Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘Homilías’ Category

Ciclo A, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 22, 2017

VII DOMINGO DE PASCUA

Programa de vida

 

Un verdadero programa de vida para los cristianos nos ofrecen las lecturas de hoy:

Primero, en los Hechos de los Apóstoles se nos urge a perseverar en la oración, como lo hacían los primeros seguidores de Jesús: con un mismo espíritu y en compañía de la santísima Virgen María, la madre de Jesús.

Después, san Pedro nos insta a estar alegres cuando compartamos los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, rebosemos de gozo. Se trata de vivir dichosos, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.

Y, en tercer lugar, el Apóstol Juan nos trae las palabras de Jesús en las que nos hace notar la razón de ser de nuestra existencia: la gloria de Dios y la salvación de los hombres:

«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste».

En estas palabras se descubren las 2 intenciones que deben movernos a realizar nuestros trabajos, a sufrir con paciencia las adversidades de la vida y a orar: la intención soteriológica, que Dios sea glorificado y la intención doxológica, que se salve la mayor cantidad de personas posibles.

¿No te animas a acogerlas también como tus metas, como las causas por las que vas a luchar, por las que vas a vivir, por las que estarías dispuesto a morir? Jamás te faltará su oración; óyelo:

«Padre, te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

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Ciclo B, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2017

Una Iglesia

 

Jesús desea que seamos uno, como el Padre y Él son uno en el amor.

Y no quiere que vivamos retirados del mundo, sino que el Padre nos guarde del mal, pues debemos estar en el mundo, para poder convertir al Señor a todos sus habitantes.

Por esto, debemos tener siempre presente que no somos del mundo, como tampoco Jesús es del mundo, y así como el Padre envió a Jesús, así nos envía Jesús a propagar la verdad.

Y la verdad es el Amor: por eso, el apóstol san Juan nos dice que si Dios nos amó de esa manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros; que aunque a Dios nadie lo ha visto nunca, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

Para eso nos ha dado su Espíritu, con el que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

Y con la fuerza de ese Espíritu la Iglesia, desde sus comienzos hasta ahora, ha realizado su misión; san Pedro y sus sucesores, con los Apóstoles y sus sucesores —los Obispos— han dirigido a la Iglesia en cada una de las circunstancias de su historia.

Lo mismo debemos hacer quienes pertenecemos al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia: seguros de que es guiada por el Espíritu Santo a través del Papa y los Obispos, obedecemos sus indicaciones, para hacerla avanzar en la enseñanza de la verdad, en la Evangelización de los pueblos, dichosos porque sabemos que nadie la derrotará, si somos humildes.

Ni los poderes del Infierno prevalecerán contra la Iglesia. Hagámonos, pues, al lado de los triunfadores, y vivamos con espíritu obediente y humilde, como Jesús, que vino a obedecer al Padre hasta el extremo de dar la vida en rescate por muchos.

Y así seremos uno con Él.

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Ciclo C, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2016

Unidad

 

Jesús oró por ti y por mí, antes de morir. Pero oró por una intención muy especial: para que todos seamos uno, como el Padre en Él, y Él en el Padre.

Pero estamos divididos: no solo existen las divisiones de los cristianos entre sí (católicos, protestantes, orientales, etc.), sino que dentro de la misma Iglesia fundada por Jesús —la católica— hay quienes se oponen al Papa y al Magisterio de la Iglesia: unos, porque no conservan algunas tradiciones, y otros, porque no “progresa” ni se adecúa a los tiempos modernos, como algunos lo esperan; sin tener en cuenta, tanto los unos como los otros, que Dios la guía a través de sus jerarcas, sin permitir jamás que se equivoquen cuando escriben oficialmente como Magisterio.

Ambas facciones erigen sus criterios como la verdad absoluta, y entienden las posturas contrarias como equivocadas.

Por eso, como lo dijo Jesús, el mundo todavía no cree que el Padre lo envió.

«Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por dios para su pueblo» (Carta apostólica Tertio millenio adveniente, nº 34).

Resulta u poco duro oír hablar a un Papa así, pero es conveniente que ese llamado de atención, ese «campanazo» de alerta conmueva nuestras entrañas al comenzar el siglo XXI.

Oramos con san Esteban para que el Señor, no nos tenga en cuenta este pecado, porque seremos juzgados, como nos lo cuenta el Apocalipsis. Efectivamente, el apóstol Juan escuchó una voz que le decía: «Mira, llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo.»

Trabajemos, pues, por la unidad. Este es el derrotero que se pone hoy ante nuestros ojos, con respecto a uno de los pecados que más hacen sufrir al Corazón de Jesús, infinita fuente de misericordia: oración, penitencia y obediencia.

