Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘La Cruz’ Category

Tres ofrecimientos

Posted by pablofranciscomaurino en junio 10, 2015

Ofrecimiento

 

“Dios mío y mi todo, he comprendido vuestra misteriosa operación obrada en mi alma, he oído vuestra invitación amorosa; aquí estoy. Me ofrezco a Vos para que me convirtáis en vuestra víctima en el significado más completo de la palabra. Os entrego mi cuerpo, mi alma, mi corazón, todo cuanto poseo, para que Vos lo inmoléis según vuestros deseos.

Os ofrezco mi vida; tomadla, ¡oh Dios mío! El amor no exige condiciones, ni reservas. ¡Yo no os pongo ninguna, mi tierno Padre! Me ofrezco y os suplico que me aceptéis. No consultéis ni mis gustos, ni mis repugnancias; satisfaced vuestro amor, esto me basta.

Cuando considero mis debilidades, ¡oh! Dios mío, temo muchísimo; más cuando me dirijo a Vos, me siento fortificada e irresistiblemente atraída hacia la más completa inmolación.

Desconfío de mí, ¡oh! mi Dios, mas confío en Vos.

¡Oh María, mi buena y tierna Madre!, ten piedad de tu hija; ella teme, tiembla… y no obstante sus temores, desea con su amor glorificar y consolar a su Dios.

Ofréceme, os ruego a la santísima, adorabilísima, gloriosísima Trinidad. Quisiera poseer la pureza de tu Corazón, a fin de ser más digna del Dios a quien me ofrezco.

¡Oh! María, alcánzame la gracia de disminuir cada día el número de mis culpas, de alcanzar el grado de perfección que ha fijado para mí la Santísima Trinidad, el de vivir tan solo del puro amor, y finalmente la gracia de la perseverancia final.

Ángeles de paraíso, santos y santas del cielo, vosotros, en especial mis santos patrones y patronas, decid a vuestro Rey amantísimo: ¡He aquí la víctima que has elegido; ella se entrega eternamente a tu amor!”

Severina de Maistre, carmelita

 

 

“Señor Jesús, me uno a vuestro perpetuo, incesante, universal sacrificio. Me ofrezco a Vos todos los días de mi vida y cada instante del día, conforme a vuestra santa y adorable Voluntad. Habéis sido la víctima de mi salvación; quiero ser la víctima de vuestro amor.

Aceptad mi deseo, mi ofrecimiento, acoged mi plegaria. Que yo muera de amor por Vos, y que el último latido de mi corazón sea un acto del más per­fecto amor.”

Te­resa Couderc, fundadora de la Sociedad de Nuestra del Cenáculo

 

 

“¡Hostia por hostia!

Como Él se ha abandonado y entregado a nos­otros.

Abandonarse y entregarse.

Entregarse recíprocamente.

Entregarse como Él se entregó en todo momento.

Entregarse como se nos entrega el Pan.

Aniquilado, convertido en Él.

Entregarse como la Hostia al sacerdote, quebra­da, como Cristo se ha entregado en cada fragmento de la Hostia, todo entero.

Entregarse para que de nuestra muerte nazca la vida de otros; para que más que con palabras, nuestra vida los atraiga hacia Aquel que es su manantial.”

María Pérignon, afiliada a la Ado­ración Reparadora

 

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Llegar a la perfección

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2015

La vida plena de un cristiano es unirse a la de Cristo. Pero esa unión no es la de un amigo que acompaña a otro, sino la del que vive intensamente su vida. Su unión es tan íntima, que sufre con lo que él sufre, goza con lo que él goza, desea lo que él desea…, y así, sucesivamente.

Algunos han vivido así su relación con Él. La gracia de Dios ha sido tan penetrante, que han podido comprender que no hubo en la vida de Jesús un anhelo más grande que el de salvar a las almas del terrible destino a que se veían abocadas por el pecado de soberbia que habían cometido contra su Dios, contra su Hacedor, contra su eterno benefactor.

Entre las muchas cosas que se pueden rememorar, están las palabras de san Pablo: Sufro en mi carne lo que le falta a Cristo. ¡Ese es el verdadero sentido de la vida del cristiano: ayudar a Jesús a redimir a los hombres! Pero no como quien se une a otro para hacer una buena labor en el mundo, no. Es siendo otros Cristos en medio de las gentes, ofreciendo cada instante de la vida a Dios Padre —como hizo Jesús— con afán redentor, pues el panorama es desolador: son muy pocos los hombres que cumplen con la Ley de amor que nos dejó. Conviene recordar que muchos no hacen lo único que les daría la vida eterna, esto es: amar como amó Jesús. ¡Cuántos estarán errando el camino al Cielo! Para completar, son pocos los que ayudan a Cristo a pedir perdón a su Padre por las faltas cometidas.

En el alma sacerdotal, cada acción, cada palabra, cada pensamiento ofrecido al Padre en común unión con Cristo será un acto redentor, y pasará de ser algo pobre o carente de valor a convertirse en un acto valiosísimo, pues tendrá la bendición y la fuerza de todo un Dios. El brazo justiciero del Padre se verá sostenido otra vez y, por un tiempo más, seguirá su curso el tiempo de la misericordia.

Esa es la misión del sacerdote: corredimir intensa y profundamente. Y todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo desde que recibimos el Bautismo.

Para eso, es necesario profundizar en la vida de Jesucristo, saber que lo que redimió al mundo fue su Cruz. Si somos generosos, podremos ofrecer al Padre nuestra pequeña cruz de cada día uniéndola a la de Cristo, de manera que, así ofrendada, se potencialice su acción hasta salvar a todos.

Y, si somos realmente libres y amamos de veras, podemos llegar a la perfección: crucificarnos con él en su Cruz, anulando todo ego y poniéndonos en sus manos para decirle que haga de nosotros lo que quiera. Ahí es cuando comenzaremos a ser discípulos suyos. Eso fue lo que logró san Pablo de la Cruz: pudo identificarse tanto con Cristo que vivió místicamente la Pasión y la Muerte de Jesucristo y sintió, como Jesús, los dolores que le produjeron nuestros pecados.

Siguiendo este camino llegará el día en que podamos afirmar con toda verdad y plenitud lo que dijo el apóstol: «Vivo yo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí».

 

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Una pregunta

Posted by pablofranciscomaurino en enero 16, 2015

A las nuevas generaciones les hemos mostrado a un Jesús que sólo suscita indiferencia.

Dios quiere que nos identifiquemos de tal manera con Cristo, que provoquemos de nuevo la persecución y el martirio, semillero de cristianos auténticos.

¿Te animas?

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Hoy, ¿hablar de la cruz?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2014

Para encontrar una respuesta a esta pregunta, el 11 de junio, día en que se celebra la fiesta del apóstol Bernabé, hay una luz en la liturgia de la Misa, en los Hechos de los Apóstoles:

“En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe.

Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.

Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos “cristianos”.

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo:

-Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.”

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver los Católicos más a menudo?: “al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho” Es verdad que se hace apostolado, es verdad que se incrementan los integrantes de los grupos de oración, es verdad que a veces se ve un florecimiento del catolicismo…, pero ¿no es verdad también que la mayoría de los católicos están ajenos al verdadero compromiso?

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo? ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: “Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’”.

Pero hay más: “Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron”.

¿Cuántos católicos ayunan?

El Señor nos enseñó a ayunar, nos dio ejemplo con su vida: dolor, pena, sufrimiento… ¡La Cruz!

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

Unidos a su Cruz cada día, diciendo “sí” al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del gran grupo de católicos llamados “no practicantes”. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

Aunque son muchísimos más, los siguientes documentos de la Iglesia hablan de la Cruz, de un modo similar:

Lumen Gentium, 3;

Hechos de los apóstoles, 14, 22;

Santo Domingo, conclusiones, 2;

Santo Domingo, conclusiones, 10;

Santo Domingo, conclusiones, 40.

Puebla, conclusiones, 278;

Puebla, conclusiones, 296;

Puebla, conclusiones, 585;

Catecismo de la Iglesia Católica, 710.

Sobre el anonadamiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 520.

Sobre el sufrimiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 307;

Catecismo de la Iglesia Católica, 428.

Sobre la mortificación:

Catecismo de la Iglesia Católica, 2015;

Catecismo de la Iglesia Católica, 2043.

Sobre el ayuno:

Catecismo de la Iglesia Católica, 575;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1430;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1434;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1969.

Y sobre el dolor:

Santo Domingo, mensaje a los pueblos de América latina y el Caribe, 8;

Santo Domingo, conclusiones, 145;

Puebla, conclusiones, 279.

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Poemas a la Virgen dolorosa*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 19, 2014

 


Por la desaparición de su Hijo

¡Dónde estará!, ¡dónde estará!, pensabas,

María, tú, la Madre estremecida;

dónde estará su corazón, su vida

y de momento no lo adivinabas.

 

¡Dónde estará!, ¡dónde estará!, llorabas

y era una intensa lágrima escondida

tu corazón sin tiempo y sin medida,

sólo buscándolo te consolabas.

 

No puedo imaginar lo que sentiste

cuando al fin te miraste en su mirada,

sus ojos resplandor de resplandores.

 

No acabo de saber lo que supiste,

tú, la Madre pendiente y angustiada,

Jesús entre palabras y doctores.

 Anónimo

.

Al encontrarse con Jesús camino del Calvario

¡Ay qué amargura de piedra

por las calles encharcadas!

Nadie lo ayuda un poquito,

todos lo empujan.

¡Que se desangra!

 

Ya se ha quedado sin hombros;

partido lleva el aliento,

las rodillas desgarradas.

Nadie lo ayuda un poquito.

Todos lo empujan.

¡Que se desangra!

 

Tan sólo las tres Marías,

llorando por las murallas.

 Rafael Alberti

.

En esta cuarta estación

hirió a la Madre y el Hijo

el cuchillo que predijo

el anciano Simeón.

 

A Jesús, ver a María

de tantos dolores llena,

le causó una mayor pena

que la cruz que lo oprimía.

 

Mira qué angustia tan grande

los atormenta a los dos.

Que esto te obligue a llorarlos

y responder con amor.

 Anónimo

.

¡Oh, las madres que visteis morir entre los brazos

a un solo único hijo, llevándose a pedazos

el corazón! Recordad el dolor

de aquella última noche del pulso, del termómetro,

del hielo, del sudor; de la sábana limpia y del mullir la almohada.

 

Y ese bajar, escalón a escalón, la escalera empinada

del «ya no habla…», «ya no mira»,

«ya no se siente el pulso…», «ya apenas sí respira».

 

La estación cuarta es una madre, acongojada y fiel,

en un sendero: aceptando la pena que venía por él…

No dice una palabra: que las palabras todas han huido

como en día de truenos los pájaros del nido.

José María Pemán

.

Todo se torna adverso, Señor, todo;

nada te dan por tus milagros, nada;

alborotada chusma, alborotada

lodo de insultos te devuelven, lodo.

 

Ya, sin fuerzas, pareces un beodo;

mirada amiga busca tu mirada;

lacerada tu alma, lacerada,

das, por fin, con tu madre, en un recodo.

 

Os miráis en silencio… Y, en la hiel

de vuestra mutua pena, pone miel

el encuentro fugaz de aquel instante.

 

Vuelve tus ojos… Mírame por dentro.

Si yerro, al caminar, sal a mi encuentro.

Tu mirada es mi grito de ¡Adelante!

José María Jiménez Marqués

.

Flaquea de Jesús la reciedumbre,

suda sangre en el huerto, y Dios envía

un ángel que lo aliente en su agonía

hasta llegar del Gólgota a la cumbre.

 

Mas luego de su cruz la reciedumbre

postrólo en tierra y ni seguir podía;

ya un ángel no bastaba, y fue María

a erguirlo de sus ojos con la lumbre.

 

Clávanse ambos un mirar profundo;

el de ella dice: «El mundo aguarda, Hijo,

tu sacrificio en bienes tan fecundo».

 

Y recobró vigor el moribundo.

La besó con sus ojos, y le dijo:

«¡Sí, Madre, llegaré!: ¡Salvaré al mundo!».

Eijo Garay

.

María junto a la Cruz

Estaba la Dolorosa

junto al leño de la Cruz.

¡Qué alta palabra de luz!

¡Qué manera tan graciosa

de enseñarnos la preciosa

lección del callar doliente!

Tronaba el cielo rugiente.

La tierra se estremecía.

Bramaba el agua… María

estaba, sencillamente.

José María Pemán

.

Con el hijo muerto, sobre las rodillas

He aquí, helados cristalinos,

sobre el virginal regazo,

muertos ya para el abrazo,

aquellos miembros divinos.

 

Huyeron los asesinos.

¡Qué soledad sin colores!

¡Oh Madre mía, no llores!

 

¡Cómo lloraba María!

La llaman desde aquel día

la Virgen de los Dolores.

Gerardo Diego

.

Se aumenta aquí la agonía

al bajarte de la cruz.

No eres ahora tú, Jesús,

ahora es tu madre, María,

la que muere de dolor

al recibirte en sus brazos tan llagado,

totalmente desangrado

y tus ojos apagados,

siendo del mundo la luz.

 

Yo fui quien le dio esa muerte,

Virgen madre,

a tu hijo, mi Señor;

no busques otro culpable,

pues, por desgracia, fui yo.

 

Yo 1o he puesto en esta suerte,

pero estoy muy arrepentido.

Déjame llorar su muerte

y sufrir también contigo.

Anónimo

.

María, en sus rodillas, ya tiene derrotado

todo el poder y toda la grandeza.

La pasión se ha acabado. La compasión empieza.

 

Para sufrir hasta morir, Jesús estuvo

ante los hombres todos, en la cruz, descubierto.

 

Pero María tiene ahora escondida,

para ella sola, la soledad de su hijo muerto.

 

En su falda y su manto, cubierto el cuerpo puro,

dueña y señora del futuro,

ella empieza a ser todo: evangelio, sepultura,

mirra, sudario, ungüento. La primera y más pura

Iglesia: todo, todo.

 

Ella el ejemplo, la ocasión, el modo;

y la corredención y la pureza;

el canal de la gracia y la belleza…

 

Ella el altar y el sacerdote; el vino y el cenáculo.

Se ha acabado la cruz. Comenzó el tabernáculo.

 

Las nubes que se encienden en la cumbre atardecida del Calvario

son ya luces cristianas ante el primer sagrario.

José María Pemán

.

Fue entonces cuando supo tu balanza

el peso de tus hijos. Los tenías

a todos en tus brazos. Es verdad,

«no hubo dolor igual a tu dolor».

Y estaban todos muertos

en tu regazo, Madre,

que en Él también dormías nuestra muerte.

Rafael Alfaro Alfaro

.

Saetas

Dos cosas hay en el mundo

que no se pueden contar:

las lágrimas de la Virgen

y las arenas del mar.

 

A Jesús las golondrinas

las espinas le arrancaban:

¿quién te arrancará a ti, Madre,

las que llevas en el alma?

 

Dos cositas que te pido,

siquiera por tus dolores:

que llores por mí a Jesús,

y que yo mis culpas llore.

Juan F. Muñoz Pabón

.

 

 

María baja del Calvario

Palidecidas las rosas

de tus labios angustiados;

mustios los lirios morados

de tus mejillas llorosas;

recordando las gozosas

horas idas en Belén,

sin consuelo ya y sin bien

que tus soledades llene…

 

¡Miradla por dónde viene,

hijas de Jerusalén!

José María Pemán

.

 

Con profunda devoción

llevan ya muerto a Jesús;

pero en esta procesión

faltas tú.

 

Únete a ellos y verás

que Jesús no quedará

sepultado para siempre.

Como él lo había anunciado,

pronto resucitará.

Anónimo

.

A las lágrimas de la Virgen Dolorosa

Llenad del amplio mar toda su hondura,

con el llanto del hombre escarnecido,

oíd del huracán fuerte silbido,

eco del desamor en noche oscura.

 

Y hallaréis reunida la amargura,

ante tanto Calvario repetido,

tanto Cristo del rostro entristecido

marcado por la guerra y la tortura.

 

Lágrimas de la Virgen Dolorosa,

en cada Vía Crucis de la vida,

en cada Viernes Santo prolongado.

 

Venero celestial, mirra olorosa,

llore contigo el alma arrepentida,

sembrando amor a un mundo atormentado.

 Paquita Sánchez Remiro

.

 

 

Al dolor silencioso de María

Por tu dolor sin testigos,

por tu llanto sin piedades,

maestra de soledades,

enséñame a estar contigo.

 

Que al quedarte tú conmigo

partido ya de tu vera

el hijo que en la madera

de la santa cruz dejaste,

yo sé que en ti lo encontraste

de una segunda manera.

 

Yo en mi alma, madre, lavada

de las bajas suciedades,

a fuerza de soledades

le estoy haciendo morada.

 

Quiero yo que el alma mía

tenga de sí vaciada, su soledad preparada

para la gran compañía.

 

Con nueva paz y alegría

quiero, por amor, tener

la vida muerta al placer

y muerta al mundo, de suerte

que cuando venga la muerte

le quede poco que hacer.

 

Pero en tanto que él asoma,

Señora, por las cañadas,

-¡por tus tocas enlutadas

y tus ojos de paloma!-

recibe mi angustia y toma

en tus manos mi ansiedad.

 

Y séame por piedad,

Señora del mayor duelo,

tu soledad sin consuelo,

consuelo en mi soledad.

 José María Pemán

.

 

Dame la mano, María

Dame tu mano, María,

la de las tocas moradas;

clávame tus siete espadas

en esta carne baldía.

Quiero ir contigo en la impía

tarde negra y amarilla.

Aquí, en mi torpe mejilla,

quiero ver si se retrata

esa lividez de plata,

esa lágrima que brilla.

 

Déjame que te restañe

ese llanto cristalino

y a la vera del camino

permite que te acompañe.

Deja que en lágrimas bañe

la orla negra de tu manto

a los pies del árbol santo,

donde tu fruto se mustia.

Capitana de la angustia:

no quiero que sufras tanto.

 

Qué lejos, Madre, la cuna

y tus gozos de Belén:

«No, mi Niño, no. No hay quien

de mis brazos te desuna».

Y rayos tibios de luna,

entre las pajas de miel,

le acariciaban la piel

sin despertarle. ¡Qué larga

es la distancia y qué amarga

de Jesús muerto a Emmanuel!

¿Dónde está ya el mediodía

luminoso en que Gabriel,

desde el marco del dintel,

te saludó: «Ave, María»?

Virgen ya de la agonía,

tu Hijo es el que cruza ahí.

Déjame hacer junto a ti

ese augusto itinerario.

Para ir al monte Calvario,

cítame en Getsemaní.

 

A ti, doncella graciosa,

hoy maestra de dolores,

playa de los pecadores,

nido en que el alma reposa,

a ti ofrezco, pulcra rosa,

las jornadas de esta vía.

A ti, Madre, a quien quería

cumplir mi humilde promesa.

A ti, celestial princesa,

Virgen sagrada María.

 Gerardo Diego

.

Virgen de la Soledad

 

Virgen de la Soledad:

rendido de gozos vanos,

en las rosas de tus manos

se ha muerto mi voluntad.

 

Cruzadas con humildad

en tu pecho sin aliento,

la mañana del portento,

tus manos fueron, Señora,

la primera cruz redentora:

la cruz del sometimiento.

 

Como tú te sometiste,

someterme yo quería:

para ir haciendo mi vía

con sol claro o noche triste.

Ejemplo santo nos diste

cuando, en la tarde deicida,

tu soledad dolorida

por los senderos mostrabas:

tocas de luto llevabas,

ojos de paloma herida.

 

La fruta de nuestro Bien

fue de tu llanto regada:

refugio fueron y almohada

tus rodillas, de su sien.

Otra vez, como en Belén,

tu falda cuna le hacía,

y sobre Él tu amor volvía

a las angustias primeras…

Señora: si tú quisieras

contigo lo lloraría.

 José María Pemán

.

 

Otros poemas

Al pie de la Cruz, María

llora con Magdalena

y aquel a quien en la Cena

sobre todos prefería.

 

Ya palmo a palmo se enfría

el dócil torso entreabierto.

 

Ya pende el cadáver yerto

como de la rama el fruto.

Cúbrete, cielo, de luto

porque ya la vida ha muerto.

 

Profundo misterio. El Hijo

del Hombre, el que era la Luz

y la Vida, muere en Cruz,

en una cruz crucifijo.

 

Ya desde ahora te elijo

mi modelo en el estrecho

tránsito. Baja a mi lecho

el día que yo me muera,

y que mis manos de cera

te estrechen sobre mi pecho.

 Gerardo Diego

.

He aquí helados, cristalinos

sobre el virginal regazo,

muertos ya para el abrazo,

aquellos miembros divinos.

Huyeron los asesinos.

Qué soledad sin colores.

¡Oh, Madre mía, no llores!

¡Cómo lloraba, María!

La llaman desde aquel día

la Virgen de los Dolores.

 

¿Quién fue el escultor que pudo

dar morbidez al marfil?

¿Quién apuró su buril

en el prodigio desnudo?

Yo, Madre mía, fui el rudo

artífice, fui el profano

que moldeé con mi mano

ese triunfo de la muerte

sobre el cual tu piedad vierte

cálidas perlas en vano.

 Gerardo Diego

.

Bajo el árbol santo

la Virgen suspira,

viendo muerto el fruto,

el fruto de vida;

que el fruto es Jesús

Ella bien sabía.

 

Sus siete palabras

a su alma contristan:

-Yo tenía un hijo,

mejor no lo había;

lo han preso y atado

y ahora en cruz expira.

 

Rosal de los cielos

que en mí florecías,

¿dónde están tus flores,

que sólo hay espinas?

 

Decid, peregrinos,

que vais por la vida,

¿qué pena habéis visto

igual que la mía?

 Jacinto Verdaguer

.

¡SOLEDAD!

¡Dulce Estrella matutina!

¡Virgen de la soledad!

Yo también puse una espina

sobre la frente divina

del Sol de la humanidad.

 

¡ Sola está mi Madre,

la Virgen María!…

Sola está llorando

a lágrima viva…

 

Al Hijo que amaba

con fiebre divina,

le dio muerte horrenda

la humana perfidia.

 

Está sola… sola,

sin más compañía

que las hondas penas

que la martirizan.

 

Bajó del Calvario

triste y dolorida

dejando allí muerto

al que era su vida…

 

Ya no hay en mi casa,

ya no hay alegría,

el silencio solo

y el dolor la habitan.

 

— o —

¡Madre mía, Madre mía!

Llorando yo soledades,

que eran como una agonía,

dije que nadie sufría

tan horrendas ansiedades.

 

Y hoy, que al ver tu duelo santo

vislumbré, anegado en llanto,

un punto de su grandeza,

me han causado igual espanto

tu dolor y mi flaqueza.

 

¡Dolorida, gran Señora!

tu soledad, ¡ay! ha sido

la segunda Redentora

de este corazón herido

que tu soledad adora.

 

(Ambas poesías del libro: Cristo paciente,

de Fray Antonino de Madrianos)

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Edith Stein y la Cruz*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 4, 2014

La mejor lección que aprendió esta mujer inteligente y culta, fue la lección de la sabiduría de la cruz de Cristo. Fue la cruz lo que comenzó a cuestionarla en su búsqueda de la verdad, a abrir nuevas vías de búsqueda y acercarla a la fe verdadera. La cruz es lo que modeló y afianzó su experiencia cristiana y religiosa. La sabiduría de la cruz, según el modelo ofrecido por san Juan de la Cruz y la espiritualidad del Carmelo teresiano, se convierte en el leit-motiv de toda su vida, su obra y su espiritualidad.

Desde su experiencia profundamente cristocéntrica, comprende que toda experiencia mística pasa necesariamente por la experiencia de la cruz, de la noche oscura; comprende asimismo que el misterio de la cruz es la fuerza vivificante de la vida espiritual, y que la vida del hombre es un vía crucis en el que se da una identificación progresiva con el Crucificado hasta llegar a la unión con Dios.

Antes de ingresar en el Carmelo, llega a comprender, por una gracia especial de Dios —como ella misma explica—, que la cruz de Cristo pesaba en esos momentos históricos sobre su pueblo y que el destino de su pueblo era también el suyo; por eso se ofrece a cargarla sobre sí en nombre de todos: “Bajo la cruz comprendí el destino del pueblo de Dios… Pensé que quienes comprendieron que esto era la Cruz de Cristo, deberían tomarla sobre sí en nombre de todos”. Esta ofrenda a Dios por su pueblo, aprendió a vivirla y madurarla en el Carmelo, haciendo del misterio de la cruz una fuente de sabiduría y fortaleza. Edith aprende a compartir los sufrimientos de su pueblo, de su familia y de todas las personas que sufren y con las que se siente identificada, consciente de que “la pasión de Cristo se continúa en su cuerpo místico y en cada uno de sus miembros, y si es un miembro vivo, entonces el sufrimiento y la muerte reciben una fuerza redentora en virtud de la divinidad de su cabeza”.

Vivir su vocación de carmelita es para ella estar ante Dios para los otros, de forma vicaria, en actitud de ofrenda; hacerse omnipresente con Cristo para todos los atribulados, “ser la fuerza de la cruz en todos los frentes y en todos los lugares de aflicción”. Desde su conversión toda su vida espiritual está orientada y centrada en Cristo; y por eso sabe que no hay verdadero encuentro con Cristo que no implique la cruz; si Cristo nos salvó muriendo en la cruz, todo camino de salvación y “toda unión con Dios, pasa por la cruz, se realiza en la cruz y está sellada con la cruz por toda la eternidad”; por eso también “el camino del sufrimiento es el más calificado para la unión con el Señor”, como ella misma escribe a una de sus alumnas que estaba viviendo una situación difícil.

Pero Edith Stein —santa Teresa Benedicta de la Cruz— no sólo aprende y enseña la sabiduría de la cruz sino, sobre todo, la vive hasta la plenitud, inmolándose conscientemente como Jesús a favor de los demás. Especialmente los últimos meses de su vida estuvieron marcados por el sufrimiento y la cruz, causada por la trágica situación de su pueblo, por la incertidumbre sobre la suerte de su familia y por las consecuencias de la guerra. Poco después de haber llegado al Carmelo de Echt, escribía a una amiga que deseaba transmitirle algún consuelo: “Desde luego, no hay consuelo humano, pero el que impone la cruz sabe cómo hacer la carga dulce y ligera”. En medio de tan profunda experiencia de cruz, ella no tiene otro deseo que cumplir la voluntad de Dios y es capaz de pensar en el sufrimiento de los demás antes que en el suyo propio: “Es preciso orar para mantenerse fiel en cada situación, y, ante todo, orar por tantos y tantos que la tienen más difícil que yo y no están anclados en la eternidad”. Un par de meses antes de su muerte, mientras trabajaba en su obra sobre san Juan de la Cruz, escribía: “Una ciencia de la Cruz sólo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz”. Ella llegó a experimentarla hasta el fondo, pero la aceptó con alegría y perfecta sumisión a la voluntad de Dios, ofreciendo generosamente su vida por los demás, como deja claro en su testamento.

La vida y la obra de Edith Stein es un luminoso testimonio de esperanza, que nos estimula y nos invita a aprender esta sabiduría que brota del misterio de la Cruz de Cristo, pues sólo ella es capaz de dar sabor a la vida y sentido al sufrimiento humano, sólo ella puede proporcionar respuestas satisfactorias a las grandes cuestiones que preocupan o angustian al hombre de hoy.

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El Evangelio del sufrimiento*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2012

CONFERENCIA DEL CARD. SARAIVA MARTINS
SOBRE EL TEMA «EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO
EN EL MAGISTERIO DE JUAN PABLO II»

Sábado 13 de diciembre de 2003
San Giovanni Rotondo (Foggia, Italia)  


Desde niño, el Santo Padre experimentó el sufrimiento. Tal vez lo sintió por primera vez de modo intenso con la muerte prematura de su madre. La segunda guerra mundial y la pobreza, así como la dura situación creada por el comunismo que dominaba en Polonia, formaron al joven Karol en la dura «escuela del sacrificio y del dolor»[1]. Él mismo, con ocasión de su 50° aniversario de ordenación sacerdotal, escribió:  
«Para evitar la deportación a trabajos forzados en Alemania, en el otoño de 1940 empecé a trabajar como obrero en una cantera de piedra vinculada a la fábrica química Solvay. (…) Estaba presente cuando, durante el estallido de una carga de dinamita, las piedras golpearon a un obrero y lo mataron. Quedé profundamente desconcertado:  “Levantaron el cuerpo, en silencio avanzaban. Abatidos, sentían en todos el agravio…”»[2].

Pero el sufrimiento en los años juveniles del Santo Padre se confirmó también en su fuerza salvífica de realidad generadora de vida. Precisamente a propósito de su opción por la vocación sacerdotal, se expresó así: «…mi sacerdocio, ya desde su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generación. La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso, es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal. De algún modo, me han introducido en este camino, mostrándome en la dimensión del sacrificio la verdad más profunda y esencial del sacerdocio de Cristo»[3].

En esa misma línea, su pontificado quedó pronto marcado por una impronta muy particular. El 13 de mayo de 1981, alrededor de las cinco de la tarde, mientras recorría la plaza de San Pedro para saludar a los fieles, lo hirió gravemente un tiro disparado por la pistola del terrorista turco Alí Agca. Mientras desde toda la Iglesia se elevaban oraciones al Señor para obtener la salvación de la vida del Vicario de Cristo, en Polonia otro gran pastor, el siervo de Dios cardenal Wyszynski, se encontraba muy enfermo, casi en agonía. Había predicho al nuevo Pontífice que llevaría a la Iglesia al nuevo milenio. Precisamente mientras el Obispo de Roma se hallaba internado en un hospital, el cardenal Wyszynski moría, el 28 de mayo de 1981.

Estos episodios marcaron profundamente el pontificado de Juan Pablo II, hasta el punto de que, una vez restablecido, en cuanto su salud se lo permitió, emprendió el proyecto de una carta apostólica dedicada al sentido cristiano del sufrimiento humano. Así vio la luz la «Salvifici doloris», firmada por el Sumo Pontífice el 11 de febrero de 1984. Se trataba de un documento programático, esclarecedor, elaborado en unos tiempos en que el consumismo y las doctrinas ateas corrían el riesgo de influir fuertemente en la vida de los creyentes e incluso en la enseñanza de los que tenían la misión de formar al pueblo de Dios.

El sufrimiento en la enseñanza del Santo Padre:  «Salvifici doloris» 

En la introducción de la carta apostólica, el Santo Padre recuerda a todos las sorprendentes palabras de san Pablo a los Colosenses:  «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Las tribulaciones de Cristo, hombre-Dios, de valor infinito, no necesitan otros sufrimientos para salvar, pues constituyen la única causa de salvación para todos. El poder ilimitado de sus sufrimientos confiere lo que falta a las tribulaciones de todo hombre que sufre. Sin embargo, es necesario aprovechar los dones que produce la cruz de Cristo. Jesús, por decirlo así, ha preparado un banquete, en el que no falta ningún manjar; lo único que falta es que cada uno ocupe su lugar en la mesa y consuma los manjares preparados también para él. El convidado, ataviado con los sufrimientos que Dios mismo da a cada uno como vestido, completa la mesa.

Cristo salva por medio de la muerte de su cuerpo de carne; el hombre es salvado y ayuda a salvar con las tribulaciones de Cristo, el cual ofrece a cada uno el don de sufrir como él y con él, a fin de seguir salvando en él, también mediante el sufrimiento de su propia carne. Los sufrimientos del cristiano, vividos juntamente con las tribulaciones de Cristo, permiten donar los beneficios de Cristo a su Cuerpo místico. Así pues, la Iglesia no sólo es el Cuerpo de Cristo salvado por los sufrimientos del hombre-Dios; también es su Cuerpo místico, que sigue salvando al mundo mediante los sufrimientos de sus miembros. Estos completan así, por vocación recibida del Señor, las tribulaciones de Cristo.

Como escribí en el libro La Iglesia en el alba del tercer milenio, «al añadir el adjetivo místico al Cuerpo de Cristo, se quiere subrayar, sin poner en duda su visibilidad, la dimensión espiritual y visible de la Iglesia. Se indica que, bajo la forma de una comunidad humana, se oculta una realidad divina que no se puede captar mediante una experiencia sensible sino sólo por la fe. Se afirma que, además de tener, como cualquier otra forma de asociación humana, una finalidad e intereses comunes a todos los miembros, la Iglesia está animada por la Gracia divina, la cual, por voluntad de Dios, se ha revestido de elementos sensibles en una comunidad de creyentes, haciéndose accesible, por medio de ella, a la experiencia de los hombres»[4].

En este sentido, la redención de Jesús, realizada de forma completa «en virtud de su amor satisfactorio, permanece constantemente abierta a todo amor que se manifiesta en el sufrimiento humano»[5]. En la dimensión del amor, la redención, ya realizada plenamente, en cierto sentido se realiza constantemente.

Impresionan profundamente las palabras del Santo Padre sobre el valor del sufrimiento, cuando afirma que «parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar»[6]. De este modo, «cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo»[7].

El sufrimiento en el magisterio vivo del Santo Padre 

Durante el Ángelus del 29 de mayo de 1994, al volver al Vaticano después de haber estado internado algunas semanas en el hospital policlínico Gemelli de Roma, el Santo Padre hizo una importante referencia al sufrimiento, recordando los momentos de dolor y consternación que habían acompañado al atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981:

«Por medio de María quisiera expresar hoy mi gratitud por este don del sufrimiento, asociado nuevamente al mes mariano de mayo. Quiero agradecer este don. He comprendido que es un don necesario. El Papa debía estar en el hospital policlínico Gemelli; debía estar ausente de esta ventana durante cuatro semanas, cuatro domingos; del mismo modo que sufrió hace trece años, debía sufrir también este año.

»He meditado, he vuelto a pensar en todo esto durante mi hospitalización. Y he reencontrado a mi lado la gran figura del cardenal Wyszynski (…). Al comienzo de mi pontificado, me dijo:  “Si el Señor te ha llamado, debes llevar a la Iglesia hasta el tercer milenio”. (…) Y he comprendido que debo llevar a la Iglesia de Cristo hasta este tercer milenio con la oración, con diversas iniciativas, pero he visto que eso no basta:  necesitaba llevarla con el sufrimiento, con el atentado de hace trece años y con este nuevo sacrificio. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en este año? ¿Por qué en este Año de la familia? Precisamente porque se amenaza a la familia, porque se la ataca. El Papa debe ser atacado, el Papa debe sufrir, para que todas las familias y el mundo entero vean que hay un evangelio -podría decir- superior:  el evangelio del sufrimiento, con el que hay que preparar el futuro, el tercer milenio de las familias, de todas las familias y de cada familia.

»Quería añadir estas reflexiones en mi primer encuentro con vosotros, queridos romanos y peregrinos, al final de este mes mariano, porque debo este don del sufrimiento a la santísima Virgen, y se lo agradezco. Comprendo que era importante tener este argumento ante los poderosos del mundo. Tengo que encontrarme nuevamente con los poderosos del mundo y tengo que hablar. ¿Con cuáles argumentos? Me queda este argumento del sufrimiento. Y quisiera decirles:  comprended, comprended por qué el Papa ha estado nuevamente en el hospital, por qué ha sufrido nuevamente, comprendedlo, pensad una vez más en ello»[8].

Realmente, esta alocución del Papa tiene el tono de una profecía. El evangelio del sufrimiento en el magisterio de Juan Pablo II no ha sido simplemente un capítulo de una carta apostólica; no sólo ha sido un párrafo de un documento oficial. Ha sido mucho más:  se ha convertido en carne y sangre en la persona misma del Sumo Pontífice; se ha transformado en magisterio vivo. Él lo ha anunciado en su preocupación por el mundo, atormentado por guerras y por la sordera ante sus incansables llamamientos a la paz; en él se ha convertido en labor misionera al contacto con los dramas del pueblo de Dios, al que ha sabido hablar de esperanza.

Pero ha proclamado, de una forma clara y fuerte, el evangelio «superior» del sufrimiento con sus mismos sufrimientos físicos, con la cruz de la enfermedad vivida valientemente y sin descuentos a su mandato de Pastor de la Iglesia universal, «usque ad sanguinis effusionem»[9]. Tal vez sólo hoy comprendemos el lenguaje arcano que usa Dios, dotando el anuncio del Papa con el nuevo «argumento del sufrimiento». Así ha hecho a su servidor aún más elocuente, más semejante a su Hijo unigénito, como hace siempre con aquellos que lo aman totalmente. Así hizo con san Pío de Pietrelcina, a quien donó durante cincuenta y ocho años los signos de su configuración con Cristo; y así ha hecho con Juan Pablo II, transformando un hombre excepcional en un imitador fiel de Cristo crucificado y resucitado.

Ante sus pasos cansados, pero tenaces; ante sus palabras sufridas, pero obstinadamente veraces, también el mundo calla y aprende. «El Papa debía sufrir», dijo el 29 de mayo de 1994 tal vez porque, cuando todas las palabras se agotan, cuando todos los llamamientos resultan ineficaces, sólo la cruz logra abrir brecha en la obstinación del corazón humano engangrenado por el odio y el egoísmo.

Para llevar a la Iglesia hasta el tercer milenio y acompañarla en él, no bastan las iniciativas, incluidas las más geniales; ni siquiera basta la oración. Hace falta el sufrimiento de los hijos de Dios, las tribulaciones de los santos, el dolor del Vicario de Cristo y de «todos los que sufren con Cristo, uniendo los propios sufrimientos humanos a su sufrimiento salvador»[10].

El sufrimiento y el rosario

Al final del año 2003, dedicado por el Santo Padre al rezo del rosario, tan grato a María, no podemos por menos de recordar que el rosario constituye el equipo indispensable de quien quiere aprender «el sentido del dolor salvífico»[11]. En Oristano, el 18 de octubre de 1985, el Papa afirmó:  «Os exhorto vivamente a vosotros, los enfermos (…), a rezar cada día el santo rosario a la Virgen. Puesto que la salud es un bien, que forma parte del proyecto primitivo de la creación, rezar el rosario por los enfermos y con los enfermos, a fin de que puedan curarse o al menos lograr alivio a sus males, es una obra exquisitamente humana y cristiana. (…) Y cuando la enfermedad dura y el sufrimiento permanece, el rosario nos recuerda también que la redención de la humanidad se realiza por medio de la cruz. (…) Vale más el sufrimiento silencioso y escondido de un enfermo, que el ruido de muchas discusiones y protestas. (…) Y este es también el mensaje confiado por la Virgen de Fátima a los tres jovencitos:  el sufrimiento y el rosario por la Iglesia y por los pecadores»[12]. Los sencillos, incluso los niños[13] como los beatos Francisco y Jacinta Marto[14], han sido invitados «a ofrecer los terribles dolores que los afligen con espíritu de penitencia por la conversión de los pecadores»[15].

A través del rosario, el cristiano entra en la escuela de María, gran maestra por lo que respecta a la cátedra de la cruz:  «La Virgen de los Dolores, de pie al lado de la cruz, con la silenciosa elocuencia del ejemplo, nos habla del significado del sufrimiento en el plan divino de la redención. Ella fue la primera que supo y quiso participar en el misterio salvífico “asociándose con corazón de Madre al sacrificio de Cristo, uniéndose a él, llena de amor, y dando su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima” (cf. Lumen gentium, 58). Íntimamente enriquecida por esta inefable experiencia, se acerca al que sufre, lo toma de la mano, lo invita a subir con ella al Calvario y a estar de pie ante Cristo crucificado»[16].

Por tanto, el rosario, el sufrimiento y la inocencia se convierten en términos constantemente presentes en las biografías de los enamorados de Dios y en la solicitud pastoral del Papa. El mismo san Pío de Pietrelcina, a quien el Santo Padre quiso canonizar personalmente el 16 de junio de 2002, amó profundamente el rosario, tan grato a María. A un periodista de «Sorella Radio» -transmisión radiofónica de hace algún tiempo en Italia- le prometió rezar cada día el rosario por todos los enfermos del mundo. En continuidad con el mensaje de Fátima, san Pío de Pietrelcina ofreció al Señor todo su ser, todo lo que tenía, por la salvación de numerosos pecadores, viviendo en plenitud una misión que parece tener muchos puntos de contacto con las apariciones a los tres pastorcitos portugueses.

Conclusión 

Jesús, después de sufrir por la redención de todos, donó una Madre a los hombres para educarlos en la escuela del evangelio del sufrimiento, y ofreció al mundo el rosario para confortar a los que sufren y salvar a las almas necesitadas. También nos señaló a san Pío de Pietrelcina, siervo sufriente, y a los santos, como el camino para unirnos a su obra de salvación. Hoy regala a la Iglesia y al mundo la enseñanza y el testimonio del Vicario de Cristo, del enamorado de Dios, del propagador del evangelio del sufrimiento.

La Eucaristía, la Iglesia, María, el rosario, los santos, san Pío de Pietrelcina, el sufrimiento, el hombre en su misterio y con su dignidad de persona:  estos son los grandes amores de Juan Pablo II.


Notas

[1] Padre Pío de Pietrelcina, Epistolario, vol. III, San Giovanni Rotondo 1987, p. 106.

[2] Juan Pablo II, «Don y misterio», BAC, Madrid 1996, pp. 22-23.

[3] Ib., p. 52.

[4] Cardenal José Saraiva Martins, La Chiesa all’alba del terzo millennioRiflessioni teologico-pastorali, Ciudad del Vaticano 2001, p. 18.

[5] Salvifici doloris, 24.

[6] Ib.

[7] Ib.

[8] L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de junio de 1994, p. 4.

[9] Discurso del Santo Padre durante el consistorio ordinario público, 21 de octubre de 2003, n. 3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de octubre de 2003, p. 7.

[10] Salvifici doloris, 26.

[11] Rosarium Virginis Mariae, 25.

[12] Alocución a los enfermos en la catedral de Oristano, n. 2:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de noviembre de 1985, p. 10.

[13] En el testimonio de la muerte prematura de la sierva de Dios María del Pilar Cimadevilla y López-Dóriga, que falleció a los diez años -cuyo caso se estudió recientemente durante un congreso  teológico  en la Congregación para las causas de los santos- se puede descubrir la  misma  asociación entre «rosario, sufrimiento e inocencia» (cf. Congregatio de causis sanctorum, Matriten. Beatificationis et canonizationis servae Dei Mariae a Columna Cimadevilla et López-Dóriga, Relatio et vota congressus peculiaris super virtutibus die 28 octobris anno 2003 habiti, Roma 2003, p. 66).

[14] Son muy importantes las palabras que pronunció el Santo Padre con ocasión del 80° aniversario de las apariciones de la santísima Virgen en Fátima, cuando subrayó que las apariciones marianas de 1917 constituyen uno de los signos de los tiempos, capaz de expresar «un renovado e intenso sentido de solidaridad y mutua dependencia en el Cuerpo místico de Cristo, que va consolidándose en todos los bautizados» (Mensaje del Papa a mons. Serafim de Sousa, obispo de Leiría-Fátima, 1 de octubre de 1997: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de octubre de 1997, p. 2).

[15] Cardenal José Saraiva Martins, «Conclusione del Simposio “Eucaristia, santità e santificazione”», en Congregación para las causas de los santos, Eucaristia: santità e santificazione, Ciudad del Vaticano 2000, p. 364.

[16] Cf. La síntesis del discurso del Papa recogida por Greco, A., Sofferenza ed evangelizzazione nel Magisterio di Giovanni Paolo II, Tarento 1998, pp. 34-35.

Card. José SARAIVA M., c.m.f.
Prefecto de la Congregación para las causas de los santos

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Carta de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 21, 2012

 

En el año 1949, respondiendo a la gran acogida dada al libro Un llamamiento al Amor, se realizó una nueva edición, complemento de la primera, hecha en 1938, en donde se narra la vida de sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora de la Sociedad del Sagrado Corazón, dentro de la que se van insertando las palabras que Nuestro Señor quiere se transmitan a los hombres.

Dada la trascendencia de este encendido mensaje de un Creador para sus criaturas y, habida cuenta de que no se consigue en forma completa y sin mezcla alguna, se ha tomado la determinación de publicar únicamente el contenido de la misiva enviada por el Sagrado Corazón a las almas que se han consagrado a su servicio.

Tomado enteramente, y sin ninguna modificación de la segunda edición, este libro sólo incluye dos pequeños párrafos escritos por nuestra hermana Josefa, sobre lo que ella vio después de la crucifixión de Nuestro Señor, a petición expresa suya.

Hay absoluta certeza de que quien lea estas líneas —con las gracias especiales ofrecidas para esto por quien es la misma Verdad— transformará toda su vida, de modo tal, que podrá afirmar más adelante que su vida se ha dividido en dos etapas claramente diferenciadas: antes y después de haber leído este mensaje.

 

 

CARTA DEL CARDENAL PACELLI

 

Abril 1938.

Mi Reverenda Madre:

No dudo que el Sagrado Corazón de Jesús habrá de mirar complacido la publicación de estas páginas, tan llenas de grande amor inspirado por su gracia a su humilde sierva sor María Josefa Menéndez. Ojalá contribuyan eficazmente a desarrollar en muchas almas una confianza, cada día más plena y amorosa, en la infinita misericordia de este Divino Corazón para con los pobres pecadores, entre los cuales nos contamos todos.

He aquí mi deseo al bendecirte a ti y a toda la Sociedad del Sagrado Corazón.

Cardenal Pacelli (después, Su Santidad Pio XII).

 

 

PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1949

 

El 29 de Diciembre de 1923, moría santamente, a la edad de 33 años en el convento de los Feuillants en Poitiers, Francia, Sor Josefa Menéndez. Humilde Hermana Coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús, en el que había vivido sólo cuatro años y muy oscuramente, cuyo nombre debía seguir ignorado por el mundo, y cuyo recuerdo, aun entre sus Hermanas de Religión, debía haberse borrado rápidamente.

Y he aquí que, por el contrario, se la invoca con fervor y se escucha con recogimiento y respeto el mensaje que el Corazón de Jesús le ha encargado que trasmita a los hombres.

Nuestro Señor se lo revela poco a poco:

-“El mundo no conoce la misericordia de mi Corazón. Quiero valerme de ti para darla a conocer. Te quiero apóstol de mi bondad y de mi misericordia. Yo te enseñaré, tú olvídate.”

“Escríbelo, y se leerá después de tu muerte.”

Escoge a Josefa a la vez como víctima por las almas, y en particular, por las almas consagradas, y para anunciar un mensaje de misericordia y de amor que Él dirige al mundo.

Desconfiados y reservados al principio su Director y sus Superioras, tuvieron por fin que rendirse a la evidencia, y creer en su misión.

Sólo ella ha oído las palabras del Señor; es, pues, el único testigo. Pero su vida da testimonio de la verdad de Su mensaje; vida que han observado de cerca testigos autorizados. Estos pueden decirnos a la vez la virtud indiscutible de la humilde mensajera del Amor, y la auténtica realidad de sus estados sobrenaturales, de los cuales han tenido pruebas palpables.

El mundo podrá extrañarse de que de una nada, como es la vida de Josefa, hayan salido cosas tan grandes; y ésta es precisamente la prueba mayor.

Evidentemente este mensaje está firmado por la mano divina.

DIGITUS DEI EST HIC (El dedo de Dios está aquí).

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Yo soy todo amor; mi Corazón es un abismo de amor.

El amor me hizo crear al hombre y todo lo que en el mundo existe, para su servicio.

El amor hizo que el Padre diera a su Hijo para salvar al hombre, perdido por la culpa.

El amor hizo que una Virgen pura, renunciando a los encantos de la vida oculta en el templo, consintiera en ser Madre de Dios y aceptara los sufrimientos de la maternidad divina.

El amor me hizo nacer en el rigor del invierno, pobre y falto de todo.

El amor me hizo vivir treinta años en la más absoluta obscuridad, ocupado en humildes trabajos.

El amor me hizo escoger la soledad, el silencio… Pasar desconocido y someterme voluntariamente a las órdenes de mi Padre adoptivo y de mi Madre.

El amor me llevó a abrazarme con todas las miserias de la naturaleza humana.

El amor me hizo sufrir los desprecios más grandes y los más crueles tormentos, derramar toda mi Sangre y llegar a morir en una Cruz para salvar al hombre.

Porque el amor sabía que, más tarde, habría muchas almas que me seguirían, y pondrían sus delicias en conformar su vida con la mía.

Y miraba el amor más lejos aún: sabía que muchísimas almas en peligro se verían ayudadas con los actos y sacrificios de otras, y recobrarían la vida.

Veía, en fin, el amor, que más tarde, con esta misma Sangre y unidas a estos mismos tormentos, muchas almas escogidas podrían avalorar sus sacrificios, sus acciones hasta las más triviales, y ganarme con ellas, gran número de almas.

 

 

EL VALOR APOSTÓLICO DE LA VIDA COTIDIANA

 

El alma que sabe hacer de su vida una continua unión con la mía, me glorifica mucho y trabaja útilmente en el bien de las almas. Está, por ejemplo, ejecutando una acción que en sí misma no vale mucho, pero la empapa en mi Sangre o la une a aquella acción hecha por mí durante mi vida mortal, el fruto que logra para las almas es tan grande o mayor quizá que si hubiera predicado al universo entero, y esto, sea que estudie o que hable, que escriba, ore, trabaje o descanse; con tal que la acción reúna dos condiciones: primero, que esté ordenada por la obediencia o por el deber, no por el capricho; segundo, que se haga en íntima unión conmigo, cubriéndola con mi Sangre y con gran pureza de intención.

¡Cuánto deseo que las almas comprendan esto: Que no es la acción la que tiene en sí valor, sino la intención y el grado de unión con que se hace! Barriendo y trabajando en el taller de Nazaret, di tanta gloria a mi Eterno Padre como cuando prediqué durante mi vida pública. Hay muchas almas que a los ojos del mundo tienen un cargo elevado, y en él, dan grande gloria a mi Corazón, es cierto; pero tengo muchas otras que, escondidas y en humildes trabajos, son obreras muy útiles a mi viña, porque es el amor el que las mueve y saben envolver en oro sobrenatural las acciones más pequeñas, empapándolas en mi Sangre.

Mi amor llega a tal punto, que de la nada pueden mis almas sacar grandes tesoros. Si desde por la mañana se unen a Mí y ofrecen el día con ardiente deseo de que mi Corazón se sirva de sus acciones para provecho de las almas y van, hora por hora y momento por momento, cumpliendo por amor con su deber, ¡qué tesoros adquieren en un día!… Yo les iré descubriendo más y más mi amor… ¡Es inagotable!… Y ¡es tan fácil al alma que ama dejarse guiar por el amor!…

 

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Mi Corazón es todo amor, y el amor es para todos. Pero, ¿cómo haré Yo comprender a mis almas escogidas la predilección que siente mi Corazón por ellas? Por eso me sirvo de ellas para salvar a los pecadores y a otras pobres almas, que viven en los peligros del mundo.

Por esto también quiero que entiendan el deseo que me consume de su perfección, y cómo esta perfección consiste en hacer en íntima unión conmigo las acciones comunes y ordinarias. Si mis almas lo comprenden bien, pueden divinizar sus obras y su vida y ¡cuánto vale un día de vida divina!

Cuando un alma arde en deseos de amar, no hay para ella cosa difícil; mas cuando se encuentra fría y desalentada, todo se le hace arduo y penoso… Que venga entonces a cobrar fuerzas en mi Corazón… Que me ofrezca su abatimiento, que lo una al ardor que me consume y que tenga la seguridad de que un día así empleado será de incomparable precio para las almas. ¡Mi Corazón conoce todas las miserias humanas y tiene gran compasión de ellas!…

No deseo tan sólo que las almas se unan a Mí de una manera general, quiero que esa unión sea constante, íntima, como es la unión de los que se aman y viven juntos; que aun cuando siempre no están hablando, se miran y se guardan mutuas delicadezas y atenciones de amor.

Si el alma está en paz y en consuelo, le es fácil buscar en mí, pero si está en desolación o angustia, que no tema. ¡Me basta una mirada!… La entiendo, y con sólo esta mirada alcanzará que mi Corazón la colme de las más tiernas delicadezas.

Yo iré diciendo a las almas cómo las ama mi Corazón; quiero que me conozcan bien, y así me hagan conocer a aquellas que mi amor les confíe.

Deseo con ardor que todas las almas escogidas fijen en Mí los ojos, para no apartarlos ya más, que no haya entre ellas medianías cuyo origen, la mayor parte de las veces, es una falsa comprensión de mi amor. No; amar a mi Corazón no es difícil ni duro; es fácil y suave. Para llegar a un alto grado de amor no hay que hacer cosas extraordinarias; pureza de intención en la acción más pequeña, como en la más grande; unión íntima con mi Corazón; y ¡el amor hará lo demás!…

 

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Mi Corazón no es solamente un abismo de amor, es también un abismo de misericordia; y conociendo todas las miserias del corazón humano, de las que no están exentas mis almas escogidas, he querido que sus acciones, por pequeñas que sean en sí, puedan por Mí alcanzar un valor infinito, en provecho de los pecadores y de las almas que necesitan ayuda.

No todas pueden predicar ni ir a evangelizar en países salvajes. Pero todas, sí, todas pueden hacer conocer y amar a mi Corazón. Todas pueden ayudarse mutuamente y aumentar el número de los escogidos, evitando que muchísimas almas se pierdan eternamente; y todo esto, por efecto de mi amor y de mi misericordia. Pero mi amor va aún más lejos. Se sirve, no solamente de su vida ordinaria y de sus menores acciones, sino también de sus miserias… de sus debilidades… y muchas veces de sus caídas… para bien de otras muchas almas.

El amor todo lo transforma y diviniza, y la misericordia todo lo perdona.

Mi amor transforma sus menores acciones dándoles un valor infinito. Pero va todavía más lejos: mi Corazón ama tan tiernamente a esas almas escogidas, que se sirve aun de sus miserias y debilidades, y muchas veces hasta de sus mismas faltas, para la salvación de otras almas.

