Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘Iglesia’ Category

Que rindan cuentas todos los culpables, incluso obispos, dice el Papa Francisco

Posted by pablofranciscomaurino en junio 5, 2019

 

El Papa Francisco dice que los culpables de abusos sexuales y quienes los encubrieron deben rendir cuentas a la justicia, algo que “en muchos casos incluye a los obispos”, señaló el vocero vaticano, Greg Burke al comentar la carta que el Santo Padre publicó este lunes. Este 20 de agosto el Pontífice publicó una carta dirigida “al Pueblo de Dios” en la que condenó los abusos sexuales cometidos por los sacerdotes, esto a raíz del informe de la Corte Suprema de Pensilvania que denuncia más de mil casos ocurridos en los últimos 70 años y en los que están involucrados unos 300 sacerdotes. “El Papa Francisco dice que se necesita urgentemente que los culpables rindan cuentas, no solo los que cometieron esos crímenes, sino también aquellos que los cubrieron. Lo cual en muchos casos incluye a los obispos. Además de hacer un llamamiento a toda la Iglesia Católica para que se adopten las medidas de protección necesarias en todas las instituciones”, señaló el Director de la Sala de Prensa, Greg Burke. El vocero señaló que el texto del Papa “es para Irlanda, para Estados Unidos, es para Chile”, pero también para el resto de fieles que conforman el pueblo de Dios. En ese sentido, Burke se refirió a los escándalos de abusos denunciados en Irlanda y que fueron condenados por Benedicto XVI en 2010; así como los casos ocurridos en Chile y que llevaron a la condena del sacerdote Fernando Karadima, también en 2010, y al informe elaborado este 2018 por Mons. Charles Scicluna luego de una visita apostólica encomendada por Francisco. Burke señaló que “es significativo que el Papa se refiera a los abusos como un crimen, no solo un pecado y que pida perdón”. Francisco “es muy consciente de que todos los esfuerzos no serán suficientes para reparar el daño hecho a las víctimas”, muchas de las cuales han sido escuchadas por el Pontífice “a lo largo de los años y esto claramente se nota en la carta. El Papa lo subraya: las heridas nunca prescriben”. Asimismo, indicó el vocero, en su carta “el Papa también pide que todos los creyentes pongan de su parte con las armas tradicionales para combatir el mal: oración y penitencia”. En su carta, el Pontífice señaló que “la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males”. “Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias”, expresó. Francisco dijo que “el dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad”.

Si desea leer todo el contenido de la carta del Papa, haga clic aquí:

http://m.vatican.va/content/francescomobile/es/letters/2018/documents/papa-francesco_20180820_lettera-popolo-didio.html

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Se tenían que ir

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2018

En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños». (Mt 11, 25)

Es evidente, por esta cita, que Dios no regala el don de la Fe a quienes se creen sabios e inteligentes. San Lucas nos da una idea más clara en su texto:

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito». (Lc 10, 21)

Debe notarse que san Lucas nos advierte que Jesús, antes de decirlo, se llenó de gozo en el Espíritu Santo; esto nos debe asegurar que proviene del Espíritu Santo esa sensación de gozo al advertir quiénes son los escogidos: los pequeños; y también a quiénes se les ocultan los secretos del Reino de Dios: los sabios e inteligentes según el mundo, según la carne. Jesús se regocija tanto en esto, que bendice al Padre, porque ha sido su beneplácito, es decir, porque así lo quiso.

Y así lo quiso desde el comienzo: Dios escogió lo que vale poco a los ojos del mundo, según la carne. Eso fue lo que hizo que san Pablo exclamara, al ver a los primeros discípulos de Jesús:

¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. (1Co 1, 26-28)

Y quiso nuestro Señor que eso fuera así desde el comienzo cuando, al empezar su vida apostólica, dijo citando al profeta Isaías (61, 1):

El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos. (Lc 4, 18)

Y también desde el comienzo afirmó:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. (Mt 5, 3)

Así, pues, dejó muy claro el mismo Fundador de la Iglesia quiénes deberían pertenecer a su rebaño.

Y ¿quiénes son los pobres de espíritu? Son los santos, como nos lo ha mostrado la historia de la Iglesia: aquellos discípulos de Jesús que obedecen con sencillez y simplicidad a los superiores, al director, guía o acompañante espiritual, a la Iglesia, a su Magisterio, al Papa…

Debe notarse que quienes han sido nombrados doctores de la Iglesia se han distinguido por su fidelidad al Magisterio, por su obediencia a la Iglesia, por su amor y su sumisión al Papa y, principalmente, por los elogios repetitivos que hicieron de la virtud de la humildad: ¡Pobreza de espíritu!

Pero aún hoy se siguen erigiendo personas que se atreven no solo a cuestionar al Papa, sino hasta su elección: ¡Cuestionan al Espíritu Santo! Se rebelan contra Él, se apartan de la obediencia al Papa y a su Magisterio, evalúan y analizan sus palabras, para encontrar en ellas algún error del cual acusarlo, tanto como lo hacían los escribas y fariseos con Jesús. Son, como ellos, los nuevos sabios e inteligentes de este mundo, a quienes Jesús no incluyó en el grupo de sus discípulos.

Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros. (1Jn 2, 19)

Es que…

…la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. (1Co 3:19)

Por eso, se tenían que ir.

Pero están a tiempo, si quieren enmendarse:

¡Nadie se engañe! Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio. (1Co 3, 18).

 

 

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Radio María

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 24, 2018

“No sé qué estará planeando la Virgen, pero su Radio se está extendiendo por todo el mundo.”

Estas palabras del director espiritual de la Radio María son la mejor expresión para definir este fenómeno mariano.

El Padre Livio Fanzaga, en Italia, inspirado por el mensaje de la Virgen María en Fátima y Medjugorge, empezó los trabajos para la fundación de la Radio María.

La primera estación de Radio María fue una radio parroquial de Arcellasco d’Erba, Italia, en 1983, y llegó a tener difusión en toda Italia en 1990.

A partir de la década del 90 comienza la internacionalización en el idioma local en Europa, África y América.

En la ciudad de Bogotá, Colombia, se escucharon las primeras emisiones de sus ondas radiales el 1 de octubre de 1996.

La razón de ser de Radio María es la salvación de las almas, es decir, el anuncio de la conversión. A este servicio de evangelización se le ha dado el apelativo de fenómeno, es decir, de cosa extraordinaria y sorprendente por muchas razones:

Radio María es una iniciativa de laicos y de personas consagradas que, bajo la dirección del presbítero Germán Darío Acosta, trabajan completamente gratis, en un servicio para la Iglesia, para la Virgen y para la Fe. Por eso se prefieren a las personas que dan el corazón.

Radio María no tiene fines de lucro, sino un compromiso con el bien. No utiliza la publicidad para autofinanciarse, sino que se sostiene con las libres donaciones de sus oyentes. Tiene su fuerza en la confianza en la divina Providencia, la valorización del voluntariado, el sostenimiento económico por parte de los radioescuchas y la prohibición absoluta de cualquier tipo de publicidad comercial. Y así se ha mantenido estos años, como en todo el mundo.

Radio María es una radio de oración y de evangelización en el nombre de María Santísima. Participar en su transmisión es para todos una gracia y una responsabilidad, para vivir en espíritu de servicio y de profunda humildad, y presupone una adhesión sincera a la Fe católica, como también a la enseñanza magisterial del Santo Padre y de los obispos en comunión con él.

Radio María se considera una radio para la Iglesia, con la Iglesia y en la Iglesia, aunque es una radio libre. La programación de la emisora está basada en la humilde y respetuosa escucha a los pastores de la Iglesia Católica (Lumen Gentium, 25), y se compone de: Oración (oraciones del buen cristiano y de intercesión), Santa Misa, Liturgia de las horas, Santo Rosario, catequesis simple y clara de toda la riqueza de la Fe (temas que tienen que ver con la moral de la Iglesia Católica, su liturgia, su espiritualidad, etcétera), familia y desarrollo humano (promoción del desarrollo humano, con especial referencia a la concepción católica de la familia y a la doctrina social de la Iglesia Católica), actualidad del mundo y de la Iglesia universal desde una perspectiva católica, y música de inspiración religiosa en armonía con la Fe cristiana.

Radio María tiene un cuidado especial por los estratos más débiles de la sociedad, como los enfermos, las personas solas, los presos, los jóvenes, etcétera, permitiendo expresar sus opiniones a quienes generalmente no tienen voz. Para esto se propician las intervenciones telefónicas en directo, siempre al servicio de la oración y del diálogo, en donde tenga cabida cualquier palabra de consuelo.