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Ciclo B, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2015

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

El regalo que se desprecia

El Amor eterno determinó, desde la eternidad, salvar a sus elegidos y, como lo cuenta el profeta Oseas, se le revolvía el Corazón, pues les enseñó a caminar, los buscaba, se inclinaba ante ellos, los trataba de atar con lazos de amor…

Pero nosotros le fuimos esquivos: creamos nuestras propias ideologías para manejar nuestras vidas: llenos de soberbia, quisimos gobernarnos por nuestra cuenta, y rechazamos el Amor, que está más allá de toda filosofía: el Amor que nos creó.

Ese mismísimo Amor vino, en Persona, a rescatarnos, y nosotros no solamente lo rechazamos sino que lo violentamos y lo matamos.

Pero Él no se rindió: su amor infinito no soportó perdernos, y se manifestó como el órgano del cuerpo al cual le atribuimos ser la sede del amor. Es el Corazón de Jesús: ese horno que arde de amor por nosotros, a pesar de ser tan despreciado y olvidado.

Y, aunque despreciado y olvidado por la mayoría, permitió que una lanza nos abriera un camino para entrar allí, donde podemos refrescarnos del desamor en que vivimos y donde podemos aprender a ser como Dios: amor para dar. Solo así recuperaremos nuestra esencia, que nace del hecho de que fuimos hechos a imagen y semejanza de un Dios-Amor.

Si queremos realizarnos como seres humanos, en esta escuela de Amor debemos pasar muchas horas, meditando, contemplando, tratando de desentrañar el secreto para ser felices, concentrando nuestra mirada en cada una de esas fibras, que laten de amor por los hombres: allí está escondida la sabiduría eterna, esa que supera toda filosofía, eso que ni ojo vio, ni oído oyó, ni llegó jamás a la mente de un ser humano…

¡Nos dio todo lo necesario para ser felices! Y nos lo sigue dando.

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Marzo 25

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 25, 2015

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

‘Hágase en mí según tu palabra’

Hoy se celebra el hecho más extraordinario del cosmos, el milagro más portentoso de la historia: Dios se hace un hombre, el Creador se reduce a criatura…

Unos setecientos años antes, el Señor, por su parte, le habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»

Y, como él duda, el mismo Dios le da la señal: «Mirad: la virgen está encinta».

¿Una mujer virgen y, a la vez, embarazada? Eso fue lo que ocurrió:

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y, para que quedara clara la señal, María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.»

El Dios-con-nosotros, Jesús, llega al mundo diciendo: «Aquí estoy para hacer tu voluntad», así como la Virgen dijo: «Hagase en mí según tu palabra».

Y nosotros, los seguidores de Cristo ¿estamos aquí para hacer la Voluntad santísima del Padre o para hacer la nuestra?

A veces pensamos que es mejor hacer lo que nosotros creemos más beneficioso o útil, y se nos olvida que el Padre es quien sabe lo que nos conviene (nosotros no), y así —sin darnos cuenta— terminamos creyendo que nuestro juicio es superior a la infinita sabiduría de Dios. Pero, otras veces olvidamos que Él nos ama más de lo que nos amamos nosotros mismos y más de lo que podamos llegar a imaginar.

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Noviembre 9 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

DECICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

Templos de Dios

El Papa san Silvestre consagró este templo el 9 de noviembre del año 324. Es la más antigua de todas las basílicas de la Iglesia Católica. En su frontis tiene esta leyenda: “Madre y Cabeza de toda las iglesias de la ciudad y del mundo”.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos prepara para entender que el templo —todo templo— es la figura de Cristo, que saneará y vivificará las aguas, los peces que contienen y las plantas de sus riberas, que producirán frutos comestibles y tendrán hojas medicinales; con esto significa que quien se acerca a Cristo quedará lleno de salud y de vida: bienestar creciente y vida eterna y feliz.

Para lograr eso, debemos percatarnos de una realidad más profunda: que somos templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en nosotros, como lo escribió san Pablo a los Corintios.

Les añade que si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá; y eso fue lo que enseñó Cristo Jesús cuando, haciendo un azote de cordeles, echó a todos del templo, ovejas y bueyes, y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas, y a los que vendían palomas les dijo: «¡No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre!»

Es que la casa de Dios —nosotros— debe ser santa. Así lo expresa la beata Isabel de la Trinidad:

«¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para establecerme en ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti. […] Pacifica mi alma: haz de ella tu cielo, tu morada predilecta, el lugar de tu descanso.»