Efectivamente; el alma que se ve llena de miserias no se atribuye a sí misma nada bueno, y sus flaquezas la obligan a revestirse de cierta humildad, que no tendría si se encontrase menos imperfecta.

Así, cuando en su trabajo o en su cargo apostólico se siente incapaz y hasta experimenta repugnancia para dirigir a las almas hacia una perfección que ella no tiene, se ve como forzada a anonadarse; y si, conociéndose a sí misma recurre a Mí, me pide perdón de su poco esfuerzo e implora de mi Corazón valor y fortaleza… ¡ah! entonces… ¡no sabe esta alma con cuánto amor se fijan en ella mis ojos, y cuán fecundos hago sus trabajos!…

Hay otras almas que son poco generosas para realizar con constancia los esfuerzos y sacrificios cotidianos. Pasan su vida haciendo promesas, sin llegar nunca a cumplirlas.

Aquí hay que distinguir: si esas almas se acostumbran a prometer, pero no se imponen la menor violencia ni hacen nada que pruebe su abnegación y su amor, les diré esta palabra: ¡cuidado, no prenda el fuego en esa paja que habéis amontonado en los graneros, o que el viento no se la lleve en un instante!…

Hay otras, y a ellas me refiero, que al empezar el día, llenas de buena voluntad y con gran deseo de mostrarme su amor, me prometen abnegación y generosidad en esta o aquella circunstancia; y cuando llega la ocasión, su carácter, su salud, el amor propio les impide realizar lo que con tanta sinceridad prometieron horas antes; sin embargo, reconocen su falta, se humillan, piden perdón, vuelven a prometer. ¡Ah! que estas almas sepan que me han agradado tanto como si nunca me hubiesen ofendido.

 

 

LOS SECRETOS DE LA PASIÓN:

EL CENÁCULO

 

Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles. Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

 

——————— o ———————

 

Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres.

En aquel momento, próxima ya la redención del género humano, mi Corazón no podía contener sus ardores y como era infinito el amor que sentía por los hombres, no quise dejarlos huérfanos.

Para vivir con ellos hasta la consumación de los siglos y demostrarles mi amor, quise ser su alimento, su sostén, su vida, su todo…

¡Ah! ¡Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de mi Corazón a todas las almas! ¡Cuánto deseo que se penetren del amor que sentía por ellas, cuando en el Cenáculo instituí la Eucaristía!

En aquel momento vi a todas las almas, que en el transcurso de los siglos habían de alimentarse de mi Cuerpo y de mi Sangre, y los efectos divinos producidos en muchísimas…

¡En cuántas almas esa Sangre inmaculada engendraría la pureza y la virginidad! ¡En cuántas encendería la llama del amor y del celo! ¡Cuántos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante mis ojos y en mi Corazón…! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves pecados, debilitadas por la fuerza de la pasión, vendrían a Mí para renovar su vigor con el Pan de los fuertes!…

¡Ah! ¡Quién podrá penetrar los sentimientos de mi Corazón en aquellos momentos! Sentimientos de amor, de gozo, de ternura… Mas… ¡cuánta fue también la amargura que embargó mi Corazón!

 

 

LA EUCARISTÍA

 

¡En cuántos corazones manchados por el pecado tendría que entrar… y cómo mi Carne y mi Sangre así profanadas habían de convertirse en causa de condenación para muchas almas!…

¡Ah! ¡Cómo vi en aquel momento todos los sacrilegios y ultrajes y las tremendas abominaciones que habían de cometerse contra Mí! ¡Cuántas horas había de pasar solo en el Sagrario! ¡Cuántas noches! ¡Cuántas almas rechazarían los llamamientos amorosos que, desde esa morada les dirigiría!…

Por amor a las almas, me quedo prisionero en la Eucaristía, para que en todas sus penas y aflicciones puedan venir a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el amigo más fiel. Mas ¡ese amor que se deshace y se consume por el bien de las almas, no ha de ser comprendido!…

Habito en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina en todas las enfermedades de su naturaleza corrompida, y ellos en cambio, se alejan de Mí, me ultrajan y me desprecian…

Pobres ¡pecadores! No os alejéis de Mí… Os espero día y noche en el Sagrario… No os reprenderé vuestros crímenes… No os echaré en cara vuestros pecados… Lo que haré será lavaros con la Sangre de mis llagas; no temáis. Venid a Mí… ¡No sabéis cuánto os amo!

Y vosotras, almas queridas, ¿por qué estáis frías e indiferentes a mi amor? Sé que tenéis que atender a las necesidades de vuestra familia, de vuestra casa, y que el mundo os solicita sin cesar; pero ¿no tendréis un momento para venir a darme una prueba de amor y agradecimiento? No os dejéis llevar de tantas preocupaciones inútiles y reservad un momento para venir a visitar al Prisionero de Amor.

Si vuestro cuerpo está débil y enfermo, ¿no procuráis hallar un momento para ir a buscar al médico que debe sanaros? Venid al que puede haceros recobrar las fuerzas y la salud del alma… Dad una limosna de amor a este mendigo divino que os espera, os llama y os desea.

 

 

En el momento de instituir la Eucaristía vi presentes a todas las almas privilegiadas que habían de alimentarse con mi Cuerpo y con mi Sangre y los diferentes efectos producidos en ellas. Para unas sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que consumiría sus miserias y las inflamaría en amor.

¡Ah!… esas almas reunidas ante Mí serán como un inmenso jardín, en el que cada planta produce diferente flor pero todas me recrean con su perfume. Mi sagrado Cuerpo será el sol que las reanime…

Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supierais, almas amadísimas, cuán fácil es consolar, ocultar y descansar a todo un Dios!

Este Dios que os ama con amor infinito, después de libraros de la esclavitud del pecado, ha sembrado en vosotras la gracia incomparable de la vocación, os ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios redentor vuestro se ha hecho vuestro Esposo.

Él mismo os alimenta con su Cuerpo purísimo, y con su Sangre apaga vuestra sed.

Si estáis enfermas, Él es vuestro médico: venid, os dará la salud. Si tenéis frio, venid, os calentará. En Él encontraréis el descanso y la felicidad. No os alejéis de Él, que es la Vida, y cuando os pide consuelo, no se lo neguéis.

¡Qué amargura sentí en mi Corazón cuando vi a tantas almas que, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, habían de ser motivo de tristeza para mi Corazón!

¿No soy siempre el mismo?… ¿Acaso he cambiado para vosotras?… No, Yo no cambiaré jamás y hasta el fin de los siglos, os amaré con predilección y con ternura.

Sé que estáis llenas de miserias, pero esto no me hará apartar de vosotras mis miradas más tiernas, y con ansia os estoy esperando, no sólo para aliviar vuestras miserias, sino también para colmaros de nuevos beneficios.

Si os pido amor, no me lo neguéis; es muy fácil amar al que es el Amor mismo.

Si os pido algo costoso a vuestra naturaleza, os doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para venceros.

Os he escogido para que seáis mi consuelo. Dejadme entrar en vuestra alma y si no encontráis en ella nada que sea digno de Mí decidme con humildad y confianza: Señor, ya veis los frutos y las flores que produce mi jardín, venid, decidme qué debo hacer para que desde hoy empiece a brotar la flor que deseáis.

Si el alma me dice esto con verdadero deseo de probarme su amor, le responderé: alma querida, para que tu jardín produzca hermosas flores deja que Yo mismo las cultive; deja que Yo labre la tierra; empezaré por arrancar hoy esta raíz que me estorba y que tus fuerzas no alcanzan a quitar. No te turbes, si te pido el sacrificio de tus gustos, de tu carácter… tal acto de caridad, de paciencia, de abnegación,… de celo, de mortificación, de obediencia. Ese es el abono que mejorará la tierra y la hará producir flores y frutos.

La victoria sobre tu carácter, en tal ocasión, obtendrá luz para un pecador; con esta contrariedad soportada con alegría, cicatrizarás las heridas que me hizo con su pecado, repararás la ofensa y expiarás su falta… Si no te turbas al recibir esta advertencia y la aceptas con cierto gozo, alcanzarás que las almas a quienes ciega la soberbia, abran los ojos a la luz y pidan humildemente perdón.

Esto haré Yo en tu alma si me dejas trabajar libremente en ella; no sólo brotarán flores en seguida, sino que darás gran consuelo a mi Corazón… Voy buscando consuelo y quiero hallarlo en mis almas escogidas.

Señor, ya veis que estaba dispuesta a dejarte hacer de Mí lo que quisieras y no sé cómo he caído y te he disgustado. ¿Me perdonarás? ¡Soy tan miserable! No sirvo para nada…

Sí, alma querida, sirves para consolarme. No te desanimes, porque si no hubieses caído, tal vez no hubieras hecho ese acto de humildad y de amor que la falta te obliga a hacer y que tanto me consuela. Animo y adelante. Déjame trabajar en ti.

Todo esto se me puso delante al instituir la Eucaristía. El amor me encendía en deseos de ser el alimento de las almas. No me quedaba entre los hombres para vivir solamente con los perfectos, sino para sostener a los débiles y alimentar a los pequeños. Yo los haré crecer y robusteceré sus almas. Descansaré en sus miserias y sus buenos deseos me consolarán.

Pero… Entre las almas escogidas ¿no habrá algunas que me causen pena? ¿Perseverarán todas? Este es el grito de dolor que se escapa de mi Corazón… Este es el gemido que quiero que oigan las almas.

 

 

Al contemplar entonces a todas las almas que habían de alimentarse de este Pan Divino, vi también las ingratitudes y frialdades de muchas de ellas, en particular de tantas almas escogidas… de tantas almas consagradas… de tantos sacerdotes… ¡Cuánto sufrió mi Corazón! Vi cómo se irían enfriando poco a poco, dando entrada primero a la rutina y al cansancio… después al hastío y ¡finalmente a la tibieza!…

¡Y estoy en el sagrario por ellas! ¡Y espero!… Deseo que esa alma venga a recibirme, que me hable con confianza de esposa; que me cuente sus penas, sus tentaciones, sus enfermedades… que me pida consejo y solicite mis gracias, ya para ella, ya para otras almas… Quizá entre las personas de su familia o las que están a su cargo las hay que están en peligro… tal vez alejadas de Mí… Ven, le digo, dímelo todo con entera confianza… Pregúntame por los pecadores… Ofrécete para reparar… Prométeme que hoy no me dejarás solo… Mira si mi Corazón desea algo de ti que lo pueda consolar…

Esto esperaba Yo de aquella alma ¡y de tantas! Mas, cuando se acerca a recibirme, apenas me dice una palabra, porque está distraída, cansada o contrariada. Su salud la tiene intranquila, sus ocupaciones la desazonan, la familia la preocupa, y entre los que conviven o tratan con ella, siempre hay alguien que la molesta.

“-No sé qué decir – confiesa ella misma – estoy fría… me aburro y paso el rato deseando salir de la capilla. ¡No se me ocurre nada!”

-¡Ah! – le contesto – ¿Y así vas a recibirme, alma a quien escogí y a quien he esperado con impaciencia toda la noche?

Sí, la esperaba para descansar en ella; le tenía preparado alivio para todas sus inquietudes; la aguardaba con nuevas gracias pero… como no me las pide… no me pide consejo ni fuerza… tan sólo se queja y apenas se dirige a Mí. Parece que ha venido por cumplimiento… porque es costumbre y porque no tiene pecado mortal que se lo impida. Pero no por amor, no por verdadero deseo de unirse íntimamente a Mí. ¡Qué lejos está esa alma de aquellas delicadezas de amor que Yo esperaba de ella!

¿Y aquel sacerdote?… ¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las almas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

He confiado a cada uno de ellos cierto número de almas para que con su predicación, sus consejos y, sobre todo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las almas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las almas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las almas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas almas la vida de la gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así… me reciben así… viven y mueren así…!

Este fue el más terrible dolor que sentí en la última Cena cuando vi, entre los doce, al primer apóstol infiel, representando a tantos otros que, en el transcurso de los siglos, habían de seguir su ejemplo.

La Eucaristía es invención de amor, es vida y fuerza de las almas, remedio para todas las enfermedades, viático para el paso del tiempo a la eternidad.

Los pecadores encuentran en ella la vida del alma; las almas tibias, el verdadero calor; las almas puras, suave y dulcísimo néctar; las fervorosas, su descanso y el remedio para calmar todas sus ansias; las perfectas, alas para elevarse a mayor perfección.

En fin, las almas religiosas hallan en ella su nido, su amor, y por último, la imagen de los benditos y sagrados votos que las unen íntima e inseparablemente al Esposo Divino.

Sí, almas consagradas; vuestro voto de pobreza está perfectamente representado en esta Hostia pequeña, redonda y fina, lisa y sin peso. Así el alma que ha hecho voto de pobreza, no debe tener ángulos, es decir, aficioncillas a cosas de su uso o de su empleo, ni a su familia ni a su pueblo natal; ha de estar siempre dispuesta a dejar… a cambiar… Nada de la tierra… el corazón libre sin apegos ocultos que lo aprisionen.

Esto no quiere decir que haya de ser insensible. El corazón más amante, puede mantener el voto de pobreza en toda su integridad. Lo esencial para el alma religiosa es que no posea nada sin la aprobación de los Superiores y que esté siempre dispuesta a abandonarlo, a la primera señal de la Voluntad de Dios.

 

 

Encontrareis también en la Hostia, pequeña y blanca, la perfecta imagen del voto de castidad. Aquí se halla encubierta, bajo las especies de pan y vino, la presencia real de todo un Dios. Tras este velo estoy Yo con mi Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así el alma consagrada por el voto de la virginidad, debe cubrirse con un velo de modestia y sencillez, de modo que bajo apariencias humanas, se esconda la pureza que la asemeja a los ángeles. Y sabedlo, almas que formáis la corte del Cordero Inmaculado, la gloria que me dais es incomparablemente mayor que me dan estos espíritus angélicos. Pues no han conocido las miserias de la naturaleza humana y no han tenido que luchar ni vencer para ser siempre purísimos.

Además, os asemejáis a mi Madre, que siendo criatura mortal ha vivido en la más perfecta pureza… En medio de todas las miserias humanas y, sin embargo, inmaculada en todos los instantes de su vida. Ella sola me ha glorificado más que todos los espíritus celestes y, atraído por esa pureza, un Dios tomó de Ella carne mortal, habitando en su criatura.

Más aún: el alma que vive consagrada a Mí por el voto de la castidad, se asemeja también, en cuanto puede la criatura, a Mí que soy su Creador, y que habiendo tomado la naturaleza humana con sus miserias, he vivido sin la más ligera sombra de mancha.

Así el alma que hace voto de castidad es una hostia blanca y pura que rinde constante homenaje a la Majestad divina.

Almas religiosas, encontraréis también en la Eucaristía la imagen perfecta de vuestro voto de obediencia.

Pues en esta hostia está cubierta y anonadada la grandeza y el poder de todo un Dios. Allí me veréis como sin vida, Yo que soy la vida de las almas y el sostén del mundo. Allí, no soy dueño de ir ni de quedarme, de estar solo o acompañado: bajo esta Hostia, sabiduría, poder, libertad, todo está escondido. Estas especies de pan son las ataduras que me atan y el velo que me cubre. Así el voto de obediencia es para el alma religiosa la cadena que la ata, el velo que la encubre para que no tenga voluntad, ni sabiduría, ni gusto, ni libertad, más que según el beneplácito divino, manifestado por sus Superiores.

 

 

GETSEMANÍ

 

Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos… después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní… a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarle, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la Divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…

 

 

Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia… para que hiciesen oración conmigo… para descansar en ellos… pero ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia… y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: ” Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz”.

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: “No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…” ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: “Padre mío”. Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. Muchas se perderían… muchísimas me ofenderían y ¡otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… ¡Y sin embargo, inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y sin embargo… ¡ah! en aquel momento, vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña… ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… ¿Y quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…

Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah! ¿Qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho… que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden… y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas… ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas! ¿Con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce… uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

 

 

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid… porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: “Yo soy”.

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas… había llegado mi hora… y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.

En seguida me condujeron a casa de Caifás, donde me recibieron con burlas e insultos y donde uno de los criados me dio la primera bofetada…

¡Ah!… ¡Entiende esto!… ¡La primera bofetada!… ¿Me hizo sufrir más que los azotes de la flagelación?… No; pero en esta primera bofetada vi el primer pecado mortal de tantas almas, que después de vivir en gracia, cometerían ese primer pecado… y tras él… ¡cuántos otros!… siendo causa con su ejemplo de que otras almas los cometieran también… y teniendo tal vez la misma desgracia: ¡morir en pecado!…

 

 

ABANDONADO DE LOS SUYOS

 

¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte… a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, que inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña… si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… Él también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.

 

 

DE TRIBUNAL EN TRIBUNAL

 

Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera… pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre… ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse… con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación… una contrariedad… una pena de familia o un momento de soledad y desolación… decirme desde el fondo del alma: “te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad”?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí… y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

 

 

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia… después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados… de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa… cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos… escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos… hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir… ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…

Al amanecer del día siguiente, Caifás ordenó que me condujeran a Pilatos para que se pronunciara la sentencia de muerte.

Este me interrogó con gran sagacidad, deseoso de hallar causa de condenación; pero al mismo tiempo su conciencia le remordía y sentía gran temor ante la injusticia que contra Mí iba a cometer; al fin encontró un medio para desentenderse de Mí y mandó que me condujeran a Herodes.

En Pilatos están fielmente representadas las almas que, sintiendo la lucha entre la gracia y sus pasiones, se dejan dominar por el respeto humano y por un excesivo amor propio. Cuando se les presenta una tentación o se ven en peligro de pecar, dejándose cegar, procuran convencerse de que en aquello no hay ningún mal, ni corren peligro alguno, que tienen bastante talento para juzgar por sí mismas y no necesitan pedir consejo. Temen ponerse en ridículo a los ojos del mundo… Les falta energía para resistir y, cerrándose al impulso de la gracia, de esta ocasión caen en otra, hasta llegar, cediendo como Pilatos, a entregarme en manos de Herodes.

Si se trata de un alma escogida, tal vez la ocasión no será de pecado grave. Pero para resistir a ella, hay que pasar por una humillación, soportar alguna molestia… Si en vez de seguir el movimiento de la gracia, y de descubrir lealmente su tentación, esta alma se sugestiona a sí misma convenciéndose de que no hay motivo para apartarse de aquella ocasión o renunciar a aquel gusto, bien pronto caerá en mayor peligro. Como Pilatos acabará por cegarse, perderá la fortaleza para obrara con rectitud y, poco a poco, me entregará.

 

 

A todas las preguntas que Pilatos me hizo, nada respondí; mas cuando me dijo: “¿Eres Tú el Rey de los Judíos?” Entonces con gravedad y entereza le dije: Tú lo has dicho: Yo soy Rey, pero mi Reino no es de este mundo.

Con estas palabras, quise enseñar a muchas almas cómo cuando se presenta la ocasión de soportar un sufrimiento, una humillación que podrían fácilmente evitar, deben contestar con generosidad.

Mi reino no es de este mundo; es decir: no busco las alabanzas de los hombres; mi patria no es ésta; ya descansaré en la que lo es verdaderamente; ahora, ánimo para cumplir mi deber sin tener en cuenta la opinión del mundo… Si por ello me sobreviene una humillación o un sufrimiento, no importa; no retrocederé, escucharé la voz de la gracia, ahogando los gritos de la naturaleza. Y si no soy capaz de vencer sola, pediré fuerzas y consejo, pues en muchas ocasiones las pasiones y el excesivo amor propio ciegan el alma y la impulsan a obrar el mal.

Entonces Pilatos dominado por el respeto humano y temiendo, por otra parte, hacerse responsable de mi causa, mandó que me llevaran a la presencia de Herodes. Era éste un hombre corrompido, que no buscaba más que el placer, dejándose arrastrar de sus pasiones desordenadas. Se alegró de verme comparecer ante su tribunal, pues esperaba divertirse con mis discursos y milagros.

Considerad, almas queridas, la repulsión que experimenté al verme ante aquel hombre vicioso, cuyas preguntas, gestos y movimientos me cubrían de confusión.

¡Almas puras y virginales! ¡Venid a rodear y defender a vuestro Esposo!… Escuchad las calumnias… los falsos testimonios y los escarnios de aquella turba vil, ávida solamente de escándalos.

Herodes esperaba que Yo contestaría a sus preguntas sarcásticas, pero no quise desplegar los labios; guardé en su presencia el más profundo silencio.

No contestar era la mayor prueba que podía darle de mi dignidad. Sus palabras obscenas no merecían cruzarse con las mías purísimas.

Entre tanto, mi Corazón estaba íntimamente unido a mi Padre Celestial. Me consumía en deseos de dar por las almas hasta la última gota de mi Sangre. El pensamiento de todas las que, más tarde, habían de seguirme, conquistadas por mis ejemplos y por liberalidad, me encendía en amor, y no sólo gozaba en aquel terrible interrogatorio, sino que deseaba soportar el suplicio de la Cruz.

Así, después de sufrir en silencio las afrentas más ignominiosas, dejé que me trataran de loco y me cubrieran con una vestidura blanca en señal de burla; después, en medio de gritos furiosos, me llevaron de nuevo a la presencia de Pilatos.

Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto… sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo… sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilatos, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros… ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas… las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah!, ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor… contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.

 

 

CORONADO DE ESPINAS

 

Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿Con que eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían… otros me insultaban… otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales… entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo… como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehúyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehúsan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah!, ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y… quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria… más consuelo… más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo… se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?

 

 

Coronado de espinas y cubierto con un manto de púrpura los soldados me presentaron de nuevo a Pilatos, gritando ferozmente, insultándome en son de burla a cada paso que daba.

No encontrando en Mí delito para castigarme, Pilatos me hizo varias preguntas, diciéndome que por qué no le contestaba, siendo así que él tenía todo poder sobre Mí…

Entonces, rompiendo mi silencio, le dije: No tendrías ese poder si no te hubiese dado de arriba; pero es preciso que se cumplan las escrituras.

Y cerrando de nuevo los labios, me entregué…

Pilatos, perturbado por el aviso de su mujer y perplejo entre los remordimientos de su conciencia y el temor de que el pueblo se amotinase contra él, buscaba medios para libertarme… y me expuso a la vista del populacho en el lastimoso estado en que me hallaba, proponiéndoles darme la libertad y condenar en mi lugar a Barrabás, que era un ladrón y criminal famoso… A una voz contestó el pueblo: -¡Que muera y que Barrabás sea puesto en libertad!

¡Almas que me amáis, ved cómo me han comparado con un criminal, y ved cómo me han rebajado más que el más perverso de los hombres!… ¡Oíd qué furiosos gritos lanzan contra Mí! ¡Ved con qué rabia piden mi muerte! ¿Rehusé, acaso pasar por tan penosa afrenta? No, antes al contrario me abracé con ella por amor a las almas, por amor a vosotras y para mostraros que este amor no me llevó tan sólo a la muerte, sino al desprecio, a la ignominia, al odio de los mismos por quienes iba a derramar mi Sangre con tanta profusión.

No creáis, sin embargo, que mi naturaleza humana no sintió repugnancia ni dolor… antes al contrario, quise sentir todas vuestras repugnancias y estar sujeto a vuestra misma condición, dejándoos un ejemplo que os fortalezca en todas las circunstancias de la vida.

Así, cuando llegó este momento tan penoso, aunque hubiese podido librarme de él, no sólo no me libré sino que lo abracé por amor y para cumplir la Voluntad de mi Padre. Para reparar su gloria, satisfacer por los pecados del mundo y alcanzar la salvación de innumerables almas.

Ahora quiero volver a tratar de las almas de quienes hablaba ayer. De estas almas a quienes llamo al estado perfecto pero vacilan, diciendo entre sí: “No puedo resignarme a esta vida de oscuridad… no estoy acostumbrada a estos quehaceres tan bajos… ¿qué dirán mi familia, mis amistades?” Y se persuaden de que con la capacidad que tienen o creen tener serán más útiles en otro lugar.

Voy a responder a estas almas. Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde… en un establo, lejos de mi casa y de mi patria… de noche… en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre San José… no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa… y sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazaret y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas… a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

Esto que he dicho a las almas que sienten horror a la vida humilde y oscura lo repito, a las que, por el contrario, son llamadas a trabajar en continuo contacto con el mundo, cuando su atractivo sería la completa soledad y los trabajos humildes y ocultos…

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consisten en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.

 

 

Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!… ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!… ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilatos ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!

Desde que Judas me entregó en el Huerto de los Olivos, anduvo errante y fugitivo, sin poder acallar los gritos de su conciencia, que lo acusaba del más horrible sacrilegio. Cuando llegó a sus oídos la sentencia de muerte pronunciada contra Mí, se entregó a la más horrible desesperación y se ahorcó.

¿Quién podrá comprender el dolor intenso de mi Corazón cuando vi lanzarse a la perdición eterna esa alma que había pasado tres años en la escuela de mi amor, aprendiendo mi doctrina, recibiendo mis enseñanzas, oyendo tantas veces como perdonaban mis labios a los más grandes pecadores?

¡Ah! ¡Judas! ¿Por qué no vienes a arrojarte a mis pies para que te perdone? Si no te atreves a acercarte a Mí por temor a los que me rodean, maltratándome con tanto furor, mírame al menos ¡verás cuán pronto se fijan en ti mis ojos!…

Almas que estáis enredadas en los mayores pecados… Si por más o menos tiempo habéis vivido errantes y fugitivas a causa de vuestros delitos, si los pecados de que sois culpables os han cegado y endurecido el corazón, si por seguir alguna pasión habéis caído en los mayores desórdenes, ¡ah!, no dejéis que se apodere de vosotros la desesperación, cuando os abandonen los cómplices de vuestro pecado o cuando vuestra alma se dé cuenta de su culpa… Mientras el hombre cuenta con un instante de vida, aún tiene tiempo de recurrir a la misericordia y de implorar el perdón.

Si sois jóvenes y los escándalos de vuestra vida pasada os han degradado ante los hombres, ¡no temáis! aun cuando el mundo os desprecie, os trate de malvados, os insulte, os abandone, estad seguros de que vuestro Dios no quiere que vuestra alma sea pasto de las llamas del infierno. Desea que os acerquéis a Él para perdonaros. Si no os atrevéis a hablarle, dirigidle miradas y suspiros del corazón y pronto veréis que su mano bondadosa y paternal os conduce a la fuente del perdón y de la vida.

Si por malicia habéis pasado quizá gran parte de vuestra vida en el desorden o en la indiferencia, y cerca ya de la eternidad, la desesperación quiere poneros una venda en los ojos, no os dejéis engañar, aún es tiempo de perdón y ¡oídlo bien!, si os queda un segundo de vida, aprovechadlo, porque en el podéis ganar la vida eterna…

Si ha transcurrido vuestra existencia en la ignorancia y el error, si habéis sido causa de grandes daños para los hombres, para la sociedad y hasta para la Religión, y por cualquier circunstancia conocéis vuestro error, no os dejéis abatir por el peso de vuestras faltas ni por el daño de que habéis sido instrumento, sino por el contrario, dejando que vuestra alma se penetre del más vivo pesar, abismaos en la confianza y recurrid al que siempre os está esperando para perdonaros todos los yerros de vuestra vida.

Lo mismo sucede, si se trata de un alma que ha pasado los primeros años de su vida en la fiel observancia de mis Mandamientos, pero que ha decaído poco a poco del fervor, pasando a una vida tibia y cómoda…

Se ha olvidado de que tiene un alma que aspiraba a mayor perfección. Dios le pedía más, pero cegándose a fuerza de consentir en sus defectos habituales, se ha dejado invadir por el hielo de la tibieza. Peor, en cierto modo, que si hubiera caído en grandes pecados, porque la conciencia sorda y dormida no escucha la voz de Dios y acaba por no sentir remordimiento.

Pero un día recibe una fuerte sacudida que la despierta; entonces aparece su vida inútil, vacía, sin méritos para la eternidad. El demonio, con infernal envidia, la ataca de mil maneras, le inspira desaliento y tristeza, y abultándole sus faltas, acaba por llevarla al temor y la desesperación.

Almas que tanto amo no escuchéis este cruel enemigo. Venid cuanto antes a arrojaros a mis pies y penetradas de un vivo dolor, implorad misericordia y no temáis. Os perdono. Volved a empezar vuestra vida de fervor, recobraréis los méritos perdidos y mi gracia no os faltará.

¿Es acaso un alma de las que Yo he escogido? Quizá pase muchos años en la constante práctica de sus Reglas y deberes de la vida religiosa. La favorecí con mis gracias, escuchó mis consejos y fue de las más fieles a las divinas inspiraciones. Pero luego por una pasioncilla, una ocasión que no evitó, una satisfacción de la naturaleza y cierta habitual pereza para vencerse, se fue poco a poco enfriando y cayó en una vida vulgar, al fin tibia…

¡Ah! Si por una causa o por otra, tu alma despierta, ten en cuenta que el diablo envidioso de tu bien, te asaltará por todos los medios posibles. Te dirá que es demasiado tarde; que todos los esfuerzos son inútiles, te llenará de miedo y repugnancia para descubrir sinceramente el estado de tu alma… llegará como a ahogarte para que no puedas hablar, a fin de que tu alma no se abra a la luz; y trabajará con saña para quitarte la paz y la confianza.

Escucha, alma querida. Yo te diré lo que has de hacer. En cuanto sientas la moción de la gracia y antes de que sea más fuerte la lucha, acude a mi Corazón, pídele que vierta una gota de su Sangre sobre tu alma. ¡Ven a Mí! Ya sabes dónde me encuentro en los brazos paternales de tus superiores… Allí estoy bajo el velo de la fe. Levanta ese velo y dime con entera confianza tus penas, tus miserias, tus caídas… Escucha con respeto mis palabras y no temas por lo pasado. Mi Corazón lo ha sumergido en el abismo de mi misericordia y mi amor te prepara nuevas gracias. Tu vida pasada te dará humildad que te llenará de méritos, y si quieres darme la mejor prueba de amor, ten confianza y cuenta con mi perdón. Cree que nunca llegarán a ser mayores tus pecados que mi misericordia, pues es infinita.

 

 

CAMINO DEL CALVARIO

 

En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro… sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios… y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo… y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!

Sí, mi Madre estuvo presente a todos los momentos de mi Pasión, que por revelación divina se presentaban a su espíritu. Además, varios discípulos, aunque permaneciendo lejos, por miedo a los judíos, procuraban enterarse de todo e informaban a mi Madre. Cuando supo que ya se había pronunciado la sentencia de muerte, salió a mi encuentro y no me abandonó hasta que me depositaron en el sepulcro…

Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

 

 

SIMÓN CIRINEO

 

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado o sea que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas si pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme… consolarme… se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento… lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.

 

 

LA CRUCIFIXIÓN

 

Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero… ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha… resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda… ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren… los nervios se desgarran… los huesos se descoyuntan… ¡el dolor es inmenso!… mis pies quedan traspasados… ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados… este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!… sin poder hacer el menor movimiento… desnudo… sin fama… sin honra… sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y ¿qué rehusarás a mi amor?

 

 

LAS SIETE PALABRAS

 

Ya ha llegado la hora de la Redención del mundo… Me van a levantar y a ofrecer como espectáculo de burla… Pero también de admiración…

 

 

¡El mundo ha encontrado la paz!… Esta Cruz que hasta aquí era el patíbulo donde expiaban los criminales, es ahora la luz del mundo, el objeto de mayor veneración.

En mis llagas encontrarán los pecadores el perdón y la vida: mi Sangre lavará y borrará todas sus manchas… En mis llagas las almas puras vendrán para saciar su sed y abrasarse en amor. En ellas podrán guarnecerse y fijar su morada… El mundo ya ha encontrado su Redentor y las almas escogidas el modelo que deben imitar…

 

 

«Estaba clavado en la Cruz, Tenía la corona de espinas puesta, y estas espinas, que son bastante largas, penetraban muy hondo en su cabeza. Una que era más larga entraba por encima de la frente y salía por cerca del ojo izquierdo, que estaba muy hinchado. Su cara, llena de Sangre y polvo, estaba un poco inclinada hacia adelante y hacia el lado izquierdo. Los ojos, aunque hinchados y ensangrentados, estaban abiertos y miraban hacia abajo. En varias partes de su Cuerpo herido faltaban jirones de carne y de piel. Brotaba Sangre de la cabeza y de las otras heridas. Sus labios amoratados, y un poco torcida la boca, aunque la última vez que lo he visto, a las dos y media, la boca había recobrado su aspecto normal.

En fin, inspiraba tal compasión, que es imposible contemplarle sin traspasarse el alma de dolor… Lo que me ha causado más pena, es que ni siquiera tenía libertad para acercarse una mano a la cara… En fin, verlo clavado así, manos y pies, me dará fuerza por dejarlo todo y someterme a su Voluntad aun en aquello que más me cuesta.

Es de notar que, cuando lo he visto así en la Cruz, le habían arrancado la barba, que antes daba gran majestad a su rostro. Sus cabellos, que son tan hermosos, ahora estaban en desorden, llenos de Sangre y le caían por la cara… »

 

– ¡Padre!, perdónalos porque no saben lo que hacen…

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades… mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.

 

 

– Hoy estarás conmigo en el paraíso…

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes… ella te conduce a la vida eterna.

– Mujer, he ahí a tu hijo.

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.

 

 

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…

¡Tengo sed! ¡Oh Padre mío!… tengo sed de tu gloria… y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir: – Todo está consumado.

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!

A Ti entrego mi alma… Así las almas que cumplen mi Voluntad, podrán decir con verdad: Todo está consumado… ¡Señor mío y Dios mío! Recibe mi alma, la pongo en tus manos…

 

 

LLAMAMIENTO AL MUNDO

 

¿LO SABEN LOS HOMBRES?

 

Un padre tenía un hijo único: ricos, poderosos, vivían rodeados de servidores, de bienestar; perfectamente dichosos, de nada ni de nadie necesitaban para acrecentar su felicidad; el padre era la felicidad de su hijo y éste la de su padre. Ambos tenían corazón noble, caritativos sentimientos; la menor miseria les movía a compasión.

Entre los servidores de este bondadoso señor, uno enfermó gravemente, y estaba a punto de morir, si no se lo atendía con remedios enérgicos y con asiduos cuidados.

Mas el servidor era pobre y vivía solo.

¿Qué hacer? ¿Dejarlo morir? La nobleza de sentimientos del señor no puede consentirlo.

¿Enviará para cuidarlo a otro de sus criados? Tampoco estaría tranquilo, porque cuidándolo más por interés que por afecto, le faltarían tal vez mil detalles y atenciones que el enfermo necesita.

Compadecido, el padre confía a su hijo su inquietud respecto del pobre enfermo; le dice que con asidua asistencia podría curarse y vivir muchos años aún. El hijo, que ama a su padre, y comparte su compasión, se ofrece a cuidar al servidor con esmero, sin perdonar trabajo, cansancio ni solicitud, con tal de conseguir su curación.

El padre acepta; sacrifica la compañía de su hijo y éste las caricias de su padre y, convirtiéndose en siervo, se consagra a la asistencia del que es verdaderamente su servidor. Prodígale mil cuidados y atenciones, lo provee de cuanto necesita, no sólo para su curación sino aun para su bienestar de suerte que, al cabo de algún tiempo, el enfermo recobra la salud.

Penetrado de admiración por cuanto su señor ha hecho por él, el servidor pregunta de qué manera podría demostrarle su agradecimiento.

El hijo le aconseja se presente a su padre, y ya que está curado, se ofrezca de nuevo a él, como uno de sus más fieles servidores.

Así lo hace, y reconociéndose su deudor, emplea cuantos medios están a su alcance, para publicar la caridad de su señor; más aún, se ofrece a servirlo sin interés, pues sabe que no necesita ser retribuido como criado, el que es atendido y tratado como hijo.

Esta parábola es pálida figura del amor que mi Corazón siente por las almas y de la correspondencia que espero de ellas. La explicaré poco a poco, pues quiero que todos conozcan los sentimientos de mi Corazón.

 

 

Dios creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la Divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Mas el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Dios no necesita para ser feliz, ni del hombre, ni de sus servicios; se basta a sí mismo; su gloria es infinita; nada ni nadie puede menoscabarla.

Pero infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes al contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las Tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado.

El Padre entrega a su Hijo; éste sacrifica su gloria y la compañía de su Padre, descendiendo a la tierra, no en calidad de señor rico, de poderoso, sino en condición de siervo, de pobre, de niño.

La vida que llevó sobre la tierra todos la conocéis.

Bien sabéis que desde el primer instante de mi Encarnación me sometí a todas las miserias de la naturaleza humana.

Pasé por toda clase de trabajos y de sufrimientos; desde niño sentí el frío, el hambre, el dolor, el cansancio, el peso del trabajo, de la persecución, de la pobreza.

El amor me hizo escoger una vida oscura, como un pobre obrero; más de una vez fui humillado, despreciado, tratado con desdén, como hijo de un carpintero. ¡Cuántos días, después de haber soportado mi Padre adoptivo y Yo, una jornada de rudo trabajo, apenas teníamos por la noche lo necesario para el sustento! ¡Y así pasé treinta años!

Más tarde, renunciando a los cuidados de mi Madre, me dediqué a dar a conocer a mi Padre Celestial. A todos enseñé que Dios es caridad.

Pasaba haciendo el bien a los cuerpos y a las almas.

A los enfermos devolvía la salud, a los muertos la vida. A las almas… ¡Oh!, ¡las almas!… les daba la libertad que habían perdido por el pecado y les abría las puertas de su verdadera y eterna patria, pues se acercaba el momento en que para rescatarlas, el Hijo de Dios iba a dar por ellas su Sangre y su vida.

Y ¿cómo iba a morir?… ¿Rodeado de sus discípulos?… ¿Aclamado como bienhechor?… No, almas queridas, ya sabéis que el Hijo de Dios no quiso morir así… El que venía a derramar amor fue víctima del odio. El que venía a dar libertad a los hombres, fue preso, maltratado, calumniado, el que venía a traerles la paz es blanco de la guerra más encarnizada. Sólo predicó la mutua caridad y muere en Cruz entre ladrones. ¡Miradlo pobre, despreciado, despojado de todo!

¡Todo lo ha dado por la salud del hombre!

Así cumplió el fin por el cual dejó voluntariamente la bienaventuranza que gozaba al lado de su Padre. El hombre estaba enfermo y el Hijo de Dios bajó hasta él, y no sólo le devolvió la vida por su muerte, sino que le dio también fuerzas y medios con qué trabajar y adquirir la fortuna de su eterna felicidad.

¿Cómo ha correspondido el hombre a semejante favor? ¿Se ofrece, a ejemplo del servidor, a trabajar por su dueño con fidelidad y sin interés de retribución?

Preciso es distinguir las diferentes respuestas del hombre a Dios.

 

 

LA RESPUESTA DE LOS HOMBRES

 

Unos me han conocido verdaderamente, y movidos a impulsos del amor, sienten vivos deseos de entregarse por completo al servicio de mi Padre, sin ningún interés personal.

Preguntando que podrían hacer para trabajar por su Señor con más fruto, mi Padre les ha respondido: “Deja tu casa, tus bienes, déjate a ti mismo y ven; haz cuanto Yo te pida”.

 

Otros sintieron conmoverse su corazón ante lo que el Hijo de Dios ha hecho por salvarlos, y llenos de buena voluntad, se presentan a Él, buscando cómo podrán publicar la bondad de su Señor y, sin abandonar sus propios intereses, trabajar por los de Jesucristo.

A éstos, mi Padre les ha dicho: “Guardad la Ley que os ha dado vuestro Dios y Señor. Guardad mis mandamientos y, sin desviaros a derecha ni a izquierda, vivid en la paz de mis fieles servidores”.

 

Otros no han comprendido el amor con que su Dios los ama; no les falta buena voluntad; viven bajo la Ley, pero sin amor; siguen la inclinación natural hacia el bien, que la gracia depositó en el fondo de su corazón.

No son servidores voluntarios, pues no se presentaron nunca a recibir las órdenes de su Señor; pero como no tienen mala voluntad, les basta a veces una invitación para prestarse gustosos a los servicios que les piden.

 

Otros, en fin, movidos más por interés que por amor, ejecutan lo estrictamente necesario para merecer, al fin de la vida, la recompensa de sus trabajos.

 

Pero… ¿se han presentado todos los hombres para ofrecerse al servicio de su Dios y Señor?… ¿Han conocido todos el amor inmenso que tiene hacia ellos? ¿Saben agradecer cuanto Jesucristo les ha dado? ¡Ah! muchos lo ignoran, muchos conociéndolo, lo desprecian.

 

A todos Jesucristo va a decirles una palabra de amor.

Hablaré primero a los que no me conocen: Sí; a vosotros, hijos queridos, que desde vuestra tierna infancia, habéis vivido lejos de vuestro Padre. ¡Venid! Voy a deciros por qué no lo conocéis y, cuando sepáis quién es y qué Corazón tan amoroso tiene, no podréis resistir a su amor.

Con frecuencia sucede que hijos que han vivido lejos de sus padres, no los aman; mas, cuando conocen la dulzura que encierra el amor paterno y sus desvelos, llegan a amarlos, con más ternura aún, que aquellos que nunca han salido de su hogar.

 

A las almas que no sólo no me aman sino que me aborrecen y me persiguen, preguntaré: ¿por qué me odiáis así?… ¿Qué os he hecho Yo, para que me persigáis de ese modo?…

¡Cuántas almas hay que nunca se han hecho esta pregunta! Y hoy, que se la hago Yo, tendrán que responder: -“No lo sé”.

Yo responderé por ellas: No me conociste cuando niño, porque nadie te enseñó a conocerme; y a medida que ibas creciendo en edad, crecían en ti también las inclinaciones de la naturaleza viciada, el amor de los placeres, el deseo de goces, de libertad, de riquezas.

Un día oíste decir que para vivir bajo mi Ley es preciso soportar al prójimo, amarle, respetar sus derechos, sus bienes; que es necesario someter las propias pasiones… y como vivías entregado a tus caprichos, a tus malos hábitos, ignorando de qué ley se trataba, protestaste diciendo: – “­¡No quiero más ley que mi gusto! ¡Quiero gozar! ¡Quiero ser libre!”

Así es como empezaste a odiarme, a perseguirme.

Pero Yo, que soy tu Padre, te amo con amor infinito y mientras te rebelabas ciegamente y persistías en el afán de destruirme, mi Corazón se llenaba más y más de ternura hacia ti. Así transcurrieron un año, dos, tres, tantos cuantos sabes que has vivido de ese modo.

Hoy no puedo contener por más tiempo el impulso de mi amor y, al ver que vives en continua guerra contra quien tanto te ama, vengo a decirte Yo mismo quién soy.

Hijo querido: Yo soy Jesús, y este nombre quiere decir Salvador. Por eso mis manos están traspasadas por los clavos que me sujetaron a la Cruz, en la cual he muerto por tu amor. Mis pies llevan las mismas señales y mi Corazón está abierto por la lanza, que me introdujeron en él después de mi muerte.

Así vengo a ti, para enseñarte quién soy y cuál es mi Ley. No te asustes: ¡Es de amor!… Y cuando ya me conozcas, encontrarás descanso y alegría. ¡Es tan triste vivir huérfano! Venid, pobres hijos… Venid con vuestro Padre.

 

 

Ahora vamos a hablar a esta pobre alma que me persigue porque no me conoce. Hijo querido: voy a decirte quién soy Yo y quién eres tú. Soy tu Dios y tu Padre. ¡Tu Creador y tu Salvador!… Tú eres mi criatura, mi hijo y mi redimido, porque al precio de mi Sangre y de mi vida te rescaté de la tiranía y de la esclavitud del pecado.

Tienes un alma grande, inmortal, creada para gozar eternamente; posees una voluntad capaz de obrar el bien y un corazón que necesita amar y ser amado.

Si buscas alimentar este amor de cosas terrenas y pasajeras, nunca lo saciarás. Tendrás siempre hambre, vivirás en perpetua guerra contigo mismo, triste, inquieto, turbado.

Si eres pobre y tienes que trabajar para ganar el sustento, las miserias de la vida te llenarán de amargura. Sentirás odio contra tus amos y quizá, si pudieras, destruirías sus bienes para reducirlos a vivir como tú, sujetos a la ley del trabajo. Experimentarás cansancio, rebeldía y desesperación pues la vida es triste y al fin has de morir…

Sí, mirado naturalmente, todo eso es triste. Pero Yo vengo a mostrarte la vida como es en realidad, no como tú la ves.

Aunque seas pobre y tengas que ganarte tu sustento y el de tu familia, aunque te veas sujeto a un amo, no eres esclavo. Fuiste creado para ser libre.

Si vas buscando amor y no logras satisfacer tus ansias, es porque fuiste creado para amar no lo temporal, sino lo eterno.

Esa familia que amas, por la que te afanas en procurar su subsistencia, su bienestar y su felicidad en la tierra, debes amarla sin olvidar que un día tendrás que separarte de ella, aunque no para siempre.

Ese dueño a quien sirves y para quien trabajas, debes amarle, respetarle, cuidar de sus intereses y procurar aumentárselos con tu trabajo y tu fidelidad; mas ten presente que sólo será tu señor por unos cuantos años, pues esta vida pasa pronto y conduce a la otra que no acabará jamás y que será feliz. Allí no servirás sino que reinarás por toda la eternidad.

Tu alma, creada por un Padre que te ama, no con un amor cualquiera sino con un amor eterno e infinito, irá al lugar de eterna dicha que este Padre te prepara.

Allí encontrarás el amor que responderá a tus anhelos.

Allí vivirás la verdadera vida, de la que no es más que una sombra que pasa, ésta de la tierra: el cielo no pasará jamás.

Allí el trabajo que hiciste y soportaste en la tierra será recompensado.

Allí encontrarás a la familia que tanto amabas y por la que derramaste el sudor de tu frente.

Allí te unirás con tu Padre, con tu Dios. ¡Si supieras qué felicidad te espera!…

Quizá al oír esto dirás: -“¡Yo no tengo fe! No creo en la otra vida.”

¿No tienes fe?… ¿No crees en Mí?… Pues si no crees en Mí ¿por qué me persigues?…

¿Por qué declaras la guerra a los míos? ¿Por qué te rebelas contra mis leyes?… Y puesto que reclamas libertad para ti ¿por qué no la dejas a los demás?…

¿No crees en la vida eterna?… Dime, ¿vives feliz aquí abajo?… Bien sabes que necesitas algo que no encuentras en la tierra…

Si encuentras el placer que buscas, no te satisface.

Si alcanzas las riquezas que deseas, no te bastan.

El cariño que anhelas, al fin te causa hastío.

¡No! Lo que necesitas, no lo encontrarás acá…

Necesitas paz; no la paz del mundo, sino la de los hijos de Dios: Y ¿cómo la hallarás en la rebelión?

Yo te diré dónde serás feliz, dónde hallarás la paz, dónde apagarás esa sed que hace tanto tiempo te devora… No te asustes al oírme decir que la encontrarás en el cumplimiento de mi Ley.

Ni te rebeles al oír hablar de Ley, pues no es Ley de tiranía, sino de amor. Sí, mi Ley es de amor, porque soy tu Padre.

Vengo a enseñarte lo que es mi Ley y lo que es mi Corazón que te la da, este Corazón al que no conoces y al que tantas veces persigues. Tú me buscas para darme la muerte y Yo te busco para darte la vida. ¿Cuál de los dos triunfará? ¿Será tu corazón tan duro que resista al que ha dado su propia vida y su amor?

 

 

Ahora ven, hijo mío; voy a decirte lo único que te pide tu Padre:

Ya sabes que en el ejército debe haber disciplina y en toda familia bien ordenada, un reglamento. Así, en la gran familia de Jesucristo hay también una Ley, pero llena de suavidad y de amor.

En la familia los hijos llevan el apellido de su padre; así se les reconoce. Del mismo modo, mis hijos llevan el nombre de cristianos, que se les da al administrarles el Bautismo. Has recibido este nombre, eres hijo mío y como tal tienes derecho a todos los bienes de tu Padre.

Sé que no me conoces, que no me amas, antes por el contrario, me odias y me persigues. Pero Yo te amo con amor infinito y quiero darte parte de la herencia a la que tienes derecho.

Escucha, pues, lo que debes hacer para adquirirla: creer en mi amor y en mi misericordia.

Tú me has ofendido: Yo te perdono.

Tú me has perseguido; Yo te amo.

Tú me has herido de palabra y de obra: Yo quiero hacerte bien y abrirte mis tesoros.

No creas que ignoro cómo has vivido hasta aquí; sé que has despreciado mis gracias, y tal vez profanado mis Sacramentos. Pero te perdono.

Y desde ahora si quieres vivir feliz en la tierra y asegurar tu eternidad haz lo que voy a decirte: ¿Eres pobre? Cumple con sumisión el trabajo a que estás obligado, sabiendo que Yo viví treinta años sometido a la misma ley que tú, porque era también pobre, muy pobre.

No veas en tus amos unos tiranos. No alimentes sentimientos de odio hacia ellos; no les desees mal; haz cuanto puedas para acrecentar sus intereses y sé fiel.

¿Eres rico? ¿Tienes a tu cargo obreros, servidores? No los explotes. Remunera justamente su trabajo; ámalos, trátalos con dulzura y con bondad. Si tú tienes un alma inmortal, ellos también. No olvides que los bienes que se te han dado no son únicamente para tu bienestar y recreo, sino para que, administrándolos con prudencia, puedas ejercer la caridad con el prójimo.

Cuando ricos y pobres hayáis acatado la ley del trabajo, reconoced con humildad la existencia de un Ser que está sobre todo lo creado y que es al mismo tiempo vuestro Padre y vuestro Dios.

Como Dios, exige que cumpláis su Divina Ley.

Como Padre os pide que, cual hijos, os sometáis a sus mandamientos.

Así, cuando hayáis consagrado toda la semana al trabajo, a los negocios, y aun a lícitos recreos, os pide que le deis, siquiera media hora, para cumplir “su precepto”. ¿Es exigir demasiado?

Id, pues, a su casa, a la Iglesia, donde Él os espera de día y de noche; el domingo y los días festivos dadle media hora, asistiendo al misterio de amor y de misericordia, a la Santa Misa. Allí, habladle de todo cuanto os interesa, de vuestros hijos, de la familia, de los negocios, de vuestros deseos, dificultades y sentimientos. ¡Si supierais con cuánto amor os escucha!

Me dirás quizá: -“Yo no sé oír Misa, ¡hace tantos años que no he pisado una Iglesia!” No te apures por esto. Ven; pasa esa media hora a mis pies, sencillamente. Deja que tu conciencia te diga lo que debes hacer; no cierres los oídos a su voz. Abre con humildad tu alma a la gracia, ella te hablará y obrará en ti, indicándote cómo debes portarte en cada momento, en cada circunstancia de tu vida; con la familia, en los negocios; de qué modo tienes que educar a tus hijos, amar a tus inferiores, respetar a tus superiores. Te dirá, tal vez, que es preciso abandones tal empresa, tal negocio, que rompas aquella amistad… que te alejes con energía de aquella reunión peligrosa… Te indicará que a tal persona, la odias sin motivo y, en cambio, debes dejar el trato de otra que amas y cuyos consejos no debes seguir.

Comienza a hacerlo así y verás como poco a poco, la cadena de mis gracias se va extendiendo; pues en el bien como en el mal, una vez que se empiezan, las obras se suceden unas tras otras, como los eslabones de una cadena. Si hoy dejas que la gracia te hable y obre en ti, mañana la oirás mejor; después mejor aún, y así de día en día la luz irá creciendo; tendrás paz y te prepararás tu felicidad eterna.

Porque el hombre no ha sido creado para permanecer en la tierra; está hecho para el cielo. Siendo inmortal, debe vivir no para lo que muere, sino para lo que durará siempre.

Juventud, riqueza, sabiduría, gloria humana, todo esto pasa, se acaba… Sólo Dios subsiste eternamente… y las buenas obras hechas por Él, es lo único que perdura y que te seguirá a la otra vida.

El mundo y la sociedad están llenos de odio y viven en continuas luchas: un pueblo contra otro pueblo, unas naciones contra otras, y los individuos entre sí, porque el fundamento sólido de la fe ha desaparecido de la tierra, casi por completo.

Si la fe se reanima, el mundo recobrará la paz y reinará la caridad.

La fe no perjudica ni se opone a la civilización ni al progreso, antes al contrario, cuanto más arraigada está en los hombres y en los pueblos, más se acrecienta en ellos la ciencia y el saber, porque Dios es la sabiduría infinita. Mas, donde no existe la fe, desaparece la paz, y con ella la civilización y el verdadero progreso, introduciéndose en su lugar la confusión de ideas, la división de partidos, la lucha de clases, y en los individuos, la rebeldía de las pasiones contra el deber, perdiendo así el hombre la dignidad, que constituye su verdadera nobleza.

Dejaos convencer por la fe y seréis grandes; dejaos dominar por la fe y seréis libres. Vivid según la fe y no moriréis eternamente.

 

 

EPÍLOGO

 

Ahora quiero hablar a mis almas consagradas… para que puedan darme a conocer a los pecadores y al mundo entero.

Muchas no saben aun penetrar mis sentimientos; me tratan como a alguien con quien no se tiene confianza y que vive lejos de ellas. Quiero que aviven su fe y su amor y que su vida sea de confianza y de intimidad con Aquel a quien aman y que las ama.

De ordinario el hijo mayor es el que mejor conoce los sentimientos y los secretos de su padre; en él deposita su confianza más que en los otros, que siendo más pequeños, no son capaces de interesarse en las cosas serias y no fijan la atención sino en las superficiales; si el padre muere, es el hijo mayor el que trasmite a sus hermanos menores los deseos y la última voluntad del padre…

En mi Iglesia hay también hijos mayores; son las almas que Yo he escogido. Consagradas por el sacerdocio o por los votos religiosos, viven más cerca de Mí, y Yo les confío mis secretos… Ellas son, por su ministerio o por su vocación, las encargadas de velar sobre mis hijos más pequeños, sus hermanos; y unas veces directa, otras indirectamente, de guiarlos, instruirlos y comunicarles mis deseos.