 “La gente tiene necesidad de una palabra auténtica; palabra que construya y no divida, que infunda confianza en los corazones desesperados; palabra pura, sencilla, que anuncie el amor y la verdad. Esta palabra es el mensaje de salvación. Es Cristo mismo.” (Palabras de san Juan Pablo II a Radio María)

Unámonos todos los católicos, para dar gracias a Dios por este privilegio mariano, que no solo es de Bogotá, sino ya de muchas ciudades, pueblos y municipios de Colombia y de muchos países en el mundo.

Pidamos a Dios que su cobertura siga ampliándose y que los que sirven a Dios en estas ondas radiales sigan siendo guiados por María, para la Gloria de Dios y para la salvación de las almas.

Unámonos también a la oración de san Juan Pablo II por Radio María:

“María, orienta nuestras opciones de vida, fortalécenos en la hora de la prueba, para que fieles a Dios y al hombre, afrontemos con humilde audacia los senderos misteriosos de las ondas radiales, para llevar a la mente y al corazón de cada persona el anuncio gozoso de Cristo, Redentor del hombre. María, Estrella de la Evangelización, camina con nosotros, guía tu Radio y sé su protectora. Amén.”

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ESTO FUE LO QUE DIJO EL PAPA SOBRE AMORIS LAETITIA DURANTE SU VIAJE A COLOMBIA:

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2017

«Escucho muchos comentarios -respetables porque los dicen hijos de Dios, pero equivocados- sobre la Exhortación apostólica postsinodal. Para entender Amoris Laetitia hay que leerla de principio a fin […] y reflexionar. Leer qué cosa se ha dicho en el Sínodo».
«Una segunda cosa: algunos sostienen que la moral que está a la base de Amoris Laetitia no es una moral católica o, al menos, que no es una moral segura. Ante esto quiero reafirmar con claridad que la moral de Amoris laetitiae es tomista, la del gran Tomás».

Leer:

https://www.aciprensa.com/noticias/esto-fue-lo-que-dijo-el-papa-francisco-sobre-amoris-laetitia-durante-su-viaje-a-colombia-66168

 

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¿QUÉ CLASE DE CATÓLICO ERES TÚ?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 22, 2017

Hay algunos católicos que pasan los días buscando encontrar los errores de los demás, los de la Iglesia y los del Papa. Pero hay otros que están concentrados más bien en luchar contra sus propios defectos para alcanzar la santidad.

Hay algunos católicos que no se dan cuenta de todo el tiempo que pierden leyendo artículos, escuchando audios o viendo videos que muestran la terrible situación de la Iglesia, pues nada pueden hacer al respecto; y tampoco se dan cuenta de que no logran nada reenviando esos archivos, escandalizándose con ayes y lamentaciones. Por el contrario, otros se dedican a insuflar santidad a los demás por la comunión de los santos, trabajando en paz por el Reino de Dios y su Justicia.

Hay unos católicos que se creen y se erigen en jueces del Papa y de la Iglesia: afirman con certeza lo que leen, escuchan o ven en las redes sociales, como si hubieran sido testigos de los hechos, sin corroborarlos ni tener en cuenta cuán fácil es hacer montajes con la tecnología de hoy; y si conocieron y verificaron un hecho verídico, olvidan que el Señor advirtió que no debemos juzgar y que con la misma medida con la que juzguemos seremos juzgados. En cambio, hay otros que no se atreven a dudar de sus superiores: dejan a Dios el juicio del Papa, de los Cardenales, de toda la jerarquía eclesiástica, y se dedican a procurar cumplir sus propias responsabilidades de la mejor manera posible, para dar la mayor gloria a Dios.

En fin: hay unos católicos llenos de soberbia, y otros que son verdaderamente humildes y mansos de corazón, como su Maestro, el Señor Jesús.

 

¿Desea ampliar conceptos al respecto?:

https://www.4shared.com/s/f8ykEBC5Vca

 

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Llegó la hora de escoger

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 21, 2017

Cuando san Francisco de Asís, el heraldo de la pobreza, pero también de la humildad, escuchó las palabras de Cristo: «Francisco, repara mi Iglesia, que amenaza ruina», se dedicó a dar ejemplo humildísimo de santidad, a través del cual el Espíritu Santo suscitó un cambio tan profundo en el seno de la Iglesia que trascendió al mundo entero, y que todavía sigue dando sus frutos de salvación —lo único necesaria— y de santificación de muchos

Tan grave era la situación de la Iglesia entonces, que el Papa  Inocencio III, vio en sueños que entre santo Domingo de Guzmán y san Francisco de Asís la sostenían e impedían que se derrumbara.

Los cristianos católicos sabemos que Jesucristo instituyó a la Iglesia como Madre y Maestra, que nos guía hacia la felicidad auténtica, asistida por el Espíritu Santo, tal y como lo prometió Jesús, su Fundador; además nos aseguró que «los poderes del Infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Todo esto se puede profundizar en el artículo: ¿Debemos obedecer a la Iglesia?, fundamentado por 68 citas bíblicas, haciendo clic en el siguiente enlace:

http://wp.me/pfQgb-2b3

Pero muchas veces se han dado cismas, siempre precedidos por personas que “cuestionan” a la Iglesia y al Papa: Martín Lutero, Juan Calvino, Enrique VIII y muchos otros arrastraron a cuantos se dejaron llevar por la seguridad que mostraban a sus oyentes o lectores.

Dios permite estas divisiones en la historia de la Iglesia con el fin de depurarla, dejando en ella a quienes son humildes, como san Francisco.

La autoridad eclesial ya se pronunció; llegó la hora de elegir si seremos fieles a nuestra Santa Madre Iglesia o si colaboraremos con el cisma.

 

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Predicar mis propias ideas

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2017

He aquí parte del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores (Sermón 46, 1-2: CCL 41, 529-530):

“Yo, por mi parte, no pretendo exponer mis propias ideas. Porque si os propusiera mis ideas, también yo sería de aquellos pastores que, en lugar de apacentar las ovejas, se apacientan a sí mismos. Si, en cambio, hablo no de mis pensamientos, sino exponiendo la palabra del Señor, es el Señor quien os apacienta por mediación mía. Esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?; es como si se dijera: «Los pastores no deben apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas.» Ésta es la primera causa por la que el profeta reprende a tales pastores, porque se apacientan a sí mismos y no a las ovejas. ¿Y quiénes son, pues, aquellos pastores que se apacientan a sí mismos? Sin duda alguna son aquellos de los que el Apóstol afirma: Todos buscan sus intereses personales, no los de Cristo Jesús.”

Y ¿cómo distingo mis ideas de las del Espíritu Santo? Eso es fácil de discernir:

“No os dejéis seducir por doctrinas variadas y extrañas.” (He 13, 9a)

¿Doctrinas extrañas a qué? A la Revelación universal, a la Palabra eterna del Padre, a la enseñanza perenne de la Iglesia.

Si estoy enseñando lo que siempre ha enseñado la Iglesia, la Palabra eterna del Padre, es el Espíritu Santo quién habla por mí; pero si aparecen novedades en mi predicación, es que no tengo presente la Palabra de Dios:

“Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre.” (Hb 13, 8)

Quién tiene afán de novedades es el cristiano carnal; el cristiano espiritual descansa en la Verdad inmutable.

 

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Atenuantes del pecado de abortar

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 2, 2017

La periodista Claudia Palacios publicó en el periódico EL TIEMPO el artículo:

Atenuantes del pecado de abortar: La Iglesia debe reconocer que el derecho canónico perdona el aborto en 10 causales:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/claudia-palacios/atenuantes-del-pecado-de-abortar-125474

 

Sobre este artículo, hay que aclarar algunas cosas:

1) Las «10 causales para que las sanciones no sean aplicadas» de las que habla la periodista se refieren no a la justicia divina (la de Dios) sino a las sanciones eclesiales (las de la Iglesia); por eso, los códices 1.323 y 1.324 del Código de Derecho Canónico están enmarcadas en el LIBRO VI: DE LAS SANCIONES EN LA IGLESIA.

Esto quiere decir que, aunque la Iglesia contemple esos atenuantes para la pena que impone a los pecadores, Dios castigará de todos modos el aborto a quienes no se arrepientan sinceramente y se acojan al Sacramento de la Reconciliación (confesión), por ser un homicidio realizado con premeditación (lo pensó antes de abortar), alevosía (contra una persona sin correr el riesgo de una reacción defensiva) y ventaja (de un superior contra un ser humano inferior e indefenso).

Comparándolo con la justicia penal, supongamos que a un homicida, por cometer este delito coaccionado por miedo grave o para evitar un perjuicio grave, en vez de una pena de 30 años, se le aplica una de 25 ó 20. Pero ese delito no deja de llamarse homicidio.

En el caso del aborto siempre se pretende la muerte de un ser humano no-nacido: es homicidio, aunque en algunos casos haya atenuantes.