Si permanecemos así: santos, como dignos templos de Dios, al final de nuestras vidas podremos experimentar lo que ya vivió Jesús y que quiso significar cuando les dijo a los judíos: «Destruid este templo y lo levantaré en 3 días»: la dicha de la resurrección a la verdadera vida, a la bienaventuranza, a la felicidad eterna.

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Noviembre 2 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

La Iglesia purgante

Ayer, nosotros —la Iglesia militante— celebrábamos la solemnidad de todos los miembros de la Iglesia triunfante; hoy conmemoramos a los miembros de la Iglesia purgante, aquellos que terminaron su carrera, sin la perfección que se nos pide para poder gozar de la bienaventuranza eterna, de la felicidad sin fin.

Y los recordamos porque queremos pedirle a Dios que los saque pronto de ese estado de purgación en el que se encuentran; efectivamente, las imperfecciones con las que murieron y la pena temporal que todavía deben por sus pecados los obliga a pasar un tiempo determinado limpiándose con sufrimientos para poder entrar en la Nueva Jerusalén, donde «nada impuro puede entrar».

Son todos los difuntos que no fueron santos: nuestros parientes, nuestros amigos…; todos nuestros hermanos conocidos y desconocidos.

Y necesitan de nuestra ayuda, porque ya no pueden hacer méritos: ese tiempo es únicamente para purificarse, pues el tiempo de hacer méritos se acabó para ellos en el momento de su muerte; pero nosotros podemos hacer méritos por ellos ofreciendo nuestras oraciones, sacrificios, obras de caridad, limosnas e indulgencias, seguros de que si obramos así, recibiremos lo mismo si llegamos a ese mismo estado…; a no ser que con la gracia de Dios logremos evitarnos el Purgatorio, que es lo que Él quiere y que es lo más deseable.

Precisamente hoy, por ser su conmemoración, es un día ideal para hacer un examen de conciencia personal y pensar en nuestra situación: Si muriéramos en este momento, ¿cómo sería nuestro juicio?, ¿tendríamos que pasar mucho tiempo en el Purgatorio?

Hagamos un propósito firmísimo de corregirnos con la gracia de Dios —que nunca nos faltará—, y usemos mismos medios para disminuir el tiempo de Purgatorio que debemos pasar: hagamos también por nosotros oraciones, sacrificios, obras de caridad, limosnas e indulgencias.

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Noviembre 1

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

TODOS LOS SANTOS

Nuestra fiesta

Cuando Jesús nos dijo a todos que fuéramos santos como su Padre, simplemente repitió lo que Dios ya había dicho doce siglos antes, en el Levítico, capítulo 20, versículo 26. Y es lo mismo que el primer Papa, san Pedro, escribió en su primera encíclica (1P 1, 15).

Nuestra vocación a la santidad —la unión plena con Dios— está, pues, en la médula de la Revelación de Dios al ser humano: es nuestro deber ser santos. Y si Dios nos lo pide, es porque sabe que contamos con su gracia para lograrlo.

Por eso, al final de los tiempos, Juan vio una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, para la gloria de Dios.

¡Nos vio a nosotros! A los que Dios llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!, como bien lo dice san Pablo en la segunda lectura.

Y, ¿cómo tenemos esa certeza? Él mismo nos responde: «Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.» La pregunta obvia que nace es esta: ¿Tenemos esa esperanza?

La esperanza proviene de la Palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» Somos pobres si nos sentimos necesitados de Dios; no lo somos si confiamos en el dinero, en nuestras posesiones, en nuestras habilidades…

Y con las demás bienaventuranzas se acrecienta nuestra esperanza porque, como Jesús lo prometió, seremos consolados, heredaremos la tierra, quedaremos saciados, alcanzaremos misericordia, veremos a Dios, nos llamarán Hijos de Dios, será nuestro el reino de los cielos ¡y nuestra recompensa será grande en el cielo!

Hoy celebramos a todos los que, con la gracia de Dios lo lograron.

¿Estamos haciendo todo para que un día nos celebren esta solemnidad?

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Agosto 6 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Y nos mostró algo de su santidad

El profeta Daniel contempló en una visión cómo, en las nubes del cielo, venía el Hijo de Dios hecho hombre, al que se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su imperio es eterno, nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

En el Evangelio se muestra algo de esa divinidad y santidad de Jesucristo con la narración del episodio de la transfiguración. Efectivamente, los tres evangelistas sinópticos —cada uno en un año litúrgico— cuentan que el rostro de Jesús mudó mientras oraba, y sus vestidos se llenaron de una blancura fulgurante, dejando entrever su gloria.