Si esas almas escogidas me conocen bien, fácilmente podrán darme a conocer, y si me aman, podrán hacerme amar… Pero ¿cómo enseñarán a los demás si ellas me conocen poco?… Ahora bien; Yo pregunto: ¿es posible amar de veras a quien apenas se conoce?… ¿Se puede hablar íntimamente con aquel de quien vivimos alejados o no confiamos bastante?…

Esto es precisamente lo que quiero recordar a mis almas escogidas… Nada nuevo, sin duda… pero, ¿no necesitan reanimar la fe, el amor, la confianza?

Quiero que me traten con más intimidad, que me busquen en ellas, dentro de ellas mismas, pues ya saben que el alma en gracia es morada del Espíritu Santo; y allí que me vean como soy, es decir, como Dios, pero Dios es amor… que tengan más amor que temor, que sepan que yo las amo y que no lo duden; pues hay muchas que saben que las escogí porque las amo, pero cuando sus miserias y sus faltan las agobian, se entristecen creyendo que no les tengo ya el mismo amor que antes.

 

 

Te decía que estas almas no me conocen; no han comprendido lo que es mi Divino Corazón… porque precisamente sus miserias y sus faltas son las que inclinan hacia ellas mi bondad. Si reconocen su impotencia y su debilidad, si se humillan y vienen a Mí llenas de confianza, me glorifican mucho más que antes de haber caído.

Lo mismo sucede cuando me piden algo para sí o para los demás… Si vacilan, si dudan de Mí, no honran mi Corazón. Pero si esperan firmemente lo que me piden, sabiendo que sólo puedo negárselo si no es conveniente al bien de su alma, entonces me glorifican. Cuando el Centurión vino a pedirme que curase a su criado, me dijo con gran humildad: -“Yo no soy digno de que Tú vengas a mi casa”; mas, lleno de fe y confianza, añadió: -“Pero Señor, di una sola palabra y mi criado quedará curado…” Este hombre conocía mi Corazón. Sabía que no puedo resistir a las súplicas del alma que todo lo espera de Mí. Este hombre me glorificó mucho, porque a la humildad añadió firme y entera confianza. Sí, este hombre conocía mi Corazón y, sin embargo, no me había manifestado a él como me manifiesto a mis almas escogidas.

Por medio de la confianza, obtendrán copiosísimas gracias para sí mismas y para otras almas. Quiero que profundicen esta verdad porque deseo que revelen los caracteres de mi Corazón a las pobres almas que no me conocen.

 

 

Te lo repito: no es nada nuevo, pero así como el fuego necesita alimento para que no se apague, así las almas necesitan nuevos alientos que las hagan avanzar y nuevo calor que las reanime.

Entre las almas que me están consagradas hay pocas que tengan verdadera fe y confianza en Mí, porque son pocas las que viven en unión íntima conmigo.

Quiero que sepan que Yo amo a las almas tal como son. Sé que su debilidad las hará caer más de una vez. Sé que aquello que me están prometiendo, en ciertas ocasiones no lo cumplirán. Pero su determinación me glorifica y, después de sus caídas, el acto de humildad que hacen y la confianza que ponen en Mí, me honran tanto que mi Corazón derrama sobre ellas un sinnúmero de gracias.

Quiero que sepan cuánto deseo que cobren nuevo aliento y se renueven en esta vida de unión y de intimidad… Que no se contenten con hablarme en la Iglesia, ante el Sagrario – es verdad que allí estoy – pero también vivo en ellas, dentro de ellas, y me deleito en identificarme con ellas.

Que me hablen de todo; que todo me lo consulten; que me lo pidan todo. Vivo en ellas para ser su vida y habito en ellas para ser su fuerza.

Sí, lo repito; estoy en ellas y me recreo en unirme íntimamente a ellas; ¡que no lo olviden!

Allí, en el interior de su alma, las veo, las oigo y las amo; ¡y espero correspondencia al amor que les tengo!

Hay muchas almas que por la mañana hacen oración, pero es más una fórmula que una entrevista de amor. Luego oyen o celebran Misa, me reciben en la comunión y, cuando salen de la Iglesia, se absorben en sus quehaceres, hasta tal punto, que apenas me vuelven a dirigir una palabra.

En esta alma estoy como en un desierto. No me habla, no me pide nada y ocurre muchas veces que, si necesita consuelo, antes lo pedirá a una criatura, a quien tiene que ir a buscar, que a Mí que soy su Creador, que vivo y estoy en ella. ¿No es esto falta de unión, falta de vida interior o, lo que es lo mismo, falta de amor?

También quiero recordar a las almas consagradas, que las escogí de un modo especial para que, viviendo en íntima unión conmigo, me consuelen y reparen por los que me ofenden. Quiero recordarles que están obligadas a estudiar mi Corazón para participar de sus sentimientos y poner por obra sus deseos, en cuanto les sea posible.

Cuando un hombre trabaja en campo propio, pone empeño en arrancar todas las malas hierbas que brotan en él, y no ahorra trabajo ni fatiga hasta conseguirlo. Así quiero que trabajen las almas escogidas cuando conozcan mis deseos; con celo y con ardor, sin perdonar trabajo, sin retroceder ante el sufrimiento, con tal de aumentar mi gloria y de reparar las ofensas del mundo.

 

 

 

Para mis almas consagradas, mis sacerdotes, mis religiosos y religiosas: todos están llamados a una íntima unión conmigo, a vivir a mi lado, a conocer mis deseos, a participar de mis alegrías, de mis tristezas.

Ellas están obligadas a trabajar en mis intereses, sin perdonar esfuerzo ni sufrimiento.

Ellas, sabiendo que tantas almas me ofenden, deben reparar con sus oraciones, trabajos y penitencias.

Ellas, sobre todo, deben estrechar su unión conmigo y no dejarme solo. Esto no lo entienden muchas almas. Olvidan que a ellas corresponde hacerme compañía y consolarme.

Ellas han de formar una liga de amor que, reuniéndose en torno de mi Corazón, implore para las almas luz y perdón.

Y cuando, penetradas de dolor por las ofensas que recibo de todas partes, ellas, mis almas escogidas, me pidan perdón y se ofrezcan para reparar y para trabajar en mi Obra, que tengan entera confianza, pues no puedo resistir a sus súplicas y las despacharé del modo más favorable.

Que todas se apliquen a estudiar mi Corazón… Que profundicen mis sentimientos, que se esfuercen en vivir unidas a Mí, en hablarme… en consultarme. Que cubran sus acciones con mis méritos y con mi Sangre, empleando su vida en trabajar por la salvación de las almas y en acrecentar mi gloria.

Que no se empequeñezcan considerándose a sí mismas, sino que dilaten su corazón al verse revestidas del poder de mi Sangre y de mis méritos. Si trabajan solas, no podrán hacer gran cosa; mas si trabajan conmigo, a mi lado, en mi nombre y por mi gloria, entonces serán poderosas.

Que mis almas consagradas reanimen sus deseos de reparar y pedir con gran confianza que llegue el día del Divino Rey, el día de mi reinado universal.

Que no teman, que esperen en Mí, que confíen en Mí.

Que las devoren el celo y la caridad hacia los pecadores. Que les tengan compasión, que rueguen por ellos y los traten con dulzura.

Que publiquen en el mundo entero mi bondad, mi amor y mi misericordia.

Que en sus trabajos apostólicos se armen de oración, de penitencia y, sobre todo, de confianza, no en sus esfuerzos personales, sino en el poder y la bondad de mi Corazón que las acompaña.

En tu Nombre, Señor, obraré y sé que seré poderoso. Esta es la oración que hicieron mis Apóstoles, pobres e ignorantes, pero ricos y sabios, con la riqueza y sabiduría divinas.

Tres cosas pido a mis almas consagradas:

REPARACION, es decir; vida de unión con el Reparador Divino: trabajar por Él, con Él, en Él, en espíritu de reparación y en íntima unión a sus sentimientos y a sus deseos.

AMOR, o sea intimidad con Aquel que es todo amor y que se pone al nivel de sus criaturas para pedirles que no lo dejen solo y que le den su amor.

CONFIANZA, es decir; estar segura de Aquel que es bondad y misericordia… De Aquel con el cual vivo día y noche… que me conoce y que conozco… que me ama y que amo… que llama de un modo particular a sus almas escogidas para que, viviendo en Él y conociendo su Corazón, lo esperen todo de Él.

 

 

ORACIÓN POR LAS ALMAS

(Compuesta por el Sagrado Corazón de Jesús)

 

Padre eterno: que por amor a las almas has entregado a la muerte a tu Hijo Único, por su Sangre, por sus méritos y por su Corazón, ten piedad del mundo y perdona los pecados de los hombres.

Recibe la humilde reparación que te tributan tus almas consagradas. ¡Únelas a los méritos de tu Divino Hijo, para que sus actos sean todos de gran eficacia! ¡Oh Padre eterno!: ten piedad de las almas y no te olvides que aún no ha llegado el tiempo de la justicia sino el de la misericordia.

 

 

ORACIÓN AL CORAZÓN DE JESUS

(Compuesta por su Santísima Madre)

 

¡Oh dulcísimo y amadísimo Jesús mío! Si no fueses mi Salvador, no me atrevería a venir a Ti. Pero bien sé que eres mi Jesús, mi Salvador y mi Esposo, y tienes un Corazón que me ama con el amor más tierno y más ardiente cual ningún otro corazón es capaz de amarme.

¡Ah, duce Jesús mío! Yo deseo corresponder a ese amor que me tienes y quisiera tener para contigo, que eres mi único amor, todo el ardor de los serafines, toda la pureza de los ángeles y de las vírgenes y toda la santidad de los santos que te poseen y glorifican en el Cielo. Si tuviera todo esto, aun no sería bastante para alabar tu bondad y tu misericordia.

Mas, como no lo tengo, te presento mi pobre corazón, tal como es, con todas sus enfermedades, con todas sus miserias, y con todos sus buenos deseos. Tú lo purificarás con la Sangre de tu Corazón, lo transformarás y lo abrasarás en amor puro y ardiente, y así resultará que una pobre criatura como yo, incapaz de todo lo bueno y capaz de todo lo malo, te amará y te glorificará tanto como los más encendidos serafines.

En fin, dulcísimo Jesús mío, yo te pido que comuniques a mi alma la santidad de tu mismo Corazón o sea que la abismes en tu Corazón Divino, y que en Él te ame, te sirva, te glorifique y se pierda durante toda la eternidad.

Te pido esa misma gracia para todas las personas que quiero, y deseo que ellas te den la gloria y el honor que te he quitado cuando te he ofendido.

 

 

ORACIÓN PARA PURIFICAR NUESTRAS ACCIONES

Para decir con gran confianza y respeto cada noche

(Compuesta también por la Santísima Virgen)

 

Oh Jesús, Tú conocías mi miseria antes de fijar en mí tus ojos, y ella, lejos de hacértelos apartar, ha hecho que me ames con tanta ternura y delicadeza. Te pido perdón de lo mal que he correspondido hoy a tu amor, y te suplico me perdones y purifiques mis acciones en tu Sangre Divina.

Me pesa haberte ofendido porque eres infinitamente santo. Me arrepiento con toda mi alma y prometo hacer cuanto me sea posible para no caer más en las mismas faltas.

 

 

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARIA

(Compuesta por Nuestro Señor)

 

 

¡Oh Madre tierna y amante! ¡Virgen Purísima! ¡Madre de mi Redentor! Vengo a saludarte con el más filial amor de que es capaz el corazón de un (a) hijo (a).

Sí, Madre mía, soy hijo (a) tuyo (a), y como mi impotencia es grande, muy grande, me apropiaré de los ardores del Corazón de tu hijo Jesús y con Él te saludaré como a la más pura de las criaturas, formada según los deseos del Dios tres veces Santo.

Concebida sin mancha de pecado original, exenta de toda corrupción siempre fiel a todos los movimientos de la gracia, tu alma atesoró esos méritos que te han levantado sobre todas las criaturas.

Escogida para Madre de Jesucristo, lo has guardado como en un santuario purísimo, y el que venía a dar vida a las almas, la ha tomado de ti, y ha recibido de ti su sustento.

¡Oh, Virgen incomparable! ¡Virgen Inmaculada! ¡Delicias de la Trinidad Beatísima! ¡Admirada de los ángeles y de los santos! ¡Eres la alegría de los Cielos! Estrella de la mañana, rosal florido de la primavera, azucena blanquísima, lirio esbelto y gracioso, violeta perfumada, jardín cerrado y cultivado para delicia del Rey de los Cielos.

Eres mi Madre ¡Virgen prudentísima, arca preciosa donde se encierran todas las virtudes! Eres mi Madre, ¡Virgen poderosísima, Virgen clemente, Virgen fiel! Eres mi Madre ¡refugio de los pecadores! Te saludo y me regocijo al ver que el Todopoderoso te ha otorgado tales dones y te ha enriquecido con tantas prerrogativas.

Bendita y alabada seas, ¡Madre de mi Redentor! ¡Madre de los pobres pecadores! Ten piedad de nosotros y protégenos con tu maternal solicitud.

Yo te saludo en nombre de todos los hombres, de todos los santos y de todos los ángeles.

Deseo amarte con el amor y los ardores de los más encendidos serafines, y como aun esto es muy poco para saciar mis deseos, te saludo y te amo con tu Divino Hijo que es mi Redentor, mi Salvador, mi Padre y mi Esposo.

Te saludo con la santidad de la adorable Trinidad y con la pureza del Espíritu Santo, tu Esposo. Me regocijo y te bendigo con estas Divinas Personas y deseo tributarte eternamente un homenaje filial y puro.

¡Virgen incomparable! Bendíceme, ya que soy tu hijo (a).

Bendice a todos los hombres, protégelos y ruega por ellos al que es Todopoderoso y nada te puede negar.

Adiós, ¡tierna y querida Madre! Te saludo día y noche, en el tiempo y en la eternidad.

 

 

ORACIÓN AL ETERNO PADRE

(Compuesta por el mismo Jesús)

 

 

¡Oh Padre mío! ¡Oh Padre Celestial! Mira las llagas de tu Hijo y dígnate recibirlas para que las almas se abran a los toques de la gracia. Que los clavos que taladraron sus manos y sus pies traspasen los corazones endurecidos… que su Sangre los ablande y los mueva a hacer penitencia. Que el peso de la Cruz sobre los hombros de tu Divino Hijo mueva a las almas a descargar el peso de sus delitos en el tribunal de la penitencia.

Te ofrezco ¡oh Padre Celestial! la corona de espinas de tu amado Hijo. Por este dolor te pido que las almas se dejen traspasar por una sincera contrición.

Te ofrezco el desamparo que tu Hijo padeció en la Cruz… su ardiente sed y todos los demás tormentos de su agonía, a fin de que los pecadores encuentren paz y consuelo en el dolor de sus culpas.

En fin ¡oh Dios compasivo y lleno de misericordia! por aquella perseverancia con que Jesús, tu hijo, rogó por los mismos que lo crucificaban, te ruego y te suplico concedas a las almas un ardiente amor a Dios y al prójimo y la perseverancia en el bien.

Y así como los tormentos de tu Hijo terminaron con la eterna bienaventuranza, así los sufrimientos de los arrepentidos y penitentes sean también coronados eternamente con el premio de tu gloria.

 

 

SÚPLICA POR UN ALMA EN TENTACIÓN

(Compuesta por el Señor)

 

¡Oh Padre amadísimo, Dios infinitamente bueno!, ve aquí a tu Hijo Jesucristo que poniéndose entre tu justicia divina y los pecados de las almas, implora perdón.

¡Oh Dios de misericordia! apiádate de la debilidad humana, ilumina los espíritus oscurecidos para que no se dejen engañar y caigan en los más terribles pecados… Da fuerza a las almas para rechazar los peligros que les presenta el enemigo de su salvación y para que vuelvan a emprender con nuevo vigor el camino de la virtud.

¡Oh Padre Eterno! Mira los padecimientos que Jesucristo, tu Divino Hijo, sufrió durante la pasión. Velo delante de ti, presentándose como Víctima para obtener luz, fuerza, perdón y misericordia en favor de las almas.

Dios Santísimo, en cuya presencia ni los ángeles ni los santos son dignos de permanecer, perdona todos los pecados que se cometen por pensamiento y por deseo. ¡Recibe como expiación de estas ofensas la cabeza traspasada de espinas de tu Divino Hijo! ¡Recibe la Sangre purísima que de ella sale con tanta abundancia!… Purifica los espíritus manchados… ilumina los entendimientos oscurecidos, ¡y que esta Sangre divina sea su fuerza y su vida!

Recibe, ¡oh Padre Santísimo! los sufrimientos y los méritos de todas las almas que, unidos a los méritos y sufrimientos de Jesucristo, se ofrecen a Ti, con Él y por Él para que perdones al mundo.

¡Oh Dios de misericordia y amor! sé la fortaleza de los débiles, la luz de los ciegos y el amor de todas las almas.

¡Dios de amor! ¡Padre de bondad! Por los méritos, por los ruegos y sufrimientos de tu Hijo muy amado, da luz a esta alma para que llegue a rechazar el mal y abrace con decisión tu Voluntad Santísima. No permitas que sea causa de tanto daño para ella y para otras almas inocentes y puras.

 

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Letanías de la Pasión*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2012

 

Señor, ten piedad de nosotros. Jesucristo, ten piedad de nosotros.

Señor, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.

Jesucristo, óyenos. Jesucristo, escúchanos.

 

Dios, Padre celestial, ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.

Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.

Dios Santo, trino y uno, ten piedad de nosotros.

 

Jesús, Rey de la gloria, entrando en Jerusalén para consumar la obra de la redención, ten piedad de nosotros.

Jesús, postrado ante tu Padre en el Huerto de los Olivos, cubierto con los crímenes del mundo entero, ten piedad de nosotros.

Jesús, abrumado de tristeza, puesto en agonía y sumergido en un océano de dolores, ten piedad de nosotros.

Jesús, que sudaste sangre en abundancia por todos los po­ros de tu cuerpo, ten piedad de nosotros.

Jesús, entregado por un apóstol pérfido y vendido a vil precio como un esclavo, ten piedad de nosotros.

Jesús, arrastrado por las calles de Jerusalén y cargado de maldiciones,

Jesús, injustamente acusado y condenado, ten piedad de nosotros.

Jesús, saturado de oprobios, manchado de esputos, herido de bofetadas, ten piedad de nosotros.

Jesús, vestido con traje afrentoso y tratado de loco por la corte de Heredes, ten piedad de nosotros.

Jesús, azotado, desgarrado a golpes y bañado en la propia Sangre, ten piedad de nosotros.

Jesús, coronado de agudísimas espinas, ten piedad de nosotros.

Jesús, tratado como rey de farsa, ten piedad de nosotros.

Jesús, comparado con un criminal insigne a quien fuiste pospuesto, ten piedad de nosotros.

Jesús, entregado a Pilatos por el encono de tus enemi­gos, ten piedad de nosotros.

Jesús, agotado de dolores y desfalleciendo bajo el peso de la cruz, ten piedad de nosotros.

Jesús, puesto en cruz entre dos malhechores, ten piedad de nosotros.

Jesús, lleno de mansedumbre con los que te daban a beber hiel y vinagre, ten piedad de nosotros.

Jesús, que rezabas por los verdugos y los defendías ante tu Padre, ten piedad de nosotros.

Jesús, muerto en la cruz por amor nuestro, ten piedad de nosotros.

 

Senos propicio, perdónanos, Señor.

Senos propicio, escúchanos, Señor.

 

De todo pecado, líbranos, Señor.

De una mala muerte, líbranos, Señor.

De la condenación eterna, líbranos, Señor.

Por tu agonía y sudor de sangre, líbranos, Señor.

Por tu cruel flagelación, líbranos, Señor.

Por tu corona de espinas, líbranos, Señor.

Por tus cinco llagas, líbranos, Señor.

Por tu muerte, líbranos, Señor.

Por tu resurrección, líbranos, Señor.

En el día del juicio, líbranos, Señor.

 

Pecadores como somos, te rogamos que nos oigas.

Para que por tu Pasión aprendamos a conocer la enor­midad del pecado, por cuya causa has padecido, te rogamos que nos oigas.

Para que con la memoria de tus dolores y padeci­mientos soportemos con resignación las penas, las tribu­laciones, las enfermedades, te rogamos que nos oigas.

Para que de tu mano recibamos sin quejarnos humilla­ciones, desprecios, ofensas y persecuciones, te rogamos que nos oigas.

Para que a tu ejemplo soportemos los falsos testimo­nios y críticas injustas, te rogamos que nos oigas.

Para que, por la virtud de la santa Cruz triunfemos del demonio, del mundo y de la carne, te rogamos que nos oigas.

Para que pensemos con frecuencia, amor y agradecimiento en la Pasión, te rogamos que nos oigas.

Para que en la hora de la muerte nos fortalezcas por tu Pasión y muerte, te rogamos que nos oigas.

Para que por los méritos de tu cruz nos lleves a la gloria eterna, te rogamos que nos oigas.

 

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

 

Jesucristo, óyenos. Jesucristo, óyenos.

Jesucristo, escúchanos. Jesucristo, escúchanos.

 

–        Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

–        Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Señor, Jesús, que habiendo bajado del cielo, del seno del Padre, derramaste tu preciosa Sangre en remisión de nuestros pecados; humildemente te suplicamos que en el día del juicio estemos a tu derecha y merezcamos oír de tu boca estas palabras: “Venid, benditos de mi Padre”. Así sea.

 

 

 

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El Papa reflexiona sobre el sufrimiento de Cristo en Getsemaní*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2011


El cristiano debe evitar la “somnolencia” ante Dios y ante el dolor del mundo

De hecho, el sufrimiento de Cristo en el Huerto de los Olivos ocupó casi toda la catequesis sobre la pasión y muerte, enfocando todo el Triduo Santo desde un aspecto distinto a años anteriores, en los cuales explicaba cada una de las celebraciones.

El Papa subrayó la importancia, después de los Oficios del Jueves Santo y el Lavatorio de los Pies, de participar en la Adoración Eucarística, que precisamente hace memoria de este momento especialmente duro de la vida de Jesús.

Retirado a rezar, mientras esperaba la llegada del traidor Judas, Jesús, “consciente de su inminente muerte en la cruz”, siente “una gran angustia y la cercanía de la muerte”.

Este momento, afirmó el Papa, supone “un elemento de gran importancia para toda la Iglesia”.

“Jesús dice a los suyos: quedaos aquí y vigilad; y este llamamiento a la vigilancia se refiere de modo preciso a este momento de angustia, de amenaza, en el que llegará el traidor, pero concierne a toda la historia de la Iglesia”, explicó.

Esta exhortación de Cristo es “un mensaje permanente para todos los tiempos, porque la somnolencia de los discípulos no era solo el problema de aquel momento, sino que es el problema de toda la historia”.

Esta somnolencia, afirmó, “es una cierta insensibilidad del alma hacia el poder del mal, una insensibilidad hacia todo el mal del mundo. Nosotros no queremos dejarnos turbar demasiado por estas cosas, queremos olvidarlas: pensamos que quizás no será tan grave, y olvidamos”.

Y no es sólo, añadió, “la insensibilidad hacia el mal, mientras deberíamos velar para hacer el bien, para luchar por la fuerza del bien. Es insensibilidad hacia Dios: esta es nuestra verdadera somnolencia; esta insensibilidad hacia la presencia de Dios que nos hace insensibles también hacia el mal”.

Por ello, el Pontífice invitó a todos a no quedarse “en el camino de la comodidad”, sino que este momento de adoración nocturna del Jueves Santo sea “momento de hacernos reflexionar sobre la somnolencia de los discípulos, de los defensores de Jesús, de los apóstoles, de nosotros, que no vemos, no queremos ver toda la fuerza del mal, y que no queremos entrar en su pasión por el bien, por la presencia de Dios en el mundo, por el amor al prójimo y a Dios”.

La voluntad de Dios

Después, el Papa quiso detenerse sobre la oración de Jesús en Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya“.

Esta voluntad de Cristo, explicó el Papa, es que “no debería morir”, “que se le ahorre este cáliz del sufrimiento: es la voluntad humana, de la naturaleza humana, y Cristo siente, con toda la consciencia de su ser, la vida, el abismo de la muerte, el terror de la nada, esta amenaza del sufrimiento”.

Es más, apuntó, “Él más que nosotros”, siente “el abismo del mal. Siente, con la muerte, también todo el sufrimiento de la humanidad. Siente que todo esto es el cáliz que tiene que beber, que debe hacerse beber a sí mismo, aceptar el mal del mundo, todo lo que es terrible, la aversión contra Dios, todo el pecado”.

“Podemos comprender que Jesús, con su alma humana, estuviese aterrorizado ante esta realidad, que percibe en toda su crueldad: mi voluntad sería no beber el cáliz, pero mi voluntad está subordinada a tu voluntad, a la voluntad de Dios, a la voluntad del Padre, que es también la verdadera voluntad del Hijo”.

En el Huerto, Jesús transforma “esta voluntad natural suya en voluntad de Dios, en un “sí” a la voluntad de Dios”.

“El hombre de por sí está tentado de oponerse a la voluntad de Dios, de tener la intención de seguir su propia voluntad, de sentirse libre sólo si es autónomo; opone su propia autonomía contra la heteronomía de seguir la voluntad de Dios. Este es todo el drama de la humanidad”.

Pero la verdad, subrayó, es que “esta autonomía es errónea y este entrar en la voluntad de Dios no es una oposición a uno mismo, no es una esclavitud que violenta mi voluntad, sino que es entrar en la verdad y en el amor, en el bien”.

Jesús, afirmó el Papa, invita a todos a “entrar en este movimiento suyo: salir de nuestro “no” y entrar en el “sí” del Hijo. Mi voluntad existe, pero la decisiva es la voluntad del Padre, porque ésta es la verdad y el amor”.

Sumo Sacerdote

Por último, el Papa explicó cómo en Getsemaní, Jesús se convierte en el verdadero Sumo Sacerdote, prefigurado en el sacerdocio levítico.

La Carta a los Hebreos, afirmó, “nos dio una profunda interpretación de esta oración del Señor, de este drama del Getsemaní. Dice: estas lágrimas de Jesús, esta oración, estos gritos de Jesús, esta angustia, todo esto no es sencillamente una concesión a la debilidad de la carne, como podría decirse”.

“Precisamente así realiza la tarea del Sumo Sacerdote, porque el Sumo Sacerdote debe llevar al ser humano, con todos sus problemas y sufrimientos, a la altura de Dios”.

“En este drama del Getsemaní, donde parece que la fuerza de Dios ya no está presente, Jesús realiza la función del Sumo Sacerdote. Y dice además que en este acto de obediencia, es decir, de conformación de la voluntad natural humana a la voluntad de Dios, se perfecciona como sacerdote”.

El Papa llamó la atención sobre el “gran contraste entre Jesús, con su angustia, con su sufrimiento, en comparación con el gran filósofo Sócrates, que permanece pacífico, imperturbable ante la muerte”.

Esta muerte “parece esto lo ideal. Podemos admirar a este filósofo”, reconoció el Papa. Pero la misión de Jesús “no era esta total indiferencia y libertad; su misión era llevar en sí mismo todo el sufrimiento, todo el drama humano”.

Esta “humillación del Getsemaní es esencial para la misión” de Jesús, afirmó el Papa. “Él lleva consigo nuestro sufrimiento, nuestra pobreza, y la transforma según la voluntad de Dios. Y así abre las puertas del cielo, abre el cielo: esta cortina del Santísimo, que hasta ahora el hombre cerraba contra Dios, se abre por este sufrimiento y obediencia suyas”.

Por ello, el Papa invitó a los presentes a intentar “comprender el estado de ánimo con el que Jesús vivió el momento de la prueba extrema, para captar lo que orientaba su actuación”.

“El criterio que guió cada elección de Jesús durante toda su vida fue la firme voluntad de amar al Padre, de ser uno con el Padre, y de serle fiel; esta decisión de corresponder a su amor le impulsó a abrazar, en toda circunstancia, el proyecto del Padre”.

“Dispongámonos a acoger también nosotros en nuestra vida la voluntad de Dios, conscientes de que en la voluntad de Dios, aunque parece dura, en contraste con nuestras intenciones, se encuentra nuestro verdadero bien, el camino de la vida”, concluyó.

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‘Verdaderamente éste era Hijo de Dios’*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 22, 2011

En su Pasión —escribe san Pablo a Timoteo— Jesucristo “dio buen testimonio ante Poncio Pilato” (1 Tim 6,13). Nos preguntamos: ¿testimonio de qué? No de la verdad de su vida y de su causa. Muchos han muerto, y mueren aún hoy, por una causa equivocada, creyendo que es justa. La resurrección, esta sí que da testimonio de la verdad de Cristo: Dios lo “ha acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos”, dirá el Apóstol en el Areópago de Atenas (Hch 17, 31).

La muerte no da testimonio de la verdad, sino del amor de Cristo. Es más, ésta constituye la prueba suprema de Él: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Se podría objetar que hay un amor más grande que dar la vida por los propios amigos, y es dar la vida por los propios enemigos. Pero esto es precisamente lo que Jesús hizo: “En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores. Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5, 6-8). “Nos amó cuando éramos enemigos, para poder hacernos amigos”[1].

Una cierta “teología de la cruz” unilateral puede hacernos olvidar lo esencial. La cruz no es sólo el juicio de Dios sobre el mundo, confutación de su sabiduría y revelación de su pecado. No es el NO de Dios al mundo, sino su SÍ de amor: “La injusticia, el mal como realidad —escribe el Santo Padre en su último libro sobre Jesús— no puede ser simplemente ignorado, dejado estar. Debe ser eliminado, vencido. Esta es la verdadera misericordia. Y que ahora, dado que los hombres no son capaces, lo haga Dios mismo; esta es la bondad incondicional de Dios”[2].

¿Pero cómo tener el valor de hablar del amor de Dios, cuando tenemos ante los ojos tantas tragedias humanas? ¿No hay que hablar de ello? Pero quedarse del todo en silencio sería traicionar la fe e ignorar el sentido del misterio que estamos celebrando.

Hay una verdad que proclamar fuertemente el Viernes Santo. Aquel a quien contemplamos en la cruz es Dios en persona. Sí, es también el hombre Jesús de Nazaret, pero éste es una sola persona con el Hijo del eterno Padre. Hasta que no se reconozca y no se tome en serio el dogma de fe fundamental de los cristianos —el primero definido dogmáticamente en Nicea— que Jesucristo es el Hijo de Dios, es Dios mismo, de la misma sustancia que el Padre, el dolor humano quedará sin respuesta.

No se puede decir que “la pregunta de Job todavía permanece sin respuesta”, o que tampoco la fe cristiana tiene una respuesta que dar al dolor humano, si de entrada se rechaza la respuesta que ésta dice tener. ¿Cómo se hace para demostrar a alguien que una cierta bebida no contiene veneno? ¡Se bebe de ella antes que él, delante de él! Así ha hecho Dios con los hombres. Él bebió el cáliz amargo de la Pasión. No puede estar por tanto envenenado el dolor humano, no puede ser sólo negatividad, pérdida, absurdo, si Dios mismo ha decidido saborearlo. En el fondo del cáliz debe haber una perla.

El nombre de la perla lo conocemos: ¡Resurrección! “Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros” (Rm 8, 18), y también “Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó” (Ap 21,4).

Si la carrera por la vida terminara aquí abajo, habría de verdad que desesperarse pensando en los millones y quizás miles de millones de seres humanos que parten en desventaja, clavados por la pobreza y el subdesarrollo al punto de partida, mientras algunos pocos nadan en el lujo y no saben cómo gastar el dinero exagerado que ganan. Pero no es así. La muerte no sólo acaba con las diferencias, sino que les da la vuelta. “El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado, en la morada de los muertos, en medio de los tormentos” (cf. Lc 16, 22-23). No podemos aplicar de manera simplista este esquema a la realidad social, pero éste está allí para advertirnos de que la fe en la resurrección no deja a nadie en su vida tranquila. Nos recuerda que la máxima “vive y deja vivir” no debe nunca transformarse en la máxima “vive y deja morir”.

La respuesta de la cruz no es solo para nosotros los cristianos, es para todos, porque el Hijo de Dios murió por todos. Hay en el misterio de la Redención un aspecto objetivo y un aspecto subjetivo; está el hecho en sí mismo y la toma de conciencia y la respuesta de fe ante él. El primero se extiende más allá del segundo. “El Espíritu Santo —dice un texto del Vaticano II— de modo que solo Dios sabe, ofrece a cada hombre la posibilidad de ser asociado al misterio pascual” [3].

Una de las formas de asociarse al misterio pascual es precisamente el sufrimiento: “Sufrir —escribía Juan Pablo II después de su atentado y de la larga convalecencia que lo siguió— significa volverse particularmente susceptibles, particularmente sensibles a la obra de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo”[4]. El sufrimiento, todo sufrimiento, pero especialmente el de los inocentes, pone en contacto de modo misterioso, “que sólo Dios conoce”, con la cruz de Cristo.

¡Después de Jesús, quienes “dieron buen testimonio” y “bebieron el cáliz” son los mártires! Los relatos de su muerte se titulaban al principio “passio“, pasión, como el de los sufrimientos de Jesús que acabamos de escuchar. El mundo cristiano ha vuelto a ser visitado por la prueba del martirio que se creía acabada con la caída de los regímenes totalitarios ateos. No podemos pasar en silencio su testimonio. Los primeros cristianos honraban a sus mártires. Las actas de su martirio eran leídas y distribuidas entre las Iglesias con inmenso respeto. Precisamente, en un gran país de Asia, los cristianos han rezado y marchado en silencio por las calles de algunas ciudades para conjurar la amenaza que pende sobre ellos.

Hay algo que distingue las actas auténticas de los mártires de las legendarias, reconstruidas al terminar las persecuciones. En las primeras, no hay casi trazas de polémica contra los perseguidores; toda la atención se concentra en el heroísmo de los mártires, no en la perversidad de los jueces y de los verdugos. Incluso san Cipriano llegó hasta ordenar a los suyos dar veinticinco monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Son discípulos de aquel que murió diciendo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. En verdad, “la sangre de Jesús habla un lenguaje distinto respecto a la de Abel (cf. Hb 12, 24): no pide venganza y castigo, sino reconciliación” [5].

También el mundo se inclina ante los testigos modernos de la fe. ¿Cómo no permanecer admirados por las palabras escritas en su testamento por el político católico Shahbaz Bhatti, asesinado por su fe? Su testamento es también para nosotros, sus hermanos de fe, y sería ingratitud dejarlo caer pronto en el olvido.

“Se me han propuesto —escribía— altos cargos en el Gobierno, y se me ha pedido que abandone mi batalla, pero yo siempre me he negado, incluso a riesgo de mi propia vida. No quiero popularidad, no quiero posiciones de poder. Sólo quiero un lugar a los pies de Jesús. Quiero que mi vida, mi carácter, mis acciones hablen por mí y digan que estoy siguiendo a Jesucristo. Este deseo es tan fuerte en mí que me consideraría privilegiado si, en este esfuerzo mío y en esta batalla mía por ayudar a los necesitados, los pobres, los cristianos perseguidos de mi país, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir para Cristo y quiero morir por Él”.

Parece que volvamos a escuchar al mártir Ignacio de Antioquía, cuando venía a Roma a sufrir el martirio. El silencio de las víctimas no justifica, sin embargo, la indiferencia culpable del mundo ante su suerte. “El justo desaparece y a nadie le llama la atención; los hombres de bien son arrebatados, sin que nadie comprenda que el justo es arrebatado a consecuencia de la maldad” (Is 57, 1)!

Los mártires cristianos no están solos, lo hemos visto, en sufrir y morir a nuestro alrededor. ¿Qué podemos ofrecer a quien no cree, además de nuestra certeza de fe de que hay un rescate para el dolor? Podemos sufrir con el que sufre, llorar con el que llora (Rm 12, 15). Antes de anunciar la resurrección y la vida, ante el luto de las hermanas de Lázaro, Jesús “se echó a llorar” (Jn 11, 35).

La globalización tiene al menos este efecto positivo: el dolor de un pueblo se convierte en el dolor de todos, suscita la solidaridad de todos. Nos da ocasión de descubrir que somos una sola familia humana, unida en lo bueno y en lo malo. Nos ayuda a superar las barreras de raza, color y religión. Como dice el verso de un poeta italiano: “¡Hombres, paz! Sobre esta tierra de dolor demasiado grande es el misterio “[6].

Debemos sin embargo recoger también la enseñanza que hay en acontecimientos como este. Terremotos, huracanes y otras desgracias que afectan a la vez a culpables e inocentes nunca son un castigo de Dios. Decir lo contrario supone ofender a Dios y a los hombres. Pero son una advertencia: en este caso, la advertencia a no engañarnos con que la técnica y la ciencia bastarán para salvarnos. Si no sabemos imponernos límites, pueden convertirse, precisamente ellas, lo estamos viendo, en la amenaza más grave de todas.

Hubo un terremoto también en el momento de la muerte de Cristo: “El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ‘¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!'” (Mt 27, 54). Pero hubo otro aún más grande en el momento de su Resurrección: “De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella” (Mt 28, 2). Así será siempre. A cada terremoto de muerte sucederá un terremoto de resurrección y de vida. Alguien dijo: “Ahora solo un dios puede salvarnos”, “Nur noch ein Gott kann uns retten” [7]. Tenemos una garantía cierta de que lo hará porque “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16).

Preparémonos para cantar con renovada convicción y agradecimiento conmovido las palabras de la liturgia: “Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit: Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venite, adoremus: venid, adoradlo.

P. Raniero Cantalamessa, ofm cap.

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La paradoja de la vida

Posted by pablofranciscomaurino en enero 11, 2011

 

Los amigos de los ricos suelen no serlo de verdad: muchos están interesados en los beneficios económicos que pueden sacar de esa supuesta amistad. Lo mismo sucede con el poder y con la fama.

El dinero no es un don de Dios; es una prueba difícil de superar sin apegarse. Igualmente pasa con el poder y con la fama.

La belleza de una mujer es más un problema que un privilegio a la hora del amor: nunca sabrá si la quieren a ella o a su cuerpo; por el contrario, una mujer relativamente fea y pobre a la que le demuestran amor sabe que la aman verdaderamente. Eso mismo ocurre con las demás cualidades o beneficios que hemos recibido de Dios…

En la historia del rico y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31), Jesús explica otra paradoja: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos.»

Pero quizá la frase más impresionante de Jesucristo al respecto fue:

«El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que sacrifique su vida por causa mía, la hallará. ¿De qué le serviría a uno ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo? ¿Qué dará para rescatarse a sí mismo?» (Mt 16, 24b-26)

El que sacrifique su vida por la causa de Jesús, hallará la Vida (con mayúscula), es decir, la felicidad eterna. Y, ¿cuál es la causa de Jesús? La gloria de Dios Padre, la salvación de los hombres y repartir su amor por doquier. El que sacrifique su vida por estos tres ideales será eternamente feliz. ¿Estamos sacrificando realmente nuestra vida por esas tres misiones o tenemos el ideal de ganar el mundo entero, destruyéndonos a nosotros mismos? En ese caso, ¿qué vamos a dar para por nuestro rescate?

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Las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2010

De septem Verbis a Christo in cruce prolatis

Prefacio

Obsérvenme, ahora, por cuarto año, preparándome para la muerte. Habiéndome retirado de los negocios del mundo a un lugar de reposo, me entrego a la meditación de las Sagradas Escrituras, y a escribir los pensamientos que se me ocurren en mis meditaciones, para que si ya no puedo ser de uso por la palabra de boca, o la composición de voluminosas obras, pueda por lo menos ser útil a mis hermanos por medio de estos piadosos librillos. Mientras reflexionaba entonces sobre cuál sería el tema más elegible tanto para prepararme para la muerte como para asistir a otros a vivir bien, se me ocurrió la Muerte de Nuestro Señor, junto con el último sermón que el Redentor del mundo predicó desde la Cruz, como desde un elevado púlpito, a la raza humana. Este sermón consiste de siete cortas pero profundas sentencias, y en estas siete palabras está contenido todo lo que Nuestro Señor manifestó cuando dijo: “Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los Profetas escribieron sobre el Hijo del Hombre”[1]. Todo lo que los Profetas predijeron sobre Cristo puede ser reducido a cuatro títulos: sus sermones a la gente; su oración al Padre; los grandes tormentos que soportó; y las sublimes y admirables obras que realizó. Todo esto fue verificado de manera admirable en la Vida de Cristo, pues Nuestro Señor no podía ser más diligente al predicar al pueblo. Predicaba en el Templo, en las sinagogas, en los campos, en los desiertos, en las casas, más aún, predicaba incluso desde una embarcación a la gente que estaba en la orilla. Era su costumbre pasar noches en oración a Dios, pues así dice el Evangelista: “Y se pasó la noche en la oración de Dios”[2]. Sus admirables obras al expulsar demonios, curar enfermos, multiplicar panes, calmar tormentas, han de ser leídas en cada página de los Evangelios[3]. Aún así, fueron muchas las injurias que fueron acumuladas sobre Él, como respuesta al bien que había hecho. Consistían éstas no sólo en palabras insolentes, sino también en apedrearlo[4] y despeñarlo[5]. En una palabra, todas estas cosas verdaderamente se consumaron en la Cruz. Su prédica desde la Cruz fue tan poderosa que “toda la multitud se volvió golpeándose el pecho”[6], y no sólo los corazones de los hombres, sino incluso las rocas fueron quebrantadas en pedazos. Él oró en la Cruz, como dice el Apóstol, “con poderoso clamor y lágrimas”, siendo así “escuchado por su actitud reverente”[7]. Sufrió tanto en la Cruz, en comparación con lo que había sufrido el resto de su vida, que el sufrimiento parece pertenecer sólo a su Pasión. Finalmente, nunca obró mayores signos y prodigios que cuando estando en la Cruz parecía reducido a la más grande debilidad y flaqueza. Entonces no sólo manifestó signos del cielo, los cuales los judíos habían pedido hasta el fastidio, sino que un poco después manifestó el más grande de todos los signos.

Pues luego de estar muerto y enterrado, se levantó de entre los muertos por su propia fuerza, llamando a su Cuerpo a la vida, incluso a una vida inmortal. Verdaderamente entonces podremos decir que en la Cruz se consumó todo lo que estaba escrito por los Profetas en relación al Hijo del Hombre.

Pero antes de empezar a escribir sobre las palabras que Nuestro Señor manifestó desde la Cruz, parece apropiado que deba decir algo de la Cruz misma, que fue el Púlpito del Predicador, altar del Sacerdote Víctima, campo del Combatiente, el taller del que obra maravillas. Los antiguos estaban de acuerdo al decir que la Cruz estaba hecha de tres trozos de madera: uno vertical, a lo largo del cual era puesto el cuerpo del crucificado; uno horizontal, al que estaban sujetas las manos; y el tercero estaba unido a la parte baja de la cruz, sobre el cual descansaban los pies del acusado, pero sujetos por medio de clavos para impedir su movimiento. Los antiguos Padres de la Iglesia concuerdan con esta opinión, como San Justino[8] y San Ireneo[9]. Estos autores, más aún, indican claramente que cada pie descansaba en la tabla, y no que un pie estaba puesto encima del otro. Por tanto, se sigue que Cristo fue clavado a la Cruz con cuatro clavos, y no tres, como muchos imaginan, quienes en las pinturas representan a Cristo, Nuestro Señor, clavado a la Cruz con un pie sobre el otro. Gregorio de Tours[10], claramente dice lo contrario, y confirma su opinión apelando a antiguos grabados. Yo, por mi parte, he visto en la Librería Real en París algunos manuscritos muy antiguos de los Evangelios, los cuales contenían muchos grabados de Cristo Crucificado y todos lo representaban con cuatro clavos.

San Agustín[11] y San Gregorio de Niza[12] dicen que el madero vertical de la Cruz se proyectaba un poco del madero vertical. Parecería que el Apóstol insinúa lo mismo, pues en su Carta a los Efesios, San Pablo escribe: “que podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad”[13]. Eso es claramente una descripción de la figura de la Cruz, que tenía cuatro extremos: anchura en la parte horizontal, longitud en la parte vertical, altura en aquella parte de la Cruz que sobresalía y se proyectaba de la parte horizontal, y profundidad en la parte que estaba enterrada en la tierra. Nuestro Señor no soportó los tormentos de la Cruz por casualidad, o contra su voluntad, pues Él había escogido este tipo de muerte desde toda la eternidad, como enseña San Agustín[14] por el testimonio del Apóstol: “Jesús de Nazaret, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por manos de los impíos”[15]. Y así Cristo, desde el principio de su prédica, dijo a Nicodemo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna”[16]. Muchas veces habló a sus Apóstoles sobre su Cruz, alentándolos a imitarlo a Él: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”[17].

Sólo Nuestro Señor sabe la razón que lo indujo a escoger este tipo de muerte. Los santos Padres, sin embargo, han pensado en algunas razones místicas, y las han dejado para nosotros en sus escritos. San Ireneo, en su trabajo al que nos hemos ya referido, dice que las palabras “Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos” fueron escritas sobre aquella parte de la Cruz donde ambos brazos se encuentran, para darnos a entender que las dos naciones, Judíos y Gentiles, que hasta aquel tiempo se habían rechazado una a la otra, fueron luego unidas en un solo cuerpo bajo una sola Cabeza: Cristo. San Gregorio de Niza, en su sermón sobre la Resurrección, dice que la parte de la Cruz que miraba hacia el cielo manifiesta que el cielo ha de ser abierto por la Cruz como por una llave; que la parte que estaba enterrada en la tierra manifiesta que el infierno fue despojado por Cristo cuando Él descendió ahí; y que los dos brazos de la Cruz que se estiraban hacia el este y el oeste manifiestan la regeneración del mundo entero por la Sangre de Cristo. San Jerónimo, en la Epístola a los Efesios, San Agustín[18], en su Epístola a Honorato, San Bernardo, en el quinto libro de su obra “Sobre la Consideración”, enseñan que el misterio principal de la Cruz fue levemente tocado por el Apóstol en las palabras “cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad”[19]. El significado primario de estas palabras apunta a los atributos de Dios, la altura significa su poder, la profundidad su sabiduría, la anchura su bondad, la longitud su eternidad. Hacen referencia también a las virtudes de Cristo en su Pasión: la anchura su caridad, la longitud su paciencia, la altura su obediencia, la profundidad su humildad. Significan, más aún, las virtudes que son necesarias para aquellos que son salvados a través de Cristo. La profundidad de la Cruz significa la fe, la altura la esperanza, la anchura la caridad, la longitud la perseverancia. De esto sacamos que sólo la caridad, la reina de las virtudes, encuentra un sitio en cualquier lugar, en Dios, en Cristo, y en nosotros. De las otras virtudes, algunas son propias a Dios, otras a Cristo, y otras a nosotros. En consecuencia, no es maravilloso que en sus últimas palabras desde la Cruz, que ahora vamos a explicar, Cristo diese el primer lugar a palabras de caridad.

Empezaremos por tanto explicando las primeras tres palabras que fueron dichas por Cristo a la hora sexta, antes que el sol fuera oscurecido y las tinieblas cubrieran la tierra. Consideraremos luego este eclipse del sol, y finalmente llegaremos a la explicación de todas las demás palabras de Nuestro Señor, que fueron dichas alrededor de la hora nona[20], cuando la oscuridad estaba desapareciendo y la Muerte de Cristo estaba a la mano.

Libro I

CAPÍTULO I

Explicación literal de la primera Palabra:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

Cristo Jesús, el Verbo del Padre Eterno, de quien el mismo Padre había dicho “Escuchadle”[21], quien había dicho de sí mismo “Porque uno solo es vuestro Maestro”[22], para realizar la tarea que había asumido, nunca dejó de instruirnos. No solamente durante su vida, sino incluso en los brazos de la muerte, desde el púlpito de la Cruz, nos predicó pocas palabras, pero ardientes de amor, de suma utilidad y eficacia, y en todo sentido dignas de ser grabadas en el corazón de todo cristiano, para ser ahí preservadas, meditadas, y realizadas literalmente y en obra. Su primera palabra es ésta: “Y dijo Jesús: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[23]. Plegaria que, aun siendo nueva y nunca antes escuchada, quiso el Espíritu Santo que sea predicha por el Profeta Isaías en estas palabras: “e intercedió por los transgresores”[24]. Y las peticiones de Nuestro Señor en la Cruz prueban cuán verdaderamente habló el Apóstol San Pablo cuando dijo: “la Caridad no busca su provecho”[25], pues de las siete palabras que habló nuestro Redentor, tres fueron por el bien de los demás, tres por su propio bien, y una fue común tanto para Él como para nosotros. Su atención, sin embargo, fue primero para los demás. Pensó en sí mismo al final.

De las tres primeras palabras que Él habló, la primera fue para sus enemigos, la segunda para sus amigos, y la tercera para sus parientes. Ahora bien, la razón por la cual oró, entonces, es que la primera demanda de la caridad es socorrer a aquellos que están necesitados, y aquellos que estaban más necesitados de socorro espiritual eran sus enemigos, y lo que nosotros, discípulos de tan gran Maestro, necesitamos más es amar a nuestros enemigos, virtud que sabemos muy difícil de obtener y que raramente encontramos, mientras que el amor a nuestros amigos y parientes es fácil y natural, crece con los años y muchas veces predomina más de lo que debería. Por lo cual escribió el Evangelista “Y dijo Jesús”[26]: donde la palabra “y” manifiesta el tiempo y la ocasión de esta oración por sus enemigos, y pone en contraste las palabras del Sufriente y las palabras de los verdugos, sus obras y las obras de ellos, como si el Evangelista quisiera explicarse mejor de esta manera: estaban crucificando al Señor, y en su misma presencia estaban repartiendo su túnica entre ellos, se burlaban y lo difamaban como embustero y mentiroso, mientras que Él, viendo lo que estaban haciendo, escuchando lo que estaban diciendo, y sufriendo los más agudos dolores en sus manos y pies, devolvió bien por mal, y oró: “Padre, perdónalos”.

Lo llama “Padre”, no Dios o Señor, porque quiso que Él ejerciese la benignidad del Padre y no la severidad de un Juez, y como quiso Él evitar la cólera de Dios, que sabía provocada por los enormes crímenes, usa el tierno nombre de Padre. La palabra Padre parece contener en sí misma este pedido: Yo, Tu Hijo, en medio de todos mis tormentos, los he perdonado. Haz tú lo mismo, Padre Mío, extiende tu perdón a ellos. Aunque no lo merecen, perdónalos por Mí, Tu Hijo. Acuérdate también que eres su Padre, pues los has creado, haciéndolos a tu imagen y semejanza. Muéstrales por tanto un amor de Padre, pues aunque son malos, son sin embargo hijos tuyos.

“Perdona”. Esta palabra contiene la petición principal que el Hijo de Dios, como abogado de sus enemigos, hace a su Padre. La palabra “perdona” puede referirse tanto al castigo debido al crimen como al crimen mismo. Si está referido al castigo debido al crimen, fue entonces la oración escuchada: pues ya que este pecado de los judíos demandaba que su perpetradores sientan instantánea y merecidamente la ira de Dios, siendo consumidos por fuego del cielo o ahogados en un segundo diluvio, o exterminados por el hambre y la espada, aun así, la aplicación de este castigo fue pospuesta por cuarenta años, período durante el cual, si el pueblo judío hubiese hecho penitencia, hubiesen sido salvados y su ciudad preservada, pero puesto que no hicieron penitencia, Dios mandó contra ellos al ejército romano que, durante el reino de Vespasiano, destruyó sus metrópolis, y parte de hambruna durante el sitio, y parte por la espada durante el saqueo de la ciudad, mató a una gran multitud de sus habitantes, mientras que los sobrevivientes eran vendidos como esclavos y dispersados por el mundo.

Todas estas desgracias fueron predichas por Nuestro Señor en las parábolas del viñador que contrató obreros para su viña, del rey que hizo una boda para su hijo, de la higuera estéril, y más claramente, cuando lloró por la ciudad el Domingo de Ramos. La oración de Nuestro Señor fue también escuchada si es que hacía referencia al crimen de los judíos, pues obtuvo para muchos la gracia de la compunción y la reforma de la vida. Hubieron algunos que “volvieron golpeándose el pecho”[27]. Estuvo el centurión que dijo “verdaderamente éste era el Hijo de Dios”[28]. Y hubo muchos que unas semanas después se convirtieron por la prédica de los Apóstoles, y confesaron a Aquel que habían negado, adoraron a Aquel que habían despreciado. Pero la razón por la cual la gracia de la conversión no fue otorgada a todos es que la voluntad de Cristo se conforma a la sabiduría y la voluntad de Dios, que San Lucas manifiesta cuando nos dice en los Hechos de los Apóstoles: “Y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna”[29].

“[Perdona]Los”. Esta palabra es aplicada a todos por cuyo perdón Cristo oró. En primer lugar es aplicada a aquellos que realmente clavaron a Cristo en la Cruz, y jugaron a la suerte sus vestiduras. Puede ser también extendida a todos los que fueron causa de la Pasión de Nuestro Señor: a Pilato que pronunció la sentencia; a las personas que gritaron “crucifícalo, crucifícalo”[30]; a los sumos sacerdotes y escribas que falsamente lo acusaron, y, para ir más lejos, al primer hombre y a toda su descendencia que por sus pecados ocasionaron la muerte de Cristo. Y así, desde su Cruz, Nuestro Señor oró por el perdón de todos sus enemigos. Cada uno, sin embargo, se reconocerá a sí mismo entre los enemigos de Cristo, de acuerdo a las palabras del Apóstol: “Cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”[31]. Por tanto, nuestro Sumo Sacerdote, Cristo, hizo una conmemoración para todos nosotros, incluso antes de nuestro nacimiento, en aquel sacratísimo “Memento”, si puedo así decirlo, que Él hizo en el primer Sacrificio de la Misa que celebró en el altar de la Cruz. ¿Qué retribución, oh alma mía, harás al Señor por todo lo que ha hecho por ti, aún antes de que seas? Nuestro amado Señor vio que tú también algún día estarías en las filas con sus enemigos, y aunque no lo pediste, ni lo buscaste, Él oró por ti a su Padre, para que no cargue sobre ti la falta cometida por ignorancia. ¿No te importa por tanto tener en cuenta a tan dulce Patrón, y hacer todo esfuerzo por servirle fielmente en todo? ¿No es justo que con tal ejemplo delante tuyo aprendas no sólo a perdonar a tus enemigos con facilidad, y orar por ellos, sino incluso a atraer a cuantos puedas para hacer lo mismo? Es justo, y esto deseo y tengo el propósito de hacer, con la condición de que Aquel que me ha dado tan brillante ejemplo me dé también en su bondad la ayuda suficiente para realizar tan grande obra.

