tal modo están los sarmientos en la vid que a la vid nada le dan, sino que de ella reciben de qué vivir»…

Concluye el Sínodo con una profesión solemne de la fe católica, redactada por San Cesáreo de Arlés, en la que reafirma la doctrina conciliar, añadiéndole más argumentos y citas bíblicas. «También profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que Él nos inspira primero –sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte– la fe y el amor a Él».

Bonifacio II confirma el Sínodo II de Orange (531: Denz. 398-400): «Vosotros definís que la recta fe en Cristo y el comienzo de toda buena voluntad, conforme a la verdad católica, es inspirado en el alma de cada uno por la gracia de Dios preveniente». Por tanto, «no hay absolutamente bien alguno según Dios que pueda nadie querer, empezar o acabar sin la gracia de Dios».

La primacía y la gratuidad total de la gracia de Dios es lo que está en juego en estas gravísimas cuestiones. Es muy significativo que la Iglesia dedicó sus primeros Sínodos y Concilios a definir ante todo las realidades más importantes de la fe católica: la Encarnación del Verbo, la santísima Trinidad, la gracia divina… El semipelagianismo –posterior al pelagianismo, ya condenado por la Iglesia–, estimando que la gracia de Dios se ofrece igualmente a todos, y que es la libertad humana personal la que, con su mayor o menor empeño, decide las buenas obras, prácticamente pone la iniciativa de la vida espiritual en el hombre. En consecuencia, la mayor o menor santificación de la persona es principalmente cuestión de su «generosidad» en la colaboración con la gracia. Y consiguientemente… etc. Ya lo iremos viendo.

Hace unos años, en un cursillo que di sobre la gracia divina a una veintena de católicos especialmente cualificados, les puse al inicio –confieso que con una cierta perfidia– un cuestionario previo, con una docena de frases (verdadera / falsa) tomadas textualmente de Concilios, de San Fausto de Riez, de Santo Tomás de Aquino, etc. Creo recordar que había entre ellos tres católicos, tres pelagianos y catorce semipelagianos.

La doctrina de la Biblia y del Magisterio apostólico es muy clara: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Es Dios el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, c. 9)… Cuando se leen estas frases tan claras, parece que la realidad que afirman –otra cosa será la explicación teológica que de ella se dé– es evidente: la gracia mueve la libertad del hombre para que pueda hacer el bien, un bien que no podría hacer ella sola sin la ayuda sobrenatural de Dios.

Sin embargo, son muchos los cristianos que ignoran esta verdad tan absolutamente fundamental, y que incluso se extrañan y eventualmente se escandalizan cuando se afirma de modo explícito. Más adelante, con el favor de Dios, he de exponer con cierta amplitud la doctrina católica. Pero contrapongo ahora, en forma muy abreviada, la fe católica en la primacía y eficacia de la gracia, y el modo semipelagiano de entender estas cuestiones.

Doctrina católica. La libertad humana es causa «subordinada», que se mueve movida por la gracia de Dios, la causa principal, en la producción de la obra buena. Por tanto, la libertad es causa real de la obra buena, pero no causa autónoma, que pueda producir su objeto propio, el bien, por sí misma; sino causa creatural, segunda, subordinada, que necesita la moción de la gracia divina. Puede la libertad humana, si Dios lo permite, resistir la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él. La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la co-operación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

El papa Paulo V mandó que cesaran las disputas entre Dominicos y Jesuitas sobre la explicación teológica de este misterio (1607). Y comunicó en 1611 al embajador español que, si la Santa Sede había sobreseído el pronunciamiento sobre esta disputa, se debía, entre otras causas, a que las dos partes estaban de acuerdo «en la sustancia de la verdad católica, esto es, que Dios con la eficacia de su gracia nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer, y dobla y cambia las voluntades de los hombres» para afirmarlas en las obras buenas salvíficas (Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

Doctrina semipelagiana. La libertad humana es causa «co-ordinada» con la gracia divina. Los semipelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) concurre con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace extrínsecamente eficaz en la producción del bien. Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, aunque adversario de ciertas tesis tomistas de los dominicos, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

«Algunos [semipelagianos] opinan que la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana, de modo que por su resultado se llama eficaz la gracia… y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín [y de Santo Tomás], y en cuanto a lo que yo entiendo, incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras» (De gratia et libero arbitrio I, cp. XII; cf. F. Canals, Gracia y salvación, Anales de la Fund. Fco. Elías de Tejada, 2, 1996, 13-30).

El voluntarismo pone, pues, la iniciativa de la vida espiritual en el hombre, quedando la gracia en la condición de ayuda, de ayuda necesaria, sin duda –«sin mí no podéis hacer nada»–, pero de ayuda. Aunque los cristianos que se ven afectados por esa actitud sean con frecuencia doctrinalmente ortodoxos –no son pelagianos, ni tampoco son semipelagianos conscientes–, en su espiritualidad práctica no alcanzan a vivir del todo, es imposible, la primacía absoluta de la gracia divina, la total gratuidad de la gracia, ni tampoco son conscientes de su intrínseca eficacia. No pueden llegar a la perfecta humildad, y por tanto a la plena santidad. Ellos estiman que ir más o menos adelante en el camino de la santidad «es cuestión de voluntad»; «querer es poder», etc. A veces, más que un error doctrinal, estos desastrosos planteamientos son en ellos una desviación espiritual, debida a tres causas principales:

1.– Una mala instrucción en la fe católica. Sólo un ejemplo. El padre Severino González, S. J., a mediados del siglo pasado, en una de las colecciones de teología dogmática más difundidas, rechaza juntamente las doctrinas agustinianas, tomistas y escotistas en estas cuestiones, y mantiene que «ningún sistema que afirme la gracia intrínsecamente eficaz puede explicar su concordia con la libertad» (Sacræ Theologiæ Summa, BAC, Madrid 1953, III, tract. III, tesis 33, nn. 313 y 324). Los muchachos de esos años no leíamos esas obras académicas, pero sí leíamos no pocos libros (por ejemplo, El joven de carácter, del húngaro Tihamer Toth, 1889-1931) que, si no recuerdo mal, por ahí andaban. Querer es poder. Es cuestión de generosidad… Aquellos libros nos hicieron mucho bien, pero también ocasionaron graves daños espirituales, cuya profunda huella negativa ha permanecido siempre en algunos, por falta de verdad católica. Padre, «santifícalos en la verdad» (Jn 17,17).

2.– Un antropocentrismo cultural ampliamente predominante, no solo en el mundo, sino también en las zonas mundanizadas de la Iglesia. El teocentrismo humilde que caracterizó tan profundamente la cristiandad antigua y medieval fue debilitándose mucho, como bien sabemos, a partir sobre todo del Renacimiento. Desde entonces, el antropocentrismo voluntarista, inevitablemente soberbio –aunque no se trate a veces de una soberbia personal, sino de especie humana– ha producido frecuentemente en los últimos siglos un cristianismo falsificado, en el que se ignora en gran medida la primacía de la gracia. Son muchos los católicos que son pelagianos –entre los no practicantes la mayoría–, y piensan que ir a la santidad está en la fuerza natural del hombre. Por eso, como no son tontos, no lo intentan, y dejan la vida cristiana. Y otros son semipelagianos –bastante numerosos entre los practicantes–, pues piensan que el bien que han de hacer procede en parte de Dios, y en parte, la más decisiva, por supuesto, de su propia voluntad libre.

3.– Un bajo nivel espiritual de sacerdotes y laicos. Entre los cristianos todavía carnales (1Cor 3,1-3), también entre aquellos que tienden con fuerza a la perfección, el voluntarismo suele ser el error más frecuente, pues si la pereza a veces, muchas veces, les daña, todavía hace en ellos peores estragos la soberbia, que unas veces es perezosa y otras activa, pero que siempre tiende a poner en el hombre la iniciativa, quitándosela a Dios, aunque sea inconscientemente.

En cambio los santos –ya lo comprobaremos– todos profesan la doctrina católica de la gracia, porque todos son perfectamente humildes. Y como dice Santa Teresa, «la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira» (6 Moradas 10,8). Es cierto que algunos santos, en sus comienzos, cuando todavía eran carnales, andaban no poco engañados, y fueron voluntaristas por carácter personal o por una formación incorrecta; pero cuando por la gracia de Dios llegaron a una condición espiritual, todos ellos descubrieron la primacía absoluta de la gracia, pues de otra manera no hubieran llegado a la santidad. La plena santidad se da en la perfecta humildad y verdad.

Un San Ignacio, por ejemplo, cuando se convierte en Loyola leyendo Vidas de santos, se decía a sí mismo: «Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer» (Autobiografía 7). Por narices. Pero en cuanto va entrando en Dios y en la vida espiritual, muy pronto alcanza por don del Señor un supremo conocimiento de la gracia. Y en sus Ejercicios dispone: «pedir a Dios Nuestro Señor quiera mover mi voluntad y poner en mi ánima lo que yo debo hacer»… (17). «Aquí será pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea» (152). Por ahí vamos mejor. Sus maravillosas reglas de discernimiento muestran claramente que en la vida espiritual la pretensión fundamental ha de ser dejar hacer a Dios, haciendo lo que Él quiera hacer en nosotros, incondicionalmente.

