Hacia la unión con Dios

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¿Cuántas veces se puede comulgar en un día?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 28, 2017

El Código de Derecho Canónico dice, en el códice nº 917:

«Quien ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe»

Esto significa, en buen romance, que los fieles pueden comulgar 2 veces al día, pero que quienes deseen recibir la comunión por segunda vez en el mismo día deben asistir a la celebración eucarística.

Por eso, aunque «se aconseja encarecidamente que los fieles reciban la sagrada comunión dentro de la celebración eucarística» (Ídem, n° 918, que es un consejo, no una orden), todos los fieles pueden (y tienen el derecho) de recibir la primera comunión del día sin la obligatoriedad de asistir a Misa.

Esa es la razón por la que el Viernes Santo, tanto los sacerdotes celebrantes como el pueblo, pueden comulgar sin que haya habido una celebración eucarística; también es esa la razón por la que a los enfermos se les lleva la comunión a sus casas o a la habitación del hospital; finalmente, es por eso que se les da el viático a los moribundos.

La sagrada comunión no se le puede negar, como lo explicita el mismo Código de Derecho Canónico, n° 915, sino a las siguientes personas:

«los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave.»

Al negarles la sagrada comunión a quienes llegan tarde a la celebración, se los pondría en el mismo nivel de los mencionados en este códice.

 

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La adoración eucarística*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 19, 2014

JOSE MARIA IRABURU

La adoración eucarística

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Historia

Centralidad de la Eucaristía

Desde el principio del cristianismo, la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de toda la vida de la Iglesia. Como memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo Salvador, como sacrificio de la Nueva Alianza, como cena que anticipa y prepara el banquete celestial, como signo y causa de la unidad de la Iglesia, como actualización perenne del Misterio pascual, como Pan de vida eterna y Cáliz de salvación, la celebración de la Eucaristía es el centro indudable del cristianismo.

Normalmente, la Misa al principio se celebra sólo el domingo, pero ya en los siglos III y IV se generaliza la Misa diaria.

La devoción antigua a la Eucaristía lleva en algunos momentos y lugares a celebrarla en un solo día varias veces. San León III (+816) celebra con frecuencia siete y aún nueve en un mismo día. Varios concilios moderan y prohiben estas prácticas excesivas. Alejandro II (+1073) prescribe una Misa diaria: «muy feliz ha de considerarse el que pueda celebrar dignamente una sola Misa» cada día.

Reserva de la Eucaristía

En los siglos primeros, a causa de las persecuciones y al no haber templos, la conservación de las especies eucarísticas se hace normalmente en forma privada, y tiene por fin la comunión de los enfermos, presos y ausentes.

Esta reserva de la Eucaristía, al cesar las persecuciones, va tomando formas externas cada vez más solemnes.

Las Constituciones apostólicas -hacia el 400- disponen ya que, después de distribuir la comunión, las especies sean llevadas a un sacrarium. El sínodo de Verdun, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía «en un lugar eminente y honesto, y si los recursos lo permiten, debe tener una lámpara permanentemente encendida». Las píxides de la antigüedad eran cajitas preciosas para guardar el pan eucarístico. León IV (+855) dispone que «sólamente se pongan en el altar las reliquias, los cuatro evangelios y la píxide con el Cuerpo del Señor para el viático de los enfermos».

Estos signos expresan la veneración cristiana antigua al cuerpo eucarístico del Salvador y su fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía. Todavía, sin embargo, la reserva eucarística tiene como fin exclusivo la comunión de enfermos y ausentes; pero no el culto a la Presencia real.

La adoración eucarística dentro de la Misa

Ha de advertirse, sin embargo, que ya por esos siglos el cuerpo de Cristo recibe de los fieles, dentro de la misma celebración eucarística, signos claros de adoración, que aparecen prescritos en las antiguas liturgias. Especialmente antes de la comunión –Sancta santis, lo santo para los santos-, los fieles realizan inclinaciones y postraciones:

«San Agustín decía: “nadie coma de este cuerpo, si primero no lo adora”, añadiendo que no sólo no pecamos adorándolo, sino que pecamos no adorándolo» (Pío XII, Mediator Dei 162).

Por otra parte, la elevación de la hostia, y más tarde del cáliz, después de la consagración, suscita también la adoración interior y exterior de los fieles. Hacia el 1210 la prescribe el obispo de París, antes de esa fecha es practicada entre los cistercienses, y a fines del siglo XIII es común en todo el Occidente. En nuestro siglo, en 1906, San Pío X, «el papa de la Eucaristía», concede indulgencias a quien mire piadosamente la hostia elevada, diciendo «Señor mío y Dios mío» (Jungmann II,277-291).

Primeras manifestaciones del culto a la Eucaristía fuera de la Misa

La adoración de Cristo en la misma celebración del Sacrificio eucarístico es vivida, como hemos dicho, desde el principio. Y la adoración de la Presencia real fuera de la Misa irá configurándose como devoción propia a partir del siglo IX, con ocasión de las controversias eucarísticas. Por esos años, al simbolismo de un Ratramno, se opone con fuerza el realismo de un Pascasio Radberto, que acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía, no siempre en términos exactos.

Conflictos teológicos análogos se producen en el siglo XI. La Iglesia reacciona con prontitud y fuerza unánime contra el simbolismo eucarístico de Berengario de Tours (+1088). Su doctrina es impugnada por teólogos como Anselmo de Laón (+1117) o Guillermo de Champeaux (+1121), y es inmediatamente condenada por un buen número de Sínodos (Roma, Vercelli, París, Tours), y sobre todo por los Concilios Romanos de 1059 y de 1079 (Dz 690 y 700).

En efecto, el pan y el vino, una vez consagrados, se convierten «substancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo, nuestro Señor». Por eso en el Sacramento está presente totus Christus, en alma y cuerpo, como hombre y como Dios.

Estas enérgicas afirmaciones de la fe van acrecentando más y más en el pueblo la devoción a la Presencia real.

Veamos algunos ejemplos. A fines del siglo IX, la Regula solitarium establece que los ascetas reclusos, que viven en lugar anexo a un templo, estén siempre por su devoción a la Eucaristía en la presencia de Cristo. En el siglo XI, Lanfranco, arzobispo de Canterbury, establece una procesión con el Santísimo en el domingo de Ramos. En ese mismo siglo, durante las controversias con Berengario, en los monasterios benedictinos de Bec y de Cluny existe la costumbre de hacer genuflexión ante el Santísimo Sacramento y de incensarlo. En el siglo XII, la Regla de los reclusos prescribe: «orientando vuestro pensamiento hacia la sagrada Eucaristía, que se conserva en el altar mayor, y vueltos hacia ella, adoradla diciendo de rodillas: “¡salve, origen de nuestra creación!, ¡salve, precio de nuestra redención!, ¡salve, viático de nuestra peregrinación!, ¡salve, premio esperado y deseado!”».

En todo caso, conviene recordar que «la devoción individual de ir a orar ante el sagrario tiene un precedente histórico en el monumento del Jueves Santo a partir del siglo XI, aunque ya el Sacramentario Gelasiano habla de la reserva eucarística en este día… El monumento del Jueves Santo está en la prehistoria de la práctica de ir a orar individualmente ante el sagrario, devoción que empieza a generalizarse a principos del siglo XIII» (Olivar 192).

Aversión y devoción en el siglo XIII

Por esos tiempos, sin embargo, no todos participan de la devoción eucarística, y también se dan casos horribles de desafección a la Presencia real. Veamos, a modo de ejemplo, la infinita distancia que en esto se produce entre cátaros y franciscanos. Cayetano Esser, franciscano, describe así el mundo de los primeros:

«En aquellos tiempos, el ataque más fuerte contra el Sacramento del Altar venía de parte de los cátaros [muy numerosos en la zona de Asís]. Empecinados en su dualismo doctrinal, rechazaban precisamente la Eucaristía porque en ella está siempre en íntimo contacto el mundo de lo divino, de lo espiritual, con el mundo de lo material, que, al ser tenido por ellos como materia nefanda, debía ser despreciado. Por oportunismo, conservaban un cierto rito de la fracción del pan, meramente conmemorativo. Para ellos, el sacrificio mismo de Cristo no tenía ningún sentido.

«Otros herejes declaraban hasta malvado este sacramento católico. Y se había extendido un movimiento de opinión que rehusaba la Eucaristía, juzgando impuro todo lo que es material y proclamando que los “verdaderos cristianos” deben vivir del “alimento celestial”.

«Teniendo en cuenta este ambiente, se comprenderá por qué, precisamente en este tiempo, la adoración de la sagrada hostia, como reconocimiento de la presencia real, venía a ser la señal distintiva más destacada de los auténticos verdaderos cristianos. El culto de adoración de la Eucaristía, que en adelante irá tomando formas múltiples, tiene aquí una de sus raíces más profundas. Por el mismo motivo, el problema de la presencia real vino a colocarse en el primer plano de las discusiones teológicas, y ejerció también una gran influencia en la elaboración del rito de la Misa.

«Por otra parte, las decisiones del Concilio de Letrán [IV: 1215] nos descubren los abusos de que tuvo que ocuparse entonces la Iglesia. El llamado Anónimo de Perusa es a este respecto de una claridad espantosa: sacerdotes que no renovaban al tiempo debido las hostias consagradas, de forma que se las comían los gusanos; o que dejaban a propósito caer a tierra el cuerpo y la sangre del Señor, o metían el Sacramento en cualquier cuarto, y hasta lo dejaban colgado en un árbol del jardin; al visitar a los enfermos, se dejaban allí la píxide y se iban a la taberna; daban la comunión a los pecadores públicos y se la negaban a gentes de buena fama; celebraban la santa Misa llevando una vida de escándalo público», etc. (Temi spirituali, Biblioteca Francescana, Milán 1967, 281-282; +D. Elcid, Clara de Asís, BAC pop. 31, Madrid 1986, 193-195).

Frente a tales degradaciones, se producen en esta época grandes avances de la devoción eucarística. Entre otros muchos, podemos considerar el testimonio impresionante de san Francisco de Asís (1182-1226). Poco antes de morir, en su Testamento, pide a todos sus hermanos que participen siempre de la inmensa veneración que él profesa hacia la Eucaristía y los sacerdotes:

«Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y sólo ellos administran a los demás. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos» (10-11; +Admoniciones 1: El Cuerpo del Señor).

Esta devoción eucarística, tan fuerte en el mundo franciscano, también marca una huella muy profunda, que dura hasta nuestros días, en la espiritualidad de las clarisas. En la Vida de santa Clara (+1253), escrita muy pronto por el franciscano Tomás de Celano (hacia 1255), se refiere un precioso milagro eucarístico. Asediada la ciudad de Asís por un ejército invasor de sarracenos, son éstos puestos en fuga en el convento de San Damián por la virgen Clara:

«Ésta, impávido el corazón, manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guarda con suma devoción el Cuerpo del Santo de los Santos». De la misma cajita le asegura la voz del Señor: “yo siempre os defenderé”, y los enemigos, llenos de pánico, se dispersan» (Legenda santæ Claræ 21).

La iconografía tradicional representa a Santa Clara de Asís con una custodia en la mano.

Santa Juliana de Mont-Cornillon y la fiesta del Corpus Christi

El profundo sentimiento cristocéntrico, tan característico de esta fase de la Edad Media, no puede menos de orientar el corazón de los fieles hacia el Cristo glorioso, oculto y manifiesto en la Eucaristía, donde está realmente presente. Así lo hemos comprobado en el ejemplo de franciscanos y clarisas. Es ahora, efectivamente, hacia el 1200, cuando, por obra del Espíritu Santo, la devoción al Cristo de la Eucaristía va a desarrollarse en el pueblo cristiano con nuevos impulsos decisivos.

A partir del año 1208, el Señor se aparece a santa Juliana (1193-1258), primera abadesa agustina de Mont-Cornillon, junto a Lieja. Esta religiosa es una enamorada de la Eucaristía, que, incluso físicamente, encuentra en el pan del cielo su único alimento. El Señor inspira a santa Juliana la institución de una fiesta litúrgica en honor del Santísimo Sacramento. Por ella los fieles se fortalecen en el amor a Jesucristo, expían los pecados y desprecios que se cometen con frecuencia contra la Eucaristía, y al mismo tiempo contrarrestan con esa fiesta litúrgica las agresiones sacrílegas cometidas contra el Sacramento por cátaros, valdenses, petrobrusianos, seguidores de Amaury de Bène, y tantos otros.

Bajo el influjo de estas visiones, el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, instituye en 1246 la fiesta del Corpus. Hugo de Saint-Cher, dominico, cardenal legado para Alemania, extiende la fiesta a todo el territorio de su legación. Y poco después, en 1264, el papa Urbano IV, antiguo arcediano de Lieja, que tiene en gran estima a la santa abadesa Juliana, extiende esta solemnidad litúrgica a toda la Iglesia latina mediante la bula Transiturus. Esta carta magna del culto eucarístico es un himno a la presencia de Cristo en el Sacramento y al amor inmenso del Redentor, que se hace nuestro pan espiritual.

Es de notar que en esta Bula romana se indican ya los fines del culto eucarístico que más adelante serán señalados por Trento, por la Mediator Dei de Pío XII o por los documentos pontificios más recientes: 1) reparación, «para confundir la maldad e insensatez de los herejes»; 2) alabanza, «para que clero y pueblo, alegrándose juntos, alcen cantos de alabanza»; 3) servicio, «al servicio de Cristo»; 4) adoración y contemplación, «adorar, venerar, dar culto, glorificar, amar y abrazar el Sacramento excelentísimo»; 5) anticipación del cielo, «para que, pasado el curso de esta vida, se les conceda como premio» (DSp IV, 1961, 1644).

La nueva devoción, sin embargo, ya en la misma Lieja, halla al principio no pocas oposiciones. El cabildo catedralicio, por ejemplo, estima que ya basta la Misa diaria para honrar el cuerpo eucarístico de Cristo. De hecho, por un serie de factores adversos, la bula de 1264 permanece durante cincuenta años como letra muerta.

Prevalece, sin embargo, la voluntad del Señor, y la fiesta del Corpus va siendo aceptada en muchos lugares: Venecia, 1295; Wurtzburgo, 1298; Amiens, 1306; la orden del Carmen, 1306; etc. Los títulos que recibe en los libros litúrgicos son significativos: dies o festivitas eucharistiæ, festivitas Sacramenti, festum, dies, sollemnitas corporis o de corpore domini nostri Iesu Christi, festum Corporis Christi, Corpus Christi, Corpus

El concilio de Vienne, finalmente, en 1314, renueva la bula de Urbano IV. Diócesis y órdenes religiosas aceptan la fiesta del Corpus, y ya para 1324 es celebrada en todo el mundo cristiano.

Celebración del Corpus y exposiciones del Santísimo

La celebración del Corpus implica ya en el siglo XIII una procesión solemne, en la que se realiza una «exposición ambulante del Sacramento» (Olivar 195). Y de ella van derivando otras procesiones con el Santísimo, por ejemplo, para bendecir los campos, para realizar determinadas rogativas, etc.

Por otra parte, «esta presencia palpable, visible, de Dios, esta inmediatez de su presencia, objeto singular de adoración, produjo un impacto muy notable en la mentalidad cristiana occidental e introdujo nuevas formas de piedad, exigiendo rituales nuevos y creando la literatura piadosa correspondiente. En el siglo XIV se practicaba ya la exposición solemne y se bendecía con el Santísimo. Es el tiempo en que se crearon los altares y las capillas del santísimo Sacramento» (Id. 196).

Las exposiciones mayores se van implantando en el siglo XV, y siempre la patria de ellas «es la Europa central. Alemania, Escandinavia y los Países Bajos fueron los centros de difusión de las prácticas eucarísticas, en general» (Id. 197). Al principio, colocado sobre el altar el Sacramento, es adorado en silencio. Poco a poco va desarrollándose un ritual de estas adoraciones, con cantos propios, como el Ave verum Corpus natum ex Maria Virgine, muy popular, en el que tan bellamente se une la devoción eucarística con la mariana.

La exposición del Santísimo recibe una acogida popular tan entusiasta que ya hacia 1500 muchas iglesias la practican todos los domingos, normalmente después del rezo de las vísperas -tradición que hoy perdura, por ejemplo, en los monasterios benedictinos de la congregación de Solesmes-. La costumbre, y también la mayoría de los rituales, prescribe arrodillarse en la presencia del Santísimo.

En los comienzos, el Santísimo se mantenía velado tanto en las procesiones como en las exposiciones eucarísticas. Pero la costumbre y la disciplina de la Iglesia van disponiendo ya en el siglo XIV la exposición del cuerpo de Cristo «in cristallo» o «in pixide cristalina».

Las Cofradías eucarísticas

Con el fin de que nunca cese el culto de fe, amor y agradecimiento a Cristo, presente en la Eucaristía, nacen las Cofradías del Santísimo Sacramento, que «se desarrollan antes, incluso, que la festividad del Corpus Christi. La de los Penitentes grises, en Avignon se inicia en 1226, con el fin de reparar los sacrilegios de los albigenses; y sin duda no es la primera» (Bertaud 1632). Con unos u otros nombres y modalidades, las Cofradías Eucarísticas se extienden ya a fin del siglo XIII por la mayor parte de Europa.

Estas Cofradías aseguran la adoración eucarística, la reparación por las ofensas y desprecios contra el Sacramento, el acompañamiento del Santísimo cuando es llevado a los enfermos o en procesión, el cuidado de los altares y capillas del Santísimo, etc.

Todas estas hermandades, centradas en la Eucaristía, son agregadas en una archicofradía del Santísimo Sacramento por Paulo III en la Bula Dominus noster Jesus Cristus, en 1539, y tienen un influjo muy grande y benéfico en la vida espiritual del pueblo cristiano. Algunas, como la Compañía del Santísimo Sacramento, fundada en París en 1630, llegaron a formar escuelas completas de vida espiritual para los laicos.

Su fundador fue el Duque de Ventadour, casado con María Luisa de Luxemburgo. En 1629, ella ingresa en el Carmelo y él toma el camino del sacerdocio (E. Levesque, DSp II, 1301-1305).

Las Asociaciones y Obras eucarísticas se multiplican en los últimos siglos: la Guardia de Honor, la Hora Santa, los Jueves sacerdotales, la Cruzada eucarística, etc.

Atención especial merece hoy, por su difusión casi universal en la Iglesia Católica, la Adoración Nocturna. Aunque tiene varios precedentes, como más tarde veremos, en su forma actual procede de la asociación iniciada en París por Hermann Cohen el 6 de diciembre de 1848, hace, pues, ciento cincuenta años.

La piedad eucarística en el pueblo católico

Los últimos ocho siglos de la historia de la Iglesia suponen en los fieles católicos un crescendo notable en la devoción a Cristo, presente en la Eucaristía.

En efecto, a partir del siglo XIII, como hemos visto, la devoción al Sacramento se va difundiendo más y más en el pueblo cristiano, haciéndose una parte integrante de la piedad católica común. Los predicadores, los párrocos en sus comunidades, las Cofradías del Santísimo Sacramento, impulsan con fuerza ese desarrollo devocional.

En el crecimiento de la piedad eucarística tiene también una gran importancia la doctrina del concilio de Trento sobre la veneración debida al Sacramento (Dz 882. 878. 888/1649. 1643-1644. 1656). Por ella se renuevan devociones antiguas y se impulsan otras nuevas.

La adoración eucarística de las Cuarenta horas, por ejemplo, tiene su origen en Roma, en el siglo XIII. Esta costumbre, marcada desde su inicio por un sentido de expiación por el pecado -cuarenta horas permanece Cristo en el sepulcro-, recibe en Milán durante el siglo XVI un gran impulso a través de San Antonio María Zaccaria (+1539) y de San Carlos Borromeo después (+1584). Clemente VIII, en 1592, fija las normas para su realización. Y Urbano VIII (+1644) extiende esta práctica a toda la Iglesia.

La procesión eucarística de «la Minerva», que solía realizarse en las parroquias los terceros domingos de cada mes, procede de la iglesia romana de Santa Maria sopra Minerva.

Las devociones eucarísticas, que hemos visto nacer en centro Europa, arraigan de modo muy especial en España, donde adquieren expresiones de gran riqueza estética y popular, como los seises de Sevilla o el Corpus famoso de Toledo. Y de España pasan a Hispanoamérica, donde reciben formas extremadamente variadas y originales, tanto en el arte como en el folclore religioso: capillas barrocas del Santísimo, procesiones festivas, exposiciones monumentales, bailes y cantos, poesías y obras de teatro en honor de la Eucaristía.

El culto a la Eucaristía fuera de la Misa llega, en fin, a integrar la piedad común del pueblo cristiano. Muchos fieles practican diariamente la visita al Santísimo. En las parroquias, con el rosario, viene a ser común la Hora santa, la exposición del Santísimo diaria o semanal, por ejemplo, en los Jueves eucarísticos.

El arraigo devocional de las visitas al Santísimo puede comprobarse por la abundantísima literatura piadosa que ocasiona. Por ejemplo, entre los primeros escritos de san Alfonso María de Ligorio (+1787) está Visite al SS. Sacramento e a Maria SS.ma, de 1745. En vida del santo este librito alcanza 80 ediciones y es traducido a casi todas las lenguas europeas. Posteriormente ha tenido más de 2.000 ediciones y reimpresiones.

En los siglos modernos, hasta hoy, la piedad eucarística cumple una función providencial de la máxima importancia: confirmando diariamente la fe de los católicos en la amorosa presencia real de Jesús resucitado, les sirve de ayuda decisiva para vencer la frialdad del jansenismo, las tentaciones deistas de un iluminismo desencarnado o la actual horizontalidad inmanentista de un secularismo generalizado.

Congregaciones religiosas

Institutos especialmente centrados en la veneración de la Eucaristía hay muy antiguos, como los monjes blancos o hermanos del Santo Sacramento, fundados en 1328 por el cisterciense Andrés de Paolo. Pero estas fundaciones se producen sobre todo a partir del siglo XVII, y llegan a su mayor número en el siglo XIX.

«No es exagerado decir que el conjunto de las congregaciones fundadas en el siglo XIX -adoratrices, educadoras o misioneras- profesa un culto especial a la Eucaristía: adoración perpetua, largas horas de adoración común o individual, ejercicios de devoción ante el Santísimo Sacramento expuesto, etc.» (Bertaud 1633).

Recordaremos aquí únicamente, a modo de ejemplo, a los Sacerdotes y a las Siervas del Santísimo Sacramento, fundados por san Pedro-Julián Eymard (+1868) en 1856 y 1858, dedicados al apostolado eucarístico y a la adoración perpetua. Y a las Adoratrices, siervas del Santísimo Sacramento y de la caridad, fundadas en 1859 por santa Micaela María del Santísimo Sacramento (+1865), que escribe en una ocasión:

«Estando en la guardia del Santísimo… me hizo ver el Señor las grandes y especiales gracias que desde los Sagrarios derrama sobre la tierra, y además sobre cada individuo, según la disposición de cada uno… y como que las despide de Sí en favor de los que las buscan» (Autobiografía 36,9).

Es en estos años, en 1848, como ya vimos, cuando Hermann Cohen inicia en París la Adoración Nocturna.

En el siglo XX son también muchos los institutos que nacen con una acentuada devoción eucarística. En España, por ejemplo, podemos recordar los fundados por el venerable Manuel González, obispo (1887-1940): las Marías de los Sagrarios, las Misioneras eucarísticas de Nazaret, etc. En Francia, los Hermanitos y Hermanitas de Jesús, derivados de Charles de Foucauld (1858-1916) y de René Voillaume. También las Misioneras de la Caridad, fundadas por la madre Teresa de Calcuta, se caracterizan por la profundidad de su piedad eucarística. En éstos y en otros muchos institutos, la Misa y la adoración del Santísimo forman el centro vivificante de cada día.

Congresos eucarísticos

Émile Tamisier (1843-1910), siendo novicia, deja las Siervas del Santísimo Sacramento para promover en el siglo la devoción eucarística. Lo intenta primero en forma de peregrinaciones, y más tarde en la de congresos. Éstos serán diocesanos, regionales o internacionales. El primer congreso eucarístico internacional se celebra en Lille en 1881, y desde entonces se han seguido celebrando ininterrumpidamente hasta nuestros días.

La piedad eucarística en otras confesiones cristianas

Ya hemos aludido a algunas posiciones antieucarísticas producidas entre los siglos IX y XIII. Pues bien, en la primera mitad del siglo XVI resurge la cuestión con los protestantes y por eso el concilio de Trento, en 1551, se ve obligado a reafirmar la fe católica frente a ellos, que la niegan:

«Si alguno dijere que, acabada la consagración de la Eucaristía, no se debe adorar con culto de latría, aun externo, a Cristo, unigénito Hijo de Dios, y que por tanto no se le debe venerar con peculiar celebración de fiesta, ni llevándosele solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y que sus adoradores son idólatras, sea anatema» (Dz 888/1656).

El anglicanismo, sin embargo, reconoce en sus comienzos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y aunque pronto sufre en este tema influjos luteranos y calvinistas, conserva siempre más o menos, especialmente en su tendencia tradicional, un cierto culto de adoración (Bertaud 1635). El acuerdo anglicano-católico sobre la teología eucarística, de septiembre de 1971, es un testimonio de esta proximidad doctrinal («Phase» 12, 1972, 310-315). En todo caso, el mundo protestante actual, en su conjunto, sigue rechazando el culto eucarístico.

En nuestro tiempo, estas posiciones protestantes han afectado a una buena parte de los llamados católicos progresistas, haciendo necesaria la encíclica Mysterium fidei (1965) de Pablo VI:

En referencia a la Eucaristía, no se puede «insistir tanto en la naturaleza del signo sacramental como si el simbolismo, que ciertamente todos admiten en la sagrada Eucaristía, expresase exhaustivamente el modo de la presencia de Cristo en este sacramento. Ni se puede tampoco discutir sobre el misterio de la transustanciación sin referirse a la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en su sangre, conversión de la que habla el concilio de Trento, de modo que se limitan ellos tan sólo a lo que llaman transignificación y transfinalización. Como tampoco se puede proponer y aceptar la opinión de que en las hostias consagradas, que quedan después de celebrado el santo sacrificio, ya no se halla presente nuestro Señor Jesucristo» (4).

Las Iglesias de Oriente, en fin, todas ellas, promueven en sus liturgias un sentido muy profundo de adoración de Cristo en la misma celebración del Misterio sagrado. Pero fuera de la Misa, el culto eucarístico no ha sido asumido por las Iglesias orientales separadas de Roma, que permanecen fijas en lo que fueron usos universales durante el primer milenio cristiano. Sí en cambio por las Iglesias orientales que viven la comunión católica (+Mysterium fidei 41). En ellas, incluso, hay también institutos religiosos especialmente destinados a esta devoción, como las Hermanas eucarísticas de Salónica (Bertaud 1634-1635).

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Doctrina espiritual

Maestros espirituales de la devoción a la Eucaristía

El más grande teólogo de la devoción a la Eucaristía es santo Tomás de Aquino (1224-1274). Según datos históricos exactos, sabemos que santo Tomás era en su comunidad dominica «el primero en levantarse por la noche, e iba a postrarse ante el Santísimo Sacramento. Y cuando tocaban a maitines, antes de que formasen fila los religiosos para ir a coro, se volvía sigilosamente a su celda para que nadie lo notase. El Santísimo Sacramento era su devoción predilecta. Celebraba todos los días, a primera hora de la mañana, y luego oía otra misa o dos, a las que servía con frecuencia» (S. Ramírez, Suma Teológica, BAC 29, 1957,57*).

Él compuso, por encargo del Papa, el maravilloso texto litúrgico del Oficio del Corpus: Pange lingua, Sacris solemniis, Lauda Sion, etc (+Sisto Terán, Santo Tomás, poeta del Santísimo Sacramento, Univ. Católica, Tucumán 1979). La tradición iconográfica suele representarle con el sol de la Eucaristía en el pecho. Un cuadro de Rubens, en el Prado, «la procesión del Santísimo Sacramento», presenta, entre varios santos, a santa Clara con la custodia, y junto a ella a santo Tomás, explicándole el Misterio. Sobre la tumba de éste, en Toulouse, en la iglesia de san Fermín, una estatua le representa teniendo en la mano derecha el Santísimo Sacramento.

Desde el siglo XIII, los grandes maestros espirituales han enseñado siempre la relación profunda que existe entre la Eucaristía -celebrada y adorada- y la configuración progresiva a Jesucristo. Recordaremos sólo a algunos.

Guiard de Laon, el doctor eucarístico, relacionado con Juliana de Mont-Cornillon y el movimiento eucarístico de Lieja, publica hacia 1222 De XII fructibus venerabilis sacramenti. San Buenaventura (+1274) expresa su franciscana devoción eucarística en De sanctissimo corpore Christi, partiendo de los seis grandes símbolos eucarísticos anticipados en el Antiguo Testamento. El franciscano Roger Bacon (+1294), la terciaria franciscana santa Ángela de Foligno (+1309), los dominicos Jean Taulero (+1361) y Enrique Suso (+1365), el canciller de la universidad de París, Jean Gerson (+1429), Dionisio el cartujano, el doctor extático (+1471), se distinguen también por la centralidad de la devoción eucarística en su espiritualidad. La Devotio moderna, tan importante en la espiritualidad de los siglos XIV y XV, es también netamente eucarística. Podemos comprobarlo, por ejemplo, en el libro IV de la Imitación de Cristo, De Sacramento Corporis Christi.

Esta relación de maestros espirituales acentuadamente eucarísticos podría alargarse hasta nuestro tiempo. Pero aquí sólamente haremos mención especial de algunos santos de los últimos siglos.

En el XVI, pocos hacen tanto por difundir entre el pueblo cristiano el amor al Sacramento como san Ignacio de Loyola (1491-1556). En seguida de su conversión, estando en Manresa (1522-1523), en la Misa, «alzándose el Corpus Domini, vio con los ojos interiores… vio con el entendimiento claramente cómo estaba en aquel Santísimo Sacramento Jesucristo nuestro Señor» (Autobiografía, 29).

Recordemos también las visiones que tiene de la divina Trinidad, con tantas lágrimas, en la celebración de la Misa, y «acabando la Misa», al «hacer oración al Corpus Domini», estando en el «lugar del Santísimo Sacramento» (Diario espiritual 34: 6-III-1544).

No es extraño, pues, que san Ignacio fomentara tanto en el pueblo la devoción a la Eucaristía. Así lo hizo, concretamente, con sus paisanos de Azpeitia. En efecto, cuando Paulo III, en 1539, aprueba con Bula la Cofradía del Santísimo Sacramento fundada por el dominico Tomás de Stella en la iglesia dominicana de la Minerva, San Ignacio se apresura a comunicar esta gracia a los de Azpeitia, y en 1540 les escribe: «ofreciéndose una gran obra, que Dios N. S. ha hecho por un fraile dominico, nuestro muy grande amigo y conocido de muchos años, es a saber, en honor y favor del santísimo Sacramento, determiné de consolar y visitar vuestras ánimas in Spiritu Sancto con esa Bula que el señor bachiller [Antonio Araoz] lleva» (VIII/IX-1540). Los jesuitas, fieles a este carisma original, serán después unos de los mayores difusores de la piedad eucarística, por las Congregaciones Marianas y por muchos otros medios, como el Apostolado de la Oración.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), en el mismo siglo, tiene también una vida espiritual muy centrada en el Santísimo Sacramento. Ella, que tenía especial devoción a la fiesta del Corpus (Vida 30,11), refiere que en medio de sus tentaciones, cansancios y angustias, «algunas veces, y casi de ordinario, al menos lo más continuo, en acabando de comulgar descansaba; y aun algunas, en llegando a el Sacramento, luego a la hora quedaba tan buena, alma y cuerpo, que yo me espanto» (30,14).

Confiesa con frecuencia su asombro enamorado ante la Majestad infinita de Dios, hecha presente en la humildad indecible de una hostia pequeña: «y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia» (38,19). «Harta misericordia nos hace a todos, que quiere entienda [el alma] que es Él el que está en el Santísimo Sacramento» (Camino Esc. 61,10).

La Eucaristía, para el alma y para el cuerpo, es el pan y la medicina de Teresa: «¿pensáis que no es mantenimiento aun para estos cuerpos este santísimo Manjar, y gran medicina aun para los males corporales? Yo sé que lo es» (Camino Vall. 34,7; +el pan nuestro de cada día: 33-34).

Ella se conmueve ante la palabra inefable del Cantar de los Cantares, «bésame con beso de tu boca» (1,1): «¡Oh Señor mío y Dios mío, y qué palabra ésta, para que la diga un gusano de su Criador!». Pero la ve cumplida asombrosamente en la Eucaristía: «¿Qué nos espanta? ¿No es de admirar más la obra? ¿No nos llegamos al Santísimo Sacramento?» (Conceptos del Amor de Dios 1,10). La comunión eucarística es un abrazo inmenso que nos da el Señor.

Para santa Teresa, fundar un Carmelo es ante todo encender la llama de un nuevo Sagrario. Y esto es lo que más le conforta en sus abrumadores trabajos de fundadora:

«para mí es grandísimo consuelo ver una iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento» (Fundaciones 3,10). «Nunca dejé fundación por miedo de trabajo, considerando que en aquella casa se había de alabar al Señor y haber Santísimo Sacramento… No lo advertimos estar Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está, en el Santísimo Sacramento en muchas partes, grande consuelo nos había de ser» (18,5). Hecha la fundación, la inauguración del Sagrario es su máximo premio y gozo: «fue para mí como estar en una gloria ver poner el Santísimo Sacramento» (36,6).

Por otra parte, Teresa sufre y se angustia a causa de las ofensas inferidas al Sacramento. Nada le duele tanto.

Mucho hemos de rezar y ofrecer para que «no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos» (Camino Perf. Vall. 35,3)… «parece que le quieren ya tornar a echar del mundo» (ib. Esc. 62,63; +58,2).

Pero aún le horrorizan más a Teresa las ofensas a la Eucaristía que proceden de los malos cristianos: «Tengo por cierto habrá muchas personas que se llegan al Santísimo Sacramento -y plega al Señor yo mienta- con pecados mortales graves» (Conceptos Amor de Dios 1,11).

En la España de ese tiempo, la devoción eucarística está ya plenamente arraigada en el pueblo cristiano. San Juan de Ribera (1532-1611), obispo de Valencia, en una carta a los sacerdotes les escribe:

«Oímos con mucho consuelo lo que muchos de vosotros me han escrito, afirmándome que está muy introducida la costumbre de saludarse unas personas a otras diciendo: Alabado sea el Santísimo Sacramento. Esto mismo deseo que se observe en todo nuestro arzobispado» (28-II-1609).

En Francia, en el siglo XVII, las más altas revelaciones privadas que recibió santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación, acerca del Sagrado Corazón se produjeron estando ella en adoración del Santísimo expuesto.

Y como ella misma refiere, esa devoción inmensa a la Eucaristía la tenía ya de joven, antes de entrar religiosa, cuando todavía vivía al servicio de personas que le eran hostiles: «ante el Santísimo Sacramento me encontraba tan absorta que jamás sentía cansancio. Hubiera pasado allí los días enteros con sus noches sin beber, ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en su presencia, como un cirio ardiente, para devolverle amor por amor. No me podía quedar en el fondo de la iglesia, y por confusión que sintiese de mí misma, no dejaba de acercarme cuanto pudiera al Santísimo Sacramento» (Autobiografía 13).

De hecho, la devoción al Corazón de Jesús, desde sus mismos inicios, ha sido siempre acentuadamente eucarística, y por causas muy profundas, como subraya el Magisterio (+Pío XII, 1946, Haurietis aquas, 20, 35; Pablo VI, cta. apost. Investigabiles divitias 6-II-1965).

En el siglo siguiente, en el XVIII, podemos recordar la gran devoción eucarística de san Pablo de la Cruz (+1775), el fundador de los Pasionistas. Él, como declara en su Diario espiritual, «deseaba morir mártir, yendo allí donde se niega el adorabilísimo misterio del Santísimo Sacramento» (26-XII-1720). Captaba en la Eucaristía de tal modo la majestad y santidad de Cristo, que apenas le era posible a veces mantenerse en la iglesia:

«decía yo a los ángeles que asisten al adorabilísimo Misterio que me arrojasen fuera de la iglesia, pues yo soy peor que un demonio. Sin embargo, la confianza en mi Esposo sacramentado no se me quita: le decía que se acuerde de lo que me ha dejado en el santo Evangelio, esto es, que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Diario 5-XII-1720).

En cuanto al siglo XIX, recordemos al santo Cura de Ars (1786-1859). Juan XXIII, en la encíclica Sacerdotii Nostri primordia, de 1959, en el centenario del santo, hace un extenso elogio de esa devoción:

«La oración del Cura de Ars que pasó, digámoslo así, los últimos treinta años de su vida en su iglesia, donde le retenían sus innumerables penitentes, era sobre todo una oración eucarística. Su devoción a nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento, era verdaderamente extraordinaria: Allí está, solía decir» (16).

Otro gran modelo de piedad eucarística en ese mismo siglo es san Antonio María Claret (1807-1870), fundador de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, los claretianos. En su Autobiografía refiere: cuando era niño, «las funciones que más me gustaban eran las del Santísimo Sacramento» (37). Su iconografía propia le representa a veces con una Hostia en el pecho, como si él fuera una custodia viviente.

Esto es a causa de un prodigio que él mismo refiere en su Autobiografía: el 26 de agosto de 1861, «a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales, y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho» (694). Gracia singularísima, de la que él mismo no estaba seguro, hasta que el mismo Cristo se la confirma el 16 de mayo de 1862, de madrugada: «en la Misa, me ha dicho Jesucristo que me había concedido esta gracia de permanecer en mi interior sacramentalmente» (700). El Señor, por otra parte, le hace ver que una de las devociones fundamentales para atajar los males que amenazan a España es la devoción al Santísimo Sacramento (695).

Frutos de la piedad eucarística

El desarrollo de la piedad eucarística ha producido en la Iglesia inmensos frutos espirituales. Los ha producido en la vida interior y mística de todos los santos; por citar algunos: Juan de Ávila, Teresa, Ignacio, Pascual Bailón, María de la Encarnación, Margarita María, Pablo de la Cruz, Eymard, Micaela, Antonio María Claret, Foucauld, Teresa de Calcuta, etc. Ellos, con todo el pueblo cristiano, contemplando a Jesús en la Eucaristía, han experimentado qué verdad es lo que dice la Escritura: «contemplad al Señor y quedaréis radiantes» (Sal 33,6).

Pero la devoción eucarística ha producido también otros maravillosos frutos, que se dan en la suscitación de vocaciones sacerdotales y religiosas, en la educación cristiana de los niños, en la piedad de los laicos y de las familias, en la promoción de obras apostólicas o asistenciales, y en todos los otros campos de la vida cristiana. Es, pues, una espiritualidad de inmensa fecundidad. «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20).

Hoy, por ejemplo, en Francia, los movimientos laicales con más vitalidad, y aquellos que más vocaciones sacerdotales y religiosas suscitan, como Emmanuel, se caracterizan por su profunda piedad eucarística.

En las Comunidades de las Bienaventuranzas, concretamente, compuestas en su mayor parte por laicos, se practica la adoración continua todo el día. Iniciadas hacia 1975, reunen hoy unos 1.200 miembros en unas 70 comunidades, que están distribuidas por todo el mundo. Y recordemos también la Orden de los laicos consagrados (Angot, Las casas de adoración).

¿Deficiencias en la piedad eucarística?

La sagrada Eucaristía es en la Iglesia el misterio más grandioso, es el misterio por excelencia: mysterium fidei. Excede absolutamente la capacidad intelectual de los teólogos, que balbucean cuando intentan explicaciones conceptuales. Y también es inefable para los más altos místicos, que se abisman en su luz transformante.

No es, pues, extraño que, al paso de los siglos, las devociones eucarísticas hayan incurrido a veces en acentuaciones o visiones parciales, que no alcanzan a abarcar armoniosamente toda la plenitud del misterio. No se trata en esto de errores doctrinales, pero sí de costumbres piadosas que expresan y que inducen acentuaciones excesivamente parciales del misterio inmenso de la Eucaristía. Escribe acerca de esto Pere Tena:

«”El Espíritu de verdad os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13)… Desde la primitiva comunidad de Jerusalén, que partía el pan por las casas y tomaba alimento con alegría y simplicidad de corazón (Hch 2,46), hasta la solemne misa conclusiva de un Congreso Eucarístico internacional, pasando por las asambleas dominicales de las parroquias y por las prolongadas adoraciones eucarísticas de las comunidades religiosas especialmente dedicadas a ello, la realidad de la Eucaristía se ha visto constantemente profundizada, y continúa siendo fuente renovada de vigor cristiano.

«Esto no significa que en todo momento haya habido, o haya en la actualidad incluso, una armonía perfecta de los diversos aspectos (…) Un aspecto legítimo de la Eucaristía puede, en determinadas circunstancias espirituales, adquirir tal intensidad y tal valoración unilateral, que llegue casi a relegar a un segundo plano los aspectos más fundamentales y fontales del misterio. Pero estas desviaciones de atención no niegan el valor de acentuación que tal aspecto concreto representa para la comprensión de la Eucaristía, ni pueden ser relegados al olvido tales aspectos en la práctica histórica de la comunidad eclesial, una vez han entrado a formar parte del patrimonio de las expresiones de la fe cristiana» (205-206).

Es una trampa dialéctica, en la que ciertamente no pensamos caer, decir: «cuanto más se centren los fieles en el Sacramento, menos valorarán el Sacrificio»; «cuanto más capten la presencia de Cristo en la Eucaristía, menos lo verán en la Palabra divina o en los pobres»; etc. Un san Luis María Grignion de Montfort, por ejemplo, ya conoció ampliamente este tipo de falsas contraposiciones -«a mayor devoción a María, menos devoción a Jesús»-, y las refutó con gran fuerza.

No. En la teoría y también en la práctica, es decir, de suyo y en la inmensa mayoría de los casos, «a más amor a la Virgen, más amor a Cristo», «donde hay mayor devoción al Sacramento, hay más y mejor participación en el Sacrificio», «a más captación de la presencia de Cristo en la Eucaristía, mayor facilidad para reconocerlo en la Palabra divina o en los pobres».

¿Cómo puede contraponerse en serio, concretamente, devoción a Cristo en la Eucaristía y devoción servicial a los pobres? ¿Qué dirían de tal aberración Micaela del Santísimo Sacramento, Charles de Foucauld o Teresa de Calcuta?… Son trampas dialécticas sin fundamento alguno doctrinal o práctico. Pablo VI, por el contrario, afirma que «el culto de la divina Eucaristía mueve muy fuertemente el ánimo a cultivar el amor social», y explica cómo y por qué (Mysterium fidei 38).

Siempre se ha entendido así. El artículo 15 de los Estatutos de la Compañía del Santísimo Sacramento, fundada en Francia el 1630, dispone que «el objeto de la caridad de los hermanos serán los hospitales, prisiones, enfermos, pobres vergonzantes, todos aquellos que están necesitados de ayuda», etc. (DSp II/2, 1302).

El venerable Alberto Capellán (1888-1965), labrador, padre de ocho hijos, miembro de la Adoración Nocturna, en la que pasa 660 noches ante el Santísimo, escribe: «Dios me encomendó la misión de recoger a los pobres por la noche». Hace un refugio, y desde 1928 hasta su muerte acoge a pobres y les atiende personalmente (G. Capellán, La lucha que hace grande al hombre. El venerable Alberto Capellán Zuazo, c/ Ob. Fidel 1, 26004 Logroño, 1998).

La madre Teresa de Calcuta refiere en una ocasión: «En el Capítulo General que tuvimos en 1973, las hermanas [Misioneras de la Caridad] pidieron que la Adoración al Santísimo, que teníamos una vez por semana, pasáramos a tenerla cada día, a pesar del enorme trabajo que pesaba sobre ellas. Esta intensidad de oración ante el Santísimo ha aportado un gran cambio en nuestra Congregación. Hemos experimentado que nuestro amor por Jesús es más grande, nuestro amor de unas por otras es más comprensivo, nuestro amor por los pobres es más compasivo y nosotras tenemos el doble de vocaciones» («Reino de Cristo» I-1987).

Ahora bien, ¿significa todo eso que la devoción eucarística, al paso de los siglos, de hecho, no ha sufrido deficiencias o desviaciones? Por supuesto que las ha sufrido, y muchas, como todas las instituciones de la Iglesia. Pero ¿el monacato, la educación católica, las misiones, la misma celebración de la Misa, el clero diocesano, la familia cristiana, no han sufrido deficiencias y desviaciones muy graves en el curso de los siglos? «El que de vosotros esté sin pecado, arroje la piedra el primero» contra la piedad eucarística (Jn 8,7).

El monacato, por ejemplo, ha conocido en su historia desviaciones o deficiencias muy considerables. En la historia del monacato ha habido ascetismos asilvestrados, vagancias ignorantes, erudiciones sin virtud, semipelagianismos furibundos, condenaciones maniqueas de la vida seglar, romanticismos del claustro y del desierto, etc. Pero no por eso dejamos de considerar la vida monástica como una forma maravillosa de realizar el Evangelio. Nada nos cuesta admitir que en esa forma de vida admirable han florecido santos de entre los más grandes de la Iglesia. Y no se nos ocurre decir de la vida monástica lo que alguno ha dicho de la piedad eucarística: que «aunque legítima, está fundada en una visión parcial del misterio» cristiano, por lo que «está expuesta a tambalearse por sí sola, si se pone en contraste con formas de vida cristiana más plenas», sobre todo cuando «se funda más en el sentimiento que en la razón». Por el contrario, nosotros decimos simplemente y con toda sinceridad que la vida monástica -aunque no ignoramos sus diversas deficiencias históricas- es una de las maneras más bellas y santificantes de vivir el Evangelio.

Hubo deficiencias

Pues bien, es evidente que en la historia de la devoción eucarística, según tiempos y lugares, se han dado desviaciones, acentuaciones excesivamente unilaterales, incluso errores y abusos, unas veces en las exposiciones doctrinales, otras en las costumbres prácticas. Y por eso ahora, al tratar aquí de la espiritualidad eucarística, es necesario que señalemos esas deficiencias, al menos las que estimamos más importantes.

En efecto, una acentuación parcial de la Presencia real eucarística ha llevado en ocasiones a devaluar otras modalidades de la presencia de Cristo en la Iglesia: en la Palabra, por ejemplo, o en los pobres o en la misma inhabitación.

Otras veces la devoción centrada en la Presencia real ha dejado en segundo plano aspectos fundamentales de la Eucaristía, entendida ésta, por ejemplo, como memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo, como actualización del sacrificio de la redención, como signo y causa de la unidad de la Iglesia, etc.

Los fieles, entonces, más o menos conscientemente, consideran que la Misa se celebra ante todo y principalmente para conseguir esa presencia real de Jesucristo. Olvidando en buena medida que la Misa es ante todo el memorial del Sacrificio de la redención, «la Eucaristía se ha transformado en una epifanía, la venida del Señor, que aparece entre los hombres y les distribuye sus gracias. Y los hombres se han reunido en torno al altar para participar de estas gracias» (Jungmann I,157).

En esta perspectiva, no se relaciona adecuadamente la presencia real de Cristo y la celebración del sacrificio eucarístico, de donde tal presencia se deriva.

No siempre se ha entendido tampoco, como se entendía en la antigüedad, que la reserva de la Eucaristía se realiza principalmente para hacer posible fuera de la Misa la comunión de enfermos y ausentes.

Esto ha dado lugar, en ocasiones, a una multiplicación inconveniente de sagrarios en una misma casa, orientando así la reserva casi exclusivamente a la devoción.

En algunos tiempos y lugares la veneración a la Presencia real se ha estimado en forma tan prevalente que las Misas más solemnes se celebran ante el Santísimo expuesto (+Jungmann I,164).

Con relativa frecuencia, por otra parte, la solemnización sensible de la presencia real de Cristo en el Sacramento -cantos, órgano, número de cirios encendidos, uso del incienso- ha sido notablemente superior a la empleada en la celebración misma del Sacrificio.

Y a veces, en lugar de exponer la sagrada Hostia sobre el altar, según la tradición primera, que expresa bien la unidad entre Sacrificio y Sacramento, se ha expuesto el Santísimo en ostensorios monumentales, muy distantes del altar y mucho más altos que éste.