Pues no saben lo que hacen. Para que su oración sea razonable, Cristo se disminuye, o más aún da la excusa que pueda por los pecados de sus enemigos. Él ciertamente no podía excusar la injusticia de Pilato, o la crueldad de los soldados, o la ingratitud de la gente, o el falso testimonio de aquellos que perjuraron. Entonces no quedó para Él más que excusar su falta alegando ignorancia. Pues con verdad el Apóstol observa: “pues de haberla conocido, no hubieran crucificado al Señor de la Gloria”[32]. Ni Pilato, ni los sumos sacerdotes, ni el pueblo sabían que Cristo era el Señor de la Gloria. Aun así, Pilato lo sabía un hombre justo y santo, que había sido entregado por la envidia de los sumos sacerdotes, y los sumos sacerdotes sabían que Él era el Cristo prometido, como enseña Santo Tomás, porque no podían –ni lo hicieron– negar que había obrado muchos de los milagros que los profetas habían predicho que el Mesías obraría. En fin, la gente sabía que Cristo había sido condenado injustamente, pues Pilato públicamente les había dicho: “No encuentro en este hombre culpa alguna”[33], e “Inocente soy de la sangre de este hombre justo”[34].

Pero aunque los judíos, tanto el pueblo como los sacerdotes, no sabían el hecho de que Cristo era Señor de la Gloria, aun así, no habrían permanecido en este estado de ignorancia si su malicia no los hubiera cegado. De acuerdo a las palabras de San Juan: “Aunque había realizado tan grandes señales delante de ellos, no creían en Él, porque había dicho Isaías: Ha cegado sus ojos, ha endurecido su corazón, para que no vean con los ojos, ni comprendan con su corazón, ni se conviertan, ni yo los sane”[35]. La ceguera no es excusa para un hombre ciego, porque es voluntaria, acompañando, no precediendo, el mal que hace. De la misma manera, aquellos que pecan en la malicia de sus corazones siempre pueden alegar ignorancia, lo que no es sin embargo una excusa para su pecado pues no lo precede sino que lo acompaña. Por lo que el Hombre Sabio dice: “Yerran los que obran iniquidad”[36]. El filósofo de igual modo proclama con verdad que todo el que hace mal es ignorante de lo que hace, y por consiguiente se puede decir de los pecadores en general: “No saben lo que hacen”. Pues nadie puede desear aquello que es malo en base a su maldad, porque la voluntad del hombre no tiende hacia el mal tanto como hacia el bien, sino sólo a lo que es bueno, y por esta razón aquellos que eligen lo que es malo lo hacen porque el objeto les es presentado bajo apariencia de bien, y así puede entonces ser elegido. Esto es resultado del desasosiego de la parte inferior del alma que ciega la razón y la hace incapaz de distinguir nada sino lo que es bueno en el objeto que busca. Así, el hombre que comete adulterio o es culpable de robo realiza estos crímenes porque mira sólo el placer o la ganancia que puede obtener, y no lo haría si sus pasiones no lo cegaran hasta lo la vergonzosa infamia de lo primero y la injusticia de lo segundo. Por tanto, un pecador es similar a un hombre que desea lanzarse a un río desde un lugar elevado. Primero cierra sus ojos y luego se lanza de cabeza, así aquel que hace un acto de maldad odia la luz, y obra bajo una voluntaria ignorancia que no lo exculpa, porque es voluntaria. Pero si una voluntaria ignorancia no exculpa al pecador, ¿por qué entonces Nuestro Señor oró: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”? A esto respondo que la interpretación más directa a ser hecha de las palabras de Nuestro Señor es que fueron dichas para sus verdugos, que probablemente ignoraban completamente no sólo la Divinidad del Señor, sino incluso su inocencia, y simplemente realizaron la labor del verdugo. Para aquellos, por tanto, dijo en verdad el Señor: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Una vez más, si la oración de Nuestro Señor ha de ser interpretada como aplicable a nosotros mismos, que no habíamos aún nacido, o a aquella multitud de pecadores que eran sus contemporáneos, pero que no tenían conocimiento de lo que estaba sucediendo en Jerusalén, entonces dijo con mucha verdad el Señor: “No saben lo que hacen”. Finalmente, si Él se dirigió al Padre en nombre de todos los que estaban presentes, y sabían que Cristo era el Mesías y un hombre inocente, entonces debemos confesar la caridad de Cristo que es tal que desea paliar lo más posible el pecado de sus enemigos. Si la ignorancia no puede justificar una falta, puede sin embargo servir como excusa parcial, y el deicidio de los judíos habría tenido un carácter más atroz de haber conocido la naturaleza de su Víctima. Aunque Nuestro Señor era consciente de que esto no era una excusa sino más bien una sombra de excusa, la presentó con insistencia, en realidad, para mostrarnos cuánta bondad siente hacia el pecador, y con cuánto deseo hubiese Él usado una mejor defensa, incluso para Caifás y Pilato, si una mejor y más razonable apología se hubiese presentado.

CAPÍTULO II

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Habiendo dado el significado literal de la primera palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz, nuestra próxima tarea será esforzarnos por recoger algunos de sus frutos más preferibles y ventajosos. Lo que más nos impacta en la primera parte del sermón de Cristo en la Cruz es su ardiente caridad, que arde con fulgor más brillante que el que podamos conocer o imaginar, de acuerdo a lo que escribió San Pablo a los Efesios: “Y conocer la caridad de Cristo que excede todo conocimiento”[37]. Pues en este pasaje el Apóstol nos informa por el misterio de la Cruz cómo la caridad de Cristo sobrepasa nuestro entendimiento, ya que se extiende más allá de la capacidad de nuestro limitado intelecto. Pues cuando sufrimos cualquier dolor fuerte, como por ejemplo un dolor de dientes, o un dolor de cabeza, o un dolor en los ojos, o en cualquier otro miembro de nuestro cuerpo, nuestra mente está tan atada a esto como para ser incapaz de cualquier esfuerzo. Entonces no estamos de humor ni para recibir a nuestros amigos ni para continuar con el trabajo. Pero cuando Cristo fue clavado en la Cruz, usó su diadema de espinas, como está claramente manifestado en las escrituras de los antiguos Padres; por Tertuliano entre los Padres Latinos, en su libro contra los judíos, y por Orígenes, entre los Padres griegos, en su obra sobre San Mateo; y por tanto se sigue que Él no podía ni mover su cabeza hacia atrás ni moverla de lado a lado sin dolor adicional. Toscos clavos ataban sus manos y pies, y por la manera en que desgarraban su carne, ocasionaban un doloroso y largo tormento. Su cuerpo estaba desnudo, desgastado por el cruel flagelo y los trajines del ir y venir, expuesto ignominiosamente a la vista de los vulgares, agrandando por su peso las heridas en sus pies y manos, en una bárbara y continua agonía. Todas estas cosas combinadas fueron origen de mucho sufrimiento, como si fueran otras tantas cruces. Sin embargo, oh caridad, verdaderamente sobrepasando nuestro entendimiento, Él no pensó en sus tormentos, como si no estuviera sufriendo, sino que solícito sólo para la salvación de sus enemigos, y deseando cubrir la pena de sus crímenes, clamó fuertemente a su Padre: “Padre, perdónalos”. ¿Qué hubiese hecho Él si estos infelices fuesen las víctimas de una persecución injusta, o hubiesen sido sus amigos, sus parientes, o sus hijos, y no sus enemigos, sus traidores y parricidas? Verdaderamente, ¡Oh benignísimo Jesús! Tu caridad sobrepasa nuestro entendimiento. Observo tu corazón en medio de tal tormenta de injurias y sufrimientos, como una roca en medio del océano que permanece inmutable y pacífica, aunque el oleaje se estrelle furiosamente contra ella. Pues ves que tus enemigos no están satisfechos con infligir heridas mortales sobre Tu cuerpo, sino que deben burlarse de tu paciencia, y aullar triunfalmente con el maltrato. Los miras, digo yo, no como un enemigo que mide a su adversario, sino como un Padre que trata a sus errantes hijos, como un doctor que escucha los desvaríos de un paciente que delira. Por lo que Tú no estás molesto con ellos, sino los compadeces, y los confías al cuidado de Tu Padre Todopoderoso, para que Él los cure y los haga enteros. Este es el efecto de la verdadera caridad, estar en buenos términos con todos los hombres, considerando a ninguno como tu enemigo, y viviendo pacíficamente con aquellos que odian la paz.

Esto es lo que es cantado en el Cántico del amor sobre la virtud de la perfecta caridad: “Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo”[38]. Las grandes aguas son los muchos sufrimientos que nuestras miserias espirituales, como tormentas del infierno, cargan sobre Cristo a través de los judíos y los Gentiles, quienes representaban las pasiones oscuras de nuestro corazón. Aún así, esta inundación de aguas, es decir de dolores, no puede extinguir el fuego de la caridad que ardió en el pecho de Cristo. Por eso, la caridad de Cristo fue más grande que este desborde de grandes aguas, y resplandeció brillantemente en su oración: “Padre, perdónalos”. Y no sólo fueron estas grandes aguas incapaces de extinguir la caridad de Cristo, sino que ni siquiera luego de años pudieron las tormentas de la persecución sobrepasar la caridad de los miembros de Cristo. Así, la caridad de Cristo, que poseyó el corazón de San Esteban, no podía ser aplastada por las piedras con las cuales fue martirizado. Estaba viva entonces, y él oró: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”[39]. En fin, la perfecta e invencible caridad de Cristo que ha sido propagada en los corazones de mártires y confesores, ha combatido tan tercamente los ataques de perseguidores, visibles e invisibles, que puede decirse con verdad incluso hasta el fin del mundo, que un mar de sufrimiento no podrá extinguir la llama de la caridad.

Pero de la consideración de la Humanidad de Cristo ascendamos a la consideración de Su Divinidad. Grande fue la caridad de Cristo como hombre hacia sus verdugos, pero mayor fue la caridad de Cristo como Dios, y del Padre, y del Espíritu Santo, en el día último, hacia toda la humanidad, que había sido culpable de actos de enemistad hacia su Creador, y, de haber sido capaces, lo hubiesen expulsado del cielo, clavado a una cruz, y asesinado. ¿Quién puede concebir la caridad que Dios tiene hacia tan ingratas y malvadas criaturas? Dios no guardó a los ángeles cuando pecaron, ni les dio tiempo para arrepentirse, sin embargo con frecuencia soporta pacientemente al hombre pecador, a blasfemos, y a aquellos que se enrolan bajo el estandarte del demonio, Su enemigo, y no sólo los soporta, sino que también los alimenta y cría, incluso hasta los alienta y sostiene, pues “en Él vivimos, nos movemos y existimos”[40], como dice el Apóstol. Ni tampoco preserva solo al justo y bueno, sino igualmente al hombre ingrato y malvado, como Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de San Lucas. Ni tampoco nuestro Buen Señor meramente alimenta y cría, alienta y sostiene a sus enemigos, sino que frecuentemente acumula sus favores sobre ellos, dándoles talentos, haciéndolos honorables, y los eleva a tronos temporales, mientras que Él aguarda pacientemente su regreso de la senda de la iniquidad y perdición.

Y para sobrepasar varias de las características de la caridad que Dios siente hacia los hombres malvados, los enemigos de su Divina Majestad, cada uno de los cuales requeriría un volumen si tratáramos singularmente con cada uno, nos limitaremos ahora a aquella singular bondad de Cristo de la que estamos tratando. ¿“Pues amó Dios tanto al mundo que dio su único hijo”?[41]. El mundo es el enemigo de Dios, pues “el mundo entero yace en poder del maligno”[42], como nos dice San Juan. Y “si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”[43], como vuelve a decir en otro lugar. Santiago escribe: “Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios” y “la amistad con el mundo es enemistad con Dios”[44]. Dios, por tanto, al amar este mundo, muestra su amor a su enemigo con la intención de hacerlo amigo suyo. Para este propósito ha enviado a su Hijo, “Príncipe de la Paz”[45], para que por medio suyo el mundo pueda ser reconciliado con Dios. Por eso al nacer Cristo los ángeles cantaron: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz”[46]. Así ha amado Dios al mundo, su enemigo, y ha tomado el primer paso hacia la paz, dando a su Hijo, quien puede traer la reconciliación sufriendo la pena debida a su enemigo. El mundo no recibió a Cristo, incrementó su culpa, se rebeló frente al único Mediador, y Dios inspiró a este Mediador devolver bien por mal orando por sus perseguidores. Oró y “fue escuchado por su reverencia”[47]. Dios esperó pacientemente qué progreso harían los Apóstoles por su prédica en la conversión del mundo. Aquellos que hicieron penitencia recibieron el perdón. Aquellos que no se arrepintieron luego de tan paciente tolerancia fueron exterminados por el juicio final de Dios. Por tanto, de esta primera palabra de Cristo aprendemos en verdad que la caridad de Dios Padre, que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna”[48], sobrepasa todo conocimiento.

CAPÍTULO III

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Si los hombres aprendiesen a perdonar las injurias que reciben sin murmurar, y así forzar a sus enemigos a convertirse en sus amigos, aprenderíamos una segunda y muy saludable lección al meditar la primera palabra. El ejemplo de Cristo y la Santísima Trinidad han de ser un poderoso argumento para persuadirnos en esto. Pues si Cristo perdonó y oró por sus verdugos, ¿qué razón puede ser alegada para que un cristiano no actúe de igual modo con sus enemigos? Si Dios, nuestro Creador, el Señor y Juez de todos los hombres, quien tiene en su poder el tomar venganza inmediata sobre el pecador, espera su regreso al arrepentimiento, y lo invita a la paz y la reconciliación con la promesa de perdonar sus traiciones a la Divina Majestad, ¿por qué una creatura no podría imitar esta conducta, especialmente si recordamos que el perdón de una ofensa obtiene una gran recompensa? Leemos en la historia de San Engelberto, Arzobispo de Colonia, asesinado por algunos enemigos que lo estaban esperando, que en el momento de su muerte oró por ellos con las palabras de Nuestro Señor, “Padre, perdónalos”, y fue revelado que esta acción fue tan agradable a Dios, que su alma fue llevada al cielo por manos de los ángeles, y puesta en medio del coro de los mártires, donde recibió la corona y la palma del martirio, y su tumba fue hecha famosa por el obrar de muchos milagros.

Oh, si los cristianos aprendiesen cuán fácilmente pueden, si quieren, adquirir tesoros inagotables, y obtener notables grados de honor y gloria al ganar el señorío sobre las varias agitaciones de sus almas, y despreciando magnánimamente los pequeños y triviales insultos, ciertamente no serían tan duros de corazón y obstinadamente en contra del indulto y el perdón. Argumentan que actuarían en contra de la naturaleza si se permitiesen ser injustamente rechazados con desprecio o ultrajados de obra o palabra. Si los animales salvajes, que meramente siguen el instinto natural, atacan salvajemente a sus enemigos en el momento que los ven, matándolos con sus garras o dientes, así nosotros, a la vista de nuestro enemigo, sentimos que nuestra sangre empieza a hervir, y nuestro deseo de venganza aflora. Tal razonamiento es falso. No hace la distinción entre la defensa propia, que es válida, y el espíritu de venganza, que es inválido.

Nadie puede hallar falta en un hombre que se defiende por una causa justa, y la naturaleza nos enseña rechazar la fuerza con la fuerza, pero no nos enseña a tomar venganza nosotros mismos por una injuria que hayamos recibido.

Nadie nos impide tomar las precauciones necesarias para prepararnos para un ataque, pero la ley de Dios nos prohíbe ser vengativos. El castigar una injusticia pertenece no al individuo privado, sino al magistrado público, y porque Dios es el Rey de reyes, por eso Él clama y dice: “Mía es la venganza, yo daré el pago merecido”[49].

En cuanto al argumento de que un animal es arrastrado por su propia naturaleza para atacar al animal que es enemigo de su especie, respondo que esto es el resultado de ser animales irracionales, que no pueden distinguir entre la naturaleza y lo que es vicioso en la naturaleza. Pero los hombres, dotados de razón, han de trazar una línea entre la naturaleza o la persona que ha sido creada por Dios y es buena, y el vicio o el pecado que es malo y no procede de Dios. De la misma manera, cuando un hombre ha sido insultado, él ha de amar a la persona de su enemigo y odiar el insulto, y debe más aún compadecerse de él que molestarse con él, así como un doctor ama a sus pacientes y prescribe para ellos con el necesario cuidado, pero odia la enfermedad y lucha con todos los recursos a sus disposición para alejarla, destruirla y hacerla inofensiva. Y esto es lo que el Maestro y Doctor de nuestras almas, Cristo nuestro Señor, enseña cuando dice: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a aquellos que os odian, y rogad por los que os persiguen y calumnian”[50]. Cristo nuestro Maestro no es como los Escribas y Fariseos que se sentaban en la silla de Moisés y enseñaban, pero no llevaban su enseñanza a la práctica. Cuando ascendió al púlpito de la Cruz, Él practicó lo que enseñó, al orar por los enemigos que amaba: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Ahora, la razón por la que la vista de un enemigo hace que en algunas personas la sangre hierva en las mismas venas es esta: que son animales que no han aprendido a tener las mociones de la parte inferior del alma, común tanto a la raza humana como a la creación salvaje, bajo el dominio de la razón, mientras que los hombres espirituales no son sujetos a estos movimientos de la carne, pero saben cómo mantenerlas controlados, no se molestan con aquellos que los han injuriado, sino que, por el contrario, se compadecen, y al mostrarles actos de bondad se esfuerzan por llevarlos a la paz y unidad.

Se objeta que esto es una prueba demasiado difícil y severa para hombres de noble nacimiento, que han de ser diligentes por su honor. No es así sin embargo. La tarea es fácil, pues, como atestigua el Evangelista; “el yugo” de Cristo, que ha dado esta ley para la guía de sus seguidores, “es suave, y su carga ligera”[51]; y sus “mandamientos no son pesados”[52], como afirma San Juan. Y si parecen difíciles y severos, parecen así por el poco o nada amor que tenemos por Dios, pues nada es difícil para aquel que ama, de acuerdo a lo dicho por el Apóstol: “la caridad es paciente, es servicial, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”[53]. Ni es Cristo el único que ha amado a sus enemigos, aunque en la perfección con la que practicó la virtud ha sobrepasado a todos los demás, pues al Santo Patriarca José amó con amor especial a sus hermanos que lo habían vendido a la esclavitud. Y en la Sagrada Escritura leemos cómo David con mucha paciencia sobrellevó las persecuciones de su enemigo Saúl, quien por largo tiempo buscó su muerte, y cuando estuvo en las manos de David quitarle la vida a Saúl, no lo mató. Y bajo la ley de la gracia el protomártir, San Esteban, imitó el ejemplo de Cristo al hacer esta oración mientras era apedreado a muerte: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”[54]. Y Santiago Apóstol, Obispo de Jerusalén, que fue arrojado de cabeza desde la cornisa del Templo, clamó al cielo en el momento de su muerte: “Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y San Pablo escribe de sí mismo y de sus compañeros apóstoles: “Nos insultan y bendecimos, nos persiguen y lo soportamos, nos difaman y respondemos con bondad”[55]. En fin, muchos mártires e innumerables otros, luego del ejemplo de Cristo, no han encontrado ninguna dificultad en cumplir este mandamiento. Pero pueden haber algunos que continuaran argumentando: no niego que debemos perdonar a nuestros enemigos, pero escogeré el tiempo que desee para hacerlo, cuando en realidad haya casi olvidado la injusticia que me ha sido hecha, y me haya calmado luego de haber pasado el primer arrebato de indignación. Pero cuáles serán los pensamientos de estas personas si durante este tiempo fuesen llamado a dar su cuenta final, y fuesen encontrados sin el traje de la caridad, y fuesen preguntados: “¿Cómo has entrado aquí sin traje de boda?”[56]. No estarían acaso aturdidos de asombro mientras Nuestro Señor pronuncia la sentencia sobre ellos: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”[57]. Actúa mejor con prudencia ahora, e imita la conducta de Cristo, quien oró a su Padre “Padre, perdónalos” en el momento cuando era objeto de sus burlas, cuando la sangre le chorreaba gota a gota de sus manos y pies, y su cuerpo entero era presa de dolorosas torturas. El es el verdadero y único Maestro, a cuya voz todos deben escuchar quienes no serán guiados al error: a Él se refirió el Padre Eterno cuando una voz fue escuchada del cielo diciendo: “Escuchadle”[58]. En Él están “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” de Dios[59]. Si pudieras preguntar la opinión de Salomón en cualquier punto, podrías con seguridad haber seguido su consejo, pero “aquí hay algo más que Salomón”[60].

Aún sigo escuchando más objeciones. Si decidimos devolver bien por mal, la bondad por el insulto, una bendición por una maldición, los malvados se harán insolentes, los canallas se harán más aplomados, los justo serán oprimidos, y la virtud será pisoteada bajo sus pies. Este resultado no se dará, pues a menudo, como dice el Hombre Sabio, “Una respuesta suave calma el furor”[61]. Además, la paciencia de un hombre justo no pocas veces llena de admiración a su opresor, y lo persuade de ofrecer la mano de la amistad. Más aún, olvidamos que el Estado nombra magistrados, reyes y príncipes, cuyo deber es hacer que los malvados sientan la severidad de la ley, y proveer medios para que los hombres honestos vivan una vida tranquila y pacífica. Y si en algunos casos la justicia humana es tardía, la Providencia de Dios, que nunca permite que un acto malévolo pase sin castigo o un acto bueno sin recompensa, está continuamente observándonos, y está cuidando de una manera imprevista que las ocurrencias con las cuales los malvados creen que los aplastarán, conducirá a la exaltación y el honor de los virtuosos. Por lo menos así lo dice San León: “Has estado furioso, oh perseguidor de la Iglesia de Dios, has estado furioso con el mártir, y has aumentado su gloria al incrementar su dolor. Pues ¿qué ha ideado tu ingenuidad que se haya vuelto para su honor, cuando incluso los mismo instrumentos de su tortura han sido tomados en triunfo?”. Lo mismo debe ser dicho de todos los mártires, así como los santos de la antigua ley. ¿Pues qué trajo más renombre y gloria al patriarca José que la persecución de sus hermanos? El haberlo vendido por envidia a los ismaelitas fue la ocasión de que se convirtiera en señor de todo Egipto y príncipe de todos sus hermanos.

Pero omitiendo estas consideraciones, pasaremos revista a los muchos y grandes inconveniencias que sufren aquellos hombres que, para escapar meramente de una sombra de deshonra frente a los hombres, están obstinadamente determinados a tomar su venganza sobre aquellos que les han hecho cualquier mal. En primer lugar, hacen la parte de tontos al preferir un mayor mal que uno menor. Pues es un principio aceptado en todo lugar, y declarado a nosotros por el Apóstol en estas palabras: “no hagamos el mal para que venga el bien”[62]. Se sigue que en consecuencia un mayor mal no ha de ser cometido para poder obtener alguna compensación por uno menor. Aquel que recibe la injuria recibe lo que es llamado el mal de la injuria: aquel que se venga de una injuria es culpable de lo que es llamado el mal del crimen. Ahora bien, sin duda, la desgracia de cometer un crimen es mayor que la desgracia de tener que soportar la injuria, pues aunque la ofensa puede hacer a un hombre miserable, no necesariamente lo hace malo. Un crimen, sin embargo, lo hace tanto miserable y malvado. La injuria priva al hombre del bien temporal, un crimen lo priva tanto del bien temporal y eterno. Así, un hombre que remedia el mal de una injuria cometiendo un crimen es como un hombre que se corta una parte de sus pies para que le entren un par de zapatos más pequeños, lo cual sería un completo acto de locura. Nadie es culpable de tal insensatez en sus preocupaciones temporales, pero sin embargo hay algunos hombres tan ciegos a sus intereses reales que no temen ofender mortalmente a Dios para poder escapar aquello que tiene la apariencia de desgracia, y mantienen un honorable semblante a los ojos de los hombres. Pues ellos caen bajo el desagrado y la ira de Dios, y a menos que se corrijan a tiempo y hagan penitencia, tendrán que soportar la desgracia y el tormento eternos, y perderán el interminable honor de ser ciudadanos del cielo. Añádase a esto que realizan un acto de lo más agradable para el diablo y sus ángeles, que urgen a este hombre a hacer una cosa injusta a aquel hombre con el propósito de sembrar la discordia y la enemistad en el mundo. Y cada uno debe reflexionar con calma cuán desgraciado es agradar al enemigo más fiero de la raza humana, y desagradar a Cristo. Además, ocasionalmente sucede que el hombre injuriado que anhela venganza hiere mortalmente a su enemigo y lo mata, por lo que es ignominiosamente ejecutado por asesinato, y toda su propiedad es confiscada por el Estado, o por lo menos es forzado al exilio, y tanto él como su familia viven una miserable existencia. Así es como el diablo juega y se burla de aquellos que escogen aprisionarse con las ataduras del falso honor, más que hacerse siervos y amigos de Cristo, el mejor de los Reyes, y ser reconocidos como herederos del reino más vasto y más durable. Por lo tanto, puesto que el hombre insensato, a pesar del mandamiento de Cristo, se niega a reconciliarse con sus enemigos, se expone al desastre total, todos los que son sabios escucharán la doctrina que Cristo, el Señor de todo, nos ha enseñado en el Evangelio con sus palabras, y en la Cruz con sus obras.

CAPÍTULO IV

Explicación literal de la segunda Palabra:

“Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”

La segunda palabra o la segunda frase pronunciada por Cristo en la Cruz fue, según el testimonio de San Lucas, la magnífica promesa que hizo al ladrón que pendía de una Cruz a su lado. La promesa fue hecha en las siguientes circunstancias. Dos ladrones habían sido crucificados junto con el Señor, uno a su mano derecha, el otro a su izquierda, y uno de ellos sumó a sus crímenes del pasado el pecado de blasfemar a Cristo y burlarse de Él por su carencia de poder para salvarlos, diciendo: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!”[63]. De hecho, San Mateo y San Marcos acusan a ambos ladrones de este pecado, pero es lo más probable que los dos Evangelistas usen el plural para referirse al número singular, según se hace frecuentemente en las Sagradas Escrituras, como observa San Agustín en su trabajo sobre la Armonía de los Evangelios. Así San Pablo, en su Epístola a los Hebreos, dice de los Profetas: “cerraron la boca a los leones… apedreados…, aserrados…; anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de cabras”[64]. Sin embargo hubo un solo Profeta, Daniel, que cerró la boca a los leones; hubo un solo Profeta, Jeremías, que fue apedreado; hubo un sólo Profeta, Isaías, que fue aserrado. Más aún, ni San Mateo ni San Marcos son tan explícitos con respecto a este punto como San Lucas, que dice de manera muy clara, “Uno de los malhechores colgados le insultaba”[65]. Ahora bien, incluso concediendo que los dos vituperaron al Señor, no hay razón para que el mismo hombre no lo haya maldecido en un momento, y en otro haya proclamado sus alabanzas.

Sin embargo, la opinión de los que mantienen que uno de los ladrones blasfemadores se convirtió por la oración del Señor, “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, contradice manifiestamente la narración evangélica. Pues San Lucas dice que el ladrón recién empezó a blasfemar a Cristo luego de que Él hiciera esta oración; por ello nos vemos conducidos a adoptar la opinión de San Agustín y de San Ambrosio, que dicen que sólo uno de los ladrones lo vituperó, mientras el otro lo glorificó y defendió; y según esta narración el buen ladrón increpó al blasfemador: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?”[66]. El ladrón fue feliz por su solidaridad con Cristo en la Cruz. Los rayos de la luz Divina que empezaban a penetrar la oscuridad de su alma, lo llevaron a increpar al compañero de su maldad y a convertirlo a una vida mejor; y este es el sentido pleno de su increpación: “Tú, pues, quieres imitar la blasfemia de los judíos, que no han aprendido aún a temer los juicios de Dios, sino que se ufanan de la victoria que creen haber alcanzado al clavar a Cristo a una cruz. Se consideran libres y seguros y no tienen aprensión alguna del castigo. ¿Pero acaso tú, que estás siendo crucificado por tus enormidades, no temes la justicia vengadora de Dios? ¿Por qué añades tú pecado a pecado?”. Luego, procediendo de virtud a virtud, y ayudado por la creciente gracia de Dios, confiesa sus pecados y proclama que Cristo es inocente. “Y nosotros” dice, somos condenados “con razón” a la muerte de cruz, “porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”[67]. Finalmente, creciendo aún la luz de la gracia en su alma, añade: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”[68]. Fue admirable, pues, la gracia del Espíritu Santo que fue derramada en el corazón del buen ladrón. El Apóstol Pedro negó a su Maestro, el ladrón lo confesó, cuando Él estaba clavado en su Cruz. Los discípulos yendo a Emaús dijeron, “Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel”[69]. El ladrón pide con confianza, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. El Apóstol Santo Tomás declara que no creerá en la Resurrección hasta que haya visto a Cristo; el ladrón, contemplando a Cristo a quien vio sujeto a un patíbulo, nunca duda de que Él será Rey después de su muerte.

¿Quién ha instruido al ladrón en misterios tan profundos? Llama Señor a ese hombre a quien percibe desnudo, herido, en desgracia, insultado, despreciado, y pendiendo en una Cruz a su lado: dice que después de su muerte Él vendrá a su reino. De lo cual podemos aprender que el ladrón no se figuró el reino de Cristo como temporal, como lo imaginaron ser los judíos, sino que después de su muerte Él sería Rey para siempre en el cielo. ¿Quién ha sido su instructor en secretos tan sagrados y sublimes? Nadie, por cierto, a menos que sea el Espíritu de Verdad, que lo esperaba con Sus más dulces bendiciones. Cristo, luego de su Resurrección dijo a Sus Apóstoles: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”[70]. Pero el ladrón milagrosamente previó esto, y confesó que Cristo era Rey en el momento en que no lo rodeaba ninguna semblanza de realeza. Los reyes reinan durante su vida, y cuando cesan de vivir cesan de reinar; el ladrón, sin embargo, proclama en alta voz que Cristo, por medio de su muerte heredaría un reino, que es lo que el Señor significa en la parábola: “Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse”[71]. Nuestro Señor dijo estas palabras un tiempo corto antes de su Pasión para mostrarnos que mediante su muerte Él iría a un país lejano, es decir a otra vida; o en otras palabras, que Él iría al cielo que está muy alejado de la tierra, para recibir un reino grande y eterno, pero que Él volvería en el último día, y recompensaría a cada hombre de acuerdo a su conducta en esta vida, ya sea con premio o con castigo. Con respecto a este reino, por lo tanto, que Cristo recibiría inmediatamente después de su muerte, el ladrón dijo sabiamente: “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. Pero puede preguntarse, ¿no era Cristo nuestro Señor Rey antes de su muerte? Sin lugar a dudas lo era, y por eso los Magos inquirían continuamente: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?”[72]. Y Cristo mismo dijo a Pilato: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”[73]. Pero Él era Rey en este mundo como un viajero entre extraños, por eso no fue reconocido como Rey sino por unos cuantos, y fue despreciado y mal recibido por la mayoría. Y así, en la parábola que acabamos de citar, dijo que Él iría “a un país lejano, para recibir la investidura real”. No dijo que Él la adquiriría por parte de otro, sino que la recibiría como Suya propia, y volvería, y el ladrón observó sabiamente, “cuando vengas con tu Reino”. El reino de Cristo no es sinónimo en este pasaje de poder o soberanía real, porque lo ejerció desde el comienzo de acuerdo a estos versículos de los salmos: “Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo”[74]. “Dominará de mar a mar, desde el Río hasta los confines de la tierra”[75]. E Isaías dice, “Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro”[76]. Y Jeremías, “Suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra”[77]. Y Zacarías, “¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna”[78]. Por eso en la parábola de la recepción del reino, Cristo no se refería a un poder soberano, ni tampoco el buen ladrón en su petición, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”, sino que ambos hablaron de esa dicha perfecta que libera al hombre de la servidumbre y de la angustia de los asuntos temporales, y lo somete solamente a Dios, Al cual servir es reinar, y por el cual ha sido puesto por encima de todas Sus obras. De este reino de dicha inefable del alma, Cristo gozó desde el momento de su concepción, pero la dicha del cuerpo, que era Suya por derecho, no la gozó actualmente hasta después de su Resurrección. Pues mientras fue un forastero en este valle de lágrimas, estaba sometido a fatigas, a hambre y sed, a lesiones, a heridas, y a la muerte. Pero como su Cuerpo siempre debió ser glorioso, por eso inmediatamente después de la muerte Él entró en el gozo de la gloria que le pertenecía: y en estos términos se refirió a ello después de su Resurrección: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Esta gloria que Él llama Suya propia, pues está en su poder hacer a otros partícipes de ella, y por esta razón Él es llamado el “Rey de la gloria”[79] y “Señor de la gloria”[80], y “Rey de Reyes”[81] y Él mismo dice a Sus Apóstoles, “yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros”[82]. Él, en verdad, puede recibir gloria y un reino, pero nosotros no podemos conferir ni el uno ni el otro, y estamos invitados a entrar “en el gozo de tu señor”[83] y no en nuestro propio gozo. Este entonces es el reino del cual habló el buen ladrón cuando dijo, “Cuando vengas con tu Reino”.

Pero no debemos pasar por alto las muchas excelentes virtudes que se manifiestan en la oración del santo ladrón. Una breve revista de ellas nos preparará para la respuesta de Cristo a la petición; “Señor, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. En primer lugar lo llama Señor, para mostrar que se considera a sí mismo como un siervo, o más bien como un esclavo redimido, y reconoce que Cristo es su Redentor. Luego añade un pedido sencillo, pero lleno de fe, esperanza, amor, devoción, y humildad: “Acuérdate de mí”. No dice: Acuérdate de mí si puedes, pues cree firmemente que Cristo puede hacer todo. No dice: Por favor, Señor, acuérdate de mí, pues tiene plena confianza en su caridad y compasión. No dice: Deseo, Señor, reinar contigo en tu reino, pues su humildad se lo prohibía. En fin, no pide ningún favor especial, sino que reza simplemente: “Acuérdate de mí”, como si dijera: Todo lo que deseo, Señor, es que Tú te dignes recordarme, y vuelvas tus benignos ojos sobre mí, pues yo sé que eres todopoderoso y que sabes todo, y pongo mi entera confianza en tu bondad y amor. Es claro por las palabras conclusivas de su oración, “Cuando vengas con tu Reino”, que no busca nada perecible y vano, sino que aspira a algo eterno y sublime.

Daremos oído ahora a la respuesta de Cristo: “Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La palabra “Amén” era usada por Cristo cada vez que quería hacer un anuncio solemne y serio a Sus seguidores. San Agustín no ha dudado en afirmar que esta palabra era, en boca de nuestro Señor, una suerte de juramento. No podía por cierto ser un juramento, de acuerdo a las palabras de Cristo: “Pues yo digo que no juréis en modo alguno… Sea vuestro lenguaje: “Sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de aquí viene del Maligno”[84]. No podemos, por lo tanto, concluir que nuestro Señor realizara un juramento cada vez que usó la palabra Amén. Amén era un término frecuente en sus labios, y algunas veces no sólo precedía sus afirmaciones con Amén, sino con Amén, amén. Así pues la observación de San Agustín de que la palabra Amén no es un juramento, sino una suerte de juramento, es perfectamente justa, porque el sentido de la palabra es verdaderamente: en verdad, y cuando Cristo dice: Verdaderamente os digo, cree seriamente lo que dice, y en consecuencia la expresión tiene casi la misma fuerza que un juramento. Con gran razón, por ello, se dirigió al ladrón diciendo: “Amén, yo te aseguro”, esto es, yo te aseguro del modo más solemne que puedo sin hacer un juramento; pues el ladrón podría haberse negado por tres razones a dar crédito a la promesa de Cristo si Él no la hubiera aseverado solemnemente. En primer lugar, pudiera haberse negado a creer por razón de su indignidad de ser el receptor de un premio tan grande, de un favor tan alto. ¿Pues quién habría podido imaginar que el ladrón sería transferido de pronto de una cruz a un reino? En segundo lugar podría haberse negado a creer por razón de la persona que hizo la promesa, viendo que Él estaba en ese momento reducido al extremo de la pobreza, debilidad e infortunio, y el ladrón podría por ello haberse argumentado: Si este hombre no puede durante su vida hacer un favor a Sus amigos, ¿cómo va a ser capaz de asistirlos después de su muerte? Por último, podría haberse negado a creer por razón de la promesa misma. Cristo prometió el Paraíso. Ahora bien, los judíos interpretaban la palabra Paraíso en referencia al cuerpo y no al alma, pues siempre la usaban en el sentido de un Paraíso terrestre. Si nuestro Señor hubiera querido decir: Este día tú estarás conmigo en un lugar de reposo con Abraham, Isaac, y Jacob, el ladrón podría haberle creído con facilidad; pero como no quiso decir esto, por eso precedió su promesa con esta garantía: “Amén, yo te aseguro”.

“Hoy”. No dice: Te pondré a Mi Mano Derecha en medio de los justos en el Día del Juicio. Ni dice: Te llevaré a un lugar de descanso luego de algunos años de sufrir en el Purgatorio. Ni tampoco: Te consolaré dentro de algunos meses o días, sino este mismo día, antes que el sol se ponga, pasarás conmigo del patíbulo de la cruz a las delicias del Paraíso. Maravillosa es la liberalidad de Cristo, maravillosa también es la buena fortuna del pecador. San Agustín, en su trabajo sobre el Origen del Alma, considera con San Cipriano que el ladrón puede ser considerado un mártir, y que su alma fue directamente al cielo sin pasar por el Purgatorio. El buen ladrón puede ser llamado mártir porque confesó públicamente a Cristo cuando ni siquiera los Apóstoles se atrevieron a decir una palabra a su favor, y por razón de esta confesión espontánea, la muerte que sufrió en compañía de Cristo mereció un premió tan grande ante Dios como si la hubiera sufrido por el nombre de Cristo. Si nuestro Señor no hubiera hecho otra promesa que: “Hoy estarás conmigo”, esto sólo hubiera sido una bendición inefable para el ladrón, pues San Agustín escribe: “¿Dónde puede haber algo malo con Él, y sin Él dónde puede haber algo bueno?”. En verdad Cristo no hizo una promesa trivial a los que lo siguen cuando dijo: “Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor”[85]. Al ladrón, sin embargo, le prometió no sólo su compañía, sino también el Paraíso.

Aunque algunas personas han discutido acerca del sentido de la palabra Paraíso en este texto, no parece haber fundamento para la discusión. Pues es seguro, porque es un artículo de fe, que en el mismo día de su muerte el Cuerpo de Cristo fue colocado en el sepulcro, y su Alma descendió al Limbo, y es igualmente cierto que la palabra Paraíso, ya sea que hablemos del Paraíso celeste o terrestre, no se puede aplicar ni al sepulcro ni al Limbo. No puede aplicarse al sepulcro, pues era un lugar muy triste, la primera morada de los cadáveres, y Cristo fue el único enterrado en el sepulcro: el ladrón fue enterrado en otro lugar. Más aún, las palabras, “estarás conmigo” no se hubieran cumplido, si Cristo hubiera hablado meramente del sepulcro. Tampoco se puede aplicar la palabra Paraíso al Limbo. Pues Paraíso es un jardín de delicias, e incluso en el paraíso terrenal había flores y frutas, aguas límpidas y una deliciosa suavidad en el aire. En el Paraíso celestial había delicias sin fin, gloria interminable, y los lugares de los bienaventurados. Pero en el Limbo, donde las almas de los justos estaban detenidas, no había luz, ni alegría, ni placer; no por cierto que estas almas estuviesen sufriendo, pues la esperanza de la redención y la perspectiva de ver a Cristo era sujeto de consuelo y gozo para ellos, pero se mantenían como cautivos en prisión. Y en este sentido el Apóstol, explicando a los profetas, dice: “Subiendo a la altura, llevó cautivos”[86]. Y Zacarías dice: “En cuanto a ti, por la sangre de tu alianza, yo soltaré a tus cautivos de la fosa en la que no hay agua”[87], donde las palabras “tus cautivos” y “la fosa en la que no hay agua” apuntan evidentemente no a lo delicioso del Paraíso sino a la oscuridad de una prisión. Por eso, en la promesa de Cristo, la palabra Paraíso no podía significar otra cosa que la bienaventuranza del alma, que consiste en la visión de Dios, y esta es verdaderamente un paraíso de delicias, no un paraíso corpóreo o local, sino uno espiritual y celestial. Por esta razón, al pedido del ladrón, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”, el Señor no replicó “hoy estarás conmigo” en Mi reino, sino “Estarás conmigo en el Paraíso”, porque en ese día Cristo no entró en su reino, y no entró en él hasta el día de su Resurrección, cuando su Cuerpo se volvió inmortal, impasible, glorioso, y ya no era pasible de servidumbre o sujeción alguna. Y no tendrá al buen ladrón como compañero suyo en su reino hasta la resurrección de todos los hombres en el último día. Sin embargo, con gran verdad y propiedad, le dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, pues en este mismo día comunicaría tanto al alma del buen ladrón como a las almas de los santos en el Limbo esa gloria de la visión de Dios que Él había recibido en su concepción; pues ésta es verdadera gloria y felicidad esencial; éste es el gozo supremo del Paraíso celeste. Debe admirarse también mucho la elección de las palabras utilizadas por Cristo en esta ocasión. No dijo: Hoy estaremos en el Paraíso, sino: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”, como si quisiera explicarse más extensamente, de la siguiente manera: Este día tú estás conmigo en la Cruz, pero tú no estás conmigo en el Paraíso en el cual estoy con respecto a la parte superior de Mi Alma. Pero en poco tiempo, incluso hoy, tú estarás conmigo, no sólo liberado de los brazos de la cruz, sino abrazado en el seno del Paraíso.

CAPÍTULO V

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Podemos recoger algunos frutos escogidos de la segunda palabra dicha desde la Cruz. El primer fruto es la consideración de la inmensa misericordia y liberalidad de Cristo, y qué cosa buena y útil es servirlo. Los muchos dolores que Él estaba sufriendo podrían haber sido alegados como excusa por nuestro Señor para no escuchar la petición del ladrón, pero en su caridad prefirió olvidar Sus propios graves dolores a no escuchar la oración de un pobre pecador penitente. Este mismo Señor no contestó una palabra a las maldiciones y reproches de los sacerdotes y soldados, pero ante el clamor de un pecador confesándose, su caridad le prohibió permanecer en silencio. Cuando es injuriado no abre su boca, porque Él es paciente; cuando un pecador confiesa su culpa, habla, porque Él es benigno. ¿Pero qué hemos de decir de su liberalidad? Aquellos que sirven a amos temporales obtienen con frecuencia una magra recompensa por muchas labores. Incluso en este día vemos a no pocos que han gastado los mejores años de su vida al servicio de príncipes, y se retiran a edad avanzada con un magro salario. Pero Cristo es un Príncipe verdaderamente liberal, un Amo verdaderamente magnánimo. No recibe servicio alguno de manos del buen ladrón, excepto algunas palabras bondadosas y el deseo cordial de asistirlo, y ¡contemplad con qué gran premio le devuelve! En este mismo día todos los pecados que había cometido durante su vida son perdonados; es puesto al mismo nivel con los príncipes de su pueblo, a saber, con los patriarcas y los profetas; y finalmente Cristo lo eleva a la solidaridad de su mesa, de su dignidad, de su gloria, y de todos Sus bienes. “Hoy”, dice, “estarás conmigo en el Paraíso”. Y lo que Dios dice, lo hace. Tampoco difiere esta recompensa a algún día distante, sino que en este mismo día derrama en su seno “una medida buena, apretada, remecida, rebosante”[88].

El ladrón no es el único que ha experimentado la liberalidad de Cristo. Los apóstoles, que dejaron o bien una barca, o bien un despacho de impuestos, o bien un hogar para servir a Cristo, fueron hechos por Él “príncipes sobre toda la tierra”[89] y los diablos, serpientes, y toda clase de enfermedades les fueron sometidos. Si algún hombre ha dado alimento o vestido a los pobres como limosna en el nombre de Cristo, escuchará estas palabras consoladoras en el Día del Juicio: “Tuve hambre, y me disteis de comer… estaba desnudo, y me vestisteis”[90], recibid, por lo tanto, y poseed mi Reino eterno. En fin, para no detenernos en muchas otras promesas de recompensas, ¿podría hombre alguno creer la casi increíble liberalidad de Cristo, si no hubiera sido Dios Mismo Quien prometió que “todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”[91]? San Jerónimo y los otros santos Doctores interpretan el texto arriba citado de esta manera. Si un hombre, por el amor de Cristo, abandona cualquier cosa en esta vida presente, recibirá una recompensa doble, junto con una vida de valor incomparablemente mayor que la pequeñez que ha dejado por Cristo. En primer lugar, recibirá un gozo espiritual o un don espiritual en esta vida, cien veces más precioso que la cosa temporal que despreció por Cristo; y un hombre espiritual escogería más bien mantener este don que cambiarlo por cien casas o campos, u otras cosas semejantes. En segundo lugar, como si Dios Todopoderoso considerase esta recompensa como de pequeño o ningún valor, el feliz mercader que negocia bienes terrenos por celestiales recibirá en el próximo mundo la vida eterna, en la cual palabra está contenido un océano de todo lo bueno.

Tal, pues, es la manera en que Cristo, el gran Rey, muestra su liberalidad a aquellos que se dan a su servicio sin reservas. ¿No son acaso necios aquellos hombres que, dejando de lado la bandera de Monarca como este, desean hacerse esclavos de Mamón, de la gula, de la lujuria? Pero aquellos que no saben qué cosas Cristo considera ser verdaderas riquezas, podrían decir que estas promesas son meras palabras, pues muchas veces hallamos que Sus amigos queridos son pobres, escuálidos, abyectos y sufridos, y por el otro lado, nunca vemos esta recompensa centuplicada que se proclama como tan verdaderamente magnífica. Así es: el hombre carnal nunca verá el ciento por uno que Cristo ha prometido, porque no tiene ojos con los cuales pueda verlo; ni participará jamás en ese gozo sólido que engendra una pura conciencia y un verdadero amor de Dios. Aduciré, sin embargo, un ejemplo para mostrar que incluso un hombre carnal puede apreciar los deleites espirituales y las riquezas espirituales. Leemos en un libro de ejemplos acerca de los hombres ilustres de la Orden Cisterciense, que un cierto hombre noble y rico, llamado Arnulfo, dejó toda su fortuna y se convirtió en monje Cisterciense, bajo la autoridad de San Bernardo. Dios probó la virtud de este hombre mediante los amargos dolores de muchos tipos de sufrimientos, particularmente hacia el final de su vida; y en una ocasión, cuando estaba sufriendo más agudamente que de costumbre, clamó con voz fuerte: “Todo lo que has dicho, Oh Señor Jesús, es verdad”. Al preguntarle los que estaban presentes, cuál era la razón de su exclamación, replicó:

“El Señor, en su Evangelio, dice que aquellos que dejan sus riquezas y todas las cosas por Él, recibirán el ciento por uno en esta vida, y después la vida eterna. Yo entiendo largamente la fuerza y gravedad de esta promesa, y yo reconozco que ahora estoy recibiendo el ciento por uno por todo lo que dejé. Verdaderamente, la gran amargura de este dolor me es tan placentera por la esperanza de la Divina misericordia que se me extenderá a causa de mis sufrimientos, que no consentiría ser liberado de mis dolores por cien veces el valor de la materia mundana que dejé. Porque, verdaderamente, la alegría espiritual que se centra en la esperanza de lo que vendrá, sobrepasa cien veces toda la alegría mundana, que brota del presente”. El lector, al ponderar estas palabras, podrá juzgar qué tan grande estima ha de tenerse por la virtud venida del cielo de la esperanza cierta de la felicidad eterna.

CAPÍTULO VI

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

El conocimiento del poder de la Divina gracia y de la debilidad de la voluntad humana, es el segundo fruto a ser recogido de la consideración de la segunda palabra, y este conocimiento equivale a decir que nuestra mejor política es poner toda nuestra confianza en la gracia de Dios, y desconfiar enteramente de nuestra propia fuerza. Si algún hombre quiere conocer el poder de la gracia de Dios, que ponga sus ojos en el buen ladrón. Era un pecador notorio, que había pecado en el perverso curso de su vida hasta el momento en que fue sujeto a la cruz, esto es, casi hasta el último momento de su vida; y en este momento crítico, cuando su salvación eterna estaba en juego, no había nadie presente para aconsejarlo o asistirlo. Pues aunque estaba en gran proximidad a su Salvador, sin embargo sólo escuchaba a los sumos sacerdotes y Fariseos declarando que Él era un seductor y un hombre ambicioso que buscaba tener poder soberano. También escuchaba a su compañero, burlándose perversamente en términos similares. No había nadie que dijera una palabra buena por Cristo, e incluso Cristo Mismo no refutaba estas blasfemias y maldiciones. Sin embargo, con la asistencia de la gracia de Dios, cuando las puertas del cielo parecían cerradas para él, y las fauces del infierno abiertas para recibirlo, y el pecador mismo tan alejado como parece posible de la vida eterna, fue iluminado repentinamente de lo alto, sus pensamientos se dirigieron hacia el canal apropiado, y confesó que Cristo era inocente y el Rey del mundo por venir, y, como ministro de Dios, reprobó al ladrón que lo acompañaba, lo persuadió de que se arrepintiera, y se encomendó humilde y devotamente a Cristo. En una palabra, sus disposiciones fueron tan perfectas que los dolores de su crucifixión compensaron por cuanto sufrimiento pudiera estar guardado para él en el Purgatorio, de tal modo que inmediatamente después de la muerte ingresó en el gozo de su Señor. Por esta circunstancia resulta evidente que nadie debe desesperar de la salvación, pues el ladrón que entró en la viña del Señor casi a la hora duodécima recibió su premio con aquellos que habían venido en la primera hora. Por otro lado, en orden a permitirnos ver la magnitud de la debilidad humana, el mal ladrón no se convierte ni por la inmensa caridad de Cristo, Quien oró tan amorosamente por Sus ejecutores, ni por la fuerza de sus propios sufrimientos, ni por la admonición y ejemplo de su compañero, ni por la inusual oscuridad, el partirse de las rocas, o la conducta de aquellos que, después de la muerte de Cristo, volvieron a la ciudad golpeándose el pecho. Y todas estas cosas sucedieron después de la conversión del buen ladrón, para mostrarnos que mientras uno pudo ser convertido sin estas ayudas, el otro, con todos estos auxilios, no pudo, o en realidad no quiso, ser convertido.

Pero puede preguntarse, ¿por qué Dios ha dado la gracia de la conversión a uno y se la ha negado al otro? Contestó que a ambos se le dio gracia suficiente para su conversión, y que si uno pereció, pereció por su propia culpa, y que si el otro se convirtió, fue convertido por la gracia de Dios, pero no sin la cooperación de su propia libre voluntad. Todavía podría argüirse, ¿por qué no dio Dios a ambos esa gracia eficaz que capaz de sobreponerse al corazón más endurecido? La razón de que no lo haya hecho así es uno de esos secretos que debemos admirar pero no penetrar, pues debemos quedar satisfechos con el pensamiento de que no puede haber injusticia en Dios[92], como dice el Apóstol, pues, como lo expresa San Agustín, los juicios de Dios pueden ser secretos, pero no pueden ser injustos. Aprender de este ejemplo a no posponer nuestra conversión hasta la proximidad de la muerte, es una lección que nos concierne de forma más inmediata. Pues si uno de los ladrones cooperó con la gracia de Dios en el último momento, el otro la rechazó, y encontró su perdición definitiva. Y todo lector de historia, u observador de lo que sucede alrededor, no puede sino saber que la regla es que los hombres terminen una vida perversa con una muerte miserable, mientras que es una excepción que el pecador muera de manera feliz; y, por el otro lado, no sucede con frecuencia que aquellos que viven bien y santamente lleguen a un fin triste y miserable, sino que muchas personas buenas y piadosas entran, después de su muerte, en posesión de los gozos eternos. Son demasiado presuntuosas y necias aquellas personas que, en un asunto de tal importancia como la felicidad eterna o el tormento eterno, osan permanecer en un estado de pecado mortal incluso por un día, viendo que pueden ser sorprendidas por la muerte en cualquier momento, y que después de la muerte no hay lugar para el arrepentimiento, y que una vez en el infierno ya no hay redención.