Así, pues, si algunas jóvenes no abortaron «por temor a convertirse en pecadoras», como lo dice la periodista, hicieron bien pues, aunque la justicia de la Iglesia atenúe sus penas, el aborto sigue siendo un pecado gravísimo.

2) La cita que hace la periodista (que no está en el Código de Derecho Canónico): «No queda sujeto a pena quien cuando infringió una ley o precepto aún no había cumplido 16 años», vale para todos los delitos, como ella misma lo dice. Podríamos preguntar: ¿Si un joven de 15 años y 11 meses mata a un compañero de la escuela a puñaladas, ¿será que no es consciente del mal que hace? ¿Acaso se hará consciente el mes siguiente, cuando cumpla 16?

La experiencia demuestra que la conciencia acusa indefinidamente a las jóvenes que se realizan un aborto siendo menores de 16 años, prueba de que sabían que actuaron mal.

3) La fuente de la periodista —el sacerdote que l«pide no revelar su nombre para no meterse en líos con su comunidad»— no es buena, pues no es un auténtico seguidor de Jesucristo quien, por defender la verdad, llegó hasta las últimas consecuencias: dio su vida. Asimismo, todos los mártires de la Iglesia dieron su vida en defensa de la verdad; no fueron cobardes. Por eso, las opiniones de este sacerdote no deberían tenerse en cuenta.

Por otra parte, nace la pregunta: ¿A qué le teme este anónimo sacerdote? Según la periodista, fue él quien le reveló los códices que hablan de los atenuantes, «esa verdad que la mayoría de los sacerdotes y la alta jerarquía de la Iglesia, según él, se niegan a divulgar por miedo a perder el control sobre la conciencia de las personas». ¿Acaso el Código de Derecho Canónico -donde se encuentran esos códices- no fue publicado por la Iglesia hace más de treinta años?, ¿acaso no se consigue en todas las librerías católicas y en varios lugares de la Red? Véase, por ejemplo, la página oficial del Vaticano:

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html.

4) Parafraseando a la periodista, podemos decir que el problema no es [Su Santidad] Francisco, ni la pesada estructura eclesial; es la ignorancia de quienes se atreven a cuestionar personas e instituciones sin conocimiento de causa, como se demostró en los 3 numerales anteriores.

 

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Ponte estas gafas también

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2017

Dice la fábula que una vez iban por un camino un viejo, un burro y un niño. El niño iba montado en el burro y el viejo lo llevaba de cabestro. Pasaron por un caserío, y la gente criticaba: “Qué niño más desconsiderado, no se da cuenta de lo cansado que irá su abuelo”.
Al oír los comentarios, el niño se bajó y el viejo se montó al burro. Pasaron por otra aldea y la gente protestaba: “Qué viejo tan descarado, poner un niño a caminar, no hay derecho”.

Ante esta crítica, el viejo resolvió que su nieto se montara también, al anca, detrás de él. Pero al pasar por el siguiente pueblo la gente murmuraba: “Qué abuso, pobre burrito con semejante peso”.

Al oír esta observación, se apearon los dos y siguieron caminando al lado del burro. Ya iban llegando a su destino, pero al entrar al pueblo la gente los señalaba y se burlaba de ellos: “Miren qué idiotas, tienen un burro y ni siquiera lo usan”.

La moraleja es obvia: haga uno lo que haga, la gente siempre encontrará motivos para criticar nuestros actos.

Pero conviene aquí observar que hay 4 miradas distintas sobre lo que ocurre. Cada una se fija sólo en uno de los aspectos de la historia: la incomodidad del viejo, la del niño, la del burro y, finalmente, la inutilidad del animal.

Es más: hay también otras 2 miradas: la de la moraleja que apuntamos (hagas lo que hagas, siempre te criticarán) y la de quienes consideran estúpido querer dar gusto a todos.

¿De qué depende, pues, el juicio que se hace sobre algo? De la mirada subjetiva que se use. Algunos dirán que se trata de las gafas que nos ponemos en el momento de juzgar: ¿miramos con las gafas del niño, del viejo, del burro, del utilitarismo, de la crítica per se, del miedo al “¿qué dirán?”…

En fin, muy raramente los juicios se hacen con objetividad, es decir, con todas las gafas puestas.

Eso es lo que pasa con lo que dice el Papa:

Bajo la mirada del ideólogo de género, las apreciaciones del Papa tienen un tinte homófobo; con las gafas del tradicionalista a ultranza, el Papa claudica en la defensa de la verdad; a los inquisidores les parece un Papa poco claro, que no se decide por un bando; las mentes poco profundas lo juzgan según sus gustos y criterios personales…

Pero son muy pocos quienes reconocen en todo lo que escribe y habla el Romano Pontífice lo mismo que ha enseñado siempre la Iglesia, y que es lo que nos reveló el mismísimo Dios inmutable: que al pecador hay que verlo y tratarlo con infinita misericordia (como lo hace Dios), pero que el pecado pecado es, como lo fue hace dos mil años y como lo será dentro de dos mil años si los hombres siguen existiendo, y que el pecado le hace mal al pecador, por lo que hay que enseñarle a evitarlo, si desea ser feliz.

Esta es la perenne enseñanza del Creador del género humano, que no busca “estar a la moda”, tener o no seguidores en las redes sociales, ni ser o no aprobado…; lo único que persigue es el bien de su criatura predilecta de la creación visible: el ser humano.

-Ponte estas gafas también.

 

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¿Debemos obedecer a la Iglesia?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 27, 2017

 

Al leer la Biblia desprevenidamente, sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Se da el caso de quienes afirman que Jesús fue un extraterrestre, que aprobó la prostitución o la homosexualidad; que los cristianos pueden tener varias esposas; que la Biblia prohíbe las transfusiones de sangre y la celebración de cumpleaños; que en sus líneas se habla de la reencarnación; que cada cual puede interpretar las Escrituras como quiera; que se puede matar en nombre de Dios…

Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

Entonces, cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

Ahora bien, ¿cómo se fueron sucediendo los apóstoles escogidos por Jesús? Veamos la Biblia:

«Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo, y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado.” Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron.» (Hch 13, 2-3)

Otro tanto nos recuerda Pablo:

«No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos.» (1Tm 4, 14)

«No impongas a nadie las manos a la ligera, pues te harías cómplice de los pecados de otro.» (1Tm 5, 22)

«Por eso te invito a que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos.» (2Tm 1, 6)

Queda claro que los sucesores de los apóstoles se elegían a través de la imposición de las manos. Estos sucesores eran llamados ancianos o presbíteros en Jerusalén y, fuera de Palestina, apóstoles u obispos (obispo quiere decir superior de una diócesis, a cuyo cargo está la cura espiritual y la dirección y el gobierno):

«Pues el obispo, siendo el encargado de la Casa de Dios, debe ser irreprensible: no debe ser autoritario ni de mal genio, ni bebedor, ni peleador o que busque dinero.» (Tt 1, 7)

«Carta de Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a los filipenses, a todos ustedes, con sus obispos y sus diáconos, que en Cristo Jesús son santos.» (Flp 1, 1)

«En cada Iglesia designaban presbíteros.» (Hch 14, 23)

«Se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 2)

«Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 4)

«Los presbíteros que son buenos dirigentes recibirán doble honor y remuneración, sobre todo los que llevan el peso de la predicación y de la enseñanza.» (1Tm 5, 17)

«Entonces, los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: “Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia.”» (Hch 15, 22-23)

«A su paso de ciudad en ciudad, iban entregando las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén y exhortaban a que las observaran.» (Hch 16, 4)

«Pablo envió un mensaje a Éfeso para convocar a los presbíteros de la Iglesia.» (Hch 20, 17)

«Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les ha puesto como obispos (o sea, supervisores): pastoreen la Iglesia del Señor, que él adquirió con su propia sangre.» (Hch 20, 28)

A estos pronto se añadieron los diáconos.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Así quedaron constituidos los tres grados fundamentales de la jerarquía de la Iglesia, que todavía hoy subsisten: obispos, presbíteros (llamados comúnmente sacerdotes) y diáconos.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Y esa autoridad comenzó a ejercitarse así:

«Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: “No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.” Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos.» (Hch 6, 1-6)

Son los Doce los que promueven la elección de los siete diáconos, son los Doce los que explican lo que conviene hacer y por qué y, aunque la asamblea escoge y propone los postulantes, son los Doce quienes establecen en su cargo a los primeros diáconos, con el rito de oración e imposición de manos.