La operatividad caracteriza al voluntarismo semipelagiano. Es cierto que a veces el semipelagianismo, al cifrar tanto la obra de la santificación en el esfuerzo de la voluntad libre del hombre, lleva al voluntarista a abandonar la vida cristiana. Sabiendo bien por experiencia aquello de San Pablo: «no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Es el pecado que mora en mí» (cf. Rm 7, 15-19), concluye: «si así es el camino de la perfección, yo no tengo nada que hacer. Mejor será abandonar el intento». Y confiándose sin más a la misericordia de Dios –en el mejor de los casos–, pasa del semipelagianismo al luteranismo protestante.

Pero el voluntarismo semipelagiano lleva normalmente a los cristianos fieles y practicantes a una operatividad malsana. Ya sabemos, sí, que «la fe, si no tiene obras, está muerta» (Sant 2,17). Y no olvidamos las exhortaciones de Santa Teresa: «que no, hermanas, no: obras quiere el Señor» (5 Moradas 3,11); «vosotras diciendo y haciendo, palabras y obras» (Camino Perf. 55,2). Pero en una vida espiritual católica –sinergia de gracia y libertad–, que da siempre la iniciativa a Dios y a su gracia, el florecimiento en la santidad va siempre de la persona a las obras, del interior al exterior, con paz y suavidad, aunque a veces con gran cruz. Bajo el impulso del Espíritu Santo, en gran medida imprevisible, la oración y el ejercicio de las virtudes, el cultivo de la persona, de sus modos de pensar, de querer y de sentir, la cruz de cada día, va haciéndole florecer en buenas obras, al ritmo que marca Dios, no al señalado por la propia persona o por su director espiritual o su grupo: «es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,7). Hay cactus que, bien regados y cuidados, siguen espinudos y feos tiempo y tiempo, hasta que, de pronto, dan lugar a una flor maravillosa.

En el voluntarismo, por el contrario, se produce una cierta subordinación de la persona a las obras concretas. Se tira de la planta para que crezca más rápidamente, con el peligro de quedarse con ella en la mano. El crecimiento espiritual se pretende sobre todo por la prescripción –personal o ajena– de un conjunto de obras buenas, bien concretas, cuya realización se estimula y se controla con frecuencia.

Si las obras no se cumplen, vendrán juicios temerarios («soy un flojo; yo no valgo para esto»; «es un flojo; no vale, dejémoslo»; «puede, pero le faltó generosidad»). Y si se cumplen, vendrán juicios igualmente temerarios («soy un tipo formidable»; «es un tipo formidable»). Más aún. La operatividad voluntarista lleva a la prisa, que se hace crónica, y al activismo, al mismo tiempo que pone límites muy tasaditos a los tiempos de oración (personas tensas, comunidades siempre super-ocupadas). Lleva inevitablemente a la obra mal hecha, aunque la apariencia exterior de la misma sea buena. Cuantifica la vida espiritual (dos horas de oración santifican el doble que una; evidente). Da ocasión para los escrúpulos con gran frecuencia. Fija objetivos («este año tiene Ud. –o su comunidad– que conseguir al menos dos vocaciones para el Instituto, y una docena de vinculaciones de laicos»). Controla los resultados pretendidos, con mal desánimo o con peor satisfacción, según se hayan conseguido las metas. Lleva a un normativismo y a un legalismo detallista, y no advierte que leyes y normas señalan siempre obras mínimas, que no pocos voluntaristas tomarán como máximas, contentándose con su cumplimiento: todo lo que pase de ahí es para ellos exageraciones. Mediocridad congénita. «El viento [del Espíritu Santo] sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo nacido del Espíritu» (Jn 3,8).

El voluntarismo es tremendamente insano, tanto espiritual como psicológicamente. No capta la vida cristiana como un don constante de Dios, «gracia sobre gracia» (Jn 1,16), sino como un incesante esfuerzo laborioso del hombre. Sus errores y los daños que produce en personas y en grupos son tantos que resultan indescriptibles.

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

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Dios es amor*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 13, 2012

 

El primer y fundamental anuncio que la Iglesia está encargada de llevar al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean íntimamente permeados por ella, que ésta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos mínimamente, la presente meditación.

La expresión “amor de Dios” tiene dos acepciones muy diversas entre sí: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, más inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, más a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. También la predicación cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas épocas, casi solo del deber de amar a Dios (De diligendo Deo).

Pero la revelación bíblica da la precedencia al segundo significado: al amor de Dios, no al amor por Dios. Aristóteles decía que Dios mueve el mundo “en cuanto es amado”, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo más importante, a propósito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que lo ama primero: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo demás, incluida nuestra propia posibilidad de amar a Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19).

 

1. El amor de Dios en la eternidad

Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los demás se detenían en su nacimiento de María; él da el gran salto hacia atrás, del tiempo a la eternidad: “Al principio estaba la Palabra”. Lo mismo hace a propósito del amor. Todos los demás, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; él se remonta a más allá de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor: “Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios”: así podemos descomponer su afirmación: “Dios es amor” (1Jn 4,10).

De ella Agustín escribió: “Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las páginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta única palabra, es decir, que Dios es amor, no deberíamos pedir más”[2]. Toda la Biblia no hace sino “narrar el amor de Dios” [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las demás. Se discute sin fin, y no sólo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo más importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hipótesis, Él existiese pero no fuese amor, habría que temer más que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ¡Dios existe y es amor!

El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. Allí donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.

No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, así como —dice el filósofo Husserl— no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ¿A quién ama Dios para ser definido amor? ¿A la humanidad? Pero los hombres existen sólo desde hace algunos millones de años; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ¿El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años; antes, ¿a quién amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.

He aquí la respuesta de la revelación cristiana que la Iglesia recogió de Cristo y que explicitó en su Credo. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, que ama con un amor infinito que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que los une.

 

2. El amor de Dios en la creación

Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvación. La primera etapa de ella es la creación. El amor es, por su naturaleza, “diffusivum sui”, es decir, “tiende a comunicarse”. Dado que “el actuar sigue al ser”, siendo amor, Dios crea por amor. “¿Por qué nos ha creado Dios?”: así sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo después en la otra en el paraíso”. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: “con qué objetivo, con que fin nos ha creado Dios”; no responde a la pregunta sobre la causa causante: “por qué nos creó, qué le empujó a crearnos”. A esta pregunta no se debe responder: “para que lo amásemos”, sino “porque nos amaba”.

Según la teología rabínica, hecha propia por el Santo Padre en su último libro sobre Jesús, “el cosmos fue creado no para que haya múltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la ‘alianza’, el ‘sí’ del amor entre Dios y el hombre que le responde” [5]. La creación existe de cara al diálogo de amor de Dios con sus criaturas.

¡Qué lejos está, en este punto, la visión cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos más profundos para un joven o una chica es descubrir un día que está en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empeñado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabría convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oración suya a la Trinidad:

“¿Cómo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? […]. El fuego te obligó. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz veías todas las iniquidades que tu criatura debía cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, dándole el ser a tu imagen y semejanza. Tú, verdad eterna, me declaraste a mí tu verdad, es decir, que el amor te obligó a crearla”.

Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donación y de descendimiento; es también eros y en estado puro; es atracción hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinación por su belleza.

3. El amor de Dios en la revelación

La segunda etapa del amor de Dios es la revelación, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé […] ¡Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! […] Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer […] ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? […] Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1-4).

Encontramos este mismo lenguaje en Isaías: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?” (Is 49, 15) y en Jeremías: “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él” (Jr 31, 20).

En estos oráculos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno está hecho de estímulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y difícilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese más. El amor materno en cambio está hecho de acogida y de ternura; es un amor “visceral”; parte de las profundas fibras del ser de la madre, allí donde se formó la criatura, y de allí afirma toda su persona haciéndola “temblar de compasión”.

En el ámbito humano, estos dos tipos de amor – viril y materno – están siempre repartidos, más o menos claramente. El filósofo Séneca decía: “¿No ves cómo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces también de lágrimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse”[6]. Pero mientras el Dios del filósofo pagano tiene hacia los hombres sólo “el ánimo de un padre que ama sin debilidad” (son palabras suyas), el Dios bíblico tiene también el ánimo de una madre que ama “con debilidad”.

El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es “fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego” (cf Ct 8, 6), y también a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegría del día de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).

El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elección. ¡Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, también lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por él “como se alegra el esposo por la esposa” (Is 62,5)!

Como observa el Santo Padre en la “Deus caritas est”, la metáfora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la “alianza”, es la mejor muestra de que también el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un “hacer caridad” al hombre, en el sentido más restringido del término.

4. El amor de Dios en la encarnación

Llegamos así a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnación: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Frente a la encarnación se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnación. ¿Por qué Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundizó esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnación, como de todas las demás obras ad extrade la Trinidad.

Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a sí mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (“secundo vult alios habere condiligentes”). Si decide la encarnación es para que haya otro ser que le ama con el amor más grande posible fuera de Él [7]. La encarnación habría tenido lugar por tanto aunque Adán no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el “primogénito de la creación” (Col 1,15), no la solución a un problema creado a raíz del pecado de Adán.

Pero también la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnación del Hijo, no sólo para tener a alguien fuera de sí que le amase de modo digno de sí, sino también y sobre todo para tener a alguien fuera de sí a quien amar de manera digna de sí. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone “toda su complacencia” y con él a todos nosotros hechos “hijos en el Hijo”.

Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no sólo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido también subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situación. En el principio existía el amor, y “el amor se hizo carne”: así parafraseaba un antiquísimo escrito cristiano las palabras del Prólogo de Juan [8].

San Pablo acuña una expresión adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama “el amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rom 8, 39). Si, como se decía la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expresó y recogió en Cristo.

5. El amor de Dios infundido en los corazones

La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecostés, que hace presente y operante “el amor de Dios en Cristo Jesús” hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir sólo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).

¿Pero qué es este amor que ha sido derramado en nuestro corazón en el bautismo? ¿Es un sentimiento de Dios por nosotros? ¿Una disposición benévola suya respecto a nosotros? ¿Una inclinació? ¿Es decir, algo intencional? Es mucho más; es algo real. Es, literalmente, el amor de Dios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnación asumió una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de “inhabitación”. “Mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).

Nosotros nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), es decir, partícipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vorágine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor aún: entre la vorágine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.

6. ¡Nosotros hemos creído en el amor de Dios!

Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aquí es la revelación objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ¿qué haremos, qué diremos tras haber escuchado cuánto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ¡amar a Dios! ¿No es este, el primero y más grande mandamiento de la ley? Sí, pero viene después. Otra respuesta posible: ¡amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ¿No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4, 11)? También esto viene después; antes hay otra cosa que hacer. ¡Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que “Dios es amor”, el evangelista Juan exclama: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Jn 4,16).

La fe, por tanto. Pero aquí se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ¿Cómo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no sólo de crearnos, sino también de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ¿Cómo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.

El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribió una novela singular titulada “Cartas del diablo a su sobrino”. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que está empeñado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la práctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener éxito en el intento. Se trata de un moderno, finísimo tratado de moral y de ascética, que hay que leer al revés, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.

En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusión que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (así llaman a Dios) ame verdaderamente “a los gusanos humanos y desee su libertad”. Están seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un engaño, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el día en que “Nuestro Padre” (Así llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen razón.

Parecería una fe fácil y agradable; en cambio, es quizás lo más difícil que hay también para nosotros, criaturas humanas. ¿Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ¡No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo creyésemos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, porque el paraíso no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.

El mundo ha hecho cada vez más difícil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cuánto duele sentirse engañado. Así, se va engrosando cada vez más la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es más, en ningún amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal está también la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: “Sí, este amor de Dios es hermoso, pero no es para mí. Yo no soy digno…”.

Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los discípulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupación por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie – digo nadie – entre los filósofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros y agape.

San Pablo nos sugiere un método para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que él experimentó en su vida: la angustia, la persecución, la espada… (cf 2 Cor 11, 23 ss). Él los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.

Se nos invita a hacer como él: a mirar nuestra vida, tal como ésta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden allí, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto físico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.

Desde su vida personal, el Apóstol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 37-39). Observa “su” mundo, con los poderes que lo hacían amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infundían tanto terror al hombre antiguo.

Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La “altura” y la “profundidad”, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente pequeño abajo, el universo y el átomo. Todo está dispuesto a aplastarnos; el hombre es débil y está solo, en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador a raíz de los descubrimientos científicos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos está demostrando dramáticamente el caso de los reactores atómicos de Fukushima.

Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es más fuerte que todo. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

 

P. Raniero Cantalamessa

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[1] Aristóteles, Metafísica, XII, 7, 1072b.

[2] S. Agustín, Tratados sobre la Primera Carta de Juan, 7, 4.

[3] S. Agustín, De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.

[4] Cf. S. Kierkegaard, Disursos edificantes en diverso espíritu, 3: El Evangelio del sufrimiento, IV.

[5] Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana, 2011, p. 93.

[6] Séneca, De Providentia, 2, 5 s.

[7] Duns Scoto, Opus Oxoniense, I,d.17, q.3, n.31; Rep., II, d.27, q. un., n.3

[8] Evangelium veritatis (de los Códigos de Nag-Hammadi).

[9] Cf. S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, estrofa 38.

[10] C.S. Lewis, The Screwtape Letters, 1942, cap. XIX; trad. it. Le lettere di Berlicche, Milán, Mondadori, 1998

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La posición oficial de la Iglesia sobre los mensajes de Fátima*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 3, 2011

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

EL MENSAJE DE FÁTIMA

PRESENTACIÓN 

En el tránsito del segundo al tercer milenio, Juan Pablo II ha decidido hacer público el texto de la tercera parte del « secreto de Fátima ».

Tras los dramáticos y crueles acontecimientos del siglo XX, uno de los más cruciales en la historia del hombre, culminado con el cruento atentado al « dulce Cristo en la Tierra », se abre así un velo sobre una realidad, que hace historia y la interpreta en profundidad, según una dimensión espiritual a la que la mentalidad actual, frecuentemente impregnada de racionalismo, es refractaria.

Apariciones y signos sobrenaturales salpican la historia, entran en el vivo de los acontecimientos humanos y acompañan el camino del mundo, sorprendiendo a creyentes y no creyentes. Estas manifestaciones, que no pueden contradecir el contenido de la fe, deben confluir hacia el objeto central del anuncio de Cristo: el amor del Padre que suscita en los hombres la conversión y da la gracia para abandonarse a Él con devoción filial. Éste es también el mensaje de Fátima que, con un angustioso llamamiento a la conversión y a la penitencia, impulsa en realidad hacia el corazón del Evangelio.

Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas. La primera y la segunda parte del « secreto » —que se publican por este orden por integridad de la documentación— se refieren sobre todo a la aterradora visión del infierno, la devoción al Corazón Inmaculado de María, la segunda guerra mundial y la previsión de los daños ingentes que Rusia, en su defección de la fe cristiana y en la adhesión al totalitarismo comunista, provocaría a la humanidad.

Nadie en 1917 podía haber imaginado todo esto: los tres pastorinhos de Fátima ven, escuchan, memorizan, y Lucía, la testigo que ha sobrevivido, lo pone por escrito en el momento en que recibe la orden del Obispo de Leiria y el permiso de Nuestra Señora.

Por lo que se refiere la descripción de las dos primeras partes del « secreto », por lo demás ya publicado y por tanto conocido, se ha elegido el texto escrito por Sor Lucía en la tercera memoria del 31 de agosto de 1941; después añade alguna anotación en la cuarta memoria del 8 de diciembre de 1941.

La tercera parte del « secreto » fue escrita « por orden de Su Excelencia el Obispo de Leiria y de la Santísima Madre…. » el 3 de enero de 1944.

Existe un único manuscrito, que se aquí se reproduce en facsímile. El sobre lacrado estuvo guardado primero por el Obispo de Leiria. Para tutelar mejor el « secreto », el 4 de abril de 1957 el sobre fue entregado al Archivo Secreto del Santo Oficio. Sor Lucía fue informada de ello por el Obispo de Leiria.

Según los apuntes del Archivo, el 17 de agosto de 1959, el Comisario del Santo Oficio, Padre Pierre Paul Philippe, O.P., de acuerdo con el Emmo. Card. Alfredo Ottaviani, llevó el sobre que contenía la tercera parte del « secreto de Fátima » a Juan XXIII. Su Santidad, « después de algunos titubeos », dijo: « Esperemos. Rezaré. Le haré saber lo que decida ».1

En realidad, el Papa Juan XXIII decidió devolver el sobre lacrado al Santo Oficio y no revelar la tercera parte del « secreto ».

Pablo VI leyó el contenido con el Sustituto, S. E. Mons. Angelo Dell’Acqua, el 27 de marzo de 1965 y devolvió el sobre al Archivo del Santo Oficio, con la decisión de no publicar el texto.

Juan Pablo II, por su parte, pidió el sobre con la tercera parte del « secreto » después del atentado del 13 de mayo de 1981.S. E. Card.Franjo Seper, Prefecto de la Congregación, entregó el 18 de julio de 1981 a S. E. Mons. Martínez Somalo, Sustituto de la Secretaría de Estado, dos sobres: uno blanco, con el texto original de Sor Lucía en portugués, y otro de color naranja con la traducción del « secreto » en italiano. El 11 de agosto siguiente, Mons. Martínez devolvió los dos sobres al Archivo del Santo Oficio.2

Como es sabido, el Papa Juan Pablo II pensó inmediatamente en la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María y compuso él mismo una oración para lo que definió « Acto de consagración », que se celebraría en la Basílica de Santa María la Mayor el 7 de junio de 1981, solemnidad de Pentecostés, día elegido para recordar el 1600° aniversario del primer Concilio Constantinopolitano y el 1550° aniversario del Concilio de Éfeso. Estando ausente el Papa por fuerza mayor, se transmitió su alocución grabada. Citamos el texto que se refiere exactamente al acto de consagración:

« Madre de los hombres y de los pueblos,Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón y abraza con el amor de la Madre y de la Esclava del Señor a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana a la que, con todo afecto a ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza ».3

Pero el Santo Padre, para responder más plenamente a las peticiones de « Nuestra Señora », quiso explicitar durante el Año Santo de la Redención el acto de consagración del 7 de junio de 1981, repetido en Fátima el 13 de mayo de 1982. Al recordar el fiat pronunciado por María en el momento de la Anunciación, en la plaza de San Pedro el 25 de marzo de 1984, en unión espiritual con todos los Obispos del mundo, precedentemente « convocados », el Papa consagra a todos los hombres y pueblos al Corazón Inmaculado de María, en un tono que evoca las angustiadas palabras pronunciadas en 1981.