CAPÍTULO VII

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Se puede extraer un tercer fruto de la segunda palabra de nuestro Señor, advirtiendo el hecho de que hubieron tres personas crucificadas al mismo tiempo, uno de los cuales, a saber, Cristo, fue inocente; otro, a saber, el buen ladrón, fue un penitente; y el tercero, a saber, el mal ladrón, permaneció obstinado en su pecado: o para expresar la misma idea en otras palabras, de los tres que fueron crucificados al mismo tiempo, Cristo fue siempre y trascendentemente santo, uno de los ladrones fue siempre y notablemente perverso, y el otro ladrón fue primero un pecador, pero ahora un santo. De esta circunstancia hemos de inferir que todo hombre en este mundo tiene su cruz y que aquellos que buscamos vivir sin tener una cruz que llevar, apuntamos a algo que es imposible, mientras que debemos tener por sabias a aquellas personas que reciben su cruz de la mano del Señor, y la cargan incluso hasta la muerte, no sólo pacientemente sino alegremente. Y el que toda alma piadosa tiene una cruz que cargar puede deducirse de estas palabras de nuestro Señor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”[93], y de nuevo, “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”[94], que es precisamente la doctrina del Apóstol: “Todos los que quieran vivir piadosamente”, dice, “en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones”[95]. Los Padres Griegos y Latinos dan su entera adhesión a esta enseñanza, y para no ser prolijo haré sólo dos citas. San Agustín en su comentario a los salmos escribe: “Esta vida corta es una tribulación: si no es una tribulación no es un viaje: pero si es un viaje o bien no amas el país hacia el cual estás viajando, o bien sin duda estarás en tribulación”. Y en otro lugar: “Si dices que no has sufrido nada aún, entonces no has empezado a ser Cristiano”. San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías al pueblo de Antioquía, dice: “La tribulación es una cadena que no puede ser desvinculada de la vida de un Cristiano”. Y de nuevo: “No puedes decir que un hombre es santo si no ha pasado la prueba de la tribulación”. En verdad esta doctrina puede ser demostrada por la razón. Las cosas de naturaleza contraria no pueden ser puestas en presencia de la otra sin una oposición mutua; así el fuego y el agua, mientras se mantengan aparte, permanecerán quietas; pero júntalas, y el agua empezará a sonar, a convertirse en glóbulos, y a transformarse en vapor hasta que o el agua se consuma, o el fuego se extinga. “Frente al mal está el bien”, dice el Eclesiástico, “frente a la muerte, la vida. Así frente al piadoso, el pecador”[96]. Los hombres justos se comparan al fuego, su luz brilla, su celo arde, siempre están ascendiendo de virtud en virtud, siempre trabajando, y todo lo que emprenden lo realizan eficazmente. Por el otro lado los pecadores son comparados al agua. Son fríos, moviéndose siempre en la tierra, y formando lodo por todos lados. ¿Es pues, por lo tanto, extraño que los hombres malos persigan a las almas justas? Pero porque, incluso hasta el fin del mundo, el trigo y la cizaña crecerán en el mismo campo, la chala y el maíz pueden estar en el mismo almacén, los peces buenos y malos pueden ser hallados en la misma red, esto es hombres derechos y perversos en el mismo mundo, e incluso en la misma Iglesia; de esto necesariamente se sigue que los buenos y los santos serán perseguidos por los malos y los impíos.

Los perversos también tienen sus cruces en este mundo. Pues aunque no sean perseguidos por los buenos, aún así serán atormentados por otros pecadores, por sus propios vicios, e incluso por sus conciencias perversas. El sabio Salomón, que ciertamente hubiera sido feliz en este mundo, si la felicidad fuera posible aquí, reconoció que tenía una Cruz que cargar cuando dijo:

“Consideré entonces todas las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo es vanidad y atrapar vientos”[97]. Y el escritor del Libro del Eclesiástico, que era también un hombre muy prudente, pronuncia esta sentencia general: “Grandes trabajos han sido creados para todo hombre, un yugo pesado hay sobre los hijos de Adán”[98]. San Agustín en su comentario a los Salmos dice que “la mayor de las tribulaciones es una conciencia culpable”. San Juan Crisóstomo en su homilía sobre Lázaro muestra extensamente cómo los perversos deben tener sus cruces. Si son pobres, su pobreza es su cruz; si no son pobres, la avaricia es su cruz, que es una cruz más pesada que la pobreza; si están postrados en un lecho de enfermedad, su lecho es su cruz. San Cipriano nos dice que todo hombre desde el momento de su nacimiento está destinado a cargar una cruz y a sufrir tribulación, lo cual es preanunciado por las lágrimas que derrama todo infante. “Cada uno de nosotros”, escribe, “en su nacimiento, en su misma entrada al mundo, derrama lágrimas. Y aunque entonces somos inconscientes e ignorantes de todo, sin embargo sabemos, incluso en nuestro nacimiento, qué es llorar: por una previsión natural lamentamos las ansiedades y trabajos de la vida que estamos comenzando, y el alma ineducada, por sus lamentos y llanto, proclama las farragosas conmociones del mundo al que está ingresando”.

Siendo las cosas así no puede haber duda de que hay una cruz guardada para el bueno así como para el malo, y sólo me resta probar que la cruz de un santo dura poco tiempo, es ligera y fecunda, mientras que la de un pecador es eterna, pesada y estéril. En primer lugar no puede haber duda en el hecho de que un santo sufre sólo por un breve periodo, pues no puede tener que soportar nada cuando esta vida haya pasado. “Desde ahora, sí –dice el Espíritu–” a las almas justas que parten, “que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan”[99]. “Y [Dios] enjugará toda lágrima de sus ojos”[100]. Las sagradas Escrituras dicen de forma muy positiva que nuestra vida presente es corta, aunque a nosotros nos pueda parecer larga: “Están contados ya sus días”[101] y “El hombre, nacido de mujer, corto de días”[102] y “¿Qué será de vuestra vida? … ¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!”[103]. El Apóstol, sin embargo, que llevó una cruz muy pesada desde su juventud hasta su edad anciana, escribe en estos términos en su Epístola a los Corintios: “En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”[104], pasaje en el cual habla de sus sufrimientos como sin medida, y los compara a un momento indivisible, aunque se hayan extendido por un periodo de más de treinta años. Y sus sufrimientos consistieron en estar hambriento, sediento, desnudo, apaleado, en haber sido golpeado tres veces con varas por los Romanos, cinco veces flagelado por los judíos, una vez apedreado, y haber tres veces naufragado; en emprender muchos viajes, en ser muchas veces prisionero, en recibir azotes sin medida, en ser reducido muchas veces hasta el último extremo[105]. ¿Qué tribulaciones, pues, llamaría pesadas, si considera estas como ligeras, como realmente son? ¿Y qué dirías tú, amable lector, si insisto en que la cruz es no sólo ligera, sino incluso dulce y agradable por razón de las superabundantes consolaciones del Espíritu Santo? Cristo dice de su yugo que puede ser llamado cruz: “Mi yugo es suave y mi carga ligera”[106]; y en otro lugar dice: “Lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”[107]. Y el Apóstol escribe: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones”[108]. En una palabra, no podemos negar que la cruz del justo es no sólo ligera y temporal, sino fecunda, útil, y portadora de todo buen regalo, cuando escuchamos a nuestro Señor decir: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”[109], a San Pablo exclamando que “Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”[110], y a San Pedro exhortándonos a regocijarnos si “participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria”[111].

Por otro lado no es necesaria una demostración para mostrar que la cruz de los perversos es eterna en su duración, muy pesada y carente de mérito. Con certeza que la muerte del mal ladrón no fue un descenso de la Cruz, como lo fue la muerte del buen ladrón, pues hasta ahora ese hombre desdichado está morando en el infierno, y morará allí para siempre, porque el “gusano” del perverso “no morirá, su fuego no se apagará”[112]. Y la cruz del glotón rico, que es la cruz de aquellos que almacenan riquezas, que son muy aptamente comparadas por el Señor a espinas que no pueden ser manipuladas o guardadas con impunidad, no cesa con esta vida como cesó la cruz del pobre Lázaro, sino que lo acompaña al infierno, donde incesantemente arde y lo atormenta, y lo fuerza a implorar una gota de agua para refrescar su lengua ardiente: “porque estoy atormentado en esta llama”[113]. Por eso la cruz de los perversos es eterna en su duración, y los lamentos de aquellos de quienes leemos en el libro de la Sabiduría, dan testimonio de que es pesada y ardua: “Nos hartamos de andar por sendas de iniquidad y perdición, atravesamos desiertos intransitables”[114]. ¡Qué! ¿No son senderos difíciles de andar la ambición, la avaricia, la lujuria? ¿No son senderos difíciles de andar los acompañantes de estos vicios: ira, contiendas, envidia? No son senderos difíciles de andar los pecados que brotan de estos acompañantes: traición, disputas, afrentas, heridas y asesinato? Lo son ciertamente y no es poco frecuente que obliguen a los hombres a suicidarse en desesperación, y, buscando por medio de ello evitar una cruz, preparar para sí mismos una mucho más pesada.

¿Y qué ventaja o fruto derivan los perversos de su cruz? No es más capaz de traerles una ventaja que los espinos lo son de producir uvas, o los cardos higos. El yugo del Señor trae la paz, según Sus propias palabras: “Tomad sobre vosotros mi yugo … y hallaréis descanso para vuestras almas”[115]. ¿Puede el yugo del demonio, que es diametralmente opuesto al de Cristo, traer otra cosa que preocupación y ansiedad? Y esto es de mayor importancia aún: que mientras la Cruz de Cristo es el paso a la felicidad eterna, “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”[116], la cruz del demonio es el paso a los tormentos eternos, de acuerdo a la sentencia pronunciada sobre los perversos: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles”[117]. Si hubiera hombres sabios que están crucificados en Cristo, no buscarían bajar de la Cruz, como el ladrón buscó tontamente, sino que permanecerán más bien cerca a su lado, con el buen ladrón, y pedirán perdón de Dios y no la liberación de la cruz, y así sufriendo sólo con Él, reinarán también con Él, de acuerdo a las palabras del Apóstol: “Sufrimos con Él, para ser también con él glorificados”[118]. Si, sin embargo, hubiera sabios entre aquellos que son oprimidos por la cruz del demonio, se preocuparían de sacársela de encima de una vez, y si tienen algún sentido cambiarán las cinco yugadas[119] de bueyes por el único yugo de Cristo. Por las cinco yugadas de bueyes se refiere a los trabajos y cansancio de los pecadores que son esclavos de sus cinco sentidos; y cuando un hombre trabaja en hacer penitencia en lugar de pecar, trueca las cinco yugadas de bueyes por el único yugo de Cristo. Feliz es el alma que sabe cómo crucificar la carne con sus vicios y concupiscencias, y distribuye las limosnas que pudieran haberse gastado en gratificar sus pasiones, y pasa en oración y en lectura espiritual, en pedir la gracia de Dios y el patrocinio de la Corte Celestial, las horas que podrían perderse en banquetear y en satisfacer la ambición incansable de hacerse amigo de los poderosos. De esta manera la cruz del mal ladrón, que es pesada y baldía, puede ser con provecho intercambiada por la Cruz de Cristo, que es ligera y fecunda.

Leemos en San Agustín cómo un soldado distinguido discutía con uno de sus compañeros acerca de tomar la cruz. “Díganme, les pido, a qué meta nos han de conducir todos los trabajos que emprendemos? ¿Qué objeto nos presentamos a nosotros mismos? ¿Por quién servimos como soldados? Nuestra mayor ambición es hacernos amigos del Emperador; ¿y no está acaso el camino que nos conduce a su honor, lleno de peligros, y cuando hemos alcanzado nuestro punto, no estamos colocados entonces en la posición más peligrosa de todas? ¿Y por cuántos años tendremos que laborar para asegurar este honor? Pero si deseo volverme amigo de Dios, me puedo hacer amigo Suyo en este momento”. Así argumentaba que como para asegurarse la amistad del Emperador tiene que emprender muchas fatigas largas y estériles, actuaría más sabiamente si emprendiera menores y más leves trabajos para asegurarse la amistad de Dios. Ambos soldados tomaron su decisión en el momento; ambos dejaron el ejército en orden a servir en serio a su Creador, y lo que incrementó su alegría al tomar este primer paso fue que las dos damas con las cuales estaban a punto de casarse, ofrecieron espontáneamente su virginidad a Dios.

APTÍCULO VIII

Explicación literal de la tercera Palabra: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”

La última de las tres palabras, que tienen una referencia especial a la caridad por el prójimo, es: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”[120]. Pero antes que expliquemos el significado de esta palabra, debemos detenernos un poco en el pasaje precedente del Evangelio de San Juan: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”[121]. Dos de las tres Marías que estaban de pie cerca a la Cruz son conocidas, a saber, María, la Madre de nuestro Señor, y María Magdalena. Acerca de María, la mujer de Cleofás, hay alguna duda; algunos la suponen la hija de Santa Ana, que tuvo tres hijas, esto es, María, la Madre de Cristo, la mujer de Cleofás, y María Salomé. Pero esta opinión está casi desacreditada. Pues, en primer lugar, no podemos suponer que tres hermanas se llamen por el mismo nombre. Más aún, sabemos que muchos hombres piadosos y eruditos sostienen que nuestra Bienaventurada Señora era la única hija de Santa Ana; y no se menciona otra María Salomé en los Evangelios. Puesto que donde San Marcos dice que “María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle”[122], la palabra Salomé no está en caso genitivo, como si quisiera decir María, la madre de Salomé, como justo antes había dicho María, la madre de Santiago, sino que está en caso nominativo y en género femenino, como resulta claro de la versión Griega, donde la palabra está escrita. Más aún, esta María Salomé era la esposa de Zebedeo[123], y la madre de los Apóstoles Santiago y San Juan, como aprendemos de los dos Evangelistas, San Mateo y San Marcos[124], así como María, la madre de Santiago era la esposa de Cleofás, y la madre de Santiago el menor y de San Judas. Por lo cual la verdadera interpretación es esta: que María, la mujer de Cleofás, era llamada hermana de la Bienaventurada Virgen porque Cleofás era el hermano de San José, el Esposo de la Bienaventurada Virgen, y las esposas de dos hermanos tienen el derecho de llamarse y ser llamadas hermanas. Por la misma razón Santiago el menor es llamado el hermano de nuestro Señor, aunque sólo era su primo, pues era el hijo de Cleofás, quien, como hemos dicho, era el hermano de San José. Eusebio nos brinda este relato en su historia eclesiástica, y cita, como autoridad digna de fe, a Hegesipo, un contemporáneo de los Apóstoles. También tenemos a favor de la misma interpretación la autoridad de San Jerónimo, como podemos deducir de su trabajo contra Helvidio.

También hay un aparente desacuerdo en las narrativas evangélicas, en el que será bueno detenernos brevemente. San Juan dice que estas tres mujeres estaban de pie cerca de la Cruz del Señor, mientras que tanto San Marcos[125] como San Lucas[126] dicen que estaban distantes. San Agustín en su tercer libro acerca de la Armonía de los Evangelios hace armonizar estos tres textos de la siguiente manera. Estas santas mujeres pueden haber dicho que estaban al mismo tiempo distantes de la Cruz y cerca de la Cruz. Estaban distantes de la Cruz en referencia a los soldados y ejecutores, que estaban en una proximidad tal a la Cruz que podían tocarla, pero estaban suficientemente cerca de la Cruz para escuchar las palabras del Señor, que la multitud de espectadores, que estaban a mayor distancia, no podían escuchar. También podemos explicar los textos de la siguiente manera. Durante el momento mismo en que el Señor fue clavado a la Cruz, la concurrencia de soldados y gente mantuvo a las santas mujeres a la distancia, pero apenas la Cruz fue fijada en tierra, muchos de los judíos volvieron a la ciudad, y entonces las tres mujeres y San Juan se acercaron más. Esta explicación elimina la dificultad acerca de la razón por la cual la Bienaventurada Virgen y San Juan se aplicaron a sí mismos las palabras, “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”, cuando habían tantos otros presentes, y Cristo no se dirigió ni a su Madre ni a su discípulo por su nombre. La verdadera respuesta a esta objeción es que las tres mujeres y San Juan estaban parados tan cerca de la Cruz como para permitir al Señor designar mediante Sus miradas las personas a las que Se estaba dirigiendo. Además, las palabras fueron dichas evidentemente a Sus amigos personales, y no a extraños. Y entre Sus amigos personales que estaban allí no había ningún otro hombre a quien pudiera decir, “Ahí tienes a tu madre”, a excepción de San Juan, y no había ninguna otra mujer que quedara sin hijos por su muerte, a excepción de su Madre Virgen. Por lo cual Él dijo a su Madre: “Ahí tienes a tu hijo”, y a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Este es pues el sentido literal de estas palabras: Estoy por cierto a punto de pasar de este mundo al seno de Mi Padre Celestial, y pues tengo plena conciencia de que Tú, Mi Madre, no tienes ni parientes, ni marido, ni hermanos, ni hermanas, en orden a no dejarte totalmente desprovista de auxilio humano, Te encomiendo al cuidado de Mi muy amado discípulo Juan: él actuará contigo como un hijo, y Tú actuarás con él como una Madre. Y este consejo o mandato de Cristo, que lo mostró tan preocupado por los otros, fue bienvenido igualmente por ambas partes, y de ambos podemos creer que habrán inclinado sus cabezas como muestra de su aquiescencia, pues San Juan dice de sí mismo: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”, esto es, San Juan inmediatamente obedeció a nuestro Señor, y consideró a la Bienaventurada Virgen, junto con sus ya ancianos padres Zebedeo y Salomé, entre las personas a las cuales era su deber cuidar y atender.

Todavía permanece una pregunta adicional que puede hacerse. San Juan fue uno de aquellos que había dicho: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?”[127]. Y entre las cosas que habían abandonado, nuestro Señor enumera padre y madre, hermanos y hermanas, casa y tierras; y San Mateo, hablando de San Juan y de su hermano Santiago, dijo: “Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron”[128]. ¿De dónde viene pues que a quien había dejado una madre por Cristo, el Señor le diga que mire a la Bienaventurada Virgen como Madre? No tenemos que ir muy lejos para encontrar una respuesta. Cuando los Apóstoles siguieron a Cristo dejaron a su padre y a su madre, en la medida en que podían ser un impedimento para la vida evangélica, y en la medida en que pudieran derivar una ventaja mundana o un placer carnal de su presencia. Pero no dejaron esa solicitud que un hombre está en justicia obligado a mostrar por sus padres o sus hijos, si necesitan su dirección o su asistencia. Por lo cual algunos escritores espirituales afirman que el hijo no puede entrar en una orden religiosa si su padre está o tan abatido por la edad, u oprimido por la pobreza, que no puede vivir sin su auxilio. Y así como San Juan dejó a su padre y a su madre cuando no tenían necesidad de él, así cuando Cristo le ordenó cuidar y atender a su Madre Virgen, ella estaba desprovista de todo auxilio humano. Dios, por cierto, sin ninguna asistencia del hombre, hubiera podido atender a su Madre con todas las cosas necesarias por el ministerio de los ángeles, así como sirvieron a Cristo Mismo en el desierto, pero quiso que San Juan hiciera esto para que mientras el Apóstol cuidaba de la Virgen, ella pudiera honrar y auxiliar al Apóstol. Pues Dios envió a Elías a asistir a la pobre viuda, no porque Él no pudiera haberla sostenido por medio de un cuervo, como lo había hecho antes, sino, como observa San Agustín, para que el profeta la pueda bendecir. Por lo cual complació a nuestro Señor confiar su Madre al cuidado de San Juan por el doble propósito de otorgarle a él una bendición, y de probar ante todos que él por encima de los demás era su discípulo amado. Pues verdaderamente en esta transferencia de su Madre se cumplió aquél texto: “Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”[129]. Pues ciertamente recibió el ciento por uno aquel que dejando a su madre, la esposa de un pescador, recibió como madre a la Madre del Creador, la Reina del mundo, llena de gracia, bendita entre las mujeres, y próxima a ser elevada por encima de todos los coros de los ángeles en el reino celestial.

CAPÍTULO IX

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Si examinamos atentamente todas las circunstancias bajo las cuales esta tercera palabra fue dicha, podemos recoger muchos frutos de su consideración. En primer lugar, hemos puesto ante nosotros el intenso deseo que Cristo sintió de sufrir por nuestra salvación para que nuestra redención pudiera ser copiosa y abundante. Pues para no incrementar el dolor y la pena que sienten, algunos hombres toman medidas para evitar que sus parientes estén presentes en su muerte, particularmente si su muerte ha de ser violenta, acompañada de desgracia e infamia. Pero Cristo no se sació con su propia y amarguísima Pasión, tan llena de dolor y vergüenza, sino que quiso que su Madre y el discípulo a quien amaba estuvieran presentes e incluso estuvieran de pie cerca de la Cruz para que la visión de los sufrimientos de aquellos más queridos a Él aumentara su propio sufrimiento. Cuatro ríos de Sangre manaban del cuerpo herido del Señor en la Cruz, y él deseaba que cuatro ríos de lágrimas fluyeran de los ojos de su Madre, de su discípulo, de María la hermana de su Madre, y de Magdalena, la más querida de las santas mujeres, para que la causa de sus sufrimientos fuera no tanto el derramamiento de su propia Sangre, como la copiosa inundación de lágrimas que la visión de su agonía arrancaba de los corazones de los que estaban cerca. Me imagino que escucho a Cristo diciéndome: “Las olas de la muerte me envolvían”[130], pues la espada de Simeón atraviesa y hiere Mi Corazón, tan cruelmente como atraviesa el alma de Mi inocentísima Madre. ¡Es pues así que una muerte amarga separa no sólo el alma del cuerpo, sino también a la madre del hijo, y tal Madre de tal Hijo! Por esta razón dijo, “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, pues su amor por María no le permitía en un momento así dirigirse a Ella con el nombre tierno de Madre. Dios tanto amó al mundo que le dio su Hijo Unigénito para su Redención, y el Hijo Unigénito tanto amó al Padre que derramó profusamente su propia Sangre por su honor, y no satisfecho con los dolores de su Pasión, ha soportado las agonías de la compasión, para que hubiera una redención abundante por nuestros pecados. Y para que no perezcamos, sino que gocemos de la vida eterna, el Padre y el Hijo nos exhortan a imitar su caridad al representarla en su más exquisita belleza; y aún así el corazón del hombre todavía se resiste a esta caridad tan grande, y por lo tanto merece más bien sentir la ira de Dios, que saborear la dulzura de su misericordia, y caer en los brazos del Divino amor. Seríamos de verdad ingratos, y mereceríamos tormentos eternos, si por su amor no soportásemos lo poco que es necesario purgar para nuestra salvación, cuando contemplamos a nuestro Redentor amándonos en una medida tal, como para sufrir por nosotros más de lo necesario, soportar tormentos incontables y derramar cada gota de su Sangre, cuando una sola gota hubiera sido ampliamente suficiente para nuestra redención. La única razón que puede darse para nuestra desidia y locura es que ni meditamos en la Pasión de Cristo, ni consideramos su inmenso amor por nosotros con la seriedad y atención con que deberíamos. Nos contentamos con leer apuradamente la Pasión, o en escucharla leer, en lugar de asegurarnos oportunidades adecuadas para penetrar en nosotros mismos con el pensamiento de ella. Por eso el santo Profeta nos exhorta: “Mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta”[131]. Y el Apóstol dice: “Fijaos en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo”[132]. Pero vendrá el tiempo en que nuestra ingratitud hacia Dios y nuestro desinterés por el asunto de nuestra salvación será fuente de sincero dolor para nosotros. Pues hay muchos que en el Último Día gemirán “en la angustia de su espíritu”[133], y dirán: “Luego vagamos fuera del camino de la verdad; la luz de la justicia no nos alumbró, no salió el sol para nosotros”[134]. Y no sentirán este dolor estéril por primera vez en el infierno, sino que en el Día del Juicio, cuando sus ojos mortales sean cerrados en la muerte, y los ojos de su alma se abran, contemplarán la verdad de estas cosas frente a las cuales durante su vida voluntariamente se cegaron.

 

CAPÍTULO X

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Podemos extraer otro fruto de la consideración de la tercera palabra dicha por Cristo en la Cruz de esta circunstancia: que habían tres mujeres cerca de la Cruz de nuestro Señor. María Magdalena es la representante del pecador arrepentido, o de aquél que está haciendo su primer intento de avanzar en el camino de la perfección. María la mujer de Cleofás es la representante de aquellos que ya han hecho algún avance hacia la perfección; y María la Madre Virgen de Cristo es la representante de aquellos que son perfectos. Podemos emparejar a San Juan con nuestra Señora, pues en poco tiempo sería, si es que no lo había sido ya, confirmado en gracia. Estas eran las únicas personas que se encontraban cerca de la Cruz, pues los pecadores abandonados, que nunca piensan en la penitencia están muy distantes de la escala de la salvación, la Cruz. Más aún, estas almas escogidas no estaban cerca de la Cruz sin un propósito, pues incluso ellos necesitaban de la asistencia de Aquél que estaba clavado sobre ella. Los penitentes, o principiantes en la virtud, para sostener la guerra contra sus vicios y concupiscencias, requieren ayuda de Cristo, su Guía, y reciben esta ayuda para luchar con la serpiente antigua por el aliento que les da su ejemplo, pues Él no descendería de la Cruz hasta haber obtenido una victoria total sobre el demonio, que es lo que somos enseñados por San Pablo en su Epístola a los Colosenses: “Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la suprimió clavándola en la cruz. Y, una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal”[135]. María, la mujer de Cleofás y madre de hijos que son llamados hermanos de nuestro Señor, es la representante de aquellos que ya han hecho algún progreso en el sendero de la perfección. Estos también necesitan asistencia de la Cruz, para que los cuidados y ansiedades de este mundo, con los cuales necesariamente están mezclados, no ahoguen en ellos la buena semilla, y una noche de trajín resulte en la captura de nada. Por eso las almas en este estado de perfección deben todavía trabajar y lanzar muchas miradas a Cristo clavado en su Cruz, el cual no se satisfizo con las grandes y múltiples obras que realizó durante su vida, sino que quiso por medio de su muerte avanzar hasta el grado más heroico de virtud, pues hasta que el enemigo de la humanidad hubiera sido totalmente derrotado y puesto en fuga, Él no descendería de su Cruz. Cansarse en la búsqueda de la virtud, y dejar de obrar actos de virtud, son los mayores impedimentos a nuestro avance espiritual, pues, como nota verazmente San Bernardo en su Epístola a Garino, “el que no avanza en la virtud, retrocede”, y en la misma epístola se refiere a la escalera de Jacob, sobre la cual todos los ángeles o bien ascendían o bien descendían, pero ninguno estaba detenido. Más aún, incluso en los perfectos que viven una vida de celibato y son vírgenes, como eran nuestra Bienaventurada Señora y San Juan, el cual por esta razón era el Apóstol escogido de Cristo, incluso estos, digo, necesitan grandemente la asistencia del Él, que fue crucificado, pues su misma virtud los expone al peligro de caer por la soberbia espiritual, a menos que estén bien cimentados en la humildad. Durante el curso de su ministerio público, Cristo nos dio muchas lecciones de humildad, como cuando dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”[136]. Y de nuevo: “Vete a sentarte en el último puesto”[137]; y “Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”[138]. Aun así, todas Sus exhortaciones acerca de la necesidad de esta virtud no son tan persuasivas como el ejemplo que nos puso en la Cruz. ¿Pues qué mayor ejemplo de humildad podemos concebir que el Omnipotente se deje atar con sogas y clavar a una Cruz? ¿Y que Él, “en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”[139], permita que Herodes y su ejército lo traten como un loco y lo vistan con una túnica blanca, y que Aquél que “se sienta en querubines”[140] sufra Él mismo ser crucificado entre dos ladrones? Bien podemos decir después de esto, que el hombre que se arrodillase ante un crucifijo, y mirase en el interior de su alma, y llegase a la conclusión de que no es deficiente en la virtud de la humildad, sería incapaz de aprender lección alguna.

CAPÍTULO XI

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

En tercer lugar, de las palabras que Cristo dirigió a su Madre y a su discípulo desde el púlpito de la Cruz, aprendemos cuáles son los respectivos deberes de los padres hacia sus hijos, y de los hijos hacia sus padres. Trataremos en primer lugar de los deberes que los padres tienen para con sus hijos. Los padres cristianos deben amar a sus hijos, pero de tal manera que el amor a sus hijos no debe interferir con su amor a Dios. Esta es la doctrina que presenta nuestro Señor en el Evangelio: “El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”[141]. Fue en obediencia a esta ley que nuestra Señora estuvo de pie junto a la Cruz viviendo ella misma una intensa agonía, aunque con gran firmeza de ánimo. Su dolor fue una prueba del gran amor que tenía para su Hijo, que moría en la Cruz junto a ella, y su firmeza fue una prueba de su entrega a Dios que reina en el cielo. Mirar a su inocente Hijo, a quien ella amó apasionadamente, muriendo en medio de tales tormentos, era suficiente como para destrozar su corazón; pero aunque hubiese estado en sus capacidades, no habría impedido la crucifixión, pues ella sabía que todos estos sufrimientos eran infligidos a su Hijo según “el determinado designio y previo conocimiento de Dios”[142]. El amor es la medida del dolor, y puesto que esta Madre Virgen amó mucho, por tanto era ella afligida mas allá de toda medida al contemplar a su Hijo tan cruelmente torturado. ¿Y cómo podría no haber amado esta Virgen Madre a su Hijo, sabiendo que sobrepasaba al resto de la humanidad en toda excelencia, y cuando Él estaba unido a ella con un lazo más cercano que los demás hijos estaban unidos a sus padres? Hay un doble motivo por que el que los padres aman a sus hijos; uno, porque los han engendrado, y el otro, porque las buenas cualidades de sus hijos redundan en sí mismos. Hay algunos padres, sin embargo, que sienten apenas una pequeña ligazón con sus hijos, y otros que realmente los odian si son minusválidos o perversos, o si tienen la mala fortuna de ser ilegítimos. Ahora bien, por las dos razones que acabamos de mencionar, la Virgen Madre de Dios amó a su Hijo más que lo que cualquier otra madre podría haber amado a sus hijos. En primer lugar, ninguna mujer ha engendrado jamás a un hijo sin la cooperación de su marido, pero la Bienaventurada Virgen tuvo a su Hijo sin contacto alguno con varón; como Virgen lo concibió, y como Virgen lo dio a luz, y como Cristo nuestro Señor según la generación divina tiene Padre y no Madre, según la generación humana tiene Madre y no Padre. Cuando decimos que Cristo nuestro Señor fue concebido del Espíritu Santo, no queremos decir que el Espíritu Santo sea el Padre de Cristo, sino que Él formó y moldeó el Cuerpo de Cristo, no a partir de su propia sustancia, sino de la pura carne de la Virgen. Verdaderamente entonces la Virgen lo ha engendrado sola, sólo ella puede clamar que es su propio Hijo, y por tanto lo ha amado con más amor que cualquier otra madre. En segundo lugar, el Hijo de la Virgen no sólo fue y es hermoso más que los hijos de los hombres sino que sobrepasa en todo también a todos los ángeles, y como consecuencia natural de su gran amor, la Bienaventurada Virgen lloró en la Pasión y Muerte de su Hijo más que otras, y San Bernardo no duda en afirmar en uno de sus sermones que el dolor que sintió nuestra Señora en la crucifixión fue un martirio del corazón, según la profecía de Simeón: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!”[143]. Y puesto que el martirio del corazón es más amargo que el martirio del cuerpo, San Anselmo en su obra Sobre la excelencia de la Virgen dice que el dolor de la Virgen fue más amargo que cualquier sufrimiento corporal. Nuestro Señor, en su Agonía en el Huerto de Getsemaní, sufrió un martirio del corazón al pasar revista a todos los sufrimientos y tormentos que habría de soportar al día siguiente, y abriendo en su alma las compuertas al dolor y al miedo empezó a estar tan afligido que un Sudor de Sangre manó de su Cuerpo, algo que no sabemos que haya resultado jamás de sus sufrimientos corporales. Por tanto, más allá de toda duda, nuestra Bienaventurada Señora cargó una pesadísima cruz, y soportó un dolor conmovedor, de la espada de dolor que atravesó su alma, pero se mantuvo de pie junto a la Cruz como verdadero modelo de paciencia, y contempló todos los sufrimientos de su Hijo sin manifestar signo alguno de impaciencia, porque buscó el honor y la gloria de Dios más que la gratificación de su amor materno. Ella no cayó el piso medio muerta de dolor, como algunos imaginan; tampoco se cortó los cabellos, ni sollozó o gritó fuertemente, sino que valientemente llevó la aflicción que era la voluntad de Dios que llevase. Ella amó a su Hijo vehementemente, pero amó más el honor de Dios Padre y la salvación de la humanidad, del mismo modo que su Divino Hijo prefirió estos dos objetos a la preservación de su vida. Más aún, su inconmovible fe en la resurrección de su Hijo acrecentó la confianza de su alma al punto que no tuvo necesidad de consolación alguna. Ella fue consciente de que la Muerte de su Hijo sería como una pequeña dormición, tal como dijo el Salmista Real: “Yo me acuesto y me duermo, y me despierto, pues el Señor me sostiene”[144].

Todos los fieles deben imitar este ejemplo de Cristo subordinando el amor a sus hijos al amor a Dios, que es el Padre de todos, y ama a todos con un amor mayor y más beneficioso que el que podemos experimentar. En primer lugar, los padres cristianos deben amar a sus hijos con un amor viril y prudente, no alentándolos si obran mal, sino educándolos en el temor de Dios, y corrigiéndolos, e incluso amonestándolos y castigándolos si han ofendido a Dios o son negligentes en su educación. Pues esta es la voluntad de Dios, tal como nos es revelada en las Sagradas Escrituras, en el libro del Eclesiástico: “¿Tienes hijos? Instrúyelos e inclínalos desde su juventud”[145]. Y leemos de Tobías que “desde su infancia le enseñó a su hijo a temer a Dios y abstenerse de todo pecado”[146]. El Apóstol advierte a los padres que no exasperen a sus hijos, no sea que se vuelvan apocados, sino que los formen mediante la instrucción y la corrección del Señor, esto es, no tratarlos como esclavos, sino como hijos[147]. Los padres que son muy severos con sus hijos, y que los reprochan y castigan incluso por una pequeña falta, los tratan como esclavos, y tal tratamiento los desalentará y les hará odiar el techo paterno; y por el contrario, los padres que son muy indulgentes criarán hijos inmorales, que serán luego víctimas del fuego del infierno en vez de poseer una corona inmortal en el cielo.

El método correcto que han de adoptar los padres en la educación de sus hijos es enseñarles a obedecer a sus superiores, y cuando sean desobedientes corregirlos, pero de manera tal que se evidencia que la corrección procede de un espíritu de amor y no de odio. Más aún, si Dios llama a un hijo al sacerdocio o a la vida religiosa, ningún impedimento debe ponerse a esta vocación, pues los padres no han de oponerse a la voluntad de Dios, sino más bien decir con el santo Job: “El Señor me lo dio, y el Señor me lo quitó: bendito sea el nombre del Señor”[148]. Finalmente, si los padres pierden a sus hijos por una muerte intempestiva, como nuestra Bienaventurada Madre perdió a su Divino Hijo, deben confiar en el buen juicio de Dios, quien a veces toma un alma para sí si percibe que podría perder su inocencia y así perecer por siempre. Verdaderamente, si los padres pudiesen penetrar en los designios de Dios en relación a la muerte de un hijo, se alegrarían en vez de llorar: y si tuviésemos una fe viva en la Resurrección, como la tuvo nuestra Señora, no nos lamentaríamos más porque una persona muera en su juventud, que lo que habríamos de lamentarnos porque una persona vaya a dormir antes de la noche, pues la muerte del fiel es una clase de sueño, como nos dice el Apóstol en su Epístola a los Tesalonicenses: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los que están dormidos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza”[149]. El Apóstol habla de la esperanza y no de la fe, porque no se refiere a una resurrección incierta, sino a una resurrección feliz y gloriosa, similar a la de Cristo, que fue un despertar a la vida verdadera. Pues el hombre que tiene una fe firme en la resurrección del cuerpo, y confía en que su hijo muerto se despertará de nuevo a la gloria, no tiene motivo de pena, sino una gran razón para alegrarse, pues la salvación de su hijo está asegurada.

Nuestro siguiente punto es tratar acerca del deber que los hijos tienen para sus padres. Nuestro Señor nos dio en su Muerte el más perfecto ejemplo de respeto filial. Ahora, según las palabras del Apóstol, el deber de los hijos es: “corresponder a sus progenitores”[150]. Los hijos corresponden a sus padres cuando les proveen todo lo necesario para ellos en su edad avanzada, tal como sus padres les procuraron alimento y vestido en su infancia. Cuando Cristo estuvo a punto de morir confió su anciana Madre, que no tenía nadie que la cuidase, a la protección de San Juan, y le dijo que en adelante lo mire como a su hijo, y le mandó a San Juan que la reverenciara como a su madre. Y así nuestro Señor cumplió perfectamente las obligaciones que un hijo debe a su madre. En primer lugar, en la persona de San Juan. Le dio a su Madre Virgen un hijo que era de la misma edad que él, o tal vez un año menor, y por tanto era en todo sentido capaz de proveer por el bienestar de la Madre de nuestro Señor. En segundo lugar, le dio por hijo al discípulo a quien amaba más que a los demás, y quien ardientemente le había retribuido amor por amor, y en consecuencia nuestro Señor tuvo la mayor confianza en la diligencia con la que su discípulo sostendría a su Madre. Más aún, escogió al discípulo que sabía que viviría más que los otros apóstoles, y que por lo tanto viviría más que su Madre. Finalmente, nuestro Señor tuvo esta atención para con su Madre en el momento más calamitoso de su vida, cuando su Cuerpo entero fue presa de sufrimientos, cuando su Alma entera fue atormentada por las insolentes mofas de sus enemigos, y tenía que beber el cáliz amargo de la inminente muerte, de modo que parecería que no podría pensar en nada sino en sus propios dolores. Sin embargo, su amor por su Madre triunfó por encima de todo, y olvidándose de sí mismo, su único pensamiento fue cómo confortarla y ayudarla, y no fue en vano su esperanza en la prontitud y fidelidad de su discípulo, pues “desde aquella hora la acogió en su casa”[151].

Cada hijo tiene una mayor obligación que la que nuestro Señor tuvo de proveer por las necesidades de sus padres, pues cada ser humano le debe más a sus padres que lo que Cristo le debía a su Madre. Cada niño recibe de sus padres un mayor favor que el que pueden esperar devolver, pues ha recibido de sus manos lo que para él es imposible darles, a saber, el ser. “Recuerda –dice el Eclesiástico–, que no habrías nacido si no fuese por ellos”[152]. Sólo Cristo es una excepción a esta regla. En efecto, Él recibió de su Madre su vida como hombre, pero Él le dio a ella tres vidas; su vida humana, cuando con la cooperación del Padre y del Espíritu Santo la creó; su vida de gracia, cuando la previno en la dulzura de sus bendiciones creándola Inmaculada, y su vida de gloria cuando fue asumida al reino de la gloria y exaltada por encima de los coros de los ángeles. En consecuencia, si Cristo, quien le dio a su Bienaventurada Madre más de lo que Él había recibido de ella en su nacimiento, deseó corresponderle, ciertamente el resto de la humanidad está aún más obligada a corresponder a sus padres. Más aún, al honrar a nuestros padres no hacemos sino lo que es nuestro deber, y aún así la bondad de Dios es tal como para recompensarnos por ello. En los Diez Mandamientos está grabada la ley: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra”[153]. Y el Espíritu Santo dice: “Aquél que honre a su padre tendrá gozo en sus propios hijos, y en el día de su oración será escuchado”[154]. Y Dios no sólo recompensa a los que reverencian a sus padres, sino que castiga a los que les son irrespetuosos, pues éstas son las palabras de Cristo: “Dios ha dicho que el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte”[155]. “Y maldito es de Dios quien irrita a su madre”[156]. Por lo tanto, podemos concluir que la maldición de un padre traerá consigo la ruina, pues Dios mismo lo ratificará. Esto se prueba por muchos ejemplos; y narraremos brevemente uno que refiere San Agustín en su Ciudad de Dios. En Cesarea, una ciudad de Capadocia, habían diez niños, a saber siete varones y tres mujeres, que fueron malditos por su madres, y fueron inmediatamente golpeados por el cielo con tal castigo que todos sus miembros temblaron, y, en su penosa situación, adonde fuera que fuesen, no podían soportar la mirada de sus conciudadanos, y así vagaron por todo el mundo Romano. Al final, dos de ellos fueron curados por las reliquias de San Esteban Protomártir, en presencia de San Agustín.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO XII

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

La carga y el yugo que puso nuestro Señor en San Juan, al confiar a su cuidado la protección de su Madre Virgen, fueron ciertamente un yugo dulce y una carga ligera. ¿Quién pues no estimaría una felicidad habitar bajo el mismo techo con quien había llevado por nueve meses en su vientre al Verbo Encarnado, y había disfrutado por treinta años la más dulce y feliz comunicación de sentimientos con Él? ¿Quién no enviaría al discípulo elegido de nuestro Señor, cuyo corazón fue alegrado en la ausencia del Hijo de Dios por la presencia constante de la Madre de Dios? Y aún así si no me equivoco está en nuestro poder obtener por medio de nuestras oraciones que nuestro amabilísimo Señor, que se hizo Hombre por nuestra salvación y fue crucificado por amor a nosotros, nos diga en relación a su Madre, “He ahí a tu Madre”, y diga a su Madre por cada uno de nosotros “¡He ahí a tu hijo!”. Nuestro buen Señor no escatima sus gracias, con tal que nos acerquemos al trono de gracia con fe y confianza, con corazones sinceros, abiertos y no hipócritas. Aquel que desea tenernos como coherederos del reino de su Padre, no desdeñará tenernos como coherederos en el amor de su Madre. Y tampoco nuestra benignísima Madre llevará a mal tener una innumerable multitud de hijos, pues ella tiene un corazón capaz de abrazarnos a todos, y desea ardientemente que no perezca ninguno de esos hijos que su Divino Hijo redimió con su preciosa Sangre y aún más preciosa Muerte. Aproximémonos por tanto con confianza al trono de la gracia de Cristo, y con lágrimas roguémosle humildemente que le diga a su Madre por cada uno de nosotros, “He ahí a tu hijo”, y a nosotros en relación a su Madre, “He ahí a tu Madre”. ¡Cuán seguros estaremos bajo la protección de tal Madre! ¿Quién se atreverá a apartarnos de debajo de su manto? ¿Qué tentaciones, qué tribulaciones podrían vencernos si nos confiamos a la protección de la Madre de Dios y Madre nuestra? Y no seremos los primeros que han obtenido tan poderosa protección. Muchos nos han precedido, muchos, digo, se han puesto bajo la singular y maternal protección de tan poderosa Virgen, y nadie ha sido abandonado de ella con su alma en un estado perplejo y abatido, sino que todos los que han confiado en el amor de tal Madre están felices y gozosos. De ella se ha escrito: “Ella te pisará la cabeza”[157]. Quienes confían en ella pueden con seguridad “pisar sobre el áspid y la víbora, y hollar al león y al dragón”[158]. Escuchemos, sin embargo, las palabras de unos pocos hombres ilustres de los tanto que han reconocido haber encontrado la esperanza de su salvación el Virgen, y a quienes podemos creer que nuestro Señor les dijo “He ahí a tu Madre”, y en relación a quienes le dijo a su Madre, “He ahí a tu hijo”.

El primero será San Efrén de Siria, un antiguo Padre de tanto renombre que San Jerónimo nos informa que sus trabajos eran leídos públicamente en las iglesias antes que las Sagradas Escrituras. En uno de sus sermones sobre las alabanzas de la Madre de Dios, él dice: “La inmaculada y pura Virgen Madre de Dios, la Reina de todo, y la esperanza de los que desesperan”. Y nuevamente: “Tú eres un puerto para los que son atacados por tormentas, consuelo del mundo, liberadora de los que están en prisión; tú eres madre de los huérfanos, redentora de los cautivos, alegría del enfermo, y estrella para la seguridad de todos”. Y nuevamente: “Guárdame y protégeme bajo tu brazo, ten piedad de mí que estoy manchado por el pecado. No confío en nadie sino en ti, oh Virgen sincerísima. ¡Salve, paz, gozo y seguridad del mundo!”. Citaremos a continuación a San Juan Damasceno, quien fue uno de los primeros en mostrar el más grande honor y poner la mayor confianza en la protección de la santísima Virgen. Así dice en un sermón sobre la Natividad de la Bienaventurada Virgen: “Oh hija de Joaquín y Ana, oh Señora, recibe las oraciones de un pecador que te ama y honra ardientemente, y mira a ti como su única esperanza de alegría, como la sacerdotisa de la vida, y la guía de los pecadores para retornar a la gracia y el favor de tu Hijo, y la segura depositaria de la seguridad, aligera el peso de mis pecados, vence mis tentaciones, haz mi vida pía y santa, y concédeme que bajo tu guía pueda llegar a la felicidad celestial”. Ahora seleccionaremos unos pocos pasajes de dos Padres latinos. San Anselmo, en su trabajo Sobre la Excelencia de la Virgen dice: “Considero como un gran signo de predestinación para alguno que se le haya concedido el favor de meditar frecuentemente en María”. Y nuevamente: “Recuerda que a veces obtenemos auxilio con más prontitud invocando el nombre de la Virgen Madre que si hubiésemos invocado el Nombre del Señor Jesús, su único Hijo, y es no porque sea ella más grande o poderosa que Él, ni porque sea Él más grande y poderoso por medio de ella, sino más bien ella por medio de Él. ¿Cómo es entonces que obtenemos auxilio más prontamente al invocarla que al invocar a su Hijo? Digo que creo que es así, y mi explicación es que su Hijo es el Señor y Juez de todo, y es capaz de discernir los méritos de cada uno. En consecuencia, cuando su Nombre es invocado por alguien, puede con justicia prestar oídos sordos a la súplica, pero si el nombre de su Madre es invocado, incluso suponiendo que los méritos del que suplica no le dan derecho a ser escuchado, aún así los méritos de la Madre de Dios son tales que su Hijo no puede negarse a escuchar su oración”. Pero San Bernardo, en un lenguaje que es verdaderamente admirable, describe por un lado el afecto santo y maternal con el que la Bienaventurada Virgen acoge a los que le son devotos, y por otro el amor filial de quienes la miran como Madre. En su segundo sermón sobre el texto “El Ángel fue enviado”, exclama: “Oh tú, quienquiera que seas, que sabes que estás expuesto a los peligros del tempestuoso mar de este mundo más que lo que gozas de la seguridad de la tierra firme, no alejes tus ojos del esplendor de esta Estrella, del María Estrella del Mar, a menos que desees ser devorado por la tempestad. Si los vientos de las tentaciones surgen,, si eres arrojado a las rocas de las tribulaciones, mira esta Estrella, llama a María. Si eres arrojado aquí y allá en las oleadas del orgullo, de la ambición, de las calumnias, de la envidia, levanta la mirada hacia esta Estrella, llama a María. Si tú, aterrorizado por la magnitud de tus crímenes, perplejo ante el impuro estado de tu conciencia, y sacudido por el temor de tu Juez, empiezas a ser engullido por el abismo de la tristeza o el hoyo de la desesperanza, piensa en María; en todos tus peligros, en todas tus dificultades, en todas tus dudas piensa en María, llama a María. No serás confundido si la sigues, no desesperarás si le rezas, no te equivocarás si piensas en ella”. El mismo Santo en este sermón sobre la Natividad de la Virgen dice los siguiente: “Alza tus pensamientos y juzga con qué afecto quiere Él que honremos a María que ha llenado su alma con la plenitud de su bondad, de modo que toda esperanza, toda gracia, toda protección del pecado que recibamos la reconozcamos como viniendo a través de sus manos”. “Veneremos a María con todo nuestro corazón y todas nuestras oblaciones, pues esa es la voluntad de quien ha hecho que recibamos todo por medio de María”. “Hijos míos, ella es la escalera para los pecadores, ella es my mayor confianza, ella es todo el fundamento de mi esperanza”. A estos extractos de los escritos de dos santos Padres, añadiré algunas citas de dos santos Teólogos. Santo Tomás, en su ensayo sobre la salutación angélica, dice: “Ella es bendita entre todas las mujeres porque ella sola ha quitado la maldición de Adán, ha traído bendiciones a la humanidad, y ha abierto las puertas del Paraíso. Por eso es llamada María, nombre que significa “Estrella del Mar”, pues así como marineros conducen sus naves a puerto mirando las estrellas, así los Cristianos son llevados a la gloria por la intercesión de María”. San Buenaventura escribe en su Pharetra: “Oh Santísima Virgen, así como todo el que te odia y es olvidado por ti necesariamente perecerá, así todo el que te ama y es amado por ti necesariamente será salvado”. El mismo Santo en su Vida de San Francisco habla así de la confianza de éste en la Bienaventurada Virgen: “Amó a la Madre de nuestro Señor Jesucristo con un amor inefable, por ella nuestro Señor Jesucristo llegó a ser nuestro hermano, y por ella obtuvimos misericordia. Junto a Cristo colocó toda su confianza en ella, la miró como abogada propia y de su Ordena, y en su honor ayunó devotamente desde la fiesta de San Pedro y San Pablo hasta la Asunción”. Con estos santos juntaremos el nombre del Papa Inocencio III, quien fue eminentemente distinguido por su devoción a la Virgen, y no sólo celebró sus grandezas en sus sermones, sino que construyó un monasterio en su honor, y lo que es más admirable, en una exhortación que dirigió a su grey para que confíen en ella, usó palabras cuya veracidad fue luego ejemplificada en su propia persona. Así hablo en su segundo sermón sobre la Asunción: “Que el hombre que está sentado en la oscuridad del pecado mire la luna, que invoque a María para que ella interceda ante su Hijo, y le obtenga la compunción de corazón. Pues ¿quién que la haya alguna vez llamado en su desgracia no ha sido escuchado?”. El lector puede consultar el cap. IX, libro 2, sobre “Las lágrimas de la paloma”, y ver que allí hemos escrito sobre el Papa Inocencio III. De estos extractos, y de estos signos de predestinación, queda abundantemente evidente que una devoción cordial a la Virgen Madre de Dios no es novedad alguna. Pues parecería increíble que perezca alguien en cuyo favor Cristo le ha dicho a su Madre: “He ahí a tu hijo”, con tal que no preste oídos sordos a las palabras que Cristo le dirigió a él mismo: “He ahí a tu Madre”.

 

 

Libro II

 

SOBRE LAS CUATRO ÚLTIMAS PALABRAS DICHAS EN LA CRUZ

 

 

CAPÍTULO I

Explicación literal de la cuarta Palabra:

“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”

Hemos explicado en la parte anterior las tres primeras palabras que fueron pronunciadas por nuestro Señor desde el púlpito de la Cruz, alrededor de la hora sexta, poco después de su crucifixión. En esta parte explicaremos las cuatro restantes palabras, que, luego de la oscuridad y el silencio de tres horas, proclamó este mismo Señor desde este mismo púlpito con fuerte voz. Pero primero parece necesario explicar brevemente cuál, y de dónde, y para qué surgió la oscuridad que existió entre las tres primeras y las últimas cuatro palabras, pues así dice San Mateo: “Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: “¡Elí, Elí! ¿Lemá sabactaní?”, esto es: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?””[159]. Y esta oscuridad surgió de un eclipse de sol, tal como nos lo narra San Lucas:

“Se eclipsó el sol”[160], dice.

Pero aquí se presentan tres dificultades. En primer lugar, un eclipse de sol ocurre en luna nueva, cuando la luna está entre la tierra y el sol, y esto no puede haber sucedido en la muerte de Cristo, porque la luna no estaba en conjunción con el sol, como ocurre cuando hay luna nueva, sino que estaba opuesta al sol como en la luna nueva, pues la Pasión ocurrió en la Pascua de los judíos, que, según San Lucas, estaba en el día catorce del mes lunar. En segundo lugar, incluso si la luna hubiese estado en conjunción con el sol en el momento de la Pasión, la oscuridad no podría haber durado tres horas, es decir, desde la sexta hasta la nona, pues un eclipse de sol no dura tanto tiempo, especialmente si es un eclipse total, cuando el sol está tan escondido que su oscuridad es llamada tinieblas. Pues dado que la luna se mueve más rápido que el sol, según su propio movimiento, oscurece la superficie entera del sol por un periodo breve solamente, y, estando el sol constantemente en movimiento, mientras la luna se aleja, empieza a dar su luz a la tierra. Finalmente, no puede ocurrir jamás que por la conjunción del sol y de la luna la tierra entera quede en tinieblas, Pues la luna es más pequeña que el sol, incluso más pequeña que la tierra, y por lo tanto por su interposición no puede la luna oscurecer tanto al sol como para privar al universo de su luz. Y si alguien sostiene que la opinión de los Evangelistas se refiere solamente a la tierra de Palestina, y no al mundo entero absolutamente, es refutado por el testimonio de San Dionisio el Areopagita, quien, en su Epístola a San Policarpo, declara que en la ciudad de Heliópolis, en Egipto, él mismo vio este eclipse del sol, y sintió estas horrorosas tinieblas. Y Flego, un historiador griego, gentil, relata este eclipse cuando dice: “En el cuarto año de la bicentesimosegunda Olimpiada, tuvo lugar el eclipse más grande y extraordinario que haya jamás ocurrido, pues a la hora sexta la luz del día se trocó en tinieblas de noche, de modo que las estrellas aparecieron en los cielos”. Este historiador no escribió en Judea, y es citado por Orígenes contra Celso, y Eusebio en sus Crónicas sobre el trigésimo tercer año de Cristo. Luciano mártir da así testimonio del acontecimiento: “Mira en nuestros anales, y encontrarás que en el tiempo de Pilato desapareció el sol, y el día fue invadido por tinieblas”. Rufino cita estas palabras de San Luciando en la Historia Eclesiástica de Eusebio, que él mismo tradujo al latín. También Tertuliano, en su Apologeticon, y Pablo Orosio, en su historia, todos ellos, en efecto, hablan del globo entero, y no de solo Judea. Ahora bien en cuanto a la solución de las dificultades. Lo que dijimos más arribe, que un eclipse de sol ocurre en luna nueva, y no en luna llegan, es cierto cuando tiene lugar un eclipse natural; pero el eclipse en la muerte de Cristo fue extraordinario y no natural, pues fue el efecto de Aquel que hizo el sol y la luna, el cielo y la tierra. San Dionisio, en el pasaje que acabamos de referir, afirma que al mediodía la luna fue vista por él y por Apolofanes acercarse al sol con un movimiento rápido e inusual, y que la luna se ubicó a sí misma ante el sol y permaneció en esa posición hasta la hora nona, y de la misma manera regresó a su lugar en el Este. A la objeción de que un eclipse del sol no podía durar tres horas, de modo que por todo ese tiempo las tinieblas cubriesen la tierra, podemos responder que en un eclipse natural y ordinario esto sería cierto: este eclipse, sin embargo, no estuvo regido por las leyes de la naturaleza, sino por la voluntad del Creador Todopoderosos, quien pudo tan fácilmente detener a la luna, como ocurrió, quieta ante el sol, sin moverse ni más rápido ni más lento que el sol, como pudo traer la luna de modo extraordinario y con gran velocidad desde su posición al Este del sol, y luego de tres horas hacerla regresar a su lugar en los cielos. Finalmente, un eclipse del son no podría haber sido percibido en el mismo momento en todas partes del mundo, pues la luna es más pequeña que la tierra y mucho más pequeña que el sol. Esto es ciertísimo en relación a la simple interposición de la luna; pero lo que la luna no podía hacer por sí misma, lo hizo el Creador del sol y de la luna, con tan sólo dejar de cooperar con el sol en la iluminación del globo. Y, nuevamente, no puede ser cierto, como algunos supones, que estas tinieblas universales fueran causadas por nubes densas y oscuras, pues es evidente, por la autoridad de los antiguos, que durante este eclipse y tinieblas las estrellas brillaron en el cielo y nubes densas habrían oscurecido no sólo al sol, sino también la luna y las estrellas.