San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda lo que ya nos había enseñado Dios–Padre en el Levítico y Jesucristo en el Evangelio de san Mateo: que debemos ser santos, porque tanto el Padre como el Hijo son santos.

Esto significa que debemos vivir una vida nueva, en la que se note que hemos sido rescatados de la conducta necia heredada de nuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo: ¡que nuestro rostro debe mudar y hacerse refulgente de santidad!

Ese brillo no será notado por los que están lejos de Dios, pero quienes ya han recibido la gracia de la conversión y caminan por las sendas de la perfección, sí lograrán percibir la santidad de nuestra mirada, de nuestras palabras, actitudes y gestos, de nuestra vida santa. Es que la unión con Dios–Padre se hace evidente entre los hermanos.

Algo de eso percibió san Pedro cuando se le ocurrió hacer tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías, sin ni siquiera pensar en él ni en Santiago ni en Juan… Como nos lo dice la narración, ni sabía lo que decía.

En cambio, nosotros sí podemos comenzar nuestra transfiguración, obedeciendo lo que dijo la voz desde la nube: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadlo».

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Junio 29

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos

¿Un simple ser humano tiene las llaves del Reino de los Cielos? Sí. ¿Y por qué? Porque Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y esto le fue revelado por el Padre que está en los Cielos. Por eso Jesucristo le dijo: «Tú eres la piedra —Pedro— sobre la que edifico Mi Iglesia».

Es verdad que las elecciones de Dios producen sufrimientos: Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, se atrevió a prender también a Pedro.

Lo mismo nos cuenta san Pablo: «Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente».

Pero luego viene el premio. Continúa escribiendo san Pablo: «El Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A Él la gloria por los siglos de los siglos.»

Y Pedro, cundo volvió en sí: «Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo de los judíos.»

Dos enseñanzas nos quedan: mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. Orar, pues, por el sucesor de san Pedro, el Papa actual. Y orar mucho, para que nos guíe adecuadamente hacia la felicidad eterna.

Y, segunda, obedecerlo en todo, porque Jesús le dijo: «Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» Atar y desatar: dar órdenes o derogarlas. Son órdenes dadas por amor, para el éxito en ese viaje hacia la dicha sin fin.

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Septiembre 14 (en donde se celebra hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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Mayo 3 (en donde se celebra el día de hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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SAN JOSÉ

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

La vida ordinaria vista por Dios

Dios le promete a David que de su descendencia nacerá alguien a quien pondrá con poder en el trono y permanecerá firme hasta la eternidad. Por eso, el Evangelio nos muestra a José, descendiente de David, como el encargado de ese trono eterno lleno de poder: Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Abraham creyó y esperó contra toda esperanza, llegando a ser padre de muchos Como él, José también creyó, llegando a ser el padre putativo del Hijo de Dios. Y las palabras aplicadas a Abraham se le pueden decir a José: No dudó de la promesa de Dios ni dejó de creer; por el contrario, su fe le dio fuerzas y dio gloria a Dios, plenamente convencido de que cuando Dios promete algo, tiene poder para cumplirlo.

¿Creemos así? ¿Esperamos así? ¿Somos, como este hombre, así de justos?

El hombre justo por antonomasia fue el escogido para realizar una de las misiones más importantes de cuantas hayan existido: cuidar humanamente de Jesucristo y de su Madre, la Santísima Virgen María.

Bajo su vigilancia vivieron estos dos seres en quienes no había mancha alguna. Y él tuvo el privilegio de permanecer con ellos. ¡Oh, vida tan sencilla y a la vez magnífica…!

¿Cuándo comprenderemos que las grandezas de Dios están casi siempre escondidas en los pequeños detalles de cada día? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que Dios está con nosotros, en la vida ordinaria? ¿Cómo es posible que no lo veamos con los ojos del alma en cada circunstancia de nuestra vida?

Él está allí, mirándonos, amándonos. Nuestra vida personal, familiar, laboral, social, está toda bajo la mirada de Dios: así como se complacía observando la vida familiar de Jesús, María y José, hoy se complace con cada uno de nuestros pensamientos, palabras, obras… Pidamos a san José que nos ayude, con su intercesión, a comportarnos a la altura de ese divino espectador.

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La Presentación del Señor (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en enero 27, 2014

Una vida entregada a Dios

El Niño–Dios fue llevado al templo por sus padres, para ser presentado a Dios–Padre, como muestra de su entrega total para llevar a cabo el plan que le había trazado desde la eternidad: salvar a los hombres.

Efectivamente como nos lo cuenta el Evangelio, cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Este evento fue anunciado siglos antes por el profeta Malaquías, como lo leemos en la primera lectura: «el Señor entrará en el santuario; «Miradlo entrar».