« Y por eso, oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces todos sus sufrimientos y esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que invaden el mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo, elevamos directamente a tu corazón: abraza con amor de Madre y de Sierva del Señor a este mundo humano nuestro, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos.

De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones, que tienen necesidad particular de esta entrega y de esta consagración.

¡“Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios”!

¡No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades! ».

Acto seguido, el Papa continúa con mayor fuerza y con referencias más concretas, comentando casi el triste cumplimiento del Mensaje de Fátima:

« He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo: “Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19). Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación.

El poder de esta consagracióndura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo.

¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.

Lo manifiesta el presente Año de la Redención, el Jubileo extraordinario de toda la Iglesia.

En este Año Santo, bendita seas por encima de todas las creaturas, tú, Sierva del Señor, que de la manera más plena obedeciste a la llamada divina.

Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo.

Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Ilumina especialmente a los pueblos de los que tú esperas nuestra consagración y nuestro ofrecimiento. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo actual.

Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón maternal.

¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.

¡Del hambre y de la guerra, líbranos!

¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!

¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!

¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!

¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!

¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!

¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!

¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!

¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!

Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades enteras.

Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del hombre y el « pecado del mundo », el pecado en todas sus manifestaciones.

Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: poder del Amor misericordioso. Que éste detenga el mal.Que transforme las conciencias.Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos la luz de la Esperanza».4

Sor Lucía confirmó personalmente que este acto solemne y universal de consagración correspondía a los deseos de Nuestra Señora (« Sim, està feita, tal como Nossa Senhora a pediu, desde o dia 25 de Março de 1984 »: « Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido »: carta del 8 de noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión, así como cualquier otra petición ulterior, carecen de fundamento.

En la documentación que se ofrece, a los manuscritos de Sor Lucía se añaden otros cuatro textos: 1) la carta del Santo Padre a Sor Lucía, del 19 de abril del 2000; 2) una descripción del coloquio tenido con Sor Lucía el 27 de abril del 2000; 3) la comunicación leída por encargo del Santo Padre en Fátima el 13 de mayo actual por el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado; 4) el comentario teológico de Su Eminencia el Card. Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Una indicación para la interpretación de la tercera parte del « secreto » la había ya insinuado Sor Lucía en una carta al Santo Padre del 12 de mayo de 1982. En ella se dice:

« La tercera parte del secreto se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Si no [Rusia] diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre sufrirá mucho, varias naciones serán destruidas” (13-VII-1917).

La tercera parte es una revelación simbólica, que se refiere a esta parte del Mensaje, condicionado al hecho de que aceptemos o no lo que el mismo Mensaje pide: “si aceptaren mis peticiones, la Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, diseminará sus errores por el mundo, etc.”.

Desde el momento en que no hemos tenido en cuenta este llamamiento del Mensaje, constatamos que se ha cumplido, Rusia ha invadido el mundo con sus errores. Y, aunque no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía, vemos que nos encaminamos poco a poco hacia ella a grandes pasos. Si no renunciamos al camino del pecado, del odio, de la venganza, de la injusticia violando los derechos de la persona humana, de inmoralidad y de violencia, etc.

Y no digamos que de este modo es Dios que nos castiga; al contrario, son los hombres que por sí mismos se preparan el castigo. Dios nos advierte con premura y nos llama al buen camino, respetando la libertad que nos ha dado; por eso los hombres son responsables ».5

La decisión del Santo Padre Juan Pablo II de hacer pública la tercera parte del « secreto » de Fátima cierra una página de historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad, pero impregnada del amor misericordioso de Dios y de la atenta premura de la Madre de Jesús y de la Iglesia.

La acción de Dios, Señor de la Historia, y la corresponsabilidad del hombre en su dramática y fecunda libertad, son los dos goznes sobre los que se construye la historia de la humanidad.

La Virgen que se apareció en Fátima nos llama la atención sobre estos dos valores olvidados, sobre este porvenir del hombre en Dios, del que somos parte activa y responsable.

 

Tarcisio Bertone, SDB
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario de la Congregación
para la Doctrina de la Fe

EL « SECRETO » DE FATIMA

PRIMERA Y SEGUNDA PARTE DEL « SECRETO »

EN LA REDACCIÓN HECHA POR SOR LUCÍA
EN LA « TERCERA MEMORIA » DEL 31 DE AGOSTO DE 1941
DESTINADA AL OBISPO DE LEIRIA-FÁTIMA

(texto original)

 

 

(Traducción) 6

Tendré que hablar algo del secreto, y responder al primer punto interrogativo.

¿Qué es el secreto? Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo licencia del Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han autorizado a ello varias veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia. Rvma. conserva una de ellas, del R. P. José Bernardo Gonçalves, aquella en que me manda escribir al Santo Padre. Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Sí, ya dije algo; pero, para no alargar más ese escrito que debía ser breve, me limité a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más favorable.

Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el 13 de junio al 13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición todo se desvaneció.

Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales voy a revelar dos.

La primera fue, pues, la visión del infierno.

Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.

Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo! (en la primera aparición). De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de susto y pavor.

Inmediatamente levantamos los ojos hacia Nuestra Señora que nos dijo con bondad y tristeza:

— Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra pronto terminará. Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz.7

 

TERCERA PARTE DEL « SECRETO »

(texto original)

 

 



(Traducción)8

« J.M.J.

Tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima.

Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.

Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: « algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre ». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.

Tuy-3-1-1944 ».

INTERPRETACIÓN DEL « SECRETO »

 

CARTA DE JUAN PABLO II

A SOR LUCÍA

(texto original)

 

 

(Traducción)

 Reverenda Sor
María Lucía
Convento de Coimbra

En el júbilo de las fiestas pascuales, le presento el augurio de Cristo Resucitado a sus discípulos: « ¡la paz esté contigo! »

Tendré el gusto de poder encontrarme con Usted en el tan esperado día de la beatificación de Francisco y Jacinta que, si Dios quiere, beatificaré el próximo 13 de mayo.

Sin embargo, teniendo en cuenta que ese día no habrá tiempo para un coloquio, sino sólo para un breve saludo, he encargado ex profeso a Su Excelencia Monseñor Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que vaya a hablar con Usted. Se trata de la Congregación que colabora más estrechamente con el Papa para la defensa de la fe católica y que ha conservado desde 1957, como Usted sabe, su carta manuscrita que contiene la tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria, Fátima.

Monseñor Bertone, acompañado del Obispo de Leiria, su Excelencia Monseñor Serafim de Sousa Ferreira e Silva, va en mi nombre para hacerle algunas preguntas sobre la interpretación de la « tercera parte del secreto ».

Reverenda Sor Lucía, puede hablar abierta y sinceramente a Monseñor Bertone, que me referirá sus respuestas directamente a mí.

Ruego ardientemente a la Madre del Resucitado por Usted, por la Comunidad de Coimbra y por toda la Iglesia.

María, Madre de la humanidad peregrina, nos mantenga siempre estrechamente unidos a Jesús, su amado Hijo y Hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria.

Con una especial Bendición Apostólica.

JUAN PABLO II

Vaticano, 19 de abril de 2000.

 

 

COLOQUIO
CON SOR MARÍA LUCÍA DE JESÚS
Y DEL INMACULADO CORAZÓN

 

La cita de Sor Lucía con Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encargado por el Santo Padre, y de Su Excia. Mons. Serafim de Sousa Ferreira e Silva, Obispo de Leiria-Fátima, tuvo lugar el pasado jueves 27 de abril en el Carmelo de Santa Teresa de Coimbra.

Sor Lucía estaba lúcida y serena; estaba muy contenta del viaje del Papa a Fátima para la beatificación, que ella tanto esperaba, de Francisco y Jacinta.

El Obispo de Leiria-Fátima leyó la carta autógrafa del Santo Padre que explicaba los motivos de la visita. Sor Lucía se sintió honrada y la releyó personalmente, teniéndola en sus propias manos. Dijo estar dispuesta a responder francamente a todas las preguntas.

Llegados a este punto, Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone le presentó dos sobres, uno externo y otro dentro con la carta que contenía la tercera parte del « secreto » de Fátima, y ella dijo inmediatamente, tocándola con los dedos: « es mi carta »; y después, leyéndola: « es mi letra ».

Con la ayuda del Obispo de Leiria-Fátima, se leyó e interpretó el texto original, que está en portugués. Sor Lucía estuvo de acuerdo en la interpretación según la cual la tercera parte del secreto consiste en una visión profética comparable a las de la historia sagrada. Reiteró su convicción de que la visión de Fátima se refiere sobre todo a la lucha del comunismo ateo contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de las víctimas de la fe en el siglo XX.

A la pregunta: « El personaje principal de la visión, ¿es el Papa? », Sor Lucía respondió de inmediato que sí y recuerda que los tres pastorcitos estaban muy apenados por el sufrimiento del Papa y Jacinta repetía: « Coitandinho do Santo Padre, tenho muita pena dos peccadores! » (« ¡Pobrecito el Santo Padre, me da mucha pena de los pecadores! »). Sor Lucía continúa: « Nosotros no sabíamos el nombre del Papa, la Señora no nos ha dicho el nombre del Papa, no sabíamos si era Benedicto XV o Pío XII o Pablo VI o Juan Pablo II, pero era el Papa que sufría y nos hacía sufrir también a nosotros ».