Son varias las razones dadas por las que Dios deseó estas tinieblas universales durante la Pasión de Cristo. Hay dos especiales entre ellas. Primero, para mostrar la verdadera ceguera del pueblo judío, como nos lo cuenta San León en su décimo sermón sobre la Pasión de nuestro Señor, y esta ceguera de los judíos dura hasta este momento, y seguirá durando, según la profecía de Isaías:

“¡Arriba, resplandece, oh Jerusalén, que ha llegado tu luz, y la gloria del Señor ha amanecido sobre ti! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos”[161]: la más densa oscuridad, sin duda, cubrirá al pueblo de Israel, y una espesa nube más ligera y fácilmente disipable cubrirá a los gentiles. La segunda razón, tal como lo enseña San Jerónimo, fue para mostrar la inmensa magnitud del pecado de los judíos. En efecto, antes, hombres perversos solían hostigar, perseguir y matar a los buenos; ahora, hombres impíos se atrevieron a perseguir y crucificar a Dios mismo, quien había asumido nuestra naturaleza humana. Antes los hombres discutían unos con otros; de las disputas pasaban a las maldiciones; y de las maldiciones a la sangre y el asesinato; ahora siervos y esclavos se han levantado contra el Rey de los hombres y de los ángeles, y con una inaudita audacia lo han clavado en una Cruz. Por tanto, el mundo entero se ha llenado de horror, y para mostrar cuánto detesta semejante crimen, el sol ha retirado sus rayos y ha cubierto el universo con una terrible oscuridad.

Pasemos ahora a la interpretación de las palabras del Señor: “¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?”. Estas palabras están tomadas del Salmo 21: “Dios mío, Dios mío, mírame, ¿por qué me has abandonado?”[162]. Las palabras “mírame”, que aparecen a la mitad del versículo, fueron añadidas por los Setenta intérpretes, pero en el texto hebreo sólo se encuentran las palabras que nuestro Señor pronunció. Debemos resaltar que los Salmos fueron escritos en hebreo, y las palabras pronunciadas por Cristo estaban en parte en siriaco, que era el lenguaje entonces en uso entre los judíos. Estas palabras: “Talita kumi — Muchacha, a ti te digo, levántate”, y “Effatá — Ábrete”, así como otras palabras en el Evangelio son siriacas y no hebreas. Nuestro Señor entonces se queja de haber sido abandonado por Dios, y se queja gritando con fuerte voz. Estas dos circunstancias deben ser brevemente explicadas. El abandono de Cristo por su Padre puede ser interpretado de cinco maneras, pero hay una sola que es la verdadera interpretación. Pues, en efecto, hubo cinco uniones entre el Padre y el Hijo: una, la unión natural y eterna de la Persona el Hijo en esencia; la segunda, el nuevo lazo de unión de la Naturaleza Divina con la naturaleza humana en la Persona del Hijo, o lo que es lo mismo, la unión de la Persona Divina del Hijo con la naturaleza humana; la tercera era la unión de gracia y voluntad, pues Cristo como hombre era un hombre “lleno de gracia y de verdad”[163], como lo atestigua en San Juan: “yo hago siempre lo que le agrada a él”[164], y de Él lo dijo el Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[165]. La cuarta fue la unión de gloria, pues el alma de Cristo gozó desde el momento de la concepción de la visión beatífica; la quinta fue la unión de protección a la que se refiere cuando dice: “y el que me ha enviado está conmigo, no me ha dejado solo”[166]. El primer tipo de unión es inseparable y eterno, pues se funda en la Esencia Divina, y así dice nuestro Señor: “Yo y el Padre somos uno”[167]; y por tanto no dijo Cristo: “Padre mío, ¿por qué me has abandonado?”, sino “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pues el Padre es llamado el Dios del Hijo sólo después de la Encarnación y por razón de la Encarnación. El segundo tipo de unión no ha sido ni jamás puede ser disuelto, pues lo que Dios ha asumido una vez no puede jamás dejarlo de lado y por eso dice el Apóstol: “El que no se perdonó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”[168]; y, San Pedro, “Cristo padeció por nosotros”, y “Ya que Cristo padeció en la carne”[169]: todo lo cual prueba que no quien fue crucificado no fue meramente un hombre, sino el verdadero Hijo de Dios, y Cristo el Señor. El tercer tipo de unión también existe aún y existirá siempre: “Pues también Cristo murió una sola vez por nuestros pecados, el justo por los injustos”[170], tal como lo expresa San Pedro; pues para ningún provecho nos habría sido la muerte de Cristo si esta unión de gracia se hubiese disuelto. La cuarta unión no pudo ser interrumpida, pues la beatitud del alma no puede perderse, ya que comprende el goce de todo bien, y la parte superior del alma de Cristo estaba verdaderamente feliz[171].

Queda entonces solamente la unión de protección, que fue quebrada por un breve periodo, para dar tiempo a la oblación del sacrificio de sangre para la redención del mundo. En efecto, Dios Padre pudo en varias maneras haber protegido a Cristo, y haber impedido la Pasión, y por este motivo dice Cristo en su Oración en el Huerto: “Padre, todo es posible para ti; aparte de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú”[172]: y nuevamente a San Pedro: “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?”[173]. Asimismo, Cristo como Dios pudo haber salvado del sufrimiento su Cuerpo, pues dice “Nadie me la quita [mi vida]; yo la doy voluntariamente”[174] y esto es lo que había profetizado Isaías: “Fue ofrecido por su propia voluntad”[175]. Finalmente, el Alma bendita de Cristo puedo haber transmitido al Cuerpo el don de la impasibilidad y de la incorrupción; pero le plugo al Padre, y al Verbo, y al Espíritu Santo, para que se cumpliese el decreto de la Santa Trinidad, permitir que el poder del hombre prevalezca temporalmente contra Cristo. Pues esta era la hora a la que se refería Cristo cuando dijo a los que venían a aprehenderlo:

“Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”[176]. Así entonces, Dios abandonó a su Hijo cuando permitió que su Carne humana sufriese tan crueles tormentos sin consuelo alguno, y Cristo manifestó este abandono gritando con voz fuerte para que todos puedan conocer la inmensidad del precio de nuestra redención, pues hasta esa hora había Él soportado todos sus tormentos con tanta paciencia y ecuanimidad que apareciese casi como libre de la capacidad de sentir. No se quejó Él de los judíos que lo acusaron, ni de Pilato que lo condenó, ni de los soldados que lo crucificaron. No gimió; no gritó; no dio ningún signo exterior de su sufrimiento; y ahora, a punto de morir, para que la humanidad pueda entender, y nosotros, sus siervos, podamos recordar una gracia tan inmensa, y el valor del precio de nuestra redención, quiso declarar públicamente el gran sufrimiento de su Pasión. Por eso estas palabras “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” no son palabras de alguien que acusa, o que reprocha, o que se queja, sino, como he dicho, son palabras de Alguien que declara la inmensidad de su sufrimiento por la mejor de las causas, y en el más oportuno de los momentos.

CAPÍTULO II

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Hemos explicado brevemente lo relativo a la historia de la cuarta palabra: nos toca ahora recoger algunos frutos del árbol de la Cruz. El primer pensamiento que se presenta es que Cristo quiso apurar el cáliz de su Pasión hasta lo último. Permaneció en la Cruz por tres horas, desde la hora sexta hasta la nona. Permaneció por tres horas enteras y completas, incluso por más de tres horas, pues fue pegado a la Cruz antes de la hora sexta, y no quiso morir hasta la hora nona, como se prueba a continuación. El eclipse de sol comenzó a la hora sexta, como lo muestran los tres Evangelistas Mateo, Marcos y Lucas; San Marcos dice expresamente: “Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona”[177]. Ahora bien, nuestro Señor pronunció sus tres primeras palabras en la Cruz antes que se iniciase la oscuridad, y por lo tanto antes de la hora sexta. San Marcos explica esta circunstancia más claramente diciendo: “Era la hora tercia cuando le crucificaron”; y añadiendo poco después: “Llegada la hora sexta, hubo oscuridad”[178]. Cuando dice que nuestro Señor fue crucificado en la hora tercia, quiere indicar que fue clavado en la Cruz antes del fin de esa hora, y por lo tanto antes del inicio de la hora sexta. Debemos notar aquí que San Marcos habla de las horas principales, cada una de las cuales contenía tres horas ordinarias, tal como el propietario llamó a sus viñadores en las horas primera, tercia, sexta, nona y undécima[179]. Por tanto San Marcos dice que nuestro Señor fue crucificado en la hora tercia, pues la hora sexta no había llegado aún.

Nuestro Señor quiso entonces beber el cáliz lleno y rebosante de su Pasión para enseñarnos a amar el cáliz amargo del arrepentimiento y el esfuerzo, y a no amar la copa de las consolaciones y los placeres mundanos. Según la ley de la carne y el mundo, debemos escoger pequeñas mortificaciones, pero grandes indulgencias; poco trabajo, pero mucha alegría; tomar poco tiempo para nuestras oraciones, pero largo tiempo para conversaciones ociosas. En verdad no sabemos lo que pedimos, pues el Apóstol advierte a los Corintios: “cada cual recibirá el salario según su propio trabajo”[180]; y nuevamente: “no recibe la corona si no ha competido según el reglamento”[181]. La felicidad eterna debe ser la recompensa del trabajo eterno, pero puesto que no podríamos disfrutar jamás de la felicidad eterna su nuestro trabajo aquí tuviese que ser eterno, nuestro Señor queda satisfecho si durante la vida que pasa como una sombra nos esforzamos por servirlo por el ejercicio de las buenas obras; por otro lado, los que pasan su corta vida ociosamente o, lo que es peor, pecando y provocando la ira de Dios, no son hijos sino niños que no tienen corazón, ni entendimiento, ni juicio. Pues si era necesario que Cristo padeciera y entrara así en su gloria[182], cómo podremos entrar en una gloria que no es nuestra perdiendo el tiempo detrás de los placeres y la gratificación de la carne? Si el significado del Evangelio fuese oscuro, y pudiese ser entendido solamente luego de arduo esfuerzo, tal vez habría alguna excusa; pero su significado ha sido puesto de modo tan sencillo con el ejemplo de la vida de Aquel que lo predicó primero, que ni el ciego puede equivocarse en percibirlo. Y la enseñanza de Cristo no ha sido ejemplificada sólo con su propia vida, sino que ha habido tantos comentarios a su doctrina al alcance de todos, como han habido apóstoles, mártires, confesores, vírgenes y santos, cuyas alabanzas y triunfos celebramos día a día. Y todos estos proclaman fuertemente que no a través de muchos placeres, sino “a través de muchas tribulaciones” nos es necesario “entrar en el Reino de Dios”[183].

CAPÍTULO III

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Otro fruto, y muy provechoso, puede ser obtenido por la consideración del silencio de Cristo durante esas tres horas que transcurrieron entre la hora sexta y la nona. Pues, oh alma mía, ¿qué fue lo que hizo tu Señor durante esas tres horas? El horror y la oscuridad universal habían cubierto el mundo, y tu Señor estaba reposando, no en una suave cama, sino en una Cruz, desnudo, sobrecargado de dolores, sin nadie que lo consuele. Tú, Señor, que eres el único que sabe lo que sufriste, enseña a tus siervos a entender cuánta gratitud te deben, para que participen contigo de tus lágrimas, y para que sufran por tu amor, si es tu parecer, la pérdida de todo tipo de consuelo en este su lugar de exilio.

“Oh hijo mío, durante el curso entero de mi vida mortal, que no fue otra cosa que continuo trabajo y dolor, no experimenté jamás tanta angustia como durante esas tres horas, ni sufrí jamás con mayor buena voluntad que entonces. Pues entonces, por la debilidad de mi Cuerpo, mis Heridas se abrían cada vez más, y la amargura de mis dolores se acrecentaba. También entonces, el frío, que aumentaba por la ausencia del sol, hizo aún mayores los sufrimientos de mi desnudo Cuerpo desde la cabeza hasta los pies. También entonces, la oscuridad misma que impedía la vista del cielo, de la tierra y de todo lo demás, como que forzó mis pensamientos a detenerse tan sólo en los tormentos de mi Cuerpo, de modo que así estas tres horas parecieron ser tres años. Pero ya que mi Corazón estaba inflamado con un anhelante deseo de honrar a mi Padre, de mostrarle mi obediencia, y de procurar la salvación de vuestras almas, y los dolores de mi cuerpo se acrecentaban tanto más cuanto este deseo iba siendo saciado, así estas tres horas parecieron ser tan sólo tres pequeños momentos, así de grande fue mi amor al sufrir”.

“Oh querido Señor, habiendo sido ése el caso, somos muy ingratos si tratamos de pasar una hora pensando en tus dolores, cuando tú no vacilaste en pender de una Cruz por nuestra Salvación durante tres horas completas, en la aterradora oscuridad, el frío y la desnudez, sufriendo una incontenible sed y punzadas aún más amargas. Pero, Tú que amas a los hombres, te pido me respondas esto. ¿Pudo la vehemencia de tus sufrimientos apartar por un sólo momento tu Corazón de la oración durante esas tres largas y silentes horas? Pues cuando nosotros pasamos dificultad, especialmente si sufrimos un dolor corporal, encontramos una gran dificultad para orar”.

“No ocurrió eso conmigo, hijo mío, pues en un Cuerpo débil tenía Yo un Alma lista para la oración. Efectivamente, durante esas tres horas, cuando no salió una sola palabra de mis labios, oré y supliqué al Padre por ti con mi Corazón. Y oré no sólo con mi Corazón, sino también con mis Heridas y con mi Sangre. Pues había tantas bocas clamando por ti ante el Padre como Heridas había en mi Cuerpo, y mis Heridas eran muchas; y había tantas lenguas pidiendo y rogando por ti ante el mismo Padre, que es tu Padre y mi Padre, como había gotas de Sangre cayendo al suelo”.

“Ahora finalmente, Señor, has abatido del todo la impaciencia de tu siervo, quien si eventualmente busca rezar lleno de trabajos, o cargado con aflicciones, apenas puede levantar su mente a Dios para rezar por sí mismo; o si por tu gracia consigue levantar su mente, no puede mantener fija su atención, sino que sus pensamientos se vuelven errantes hacia su trabajo o su dolor. Por tanto, Señor, ten piedad de este siervo tuyo por tu gran misericordia, para que imitando el gran ejemplo de tu paciencia pueda caminar por tus huellas y aprender a desdeñar sus leves aflicciones, al menos durante su oración”.

CAPÍTULO IV

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Cuando nuestro Señor exclamó en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Él no ignoraba la razón por la cual Dios lo había abandonado. ¿Qué podía ignorar quien conocía todas las cosas? Y así San Pedro, cuando nuestro Señor le preguntó “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”, respondió, “Señor, tu sabes todas las cosas: tu sabes que te amo”[184]. Y el Apóstol San Pablo, hablando de Cristo, dice, “En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento”[185]. Cristo por lo tanto preguntó, no para aprender algo, sino para alentarnos a preguntar, de manera que buscando y encontrando podamos aprender muchas cosas que nos serán útiles e incluso quizás necesarias. ¿Por qué, entonces, Dios abandonó a su Hijo en medio de sus pruebas y de su amarga angustia? Cinco razones se me presentan, y éstas las mencionaré para que aquellos que son más sabios que yo puedan tener la oportunidad de investigar otras mejores y más útiles.

La primera razón que se me presenta es la grandeza y la multitud de los pecados que la humanidad ha cometido contra su Dios, y que el Hijo de Dios asumió para expiarlos en su propia Carne: “El mismo”, escribe Pedro, “que llevó nuestros pecados en su Cuerpo sobre el árbol; a fin de que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos para la justicia; por cuyas heridas vosotros fuisteis curados”[186]. En efecto, la grandeza de las ofensas que Cristo asumió para expiar es en cierto sentido infinita, por razón de la Persona de infinita majestad y excelencia que ha sido ofendida; pero, por otro lado, la Persona de Aquel que expía, Persona que es el Hijo de Dios, es también de infinita majestad y excelencia, y por consiguiente cada sufrimiento voluntariamente tomado por el Hijo de Dios, incluso si hubiese derramado tan sólo una gota de su Sangre, habría sido una expiación suficiente. Con todo quiso Dios que su Hijo tuviera que sufrir innumerables tormentos y los más duros dolores, porque nosotros habíamos cometido no una sino numerosas ofensas, y el Cordero de Dios, que quitó los pecados del mundo, tomó sobre sí no sólo el pecado de Adán, sino todos los pecados de toda la humanidad. Esto se ve en ese abandono del que el Hijo se queja al Padre: “¿Por qué me has abandonado?”. La segunda razón es la grandeza y la multitud de las penas del infierno, y el Hijo de Dios muestra cuán grandes son al querer apagarlos con los torrentes de su Sangre. El profeta Isaías nos enseña qué tan terribles son, que son completamente intolerables, cuando pregunta: “¿Quién de ustedes puede habitar con el fuego devorador? ¿Quién de ustedes podrá habitar con llamas eternas?”[187]. Demos, entonces, gracias con todo nuestro corazón a Dios, quien consintió abandonar por un momento a su Único Hijo a los más grandes tormentos, para liberarnos de las llamas que serían eternas. Démosle gracias, también, desde el fondo de nuestro corazón al Cordero de Dios, que prefirió ser abandonado por Dios bajo su espada castigadora que abandonarnos a nosotros a los dientes de aquella bestia que siempre roerá y nunca estará satisfecha de roernos.

La tercera razón es el alto valor de la gracia de Dios, que es esa perla tan preciosa que obtuvo Cristo, el mercader sabio, vendiendo todo lo que tenía, y nos la devolvió a nosotros. La gracia de Dios, que nos fue dada en Adán, y que perdimos a través del pecado de Adán, es una piedra tan preciosa que mientras adorna nuestras almas y las hace agradables a Dios, es también una prenda de la felicidad eterna. Nadie podía devolvernos esa piedra preciosa, que era la joya de nuestras riquezas y de la cual la astucia de la serpiente nos había privado, sino el Hijo de Dios, quien venció por su sabiduría la maldad del demonio, y quien nos la devolvió al gran costo de sí mismo, ya que soportó tantas penas y dolores. Prevaleció la obediencia del Hijo, que tomó sobre sí el más penoso peregrinaje para recuperarnos esa joya preciosa. La cuarta causa fue la inmensa grandeza del reino de los cielos, que el Hijo de Dios nos abrió con su inmensa fatiga y sufrimiento, a quien la Iglesia canta agradecida, “Cuando venciste el aguijón de la muerte, abriste el reino de los cielos a los creyentes”. Pero para conquistar el aguijón de la muerte fue necesario sostener un duro combate con la muerte, y para que el Hijo de Dios pudiera triunfar lo más gloriosamente posible en este combate, fue abandonado por su Padre. La quinta causa fue el inmenso amor que el Hijo de Dios tenía por su Padre. Pues en la redención del mundo y en la extirpación del pecado, Él se propuso hacer una satisfacción abundante y superabundante en honor de su Padre. Y esto no podría haber sido hecho si el Padre no hubiese abandonado al Hijo, esto es, si no le hubiese permitido sufrir todos los tormentos que pudieran ser ideados por la malicia del demonio, o pudieran ser soportados por un hombre. Si, por lo tanto, alguien pregunta por qué Dios abandonó a su Hijo en la Cruz cuando estaba sufriendo tan extremados tormentos, nosotros podemos responder que Él fue abandonado para enseñarnos la inmensidad del pecado, la inmensidad del infierno, la inmensidad de la gracia Divina, la inmensidad de la vida eterna, y la inmensidad del amor que el Hijo de Dios tuvo por su Padre. De estas razones surge otra pregunta: ¿Por qué, entonces, ha mezclado Dios el cáliz del sufrimiento de los mártires con una consolación espiritual tal que prefieren beber su cáliz endulzado con estas consolaciones a estar sin sufrimiento ni consolación, y permitió a su querido y amado Hijo beber hasta el final el cáliz amargo de su sufrimiento sin ninguna consolación? La respuesta es que en el caso de los mártires no se verifica ninguna de las razones que hemos dado arriba con respecto a nuestro Señor.

CAPÍTULO V

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Otro fruto debe ser recogido, no tanto de la cuarta palabra en sí misma como de las circunstancias del tiempo en el cual fue pronunciada: esto es, de la consideración de la terrible oscuridad que precedió inmediatamente a la enunciación de esta palabra. La consideración de esta oscuridad sería lo más apropiado, no sólo para ilustrar a la nación hebrea, sino para fortalecer a los cristianos mismos en la fe, si consideran seriamente la fuerza de las verdades que nos proponemos encontrar en ella.

La primera verdad es que mientras Cristo estaba en la Cruz el sol estaba oscurecido de tal manera que las estrellas eran tan visibles como lo son de noche. Este hecho es garantizado por cinco testigos, dignos de toda credibilidad, quienes eran de distintas naciones y escribieron sus libros en tiempos distintos y en lugares distintos, de tal manera que sus escritos no pudieron ser el resultado de comparación o conspiración alguna. El primero es San Mateo, un judío, quien escribió en Judea, y fue uno de aquellos que vio el sol oscurecerse. Ahora bien, ciertamente un hombre de este cuidado y prudencia no hubiera escrito lo que escribió, y en la ciudad de Jerusalén como es probable, a menos que el hecho que describió hubiese sido verdadero. De otra manera hubiese sido ridiculizado y objeto de burla para los habitantes de la ciudad y del país por haber escrito algo que todos sabían era falso. Otro testigo es San Marcos, quien escribió en Roma; también él vio el eclipse, pues se encontraba en Judea en ese tiempo con los demás discípulos de nuestro Señor. El tercero es San Lucas, quien era griego y escribió en griego: también él vio el eclipse en Antioquía. Como Dionisio Areopagita lo vio en Heliópolis, en Egipto, San Lucas pudo verlo más fácilmente en Antioquía, que está más cerca de Jerusalén que Heliópolis. Los testigos cuarto y quinto son Dionisio y Apolófanes, ambos griegos y en ese tiempo gentiles, quienes claramente afirman que vieron el eclipse y se llenaron de asombro ante él. Estos son los cinco testigos que dan testimonio del hecho porque lo vieron. A su autoridad debemos añadir la de los Anales de los Romanos y la de Flegon, el cronista del emperador Adriano, como hemos mostrado arriba en el primer capítulo. Por consiguiente esta primera verdad no puede ser negada por Judíos o Paganos sin gran temeridad. En medio de los cristianos es considerada parte de la fe católica.

La segunda verdad es que este eclipse sólo pudo ser ocasionado por el grandísimo poder de Dios: que por lo tanto no pudo ser el trabajo del demonio, o de los hombres a través de la mediación del demonio, sino que procedió de la especial Providencia y voluntad de Dios, el Creador y Soberano del mundo. La prueba es ésta. El sol sólo pudo ser eclipsado por uno de estos tres métodos: ya sea por la interposición de la luna entre el sol y la tierra; o por alguna nube grande y densa; o a través de la absorción o extinción de los rayos del sol. La interposición de la luna no pudo haber ocurrido por las leyes de la naturaleza, ya que era la Pascua de los judíos y la luna estaba llena. El eclipse entonces debió haber ocurrido o sin la interposición de la luna, o la luna, por algún milagro grande y extraordinario, debió haber pasado en unas pocas horas sobre un espacio que naturalmente le tomaría catorce días completar, y luego por la repetición del milagro habría retornado a su lugar natural. Ahora bien, es admitido por todos que sólo Dios puede influenciar los movimientos de las esferas celestes, porque el demonio tiene sólo poder en este globo, y así el Apóstol llama a Satanás “el príncipe de los poderes de este aire”[188].

El eclipse del sol no pudo haber ocurrido por el segundo método, pues una densa y gruesa nube no podría esconder los rayos del sol sin al mismo tiempo ocultar las estrellas. Y tenemos la autoridad de Flegon para decir que durante este eclipse las estrellas eran tan visibles en el cielo como lo son durante la noche. Y respecto al tercer método, debemos recordar que los rayos del sol no pudieron ser absorbidos o extinguidos sino sólo por el poder de Dios quien creó el sol. Por lo tanto esta segunda verdad es tan cierta como la primera, y no puede ser negada sin un grado igual de temeridad.

La tercera verdad es que la Pasión de Cristo fue la causa del eclipse que fue realizado por la especial Providencia de Dios, y es probada por el hecho de que la oscuridad ensombreció la tierra justo el tiempo que nuestro Señor permaneció vivo en la Cruz, esto es, desde la hora sexta hasta la nona. Atestiguan esto todos los que hablan del eclipse; y no podría haber ocurrido que un eclipse en sí mismo milagroso coincidiese por casualidad con la Pasión de Cristo. Pues los milagros no son producto de la casualidad, sino del poder de Dios. Y no conozco de ningún autor que haya asignado otra causa a este eclipse tan maravilloso. Así pues, quienes conocen a Cristo reconocen que fue realizado en atención a Él, y quienes no lo conocen confiesan su ignorancia de su causa, pero permanecen en admiración ante el hecho.

La cuarta verdad es que una oscuridad tan terrible sólo podría haber mostrado que la sentencia de Caifás y Pilato era injustísima, y que Jesús era el Hijo único y verdadero de Dios, el Mesías prometido a los judíos. Esta fue la razón por la que los judíos pedían su muerte. Pues cuando en el consejo de los Sacerdotes, los Escribas y los Fariseos el Sumo Sacerdote vio que la evidencia presentada contra Él no probaba nada, se levantó y dijo: “Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”.

Y cuando nuestro Señor reconoció y confesó que sí lo era, aquél “rasgó sus vestidos y dijo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?” Respondieron ellos diciendo: “Es reo de muerte””[189]. Nuevamente cuando estaba ante Pilato, quien deseaba liberarlo, los Sumos Sacerdotes y el pueblo gritaban: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios”[190]. Este fue el principal motivo por el que Cristo nuestro Señor fue condenado a la muerte de la Cruz, y esto había sido profetizado por el profeta Daniel cuando dijo: “el Cristo será suprimido, y el pueblo que lo niegue no será suyo”[191]. Por esta causa, entonces, Dios permitió que durante la Pasión de Cristo una horrible oscuridad se esparza sobre el mundo entero, para mostrar con total claridad que el Sumo Sacerdote estuvo equivocado, que el pueblo judío estuvo equivocado, que Herodes estuvo equivocado, y que el que estuvo colgado de la Cruz era su único Hijo, el Mesías. Y cuando el centurión vio estas manifestaciones celestiales exclamó: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”[192]; y nuevamente, “Ciertamente este Hombre era justo”[193]. Pues el centurión reconoció en tales signos celestiales la voz de Dios anulando la sentencia de Caifás y de Pilato, y declarando que este Hombre era condenado a muerte en contra de la ley, pues era el Autor de la vida, el Hijo de Dios, el Cristo prometido. Pues qué otra cosa podría haber significado Dios con esta oscuridad, con la secreta separación de las rocas y el rasgarse el velo del Templo, sino que se estaba apartando de un pueblo que una vez fue el suyo, y estaba airado con gran ira pues no habían conocido el tiempo de su visita.

Ciertamente si los judíos considerasen estas cosas, y al mismo tiempo volviesen su atención al hecho de que desde ese día fueron dispersados por todas las naciones, no tuvieron ya ni reyes ni pontífices, ni altares, ni sacrificios, ni profetas, deberían concluir que han sido abandonados por Dios y, lo que es peor, que se han sido entregados a un sentido corrupto, y que se cumple en ellos ahora lo que Isaías profetizó cuando presentó al Señor diciendo: “Escuchad bien, pero no entendáis, ved bien, pero no comprendáis. Enceguece el corazón de ese pueblo y hazlo duro de oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y lo cure”[194].

CAPÍTULO VI

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

En las tres primeras palabras Cristo nuestro Maestro nos ha recomendado tres grandes virtudes: caridad para con nuestros enemigos, amabilidad para los que sufren, y afecto por nuestros padres. En las cuatro últimas palabras nos recomienda cuatro virtudes, ciertamente no más excelentes, pero aún así no menos necesarias para nosotros: humildad, paciencia, perseverancia y obediencia. En efecto, de la humildad, que puede ser llamada la virtud característica de Cristo, pues no se ha hecho mención de ella en los escritos de los sabios de este mundo, nos dio Él ejemplo por medio de sus acciones durante el transcurso completo de su vida y con selectas palabras se mostró como el Maestro de la virtud cuando dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón”[195]. Pero en ningún momento nos alentó más claramente a la práctica de esta virtud, y junto con ella a la de la paciencia, que no puede ser separada de la humildad, que cuando exclamó “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pues Cristo nos muestra con estas palabras que con el consentimiento de Dios, tal como lo atestiguaron las tinieblas, se había oscurecido toda su gloria y su excelencia, y nuestro Señor no podría haber soportado esto si no hubiese poseído la virtud de la humildad en el grado más heroico.

La gloria de Cristo, de la que nos escribe San Juan al inicio de su Evangelio –“Vimos su gloria, gloria como de Hijo Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”[196]–, consistía en su Poder, su Rectitud, su Justicia, su real Majestad, la felicidad de su Alma, y la dignidad divina de la que gozaba como el verdadero y real Hijo de Dios. Las palabras “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, muestran que su Pasión echó un velo sobre todos estos dones. Su Pasión echó un velo sobre su poder, pues cuando estuvo clavado en la Cruz aparecía tan impotente que los Sumos Sacerdotes, los soldados y el ladrón se burlaban de su debilidad diciendo: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la Cruz; Él que salvó a otros, a sí mismo no puede salvarse”[197]. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad le fue necesaria a Él que era Todopoderoso, para no responder ni una palabra a semejantes mofas! Su Pasión echó un velo sobre su Sabiduría, pues ante el Sumo Sacerdote, ante Herodes, ante Pilato, estuvo como privado de entendimiento y respondió sus preguntas con el silencio, de modo tal que “Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido”[198]. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad, le fue necesaria a quien era no sólo más sabio que Salomón, sino que era la Sabiduría misma de Dios, para tolerar tales ultrajes! Su Pasión echó un velo sobre la rectitud de su vida, pues fue clavado a una Cruz entre dos ladrones, como un embustero del pueblo, y un usurpador de un reino ajeno. Y Cristo confesó que el haber sido abandonado por su Padre parecía proyectar un mayor resplandor a la gloria de su vida inocente. “¿Por qué me has abandonado?”. Pues Dios no suele abandonar a los hombres rectos sino a los perversos. En efecto, todo hombre orgulloso tiene particular cuidado para evitar decir algo que pueda llevar a sus oyentes a deducir que ha sido menospreciado. Pero los hombres humildes y pacientes, cuyo Rey es Cristo, aprovechan diligentemente toda ocasión de practicar su humildad y su paciencia, con tal que al hacerlo no violen la verdad. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad le fue necesaria para soportar semejantes insultos, especialmente a Aquel de quien San Pablo dice: “Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos”![199]. Esta Pasión proyecta tal velo sobre su real Majestad que tenía una corona de espinas por diadema, una caña como cetro, un patíbulo como cámara de audiencia, dos ladrones como sus reales huéspedes. ¡Cuánta paciencia entonces, cuánta humildad le fue necesaria a quien era el verdadero Rey de reyes, Señor de señores, y Príncipe de los reyes de este mundo! ¿Qué diré de la alegría de corazón de la que Cristo gozó desde el momento mismo de su concepción, y de la que, si hubiese querido, podría haber hecho participar a su Cuerpo? ¿Qué velo echó su Pasión sobre la gloria de su felicidad, pues lo hizo, como dice Isaías, “Despreciable, y desecho de hombres, Varón de dolores, y colmado de injurias”[200], de modo que en la grandeza de su sufrimiento gritó: “Dios mío, Dios míos, ¿por qué me has abandonado?”? En fin, su Pasión oscureció tanto la poderosa dignidad de su Persona Divina que Aquel que se sienta no sólo por encima de todos los hombres, sino por encima de los mismos Ángeles, pudo decir “Pero soy un gusano y no hombre, la vergüenza de los hombres, y el asco del pueblo”[201].

Cristo, entonces, descendió en su Pasión al abismo mismo de la humildad, pero esta humildad tuvo su recompensa y su gloria. Lo que nuestro Señor había prometido tan a menudo de que “el que se humilla será ensalzado”, nos dice el Apóstol que fue ejemplificado en su propia Persona. “Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”[202]. Así, quien parecía ser el menor de los hombres es declarado ser el primero, y una pequeña y como pasajera humillación ha sido seguida por una gloria que será eterna. Así ha ocurrido con los Apóstoles y los Santos. San Pablo dice de los Apóstoles: “Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos”[203], esto es, los compara a las cosas más viles que son holladas bajo los pies. Así fue su humildad. ¿Cuál es su gloria? San Juan Crisóstomo nos dice que los apóstoles están sentados ahora en el cielo, cerca al trono mismo de Dios, donde los querubines lo alaban y los serafines lo obedecen. Ellos están asociados con los grandes príncipes de la corte celestial. Y estarán allí por siempre. Si los hombres considerasen cuán glorioso es imitar en esta vida la humildad del Hijo de Dios, y viesen a cuánta gloria los conduciría esta humildad, encontraríamos muy pocos hombres orgullosos. Pero puesto que la mayoría de los hombres miden todo con sus sentidos y con consideraciones humanas, no debemos sorprendernos si el número de los humildes es pequeño, y el de los orgullosos infinito.

CAPÍTULO VII

Explicación literal de la quinta Palabra:

“Tengo sed”

La quinta palabra que encontramos en San Juan es “tengo sed”. Pero para entenderla tenemos que añadir las palabras precedentes y subsiguientes del mismo evangelista. “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca”[204]. El significado de estas palabras es que nuestro Señor deseaba realizar todo lo que sus profetas, inspirados por el Espíritu Santo, habían predicho sobre su vida y muerte. Ya todo se había realizado, excepto el haber mezclado hiel con lo que iba a beber, de acuerdo a lo que está en el salmo sesenta y nueve: “Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre”[205] . Por eso, para que la Escritura se realice, es que gritó con fuerte voz: “Tengo sed”. Pero ¿por qué para que fueran cumplidas la Escrituras? ¿Por qué no más bien porque realmente estaba sediento y quería calmar su sed? Un profeta no profetiza con el propósito de que se cumpla aquello que predice, sino profetiza porque ve que aquello que profetiza se va a cumplir, y por eso lo predice. Consecuentemente el hecho de prever o de predecir algo no es el motivo para que esto ocurra, más bien, el evento que va ocurrir es la causa por la que puede ser prevista o predicha.

Aquí tenemos abierto, ante nuestra vista, un gran misterio. Nuestro Señor sufrió desde el comienzo de la crucifixión una sed de lo más dolorosa, y esta sed siguió creciendo, de tal forma que se convirtió en uno de los dolores más intensos que tuvo que soportar en la Cruz, pues el derramamiento de una gran cantidad de sangre seca a la persona, produciendo una violenta sed. Yo mismo una vez conocí un hombre que tenía varias heridas y consecuentemente había perdido mucha sangre, y que solo pedía algo para beber, como si no le importaran sus heridas, sino solo su terrible sed. Lo mismo es relatado de San Emeramo, mártir, quien estaba atado a una estaca, cruelmente torturado, y de lo único que se quejaba era de la sed. Pero Cristo había sido arrastrado de un lado al otro por la ciudad, y desde la flagelación en la columna, había sangrado copiosamente esa sangre que durante la crucifixión fluía de su cuerpo, como de cuatro fuentes, y este desangramiento continuó por varias horas. ¿No habrá experimentado una sed violentísima? Sin embargo, soportó esta agonía por tres horas en silencio, y lo pudo haber soportado hasta la muerte, que estaba tan próxima. ¿Entonces, por qué se mantuvo silente sobre este asunto durante tanto tiempo, y al momento de la muerte, pronunció su sufrimiento clamando, “¡Tengo sed!”? Porque era la voluntad de Dios que todos nosotros sepamos que su Hijo único había sufrido esta agonía. Y así nuestro Padre celestial quiso que sea predicho por sus profetas, y también quiso que nuestro Señor Jesucristo, para dar un ejemplo de paciencia a sus fieles seguidores, reconociera que sufrió esa intensa agonía al exclamar “Tengo sed”. Esto es, todos los poros de mi cuerpo están cerrados, mis venas están resecas, mi paladar está reseco, mi garganta esta reseca, todos mis miembros están resecos. Si alguien desea aliviarme, deme algo de beber.

Consideremos ahora, qué bebida le fue ofrecida por los que estaban cerca a la Cruz. “Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron una esponja a una rama de hisopo empapada en vinagre y se la acercaron a la boca”. ¡Oh, qué consolación! ¡Qué alivio! Había allí una vasija llena de vinagre, una bebida que tiende a hacer que las heridas duelan y que apura la muerte. Por este motivo estaba ahí, para hacer que los que estaban crucificados mueran más rápidamente. Al tratar ese punto San Cirilo dice con razón, “En vez de algo refrescante y aliviador, le ofrecieron algo que era doloroso y amargo”. Y si consideramos lo que San Lucas escribe en el Evangelio, todo esto se vuelve todavía más probable: “También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre”[206]. A pesar de que San Lucas dice esto de nuestro Señor justo después de que fue clavado a la Cruz, no obstante podemos creer piadosamente que cuando el soldado lo escuchó exclamar, “Tengo sed”, le ofrecieron el vinagre por medio de la misma esponja y rama que burlándolo ya le habían ofrecido. Concluimos que al principio un poco antes de su crucifixión le presentaron vino mezclado con hiel, y al poco tiempo de la muerte le dieron vinagre, una bebida de lo más desagradable para un hombre en agonía, para que la pasión de Cristo sea de comienzo a fin una autentica y real pasión que no admitía consolación.

CAPÍTULO VIII

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

El Antiguo Testamento es comúnmente interpretado por el Nuevo Testamento, pero en relación a este misterio de la sed del Señor, las palabras del Salmo sesenta y nueve pueden ser consideradas como un comentario al Evangelio. Pues, de las palabras del Evangelio no podemos decidir con certeza si los que le ofrecieron vinagre al Señor sediento lo hicieron para aliviarlo, o para agravarle su agonía. Esto es, no sabemos si lo hicieron por un motivo de amor o de odio. Con San Cirilo, estamos inclinados a creer en el segundo motivo, pues las palabras del salmista son muy claras para requerir una explicación. Y de estas palabras podemos sacar una lección: aprender a tener sed con Cristo de aquellas cosas de las que podamos estar sedientos con provecho. Esto es lo que dice el salmista: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno. Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre”[207]. Y así, los que un poco antes de la crucifixión le dieron al Señor vino mezclado con hiel, de la misma manera que los que le ofrecieron a nuestro Señor crucificado vinagre, representan a los que reclama cuando dice: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno”.

Pero tal vez alguien podría preguntar: ¿No se afligieron con Él auténticamente y de corazón, su Santísima Virgen Madre, y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena, y el apóstol San Juan, que estaban al pie de la Cruz? ¿No se afligieron realmente con Él, lamentando su suerte, aquellas santas mujeres que siguieron al Señor hasta el monte Calvario? ¿No estaban los apóstoles en un estado de tristeza durante todo el tiempo de su pasión, como predicó Cristo: “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará”?[208] Todos estos se afligieron y realmente se afligieron, pero no se afligieron junto con Cristo, pues el motivo y causa de su tristeza era bien distinta del motivo y causa de la tristeza de Cristo. Nuestro Señor dijo: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno”. Ellos se lamentaban por el sufrimiento corporal y muerte de Cristo. Pero Él no se lamentó de esto más que por un momento en el jardín, para probar que realmente era un hombre. ¿No había dicho: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”[209]; y nuevamente: “Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre”?[210] Entonces, ¿cuál fue la causa de la tristeza de nuestro Señor en la que no encontró nadie que lo acompañará en su pesar? Era la perdida de las almas por las que estaba sufriendo. Y ¿cuál era la fuente de consuelo que no pudo encontrar en nadie, sino la cooperación con él en la salvación de aquellos que tan ardientemente esperaba? Esto era el único alivio que anhelaba, esto deseaba, estaba hambriento, sediento de esto, pero le dieron hiel por comida y le dieron vinagre por bebida. El pecado está representado por la amargura de la hiel, que nada puede ser más amargo para el gusto. La obstinación del pecado está representada por la acidez y el agresivo hedor del vinagre. Entonces, Cristo tenía una auténtica causa para su tristeza cuando vio por ladrón convertido, no sólo otro que permaneció en su obstinación, sino aparte innumerables otros; cuando vio que todos sus apóstoles se escandalizaron de su Pasión, que Pedro lo había negado, que Judas lo había traicionado.

Si alguien desea confortar y consolar a Cristo hambriento y sediento en la Cruz, lleno de pena y pesar, que primero se manifieste verdaderamente penitente, déjenlo detestar sus propios pecados, y entonces junto con Cristo, déjenlo tener un hondo pesar en sus corazón, porque tan gran número de almas mueren diariamente, a pesar de que todas podrían ser fácilmente salvadas si sólo utilizaran la gracia que Él ha comprado para ellos al redimirlos. San Pablo era uno de esos que se afligía con el Señor, cuando en la Carta a los Romanos dice: “Digo la verdad en Cristo, no miento, –mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo–, siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, los israelitas, de los cuales es la adopción filial”[211]. Con esta máxima, no pudo el apóstol mostrar con mayor intensidad su ardiente deseo de la salvación las almas: “Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo”. Quiere decir, según lo que dice San Juan Crisóstomo, en su obra sobre la compunción del corazón, que se sentía tan excesivamente afligido por la maledicencia de los judíos, que quería, si fuese posible, ser separado de Cristo, por el bien de su gloria[212]. No deseaba ser separado del amor de Cristo, pues sería contradictorio con lo que dice en otra parte de la misma epístola: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”[213], sino de la gloria de Cristo, prefiriendo ser privado de la participación en la gloria de su Salvador a que su Señor sea privado del fruto adicional de su Pasión, que vendría de la conversión de tantos miles de judíos. Él verdaderamente se afligió junto con el Señor y consoló el pesar de su divino Maestro. Pero ¿cuán escasos son los imitadores de este gran apóstol hoy en día? Primeramente, muchos pastores de almas están más afligidos si se reducen o pierden las rentas de la Iglesia que si un gran número de almas se pierde por su ausencia o negligencia. San Bernardo dice, refiriéndose a algunos: “soportamos el detrimento que Cristo sufre con más ecuanimidad que lo que deberíamos soportar nuestra propia pérdida. Balanceamos nuestros gastos diarios con la entrada diaria de nuestras ganancias, y no sabemos nada de la perdida que ocurre en el rebaño de Cristo”[214]. No es suficiente que un obispo viva santamente, y se empeñe en su conducta privada a imitar las virtudes de Cristo, a no ser que se empeñe para que los que estén en sus manos, o mejor dicho sus hijos, sean santos, y trate de guiarlos, haciendo que sigan los pasos de Cristo hacia el gozo eterno. Entonces, que los que desean sufrir con Cristo, giman con Cristo, y para compadecerse de Él, cuiden su rebaño, nunca desamparen sus ovejas, más bien diríjanlas por la palabra y guíenlas con su ejemplo.

Cristo también puede reclamar razonablemente de los laicos, por no afligirse con él ni aliviarlo. Y si cuando estaba colgado de la Cruz, expresó su pesar por la perfidia y la obstinación de los judíos, por quienes su esfuerzo se perdió, por quienes su tormento fue ridiculizado, y por quienes la preciosa medicina de su sangre fue desperdiciada insanamente. ¡Cómo será esa expresión observando, no desde la Cruz, sino desde el cielo, a aquellos que creen en Él, y no lucran nada de su pasión, pisan su preciosa sangre y le ofrecen hiel y vinagre al aumentar diariamente sus pecados, sin pensar en el juicio final o temer el fuego del infierno! “Se produce alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”[215]. Pero ¿no es acaso esta alegría transformada en tristeza, leche en hiel, y vino en vinagre, que los que por la fe y el bautismo han nacido en Cristo, y que por el sacramento de la reconciliación han resucitado de la muerte a la vida, si en poco tiempo vuelven a matar su alma al recaer en pecado mortal? “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo”[216]. Pero ¿acaso no es doblemente afligida la madre si el hijo muere inmediatamente después del nacimiento o nace ya muerto? Tantos trabajan por su salvación confesando sus pecados, tal vez incluso ayunando y dando limosna, pero su afán es en vano y nunca obtienen el perdón de sus pecados, pues tienen una falsa conciencia o son responsables de una ignorancia culpable. Estos trabajos, y el trabajo inútil ¿no es a caso una aflicción doble para ellos mismos y para sus confesores? Tales personas son como enfermos que aceleran su muerte usando una medicina amarga que esperan que los cure. O como un jardinero que soporta gran sufrimiento por sus viñedos y tierras y que pierde todos los frutos de su cuidado por una tormenta repentina. Estos son los males que debemos deplorar, y cualquiera que gima y que es afligido con Cristo en la Cruz, y cualquiera que se empeñe con toda su fuerza en aminorarlos, alivia las penas y el pesar de nuestro Señor crucificado, y participará con Él en el gozo del cielo, y reinará para siempre con Él en el reino de su Padre celestial.

 

 

CAPÍTULO IX

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Cuando medito atentamente sobre la sed que soportó Cristo en la Cruz, se me ocurre otra consideración muy útil. Me parece que nuestro Señor ha dicho, “Tengo sed”, en el mismo sentido en que se dirigió a la Samaritana, “Dame de beber”. Pues al desvelar el misterio que contienen estas palabras, también dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”[217]. Pero, ¿cómo podía tener sed Aquel que es la fuente del agua viva? ¿No se refiere a sí mismo cuando dice: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba?”[218]. Y, ¿no es Él la roca a la cual el apóstol se refiere cuando dice: “y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo”[219]. En fin, ¿no es Él que se dirige a los Judíos por la boca del profeta Jeremías: “a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen?”[220]. Entonces, me parece que nuestro Señor desde la Cruz, como desde un trono elevado, mira a todo el mundo que está lleno de hombres que están sedientos y exhaustos, y por lo reseco que está, tiene piedad de la sequía que soporta la humanidad, y grita, “Tengo sed”. Esto es, estoy sediento por la sequedad y aridez de mi Cuerpo, pero esta sed pronto se terminará. Sin embargo, la sed que sufro por el deseo de que los hombres empiecen a conocer por la fe que soy el auténtico manantial de agua viva y que se acerquen y beban es incomparablemente mayor.

¡Oh, qué felices seríamos si escuchásemos con atención las palabras que nos está dirigiendo la Palabra encarnada! ¿No tiene sed casi todo hombre, con la ardiente e insaciable sed de la concupiscencia, que por las aguas turbias y pasajeras de las cosas temporales y corruptibles, que son considerados bienes, tales como el dinero, el honor, y los placeres? Y, ¿quién ha escuchado las palabras de su maestro, Cristo, y ha probado el agua viva de la sabiduría divina, que no se haya sentido abominado por las cosas mundanas, y empezado a aspirar las celestiales? ¿Quién ha puesto a un lado el deseo de adquirir y acumular las cosas de este mundo y ha empezado a aspirar y desear por las celestiales? Esta agua viva no brota del mundo, más bien baja del cielo. Nuestro Señor, que es el manantial de agua viva, nos lo va dar si es que le pedimos con oraciones fervientes y copiosas lagrimas. No solo va eliminar toda ansiedad por las cosas mundanas, sino que también va a ser nuestra fuente infalible de comida y bebida en nuestro exilio. De este modo habla Isaías: “todos los sedientos, id por agua,” y para que no pensemos que esta agua es preciosa y querida, añade: “venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche”[221]. Dice que es un agua que tiene que ser comprada, pues no puede ser adquirida sin esfuerzo, y sin tener la adecuada disposición para recibirla, pero no es comprada con plata o por intercambio, pues es entregada gratuitamente, pues es invalorable. Lo que el profeta en una línea llama agua, en la próxima llama vino y leche, pues es tan eficaz que contiene las cualidades del agua, vino y leche.

La verdadera sabiduría y caridad se entienden como agua, pues refresca el corazón de la concupiscencia, se entienden como vino pues calienta y embriaga la mente con un ardor sobrio, se entienden como leche pues nutre al joven en Cristo con un alimento fortalecedor, como lo dice Pedro: “Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura”[222]. Esta misma sabiduría y caridad –lo opuesto a la concupiscencia de la carne– es el yugo que es dulce, y la carga ligera, que aquellos que lo toman dócil y humildemente lo descubren como un descanso real y auténtico para sus almas. De tal forma que ya no tienen sed, ni se afanan por retirar agua de fuentes mundanas. Este deleitable descanso para el alma ha llenado desiertos, habitados monasterios, reformado al clero, contenido matrimonios. El palacio de Teodosio el Joven no era diferente de un monasterio. La corte de Elzeario tenía poca diferencia con la casa de religiosos pobres. En vez de las peleas y discusiones, se escuchaban salmos y música sacra. Todas estas bendiciones se deben a Cristo, que al precio de su propio sufrimiento, sació nuestra sed y así regó los áridos corazones de hombres que no van a tener sed nuevamente, a no ser que ante la instigación del enemigo voluntariamente se retiren del manantial eterno.

CAPÍTULO X

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

La imitación de la paciencia de Cristo es el tercer fruto en ser recogido de la consideración de la quinta palabra. En la cuarta palabra la humildad de Cristo, junto con su paciencia, era notable. En la quinta palabra, resplandece sola su paciencia. Ahora bien, la paciencia es no sólo una de la más grandes virtudes, sino es positivamente la más necesaria para nosotros. San Cipriano dice: “Entre todos los caminos de ejercicio celestial, no conozco uno más provechoso para esta vida o ventajoso para la próxima: que aquellos que se esfuerzan con temor y devoción por obedecer los mandamientos de Dios deban, sobre todas las cosas, practicar la virtud de la paciencia”. Pero antes de que hablemos de la necesidad de la paciencia, debemos distinguir la virtud de su falsificación. La verdadera paciencia nos permite soportar el infortunio de sufrir sin caer en la desgracia de pecar. Tal fue la paciencia de los mártires, que prefirieron soportar las torturas del verdugo que negar la fe de Cristo, que prefirieron sufrir la pérdida de sus bienes mundanos antes que adorar dioses falsos. La falsificación de esta virtud nos lleva a soportar cualquier penalidad para obedecer a la ley de la concupiscencia, arriesgar la pérdida de la felicidad eterna por causa del placer momentáneo. Tal es la paciencia de los esclavos del demonio, que soportan hambre y sed, frío y calor, la pérdida de su reputación, la pérdida incluso del cielo, para incrementar sus riquezas, disfrutar los placeres de la carne, o ganar un puesto de honor.

La verdadera paciencia tiene la propiedad de incrementar y preservar todas las otras virtudes. Santiago es nuestra autoridad para este elogio de la paciencia. Él dice: “Y la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas, para seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear”[223]. Debido a las dificultades que nos encontramos en la práctica de la virtud, ninguna puede florecer sin la paciencia, pero cuando las otras virtudes son acompañadas por ésta, todas las dificultades desaparecen, pues la paciencia hace derechos los caminos torcidos, y suaves los caminos ásperos. Y esto es tan verdadero que San Cipriano, hablando de la caridad, la reina de las virtudes, clama: “La caridad, el lazo de la amistad, el fundamento de la paz, el poder y la fuerza de la unión, es mayor que la fe o la esperanza. Es la virtud de la cual los mártires obtienen su constancia, y es la que practicaremos para siempre en el Reino de los Cielos. Pero sepárala de la paciencia, y se hundirá; aleja de ella el poder del sufrimiento y de la constancia, y se marchitará y morirá”[224]. El mismo santo manifiesta la necesidad de esta virtud también para preservar nuestra castidad, firmeza, y paz con el prójimo. “Si la virtud de la paciencia es fuerte y firmemente enraizada en sus corazones, tu cuerpo, que es santo y templo del Dios vivo, no será contaminado con adulterio, tu firmeza no será ensuciada por la mancha de la injusticia, ni luego de haberse alimentado con el Cuerpo de Cristo, estarán tus manos empapadas de sangre”. Quiere significar, por el contrario de estas palabras, que sin la paciencia ni el hombre casto podrá ser capaz de preservar su pureza, ni el hombre justo será equitativo, ni aquel que ha recibido la Sagrada Eucaristía será libre del peligro de la ira y el homicidio.