Los Doce, es decir, los apóstoles u obispos, son los que designaban a los presbíteros:

«En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.» (Hch 14, 23)

El apóstol Pablo hace lo suyo, dirigiéndose a Tito:

«Te dejé en Creta para que solucionaras los problemas existentes y pusieras presbíteros en todas las ciudades, de acuerdo con mis instrucciones.» (Tt 1, 5)

Además, Jesús mismo prometió estar con ellos, los obispos, hasta el fin de la historia:

«Por su parte, los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.» (Mt 28, 16-20)

Debe notarse que Jesús no dijo: «Vayan, pues, y hagan que todos lean la Biblia.» Son los apóstoles los encargados de enseñar. Es más: si se perdiera la Biblia, los obispos seguirían poseyendo el mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios.

Tampoco dijo Jesús: «Tomen la Biblia y funden cada uno una Iglesia». Lo que dijo fue:

«Habrá un solo rebaño con un solo pastor.» (Jn 10, 16)

La parte más importante de la Biblia surgió de la predicación de los apóstoles, de la Tradición, es decir, de la Iglesia fundada por Cristo; por el contrario, otras Iglesias y grupos surgieron de la Biblia.

Fue la Iglesia Católica la que se encargó de reunir los libros de la Biblia. Si tenemos la Biblia es gracias a la Iglesia Católica. Por eso, el argumento del que dice que «Yo leo la Biblia y creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia Católica» no tiene soporte ni es racional: la Iglesia Católica le dio vida a la Biblia: si no hubiera habido Iglesia Católica, la Biblia no estaría como está hoy.

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

El que, comparándose con los demás apóstoles, dijo una vez: «he trabajado más que todos» (1Co 15, 10), averigua con ellos si su misión es la que él cree:

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos». (Ga 2, 6-7)

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

Ese mismo comportamiento tuvo la primitiva Iglesia, cuando se presentaban controversias acerca de lo que se debería enseñar:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés». Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. (Hch 15, 1-2.6)

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Lo que sucede es que no hay posibilidad de error cuando la Iglesia está cimentada sobre los apóstoles:

La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. (Ap 21, 14)

«Ustedes son de la casa de Dios. Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús. (Ef 2, 19b-20)

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

Jesús, desde el día que lo conoció, ya había establecido que Pedro sería la piedra sobre la que construiría su Iglesia. Y para eso le cambió el nombre:

«Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas” (que quiere decir Piedra).» (Jn 1, 41-42)

Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, los nombres se cambian para darle una misión específica a las personas; basta ver el caso de Abrán por Abraham, esto es, padre de muchos. En este caso, Jesús le cambia el nombre a Simón por el de Pedro queriendo significar así la misión que Él le encomendaba: ser la piedra donde se asentaría la Iglesia fundada por Jesucristo, la piedra donde se edificaría y se sostendría esa Iglesia, tras su partida de este mundo; porque para Jesús era muy importante que su Iglesia estuviera bien construida:

«Se parece a un hombre que construyó una casa; cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Vino una inundación, y la corriente se precipitó sobre la casa, pero no pudo removerla porque estaba bien construida.» (Mt 7, 24-25; cf. Lc 6, 48)

Leamos ahora lo que sucedió cuando Jesús les preguntó a sus discípulos quién creían que era Él:

«Pedro contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le replicó: “Feliz eres, Simón Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”.» (Mt 16, 18-19)

Con esto, Jesús dejó claro que Pedro, por decisión de Dios, es la piedra sobre la que Jesús edificó su Iglesia, la Iglesia fundada por Jesucristo; además, le dio el poder de atar y desatar: la autoridad que ejerce hoy el Papa, su sucesor.

Con frecuencia se presenta el problema de interpretar quién es la piedra o la roca, dado que en 1Co 10, 4, Pablo afirma que «bebieron la misma bebida espiritual; el agua brotaba de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo». En este pasaje es obvio deducir que Pablo mostraba a la roca como representación de Cristo, que es la fuente de todos los bienes.

Pero Pablo no hablaba de construcción ni de cimiento, como sí lo hizo Jesús en Mt 16, 18: «edificaré mi Iglesia». Aquí Cristo es el constructor mientras que el cimiento es Pedro.

Eso quedó patente en la última aparición de Jesús a sus apóstoles cuando, como despedida, les enseñó quién debía apacentar su rebaño, es decir, los bautizados, los pertenecientes a la Iglesia:

«Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Le preguntó por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro volvió a contestar: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas”.

Insistió Jesús por tercera vez: “Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Entonces Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.» (Jn 21, 15-17)

Jesús mismo había dicho:

«Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas.» (Jn 10, 11)

Lo que ordenó a Pedro, es decir, apacentar las ovejas de Jesús, consiste entonces en representar a Jesús aquí en la tierra, ya que Él se iba pronto al Cielo. Ese fue su testamento: se encuentra en el último capítulo del Evangelio de Juan.

Y, según la Biblia, después de su muerte, había que reemplazar a cada apóstol para…

«que otro ocupe su cargo. » (Hch 1, 20)

Así, cuando murió Pedro, fue elegido Lino; a Lino lo reemplazó Anacleto; al morir éste fue sucedido por Clemente…; y así hasta Juan Pablo II; con él, van 265 Papas.

Esa misión, ese servicio, no hace a Pedro ni a sus sucesores más digno que los demás hombres, solamente le da una autoridad que proviene del mismo Jesús: «Apacienta mis ovejas»: sé el Pastor, como lo fui Yo.

Ya antes, Jesús le dijo a Pedro algo que nos hace ver que lo estaba preparando para darle autoridad, como administrador de su Iglesia:

«Pedro preguntó: “Señor, esta parábola que has contado, ¿es sólo para nosotros o es para todos?” El Señor contestó: “Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido tiempo la ración de trigo. Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra cumpliendo su deber. En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo que tiene”.» (Lc 12, 41-44)

¿Por qué le habló de un administrador después de la parábola de los trabajadores fieles? Porque quería pedirle esa fidelidad a su trabajador principal: el primer Papa.

Pero quizá una de las muestras mayores de la preocupación de Jesús por quien iba a ser la cabeza visible del cuerpo de Cristo, la Iglesia, es la siguiente:

«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 31-32)

Es de notar que Jesús dice aquí que «Satanás va a sacudirlos a ustedes», es decir, a todos los apóstoles. Sin embargo, Jesús no ruega por todos, sino «por ti para que tu fe no se venga abajo», porque sabía la responsabilidad que se derivaba de la autoridad que le había conferido. Además, añade: «Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos».

Otro pasaje de la Biblia nos enseña que para Jesús, Pedro tenía una misión y una autoridad muy especiales:

«Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora?”» (Mc 14, 37)

Llama la atención que el texto diga que Jesús los encontró dormidos, pero no se preocupó por todos, sino únicamente por Pedro, quien tampoco había podido «permanecer despierto una hora». Es que Él sabía cuán importante iba a ser la autoridad de Pedro.

Por eso, en la Biblia, Pedro ocupa siempre el primer lugar:

«Estos son los Doce: Simón, a quien puso por nombre Pedro…» (Mc 3, 16)

«Allí estaban Pedro…» (Hch 1, 13)

«Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro…» (Mc 9, 2)

«Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» (Lc 24, 34)

«Que se apareció a Pedro y luego a los Doce.» (1Co 15, 5)

Veamos lo que sucedió después de la resurrección de Jesús:

«El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. Fue corriendo en busca de Simón Pedro.» (Jn 20, 1-2)

María había podido ir corriendo en busca de los discípulos de Jesús. Pero no lo hizo: prefirió buscar a la máxima autoridad.

Y él mismo Juan muestra el respeto por esa autoridad:

«Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Como se inclinara, vio los lienzos por el suelo, pero no entró. Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro, y vio también los lienzos tumbados. El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó.» (Jn 20, 3-8)

Sólo hasta que el primado —Pedro— entró, Juan se permitió entrar y ver. De nuevo queda patente la autoridad de Pedro.

Al final del Evangelio de Marcos se lee cómo un joven instruye a las mujeres que lo vieron resucitado:

«Ahora vayan a decir a los discípulos, y en especial a Pedro, que Él se les adelanta camino de Galilea.» (Mc 16, 7)

Pablo va también en busca de esa máxima autoridad:

«Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro y permanecí con él quince días.» (Ga 1, 18)

La Biblia nos muestra que Pedro, ejerciendo esa autoridad, es quien decide reemplazar a Judas:

«Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: “Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura, pues el Espíritu Santo había anunciado por boca de David el gesto de Judas; este hombre, que guió a los que prendieron a Jesús, era uno de nuestro grupo, y había sido llamado a compartir nuestro ministerio común. Sabemos que con el salario de su pecado se compró un campo, se tiró de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas. Este hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que llamaron a aquel campo, en su lengua, Hakeldamá, que significa: Campo de Sangre. Esto estaba escrito en el libro de los Salmos: Que su morada quede desierta y que nadie habite en ella.

“Pero también está escrito: Que otro ocupe su cargo. Tenemos, pues, que escoger a un hombre de entre los que anduvieron con nosotros durante todo el tiempo en que el Señor Jesús actuó en medio de nosotros”.» (Hch 1, 15-21)

Pedro empieza así a ejercer su autoridad.