Por lo que se refiere al pasaje sobre el obispo vestido de blanco, esto es, el Santo Padre —como se dieron cuenta inmediatamente los pastorcitos durante la “visión”—, que es herido de muerte y cae por tierra, Sor Lucía está completamente de acuerdo con la afirmación del Papa: « una mano materna guió la trayectoria de la bala, y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, 13 de mayo de 1994).

Puesto que Sor Lucía, antes de entregar al entonces Obispo de Leiria-Fátima el sobre lacrado que contenía la tercera parte del « secreto », había escrito en el sobre exterior que sólo podía ser abierto después de 1960, por el Patriarca de Lisboa o por el Obispo de Leiria, Su Excia. Mons. Bertone le preguntó: « ¿por qué la fecha tope de 1960? ¿Ha sido la Virgen quien ha indicado esa fecha? Sor Lucía respondió: « no ha sido la Señora, sino yo la que ha puesto la fecha de 1960, porque según mi intuición, antes de 1960 no se hubiera entendido, se habría comprendido sólo después. Ahora se puede entender mejor. Yo he escrito lo que he visto, no me corresponde a mí la interpretación, sino al Papa ».

Finalmente, se mencionó el manuscrito no publicado que Sor Lucía ha preparado como respuesta a tantas cartas de devotos de la Virgen y de peregrinos. La obra lleva el título « Os apelos da Mensagen da Fatima » y recoge pensamientos y reflexiones que expresan sus sentimientos y su límpida y simple espiritualidad, en clave catequética y parenética. Se le preguntó si le gustaría que la publicaran, y ha respondido: « Si el Santo Padre está de acuerdo, me encantaría, si no, obedezco a lo que decida el Santo Padre ». Sor Lucía desea someter el texto a la aprobación de la Autoridad eclesiástica, y tiene la esperanza de poder contribuir con su escrito a guiar a los hombres y mujeres de buena voluntad por el camino que conduce a Dios, última meta de toda esperanza humana.

El coloquio se concluyó con un intercambio de rosarios: a Sor Lucía se le dio el que le había regalado el Santo Padre y ella, a su vez, entrega algunos rosarios confeccionados por ella personalmente.

La bendición impartida en nombre del Santo Padre concluyó el encuentro.

 

COMUNICADO DE SU EMINENCIA EL CARD. ANGELO SODANO
SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD

 

Al final de la solemne Concelebración Eucarística presidida por Juan Pablo II en Fátima, el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, ha pronunciado en portugués las palabras que aquí reproducimos en traducción española.

 

Hermanos y hermanas en el Señor:

Al concluir esta solemne celebración, siento el deber de presentar a nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II la felicitación más cordial, en nombre de todos los presentes, por su próximo 80° cumpleaños, agradeciéndole su valioso ministerio pastoral en favor de toda la Santa Iglesia de Dios.

En la solemne circunstancia de su venida a Fátima, el Sumo Pontífice me ha encargado daros un anuncio. Como es sabido, el objetivo de su venida a Fátima ha sido la beatificación de los dos “pastorinhos”. Sin embargo, quiere atribuir también a esta peregrinación suya el valor de un renovado gesto de gratitud hacia la Virgen por la protección que le ha dispensado durante estos años de pontificado. Es una protección que parece que guarde relación también con la llamada “tercera parte” del secreto de Fátima.

Este texto es una visión profética comparable a la de la Sagrada Escritura, que no describe con sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetiza y condensa sobre un mismo fondo hechos que se prolongan en el tiempo en una sucesión y con una duración no precisadas. Por tanto, la clave del lectura del texto ha de ser de carácter simbólico.

La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un interminable Via Crucis dirigido por los Papas del Siglo XX.

Según la interpretación de los pastorinhos, interpretación confirmada recientemente por Sor Lucia, el « Obispo vestido de blanco » que ora por todos los fieles es el Papa. También él, caminando con fatiga hacia la Cruz entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego.

Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había sido « una mano materna quien guió la trayectoria de la bala », permitiendo al « Papa agonizante » que se detuviera « en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, en: Insegnamenti, vol. XVII1, 1994, p. 1061). Con ocasión de una visita a Roma del entonces Obispo de Leiria-Fátima, el Papa decidió entregarle la bala, que quedó en el jeep después del atentado, para que se custodiase en el Santuario. Por iniciativa del Obispo, la misma fue después engarzada en la corona de la imagen de la Virgen de Fátima.

Los sucesivos acontecimiento del año 1989 han llevado, tanto en la Unión Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen comunista que propugnaba el ateísmo. También por esto el Sumo Pontífice le está agradecido a la Virgen desde lo profundo del corazón. Sin embargo, en otras partes del mundo los ataques contra la Iglesia y los cristianos, con la carga de sufrimiento que conllevan, desgraciadamente no han cesado. Aunque las vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una estimulante actualidad. « La Señora del mensaje parecía leer con una perspicacia especial los signos de los tiempos, los signos de nuestro tiempo … La invitación insistente de María santísima a la penitencia es la manifestación de su solicitud materna por el destino de la familia humana, necesitada de conversión y perdón » (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 1997, n. 1, en: Insegnamenti, vol. XIX2, 1996, p. 561).

Para permitir que los fieles reciban mejor el mensaje de la Virgen de Fátima, el Papa ha confiado a la Congregación para la Doctrina de la Fe la tarea de hacer pública la tercera parte del « secreto », después de haber preparado un oportuno comentario.

Hermanos y hermanas, agradecemos a la Virgen de Fátima su protección. A su materna intercesión confiamos la Iglesia del Tercer Milenio.

Sub tuum praesidium confugimus, Santa Dei Genetrix! Intercede pro Ecclesia. Intercede pro Papa nostro Ioanne Paulo II. Amen.

Fátima, 13 de mayo de 2000.

 

COMENTARIO TEOLÓGICO

 

Quien lee con atención el texto del llamado tercer “secreto” de Fátima, que tras largo tiempo, por voluntad del Santo Padre, viene publicado aquí en su integridad, tal vez quedará desilusionado o asombrado después de todas las especulaciones que se han hecho. No se revela ningún gran misterio; no se ha corrido el velo del futuro. Vemos a la Iglesia de los mártires del siglo apenas transcurrido representada mediante una escena descrita con un lenguaje simbólico difícil de descifrar. ¿Es esto lo que quería comunicar la Madre del Señor a la cristiandad, a la humanidad en un tiempo de grandes problemas y angustias? ¿Nos es de ayuda al inicio del nuevo milenio? O más bien ¿son solamente proyecciones del mundo interior de unos niños crecidos en un ambiente de profunda piedad, pero que a la vez estaban turbados por las tragedias que amenazaban su tiempo? ¿Cómo debemos entender la visión, qué hay que pensar de la misma?

Revelación pública y revelaciones privadas — su lugar teológico

Antes de iniciar un intento de interpretación, cuyas líneas esenciales se pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal Sodano pronunció el 13 de mayo de este año al final de la celebración eucarística presidida por el Santo Padre en Fátima, es necesario hacer algunas aclaraciones de fondo sobre el modo en que, según la doctrina de la Iglesia, deben ser comprendidos dentro de la vida de fe fenómenos como el de Fátima. La doctrina de la Iglesia distingue entre la « revelación pública » y las « revelaciones privadas ». Entre estas dos realidades hay una diferencia, no sólo de grado, sino de esencia. El término « revelación pública » designa la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama « revelación » porque en ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para atraer a sí y para reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo encarnado, Jesucristo. No se trata, pues, de comunicaciones intelectuales, sino de un proceso vital, en el cual Dios se acerca al hombre; naturalmente en este proceso se manifiestan también contenidos que tienen que ver con la inteligencia y con la comprensión del misterio de Dios. El proceso atañe al hombre total y, por tanto, también a la razón, aunque no sólo a ella. Puesto que Dios es uno solo, también es única la historia que él comparte con la humanidad; vale para todos los tiempos y encuentra su cumplimiento con la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es decir, se ha manifestado así mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la realización del misterio de Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo Testamento. El Catecismo de la Iglesia Católica, para explicar este carácter definitivo y completo de la revelación, cita un texto de San Juan de la Cruz: « Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra…; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer cosa otra alguna o novedad » (n. 65, Subida al Monte Carmelo, 2, 22).

El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los pueblos se haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él recogido en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con el acontecimiento único de la historia sagrada y de la palabra de la Biblia, que garantiza e interpreta este acontecimiento, pero no significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar al pasado y esté así condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto: « Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos » (n. 66). Estos dos aspectos, el vínculo con el carácter único del acontecimiento y el progreso en su comprensión, están muy bien ilustrados en los discursos de despedida del Señor, cuando antes de partir les dice a los discípulos: « Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta… Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros » (Jn 16, 12-14). Por una parte el Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que permitiera acogerlo; es ésta la amplitud y la profundidad nunca alcanzada de la fe cristiana. Por otra parte, este guiar es un « tomar » del tesoro de Jesucristo mismo, cuya profundidad inagotable se manifiesta en esta conducción por parte del Espíritu. A este respecto el Catecismo cita una palabra densa del Papa Gregorio Magno: « la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura » (Catecismo de la Iglesia Católica, 94; Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el « crecimiento de la Palabra »: éste se lleva a cabo a través de la meditación y del estudio por parte de los fieles, por medio del conocimiento profundo, que deriva de la experiencia espiritual y por medio de la predicación de « los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad » (Dei Verbum, 8).