Deficiencias del lenguaje piadoso

Otra cuestión, especialmente delicada, es la del lenguaje de la devoción a la Eucaristía. También aquí ha habido deficiencias considerables, sobre todo en la época barroca.

«¡Oh, Jesús Sacramentado, divino prisionero del Sagrario! Acudimos a Vos, que en el trono del sagrario te dignas recibir el rendimiento de nuestra pleitesía», etc.

No debemos ironizar, sin embargo, sobre estas efusiones eucarísticas piadosas, tan frecuentes en los libros de Visitas al Santísimo y de Horas santas. Son perfectamente legítimas, desde el punto de vista teológico. Merecen nuestro respeto y nuestro afecto. Han sido empleadas por muchos santos. Han servido para alimentar en innumerables cristianos un amor verdaderamente profundo a Jesucristo en la Eucaristía. Y más que expresiones inexactas, son simplemente obsoletas.

Por lo demás, los cristianos de hoy, en lo referente a la devoción eucarística, no estamos en condiciones de mirar por encima del hombro a nuestros antepasados. Al atardecer de nuestra vida, vamos a ser juzgados en el amor, más bien que por la calidad estética y teológica de nuestras fórmulas verbales o de nuestros signos expresivos.

Pero tampoco debemos ignorar que, no pocas veces hoy, la sensibilidad de los cristianos, por grande que sea su amor a la Eucaristía, suele encontrarse muy distante de esas expresiones de piedad. Hoy, quizá, el sentimiento religioso, al menos en ciertas cuestiones, está bastante más próximo a la Antigüedad patrística y a la Edad Media o al Renacimiento, que al Barroco o al Romanticismo. También en las devociones eucarísticas.

Recordemos, por ejemplo, la ternura tan elegante de la devoción franciscana hacia el Misterio eucarístico. Recordemos el temple bíblico y litúrgico, así como la profundidad teológica y la altura mística de las oraciones eucarísticas de santo Tomás o de santa Catalina de Siena… Por eso, entre los autores del siglo XX, las expresiones devocionales de mayor calidad teológica y estética hacia la Eucaristía las hallamos justamente en aquellos autores, como los benedictinos Dom Marmion o Dom Vonier, que están más vinculados a la inspiración bíblica y litúrgica, y a la tradición teológica y mística de la Edad Media.

Deficiencias históricas

Pero, volviendo a la cuestión central, todas éstas son deficiencias históricas -que en seguida veremos corregidas por la renovación litúrgica moderna-, y en modo alguno nos llevan a pensar que la piedad eucarística es en sí misma deficiente. Alguno, sin embargo, arrogándose la representación del movimiento litúrgico, se expresa como si lo fuera:

«El movimiento litúrgico ha reconocido que [la piedad eucarística] se trata de una piedad legítima, fundada empero en una visión parcial del misterio de la eucaristía; por esto mismo dicha piedad está expuesta por sí sola a tambalearse cuando se la contrasta con cualquier forma de espiritualidad que ofrezca una visión completa del misterio de Cristo, del mismo modo que están expuestas a perder actualidad otras devociones que tengan una visión parcial de la historia de la salvación, sobre todo las que se fundan más en el sentimiento que en la razón [sic; querrá decir que en la fe]» (subrayados nuestros).

¿Cómo se puede decir que la devoción eucarística, la devoción predilecta de Francisco y Clara, de Tomás e Ignacio, de Margarita María, de Antonio María, de Foucauld o de Teresa de Calcuta, la mil veces aprobada y recomendada por el Magisterio apostólico, la piedad tan hondamente vivida por el pueblo cristiano en los últimos ocho siglos, está fundada en una visión parcial del misterio de la fe, se apoya más en el sentimiento que en la fe, y en sí misma se tambalea? Y por otra parte, ¿qué fin cauteloso se pretende al declarar legítima una devoción que se juzga de tan mala calidad?

Renovación actual de la piedad eucarística

El movimiento litúrgico y el Magisterio apostólico, por obra como siempre del Espíritu Santo, al profundizar más y más en la realidad misteriosa de la Eucaristía, han renovado maravillosamente la doctrina y la disciplina del culto eucarístico.

Por lo que al Magisterio se refiere, los documentos más importantes sobre el tema han sido la encíclica de Pío XII Mediator Dei (1947), la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (1963), la encíclica de Pablo VI Mysterium fidei (1965), muy especialmente la instrucción Eucharisticum mysterium (1967) y el Ritual para la sagrada comunión y el culto a la Eucaristía fuera de la Misa, publicado en castellano en 1974. Y la exhortación apostólica de Juan Pablo II, Dominicæ Cenæ (1980). La devoción y el culto a la Eucaristía, en fin, es recomendada a todos los fieles en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992: 1378-1381).

Diversas modalidades de la presencia de Cristo en su Iglesia

El concilio Vaticano II, en su constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium, da una enseñanza de suma importancia para la espiritualidad cristiana:

«Cristo está siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz” [Trento], sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza [S. Agustín]. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)» (7).

Pablo VI, en su encíclica Mysterium fidei, hace una enumeración semejante de los modos de la presencia de Cristo, añadiendo: está presente a su Iglesia«que ejerce las obras de misericordia», a su Iglesia «que predica», «que rige y gobierna al pueblo de Dios» (19-20). Y finalmente dice:

«Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el que Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía… Tal presencia se llama real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro» (21-22; +Ritual 6).

Y aún se podría hablar de otros modos reales de la presencia. La inhabitación de Cristo en el justo que le ama es real, según Él mismo lo dice: «si alguno me ama… vendremos a él, y en él haremos morada» (Jn 14,23).

En cuanto a la presencia de Cristo en los pobres, fácilmente se aprecia que es de otro orden. Tanto les ama, que nos dice: «lo que les hagáis, a mí me lo hacéis» (+Mt 25,34-46). En un pobre, sin embargo, que no ama a Cristo, no se da, sin duda, esa presencia real de inhabitación.

Pues bien, la configuración de una espiritualidad cristiana concreta se deriva principalmente de su modo de captar las diversas maneras de la presencia de Cristo. Desde luego, toda espiritualidad cristiana ha de creer y ha de vivir con verdadera devoción todos los modos de la presencia de Cristo. Pero es evidente que cada espiritualidad concreta tiene su estilo propio en la captación de esas presencias. Hay espiritualidades más o menos sensibles a la presencia de Cristo en la Escritura, en la Eucaristía, en la inhabitación, en los sacramentos, en los pobres, etc. Ahora bien, si la presencia de Cristo por antonomasia está en la Eucaristía, toda espiritualidad cristiana, con uno u otro acento, deberá poner en ella el centro de su devoción.

El fundamento primero de la adoración

La Iglesia cree y confiesa que «en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles» (Trento 1551: Dz 874/1636).

La divina Presencia real del Señor, éste es el fundamento primero de la devoción y del culto al Santísimo Sacramento. Ahí está Cristo, el Señor, Dios y hombre verdadero, mereciendo absolutamente nuestra adoración y suscitándola por la acción del Espíritu Santo. No está, pues, fundada la piedad eucarística en un puro sentimiento, sino precisamente en la fe. Otras devociones, quizá, suelen llevar en su ejercicio una mayor estimulación de los sentidos -por ejemplo, el servicio de caridad a los pobres-; pero la devoción eucarística, precisamente ella, se fundamenta muy exclusivamente en la fe, en la pura fe sobre el Mysterium fidei («præstet fides supplementum sensuum defectui»: que la fe conforte la debilidad del sentido; Pange lingua).

Por tanto, «este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento, y se distingue de los demás en que no sólo comunica la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo Autor de ella.

«Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad» (Mediator Dei 164).

El culto eucarístico, ordenado a los cuatro fines del santo Sacrificio, es culto dirigido al glorioso Hijo encarnado, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Es, pues, un culto que presta a la santísima Trinidad la adoración que se le debe (+Dominicæ Cenæ 3).

Sacrificio y Sacramento

Puede decirse que «para ordenar y promover rectamente la piedad hacia el santísimo sacramento de la Eucaristía [lo más importante] es considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración de la Misa, como en el culto a las sagradas especies» (Ritual 4).

Juan Pablo II insiste en este aspecto: «No es lícito ni en el pensamiento, ni en la vida, ni en la acción quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia» (Redemptor hominis 20).

Ya Pío XII orienta en esta misma dirección su doctrina sobre la devoción eucarística (cf. Discurso al Congreso internacional de pastoral litúrgica, de Asís (A.A.S. 48, 1956, 771-725).

Esta doctrina ha sido central, concretamente, en la disciplina renovada del culto a la Eucaristía.

«Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del Sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual» (Ritual 80).

Lógicamente, pues, «se prohibe la celebración de la Misa durante el tiempo en que está expuesto el santísimo Sacramento en la misma nave de la iglesia» (ib. 83).

Esa íntima unión entre Sacrificio y Sacramento se expresa, por ejemplo, en el hecho de que, al final de la exposición, el ministro «tomando la custodia o el copón, hace en silencio la señal de la Cruz sobre el pueblo» (ib. 99). El Corpus Christi de la custodia es el mismo cuerpo ofrecido por nosotros en el sacrificio de la redención: el mismo cuerpo que ahora está resucitado y glorioso.

Devoción eucarística y comunión

La presencia eucarística de Cristo siempre «se ordena a la comunión sacramental y espiritual» (Ritual 80). En efecto, la Eucaristía como sacramento está intrínsecamente orientada hacia la comunión. Las mismas palabras de Cristo lo hacen entender así: «tomad, comed, esto es mi cuerpo, entregado por vosotros». Consiguientemente, la finalidad primera de la reserva es hacer posible, principalmente a los enfermos, la comunión fuera de la Misa. En el sagrario. como en la Misa, Cristo sigue siendo «el Pan vivo bajado del cielo».

En efecto, «el fin primero y primordial de la reserva de las sagradas especies fuera de la misa es la administración del Viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la adoración de Nuestro Señor Jesucristo, presente en el Sacramento. Pues la reserva de las especies sagradas para los enfermos ha introducido la laudable costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en las iglesias» (Ritual 5).

Según eso, en la Eucaristía, Cristo está dándose, está entregándose como pan vivo que el Padre celestial da a los hombres. Y sólo podemos recibirlo en la fe y en el amor. Así es como, ante el sagrario, nos unimos a Él en comunión espiritual. En la adoración eucarística Él se entrega a nosotros y nosotros nos entregamos a Él. Y en la medida en que nos damos a Él, nos damos también a los hermanos.

«En la sagrada Eucaristía -dice el Vaticano II- se contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo, nuestra Pascua y Pan vivo, que, mediante su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitándolos así y estimulándolos a ofrecer sus trabajos, la creación entera y a sí mismos en unión con él» (Presbiterorum ordinis 5).

La adoración eucarística, por tanto, ha de tener siempre forma de comunión espiritual. Y según eso, «acuérdense [los fieles] de prolongar por medio de la oración ante Cristo, el Señor, presente en el Sacramento, la unión con él conseguida en la Comunión, y renovar la alianza que les impulsa a mantener en sus costumbres y en su vida la que han recibido en la celebración eucarística por la fe y el Sacramento» (Ritual 81).

Adoración eucarística y vida espiritual

La piedad eucarística ha de marcar y configurar todas las dimensiones de la vida espiritual cristiana. Y esto ha de vivirse tanto en la devoción más interior como en la misma vida exterior.

En lo interior. «La piedad que impulsa a los fieles a adorar a la santa Eucaristía los lleva a participar más plenamente en el Misterio pascual y a responder con agradecimiento al don de aquel que, por medio de su humanidad, infunde continuamente la vida en los miembros de su Cuerpo. Permaneciendo ante Cristo, el Señor, disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón por sí mismos y por todos los suyos, y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el Memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre» (Ritual 80).

Disfrutan del trato íntimo del Señor. Efectivamente, éste es uno de los aspectos más preciosos de la devoción eucarística, uno de los más acentuados por los santos y los maestros espirituales, que a veces citan al respecto aquello del Apocalipsis: «mira que estoy a la puerta y llamo -dice el Señor-; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

En lo exterior, igualmente, toda la vida ordinaria de los adoradores debe estar sellada por el espíritu de la Eucaristía. «Procurarán, pues, que su vida discurra con alegría en la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la muerte y resurrección del Señor. Así cada uno procure hacer buenas obras, agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano, y también proponiéndose llegar a ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana» (Ritual 81; +Dominicæ Coenæ 7).

Adoración y ofrenda personal

Adorando a Cristo en la Eucaristía, hagamos de nuestra vida «una ofrenda permanente». Los fines del Sacrificio eucarístico, como es sabido, son principalmente cuatro: adoración de Dios, acción de gracias, expiación e impetración (Trento: Dz 940. 950/1743. 1753; +Mediator Dei 90-93). Pues bien, esos mismos fines de la Misa han de ser pretendidos igualmente en el culto eucarístico. Por él, como antes nos ha dicho el Ritual, los adoradores han de «ofrecer con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo» (80). Pío XII lo explica bien:

«Aquello del Apóstol, “habéis de tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2,5), exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio; es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad divina la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, en fin, que nos ofrezcamos a la muerte mística en la cruz, juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como san Pablo: “estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo” (Gál 2,19)» (Mediator Dei 101).

Adoración y súplica

En el Evangelio vemos muchas veces que quienes se acercan a Cristo, reconociendo en él al Salvador de los hombres, se postran primero en adoración, y con la más humilde actitud, piden gracias para sí mismos o para otros.

La mujer cananea, por ejemplo, «acercándose [a Jesús], se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25). Y obtuvo la gracia pedida.

Los adoradores cristianos, con absoluta fe y confianza, piden al Salvador, presente en la Eucaristía, por sí mismos, por el mundo, por la Iglesia. En la presencia real del Señor de la gloria, le confían sus peticiones, sabiendo con certeza que «tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1Jn 2,1-2).

En efecto, Jesús-Hostia es Jesús-Mediador. «Hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a Sí mismo como rescate por todos» (1Tim 2,5-6). Su Sacerdocio es eterno, y por eso «es perfecto su poder de salvar a los que por Él se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7,24-25).

Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía

Al finalizar su estudio sobre La presencia real de Cristo en la Eucaristía, José Antonio Sayés escribe:

«La adoración, la alabanza y la acción de gracias están presentes sin duda en la trama misma de la “acción de gracias” que es la celebración eucarística y que en ella dirigimos al Padre por la mediación del sacrificio de su Hijo.

«Pero la adoración, que es el sentimiento profundo y desinteresado de reconocimiento y acción de gracias de toda criatura respecto de su Creador, quiere expresarse como tal y alabar y honrar a Dios no sólo porque en la celebración eucarística participamos y hacemos nuestro el sacrificio de Cristo como culmen de toda la historia de salvación, sino por el simple hecho de que Dios está presente en el sacramento…

«Por otra parte, hemos de pensar que la Encarnación merece por sí sola ser reconocida con la contemplación de la gloria del Unigénito que procede del Padre (Jn 1,14)… La conciencia viva de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, prolongación sacramental de la Encarnación, ha permitido a la Iglesia seguir siendo fiel al misterio de la Encarnación en todas sus implicaciones y al misterio de la mediación salvífica del cuerpo de Cristo, por el que se asegura el realismo de nuestra participación sacramental en su sacrificio, se consuma la unidad de la Iglesia y se participa ya desde ahora en la gloria futura» (312-313).

Adoremos, pues, al mismo Cristo en el misterio de su máximo Sacramento. Adorémosle de todo corazón, en oración solitaria o en reuniones comunitarias, privada o públicamente, en formas simples o con toda solemnidad.

Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. La adoración eucarística fuera de la Misa ha de ser, en efecto, preparación y prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la Eucaristía. Con razón hace notar Pere Tena:

«La adoración eucarística ha nacido en la celebración, aunque se haya desarrollado fuera de ella. Si se pierde el sentido de adoración en el interior de la celebración, difícilmente se encontrará justificación para pomoverla fuera de ella… Quizá esta consideración pueda ser interesante para revisar las celebraciones en las que los signos de referencia a una realidad transcendente casi se esfuman» (212).

Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía: exaltemos al humillado. Es un deber glorioso e indiscutible, que los fieles cristianos -cumpliendo la profecía del mismo Cristo- realizamos bajo la acción del Espíritu Santo: «él [el Espíritu Santo] me glorificará» (Jn 16,14).

En ocasión muy solemne, en el Credo del Pueblo de Dios, declara Pablo VI: «la única e indivisible existencia de Cristo, Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente gratísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos» (n. 26).

Adorando a Cristo en la Eucaristía, bendigamos a la Santísima Trinidad, como lo hacía el venerable Manuel González:

«Padre eterno, bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: “sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el Corazón de Jesús en cada uno de los Sagrarios de la tierra. Bendito, bendito Emmanuel» (Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, 37).

Adoremos a Cristo en exposiciones breves o prolongadas. Respecto a las exposiciones más prolongadas, por ejemplo, las de Cuarenta Horas, el Ritual litúrgico de la Eucaristía dispone:

«en las iglesias en que se reserva habitualmente la Eucaristía, se recomienda cada año una exposición solemne del santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo, aunque no sea estrictamente continuado, a fin de que la comunidad local pueda meditar y orar más intensamente este misterio. Pero esta exposición, con el consentimiento del Ordinario del lugar, se hará sólamente si se prevé una asistencia conveniente de fieles» (86).

«Póngase el copón o la custodia sobre la mesa del altar. Pero si la exposición se alarga durante un tiempo prolongado, y se hace con la custodia, se puede utilizar el trono o expositorio, situado en un lugar más elevado; pero evítese que esté demasiado alto y distante» (93).

Ante el Santísimo expuesto, el ministro y el acólito permanecen arrodillados, concretamente durante la incensión (97). Y lo mismo, se entiende, el pueblo. Es el mismo arrodillamiento que, siguiendo muy larga tradición, viene prescrito por la Ordenación general del Misal Romano «durante la consagración» de la Eucaristía (21). Y recuérdese en esto que «la postura uniforme es un signo de comunidad y unidad de la asamblea, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes» (20).

Adoremos a Cristo con cantos y lecturas, con preces y silencio. «Durante la exposición, las preces, cantos y lecturas deben organizarse de manera que los fieles atentos a la oración se dediquen a Cristo, el Señor».

«Para alimentar la oración íntima, háganse lecturas de la sagrada Escritura con homilía o breves exhortaciones, que lleven a una mayor estima del misterio eucarístico. Conviene también que los fieles respondan con cantos a la palabra de Dios. En momentos oportunos, debe guardarse un silencio sagrado» (Ritual 95; +89).

-Adoremos a Cristo, rezando la Liturgia de las Horas. «Ante el santísimo Sacramento, expuesto durante un tiempo prolongado, puede celebrarse también alguna parte de la Liturgia de las horas, especialmente las Horas principales [laudes y vísperas].

«Por su medio, las alabanzas y acciones de gracias que se tributan a Dios en la celebración de la Eucaristía, se amplían a las diferentes horas del día, y las súplicas de la Iglesia se dirigen a Cristo y por él al Padre en nombre de todo el mundo» (Ritual 96). Las Horas litúrgicas, en efecto, están dispuestas precisamente para «extender a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste, que se nos ofrecen en el misterio eucarístico, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana” (CD 30)» (Ordenación general de la Liturgia de las Horas 12).

Adoremos a Cristo, haciendo «visitas al Santísimo». En efecto, como dice Pío XII, «las piadosas y aún cotidianas visitas a los divinos sagrarios», con otros modos de piedad eucarística,

«han contribuido de modo admirable a la fe y a la vida sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, que de esta manera se hace eco, en cierto modo, de la triunfante, que perpetuamente entona el himno de alabanza a Dios y al Cordero “que ha sido sacrificado” (Ap 5,12; +7,10). Por eso la Iglesia no sólo ha aprobado esos piadosos ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso de los siglos, sino que los ha recomendado con su autoridad. Ellos proceden de la sagrada liturgia, y son tales que, si se practican con el debido decoro, fe y piedad, en gran manera ayudan, sin duda alguna, a vivir la vida litúrgica» (Mediator Dei 165-166).

Sagrarios dignos en iglesias abiertas

Procuremos tener sagrarios dignos en iglesias abiertas, para que pueda llevarse a la práctica esa adoración eucarística de los fieles. Así pues, «cuiden los pastores de que las iglesias y oratorios públicos en que se guarda la santísima Eucaristía estén abiertas diariamente durante varias horas en el tiempo más oportuno del día, para que los fieles puedan fácilmente orar ante el santísimo Sacramento» (Ritual 8; +Código 937). «El lugar en que se guarda la santísima Eucaristía sea verdaderamente destacado. Conviene que sea igualmente apto para la adoración y oración privada» (Ritual 9).

«Según la costumbre tradicional, arda continuamente junto al sagrario una lámpara de aceite o de cera, como signo de honor al Señor» (Ritual 11; puede ser eléctrica, pero no común: Código 940).

En cada iglesia u oratorio haya «un solo sagrario» (Código 938,1). Y en los conventos o casas de espiritualidad el sagrario esté «sólo en la iglesia o en el oratorio principal anejo a la casa; pero el Ordinario, por causa justa, puede permitir que se reserve también en otro oratorio de la misma casa» (ib. 937).

Devoción eucarística y esperanza escatológica

Adoremos a Cristo en la Eucaristía, como prenda y anticipo de la vida celeste. La celebración eucarística es «fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura» (Vat.II: UR 15a). Por eso el culto eucarístico tiene como gracia propia mantener al cristiano en una continua tensión escatológica.

Ante el sagrario o la custodia, en la más preciosa esperanza teologal, el discípulo de Cristo permanece día a día ante Aquél que es la puerta del cielo: «yo soy la puerta; el que por mí entrare, se salvará» (Jn 10,9).

Ante el sagrario, ante la custodia, el discípulo persevera un día y otro ante Aquél «que es, que era, que vendrá» (Ap 1,4.8). El Cristo que vino en la encarnación; que viene en la Eucaristía, en la inhabitación, en la gracia; que vendrá glorioso al final de los tiempos.

No olvidemos, en efecto, que en la Eucaristía el que vino -«quédate con nosotros» (Lc 24,29)- viene a nosotros en la fe, «mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo». Así lo confesamos diariamente en la Misa. Como hace notar Tena, «la presencia del Señor entre nosotros no puede ser más que en la perspectiva del futuræ gloriæ pignus [prenda de la futura gloria]» (217).

En los últimos siglos, ha prevalecido entre los cristianos la captación de Cristo en la Eucaristía como Emmanuel, como el Señor con nosotros; y éste es un aspecto del Misterio que es verdadero y muy laudable. Pero los Padres de la Iglesia primitiva, al tratar de la Eucaristía, insistían mucho más que nosotros en su dimensión escatológica. En ella, más que el Emmanuel, veían el acceso al Cristo glorioso que ha de venir. Y en sus homilías y catequesis señalaban con frecuencia la relación existente entre la Eucaristía y la vida futura, esto es, la resurrección de los muertos: «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54).

Esta perspectiva escatológica de la Eucaristía no es exclusiva de los Padres primeros, pues se manifiesta también muy acentuada en la Edad Media, es decir, en las primeras formulaciones de la adoración eucarística. Bastará, por ejemplo, que recordemos algunas estrofas de los himnos eucarísticos compuestos por santo Tomás:

«O salutaris hostia, quæ cæli pandis ostium» (Hostia de salvación, que abres las puertas del cielo: Verbum supernum, Laudes, Oficio del Corpus).

«Tu qui cuncta scis et vales, qui nos pascis hic mortales, tuos ibi comensales, coheredes et sodales fac sanctorum civium» (Tú, que conoces y puedes todo, que nos alimentas aquí, siendo mortales, haznos allí comensales, coherederos y compañeros de tus santos: Lauda Sion, secuencia Misa del Corpus).

«Iesu, quem velatum nunc aspicio, oro fiat illud quod tam sitio; ut te revelata cernens facie, visu sim beatus tuæ gloriæ» (Jesús, a quien ahora miro oculto, cumple lo que tanto ansío: que contemplando tu rostro descubierto, sea yo feliz con la visión de tu gloria. Adoro te devote, himno atribuido a Santo Tomás, para después de la elevación).

«O amantissime Pater, concede mihi dilectum Filium tuum, quem nunc velatum in via suscipere propono, revelata tandem facie perpetuo contemplari» (Padre amadísimo, concédeme al fin contemplar eternamente el rostro descubierto de tu Hijo predilecto, al que ahora, de camino, voy a recibir velado: Omnipotens sempiterne Deus, oración preparatoria a la Eucaristía, atribuida a Santo Tomás).

La secularización de la vida presente, es decir, la disminución o la pérdida de la esperanza en la vida eterna, es hoy sin duda la tentación principal del mundo, y también de los cristianos. Por eso precisamente «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico» (Dominicæ Cenæ 3), porque ésa es, sin duda, la devoción que con más fuerza levanta el corazón de los fieles hacia la vida celestial definitiva.

Y «he aquí -escribe Tena- cómo a través de esta dimensión escatológica de la adoración eucarística, reencontramos la motivación fundamental de la misma reserva: para el Viático, para que los enfermos puedan comulgar… Este pan de vida que está encima del altar, así como procede del banquete celestial, continúa ofrecido como alimento de tránsito: es un viático, sobre todo. Cada uno de los adoradores puede pensar, en el instante de adoración silenciosa, en este momento en que recibirá por última vez la Eucaristía: “¡quien come de este pan vivirá para siempre!” (Jn 6,58). La prenda del futuro absoluto está ahí: es la presencia del Señor de la gloria, que aparece en la Eucaristía» (217).

Los sacerdotes y la adoración eucarística

Si todos los fieles han de venerar a Cristo en el Sacramento, «los pastores en este punto vayan delante con su ejemplo y exhórtenles con sus palabras» (Ritual 80). En efecto, los sacerdotes deben suscitar en los fieles la devoción eucarística tanto por el ejemplo como por la predicación. Es un deber pastoral grave.

La piedad eucarística de los fieles depende en buena medida de que sus sacerdotes la vivan y, consiguientemente, la prediquen -«de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34)-. Por eso la Congregación para la Educación Católica, en su instrucción de 1980 Sobre la vida espiritual en los Seminarios, muestra tanto interés en que los candidatos al sacerdocio sean formados en el convencimiento de que «el continuo desarrollo del culto de adoración eucarística es una de las más maravillosas experiencias de la Iglesia».

«Un sacerdote que no participe de este fervor, que no haya adquirido el gusto de esta adoración, no sólo será incapaz de transmitirlo y traicionará la Eucaristía misma, sino que cerrará a los fieles el acceso a un tesoro incomparable».

Y por eso la Congregación para el Clero, en el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, de 1994, toca también con insistencia el mismo punto:

«La centralidad de la Eucaristía se debe indicar no sólo por la digna y piadosa celebración del Sacrificio, sino aún más por la adoración habitual del Sacramento. El presbítero debe mostrarse modelo de la grey [1Pe 5,3] también en el devoto cuidado del Señor en el sagrario y en la meditación asidua que hace -siempre que sea posible- ante Jesús Sacramentado. Es conveniente que los sacerdotes encargados de la dirección de una comunidad dediquen espacios largos de tiempo para la adoración en comunidad, y tributen atenciones y honores, mayores que a cualquier otro rito, al Santísimo Sacramento del altar, también fuera de la Santa Misa. “La fe y el amor por la Eucaristía hacen imposible que la presencia de Cristo en el sagrario permanezca solitaria” (Juan Pablo II, 9-VI-1993). La liturgia de las horas puede ser un momento privilegiado para la adoración eucarística» (50).

De todo esto, ya hace años, dijo hermosas cosas el gran liturgista dominico A.-M. Roguet (L’adoration eucharistique dans la piété sacerdotale, «Vie Spirituelle» 91, 1954, 11-12).

La devoción eucarística después del Vaticano II

La piedad eucarística es en el siglo XX una parte integrante de la espiritualidad cristiana común. Por eso San Pío X no hace sino afirmar una convicción general cuando dice:

«Todas bellas, todas santas son las devociones de la Iglesia Católica, pero la devoción al Santísimo Sacramento es, entre todas, la más sublime, la más tierna, la más fructuosa» (A la Adoración Nocturna Española 6-VII-1908).

¿Y después del Vaticano II? La gran renovación litúrgica impulsada por el Concilio también se ha ocupado de la piedad eucarística.

Concretamente, el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa es una realización de la Iglesia postconciliar. Antes no había un Ritual, y la devoción eucarística discurría por los simples cauces de la piadosa costumbre. Ahora se ha ordenado por rito litúrgico esta devoción.

Por otra parte, en el Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, de 1977, después de la comunión, se incluye un rito para la «inauguración de la capilla del Santísimo Sacramento». Antes tampoco existía ese rito. Es nuevo.

Son éstos, sin duda, gestos importantes de la renovación litúrgica postconciliar. Y los recientes documentos magistrales sobre la adoración eucarística que hemos recordado, más explícitamente todavía, nos muestran el gran aprecio que la Iglesia actual tiene por esta devoción y este culto. Por eso, si la doctrina y la disciplina de la Iglesia ha querido en nuestro tiempo podar el árbol de la piedad eucarística, lo ha hecho ciertamente a fin de que crezca más fuerte y dé aún mejores y más abundantes frutos.

Y por eso aquéllos que, en vez de podar el árbol de la devoción al Sacramento, lo cortan de raíz se están alejando de la tradición católica y, sin saberlo normalmente, se oponen al impulso renovador de la Iglesia actual.

Ya en 1983 observaba Pere Tena: «sabemos y constatamos cómo en muchos lugares se ha silenciado absolutamente el sentido espiritual de la oración personal ante el santísimo sacramento, y cómo esto, juntamente con la supresión de las procesiones eucarísticas y de las exposiciones prolongadas, se considera como un progreso» (209). En esta línea, podemos añadir, hay parroquias hoy que no tienen custodia, y en las que el sagrario, si existe, no está asequible a la devoción de los fieles.

La supresión de la piedad eucarística no es un progreso, evidentemente, sino más bien una decadencia en la fe, en la fuerza teologal de la esperanza y en el amor a Jesucristo. Y no parece aventurado estimar que entre la eliminación de la devoción eucarística y la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas existe una relación cierta, aunque no exclusiva.

Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Dominicæ Coenæ, no sólamente manifiesta con fuerza su voluntad de estimular todas las formas tradicionales de la devoción eucarística, «oraciones personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales -las cuarenta horas-, bendiciones y procesiones eucarísticas, congresos eucarísticos», sino que afirma incluso que «la animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es el punto central».

Y es que «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (3).

Secularización o sacralidad

Hoy se hace necesario en el cristianismo elegir entre secularización y sacralidad.

El cristianismo secularizado, de claras raíces nestorianas y pelagianas, deja en la duda la divinidad de Jesús y la virginidad de María, busca la salvación en el hombre mismo, ignorando la necesidad de la fe y de la gracia para la salvación, olvida la vida eterna, y aleja al pueblo cristiano de la Misa y de los sacramentos, especialmente del sacramento de la penitencia.

Este «cristianismo», por supuesto, suprime la adoración eucarística, vacía los templos, y consigue así tenerlos cerrados. De este modo evita que los cristianos se pierdan en pietismos alienantes, y fomenta que vayan entre los hombres, que es donde deben estar.

Hoy es bien conocido este falso cristianismo (+Iraburu, Sacralidad y secularización, Fundación GRATIS DATE, Pamplona 1996): falsifica la acción misionera, niega la necesidad de la Iglesia, elimina la finalidad sobrenatural de las obras misioneras y educativas, caritativas y asistenciales, y secularizando todo en un horizontalismo inmanentista, acaba, claro está, con las vocaciones sacerdotales y religiosas.

El cristianismo sagrado, por el contrario, el bíblico y tradicional, el propugnado por el Magisterio apostólico, confiesa firmemente a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre, afirma que su gracia es en absoluto necesaria para el hombre, y que su presencia en la Eucaristía, real y verdadera, debe ser adorada.

Los cristianos, en este verdadero cristianismo, permanecen en el mismo Señor Jesucristo, como sarmientos en la Vid santa, y se unen a él por el amor servicial y la oración, por la penitencia sacramental, y muy especialmente por la celebración y la adoración de la Eucaristía. Ésta es la Iglesia que, centrada en el Mysterium fidei, florece en vocaciones, en familias cristianas y en innumerables obras misioneras y educativas, sociales, culturales y asistenciales.

Escuchemos, pues, de nuevo a Juan Pablo II (Dominicæ Coenæ 3): «La animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto, y de la que es el punto central. La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico».

II

La Adoración Nocturna

Fundador: Charles Sylvain, El apóstol de la Eucaristía. Vida del P. Hermann, Edit. Litúrgica Española, Barcelona 1935. Este capítulo está formado por extractos de esta obra, publicada en francés en 1880. Id., Hermann Cohen, apóstol de la Eucaristía. Es la misma obra anterior, en edición abreviada por mí, que ha sido publicada por la Adoración Nocturna Española y por la Fundación GRATIS DATE 1998. Jean-Marie Beauring, o.s.b., Flèche de feu. Hermann Cohen (1820-1871), juif converti devenu prêtre, Cerf, París 1998. El mismo autor había publicado anteriormente la obra titulada Le Père Augustin Marie du Très-Saint-Sacrement, Hermann Cohen (1821-1871), París 1981.

Adoración Nocturna (AN): Leclercq, H., Vigiles, «Dictionnaire d’archéologie chrétienne et de liturgie», París 1953, 3108-3113. Discursos pronunciados en el I Cincuentenario de la Adoración Nocturna (cf. C. Sylvain, 416-427 y 428-444): Cardenal Perraud, En el cincuenta aniversario de la Adoración Nocturna, sermón 7-XII-1898; Mr. Cazeaux, La primera vigilia de la Adoración Nocturna, memoria leída 5-II-1899.

Adoración Nocturna Española (ANE): Reglamento de la ANE, Madrid 1967; Estatutos y Reglamento de la ANE, ib. 1976; Bases doctrinales para un ideario de la AN, ib. 1980; Reglamento de la Rama Masculina de la ANE, 1993; Proyecto de Estatutos de la ANE, 1995; Manual de la ANE, ib. 1996. Juan Pablo II, Alocución a la Adoración Nocturna de España, Madrid 31-X-1982. J. M. Blanco-Ons, Luis de Trelles, abogado, periodista, político, fundador de la A.N.E., ANE, Santiago de Compostela 1991.

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Hermann Cohen, fundador

Hermann Cohen

Nacido en una poderosa familia judía de Hamburgo, Hermann Cohen (1820-1871) es educado en la religiosidad de un judaísmo ilustrado, y en el desprecio de todo lo cristiano: sacerdotes, cruz, sacramentos, etc.

A los cuatro años inicia Hermann su formación musical, y a los once da ya conciertos al piano. Un año después, como discípulo predilecto de Franz Liszt (1811-1886), inicia en París y desarrolla después por toda Europa una carrera muy brillante como pianista, profesor de piano y compositor.

Los personajes más brillantes y anticatólicos de su tiempo fueron los más íntimos amigos de Hermann en su adolescencia y juventud. Felicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote que acabó en la apostasía, fue su maestro. George Sand (1804-1876), escritora casada, que abandonó a su familia, y vivió sucesivamente con Mérimée, Musset, Chopin y con algún otro, tenía en Hermann, su Puzzi, su pajecito inseparable, que a veces incluso le acompañaba en los viajes. Admirador de Voltaire y de Rousseau, lo mismo se relacionaba con el anarquista Bakunine (1814-1876), que brillaba en los salones de la aristocracia europea.

Hermann Cohen es un triunfador famoso, viaja por toda Europa, conoce bien varias lenguas -alemán y francés, italiano y español-, gana mucho dinero con sus conciertos, lo pierde también cuantiosamente en el juego, y llega a conocer todos los vicios. Así vive, así malvive hasta los veintiséis años, hasta 1847.

Una conversión eucarística

El propio Hermann relata su conversión al sacerdote Alfonso María de Ratisbona (1814-1884), otro judío converso, como antes lo fue el hermano de éste, Teodoro, también sacerdote.

Un viernes de mayo de 1847, en París, el príncipe de Moscú le pide a su amigo Hermann que le reemplace en la dirección de un coro de aficionados en la iglesia de Santa Valeria. Hermann, que vive en la vecindad, va allí con gusto. Y en el acto final de la bendición con el Santísimo, experimenta

«una extraña emoción, como remordimientos de tomar parte en la bendición, en la cual carecía absolutamente de derechos para estar comprendido». Sin embargo, la emoción es grata y fuerte, y siente «un alivio desconocido».

Vuelve Hermann a la misma iglesia los viernes siguientes, y siempre en el acto en que el sacerdote bendice con la custodia a los fieles arrodillados, experimenta la misma conmoción espiritual. Pasa el mes de mayo, y con él las solemnidades musicales en honor de María. Pero él cada domingo vuelve a Santa Valeria para asistir a Misa.

En la casa de Adalberto de Beaumont, donde vive entonces, toma un viejo devocionario de la biblioteca, y con él inicia su instrucción en el cristianismo. En seguida, recibe la ayuda del padre Legrand, de la curia arzobispal de París. También el vicario general, Mons. de la Bouillerie, muy interesado en las obras eucarísticas, se interesa por él. Pero pronto Hermann tiene que partir a Ems, en Alemania, donde ha de dar un concierto.

«Apenas hube llegado a dicha ciudad, visité al párroco de la pequeña iglesia católica, para quien el sacerdote Legrand me había dado una carta de recomendación. El segundo día después de mi llegada, era un domingo, el 8 de agosto, y, sin respeto humano, a pesar de la presencia de mis amigos, fui a oír Misa.

«Allí, poco a poco, los cánticos, las oraciones, la presencia -invisible, y sin embargo sentida por mí- de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme, a turbarme, a hacerme temblar. En una palabra, la gracia divina se complacía en derramarse sobre mí con toda su fuerza. En el acto de la elevación, a través de mis párpados, sentí de pronto brotar un diluvio de lágrimas que no cesaban de correr a lo largo de mis mejillas… ¡Oh momento por siempre jamás memorable para la salud de mi alma! Te tengo ahí, presente en la mente, con todas las sensaciones celestiales que me trajiste de lo Alto… Invoco con ardor al Dios todopoderoso y misericordiosísimo, a fin de que el dulce recuerdo de tu belleza quede eternamente grabado en mi corazón, con los estigmas imborrables de una fe a toda prueba y de un agradecimiento a la medida del inmenso favor de que se ha dignado colmarme…

«Al salir de esta iglesia de Ems, era ya cristiano. Sí, tan cristiano como es posible serlo cuando no se ha recibido aún el santo bautismo…»

Vuelto a París, se dedica Hermann apasionadamente a la oración y a su instrucción religiosa. Pero todavía se ve obligado durante unos meses a dar clases y conciertos, pues ha de pagar considerables deudas de juego a sus acreedores.

Llega por fin el día de su bautismo: el 28 de agosto de 1847. «Estaba tan emocionado, escribe, que aun hoy no recuerdo, sino muy imperfectamente, las ceremonias que se hicieron». Ingresa en las Conferencias de San Vicente de Paúl. Pero donde mejor se halla siempre es en la iglesia, en oración ante el Santísimo. El 10 de noviembre hace voto, ante el altar de la Virgen, de ordenarse sacerdote y de prepararse a ello en cuanto se vea libre de sus acreedores. Cambia su vida totalmente, y sus antiguos compañeros de bohemia y de fiesta no lo entienden. Piensan que, quizá por sus excesos, anda trastornado. Algunos, como Adalberto de Beaumont, le vuelven la espalda, y él ha de buscarse nuevo domicilio.

Proyecto de Hermann aprobado por Mons. de la Bouillerie

Hermann alquila un modesto cuarto en la calle de la Universidad, número 102 -casa que ya no existe-, y que se puede considerar como la cuna de la Adoración Nocturna. Un amigo suyo, el señor Dupont, uno de sus primeros seguidores, refiere los datos de esta fundación:

«Habiendo entrado un día por la tarde en la capilla de las Carmelitas, [Hermann] que se complacía en visitar las iglesias en que se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento, se puso a adorar a Nuestro Señor manifiesto en la custodia, sin contar las horas y sin advertir que la noche se acercaba. Era en noviembre. Una Hermana tornera llega y da la señal de salir. Fue necesario un segundo aviso. Entonces Hermann dijo a la religiosa: “Ya saldré cuando lo hagan esas personas que se hallan al fondo de la capilla”. Y ella: “Pues no saldrán en toda la noche”.

«Semejante respuesta de la Hermana era más que suficiente, y dejaba una preciosa semilla en un corazón bien dispuesto. Hermann sale del oratorio y se dirige precipitadamente a casa de Monseñor de la Bouillerie: “Acaban de hacerme salir de una capilla, exclama, en la que unas mujeres estarán toda la noche ante el Santísimo Sacramento”… Monseñor de la Bouillerie responde: “Bien, encuéntreme hombres y les autorizo a imitar a esas buenas mujeres, cuya suerte ante Nuestro Señor envidia usted”. Pues bien, ya desde el día siguiente, con el favor de los ángeles buenos, Hermann hallaba la necesaria ayuda en varias almas».

Monseñor de la Bouillerie había establecido ya anteriormente en París, en 1844, una pequeña asociación para la Adoración nocturna en casa, cuyos miembros, hombres o mujeres, se levantaban por turnos durante la noche una vez al mes, a hora fijada de antemano, para adorar a Nuestro Señor. También había contribuído a fundar la Adoración nocturna del Santísimo Sacramento, asociación femenina establecida por la señorita Debouché, que iba a ser el núcleo de las religiosas Reparadoras.

Nace la Adoración Nocturna

Hermann, muy contento con la autorización de Monseñor de la Bouillerie, se puso inmediatamente en busca de hombres de fe, ávidos como él de agradecer al Jesús de la Eucaristía todos sus beneficios, entregándole sacrificio por sacrificio.

Los primeros inscritos en la lista fueron el caballero Aznarez, antiguo diplomático español, que había enseñado el castellano a Hermann en los tiempos de su vida artística, y el conde Raimundo de Cuers, capitán de fragata, muy amigo.

Pronto se presentaron otros, y el 22 de noviembre de 1848, Hermann los reunía a todos en su cuartito de la calle de la Universidad. Sólo diecinueve miembros se hallaban presentes; cuatro inscritos no habían podido acudir. Monseñor de la Bouillerie presidía la pequeña reunión, cuyos miembros se habían juntado

«con la intención, dice el acta de esta primera sesión, de fundar una asociación que tendrá por objeto la Exposición y Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, la reparación de los ultrajes de que es objeto, y para atraer sobre Francia las bendiciones de Dios y apartar de ella los males que la amenazan».

¡Un programa inmenso para tan pequeño número de hombres, casi todos de la más humilde condición! Aparte del promotor de la reunión, pianista famoso, además de Mons. de la Bouillerie y de dos oficiales de marina, los asociados no eran casi más que empleados oscuros, obreros y criados.

Éstos fueron los instrumentos de que el Señor se sirvió para establecer la asociación de la Adoración Nocturna, que pronto había de extenderse por casi todos los países católicos.

Obra providencial para tiempos duros de la Iglesia

Al saber que la revolución había triunfado en Roma, y que el papa Pío IX había tenido que refugiarse en Gaeta, puerto al sur de Roma, animó a aquellos primeros asociados a poner en práctica inmediatamente su proyecto. Y así la primera vigilia nocturna de Adoración se celebró el 6 de diciembre de 1848.

La segunda y tercera noches se verificaron los días 20 y 21 del mismo mes, con ocasión de las rogativas de Cuarenta Horas ordenadas con esa ocasión, en favor del Papa, por el arzobispo de París.

En Francia, pues, esta fundación se relaciona con una de las fases más dolorosas del Papado. Y coincide en ello con la obra de Adoración fundada en Roma, en 1809, cuando Napoleón hace cautivo a Pío VII.

Primeras vigilias de la Adoración Nocturna

Las primeras vigilias se efectuaron en el famoso santuario de Nuestra Señora de las Victorias. Más tarde, los socios de la Adoración Nocturna y de las Conferencias de San Vicente de Paúl perpetuaron el hecho con una lápida de mármol, en testimonio de agradecimiento:

A Nuestra Señora de las Victorias,

nuestra protectora,

en homenaje de gratitud y de amor

de las Conferencias

de San Vicente de Paúl

y de la asociación

de la Adoración Nocturna de parís.

31 de mayo de 1871

La asociación de la Exposición y

Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, en París,

ha tenido su origen en esta iglesia,

el 6 de diciembre de 1848,

debido al celo del Rdo. padre Hermann

y de Mons. Francisco de la Bouillerie,

obispo de Carcasona,

entonces vicario general de la diócesis de París.

Las vigilias no pudieron continuarse en Nuestra Señora de las Victorias, y se escogió para lugar de reunión el oratorio de los Padres Maristas.

El padre Hermann, carmelita

En 1849 Hermann ingresa en el Carmelo, que en esos años, tras las persecuciones de la Revolución Francesa, estaba siendo refundado en Francia bajo la dirección del carmelita español Domingo de San José. Una vez ordenado presbítero, el padre Hermann, con muchos viajes y trabajos, fue la fuerza más eficaz tanto para la extensión del Carmelo como para la difusión de la Adoración Nocturna en Francia y fuera de ella.

El padre Hermann era un religioso ejemplar, tan contemplativo y orante como activo y apostólico. Tuvo relación amistosa con muchas de las grandes figuras católicas de su tiempo: el santo Cura de Ars, santa Bernardita, san Pedro-Julián Eymard, el cardenal Wiseman, etc. Tuvo, por otra parte, la alegría de bautizar a diez miembros de su familia judía.

Al fin, agotado por el trabajo y contagiado de viruela, muere en 1871, a los cincuenta años de edad, estando en Spandau, Alemania, al servicio de los prisioneros franceses de la guerra franco-prusiana.

El apóstol de la Eucaristía

El padre Hermann, famoso predicador, hace voto de mencionar la Eucaristía en todos sus sermones. Y no le cuesta nada cumplirlo, pues como su tesoro es la Eucaristía, allí está, pues, su corazón; y de la abundancia del corazón habla su boca (+Mt 6,21; 12,34).

Aunque al entrar en el Carmelo dejó del todo la composición de música, siendo estudiante de teología, le autorizaron en una ocasión sus superiores esa actividad como descanso. Y como no podía ser menos, compuso una colección de Cánticos al Santísimo Sacramento, la más perfecta de todas sus obras. En la introducción, escribe emocionado:

«Jesús, adorado por mí, que me has conducido a la soledad para hablarme al corazón; por mí, cuyos días y noches se deslizan felizmente en medio de las celestiales conversaciones de tu Presencia adorable, entre los recuerdos de la comunión de hoy y las esperanzas de la comunión de mañana… Yo beso con entusiasmo las paredes de mi celda querida, en la que nada me distrae de mi único pensamiento, en la que no respiro sino para amar tu divino Sacramento…

«¡Que vengan, que vengan los que me han conocido en otro tiempo, y que menosprecian a un Dios muerto de amor por ellos!… Que vengan, Jesús mío, y sabrán si tú puedes cambiar los corazones. Sí, mundanos, yo os lo digo, de rodillas ante este amor despreciado: si ya no me veis esforzarme sobre vuestras mullidas alfombras para mendigar aplausos y solicitar vanos honores, es porque he hallado la gloria en el humilde tabernáculo de Jesús-Hostia, de Jesús-Dios.

«Si ya no me veis jugar a una carta el patrimonio de una familia entera, o correr sin aliento para adquirir oro, es porque he hallado la riqueza, el tesoro inagotable en el cáliz de amor que guarda a Jesús-Hostia.

«Si ya no me veis tomar asiento en vuestras mesas suntuosas y aturdirme en las fiestas frívolas que dais, es porque hay un festín de gozo en el que me alimento para la inmortalidad y me regocijo con los ángeles del cielo. Es porque he hallado la felicidad suprema. Sí, he hallado el bien que amo, él es mío, lo poseo, y que venga quien pretenda despojarme de él.

«Pobres riquezas, tristes placeres, humillantes honores eran los que perseguía con vosotros… Pero ahora que mis ojos han visto, que mis manos han tocado, que sobre mi corazón ha palpitado el corazón de un Dios, ¡oh, cómo os compadezco, en vuestra ceguera, por perseguir y lograr placeres incapaces de llenar el corazón!

«Venid, pues, al banquete celestial que ha sido preparado por la Sabiduría eterna; ¡venid, acercaos!… Dejad ahí vuestros juguetes vanos, las quimeras que traéis, arrojad a lo lejos los harapos engañadores que os cubren. Pedid a Jesús el vestido blanco del perdón, y, con un corazón nuevo, con un corazón puro, bebed en el manantial límpido de su amor… “¡Venid y ved qué bueno es el Señor!” [Sal 33,9].