Lo que Santiago escribe de la virtud de la paciencia es enseñado en otras palabras por el Profeta David, por Nuestro Señor, y su Apóstol. En el salmo noveno, David dice: “La paciencia de los pobres no será vana para siempre”[225], porque tiene una obra perfecta, y en consecuencia su fruto nunca se pudrirá. Así como estamos acostumbrados a decir que las labores del granjero son provechosas cuando producen una buena cosecha, y son inútiles cuando no producen nada, así de la paciencia se dice que nunca perece porque sus efectos y recompensas permanecerán para siempre. En el texto que acabamos de citar, la palabra pobre es interpretada significando al hombre humilde que confiesa que es pobre, y que no puede hacer ni sufrir nada sin la ayuda de Dios. En su tratado sobre la paciencia[226], San Agustín manifiesta que no sólo los pobres, sino incluso los ricos, pueden poseer la verdadera paciencia, siempre y cuando confíen no en sí mismos sino en Dios, a quien, realmente necesitados de todos los dones divinos, puedan pedir y recibir este favor. Nuestro Señor parece implicar lo mismo cuando dice en el Evangelio “Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas”[227]. Pues en realidad sólo poseen sus almas –esto es su vida, como propias y de la cual nada los puede privar–, quienes soportan con paciencia toda aflicción, incluso la muerte misma, para no pecar en contra de Dios. Y aunque por la muerte parecen perder sus almas, no las pierden, sino que las preservan para siempre. Pues la muerte del justo no es muerte, sino un sueño, y puede ser incluso tenida como un sueño de corta duración. Pero el impaciente, que para preservar la vida del cuerpo no duda en pecar negando a Cristo, adorando ídolos, cediendo a sus deseos lujuriosos, o cometiendo algún otro crimen, parece ciertamente preservar su vida por un tiempo, pero en realidad pierde la vida tanto del cuerpo como del alma para siempre. Y en cuanto del realmente paciente, puede con verdad ser dicho: “No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza”[228]. Por lo que del impaciente con igual verdad podemos exclamar: No hay un sólo miembro de tu cuerpo que no arderá en el fuego del infierno.

Finalmente, el Apóstol confirma nuestra opinión: “Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido”[229]. En este texto San Pablo explícitamente afirma a la paciencia no sólo como útil, sino incluso como necesaria para realizar la voluntad de Dios, y realizándola sentir en nosotros el efecto de su promesa: “recibir la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman”[230], y guardar sus mandamientos pues “si alguno me ama, guardará mi Palabra”, y “el que o me ama no guarda mis palabras”[231]. Así vemos pues que toda la Escritura enseña a los fieles la necesidad de la virtud de la paciencia. Por esta razón, Cristo deseó en los últimos momentos de su vida declarar aquel interno, y durísimo, y largamente soportado sufrimiento –su sed– para alentarnos por tal ejemplo a preservar nuestra paciencia en todas las desgracias. Que la sed de Cristo fue una tortura de las más impetuosas lo hemos mostrado en el capítulo anterior. Que fue largamente soportado fácilmente lo podemos probar.

Para empezar, los flagelos junto a la columna. Cuando aquello tuvo lugar, Cristo estaba ya fatigado por su prolongada plegaria y agonía y sudor de sangre en el Huerto, por sus muchos viajes de un lado a otro durante la noche y la sucesiva mañana, del jardín de la casa de Anás, de la casa de Anás a la de Caifás, de la casa de Caifás a aquella de Pilato, de la casa de Pilato a la de Herodes, y de la casa de Herodes nuevamente a la de Pilato. Más aún, desde el momento de la última cena, Nuestro Señor no había probado ni comida ni bebida, o disfrutado de un momento de reposo, sino que había soportado muchos y gravosos insultos en la casa de Caifás, fue luego cruelmente azotado, lo que en sí mismo era suficiente para provocar una terrible sed, y cuando la flagelación hubo terminado, su sed, lejos de ser saciada, fue incrementada, pues luego siguió la coronación de espinas y las burlas y el escarnio. Y cuando había sido ya coronado, su sed, lejos de ser saciada, fue incrementada, pues luego siguió el llevar la Cruz, y cargado con el instrumento de su muerte, nuestro fatigado y exhausto Señor subió esforzadamente el monte del Calvario. Cuando llegó le ofrecieron vino mezclado con hiel, que probó pero no tomó. Y así acabó finalmente el camino, pero la sed que durante todo el camino había torturado a nuestro querido Señor fue sin duda incrementada. Luego siguió la crucifixión, y mientras la Sangre corría de sus cuatro Heridas como de cuatro fuentes, todos pueden concebir cuán enorme su sed ha de haber sido. Finalmente, por tres horas sucesivas, en medio de una gran oscuridad, debemos imaginar con que ardiente sed el sagrado Cuerpo fue consumido. Y aunque los que estaban ahí le ofrecieron vinagre, aún así, puesto que no era agua o vino, sino un trago fuerte y amargo, e incluso un trago muy corto, puesto que lo tuvo que tomar a gotas de una esponja, podemos decir sin dudar que nuestro Redentor, desde el comienzo de su Pasión hasta su muerte, soportó con la más heroica paciencia esta terrible agonía. Pocos de nosotros pueden saber por experiencia cuán grande es este sufrimiento, pues hallamos agua en cualquier lugar para calmar nuestra sed. Pero aquellos que viajan muchos días seguidos en el desierto algunas veces conocen lo que es la tortura de la sed.

Curcio relata que Alejandro Magno estuvo una vez marchando a través del desierto con su ejército, y que luego de sufrir todas las privaciones de la falta de agua, llegaron a un río, y los soldados empezaron a beber con tanta ansiedad, que muchos murieron en el acto, y añade que “el número de los que murieron en aquella ocasión fue mayor que el que había perdido en cualquier batalla”. Su ardiente sed era tan insoportable que los soldados no pudieron refrenarse tanto como para respirar mientras bebían, y en consecuencia Alejandro perdió buena parte de su ejército. Hay otros que han sufrido mucho de sed como para tener al lodo, al aceite, a la sangre y a otras cosas impuras, que nadie tocaría a menos que sea urgido por terrible necesidad, como deliciosas. De esto aprendemos cuán grande fue la Pasión de Cristo, y cuan brillantemente su paciencia fue desplegada en ella. Dios nos concedió poder conocer esto, imitarlo, y sufriéndolo junto con Cristo aquí, reinar luego con Él.

Pero me parece escuchar algunas almas piadosas exclamar cuán deseosos y ansiosos están para saber por qué medios pueden mejor imitar la paciencia de Cristo, y poder decir con el Apóstol: “Con Cristo estoy crucificado”[232], y con San Ignacio Mártir: “Mi amor es crucificado”[233]. No es tan difícil como muchos imaginan. No es necesario para todos acostarse en el suelo, flagelarse hasta sangrar, ayunar diariamente a pan y agua, usar sayales, una cadena de hierro o algún otro instrumento de penitencia para conquistar la carne y crucificarla con sus vicios y concupiscencias. Estas prácticas son laudables y útiles, siempre y cuando no sean peligrosas para la salud, o hechas sin el permiso del director. Pero deseo mostrar a mis piadosos lectores un medio para practicar la virtud de la paciencia de nuestro manso y gentil Redentor, que todos pueden abrazar, que no contiene nada extraordinario, nada nuevo, y por cuyo uso nadie puede ser sospechoso de buscar o ganar aplauso por su santidad.

En primer lugar entonces, quien ama la virtud de la paciencia ha de alegremente someterse a aquellas labores y penalidades en las que estamos seguros por fe que es voluntad divina que debamos afligirnos, de acuerdo a aquellas palabras del Apóstol: “Necesitas paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios, y conseguir así lo prometido”[234]. Ahora bien, lo que Dios quiere que abracemos no es ni difícil para mí enseñar, ni difícil para mis lectores aprender. Todos los mandamientos de nuestra Santa Madre Iglesia deben ser guardados con obediencia amorosa y paciencia, no importa cuán difícil o duros pueden parecer. ¿Qué son estos mandamientos de la Iglesia? Los ayunos de Cuaresma, los días de ayuno y abstinencia, y ciertas vigilias. Guardar religiosamente éstas, como han de ser guardadas, requerirá una gran cantidad de paciencia. Ahora bien, supongamos que una persona en un día de ayuno se sienta en una mesa muy bien servida, o en su única comida permitida come tanto como lo hubiese hecho en dos comidas en un día ordinario, o anticipa el momento para comer, o come más de lo que es permitido, tal persona ciertamente ni tendrá hambre ni sed, ni su paciencia producirá fruto. Pero si resuelve firmemente no tomar alimento antes del tiempo permitido, a menos que enfermedad o alguna otra necesidad lo obligue, y come alimentos que son burdos y ordinarios y propios para un tiempo de penitencia, y no se excede en lo que normalmente come en una comida, y da a los pobres todo lo que hubiese comido si no fuese un día de ayuno, como dice San León, “dejen a los pobres alimentarse con aquello que los que ayunan se han abstenido; y permitámonos sentir hambre por un corto tiempo, caramente amado, y por corto tiempo disminuyamos lo que queremos para nuestro propio placer, para poder ser de utilidad a los pobres”, y si en la tarde permite que la colación sea nada más que una colación, en tal caso, sin duda la paciencia será necesaria para soportar el hambre y la sed, y por tanto al ayunar imitaremos lo más posible la paciencia de Cristo, y seremos clavados, por lo menos en parte, a la Cruz con él. Pero alguno objetará que todas estas cosas no son absolutamente necesarias. Lo concedo, pero son necesarias si deseamos practicar la virtud de la paciencia, o ser como nuestro sufriente Redentor. Nuevamente, nuestra Santa Madre Iglesia ordena a los eclesiásticos y a los religiosos recitar o cantar las horas canónicas. Aquí necesitaremos toda la asistencia que la virtud de la paciencia nos pueda dar, si es que esta lectura y oración sagrada ha de ser realizada en la manera que debe ser, pues hay algunos que no tienen suficiente que hacer como para mantenerse libres de distracciones durante la oración. Muchos corren en sus oraciones tan rápidamente como pueden, como si estuvieran realizando una tarea muy laboriosa, y quisiesen librarse de la carga en el menor tiempo posible, y dicen su Oficio, no parados o arrodillados, sino sentados o caminando, como si la fatiga de la oración fuese disminuida al sentarse o aligerada por caminar. Esto hablando de aquellos que rezan su Oficio en privado, no de aquellos que lo cantan en el coro. También, para no interrumpir su sueño, muchos recitan durante el día aquella parte del Oficio que la Iglesia ha ordenado que sea dicha en la noche. No digo nada de la atención y elevación de mente que es requerida mientras que Dios es invocado en la oración, porque muchos piensan acerca de lo que están cantando o leyendo menos que cualquier otra cosa. Verdaderamente es sorprendente que muchos más no ven cuán necesaria la virtud de la paciencia es para erradicar la repugnancia que sentimos a pasar un tiempo prolongado de oración, levantarse para decir las horas canónicas en el tiempo adecuado, soportar la fatiga de estar parado o arrodillado, prevenir nuestros pensamientos de divagar, y mantenerlos fijos en lo único en lo que estamos realizando. Que mis lectores escuchen ahora un relato de la devoción con la que San Francisco de Asís recitaba su breviario, y aprenderán entonces que el Oficio Divino no puede ser dicho sin el ejercicio de la más grande paciencia. En su Vida de San Francisco, San Buenaventura dice así: “Este santo hombre estaba tan habituado a recitar el Oficio Divino con no menor miedo que devoción hacia Dios, y aunque sufría grandes dolores en los ojos, estómago, columna, e hígado, nunca se hubiera recostado en alguna pared o detenido mientras lo cantaba, sino que de erguido de pie, sin su capucha, mantenía sus ojos fijos, y tenía la apariencia de una persona en desmayo. Si estaba de viaje, se mantenía a su horario regular, y recitaba el Divino Oficio en la manera usual, sin importar si una lluvia violenta estaba cayendo. Se pensaba a sí mismo culpable de una seria falta si, mientras que recitaba permitía a su mente ocuparse con pensamientos vanos, y cuantas veces esto le pasaba se apresuraba a ir a confesión para expiar por ello. Recitaba los salmos con tal atención de mente como si tuviese a Dios presente delante de él, y cuando decía el nombre del Señor, gustaba sus labios por la dulzura que la pronunciación de tal nombre le dejaba”. Tan pronto alguno se esfuerce por recitar el Oficio Divino de esta manera, y levantarse en la noche para rezar Maitines, Laudes y Prima, aprenderá por experiencia la labor y paciencia que son necesarias para el debido cumplimiento de esta tarea. Hay muchas otras cosas que la Iglesia, guiada por las Sagradas Escrituras, nos pone como voluntad de Dios, y para el debido cumplimiento de ellos requerimos también de la virtud de la paciencia, como dar al pobre de nuestra propia superfluidad, perdonar a aquellos que nos injurian, o satisfacer a aquellos que hemos injuriado, confesar nuestros pecados por lo menos una vez al año, y recibir la Sagrada Eucaristía, lo que requiere no poca preparación. Todo esto demanda paciencia, pero a modo de ejemplo explicaré algunas cosas más con mayor detenimiento.

Todo lo que, sean demonios o hombres, hacen para afligirnos es otra indicación de la voluntad Divina, y otro llamado al ejercicio de nuestra paciencia. Cuando hombres y espíritus malos nos prueban, su objeto es injuriarnos, no beneficiarnos. Aun así Dios, sin quien no pueden hacer nada, no permitirá ninguna tormenta a nuestro alrededor, a menos que lo juzgue útil. En consecuencia, toda aflicción puede ser tenida como viniendo de la mano de Dios, y debe ser por tanto soportada con paciencia y alegría. El santo y derecho Job sabía que las desgracias con las que era golpeado, y que le privaron en un día de todas sus riquezas, de todos sus hijos, y de toda su salud corporal, procedían del odio del demonio. Aún así exclamó:

“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor”[235], porque sabía que sus calamidades solo podían suceder por la voluntad de Dios. No digo esto porque pienso que cuando uno es perseguido sea por otros hombres o por el demonio, no deba, o debiera, hacer lo posible por recuperar sus pérdidas, consultar un doctor si está mal, o defenderse a sí y a su propiedad, sino que sencillamente doy este aviso: no tomar venganza en contra de los hombres malvados, no devolver el mal por mal, sino soportar la desgracia con paciencia porque Dios desea que así lo hagamos, y al cumplir su voluntad recibiremos la promesa.

La última cosa que deseo observar es esta. Todos debemos luchar para estar íntimamente convencidos de que todo lo que sucede por suerte o accidente, como una gran sequía, excesiva lluvia, pestilencia, hambruna, y otras, no suceden sin la especial providencia y voluntad de Dios, y en consecuencia no debemos quejarnos de los elementos, o de Dios mismo, sino considerar males de este tipo como un flagelo con el que Dios nos castiga por nuestros pecados, e inclinándonos bajo su mano todopoderosa, soportemos todo con humildad y paciencia. Dios será entonces apaciguado. Derramará sus bendiciones sobre nosotros. Nos corregirá a nosotros sus hijos con amor paternal, y no nos privará del Reino de los Cielos. Podemos aprender cual es la recompensa de la paciencia de un ejemplo que San Gregorio aduce. En la trigésimo quinta homilía sobre los Evangelios, dice que un cierto hombre Esteban era tan paciente como para considerar a aquellos que lo oprimían como sus más grandes amigos. Devolvía agradecimientos por los insultos, tenía a las desgracias como ganancias, contaba a sus enemigos entre el número de los que le deseaban el bien y eran sus benefactores. El mundo lo consideraba como un insensato y un loco, pero no fue sordo a las palabras del Apóstol de Cristo: “Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio para llegar a ser sabio”[236]. Y San Gregorio añade que cuando se estaba muriendo muchos ángeles fueron vistos asistiéndolo alrededor de su cama, quienes llevaron su alma derecho al cielo, y el santo Doctor no dudó en tener a Esteban entre los mártires por virtud de su extraordinaria paciencia.

CAPÍTULO XI

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Aún queda un fruto más, y el más dulce de todos, para ser recogido de la consideración de esta palabra. San Agustín, en su explicación de la palabra “Tengo sed”, a ser hallada en su tratado sobre el Salmo 68, dice que manifiesta no sólo el deseo que Cristo tenía por beber, sino más aún el deseo con que estaba inflamado de que sus enemigos crean en Él y se salven. Podemos ir un poco más lejos, y decir que Cristo tuvo sed por la gloria de Dios y salvación de los hombres, y nosotros hemos de tener sed por la gloria de Dios, honor de Cristo, y por nuestra propia salvación y la salvación de nuestros hermanos. No podemos dudar de que Cristo tuvo sed por la gloria de su Padre y la salvación de las almas, pues todas sus obras, toda su predicación, todos sus sufrimientos, todos sus milagros, así lo proclaman. Debemos considerar lo que tenemos que hacer para no mostrarnos ingratos a tal Benefactor, y qué medios hemos de tomar para inflamarnos de tal manera que realmente estemos sedientos por la gloria de Dios, que “tanto amó al mundo que dio a su único Hijo”[237], y ferviente y ardientemente estar sedientos por el honor de Cristo, quien “nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma”[238], sintiendo tanta compasión por nuestros hermanos como un deseo celoso de su salvación. Aún lo más necesario para nosotros es anhelar cordial y ardorosamente nuestra propia salvación, que este deseo nos empuje, de acuerdo a nuestra fuerza, a pensar y hablar y hacer todo lo que nos pueda ayudar a salvar nuestras almas. Si no nos importa nada el honor de Dios, o la gloria de Cristo, y no sentimos ninguna ansiedad por nuestra propia salvación, o la de los otros, se sigue que Dios será privado del honor que le es debido, que Cristo perderá la gloria que es suya, que nuestro prójimo no llegará al cielo, y que nosotros mismos pereceremos miserablemente para la eternidad. Y por este relato estoy muchas veces lleno de asombro al reflexionar que todos sabemos cuán sinceramente estuvo sediento Cristo por nuestra salvación, y nosotros, que creemos a Cristo la Sabiduría del Dios viviente, no somos movidos a imitar su ejemplo en materia tan íntimamente conectada con nosotros. Ni estoy menos sorprendido de ver hombres correr tras bienes mundanos con tal avidez, como si no hubiera cielo, y preocupándose tan poco por su propia salvación que, lejos de andar sedientos de ella, con las justas piensan en ella de pasada, como material trivial de poca importancia. Más aún los bienes temporales, que no son placeres puros, sino que son acompañados de muchas desventuras, son buscados con vehemencia y ansiedad. Pero a la felicidad eterna, que es deleite absoluto, es dada tan poca importancia, querida con tan poca preocupación, como si no poseyese ventaja alguna. ¡Ilumina, Señor, los ojos de mi alma, para que pueda encontrar la causa de tan dolorosa indiferencia!

El amor produce deseo, y el deseo, cuando es excesivo, es llamado sed. Ahora bien, ¿quién hay que no puede amar su propia felicidad temporal, particularmente cuando esa felicidad es libre de cualquier cosa que la puede dañar? Y si premio tan grande no puede ser sino amado, ¿por qué no puede ser ardientemente deseado, ansiosamente buscado, y con todas nuestras fuerzas estar sedientos de él? Tal vez la razón es que nuestra salvación no es materia que caiga bajo los sentidos, nunca hemos tenido experiencia de cómo es, como sí la hemos tenido en materias que se relacionan al cuerpo; y estamos tan solícitos para él, pero tan fríamente indiferentes para la primera. Pero si tal es el caso, por qué David, que era hombre mortal como nosotros, anhelaba tan ansiosamente la visión de Dios, y la felicidad en el cielo que consiste en la visión de Dios, como para clamar:

“Como el ciervo desea las fuentes de agua, así te desea a ti, oh Dios, mi alma. Sedienta está mi alma del Dios fuerte, vivo. ¿Cuándo vendré y apareceré ante la faz de Dios?”[239]. David no es el único en este valle de lágrimas que ha deseado con tal ardiente deseo alcanzar la visión de Dios. Ha habido otros más, distinguidos por su santidad, por quienes las cosas de este mundo fueron tenidas como despreciables e insípidas, y para quienes nada más el pensamiento y el recuerdo de Dios era agradable y delicioso. La razón entonces por la que no estamos sedientos de nuestra felicidad eterna no es porque el cielo es invisible, sino porque no pensamos con atención acerca de lo que está ante nosotros, con asiduidad, con fe. Y la razón por la cual no tomamos en cuenta las materias celestiales como debiéramos es porque no somos hombres espirituales, sino sensuales: “El hombre sensual no percibe aquellas cosas que son del Espíritu de Dios”[240]. Por lo que, alma mía, si deseas por tu propia salvación, y la de tu prójimo, si mantienes en el corazón el honor de Dios y la gloria de Cristo, escucha las palabras del santo Apóstol Santiago: “Si alguno de ustedes está falto de sabiduría, demándela a Dios que la da a todos copiosamente y no da improperios, y le será concedida”[241]. Esta sublime sabiduría no ha de ser adquirida en las escuelas de este mundo, sino en la escuela del Espíritu Santo de Dios, quien convierte al hombre sensual en uno espiritual. Pero no es suficiente pedir por esta sabiduría solo una vez y con frialdad, sino demandarla con mucha insistencia de nuestro Padre celestial. Pues si un padre en la carne no puede rehusarse a su hijo cuando le pide pan, “¿Cuánto más su Padre celestial dará espíritu bueno a los que se lo pidieron?”[242].

CAPÍTULO XII

Explicación literal de la sexta Palabra: “Todo está cumplido”

 

La sexta palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz es mencionada por San Juan como ligada de alguna manera a la quinta palabra. Pues tan pronto como Nuestro Señor había dicho “Tengo sed”, y había probado el vinagre que le había sido ofrecido, San Juan añade: “Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido””[243]. Y en verdad nada puede ser añadido a estas sencillas palabras: “Todo está cumplido”, excepto que la obra de la Pasión estaba ahora perfeccionada y completada. Dios Padre había impuesto dos tareas a su Hijo: la primera predicar el Evangelio, la otra sufrir por la humanidad. En cuanto a la primera ya había dicho Cristo: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”[244]. Nuestro Señor dijo estas palabras luego de que había concluido el largo discurso de despedida a sus discípulos en las Última Cena. Ahí había cumplido la primera obra que su Padre Celestial le había impuesto. La segunda tarea, beber la amarga copa de su cáliz, faltaba aún. Había aludido a esto cuando preguntó a los dos hijos de Zebedeo “¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?”[245]; y también: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz”[246]; y en otro lugar: “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?”[247]. Sobre esta tarea, Cristo al momento de su muerte podía entonces exclamar: “Todo está cumplido, pues he apurado el cáliz del sufrimiento hasta lo último, nada nuevo me espera ahora sino morir”. E inclinado la cabeza, expiró[248].

Pero como ni Nuestro Señor, ni San Juan, quienes fueron concisos en lo que dijeron, han explicado qué fue lo cumplido, tenemos la oportunidad de aplicar la palabra con gran razón y ventaja a diversos misterios. San Agustín, en su comentario sobre este pasaje, refiere la palabra al cumplimiento de todas las profecías que se referían al Señor. “Luego de que Jesús supiera que todas las cosas estaban ahora cumplidas, para que sea cumplida la Escritura, dijo: tengo sed”, y “Cuando había tomado el vinagre, dijo: “Todo está cumplido””[249], lo que significa que lo que quedaba todavía por cumplir había sido cumplido, y por tanto podemos concluir que Nuestro Señor quería manifestar que todo lo que había sido predicho por los profetas en relación a su Vida y Muerte había sido hecho y cumplido. En verdad, todas las predicciones habían sido verificadas. Su concepción: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo”[250]. Su nacimiento en Belén: “Más tu, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar Israel”[251]. La aparición de una nueva estrella: “De Jacob nacerá una estrella”[252]. La adoración de los Reyes: “Los reyes de Tarsis y las islas le ofrecerán dones, los reyes de Arabia y de Sabá le traerán presentes”[253]. La predicación del Evangelio: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ungió, me envió para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, anunciar la remisión de los cautivos y la libertad a los encarcelados”[254]. Sus milagros: “El mismo Dios vendrá y les salvará. Entonces serán abiertos los ojos de los ciegos, se abrirán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como el ciervo y la lengua de los mudos será desatada”[255]. El cabalgar sobre un asno: “Mira que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, vendrá pobre y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna”[256]. Y toda la Pasión había sido gráficamente predicha por David en los Salmos, por Isaías, Jeremías, Zacarías, y otros. Este es el significado de lo que Nuestro Señor decía cuando estaba a punto de comenzar su Pasión: “Miren, subimos a Jerusalén y va a cumplirse todo lo que escribieron los profetas sobre el Hijo del hombre”[257]. De las cosas que debían cumplirse, ahora dice: “Todo está cumplido”, todo está terminado, para que lo que los profetas predijeron sea ahora encontrado como verdad.

En segundo lugar, San Juan Crisóstomo dice que la palabra “Todo está cumplido” manifiesta que el poder que había sido dado a los hombres y demonios sobre la persona de Cristo les había sido quitado con la muerte de Cristo. Cuando Nuestro Señor dijo a los Sumos Sacerdotes y maestros del Templo “esta es su hora y el poder de las tinieblas”[258], aludía a este poder. Todo el periodo de tiempo durante el cual, con el permiso de Dios, los malvados tuvieron poder sobre Cristo, fue concluido cuando exclamó “Todo está cumplido”, pues la peregrinación del Hijo de Dios entre los hombres, que había predicho Baruc, vino a su fin: “Este es nuestro Dios y ningún otro será tenido en cuenta ante él. Él penetró los caminos de la sabiduría y la dio a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado. Después fue vista en la tierra y conversó con los hombres”[259]. Y junto con su peregrinaje, aquella condición de su vida mortal fue terminada, aquella por la que sentía hambre y sed, dormía y se fatigaba, fue sujeto de afrentas y flagelos, heridas y a la muerte. Y así cuando Cristo en la Cruz exclamó “Todo está cumplido, e inclinando la cabeza, expiró”, concluyó el camino del que había dicho: “Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre”[260]. Esa laboriosa peregrinación fue terminada, sobre lo que había dicho Jeremías: “Esperanza de Israel, salvador en tiempo de la tribulación, ¿por qué estás en esta tierra como un extraño o como un viajero que pasa?”[261]. La sujeción de su naturaleza humana a la muerte fue terminada, el poder de sus enemigos sobre Él fue acabado.

En tercer lugar concluyó el mayor de todos los sacrificios. En comparación al real y verdadero Sacrificio todos los sacrificios de la Antigua Ley son tenidos como meras sombras y figuras. San León dice: “Has atraído todas las cosas hacia ti, Señor, pues cuando el velo del Templo fue rasgado, el Santo de los Santos se apartó de los sacerdotes indignos: las figuras se convirtieron en verdades, las profecías se manifestaron, la Ley se convirtió en el Evangelio”. Y un poco más adelante, dice: “Al cesar la variedad de sacrificios en los que las víctimas era ofrecidas, la única oblación de tu Cuerpo y Sangre cubre por las diferencias de las víctimas”[262]. Pues en este único Sacrificio de Cristo, el sacerdote es el Dios-Hombre, el altar es la Cruz, la víctima es el cordero de Dios, el fuego para el holocausto es la caridad, el fruto del sacrificio es la redención del mundo. El sacerdote, digo, era el Hombre-Dios. No hay nadie mayor: “Tu eres sacerdote para siempre, de acuerdo al rito de Melquisedec”[263], y con justicia de acuerdo al rito de Melquisedec, porque leemos en la Escritura que Melquisedec no tenía padre o madre o genealogía, y Cristo no tenía Padre en la tierra, o madre en el cielo, y no tenía genealogía, pues “¿Quien contará su generación?”[264]; “De mi seno, antes del lucero, te engendré”[265]; “y su salida desde el principio, desde los días de la eternidad”[266]. El altar fue la Cruz. Y así como previamente al tiempo en que Cristo sufrió sobre ella era el signo de la más grande ignominia, así ahora se ha dignificado y ennoblecido, y en el último día aparecerá en el cielo más brillante que el sol. La Iglesia aplica a la Cruz las palabras del Evangelista: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo”[267], pues ella canta: “Esta señal de la Cruz aparecerá en el cielo cuando el Señor venga a juzgar”. San Juan Crisóstomo confirma esta opinión, y observa que cuando “el sol sea oscurecido, y la luna no de su luz”[268], la Cruz se verá más brillante que el sol en su esplendor al medio día. La víctima fue el cordero de Dios, todo inocente e inmaculado, de quien Isaías dice: “Como oveja será llevado al matadero, como cordero, delante del que lo trasquila, enmudecerá y no abrirá su boca”[269], y de quien su Precursor había dicho: “He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo”[270]; y San Pedro: “Sabiendo que han sido redimidos, no con oro, ni con plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como cordero inmaculado y sin mancilla”[271]. Es llamado también en el Apocalipsis “el cordero que fue muerto desde el principio del mundo”[272], porque el mérito de su sacrificio fue previsto por Dios y fue en beneficio de aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo. El fuego que consume el holocausto y completa el sacrifico es el inmenso amor que, como en hoguera ardiente, ardió en el Corazón del Hijo de Dios, y el cual las muchas aguas de su Pasión no pudieron extinguir. Finalmente, el fruto del Sacrificio fue la expiación de los pecados para todos los hijos de Adán, o en otras palabras, la reconciliación del mundo entero con Dios. San Juan en su primera Carta, dice: “Él es propiciación por nuestros pecados, y no tan solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”[273] y esta es sólo otra manera de expresar la idea de San Juan Bautista: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”[274]. ¿Una dificultad surge aquí. Como pudo Cristo ser al mismo tiempo sacerdote y víctima, puesto que era deber del sacerdote matar a la víctima? Ahora bien, Cristo no se mató a sí mismo, ni podía hacerlo, pues si lo hubiese hecho habría cometido un sacrilegio y no ofrecido un sacrificio. Es verdad que Cristo no se mató a sí mismo, aún así ofreció un sacrificio real, porque pronta y alegremente se ofreció a sí mismo a la muerte por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Pues ni los soldados hubiesen podido aprehenderlo, ni los clavos traspasado sus manos y pies, ni la muerte, aunque estuviese clavado a la Cruz, hubiese tenido ningún poder sobre Él si el mismo no lo hubiese querido así. En consecuencia, con gran verdad dijo Isaías: “Él se ofreció porque él mismo lo quiso”[275]; y Nuestro Señor: “Yo doy mi vida; no me la quita ninguno, yo la doy por mí mismo”[276]. Y aún más claramente San Pablo: “Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave aroma”[277]. Por tanto, de manera maravillosa fue dispuesto que todo el mal, todo el pecado, todo el crimen cometido al poner a muerte a Cristo fuese cometido por Judas y los judíos, por Pilato y los soldados. Ellos no ofrecieron ningún sacrificio, sino que fueron culpables del sacrilegio, y merecían ser llamados no sacerdotes sino miserables sacrílegos. Y toda la virtud, toda la santidad, toda la obediencia de Cristo, que se ofreció a sí mismo como víctima a Dios al soportar pacientemente la muerte, incluso muerte de Cruz, para poder apaciguar la ira de su Padre, reconciliar a la humanidad con Dios, satisfacer la justicia Divina, y salvar la raza caída de Adán. San León expresa de manera hermosa este pensamiento en pocas palabras: “Permitió que las manos impuras de los miserables se vuelvan contra Él, y se convirtieran en cooperadores con el Redentor en el momento en que cometían un abominable pecado”.

En cuarto lugar, por la muerte de Cristo la gran lucha entre Él mismo y el príncipe del mundo llegó a su fin. Al aludir a esta lucha, el Señor hizo uso de estas palabras: “El juicio del mundo comienza ahora; ahora será expulsado fuera el príncipe de este mundo. Cuando sea alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo”[278]. La lucha fue judicial, no militar. La lucha fue entre dos demandantes, no dos ejércitos rivales. Satanás disputó con Cristo la posesión del mundo, el dominio sobre la humanidad. Por largo tiempo el demonio se había lanzado ilegítimamente a poseerlo, porque había vencido al primer hombre, y había hecho a él y a todos sus descendientes esclavos suyos. Por esta razón, San Pablo llama a los demonios “principados y potestades, gobernadores de estas tinieblas del mundo”[279]. Y como dijimos antes, incluso Cristo llama al demonio “príncipe de este mundo”. Ahora el demonio no solamente quiso ser príncipe, sino incluso el dios de este mundo, y así exclama el Salmo: “Porque todos los dioses de las naciones son demonios, pero el Señor hizo los cielos”[280]. Satanás era adorado en los ídolos de los gentiles, y era rendido culto en sus sacrificios de corderos y terneros. Por otro lado, el Hijo de Dios, como verdadero y legítimo heredero del universo, demandó el principado de este mundo para Él. Esta fue la disputa decidida en la Cruz, y el juicio fue pronunciado en favor del Señor Jesús, porque en la Cruz expió plenamente los pecados del primer hombre y de todos sus hijos. Pues la obediencia mostrada al Padre Eterno por su Hijo fue mayor que la desobediencia de un siervo a su Señor, y la humildad con la que murió el Hijo de Dios en la Cruz redundó más para el honor del Padre que el orgullo de un siervo sirvió para su injuria. Así Dios, por los méritos de su Hijo, fue reconciliado con la humanidad, y la humanidad fue arrancada del poder del demonio, y “nos trasladó al reino de su Hijo muy amado”[281].

Hay otra razón que San León aduce, y la daremos en sus propias palabras. “Si nuestro orgulloso y cruel enemigo hubiese podido conocer el plan que la misericordia de Dios había adoptado, habría reprimido las pasiones de los judíos, y no los habría incitado con odio injusto, por lo que pudiese perder su poder sobre los cautivos al atacar infructuosamente la libertad de Aquel que nada le debía”. Esta es una razón de muchísimo peso. Puesto que es justo que el demonio perdiera toda su autoridad sobre todos aquellos que por el pecado se habían hecho esclavos suyos, porque se había atrevido a poner sus manos sobre Cristo, quien no era su esclavo, quien nunca había pecado, y a quien sin embargo había perseguido a muerte. Ahora, si tal es el estado del caso, si la batalla ha terminado, si el Hijo de Dios ha ganado la victoria, y si “quiere que todos los hombres se salven”[282], ¿cómo es que tantos en esta vida están bajo el poder del demonio, y sufren los tormentos del infierno en la próxima? Lo respondo en una palabra: lo quieren. Cristo salió victorioso de la contienda, luego de otorgar dos indecibles favores a la raza humana. Primero el abrir a los justos las puertas del cielo, que habían estado cerradas desde la caída de Adán hasta aquel día, y en el día de su victoria, dijo al ladrón que había sido justificado por los méritos de su sangre, a través de la fe, la esperanza, y la caridad: “Este día estarás conmigo en el Paraíso”[283], y la Iglesia en su exultación, clama: “Tu, habiendo vencido al aguijón de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos”. El segundo, la institución de los Sacramentos, que tienen el poder de perdonar los pecados y conferir la gracia. Envía a los predicadores de su Palabra a todas las partes del mundo a proclamar: “Aquel que cree, y sea bautizado, será salvado”[284]. Y así nuestro victorioso Señor ha abierto el camino a todos para adquirir la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y si hay algunos que no quieren entrar en este camino, mueren por su propia culpa, y no por la falta de poder o la falta de querer de su Redentor.

En quinto lugar, la palabra “Todo está cumplido” puede ser con justicia aplicada a la conclusión del edificio, esto es, la Iglesia. Cristo nuestro Señor usa esta misma palabra en referencia a un edificio: “Hic homo coepit aedificare et non potuit consummare”, “Este hombre empezó a edificar y no ha podido acabar”[285]. Los Padres enseñan que la fundación de la Iglesia fue hecha cuando Cristo fue bautizado, y el edificio completado cuando murió. Epifanio, en su tercer libro contra los herejes, y San Agustín en el último libro de la Ciudad de Dios, muestran que Eva, que fue hecha a partir de una costilla de Adán mientras dormía, tipifica a la Iglesia, que fue hecha del costado de Cristo mientras dormía en la muerte. Y resaltan que no sin razón el libro del Génesis usa la palabra “construyó”, y no “formó”. San Agustín[286] prueba que el edificio de la Iglesia comenzó con el bautismo de Cristo, con las palabras del Salmista: “Dominará de mar a mar y desde el río hasta los confines de la redondez de la tierra”[287]. El reino de Cristo, que es la Iglesia, comenzó con el bautismo que recibió de manos de San Juan, por la que consagró las aguas e instituyó ese sacramento que es la puerta de la Iglesia, y cuando la voz de su Padre fue claramente escuchada en los cielos: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[288]. Desde ese momento nuestro Señor empezó a predicar y a reunir discípulos, quienes fueron los primeros hijos de la Iglesia. Y todos los sacramentos derivan su eficacia de la Pasión de Cristo, aunque el costado de Nuestro Señor fue abierto después de su muerte, y sangre y agua, que tipifican los dos sacramentos principales de la Iglesia, fluyeron. El fluir de la sangre y el agua del costado de Cristo luego de su muerte fue una señal de los sacramentos, no de su institución. Podemos concluir entonces que la edificación de la Iglesia fue completada cuando Cristo dijo: “Todo está cumplido”, porque nada quedó luego más que la muerte, que sucedió inmediatamente, y cumplió el precio de nuestra redención.

CAPÍTULO XIII

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Cualquiera que con atención reflexione sobre la sexta palabra ha de obtener muchas ventajas de sus reflexiones. San Agustín saca una lección muy útil del hecho de que la palabra “Todo está cumplido” muestra el cumplimiento de todas las profecías que hacen referencia a Nuestro Señor. Puesto que estamos seguros por lo que pasó que las profecías relacionadas a Nuestro Señor fueron verdaderas, así nosotros deberíamos tener la misma certeza de que otras cosas que los mismos Profetas han profetizado y que aún no han sucedido son igualmente ciertas. Los Profetas hablaron no de lo que quisieron, sino bajo inspiración del Espíritu Santo, y como el Espíritu Santo es Dios, quien no puede engañar o extraviar, nosotros deberíamos estar muy confiados de que todo lo que predijeron sucederá, si es que no ha sucedido ya. “Pues hasta ahora, decía San Agustín, todo ha sido realizado, por lo que ha de cumplirse con certeza sucederá. Tengamos un temor reverente en el Día del Juicio, pues el Señor vendrá. Él, que vino como un humilde bebé, vendrá de nuevo como un Dios poderoso”. Nosotros tenemos más razones que los santos del Antiguo Testamento para nunca flaquear en nuestra fe, o en lo que creemos que vendrá. Aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo estaban obligados a creer, sin prueba alguna, muchas cosas de las que nosotros ya tenemos abundantes testimonios, y por todo aquello que ya ha sido cumplido podemos deducir fácilmente que las otras profecías también se cumplirán. Los contemporáneos de Noé habían escuchado acerca del Diluvio Universal, no solo a través de los labios del profeta de Dios, sino también al mirarlo trabajando tan diligentemente en la construcción del Arca; y aún así, como nunca antes había habido un diluvio o algo similar a ello, no se convencieron, y en consecuencia la ira Divina los tomó desprevenidos. Así como nosotros sabemos que la profecía de Noé se cumplió, no deberíamos tener ninguna dificultad en creer que el mundo y todo lo que ahora estimamos tanto será un día destruido por el fuego. Sin embargo, aún hay algunos pocos que poseen una fe tan viva en todo esto como para desprenderse ellos mismos de las cosas perecibles, y fijar sus corazones en los gozos de arriba, que son reales y eternos.

Los terrores del Último Día han sido profetizados por Cristo mismo, por lo que es totalmente inexcusable que alguien no pueda convencerse de que, así como algunas profecías han sido ya cumplidas, otras también lo serán. Estas son las palabras de Cristo: “Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el Arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo de hombre. Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”[289]. Y San Pedro dijo: “El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá”[290]. Pero algunos argumentarán que todas estas cosas están sumamente lejanas. Concedamos que efectivamente están aún lejanas, y si lo están, el día de la muerte ciertamente no está muy lejano: su hora es incierta, lo que sí es cierto es que en el juicio particular cada uno deberá rendir cuenta sobre cada palabra vana. Y si esto por cada palabra vana ¿qué sobre las palabras pecaminosas, y las blasfemias, que son tan comunes? Y si tenemos que rendir cuenta sobre cada palabra vana ¿Qué de las acciones, de los robos, adulterios, fraudes, asesinatos, injusticias, y otros pecados mortales? Por lo tanto el cumplimiento de algunas profecías nos harán aún más culpables si es que no creemos que las otras profecías se cumplirán. Ni es suficiente solamente creer, a menos que nuestra fe eficazmente mueva nuestra voluntad a hacer o evitar aquello que nuestro entendimiento nos enseña que debe ser hecho o evitado. Si un arquitecto opina que una casa está a punto de desplomarse, y sus habitantes creen en las palabras del arquitecto, pero aún así no abandonan la casa y terminan sepultados en sus ruinas, ¿Qué dirá la gente de ésa fe? Ellos dirán con el Apóstol: “Profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan”[291]. O, ¿Qué se diría si un doctor le ordena a su paciente no tomar vino, y el paciente lo asume como un buen consejo, pero aún así continua tomando vino, y se molesta si es que no se lo dan? ¿No deberíamos decir que ése paciente estaba loco y que en realidad no confiaba en su doctor? ¡Quisiera que no hubiera tantos cristianos que profesan creer en los juicios de Dios y en otras cosas, y con su conducta contradicen sus palabras!

CAPÍTULO XIV

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Otra ventaja puede ser sacada de la segunda interpretación que dimos a la palabra “todo está cumplido”. Junto con San Juan Crisóstomo dijimos que por su muerte Cristo concluyó su estadía laboriosa entre nosotros. Nadie puede negar que su vida mortal fue sumamente dura, pero su misma dureza fue compensada por su cortedad, su fruto, su gloria, y su honor. Duró treinta y tres años. ¿Qué es una labor de treinta y tres años comparado a un descanso eterno? Nuestro Señor trabajó con hambre y sed, en medio de muchas penalidades, de insultos innumerables, de golpes, heridas, de la muerte misma. Pero ahora bebe de la fuente de la alegría, y su alegría será eterna. Fue humillado, y por un corto tiempo fue “oprobio de los hombres y desecho del pueblo”[292], pero “Dios le exaltó, y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos”[293]. Por otro lado, los pérfidos judíos se regocijaron durante una hora por Cristo y sus sufrimientos. Judas por una hora disfrutó el precio de su avaricia: unas pocas monedas de plata. Pilato por una hora se glorificó porque no había perdido la amistad de Tiberio, y había vuelto a ganar la de Herodes. Pero por casi dos mil años han estado sufriendo los tormentos del infierno, y sus gritos de desesperanza serán escuchados por siempre y para siempre.

Desde su miseria, todos los siervos de la Cruz pueden aprender cuán bueno y fructuoso es ser humildes, dóciles, pacientes, cargar su Cruz en esta vida, seguir a Cristo como su guía, y de ninguna manera envidiar a aquellos que parecen estar alegres en este mundo. Las vidas de Cristo y de sus apóstoles y mártires son un verdadero comentario a las palabras del Señor de señores. “Bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”[294] Y por otro lado “ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo. Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre. Ay de los que reís ahora, porque tendréis aflicción y llanto”[295].

Aunque ni las palabras, ni la vida y muerte de Cristo son entendidas o seguidas por el mundo, aún quien sea que desee dejar los afanes del mundo y entrar en su corazón y meditar seriamente y decirse a sí mismo: “Escucharé lo que Dios me va a hablar”[296], e importuna a su Divino Señor con humilde plegaria y lamento de espíritu, entenderá sin dificultad toda la verdad, y la verdad lo hará libre de todos sus errores, y lo que antes parecía imposible será entonces fácil.

CAPÍTULO XV

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

El tercer fruto a ser recogido por la consideración de la sexta palabra es que debemos aprender a ser sacerdotes espirituales, “para ofrecer a Dios sacrificios espirituales”[297], como nos dice San Pedro, o como advierte San Pablo, “ofrecer” nuestros “cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios”, nuestro “culto racional”[298]. Pues si esta palabra “todo está cumplido” nos muestra que el Sacrificio de nuestro Sumo Sacerdote ha sido cumplido en la Cruz, es justo y propio que los discípulos de un Dios crucificado, deseosos, hasta donde puedan, de imitar a su Señor, se ofrezcan ellos mismos como un sacrificio a Dios, de acuerdo a su debilidad y pobreza. Ciertamente, San Pedro dice que todos los cristianos son sacerdotes, no estrictamente como aquellos que son ordenados por obispos en la Santa Iglesia Católica para ofrecer el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Cristo, sino sacerdotes espirituales para ofrecer víctimas espirituales, no tales como leemos en el Antiguo Testamento, ovejas y bueyes, tórtolas y palomas, o la Víctima del Nuevo Testamento, el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Eucaristía, sino víctimas místicas que pueden ser ofrecidas por todos, como la oración y la alabanza y las obras buenas y los ayunos y las obras de misericordia, como dice San Pablo: “ofrezcamos siempre un sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de los labios que confiesan su Nombre”[299]. En su Carta a los Romanos, el mismo Apóstol nos dice, resaltándolo de manera especial, que ofrezcamos a Dios el sacrificio místico de nuestros cuerpos tras los sacrificios de la Antigua Ley, que eran regulados por cuatro decretos. El primero era que la víctima debía ser algo consagrado a Dios, por lo que era ilegítimo darle algún uso profano. El segundo era que la víctima debía ser una creatura viviente, como una oveja, una cabra o un ternero. El tercero, que debía ser sagrado, es decir, limpio, pues los judíos consideraban algunos animales limpios y otros no. Ovejas, bueyes, cabras, tórtolas, gorriones y palomas eran limpios, mientras que el caballo, el león, el zorro, el águila, el cuervo, entre otros, no eran limpios. El cuarto, que la víctima debía ser quemada, y despedir un olor de suavidad. Todas estas cosas enumera el Apóstol. “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será vuestro culto espiritual”[300]. Como entiendo al Apóstol, no nos está exhortando a ofrecer un sacrificio estrictamente hablando, como si quisiese que nuestros cuerpos fuesen muertos y quemados, como los cuerpos de las ovejas al ser ofrecidas en sacrificio, sino ofrecer un sacrificio místico y razonable, un sacrificio que es similar, pero no igual, espiritual y no corporal. El Apóstol por tanto nos exhorta a la imitación de Cristo ya que Él ofreció en la Cruz para beneficio nuestro el Sacrificio de su Cuerpo en una muerte real y verdadera, para que, por honor suyo, ofrezcamos nuestros cuerpos como víctimas vivas, santas y perfectas, una víctima que es agradable a Dios, y que es de manera espiritual muerta y quemada.

Daremos ahora algunas palabras de explicación en relación a los cuatro decretos que regulan los sacrificios judíos. En primer lugar, nuestros cuerpos deben ser víctimas consagradas a Dios, que debemos usar para el honor de Dios. Pues no debemos mirar a nuestros cuerpos como propiedad nuestra, sino como propiedad de Dios, a quien estamos consagrados por el Bautismo, y que nos ha comprado en gran precio, como dice el Apóstol a los Corintios. Ni seamos tampoco meras víctimas, sino víctimas vivas por la vida de la gracia y el Espíritu Santo. Pues aquellos muertos por el pecado no son víctimas de Dios, sino del demonio, que mata nuestras almas y se regocija en su destrucción. Nuestro Dios, que siempre fue y es la fuente de la vida, no le habría ofrecido a Él fétidos despojos que no son aptos para nada sino para ser arrojados a las bestias. En segundo lugar, debemos tener mucho cuidado en preservar esta vida de nuestras almas para que podamos ofrecer nuestro “culto espiritual”. Ni es suficiente para la víctima estar viva. Debe ser también santa. Un “sacrificio viviente” y “santo”, dice San Pablo. La oblación de víctimas limpias fue un sacrificio santo. Como hemos dicho antes, algunos cuadrúpedos eran limpios, como las ovejas, cabras y bueyes, y algunas aves eran limpias, como las tórtolas, gorriones y palomas. La primera clase de animales significan la vida activa, la última la contemplativa. Consecuentemente, si aquellos que llevan una vida activa entre los fieles desean ofrecerse a sí mismos como víctimas santas a Dios, deben imitar la simplicidad y la mansedumbre del cordero, que no conoce venganza, la laboriosidad y la seriedad del buey, que no busca reposo, ni corre vanamente de aquí para allá, sino soporta su carga y arrastra su arado y trabaja asiduamente en el cultivo de la tierra, y finalmente, la agilidad de la cabra al trepar las montañas y su rapidez en detectar objetos desde lejos. No deben descansar satisfechos con solo ser mansos, ni realizando ciertas tareas. Deben alzar sus corazones por la oración frecuente y contemplar las cosas que están arriba. Pues ¿cómo pueden realizar sus acciones por la gloria de Dios y hacerlas ascender como incienso de sacrificio ante Él, si raramente o nunca piensan en Dios, ni lo buscan, y no están por medio de la meditación ardiendo con su Amor? La vida activa del cristiano no debe estar completamente separada de la contemplativa, así como la contemplativa no debe estar enteramente separada de la activa. Aquellos que no siguen el ejemplo de los bueyes y corderos y cabras en su trabajo continuo y útil por su Señor, sino que desean y buscan su propia comodidad temporal, no pueden ofrecer a Dios una víctima santa. Se parecen más a bestias feroces y carnívoras, como lobos, perros, osos, y cuervos, que hacen de su estómago un dios, y siguen las huellas del “león rugiente” que “ronda buscando a quién devorar”[301]. Aquellos cristianos que siguen una vida contemplativa y buscan ofrecerse como víctimas vivas y santas a Dios deben imitar la soledad de la tórtola, la pureza de la paloma, la prudencia del gorrión. La soledad de la tórtola es aplicable principalmente a los monjes y ermitaños, que no tienen comunicación con el mundo y están enteramente dedicados a la contemplación de Dios y cantando sus alabanzas. La pureza y la fecundidad de la paloma es necesaria para los obispos y sacerdotes, que se relacionan con los hombres y han de engendrar y criar hijos espirituales, y será difícil para ellos imitar tal pureza y fecundidad a menos que frecuentemente vuelen hacia su país celestial por la contemplación, y por la caridad condescender a socorrer las necesidades de los hombres. Hay el peligro de que se abandonen enteramente a la contemplación y no engendren hijos espirituales, o de volverse tan llenos de trabajo que se contaminen con deseos mundanos, y mientras están ansiosos por salvar las almas de los demás, se conviertan ellos –que Dios lo impida– en náufragos. La prudencia del gorrión es necesaria tanto para los contemplativos como para aquellos que se entregan a las tareas activas del ministerio. Hay tanto gorriones de cerca como gorriones de casa. Los gorriones de cerca muestran mucho cuidado en evitar las redes y las trampas puestas para ellos, y los gorriones de casa, que viven próximos al hombre, nunca se convierten en amigos del hombre, y con dificultad son capturados. Así los cristianos, y de manera especial los sacerdotes y monjes, deben imitar la prudencia del gorrión para evitar caer en las redes y trampas puestas para ellos por el diablo, y cuando tratan con hombres, lo hacen solo para beneficio del prójimo, evitando cualquier familiaridad con él, especialmente con las mujeres, escapando de conversaciones vanas, declinando invitaciones, y no estando presentes en actuaciones o teatros.

El último decreto en relación a los sacrificios era que la víctima fuera no sólo viva y santa, sino también agradable, esto es, dar un suavísimo olor, de acuerdo a lo que dice la Escritura: “Y el Señor aspiró un suave aroma”[302], y “Cristo se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma”[303]. Era necesario que la víctima, para poder desprender este aroma tan agradable a Dios, esté tanto muerta como quemada. Esto tiene lugar en el sacrificio místico y razonable del cual estamos hablando, cuando la concupiscencia de la carne es completamente subyugada y abrasada por el fuego de la caridad. Nada más eficaz, veloz y perfecto para mortificar la concupiscencia de la carne que un sincero amor de Dios. Pues Él es el Rey y Señor de todos los afectos de nuestro corazón, y todos nuestros afectos son gobernados por Él y dependen de Él, sea aquellos de temor o esperanza, de deseo u odio, o ira, o cualquier otra inquietud de mente. Ahora bien, el amor rinde nada más que un amor más fuerte, y consecuentemente, cuando el amor Divino posee completamente el corazón del hombre y lo enciende en llamas, todos los deseos carnales se rinden a él, y siendo completamente subyugados, no nos ocasionan ninguna inquietud. Y por tanto, ardientes aspiraciones y oraciones fervorosas ascienden de nuestros corazones como incienso ante el trono de Dios. Este es el sacrificio que Dios pide de nosotros, y al que el Apóstol nos exhorta a estar los más prontamente preparados para ofrecer.

San Pablo usa un argumento muy fuerte para persuadirnos de ello, así como es en sí mismo duro y lleno de dificultad. Su argumento es expresado en estas palabras: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva”[304]. En el texto griego encontramos la palabra “misericordias” usada en vez de “misericordia”. ¿Qué y cuántas son las misericordias de Dios por las que el Apóstol nos exhorta? En primer lugar está la creación, por la que fuimos hechos algo mientras que antes éramos nada. En segundo lugar, aunque Dios Todopoderoso no tenía necesidad de nuestro servicio, nos ha hecho siervos suyos, porque desea que hagamos algo por lo que pueda recompensarnos. En tercer lugar, nos hizo a su imagen, y nos hizo capaces de conocerlo y amarlo. En cuarto lugar, nos hizo, a través de Cristo, sus hijos adoptivos y coherederos de su Hijo Unigénito. En quinto lugar, nos hizo miembros de su Esposa, de aquella Iglesia de la cual Él es la Cabeza. Por último, se ofreció a sí mismo en la Cruz, “como oblación y víctima de suave aroma”[305], para redimirnos de la esclavitud y lavarnos de nuestra iniquidad, “para que pueda presentar a Él una Iglesia gloriosa, sin que tenga mancha ni arruga”[306]. Estas son las misericordias de Dios por las que el Apóstol nos exhorta, como si dijera: “el Señor ha derramado tantas gracias sobre ustedes, que ni las merecen, ni las han pedido, ¿y aún tienen como cosa difícil el ofrecerse a sí mismos a Dios como víctimas vivas, santas y razonables? En verdad, lejos de ser difícil, debería parecer, para cualquiera que atentamente considera todas las circunstancias, fácil y ligero y agradable y placentero servir a tan buen Dios con nuestro corazón entero a través de todo tiempo, y tras el ejemplo de Cristo, ofrecernos a nosotros enteramente a Él como una víctima, una oblación, y un holocausto en olor de suavidad.