La fiesta de hoy nos recuerda que Jesús se presentó en el templo para llevar a cabo ese plan divino de salvar a la humanidad, como el autor de la Carta a los Hebreos nos lo cuenta: que Jesús, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos, esclavos del pecado y de la muerte.

Esto significa que ya somos libres de ambos: ¡podemos evitar el pecado y así salvarnos de la que san Francisco de Asís llamaba la segunda muerte: la eterna!

Pero, como siempre ocurre, todavía podemos llegar más lejos, si queremos: podemos entregarnos nosotros mismos al Señor, como lo hizo Jesús, para trabajar por esa liberación, la mayor de todas.

Así lo han hecho muchos, en trascurso de la vida de la Iglesia, y hoy renuevan esa entrega: son las personas que han escuchado el llamado de Dios a la Vida Consagrada: religiosos, religiosas, anacoretas, eremitas, vírgenes… Todos dedicados a la causa de Jesucristo: salvar y santificar a la mayor cantidad de personas y retornar la gloria que le quitamos al Padre con nuestros pecados.

Unámonos a ellos; unámonos al ideal de Jesucristo.

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Ciclo B, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

¿Confiamos?

 

Cuando el profeta Elías le pidió un pedazo de pan a la viuda, y ella confió en la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías (que el tarro de harina no se agotaría ni se vaciaría el frasco de aceite), comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo.

¿Estamos dispuestos a confiar así?

Es que quien confía en el Señor ve milagros; pero ve más milagros quien confía hasta el extremo de entregar lo último que le queda para vivir, como esta viuda.

Lo mismo nos quiere enseñar Jesús en el Evangelio de hoy: mientras miraba cómo la gente depositaba su limosna y muchos ricos daban en abundancia, se percató de que una viuda muy pobre colocó dos pequeñas monedas. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir». Tengamos en cuenta que las viudas de la época en que vivió Jesús estaban totalmente desprotegidas económicamente: eran desvalidas.

En cambio, Jesús deplora la confianza que en sí mismos tenían los fariseos de entonces: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes».

¿En qué confiamos nosotros, los cristianos de hoy? ¿En nosotros mismos? ¿En nuestro dinero? ¿En nuestra habilidades? ¿En nuestros conocimientos? ¿En nuestro prestigio? ¿En nuestras relaciones sociales? ¿Tal vez en los seguros que compramos?… ¿O confiamos realmente en Dios?

Recordemos lo que nos enseña Dios, quien nos creó, en la segunda lectura de hoy: «el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio»: No hay reencarnación, no hay una segunda oportunidad para poner finalmente nuestra confianza únicamente en Dios.

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Ciclo B, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

Para que te vaya bien

Nuestro Creador —el que sabe cómo seremos felices— nos dice hoy en el Deuteronomio: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras vivan; así prolongarás tu vida. Y ponlo por obra, para que te vaya bien.»

Pero los judíos tenían 613 mandamientos para cumplir en la Ley de Moisés. Y, si los revisamos, en realidad eran difíciles de llevar a cabo. Por eso, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Sabía que, al menos cumpliendo el principal, conseguiría que le fuera bien.

Jesús le respondió, no solamente cuál es el primero, sino también el segundo:

«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

Si nos dejamos llevar por la idea de cumplir únicamente el segundo, como muchos de los seguidores de la Teología de la Liberación, nos concentraremos tanto en buscar el bienestar temporal de nuestros hermanos, que nos olvidaremos que todos estamos hechos para la felicidad eterna en el Cielo.

Si, por el contrario, nos dedicamos a amar a Dios con toda el alma, ese amor nos llevará a amar lo que Él más ama: la salvación de sus hijos.

Para lograr esa salvación de todos, Dios estableció el sacerdocio Cristo, como nos lo cuenta hoy la Carta a los Hebreos: «El sacerdocio salva definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios.»

Ahora bien: el sacerdote lo que hace es ofrecer sacrificios a Dios. Y, ¿cuál es el mejor sacrificio? El escriba contestó: «Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Hagamos esto para que nos vaya bien.

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Ciclo B, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 23, 2013

Recobra la vista y síguelo

 

En el salmo 38 se nos dice: «El ser humano no es más que un soplo; y el hombre se afana por un soplo».

Esta es la mirada cristiana de la vida que han enseñado los santos: «Esta vida es un instante, es humo», decía santa Teresita del Niño Jesús. Y santa Teresa de Jesús: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada». Recordemos siempre —metámonoslo en la cabeza— que esta vida es pasajera.

A veces se nos olvida que en esta vida estamos de paso: que vamos hacia la realidad, pues vivimos en una especie de representación de la realidad, como lo dice san Pablo, el Apóstol: «La representación de este mundo pasa».