«¡Oh Jesús, amor mío, cómo quisiera demostrarles la felicidad que me das! Me atrevo a decir que, si la fe no me enseñase que contemplarte en el cielo es mayor gozo aún, no creería jamás posible que existiera mayor felicidad que la que experimento al amarte en la Eucaristía y al recibirte en mi pobre corazón, que tan rico es gracias a ti!»…

No fueron éstos unos pasajeros fervores de novicio. Por el contrario, durante toda su vida -como se comprueba en su diario, en sus cartas y predicaciones- el Espíritu Santo mantuvo su corazón encendido en la llama de un amor inmenso al Jesús de la Eucaristía.

Jesucristo es hoy la Eucaristía

El amor abrasador del padre Hermann a la Eucaristía, es decir, a Jesucristo, hacía que no pudiera comulgar o llevar el Sacramento sin experimentar una emoción tan viva y fuerte que se parecía a la embriaguez. De esta vivencia personal tan profunda reciben sus escritos eucarísticos una vibración tan singular.

«¡Oh, Jesús! ¡oh, Eucaristía, que en el desierto de esta vida me apareciste un día, que me revelaste la luz, la belleza y grandeza que posees! Cambiaste enteramente mi ser, supiste vencer en un instante a todos mis enemigos… Luego, atrayéndome con irresistible encanto, has despertado en mi alma un hambre devoradora por el Pan de vida y en mi corazón has encendido una sed abrasadora por tu Sangre divina…

«Y ahora que te poseo y que me has herido en el corazón, ¡ah!, deja que les diga lo que para mi alma eres…

«¡Jesucristo, hoy, es la sagrada Eucaristía! Jesus Christus hodie [+Heb 13,8]. ¿Es posible pronunciar esta palabra sin sentir en los labios una dulzura como de miel? ¿como un fuego ardiente en las venas? ¡La sagrada Eucaristía! El habla enmudece, y sólo el corazón posee el lenguaje secreto para expresarlo.

«¡Jesucristo en el día de hoy!…

«Hoy me siento débil… Necesito una fuerza que venga de arriba para sostenerme, y Jesús bajado del cielo se hace Eucaristía, es el pan de los fuertes.

«¡Hoy me hallo pobre!… Necesito un cobertizo para guarecerme, y Jesús se hace casa… Es la casa de Dios, es el pórtico del cielo, ¡es la Eucaristía!…

«Hoy tengo hambre y sed. Necesito alimento para saciar el espíritu y el corazón, y bebida para apagar el ardor de mi sed, y Jesús se hace trigo candeal, se hace vino de la Eucaristía: Frumentum electorum et vinum germinans virgines [trigo que alimenta a los jóvenes y vino que anima a las vírgenes: Zac 9,17].

«Hoy me siento enfermo… Necesito una medicina benéfica para curarme las llagas del alma, y Jesús se extiende como ungüento precioso sobre mi alma al entregárseme en la Eucaristía: impinguasti in oleo caput meum; oleum effusum… oleo lætitiæ unxi eum… fundens oleum desuper [Sal 22,5; 44,8; 88,21].

«Hoy necesito ofrecer a Dios un holocausto que le sea agradable, y Jesús se hace víctima, se hace Eucaristía.

«Hoy en fin me hallo perseguido, y Jesús se hace coraza para defenderme: scutum meum et cornu salutis meæ [mi escudo y la fuerza de mi salvación: 2Re 22,3 Vulgata]. Me hace temible al demonio.

«Hoy estoy extraviado, se me hace estrella; estoy desanimado, me alienta; estoy triste, me alegra; estoy solo, viene a morar conmigo hasta la consumación de los siglos; estoy en la ignorancia, me instruye y me ilumina; tengo frío, me calienta con un fuego penetrante.

«Pero, más que todo lo dicho, necesito amor, y ningún amor de la tierra había podido contentar mi corazón, y es entonces sobre todo cuando se hace Eucaristía, y me ama, y su amor me satisface, me sacia, me llena por entero, me absorbe y me sumerge en un océano de caridad y de embriaguez.

«Sí, ¡amo a Jesús, amo a la Eucaristía! ¡Oídlo, ecos; repetidlo a coro, montañas y valles! Decidlo otra vez conmigo: ¡Amo a la Eucaristía! Jesús hoy es Jesús conmigo»…

2

La Adoración Nocturna

Las vigilias de la antigüedad, primer precedente de la AN

Las vigilias mensuales de la Adoración Nocturna (=AN) continúan la tradición de aquellas vigilias nocturnas de los primeros cristianos, si bien éstos, como sabemos, no prestaban todavía una especial atención devocional a la Eucaristía reservada.

En efecto, los primeros cristianos, movidos por la enseñanza y el ejemplo de Cristo -«vigilad y orad»-, no sólamente procuraban rezar varias veces al día, en costumbre que dio lugar a la Liturgia de las Horas, sino que -también por imitar a Jesús, que solía orar por la noche (+Lc 6,12; Mt 26,38-41)-, se reunían a celebrar vigilias nocturnas de oración.

Estas vigilias tenían lugar en el aniversario de los mártires, en la víspera de grandes fiestas litúrgicas, y sobre todo en las noches precedentes a los domingos. La más importante y solemne de todas ellas era, por supuesto, la Vigilia Pascual, llamada por San Agustín «madre de todas las santas vigilias» (ML 38,1088).

En las vigilias los cristianos se mantenían vigiles, esto es, despiertos, alternando oraciones, salmos, cantos y lecturas de la Sagrada Escritura. Así es como esperaban en la noche la hora de la Resurrección, y llegada ésta al amanecer, terminaban la vigilia con la celebración de la Eucaristía. Tenemos de esto un ejemplo muy antiguo en la vigilia celebrada por San Pablo con los fieles de Tróade (Hch 20, 7-12).

Con el nacimiento del monacato en el siglo IV, se van organizando en las comunidades monásticas vigilias diarias, a las que a veces, como en Jerusalén, se unen también algunos grupos de fieles laicos. Así lo refiere en el Diario de viaje la peregrina española Egeria, del siglo V. En todo caso, entre los laicos, las vigilias más acostumbradas eran las que semanalmente precedían al domingo.

La costumbre de las vigilias nocturnas se hizo pronto bastante común. San Basilio (+379), por ejemplo, respondiendo a ciertas reticencias de algunos clérigos de Neocesarea, habla con gran satisfacción de tantos «hombres y mujeres que perseveran día y noche en las oraciones asistiendo al Señor», ya que en este punto «las costumbres actualmente vigentes en todas las Iglesias de Dios son acordes y unánimes»:

«El pueblo [para celebrar las vigilias] se levanta durante la noche y va a la casa de oración, y en el dolor y aflicción, con lágrimas, confiesan a Dios [sus pecados], y finalmente, terminadas las oraciones, se levantan y pasan a la salmodia. Entonces, divididos en dos coros, se alternan en el canto de los salmos, al tiempo que se dan con más fuerza a la meditación de las Escrituras y centran así la atención del corazón. Después, se encomienda a uno comenzar el canto y los otros le responden. Y así pasan la noche en la variedad de la salmodia mientras oran. Y al amanecer, todos juntos, como con una sola voz y un solo corazón, elevan hacia el Señor el salmo de la confesión [Sal 50], y cada uno hace suyas las palabras del arrepentimiento.

«Pues bien, si por esto os apartáis de nosotros [con vuestras críticas], os apartaréis de los egipcios, os apartaréis de las dos Libias, de los tebanos, los palestinos, los árabes, los fenicios, los sirios y los que habitan junto al Éufrates y, en una palabra, de todos aquellos que estiman grandemente las vigilias, las oraciones y las salmodias en común» (MG 32,764).

Las vigilias mensuales de la AN -también con oraciones e himnos, salmos y lecturas de la Escritura- prolongan, pues, una antiquísima tradición piadosa del pueblo cristiano, que nunca se perdió del todo, y que hoy sigue siendo recomendada por la Iglesia. Así en la Ordenación general de la Liturgia de las Horas, de 1971:

«A semejanza de la Vigilia Pascual, en muchas Iglesias hubo la costumbre de iniciar la celebración de algunas solemnidades con una vigilia: sobresalen entre ellas la de Navidad y la de Pentecostés. Tal costumbre debe conservarse y fomentarse de acuerdo con el uso de cada una de las Iglesias (71).

«Los Padres y autores espirituales, con muchísima frecuencia, exhortan a los fieles, sobre todo a los que se dedican a la vida contemplativa, a la oración en la noche, con la que se expresa y se aviva la espera del Señor que ha de volver: “A medianoche se oyó una voz: `¡que llega el esposo, salid a recibirlo´ (Mt 25,6)!; “Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer o a medianoche, o al canto del gallo o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos” (Mc 13,35-36). Son, por tanto, dignos de alabanza los que mantienen el carácter nocturno del Oficio de lectura» (72).

En este mismo documento se dan las normas para el modo de proceder de «quienes deseen, de acuerdo con la tradición, una celebraciòn más extensa de la vigilia del domingo, de las solemnidades y de las fiestas» (73).

Otros precedentes

Las vigilias de los antiguos cristianos, como sabemos, no tenían, sin embargo, una referencia devocional hacia la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En este aspecto, los antecedentes de la devoción eucarística de la AN han de buscarse más bien en las Cofradías del Santísimo Sacramento, de las que ya hemos hablado, nacidas con el Corpus Christi (1264), y acogidas después normalmente a la Bula de 1539.

Son también antecedente de la AN las Cuarenta horas. Éstas tienen su origen en Roma, en el siglo XIII; reciben en el XVI un gran impulso en Milán, y Clemente VIII, con la Bula de 1592, las extiende a toda la Iglesia. Como las Cuarenta Horas de adoración en un templo eran continuadas sucesiva e ininterrumpidamente en otros, viene a producirse así una adoración perpetua.

Pero si buscamos antecedentes más próximos de la Adoración actual, los hallamos en la Adoración Nocturna nacida en Roma en 1810, con ocasión del cautiverio de Pío VII, por iniciativa del sacerdote Santiago Sinibaldi. Y en la Adoración Nocturna desde casa, fundada por Mons. de la Bouillerie en 1844, en París.

Pues bien, en su forma actual, la AN es iniciada, según vimos, en Francia por Hermann Cohen y dieciocho hombres el 6 de diciembre de 1848, con el fin de adorar en una iglesia, con turnos sucesivos, al Santísimo Sacramento en una vigilia nocturna.

La Adoración Nocturna en España

España conoce también en su historia cristiana muchas Cofradías del Santísimo Sacramento, agregadas normalmente a Santa Maria sopra Minerva, iglesia de los dominicos en Roma, y que durante el XIX se integran en el Centro Eucarístico. Pero la AN, como tal, se inicia en Madrid, el 3 de noviembre de 1877, en la iglesia de los Capuchinos.

Allí se reúnen siete fieles: Luis Trelles y Noguerol -está en curso su proceso de beatificación-, Pedro Izquierdo, Juan de Montalvo, Manuel Silva, Miguel Bosch, Manuel Maneiro y Rafael González. Queda la Adoración integrada al principio en el Centro Eucarístico.

En cuanto Adoración Nocturna Española (ANE) se constituye de forma autónoma en 1893. A los comienzos reúne en sus grupos sólamente a hombres, pero más tarde, sobre todo en los turnos surgidos en parroquias, forma grupos de hombres y mujeres. En 1977 celebra en Madrid, con participación internacional, su primer centenario.

En 1925 nace en Valencia la Adoración Nocturna Femenina (ANFE), que desde 1953, cuando se unifican experiencias de varias diócesis, es de ámbito nacional.

ANE -ver apéndice (pág. 56)- y ANFE están hoy presentes en casi todas las Diócesis españolas.

La Adoración Nocturna en el mundo

La AN, iniciada en París en 1848 y en Madrid en 1877, llega a implantarse en un gran número de países, especialmente en aquellos que, cultural y religiosamente, están más vinculados con Francia y con España.

Alemania, Argentina, Bélgica, Benin, Brasil, Camerún, Canadá, Colombia, Costa de Marfil, Cuba, Congo, Chile, Ecuador, Egipto, España, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Guinea Ecuatorial, Honduras, India, Inglaterra, Irlanda, Italia, Isla Mauricio, Luxemburgo, México, Panamá, Polonia, Portugal, Santo Domingo, Senegal, Suiza, Vaticano y Zaire.

Todas estas asociaciones de adoración nocturna, desde 1962, están unidas en la Federación Mundial de las Obras de la Adoración Nocturna de Jesús Sacramentado.

Naturaleza de la Adoración Nocturna

Al describir en lo que sigue la AN, nos referimos concretamente al modelo de la AN Española. Pero lo que decimos vale también más o menos para ANFE y para otros países, especialmente para los de Hispanoamérica, ya que usan normalmente el mismo Manual.

La AN es una asociación de fieles que, reunidos en grupos una vez al mes, se turnan para adorar en la noche al Señor, realmente presente en la Eucaristía, en representación de la humanidad y en el nombre de la Iglesia.

Los adoradores, una vez celebrado el Sacrificio eucarístico, permanecen durante la noche por turnos ante el Sacramento, rezando la Liturgia de las Horas y haciendo oración silenciosa.

Fines principales

Los fines de la AN son los mismos de la Eucaristía. Son aquellos fines de la adoración eucarística ya señalados por la Bula Transiturus de 1264, por el concilio de Trento, por la Mediator Dei o en la Eucharisticum mysterium: adorar con amor al mismo Cristo; adorar con Cristo al Padre «en espíritu y en verdad»; ofrecerse con Él, como víctimas penitenciales, para la salvación del mundo y para la expiación del pecado; orar, permanecer amorosamente en la presencia de Aquel que nos ama…

Éstos fines son los que una y otra vez han subrayado los Papas al dirigirse a la AN:

«El alma que ha conocido el amor de su divino Maestro tiene necesidad de permanecer largamente ante la Hostia consagrada y de adoptar, en la presencia de la humildad de Dios, una actitud muy humilde y profundamente respetuosa» (Pío XII, Alocución a la AN, Roma, AAS 45, 1953, 417).

«La presencia sacramental de Cristo es fuente de amor. Amor, en primer lugar al mismo Cristo. El encuentro eucarístico es un encuentro de amor… Y amor a nuestros hermanos. Porque la autenticidad de nuestra unión con Jesús sacramentado ha de traducirse en nuestro amor verdadero a todos los hombres, empezando por quienes están más próximos» (Juan Pablo II, Alocución a la AN, Madrid 31-X-1982).

En la adoración eucarística y nocturna, los fieles se unen profundamente al Sacrificio de la redención -centro absoluto de la vigilia-, acompañan a Jesús en su oración nocturna y dolorosa de Getsemaní:

«Quedáos aquí y velad conmigo… Velad y orad, para que no caigáis en tentación… En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían sobre la tierra» (Mt 26,38.41; Lc 22,44).

Los adoradores alaban al Señor y le dan gracias largamente. Le piden por el mundo y por la Iglesia, por tantas y tan gravísimas necesidades.

«En esas horas junto al Señor, os encargo que pidáis especialmente por los sacerdotes y religiosos, por las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada» (Juan Pablo II, ib.).

Los adoradores, en las vigilias nocturnas, permanecen atentos al Señor de la gloria, el que vino, el que viene, el que vendrá.

«¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!. Yo os aseguro que él mismo recogerá su túnica, les hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirles. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!» (Lc 12,37-38).

Los adoradores, perseverando en la noche a la luz gloriosa de la Eucaristía, esperan en realidad el amanecer de la vida eterna, de la que precisamente la Eucaristía es prenda anticipada y ciertísima:

«La sagrada Eucaristía, en efecto, además de ser testimonio sacramental de la primera venida de Cristo, es al mismo tiempo un anuncio constante de su segunda venida gloriosa, al final de los tiempos.

«Prenda de la esperanza futura y aliento, también esperanzado, para nuestra marcha hacia la vida eterna. Ante la sagrada Hostia volvemos a escuchar aquellas dulces palabras: “venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré” (Mt 11,28)» (Juan Pablo II, ib.).

Fines complementarios

La AN no agota su finalidad con la pura celebración de las vigilias mensuales. A ella le corresponde también, por Estatutos, promover otras formas de devoción y culto a la sagrada Eucaristía, siempre dentro de la comunión de la Iglesia y la obediencia a la Jerarquía apostólica.

Los adoradores, pues, cada uno en su familia, en su parroquia o allí donde puedan actuar -colegios, asociaciones laicales y movimientos, etc.-, han de promover la devoción a la Eucaristía y el culto a la misma. Ésta es la proyección apostólica específica de la AN. Otras actividades apostólicas podrán ser cumplidas por los adoradores en cuanto feligreses de una comunidad parroquial o miembros de determinados movimientos laicales. Pero en cuanto adoradores han de comprometerse en el apostolado eucarístico. Señalaremos, a modo de ejemplo, algunos de los objetivos que los adoradores deben pretender con todo empeño, con oración insistente y esperanzada, y con trabajo humilde y paciente:

-Practicar con frecuencia las visitas al Santísimo y difundir esta preciosa forma de oración. Esto ha de ir por delante de todo. El adorador nocturno ha de ser también un adorador diurno.

-Conseguir que, según lo que dispone la Iglesia (Ritual 8; Código 937), haya iglesias que permanezcan abiertas durante algunas horas al día, de modo que no se abran sólo para la Misa o los sacramentos. Al menos en la ciudad y también en los pueblos más o menos grandes, en principio, es posible conseguirlo. Éste es un asunto muy grave. La vida espiritual del pueblo católico se configura de un modo u otro según que los fieles dispongan o no de templos, de lugares idóneos no sólo para la celebración del culto, sino para la oración. El Ritual de la dedicación de iglesias manifiesta muy claramente que las iglesias católicas han de ser «casas de oración».

-Procurar la dignidad de los sagrarios y capillas del Santísimo.

-Fomentar en la parroquia, de acuerdo con el párroco y en unión si es posible con otros adoradores, algún modo habitual de culto a la Eucaristía fuera de la Misa: exposiciones del Santísimo diarias, semanales o mensuales, celebración anual de las Cuarenta Horas, o en fin, lo que se estime más viable y conveniente.

-Promover en alguna iglesia de la ciudad alguna forma de adoración perpetua durante el día. Los adoradores activos, y también los veteranos, han de ofrecerse los primeros para hacer posible la continuidad de los turnos de vela.

-Cultivar grupos de tarsicios, es decir, de adoradores niños o adolescentes: animarles, formarles, guiarles en sus reuniones de adoración eucarística. San Tarsicio, en los siglos III-IV, fue un niño romano, mártir de la Eucaristía.

Difundir la devoción eucarística en colegios católicos, reuniones de movimientos apostólicos, Seminario, ejercicios espirituales, catequesis, retiros y convivencias.

-Procurar que el Corpus Christi sea celebrado con todo esplendor, y guarde su identidad genuina, la que es querida por Dios, de tal modo que esta solemnidad litúrgica no venga a desvanecerse, ocultada por otras significaciones -por ejemplo, el Día de la Caridad-. Por muy valiosas que sean estas otras significaciones, son diversas.

Insistamos en lo primero. Si un adorador tiene de verdad amor a Cristo en la Eucaristía, si quiere ser de verdad fiel a su propia vocación, la que Dios le ha dado, ¿cómo podrá limitar su devoción y acción a una vigilia mensual?

Vigilias mensuales

Las vigilias mensuales se celebran normalmente en una iglesia fija, que puede ser una parroquia, un convento o a veces, donde existe, el oratorio propio de la AN. Y tienen «una duración mínima de cinco horas de permanencia, incluida la santa Misa». En ocasiones, ese tiempo se verá reducido, cuando, por ejemplo, es el grupo muy pequeño y no es posible establecer varios turnos sucesivos de vela.

En la vigilia un sacerdote celebra la Eucaristía y, si le es posible, administra antes el sacramento de la penitencia a los adoradores que lo desean, les acompaña en la vigilia, y da la bendición final con el Santísimo. Está prevista, sin embargo, la manera de celebrar vigilias sin sacerdote, allí donde por una u otra razón no hay uno disponible.

Notas esenciales de la AN son tanto la nocturnidad como la adoración prolongada, que para poder serlo se realiza normalmente en turnos sucesivos. Es la modalidad tradicional que el mismo Ritual de la Iglesia recomienda, en referencia a comunidades religiosas:

«Se ha de conservar también aquella forma de adoración, muy digna de alabanza, en la que los miembros de la comunidad se van turnando de uno en uno o de dos en dos, porque también de esta forma, según las normas del instituto aprobado por la Iglesia, ellos adoran y ruegan a Cristo el Señor en el Sacramento, en nombre de toda la comunidad y de la Iglesia» (90).

Las vigilias de la AN se desarrollan siguiendo un Manual propio que es bastante amplio y variado -la edición española tiene 670 páginas-, en el que se incluyen un buen número de modelos de vigilias, siguiendo los tiempos litúrgicos, en las diversas Horas. Recoge también otras oraciones y cantos.

Espíritu

La AN, tras siglo y medio de existencia, tiene un espíritu propio, que está expresado no sólamente en sus Estatutos, aprobados en cada país por la Conferencia Episcopal, sino también en una tradición viva, que trataremos de plasmar a través de varias palabras clave.

-Vocación. En la Iglesia todos tienen que amar y ayudar a los pobres, pero no todos tienen que trabajar en Caritas o en instituciones análogas; eso requiere una vocación especial. En la Iglesia todos tienen que rezar y ayudar a las misiones, pero no todos tienen que irse misioneros; sólo aquellos que son llamados por Dios. Etc.

En la Iglesia todos tienen que adorar a Cristo en la Eucaristía. Evidente. No serían cristianos si no lo hicieran; y en las Misas se hace siempre. Pero no todos están llamados a venerar especialmente la presencia de Cristo en la Eucaristía, y menos en una larga permanencia comunitaria, nocturna, orante, litúrgica, penitencial. Para eso hace falta una gracia especial, que reciben cuantos fieles cristianos se integran en la AN -o en otras obras análogas centradas en la devoción eucarística-.

-Fidelidad personal a la vocación. No se ingresa en la Adoración por una temporada. Al menos en la intención, el cristiano ha de integrarse en la AN para siempre. Entiende que Dios le ha llamado a ella con una vocación especial; y que, por tanto, es un don gratuito que el Señor no piensa retirarle, pues quiere dárselo para siempre. En efecto, «los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rom 11,29).

Los Estatutos prescriben la obligación de asistir a las 12 vigilias mensuales, más a las 3 extraordinarias de Jueves Santo, el Corpus Christi y Difuntos. Pero aún más fuertemente los adoradores se ven sujetos a la perseverancia por un amor que quiere ser fiel a sí mismo, y también por una tradición de fidelidad muy frecuente. Ha habido adoradores que en cincuenta años no han faltado a una sola vigilia. Si por viaje, enfermedad o por lo que sea no pudieron asistir a su turno, acudieron otro día a otro, como está mandado. En cualquier turno tenemos veteranos cuya fidelidad conmovedora está diciendo a los novatos: “si no piensas perseverar fielmente en la Adoración, no ingreses en ella. Acompáñanos en las vigilias siempre que quieras, pero no te afilies a la Adoración Nocturna si no piensas perseverar en ella”.

-Fidelidad comunitaria al carisma original. De la Cartuja se dice nunquam reformata, quia nunquam deformata. Algo semejante podría decirse de la AN: no ha sido reformada desde su origen, porque nunca se ha deformado. Su misma sencillez -de la que en seguida hablaremos- hace posible su perduración secular.

En 1980, en la introducción a las Bases doctrinales para un ideario de la AN, Salvador Muñoz Iglesias, consiliario nacional de ANE, escribe: «La Adoración Nocturna en España cumplió cien años [en 1977] sin perder su identidad. Mejor diríamos: cumplió cien años porque no perdió su identidad, porque supo ser fiel al ideario que le diera origen». Observación muy exacta..

Cuando el concilio Vaticano II trata de la renovación de los institutos religiosos señala como uno de los criterios decisivos la fidelidad al carisma original: «manténgase fielmente el espíritu y propósitos propios de los fundadores, así como las sanas tradiciones» (PC 2). Una Obra de Iglesia, como lo es la AN, ha de crecer y crecer siempre como un árbol: en una fidelidad permanente a sus propias raíces.

-Penitencia. Espíritu de expiación y reparación por los pecados propios y los del mundo. La Eucaristía es un sacrificio de expiación por el pecado del mundo, y no se puede participar verdaderamente de ella sin un espíritu penitencial. En la Eucaristía -tanto en el Sacrificio como en el culto al Sacramento- nos ofrecemos con Cristo al Padre como víctimas expiatorias.

Ya vimos que muchas de las Cofradías del Santísimo más antiguas, como las del siglo XIII, se llamaban Cofradías de Penitentes. También vimos que, concretamente, la Adoración Nocturna ha iniciado su vida coincidiendo con episodios muy duros del Papado. Así fue como se formaron aquellas cofradías y así nace también la AN.

Hay muchos pecados en el mundo y en la Iglesia por los que expiar. Los adoradores, precisamente por su espiritualidad eucarística -sacrificial, por tanto, victimal-, se sienten muy llamados a expiar por los pecados propios y ajenos, sobre todo por los pecados contra la Eucaristía. En los pueblos cristianos, concretamente, muchas blasfemias se dirigen contra ella; muchísimos bautizados viven habitualmente alejados de la Misa, de la comunión, de toda forma de devoción a la Eucaristía… como si pudiera haber vida cristiana que no sea vida eucarística.

En América, el párroco admirable de una enorme parroquia, comentando unos malos sucesos, nos decía: «Las cosas están mal. Hay muchos males y mucho pecado. Voy a hacer todo lo posible para establecer en mi parroquia la Adoración Nocturna». Es un hombre de fe. Se ve que entiende el mundo y la misión que en él debe cumplir.

Sin un espíritu penitencial firme no se puede perseverar en la AN un mes y otro, año tras año, con frío o calor, con indisposiciones corporales o cansancios, con disgustos y preocupaciones, con viajes, espectáculos y fiestas. Sin espíritu penitencial, no puede haber fidelidad perseverante al compromiso de la Adoración, libremente asumido por amor a Cristo, a la Iglesia y al mundo. Se participará en sus vigilias unas veces sí, otras no, subordinando la asistencia a cualquier eventualidad. Y se acabará en la deserción. Es el amor, el amor capaz de cruz penitencial, el único que tiene fuerza para perseverar fielmente.

-Diversidad de miembros. En una Misa parroquial se reúnen feligreses de toda edad y condición, pues la Eucaristía -así se entendió desde el principio- es precisamente el sacramento de la unidad de la Iglesia: «siendo muchos, somos un solo cuerpo, porque todos participamos de un solo pan» (1Cor 10,17). Pues bien, es también característico de la Adoración Nocturna, desde sus inicios, que en sus turnos se reúnan en grata fraternidad jóvenes y ancianos, personas cultas y otras ignorantes, médicos, zapateros, funcionarios, campesinos, todos unidos en la celebración, primero, y en la adoración después de la Eucaristía, el sacramento de la unidad.

En un Discurso al Congreso de Malinas, en 1864, el padre Hermann hacía notar que la AN, que obtuvo un rápido desarrollo en Inglaterra, hubo de superar en primer lugar un clasismo cerrado, muy arraigado en aquellas gentes: «La Adoración Nocturna encuentra serios obstáculos en el carácter, costumbres e ideas de este pueblo esencialmente dado a las comodidades materiales, y en el que el respeto por las desigualdades sociales hace muy difícil la fusión de las diferentes clases de la sociedad. Si un inglés de alta alcurnia necesita tener una virtud casi heroica para pasar parte de una noche descansando sobre un colchón duro en exceso, junto a un obrero o al lado de un pequeño comerciante, a éstos no les cuesta menos hallarse en un mismo pie de igualdad tan completa con el gran señor» (Sylvain 246).

-Gente sencilla. Por supuesto, hay en la Adoración cristianos muy cultos, económicamente fuertes, políticamente importantes, etc. Pero, ya desde sus comienzos, es evidente que la mayoría de sus miembros son personas socialmente modestas.

Los primeros adoradores de Jesús, el Emmanuel, Dios-con-nosotros, son María y José: personas modestas. Y en seguida, avisados por los ángeles, acuden a adorarle unos pastores: gente humilde. Más tarde, conducidos por la estrella, llegaron los «magos», grandes personajes… Y así viene a ser siempre.

En el Cincuentenario de la AN en Francia, Mr. Cazeaux, en la Memoria, hacía recuerdo de aquel primer grupo de diecinueve adoradores, en su mayoría gente muy modesta. «¿A quién se dirige [nuestro Señor] para realizar sus designios, especialmente para la realización de las obras que más caras le son, que más le interesan? A los pequeños, a los humildes, a los menospreciados por el mundo. Claro está que veremos también [en la AN] a personas notables y distinguidas, pero el grueso de la tropa se compone de simples empleados y de obreros ignorados por el mundo.

«Y todavía continúa siendo lo mismo. Entre todas las parroquias de París, las más fervientes y las que dan el mayor número de adoradores son las parroquias de los arrabales. En ellas los obreros, que todo el día se han afanado en el trabajo, no regatean la noche a Nuestro Señor, y se ve a algunos que dejan la adoración de madrugada, antes de la primera Misa, que ni siquiera pueden oír, porque deben hallarse temprano en la reanudación del trabajo» (Sylvain 432-433).

-Sencillez. En la AN todo es muy sencillo. Ésa es una de las razones por la que se manifiesta válida para personas, para espiritualidades y para naciones muy diversas.

Es muy sencilla -sustancial y universal- la doctrina espiritual que la sustenta. De hecho, es asumida por personas de filiaciones espirituales muy diversas. Es sencilla su organización interna: un Consejo Nacional, un Consejo Diocesano, presidentes de sección, jefes de turno.

Es sencilla la estructura de sus vigilias nocturnas: breve reunión, rosario y confesiones, santa Misa, turnos de vela en los que se alterna el rezo de las Horas y la oración en silencio, más una Bendición final.

Antes hemos citado al Vaticano II, que exige a los institutos religiosos un retorno constante «a la primitiva inspiración». Pero el concilio también les exige para su adecuada renovación «una adaptación a las cambiadas condiciones de los tiempos» (PC 2). Pues bien, por lo que se refiere a los modos de celebrar las vigilias nocturnas de la Adoración, se comprende que unas celebraciones tan perfectas en su sencillez hayan perdurado en su forma durante tantos años.

Al menos en lo substancial, ¿qué habría que añadir, quitar o cambiar en un orden tan armonioso, tan simple y perfecto, y tan probado además por la experiencia?… Cristianos ajenos a la AN sienten, a veces, la necesidad de introducir en ella grandes cambios. Pero, curiosamente, quienes son miembros de ella y la viven, normalmente, no sienten la necesidad de tales cambios, sino que se sienten muy bien en ella, tal como es.

Algunos cambios, sin embargo, se han hecho al paso de los años, y se han cumplido, sin duda, en buena hora: paso del latín a la lengua vernácula, abandono progresivo de algunos símbolos militares o cortesanos perfectamente legítimos, pero que han ido quedando alejados de la sensibilidad de nuestro tiempo.

Si la AN acentuase ciertos aspectos de la espiritualidad cristiana -lo que, por otra parte, sería perfectamente legítimo: en tantas obras católicas se dan, por la gracia de Dios, esas acentuaciones-, vendría a ser un camino idóneo para ciertas espiritualidades, pero no para otras; para ciertos tiempos o lugares, pero no para otros.

Por el contrario, la noble sencillez de la AN, en sus líneas esenciales, es idónea para acoger -y de hecho acoge- a personas, grupos o naciones de muy diversos talantes y espiritualidades. Concretamente, el orden fundamental de sus vigilias, tanto por la calidad absoluta de sus ingredientes -Misa, adoración del Santísimo, rezo de las Horas, oración silenciosa, permanencia nocturna-, como por el orden armonioso que los une, goza de una perfecta sencillez, que le permite perdurar pacíficamente al paso de los años y de las generaciones en muchas naciones.

En 1848, hace ciento cincuenta años

-En 1848 se publica el Manifiesto comunista. Es elaborado por el judío Karl Heinrich Marx (1818-1883) y por Friedrich Engels (1820-1895). Marx nace en Tréveris, al noroeste de Alemania, cerca de Luxemburgo. Estudia derecho, pero pronto, bajo el influjo de Hegel (1770-1831), se dedica a la filosofía, y más tarde a la economía y la política. El marxismo, que de él deriva, se extendió desde entonces por gran parte del mundo, y tuvo su mayor fuerza en la Unión Soviética.

Según un informe de la KGB, de 1994, cuarenta y dos millones de rusos fueron asesinados por los comunistas entre 1928 y 1952. El número de muertos por el comunismo se amplía enormemente si se mira el conjunto de las naciones en que estuvo vigente: «el total se acerca a la cifra de cien millones de muertos» (AA.VV., El libro negro del Comunismo, Planeta-Espasa 1998, 18). En 1989, con la caída del muro de Berlín, decayó en gran medida el poderío del comunismo.

-En 1848, asimismo, se inicia la Adoración Nocturna. Es fundada por el judío converso Hermann Cohen (1810-1870), nacido en Hamburgo, al norte de Alemania, a unos 500 kilómetros de Tréveris.

La AN, que la gracia de Dios inició y mantiene, ha dado excelentes frutos entre los laicos, ha suscitado un gran número de vocaciones sacerdotales y religiosas, y está hoy presente, y con buena salud, en treinta y cinco naciones.

Sólamente en España, la AN tiene ya diez Beatos que fueron adoradores, el último el gitano Ceferino Giménez Malla, «El Pele»; en tanto que otros doce están en proceso de beatificación. Uno de ellos, Alberto Capellán Zuazo, ha sido declarado recientemente «venerable».

Dios lo quiere

Actualmente la AN en unos lugares crece y florece, y en otros languidece y disminuye. Esta alternativa puede explicarse sin duda por condicionamientos externos, por situaciones de Iglesia, como los que hemos considerado antes al hablar de la sacralidad y la secularización. Pero aún más se debe a causas internas, es decir, al espíritu de los mismos adoradores. En éstas centramos ahora nuestra atención.

La AN decae y disminuye allí donde el amor a la Eucaristía se va enfriando en sus adoradores; donde una adoración de una hora resulta insoportable; donde los adoradores, entre una y otra vigilia, no visitan al Señor en los días ordinarios; donde la oración es muy escasa, y no se pide suficientemente a Dios nuevas vocaciones de adoradores, ni se procuran éstas con el empeño necesario; donde se acepta con resignación que las iglesias estén siempre cerradas, aún allí donde podrían estar abiertas…

Los adoradores que están en este espíritu aceptan ya, sin excesiva pena, la próxima desaparición de la AN en su parroquia o en su diócesis, atribuyendo principalmente esa pérdida a causas externas, sobre todo a la falta de colaboración de ciertos sacerdotes. Y no se dan cuenta de que son ellos mismos, los adoradores con muy poco espíritu de adoración, los que amenazan disminuir la AN hasta acabar con ella.

La AN, por el contrario, crece y florece allí donde los adoradores mantienen encendida la llama del amor a Jesús en la Eucaristía, y viven con toda fidelidad las vigilias tal como el Manual y la tradición las establecen; allí donde los adoradores adoran al Señor no sólo de noche, una vez al mes, sino también de día, siempre que pueden; allí donde piden al Señor nuevos adoradores con fe y perseverancia; allí donde difunden la devoción eucarística y procuran con todo empeño que las iglesias permanezcan abiertas…

Donde más se necesita actualmente la AN -o cualquier otra obra eucarística- es precisamente allí donde la devoción a la Eucaristía está más apagada. Allí es donde más quiere Dios que se encienda poderosa la llama de la AN. Si los adoradores, fieles al Espíritu Santo, con oración y trabajo, procuran el crecimiento de la Adoración, empezando por vivirla ellos mismos con toda fidelidad, la AN crece: ellos plantan y riegan, y «es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,6).

Dios ha concedido por su gracia a la Adoración Nocturna ciento cincuenta años de vida en la Iglesia. Que Él mismo, por su gracia, le siga dando vida por los siglos de los siglos. Amén.

3

Las vigilias mensuales

Importancia del Manual de la Adoración Nocturna

La AN concentra su identidad en la celebración mensual de las vigilias nocturnas. El adorador se compromete a asistir durante el año a doce vigilias mensuales y a tres extraordinarias: Jueves Santo, Corpus y Difuntos.

Las vigilias, en principio, podrían celebrarse de modos muy diversos: podrían ser más largas, con más lecturas o con silencios mayormente prolongados, o más breves, como una Hora santa, más didácticas o con menos elementos de formación, con más o menos rezos comunitarios, con mayor o menor solemnidad en las formas, etc. Pues bien, las vigilias de la Adoración Nocturnas han de celebrarse siguiendo con fidelidad lo que prescribe su propio Manual, de uso en todos los grupos, aunque ciertas acomodaciones vendrán a veces exigidas por las circunstancias internas del grupo o por condicionamientos externos.

No es raro hoy, con tantos viajes y con calendarios de actividades a veces tan apretados, que los adoradores no puedan asistir una noche a su turno, sino que ese mes deban hacer su vigilia en otro. Es hermoso que en diversos turnos, ciudades e incluso países, hallen una forma común de celebrar las vigilias nocturnas de adoración.

Y esta uniformidad aún tiene otra razón más profunda: la vigilia se ordena con un rito propio, en todas partes el mismo,

y siempre el rito «implica por sí mismo repetición tradicional, serenamente previsible. Así es como el rito sagrado se hace cauce por donde discurre de modo suave y unánime el espíritu de cuantos en él participan. Así se favorece en el corazón de los fieles la concentración y la elevación, sin las distracciones ocasionadas por la atención a lo no acostumbrado» (J. Rivera-J.M. Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 19944, 96).

Por eso, quienes en sus vigilias, sin razón suficiente, alteran un poco el Manual, alteran un poco la AN. Sin embargo, en algunos casos, ciertas variaciones, vienen obligadas por las circunstancias: muy reducido número de adoradores, carencia de una sala de reunión, frío en la iglesia, etc. Y como se comprende, están justificadas. Hay, pues, que cumplir lo establecido en la AN lo mejor que se pueda. No más.

Pero quienes arbitrariamente configuran sus vigilias en modos diversos a los del Manual, aunque realicen provechosas y bellas celebraciones -sugeridas quizá por un sacerdote bienintencionado, pero que apenas conoce la AN, o propuestas por algún adorador-, abandonan la AN. Ésta es una asociación de fieles, con su propia forma y tradición, a la que los cristianos se afilian libremente, y que se rige por Estatutos aprobados por la Iglesia y por normas concretas de acción y celebración.

La Liturgia de las Horas

La Liturgia de las Horas es la oración de la Iglesia, la oración más sagrada y santificante de todo el pueblo de Dios; es, como dice el Vaticano II, «la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC 84).

Como es sabido, durante muchos siglos fue la oración habitual de las comunidades cristianas. De suyo, pues, las Horas litúrgicas son de los laicos tanto como lo es la Misa. Pero más tarde, por una serie de circunstancias, fue quedando su rezo relegado, en la práctica, a sacerdotes y religiosos.

Por tanto, cuando el concilio Vaticano II recomienda «que los laicos recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso en particular» (SC 100), toma una decisión de extraordinaria importancia para la espiritualidad cristiana laical. Así lo han entendido muchas asociaciones seglares y muchos laicos en particular, que en los últimos años han ido asumiendo el rezo de las Horas, sobre todo de Laudes y Vísperas, que son «las Horas principales» (SC 89).

Pues bien, eso es lo que hace mucho tiempo venían haciendo en todas partes los laicos de la Adoración Nocturna. Por eso los adoradores hoy han de seguir recitando o cantando las Horas -Vísperas, el Oficio de lecturas, Laudes- con un fervor renovado, es decir, con una acrecentada conciencia de la maravilla que supone rezar la Liturgia de las Horas en unión con Cristo, su protagonista celestial, y en el nombre de la Iglesia.

Las Horas, en todo caso, han de ser rezadas con pausa, sin prisa, con atención, con toda devoción:

«Por eso se exhorta en el Señor a los sacerdotes y a cuantos participan en dicho Oficio [divino] que, al rezarlo, la mente concuerde con la voz y, para conseguirlo mejor, adquieran una instrucción litúrgica y bíblica más rica, principalmente acerca de los salmos» (SC 90).

Esquema de una vigilia

Pero expongamos ya el orden que el Manual de la Adoración Nocturna de España, en la edición de 1996, establece para la celebración de una vigilia. Señalamos entre paréntesis los tiempos que a cada acto se calculan, aunque son bastante variables, según se hagan pausas más o menos largas, se canten algunas partes, etc.

-(30′) Reunión previa, en una sala, normalmente.

-(20′) Rosario, en la misma sala o ya en la iglesia.

-(20′) Vísperas, en la iglesia.

-(45′) Eucaristía, que termina con la exposición del Santísimo.

-(60’+60’+…) Turnos de vela. El número de turnos dependerá del número de adoradores. En cada turno: Oficio de lectura (25′) y oración personal (35′).

La Eucaristía y los turnos de vela forman el corazón mismo de la vigilia, y deben por tanto celebrarse con la mayor plenitud posible. Es importante tener presente esto cuando la necesidad obligue a suprimir o abreviar alguna otra parte de la vigilia. Durante el turno de vela, unos lo cumplen en la iglesia, mientras los demás están en una sala aparte.

-(30′) Laudes y Bendición eucarística, todos reunidos de nuevo.

Se termina con un canto y oración a la Virgen.

Comento brevemente cada parte, ateniéndome a lo que dispone el Manual.

Reunión previa

No es, por supuesto, el centro de la vigilia de la AN, y por eso ha de tenerse cuidado para que no se alargue indebidamente, restando tiempo a las partes más importantes.

Se inicia la reunión previa con la colocación de las insignias y la oración: Señor, tu yugo…

En ella, en seguida, se preparan los detalles de la vigilia; se distribuyen las funciones, según el número de asistentes, procurando que en lo posible actúen varios: salmista, lector, cantor, acólito, etc; se comunican y comentan avisos y noticias, con la ayuda quizá de la hoja o boletín de la AN en la diócesis; se repasa la lista de los asistentes, anotando presencias y ausencias; se distribuye la composición de los turnos; se expone el tema de meditación o formación.

El tema puede ser leído o expuesto por el director espiritual, por uno de los responsables del turno o por alguno de los adoradores. Puede emplearse como base textos ofrecidos por el Consejo Nacional de la AN, por el Consejo Diocesano, elegidos por el director espiritual o por el mismo grupo: números, por ejemplo, del Catecismo de la Iglesia Católica, comentarios litúrgicos a la fiesta del día, una o dos páginas de un libro de espiritualidad eucarística, etc. Un diálogo posterior, aunque no necesario, puede ser sin duda muchas veces provechoso.

El responsable del grupo -jefe de turno, secretario, etc.- debe moderar y conducir la reunión adecuadamente. No conviene, al menos normalmente, que la reunión previa sobrepase la media hora. Ello iría normalmente en detrimento de las partes principales de la vigilia.

Rosario y confesiones

Aunque el Manual no prescribe el rezo en común del Rosario, sí lo recomienda, y de hecho suele rezarse en la gran mayoría de los grupos. La AN es muy mariana: no olvida nunca que el Corpus Christi que adora es el nacido de la Virgen María -«corpus datum, corpus natum ex Maria Virgine»-; y que Ella, con san José y los pastores, fue la primera y la mejor adoradora de Jesús. Es normal, pues, que ya desde el principio los adoradores invoquen para la vigilia la asistencia espiritual de su gloriosa Madre.

El Rosario puede ser rezado al principio, en la sala de reunión, o cuando los adoradores van a la iglesia -suele ser lo más común-; o más tarde en la sala, mientras otros están haciendo en la iglesia el turno de vela. Lo importante es que se rece.

La confesión, durante el Rosario o en otro momento conveniente, es también una parte no obligada, pero muy preciosa. Para muchos adoradores es la manera mejor para asegurar una vez al mes el sacramento de la penitencia. Así lo decía Juan Pablo II a la AN de España:

La piedad eucarística «os acercará cada vez más al Señor. Y os pedirá el oportuno recurso a la confesión sacramental, que lleva a la Eucaristía, como la Eucaristía lleva a la confesión. ¡Cuántas veces la noche de adoración silenciosa podrá ser también el momento propicio del encuentro con el perdón sacramental de Cristo!» (31-X-1982).

Vísperas

En la Liturgia de las Horas la oración de las Vísperas se celebra al terminar el día, «en acción de gracias por cuanto se nos ha concedido en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto» (Ordenación gral. LH 39a).

Tal como suelen celebrarse actualmente las vigilias de la AN, las Vísperas llegan un poco tardías, es cierto; en tanto que, por el contrario, el rezo de Laudes, llega normalmente demasiado temprano. Pero esto no tiene mayor importancia. En efecto, rezar en comunidad litúrgica la oración de la Iglesia, aunque no sea en su momento exacto del día, vale mucho más que hacer otros rezos no litúrgicos, por dignos que éstos puedan ser.

Por lo demás, la Iglesia no manda, sino aconseja «que en lo posible las Horas respondan de verdad al momento del día… Ayuda mucho, tanto para santificar realmente el día como para recitar con fruto espiritual las Horas, que la recitación se tenga en el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica» (Ordenación gral. LH 11).

A ciertos objetantes del tiempo de las Horas en la AN actual convendría recordarles aquello de Cristo: «coláis un mosquito y os tragáis un camello» (Mt 23,24).

Celebración de la Eucaristía

La celebración del Sacrificio eucarístico es, indudablemente, el centro absoluto de toda vigilia de la AN, como es el centro y el culmen de toda existencia cristiana, personal o comunitaria (Vat. II: LG 11a; CD 30F; PO 5bc, 6e; UR 6e). La reunión previa, el Rosario, la confesión penitencial, la acción de gracias de las Vísperas, todo ha de ser una preparación cuidadosa para la Misa; y del mismo modo, la adoración posterior del Sacramento y el rezo final de los Laudes han de ser la prolongación más perfecta de la misma Misa.

El momento ideal de la Misa es, como hemos dicho, al principio de la vigilia, de tal modo que la adoración eucarística derive, incluso sensiblemente, del Sacrificio. Sin embargo, la escasez de sacerdotes u otras circunstancias pueden obligar a celebrar la Misa al final de la vigilia. O quizá incluso antes de la vigilia -por ejemplo, una Misa parroquial de fin de tarde-, para iniciar después, pero partiendo de esa Misa, la celebración de la vigilia. Hágase en cada caso lo que mejor convenga. Pero eso sí, entendiendo bien el sentido y el valor de cada parte de la vigilia y del conjunto total de la misma.

En la celebración misma de la Eucaristía participamos del Sacrificio de Cristo, ofreciéndonos con él al Padre, para la salvación del mundo; adoramos su Presencia real; comulgamos su Cuerpo santísimo, pan vivo bajado del cielo.

Es posible, y a veces será conveniente, celebrar en la vigilia de forma unida las Vísperas y la Eucaristía. Pero otras veces convendrá celebrarlas en forma separada. Así cada una conserva toda su plenitud y armonía. Y por lo demás, la noche es larga… No hay prisa. La prisa es totalmente ajena al espíritu de la AN.

Oración de presentación de adoradores

Para las diversas semanas o los tiempos litúrgicos cambiantes, el Manual ofrece varios modelos de «oración de presentación de adoradores», todos los cuales tienen algo en común: su profundidad teológica y su notable belleza espiritual.

Si alguien quiere enterarse bien de lo que significa y hace la AN, lea y medite con atención estas oraciones en sus diversos modelos. En ellas se confiesan, de maravillosa forma orante, todos los fines de la adoración eucarística, y concretamente de la AN.

Turnos de vela

Con la Oración de presentación y el Invitatorio se inician los turnos de vela. Cuando un cierto grupo de la AN se compone, por ejemplo, de veintiún miembros, lo normal es que se repartan en tres turnos de vela, siete en cada uno. O que se establezcan al menos dos turnos, de diez y once adoradores. No olvidemos que la AN asume como fin velar en la noche prolongadamente ante el Santísimo.

«Cada turno de vela es de una hora». De esa hora, más o menos, una mitad se ocupa en el rezo del Oficio de lecturas, y la otra mitad en la oración personal silenciosa.