Autoridad que no solo se ejerce para las decisiones importantes, sino también para castigar:

«Pedro le dijo: “Ananías, ¿por qué has dejado que Satanás se apoderara de tu corazón? Te has guardado una parte del dinero; ¿por qué intentas engañar al Espíritu Santo? Podías guardar tu propiedad y, si la vendías, podías también quedarte con todo. ¿Por qué has hecho eso? No has mentido a los hombres, sino a Dios”. Al oír Ananías estas palabras, se desplomó y murió. Un gran temor se apoderó de cuantos lo oyeron.» (Hch 5, 3-5)

Tal sería la autoridad de Pedro, que toda la Iglesia oraba por él, cuando lo apresaron:

«Mandó detener también a Pedro: eran precisamente los días de la fiesta de los Panes Ázimos. Después de detenerlo lo hizo encerrar en la cárcel bajo la vigilancia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, pues su intención era juzgarlo ante el pueblo después de la Pascua. Y mientras Pedro era custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba incesantemente por él a Dios. (Hch 12, 3-5)

Además, es Pedro el primero que predica cuando Jesús es proclamado por primera vez:

«Entonces Pedro, con los Once a su lado, se puso de pie, alzó la voz y se dirigió a ellos diciendo: “Amigos judíos y todos los que se encuentran en Jerusalén, escúchenme, pues tengo algo que enseñarles…”» (Hch 2, 14)

Y así comenzó la predicación apostólica, la Tradición.

Y es él quien dirige las discusiones y les da conclusión:

«Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. Después de una acalorada discusión, Pedro se puso en pie y dijo:…» (Hch 15, 6-7)

La Iglesia, entonces, lo reconocía como el Pastor universal.

Esto es, precisamente, lo que significa la palabra «católico»: universal, es decir, que está abierta a todas las razas y culturas de todos los tiempos.

Recién comenzado el cristianismo, un obispo que conoció a los apóstoles y de quienes recibió la imposición de manos, Ignacio de Antioquía, fue el que, para designar a la Iglesia fundada por Jesucristo, usó la expresión: «católica». Efectivamente, escribiendo a los cristianos de Esmirna les decía: «Donde está Cristo, allí está la Iglesia Católica».

——-o——-

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

  • Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.
  • Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.
  • Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.
  • Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.
  • Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

  • Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.
  • El AT fue superado y sobrepasado por el NT.
  • El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.
  • El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.
  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.
  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).
  • En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)
  • Documentos eclesiales (de la Iglesia)
  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos
  • Derecho canónico
  • Liturgia
  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Para informar todo esto al pueblo cristiano de una manera más asequible, se editó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde están todos los postulados de nuestra Fe, reunidos de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, y adaptados a la evolución de los tiempos. Así, el pueblo de Dios puede comprender mejor su Fe.

El Catecismo es, por así decirlo, la explicación actualizada de la Palabra de Dios. Una vez leído y comprendido, meditado y estudiado, se puede entender mucho mejor la Biblia.

 

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Comunicado del Episcopado sobre el canal Teleamiga:

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2017

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Las ‘riquezas’ de la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2017

 

—Ese Vaticano es riquísimo. ¿Por qué no venden todas esas obras de arte y esos edificios, para darle el dinero a los pobres?

—El Papa vive en medio de riquezas, mientras hay millones de personas muriendo de hambre.

—¿No predican la caridad? Y mírenlos: llenos de oro.

—Los curas tienen plata por montones. ¿Dónde está su amor por los pobres y necesitados? ¿Por qué no cumplen el voto de pobreza que emitieron?

—A nosotros nos piden dinero con frecuencia, pero ellos no dan nada.

—La Iglesia Católica es la institución más rica de la Tierra. Y tiene poder político, influencias; no solo dinero.

Estos y muchos argumentos más se emiten, tanto en conversaciones familiares y sociales, como en los medios de comunicación.

 

Al respecto, hay 2 conceptos que suelen no tenerse en cuenta cuando se habla de este tema:

El primero es la función de la Iglesia Católica o, como se diría hoy a nivel empresarial: su misión.

La misión de una empresa contesta la pregunta “¿Cuál es nuestra razón de ser? Sirve como un punto de referencia para que todos los miembros de la empresa actúen en función de esa misión, es decir, lograr que se establezcan objetivos, diseñen estrategias, tomen decisiones y se ejecuten tareas, bajo ese criterio. Además, la misión le da identidad y personalidad a una empresa, permitiendo así distinguirla de otras empresas similares.

Asumiendo esta definición, la misión de la Iglesia Católica es la que le dio su Fundador:

«Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. » (Mt 28, 19)

«Id por todo el Mundo y predicar el Evangelio a toda criatura.» (Mc 16, 15)

Como se ve, en estas frases queda clarísima, pues, la función de la Iglesia: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR.

En ninguna parte de esta definición de su misión se expresa que la Iglesia deba solucionar problemas de orden temporal y, mucho menos, económicos.

Al contrario, en la escena en la que una mujer derrama sobre Jesucristo un perfume de alabastro, sus discípulos hablaron sobre el derroche que eso significaba; efectivamente, dijeron: «Podría haberse vendido a gran precio y darlo a los pobres» (Mt 26, 9; Mc 14, 5; Jn 12, 5); pero Él contestó: «Pobres en todo tiempo los tendréis con vosotros» (Mt 26, 11; Mc 14, 7; Jn 12, 8). Esto significa, primero, que la misión de Jesús ni de la Iglesia que fundaba no era acabar con la pobreza material; y segundo, que de todos modos la pobreza material jamás acabará.

Por todo lo dicho, están erradísimos quienes reclaman esa función para la Iglesia.

 

El segundo concepto que se olvida mucho es que, a pesar de que esa no es su función —su misión—, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda en los desastres naturales, en las guerras y en todas las calamidades de cualquier parte del Mundo: no hay ningún gobierno u ONG que ayude más. Y fuera de los momentos en los que hay desastres o calamidades, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda ordinariamente a la humanidad con sus innumerables instituciones de caridad: hospitales, horfanatos, ancianatos, centros educativos, jornadas de salud, etc., etc., etc.

 

En resumen: la Iglesia no fue fundada para solucionar problemas económicos ni para acabar con la pobreza material; a pesar de eso, es la institución que más ayuda a la humanidad.

 

Alguien argumentará que el Papa Francisco, al iniciar su pontificado, afirmó: «Quiero una Iglesia pobre, para los pobres», y es verdad; pero ¿a qué pobreza se refería el Santo Padre? A la misma pobreza a la que se refirió Jesús cuando aseguró: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

Pero este concepto debe entenderse como lo ha enseñado siempre la Iglesia: tal y como lo exponen san Agustín, en el libro De serm. Dom. in monte, y santo Tomás de Aquino, en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69, quienes explican la relación de los Dones del Espíritu Santo con las Bienaventuranzas.

Ellos revelan que, por el don del Temor, ese miedo a ofender a un Ser tan bueno, las personas desarrollan grandemente la virtud de la Humildad, pero entendida según la primera acepción del diccionario: «el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y el obrar de acuerdo con ese conocimiento». Y por eso es que Jesús los llama Pobres de espíritu, es decir, esas personas que ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. En otras palabras, según la enseñanza divina, los pobres de espíritu son los humildes. Y a quienes tienen esa hermosa virtud es a quienes se refería el Papa Francisco: una Iglesia compuesta por hombres y mujeres que conocen sus propias limitaciones y debilidades y que obran de acuerdo con ese conocimiento.

 

Alguno habrá que haya entendido a Su Santidad Francisco, no como lo ha enseñado siempre la Iglesia, sino como el mundo entiende a los pobres: aquellas personas necesitadas, que ni siquiera tienen lo necesario para vivir dignamente.

Y es así como algunos quieren que viva la Iglesia: sin medios para realizar su función: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR: se necesita dinero para construir y mantener los templos donde se puedan congregar los fieles a celebrar la Misa, a recibir los Sacramentos y a que se les proclame y predique la Palabra de Dios; se necesita dinero para editar y publicar los documentos con los que la Iglesia forma a sus fieles; se necesita dinero para que los sacerdotes vivan dignamente, y así puedan ejercer bien su labor, etc.

A nadie le parece bien que los trabajadores carezcan de lo necesario para realizar su labor, pero a la Iglesia algunos le quieren negar ese derecho. Entienden que tanto profesionales como artesanos deben tener lo necesario para vivir, pero no les conceden ese derecho a otros ciudadanos, como los sacerdotes y religiosos. Piden que se venda el Vaticano y todos los tesoros que contiene, pero jamás se les ocurriría pedir que se vendan los edificios y haberes del Gobierno y de los políticos, de las empresas y sus empresarios, de los profesionales, de los negociantes, etc.