La realidad es precisamente lo que no vemos: la Santísima Trinidad, la Virgen Madre de Dios, toda la jerarquía celeste (los serafines, los querubines, los tronos, las dominaciones, los principados, las virtudes, las potestades, los arcángeles, los ángeles), los santos…, la luz, la Vida, ¡el reino del amor! Lo que vemos, lo que tocamos, lo que sentimos, es solo apariencia…

Ante esa ceguera, deberíamos gritar como el ciego Bartimeo del Evangelio de hoy: «Jesús, ten compasión de mí; que pueda ver ».

Si pedimos esto gritando, con confianza y constancia, descubriremos que como cristianos debemos distinguirnos de los ateos, cuyas preocupaciones son la salud, el dinero, el trabajo, el bienestar, el aprecio de los demás, los viajes, el placer, la imagen, etc. A nosotros esas cosas nos serán indiferentes, porque pondremos nuestra esperanza en la dicha eterna. Ni siquiera nos preocuparemos por la muerte, porque sabremos que es el modo de llegar a la felicidad auténtica.

Entonces podremos gritar, con el profeta Jeremías: ¡El Señor me ha salvado de la ceguera espiritual, me guía entre consuelos; me lleva a torrentes de agua, por un camino llano en el que no tropezaré. Sera un padre para mí, seré su primogénito!

Y nos sucederá lo que a Bartimeo: comenzaremos a ver el mundo espiritual, y empezaremos a seguir a Jesús de verdad.

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Ciclo B, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 23, 2013

El primer puesto

 

Jesús les explicó a los apóstoles que el principal puesto en el Reino de Cielo será para quienes sean capaces de sufrir por ese Reino, como Él, que cumplió la profecía de Isaías que leemos hoy:

«El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos.»

Efectivamente, en la carta a los Hebreos se nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, es el Sumo Sacerdote que sufrió y que, por eso, después penetró en el Cielo.

Y, ¿cómo vamos a ser capaces de sufrir así?

El autor de esa misma carta nos contesta: primero, «permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe» y segundo, «vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.» En otras palabras: vivir de la fe, con la ayuda de la gracia.

El primer paso, entonces, consiste en creer en Jesús y en todo los que nos enseña la Iglesia fundada por Él. El segundo es conseguir esa fuerza espiritual, la gracia, que nos hará capaces de cumplir la misión que nos puso a cada uno de nosotros, pues nosotros no lo lograríamos con nuestras propias fuerzas.

Esa gracia se consigue pidiéndola continuamente a Dios y recibiendo con frecuencia los Sacramentos: Eucaristía y Reconciliación.

Pero, además de esos dos medios —fe y gracia—, es necesario asumir una nueva actitud de vida: la humildad.

Santiago y Juan querían ser los primeros; y por eso los otros diez se indignaron. Santiago y Juan tenían soberbia; y los otros también.

Por eso Jesús los corrigió: «el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos», porque ni yo mismo he venido a ser servido sino a servir.

La humildad, pues, es necesaria para conseguir el mejor puesto en el Cielo. ¡Y vale la pena, porque ese puesto será vitalicio, eterno!

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Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

La pregunta más importante

 

La filosofía, que busca establecer, entre otras cosas, el sentido del vivir y el obrar humano, no ha sido suficiente para establecer el camino a la felicidad. Mucho menos han servido las otras ciencias o la tecnología… Solo Dios, nuestro creador, puede satisfacer el anhelo ferviente que hay en nuestro ser: la eterna felicidad.

Así lo entendió el hombre que corrió hacia Jesucristo y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».

Es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Sabiduría encarnada; en Él encontramos todas las respuestas a las preguntas que tenemos sobre nosotros, nuestro origen, nuestra esencia, la finalidad de nuestra vida y nuestro destino y, además, sobre nuestro Creador y sus planes sobre nosotros.

En el libro de la Sabiduría se nos muestra en forma de figura —como en sombras— a ese Jesucristo; efectivamente, habla así:

Preferí la Sabiduría a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Y la Sabiduría infinita, eterna, le enseñó a aquel hombre los dos secretos para alcanzar la auténtica felicidad eterna: primero, cumplir los mandamientos; y segundo, desapegarse del dinero.

Hasta aquí llegó la sagacidad que mostró inicialmente este hombre, pues se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos —los que están apegados al dinero— entrar en el Reino de Dios!».

En cambio, a quienes aceptan el reto, la Sabiduría les asegura aquí, en esta tierra, el ciento por uno; ¡y la Vida eterna en el mundo futuro!