-El Oficio de lectura, lo mismo que Laudes y Vísperas, es una parte de la Liturgia de las Horas. En las vigilias de la AN es, en concreto, la parte más directamente heredera de las antiguas vigilias de oración en la noche. De hecho, en la renovada Liturgia de las Horas, el Oficio de lectura conserva su primitivo acento de «alabanza nocturna», aunque está dispuesto de tal modo que pueda rezarse a cualquier hora del día (Ordenación gral. LH 57-59).

La AN -esta vez sí- celebra el Oficio de lectura en la hora nocturna que le es más propia y tradicional. Es ésta una Hora litúrgica bellísima, meditativa, contemplativa, alimentada por los salmos, la Sagrada Escritura y la lectura de «las mejores páginas de los autores espirituales» (ib. 55). En las vigilias, esta Hora, más aún, está alimentada por la presencia real del mismo Cristo, que es Luz y Verdad, Camino y Vida.

El Manual ofrece un buen elenco de elegidas lecturas. Pero puede ser muy conveniente, para aumentar la variación, la riqueza y la adecuación exacta al momento del año litúrgico, hacer aquellas lecturas exactas de la Biblia y de los autores eclesiásticos que la Liturgia de las Horas dispone precisamente para el día en que se celebra la vigilia. Bastará para ello el breviario del sacerdote; o que el turno disponga de un ejemplar de las Horas oficiales; o ayudarse de otros libros, como Sentir con los Padres, que traen esas lecturas oficiales de las Horas (Regina, Barcelona 1998).

La oración personal silenciosa, una vez rezado el Oficio de lectura, mantiene al adorador en oración callada y prolongada ante la presencia real de Jesucristo, sobre el altar, en la custodia. Para muchos adoradores es éste el momento más precioso de toda la vigilia. Sí, la Misa y el rezo de las Horas son aún más preciosos, de suyo, por supuesto; pero eso quizá ya el adorador lo tiene todos los días a su alcance. Por el contrario, ese tiempo largo, nocturno y silencioso en la presencia real de Cristo, el Amado, oculto y manifiesto en la Eucaristía, es un tiempo sagrado, que ha de ser gozado y guardado celosamente, no permitiendo que en modo alguno sea abreviado sin razón suficiente. De lo contrario, se acabaría matando la AN.

Ya hemos dicho lo que dispone el Manual: «cada turno de vela es de una hora». Si el Señor nos da 24 horas cada día, y unos 30 días todos los meses, ¿será mucho que una vez al mes le entreguemos a Él, inmediata y exclusivamente, una hora, una hora de sesenta minutos? Tanto si en ella estamos gozosos o aburridos, como si estamos despiertos o adormilados, el caso es que, ante la custodia, nos entreguemos al Señor fielmente y con todo amor una hora al mes.

Es cierto que, en determinadas condiciones, quizá convenga reducir ese tiempo. Y esa reducción será buena y conveniente cuando se realiza por razones válidas. Pero no si se hace por falta de amor o de espíritu de sacrificio. Cristo, como hizo con sus más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, nos ha llevado consigo en la noche a orar en el Huerto. Que no tenga que reprocharnos como a ellos: «no habéis podido velar conmigo una hora?» (Mt 26,40).

En el turno de vela los adoradores, orando con la Liturgia o en silencio ante el Santísimo, cobran en la noche una especial conciencia de estar representando a la santa Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. Una vez al mes, es un tiempo prolongado para alabar al Señor y darle gracias por tantos beneficios materiales y espirituales recibidos por nosotros y por los demás hombres. Es un tiempo para pedir por la familia, por la parroquia, por la diócesis, por las personas conocidas más necesitadas, por las vocaciones sacerdotales y religiosas, por las misiones, etc. Y también un tiempo para expiar el pecado del mundo, como claramente se indica en el rezo de las Preces expiatorias.

Laudes

Concluídos los turnos sucesivos, los adoradores que estaban descansando en la sala se unen a quienes terminan su tiempo de vela, y todos juntos, asumiendo de nuevo la oración litúrgica de la Iglesia, rezan los Laudes.

Esta Hora, cuyo tiempo más apropiado es el amanecer, celebra especialmente «la resurrección del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres, y el sol de justicia, que nace de lo alto (Jn 1,9; Mal 4,2; Lc 1,78)» (Ordenación gral. LH 38). En los Laudes suele predominar -y de ahí el nombre- el impulso de la alabanza, especialmente en los salmos.

El Manual ofrece la posibilidad de que en lugar de los Laudes, donde así se estime conveniente, se recen Completas, otra de las Horas litúrgicas.

Bendición final

Si la vigilia ha sido presidida por un sacerdote o un diácono, termina, como la Misa, con una bendición. Cristo mismo, en el signo de la cruz sacrificial, por mano de su ministro, bendice a los adoradores que le han acompañado esa noche con amor.

«Al acabar la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar, hace genuflexión sencilla, se arrodilla a continuación, y se canta un himno u otro canto eucarístico. Mientras tanto, el ministro arrodillado inciensa el Santísimo Sacramento, cuando la exposición tenga lugar con la custodia» (Ritual 97).

Si no hay sacerdote o diácono, no se da la bendición, y uno de los adoradores recoge sencillamente el Santísimo en el sagrario. La Iglesia le autoriza a hacerlo (Ritual 91).

La vigilia termina con un canto y oración a la Virgen María, de la que nació el Corpus Christi adorado esa noche. Y con el lema propio de la AN:

Adorado sea el Santísimo Sacramento. Sea por siempre bendito y alabado

Ave María Purísima. Sin pecado concebida.

 

Bibliografía. Ritual de la Sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa, Comisión episcopal española de Liturgia, Madrid 1979.

Angot, M-B., Las casas de adoración, Herder, Barcelona 1995; Arnau, R., La oración ante el Santísimo Sacramento como comportamiento eclesial, «Teología Espiritual» 26 (1982) 85-98; Bertaud, É., Dévotion eucharistique; esquisse historique, DSp IV, 1621-1637; Bourbonais, G., L’adoration eucharistique aujourd’hui, «Vie Consacrée» 42 (1970) 65-88; Crocetti, G., L’adorazione a Cristo Redentore presente nell’Eucaristia, «La Scuola Cattolica» 110 (1982) 3-28; Fortún, F. X., OSB, El Sagrario y el Evangelio, Rialp, Madrid 1990; González, C., La adoración eucarística, Paulinas, Madrid 1990; González, ven. M., Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, EGDA, Madrid 198612; Iraburu, J. M., La adoración eucarística nocturna, A. N. E. Pamplona, 1999; Molien, O., Adoration, DSp I, 210-222; Jungmann, J. A., El sacrificio de la Misa, BAC 68, Madrid 19593; Longpré, É., Eucharistie et expérience mystique, DSp IV, 1586-1621; Olivar, A., El desarrollo del culto eucarístico fuera de la Misa, «Phase» 135 (1983) 187-203; Ramos, M. – Tena, P. – Aldazábal, J., El culto eucarístico, Cuadernos «Phase», CPL, Barcelona 1990; Roche, J., Le culte du Saint-Sacrement hors Messe, «Esprit et vie» 92 (1982) 273-281; Sadoux, D.-Gervais, P., L’adoration eucharistique, «Vie consacrée» (1983) 85-97; Sayés, J. A., La presencia real de Cristo en la Eucaristía, BAC 386, Madrid 1976; Solano, J., Textos eucarísticos primitivos, BAC 88 y 118, Madrid 19782 y 19792; Tena, P., La adoración eucarística. Teología y espiritualidad, «Phase» 135 (1983) 205-218; Tena, P. – González, C. – Alvarez, L. F. – Dalla Mutta, R. – Sirboni, S. – Morin, G., Adorar a Jesucristo eucarístico, Cuadernos «Phase», CPL, Barcelona 1994; Van Doren, Dom Rombaut, La réserve eucaristique, «Questions Liturgiques» 63 (1982) 234-242; Vassali, G. Núñez, E. G. R. Fortin, R., Culte de la Présence réelle et Magistère, DSp IV, 1637-1648.

 

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Un sacrificio de amor*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2013

Es la tarde de un viernes típico, y estás manejando hacia tu casa. Sintonizas la radio. El noticiero cuenta una historia que te parece de poca importancia: en un pueblo lejano han muerto tres personas de alguna enfermedad que nunca antes se había visto. No lo piensas mucho…

El lunes, cuando despiertas, escuchas que ya no son tres, sino cerca de treinta mil personas las que han muerto por esa enfermedad en las colinas remotas de la India. Se informa también que personal del control de enfermedades de Estados Unidos ha ido a investigar.

El martes ya es la noticia más importante en la primera plana del periódico, porque no solo es la India, sino Pakistán, Irán y Afganistán los países a los que llega la epidemia. Pronto la noticia corre a través de las emisoras de radio y televisión. La llaman «la enfermedad misteriosa». Todos se preguntan: «¿Cómo vamos a controlarla?»

Entonces, otra noticia sorprende a todos: Europa cierra sus fronteras: no habrá vuelos desde la India ni de ningún otro país en el que se haya visto un brote de la enfermedad.

Para enterarte bien del cierre de fronteras estás viendo las noticias, cuando escuchas las palabras traducidas de una mujer que, en Francia, afirma que hay un hombre en el hospital muriendo de la «enfermedad misteriosa»…

Hay pánico en Europa. La noticia que llega informa que cuando adquieres el virus, permanece latente una semana, y ni cuenta te das. Luego, tienes cuatro días de síntomas horribles y mueres.

Pasa un día más, y el presidente de los Estados Unidos cierra los viajes a Europa y a Asia, tanto de ida como de regreso, para evitar el contagio en el país, hasta que encuentren la cura…

Al día siguiente la gente se reúne en las iglesias a orar para que los científicos encuentren una solución…

Estás en una de esas iglesias orando cuando, de pronto, entra alguien diciendo: «Prendan la radio». Se oye la noticia: dos mujeres han muerto en Nueva York. Lo que se temía: ¡América está infectada!

En horas, parece que la enfermedad invade a todo el mundo. Los científicos siguen trabajando para encontrar el antídoto. Pero nada funciona…

De repente, llega la noticia más esperada: se ha descifrado el código del ADN del virus. ¡Se puede hacer el antídoto! Va a requerirse de alguien que no haya sido infectado, y en todo el país se corre la voz de que los ciudadanos deben ir a los hospitales para que se les practique un examen de sangre.

Acudes con tu familia y unos vecinos, preguntándote por el camino qué pasará. «¿Será esto el fin del mundo?…»

Se efectúan los exámenes a la familia. Todos deben esperar…

Repentinamente, un médico sale gritando un nombre que ha leído en su cuaderno. El más pequeño de tus hijos está a tu lado, te agarra la chaqueta y te dice: «Papi, ese es mi nombre». Antes de que puedas reaccionar, se están llevando a tu hijo, y gritas «¡Esperen!». Y ellos contestan: «Su sangre está limpia, su sangre es pura. Creemos que tiene el tipo de sangre correcto».

Después de cinco largos minutos salen los médicos llorando y riendo de la emoción. Hacía mucho que no oías reír a alguien. El médico de mayor edad se te acerca y te dice: «Señor, la sangre de su hijo es perfecta, está limpia y pura; podemos hacer el antídoto contra esta enfermedad». La noticia corre por todas partes; la gente da gracias a Dios y ríe de felicidad.

En eso, el médico se acerca y te dice: «¿Podemos hablar un momento? Es que no sabíamos que el donante era un niño, y necesitamos que firme este formato para darnos el permiso de usar su sangre».

Cuando estás leyendo el documento te das cuenta de que allí no ponen la cantidad de sangre que necesitan y preguntas: «¿Cuánta sangre…?» La sonrisa del galeno desaparece, y contesta: «La necesitamos toda».

No lo puedes creer, y tratas de contestar: «Pero… Pero…». El médico sigue insistiendo: «Usted no entiende; estamos hablando de la cura para todo el mundo. Por favor, firme».

Tú preguntas: «¿No pueden hacerle una transfusión?» Y viene la respuesta: «Si tuviéramos sangre limpia podríamos… ¿Firmará?… ¡Por favor!… Firme»…

Tu hijo interrumpe: «No importa, papá. Se salvarán todos. ¡Si no, morirán!»

En silencio y sin poder sentir los dedos que sostienen la pluma, lo firmas…

Cuando regresa el médico, te dice: «Lo siento, necesitamos empezar: mucha gente en todo el mundo está muriendo»…

La siguiente semana, cuando hacen una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan dormidas en sus casas, otras no asisten porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol, otras asisten a la ceremonia distraídos o con una sonrisa falsa, fingiendo que les importa…

Quisieras pararte y gritar: «¡Mi hijo murió por ustedes!; ¿Acaso no les importa?»

Tal vez eso es lo que tu Padre Dios quiere decir: «Mi Hijo murió por ustedes, ¿no les importa?»

La ceremonia se celebra todos los días: es la Santa Misa, la Eucaristía. Allí se renueva el sacrificio de Jesucristo: de un modo misterioso estás presente en el lugar y en el momento en que murió por la humanidad, para salvarla de la enfermedad que le traería la muerte eterna…

¿Asistirás, al menos, los domingos y las fiestas, para honrar al que derramó toda su Sangre por ti?

Anónimo

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Adoración Eucarística y Sagrada Escritura*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 4, 2011

La adoración eucarística: confesión de la divinidad de Jesucristo

 A lo largo de la Tradición de la Iglesia se ha formulado el siguiente axioma teológico: “Lex orandi, lex credendi”. Esta expresión tiene su origen en una colección de diez propuestas sobre la gracia, expuestas con motivo de la controversia pelagiana. Actualmente suele ser citado a propósito del valor dogmático de la liturgia, que nos ayuda a entender con mayor precisión la fe de la Iglesia. La oración con la que el pueblo de Dios ha rezado en la liturgia, va por delante de su formulación dogmática; hasta el punto de que en la liturgia encontramos un importantísimo elemento de discernimiento para definir los contenidos de la fe.

 Pues bien, sin pretender aplicar de forma unívoca este axioma al estudio de la adoración en el Nuevo Testamento, sí que podemos hacerlo análogamente. En los Evangelios descubrimos diversos pasajes en los que Jesús es adorado, de lo cual se desprende una profesión de fe en su divinidad. Si Jesús es adorado, es señal inequívoca de que es confesado como verdadero Dios. No en vano, en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel había sido educado para adorar solamente al Señor: «No adorarás a otro dios» (Ex 23, 24), «No adorarás a dioses extranjeros» (Ex 34, 14), «Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto» (Mt 4, 10). Quiero exponer a continuación algunos pasajes del Nuevo Testamento, en los que Jesús es adorado:

 + Nacimiento de Jesús: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo (proskyneo)» (Mt 2, 2); «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2, 11).

 + Curación del ciego de nacimiento: «Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que está hablando, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y le adoró (proskyneo) (y se postró ante él)» (Jn 9, 35-38).

 + Jesús camina sobre las aguas: «Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. En cuanto subió a la barca le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él) diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”» (Mt 14, 31-33).

 + Aparición de Jesús resucitado: «De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él)» (Mt 28, 9).

 + Ascensión al Cielo: «Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado al cielo. Ellos le adoraron (proskyneo) y se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Lc 24, 50-52).

 + Misión de los discípulos: «Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él), pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28, 16-20).

 + Adoración expresada en las cartas paulinas: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).

+ La adoración a Jesús contrasta en el Nuevo Testamento, con el rechazo de la adoración a los apóstoles, a los emperadores romanos, e incluso a los ángeles. Obviamente, esto da una autoridad, mayor si cabe, a los pasajes evangélicos que hemos aducido, en los que Jesús es adorado. Veamos algunos textos:

a) Rechazo de la adoración a los apóstoles: «Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó diciéndole: “Levántate, que soy un hombre como tú» (Hch 10, 25-26).

b) Rechazo de la adoración a los emperadores romanos (figurados por la bestia del Apocalipsis): «El que adore a la bestia y a su imagen y reciba su marca en la frente o en la mano, ése beberá del vino del furor de Dios, escanciado sin mezcla en la copa de su ira, y será atormentado con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles y del Cordero» (Ap 14, 9-10).

c) Rechazo de la adoración a los mismos ángeles: «Caí a los pies (del ángel) para adorarlo, pero él me dijo: “No lo hagas, yo soy como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús; a Dios has de adorar”. El testimonio de Jesús es el testimonio del profeta» (Ap 19, 10).

 Tras examinar estos textos, en los que la postración ante Jesucristo es  plenamente equiparable a la adoración a Yahvé, podemos y debemos hacer una aplicación a nuestros días y a nuestra situación eclesial. Actualmente, se han difundido en los ambientes secularizados diversas presentaciones del rostro de Jesús, en las que su divinidad brilla por su ausencia. La tendencia arriana ha sido constante a lo largo de la historia de la Iglesia, pero actualmente alcanza una fuerza especial. Más que negar expresamente la divinidad de Jesucristo, la estrategia parece consistir en no afirmarla explícitamente; en diluir el misterio de su Encarnación en la teoría del pluralismo religioso; en considerarle uno más entre los profetas…

 En la LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, se publicó la Instrucción Pastoral “Teología y secularización en España”, en la que se describen detalladamente dichas desviaciones cristológicas:

 «Este modo de proceder lleva a consecuencias difícilmente compatibles con la fe, como son: 1) vaciar de contenido ontológico la filiación divina de Jesús; 2) negar que en los Evangelios se afirme la preexistencia del Hijo; y, 3)  considerar que Jesús no vivió su pasión y su muerte como entrega redentora, sino como fracaso. Estos errores son fuente de grave confusión, llevando a no pocos cristianos a concluir equivocadamente que las enseñanzas de la Iglesia sobre Jesucristo no se apoyan en la Sagrada Escritura o deben ser radicalmente reinterpretadas» (Teología y secularización en España, nº 30).

 No es casualidad, ni puede serlo, que el oscurecimiento de la afirmación de la divinidad de Jesucristo en estos ambientes teológicos españoles y occidentales, haya coincidido milimétricamente con la puesta en cuestión o con el abandono de la adoración eucarística. Apoyándonos en el mencionado axioma “Lex orandi, lex credendi”, confiamos en que la expansión en España de la adoración eucarística, concretada especialmente en la “Adoración Perpetua”, será el germen del que brotará una sana cristología, conforme a la Tradición de la Iglesia y a la Sagrada Escritura.

Adoradores en espíritu y verdad

El texto bíblico cumbre sobre la adoración es sin duda el que el Evangelio de San Juan nos ofrece con motivo del diálogo con la Samaritana. Tal es así que me dispongo ahora a hacer un comentario exegético detallado de los versículos fundamentales de  este pasaje (Jn 4, 19-26), de forma que extraigamos de él algunas enseñanzas, que puedan servirnos de ayuda en nuestra vocación adoradora.

v. 19 «La mujer le dice: “Señor, veo que eres un profeta”»: La Samaritana abre su corazón a Jesús, al comprobar que es un profeta. Este hombre ha tenido la capacidad de conocer su vida por dentro, y eso es señal de que es un hombre de Dios. Pues bien, ante los hombres de Dios, se suele abrir el corazón, planteando las dudas y cuestiones determinantes de la existencia.

v. 20 «Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén»: La Samaritana le propone al “profeta” la vieja controversia entre samaritanos y judíos acerca del verdadero lugar de adoración a Dios. Desde la fuente de Jacob se contempla el monte Garizim, por lo que la pregunta estaba servida: ¿Era en Garizim o en Jerusalén donde se había de dar culto a Dios?

v. 21 «Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”»: Jesús responde a la Samaritana con unas palabras de revelación que remiten al futuro: “Se acerca la hora” en que ambos santuarios perderán su significado. Este giro de San Juan (“se acerca la hora”), lo podemos encontrar también en otros pasajes de su Evangelio (Jn 5, 25.28), y tiene un matiz escatológico: la luz alborea con la persona misma de Jesús; en Él se anuncia la nueva forma de adoración a Dios, para la cual es irrelevante el lugar del culto.

Llegado ese momento, también los samaritanos adorarán al Padre. He aquí una velada promesa de que todos —judíos, samaritanos, paganos— están llamados al conocimiento y a la adoración del Dios verdadero. En la cumbre de la revelación, no será la pertenencia a un pueblo determinado el factor que distinga a los verdaderos adoradores de los falsos, sino la disposición personal a acoger la luz de la revelación que se dirige a todos los pueblos.

v. 22 «Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos»: Ahora bien, Jesús hace constar que la salvación ha tenido un camino histórico establecido por Dios, a través del pueblo judío. El culto de los samaritanos tuvo su origen en ambiciones y enfrentamientos políticos. Por ello, el Mesías esperado viene de los judíos.

El papel de Israel ha sido importantísimo en la Historia de la Salvación, pero ha llegado ya a su final (v. 17 «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo»). Llegado ahora Cristo, los samaritanos y todos los demás pueblos estarán en igualdad de condiciones para acoger la plenitud de la revelación.

v. 23 «Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le adoren así»: Con una concisión y densidad insuperables, Jesús formula la siguiente expresión: “Los verdaderos adoradores del Padre, le adorarán en espíritu y en verdad”. Algunos han interpretado esta doble adoración de forma equivocada o insuficiente:

+ Por la “adoración en espíritu” se entendería la actitud moral interior, en contraste con el mero culto exterior ritualista del Antiguo Testamento que era reprochado por los profetas.

+ Y la “adoración en verdad” se interpretaría en referencia a la novedad de Cristo, en contraste con las “sombras” del Antiguo Testamento. Por ejemplo, los sacrificios de animales eran sombra del sacrificio de Cristo, la circuncisión era sombra del bautismo (cfr. Col 2, 11-12), etc.

Pero no parecen aceptables dichas interpretaciones… El término “pneuma” (espíritu) no puede entenderse en el sentido moral o antropológico; sino más bien en el sentido de “espíritu divino”, como por norma general es utilizado en San Juan. Además, en esta ocasión no hay duda alguna, puesto que en el versículo siguiente (v. 24) especificará: “Dios es pneuma”.

Por lo tanto, en el caso presente Jesucristo no estaba contraponiendo el culto meramente ritualista al culto espiritual, sino que va mucho más allá: “espíritu” y “verdad” se refieren al “Espíritu Santo” y al “Verbo”. Es decir, los auténticos adoradores adorarán al Padre, en el Espíritu Santo y en Jesucristo. La segunda y la tercera persona de la Santísima Trinidad, nos introducen en su escuela de adoración… Adoramos por Ellos, con Ellos y en Ellos.

En el diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3, 3-8), queda claro que el hombre necesita nacer de nuevo, nacer del Espíritu (Jn 3, 3-8)  para acoger el don de Dios. El hombre terreno no tiene por sí mismo acceso a Dios, sino que esa intimidad con Dios le es regalada gratuitamente. Dios capacita al hombre para poder relacionarse con Él. El encuentro del hombre con Dios es un regalo de este último, que le eleva gratuitamente a la condición de “hijo”. Somos “hijos” en el Hijo, por el Espíritu Santo. La adoración en “espíritu” tiene lugar en el único templo agradable al Padre, el Cuerpo de Cristo resucitado (Jn 2, 19-22).

v. 24 «Dios es espíritu, y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y verdad»: Jesús da como razón profunda de esta adoración, precisamente el ser o la naturaleza de Dios: “Dios es espíritu”, lo cual trae a la memoria que Dios es inaccesible para los que somos seres carnales y materiales. Para encontrarse con Dios se requiere una elevación del hombre, a la condición de “hombre espiritual”. Por ello, lo decisivo no es el lugar donde se realice la adoración externa (en Jerusalén o en Garizim), sino nuestro acceso a la divinización, en Cristo, por el Espíritu Santo.

Este episodio de la samaritana deja claras las distancias entre la soteriología cristiana y la soteriología gnóstica: frente a la concepción de que el ser divino no es accesible más que para los sabios o los puros (cfr. Escritos de Nag-Hammadi), el Evangelio de San Juan se centra en la clave de la Revelación misericordiosa de Dios a todas las naciones, manifestada en el mediador entre Dios y los hombres —el Salvador del mundo— que es Jesucristo.

v. 25 «La mujer le dice: “Sé que ha de venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”»: La Samaritana no entiende las palabras de Cristo, y mira al futuro esperando al Mesías, que lo anunciará todo. Jesús le quiere hacer entender que el futuro ha llegado: ¡es el presente!

v. 26 «Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”»: Jesús se da a conocer a la mujer como el Mesías esperado, mediante la fórmula de revelación “Ego Eimí”. Resuena aquí, de forma evidente, la expresión joánica que refiere a Cristo el “Yo Soy” (Yahvé) del Antiguo Testamento.

Se alcanza aquí el punto culminante del diálogo entre Jesús y la Samaritana: Él es el dador del agua viva, así como el “lugar” del nuevo culto a Dios. Los samaritanos, imagen de cada uno de nosotros, llegan por fin a la fe en Jesucristo, el Salvador del mundo.

La conclusión de este pasaje evangélico de San Juan, auténtica cumbre de la pedagogía con la que la Sagrada Escritura nos introduce en la escuela de la adoración, es la siguiente: La adoración no es otra cosa que la expresión de la espiritualidad bautismal; la consecuencia lógica de haber sido introducidos en el seno de la Trinidad. Somos hijos en el Hijo, y en Él, por el Espíritu Santo, somos adoradores del Padre.

Ésta es —en la vida presente— y será —por toda la eternidad— nuestra vocación: ser adoradores del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Llegados a este punto, ¿cómo no traer a colación aquellas palabras de mi querido paisano y santo patrón, Ignacio de Loyola: «El hombre ha sido creado para dar Gloria a Dios»? San Pablo lo refleja en un bello himno de la Carta a los Efesios: «Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya» (Ef 1, 3-6).

“Proskynesis” y “ad-oratio”

Vuelvo de nuevo al encuentro de la JMJ de Colonia, ya que en él encontramos un riquísimo filón de reflexiones. Pues bien, en la celebración eucarística dominical de clausura, Benedicto XVI aprovechó para hacer una inolvidable catequesis sobre la adoración. (¡He aquí un ejemplo emblemático de la Pastoral Juvenil “fuerte”, a la que me he referido al inicio de esta charla!). Partiendo del hecho de que la Eucaristía es la actualización del Sacrificio de Cristo, el Papa afirma:

«Esta primera transformación fundamental, de la violencia en amor, de la muerte en vida, lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo: sus consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, como hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la Última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra “adoración” en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión; el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que “libertad” no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos; verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aún cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la Última Cena. La palabra latina para adoración es ad-oratio; contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque Aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser».

Vamos a servirnos en este momento de la conferencia, de la reflexión etimológica que el Papa Benedicto XVI realiza sobre el término adoración, según sus acepciones griega y latina.

A) Proskynesis: En la adoración, la santidad y la grandeza de Dios tienen algo de abrumador para la criatura, que se ve sumergida en su nada. Frente a la inmensidad de Dios y frente a su santidad, nos admiramos y maravillamos en su presencia, y reconocemos nuestra pequeñez e indignidad…

B) Ad-oratio: Pero, por otro lado, tiene lugar también una segunda experiencia complementaria, inseparable de la anterior: Nos conmovemos por el hecho de que un Dios infinitamente superior a nosotros se haya fijado en nuestra pequeñez, y nos ame con ternura… La adoración es la expresión de la reacción del hombre sobrecogido por la proximidad de Dios, por su belleza, por su bondad y por su verdad.

Ejemplos de la actitud de adoración, bajo la perspectiva de la proskynesis, los podemos observar en textos bíblicos como el del profeta Ezequiel impactado por la gloria de Yahvé (Ez 1, 27-28), o el de Saulo ante la aparición de Cristo resucitado. Leamos este último:

«Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo,  cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él respondió: ¿Quién eres, Señor?  Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues.  Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer. Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie.  Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco.  Pasó tres días sin ver, sin beber y sin comer» (Hch 9, 3-9).

Por otra parte, un ejemplo de la actitud de adoración bajo la segunda perspectiva, la ad-oratio, lo encontramos en el texto bíblico de la adoración de los Magos de Oriente al Niño Dios: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron…» (Mt 2,11). La trascendencia infinita de Dios está “contenida” y “escondida” en la débil humanidad de aquel niño de Belén. Dios Padre envía su “beso” de amor a la humanidad en la ternura de ese niño. La única respuesta adecuada por nuestra parte es devolver ese beso a Dios, en el acto de la adoración. El gesto que tradicionalmente  realizamos en Navidad al besar la imagen del Niño Dios, es una de las expresiones más significativas de esa ad-oratio a la que se refiere el Papa. La adoración no es sólo sumisión, sino que también se traduce en un misterio de “comunión” y de “unión”.

Comentando el pasaje bíblico del “Evangelio de la Infancia” de San Mateo, el Papa Benedicto XVI hizo el siguiente comentario durante la adoración eucarística de la JMJ de Colonia: «Queridos amigos, ésta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, Él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros “se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo” (cf. Jn 12,24). Él está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a esa peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación del espíritu, y pidámosle a Él que nos guíe».

Pero tengamos en cuenta que estas dos facetas o perspectivas de la adoración, la proskynesis y la ad-oratio, no se dan por separado, sino que se integran en el mismo acto de adoración. Dicho de otro modo, la adoración es algo sencillo y complejo, al mismo tiempo: cuanto más nos acercamos a Dios, la adoración es más simple, hasta el punto de que la proskynesis y la ad-oratio se confunden y se identifican. En la adoración se integran plenamente el “santo temor de Dios” y el “amor a Dios”, como una sola y misma realidad.

Por el contrario, en la medida en que nuestro pecado nos mantiene lejos de Dios, esos dos aspectos —proskynesis y ad-oratio— pueden llegar a experimentarse de una forma discordante, e incluso contradictoria. Por ello, es importante que recurramos a la Sagrada Escritura, como escuela de adoración. En ella aprendemos que la adoración es la expresión del hombre impresionado por la proximidad de Dios. En efecto, la adoración es conciencia viva de nuestro pecado, confusión silenciosa (Job 42, 1-6), veneración palpitante (Sal 5,8), homenaje jubiloso (Sal 95,1-6)…

Gestos de adoración

Tal y como la adoración es descrita en la Sagrada Escritura, implica todo nuestro ser. En consecuencia, es lógico que la expresemos a través de gestos exteriores, en los que se traduce la soberanía divina, así como nuestra respuesta conmovida. Por otra parte, y dado que existe en nosotros una cierta tendencia a resistirnos a la voluntad de Dios y a reducir nuestra oración a meros ritos exteriores, es importante subrayar que la adoración sincera que agrada a Dios es la que brota del corazón.

Los dos gestos fundamentales en los que se expresa la adoración son la “postración” y el “ósculo”; en los que convergen el temor reverente y la atracción fascinante, de la criatura respecto a Dios:

A) La postración, fuera de su sentido religioso, expresa una actitud impuesta a la fuerza por un adversario más poderoso. Así, por ejemplo, Babilonia lo impone a los israelitas cautivos (Is 51,23). En este sentido, es frecuente encontrar en los bajorrelieves asirios a los vasallos del rey arrodillados, con la cabeza prosternada hasta el suelo. Pero en la Sagrada Escritura pronto se nos invita a realizar el signo de postración, como el signo de sometimiento libre, consciente y gozoso a la majestad de Dios. De esta forma, imitamos a Moisés, postrado en el Sinaí en el momento en que recibe las Tablas de la Ley (cf. Ex 34, 8); aprendemos del profeta Daniel, quien tres veces al día, con las manos extendidas, se arrodillaba ante Yahvé (cf. Dn  6, 11); acogemos humildemente la invitación del salmo 95 —«Entrad, adoremos, postrémonos, ¡de rodillas ante Yahvé que nos ha hecho!» (cf. Ps 95, 6)—; evocamos a aquel leproso que, de rodillas ante Jesús, suplicó ser limpiado (cfr. Mc 1, 40); seguimos los pasos de aquel pescador de Galilea, el primero de los papas de la Iglesia, quien se postró de rodillas y oró fervientemente, para pedir a Dios la resurrección de Tabita, en Jope (cf. Hch 9, 40).

B) El ósculo añade al respeto y a la sumisión, el signo de la adhesión íntima y amorosa… Los paganos besaban sus ídolos, pero ese gesto, en el fiel israelita, está reservado para Yahvé: «Pero me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron» (1 R 19, 18).

Sólo Yahvé tiene derecho a la adoración. Si bien el Antiguo Testamento  conoce la postración delante de los hombres (Gen 23, 7.12; 2 Sb 24,20; 2 Re 2,15; 4,37), prohíbe rigurosamente todo gesto de adoración susceptible de ser interpretado como una rivalidad hacia Yahvé: bien sea a ídolos, astros (Dt 4, 19) o dioses extranjeros (Ex 34,14; Nm 25,2). No cabe duda de que la erradicación de todo signo idolátrico fue educando al pueblo de Israel hacia una adoración auténtica. Así se entiende la valentía de Mardoqueo: «Todos los servidores del rey, adscritos a la Puerta Real, doblaban la rodilla y se postraban ante Amán, porque así lo había ordenado el rey; pero Mardoqueo ni doblaba la rodilla ni se postraba. Vio Amán que Mardoqueo no doblaba la rodilla ni se postraba ente él, y se llenó de ira» (Est 3, 2.5). Observamos la misma coherencia en otros pasajes, tales como el de los tres niños judíos ante la estatua de Nabucodonosor: «Sidrac, Mesak y Abdénago tomaron la palabra y dijeron al rey Nabucodonosor: “No necesitamos darte una respuesta sobre este particular. Nuestro Dios, a quien servimos, es capaz de librarnos del horno de fuego ardiente y de tu mano, oh rey. Y si no lo hace, has de saber, oh rey, que nosotros no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has erigido”». (Dan 3,16-18).

En este contexto bíblico, entendemos la respuesta que Jesús da al tentador cuando le pide que se arrodille ante él: «…al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto» (Mt 4,10).

 Con respecto a los gestos exteriores de la adoración (postración y ósculo), me permito llamar la atención sobre el proceso de secularización que con frecuencia se constata en no pocas celebraciones litúrgicas.

 + Algunos sacerdotes y seglares suprimen o cambian los términos con los que la liturgia se refiere a la trascendencia de Dios. Así, por ejemplo, en vez de rezar: “Dios todopoderoso”, corrigen diciendo “Dios cercano”, etc.

 + En muchas iglesias se ha suprimido mayoritariamente el gesto de arrodillarse en el momento de la Consagración. Lo mismo podemos decir con respecto a la genuflexión ante el sagrario.

 + El beso con el que tradicionalmente se adora al Niño Dios en Navidad, o la cruz de Cristo el Viernes Santo, también son frecuentemente suprimidos o sustituidos por meras inclinaciones, aduciendo motivos de higiene o brevedad.

 Todo ello, además de comportar una falta de obediencia a nuestra Madre la Iglesia, supone también el haber asumido, sin el debido juicio crítico, los postulados de la secularización.

Adoración: combate de purificación

 La auténtica adoración a Dios implica una purificación plena, tanto de las concepciones religiosas, como de nuestros criterios, juicios y afectos… Para iluminar este aspecto, bien podríamos recurrir al gesto de la purificación que Jesús hizo en el Templo de Jerusalén, tal y como lo narra el Evangelio de San Juan (Jn 2, 13-25). En efecto, la expulsión de los mercaderes del Templo es una imagen de la purificación de cada uno de nosotros, así como de las propias estructuras eclesiales, de forma que sólo habite en nosotros la gloria de Dios. Al ver el gesto profético del Maestro, los discípulos recordaron las palabras del Antiguo Testamento: «El celo de tu casa me devora» (Jn 2, 17); es decir, allí donde el amor de Dios lo llena todo, no caben idolatrías.

 Pero en el caso presente vamos a apoyarnos en el texto del Génesis, en el que se narra el misterioso episodio de Jacob luchando contra Dios (Gn 32, 23-33), ya que tiene un carácter paradigmático. La reciente catequesis que sobre este texto predicó el Santo Padre, en la Audiencia General del 25 de mayo, ha dado una especial actualidad a este relato. Merece la pena que lo escuchemos:

«Como afirma también el Catecismo de la Iglesia Católica, “la tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia” (n. 2573). El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha por conocer su nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad, fruto de conversión y de perdón.

La noche de Jacob en el vado de Yaboc se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios, que en la oración encuentra su máxima expresión. La oración requiere confianza, cercanía, casi en un cuerpo a cuerpo simbólico, no con un Dios enemigo, adversario, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso; que parece inalcanzable. Por esto, el autor sagrado utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad para alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor; entonces la lucha no puede menos de culminar en la entrega de sí mismo a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence precisamente cuando se abandona en las manos misericordiosas de Dios».

En la oración en general, y especialmente en la oración de adoración, se libra una gran batalla contra el propio yo. La adoración supone un giro copernicano en la concepción vital de nuestra existencia. Se trata del paso de una cosmovisión “egocéntrica” a otra “cristocéntrica”. Ahora bien, como es obvio, esa tarea de centrar nuestra vida en Cristo, no se reduce a una convicción racional, sino que supone toda una tarea de desapego de cuanto nos “descentra” del verdadero “centro”.

La primera batalla que ha de tener lugar en la oración de adoración, es la firme decisión de realizarla. Decía Karl Rahner que, «quien sólo hace oración cuando tiene ganas, quiere decir que se ha resignado a tener cada vez menos ganas de hacer oración». No adorar con perseverancia es ya perder una batalla; porque la oración es el primer deber de un cristiano, el primero de sus apostolados. El conocido refrán español: “primero es la obligación, y luego la devoción”, olvida que la oración es nuestra primera obligación.

En un ambiente donde reina el pragmatismo y la búsqueda de los éxitos fáciles y rápidos, se cae frecuentemente en el peligro de ver la oración como una actividad postergable, o simplemente, prescindible. Recordamos a propósito, aquellas otras palabras de Jesús: «Esta clase de demonios con nada puede ser arrojada sino con la oración» (Mc 9, 29). Sin la fidelidad a la oración, que supere nuestras apetencias, la vida espiritual llegará muy pronto a un punto en el que tocará techo.

En la rica tradición de los Padres del Desierto, con mucha frecuencia se ha descrito la oración en términos de “batalla” y “combate”; lo cual es muy sanador de la concepción ligada  a la “Nueva Era”, en la que se confunde la oración con una técnica de relajación y de búsqueda de bienestar interior. Baste citar el siguiente texto:

«Unos hermanos preguntaron al abad Agatón: “Padre, ¿cuál es la virtud que exige más esfuerzo en la vida religiosa?”. El les respondió: “Perdonadme, pero estimo que nada exige tanto trabajo como el orar a Dios. Si el hombre quiere orar a su Dios, los demonios, sus enemigos, se apresurarán a interrumpir su oración, pues saben muy bien que nada les hace tanto daño como la oración que sube hacia Dios. En cualquier otro trabajo que emprenda el hombre en la vida religiosa, por mucho esfuerzo y paciencia que dicho trabajo exija, tendrá y logrará algún descanso. La oración exige un penoso y duro combate hasta el último suspiro».

Santa Teresa de Jesús, en la cumbre de la mística española, da testimonio de la lucha interior que se produce en la batalla por la perseverancia en la oración, y lo hace con su habitual gracejo y simpatía: «Con frecuencia me ocurría que me ocupaba en esperar que transcurriese rápido el tiempo de la oración, deseando que pasase rápida la hora, hasta el punto que escuchaba cómo sonaban las horas del reloj. Muchas veces hubiese abrazado cualquier penitencia, con tal de no recogerme a hacer oración» (Vida.8, 6).

Superada la tentación contra la perseverancia, frente a la que siempre habremos de estar atentos, la segunda batalla que se libra en la oración de adoración es la purificación de nuestros miedos, incertidumbres, afectos, formas de pensar y de juzgar la existencia, etc. Como decía Jean Lafrance, conocido autor de diversas obras sobre la oración: «La verdadera oración tiene más que ver con la espeleología que con el alpinismo. Trepar hasta arriba por la escalera de la oración es ante todo descender al abismo de la humildad. (…) Si te hace experimentar la miseria de tu impotencia para orar, te dará al mismo tiempo la fuerza para soportarlo y te indicará el medio de clamar a él. Cuando más toques el fondo de tu pobreza, más te elevarás a Dios en la súplica. Cuanto mayor es la fuerza con que una pelota es lanzada al suelo, más rebota hacia arriba».

Que nadie piense que estas reflexiones sobre la “noche oscura” se refieren exclusivamente a los místicos que están en los últimos grados de la vida espiritual. En realidad, la purificación del alma comienza en el mismo momento en que nos tomamos en serio la oración de adoración. Lo que tiene lugar en el alma de cada adorador, es muy similar a lo que describe San Juan de la Cruz, en su ejemplo del “tronco arrojado al fuego”:

«Una vez en medio de las llamas, comienza un lento proceso hasta conseguir que toda la humedad salga fuera y para ello, las llamas “hacen llorar” al tronco, expulsando el agua que tiene dentro. El tronco se afea en un primer momento, con mal olor y totalmente ennegrecido, y de esta forma va sacando fuera todo lo que lleva en su interior contrario al fuego. Finalmente, “purificado de sus pasiones”, se convierte en hermosa brasa, que se confunde con el fuego, y da calor de vida a toda la habitación». (Cf. Noche, libro segundo, 10).

En resumen: La adoración es purificación; la purificación es santificación; y la santificación es glorificación de Dios.

En la escuela de la JMJ: Hacia una espiritualidad de la adoración

Las diversas reflexiones que el Papa Benedicto XVI nos brindó en torno a la adoración eucarística realizada en la JMJ de Colonia, son una buena referencia para extraer conclusiones y hacer aplicaciones en la espiritualidad del adorador.

Aprovechando el lema de aquella JMJ en Alemania —«Hemos venido a adorarlo»—, fijémonos en unas palabras del Papa, pronunciadas en vísperas de su viaje a Alemania, después del ángelus del domingo 7 de agosto:

«Miles de jóvenes están a punto de partir, o ya están en camino, hacia Colonia con motivo de la vigésima Jornada Mundial de la Juventud, que tiene como lema “Hemos venido a adorarlo” (Mateo 2, 2). Se puede decir que toda la Iglesia se está movilizando espiritualmente para vivir este evento extraordinario, contemplando a los magos como singulares modelos en la búsqueda de Cristo, ante el cual arrodillarse en adoración. Pero, ¿qué significa adorar? ¿Se trata quizá de una actitud de otros tiempos, carente de sentido para el hombre contemporáneo? ¡No! Una conocida oración, que muchos rezan por la mañana y por la tarde, inicia precisamente con estas palabras: “Te adoro, Dios mío, te amo con todo el corazón…”. En la aurora y en el atardecer, el creyente renueva cada día su “adoración”, es decir su reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que parte desde lo más hondo del corazón y envuelve todo el ser, porque sólo adorando y amando a Dios sobre todas las cosas el hombre puede realizarse plenamente. 

Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en Él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en el cual, como afirma San Pablo, “habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). (…) Los Santos son quienes han acogido este don y se han convertido en verdaderos adoradores del Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de sus vidas. Con el próximo encuentro de Colonia, la Iglesia quiere proponer a todos los jóvenes del tercer milenio esta santidad, que es la cumbre del amor. 

¿Quién mejor que María nos puede acompañar en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que Ella nos puede enseñar a adorar a Cristo? Que sea Ella quien ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con total entrega».

Ciertamente, esta cita que hemos leído, descubre un corazón enamorado de Dios; el corazón de Benedicto XVI, quien pasará a la historia por su invitación perseverante a la adoración. El Papa nos habla de los santos como los verdaderos adoradores del Dios vivo: Entre ellos los Magos de Oriente, que lo dejaron todo para salir al encuentro del Dios hecho hombre; pero sobre todo, nos propone el modelo de María, quien habiendo engendrado a su Hijo en la carne, le adoró en “espíritu y verdad”.

Si la santidad es la vocación a la que todos los cristianos estamos llamados; y si, como Benedicto XVI había subrayado, la santidad es la condición indispensable para que seamos verdaderos adoradores de Dios; entonces, la conclusión que se deriva es contundente: «La adoración no es un lujo, sino una prioridad» (cf. Benedicto XVI, ángelus del 28-8-2005, Castelgandolfo).

Es decir, Benedicto XVI había incluido la adoración eucarística en la JMJ, para coronar la invitación que su predecesor, el Beato Juan Pablo II, nos dirigió a todos: “No tengáis miedo a ser santos”. Santidad y adoración son conceptos íntimamente unidos. La santidad posibilita la auténtica adoración; al mismo tiempo que la adoración es fuente de santidad.

Actitud de adoración, como estilo de vida cristiana

 A veces se afirma equivocadamente que la adoración eucarística subraya unilateralmente la dimensión vertical de la espiritualidad católica, en detrimento de la dimensión horizontal, social o caritativa. ¡Nada más lejos de la realidad! Bastaría citar tantas experiencias de sanación de los “pobres de Yahvé”, que están teniendo lugar en torno a las capillas de Adoración Perpetua.

 El reconocimiento de que Dios se hace uno de nosotros, poniéndose en nuestras manos, dándose como alimento para la vida del mundo; fundamenta el modelo cristiano de la solidaridad y de la caridad. En la noche de la institución de la Eucaristía, Jesús se ciñó la toalla a la cintura y se arrodilló ante nosotros, realizando el gesto del lavatorio de los pies. La adoración eucarística alimenta en nosotros los mismos sentimientos del Corazón de Cristo; «el cual no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, pasando por uno de tantos» (Flp 2, 6-7).

 Para que el prójimo, y de forma especial los pobres, ocupen el lugar central que deben ocupar en nuestra vida, es indispensable que nuestro “yo” sea destronado. Y para que nuestro “yo” sea destronado, es necesario que la adoración ponga a Cristo en el centro de nuestra existencia. Cuando Cristo ocupa el lugar debido, el resto de las preocupaciones y ocupaciones (muy especialmente nuestra relación con el prójimo), como consecuencia se ven ordenadas.

 Imaginemos una chaqueta caída en el suelo… Si alguien recogiese esa prenda de vestir sujetándola desde el extremo de una de sus mangas, o desde uno de sus bolsillos, el resultado sería un notable desbarajuste. Hay que coger la chaqueta desde los hombros, para colgarla adecuadamente en su percha.

            Con la adoración ocurre algo similar: adorar es coger la vida “por los hombros”, y no “por la manga”. Quien pone a Dios en la cumbre de los valores de su existencia, observa que “todo lo demás” pasa a ocupar el lugar que le corresponde. Adorando a Dios se aprende a relativizar todas las cosas que, aún siendo importantes, no deben ocupar el lugar central, que no les corresponde. La educación en la adoración es totalmente necesaria para el vencimiento de las tentaciones de idolatría, en todas sus versiones y facetas: «Al Señor tu Dios adorarás y solo a Él darás culto» (Mt 4, 10).

En la escuela de Jesús —el verdadero adorador del Padre—, aprendemos que la adoración no se reduce a un momento puntual realizado en la capilla, sino que es una dimensión esencial de la vida del creyente. Se trata de una actitud de vida, la actitud de adoración, tal y como lo expresa San Pablo: «Así que, hermanos, os ruego por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Éste es vuestro culto espiritual (“latreia”, del verbo latreo —adorar—)» (Rm 12, 1).

 En resumen, la Sagrada Escritura no sólo nos invita a “hacer” oración de adoración, sino a “ser” adoradores en espíritu y en verdad; viviendo nuestra existencia como una ocasión providencial  de testimoniar la gloria de Dios. He aquí una buena definición del adorador: “el testigo de la gloria de Dios”.

En la Bula del Jubileo del año 2000, el Beato Juan Pablo II pronunciaba estas hermosas palabras: «Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos». Concluyamos invocando a la Santísima Virgen María, como aquella que nos entregó y nos sigue entregando el Cuerpo y la Sangre de su Hijo para la adoración.

¡De la mano de María, adoremos a Jesucristo!

Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de San Sebastián

 

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El tesoro escondido de la Santa Misa*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 8, 2010

San Leonardo de Porto-Maurizio

(1676-1751)

Franciscano genovés, nacido en Porto Maurizio (hoy Imperia), gran misionero popular, propagador del Via Crucis y predicador incansable de Jesús Crucificado.

Celebraba siempre la Santa Misa con cilicio y en memoria de los siete dolores de la Santísima Virgen llevó por toda la vida una cruz con siete puntas sobre el pecho.

Su apostolado fueron las misiones populares, a las que llamaba “campañas contra el infierno”: en 44 años de misionero recorrió con los pies descalzos, sin sandalias, todos los caminos de la Italia del Norte y Central, predicando 339 misiones y erigiendo 576 viacrucis o “baterías contra el infierno”.