Hay quienes piensan que todos los seres humanos tienen derecho a salir de la pobreza material y hasta luchan por ello, pero quieren a la Iglesia en malas condiciones materiales y económicas…

 

No sobra hacer una claridad a quienes afirman que los curas deberían cumplir su voto de pobreza: emiten este voto únicamente quienes se entregan a una vida consagrada; ni los diáconos (hay casi 45.000 en el Mundo) ni los sacerdotes (en la actualidad, casi 416.000 presbíteros y cerca de 52.000 obispos) ni el Papa hacen el voto de la pobreza, a no ser que sean religiosos, es decir, que pertenezcan a un instituto de vida consagrada. A la fecha, son casi 737.000 personas de vida consagrada en la Iglesia; los demás no hacen votos.

 

Por último, sería muy bueno que no generalizáramos: alguna vez alguien dijo:

—Es que los curas son ladrones y viven súper bien.

Uno le respondió:

—¿Y es que los conoces a todos?

—No —dijo el otro—, pero sí conozco a un cura que…

—Entonces di que conoces UN cura que…

 

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¿La Iglesia debe acomodarse a los tiempos?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 31, 2017

Pululan por doquier miembros de la Iglesia Católica que tergiversan la doctrina de Cristo, hasta afirmar que los Evangelios fueron escritos mucho después de los hechos que narran y que, por eso, deben estar equivocados; explican que fueron acomodadizos, según las circunstancias del momento, con lo que niegan la inspiración del Espíritu Santo de las Sagradas Escrituras.

Como se comprende, todo queda al arbitrio de la imaginación de cada persona y, así, se disparan criterios como el de que la Resurrección de Cristo fue solo espiritual o un simple modo de enseñar metafórico, que la Santísima Virgen tuvo más hijos, y mil pensamientos más que socavan los fundamentos mismos de la doctrina perenne de la Iglesia. Y es que para ellos «la Iglesia debe acomodarse a los tiempos»; pero no se dan cuenta de la consecuencia lógica que esa frase entraña: que el Dios-Verdad inmoble debe acomodarse al vaivén humano.

Pero todo esto ya estaba profetizado por la misma Biblia:

Hermanos: Hubo también falsos profetas en el pueblo de Dios, como también entre vosotros habrá falsos maestros. Éstos introducirán sectas de perdición, renegarán del Señor que los rescató y atraerán sobre sí una pronta venganza. Mucha gente los seguirá en sus torpezas y a causa de ellos será difamada la doctrina de la verdad. (2P 2, 1-3)

Haciendo alusión a la lámpara encendida que no debe ponerse bajo el celemín (Mt 5, 15; Mc 4, 21; Lc 11, 33), san Máximo, confesor, abad, nos previno sobre esto:

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la Palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero (es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la revelación divina. (De las Cuestiones a Talasio, n° 63: PG 90, 670)

Dicho en otras palabras, la humildad de quien se somete a la enseñanza de la Iglesia es el único “seguro” contra el error, y nos evita caer en la arrogancia de quien todo lo cuestiona con su “infalible” inteligencia.

 

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Los musulmanes ya son más numerosos que los católicos

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 20, 2017

 

He aquí las estadísticas mundiales por religiones (aproximado en millones) al finalizar el año 2016*:

 

Población mundial 7.400

  1. Islam 1.350

  2. Cristianos católicos 1.280

  3. Secularismo 1.100

  4. Hinduismo 1.050

  5. Budismo 1.000

  6. Cristianos nacidos del Protestantismo 804                                                                              

  7. Taoísmo y confucianismo 800

  8. Cristianos orientales 260

  9. Sintoísmo 65

  10. Otros cristianos 28

  11. Sijiísmo 26

  12. Judaísmo 16

  13. Jainismo 10

Y otros de >10

 

Como se ve, el total de cristianos de todas las denominaciones (incluyendo los católicos) en el mundo es de 2.370 millones, y supera a los musulmanes; pero los musulmanes sobrepasan a los católicos por 70 millones.

¿Se produjo esto porque muchos católicos controlan la natalidad mientras que los musulmanes no lo hacen?

 

Otra circunstancia que se destaca es que el secularismo (quienes no tienen religión) está ahora en el tercer lugar en las estadísticas mundiales.

Después de la apostasía, la gente cae en el ateísmo, en el agnosticismo o en la indiferencia total sobre el ámbito espiritual del ser humano, con el consecuente automutilamiento de su esencia, de su ser.

 

Este dramático pero auténtico panorama debe hacernos reaccionar: ¿Qué falla en nuestra predicación? ¿La hay?: ¿qué predica nuestra vida? ¿Son consecuentes nuestros actos y actitudes con nuestra fe?

Más allá de todo análisis sobre las técnicas de evangelización, las estadísticas muestran que donde hay más persecución religiosa a la Iglesia Católica es donde más está creciendo, no solo el número de cristianos, sino de vocaciones sacerdotales y religiosas, mientras que en donde no hay persecución, decrecen ambos.

Esto quiere decir que el cristianismo católico auténtico es el que está crucificado; y es el que está vivo, pues es el único que crece.

¡No más miedo a la Cruz! Ya lo hemos leído y escuchado: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

¿Quién tiene miedo al martirio? Es fácil responder: quien todavía no ha comprendido que en esta vida estamos de paso: que nuestra existencia en esta tierra es simplemente una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor. Y que, pasada esta prueba —que dura un instante—, vendrá la eternidad, la eternidad feliz.

Pero, ¿cuántos católicos lo saben?, ¿cuántos están dispuestos a demostrarlo dando la vida presente para ganar la Vida (con mayúscula)? Ellos son los que captaron la esencia de su fe, como lo hicieron los mártires, que nunca estuvieron tan contentos como en sus bodas místicas, en su Bautismo de sangre, en su dies natalis: en su nacimiento a la Vida eterna.

¿Qué temes? ¡Dios está contigo! Y la Virgen y todos los ángeles, y san José y todos los santos… ¡Somos el espectáculo del Cielo! Nos esperan allá, con coronas imperecederas.

¿Qué temes? La gracia de Dios no nos faltará. ¡Ánimo! Ni un paso atrás. Siempre adelante: con la valentía de quienes saben que Jesús ya venció en esta batalla, y que nos precede.

 

Mira las estadísticas de los católicos consagrados a Él; son cerca de:

    5.500 obispos

416.000 sacerdotes

45.000 diáconos

737.000 religiosos

Ora por ellos; sacrifícate con Jesús por ellos; niégate a ti mismo; carga con tu cruz de cada día, en pos de Jesucristo, nuestro caudillo, que desea cambiar el mundo, y sólo te pide tu cooperación con la gracia. Y, después, ¡recibirás el Premio mayor! Y dirás: “¡Valió la pena!”

 

_________

*  Los números de población por religión son computados por una combinación de datos del censo y encuestas de población (en países donde los datos de religión no son recolectados por el censo, por ejemplo Estados Unidos o Francia), pero los resultados pueden variar ampliamente dependiendo de la manera en que las preguntas son formuladas, las definiciones de religión utilizadas y la parcialidad de las agencias u organizaciones que conducen la investigación. Las religiones informales o desorganizadas son especialmente difíciles de contabilizar.

No hay consenso entre los investigadores acerca de la mejor metodología para determinar el perfil religioso de la población mundial. Un número de aspectos fundamentales están sin resolver:

  • Si contabilizar las “culturas religiosas históricamente predominantes”.
  • Si contabilizar sólo aquellos que “practican” activamente una religión en particular.
  • Si contabilizar basándose en un concepto de “adhesión”.
  • Si contabilizar sólo a aquellos que se auto-identifican expresamente con una denominación particular.
  • Si contabilizar solo a los adultos o incluir también a los niños.
  • Si apoyarse solamente en estadísticas oficiales facilitadas por el gobierno.
  • Si utilizar múltiples fuentes y rangos o sólo las “mejores fuentes”.

 

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La discusión sobre Amoris Laetitia

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 24, 2016

Exhortación Apostólica "Amoris laetitia"

Cada vez que leo o escucho nuevos giros de la discusión sobre esta exhortación, vuelvo a leerla, meditarla y analizarla, y encuentro que:

En ninguna parte del documento se dice que lo que está objetivamente mal pueda juzgarse como bueno; se recuerda la doctrina moral de siempre: que la inadvertencia parcial hace que el pecado no sea mortal (aunque sigue siendo grave). Y se aconseja que se apele a la misericordia, que ha faltado en tantos casos, en los que se calificó a priori e implícitamente a los adúlteros como pecadores mortales (única razón válida para no poder acceder a la comunión sacramental).

Además, hay que aclarar que en ninguna parte del documento se recomienda que se le dé la comunión a los adúlteros.