En este contexto es posible entender correctamente el concepto de « revelación privada », que se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento; es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de Fátima. Escuchemos aún a este respecto antes de nada el Catecismo de la Iglesia Católica: « A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia… Su función no es la de… “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia » (n. 67). Se deben aclarar dos cosas:

1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la seguridad de que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza que no puede darse en ninguna otra forma humana de conocimiento. Es la certeza sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío al morir.

2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única revelación pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo para las beatificaciones y canonizaciones: « No se debe un asentimiento de fe católica a revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera posible. Estas revelaciones exigen más bien un asentimiento de fe humana, según las reglas de la prudencia, que nos las presenta como probables y piadosamente creíbles ». El teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle en forma prudente su adhesión (E. Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio di una discussione, en: La Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406, en particular 397). Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por eso no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma.

El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es, pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él, cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro y mejor designio de salvación, más importante que el Evangelio, entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el interior del Evangelio y no fuera del mismo. Esto no excluye que dicha revelación privada acentúe nuevos aspectos, suscite nuevas formas de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso, en todo esto debe tratarse de un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad, que son el camino permanente de salvación para todos. Podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en la relación entre liturgia y piedad popular se refleja la relación entre Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, la forma vital de la Iglesia en su conjunto, alimentada directamente por el Evangelio. La religiosidad popular significa que la fe está arraigada en el corazón de todos los pueblos, de modo que se introduce en la esfera de lo cotidiano. La religiosidad popular es la primera y fundamental forma de « inculturación » de la fe, que debe dejarse orientar y guiar continuamente por las indicaciones de la liturgia, pero que a su vez fecunda la fe a partir del corazón.

Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran necesarias antes de nada, a la determinación positiva de las revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo correcto a partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál es su categoría teológica? La carta más antigua de San Pablo que nos ha sido conservada, tal vez el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece una indicación. El Apóstol dice en ella: « No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno » (5, 19-21). En todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el presente. La importancia de la predicción del futuro en este caso es secundaria. Lo esencial es la actualización de la única revelación, que me afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el carisma de la profecía con la categoría de los « signos de los tiempos », que ha sido subrayada por el Vaticano II: « …sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? » (Lc 12, 56). En esta parábola de Jesús por « signos de los tiempos » debe entenderse su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia —y por tanto también en Fátima— se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos.

La estructura antropológica de las revelaciones privadas

Una vez que con las precedentes reflexiones hemos tratado de determinar el lugar teológico de las revelaciones privadas, antes de ocuparnos de una interpretación del mensaje de Fátima, debemos aún intentar aclarar brevemente un poco su carácter antropológico (psicológico). La antropología teológica distingue en este ámbito tres formas de percepción o « visión »: la visión con los sentidos, es decir la percepción externa corpórea, la percepción interior y la visión espiritual (visio sensibilis – imaginativa – intellectualis). Está claro que en las visiones de Lourdes, Fátima, etc. no se trata de la normal percepción externa de los sentidos: las imágenes y las figuras, que se ven, no se hallan exteriormente en el espacio, como se encuentran un árbol o una casa. Esto es absolutamente evidente, por ejemplo, por lo que se refiere a la visión del infierno (descrita en la primera parte del « secreto » de Fátima) o también la visión descrita en la tercera parte del « secreto », pero puede demostrarse con mucha facilidad también en las otras visiones, sobre todo porque no todos los presentes las veían, sino de hecho sólo los « videntes ». Del mismo modo es obvio que no se trata de una « visión » intelectual, sin imágenes, como se da en otros grados de la mística. Aquí se trata de la categoría intermedia, la percepción interior, que ciertamente tiene en el vidente la fuerza de una presencia que, para él, equivale a la manifestación externa sensible.

Ver interiormente no significa que se trate de fantasía, como si fuera sólo una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien significa que el alma viene acariciada por algo real, aunque suprasensible, y es capaz de ver lo no sensible, lo no visible por los sentidos, una especie de visión con los « sentidos internos ». Se trata de verdaderos « objetos », que tocan el alma, aunque no pertenezcan a nuestro habitual mundo sensible. Para esto se exige una vigilancia interior del corazón que generalmente no se tiene a causa de la fuerte presión de las realidades externas y de las imágenes y pensamientos que llenan el alma. La persona es transportada más allá de la pura exterioridad y otras dimensiones más profundas de la realidad la tocan, se le hacen visibles. Tal vez por eso se puede comprender por qué los niños son los destinatarios preferidos de tales apariciones: el alma está aún poco alterada y su capacidad interior de percepción está aún poco deteriorada. « De la boca de los niños y de los lactantes has recibido la alabanza », responde Jesús con una frase del Salmo 8 (v.3) a la crítica de los Sumos Sacerdotes y de los ancianos, que encuentran inoportuno el grito de « hosanna » de los niños (Mt 21, 16).

La « visión interior » no es una fantasía, sino una propia y verdadera manera de verificar, como hemos dicho. Pero conlleva también limitaciones. Ya en la visión exterior está siempre involucrado el factor subjetivo; no vemos el objeto puro, sino que llega a nosotros a través del filtro de nuestros sentidos, que deben llevar a cabo un proceso de traducción. Esto es aún más evidente en la visión interior, sobre todo cuando se trata de realidades que sobrepasan en sí mismas nuestro horizonte. El sujeto, el vidente, está involucrado de un modo aún más íntimo. Él ve con sus concretas posibilidades, con las modalidades de representación y de conocimiento que le son accesibles. En la visión interior se trata, de manera más amplia que en la exterior, de un proceso de traducción, de modo que el sujeto es esencialmente copartícipe en la formación como imagen de lo que aparece. La imagen puede llegar solamente según sus medidas y sus posibilidades. Tales visiones nunca son simples « fotografías » del más allá, sino que llevan en sí también las posibilidades y los límites del sujeto perceptor.

Esto se puede comprender en todas las grandes visiones de los santos; naturalmente, vale también para las visiones de los niños de Fátima. Las imágenes que ellos describen no son en absoluto simples expresiones de su fantasía, sino fruto de una real percepción de origen superior e interior, pero no son imaginaciones como si por un momento se quitara el velo del más allá y el cielo apareciese en su esencia pura, tal como nosotros esperamos verlo un día en la definitiva unión con Dios. Más bien las imágenes son, por decirlo así, una síntesis del impulso proveniente de lo Alto y de las posibilidades de que dispone para ello el sujeto que percibe, esto es, los niños. Por este motivo, el lenguaje imaginativo de estas visiones es un lenguaje simbólico. El Cardenal Sodano dice al respecto: « … no se describen en sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una sucesión y con una duración no precisadas ». Esta concentración de tiempos y espacios en una única imagen es típica de tales visiones que, por lo demás, pueden ser descifradas sólo a posteriori. A este respecto, no todo elemento visivo debe tener un concreto sentido histórico. Lo que cuenta es la visión como conjunto, y a partir del conjunto de imágenes deben ser comprendidos los aspectos particulares. Lo que es central en una imagen se desvela en último término a partir del centro de la « profecía » cristiana en absoluto: el centro está allí donde la visión se convierte en llamada y guía hacia la voluntad de Dios.

Un intento de interpretación del secreto de Fátima

La primera y segunda parte del secreto de Fátima han sido ya discutidas tan ampliamente por la literatura especializada que ya no hay que ilustrarlas más. Quisiera sólo llamar la atención brevemente sobre el punto más significativo. Los niños han experimentado durante un instante terrible una visión del infierno. Han visto la caída de las « almas de los pobres pecadores ». Y se les dice por qué se les ha hecho pasar por ese momento: para « salvarlas », para mostrar un camino de salvación. Viene así a la mente la frase de la Primera Carta de Pedro: « meta de vuestra fe es la salvación de las almas » (1,9). Para este objetivo se indica como camino -de un modo sorprendente para personas provenientes del ámbito cultural anglosajón y alemán- la devoción al Corazón Inmaculado de María. Para entender esto puede ser suficiente aquí una breve indicación. « Corazón » significa en el lenguaje de la Biblia el centro de la existencia humana, la confluencia de razón, voluntad, temperamento y sensibilidad, en la cual la persona encuentra su unidad y su orientación interior. El «corazón inmaculado » es, según Mt 5,8, un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y, por lo tanto, « ve a Dios ». La « devoción » al Corazón Inmaculado de María es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el « fiat » —hágase tu voluntad— se convierte en el centro animador de toda la existencia. Si alguno objetara que no debemos interponer un ser humano entre nosotros y Cristo, se le debería recordar que Pablo no tiene reparo en decir a sus comunidades: imitadme (1 Co 4, 16; Flp 3,17; 1 Ts 1,6; 2 Ts 3,7.9). En el Apóstol pueden constatar concretamente lo que significa seguir a Cristo. ¿De quién podremos nosotros aprender mejor en cualquier tiempo si no de la Madre del Señor?