Este “gran cazador del paraíso” —como le llamaba su amigo el papa Benedicto XIV—murió al clausurar una misión, como anhelaba en uno de sus propósitos: “Deseo morir en misión con la espada en la mano contra el infierno”.

Beatificado en 1796 por Pío VI y canonizado en 1867 por Pío IX, Pío XI lo nombró en 1923 patrono de los sacerdotes dedicados a las misiones populares.

Festividad: 26 de noviembre.

CAPÍTULO

EXCELENCIA, NECESIDAD Y UTILIDADES
DE LA SANTA
MISA

 

Antes de principiar te diré que este Santo Sacrificio se llama Misa, esto es, enviada, porque representa la legación que media entre Dios y el hombre; pues Dios envía a su Hijo al altar, y de aquí la Iglesia le envía a su Eter­no Padre para que interceda por los pecadores. (SAN BUENAVENTURA. In exp. Miss.).

 

1. Mucha paciencia se necesita para tole­rar el contagioso lenguaje de algunos liber­tinos que con frecuencia se atreven a difun­dir proposiciones escandalosas, que tienen sabor de muy pronunciado ateísmo, y son un veneno para la piedad cristiana.

“Una Misa más o menos, dicen, poco im­porta”.

“Ya no es tan poca cosa oír la Misa los días de obligación”.

“La Misa de tal sacerdote es una Misa de Semana Santa: y cuando lo veo acercarse al altar escapo de la iglesia”.

Los que así se expresan dan bien a entender que en poco, mejor dicho, que en nada apre­cian el adorable sacrificio de la Misa. ¿Sabes, querido lector, lo que es en realidad la Santa Misa? Es el sol del mundo cristiano, el alma de la fe, el centro de la Religión católica, ha­cia el cual convergen todos los ritos, todas las ceremonias y todos los Sacramentos; en una palabra, es el compendio de todo lo bueno, de todo lo bello que hay en la Iglesia de Dios. Medita, pues, atentamente, piadoso lector, lo que voy a decirte en estas páginas para tu instrucción.

Artículo I

EXCELENCIA DEL SANTO SACRIFICIO

DE LA MISA

2. Es una verdad incontestable, que todas las religiones que existieron desde el principio del mundo establecieron algún sacrificio que constituyó la parte esencial del culto debido a Dios: empero, como sus leyes eran o viciosas o imperfectas, también los sacrificios que prescribían participaban de sus vicios o de sus imperfecciones. Nada más vano que los sacrificios de los idólatras, y por consiguiente no hay necesidad de mencionarlos. En cuanto a los de los hebreos, aun cuando profesaban entonces la verdadera Religión, eran también pobres e imperfectos, pues sólo consistían en figuras: Infirma et egena elementa[1], según expresión del Apóstol San Pablo, porque no podían borrar los pecados ni conferir la divina gracia.

El sacrificio, pues, que poseemos en nuestra Santa Religión es el de la Santa Misa, el único sacrificio santo y de todo punto perfecto. Por medio de él todos los fieles pueden hon­rar dignamente a Dios, reconociendo su dominio soberano sobre nosotros, y protestando al mismo tiempo su propia nada. Por esta razón el santo rey David le llama Sacrificium iustitiae[2]), sacrificio de justicia, no sólo porque contiene al Justo por excelencia y al Santo de los Santos, o mejor dicho, a la Jus­ticia y Santidad por esencia, sino porque san­tifica las almas por la infusión de la gracia y por la abundancia de dones celestiales que les comunica. Siendo, pues, este augusto Sacrificio el más venerable y excelente de todos, y a fin de que te formes la sublime idea que debes tener de un tesoro tan precioso, vamos a explicar sucintamente algunas de sus divinas excelencias, porque para expli­carlas todas se necesitaba otra inteligencia superior a la nuestra.

§ 1. El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz

 

3. La principal excelencia del santo sacri­ficio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calva­rio, con esta sola diferencia: que el sacrifi­cio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en par­ticular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo. De esta manera, el sacrificio san­griento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salva­dor; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos. La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: “Vidi (…) agnum stantem tam­quam occisum”[3].

En el día de Navidad la Iglesia nos repre­senta el Nacimiento del Salvador; sin embar­go, no es cierto que nazca en este día cada año. En el día de la Ascensión y Pentecostés, la misma Iglesia nos representa a Jesucristo subiendo a los cielos y al Espíritu Santo ba­jando a la tierra; sin embargo, no es verdad que en todos los años y en igual día se renueve la Ascensión de Jesucristo al cielo, ni la venida visible del Espíritu Santo sobre la tierra. Todo esto es enteramente distinto del misterio que se verifica sobre el altar, en donde se renueva realmente, aunque de una manera incruenta, el mismo sacrificio que se realizó sobre la cruz con efusión de sangre. El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, el mismo es el que al presente se ofrece en la Misa.

Ésta es la obra de nuestra Redención, que continúa en su ejecución, como dice la Igle­sia: Opus nostrae redemptionis exercetur[4]. Sí, exercetur; se ofrece hoy sobre los altares el mismo sacrificio que se consumó sobre la cruz. 

¡Oh, qué maravilla! Pues dime por favor. Si cuando te diriges a la iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan arrogante? Si la Magdalena al dirigir sus pasos al Calvario se hubiese prosternado al pie de la cruz, estando enga­lanada y llena de perfumes, como cuando de­seaba brillar a los ojos de sus amantes, ¿qué se hubiera pensado de ella? Pues bien; ¿qué se dirá de ti que vas a la Santa Misa ador­nado como para un baile? ¿Y qué será si vas a profanar un acto tan santo con miradas y señas indecentes, con palabras inútiles y en­cuentros culpables y sacrílegos? Yo digo que la iniquidad es un mal en todo tiempo y lu­gar; pero los pecados que se cometen durante la celebración del santo sacrificio de la Misa y en presencia de los altares, son pecados que atraen sobre sus autores la maldición del Señor: Maledictus qui facit opus Domini fraudulenter[5]. Medítalo atentamente mientras que te manifiesto otras maravillas y ex­celencias de tan precioso tesoro.

§ 2. El santo sacrificio de la Misa tiene por principal sacerdote al mismo Jesucristo. Funciones del celebrante y de los asistentes

 

4. Imposible parece poderse hallar una prerrogativa más excelente del sacrificio de la Misa, que el poderse decir de él que es, no sólo la copia, sino también el verdadero y exacto original del sacrificio de la cruz; y, sin embargo, lo que lo realza más todavía, es que tiene por sacerdote un Dios hecho hombre. Es indudable que en un sacrificio hay tres cosas que considerar: el sacerdote que lo ofrece, la Víctima que ofrece, y la majestad de Aquél a quien se ofrece. He aquí, pues, el maravilloso conjunto que nos presenta el santo sacrificio de la Misa bajo estos tres puntos de vista. El sacerdote que lo ofrece es un Hombre-Dios, Jesucristo; la víctima ofre­cida es la vida de un Dios, y aquél a quien se ofrece no es otro que Dios. Aviva, pues, tu fe, y reconoce en el sacerdote celebrante la adorable persona de Nuestro Señor Jesucris­to. Él es el primer sacrificador, no solamen­te por haber instituido este sacrificio y porque le comunica toda su eficacia en virtud de sus méritos infinitos, sino también porque, en cada Misa, Él mismo se digna conver­tir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima. Ve, pues, cómo el privilegio más augusto de la Santa Misa es el tener por sacer­dote a un Dios hecho hombre. Cuando consi­deres al sacerdote en el altar, ten presente que su dignidad principal consiste en ser el ministro de este Sacerdote invisible y eterno, nuestro Redentor. De aquí resulta que el sa­crificio de la Misa no deja de ser agradable a Dios, cualquiera que sea la indignidad del sacerdote que celebra, puesto que el principal sacrificador es Jesucristo Nuestro Señor, y el sacerdote visible no es más que su humilde ministro. Así como el que da limosna por mano de uno de sus servidores es considerado justamente como el donante principal; y aun cuando el servidor sea un pérfido y un malvado, siendo el señor un hombre justo, su limosna no deja de ser meritoria y santa.

¡Bendita sea eternamente la misericordia de nuestro Dios por habernos dado un sacer­dote santo, santísimo, que ofrece al Eterno Padre este Divino Sacrificio en todos los paí­ses, puesto que la luz de la fe ilumina hoy al mundo entero! Sí, en todo tiempo, todos los días y a todas horas; porque el sol no se oculta a nuestra vista sino para alumbrar a otros puntos del globo; a todas horas, por consiguiente, este Sacerdote santo ofrece a su Eterno Padre su Cuerpo, su Sangre, su Alma, a sí mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se celebren en todo el uni­verso. ¡Oh, qué inmenso y precioso tesoro! ¡Qué mina de riquezas inestimables poseemos en la Iglesia de Dios! ¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos asistir a todas esas Misas! ¡Qué capital de méritos adquiriríamos! ¡Qué co­secha de gracias recogeríamos durante nues­tra vida, y qué inmensidad de gloria para la eternidad, asistiendo con fervor a tantos y tan Santos Sacrificios!

5. Pero ¿qué digo, asistiendo? Los que oyen la Santa Misa, no solamente desempe­ñan el oficio de asistentes, sino también el de oferentes; así que con razón se les puede llamar sacerdotes: Fecisti nos Deo nostro regnum, et sacerdotes[6]. El celebrante es, en cierto modo, el ministro público de la Iglesia, pues obra en nombre de todos: es el media­dor de los fieles, y particularmente de los que asisten a la Santa Misa, para con el Sacer­dote invisible, que es Jesucristo Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno, en nombre de todos y en el suyo, el precio infinito de la redención del género humano. Sin embargo, no está solo en el ejercicio de este augusto misterio; con él concurren a ofrecer el sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa. Por eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice: Orate, fratres: “Orad, hermanos, para que mi sacri­ficio, que también es el vuestro, sea agradable a Dios Padre todopoderoso”. Por estas palabras nos da a entender que, aun cuando él desempeña en el altar el principal papel de ministro visible, no obstante todos los presentes hacen con él la ofrenda de la Víctima Santa.

Así, pues, cuando asistes a la Misa, desem­peñas en cierto sentido las funciones de sacer­dote. ¿Qué dices ahora? ¿Te atreverás todavía de aquí en adelante a oír la Santa Misa sentado desde el principio hasta el fin, char­lando, mirando a todas partes, o quizás medio dormido, satisfecho con pronunciar bien o mal algunas oraciones vocales, sin fijar la atención en que desempeñas el tremendo mi­nisterio de sacerdote? ¡Ah! Yo no puedo menos de exclamar: ¡Oh, mundo ignorante, que nada comprendes de misterios tan subli­mes! ¡Cómo es posible estar al pie de los altares con el espíritu distraído y el corazón disipado, cuando los Ángeles están allí tem­blando de respeto y poseídos de un santo temor a vista de los efectos de una obra tan asombrosa!

§ 3. El sacrificio de la Misa es el prodigio más asombroso de cuantos ha hecho la Omnipotencia divina

6. ¿Te admirarás acaso al oírme decir que la Santa Misa es una obra asombrosa? ¡Ah! ¿Tan poca cosa es a tus ojos la maravilla que se verifica a la palabra de un simple sacerdote? ¿Qué lengua de hombres, ni aun de ángeles, podrá explicar jamás un poder tan ilimitado? ¿Quién hubiera podido conce­bir que la voz de un hombre, que ni aun pue­de sin algún esfuerzo levantar una paja, de­bería estar por gracia, dotada de una fuerza tan prodigiosa que obligase al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra? Éste es un poder mucho mayor que el de trasladar los montes de un lugar a otro, secar el Océano, o dete­ner el curso de los astros. Éste es un poder que de algún modo rivaliza con aquel primer Fiat, por medio del cual sacó Dios el mundo de la nada y que parece aventajar, en cierto sentido, al otro Fiat, por el cual la Santísima Virgen recibió en su seno al Verbo Eterno. Con efecto, la Santísima Virgen no hizo más que suministrar la materia para el Cuerpo del Salvador, que fue formado de su substancia, es decir, de su preciosísima sangre, pero no por medio de Ella, ni de su operación; mientras que la voz del sacerdote, en cuanto obra como instrumento de Nuestro Señor Jesucristo, en el acto de la consagración reproduce de una manera admirable al Hombre-Dios, bajo las especies sacramentales, y esto tantas cuantas veces consagra.

El Beato Juan el Bueno de Mantua con un milagro hizo conocer en cierto día esta verdad a un ermitaño, compañero suyo. No podía éste comprender que la palabra del sacerdote fuese bastante poderosa para con­vertir la substancia del pan y del vino, en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucris­to; y, lo que aún es más lamentable, cedió a las sugestiones del demonio. Tan pronto el venerable Siervo de Dios se apercibió del gravísimo error de su compañero, lo condujo cerca de una fuente, de la que sacó un poco de agua, que le hizo tomar. El ermitaño, des­pués de haberla bebido, declaró que jamás había gustado un vino tan delicado. Pues bien, le dijo entonces el Siervo de Dios, ¿veis lo que significa este prodigio? Si por mi mediación, y eso que no soy más que un mi­serable mortal, la virtud divina ha mudado el agua en vino, ¿con cuánta mayor razón de­béis creer que por medio de las palabras del sacerdote, que son las palabras del mismo Dios, el pan y el vino se convierten en el Cuer­po y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Quién, pues, se atreverá a fijar límites a la omnipotencia de Dios? Esto bastó para ilustrar a aquel afligido solitario, quien, alejando de repente todas las dudas que atormentaban su alma, hizo una austera penitencia de su pecado.

Tengamos fe, pero fe viva, y confesaremos que son innumerables las maravillosas exce­lencias contenidas en este adorable Sacrificio. Entonces no nos asombraremos viendo reno­varse a cada instante, y en mil y mil luga­res diversos, el prodigio de la multiplicación de la Humanidad sacratísima del Salvador, por la cual goza de una especie de inmensi­dad no concedida a ningún otro cuerpo, y re­servada a ella sola en recompensa de una vida inmolada al Altísimo. Esto es lo que el demonio, hablando por boca de una obsesa o endemoniada, hizo comprender a un judío incrédulo, valiéndose de una comparación material y ordinaria. Encontrábase este judío en una plaza pública con otras muchas perso­nas entre las cuales estaba la obsesa, cuando vio pasar un sacerdote que, seguido de una numerosa comitiva, llevaba a un enfermo el Sagrado Viático. Todos se arrodillaron al ins­tante para adorar al Santísimo Sacramento; pero el judío permaneció inmóvil y no dio la menor señal de respeto. Apercibiéndose de ello la obsesa, se levantó con ira, y dando al judío un fuerte bofetón, le quitó con violencia su sombrero. “Desgraciado, le dice, ¿por qué no rindes homenaje al verdadero Dios, que está presente en este Divino Sacramento? — ¿Qué verdadero Dios? replicó el judío; si así fuese, pudiera decirse que había muchos dio­ses, puesto que cuando se celebra la Misa hay uno en cada altar”. Al oír estas palabras tomó la obsesa una criba, y poniéndola en frente del sol, le dijo al judío que mirase los rayos que pasaban por medio de los agujeros, y en seguida añadió: “Dime, judío, ¿son muchos los soles que atraviesan esta criba, o no hay más que uno?” El judío contestó que sólo había uno, no obstante la multiplicación de rayos. “¿Por qué te asombras, pues, repuso la obsesa, de que un Dios hecho hombre, aunque uno, indivisible e inmutable, se ponga por un exceso de amor, real y verdaderamente presente bajo los velos del Sacramento y sobre muchos altares a la vez?” Esta refle­xión fue bastante para confundir la perfidia del judío, que se vio obligado a confesar la verdad de la fe.

¡Oh fe santa! Necesitamos un rayo de tu luz para repetir con fervor: ¿Quién se atre­verá jamás a fijar límites a la omnipotencia de Dios? La sublime idea que Santa Teresa de Jesús había concebido de esta omnipo­tencia, le hacía decir a menudo, que cuanto más profundos e inaccesibles a nuestro en­tendimiento eran los misterios de nuestra Re­ligión, más se adhería a ellos, con más firmeza y devoción, sabiendo muy bien que el Todopoderoso puede hacer, si es de su divino agrado, prodigios infinitamente más admira­bles que todo cuanto vemos. Aviva, pues, mucho tu fe, y confesarás que este Divino Sacrificio es el milagro de los milagros, la maravilla de las maravillas, y que su princi­pal excelencia consiste en ser incomprensible a nuestra débil inteligencia, y lleno de asom­bro di una y mil veces: ¡Ah qué gran tesoro! ¡Cuán inmenso es! Pero si su prodigiosa ex­celencia no basta a conmoverte, te conmove­rás, sin duda, en vista de la suprema necesi­dad que tenemos de este Santísimo Sacrificio.

Artículo II

NECESIDAD DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA PARA APLACAR LA IRA DE DIOS

7. ¿Qué sería del mundo si llegase a verse privado del sol? ¡Ay! No habría en él más que tinieblas, espanto, esterilidad, miseria horrible. Y ¿qué sería de nosotros faltando del mundo la Misa? ¡Ah! ¡Desventurados de nosotros! Estaríamos privados de todos los bienes, oprimidos con el peso de todos los males; estaríamos expuestos a ser el blanco de todos los rayos de la ira de Dios. Admí­ranse algunos al ver el cambio que, en cierta manera, se ha verificado en la conducta de la providencia de Dios con respecto al gobierno de este mundo. Antiguamente se hacía lla­mar: El Dios de los ejércitos. Hablaba a su pueblo en medio de nubes y armado de ra­yos, y de hecho lo castigaba con todo el rigor de su divina justicia. Por un solo adulterio hizo pasar a cuchillo veinticinco mil personas de la tribu de Benjamín. Por un ligero senti­miento de orgullo que dominó al rey David, por contar su pueblo, Dios le envió una peste tan terrible, que en muy pocas horas perecie­ron setenta mil personas[7]. Por haber mirado los betsamitas el Arca Santa con mucha curiosidad y poco respeto, Dios quitó la vida a más de cincuenta mil[8]. Y ahora, he aquí que este mismo Dios sufre con paciencia, no sólo la vanidad y las ligerezas de la incons­tancia, sino también los adulterios más as­querosos, los escándalos más repugnantes y las blasfemias más horribles, que un gran número de cristianos vomitan continuamente contra su santo nombre. ¿Cómo, pues, se concibe esto? ¿Por qué tal diversidad de con­ducta? ¿Nuestras ingratitudes serán hoy más excusables que lo eran en otros tiempos? No, por cierto; antes al contrario, son mucho más criminales en razón de los inmensos beneficios de que hemos sido colmados. La verdadera causa de esa clemencia admirable por parte de Dios es la Santa Misa, en la que el Cordero sin mancha se ofrece sin cesar al Eterno Padre como víctima expiatoria de los pecados del mundo. He ahí el sol que llena de regocijo a la Santa Iglesia, que disipa las nubes y deja el cielo sereno. He ahí el arco iris que apacigua las tempestades de la justicia de Dios. Yo estoy firmemente per­suadido de que sin la Santa Misa, el mundo a la hora presente estaría ya abismado y hu­biera desaparecido bajo el inmenso peso de tantas iniquidades. El adorable Sacrificio del altar es la columna poderosa que lo sostiene.

De lo dicho, pues, hasta aquí, bien puedes deducir cuán necesario nos es este divino Sacrificio; mas no basta el que así sea, si no nos aprovechamos de él en las ocasiones. Cuando asistimos, pues, a la Santa Misa, de­bemos imitar el ejemplo del célebre ALFONSO DE ALBUQUERQUE. Viéndose este famoso conquistador de las Indias orientales en inmi­nente peligro de naufragar con todo su ejérci­to, tomo en sus brazos un niño que se hallaba en la nave, y elevándolo hacia el cielo, dijo: “Si nosotros somos pecadores, al menos esta tierna criatura libre está ciertamente de pecado. ¡Ah, Señor! por amor de este inocente, perdonad a los culpables”. ¿Lo creerías? Agradó tanto al Señor la vista de aquel niño inocente, que, tranquilizado el mar, se trocó en alegría el temor a una muerte inminente. Ahora bien; ¿qué piensas que hace el Eterno Padre cuando el sacerdote, elevando la Sa­grada Hostia entre el cielo y la tierra, le hace presente la inocencia de su divino Hijo? ¡Ah! Ciertamente su compasión no puede resistir el espectáculo de este Cordero sin mancha, y se siente como obligado a calmar las tempes­tades que nos agitan y socorrer todas nues­tras necesidades. No lo dudemos; sin esta Víctima adorable, sacrificada por nosotros primeramente sobre la cruz, y después todos los días sobre nuestros altares, ya estaría decretada nuestra reprobación y cada cual hubiera podido decir a su compañero: ¡Hasta la vista en el infierno! ¡Si, sí, hasta volver a vernos en el infierno!… Pero, gracias al tesoro de la Santa Misa que poseemos, nues­tra esperanza se reanima, y nos asegura de que el paraíso será nuestra herencia. Debe­mos, pues, besar nuestros altares con respeto, perfumarlos con incienso por gratitud, y sobre todo honrarlos con la más perfecta modestia, puesto que de allí recibimos todos los bienes. No cesemos de dar gracias al Eterno Padre por habernos colocado en la dichosa necesidad de ofrecerle a menudo esta Víctima celestial, y todavía más por las utilidades inmensas que podemos reportar si somos fieles, no solamente en ofrecerla, sino en ofrecerla según los fines para que se nos ha concedido tan precioso don.

Articulo III

 

UTILIDADES OUE NOS PROPORCIONA EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

 

 

§ 1. Nos hace capaces de pagar todas las deudas que tenemos contraídas con Dios

 

8. Lo magnífico y lo bello son dos alicien­tes que ejercen un poderoso imperio sobre los corazones; pero la utilidad hace más que conmoverlos, pues triunfa de ellos casi siempre, aún a despecho de las más fuertes repugnan­cias. Prescinde, por un momento si quieres, de la excelencia y necesidad de la Santa Mi­sa; ¿podrás, sin embargo, prescindir de apre­ciar la suma utilidad que ella proporciona a los vivos y a los muertos, a los justos y a los pecadores, durante la vida, en la hora de la muerte y aún más allá de la tumba?

Figúrate que eres aquel deudor del Evan­gelio que, cargado con la enorme deuda de diez mil talentos y llamado a rendir cuentas, se humilla en presencia de su acreedor, im­plora su indulgencia, y pide un plazo para satisfacer cumplidamente sus obligaciones: Patientiam habe in me, et omnia reddam ti­bi[9]. Y he ahí lo que en realidad debes hacer que tienes, no una, sino mil deudas que sa­tisfacer a la Justicia divina. Humiliate y pide de plazo para pagarlas el tiempo que nece­sitas para oír la Santa Misa, y puedes estar seguro de que por este medio satisfarás cum­plidamente todas tus deudas. (SANTO TOMÁS, 1.2., q. 102, a. 3, ad 10).

El Angélico doctor SANTO TOMÁS explica cuáles son nuestras deudas u obligaciones para con Dios, y entre ellas cita especialmente cuatro, y todas son infinitas.

La primera, alabar y honrar la infinita ma­jestad de Dios, que es digna de honores y alabanzas infinitas.

La segunda, satisfacer por los innumera­bles pecados que hemos cometido.

La tercera, darle gracias por los beneficios recibidos.

La cuarta, en fin, dirigirle súplicas, como autor y dispensador de todas las gracias.

Ahora bien: ¿cómo se concibe que noso­tros, criaturas miserables que nada poseemos en propiedad, ni aún el aire que respiramos, podamos, sin embargo, satisfacer deudas de tanto peso? He ahí el medio más fácil y el más a propósito para consolarnos y consolar al mundo. Procuremos asistir con la mayor atención al mayor número de Misas que nos sea posible; hagamos celebrar muchas, y por exorbitantes que sean nuestras deudas, por más que sean sin número, no hay duda que podremos satisfacerlas completamente por medio del inagotable tesoro de la Santa Misa.

A fin de que estés mejor instruido acerca de estas deudas, y que tengas de ellas el co­nocimiento más perfecto posible, voy a explanarlas una por una, y seguramente te llenarás de inefable consuelo al ver las preciosas utili­dades y las riquezas inagotables que puedes sacar de la mina que te descubro, para satis­facerlas todas.

§ 2. Primera obligación: alabar y adorar a Dios

 

9. La primera obligación que tenemos para con Dios, es la de honrarle. La misma ley natural nos dicta que todo inferior debe homenaje a su superior; y cuanto más ele­vada sea su dignidad, mayores y más profun­dos deben ser los homenajes que se le tri­buten.

Resulta, pues, de aquí que, siendo la majestad de Dios infinita, le debemos un honor infinito. Pero ¡pobres de nosotros! ¿En dónde encontraremos una ofrenda que sea digna de nuestro Soberano Creador? Dirige una mirada a todas las criaturas del universo, y nada verás que sea digno de Dios. ¡Ah! ¿Qué ofrenda podrá ser jamás digna de Dios, sino el mismo Dios? Es preciso, pues, que Aquél que está sentado sobre su trono en lo más alto de los cielos, baje a la tierra y se coloque como víctima sobre sus propios altares, para que los homenajes tributados a su infi­nita majestad estén en perfecta relación con lo que ella merece. He aquí lo que se verifica en la Misa: en ella Dios es tan honrado como lo exige su dignidad, puesto que Dios se hon­ra a sí mismo. Jesucristo se pone sobre el altar en calidad de víctima, y por este acto de humillación inefable adora a la Santísima Trinidad tanto como es adorable: y de tal manera, que todas las adoraciones y homena­jes que le tributan las puras criaturas desa­parecen ante este acto de humillación del Hombre-Dios, coma las estrellas ante la pre­sencia de los rayos del sol.

Cuéntase que un alma santa, abrasada por el fuego del amor de Dios y llena del deseo de su gloria, exclamaba con frecuencia: “¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo quisiera tener tantos corazones y lenguas como hojas hay en los árboles, átomos en los aires y gotas de agua en el mar, para amaros y alabaros tanto como merecéis! ¡Ah! ¡Quién me diera que yo pudiera disponer de todas las criaturas para ponerlas a vuestros pies, a fin de que todas se inflamasen de amor por Vos, con tal que yo os amase más que todas ellas jun­tas, más aún que los Ángeles, más que los Santos, más que todo el paraíso!” Un día que ella se entregaba a estos dulcísimos transportes, oyó la voz del Señor que le decía: “Consuélate, hija mía; con asistir a una sola Misa con devoción me darás toda esa gloria que deseas, e infinitamente más todavía”.

¿Te admiras quizás de esta proposición? En este caso tu admiración no sería razona­ble. En efecto, como nuestro buen Salvador no es solamente hombre, sino también Dios verdadero y todopoderoso, al dignarse bajar sobre el altar tributa a la Santísima y adorable Trinidad, por esta humillación divina, una gloria y honor infinito, y por consiguiente nosotros, que concurrimos con Él a ofrecer el augusto Sacrificio, contribuimos también, por su mediación, a tributar a Dios homena­jes y gloria de un precio infinito.

¡Oh qué acto tan grandioso! Repitámoslo una vez más, porque importa mucho el saberlo. Oyendo con devoción la Santa Misa, da­mos a Dios una gloria y honor infinitos. Con­fiesa, pues, en medio de tu admiración, que es una verdad incontestable la proposición arriba enunciada, a saber: que un alma que asiste a la Santa Misa con devoción, tributa a Dios más gloria que todos los Ángeles y Santos con las adoraciones que le dirigen en el cielo. Como éstos no son más que puras criaturas, sus homenajes son limitados y fi­nitos; mientras que en la Santa Misa Jesús es quien se humilla, Jesús cuyas humillaciones son de un mérito y precio infinito: de lo cual se deduce que la gloria y el honor que por su medio damos a Dios, ofreciéndole el santo sacrificio de la Misa, es una gloria y honor infinitos. Y siendo esto así, ¡ah! ¡cuán dignamente satisfacernos nuestra primera obliga­ción para con Dios asistiendo a la Santa Misa! ¡Oh mundo ciego e insensato! ¡Cuándo abri­rás los ojos para comprender verdades tan importantes! Y habrá todavía quien tenga valor para decir: “Una Misa más o menos ¿qué importa?” ¡Qué ceguedad tan deplorable!

§ 3. Segunda obligación: satisfacer a la Justicia divina por los pecados cometidos

10. La segunda obligación que tenemos para con Dios es la de satisfacer a su divina Justicia por tantos pecados como hemos cometido. ¡Ah, qué deuda ésta tan inmensa! Un solo pecado mortal pesa de tal manera en la balanza de la Justicia divina, que para expiarlo no bastan todas las obras buenas de los justos, de los Mártires y de todos los Santos que existieron, existen y han de existir hasta el fin del mundo. Sin embargo, por medio del santo sacrificio de la Misa, si se considera su mérito y su valor intrínseco, se puede satisfacer plenamente por todos los pe­cados cometidos. Fija bien aquí tu atención, y comprenderás una vez más lo que debes a Nuestro Señor Jesucristo. Él es el ofendido, y a pesar de esto, no contento con haber sa­tisfecho a la Justicia divina sobre el Calvario, nos dio y nos da continuamente en el santo sacrificio de la Misa el medio de aplacarla. Y a la verdad, en la Misa se renueva la ofrenda que Jesucristo hizo de sí mismo a su Eterno Padre sobre la cruz por todos los pecados del mundo; y la misma sangre que ha sido de­rramada por la redención del humano linaje es aplicada y se ofrece, especialmente en la Santa Misa, por los pecados del que celebra o hace celebrar este tremendo Sacrificio, y por los de todos cuantos asisten a él con devoción.

No es esto decir que el sacrificio de la Misa borre por sí mismo inmediatamente nuestros pecados en cuanto a la culpa, como lo hace el sacramento de la Penitencia; sin embargo, los borra mediatamente, esto es, por medio de movimientos interiores, de santas inspiracio­nes, de gracias actuales y de todos los auxi­lios necesarios que nos alcanzan para arre­pentirnos de nuestros pecados, ya en el mo­mento mismo en que asistimos a la Misa, ya en otro tiempo oportuno. Además, Dios sabe cuántas almas se han apartado del cieno de sus desórdenes en virtud de los auxilios ex­traordinarios debidos a este Divino Sacrificio. Advierte aquí que si el sacrificio, en cuanto es propiciatorio, no aprovecha al que se halla en pecado mortal, siempre le vale como im­petratorio, y por consiguiente todos los pe­cadores debían oír muchas Misas, a fin de alcanzar más fácilmente la gracia de su conversión y perdón.

En cuanto a las almas que viven en estado de gracia, la Santa Misa les comunica una fortaleza admirable para perseverar en tan dichoso estado, y borra inmediatamente, según la opinión más común, todos los pecados veniales, con tal que se tenga dolor general de ellos. Así lo enseña clara y terminante mente SAN AGUSTÍN. “El que asista con devo­ción a la Misa, dice este Santo Padre, será fortalecido para no caer en pecado mortal, y alcanzará el perdón de todas las faltas leves cometidas anteriormente”. Nada hay en esto que deba admirarse. Refiere SAN GREGORIO EL GRANDE (4 Dial. c. que una pobre mujer mandaba celebrar una Misa todos los lunes por el eterno descanso del alma de su marido, que había sido reducido a esclavitud por los bárbaros (y a quien creía muerto), y que las Misas le hacían caer las cadenas de sus manos y pies, de manera que durante el tiempo de la celebración del Santo Sacrificio el esclavo permanecía libre y desembarazado de sus hierros, según él mismo confesó a su mujer después de haber conseguido la liber­tad. Ahora bien: ¿Con cuánta mayor razón debemos creer en la eficacia del Divino Sa­crificio, para romper los lazos espirituales, esto es, los pecados veniales, que tienen cau­tiva nuestra alma y la privan de aquella li­bertad y de aquel fervor con que obraría si estuviese libre de todo embarazo? ¡Oh Misa preciosa, que nos proporciona la libertad de los hijos de Dios y satisface todas las penas debidas por nuestros pecados!

11. Según eso, me dirás acaso, bastará oír o hacer celebrar una sola Misa para pagar las enormes deudas contraídas con Dios por tantos pecados como hemos cometido, y satisfacer todas las penas por ellos merecidos, toda vez que la Misa es de un precio infinito, y por ella se ofrece a Dios una satisfacción infinita. Poco a poco, si te place. — Aunque la mina et peccata etiam ingentia dimittit”. (Sess. 22, c. II)[10]. 

Sin embargo, como no tenéis conocimiento cierto, ni de las disposiciones interiores con que oís la Santa Misa, ni del grado de satisfacción que le corresponde, debéis tomar el partido más seguro de asistir a muchas Mi­sas, y asistir con la mayor devoción posible. ¡Dichosos vosotros, sí, una y mil veces dicho­sos, si tenéis una gran confianza en la miseri­cordia de Dios y en este Divino Sacrificio, en donde brilla admirablemente! ¡Dichosos si asistís siempre a la Santa Misa con fe viva y con gran recogimiento! ¡Ah! en este caso os digo que podéis alimentar en el fondo de vuestro corazón la dulcísima esperanza de ir derechamente al Paraíso sin parar un instante en las penas del purgatorio. ¡A Misa, pues, a Misa! y sobre todo que vuestros labios no pronuncien jamás esta proposición escandalosa: “Una Misa más o menos poco importa”.

§ 4. Tercera obligación: Acción de gracias a Dios por los beneficios recibidos

 

12. La tercera obligación que tenemos pa­ra con Dios es la de darle gracias por los inmensos beneficios que debemos a su amor y a su liberalidad. Repasa con tu entendimien­to todos los favores que has recibido de Dios, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia: el cuerpo y sus sentidos, el alma y sus potencias, la salud y la vida, que todo lo debemos a su infinita bondad. Añade a éstos la misma vida de Jesús, su Hijo, su misma muerte sufrida por nosotros, y cono­cerás no tener límites nuestra deuda por sus innumerables beneficios.

Ahora bien; ¿cómo podremos jamás corresponder debidamente a tantos beneficios? Si la ley de la gratitud es observada hasta por las fieras, cuya ferocidad natural se cambia alguna vez en un generoso obsequio a su bienhechor, ¿será esta ley menos sagrada para los seres dotados de razón y colmados por Dios de tantas gracias? Sin embargo, nuestra pobreza es tan grande, que no podemos pagar ni el menor de los beneficios que debemos a su liberalidad, porque el menor de ellos, por lo mismo que lo recibimos de una mano tan augusta, y que está acompañado de un amor infinito, adquiere un precio infinito, y nos obliga a un reconocimiento y acción de gra­cias igualmente infinito. Mas ¡ay! ¡cuán mi­serables somos! Si el peso de un solo bene­ficio nos oprime, ¿qué será, cuánto no deberá agobiarnos la incalculable multitud de los fa­vores celestiales? — Henos, pues, condenados forzosamente a vivir y morir en la ingratitud para con nuestro soberano Bienhechor. — Pero no, consolémonos; pues el santo rey David nos indica ya el medio de satisfacer plenamente esta deuda de gratitud a los be­neficios de nuestro Dios. Previendo en espí­ritu el Divino Sacrificio de nuestros altares, el Profeta Rey proclama abiertamente que nada hay en el mundo que sea capaz de dar a Dios las acciones de gracias que le son debi­das, a no ser la Santa Misa. ¿Qué daré yo al Señor en recompensa de los beneficios que me ha hecho? “Quid retribuam Domino om­nibus quae retribuit mihi?”[11]. Y dándose a sí mismo la respuesta, dice: Yo elevaré hacia el cielo el cáliz del Salvador: “Calicem saluta­ris accipiam”[12]; es decir: yo le ofreceré un sa­crificio que le será infinitamente agradable, y con esto solo yo satisfaré la deuda que tengo contraída por tantos y tan preciosos beneficios.

Añade que nuestro Divino Redentor ha ins­tituido este sacrificio principalmente con este fin; quiero decir, para manifestar a Dios nues­tro reconocimiento y darle gracias. Por eso se le da por antonomasia el nombre de Euca­ristía: palabra que significa acción de gracias. El mismo Salvador nos ha manifestado este designio con el ejemplo que nos dio en la última Cena, cuando, antes de pronunciar las palabras de la consagración, dio gracias a su

Eterno Padre: Elevatis oculis in coelum, tibi gratias agens. ¡Oh divina acción de gracias, que nos descubre el fin sublime por el que fue instituido este adorable Sacrificio! ¡Qué invitación tan tierna a conformarnos con nuestro Divino Maestro! Todas las veces, pues, que asistimos a la Santa Misa, sepamos aprovecharnos de este inmenso tesoro, y ofrezcámoslo en testimonio de agradecimien­to a nuestro Soberano Bienhechor; y tanto más, cuanto que todo el Paraíso, la Santísima Virgen, los Ángeles y Santos se regocijan de vernos pagar este tributo de acción de gra­cias a nuestro augusto Monarca.

13. La venerable Hermana Francisca Far­nesia estaba afligida del más vivo sentimien­to, viéndose colmada de pies a cabeza de los beneficios divinos, y sin hallar un medio de descargarse de su deuda de gratitud a Dios, satisfaciéndole con una justa recompensa. Un día que se entregaba a estos pensamientos, inspirados por un ardiente amor de Jesús, se le apareció la Santísima Virgen, y colocándole en sus brazos a su Divino Hijo, le dijo: “Tómale; es tuyo, y saca de Él todo el provecho posible: con Él y sólo con Él satisfarás todas tus obligaciones”. ¡Oh preciosa Misa, por la cual el Hijo de Dios es depositado, no solamente en nuestros brazos, sino también en nuestras manos y hasta en nuestro corazón, para estar enteramente a disposición nuestra: “Parvulus enim natos est nobis”![13]

Con Él, pues, con Él solo podemos sin duda alguna satisfacer por completo la deuda de gratitud que tenemos con Dios. Aún diré mucho más. Si fijamos bien nuestra atención, veremos que en la Santa Misa damos a Dios, en cierta manera, más de lo que Él nos ha dado, si no en realidad, a lo menos en apa­riencia, porque el Padre Eterno, no nos dio a su Divino Hijo más que una sola vez, en la Encarnación, mientras que nosotros se lo ofrecemos infinitas veces por medio de este Sacrificio. Parece, pues, que le ganamos en cierto modo, si no por la cualidad del don, puesto que no es posible que lo haya más excelente que el Hijo de Dios, a lo menos por las apariencias, en tanto que ofrecemos este don repetidas veces.

¡Oh gran Dios! ¡Oh Dios de amor! ¡Quién tuviere infinitas lenguas para daros acciones de gracias infinitas por el inmenso tesoro con que nos habéis enriquecido en la Santa Misa! ¿Y cuáles son ahora ¡oh cristiano lector! tus sentimientos? ¿Has abierto al fin los ojos y reconocido el precio de este tesoro? Si hasta aquí ha sido para ti un tesoro escondido, ahora que comienzas a apreciarlo, ¿podrás prescindir de exclamar en medio de la admi­ración más profunda: ¡Ah! ¡Qué inmenso tesoro! ¡Qué precioso tesoro!?

§ 5. Cuarta obligación: Implorar nuevas gracias

14. No se limita a lo dicho la inmensa utilidad del santo sacrificio de la Misa. Por ella podemos, además, satisfacer la obligación que tenemos para con Dios de implorar su asistencia y pedirle nuevas gracias. Ya sabes cuán grandes son tus miserias, así corporales como espirituales, y cuánto necesitas, por consiguiente, recurrir a Dios para que te asis­ta y no cese de socorrerte a cada instante, puesto que es el Autor y principio de todo bien, en el tiempo y en la eternidad. Pero, por otra parte, ¿con qué título y con qué confian­za te atreverías a pedir nuevos beneficios, en vista de la excesiva ingratitud con que has correspondido a tantos favores que te ha concedido, hasta el extremo de haberlos conver­tido contra Él mismo para ofenderlo? Sin embargo, no te desanimes, porque si no eres digno de nuevos beneficios por méritos pro­pios, alguien los ha merecido para ti. Nues­tro buen Salvador ha querido con este fin po­nerse sobre el altar en el estado de Hostia pacífica, o sea un sacrificio impetratorio, para en él alcanzarnos de su Eterno Padre todo aquello de que tenemos necesidad. Sí, nuestro dulce y muy amado Jesús, en su ca­lidad de primero y supremo Pontífice, reco­mienda en la Misa a su Padre celestial nues­tros intereses, pide por nosotros y se cons­tituye abogado nuestro. Si supiéramos que la Santísima Virgen unía sus ruegos a los nuestros para alcanzar del Eterno Padre las gracias que deseamos, ¿qué confianza no ten­dríamos de ser escuchados? ¿Qué confianza, pues, y aún qué seguridad debemos experi­mentar, si pensamos que el mismo Jesús in­tercede en la Misa por nosotros, que ofrece su sacratísima Sangre al Eterno Padre en nuestro favor, y que se hace abogado nuestro? ¡Oh preciosísima Misa, principio y fuente de todos los bienes!

15. Pero es preciso profundizar más en esta mina, para descubrir todos los tesoros que encierra. ¡Ah! ¡Qué dones tan preciosos, qué gracias y virtudes nos alcanza la Santa Misa! En primer lugar, nos proporciona todas las gracias espirituales, todos los bienes que se refieren al alma, como el arrepenti­miento de nuestros pecados, la victoria en nuestras tentaciones, ya sean exteriores, como las malas compañías o el demonio, ya sean interiores, como los desórdenes de nuestra carne rebelde: la Misa nos alcanza los soco­rros actuales, tan necesarios para levantarnos, para sostenernos y hacernos adelantar en los caminos de Dios. La Misa nos obtiene muchas buenas y santas inspiraciones, mu­chos saludables movimientos interiores, que nos disponen a sacudir nuestra tibieza y nos mueven a ejecutar todas nuestras acciones con más fervor, con una voluntad más pron­ta, con una intención más recta y pura, lo cual nos proporciona un tesoro inestimable de méritos, que son otros tantos medios efi­cacísimos, para alcanzar la gracia de la perse­verancia final, de la que depende nuestra salvación eterna, y para tener una certeza moral, la mayor posible en esta vida, de estar predestinados a una feliz eternidad. Además, la Santa Misa nos alcanza también todos los bienes temporales, en tanto que puedan con­tribuir a nuestra salvación, como son la sa­lud, la abundancia de los frutos de la tierra y la paz; preservándonos a la vez de todos los males que se oponen a estos bienes, como de enfermedades contagiosas, temblores de tierra, guerras, hambre, persecuciones, plei­tos, enemistades, pobreza, calumnias e inju­rias: en suma, de todos los males que son el azote de la humanidad; en una palabra, la Santa Misa es la llave de oro del paraíso: y cuando nos la da el Padre Eterno, ¿qué bie­nes podrá rehusarnos? Él, que no perdonó a su propio Hijo, según expresión del Apóstol San Pablo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos donó con 21 todos sus bienes? “Qui etiam proprio Filio suo non pepercit, sed pro nobis omnibus tradidit ilium: quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit?”[14].

Ved, pues, con cuánta razón acostumbraba a decir un virtuoso sacerdote, que aun cuando pidiese a Dios cualquier favor para sí o para otro, al celebrar la Santa Misa, siempre se le figuraba que nada pedía, si comparaba las gracias que solicitaba de Dios con la ofrenda que le hacía. He aquí cuál era su razonamien­to. Las gracias y favores que yo pido a Dios en la Santa Misa, son bienes finitos y creados, mientras que los dones que yo le presento son increados e inmensos, y por consiguiente, todo bien pesado, yo soy el acreedor y Dios el deudor. En esta confianza pedía y alcan­zaba muchas gracias del Señor. (Ossor. Conc. 8, t. 4). Ea, pues, ¿cómo no te despiertas? ¿Por qué no pides grandes beneficios? Si quieres seguir mi consejo, pide a Dios en todas las Misas que haga de ti un gran santo. ¿Te parece mucho esto? Pues yo creo que no es mucho. ¿No es el mismo divino Maestro quien nos asegura en su Evangelio, que por un vaso de agua dado por su amor nos recompensará con el paraíso? ¿Cómo, pues, en retorno de la ofrenda que le hacemos de toda la sangre de su amadísimo Hijo, no nos daría cien paraísos si los hubiera? ¿Y cómo será posible dudar que no esté dispuesto a concederte todas las virtudes y la perfección necesaria para llegar a ser santo, y un gran santo en el cielo? ¡Oh bendita Misa! Ensan­cha, pues, animosamente tu corazón, y pide grandes cosas, considerando que te diriges a un Dios que no se empobrece dando, y que cuanto más le pidas más alcanzarás.

§ 6. Por la Santa Misa alcanzamos aun aquellas gracias que no pedimos

 

16. ¿Lo creerías? Además de los bienes que pedimos en la Santa Misa, nuestro buen Dios nos concede otros muchos que no pedi­mos. Así nos lo dice SAN JERÓNIMO con las palabras siguientes: “Sin duda alguna Dios nos concede todas las gracias que le pedimos en la Misa, si nos conviene: y lo que todavía es más admirable, nos concede muy frecuen­temente aun aquello que no le pedimos, con tal que por nuestra parte no pongamos obs­táculos a su generosidad”. “Absque dubio dat nobis Dominus quod in Missa petimus; et quod magis est, saepe dat quod non peti­mus”. (Div. Hieronym.). De esta suerte, bien puede decirse que la Misa es el sol del género humano, que extiende sus rayos sobre bue­nos y malos, y que no hay en el mundo una sola alma, por perversa que sea, que no sa­que algún provecho de la asistencia al santo sacrificio de la Misa, y muchas veces sin pen­sar en ello ni aun hacer súplica alguna. (S. Hier., Cap. cum Mart. de celebr. Miss.).

Escucha el suceso siguiente, que tuvo lugar en circunstancias bien memorables, según nos lo refiere SAN ANTONINO, arzobispo de Florencia. Dos jóvenes, bastante libertinos, salieron juntos un día, a una partida de caza. Uno de ellos había asistido antes a la Santa Misa, el otro no. Estando ya en camino, se levantó de repente una violenta tempestad, y en medio de los truenos y relámpagos, oyeron una voz que clamaba: “¡Hiere, hiere!” y lue­go cayó un rayo y mató al que no había oído Misa en aquel día. Aterrado y fuera de sí el compañero, buscaba dónde salvar su vida, cuando oyó nuevamente la misma voz que re­petía: “¡Hiere, hiere!” Ya el infeliz aguardaba la muerte, que creía inevitable, mas pronto fue consolado por otra voz que res­pondió: “No puedo, porque oyó en el día de hoy el Verbum caro factum est”. La Misa, pues, a que había asistido aquella mañana, lo preservó de una muerte tan terrible y es­pantosa.

¡Ah, cuántas veces el Señor os ha preservado de la muerte o de muy graves peligros por virtud de la Santa Misa que habíais oído! SAN GREGORIO EL GRANDE así lo afirma en su 4º Diálogo: Per auditionem Missae homo liberatur a multis malis et periculis.[15] Es indiscutible, dice este sabio Pontífice, que el que asiste a la Misa será librado de muchos males y peligros hasta imprevistos. Más aún: según enseña SAN AGUSTÍN, será preservado de una muerte repentina, que es el golpe más terrible que los pecadores deben temer de la Justicia divina. He aquí, pues, conforme a la doctrina del Santo Obispo de Hipona, una admirable prevención contra el peligro de muerte repentina: oír todos los días la Santa Misa, y oírla con la mayor atención posible. El que tenga cuidado de prevenirse con esta salvaguardia tan eficaz, puede estar seguro que no le sucederá tan espantosa desgracia.

Hay una opinión singular, que algunos atri­buyen a San Agustín, a saber: que mientras una persona asiste a la Misa no envejece, sino que, durante este tiempo, se conserva en el mismo grado de fuerza y de vigor que tenía al principio de la Santa Misa. No me fati­garé por saber si esto es o no verdad; sin embargo, afirmo que si el que oye Misa en­vejece en cuanto a la edad, no envejece en la malicia porque, como dice SAN GREGORIO, el que asiste a la Santa Misa con devoción, se conserva en la buena vida, crece constan­temente en mérito y en gracia, y adquiere nuevas virtudes que le hacen más y más agradable a su Dios.