Y me pregunto por qué se hace tanta discusión sobre este tema si, desde el punto de vista práctico, los divorciados vueltos a casar pasan a comulgar sin que el párroco, el vicario o el sacerdote adscrito sepan si están o no en esa “situación irregular”.

Finalmente, recuerdo que lo que el Papa escribió en Amoris Laetitia es el resumen de lo que entre el Espíritu Santo y los Padres sinodales determinaron, no su opinión personal. Efectivamente, aunque este documento no debe considerarse ex catedra, sí debemos recordar que todo documento oficial de la Iglesia expedido por el Papa y los obispos unidos a él es parte del Magisterio oficial de la Iglesia y, por ende, puede considerarse inspirado.

Afirma san Pablo:

«Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación.» (RM 13, 1-2)

Téngase en cuenta que en esta cita el Apóstol se refiriere a las autoridades civiles; ¿cómo no obedecer, pues, a la Santa Madre Iglesia?

Además, debemos seguir el ejemplo de Jesús quien, como escribió san Juan Bosco, «vino para obedecer». (Epistolario, Turín, 1959, 202)

Pero más allá de todo lo dicho, pienso que es del Papa la responsabilidad de guiar a la Iglesia. Así, aunque muchos quieran hablar, discutir y opinar sobre el Papa, lo que dijo, lo que dicen los demás, etc., yo no tengo tiempo para eso: me dedicaré a cumplir con mi responsabilidad: orando, reparando, procurando por todos los medios mi propia santificación y evangelizando con el ejemplo, más que con la palabra.

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Sería muy bueno que leyeran esto quienes cuestionan al Papa:

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 2, 2016

San Gregorio Magno

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“Bajo la capa de un falso celo por la perfección cristiana, se esconde a veces un refinado orgullo que todo lo critica, de todo se escandaliza, de todo se queja, y al fin se propasa hasta indisponer a los inferiores contra los superiores.”

San Gregorio Magno

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Críticas al Papa

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2016

Papa

Después de que Jesús fundó su Iglesia y nombró al primer Papa, el Espíritu Santo se ha encargado de elegir a los otros 266 papas y de impedir que se equivoquen, tal y como lo prometió Jesucristo. ¿Por qué pensar, pues, que ahora sí Dios abandonó a su Iglesia y permitió que apareciera un papa que enseña errores?

Cuando un erudito lee los documentos que el Papa Francisco ha escrito o lo escucha, verifica que no enseña nada contrario a la doctrina oficial de la Iglesia que Cristo fundó.  En este caso se aplica muy bien el adagio: “Todo texto sacado de su contexto sirve para cualquier pretexto”.

Pero si alguien no sabe mucho acerca del Magisterio de la Iglesia, le debe bastar la humildad de saber que es una simple criatura que no debería ponerse en la actitud de juzgar al Papa.

La soberbia de quienes sí se creen con el derecho de cuestionar al Espíritu Santo, debe llevarnos a orar mucho por su conversión. Pero no debemos exponernos a seguir escuchando cosas que nos pueden confundir: esa soberbia es más peligrosa que otros pecados: incita a muchos a creerse jueces del papa, de la jerarquía eclesiástica y hasta del mismo Dios, con las consecuencias que se pueden imaginar.

A propósito de los juicios, san Agustín afirma: “Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás.” (Sermón 19, 2)

Y san Juan de la Cruz explica que los cristianos avanzados están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. (Cf. Noche, 1, 1-2)

De todos los pecados —aun los más graves— se puede salir si hay humildad; pero cuando falta esta virtud, hasta los más santos pueden caer.

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¿Opinar? ¿Obedecer?

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2016

Sí; opinar es algo bueno: se generan ideas que enriquecen las posibilidades. Además, es un derecho: todos podemos expresar nuestras ideas. Hasta en muchos periódicos hay una sección que se llama Opinión.

Hubo una época en la que se hablaba de materias opinables y de temas que no admitían posibilidad de opinión. Se decía: “Usted puede opinar sobre política, economía, etc., pero no sobre moral, sobre lo que expresa el Magisterio de la Iglesia, sobre lo que dice el Papa.

Hoy ya no es así. Basta que el Papa escriba o diga algo, para que, lanza en ristre, le lluevan desde todos los ámbitos, no solo opiniones contrarias, sino críticas que ponen en tela de juicio la autoridad máxima de la Iglesia fundada por Jesucristo, y hasta censuras y reprobaciones que rayan en la ofensa y en la burla. Y, la mayoría de las veces tergiversando el mensaje.

Papa Juan Pablo IIPasó con Su Santidad Juan Pablo II. No bien dijo que el Cielo y el Infierno no eran lugares sino estados, cuando la mayoría de los medios de comunicación gritaban con ánimo exacerbado que “¡El Papa dijo que no existen ni el Cielo ni el Infierno!”, “¡Cambió la doctrina de la Iglesia!”. Otros se atrevían a más: “¡Por fin un cambio en la Iglesia!… Y no faltó quien aseverara que “la Iglesia se empezó a desboronar”…

Después de la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis de Su Santidad Benedicto XVI, no ocurrió lo contrario: tanto desde fuera como Papa Benedicto XVIdesde adentro de la Iglesia, todos se creen con el derecho a opinar, cuando no de criticar y hasta de ridiculizar a la Cabeza visible de Cristo.

Y ahora, que Su Santidad Francisco firmó el documento postsinodal sobre la Familia, ocurre lo mismo…Papa Francisco

¿No radica la esencia de la salvación en la obediencia? «Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud». (Rm 5, 19)

San Pablo también pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz». (Flp 2, 5-8)

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen». (Hb 5, 8-19)

De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «los obedeció». (Lc 2, 51)

¿A quién seguimos?, ¿no es a ese Jesús?

 

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Unidad

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2016

Jesús oró por ti y por mí, antes de morir. Pero oró por una intención muy especial: para que todos seamos uno, como el Padre en Él, y Él en el Padre.

Pero estamos divididos: no solo existen las divisiones de los cristianos entre sí (católicos, protestantes, orientales, etc.), sino que dentro de la misma Iglesia fundada por Jesús —la católica— hay quienes se oponen al Papa y al Magisterio de la Iglesia: unos, porque no conservan algunas tradiciones, y otros, porque no “progresa” ni se adecúa a los tiempos modernos, como algunos lo esperan; sin tener en cuenta, tanto los unos como los otros, que Dios la guía a través de sus jerarcas, sin permitir jamás que se equivoquen cuando escriben oficialmente como Magisterio.

Ambas facciones erigen sus criterios como la verdad absoluta, y entienden las posturas contrarias como equivocadas.

Por eso, como lo dijo Jesús, el mundo todavía no cree que el Padre lo envió.

«Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por dios para su pueblo» (Carta apostólica Tertio millenio adveniente, nº 34).

Resulta u poco duro oír hablar a un Papa así, pero es conveniente que ese llamado de atención, ese «campanazo» de alerta conmueva nuestras entrañas al comenzar el siglo XXI.

Oramos con san Esteban para que el Señor, no nos tenga en cuenta este pecado, porque seremos juzgados, como nos lo cuenta el Apocalipsis. Efectivamente, el apóstol Juan escuchó una voz que le decía: «Mira, llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo.»

Trabajemos, pues, por la unidad. Este es el derrotero que se pone hoy ante nuestros ojos, con respecto a uno de los pecados que más hacen sufrir al Corazón de Jesús, infinita fuente de misericordia: oración, penitencia y obediencia.

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Las decisiones en la Iglesia

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2015

Cuando se descubre un sacerdote homosexual y la Iglesia no lo sanciona, la humanidad levanta su voz exigiendo que lo expulsen y castiguen; pero si la Iglesia lo hace, el mundo la acusa de homófoba y discriminadora.

A la Iglesia, sin embargo, no le importa la opinión de la gente, sino lo que piensa Dios, y actúa según su criterio.

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La objetividad del periodista

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 26, 2015

Periodista

 

 

“Mente abierta” es una de las consignas más usadas en los últimos decenios, cuando se quiere denotar la virtud más importante en las discusiones. Y, por el contrario, se llama “mente cerrada” la de aquél que no es capaz de mirar los acontecimientos desde una óptica diferente de la suya.

Por otra parte, hay muchos hechos que están rodeados por aspectos culturales específicos y que los hacen diferentes y más difíciles de juzgar. Infortunadamente, hay personas que usan criterios que consideran universales para evaluarlos.