Llegamos así, finalmente, a la tercera parte del « secreto » de Fátima publicado íntegramente aquí por primera vez. Como se desprende de la documentación precedente, la interpretación que el Cardenal Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había sido presentada anteriormente a Sor Lucia en persona. A este respecto, Sor Lucia ha observado en primer lugar que a ella misma se le dio la visión, no su interpretación. La interpretación, decía, no es competencia del vidente, sino de la Iglesia. Ella, sin embargo, después de la lectura del texto, ha dicho que esta interpretación correspondía a lo que ella había experimentado y que, por su parte, reconocía dicha interpretación como correcta. En lo que sigue, pues, se podrá sólo intentar dar un fundamento más profundo a dicha interpretación a partir de los criterios hasta ahora desarrollados.

Como palabra clave de la primera y de la segunda parte del « secreto » hemos descubierto la de « salvar las almas », así como la palabra clave de este « secreto » es el triple grito: « ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! ». Viene a la mente el comienzo del Evangelio: « paenitemini et credite evangelio » (Mc 1,15). Comprender los signos de los tiempos significa comprender la urgencia de la penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada al momento histórico, que se caracteriza por grandes peligros y que serán descritos en las imágenes sucesivas. Me permito insertar aquí un recuerdo personal: en una conversación conmigo Sor Lucia me dijo que le resultaba cada vez más claro que el objetivo de todas las apariciones era el de hacer crecer siempre más en la fe, en la esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo para conducir a esto.

Examinemos ahora más de cerca cada imagen. El ángel con la espada de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda imágenes análogas en el Apocalipsis. Representa la amenaza del juicio que incumbe sobre el mundo. La perspectiva de que el mundo podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas, hoy no es considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus inventos la espada de fuego. La visión muestra después la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión tiene lugar en realidad sólo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una dirección positiva. El sentido de la visión no es el de mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de lugar las explicaciones fatalísticas del « secreto » que, por ejemplo, dicen que el atentador del 13 de mayo de 1981 habría sido en definitiva un instrumento del plan divino guiado por la Providencia y que, por tanto, no habría actuado libremente, así como otras ideas semejantes que circulan. La visión habla más bien de los peligros y del camino para salvarse de los mismos.

Las siguientes frases del texto muestran una vez más muy claramente el carácter simbólico de la visión: Dios permanece el inconmensurable y la luz que supera todas nuestras visiones. Las personas humanas aparecen como en un espejo. Debemos tener siempre presente esta limitación interna de la visión, cuyos confines están aquí indicados visivamente. El futuro se muestra sólo « como en un espejo de manera confusa » (cf. 1 Co 13,12). Tomemos ahora en consideración cada una de las imágenes que siguen en el texto del « secreto ». El lugar de la acción aparece descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una grande ciudad medio en ruinas y, finalmente, una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su propio trabajo. La ciudad puede ser el lugar de comunión y de progreso, pero también el lugar del peligro y de la amenaza más extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de orientación de la historia. En la cruz la destrucción se transforma en salvación; se levanta como signo de la miseria de la historia y como promesa para la misma.

Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido de blanco (« hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre »), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente, hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa parece que precede a los otros, temblando y sufriendo por todos los horrores que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad están medio en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los cuerpos de los muertos. El camino de la Iglesia se describe así como un viacrucis, como camino en un tiempo de violencia, de destrucciones y de persecuciones. Se puede ver representada en esta imagen la historia de todo un siglo. Del mismo modo que los lugares de la tierra están sintéticamente representados en las dos imágenes de la montaña y de la ciudad y están orientados hacia la cruz, también los tiempos son presentados de forma compacta. En la visión podemos reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda su segunda mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el « espejo » de esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios. A este respecto, parece oportuno mencionar una frase de la carta que Sor Lucia escribió al Santo Padre el 12 de mayo de 1982: « la tercera parte del “secreto” se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Si no (Rusia) diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán destruidas” ».

En el viacrucis de este siglo, la figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papas, que empezando por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellas por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es matado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del « secreto », reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: « …fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte » (13 de mayo de 1994). Que una « mano materna » haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones.

La conclusión del « secreto » recuerda imágenes que Lucía puede haber visto en libros de piedad y cuyo contenido deriva de antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que quiere hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia de sangre y lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la cruz la sangre de los mártires y riegan con ella las almas que se acercan a Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los mártires están aquí consideradas juntas: la sangre de los mártires fluye de los brazos de la cruz. Su martirio se lleva a cabo de manera solidaria con la pasión de Cristo y se convierte en una sola cosa con ella. Ellos completan en favor del Cuerpo de Cristo lo que aún falta a sus sufrimientos (cf. Col 1,24). Su vida se ha convertido en Eucaristía, inserta en el misterio del grano de trigo que muere y se hace fecundo. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, ha dicho Tertuliano. Así como de la muerte de Cristo, de su costado abierto, ha nacido la Iglesia, así la muerte de los testigos es fecunda para la vida futura de la Iglesia. La visión de la tercera parte del « secreto », tan angustiosa en su comienzo, se concluye pues con un imagen de esperanza: ningún sufrimiento es vano y, precisamente, una Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, se convierte en señal orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre. En las manos amorosas de Dios no han sido acogidos únicamente los que sufren como Lázaro, que encontró el gran consuelo y representa misteriosamente a Cristo que quiso ser para nosotros el pobre Lázaro; hay algo más, del sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de purificación y de renovación, porque es actualización del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su eficacia salvífica.

Hemos llegado así a una última pregunta: ¿Qué significa en su conjunto (en sus tres partes) el « secreto » de Fátima? ¿Qué nos dice a nosotros? Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: « …los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del « secreto » de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado ». En la medida en que se refiere a acontecimientos concretos, ya pertenecen al pasado. Quien había esperado en impresionantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro de la historia debe quedar desilusionado. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, del mismo modo que la fe cristiana por lo demás no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo que queda de válido lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del « secreto »: la exhortación a la oración como camino para la « salvación de las almas » y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión.

Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del « secreto », que con razón se ha hecho famosa: « mi Corazón Inmaculado triunfará ». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este « sí » Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: « padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo » (Jn 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.

 

Joseph Card. Ratzinger

Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe


 NOTAS

(1) Del diario de Juan XXIII, 17 agosto 1959: « Audiencias: P. Philippe, Comisario del S.O. que me trae la carta que contiene la tercera parte de los secretos de Fátima. Me reservo leerla con mi Confesor ».

(2) Se puede recordar el comentario que hizo el Santo Padre en la Audiencia General del 14 de octubre de 1981 sobre « evento del 13 de mayo »: « la gran prueba divina », en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IV, 2, Città del Vaticano 1981, 409-412.

(3) Radiomensaje durante el Rito en la Basílica de Santa María la Mayor. Veneración, acción de gracias, consagración a la Virgen María Theotokos, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IV, 1, Città del Vaticano 1981, 1246.

(4) En la Jornada Jubilar de las Familias, el Papa consagra a los hombres y las naciones a la Virgen, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 1, Città del Vaticano 1984, 775-777.

(5) (aquí hay un manuscrito)

(6) En la « cuarta memoria », del 8 de diciembre de 1941, Sor Lucía escribe: « Comienzo, pues, mi nuevo trabajo y cumpliré las órdenes de V. E. Rvma. y los deseos del sr. Dr. Galamba. Exceptuando la parte del secreto que, por ahora, no me es permitido revelar, diré todo. Advertidamente no dejaré nada. Supongo que se me podrán quedar en el tintero sólo unos pocos detalles de mínima importancia ».

(7) En la citada « cuarta memoria », Sor Lucía añade: « En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe, etc… ».

(8) En la traducción se ha respetado el texto original incluso en las imprecisiones de puntuación que, por otra parte, no impiden la comprensión de lo que la vidente ha querido decir.

 

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Los 9 coros de ángeles

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2011

El más influyente jerarquía angélica cristiana fue la presentada por el Pseudo-Dionisio Areopagita en el siglo cuarto o quinto en su libro De Coelesti Hierarchia (La Jerarquía Celestial). Según los teólogos cristianos , los ángeles están organizados en varios órdenes, o “coros angelicales”

Pseudo-Dionisio (La Jerarquía Celestial) y Tomás de Aquino ( Summa Theologica ) se basó en pasajes del Nuevo Testamento , específicamente Efesios 1:21 y Colosenses 1:16, en un intento de desarrollar un esquema de tres jerarquías, esferas o tríadas de los ángeles , con cada jerarquía que contiene tres órdenes o coros.

Primera Esfera

 

Serafines

Serafines (singular “Serafín”), se menciona en Isaías 6:1-7, sirven como guardianes del trono de Dios y grita continuamente alabanzas: “¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos Toda la tierra está llena. Su gloria. ” Los Serafines nombre significa “los que llamas”. Los serafines con seis alas, dos cubriendo sus rostros, dos cubrían sus genitales (“pies”), y dos con las que vuelan.

Dos de los Serafines se nombran Serafiel y Metatron , de acuerdo con algunos libros. Serafiel se dice que la cabeza de un águila. Se dice que una luz brillante que emana de ellos nada, ni siquiera otros seres angélicos, los pueden mirar. También se dice que hay cuatro de ellos rodean el trono de Dios, donde se queman eternamente de amor y celo por Dios.

 

Querubines

Querubines con cuatro caras: una de cada uno el hombre , un buey , un león , y un buitre leonado . Ellos tienen cuatro alas unidas cubiertas con los ojos, y tienen los pies de buey. Querubines guardar el camino del árbol de la vida en el Jardín del Edén (Génesis 3:24) y el trono de Dios (Ezequiel 28:14-16)

Los querubines se mencionan en Génesis 3:24; Éxodo 25:17-22, 2 Crónicas 3:7-14; Ezequiel 10:12-14, 28:14-16; 1 Reyes 6 :23-28; y Apocalipsis 4:6-8.