A todo lo dicho añade SAN BERNARDO que se gana más oyendo una sola Misa con devo­ción (entiéndase en cuanto a su valor intrín­seco), que distribuyendo todos los bienes a los pobres y marchando en peregrinación a todos los santuarios más venerados del mun­do. ¡Oh riquezas inmensas de la Santa Misa! Medita atentamente esta verdad: oyendo o celebrando dignamente una sola Misa, consi­derado el acto en sí mismo y con relación a su valor intrínseco, se puede merecer más que si uno dedicase todas sus riquezas al socorro de los pobres, más que si fuese en peregrinación hasta el fin del mundo, más que si visitase con la mayor devoción los santua­rios de Jerusalén, de Roma, de Santiago de Galicia, de Loreto y otros. Dedúcese esta doctrina de lo que enseña el angélico doctor SANTO Tomás, cuando dice: “Que una Misa encierra todos los frutos, todas las gracias y todos los tesoros que el Hijo de Dios repartió en su Esposa la Santa Iglesia por medio del cruento sacrificio de la cruz”: In qualibet Missa.

Detente aquí un instante, cierra el libro y no leas más, pero reúne en tu entendimiento todas estas utilidades tan preciosas que nos proporciona la Santa Misa, medítalas atentamente, y después dime: ¿Tendrás todavía di­ficultad alguna en conceder que una sola Mi­sa (abstracción hecha de nuestras disposicio­nes, y sólo en cuanto a su valor intrínseco) tiene tal eficacia que, según afirman muchos Doctores, bastaría para salvar todo el género humano? Figúrate, por ejemplo, que Nues­tro Señor Jesucristo no hubiese sufrido la muerte en el Calvario, y que en lugar del sangriento sacrificio de la cruz hubiese ins­tituido solamente el de la Misa, y con precep­to expreso de no celebrar más que una en el mundo. Pues bien, admitida esta suposición, ten entendido que esta sola Misa, celebrada por el sacerdote más pobre del mundo, hu­biera sido más que suficiente, considerada en sí misma y en cuanto al mérito de la obra exterior, para alcanzar la salvación de todas las criaturas. Sí, sí, no me canso de repetirlo, una sola Misa, en la anterior hipótesis, bas­taría para merecer la conversión de todos los mahometanos, de todos los herejes, de todos los cismáticos, en una palabra, de todos los infieles y malos cristianos: bastaría para cerrar las puertas del infierno a todos los pe­cadores, y sacar del purgatorio a todas las almas que están allí detenidas.

¡Oh, qué desdichados somos! ¡Cuánto res­tringimos la esfera de acción del santo sacri­ficio de la Misa! ¡Cuánto pierde de su eficacia provechosa por nuestra tibieza, por nuestra indevoción, y por las escandalosas inmodes­tias que cometemos asistiendo a ella! Que no pueda yo colocarme a una elevada altura para hacer oír mi voz en todo el mundo exclamando: “Pueblos insensatos, pueblos ex­traviados, ¿qué hacéis? ¿Cómo no corréis a los templos del Señor para asistir santamente al mayor número de Misas que os sea posible? ¿Cómo no imitáis a los Santos Ángeles, quie­nes, según el pensamiento del Crisóstomo, al celebrarse la Santa Misa bajan a legiones de sus celestes moradas, rodean el altar cubrién­dose el rostro con sus alas por respeto, y esperan el feliz momento del Sacrificio para interceder más eficazmente por nosotros?” Porque ellos saben muy bien que aquél es el tiempo más oportuno, la coyuntura más favo­rable para alcanzar todas las gracias del cielo. ¿Y tú? ¡Ah! Avergüénzate de haber hecho hasta hoy tan poco aprecio de la Santa Misa. Pero, ¿qué digo? Llénate de confusión por haber profanado tantas veces un acto tan sagrado, especialmente si fueses del número de aquéllos que se atreven a lanzar esta proposición temeraria: Una Misa más o menos poco importa.

§ 7. La Santa Misa proporciona un gran alivio a las almas del purgatorio

17. Para concluir y dar fin a esta instruc­ción, te haré notar que no sin razón te dije más arriba, que una sola Misa, considerado el acto en sí mismo, y en cuanto a su valor intrínseco, bastaría para sacar todas las almas del purgatorio y abrirles las puertas del cielo. En efecto, la Misa es útil a las almas de los fieles difuntos, no solamente como Sa­crificio satisfactorio, ofreciendo a Dios la sa­tisfacción que ellas deben cumplir por medio de sus tormentos, sino también como impe­tratorio, alcanzándoles la remisión de sus pe­nas. Tal es la práctica de la Santa Iglesia, que no se limita a ofrecer el sacrificio por los difuntos, sino que además ruega por su li­bertad.

A fin, pues, de excitar tu compasión en favor de estas almas santas, ten entendido que el fuego en que están sumergidas es tan abrasador, que, según pensamiento de SAN GREGORIO, no cede en actividad al fuego del infierno, y que, como instrumento de la di­vina Justicia, es tan vivo, que causa tormentos insufribles y más violentos que todos los que han sufrido los Mártires y cuanto el humano entendimiento puede concebir. Pero lo que más las aflige todavía, es la pena de daño; porque, como enseña el DOCTOR ANGÉLICO, privadas de ver a Dios, no pueden contener la ardiente impaciencia que experimentan de unirse a su soberano Bien, del que se ven constantemente rechazadas.

Entra ahora dentro de ti mismo, y hazte la siguiente reflexión. Si vieses a tus padres en peligro de ahogarse en un lago, y que con alargarles la mano los librabas de la muerte, ¿no te creerías obligado a hacerlo por caridad y por justicia? ¿Cómo es posible, pues que veas a la luz de la fe tantas pobres almas, quizás las de tus parientes más cercanos, abrasarse vivas en un estanque de fuego, y rehúses imponerte la pequeña molestia de oír con devoción una Misa para su alivio? ¿Qué corazón es el tuyo? ¿Quién podrá dudar que la Santa Misa alivia a estos pobres cauti­vos? Para convencerte, basta que prestes fe a la autoridad de SAN JERÓNIMO. Te enseñará claramente que, “cuando se celebra la Misa por un alma del purgatorio, aquel fuego tan abrasador suspende su acción, y el alma cesa de sufrir todo el tiempo que dura la celebración del Sacrificio”. (S. Hier., c. cum Mart. de celebr. Miss.). El mismo Santo Doctor afirma también que por cada Misa que se dice, muchas almas salen del purgato­rio y vuelan al cielo.

Añade a esto que la caridad que tengas con los difuntos redundará enteramente en favor tuyo. Pudiérase confirmar esta verdad con innumerables ejemplos; pero bastará citar uno, perfectamente auténtico, que sucedió a SAN PEDRO DAMIANO. Habiendo perdido este Santo a sus padres en la niñez, quedó en poder de uno de sus hermanos, que lo trató de la manera más cruel, no avergonzándose de que anduviese descalzo y cubierto de ha­rapos. Un día encontró el pobre niño una moneda de plata. ¡Cuál sería su alegría cre­yendo tener un tesoro! ¿A qué lo destinaría? La miseria en que se hallaba le sugería mu­chos proyectos; pero después de haber refle­xionado bien, se decidió a llevar la moneda a un sacerdote para que ofreciese el sacrifi­cio de la Misa para las almas del purgatorio. ¡Cosa admirable! Desde este momento la for­tuna cambió completamente en su favor. Otro de sus hermanos, de mejor corazón, lo reco­gió, tratándolo con toda la ternura de un padre. Lo vistió decentemente y lo dedicó al estudio, de suerte que llegó a ser un perso­naje célebre y un gran Santo. Elevado a la púrpura, fue el ornamento y una de las más firmes columnas de la Iglesia. Ve, pues, cómo una sola Misa que hizo celebrar a costa de una ligera privación, fue para él principio de utilidades inmensas.

¡Oh, bendita Misa, que tan útil eres a la vez a los vivos y a los muertos en el tiempo y en la eternidad! En efecto, estas almas san­tas son tan agradecidas a sus bienhechores, que, estando en el cielo, se constituyen allí sus abogadas, y no cesan de interceder por ellos hasta verlos en posesión de la gloria. En prueba de esto voy a referirte lo que le sucedió a una mujer perversa que vivía en Roma. Esta desgraciada, habiendo olvidado enteramente el importantísimo negocio de su salvación, no trataba más que de satisfa­cer sus pasiones, sirviendo de auxiliar al de­monio para corromper la juventud. En medio de sus desórdenes todavía practicaba una buena obra, y era mandar celebrar en cier­tos días la Santa Misa por el eterno descanso de las almas benditas del purgatorio. Efecto de las oraciones de estas almas santas, como se cree piadosamente, sintióse un día aquella infeliz mujer sorprendida por un dolor de sus pecados tan amargo, que de repente, y abandonando el infame lugar donde se en­contraba, fue a postrarse a los pies de un celoso sacerdote para hacer su confesión ge­neral. Al poco tiempo murió con las mejores disposiciones y dando señales las más ciertas de su predestinación. ¿Y a qué podremos atribuir esta gracia prodigiosa, sino al mérito de las Misas que ella hacía celebrar en alivio de las almas del purgatorio? Despertemos, pues, del letargo de nuestra indevoción, y no permitamos que los publicanos y mujeres perdidas se nos adelanten en conseguir el reino de Dios (Mt 21, 31).

Si fueses del número de aquellos avaros, que no solamente quebrantan las leyes de la caridad descuidando la oración por sus difun­tos y no oyendo, al menos de tiempo en tiem­po, una Misa por estas pobres almas, sino que, hollando los sagrados fueros de la jus­ticia, rehúsan satisfacer los legados piadosos y hacer celebrar las Misas fundadas por sus antepasados o que, siendo sacerdotes, acumu­lan un considerable número de limosnas, sin pensar en la obligación de cumplirlas a tiem­po, ¡ah! avivado entonces por el fuego de un santo celo, te diré cara a cara: Retírate, porque eres peor que un demonio; porque los demonios al fin sólo atormentan a los répro­bos, pero tú atormentas a los predestinados; los demonios emplean su furor con los con­denados, pero tú descargas el tuyo sobre los elegidos y amigos de Dios. No, ciertamente: no hay para ti confesión que valga, ni con­fesor que pueda absolverte, mientras no hagas penitencia de tal iniquidad y no llenes cumplidamente tus obligaciones con los muer­tos. Pero, Padre mío, dirá alguno, yo no ten­go medios para ello… no me es posible… ¿Conque no puedes? ¿Conque no tienes medios? ¿Y te faltan por ventura para brillar en las fiestas y espectáculos del mundo? ¿Te faltan recursos para un lujo excesivo y otras superfluidades? ¡Ah! ¿Tienes medios para ser pródigo en tu comida, en tus diversiones y placeres y… quizás en tus desórdenes es­candalosos? En una palabra, ¿tienes recur­sos para satisfacer tus pasiones, y cuando se trata de pagar tus deudas a los vivos, y lo que aún es más justo, a los difuntos, no tienes con qué satisfacerlas? ¿No puedes dis­poner de nada en su favor? ¡Ah! te com­prendo: es que no hay en el mundo quien examine esas cuentas, y te olvidas en este asunto de que te las ha de tomar Dios. Con­tinúa, pues, consumiendo la hacienda de los muertos, los legados piadosos, las rentas destinadas al Santo Sacrificio; pero ten presente que hay en las Santas Escrituras una ame­naza profética registrada contra ti; amenaza de terribles desgracias, de enfermedades, de reveses de fortuna, de males irreparables en tu persona y bienes, y en tu reputación. Es palabra de Dios, y antes que ella deje de cumplirse faltarán los cielos y la tierra. La ruina, la desgracia y males irremediables descargarán sobre las casas de aquéllos que no satisfacen sus obligaciones para con los muer­tos. Recorre el mundo, y sobre todo los pue­blos cristianos, y verás muchas familias dis­persas, muchos establecimientos arruinados, muchos almacenes cerrados, muchas empre­sas y compañías en suspensión de pagos, mu­chos negocios frustrados, quiebras sin nú­mero, inmensos trastornos y desgracias sin cuento. Ante este cuadro tristísimo excla­marás sin duda: ¡Pobre mundo, infeliz so­ciedad! Ahora bien, si buscas el origen de todos estos desastres, hallarás que una de las causas principales es la crueldad con que se trata a los difuntos, descuidando el socorrerlos como es debido, y no cumpliendo los le­gados piadosos: además, se cometen una in­finidad de sacrilegios, es profanado el Santo Sacrificio, y la casa de Dios, según la enér­gica expresión del Salvador, es convertida en cueva de ladrones. Y después de esto, ¿quién se admirará de que el cielo envíe sus azotes, el rayo, la guerra, la peste, el hambre, los temblores de tierra y todo género de casti­gos? ¿Y por qué así? ¡Ah! Devoraron los bienes de los difuntos, y el Señor descargó sobre ellos su pesado brazo: “Lingua eorum et adinventiones eorum contra Dominum. (…) Vae animae eorum, quoniam reddita sunt eis mala”[16]. Con razón, pues, el cuarto Concilio de Cartago declaró excomulgados a estos ingratos, como verdaderos homicidas de sus prójimos; y el Concilio de Valencia ordenó que se los echase de la Iglesia como a infieles. 

Todavía no es éste el mayor de los casti­gos que Dios tiene reservado a los hombres sin piedad para con sus difuntos: los males más terribles les esperan en la otra vida. El Apóstol Santiago nos asegura que el Señor juzgará sin misericordia, y con todo el rigor de su justicia, a los que no han sido miseri­cordiosos con sus prójimos vivos y muertos: “Iudicium enim sine misericordia illi qui non fecit misericordiam”[17]. El permitirá que sus herederos les paguen en la misma moneda, es decir, que no se cumplan sus últimas dis­posiciones, que no se celebren por sus almas las Misas que hubiesen fundado, y, en el caso de que se celebren, Dios Nuestro Señor, en lugar de tomarlas en cuenta, aplicará su fru­to a otras almas necesitadas que durante su vida hubiesen tenido compasión de los fieles difuntos. Escucha el siguiente admirable suceso que se lee en nuestras crónicas, y que tiene una íntima conexión con el punto de doctrina que venimos explicando. Aparecióse un religioso después de muerto a uno de sus compañeros, y le manifestó los agudísimos dolores que sufría en el purgatorio por haber descuidado la oración en favor de los otros religiosos difuntos, y añadió que hasta enton­ces ningún socorro había recibido, ni de las buenas obras practicadas, ni de las Misas que se le habían celebrado para su alivio; porque Dios, en justo castigo de su negligen­cia, había aplicado su mérito a otras almas que durante su vida habían sido muy devo­tas de las del purgatorio. Antes de concluir la presente instrucción, permíteme que arro­dillado y con las manos juntas te suplique encarecidamente, que no cierres este pequeño libro sin haber tomado antes la firme resolu­ción de hacer en lo sucesivo todas las dili­gencias posibles para oír y mandar celebrar la Santa Misa, con tanta frecuencia como tu estado y ocupaciones lo permitan. Te lo su­plico, no solamente por el interés de las almas de los difuntos, sino también por el tuyo, y esto por dos razones: primera, a fin de que alcances la gracia de una buena y santa muerte, pues opinan constantemente los teólogos que no hay medio tan eficaz como la Santa Misa para conseguir este di­choso término. Nuestro Señor Jesucristo reveló a Santa Matilde, que aquél que tuviese la piadosa costumbre de asistir devotamente a la Santa Misa, sería consolado en el ins­tante de la muerte con la presencia de los Ángeles y Santos, sus abogados, que le prote­gerían contra las asechanzas del infierno. ¡Ah! ¡Qué dulce será tu muerte si durante la vida has oído Misa con devoción y con la mayor frecuencia posible!

La segunda razón que debe moverte a asistir al Santo Sacrificio es la seguridad de salir más pronto del purgatorio y volar a la patria celestial. Nada hay en el mundo como las indulgencias y la Santa Misa para alcanzar el precioso favor, la gracia especial de ir derechamente al cielo sin pasar por el pur­gatorio, o al menos sin estar mucho tiempo en medio de sus abrasadoras llamas. En cuanto a las indulgencias, los Sumos Pontí­fices las concedieron pródigamente a los que asisten con devoción a la Santa Misa. En cuanto a la eficacia de este Divino Sacrificio para apresurar la libertad de las almas del purgatorio, creemos haberla demostrado su­ficientemente en las páginas anteriores. En todo caso, y para convencernos de ello, de­biera bastar el ejemplo y autoridad del VENERABLE JUAN DE ÁVILA. Hallábase en los últimos instantes de su vida este gran Siervo de Dios, que fue en su tiempo el oráculo de España, y preguntado qué era lo que más ocupaba su corazón, y qué clase de bien so­bre todo deseaba se le proporcionase des­pués de su muerte. “Misas, respondió el Ve­nerable moribundo, Misas, Misas”[18].

Sin embargo, si me lo permites, te daré con este motivo y de muy buena gana, un consejo que creo importantísimo, y es: que durante tu vida, y sin confiar en tus here­deros, tengas cuidado de hacer que se cele­bren aquellas Misas que desearías se celebra­sen después de tu muerte, y tanto más, cuan­to que SAN ANSELMO nos enseña que una sola Misa oída o celebrada por las necesida­des de nuestra alma mientras vivimos, nos será más provechosa que mil celebradas des­pués de nuestra muerte.

Así lo había comprendido un rico comer­ciante de Génova que, hallándose en el ar­tículo de la muerte, no tomó disposición alguna para el alivio de su alma. Todos se admiraban de que un hombre tan opulento, tan piadoso y caritativo con todo el mundo, fuese tan cruel consigo mismo. Pero al proceder, después de su muerte, al examen de sus papeles, se encontró un libro en donde había anotado todas las obras de caridad que había practicado por la salvación de su alma.

“Para Misas que hice celebrar por mi alma   2,000 liras

“Para dotes de doncellas pobres 10,000

“Para el Santo Hospital 200, etc.”

Al fin de este libro leíase la máxima si­guiente: “Aquél que desee el bien, hágaselo a sí mismo mientras vive, y no confíe en los que le sobrevivan”. En Italia es muy popular este proverbio: “Más alumbra una vela delante de los ojos, que una gran antor­cha a la espalda”. Aprovéchate, pues, de este saludable aviso, y después de haber medita do prudentemente sobre la excelencia y utili­dades de la Santa Misa, avergüénzate de la ignorancia en que has vivido hasta aquí, sin haber hecho el aprecio debido de un tesoro tan grande, que fue para ti ¡ay! un tesoro escondido. Ahora que conoces su valor, destierra de tu espíritu, y más todavía de tus discursos, estas proposiciones escandalosas, y que saben a ateísmo:

—Una Misa más o menos poco importa.

—No es poca cosa oír Misa los días de obligación.

—La Misa de tal sacerdote es una Misa de Semana Santa, y cuando lo veo acercarse al altar, me escapo de la iglesia.

Renueva, además, el saludable propósito de oír la Santa Misa con la mayor frecuencia y devoción posibles, a cuyo fin podrás ser­virte, con mucha utilidad, del siguiente mé­todo práctico que voy a exponer.

MÉTODO PARA OÍR CON FRUTO LA SANTA MISA

§ 1, Disposiciones generales con que se debe asistir al santo sacrificio de la Misa

1. Como indicamos ya en la instrucción precedente, fue opinión aprobada y confirmada por SAN GREGORIO en su cuarto Diálogo, que cuando un sacerdote celebra la Santa Misa bajan del cielo innumerables legiones de Ángeles para asistir al Santo Sacrificio. SAN NILO, abad y discípulo de San Juan Crisóstomo, enseña que mientras el Santo Doctor celebraba los divinos misterios veía una multitud de esos espíritus celestiales rodeando el altar y asistiendo a los sagrados ministros en el desempeño de su tremendo ministerio. Siendo esto así, he ahí las disposiciones más esenciales para asistir con fruto a la Santa Misa. Ve a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ángeles. Considera ahora cuáles deben ser tu modestia, tu atención y respeto, si quieres recoger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y sentimientos religiosos.

2. Leemos en el Antiguo Testamento, que cuando los israelitas ofrecían sus sacrificios, en los que sólo se inmolaban toros, corderos y otros animales, admiraba el ver la atención, el silencio y veneración con que asistían a aquellas solemnidades. Aunque el número de asistentes fuese inmenso y los ministros y sacrificadores llegasen a setecientos, parecía, sin embargo, que el templo estaba vacío; tanto era el cuidado con que cada uno procuraba no hacer el más pequeño ruido. Pues bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que, al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué respeto, con qué devoción y religioso silencio no debemos asistir a la celebración de la Santa Misa, en que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se inmola por nosotros? Muy bien lo comprendía SAN AMBROSIO. Cuando celebraba el Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluido el Evangelio, se volvía al pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un recogimiento profundo, les ordenaba que guardasen el más riguroso silencio, y así consiguió que no solamente pusiesen un freno a su lengua, no pronunciando la menor palabra, sino, lo que aún es más admirable, que se abstuviesen de toser y de moverse con ruido. Estas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos, de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.


§ 2. Métodos diferentes para oír la Santa Misa. Primero y segundo

3. El objeto de este opúsculo es instruir, al que quiera leerlo bien, sobre el mérito del santo sacrificio de la Misa, e inclinarlo a abrazar con fervor la práctica de asistir a ella frecuentemente, siguiendo el método que me propongo trazar más adelante. Sin embargo, como hay libros piadosos, difundidos con gran utilidad entre los fieles, que contienen diversos métodos, muy buenos y provechosos, para oír la Santa Misa, de ninguna manera trato de violentar el gusto de nadie; por el contrario, a todos dejo en completa libertad para escoger aquél que juzgue más agradable y el más conforme a su capacidad y a sus piadosas inclinaciones únicamente me propongo, querido lector, desempeñar contigo el oficio de Ángel Custodio, sugiriéndote el que pueda serte más provechoso, es decir, según mi pobre juicio, el que te sea más útil y menos molesto. A este fin pienso reducirlos todos a tres clases o tres métodos en general.

4. El primero consiste en seguir con la mayor atención y con el libro en las manos, todas las acciones del sacerdote, rezando a cada una de ellas la oración vocal correspondiente contenida en el libro, de suerte que se pase leyendo todo, el tiempo de la Misa. Si a la lectura se une la meditación de los santos misterios que se celebran sobre el altar, es indudable que se asiste al adorable Sacrificio de un modo excelente y además muy provechoso. Pero como esto pide una sujeción excesiva, puesto que es preciso atender a las ceremonias que se hacen en el altar y dirigir alternativamente la mirada al sacerdote y al libro, para leer en él la oración que corresponde a la parte de la Misa, resulta de aquí que es muy trabajoso en la práctica; y aun me inclino a creer que habrá pocos fieles que perseveren mucho tiempo empleando este método, por útil que sea. Es tal la debilidad de nuestro entendimiento, que se distrae fácilmente cuando tiene que atender a la multitud de acciones que el sacerdote ejecuta en el altar. A pesar de esto, el que se encuentra bien con este método, y consiga por él su provecho espiritual, puede continuar usándolo con la esperanza de que un trabajo tan penoso le granjeará una magnífica recompensa de parte de Dios.

5. El segundo método para asistir con fruto a la Santa Misa se practica no por medio de la lectura, ni aun durante el tiempo del Sacrificio, sino contemplando con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, pues, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento interior, ocupándose en considerar espiritualmente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador, que no solamente se representan, sino que también se reproducen místicamente sobre el altar. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cuidado de conservar unidas a Dios las potencias de su alma, lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las virtudes. Esta manera de oír Misa es más perfecta que la primera, y al mismo tiempo más dulce y más suave, según lo experimentó un santo religioso lego, el cual acostumbraba decir que oyendo Misa no leía más que tres letras. La primera era negra, a saber, sus pecados, cuya consideración le inspiraba afectos de dolor y arrepentimiento, y éste era el punto de su meditación desde el principio de la Misa hasta el Ofertorio. La segunda era encarnada, a saber, la Pasión del Salvador, meditándola desde el Ofertorio hasta la Comunión, sobre la preciosísima Sangre que Jesús derramó por nosotros y la muerte cruel que sufrió en el Calvario. La tercera letra era blanca, a saber, la Comunión espiritual, que jamás omitía en el momento que comulgaba el sacerdote, uniéndose de todo corazón a Jesús, oculto bajo las especies sacramentales; después de lo cual permanecía abismado en su Dios y en la consideración de la gloria, que esperaba como fruto de este Divino Sacrificio. Este pobre religioso, a pesar de no tener instrucción, oía la Misa de una manera muy perfecta, y yo quisiera que todos aprendiesen en su escuela una ciencia tan profunda.


§ 3. Tercer método de oír la Santa Misa

 

6. El tercer método para asistir con fruto al santo sacrificio de la Misa tiene la preferencia sobre los anteriores. No exige lectura de un gran número de oraciones vocales como el primero, ni requiere un espíritu contemplativo como se necesita para seguir el segundo. Sin embargo, si bien se considera, es el más conforme al espíritu de la Iglesia, cuyos deseos son que los fieles estén unidos a los sentimientos del sacerdote. Éste debe ofrecer el Sacrificio por los cuatro fines indicados en la instrucción precedente (n° 8), por cuanto éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que tenemos contraídas con Dios. Por consiguiente, y puesto que cuando asistes a la Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte del mejor modo posible a la consideración de los cuatro fines indicados, lo cual te será muy fácil por medio de los cuatro ofrecimientos que voy a presentarte.
He aquí el método reducido a la práctica. Toma este pequeño libro hasta aprender de memoria estos ofrecimientos, o a lo menos hasta penetrarte bien de su sentido, pues no se necesita sujetarse a las palabras. Luego que comience la Misa y cuando el sacerdote, humillándose en las gradas del altar, rece el Confiteor, haz un breve examen de tus pecados, excítate a un acto de verdadera contrición, pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo el respeto y devoción posible. En seguida, y para cumplir sucesivamente con las cuatro importantísimas obligaciones de que te he hablado, divide la Misa en cuatro partes, lo que podrás hacer del modo siguiente:

7. En la primera parte, desde el principio hasta el Evangelio, satisfarás la primera deuda, que consiste en adorar y alabar la majestad de Dios, que es infinitamente digna de honores y alabanzas. Para esto humíllate profundamente con Jesucristo, abísmate en la consideración de tu nada, confiesa sinceramente que nada eres delante de aquella inmensa Majestad, y humillado con alma y cuerpo (pues en la Misa debe guardarse la postura más respetuosa y modesta), dile: “¡Oh Dios mío! yo os adoro y reconozco por mi Señor y dueño de mi alma y vida: yo protesto que todo lo que soy y cuanto tengo lo debo a vuestra infinita bondad. Bien sé que vuestra soberana Majestad merece un honor y homenajes infinitos; pero yo soy un pobrecillo impotente para pagar esta inmensa deuda, por tanto os presento las humillaciones y homenajes que el mismo Jesús os ofrece sobre este altar. “Yo quiero hacer lo mismo que hace Jesús: yo me abato con Jesús, y con Jesús me humillo delante de vuestra suprema Majestad. Yo os adoro con las mismas humillaciones de mi Salvador. Yo me regocijo y me felicito de que mi Divino Jesús os tribute por mí honores y homenajes infinitos”.
Aquí cierra el libro, y continúa excitándote interiormente a iguales actos. Regocíjate de que Dios sea honrado infinitamente, y en algún intermedio repite una y muchas veces estas palabras: “Sí, Dios mío, inefable es mi gozo por el honor infinito que vuestra Divina Majestad recibe de este augusto Sacrificio. Me complazco y alegro cuanto sé y cuanto puedo”. No te empeñes con afán en repetir a la letra estas mismas palabras: emplea libremente las que tu piedad te sugiera. Sobre todo procura conservarte en un profundo recogimiento y muy unido a Dios. ¡Ah! ¡Qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!

8. Satisfarás la segunda desde el Evangelio hasta la elevación de la Sagrada Hostia, y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la inmensa deuda que has contraído con la divina Justicia, dile con un corazón profundamente humillado:
“He ahí, Dios mío, a este traidor que tantas veces se ha rebelado contra Vos. ¡Ah! Penetrado de dolor, yo abomino y detesto con todo mi corazón todos los gravísimos pecados que he cometido. Yo os presento en su expiación la satisfacción infinita que Jesucristo os da sobre el altar. Os ofrezco todos los méritos de Jesús, la sangre de Jesús y al mismo Jesús, Dios `y hombre verdadero, quien en calidad de víctima, se digna todavía renovar su sacrificio en mi favor. Y puesto que mi Jesús se constituye sobre ese altar mi abogado y mediador, y que por su preciosísima Sangre os pide gracia para mí, yo uno mi voz a la de esta Sangre adorable, e imploro el perdón dé todos mis pecados. La sangre de Jesús está gritando misericordia, y misericordia os pide mi corazón arrepentido. ¡Oh Dios de mi corazón! Si no os enternecen mis lágrimas, dejaos ablandar por los tiernos gemidos de mi Jesús. Él alcanzó en la cruz gracia para todo el humano linaje, ¿y no la obtendrá para mí desde ese altar? Sí, sí; yo espero que por los méritos de su Sangre preciosa me perdonaréis todas mis iniquidades, y me concederéis vuestra gracia para llorarlas hasta el último suspiro de mi vida”. Enseguida, y habiendo cerrado el libro, repite estos actos con una viva y profunda contrición. Da rienda suelta a los afectos de tu alma, y sin articular palabra, dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón: “¡Mi muy amado Jesús! Dadme las lágrimas de San Pedro, la contrición de la Magdalena y el dolor de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes, a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón de todos mis pecados”. Reitera estos mismos actos en un perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satisfarás completamente todas las deudas que por tus pecados hubieres contraído con Dios.

9. En la tercera parte, es decir, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, considera los innumerables beneficios de que has sido colmado. En cambio, ofrece al Señor una víctima de precio infinito, a saber: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por ti, diciendo estas o parecidas palabras:
“Vedme aquí, Dios de mi corazón, cargado con el enorme peso de una inmensa deuda de gratitud y reconocimiento a todos los beneficios generales y particulares de que me habéis colmado, y de los que estáis dispuesto a concederme en el tiempo y en la eternidad. Confieso que vuestras misericordias para conmigo han sido y son infinitas; sin embargo, estoy pronto a pagaros hasta el último óbolo. En satisfacción de todo lo que os debo, os presento por las manos del sacerdote la Sangre divina, el cuerpo adorable y la víctima inocente que está colocada sobre este altar. Esta ofrenda basta (seguro estoy de ello) para recompensar todos los dones que me habéis concedido; siendo como es de un precio infinito, vale ella sola por todos los que he recibido y puedo recibir de Vos.

“Ángeles del Señor, y vosotros, dichosos moradores del cielo, ayudadme a dar gracias a mi Dios, y ofrecedle en agradecimiento por tantos beneficios, no solamente esta Misa a que tengo la dicha de asistir, sino también todas las que en este momento se celebran en todo el mundo, a fin de que por este medio satisfaga yo a su ardiente caridad por todas las mercedes que me ha hecho, así como por las que está dispuesto a concederme ahora y por los siglos de los siglos. Amén”. ¡Con qué dulce complacencia recibirá este Dios de bondad el testimonio de un agradecimiento tan afectuoso! ¡Cuán satisfecho quedará de esta ofrenda que, siendo de un precio infinito, vale más que todo el mundo! A fin, pues, de excitar más y más en tu corazón estos piadosos sentimientos, convida a toda la corte celestial a dar gracias a Dios en tu nombre. Invoca a todos los Santos a quienes tienes particular devoción, y con toda la efusión de tu alma dirígeles la siguiente plegaria: “¡Oh gloriosos bienaventurados e intercesores míos cerca del trono de Dios! Dad gracias por mí a su infinita bondad, para que no tenga la desventura de vivir y morir siendo ingrato. Suplicadle se digne aceptar mi buena voluntad, y tener en consideración las acciones de gracias, llenas de amor, que mi adorable Jesús le tributa por mí en ese augusto Sacrificio”. No te contentes con manifestar una sola vez estos sentimientos: repítelos a intervalos, en la firme seguridad de que por este medio satisfarán plenamente tan inmensa deuda. A este fin harás muy bien en rezar todos los días algún Acto de ofrecimiento, para ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino también las Misas que se celebran en todo el mundo.

10. En la cuarta parte, desde la Comunión hasta el fin, mientras que el sacerdote comulga sacramentalmente, harás la Comunión espiritual de la manera que te explicaré al terminar este capítulo. Dirige en seguida tus miradas a Dios Nuestro Señor que está dentro de ti, y anímate a pedir muchas gracias. Desde el momento en que Jesús se une a ti, Él es quien ruega y suplica por— ti. Ensancha, pues, el corazón, y no te limites a pedir solamente algunos favores: pide muchas, muchísimas gracias, porque el ofrecimiento de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito. Por consiguiente, dile con la más profunda humildad: “¡Oh Dios de mi alma! Me reconozco indigno de vuestros favores: lo confieso sinceramente, así como también que no merezco el que me escuchéis, atendida la multitud y enormidad de mis faltas. Pero, ¿podréis rechazar la súplica que vuestro adorable Hijo os dirige por mí sobre ese altar, en que os ofrece por mí su Sangre y su vida? ¡Oh Dios de infinito amor! ¡Aceptad los ruegos del que aboga en favor mío cerca de vuestra Divina Majestad!; y en atención a sus méritos concededme todas las gracias que sabéis necesito para llevar a feliz término el negocio importantísimo de mi eterna salvación. Ahora más que nunca me atrevo a implorar de vuestra infinita misericordia el perdón de todos mis pecados y la gracia de la perseverancia final. Además, y apoyándome siempre en las súplicas que os dirige mi amado Jesús, os pido por mí mismo, ¡oh Dios de bondad infinita! todas las virtudes en grado heroico, y los auxilios más eficaces para llegar a ser verdaderamente santo. Os pido también la conversión de los infieles, de los pecadores, y en particular de aquéllos a quienes estoy unido por los lazos de la sangre, o de relación espiritual. Imploro además la libertad, no de una sola alma, sino la de todas las que en este momento están detenidas en la cárcel del purgatorio. Dignaos, Señor, concedérsela a todas, y haced quede vacío ese lugar de dolorosa expiación. En fin, ojalá que la eficacia de este Divino Sacrificio convirtiera este mundo miserable en un paraíso de delicias para vuestro Corazón, donde fueseis amado, honrado y glorificado por todos los hombres en el tiempo, para que todos fuésemos admitidos a bendeciros y alabaros en la eternidad. Así sea”.
Pide sin temor, pide para ti, para tus amigos, parientes y demás personas queridas. Implora la asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor que se digne librarla de los males que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus súplicas, unidas a las de Jesús, serán escuchadas.

Concluida la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: “Os damos gracias por todos vuestros beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Así sea”.

Saldrás de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario. Dime ahora: si hubieras asistido de esta manera a todas las Misas que has oído hasta hoy, ¡con qué tesoros de gracias habrías enriquecido tu alma! ¡Ah! ¡Cuánto has perdido asistiendo a este augusto Sacrificio con tan poca religiosidad, dirigiendo tus miradas acá y allá, ocupado en ver quiénes entraban y salían, murmurando algunas veces, quedándote dormido, o cuando más, balbuceando algunas oraciones sin atención ni recogimiento! Si quieres, pues, oír con fruto la Santa Misa, toma desde este momento la firme resolución de servirte de este método, que es muy agradable, y que está todo él reducido a satisfacer las cuatro enormes deudas que tenemos contraídas con Dios. Persuádete firmemente de que en poco tiempo adquirirás inmensos tesoros de gracias y méritos, y de que jamás te asaltará la tentación de decir: Una Misa más o menos ¿qué importa?

§ 4. Modo de hacer la Comunión espiritual

11. Dejamos dicho que el que asiste a la Santa Misa no debe omitir la Comunión espiritual cuando el sacerdote comulga. Réstanos ahora explicar el modo de hacerlo. Según la doctrina del Santo CONCILIO DE TRENTO, hay tres clases de Comunión: la primera meramente sacramental; la segunda puramente espiritual, y la tercera sacramental y espiritual a la vez[19]. No se trata aquí de la primera, que consiste en comulgar en realidad, pero en pecado mortal, a imitación del traidor Judas; tampoco hablamos de la tercera, que es la que practican todos los fieles cuando reciben a Jesucristo en estado de gracia. Trátase únicamente de la segunda, que se reduce —según las palabras del mismo Concilio—, a un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial, unido a una fe viva que obra por la caridad, y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento. En otros términos: los que no pueden recibir sacramentalmente el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, lo reciben espiritualmente haciendo actos de fe viva y de caridad fervorosa, con un ardiente deseo de unirse al soberano Bien, y por este medio se disponen a participar de los frutos de este Divino Sacramento. Considera bien lo que voy a decir para facilitarte una práctica que tantas utilidades proporciona. Cuando el sacerdote va ya a comulgar, estando con gran recogimiento interior y exterior, modestia y compostura, excita en tu corazón un verdadero dolor de los pecados, y date golpes de pecho para significar que te reconoces indigno de la gracia de unirte a Jesucristo. Después ejercítate en actos de amor, de ofrecimiento, de humildad y demás que acostumbras hacer al acercarte a la Sagrada Mesa, añadiendo a esto el más ardiente y fervoroso deseo de recibir a Jesucristo, que, por tu amor, está real y verdaderamente presente en el augusto Sacramento. Para avivar más y más tu devoción, figúrate que la Santísima Virgen, o tu Santo Patrón, te presenta la Sagrada Hostia, y que tú la recibes en realidad y como si abrazaras estrechamente a Jesús en tu corazón, y repite una y muchas veces en tu interior estas palabras dictadas por el amor: “Venid ¡Jesús mío! mi vida y mi amor, venid a mi pobre corazón; venid y colmad mis deseos; venid y santificad mi alma; venid a mí, ¡dulcísimo Jesús! Venid”. Permanece después en silencio, contempla a tu Dios dentro de ti mismo; y como si hubieses comulgado realmente, adórale, dale gracias y haz todos los actos que se acostumbran después de la Sagrada Comunión. Ten por cierto, amado lector, que esta Comunión espiritual, tan descuidada por los cristianos de nuestros días, es, sin embargo, un verdadero y riquísimo tesoro que llena el alma de bienes infinitos; y, según opinión de muchos y muy respetados autores, —entre otros el P. RODRÍGUEZ, en su obra De la perfección cristiana—, la Comunión espiritual es tan útil, que puede causar las mismas gracias y aun mayores que la Comunión sacramental. En efecto, aunque la recepción real de la Sagrada Eucaristía produzca por su naturaleza más fruto, puesto que, siendo sacramento, obra por su propia virtud; puede no obstante suceder que un alma deseosa de su perfección haga la Comunión espiritual tan humildemente, con tanto amor y devoción, que merezca más a los ojos de Dios que otro comulgando sacramentalmente, pero con menor preparación y fervor. Se conoce cuánto agrada a Jesucristo esta Comunión espiritual, en que muy frecuentemente se ha dignado escuchar —por medio de patentes milagros—, los piadosos suspiros de sus servidores, unas veces dándoles por sus propias manos la Comunión sacramental, como a Santa Clara de Montefalco, a Santa Catalina de Sena y a Santa Ludovina; otras por manos de los Ángeles, como a mi Seráfico Doctor San Buenaventura, y a los obispos Honorato y Fermín, y alguna vez también por el ministerio de la augusta Madre de Dios, que por su misma mano dio la Sagrada Comunión al Beato Silvestre. Rasgos tan tiernos por parte de Dios no deben asombrarte, si consideras que la Comunión espiritual inflama las almas en el fuego de un santo amor, las une a Dios y las dispone a recibir las más señaladas gracias. ¿Y será posible que tantas utilidades no te causen alguna impresión y continúes siempre en tu indiferencia e insensibilidad? ¿Qué excusa podrás alegar desde ahora para descuidar todavía una práctica tan útil y tan santa? Resuélvete, pues, de una vez a servirte de ella frecuentemente, advirtiendo que la Comunión espiritual tiene sobre la sacramental la ventaja de que ésta no puede recibirse más que una vez al día, mientras que aquélla se puede renovar, no solamente en todas las Misas a que asistas, sino también en todas las horas del día; de mañana y tarde, por el día y por la noche, en la iglesia y en tu aposento, sin que para esto necesites el permiso de tu confesor; en una palabra, cuantas veces practiques lo que acabo de prescribirte, otras tantas harás la Comunión espiritual, y enriquecerás tu alma de gracias, de méritos y de toda clase de bienes.
Tal es el objeto de este opúsculo: inspirar a cuantos lo lean un santo deseo de introducir en el mundo católico la piadosa costumbre de oír todos los días la Santa Misa con una sólida piedad y verdadera devoción, haciendo en ella siempre la Comunión espiritual.
¡Ah, qué dicha si pudiera conseguirse! Entonces se vería reflorecer en todo el mundo aquel fervor tan admirable de los felices siglos de la primitiva Iglesia en que los cristianos recibían diariamente la Divina Eucaristía asistiendo al Santo Sacrificio. Si no eres digno de recibir a Dios tan a menudo, procura a lo menos oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión espiritual. Si yo lograse persuadirte de esta piadosa práctica, creería haber ganado todo el mundo, y tendría la dulce satisfacción de haber empleado bien el tiempo y mis trabajos. Y a fin de echar por tierra todas las excusas que acostumbran alegar los que pretenden dispensarse de asistir a la Misa, pondré en el capítulo siguiente varios ejemplos adaptados a toda clase de personas, para que todos comprendan que si se privan de un tan gran tesoro, esto nace, o bien de su negligencia, o bien de su tibieza y repugnancia a todas las obras de piedad, por cuyas causas les esperan amargos remordimientos para la hora de la muerte.

CAPÍTULO III


EJEMPLOS OPORTUNOS PARA INCLINAR A LAS PERSONAS DE TODOS LOS ESTADOS Y CONDICIONES A OÍR TODOS LOS DÍAS LA SANTA MISA

 

Los que no tienen deseo de asistir a la Misa alegan siempre una multitud de excu­sas, creyendo justificar así su falta de devo­ción. Los verás totalmente ocupados y lle­nos de afán por los intereses materiales; nada les importan los trabajos y fatigas si se trata de acrecentar su fortuna, mientras que para la Santa Misa, que es el negocio por excelencia, sólo encontrarás frialdad e indiferencia. Alegan mil pretextos frívolos, ocupaciones graves, indisposiciones, asuntos de familia, falta de tiempo, en una palabra, si la Iglesia no los obligase bajo pena de culpa grave a oír Misa los domingos y días de fiesta, Dios sabe si pondrían jamás los pies en un altar. ¡Ah! ¡Qué vergüenza! ¡Qué tiempos tan calamitosos los nuestros! ¡Qué desgraciados somos! ¡Cuánto hemos decaído del fervor de los primeros fieles que, como ya dije, asistían todos los días al Santo Sa­crificio y se alimentaban allí del Pan de los Ángeles por medio de la Comunión sacramental! Y no es que les faltasen negocios, ni ocupaciones; sin embargo, la Misa, lejos de servirles de molestia, era a sus ojos un medio eficaz de que prosperasen a la vez sus intereses temporales y espirituales.

¡Mundo ciego! ¿Cuándo abrirás los ojos para reconocer un error tan manifiesto? Cristianos, despertad por fin de vuestro letar­go, y que vuestra devoción más dulce y pre­dilecta sea oír todos los días la Santa Misa, y hacer en ella la Comunión espiritual. Para que tú, cristiano lector, formes esta resolu­ción, no encuentro otro medio más eficaz que el del ejemplo; porque es un hecho que salta a la vista, que todos somos gobernados por él. Todo lo que vemos hacer a otros, nos es fácil y cómodo. “Y ¿por qué no podrás hacer tú lo que éstos y aquéllos?”. Éste era el re­proche que SAN AGUSTÍN se dirigía a sí mis­mo antes de su conversión. Voy, pues, a citarte algunos, siguiendo las diferentes categorías de personas, y de esta manera abrigo la esperanza de ganar tu corazón.
§ 1. Ejemplos de varios príncipes, reyes y emperadores

 

Los ejemplos de los grandes del mundo causan ordinariamente más impresión que la piedad, aun extraordinaria, de los simples particulares, lo cual confirma la verdad de aquel axioma tan conocido: “El pueblo sigue el ejemplo de su rey”: Regis ad exemplum totus componitur orbis. Bien podría citar aquí un considerable número de aquellos per­sonajes, a fin de animarte a imitarlos y a oír todos los días la Santa Misa; mas para no exceder los justos límites, me contentaré con indicar algunos.

El gran CONSTANTINO asistía todos los días al Santo Sacrificio en su palacio; pero esto no bastaba a satisfacer su piedad, pues cuando marchaba a la cabeza de sus ejércitos y hasta en los campos de batalla, llevaba consigo un altar portátil, no dejando pasar un solo día sin ordenar que se celebrasen los divinos misterios, a lo cual debió las señaladas victorias que obtuvo sobre sus enemigos. LOTARIO, emperador de Alemania, observó constantemente la misma piadosa práctica: en la paz como en la guerra, quiso oír hasta tres Misas diarias. El piadoso rey de Ingla­terra ENRIQUE III, hacía lo mismo con edifi­cación de toda su Corte; y su devoción fue recompensada por Dios, aun temporalmente, concediéndole un reinado de cincuenta y seis años[20].

Mas para conocer bien la piedad de los monarcas ingleses y su asistencia continua al santo sacrificio de la Misa, no es preciso recurrir a los siglos pasados: basta fijar la consideración en aquella grande alma, cuya muerte todavía llora la ciudad de Roma; me refiero a la piadosa reina MARÍA CLEMENTINA. Esta princesa, según ella misma tuvo la bon­dad de confiármelo muchas veces, tenía sus principales delicias en oír la Santa Misa, así que lo hacía diariamente y en el mayor nú­mero posible. Asistía a ellas de rodillas, sin almohadillas para las rodillas, sin apoyo al­guno, inmóvil, cual una verdadera estatua de la piedad. Una asistencia tan fervorosa al Sacrificio inflamó de tal manera su corazón en el fuego de amor a Jesús, que todos los días quería hallarse presente a tres o cuatro reservas del Santísimo Sacramento, que se celebraban en distintas iglesias, haciendo ir al galope sus caballos por las calles de Roma, para llegar oportunamente a todos los tem­plos. ¡Ah! ¡Qué torrentes de lágrimas vertía esta virtuosa señora para conseguir saciar el hambre que tenía del Pan de los Ángeles! Hambre tan devoradora que la hacía pade­cer noche y día, y era que su corazón sen­tíase constantemente transportado al objeto de su amor. Sin embargo, Dios permitió que sus apremiantes súplicas no fuesen siem­pre escuchadas; y lo permitió a fin de hacer más heroico el amor de su sierva, o más bien para hacerla mártir del amor, pues, a mi juicio, esto fue lo que abrevió los días de su vida, de lo cual es una prueba evidente la carta que me escribió estando ya mori­bunda. Lo que hay de cierto es, que si se vio privada de la frecuente Comunión sacramental, no por eso perdió el mérito; porque aquellos dulcísimos deliquios del amor que no podía experimentar comulgando sacramentalmente, se los proporcionaba la Comu­nión espiritual que renovaba, no sólo siem­pre que asistía a la Santa Misa, sino también muchísimas veces al día, y con un gozo in­terior inexplicable, siguiendo con exactitud el plan trazado en el capítulo anterior.

Ahora yo pregunto: este ejemplo tan su­blime y edificante, del que puedo asegurar haber sido testigo de vista, puesto que ha pasado en mi presencia, y que en nuestros días ha sido en Roma objeto de admiración, ¿no bastará para cerrar la boca de los que alegan tantas y tantas dificultades para dis­pensarse de oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión espiritual? Pero todavía no me satisface que procures imitar a esa virtuosa reina en su ardiente deseo de unirse a Jesucristo; yo quisiera que la imi­tases también en el celo con que trabajaba con sus propias manos para proveer de vestiduras sagradas a las iglesias pobres: ejem­plo que siguieron en Roma muchas señoras distinguidas, que se recreaban en una ocupa­ción tan piadosa, como útil y modesta. Co­nozco fuera de Roma una gran princesa, tan célebre por su piedad como por su esclare­cido nacimiento, que oye todos los días va­rias Misas y tiene a sus doncellas frecuentemente ocupadas en trabajos de mano para el servicio de los altares, hasta el punto de entregar cajones de corporales, purificadores y otros ornamentos, bien a misioneros, bien a predicadores, para que éstos los distribu­yan a las iglesias, a fin de que el Divino Sa­crificio se celebre en todas partes con la decencia y pompa convenientes.