 

‘La carrera del papa’

Esto ocurre también cuando los periodistas entrevistan personas o investigan temas que suelen desconocer, y principalmente cuando se trata de culturas extrañas a ellos, como ocurrió recientemente, cuando el reconocido y prestigioso periodista Ismael Cala, tras la visita del papa a Cuba y a Estados Unidos, habló de la carrera del papa: primero sacerdote, luego párroco, después obispo y, antes de ser papa, cardenal, y lo dijo como si en la Iglesia Católica se dieran las mismas condiciones que se dan para los gobiernos, tanto de las naciones como de las empresas, y en donde se emplean intrigas, luchas de poder, lobbies, política, networking, “roscas”, etc., o en donde se disputan los cargos y se ganan más por influencias e intereses personales (casi siempre económicos), que por méritos y habilidades.

Aunque es verdad que hay uno que otro sacerdote que piensa y vive según estos criterios del mundo, la Iglesia, como institución, maneja otras normas completamente diferentes.

Un ejemplo muy didáctico de esto es la elección del papa: encerrados con llave —eso es lo que significa la palabra: cónclave—, para impedir cualquier interferencia externa, los cardenales, que han orado previamente mucho, intensifican esa oración, pidiendo a Dios especialmente los dones de Consejo y Sabiduría, para descifrar qué quiere Él de ellos en esos momentos y cómo deben votar, esperando con suma seguridad que Él les hará saber a quién escogió desde la eternidad (en su infinita sabiduría), para ocupar el cargo que dejó su predecesor, y regir a la Iglesia fundada por Jesucristo. En otras palabras, dedican esos días a discernir cuál es la Voluntad santísima de Dios.

Aunque el sentido común y la inteligencia de cada cardenal inciden en su decisión, es más lo que los cardenales esperan que se les comunique espiritualmente, por la oración que hacen ellos y todos los buenos católicos (que oran y ofrecen sacrificios en esos momentos).

Ahí, pues, no caben intrigas, lobbies, “roscas”, etc., como las que se usan en el ambiente mundano.

Por eso, está fuera de todo lugar esa expresión —también mundana— que se aplica de la carrera que supuestamente ha hecho el papa, al ir —también supuestamente— ascendiendo. Jamás se usa en la Iglesia Católica el término ascender en ese sentido: los buenos católicos no buscan ascensos; al contrario, prefieren el servicio humilde a los reconocimientos públicos y otros títulos distintivos. De hecho, el cargo del papa se llama: SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS.

Todos escuchamos la respuesta negativa que el papa le dio a un niño que le preguntaba si él quería que lo eligieran papa. Para él es, más bien, una gran responsabilidad, de la que habrá de dar cuentas a Dios.

 

‘Igualdad de oportunidades’

En ese mismo programa, Ismael Cala apeló al criterio del igualitarismo, cuando afirmó que deberían darse igualdad de oportunidades a las mujeres, para que accedan al sacerdocio.

Es este otro error producido por el desconocimiento: el fundador de la Iglesia fue Jesucristo y, al hacerlo, no escogió a ninguna mujer para ser sacerdote. Sus seguidores, ni siquiera el papa, tienen autoridad para cambiar esa decisión, por más igualitaristas que se autodenominen, porque es una característica fundacional y de derecho divino, no eclesial (la Iglesia no tiene esa potestad).

Quien quiera una Iglesia con sacerdotisas y obispas debe fundar una nueva, pero no puede pretender violar las directrices fundacionales de quien ni siquiera nombró sacerdote a su misma Madre.

 

¡Qué bueno sería que quienes trabajan en los medios de comunicación investigaran más a fondo cada institución o persona, dentro de su contexto cultural y/o religioso, antes de presentar una entrevista en la radio, en la televisión o en las redes sociales! Serían más objetivos y, por ende, se acercarían más a la verdad.

 

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¿Iglesia progresista?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2015

«Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y de la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predica­ron los apóstoles y la conservaron los Santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamenta­da la Iglesia, de manera que todo aquél que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.»

San Atanasio, Carta I a Serapión 28- 30

 

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Un nuevo Papa

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 16, 2014

 

Siempre que sale electo un nuevo Papa, lo comienzan a llamar «Cardenal conservador», «retrógrado», «de derecha», el Cardenal del «no»: no al aborto, no a la eutanasia, no al matrimonio de homosexuales, no a la clonación, no a la ordenación de mujeres…

Así se van desglosando todos los «no» que la Iglesia Católica ha enseñado desde hace tantos años y que no puede dejar de enseñar: la Iglesia debe respetar su propia doctrina; de no hacerlo, perdería su identidad propia, traicionaría a su fundador y el mundo se quedaría sin un norte moral hacia dónde dirigirse.

Los que creen en un posible Papa que dijera sí al aborto, sí a la eutanasia, sí al matrimonio de homosexuales, sí a la clonación, sí a la ordenación de mujeres…, no han entendido que la Iglesia es de origen divino, no humano.

Fue Dios el que puso las reglas, y Dios es inmutable: nunca va a aceptar, por ejemplo, el homicidio de inocentes, como ocurre con el aborto. Lo que pueden hacer los hombres es seguir investigando para entender el porqué de esas decisiones divinas, como lo hizo la genética hace unos años: descubrió y demostró científicamente que la vida humana se inicia con la concepción: negar eso hoy sí es ser retrógrado.

Dios también puso otras reglas: no hay razón alguna para eliminar a los viejos o a los enfermos: el hombre es de tal dignidad —hecho a imagen y semejanza de Dios— que su vida vale más que cualquier circunstancia; por eso el «no» a la eutanasia será eterno en la Iglesia.

La Iglesia siempre defenderá lo que es evidente: que el ser humano masculino se complementa con el femenino y viceversa, tanto desde el punto de vista biológico, como del psicológico; por eso el matrimonio de homosexuales fue, es y será un desorden en la naturaleza creada por Dios…

Toda vida humana es el resultado natural del amor entre un hombre y una mujer; por eso, la Iglesia estará siempre en desacuerdo con la fertilización in vitro y con toda manipulación de la dignidad del ser humano…

Y con respecto a la ordenación de mujeres, ¿qué hacen algunos hombres entrometiéndose en las cosas de Dios? Él no lo decidió así; solo Él lo puede cambiar. Ni siquiera el Papa puede ordenar algo distinto.

Dios sabe lo que es bueno para sus hijos más que ellos mismos, Dios ama a sus hijos más que lo que ellos mismos se aman o se pueden imaginar.

La Iglesia, de la mano del Creador, se adapta a los tiempos modernos, pero no doblega sus creencias en aras de un falso «avanzar», porque avanzar es mejorar como seres humanos, no empeorar.

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¿Iglesia tradicionalista o progresista?

Posted by pablofranciscomaurino en enero 26, 2014

Desgarrar a Cristo*

«Os conjuro por el nombre de nuestro Señor Jesucristo… que no haya entre vo­sotros divisiones» (1Co 1, 10ss). San Pablo arremete con todas sus energías contra las divisiones en la Iglesia. El evitar las divisiones no es algo simplemente «deseable». Si la Iglesia es una y la unidad es una nota tan esencial como la santidad, cualquier división —por pequeña que parezca— desfigura el rostro de la Iglesia, destruye la Iglesia.

«Yo soy de Pablo, yo de Apolo…» To­das las divisiones nacen de una conside­ración puramente humana. Mientras nos quedemos en los hombres estaremos echando todo a perder. Los hombres somos sólo instrumentos, siervos inútiles: «yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien dio el crecimiento» (1Co 3,6). Quedar­se en los hombres es una idolatría, y todo protagonismo es una forma de robar la gloria que sólo a Dios corresponde. Por eso San Pablo responde con absoluta con­tundencia: «¿Acaso fue Pablo crucifica­do por vosotros? ¿O habéis sido bautiza­dos en el nombre de Pablo?» Es como decir: No hay más salvador que Cristo Jesús. El instrumento debe permanecer en su lugar. Lo demás es mentir y desfi­gurar la realidad.

«¿Está dividido Cristo?» Puesto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1Co 12,12), toda división en la Iglesia es en realidad desgarrar al mismo Cristo. La falta de unidad en nuestros criterios, en nues­tras actuaciones, en nuestras relaciones… tiene el efecto horrible de presentar un Cristo en pedazos. En consecuencia, se hace imposible que la gente crea.

Por eso San Pablo se muestra tan in­transigente en este punto y apela a la ne­cesidad absoluta de estar todos «unidos en un mismo pensar y en un mismo sen­tir». Lo cual viene a significar no pensar ni actuar desde un punto de vista huma­no, sino siempre y en todo desde la fe, que es la que da realmente consistencia y unidad: «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu… Un sólo cuerpo y un sólo Espíritu… Un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios y Pa­dre de todos» (Ef 4,3-6).

Este escrito, hecho por el padre Julio Alonso Ampuero, en el libro: Año litúrgico, de Gratis Date, parece dirigido a los miembros de la Iglesia que quieren dividirla, utilizando terminologías como: «Yo soy tradicionalista» o: «Yo soy progresista».

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