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Ciclo B, XII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

Criterios humanos

Cuando el Señor le respondió desde la tempestad, como nos lo cuenta la primera lectura, Job quedó pasmado por la sabiduría y el poder de Dios: Él fue quien, entre otros portentos que hizo, encerró al mar, y le dijo: «Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».

Pero a nosotros, los seres humanos —que tanto nos guiamos con nuestros propios criterios—, se nos olvida con frecuencia la grandeza divina.

Por eso, Él mismo viene hoy a nosotros y nos la recuerda: estando en una barca, con los apóstoles, se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo (criterios divinos). Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» (criterios humanos).

Para ayudarnos a cambiar nuestros criterios y hacerlos como los suyos, nos dice: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».

Es más: ¿Qué criterios nos guían en cada circunstancia? Si usamos criterios humanos, nos sobrevendrá fácilmente el estrés, los miedos, los temores, las preocupaciones, las angustias… En cambio, si creemos realmente en el amor que Dios tiene por sus criaturas, nos abandonaremos totalmente en Él, en su amor: dejaremos que guíe nuestras vidas.

Y podremos firmar lo que escribió san Pablo en la segunda lectura de hoy: El amor de Cristo nos alegra, al considerar que uno solo murió por todos. Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos (con criterios humanos), sino para Aquel que murió por amor a ellos (con criterios divinos).

De ahora en adelante, como nos lo enseña hoy san Pablo, ya no juzguemos a nadie con criterios humanos —como la crítica, la envidia, la murmuración—; veámoslos como otros hijos de Dios, hermanos nuestros que se equivocan, como nosotros.

Es que el que vive en Cristo es una nueva criatura.

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Ciclo B, X domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

Un nuevo parentesco

«Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Esta frase de Jesús cambia todo: se acaba la era material, se inicia la espiritual; se inicia el cristianismo, acaba el judaísmo; cesan los signos, Dios está verdaderamente presente; ya no hay sombras, se evidencia la realidad; el nuevo parentesco espiritual se alza por encima del material.

Y todo este cambio lo produce Dios en nuestras vidas, para devolvernos las capacidades que teníamos antes del pecado original, como nos lo narra la primera lectura. Efectivamente, lo que ocurrió en el Paraíso, cuando el ser humano representado en Adán y Eva decidió volverse contra Dios, causó un daño en nuestras habilidades: desde entonces nos queda difícil percibir las realidades espirituales, como que nos limitamos a ver únicamente lo material…

Por eso, en la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que por el Bautismo los cristianos ya no ponemos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas.

Y, cuando escribe que «no ponemos nuestra atención en las cosas visibles», lo que quiere es destacar qué es lo que realmente nos importa más: los mundanos se fijan (fijan su atención) en las cosas que se ven, mientras que los espirituales contemplan lo invisible, lo que dura, lo que vale la pena.

Asimismo, habla de lo que nosotros consideramos «nuestra casa». Dice: sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los Cielos. El cristiano, pues, concentra su atención en la vida eterna.

Pero la actitud de Cristo provoca en sus parientes y en todos los demás la idea de que estaba loco, pues decían: «Está fuera de sí.»

Y, nosotros, ¿consideramos también locura este nuevo orden de ideas? O, por el contrario, ¿nos interesamos y vivimos —como Él y sus discípulos— en el mundo espiritual?, ¿nos alegramos al oír decir que estamos tan locos como Jesús?

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Ciclo B, IX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

La libertad de los hijos de Dios

 

En la primera lectura se nos recuerda un mandato del Señor: guardar su día, santificándolo y descansando, con el fin de recordar que fuimos esclavos del pecado, y que ahora somos libres.

Pero resulta ahora que hay, aun entre nuestros hermanos en la fe, quienes quieren privarnos de esa libertad: nos exigen que cumplamos lo que ellos creen que debemos hacer: critican al Papa y a las autoridades eclesiales, piensan que nuestras oraciones son vacías, se escandalizan porque tenemos imágenes, deploran nuestra devoción a la Santísima Virgen, creen que falta mucha alegría en el rito católico, critican el que hagamos la señal de la Cruz…

Y entre los mismos católicos, hay quienes forman grupos, aislándose de los demás porque, según sus pobres criterios, no viven bien la fe. Si no hablan mal de los demás grupos, no les aprueban sus modos de orar, su carisma, o sus servicios, sin ocultar el hecho de creerse mejores, etc.

Para prevenir eso, Jesús nos enseñó que el distintivo del cristiano es el amor: en esto conocerán los demás que somos cristianos: en que nos amamos los unos a los otros, no en que nos criticamos exterior ni interiormente.