Séame permitido exclamar ahora: ¡Oh poderosos del mundo! Ved ahí el medio seguro de conquistar el cielo. Y vosotros, ¿qué hacéis? Decídmelo por favor: ¿qué hacéis? ¿Cómo no abrís vuestras manos para distri­buir abundantes limosnas a favor de tantas iglesias tan necesitadas? No digáis que care­céis de recursos, que vuestras propiedades producen poco, y que otras necesidades más apremiantes absorben vuestras rentas; porque en este caso yo os facilitaría el medio de proporcionar recursos a los altares sin perjudicar a las exigencias de vuestro estado. Vedlo ahí: es muy fácil y lo tenéis a mano; un caballo menos en vuestras caba­llerizas, un lacayo menos a vuestro servicio, cualquier otra superfluidad menos; y de este modo podéis hacer economías suficientes pa­ra socorrer las necesidades de muchas igle­sias sumamente pobres. Y ¡qué de bendiciones atraería sobre el Estado y sobre vosotros mismos una conducta tan edificante! Convó­canse asambleas, reúnense congresos, fór­manse conferencias, consejos de guerra para la seguridad de las provincias, juntas de no­tables para deliberar sobre los medios de aumentar la prosperidad y riqueza pública, y de alejar los peligros que pudieran impe­dirla, y es muy frecuente no conseguirlo. Pues bien, una buena idea, un medio suge­rido con oportunidad bastaría para allanar estas dificultades y asegurar de una vez la tranquilidad del reino. Pero, ¿y de dónde nos vendrá este feliz pensamiento? —De Dios, sabedlo bien, de Dios. — ¿Y cuál es el medio más eficaz para conseguirlo? —La Santa Misa. Óyela, pues, querido lector, con la frecuencia posible, y haz que se celebre a menudo por tu intención: cuida de proveer a las iglesias de vasos sagrados y ornamentos convenientes, y verás entonces los efectos de una providencia especial, que asegurará tus posesiones, y que te hará dichoso en el tiem­po y en la eternidad.

Concluiré este párrafo con un ejemplo de SAN WENCESLAO[21], rey de Bohemia, a quien deberías imitar, si no en todo, a lo menos en parte. Este Santo Rey no se contentaba con asistir diariamente a varias Misas, arrodillado sobre el pavimento desnudo, y ayudando a veces al sacerdote con más humildad y modestia que un joven de prima tonsura. El piadoso monarca se empleaba además en adornar los altares con las joyas más ricas de su corona y con las ropas más preciosas de su palacio. Acostumbraba también a pre­parar con sus propias manos las hostias destinadas al Santo Sacrificio; y el grano que servía para confeccionarlas era recogido por el mismo Santo Rey. Veíasele, sin temor de rebajar la dignidad real, trabajar la tierra, sembrar el trigo y recoger la cosecha; des­pués de lo cual él mismo molía el grano y cernía la harina, con cuya flor amasaba las hostias y las presentaba humildemente a los sacerdotes. ¡Oh manos dignas de empuñar el cetro de todo el mundo! Pero ¿qué utilidades le reportó una devoción tan tierna? Dios per­mitió que el emperador Otón distinguiese a este Santo Rey con una benevolencia sin igual, de la que le dio una brillante prueba concediéndole la gracia de unir a su escudo de armas todos los blasones del Imperio: favor que no se había concedido a ningún príncipe. Pero Dios, que se dignó recompen­sar en este mundo la devoción de Wenceslao al santo sacrificio de la Misa, le preparó en el cielo una recompensa mucho más magní­fica, cuando, después de un glorioso martirio, fue elevado de un reino temporal a un trono eterno de la gloria. Reflexiona sobre estos grandes ejemplos, y toma una resolución ge­nerosa.

§ 2. Ejemplos de grandes damas y señoras del mundo

Hay señoras que parece quieren convertir la iglesia en un teatro para su vanidad. Al entrar en ella atraen las miradas de todos con su brillante y acicalado traje. ¡Plegue a Dios que no usurpen o no estorben las ado­raciones que debieran dirigirse hacia el altar! Como entre esta clase de personas se encuen­tran muchas bastante asiduas en la asisten­cia a los Oficios divinos, no nos detendremos tanto en exhortarlas a frecuentar el lugar santo, como en enseñarles la modestia y el respeto con que es preciso portarse en la casa de Dios, particularmente durante la ce­lebración del Santo Sacrificio. En efecto, tan edificado como estoy de la conducta de un gran número de matronas romanas, y de las más distinguidas, que se presentan delante de nuestros altares con un exterior sumamente sencillo, sin pompa alguna y sin ador­nos; tanto me escandaliza ver otras vanido­sas, que con su ridículo peinado y su vestido de teatro tienen la necia pretensión de pasar por diosas en las iglesias. A fin de inspirar a estas desgraciadas un saludable y santo temor a nuestros tremendos misterios, voy a referir el siguiente ejemplo que se lee en la vida de la BEATA IVETA DE HUY, en el terri­torio de Lieja (Bolland, vita B. Ivetae). Oyendo Misa esta santa viuda el día de Navidad, Dios le hizo ver un espectáculo espantoso. Estaba a su lado una persona distinguida que parecía tener los ojos fijos en el altar, pero no era con el objeto de prestar aten­ción al Santo Sacrificio, o de adorar al San­tísimo Sacramento que se disponía a recibir, sino que estaba la infeliz entretenida en sa­tisfacer una pasión impura que había conce­bido por uno de los cantores que se hallaba en el coro, y cuando la desgraciada se le­vantó para acercarse a la Sagrada Mesa, la Bienaventurada Iveta vio una turba de de­monios saltando y bailando alrededor de aquella mujer: unos le levantaban su vesti­do, otros le daban el brazo, y todos parecían emplearse con diligencia en servirla, aplau­diendo a la vez su acto sacrílego. Rodeada de este infernal cortejo fue a arrodillarse ante el altar de la Comunión: bajó el sacer­dote, llevando en su mano la Sagrada Hostia, y la depositó sobre la lengua de aquella infeliz mujer; pero en el mismo instante la Santa viuda vio a Nuestro Señor volar al cielo, por no habitar en un alma que era guarida de los espíritus impuros. Con esta inmodestia sacrílega había atraído los demo­nios y ahuyentado al Divino Salvador, según la infalible sentencia del Espíritu Santo: La sabiduría encarnada no entrará en un alma depravada, ni habitará en un cuerpo esclavo del pecado. “In malevolam animam non in­troibit sapientia, nec habitabit in corpore subdito peccatis”. (Sb 1, 4).

Quizás me dirás, al leer estas páginas, que tú no eres del número de las personas que no guardan moderación ni decencia. Me com­plazco en creerlo, digo más, ni aun lo dudo; pero cuando se nota que vas a la iglesia ador­nada y perfumada como para un baile, y ves­tida con tan poca modestia, ¿no hay derecho para dirigirte una censura severa? ¡Qué do­lor! En verdad que así se hace de la casa de Dios una cueva de ladrones, puesto que, dis­trayendo a todo el mundo, se roba a Jesu­cristo el honor y atención que le son debidos.

Entra, pues, dentro de tu corazón, y toma la firme resolución de imitar a SANTA ISABEL DE HUNGRÍA[22]. Esta santa reina tenía el ma­yor anhelo por oír Misa, pero cuando llegaba el momento de asistir al Santo Sacrificio, dejaba su corona, quitaba las sortijas de sus dedos, y despojada de todo adorno, se con­servaba en presencia de los altares cubierta con un velo y en actitud tan modesta, que jamás se la vio dirigir sus miradas a derecha ni izquierda. Esta sencillez y esta modestia agradaron tanto a Dios, que quiso manifes­tar su contento por medio de un brillante y ruidoso prodigio. Al tiempo de celebrarse la Misa, la Santa se vio rodeada de una luz tan resplandeciente, que los ojos de los demás asistentes quedaron deslumbrados: pa­recía un ángel bajado del cielo. Aprovéchate de tan bello ejemplo; y si lo haces, está segura de que así agradecerás a Dios y a los hombres, y de que tus sacrificios te acarrea­rán inmensas utilidades en esta vida y en la otra.

§ 3. Ejemplos de mujeres de humilde condición

 

En la primera instrucción se ha demostra­do de una manera incontestable que la Santa Misa es de grandísima utilidad para toda cla­se de personas. Sin embargo, no es oportuno que mujeres de cierta condición, y a causa de los deberes que tienen que cumplir, asis­tan a ella todos los días de la semana. Si criáis niños, o si por un motivo de caridad o de justicia cuidáis enfermos; en fin, si un marido díscolo os prohíbe salir, no tenéis motivo para inquietaron y mucho menos para desobedecer; porque, aun cuando la asisten­cia a la Misa sea la cosa más santa y pro­vechosa, sin embargo la obediencia y la mor­tificación de la propia voluntad siempre son preferibles. Para vuestro consuelo añadiré que obedeciendo dobláis vuestros méritos, en atención a que Dios, en este caso, no sólo recompensará vuestra obediencia, sino que además tomará en cuenta la buena voluntad que tenéis de asistir a la Misa, como si en realidad la hubieseis oído. Por el contrario, desobedeciendo, perderíais uno y otro méri­to, demostrando con vuestra conducta que preferís satisfacer los deseos de vuestra pro­pia voluntad a cumplir con la de Dios, de la cual se nos dice expresamente en las Santas Escrituras que “la obediencia es mejor que los sacrificios”, es decir, que prefiere una sumisión humilde a todas las Misas que no sean de precepto.

¿Y qué sería si, después de ir a la Santa Misa, volvieseis con las manos vacías, efecto de vuestra charlatanería, de vuestra curiosi­dad y distracciones voluntarias? Escuchad el caso que voy a referir. Una buena mujer que habitaba en un pueblito a cierta distan­cia de la iglesia, resolvió y prometió a Dios oír un gran número de Misas durante un año, a fin de alcanzar una gracia que deseaba vivamente. Por esta razón, en el momento en que sonaba la campana de una ermita, in­terrumpía de repente sus ocupaciones, y se dirigía con prontitud a la iglesia a pesar de la lluvia, de la nieve y de todas las intem­peries de la estación. Cuando volvía a su casa procuraba apuntar las Misas oídas, con el fin de tener la seguridad de que era pun­tual en el cumplimiento de su promesa, a cuyo efecto colocaba por cada Misa un haba en una cajita que cerraba con todo cuidado. Pasado el año, y no abrigando la menor duda de haber satisfecho con exceso lo que había prometido, alcanzado muchos méritos y pro­porcionado mucha gloria a Dios Nuestro Señor, abrió su caja: pero ¡cuál sería su sorpresa al encontrar una sola haba, de tantas como había depositado! En vista de tan esperado suceso, entregóse a una profunda pena, y vertiendo lágrimas, fue a quejarse a Dios con las siguientes palabras: ¡Oh Señor! ¿Cómo es posible que de tantas Misas como he oído sólo encuentre la señal de una? Yo jamás he faltado a ella, a pesar de los obstáculos de toda clase, a pesar de la lluvia, del hielo y del calor. . . ¿Cómo, pues, ¡Dios mío! me explico este suceso? Entonces el Señor le inspiró el pensamiento de que fuese a consultar a un sabio y virtuoso sacerdote. Preguntóle éste por las disposiciones con que acostumbraba dirigirse a la iglesia y por la devoción con que asistía al Santo Sacrificio. A esta pregunta contestó la pobre mujer, di­ciendo con toda verdad, que durante el tiem­po que empleaba en ir de casa a la iglesia, no se ocupaba más que en negocios y bagatelas; y que mientras se celebraba la Santa Misa, estaba constantemente preocupada con los cuidados de la casa, o con los trabajos del campo y aún charlando con otras. He aquí, le dijo el sacerdote, la causa de que se hayan perdido todas estas Misas: los discur­sos inútiles e impertinentes, la disipación y las distracciones voluntarias os quitaron todo el mérito. El demonio se aprovechó de esto, y vuestro Ángel bueno llevó todas las habas que servían de señales, para daros a entender que el fruto de las buenas obras se pierde cuando no se practican bien. Por consiguien­te, dad gracias a Dios porque a lo menos hay una que fue oída con gran provecho vuestro.

Ahora entra dentro de ti mismo y di: De tantas Misas como he oído en el curso de mi vida, ¿cuántas habrá que Dios haya tomado en cuenta? ¿Qué te dice la conciencia? Si te parece que serán pocas las que hayan sido favorablemente recibidas del Señor, ob­serva otro método en lo sucesivo. Y a fin de que jamás seas del número de aquellas desgraciadas que sirven de ministros al de­monio, aun en las iglesias, para arrastrar almas al infierno, escucha el ejemplo siguien­te, muy a propósito para hacerte temblar.

Se lee, en el Sermonario llamado Dormisicuro, que una mujer reducida a extrema necesidad andaba errante cierto día por lu­gares solitarios, y tentada de la desespera­ción, cuando de repente se le apareció el demonio y le ofreció cuantiosas riquezas, con tal que ella quisiera ocuparse en distraer a los fieles durante la Misa, entreteniéndolos con discursos inútiles. La infeliz aceptó esta proposición, según ella dijo; y habiendo co­menzado a ejercer su oficio diabólico, lo de­sempeñó tan maravillosamente, que a cualquiera persona que estuviese cerca de ella le era imposible prestar atención a los Oficios divinos, ni oír devotamente la Santa Misa. Pero no pasó mucho tiempo sin que aquella mujer desgraciada se viese herida por la ma­no de Dios. En una mañana de violenta tem­pestad un rayo cayó sobre ella sola y la re­dujo a cenizas. Aprende por cuenta ajena y evita en todo lugar, y especialmente en la iglesia, el estar al lado de aquéllos que con sus chanzas, con sus conversaciones imper­tinentes y con sus irreverencias de toda clase, se convierten en instrumentos del demonio: de otra manera te expondrías a incurrir co­mo ellos en el desagrado de Dios.

§ 4. Ejemplos de negociantes y artesanos

 

El dinero es el ídolo de nuestros días. ¡Ah! ¡Cuántos desgraciados están constantemente prosternados ante esta falsa deidad, a la que únicamente rinden culto! Ellos llegan a ol­vidar al Creador del cielo y de la tierra, y por consiguiente se precipitan en un abismo de males aun temporales, mientras que el Real Profeta nos asegura que los que buscan a Dios ante todo, estarán al abrigo de los in­fortunios y serán colmados de bienes: “In­quirentes autem Dominum non minuentur omni bono”[23]. Esta sentencia se verifica es­pecialmente, en favor de aquéllos que procuran prepararse para el trabajo y demás ocupaciones del día, con la asistencia al san­to sacrificio de la Misa. La prueba de esta verdad nos la suministra el siguiente caso notable, ocurrido a tres negociantes de Gub­bio, en Italia.

Habíanse dirigido los tres a una feria que se celebraba en la villa de Cisterno, y des­pués de haber arreglado sus compras, tra­taron de ponerse de acuerdo para la marcha. Dos fueron de parecer que se emprendiese al día siguiente muy temprano, a fin de lle­gar a sus casas antes de anochecer; empero el tercero protestó que el día siguiente era domingo, y que de ningún modo se pondría en camino sin oír primeramente la Santa Misa. También exhortó a sus compañeros a que tomasen la misma resolución para volver juntos como habían ido, añadiendo que, des­pués de haber cumplido este precepto y to­mado un buen desayuno, viajarían más con­tentos; y por último dijo: que si no era po­sible llegar a Gubbio antes de anochecer, no faltarían mesones en el camino. Los compa­ñeros rehusaron conformarse con un dicta­men tan sabio y provechoso, y queriendo a toda costa llegar a su casa el mismo día, respondieron: que si por esta vez dejaban de oír Misa, Dios tendría misericordia con ellos. Así, pues, el domingo al rayar el alba y sin poner los pies en la iglesia, montaron a ca­ballo y emprendieron el viaje a su pueblo. Bien pronto llegaron cerca del torrente de Confuone, que la lluvia caída durante la noche había hecho crecer desmedidamente y hasta tal punto, que la corriente, azotando con violencia el puente de madera, lo había sacudido fuertemente. Sin embargo, los ji­netes subieron, pero apenas dieron los pri­meros pasos cuando la impetuosidad de las aguas arrastró el puente con los caballeros, y los sumergió. Al ruido de tan espantoso desastre corrieron los aldeanos, y con el auxi­lio de ganchos consiguieron sacar los cadá­veres de aquellos desgraciados que acaba­ban de perder su fortuna y su vida, y quizás su alma: se les depositó a orillas del torrente esperando que alguno los reclamase para darles honrosa sepultura. Durante este tiem­po el tercer negociante, que se había quedado en Cisterno para oír la Santa Misa, cumplido este deber había emprendido ale­gremente su viaje. No tardó mucho en lle­gar al sitio de la catástrofe, quedando atur­dido a la vista de los cadáveres; y habiéndose detenido a mirarlos, reconoció a sus compa­ñeros de la víspera. Oyó, vivamente conmo­vido, la relación de la funesta desgracia de que habían sido víctimas, y levantando sus manos al cielo, dio gracias a la Bondad infinita por haberlo preservado de semejante desventura; y sobre todo, bendijo mil y mil veces la hora dichosa que había consagrado al cumplimiento de sus deberes religiosos, atribuyendo su conservación al santo sacri­ficio de la Misa. Habiendo regresado a su pueblo extendió en él la noticia del trágico suceso, que excitó en todos los corazones un vivísimo deseo de asistir todos los días a la Santa Misa.

¡Maldita avaricia! muy necesario es que lo diga: ¡maldita avaricia! Tú eres la que apar­tas los corazones de Dios, y les quitas, por decirlo así, la libertad de ocuparse del impor­tantísimo negocio de su salvación.

Con el fin, pues, de que todos los que están expuestos a este vicio comprendan bien en qué consiste, voy a explicarlo por medio de una comparación tomada de la Sagrada Es­critura. Sansón, como sabéis, dejóse atar al principio con nervios de buey; después con gruesas cuerdas nuevas, que todavía no ha­bían prestado servicio alguno; y las rompió como se rompe un hilo. Pero al fin, vencido por las importunas molestias de Dalila, su mujer, le descubrió que el secreto de sus fuerzas estaba en sus cabellos: de suerte que habiéndole rasurado la cabeza se con­virtió en un hombre débil como los demás, y cayó en poder de los filisteos que le arran­caron los ojos, y lo condenaron a hacer dar vueltas a la rueda de un molino. Ahora pre­gunto: ¿En qué estuvo la falla de Sansón? ¿En dejarse atar de tantas maneras? No; porque él sabía muy bien que todas las ligaduras cederían a sus esfuerzos como un del­gado hilo. La gran falta que tuvo fue el revelar el verdadero secreto de su fuerza y dejarse cortar los cabellos, sin los cuales San­són no fue ya Sansón. Del mismo modo, digo, supuesto que un negociante, un indus­trial, se deje aprisionar por miles de ocupa­ciones, en el tráfico, en la industria y en empresas de toda clase: ¿es esto en lo que consiste el vicio funesto de la avaricia? No: el vicio consiste en dejarse cortar los cabe­llos. Me explicaré: Tal negociante está abru­mado de asuntos, y, sin embargo, por la mañana temprano, al oír tocar a Misa, se dice a sí mismo: tregua a los cuidados, la Misa antes que todo. Ved aquí un Sansón que está atado, si se quiere, con muchas cuerdas, pero que no está rasurado. Otro está sujeto por más de siete lazos, por ejemplo: expediciones que hacer, jornaleros que pagar, cartas que escribir, cuentas que arre­glar, deudas que satisfacer, créditos que co­brar: ¡ah! ¡qué de ligaduras y qué laberin­to! Sin embargo, llega el domingo o un día de fiesta y este hombre se desentiende de todos estos embarazos y se dirige a la igle­sia para oír la Santa Misa y practicar sus devociones: ved ahí todavía un Sansón que está muy atado, pero que conserva su cabe­llera, porque en medio de sus numerosos negocios no pierde de vista el importantísi­mo de su eternidad. Pero (fijad bien la aten­ción en este pero), cuando estáis fuertemente ligados con mil lazos de intereses tempora­les, y no tenéis bastante fuerza para rom­perlos, esto es, para desembarazaros de cuando en cuando, y acercaros con regularidad de cristianos a los Santos Sacramentos, y a oír la Santa Misa, desde entonces ¡ay! no sois más que unos infelices Sansones ligados y rasurados a la vez. Vuestros títulos y ren­tas quizás sean legítimos; pero no lo es se­guramente ese furor por adquirir que absor­be toda vuestra atención: ésa es una avaricia cruel que os tratará como a Sansón, es de­cir: que, como él, seréis envueltos en las rui­nas de vuestras casas. Y entonces esos te­soros que amontonáis, ¿para quién serán? “Quae autem parasti, cuius erunt?”[24].

Pero no olvidemos, querido lector, que estos avaros jamás se rendirán, a menos que se les tome por su lado débil. Pues bien, les diré: ¿Qué es lo que pretendéis? ¿En­riqueceros, ganar dinero y redondear vues­tra fortuna? ¿Y sabéis cuál es el medio más seguro y eficaz de conseguirlo? Vedlo aquí: asistid todos los días a la Santa Misa. El ejemplo siguiente debe convenceros de esta verdad. Había dos artesanos que ejercían el mismo oficio: uno de ellos estaba cargado de familia, pues tenía mujer, hijos y aún so­brinos que alimentar, y no en corto número; el otro vivía solo con su mujer. El primero criaba su familia con bastante desahogo, y todo le salía maravillosamente: tenía un al­macén muy acreditado, trabajo cuanto pudie­ra desear, y negocios bastante lucrativos para hacer cada año algunas economías destinadas a la dote de sus hijas, cuando lle­gasen a la edad de casarse. El otro artesano, aunque solo, estaba sin trabajo y muerto de hambre. Acercóse un día a su vecino y le dijo en confianza: “¿Cómo haces y qué con­ducta es la tuya para vivir tan cómodamente y aumentar tus intereses? Diríase que Dios hace llover en tu casa todos los bienes en abundancia, mientras que yo, infeliz, no pue­do levantar la cabeza, y todas las desgracias me oprimen. —Yo te lo explicaré bien, le respondió su amigo: mañana por la mañana pasaré por tu casa, y te enseñaré el lugar donde voy a negociar mi buena fortuna”. A la mañana siguiente fue a buscarlo y lo condujo a la iglesia para oír la Santa Misa, después de lo cual lo acompañó a su taller: hizo lo mismo el segundo y tercer día, y al cuarto le dijo el otro: “Si no hay más que hacer que ir a la iglesia y asistir al Santo Sacrificio, yo sé perfectamente el camino; por consiguiente no es necesario que te molestes más. —Esto es precisamente, le contestó el primero: asiste todos los días a la Santa Misa, y verás cómo la fortuna te sonríe”. Así sucedió efectivamente. Desde el momento en que abrazó esta práctica tan piadosa, se vio muy surtido de trabajo, pagó sus deudas en poco tiempo, y puso su casa en buen pie. (Surio, en la Vida de S. Juan el Limosnero).

Creéis al Evangelio, ¿no es así? Pues bien: si creéis en él, no podéis dudar de esta verdad. ¿No dice terminantemente: “Quaerite primum regnum Dei (Mt 6,33): Buscad pri­mero el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura”? Procurad hacer la prueba, a lo menos durante un año. A la Misa todas las mañanas; y si vuestros nego­cios no tienen mejor éxito, os permito que­jaros de mí. Pero no sucederá así seguramente, antes por el contrario, tendréis mo­tivos poderosos para darme gracias.

§ 5. Ejemplos de jornaleros y sirvientes

 

El apóstol SAN PABLO dice que el cristiano que no tiene cuidado de los suyos, y espe­cialmente de los domésticos, es peor que un infiel. Esta solicitud que se les debe, entién­dese no sólo en cuanto al cuerpo, sino y mu­cho más en cuanto al alma. Por consiguien­te, si el Apóstol tenía por crueldad el que se les dejase carecer de lo necesario para la vida corporal, mucho mayor lo será privarlos del alimento espiritual, principalmente prohi­biéndoles asistir todos los días a la Santa Misa. No hay un señor, por rico y poderoso que sea, que sepa comprender la pérdida que le ocasiona tal privación. Cuando Dios esta­bleció alianza con Abrahán, le ordenó que no solamente se circuncidase, sino que obligase a hacer lo mismo a todos sus servidores y esclavos: prueba evidente de que todo buen cristiano no debe contentarse con servir a Dios por sí mismo, especialmente con la asis­tencia al Santo Sacrificio, sino que debe procurar que todos sus criados, que toda su casa, le sirva igualmente.

SAN ELEÁZARO, conde de Ariani, practicó perfectamente esta santa economía espiritual. En un reglamento que había formado para su palacio, ordenaba en primer lugar que todos oyesen diariamente la Santa Misa; do­mésticos y sirvientes, mozos y empleados, a todos quería verlos asistiendo al adorable Sacrificio del altar. Esta piadosa costumbre es seguida por un gran número de señores, de cardenales y prelados de Roma. Todos los días oyen o celebran la Santa Misa, y quieren que todos sus dependientes y domés­ticos asistan a ella, y no vayáis a creer que el tiempo que éstos emplean en oír Misa es un tiempo perdido, no: es el tiempo que Dios tendrá más en cuenta.

SAN ISIDRO[25] era un pobre labrador; pero tenía sumo cuidado de no faltar a Misa. Dios le hizo conocer cuán agradable le era su de­voción por el suceso siguiente. Un día que el Santo estaba trabajando en el campo, oyó tocar a Misa en una iglesia inmediata; deja sus bueyes, y marcha precipitadamente con objeto de asistir al Santo Sacrificio. Pero ¡oh prodigio! mientras que San Isidro estaba en Misa, los Ángeles se ocuparon en conti­nuar la labor de aquel devoto y piadoso la­brador. Es verdad que Dios no hará milagros tan patentes en favor vuestro; sin em­bargo, ¿no tiene medios infinitos para recompensar vuestra piedad? Bien podéis com­prenderlo por lo que hizo con un pobre vi­ñador, cuya historia es la siguiente: Este virtuoso jornalero, que criaba su familia con el sudor de su rostro, acostumbraba, antes de consagrarse al trabajo, asistir todos los días al santo sacrificio de la Misa. Un día muy temprano dirigióse al punto donde se reunían sus compañeros, esperando que al­guno viniese para alistarlos. En este tiempo oyó sonar la campana, y al instante, según costumbre se dirigió a la iglesia para rezar en ella sus oraciones. Después de la primera Misa salió inmediatamente otra, que el pia­doso jornalero oyó con la misma devoción. Al volver a su puesto ya no encontró a nin­guno de sus compañeros: todos habían sido alistados y enviados al campo, y los dueños también habían desaparecido. Aquel buen hombre volvíase triste a su casa, cuando un rico propietario del lugar se apercibió de ello; y al notar en su rostro su gran tristeza, se acercó a él y le preguntó la causa. “Qué quiere usted, respondió el pobre trabajador, esta mañana, por temor de perder la Misa, he perdido mi jornal. —No te aflijas por eso, respondió el rico: vuelve a la iglesia, oye una Misa más por mi intención, y esta tarde te pagaré tu jornal”. El pobre hombre fue a cumplir con lo que le ordenaba su nue­vo amo, y no solamente asistió a la Misa que se le había prescrito, sino que además oyó todas las que se celebraron en aquel día. Al caer de la tarde se presentó al rico para recoger su jornal. En efecto, recibió doce sueldos, salario ordinario de un jornalero de aquel país. Marchábase muy contento a su casa, cuando vio venir hacia él un personaje desconocido (era Nuestro Señor Jesucristo), y le preguntó cuánto le dieron por el trabajo de un día tan bien empleado; y oyendo que sólo recibiera doce sueldos, le dijo: “¿Tan poco ganaste por una obra tan meritoria? Vuelve a casa de ese rico, y dile: que si no aumenta la retribución, sus negocios irán muy mal”. El jornalero desempeñó con humilde sencillez el encargo que llevaba para el rico, quien le entregó cinco sueldos más, enviándole en paz. Marchó el buen hombre muy satisfecho con esta gratificación; pero el Divino Salvador no se contentó con ella: viendo que el aumento no excediera de cinco sueldos, le dijo: “Esto no es bastante todavía; vuelve a casa de ese avaro, y hazle pre­sente que si no se muestra generoso, vendrá sobre él una terrible desgracia”. El jorna­lero se presenta nuevamente delante del rico con un temor respetuoso, y le hizo a medias palabras aquella nueva demanda. Entonces el rico, herido interiormente por la gracia del Señor, llevó su generosidad hasta el punto de darle cien sueldos y un buen vestido nue­vo. Sin duda os admiraréis, y con razón, del modo con que la Divina Providencia recom­pensó a este pobre viñador, de la piedad que le movía a oír todos los días la Santa Misa; pero más admirable es todavía la misericor­dia que Dios tuvo de este rico. A la noche siguiente apareciósele el Salvador, y le reve­ló que, gracias a las Misas oídas por aquel pobre, había sido preservado de una muerte repentina, que en aquella misma noche lo hubiera precipitado en el infierno. Al oír un aviso tan espantoso, se levantó sobresaltado, y entrando en cuentas consigo mismo, co­menzó a detestar su mala vida; y se declaró muy devoto de la Santa Misa, a la que asis­tió en adelante todos los días con bastante regularidad. No se contentaba con oírla, sino que además hacía que diariamente se cele­brasen otras muchas en diferentes iglesias, por cuyo medio alcanzó la gracia de pasar el resto de su vida en la práctica constante de la virtud y la de una muerte preciosa a los ojos del Señor. (Nicol Lac. trat. 6 dist. 10 de Misc., c. 200).


§ 6. Ejemplo formidable para los que no aprecian el inmenso tesoro de la Santa Misa

 

Dos insignes doctores de la Iglesia, el Án­gel de las Escuelas Santo Tomás de Aquino y el Seráfico San Buenaventura, enseñan, como se dijo en el capítulo primero, que el adorable sacrificio de la Misa es de un precio infinito, tanto por razón de la Víctima, como por la del sacerdote que la inmola. La Víc­tima ofrecida es el Cuerpo, la Sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; y el primer sacrificador, es el mismo Jesu­cristo. ¿De qué procede, pues, que tantos cristianos hacen tan poco caso de este ines­timable tesoro, prefiriendo a él un vil interés?

Hemos escrito este opúsculo con el fin de instruir a todos los que quieran leerlo con atención, e inspirarles la más sublime idea de este Divino Sacrificio. Si hasta hoy ¡oh cristiano lector! fue para ti un tesoro escon­dido, ahora que ya conoces su valor infinito, quisiera que tomases una resolución eficaz de aprovecharte de él, asistiendo todos los días a la Santa Misa. Para concluir de ani­marte a la práctica de una obra tan piadosa y fecunda en resultados espirituales y aún temporales, voy a referirte un ejemplo terri­ble que pondrá el sello a toda la obra.

Eneas Silvio, que llegó a ser Papa con el nombre de Pío II[26], cuenta que un gentilhombre de los más distinguidos de la provin­cia de Istria, después de haber perdido la mayor parte de su inmensa fortuna, se había retirado a una aldea suya para vivir allí con más economía. Vióse al poco tiempo atacado de una negra melancolía que no le dejaba un momento de sosiego, persiguiéndolo hasta el punto de querer abandonarse a la deses­peración. En medio de luchas interiores tan horribles recurrió a un piadoso confesor, quien, después de haberle oído sus trabajos, le dio un excelente consejo: “No deje usted pasar, le dijo, un solo día sin oír la Santa Misa, y no tenga usted ningún temor”. Este aviso agradó tanto al gentilhombre, que se apresuró a ponerlo en ejecución, con el ob­jeto de asegurar más y más la facilidad de su cumplimiento, tomó un capellán para que le dijese Misa todos los días en el castillo. Por un compromiso inevitable, tuvo este sa­cerdote que ir muy temprano a una villa poco distante, para ayudar a otro compañero que celebraba la primera Misa. Nuestro pia­doso caballero, no queriendo pasar un solo día sin asistir al adorable Sacrificio, salió del castillo en dirección a la villa con el fin de oír allí la Santa Misa. Como iba a un paso muy acelerado, un aldeano que lo en­contró en el camino le dijo: “Que podía volverse a su casa, porque la Misa del nuevo sacerdote había concluido y no se celebraba ninguna otra”. Al oír esta noticia se llenó de turbación, y empezando a lamentarse, exclamó: “¿Qué será de mí en este día, qué será de mí? Quizá sea hoy el último de mi vida”. Asombrado el aldeano de verle tan afligido, le dijo: “No os desconsoléis, señor: con mucho gusto os vendo la Misa que acabo de oír. Dadme la capa que cubre vuestros hombros y os cedo la Misa, con todo el mé­rito que por ella pude haber contraído de­lante de Dios”. El gentilhombre tomó la palabra del aldeano, y después de haberle entre­gado muy gozoso su capa, continuó su viaje a la iglesia para rezar allí sus oraciones. Al regresar al castillo y habiendo llegado al sitio donde se había verificado el indigno cambio, vio al infeliz aldeano colgado de una encina como Judas. Dios había permitido que la tentación de ahorcarse, que tanto atormen­taba al gentilhombre, se apoderase de aquel desgraciado que, privado de los auxilios que había alcanzado por medio de la Santa Misa, no tuvo fuerzas para resistir. Horrorizado a vista de semejante espectáculo, comprendió una vez más toda la eficacia del remedio que su confesor le había dado, y se confirmó en la resolución de asistir todos los días al Santo Sacrificio.

A propósito de este tremendo caso, quisie­ra hacerte dos observaciones de altísima im­portancia. La primera es concerniente a la monstruosa ignorancia de aquellos cristianos que no apreciando debidamente las inmen­sas riquezas encerradas en el Sacrificio del altar, llegan a tratarle como si fuera un ob­jeto de tráfico. De aquí proviene esa manera de hablar tan inconveniente, que tienen cier­tas personas, cuyo cinismo llega al extremo de preguntar a un sacerdote: ¿Cuánto me cuesta una Misa? ¿Quiere usted que se la pague hoy? ¡Pagar una Misa! ¿Y en dónde encontraréis capital equivalente al valor de una Misa, que vale más que el paraíso? ¡Qué ignorancia tan insoportable! La moneda que dais al sacerdote es para proveer a su sub­sistencia, pero no un pago de la Santa Misa, que es un tesoro que no tiene precio.

Muy cierto es, amado lector, que en este opúsculo te he exhortado constantemente a oír todos los días la Santa Misa, y a que hi­cieses celebrarla con la mayor frecuencia po­sible. Y quién sabe si con este motivo habrá tomado un pretexto el demonio para soplarte al oído esta maldita sospecha: “Los sacer­dotes presentan muy buenas y excelentes ra­zones para inclinarnos a dar limosnas destinadas a la celebración del Santo Sacrificio; sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Bajo una apariencia de celo, ellos buscan su provecho, pues cuando se penetra en el fon­do de ciertas cosas, se comprende al fin que el interés es el único móvil de todo lo que hacen y de todo lo que dicen”. ¡Ah! si tal crees te engañas miserablemente. En cuanto a mí, doy gracias a Dios por haberme lla­mado a una Religión en donde se hace voto de pobreza, la más estricta y rigurosa, y en donde no se recibe estipendio de Misas. Aún cuando se nos ofrecieran cien escudos por celebrar una sola vez el Santo Sacrificio, no los recibiríamos. Nosotros, al decir Misa, nos conformamos siempre con la intención que tuvo el mismo Jesucristo al ofrecerse al Eterno Padre en sacrificio, sobre el altar sangriento del Calvario. Por consiguiente, si alguno puede hablar con toda claridad y sin temor de que se atribuyan miras interesadas, soy yo que no pienso ni puedo pensar en otra cosa que en el bien de todos. Por lo mismo vuelvo a repetir lo que te dije al prin­cipio de este opúsculo: asiste frecuentemente a la Santa Misa; a ello te conjuro en el nombre de Dios; asiste muy frecuentemente y da limosnas para hacer que se celebren en el mayor número posible, y de este modo amontonarás un rico y precioso tesoro de méritos, que te será muy provechoso en este mundo y en la eternidad.

La segunda observación que debo hacerte con relación al ejemplo que acabas de leer, es acerca de la eficacia de la Santa Misa para alcanzarnos todos los bienes y preservarnos de todos los males, especialmente pa­ra avivar nuestra confianza en Dios y darnos fuerzas con las cuales vencer todas las tenta­ciones. Permíteme, pues, que te diga una vez más: ¡A Misa, por favor, a Misa! si quieres triunfar de tus enemigos y ver al infierno humillado a tus pies.

Antes de terminar este opúsculo, creo con­veniente decir algunas palabras acerca del ministro que ayuda a Misa. En estos días desempeñan este oficio los niños o personas sencillas, mientras que ni aún las testas co­ronadas serían dignas de un honor tan sin­gular. SAN BUENAVENTURA dice que el ayudar a Misa es un ministerio angélico, puesto que los muchos Ángeles que asisten al Santo Sa­crificio sirven a Dios durante la celebración de este augusto misterio. SANTA MATILDE Vio el alma de un fraile lego más resplandeciente que el sol, porque había tenido la devoción de ayudar a todas las Misas que podía. SAN­TO Tomás DE AQUINO, brillante antorcha de las escuelas, no apreciaba menos la dicha del que sirve al sacerdote en el altar, puesto que, después de celebrar, nada deseaba tanto co­mo ayudar a Misa. El ilustre canciller de Inglaterra, TOMÁS MORO, tenía sus delicias en el desempeño de tan santo ministerio. Ha­biéndole reprendido cierto día uno de los grandes del reino, diciéndole que el Rey vería con disgusto que se rebajase hasta el punto de convertirse en monaguillo, Tomás Moro respondió: “No, no, al Rey mi señor no pue­den disgustarle los servicios que yo hago al que es Rey de los reyes y Señor de los señores”. ¡Qué motivo de confusión para aquellos cristianos que, aun haciendo alguna vez profesión de piedad, se hacen rogar para ayu­dar a Misa, mientras que debieran disputar a otros este honor, que envidian los Ángeles del cielo!

Por otra parte, es preciso tener cuidado de que el que ayuda a Misa sea capaz de cumplir con su ministerio de una manera conveniente. Debe tener la vista mortificada y manifestar un exterior grave, modesto y piadoso: debe pronunciar las palabras claramente, sin apresurarse y a media voz; no en tono tan bajo que no le oiga el sacerdote, ni tan alto que incomode a los que celebran en otros altares. Por consiguiente, no deben ser admitidos ciertos niños desvergonzados, que están burlándose unos de otros durante la Misa y distraen al celebrante. Yo suplico al Señor se digne iluminar a los hombres sabios, e inspirarles la resolución de ocuparse en un ministerio tan santo y meritorio. A las personas más distinguidas corresponde dar el ejemplo.

Para concluir, sólo me resta dar un salu­dable consejo que comprenda a seglares y sacerdotes. Dirigiéndome a los primeros, les digo: Si queréis recoger frutos abundantísi­mos del santo sacrificio de la Misa, asistid a ella con la mayor devoción. Por todo este opúsculo he insistido más de una vez sobre este punto; y ahora, al terminar, insisto to­davía y con más eficacia, si cabe. Asistid, pues, con devoción a la Santa Misa, y si lo encontráis bueno, utilizad este librito, practi­cando exactamente lo que se prescribe en el capítulo segundo. Haciéndolo así, os aseguro pues tengo la experiencia por testigo) que bien pronto experimentaréis en vuestro co­razón un cambio muy notable, y palparéis las inmensas utilidades que redundan en benefi­cio de vuestra alma.

En cuanto a vosotros, sacerdotes del Señor permitidme que, con mi frente pegada al polvo, os dirija una súplica. Os ruego, por las entrañas de Nuestro Señor Jesucristo, que toméis la firme y constante resolución de celebrar todos los días la Santa Misa. Si en la primitiva Iglesia los mismos seglares no dejaban pasar un solo día sin comulgar, ¿con cuánta mayor razón debemos creer, que los sacerdotes celebraban diariamente? “Cada día ofrezco a Dios el Cordero sin man­cha”, dijo SAN ANDRÉS APÓSTOL, dirigiéndose al tirano. SAN CIPRIANO[27] escribió en una carta las palabras siguientes: “Nosotros, los sa­cerdotes, que celebramos y ofrecemos a Dios todos los días el Santo Sacrificio”. SAN GREGORIO EL GRANDE refiere de Casiano, obis­po de Narni, que teniendo éste la piadosa costumbre de celebrar diariamente, Dios Nuestro Señor encargó a uno de sus capellanes le dijese en su nombre que se portaba muy bien, que su piedad le era muy agra­dable, y que por ella recibiría una recom­pensa magnífica en el reino de los cielos.

Por el contrario, ¿quién será capaz de com­prender, ni menos de expresar, el daño que causan a la Iglesia los sacerdotes que sin impedimento legítimo y sólo por pura negli­gencia, omiten la celebración del adorable Sacrificio? Y no crea el sacerdote indevoto que pueda alegar como excusa, para no decir Misa, las muchas ocupaciones de que está rodeado. El BEATO FERNANDO, arzobispo de Granada y ministro del reino a la vez, estaba siempre ocupadísimo, y sin embargo celebra­ba todos los días la Santa Misa. Advertido en cierta ocasión por el cardenal Toledo de que la Corte murmuraba porque, a pesar de verse abrumado de tantos negocios, no quería privarse de celebrar un solo día, el Siervo de Dios le respondió: “Ya que Sus Altezas pusieron sobre mis débiles hombros una carga tan pesada, necesito un poderoso apoyo para no sucumbir. ¿Y dónde lo encon­traré mejor que en el santo sacrificio de la Misa? Allí adquiero toda la fuerza y el vigor necesarios para llevar mi carga”.

Hay sacerdotes que, apoyándose en cierta humildad omiten celebrar todos los días la

Santa Misa. SAN PEDRO CELESTINO[28], a consecuencia de la sublime idea que había formado de este augusto Misterio, quiso abstenerse de la celebración diaria; pero un santo Abad, de cuyas manos había recibido el hábito re­ligioso, se le apareció, y en tono de autoridad le dijo: “¿Encontrarás en el cielo un serafín que sea digno de ofrecer a Dios el tremendo sacrificio de la Misa? Dios eligió, para mi­nistros suyos, no Ángeles, sino hombres; y como tales están sujetos a mil imperfeccio­nes. Humíllate, pues, muy profundamente, pero no dejes de celebrar un solo día, porque ésta es la voluntad de Dios”.

Sin embargo, y a fin de que la frecuencia no disminuya el respeto, todo sacerdote debe esforzarse en imitar a los Santos que brillaron especialmente por la modestia y fervor con que subían al altar. El ilustre arzobispo de Colonia, SAN HERIBERTO, manifestaba al celebrar una devoción tan extraordinaria, que hubiéraselo tenido por un ángel bajado del cielo. SAN LORENZO JUSTINIANO[29] estaba como fuera de sí cuando decía la Santa Misa. Pero SAN FRANCISCO DE SALES parece desco­llar sobre todos. Jamás se vio un sacerdote que subiese al altar con más dignidad, con más respeto y recogimiento; desde que se revestía de los ornamentos sagrados no se ocupaba de ningún pensamiento extraño al tremendo Sacrificio; y en el momento en que ponía el pie sobre la primera grada del altar, se notaba en él un no sé qué de celestial, que asombraba y era el embeleso de todos los circunstantes.

Si estos ejemplos os parecen muy subli­mes, adoptad la práctica de SAN VICENTE FERRER[30]. Este gran Santo, que celebraba to­dos los días antes de subir a la cátedra del Espíritu Santo, tenía sumo cuidado de acercarse al altar con dos disposiciones impor­tantísimas. Para conseguir la primera, recu­rría todas las mañanas a la santa Confesión. Yo quisiera que hicierais lo mismo, sacerdo­tes fervorosos, que, celebrando los mismos misterios buscáis el medio de dar a Dios la mayor satisfacción posible. ¡Cosa extraña! se ve a muchos emplear medias horas en la lectura de ciertos libritos a fin de prepararse para el Santo Sacrificio, mientras que ha­ciendo un corto examen y excitándose al do­lor de los pecados de la vida pasada, supuesto que no hubiese otra materia, confe­sándose, podrían adquirir una grande pureza de alma. Ved aquí, sacerdotes del Señor, la preparación más excelente, y cuya prácti­ca os aconsejo. No menospreciéis este aviso que os doy, así como daría mi vida por vues­tra salvación. ¡Ah! ¡Qué tesoro de méritos adquiriréis por este medio! ¡Qué gracias me daréis cuando nos encontremos en la dichosa eternidad!

Para obtener la segunda disposición, San Vicente Ferrer quería que el altar estuviese adornado con cierta magnificencia. Como celebraba ordinariamente en presencia de una numerosa asistencia, exigía la limpieza y decencia más exquisitas en las vestiduras sagradas y en todo lo que servía al Santo Sacrificio. No se me oculta que la pobreza a que se ven hoy reducidas las iglesias, las excusa de tener ricos ornamentos de seda y tisú; pero ¿podrá dispensarlos de la decen­cia y limpieza que se requieren? Mi Padre SAN FRANCISCO DE Asís tenía tanto celo por los divinos misterios, que a pesar de su amor a la pobreza exigía, sin embargo, la mayor decencia y aseo en las sacristías, en el altar, y sobre todo en las vestiduras sagradas que sirven inmediatamente al Santísimo Sacramento. A todo esto añadiré, que la SANTÍSI­MA VIRGEN, para darnos a entender la nece­sidad de esta limpieza exterior, en una de sus revelaciones a Santa Brígida, le dijo: “La Misa no debe celebrarse sino con ornamen­tos que puedan inspirar devoción por su limpieza y decencia”.

Procuremos, pues, sacerdotes del Altísimo, celebrar la Santa Misa con estas dos dispo­siciones: limpieza exterior, y sobre todo la pureza del alma. Celebremos todos los días el Santo Sacrificio con el fervor y modestia con que celebraríamos, si toda la Corte ce­lestial asistiese visiblemente. De esta manera daremos gloria y alabanza a la Santísima Tri­nidad, proporcionaremos alegría a los Án­geles, perdón a los pecadores, auxilios de gra­cia a los justos, alivio y sufragio a las almas del purgatorio, a toda la Iglesia bienes inmensos, y a nosotros mismos la medicina y remedio de todas nuestras necesidades. Por último, yo abrigo la confianza de que si cele­bramos con recogimiento, y sobre todo con una viva fe y un gran fervor, los seglares se determinarán a asistir devotamente todos los días al Santo Sacrificio, y nosotros ten­dremos el consuelo de ver renovarse entre los cristianos el fervor de los primeros fieles, y Dios será honrado y glorificado. Ved ahí el único objeto que me propuse al escribir este opúsculo, a que doy fin rogándoos recéis por mí una sola Ave María[31].


[1] “Débiles y pobres elementos”. (Ga 4, 9). (N. del E.).

[2] S. 4, 6. (N. del E.)

[3] “Vi (…) un cordero de pie como degollado”.

[4] “Se realiza la obra de nuestra redención” (Ora­ción de la Secreta del 99 Domingo después de Pen­tecostés). (N. del E.).

[5] “Maldito el que ejecuta de mala fe la obra del Señor”. (Jr 48,10). (N. del E.).

[6] “Nos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes” (Ap. 5,10). (N. del E.).

[7] Par. 21, 1-17. (N. del E.)

[8] 1 Sam 6, 19. Sobre este pasaje, véase:

“Sin duda los betsamitas miraron el Arca con curio­sidad registrando su contenido y tocándolo todo lo cual estaba prohibido hasta a los levitas (Núm. 4, 5 y 20).

El número elevado de cincuenta mil muertos en una pequeña ciudad se debe a un error del copista. Flavio Josefo habla de setenta muertos”. (Nota de Straubin­ger).

“El texto masorético y la Vulgata ponen aquí un ‘estrago de setenta varones por un lado y cincuenta mil por otro, muertos por mirar el arca. Se impone la corrección del texto según la versión de los LXX, que reduce los muertos a setenta”. (Nota de Nácar-Colunga). (N. del E.).

[9] Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. (Mt 18,26). (N. del E.).

[10]  “En efecto, aplacado el Señor con esta oblación, y concediendo la gracia y el don de la penitencia, perdona los delitos y pecados por grandes que sean”. (Denz, 940; D-S 1743). (N. del E.).

[11] “¿Con qué retribuiré al Señor por todas las cosas que me ha hecho?”. (S. 115, 12). (N. del E.).

[12] “Tomaré el cáliz de la salud” (S. 115,13). (N. del E.). 