El uso de modernas Inglés ha borrado la distinción entre los querubines y putti . Putti son el bebé humano con alas / seres como niño-tradicionalmente utilizados en el arte figurativo.

Santo Tomás de Aquino la teoría de que Satanás es un querubín caído

 

Tronos o Ophanim

El “tronos” ( Gr. thronos) o ancianos, también conocido como el Erelim o Ophanim , son una clase de celestial seres mencionados por Pablo de Tarso en Colosenses 1:16 (Nuevo Testamento). Ellos son símbolos vivientes de la justicia de Dios y la autoridad, y tienen como uno de los símbolos del trono . Estos seres celestiales alta parecen ser mencionada otra vez en Apocalipsis 11:16 .

El Ophanim ( . Heb ofanim: Ruedas, también conocido como tronos, de la visión de Daniel 7:9 ) son inusuales en busca incluso en comparación con los otros seres celestiales, sino que aparecen como un berilo de color de la rueda dentro de una rueda, su llantas cubiertas con cientos de ojos.

Que están estrechamente relacionados con los Querubines: “Cuando se movían, las demás lo hicieron, y cuando se detuvieron, los otros se detuvieron, y cuando se levantaron de la tierra, las ruedas se elevaban junto con ellos, porque el espíritu de los seres vivos [Querubines] estaba en las ruedas “. Ezequiel 10:17 NVI.

 

Segunda Esfera

Los ángeles de la Segunda Esfera de trabajo como gobernadores celestiales.

 

Dominios o Dominaciones

Los “dominios” (lat. dominatio, dominationes plural, también traducido del kyriotites término griego como “señorías”) se presentan como la jerarquía de los seres celestiales “señorías” en el Hierarchia De Coelesti. Los dominios, también conocido como el Hashmallim , regular los deberes de los menores ángeles. Es sólo con extrema rareza de que los señores angelical hacerse conocido físicamente a los humanos. Son también los ángeles que presiden las naciones.

Los dominios se cree que parecen humanos divinamente hermosa, con un par de alas con plumas, al igual que la representación común de los ángeles, pero pueden ser distinguidos de otros grupos manejando orbes de luz fija a la cabeza de sus cetros o en el pomo de sus espadas.

 

Virtudes

Las “virtudes” o “fortalezas” van más allá del Ophanim (Tronos / Ruedas). Su primer deber es supervisar los movimientos de los cuerpos celestes con el fin de asegurarse de que el cosmos se mantiene en orden.

El término parece estar relacionado con el atributo de “poder”, de la raíz griega “δύναμις” en Efesios 1:21 , que también se traduce como “virtud”. Se presentan como el Coro celestial “Virtudes”, en la Summa Theologica. Tradicionales concepciones teológicas de las Virtudes podrían aparecer para describir la misma Orden llamados tronos (Gr. thronos), (en cuyo caso el Ophanim puede no ser la misma cosa que “tronos”).

De Dionisio el Areopagita:

“El nombre de las Virtudes santo significa una cierta virilidad poderosa e inquebrantable brota adelante en todas sus energías semejante a Dios, no ser débil y frágil para cualquier recepción de la iluminación divina que le otorga, de montaje hacia arriba en la plenitud del poder a una asimilación con Dios; nunca caer fuera de la vida divina a través de su propia debilidad, pero ascendente sin vacilaciones a la virtud superesencial que es la fuente de la virtud: configuración de sí mismo, por lo que puede, en virtud, perfectamente orientado hacia la fuente de la virtud, y fluyendo providencialmente a los menores que, en abundancia y los llena con la virtud. “[ cita requerida ]

 

Poderes o Autoridades

Los “Poderes” ( lat . potestas (f), pl. potestates), o las “autoridades”, desde el exousies griego, (ver la raíz griega en Efesios 3:10 ) parece colaborar, en el poder y la autoridad, con los principados ( los gobernantes).

Los poderes son los portadores de la conciencia y los guardianes de la historia. Son también los ángeles guerreros creados para ser completamente fiel a Dios. Algunos creen que no hay energía ha caído de la gracia, pero otra teoría dice que Satanás era el jefe de los Poderes antes de caer (véase también Efesios 6:12 ). Su deber es supervisar la distribución del poder entre los hombres, de ahí su nombre.

Pablo usó el término regla y la autoridad en Efesios 1:21, y los gobernantes y autoridades en Efesios 3:10. Es posible que haya estado refiriendo a los principados y potestades de la humanidad, en lugar de referirse a los ángeles. [ cita requerida ]

 

Tercera Esfera

Ángeles que funcionan como mensajeros celestiales y los soldados.

 

Principados o Reglas

El “Principados” ( lat . principatus, pl. principatus) también se traduce como “principados” y “Reglas”, desde el arjé griego (véase raíz griega en Efesios 3:10 ), parecen colaborar en el poder y la autoridad con los Poderes (Las autoridades).

Los principados se muestran con una corona y llevando un cetro . Su deber también se dice que es para llevar a cabo las órdenes que les dan los dominios y las bendiciones de legar al mundo material. Su tarea es supervisar a grupos de personas. Ellos son los primeros educadores y tutores del reino de la tierra. Al igual que los seres relacionados con el mundo de las ideas germinales, se dice que inspiran los seres vivos de muchas cosas, como el arte o la ciencia .

Pablo usó el término regla y la autoridad en Efesios 1:21 , y los gobernantes y autoridades en Efesios 3:10. Es posible que haya estado refiriendo a los principados y potestades de los hombres o las sociedades, en lugar de referirse a los ángeles.

 

Arcángeles

La palabra “arcángel” viene del griego αρχάγγελος (archangělǒs), lo que significa ángel principal, una traducción del hebreo רב – מלאך (rav-Mal’akh). Se deriva de la archo griego, que significa ser el primero en la clasificación o poder, y aggělǒs lo que significa mensajero. La palabra se usa sólo dos veces en el Nuevo Testamento : 1 Tesalonicenses 4:16 y 1:09 Jude . Sólo los arcángeles Miguel y Gabriel son mencionados por su nombre en el Nuevo Testamento.

Michael es el único ángel llamado la Biblia expresa como “el” arcángel. En el Libro de Daniel se refieren a él como “uno de los principales príncipes”. La palabra “príncipe” aquí está la antigua palabra hebrea sar, lo que significa: “una persona de la cabeza (de cualquier rango o clase), un jefe, un general, etc”.

En la mayoría de las tradiciones cristianas Gabriel también se considera un arcángel, pero no hay apoyo directo literal de este supuesto.

El nombre del arcángel Rafael sólo aparece en el libro de Tobías (Tobías). Tobías se considera deuterocanónicos por los católicos (tanto orientales como occidentales Ritos) y los cristianos ortodoxos orientales. El libro de Tobías, también es leído por los anglicanos y los luteranos, pero no por los cristianos reformados o bautistas. Rafael dijo a Tobías que él era “uno de los siete que están delante del Señor”, y en general se cree que Miguel y Gabriel son dos de los otros seis.

Un cuarto es el Arcángel Uriel , cuyo nombre significa literalmente “Fuego de Dios” o “Luz de Dios.” Nombre de Uriel es el único que no se menciona en la Biblia luterana, sino que juega, sin embargo, un papel destacado en un apócrifo leído por los cristianos ortodoxos anglicanos y Rusia: El segundo libro de Esdras (Libros IV de Esdras en la Vulgata Latina ). En el libro se da a conocer siete profecías del profeta Esdras , después de que el libro se llama. También juega un papel importante en el apócrifo Libro de Enoc , que se considera canónica sólo por la ortodoxa de Etiopía Iglesia.

Otra posible interpretación de los siete arcángeles es que los siete son los siete espíritus de Dios que están delante del trono se describe en el Libro de Enoc , y en el Libro de Apocalipsis .

Los Siete Arcángeles se dice que son los ángeles guardianes de las naciones y países, y se ocupan de las cuestiones y acontecimientos relacionados con estos, incluyendo la política, asuntos militares, el comercio y el comercio: por ejemplo, el Arcángel Miguel es tradicionalmente considerado como el protector de Israel y de la ecclesia ( Gr. ekklesia raíz del Nuevo Testamento pasajes), teológicamente equiparado como Iglesia , el precursor de lo espiritual Nuevo Israel .

Es posible hacer una distinción entre el arcángel (con minúscula-a) y Arcángel (con mayúscula). El primero puede denotar el coro de la segunda más baja (arco-los ángeles en el sentido de ser justo por encima del más bajo coro de ángeles que sólo se llama “ángeles”), pero esta última puede denotar la más alta de todos los ángeles (es decir, el Arco de los ángeles- en el sentido de estar por encima de todos los ángeles, de ningún coro. Los serafines más siete, Michael siendo el más alto de todos, una vez que cayó Satanás).

 

Ángeles

Los “ángeles”, (Malakhim angělǒs griego) mensajeros, son la orden más baja de los ángeles, y los más reconocidos. Ellos son los más preocupados por los asuntos de los seres vivos. Dentro de la categoría de los ángeles, hay muchos tipos diferentes, con distintas funciones. Los ángeles son enviados como mensajeros a los hombres.

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