Efectivamente, en el Evangelio de hoy, Jesús afirmo: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado». Es como si dijera: las normas se hicieron para el bien del hombre, no para someterlo.

Asimismo, retó a los fariseos que lo molestaban: «¿Qué está permitido?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo, morir?». ¡Amar!

A nosotros esas críticas no nos importan, como les dice hoy san Pablo a los corintios, aunque «nos aprietan por todos lados, no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan…»; porque lo único que buscamos es amar, porque somos libres: ha brillado en nosotros la gloria de Dios, reflejada en Cristo, una fuerza extraordinaria, que es de Dios y no proviene de nosotros.

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Ciclo B, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

¡Ama y haz lo que quieras!

 

 

613 reglas tenían —y tienen— los judíos; desde que las contó san Jerónimo, los hemos entendido un poco mejor. Practicándolas se salvan.

En cambio, nosotros nos salvamos si amamos a Dios y al prójimo. Por supuesto que debemos cumplir los mandamientos, practicar las obras de misericordia espirituales y corporales y, también, procurar vivir los consejos evangélicos. Amar obliga al cumplimiento de todas estas reglas, porque son reglas de amor.

Pero hoy hay muchos católicos que creen que hay que vivir como los judíos: cumpliendo reglas que supuestamente nos salvan. Y este criterio se nos permea a todos, en mayor o menor grado, hasta que el amor de Dios penetra en nuestras almas, y nos damos cuenta de que si amamos, ya estamos cumpliendo todos los mandatos divinos.

San Agustín gritó dichoso cuando lo descubrió: «¡Ama y haz lo que quieras!» Quien ama ya cumple todo: «Amar es cumplir la Ley entera», decía san Pablo.

Por eso Jesús nos dice hoy, como a los judíos de entonces: «A vino nuevo, odres nuevos». El vino nuevo es el amor, y nosotros debemos ser el odre nuevo que lo contiene, como les sucedía a los corintios, a quienes san Pablo veía llenos del amor de Dios y, por eso, no necesitaba pedirles cartas de recomendación. Les decía, como leemos en la segunda lectura: «Ustedes son nuestra carta de recomendación, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Son una carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón.»

Es que ellos entendieron muy bien que Dios los impregnó de ese amor desde tiempo atrás. Efectivamente, a través del profeta Oseas, ya les había enseñado que Él les hablaba al corazón, como un novio le habla a su novia, y se casa con ella en matrimonio perpetuo, en derecho y justicia, en misericordia y compasión, en fidelidad, y así se penetraron del Señor.

Y nosotros, ¿estamos penetrados del amor del Señor?

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Ciclo C, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 7, 2013

La cura para la ceguera espiritual

«Lo que rebosa del corazón lo habla la boca», son palabras del mismo Jesús.

¿De qué hablamos los hombres? Si nos explayamos en palabras sobre nuestros dolores, es porque el corazón está herido. Si hablamos de nosotros mismos, es porque nos importa mucho el «qué dirán» y nuestra imagen nos preocupa. Si hablamos de la otra vida, o de la religión a la que pertenecemos, es porque nos interesa el más allá. Si contamos nuestros triunfos y nuestros fracasos es porque necesitamos compartirlos.

Pero todo eso es egoísmo o, al menos, egocentrismo.

Son raros, pero existen por ahí, los que nunca hablan de sí mismos ni de sus preocupaciones personales. Siempre están pendientes de los demás, de sus problemas, de mejorar el estado de ánimo y el bienestar de los que les rodean.

Trabajan sin descansar y, cuando lo han terminado bien, dedican las horas que otros gastan en un «merecido» descanso en servir a los demás. Tienen palabras de apoyo para todos: si a un amigo le aqueja una pena sentimental, lo escuchan con atención, para servir de desahogo; si son pesares espirituales, siempre están con el consejo oportuno; si alguno necesita una mano en algún trabajo material, allí están prestos a ayudar; y si no pueden hacer nada, oran y ofrecen a Dios algunos sacrificios por sus intereses.

Por eso, nunca tienen tiempo para sí mismos, el egoísmo no los toca —o los toca muy de lejos— y así cada día tienen más para dar. Estarán tan preocupados por los demás, que no tendremos tiempo para preocuparnos por ellos mismos, lo que les eliminará el estrés.

Esos no son ciegos, esos son los verdaderos guías: junto a Dios, que es amor, que es verdad y que es vida, están todos los que saben dar, y tienen la certeza de aconsejar o simplemente apoyar a quien Dios quiere que apoyen. Muy difícilmente serán hipócritas y dan siempre buen fruto. Jesús nos pide que seamos como ellos.

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