[13] “Porque nos ha nacido un niño”. (Is 9, 6). (N. del E.).

[14] “El que ni aun a su propio Hijo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros; ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?”. (Rm 8, 32). (N. del E.).

[15] “Escuchando la misa, el hombre se libra de ¡mu­chos males y peligros!”. (N. del E.).

[16] “Su lengua y sus mentiras contra el Señor. (… ) ¡Ay del alma de ellos!, porque se les retribuyeron sus males”. (Is 3, 8-9). (N. del E.).

[17] “Porque el juicio [será] sin misericordia para el que no usó de misericordia”. (Sant. 2,13). (N. del E.).

[18] Beato JUAN DE ÁVILA (1500-1569): el “Apóstol de Andalucía”, escritor místico y misionero español, autor entre otras obras de un “Tratado del amor de Dios”, una sobre el ‘modo de rezar el rosario y del célebre “Audi Filia”, síntesis maravillosa de la espi­ritualidad cristiana.

Beatificado en 1894, el Papa Pío XII lo proclamó el 6 de julio de 1946 patrono principal del clero se­cular español. Festividad: 10 de mayo. (N. del E.).

[19] Sesión XIII, cap. 8. (Denz. 881. D-S 1648). (N. del E.).

[20] 1216-1272. (N. del E.).

[21] SAN WENCESLAO, rey y mártir. Nieto de Santa Ludmila. Asesinado por su hermano Boleslao el 28 de setiembre de 938. Santo patrono de la nación checa. Festividad: 28 de setiembre. (N. del E.).

[22] Santa ISABEL DE HUNGRÍA (1207-1231): Hija del rey Andrés II de Hungría. Esposa del landgrave Ludwig IV de Turingia. Canonizada en 1235. Festi­vidad: el 19 de noviembre. Patrona de la Tercera Orden Franciscana. (N. del E.),

[23] “Los que buscan al Señor no carecerán de bien alguno” (S. 33, 11). (N. del E.). 

[24] Pero lo que has preparado, ¿de quién será?” (Lc 12, 20). (N. del E.).

[25] SAN ISIDRO LABRADOR (1082-1170): Patrono de Madrid, su ciudad natal. Festividad el 15 de mayo. El papa Gregorio XV, en la bula de canonización (1621), afirma que San Isidro “nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la santa misa y encomendarse a Dios y a su Madre Santísima” (N. del E.).

[26] Eneas Silvio PICCOLOMINI (1405-1464), Papa Pío II (1458-1464): Estadista, diplomático, orador, mecenas y erudito humanista; poeta, historiador, memo­rialista, pintor, etnógrafo y geógrafo.

En 1459 convocó en Mantua infructuosamente un congreso de príncipes cristianos para inducirlos a una gran cruzada contra el Turco, que fue siempre su preocupación fundamental.

En 1463 proclamó la Bula de Cruzada con estas palabras: “Ya que de otro modo nos es imposible des­pertar los entorpecidos corazones de los cristianos, nosotros mismos nos lanzaremos al peligro y gastaremos en esta empresa todos los recursos de la Iglesia romana y del patrimonio de San Pedro, con el solo fin de amparar la fe católica. (…) Nuestra causa es la de Dios; lucharemos por la ley de Dios y el mismo Dios aplastará a los enemigos ante nuestros ojos”. (N. del E.).

[27] SAN CIPRIANO (circa 200-258): Obispo de Cartago, uno de los Padres de la Iglesia latina, cuyos escritos “resplandecen más que el sol”, al decir de San Jerónimo.

Apóstol y maestro de la Romanidad y del amor a la Iglesia: “No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia por madre”, escribe en el más hermoso de sus opúsculos, el “De Catholicae Ecclesiae unitate” (251).

Mártir en la octava persecución, la de Valeriano, el 14 de septiembre de 258, el mismo día, aunque no el mismo año que el Papa San Cornelio (251-253).

Festividad de ambos: el 16 de setiembre. (N. del E.).

[28] SAN PEDRO CELESTINO 0 SAN PEDRO DE MORRONE (1215-1296), Papa SAN CELESTINO V (1294): Undécimo de doce hermanos, anacoreta y eremita, fundador de la Congregación de los Celestinos (1264), rama benedic­tina aprobada por Gregorio X en 1274 y suprimida a fines del siglo XVIII.

Estando la barca de la Iglesia sin su supremo pastor durante más de dos años (4 de abril de 1292: muerte de Nicolás IV, el primer papa franciscano), Celestino, que vivía consagrado a la oración y a la penitencia en las soledades del monte Morrone, fue electo Papa sin su conocimiento, el 5 de julio de 1294.

Después de cinco meses y seis días, convencido de su ineptitud, abdicó solemnemente al pontificado el 13 de diciembre de 1294. Diez días después, era elegido sucesor el gran pontífice BONIFACIO VIII (1294-1303) —propugnador del primado pontificio con todas sus prerrogativas—, quien ratificó la validez de la abdica­ción de Celestino V, insertando la bula de dimisión del pontífice en el Cuerpo del Derecho Canónico.

En razón del “gran rechazo” de Celestino a la tiara pontificia, DANTE lo hunde en el infierno:

“vidi e conobbi L’ombra di colui

che fece per viltá lo gran rifiuto”.

(Infierno 3, 59-60; cfr. 27, 104-105).

Canonizado por Clemente V el 5 de mayo de 1313. Festividad: 19 de mayo. (N. del E.).

[29] SAN LORENZO JUSTINIANO (1381-1456): Escritor ascético, primer patriarca de Venecia (1451).

Su reforma de costumbres del clero se adelantó en un siglo a las del Concilio de Trento y desmiente los pretextos invocados por Lutero. “En España, en Italia, en Francia, en la misma Alemania, los santos se anti­ciparon a los herejes y por el camino recto. Los siglos XIV y XV son testigos de la aparición de varios milla-res de libros titulados DE REFORMATIONE ECCLESIAE IN CAPITE ET IN MEMRRIS (Sobre la reforma de la Iglesia en la cabeza y en los miembros)” (A. Montero).

Canonizado por Alejandro VIII en 1690. Festividad: 5 de setiembre. (N. del E.).

[30] SAN VICENTE FERRER (1350-1419): Famoso pre­dicador, misionero y taumaturgo español, nacido en Valencia, de la orden de Santo Domingo.

Sólido teólogo tomista y profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, a sus sermones acudían multi­tudes de hasta quince mil personas. Contemporáneos del Santo refieren que, predicando en su valenciana lengua nativa, le entendían por igual gentes de muy diversas naciones.

Recorrió misionando toda Europa y convirtió a millares de judíos. Todos los días cantaba la misa solem­ne y luego pronunciaba el sermón, que solía durar dos o tres y hasta seis horas, como un Viernes Santo en Toulouse.

Contribuyó notablemente para la terminación del mal llamado “Cisma de Occidente” (1378-1417).

Canonizado en 1455 por Calixto III, el papa valencia-no a quien, según la tradición, San Vicente le profetizó la tiara pontificia y el honor de canonizarlo.

Festividad: 5 de abril. (N. del E.).

[31] El autor se halla en el número de los bienaventu­rados, que no necesitan de nuestras oraciones, y por consiguiente puede ayudarnos eficazmente con las su­yas. Es preciso, pues, invocarlo devotamente, a fin de que nos alcance la gracia de aprovecharnos de sus lecciones y ejemplos. (N. ed. 1924).

  

 

 

 

 

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El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2010

Por don Juan Silvestre, consultor de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

 

1. Eucaristía, Iglesia y María: relación con el sacerdote

“Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia” [1]. Estas palabras del venerable Juan Pablo II constituyen un marco adecuado y nos introducen en el tema que trataremos de desarrollar brevemente en este artículo: El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística.

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y Resurrección del Señor, “se realiza la obra de nuestra redención” [2] y de ahí se pueda afirmar que “hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia” [3]. En la Eucaristía, Cristo se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, “en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz” [4]. La Eucaristía precede cronológica y ontológicamente la Iglesia y de este modo se comprueba una vez más que el Señor nos ha “amado primero”.

Al mismo tiempo, Jesús ha perpetuado su entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. En aquella “hora”, Jesús anticipa su muerte y su Resurrección. De ahí que podamos afirmar que “en este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual” [5]. Todo el Triduum paschale está como incluido, anticipado y “concentrado” para siempre en el don eucarístico. Por eso, todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad que participa en ella, vuelve a la “hora” de la Cruz y de la glorificación, vuelve espiritualmente al lugar y a la hora Santa de la redención [6]. En la Eucaristía nos adentramos en el acto oblativo de Jesús y así, participando en su entrega, en su cuerpo y su sangre, nos unimos a Dios [7].

En este “memorial” del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su Pasión y muerte. “Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro” [8]. En cada celebración de la Santa Misa volvemos a escuchar aquel “¡He aquí a tu hijo!” del Hijo a su Madre, mientras nos dice a nosotros “¡He aquí a tu Madre!” (Jn 19,26.27).

“Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia -no es algo exterior- y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado” [9]. Por eso “vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. (…) María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía” [10]. La presencia de la Santísima Virgen en la celebración eucarística ordinaria y habitual será el punto que trataremos de desarrollar.

La recomendación de la celebración cotidiana de la Santa Misa, aún cuando no hubiera participación de fieles, deriva por una parte valor objetivamente infinito de cada celebración eucarística; y “además está motivado por su singular eficacia espiritual, porque si la Santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación” [11]. En este camino de conformación y transformación, el encuentro del sacerdote con María en la Santa Misa cobra una importancia particular. En realidad, “por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre” [12].

 

2. En la Misa de Pablo VI

Su maternal presencia la experimentamos en dos momentos significativos de la celebración eucarística según el Misal romano en su editio typica tertia, expresión ordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino: el Confiteor del acto penitencial y la Plegaria eucarística.

2.1. El Confiteor.  En el camino hacia el Señor nos damos cuenta de nuestra propia indignidad. El hombre antes Dios se siente pecador y de sus labios brota espontáneamente la confesión de la miseria propia. Se hace necesario pedir a lo largo de la celebración que el mismo Dios nos transforme y acepte que participemos en esa actio Dei que configura la liturgia. De hecho, el espíritu de conversión continua es una de las condiciones personales que hace posible la actuosa participacitio de los fieles y del mismo sacerdote celebrante. “No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida (…). Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación” [13].

El acto penitencial, que “se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión general de toda la comunidad” [14] facilita que nos conformemos a los sentimientos de Cristo, que pongamos los medios para hacer posible aquel “estar con Dios” y a la vez nos “fuerza” a salir de nosotros mismos, nos mueve a rezar con y por los otros: no estamos solos. Por la comunión de los santos ayudamos y nos sentimos ayudados y sostenidos los unos por los otros. Es en este contexto donde encontramos una de las modalidades de la oración litúrgica mariana, la que se presenta como recuerdo de la intercesión de Santa María en el Confiteor. Como recordaba Pablo VI “el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora del pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado” [15].

El Confiteor, genuina fórmula de confesión, se encuentra con diversas redacciones a partir del siglo IX en ámbito monástico. De ahí pasará a las iglesias del clero secular y lo encontramos como un elemento fijo en el Ordo de la Curia papal anterior a 1227 [16].

“Ideo precor beatam Mariam semper Virginem”. “Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, (…) que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor”.

Ella, en comunión con Cristo, único mediador, reza al Padre por todos los fieles, sus hijos. Como recuerda el Concilio “la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” [17].

Santa María “cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” [18]. Y este cuidado lo demuestra especialmente por los sacerdotes. “De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como Ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo” [19]. Así se explica que el Concilio Vaticano II afirme: “veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio” [20].

2.2. La Plegaria Eucarística. Por lo que se refiere a la memoria de María en las Plegarias eucarísticas del Misal Romano “dicha memoria cotidiana, por su colocación en el centro del santo Sacrificio, debe ser tenida como una forma particularmente expresiva del culto que la Iglesia rinde a la Bendita del Altísimo (cfr. Lc 1, 28)” [21].

Este recuerdo de Santa María se manifiesta de dos modos: su presencia en la Encarnación y su intercesión en la gloria. Acerca del primer punto podemos recordar que el “sí” de María es la puerta por la que Dios se encarna, entra en el mundo. De este modo, María está real y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, y por tanto de nuestra salvación. “La Encarnación, el hacerse hombre del Hijo, desde el inicio estaba orientada al don de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la cruz a fin de convertirse en pan para la vida del mundo. De este modo sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio” [22].

Así lo encontramos expresado por ejemplo en el prefacio de la Plegaria eucarística II, que se remonta a la Traditio apostolica, y en el Post-sanctus de la IV. Las dos expresiones son muy semejantes:

“tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor” (PE II)

“El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen” (PE IV)

En el contexto de la Plegaria eucarística esta confesión de fe destaca la cooperación de Santa María en el misterio de la Encarnación y su vínculo con Cristo, así como la acción del Espíritu Santo. Con ella se trata de presentar la Eucaristía como presencia verdadera y auténtica del Verbo encarnado que ha sufrido y ha sido glorificado. La Eucaristía, mientras remite a la Pasión y a la Resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación.

Como señala Juan Pablo II, “María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” [23]. María aparece así ligada a la relación Encarnación-Eucaristía.

Por otra parte, la presencia de Santa María en la Plegaria eucarística, también nos presenta su intercesión en la gloria. Su recuerdo en la Comunión de los Santos es típico del Canon romano y se encuentra en las otras Plegarias del Misal romano, en sintonía con las Anáforas orientales. “La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las Plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor” [24].

La memoria de Santa María en el Canon romano se enriqueció con títulos solemnes que recuerdan la proclamación del dogma de la Maternidad divina en el Concilio de Éfeso (431) y probablemente expresiones que se recogen en las homilías de los Papas [25]. La mención solemne del Canon romano reza: “in primis gloriosae semper virginis Mariae Genetricis Dei, et Domini nostri Iesu Christi” veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor” (Canon Romano).

Santa María es exaltada con los títulos de gloriosa y semper Virgo, como la llama San Epifanio [26]. Por otra parte, la expresión utilizada, “Genetrix Dei” es utilizada con frecuencia por los Padres latinos, especialmente por san Ambrosio. Su inclusión en el Canon romano es anterior al Papa León Magno, y muy probablemente fue introducida antes del Concilio de Éfeso [27]. Finalmente es recordada como la primera entre todos los santos.

El significado de esta mención y recuerdo puede ser triple [28]: primero porque la Iglesia haciendo memoria de Santa María entra en comunión con Ella; en segundo lugar su recuerdo es lógico pues deriva de la condición de santidad y gloria propia de la Madre de Dios [29]; finalmente por la intercesión, que por medio de ella, se pide a Dios [30]: “por sus méritos y oraciones [de Santa María y de los santos] concédenos [Señor] en todo tu protección”.

En un contexto similar al del Canon romano, si bien con pequeñas variaciones, se encuentra la petición a Santa María y a los santos para alcanzar la vida eterna: “así con María, la Virgen Madre de Dios, (…) merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (PE II)

“con María, la Virgen Madre de Dios, (…) por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda” (PE III) [31]

“Padre de bondad, que todos tus hijos nos reunamos en la heredad de tu reino, con María, la Virgen Madre de Dios (…) y allí, junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte,

te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro… (PE IV)

3. En la Misa de san Pío V

Finalmente, en el Misal romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, expresión extraordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino, encontramos mencionada a Santa María en otros dos momentos de la celebración eucarística. Por una parte, en la súplica a la Santísima Trinidad que reza el sacerdote después del Lavabo y pone fin al rito ofertorial.

En esta oración se lee: “Suscipe sancta Trinitas, hanc oblationem quam tibi offerimus ob memoriam passionis…; et in honorem beatae Mariae semper Virginis…”

Esta oración resume las intenciones y los frutos del sacrificio como un epílogo del ofertorio. Efectivamente después de recordar que la ofrenda se hace en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor aparecen mencionados la Santísima Virgen y los santos San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. La mención de María se sitúa en el contexto de aquella veneración que la Santa Iglesia, con amor especial, le tributa por el lazo indisoluble que existe entre Ella y la obra salvífica de su Hijo. Al mismo tiempo, en Ella admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención [32]. En esta oración se recuerda que “en la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María” [33].

La mención a María la encontramos también en el embolismo Líbera nos después del Pater noster. Allí se recoge:

“Líbera nos, quaesumus Domine, ab omnibus malis, praeteritis, praesentibus et futuris: et intercedente beata et gloriosa semper Virgine Dei Genitrice Maria (…) da propitius pacem in diebus nostris…”

Una vez más, también esta oración manifiesta esa perfecta unidad que existe entre la Lex orandi y la Lex credendi, pues “la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el misterio pascual” [34]. De hecho, esta oración nos muestra que “por el carácter de intercesión, que se manifestó por primera vez en Caná de Galilea, la mediación de María continúa en la historia de la Iglesia y del mundo” [35].

4. Conclusión

Al acabar este breve recorrido por el Ordo Missae jalonado por significativos encuentros con Santa María podemos afirmar con uno de los grandes santos de nuestro tiempo: “Para mí, la primera devoción mariana -me gusta verlo así- es la Santa Misa (…) Ésta es una acción de la Trinidad: por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En este insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. El trato con Jesús en el Sacrificio del Altar, trae consigo necesariamente el trato con María, su Madre” [36].

________________________________________

1 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 53.

2 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 3.

3 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 21.

4 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 14.

5 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 5.

6 Cfr. JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 4.

7 Cfr. BENEDICTO XVI, enc. Deus caritas est, n. 13.

8 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

9 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

10 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

11 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 80.

12 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

13 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 55.

14 Institutio Generalis Missalis Romani, n. 55.

15 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57.

16 V. RAFFA, Liturgia eucaristica. Mistagogia della Messa: della storia e della teologia alla pastorale pratica, Roma 2003, p. 272-274.

17 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 60.

18 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 62.

19 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

20 CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18.

21 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 10.

22 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

23 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 55.

24 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 19.

25 Cf. S. MEO, “La formula mariana Gloriosa semper Virgo Maria Genitrix Dei et Domini nostri Iesu Christi nel Canone romano e presso due Pontefici del V secolo” in PONTIFICIA ACADEMIA MARIANA INTERNATIONALIS, De primordiis cultus mariani, Acta Congressus Mariologici-mariani in Lusitania anno 1967 celebrati, vol. II, Romae 1970, pp. 439-458.

26 Cfr. M. RIGHETTI, Historia de la liturgia I, Madrid 1956, p. 334.

27 M. AUGE, L’anno liturgico: è Cristo stesso presente nella sua Chiesa, Città del Vaticano 2009, p. 247

28 Cfr. J. CASTELLANO, “In comunione con la Beata Vergine Maria. Varietà di espressioni della preghiera liturgica mariana”, Rivista liturgica 75 (1988) 59.

29 “La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

30 “La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la Llena de gracia (Lc 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en El, la inhabitación del Espíritu” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

31 “La reciente plegaria eucarística III que expresa con intenso anhelo el deseo de los orantes de compartir con la Madre la herencia de hijos: Que Él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, 10)

32 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum concilium, n. 102.

33 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 58.

34 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 34.

35 JUAN PABLO II, enc. Redemptoris mater, n. 40.

36 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La Virgen del Pilar. Libro de Aragón, Madrid 1976, p. 99.

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Adóro te devóte*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 5, 2009

Adóro te devóte

(Al final está en español)

 

Adóro te devóte, latens Déitas,

Quæ sub his figúris vere látitas:

Tibi se cor meum totum súbiicit,

Quia te contémplans totum déficit.

 

Visus, tactus, gustus in te fállitur,

Sed audítu solo tuto créditur.

Credo, quidquid dixit Dei Fílius:

Nil hoc verbo Veritátis vérius.

 

In Cruce latébat sola Déitas,

At hic latet simul et Humánitas;

Ambo tamen credens atque cónfitens,

Peto quod petívit latro pænitens.

 

Plagas, sicut Thomas, non intúeor;

Deum tamen meum te confíteor.

Fac me tibi semper magis crédere,

In te spem hábere, te dilígere.

 

O memoriále mortis Dómini!

Panis vivus, vitam præstans hómini!

Præsta meæ menti de te vívere,

Et te illi semper dulce sápere.

 

Pie pellicáne, Iesu Dómine,

Me immúndum munda tuo sánguine,

Cuius una stilla salvum fácere

Totum mundum quit ab omni scélere.

 

Iesu, quem velatum nunc aspício,

Oro fiat illud quod tam sítio:

Ut te reveláta cernens fácie,

Visu sim beátus tuæ glóriæ. Amen.

 

 

Te adoro con devoción, Dios escondido,

oculto verdaderamente bajo estas apariencias:

A ti se somete mi corazón por completo,

y se rinde totalmente al contemplarte.

 

Al juzgar de ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto;

pero basta el oído para creer con firmeza;

creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:

nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

 

En la Cruz se escondía sólo la divinidad,

pero aquí se esconde también la humanidad;

creo y confieso ambas cosas,

y pido lo que pidió aquel  ladrón arrepentido.

 

No veo las llagas como las vio Tomás

pero confieso que eres mi Dios:

haz que yo crea más y más en ti,

que en ti espere y que te ame.

 

¡Oh memorial de la muerte del Señor!

¡Pan vivo que das vida al hombre!:

Concede a mi alma que de ti viva

y que siempre saboree tu dulzura.

 

Señor Jesús, bondadoso pelícano,

límpiame a mí inmundo, con tu Sangre,

de la que una sola gota puede liberar

de todos los crímenes al mundo entero.

 

 

Jesús, a quien ahora veo oculto,

te ruego que se cumpla lo que tanto ansío:

que al mirar tu rostro cara a cara,

sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

 

 

 

 

 

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Institución de la Eucaristía*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2008

En aquel momento, próxima ya la redención del género humano, mi Corazón no podía contener sus ardores y como era infinito el amor que sentía por los hombres, no quise dejarlos huérfanos.

Para vivir con ellos hasta la consumación de los siglos y demostrarles mi amor, quise ser su alimento, su sostén, su vida, su todo…

¡Ah! ¡Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de mi Corazón a todas las almas! ¡Cuánto deseo que se penetren del amor que sentía por ellas, cuando en el Cenáculo instituí la Eucaristía!

En aquel momento vi a todas las almas, que en el transcurso de los siglos habían de alimentarse de mi Cuerpo y de mi Sangre, y los efectos divinos producidos en muchísimas…

¡En cuántas almas esa Sangre inmaculada engendraría la pureza y la virginidad! ¡En cuántas encendería la llama del amor y del celo! ¡Cuántos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante mis ojos y en mi Corazón…! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves pecados, debilitadas por la fuerza de la pasión, vendrían a Mí para renovar su vigor con el Pan de los fuertes!…

¡Ah! ¡Quién podrá penetrar los sentimientos de mi Corazón en aquellos momentos! Sentimientos de amor, de gozo, de ternura… Mas… ¡cuánta fue también la amargura que embargó mi Corazón!

¡En cuántos corazones manchados por el pecado tendría que entrar… y cómo mi Carne y mi Sangre así profanadas habían de convertirse en causa de condenación para muchas almas!…

¡Ah! ¡Cómo vi en aquel momento todos los sacrilegios y ultrajes y las tremendas abominaciones que habían de cometerse contra Mí! ¡Cuántas horas había de pasar solo en el Sagrario! ¡Cuántas noches! ¡Cuántas almas rechazarían los llamamientos amorosos que, desde esa morada les dirigiría!…

Por amor a las almas, me quedo prisionero en la Eucaristía, para que en todas sus penas y aflicciones puedan venir a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el amigo más fiel. Mas ¡ese amor que se deshace y se consume por el bien de las almas, no ha de ser comprendido!…

Habito en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina en todas las enfermedades de su naturaleza corrompida, y ellos en cambio, se alejan de Mí, me ultrajan y me desprecian…

Pobres ¡pecadores! No os alejéis de Mí… Os espero día y noche en el Sagrario… No os reprenderé vuestros crímenes… No os echaré en cara vuestros pecados… Lo que haré será lavaros con la Sangre de mis llagas; no temáis. Venid a Mí… ¡No sabéis cuánto os amo!

Y vosotras, almas queridas, ¿por qué estáis frías e indiferentes a mi amor? Sé que tenéis que atender a las necesidades de vuestra familia, de vuestra casa, y que el mundo os solicita sin cesar; pero ¿no tendréis un momento para venir a darme una prueba de amor y agradecimiento? No os dejéis llevar de tantas preocupaciones inútiles y reservad un momento para venir a visitar al Prisionero de Amor.

Si vuestro cuerpo está débil y enfermo, ¿no procuráis hallar un momento para ir a buscar al médico que debe sanaros? Venid al que puede haceros recobrar las fuerzas y la salud del alma… Dad una limosna de amor a este mendigo divino que os espera, os llama y os desea.

En el momento de instituir la Eucaristía vi presentes a todas las almas privilegiadas que habían de alimentarse con mi Cuerpo y con mi Sangre y los diferentes efectos producidos en ellas. Para unas sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que consumiría sus miserias y las inflamaría en amor.

¡Ah!… esas almas reunidas ante Mí serán como un inmenso jardín, en el que cada planta produce diferente flor pero todas me recrean con su perfume. Mi sagrado Cuerpo será el sol que las reanime…

Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supierais, almas amadísimas, cuán fácil es consolar, ocultar y descansar a todo un Dios!

Este Dios que os ama con amor infinito, después de libraros de la esclavitud del pecado, ha sembrado en vosotras la gracia incomparable de la vocación, os ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios redentor vuestro se ha hecho vuestro Esposo.

El mismo os alimenta con su Cuerpo purísimo, y con su Sangre apaga vuestra sed.

Si estáis enfermas, Él es vuestro médico: venid, os dará la salud. Si tenéis frío, venid, os calentará. En Él encontraréis el descanso y la felicidad. No os alejéis de Él, que es la Vida, y cuando os pide consuelo, no se lo neguéis.

¡Qué amargura sentí en mi Corazón cuando vi a tantas almas que, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, habían de ser motivo de tristeza para mi Corazón!

¿No soy siempre el mismo?… ¿Acaso he cambiado para vosotras?… No, Yo no cambiaré jamás y hasta el fin de los siglos, os amaré con predilección y con ternura.

Sé que estáis llenas de miserias, pero esto no me hará apartar de vosotras mis miradas más tiernas, y con ansia os estoy esperando, no sólo para aliviar vuestras miserias, sino también para colmaros de nuevos beneficios.

Si os pido amor, no me lo neguéis; es muy fácil amar al que es el Amor mismo.

Si os pido algo costoso a vuestra naturaleza, os doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para venceros.

Os he escogido para que seáis mi consuelo. Dejadme entrar en vuestra alma y si no encontráis en ella nada que sea digno de Mí decidme con humildad y confianza: Señor, ya veis los frutos y las flores que produce mi jardín, venid, decidme qué debo hacer para que desde hoy empiece a brotar la flor que deseáis.

Si el alma me dice esto con verdadero deseo de probarme su amor, le responderé: alma querida, para que tu jardín produzca hermosas flores deja que Yo mismo las cultive; deja que Yo labre la tierra; empezaré por arrancar hoy esta raíz que me estorba y que tus fuerzas no alcanzan a quitar. No te turbes, si te pido el sacrificio de tus gustos, de tu carácter… tal acto de caridad, de paciencia, de abnegación,… de celo, de mortificación, de obediencia. Ese es el abono que mejorará la tierra y la hará producir flores y frutos.

La victoria sobre tu carácter, en tal ocasión, obtendrá luz para un pecador; con esta contrariedad soportada con alegría, cicatrizarás las heridas que me hizo con su pecado, repararás la ofensa y expiarás su falta… Si no te turbas al recibir esta advertencia y la aceptas con cierto gozo, alcanzarás que las almas a quienes ciega la soberbia, abran los ojos a la luz y pidan humildemente perdón.

Esto haré Yo en tu alma si me dejas trabajar libremente en ella; no sólo brotarán flores enseguida, sino que darás gran consuelo a mi Corazón… Voy buscando consuelo y quiero hallarlo en mis almas escogidas.

Señor, ya veis que estaba dispuesta a dejarte hacer de Mí lo que quisieras y no sé como he caído y te he disgustado. ¿Me perdonarás? ¡Soy tan miserable! No sirvo para nada…

Sí, alma querida, sirves para consolarme. No te desanimes, porque si no hubieses caído, tal vez no hubieras hecho ese acto de humildad y de amor que la falta te obliga a hacer y que tanto me consuela. Animo y adelante. Déjame trabajar en ti.

Todo esto se me puso delante al instituir la Eucaristía. El amor me encendía en deseos de ser el alimento de las almas. No me quedaba entre los hombres para vivir solamente con los perfectos, sino para sostener a los débiles y alimentar a los pequeños. Yo los haré crecer y robusteceré sus almas. Descansaré en sus miserias y sus buenos deseos me consolarán.

Pero… Entre las almas escogidas ¿no habrá algunas que me causen pena? ¿Perseverarán todas? Este es el grito de dolor que se escapa de mi Corazón… Este es el gemido que quiero que oigan las almas.

Al contemplar entonces a todas las almas que habían de alimentarse de este Pan Divino, vi también las ingratitudes y frialdades de muchas de ellas, en particular de tantas almas escogidas… de tantas almas consagradas… de tantos sacerdotes… ¡Cuánto sufrió mi Corazón! ¡Vi cómo se irían enfriando poco a poco, dando entrada primero a la rutina y al cansancio… después al hastío y finalmente a la tibieza!…

¡Y estoy en el sagrario por ellas! ¡Y espero!… Deseo que esa alma venga a recibirme, que me hable con confianza de esposa; que me cuente sus penas, sus tentaciones, sus enfermedades… que me pida consejo y solicite mis gracias, ya para ella, ya para otras almas… Quizá entre las personas de su familia o las que están a su cargo las hay que están en peligro… tal vez alejadas de Mí… Ven, le digo, dímelo todo con entera confianza… Pregúntame por los pecadores… Ofrécete para reparar… Prométeme que hoy no me dejarás solo… Mira si mi Corazón desea algo de ti que le pueda consolar…

Esto esperaba Yo de aquella alma ¡y de tantas! Mas, cuando se acerca a recibirme, apenas me dice una palabra, porque está distraída, cansada o contrariada. Su salud la tiene intranquila, sus ocupaciones la desazonan, la familia la preocupa, y entre los que conviven o tratan con ella, siempre hay alguien que la molesta.

“–No sé qué decir —confiesa ella misma— estoy fría… me aburro y paso el rato deseando salir de la capilla. ¡No se me ocurre nada!”

-¡Ah! – le contesto – ¿Y así vas a recibirme, alma a quien escogí y a quien he esperado con impaciencia toda la noche?

Sí, la esperaba para descansar en ella; le tenía preparado alivio para todas sus inquietudes; la aguardaba con nuevas gracias pero… como no me las pide… no me pide consejo ni fuerza… tan sólo se queja y apenas se dirige a Mí. Parece que ha venido por cumplimiento… porque es costumbre y porque no tiene pecado mortal que se lo impida. Pero no por amor, no por verdadero deseo de unirse íntimamente a Mí. ¡Qué lejos está esa alma de aquellas delicadezas de amor que Yo esperaba de ella!

¿Y aquel sacerdote?… ¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las almas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

He confiado a cada uno de ellos cierto número de almas para que con su predicación, sus consejos y, sobre todo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las almas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las almas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las almas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas almas la vida de la gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así… me reciben así… viven y mueren así…!

Este fue el más terrible dolor que sentí en la última Cena cuando vi, entre los doce, al primer apóstol infiel, representando a tantos otros que, en el transcurso de los siglos, habían de seguir su ejemplo.

La Eucaristía es invención de amor, es vida y fuerza de las almas, remedio para todas las enfermedades, viático para el paso del tiempo a la eternidad.

Los pecadores encuentran en ella la vida del alma; las almas tibias, el verdadero calor; las almas puras, suave y dulcísimo néctar; las fervorosas, su descanso y el remedio para calmar todas sus ansias; las perfectas, alas para elevarse a mayor perfección.

En fin, las almas religiosas hallan en ella su nido, su amor, y por último, la imagen de los benditos y sagrados votos que las unen íntima e inseparablemente al Esposo Divino.

Sí, almas consagradas; vuestro voto de pobreza está perfectamente representado en esta Hostia pequeña, redonda y fina, lisa y sin peso. Así el alma que ha hecho voto de pobreza, no debe tener ángulos, es decir, aficioncillas a cosas de su uso o de su empleo, ni a su familia ni a su pueblo natal; ha de estar siempre dispuesta a dejar… a cambiar… Nada de la tierra… el corazón libre sin apegos ocultos que lo aprisionen.

Esto no quiere decir que haya de ser insensible. El corazón más amante, puede mantener el voto de pobreza en toda su integridad. Lo esencial para el alma religiosa es que no posea nada sin la aprobación de los Superiores y que esté siempre dispuesta a abandonarlo, a la primera señal de la Voluntad de Dios.

Encontrareis también en la Hostia, pequeña y blanca, la perfecta imagen del voto de castidad. Aquí se halla encubierta, bajo las especies de pan y vino, la presencia real de todo un Dios. Tras este velo estoy Yo con mi Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así el alma consagrada por el voto de la virginidad, debe cubrirse con un velo de modestia y sencillez, de modo que bajo apariencias humanas, se esconda la pureza que la asemeja a los ángeles. Y sabedlo, almas que formáis la corte del Cordero Inmaculado, la gloria que me dais es incomparablemente mayor que me dan estos espíritus angélicos. Pues no han conocido las miserias de la naturaleza humana y no han tenido que luchar ni vencer para ser siempre purísimos.

Además, os asemejáis a mi Madre, que siendo criatura mortal ha vivido en la más perfecta pureza… En medio de todas las miserias humanas y, sin embargo, inmaculada en todos los instantes de su vida. Ella sola me ha glorificado más que todos los espíritus celestes y, atraído por esa pureza, un Dios tomó de Ella carne mortal, habitando en su criatura.

Más aún: el alma que vive consagrada a Mí por el voto de la castidad, se asemeja también, en cuanto puede la criatura, a Mí que soy su Creador, y que habiendo tomado la naturaleza humana con sus miserias, he vivido sin la más ligera sombra de mancha.

Así el alma que hace voto de castidad es una Hostia blanca y pura que rinde constante homenaje a la Majestad divina.

Almas religiosas, encontraréis también en la Eucaristía la imagen perfecta de vuestro voto de obediencia.

Pues en esta Hostia está cubierta y anonadada la grandeza y el poder de todo un Dios. Allí me veréis como sin vida, Yo que soy la vida de las almas y el sostén del mundo. Allí, no soy dueño de ir ni de quedarme, de estar solo o acompañado: bajo esta Hostia, sabiduría, poder, libertad, todo está escondido. Estas especies de pan son las ataduras que me atan y el velo que me cubre. Así el voto de obediencia es para el alma religiosa la cadena que la ata, el velo que la encubre para que no tenga voluntad, ni sabiduría, ni gusto, ni libertad, más que según el beneplácito divino, manifestado por sus Superiores.

Jesús*

* Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, 1991

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¿Está Jesús realmente presente en la Hostia y el Vino consagrados?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2008

Veamos la Biblia:

«Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía.” Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: “Esta copa es la alianza nueva sellada con mi Sangre, que es derramada por ustedes”». (Lc 22, 19–20)

«Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y Coman; esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: “Beban todos de ella: esto es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de sus pecados”.» (Mt 26, 26–28)

«Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen; esto es mi Cuerpo.” Tomó luego una copa, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esto es mi Sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por una muchedumbre.”» (Mc 14, 22–24)

«El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía.” De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía.” Fíjense bien: cada vez que comen de este pan y beben de esta copa están proclamando la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el Cuerpo y la Sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia y luego podrá comer el pan y beber de la copa. El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo.» (1Co 11, 23–29)

¿Está Jesús realmente en la Eucaristía? ¿Quiso Jesús hacer de ese un acto simbólico?

Dice la Biblia:

«La sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos purifica de todo pecado.» (1Jn 1, 7)

Y Jesús mismo advirtió:

«En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.» (Jn 6, 53–56)

Como se sabe, Jesús fundó una Iglesia para toda la posteridad. Por eso sus palabras tienen vigencia todavía hoy, y la seguirán teniendo hasta el fin del mundo, por los siglos de los siglos.

Entonces, ¿dónde puedo encontrar ese Cuerpo de Cristo sin el cual no tengo vida en mí, con el que vivo de vida eterna, según el mismo Jesús? ¿Dónde puedo encontrar esa Sangre de Cristo que me purifica de todo pecado, sin la cual no tengo vida en mí y con la que vivo de vida eterna?

La Sangre de Cristo se derramó en el Calvario hace cerca de veinte siglos, y muy lejos de donde yo vivo. El Cuerpo de Cristo ya no estaba en el sepulcro cuando llegaron los apóstoles…

Las respuestas están en la Biblia:

«La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?» (1Co 10, 16)

Ahora veamos un acontecimiento que narra el Nuevo Testamento en Jn, 6 32–67:

«Jesús contestó: “En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es Aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.” Ellos dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les dijo: “Yo soy el pan de vida”. […] Los judíos murmuraban porque Jesús había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”. […] Los judíos discutían entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su Carne?” Jesús les dijo: “En verdad les digo que si no comen la Carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.” […] Así habló Jesús en Cafarnaún enseñando en la sinagoga. Al escucharlo, cierto número de discípulos de Jesús dijeron: “¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién querrá escucharlo?” Jesús se dio cuenta de que sus discípulos criticaban su discurso y les dijo: “¿Les desconcierta lo que he dicho?” […] A partir de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirlo. Jesús preguntó a los Doce: “¿Quieren marcharse también ustedes?”»

Como se ve, a pesar de que se apartaban muchos de su lado, Jesús no se retractó: siguió afirmando explícitamente que Él es el pan de vida y que hay que comer su Carne y beber su Sangre para tener vida; y lo repitió 3 veces, como reiterándolo, aun a pesar de quedarse solo, sin sus discípulos.

En cada partícula de la Santa Hostia y en cada gota minúscula del Vino ya consagrados, están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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¿Cuánto vale una Misa?*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2008

 1) Para saber

En la primera homilía pronunciada por el Papa Benedicto XVI, nos ha recordado el año en que nos dejó Juan Pablo II: “De manera muy significativa, mi pontificado inicia mientras la Iglesia vive el año especial dedicado a la Eucaristía. ¿Cómo no ver en esta coincidencia providencial un elemento que debe caracterizar el ministerio al que estoy llamado? La Eucaristía, corazón de la vida cristiana y fuente de la misión evangelizadora de la Iglesia, no puede dejar de constituir el centro permanente y la fuente del servicio petrino que me ha sido confiado.” (Homilía, 20-IV-2005).

 

Un relato que hace un sacerdote nos puede ayudar a valorar este Sacramento:

 

Hace muchos años, en la ciudad de Luxemburgo, un capitán de la guardia forestal se entretenía en una animada conversación con un carnicero, cuando una señora ya mayor entró a la carnicería. Ella le explicó al carnicero que necesitaba un pedazo de carne, pero que no tenía dinero para pagarlo.

El capitán encontró la conversación muy entretenida: “¿Un pedazo de carne?, pero ¿cuanto me va a pagar por eso?” preguntó el carnicero. La señora le respondió: “Perdóneme, no tengo nada de dinero, pero iré a Misa por usted y rezaré por sus intenciones”. El carnicero y el capitán eran buenos hombres, pero indiferentes a la religión, y se empezaron a burlar de la respuesta de la mujer:

“Está bien”, dijo el carnicero, “entonces vaya  a Misa por mí, y cuando regrese le daré tanta carne como pese la Misa”. La mujer se fue a Misa y regresó. Cuando el carnicero la vio, cogió un pedazo de papel y anotó la frase “Ella fue a Misa por mí”, y lo puso en uno de los platos de la balanza, y en el otro plato colocó un pequeño hueso. Pero nada sucedió; inmediatamente cambio el hueso por un pedazo de carne. El pedazo de papel pesó más.

Los dos hombres comenzaron a impresionarse por lo sucedido, pero continuaron: colocaron un gran pedazo de carne en uno de los platos de la balanza, pero el papel siguió pesando más. Entrando en desesperación, el carnicero revisó la balanza, pero todo estaba en perfecto estado.

“¿Qué es lo que quiere, buena mujer, es necesario que le dé una pierna entera de cerdo?”, preguntó. Mientras hablaba, colocó una pierna entera de carne de cerdo en la balanza, pero el papel seguía pesando más. Luego, un pedazo más grande, pero el papel siguió pesando más.

Fue tal la impresión que se llevó el carnicero que se convirtió en ese mismo instante, y le prometió a la mujer que todos los días le daría carne sin costo alguno. El capitán dejó la carnicería completamente transformado y se convirtió en un fiel asistente a la Misa. Dos de sus hijos se convertirían más tarde en sacerdotes, uno de ellos es jesuita y el otro del Sagrado Corazón. El capitán los educó de acuerdo a su propia experiencia. Luego advirtió a sus dos hijos que “deberán celebrar Misa todos los días correctamente y que nunca deberán dejar el sacrificio de la Misa por algo personal”.

El padre Stanislao, quien fue quien contó todos los hechos, acabó este relato diciendo: “Yo soy el sacerdote del Sagrado Corazón, y el capitán era mi padre”.

 

2) Para pensar

            No podemos olvidar, como nos recuerda el Papa Benedicto XVI, que “la Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que sigue entregándose a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con Él, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños.” (Primera Homilía, 20-IV-2005).

            Será gracias a la cercanía con la Eucaristía que podremos atender a los demás

con ese amor de Cristo. Pensemos si no sería posible darle mayor valor a la Santa Misa y hacer lo posible por no faltar los domingos.

 

3) Para vivir

            Tal vez si nos damos cuenta de la importancia de una Santa Misa, pero vivimos de manera diferente. En eso nos podemos parecer al carnicero del relato. Intentamos sustituir la Santa Misa por otra actividad pensando que vale más. Creemos que vale más nuestro descanso o una película que vemos, o incluso ver o participar en un deporte. No es que estén mal esas actividades, pero nunca podremos compararlas al valor de una Santa Misa. Con un poco de orden, además de la Santa Misa, caben muchas otras buenas actividades.

            Vivamos, pues, teniendo muy presente en nuestras vidas el valor incalculable

que tiene la asistencia a una Santa Misa.

 

José Martínez Colín*

(Cualquier comentario o sugerencia: e-mail: padrejose@ich.edu.mx)

 

 

 

 


* José Martínez Colín es sacerdote, Ingeniero en Computación por la UNAM y Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra)

 

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¿Asistir a Misa?*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2008

Ø    Santa Teresa de Ávila suplicaba un día al Señor que le indicara cómo podría pagarle todas los favores que le había otorgado, y Él le contestó: «Oyendo una Misa».

Ø    Una santa decía a Nuestro Señor: «Quisiera ofrecerte todas las oraciones de los santos, todos los sufrimientos de los mártires, toda la pureza de las vírgenes…» Y Dios le contestó: «No hace falta que me ofrezcas todo eso. Basta una Santa Misa; ella vale más que todo lo que me deseabas ofrecer».

Ø    «Todas las buenas obras del mundo reunidas no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres; mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, quien se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y, al mismo tiempo, le rinde un honor infinito.» (San Juan María Vianney, el santo cura de Ars)

Ø    Con la Misa se tributa a Dios más honor que el que pueden tributarle todos los ángeles y santos en el Cielo, puesto que el de estos es un honor de criaturas, mas en la Misa se le ofrece su mismo Hijo Jesucristo, que le tributa un honor infinito (san Alfonso María de Ligorio)

Ø    Una Misa vale más que irse hasta Jerusalén descalzo o ayunar toda la vida «a pan y agua» o decir todas las oraciones que han dicho los santos o hacer mil sacrificios… Porque una Misa tiene valor infinito, ya que allí se ofrece al mismo Jesucristo, el Hijo de Dios.

Ø    Con razón decía san Bernardo: «Más merece el que devotamente oye una Misa en gracia de Dios que si diera todos sus bienes para sustento de los pobres».

Ø    El Calvario fue el primer Altar, el Altar verdadero; después, todo altar se convierte en Calvario.

Ø    No hay en el mundo lengua con qué poder expresar la grandeza y el valor de la Santa Misa.

Ø    Con cada misa aumentas tu grado de gloria en el Cielo; en ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el Cielo.

Ø    «Al empezar la Misa, póngase bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del Santo Sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para los demás. ¡Ah, si usted pudiese comprender el valor de una sola Misa sobre el Corazón de Dios, y los bie­nes que se podrían conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre Celestial es la Sangre de Jesucristo: ¡con esta Sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar a las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtud más heroicos». (María Sofía Claux, alma del purgatorio)

Ø    La Santa Misa es el acto más sublime y más santo que se puede celebrar todos los días en la tierra. Nada hay más sublime en el mundo que Jesucristo, y nada más sublime en Jesucristo que su Santo Sacrificio en la Cruz, actualizado en cada Misa, puesto que la Santa Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz.

Ø    Misa, Cena y Cruz son un mismo sacrificio.

Ø    «Oír una Misa en vida o dar limosna para que se celebre aprovecha más que dejarla para después de la muerte». (San Anselmo)

Ø    «Más aprovecha para la remisión de la culpa y de la pena, es decir, para la remisión de los pecados, oír una Misa que todas las oraciones del mundo.» (Eugenio III, Papa)

Ø    Con la asistencia a la Misa rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo.

Ø    Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten envidiablemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.

Ø    A la hora de tu muerte tu mayor consolación serán las Misas que hayas oído durante tu vida. Cada Misa que oíste te acompañará al tribunal divino y abogará para que alcances el perdón.

Ø    Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados en proporción con el fervor con que la oigas.

Ø    Si la verdad es que Cristo se ofrece al Padre eterno todos los días en la Santa Misa por la salvación de los hombres, ¿vamos a dejarlo solo?

Ø    Busquemos la media hora diaria para unirnos a Jesús en la Santa Misa, para adorar al Padre y darle el honor que se merece, para darle gracias por tantos favores recibidos, para aplacar su ira irritada por tantos pecados y darle plena reparación por ellos, para implorar gracia y misericordia para todos los hombres del mundo… En fin, para agrandar nuestro Cielo y hacer más gloriosa la Pasión de Cristo.

Ø    Tú, que tanto te gusta hacer el bien, ¿vas a dejar pasar diariamente la ocasión de unirte a la obra más grande que se realiza en la tierra y que es realizada por el mismo Cristo?

Ø    «Si supiéramos lo que ganamos con una Misa, jamás dejaríamos de asistir a ella.» (San Juan María Vianney, el santo cura de Ars)

 

 

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Aprovechar la Eucaristía*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2008

 

Al empezar la Misa, póngase bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del Santo Sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para los demás. ¡Ah, si usted pudiese comprender el valor de una sola Misa sobre el Corazón de Dios, y los bie­nes que se podrían conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre Celestial es la Sangre de Jesucristo: ¡con esta Sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar a las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtud más heroicos. […]

En el ofertorio ofrézcase a Dios por manos del sacerdote, pídale que le cambie sus inclinaciones y su corazón, que la haga amar la virtud, sobre todo la humildad. Dígale que usted quiere que todo en usted sea sacrificado. Pídale al Señor que reciba la ofrenda de todos sus pensamientos, de todos sus afectos, de todo su ser.

En la consagración, represéntese estar a los pies de la Cruz de Nuestro Señor, y que la Sangre de Jesús penetre en su alma gota a gota; este es el momento más precioso para alcanzar gracias del buen Dios. Aunque un alma estuviera en pecado mortal, podría salir de allí justificada.

Pídale en ese momento al Señor por las ánimas del purgatorio, para que su Sangre apague todas las llamas, pues entonces Jesús no rehusa nada.

En la Comunión, únase a las disposiciones de la Santísima Virgen; pídale que le preste su corazón y reciba en él a Jesús, lo adore, ame y glorifique por usted. No deje nunca en sus comuniones de hacer una intención por las ánimas; acuérdese de que Nuestro Señor mismo quiere que ruegue por su libertad, y que nada le negará a usted su Padre, pidiéndole en su nombre.

 

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Como durante todo el día se están celebrando misas, hará bien en unirse a ellas.

Evite apresurarse en lo que deba hacer, y nunca deje sus comuniones […]; no puede comprender cuánto pierde en omitir­las; haga a menudo la comunión espiritual.

 

 

Mensaje de María Sofía Claux (alma del purgatorio),

dirigido a la hermana Margarita María Mousset,

del monasterio de la Visitación de San–Ceré, 1863


 

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