CAPÍTULO XVI

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Un cuarto fruto puede ser cosechado de una cuarta explicación de la palabra “todo está cumplido”. Pues si es verdad, como muy ciertamente es, que Dios por los méritos de Cristo nos ha librado de la servidumbre del diablo, y nos ha colocado en el reino de su amado Hijo, preguntemos, y no desistamos en nuestra indagación hasta que hayamos encontrado alguna razón, por qué tanta gente prefiere la esclavitud del enemigo de la humanidad, en vez del servicio a Cristo, nuestro amabilísimo Señor, y escoger el arder para siempre en las llamas del infierno con Satanás, en vez de reinar felicísimos en la gloria eterna con Nuestro Señor Jesucristo. La única razón que hallo es que el servicio a Cristo empieza con la Cruz. Es necesario crucificar la carne con sus vicios y concupiscencias. Esta trago amargo, este cáliz de hiel, naturalmente produce nausea en el hombre frágil, y es muchas veces la única razón por la cual el preferiría ser esclavo de sus pasiones que ser Señor de ellas por tal remedio. Un hombre sin razón, ciertamente, o más aún no un hombre sino una bestia, pues un hombre despojado de su razón es tal, puede ser gobernado por sus deseos y apetitos. Pero como el hombre es dotado de razón, ciertamente sabe o debería saber que aquel que es mandado crucificar su carne con sus vicios y concupiscencias debe insistir en guardar este precepto, particularmente al ser asistido por la gracia de Dios para hacer tal, y que Nuestro Señor, como buen doctor, prepara de tal manera esta amarga poción en orden a que pueda ser bebida sin dificultad. Más aún, si alguno de nosotros individualmente fuera la primera persona a la que estas palabras fuesen dirigidas “Toma tu cruz y sígueme”, tal vez tendríamos una excusa para dudar y desconfiar de nuestras fuerzas, y no atrevernos a poner nuestras manos sobre una cruz que consideramos incapaces de cargar. Pero como no solamente hombres, sino incluso niños de tierna edad han valientemente tomado la Cruz de Cristo, la han cargado pacientemente, y han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias, ¿por qué habremos de temer? ¿Por qué habremos de dudar? San Agustín fue vencido por este argumento, y de una vez dominó sus concupiscencias carnales que por años había considerado inconquistables. Puso delante de los ojos de su alma a tantos hombres y mujeres que habían llevado vidas castas, y se dijo a sí mismo: “¿Por qué no puedes hacer lo que tantos de ambos sexos han hecho confiando no en su propia fuerza, sino en el Señor su Dios?”. Lo que ha sido dicho de la concupiscencia de la carne, puede ser dicho con igual fuerza de la concupiscencia de los ojos, que es la avaricia y el orgullo de la vida. No hay vicio que con la asistencia de Dios no pueda ser superado, y no hay razón para temer que Dios se rehusará a ayudarnos. San León dice: “Dios Todopoderoso insiste con justicia que guardemos sus mandamientos pues él nos previene con su gracia”. Miserables y locas y necias son, pues, aquellas almas que prefieren llevar cinco yugos de bueyes bajo el mando de Satanás, y con trabajo y pena ser esclavos de sus sentidos, y finalmente ser torturados para siempre con su líder, el diablo, en las llamas del infierno, que someterse al yugo de Cristo, que es dulce y ligero, y hallar descanso para sus almas en esta vida, y en la próxima vida una corona eterna con su Rey en interminable gloria.

 

CAPÍTULO XVII

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Un quinto fruto puede ser recogido de esta palabra, pues podemos aplicarla a la edificación de la Iglesia que fue perfeccionada en la Cruz, como otra Eva formada de la costilla de otro Adán. Y este misterio debería enseñarnos a amar la Cruz, honrar la Cruz, y estar estrechamente unidos a la Cruz. ¿Pues quién no ama el lugar de nacimiento de su madre? Todos los fieles tienen una extraordinaria veneración por el sagrado hogar de Loreto, porque es el lugar de nacimiento de la Virgen Madre de Dios, y ahí en su vientre virginal Ella concibió a Jesucristo Nuestro Señor, como el ángel anunció a San José: “Porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo”[307]. Así la Santa Iglesia Católica Romana, consiente del lugar de su nacimiento, tiene a la Cruz plantada en todo lugar, y en todo lugar exhibida. Somos enseñados a hacerla sobre nosotros mismos, la vemos en las iglesias y casas. La Iglesia no confiere ningún sacramento sin la Cruz, no bendice nada sin el signo de la Cruz, y nosotros, los hijos de la Iglesia, manifestamos nuestro amor a la Cruz cuando pacientemente sobrellevamos las adversidades por amor a nuestro Dios crucificado. Esto es gloriarse en la Cruz. Esto es hacer lo que dijo el Apóstol: “Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre de Jesús”[308]. San Pablo simplemente nos da a entender lo que él quiere decir por glorificarse en la Cruz cuando dice: “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”[309]. Y nuevamente en su Carta a los Gálatas: “Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado, y yo un crucificado para el mundo”[310]. Esto es ciertamente el triunfo de la Cruz, cuando el mundo con sus pompas y placeres está muerto para el alma cristiana que ama a Cristo crucificado, y el alma está muerta para el mundo al amar las tribulaciones y el desprecio que el mundo odia, y odiando los placeres de la carne, y el aplauso vacío de hombres a los que ama el mundo. De esta manera el verdadero siervo de Dios rinde tan perfectamente que también puede decirse de él: “está concluido”.

CAPÍTULO XVIII

El sexto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

El último fruto en ser cosechado de la consideración de esta palabra ha de ser recogido de la perseverancia que Nuestro Señor exhibió en la Cruz. Somos enseñados por esta palabra “todo está cumplido” cómo Nuestro Señor perfeccionó tanto la obra de su Pasión desde el principio hasta el fin que nada le faltaba: “Las obras de Dios son perfectas”[311]. Y como Dios Padre completó la obra de la creación en el sexto día y descansó el séptimo, así el Hijo de Dios completó la obra de nuestra redención en el sexto día y descansó en el sueño de la muerte el séptimo. En vano los judíos lo provocaban: “Si Él es el Rey de Israel que baje de la Cruz y creeremos en Él”[312]. Con mayor verdad exclamaba San Bernardo: “Porque es el Rey de Israel, no abandonará el emblema de su realeza. No nos dará una excusa para fallar en nuestra perseverancia, que sola es coronada: no hará torpes las lenguas de los predicadores, ni mudos los labios de aquellos que consuelan a los débiles, ni vacías las palabras de aquellos cuyo deber es decir a todos: no abandonen su cruz, pues sin duda cada alma individual hubiera respondido si pudiese: He abandonado mi cruz, porque Cristo desertó primero de la suya”. Cristo perseveró en su Cruz incluso hasta su muerte, para perfeccionar tanto su obra que nada le faltase, y dejarnos ejemplo de perseverancia en todo sentido digno de nuestra admiración. Es fácil ciertamente permanecer en lugares que nos acomodan, o perseverar en tareas que nos agradan, pero es muy difícil quedarse en el puesto de uno cuando hay tanto dolor a ser aliviado, o continuar en una ocupación en la que hay tanta ansiedad ligada a ella. Pero si pudiésemos entender la razón que indujo a Nuestro Señor a perseverar en la Cruz, deberíamos estar completamente convencidos que tenemos que cargar nuestra cruz con constancia, y de ser necesario, cargarla con coraje incluso hasta nuestra muerte. Si fijamos los ojos solamente en la Cruz no podemos sino llenarnos de horror a la vista de tal instrumento de muerte. Pero si fijamos nuestros ojos en Él que nos exhorta a cargar la Cruz, y en el lugar al que la Cruz nos llevará, y en el fruto que la Cruz produce en nosotros, entonces, en vez de aparecer llena de dificultades y obstáculos, será fácil y agradable perseverar en llevarla, e incluso permanecer con constancia clavada en ella.

¿Entonces por qué Cristo perseveró tanto colgado de su Cruz incluso hasta la muerte sin un lamento o una murmuración? La primera razón es el amor que tenía por su Padre: “La copa que me ha dado el Padre, ¿no la he de beber?”[313]. Cristo amó a su Padre y el Padre amó a su Hijo Unigénito con un amor igualmente inefable. Y cuando vio el cáliz del sufrimiento ofrecido a Él por su todo-bueno y todo-amoroso Padre en tal manera que Él no pudo concluir sino que era ofrecido a Él por la mejor de las razones, no nos ha de maravillar que tomara hasta los residuos con la mayor prontitud. El Padre había hecho una fiesta de bodas para su Hijo, y le había dado por Esposa la Iglesia, ciertamente desfigurada y deformada, pero que Él había de limpiar amorosamente en el baño de su preciosa Sangre y hacerla hermosa, “sin mancha ni arruga”[314]. Cristo por su lado amó cariñosamente a la Esposa dada a Él por su Padre, y no dudó en derramar su Sangre para hacerla hermosa y atractiva. Si Jacob sudó por siete años alimentando a los rebaños de Labán, sufrió el calor y el frío y la falta de sueño para poder casarse con Raquel, y si estos siete años de trabajos pasaron tan rápidamente que “parecieron sino pocos días dada la grandeza de su amor”[315], y otros siete años parecieron igualmente cortos, no debe sorprendernos que el Hijo de Dios deseó ser colgado de la Cruz por tres horas por su Esposa, la Iglesia, que había de ser madre de tantos miles de santos y de tantos hijos de Dios. Más aún, al beber al amargo cáliz de su Pasión, Cristo estaba llevado no sólo por su Amor al Padre y a su Esposa, sino también por la exaltada gloria y la ilimitada y eterna alegría que iba a asegurar por medio de su Cruz. “Se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por lo cual Dios lo exaltó, y le dio el Nombre que está sobre todo nombre: para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre”[316].

Al ejemplo que Cristo nos ha puesto, añadamos también el ejemplo que los Apóstoles manifiestan para que imitemos. San Pablo en su Carta a los romanos, luego de enumerar sus propias cruces y las de sus compañeros, pregunta: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿Los peligros? ¿La espada? Como dice la Escritura: por Tu causa somos muertos todo el día, tratados como ovejas destinadas al matadero”. Y contesta su propia pregunta: “Pero en todo esto vencemos gracias a Aquel que nos amó”[317]. No debemos preocuparnos del sufrimiento que las cruces significan si deseamos permanecer firmes en sobrellevarlas, sino alentarnos a nosotros mismos por el amor de aquel Dios que tanto nos amó que entregó a su único Hijo por nuestro rescate; o incluso manteniendo fijos nuestros ojos en Aquel Hijo de Dios que nos amó y “se dio a sí mismo por nosotros”[318]. En su Carta a los Corintios, el mismo Apóstol dice: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones”[319]. ¿Cuándo surgió esta consolación y este gozo que lo hace, por así decirlo, impasible en toda aflicción? Él nos da la respuesta: “la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”[320]. Por tanto la contemplación de la corona que lo aguardaba, y el pensamiento que siempre guardó ante él, valía por todos las pruebas de esta vida momentánea y trivial. “¿Qué persecución –clama San Cipriano– puede prevalecer ante tales pensamientos?”[321]. Como segundo modelo tomaremos la conducta de San Andrés, que no miró la cruz en la que iba a ser colgado por dos días como una horca, sino que la abrazó como a un amigo, y cuando los espectadores de su ejecución querían bajarlo, de ninguna manera lo consentía, pues deseaba permanecer unido a la cruz incluso hasta su muerte. Y ésta no es la acción de una persona loca o necia, sino de un apóstol iluminado y de un hombre lleno del Espíritu Santo.

Todos los cristianos pueden aprender del ejemplo de Cristo y sus apóstoles cómo comportarse cuando no pueden descender de su cruz, esto es, cuando no se pueden liberar de alguna aflicción particular o no pueden sufrir sin pecar. En primer lugar, la vida de cada religioso ligado por los votos de pobreza, castidad y obediencia, es comparada al martirio del cual no debe huir. Si un esposo está casado a una esposa irascible, áspera y mal humorada, o una esposa está casada a un hombre cuyo temperamento y carácter no es en lo más mínimo menos difícil de tratar, como San Agustín, en sus “Confesiones”, nos asegura era la disposición de su padre, el esposo de Santa Mónica, entonces la cruz debe ser valientemente cargada, pues la unión es indisoluble. Los esclavos que han perdido su libertad, prisioneros condenados a servicio perpetuo, enfermos que sufren de una enfermedad incurable, los pobres que son tentados a asegurar el alivio momentáneo robando, todos y cada uno han de dirigir sus pensamientos, no a la cruz que cargan, sino a Aquel que ha puesto la cruz sobre ellos, si desean perseverar cargándola con paz interior, y desean ganarse la inmensa recompensa que es prometida a ellos en el cielo cuando sus sufrimientos acaben. Sin duda es Dios quien nos aflige con las cruces, y Él es nuestro amadísimo Padre, y sin su participación ni la tristeza ni la alegría pueden tener lugar en nosotros. Sin duda, también, cualquier cosa que nos pase por voluntad suya es lo mejor para nosotros, y ha de ser tan agradable para nosotros como para llevarnos a decir con Cristo: “El Cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?”[322]; y con el Apóstol: “Pero en todo eso vencemos gracias a Aquel que nos amo”[323]. En consecuencia, aquellos que no pueden dejar de lado su cruz sin pecar deben considerar, no su presente sufrimiento, sino la corona que les aguarda, y cuya posesión más que compensará todas las aflicciones, todos los dolores de esta vida. “Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con lo gloria que se ha de manifestar en nosotros”[324], fue lo que dijo San Pablo de sí mismo, y el juicio que hizo sobre Moisés fue: “prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, a disfrutar el efímero goce del pecado, estimando como riqueza mayor que los tesoros de Egipto, el oprobio de Cristo, porque tenía los ojos puestos en la recompensa”[325].

Para consolación de aquellos que son forzados a cargar la pesada carga de la cruz a lo largo de muchos años, no estará fuera de lugar relatar brevemente la historia de dos almas que no perseveraron, y encontraron esperándolos una cruz más pesada y eterna. Cuando Judas el traidor empezó a reflexionar sobre lo detestable y enorme de su traición, se sintió incapaz de soportar la vergüenza y la confusión de encontrarse nuevamente con alguno de los apóstoles o discípulos de Cristo, y se colgó a sí mismo con una soga. Lejos de escapar de la vergüenza que temía, solo cambió una cruz por otra más pesada. Pues su confusión será aún mayor cuando, el día del Juicio Final, tendrá que pararse delante de todos los ángeles y hombres, no sólo como el traidor convicto de su Señor, sino como un asesino de sí mismo. Que necedad fue de su parte evitar una breve vergüenza delante del entonces pequeño rebaño de Cristo, quienes hubieran sido mansos y buenos con él, como su Señor, y lo hubiesen confiado a la misericordia de su Redentor, y no tener que sufrir la infamia y la ignominia que ha de sufrir cuando esté delante a la vista de todas las creaturas como un traidor a su Dios y un suicida. El otro ejemplo es tomado del panegírico de San Basilio sobre los cuarenta mártires. En la persecución del emperador Licinio, cuarenta soldados fueron condenados a muerte por su firme creencia en Cristo. Fueron ordenados ser expuestos desnudos durante la noche en un lago congelado, y ganar su corona por la lenta agonía de ser congelados a muerte. Al lado del lago congelado se tenía preparado un baño caliente, al cual cualquiera que negara su fe tenía la libertad de introducirse. Treinta y nueve de los mártires dirigieron sus pensamientos a la felicidad eterna que los esperaba, sin importarles su sufrimiento actual, que pronto acabaría, perseverando con facilidad en su fe, mereciendo recibir de las manos de Jesucristo su corona de gloria eterna. Pero uno ponderó y consideró sus tormentos, no pudo perseverar, y se lanzó al baño caliente. Mientras la sangre empezó correr nuevamente a través de sus miembros congelados, expiró su alma, que, marcada con la desgracia de ser un traidor a su Dios, descendió directamente a los eternos tormentos del infierno. Buscando evadir la muerte, este infeliz desdichado la halló, cambiando una transitoria y comparativamente ligera cruz por una insoportable y eterna. Los imitadores de estos dos hombres miserables pueden ser hallados entre aquellos que abandonan su vida religiosa, que alejan de sí el yugo que es suave y la carga que es ligera, y cuando menos lo esperan, se encuentran atados como esclavos del yugo más pesado de sus numerosos apetitos que nunca satisfacen, y aplastados bajo la vejadora carga de innumerables pecados. Aquellos que se niegan a cargar la Cruz de Cristo están obligados a cargar las ataduras y cadenas de Satanás.

CAPÍTULO XIX

Explicación literal de la séptima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”

Hemos llegado a la última palabra que Nuestro Señor pronunció. En el momento de la muerte de Jesús, “dando un fuerte grito, dijo, “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu””[326]. Explicaremos cada palabra separadamente. “Padre”. Merecidamente llama a Dios su Padre, pues Él era un Hijo que había sido obediente a su Padre incluso hasta la muerte, y era propio que su último deseo, que con seguridad iba a ser escuchado, sea precedido por tan dulce nombre. “En tus manos”. En las Sagradas Escrituras las manos de Dios significan la inteligencia y la voluntad de Dios, o en otras palabras, su sabiduría y poder, o también, la inteligencia de Dios que conoce todas las cosas, y la voluntad de Dios que puede hacer todas las cosas. Con estos dos atributos como manos, Dios hace todas las cosas, y no necesita ningún instrumento en el cumplimiento de su voluntad. San León dice: “La voluntad de Dios es su omnipotencia”[327]. En consecuencia, con Dios querer es hacer. “Todo cuanto quiso lo ha hecho”[328]. “Te encomiendo”. Entrego a tu cuidado mi Vida, con la seguridad de que me será devuelta cuando venga el tiempo de mi resurrección. “Mi espíritu”. Hay diversidad de opinión en cuanto al significado de esta palabra. Ordinariamente la palabra espíritu es sinónimo de alma, que es la forma substancial del cuerpo, pero puede significar también la vida misma, pues respirar es el signo de la vida. Aquellos que respiran viven, y mueren los que dejan de respirar. Si por la palabra Espíritu entendemos aquí el alma de Cristo, debemos guardarnos de pensar que su alma, en el momento de la separación del cuerpo, estaba en peligro. Estamos acostumbrados a encomendar con muchas oraciones y ansiedades las almas de los agonizantes, porque están a punto de aparecer delante del tribunal de un Juez estricto para recibir su recompensa o castigo por sus pensamientos, palabras y hechos. El alma de Cristo no estaba en tal necesidad, porque disfrutaba de la Visión Beatífica desde el tiempo de su creación, estaba unida hipostáticamente a la persona del Hijo de Dios, y podía incluso ser llamada el Alma de Dios, y también porque dejaba el cuerpo victoriosa y triunfante, objeto de terror para los demonios, y no un alma a ser asustada por ellos. Si la palabra “espíritu” es entonces tomada como sinónimo de alma, el sentido de estas palabras de Nuestro Señor “Te encomiendo mi Espíritu” es que el Alma de Dios que estaba en el cuerpo como en un tabernáculo estaba a punto de lanzarse a las manos del Padre como en un lugar de confianza, hasta que debiera regresar al cuerpo, de acuerdo a las palabras del Libro de la Sabiduría:

“Las almas de los justos están en las manos de Dios”[329]. Sin embargo, el sentido comúnmente aceptado de la palabra en este pasaje es la vida del cuerpo. Con esta interpretación la palabra puede ser entonces ampliada. Entrego ahora mi aliento de vida, y mientras dejo de respirar, dejo de vivir. Pero este aliento, esta vida, te la confío a Ti, Padre mío, para que en breve puedas nuevamente restituirla a mi cuerpo. Nada de lo que guardas perece. En Ti todas las cosas viven. Con una palabra llamas a la existencia cosas que no eran, y con una palabra das la vida a aquellos que no la tenían.

Podemos entender que esta es la verdadera interpretación de la palabra del salmo 30, uno de los versículos que Nuestro Señor cita: “Sácame de la red que me han tendido, que tú eres mi refugio; en tus manos encomiendo mi espíritu”[330]. En este versículo, el profeta claramente significa “vida” por la palabra “espíritu”, pues pide a Dios preservar su vida, y no sufrir muerte por sus enemigos. Si consideramos el contexto en el Evangelio, está claro que éste es el sentido que Nuestro Señor quería darle. Pues luego de haber dicho “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”, el evangelista añade:

“Y diciendo esto expiró”[331]. Ahora bien, expirar es lo mismo que cesar de respirar, característica sólo de los que viven. No puede ser dicho del alma, que es la forma substancial del cuerpo, como puede ser dicho del aire que inhalamos, que lo respiramos mientras vivimos, y que dejamos de respirarlo tan pronto morimos. Finalmente, nuestra interpretación es asegurada por las palabras de San Pablo: “El cual habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente”[332]. Algunos autores refieren este pasaje a la oración de Nuestro Señor en el huerto: “Abba, Padre, todo es posible para ti, aparta de mí este cáliz”[333]. Pero esto es incorrecto, pues Nuestro Señor en aquella ocasión ni oró con un fuerte grito, ni fue escuchada su oración, y Él mismo no quería ser escuchado para ser librado de la muerte. Oró para que el cáliz de su Pasión fuera apartado de Él para mostrar su natural rechazo a la muerte, y para aprobar que realmente era hombre cuya naturaleza es temer su llegada. Y luego de esta oración añadió: “Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”[334]. En consecuencia, la oración en el Huerto no era la oración a la que alude el Apóstol en su Carta a los Hebreos. Otros, refieren este texto de San Pablo a la oración que Cristo hizo en la Cruz por aquellos que lo estaban crucificando. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[335]. En aquella ocasión, sin embargo, Nuestro Señor no oró con un fuerte grito, y no oró por sí mismo, ni tampoco oró para ser librado de la muerte, siendo ambas de estas cosas mencionadas claramente por el Apóstol como el fin de la oración de Nuestro Señor. Queda entonces que las palabras de San Pablo se deben referir a la oración hecha por Cristo al morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”[336]. Esta plegaria, dice San Lucas, la hizo con fuerte voz: “Y Jesús, dando un fuerte grito, dijo”. Las palabras tanto de San Pablo como San Lucas concuerdan con esta interpretación. Más aún, como dice San Pablo, Nuestro Señor oró para ser salvado de la muerte, y esto no puede significar que oró para ser salvado de la muerte en la Cruz, pues en ese caso su plegaria no fue escuchada, y el Apóstol nos asegura que fue escuchada. El verdadero significado es que Él oró para no ser devorado por la muerte, sino solamente para probar la muerte y luego regresar a la vida. Esta es la explicación evidente de estas palabras: “Habiendo ofrecido ruegos y súplicas con poderoso clamor de lágrimas al que podía salvarle de la muerte”[337]. Nuestro Señor no podía sino saber que Él iba a morir ya que estaba tan cerca de la muerte, y deseó ser librado de la muerte sólo en el sentido de no ser cautivo de la muerte. En otras palabras, oró por su pronta resurrección, y su oración fue rápidamente concedida, pues se alzó triunfante el tercer día. Esta interpretación del pasaje de San Pablo prueba más allá de toda duda que cuando el Señor dijo: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”, la palabra “espíritu” es sinónimo de vida y no de alma. Nuestro Señor no estaba ansioso por su Alma, pues la sabía segura, pues gozaba ya de la Visión Beatífica, y había visto a su Dios cara a cara desde el momento de su creación, pero estaba ansioso por su cuerpo, sabiendo con anticipación que pronto estaría privado de vida, y oró para que su cuerpo no esté largo tiempo en el sueño de la muerte. Esta oración fue tiernamente escuchada y concedida abundantemente.

CAPÍTULO XX

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

De acuerdo a la práctica que hasta ahora hemos seguido, recogeremos algunos frutos de la consideración de la última palabra dicha por Cristo en la Cruz, y de su muerte que sucedió inmediatamente. Y primero mostraremos la sabiduría, el poder, y la infinita caridad de Dios desde la misma circunstancia que parece acompañada de tanta debilidad e insensatez. Su fuerza es claramente manifestada en esto: que Nuestro Señor murió mientras gritaba con fuerte voz. De esto concluimos que si hubiese sido su voluntad no habría tenido que morir, pero murió porque así quiso. Como regla, las personas a punto de morir pierden gradualmente su fuerza y su voz, y en el último instante no son capaces de articular palabra. Y así, no fue sin razón que el Centurión, al escuchar grito tan fuerte proferido de los labios de Cristo, que había perdido casi hasta la última gota de su sangre, exclamó: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios”[338].

Cristo es un Señor poderoso, tanto que mostró su fuerza incluso en su muerte, no solo al gritar fuertemente con sus últimas fuerzas, sino también al hacer temblar la tierra, quebrando las rocas en pedazos, abriendo tumbas, y rasgando el velo del Templo. Sabemos, por autoridad de San Marcos, que todas estas cosas ocurrieron en la muerte de Cristo, y todos y cada uno de estos eventos tiene su significado oculto, en el que es manifestada su Divina sabiduría. El terremoto y el quebrarse de las rocas manifestaron que su Muerte y Pasión moverían a muchos hombres a arrepentirse, y suavizaría los corazones más duros. San Lucas da esta interpretación a estos misteriosos presagios, pues luego de mencionarlos, añade que lo judíos se volvieron tras haber presenciado la Crucifixión “golpeándose el pecho”[339]. El abrirse de las tumbas prefiguró la gloriosa resurrección de los muertos, que fue uno de los resultados de la muerte de Cristo. El rasgado del velo del Templo, por lo cual el Santo de los Santos podía ser visto, fue prenda de que el Cielo sería abierto por los méritos de su Muerte y Pasión, y que todos los predestinados verían entonces a Dios cara a cara. Ni tampoco fue su sabiduría manifestada solamente en estos signos y maravillas. Fue manifestada también produciendo vida de la muerte, como fue prefigurado por Moisés al producir agua de la roca[340], y por el símil en el que Cristo se compara a sí mismo como a un grano de trigo[341]. Pues así como es necesario para el grano morir para dar fruto, así por su Muerte en la Cruz Cristo enriqueció por la vida de gracia innumerables multitudes de todas las naciones. San Pedro expresa la misma idea cuando habla de Jesucristo como “devorando la muerte para que fuésemos herederos de la vida eterna”[342]. Como si dijera: el primer hombre probó el fruto prohibido y sujetó su posteridad a la muerte; el Segundo Hombre probó la amarga fruta de la muerte, y todos los que renacen en Él reciben la vida eterna. Finalmente, su sabiduría fue manifestada en el modo de su Muerte, pues desde ese momento la Cruz, a lo que no había habido nada más ignominioso y desgraciado, se convirtió en emblema tan digno y glorioso que incluso los reyes lo consideran un honor usarlo como ornamento. En su adoración de la Cruz, la Iglesia canta: “Suaves son los clavos, y suave la madera, que soporta un peso tan suave y bueno”.

San Andrés, al mirar la cruz en la que iba a ser crucificado, exclamó: “Salve, preciosa cruz, que has sido adornada por los preciosos miembros de mi Señor. Largo tiempo te he deseado, ardientemente te he buscado, ininterrumpidamente te he amado, y ahora te encuentro lista para recibir mi anhelante alma. Seguro y lleno de alegría vengo a ti, recíbeme pues en tu abrazo, ya que soy discípulo de Cristo mi Señor, que me redimió al colgar de ti”.

Qué decir ahora de la infinita caridad de Dios. Previamente a su muerte Nuestro Señor dijo: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”[343]. Cristo literalmente dio su vida, pues nadie podía privarlo de ella en contra de su voluntad. “Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente”[344]. Un hombre no puede mostrar mayor amor por sus amigos que dando la vida por ellos, puesto que nada es más precioso o querido que la vida, ya que es el fundamento de toda felicidad. “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?”[345], esto es, su vida. Cada uno instintivamente rechaza con todas sus fuerzas un ataque en contra de su vida. Leemos en Job: “Piel por piel, todo lo que el hombre posee lo da por su vida”[346]. Hasta ahora, sin embargo, hemos visto este hecho en una manera general. Descenderemos ahora a lo particular. De muchos modos, y de inefable manera, Cristo mostró su amor hacia toda la raza humana, y hacia cada individuo, al morir en la Cruz. En primer lugar, su vida era la más preciosa de todas las vidas, puesto que era la vida del Hombre-Dios, la vida del más poderoso de los reyes, la vida del más sabio de los doctores, la vida del mejor de los hombres. En segundo lugar, Él dio su vida por sus enemigos, por los pecadores, por los desdichados ingratos. Más aún, dio su vida para que al precio de su misma Sangre estos pecadores, estos desdichados ingratos, puedan ser arrebatados de las llamas del infierno. Y finalmente, dio su vida para hacer a estos enemigos, estos pecadores, estos desdichados ingratos, sus hermanos y coherederos y conjuntamente poseedores con Él de la alegría eterna en el Reino de los Cielos. ¿Podrá haber una sola alma tan endurecida e ingrata para no amar a Jesucristo con todo su corazón? Oh Dios, convierte a Ti nuestros corazones de piedra, y no sólo nuestros corazones, sino los corazones de todos los cristianos, los corazones de todos los hombres, incluso los corazones de los infieles que nunca te han conocido, y de los ateos que te han negado.

CAPÍTULO XXI

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

Otro y muy provecho fruto sería cosechado de la consideración de esta palabra si pudiésemos hacernos el hábito de repetirnos continuamente la oración que Cristo nuestro Señor nos enseñó en la Cruz con su último aliento: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”[347]. Nuestro Señor no tenía necesidad como nosotros para hacer tal oración. Él era el Hijo de Dios. Nosotros somos siervos y pecadores, y en consecuencia nuestra Santa Madre y Señora, la Iglesia, nos enseña a hacer constante uso de esta plegaria, y repetir no sólo la parte que usó nuestro Señor, sino entera, como la hallamos en los Salmos de David: “En tus manos encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad”[348]. Nuestro Señor omitió la última parte del versículo porque Él era el Redentor y no uno a ser redimido, pero aquel que ha sido redimido con su preciosa Sangre no debe omitirlo. Más aún, Cristo, como el Hijo Unigénito de Dios, oró a su Padre. Nosotros, por otro lado, oramos a Cristo como nuestro Redentor, y en consecuencia no decimos “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, sino “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad”. El protomártir San Esteban fue el primero en usar esta oración cuando en el momento de su muerte exclamó: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”[349].

Nuestra Santa Madre Iglesia nos enseña a hacer uso de esta jaculatoria en tres distintas ocasiones. Nos enseña a decirla diariamente al comienzo de las completas, como aquellos que recitan el Oficio Divino pueden confirmarlo. En segundo lugar, cuando nos acercamos a la Sagrada Eucaristía, luego del “Domine non sum dignus”, el sacerdote dice primero para sí mismo y luego para los otros que comulgan: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Finalmente, al momento de la muerte, recomienda a todos los fieles imitar a su Señor al morir en el uso de esta plegaria. No hay duda de que somos ordenados a usar este versículo en las Completas, porque esa parte del Oficio Divino es rezada al final del día, y San Basilio en sus reglas explica cuán fácil es al llegar la oscuridad, y empieza la noche, encomendar nuestro espíritu a Dios, para que si súbitamente nos coge la muerte, no seamos hallados desprevenidos. La razón por la que debemos usar la misma jaculatoria en el momento en que recibimos la Sagrada Eucaristía es clara, pues el recibir la Sagrada Eucaristía es riesgoso y a la vez tan necesario, que no podemos ni acercarnos con mucha frecuencia ni abstenernos sin peligro: “Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre de Cristo Nuestro Señor”, y “come y bebe su propio castigo”[350]. Y aquel que no recibe el Cuerpo de Cristo Nuestro Señor no recibe el pan de vida, incluso la vida misma. Así que estamos rodeados de peligros como hombres hambrientos, inseguros de si la comida que es ofrecida está envenenada o no. Con miedo y temblor hemos entonces de exclamar: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, a menos que Tú en tu bondad me hagas digno, y por tanto di solo una palabra y mi alma será sanada. Pero como no tengo razón para dudar si Tu te dignarías curar mis heridas, encomiendo mi espíritu a tus manos, para que llegado el momento, tú puedas estar cerca y asistir a mi alma, a la que has redimido con tu preciosa Sangre.

Si algunos cristianos pensaran seriamente en estas cosas, no estarían tan prontos a recibir el sacerdocio con el objeto de ganarse la vida con los estipendios que reciben de las misas. Tales sacerdotes no están tan ansiosos de acercarse a este gran Sacrificio con una preparación adecuada, como lo están para obtener el fin que se proponen, que es asegurar la comida para sus cuerpos, y no para sus almas. Hay también otros que, asistentes a los palacios de prelados y príncipes, se aproximan a este gran misterio a través del respeto humano, por miedo a que por accidente incurran en desagradar a sus señores al no comulgar a las horas regularmente constituidas. ¿Qué ha de hacerse entonces? ¿Es más ventajoso acercarse con poca frecuencia a este Banquete Divino? Ciertamente no. Mucho mejor es acercarse frecuentemente pero con la debida preparación, pues, como dice San Cirilo, mientras menos nos aproximamos menos estamos preparados para recibir el mana celestial.

La llegada de la muerte es un tiempo cuando nos es necesario repetir con gran ardor una y otra vez la plegaria: “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”. Pues si nuestra alma al dejar nuestro cuerpo cae en las manos de Satanás, no hay esperanza de salvación. Si por el contrario, cae en las manos paternales de Dios, no hay más causa alguna para temer el poder del enemigo. Consecuentemente con intenso dolor, con verdadera y perfecta contrición, con confianza ilimitada en la misericordia de nuestro Dios, debemos en el momento temido clamar una y otra vez: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Y en ese último momento, aquellos que durante la vida pensaron poco en Dios son más severamente tentados a la desesperanza, porque no tienen ahora mayor tiempo para arrepentirse. Deben alzar ahora el escudo de la fe, recordando que está escrito: “La maldad del malvado no le hará sucumbir el día en que se aparte de su maldad”[351], y el yelmo de la esperanza, confiando en la bondad y la compasión de Dios, y repitiendo continuamente “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, ni fallar en añadir aquella parte de la plegaria que es el fundamento de nuestra esperanza: “pues Tu me has redimido, Señor, Dios de verdad”. ¿Quién puede devolver a Jesús la sangre inocente que ha derramado por nosotros? ¿Quién puede pagar de vuelta el rescate con el que nos ha comprado? San Agustín, en el libro noveno de sus Confesiones, nos alienta a poner confianza ilimitada en nuestro Redentor, porque la obra de nuestra redención, una vez realizada, nunca será inútil o inválida, a menos que le pongamos a su efecto una barrera impenetrable por nuestra desesperanza y falta de penitencia.

CAPÍTULO XXII

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

El tercer fruto en ser recogido es el siguiente. Al acercarse la muerte debemos confiar no tanto en las limosnas, ayunos, y oraciones de nuestros parientes y amigos. Muchos, durante la vida, se olvidan todo acerca de sus almas, y no piensan en nada más y no hacen nada más que amontonar dinero para que sus hijos y nietos puedan abundar en riquezas. Cuando se aproxima la muerte empiezan por primera vez a pensar en sus propias almas, y como han dejado toda su substancia mundana a sus parientes, les encomiendan también sus almas para que sean asistidas por sus limosnas, oraciones, el sacrificio de la Misa, y otras obras buenas. El ejemplo de Cristo no nos enseña a actuar de esta manera. Él encomendó su Espíritu no a sus parientes, sino a su Padre. San Pedro no dice que actuemos de esta manera, sino que “encomendemos” nuestras “almas al Creador haciendo el bien”[352].

No encuentro falta en aquellos que ordenan o buscan o desean que se hagan caridades y que sea ofrecido el Santo Sacrificio por el reposo de sus almas, pero culpo a aquellos que ponen excesiva confianza en las oraciones de sus hijos y parientes, pues la experiencia enseña que los muertos son prontamente olvidados. Lamento también que en asunto de tal importancia como es la salvación eterna los cristianos no obren por sí mismos, no hagan ellos mismos sus limosnas, y se aseguren amistades por quienes, de acuerdo al Evangelio, puedan ser recibidos “en eternas moradas”[353]. Finalmente, reprendo severamente a aquellos que no obedecen al Príncipe de los Apóstoles, que nos ordena encomendar nuestras almas al fiel Creador, no solo por nuestras palabras, sino por nuestras buenas obras. Las obras que nos serán ventajosas en presencia de Dios son aquellas que nos hacen eficaz y verdaderamente cristianos piadosos. Escuchemos las voces del Cielo que resonaban en los oídos de San Juan: “Y oí una voz que decía desde el cielo: escribe: dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan”[354]. Por tanto, las buenas obras que son hechas mientras vivimos, y no las que son hechas para nosotros por nuestros hijos y parientes luego de nuestra muerte, son las buenas obras que nos acompañarán. Particularmente si no son solamente buenas en sí mismas, sino, como lo expresa San Pedro –no sin cierto significado oculto–, cuando están bien hechas. Muchos pueden enumerar cantidades de buenas obras que han hecho, muchos sermones, Misas diarias, el rezo del Oficio Divino por años, el ayuno anual de Cuaresma, frecuentes limosnas. Pero cuando todas estas son pesadas en la escala Divina, y hay un escrutinio rígido para determinar si han sido hechas bien, con intención justa, con la debida devoción, en el lugar y tiempo adecuados, con un corazón lleno de gratitud hacia Dios… Oh, ¿cuántas cosas que parecían meritorias se volverán en detrimento nuestro? ¿Cuántas cosas que al juicio de los hombres aparecían como oro y plata y piedras preciosas, serán halladas de madera y paja y rastrojo, buenas solo para la fogata? Esta consideración me alarma no poco, y mientras más cercano me encuentro a la muerte, pues el Apóstol me advierte “lo anticuado y viejo está a punto de cesar”[355], más claramente veo la necesidad de seguir el consejo de San Juan Crisóstomo. Aquel santo doctor nos dice que no pensemos mucho en nuestras buenas obras, porque si son realmente buenas, estos es, bien realizadas, están ya escritas en el Libro de la Vida, y no hay peligro de que seamos defraudados de nuestros justos méritos; y nos alienta a pensar más bien en nuestras acciones malas, y luchar para expiarlas con corazón contrito y espíritu humilde, con muchas lágrimas y un serio arrepentimiento[356]. Aquellos que siguen este consejo pueden exclamar con gran confianza en el momento de su muerte: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”.

CAPÍTULO XXIII

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

Sigue un cuarto fruto en ser recogido de la alegre manera en que la plegaria de Jesucristo fue escuchada, lo cual nos debería animar a un mayor fervor al encomendar nuestros espíritus a Dios. Con gran verdad nos dice el Apóstol que Nuestro Señor Jesucristo “fue escuchado por su reverencia”[357].

Nuestro Señor oró a su Padre, como hemos mostrado antes, por la pronta resurrección de su Cuerpo. Su plegaria fue concedida, pues la resurrección no fue prolongada más allá de lo necesario para establecer el hecho de que el Cuerpo de Nuestro Señor estuvo realmente separado de su alma. A menos que pudiese ser probado que su Cuerpo había sido realmente privado de vida, la resurrección y la estructura de la fe cristiana construida sobre ese misterio caerían a tierra. Cristo hubiese tenido que permanecer en la tumba por lo menos cuarenta horas para realizar el signo del profeta Jonás, de quien Él mismo dijo que prefiguraba su propia muerte. Para que la resurrección de Cristo pudiese ser acelerada lo más posible, y que fuese evidente que su plegaria había sido escuchada, los tres días y las tres noches que Jonás pasó en el estómago de la ballena, fueron, en relación a la resurrección de Cristo, reducidos a un día entero y partes de dos días. Así que el tiempo que estuvo el cuerpo de Nuestro Señor en el sepulcro no son propiamente, más que por una figura del lenguaje, tres días y tres noches. Dios Padre no sólo oyó la oración de Cristo acelerando el tiempo de su resurrección, sino al dar a su cuerpo muerto una vida incomparablemente mejor que la que tenía antes. Antes de su muerte, Cristo era mortal. La vida que le fue restituida era inmortal. Antes de su muerte la vida de Cristo era pasible, y sujeta al hambre y la sed, a la fatiga y a las heridas. La vida que le fue restituida era impasible. Antes de su muerte la vida de Cristo era corpórea, la vida que le fue restituida era espiritual, y el cuerpo estaba tan sujeto al espíritu que en un abrir y cerrar de ojos podía llevarse a donde el alma quisiese. El Apóstol da la razón por la cual la oración de Cristo fue tan prontamente concedida al decir que “fue escuchado por su reverencia”. La palabra griega conlleva la idea de un temor reverencial que era una cualidad distintiva del respeto que sentía Cristo por su Padre. Así, Isaías al enumerar los dones del Espíritu Santo que adornarían el alma de Cristo dice: “Reposará sobre él el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y será lleno del espíritu del temor de Dios”[358]. Mientras el alma de Cristo se llenaba de temor reverencial por su Padre, proporcionalmente el Padre se llenaba de complacencia en su Hijo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[359]. Y como el Hijo reverenció al Padre, el Padre escuchó su oración y le concedió lo que pedía.

Se sigue que si queremos ser escuchados por nuestro Padre Celestial, y que sean concedidas nuestras oraciones, debemos imitar a Cristo al aproximarnos a nuestro Padre que está en el cielo con gran reverencia, prefiriendo su honor a todo lo demás. Entonces sucederá que nuestras peticiones serán escuchadas, y especialmente aquella de la que depende nuestro lote en la eternidad; que al acercarse la muerte Dios preserve nuestras almas, que han sido encomendadas a su cuidado, del león rugiente que está rondando listo para recibir su presa. Que nadie piense, sin embargo, que la reverencia a Dios es mostrada meramente en genuflexiones, en descubrirnos la cabeza, y tales señales externas de adoración y honor. En adición a esto, el temor reverencial implica un gran temor de ofender la Divina Majestad, un íntimo y continuo horror del pecado, no por miedo al castigo, sino por amor a Dios. Fue provisto con este temor reverencial que no se atrevía ni siquiera pensar de pecar en contra de Dios: “Dichoso el hombre que teme a Yahveh, que en sus mandamientos mucho se complace”[360]. Tal hombre verdaderamente teme a Dios, y puede por eso ser llamado dichoso, pues se esfuerza por cumplir todos sus mandamientos. La santa viuda Judit “era muy estimada de todos, porque temía mucho al Señor”[361]. Ella era tanto joven como rica, pero nunca cedió ni se entregó a una situación de pecado. Se mantuvo con sus sirvientas apartada en su habitación, y “llevaba ceñido un sayal, y ayunaba todos los días de su vida a excepción de los sábados, novilunios y fiestas de la casa de Israel”[362]. Observen con cuanto celo, incluso bajo la antigua ley, que permitía mayor libertad que el Evangelio, una mujer joven y rica evitó los pecados de la carne, y por ninguna razón más que “porque temía mucho al Señor”. Las Sagrada Escritura menciona lo mismo del santo Job, quien hizo un pacto con sus ojos para no mirar virgen alguna, estos es, no miraría a una virgen por miedo de que alguna sombra de pensamiento impuro cruzara su mente. ¿Por qué el Santo Job tomó tales precauciones? “Hice un pacto con mis ojos para ni siquiera pensar en una virgen. Porque ¿qué parte tendría Dios en mí desde arriba y qué herencia el Omnipotente desde las alturas?”[363]. Lo que significa que si algún pensamiento impuro lo manchase, no tendría más la herencia de Dios, ni Dios sería su parte. Si quisiera mencionar los ejemplos de los santos del Nuevo Testamento, nunca acabaría. Este es, pues, el temor reverencial de los santos. Si estuviésemos llenos del mismo temor, no habría nada que no obtendríamos fácilmente de nuestro Padre Celestial.

 

CAPÍTULO XXIV

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

El último fruto es cosechado de la consideración de la obediencia mostrada por Cristo en sus últimas palabras y en su muerte en la Cruz. Las palabras del Apóstol: “Se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”[364], reciben su completa realización cuando Nuestro Señor expiró con estas palabras en sus labios: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Para poder recoger el fruto más precioso del árbol de la Santa Cruz debemos esforzarnos por examinar todo lo que pueda ser dicho de la obediencia de Cristo. Él, el Señor y Patrón de toda virtud, tuvo hacia su Padre Celestial una obediencia tan pronta y perfecta como para hacer imposible imaginar o concebir algo mayor.

En primer lugar, la obediencia de Cristo a su Padre empezó con su concepción y continuó ininterrumpidamente hasta su muerte. La vida de Nuestro Señor Jesucristo fue un perpetuo acto de obediencia. El alma de Cristo disfrutó desde el momento de su creación el ejercicio de su libre voluntad, estando llena de gracia y sabiduría, y en consecuencia, aun cuando estaba encerrado en el vientre de su Madre, era capaz de practicar la virtud de la obediencia. El salmista, hablando en la persona de Cristo, dice: “En el principio del libro está escrito de mí que debo hacer tu voluntad. Dios mío, lo he deseado y tu ley está arraigada en medio de mi corazón”[365]. Estas palabras pueden ser simplificadas así: “En el principio del libro”, esto es desde el principio hasta el fin de los textos inspirados de la Escritura, está mostrado que fui elegido y enviado al mundo “para hacer tu voluntad. Dios mío, lo he deseado” y libremente aceptado. He puesto “la ley”, tu mandamiento, tu deseo, “en medio de mi corazón”, para meditar sobre él constantemente, para obedecerlo puntual y prontamente. Las palabras mismas de Cristo significan igual: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, y llevar a cabo su obra”[366]. Pues así como un hombre no come de vez en cuando, a intervalos distantes uno del otro durante su vida, sino que diariamente come y se goza en ello, así Cristo Nuestro Señor era firme en ser obediente a su Padre todos los días de su vida. Era su alegría y su placer. “He bajado del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”[367]. Y nuevamente: “El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque hago siempre lo que le agrada a Él”[368]. Y puesto que la obediencia es el más excelente de todos los sacrificios, como dijo Samuel a Saúl[369], así cada acción que Cristo realizó durante su vida fue un sacrificio agradabilísimo para la Divina Majestad. La primera prerrogativa entonces de la obediencia de Nuestro Señor es que duró desde el momento de su Concepción hasta su muerte en la Cruz.

En segundo lugar, la obediencia de Cristo no estaba limitada a un tipo de tarea particular, como parece ser a veces el caso de otros hombres, sino que se extendió a todo lo que le plugo al Padre Eterno ordenar. De esto vinieron muchas de las vicisitudes en la vida de Nuestro Señor. En un momento lo vemos en el desierto sin comer ni beber, tal vez privándose incluso del sueño, y viviendo con “con las fieras”[370]. En otro momento lo vemos mezclándose con los hombres, comiendo y bebiendo con ellos. Luego viviendo en la oscuridad y el silencio en Nazaret. Ahora aparece ante el mundo dotado de elocuencia y sabiduría, y obrando milagros. En una ocasión ejerce su autoridad y bota del Templo a aquellos que lo estaban profanando al negociar dentro de él. En otra ocasión se esconde, y como un hombre débil y sin fuerza se aleja de la muchedumbre. Todas estas diferentes acciones requieren un alma desprendida de sí, y devota a la voluntad de otra. A menos que previamente hubiese dado el ejemplo de renunciar a todo lo que la naturaleza humana alaba, no hubiera dicho a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo”[371], que renuncie a su propia voluntad y a su propio juicio. A menos que estuviese preparado para dar su vida con tanta prontitud que pareciese que en verdad la odiaba, no habría alentado a sus discípulos con tales palabras como “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas, e incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo”[372]. Esta renuncia de uno mismo, tan conspicua en la personalidad de Nuestro Señor, es la verdadera raíz y, como tal, madre de la obediencia. Y aquellos que no están preparados para el sacrificio personal nunca adquirirán la perfección de la obediencia. ¿Cómo puede un hombre obedecer prontamente la voluntad de otro si prefiere su propia voluntad y juicio a la del otro? La vasta orbe del cielo obedece a las leyes de la naturaleza tanto al amanecer como al ponerse. Los ángeles son obedientes a la voluntad de Dios. No tienen voluntad propia opuesta a la de Dios, sino que están felices unidos a Dios, y son uno en espíritu con Él. Y así canta el salmista: “Bendigan al Señor todos sus ángeles, poderosos en fortaleza, que son ejecutores de su palabra, para obedecer la voz de sus órdenes”[373].

En tercer lugar, la obediencia de Cristo no fue solo infinita en su longitud y anchura, pero proporcionalmente como por el sufrimiento fue humillada hasta lo más bajo, así en cuanto a su recompensa será exaltada. La tercera característica entonces de la obediencia de Cristo es que fue probada por el sufrimiento y las humillaciones. Para cumplir la voluntad de su Padre Celestial, el niño Cristo, en completo uso de todas sus facultades, consintió en ser encerrado por nueve meses en la oscura prisión del vientre de su Madre. Otros bebés no sienten esta privación pues no tienen uso de razón, pero Cristo tenía uso de razón, y debe haber temido el confinamiento en el estrecho vientre, incluso del vientre de la que había escogido como Madre. A través de la obediencia a su Padre, y por el amor que le tenía, superó a la muerte, y la Iglesia dice: Cuando asumiste sobre Ti el liberar al hombre, no aborreciste el vientre de la Virgen”. Nuevamente, nuestro querido Señor necesitó no poca paciencia y humildad para asumir las maneras y debilidades de un pequeño, cuando no solamente era más sabio que Salomón, sino que era el Hombre “en quien están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento”[374].

Consideren, más aún, cuánto habrá sido su auto-control y mansedumbre, su paciencia y humildad, para haber permanecido dieciocho años, desde los doce hasta los treinta, escondido en una oscura casa en Nazaret, haber sido tenido como el hijo de un carpintero, haber sido llamado carpintero, haber sido tomado como un hombre ignorante y sin educación, cuando al mismo tiempo su sabiduría sobrepasaba la de los ángeles y hombres juntos. Durante su vida pública, adquirió gran renombre por su predicación y sus milagros, pero sufrió grandes necesidades y soportó muchos reveses. “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde descansar la cabeza”[375]. Adolorido de pies y fatigado, se sentaba al costado de un pozo. Y hubiese podido rodearse con abundancia de todas las cosas, por el servicio de hombres o ángeles, de no haber estado impedido por la obediencia que le debía a su Padre. ¿Me detendré en las contradicciones que sufrió, en los insultos que soportó, en las calumnias que fueron habladas en contra de Él, en sus heridas y en la corona de espinas de su Pasión, en la ignominia de la Cruz misma? Su humilde obediencia ha tomado tan honda raíz que solo podemos maravillarnos y admirarla. No podemos imitarla perfectamente.

Hay todavía una mayor profundización a su obediencia. La obediencia de Cristo finalmente llegó a este estado, en que con fuerte voz clamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró”[376]. Parecería que el Hijo de Dios quisiese dirigirse a su Padre de esta manera: “Este mandamiento he recibido de Ti, Padre mío”[377], dar mi vida para poder recibirla nuevamente de tus manos. El tiempo ha llegado ahora para cumplir este último mandamiento tuyo. Y aunque la separación de mi alma y mi cuerpo será una separación dura, porque desde el momento de su creación han permanecido unidas en gran paz y amor, y aunque la muerte encontró una entrada en este mundo a través de la maldad del demonio, y la naturaleza humana se rebela contra la muerte, aún así tus mandamientos están profundamente fijos en lo más íntimo de mi corazón, y prevalecerán incluso sobre la muerte misma. Por tanto estoy preparado para probar la amargura de la muerte, y tomar hasta lo último el cáliz que has preparado para mí. Pero como es tu deseo que entregue mi vida de tal manera que la reciba de nuevo de Ti, así, “en tus manos encomiendo mi Espíritu”, para que puedas restaurármela como quieras. Y entonces, habiendo recibido el permiso de su Padre para morir, inclinó la cabeza como manifestación de su obediencia, y expiró. Su obediencia triunfó y prevaleció. No sólo recibió su recompensa en la persona de Cristo, quien, porque su humilló por debajo de todo, y obedeció todo por amor a su Padre, ascendió al cielo, y desde su trono gobierna todo, sino que tiene su recompensa también en esto: que todo el que imita a Cristo ascenderá a los cielos, será puesto como Señor sobre todos los bienes de su Señor, y será partícipe de su dignidad real y poseedor de su Reino para siempre. Por otro lado, la virtud de la obediencia ha ganado tan manifiesta victoria sobre los espíritus rebeldes, desobedientes y orgullosos, como para hacerlos temblar y huir a la vista de la Cruz de Cristo.

Quien sea que desee ganar la gloria del cielo, y encontrar verdadera paz y descanso para su alma, debe imitar el ejemplo de Cristo. No sólo los religiosos que se han ligado a sí mismos por el voto de obediencia a su superior, quien representa a Dios, sino todos los hombres que desean ser discípulos y hermanos de Cristo deben aspirar a ganar esta victoria espiritual sobre sí mismos. De otro modo, estarán miserablemente para siempre con los orgullosos demonios del infierno. Puesto que la obediencia es un precepto divino, y ha sido impuesto sobre todos, es necesario para todos. Para todos sin excepción fueron dirigidas las palabras de Cristo: “Tomad sobre vosotros mi yugo”[378]. A todos los predicadores del Evangelio dice: “Obedeced a vuestros prelados y someteos a ellos”[379]. A todos los reyes dice Samuel: “¿Pues qué prefiere el Señor, holocaustos y víctimas, o más bien que se obedezca la voz del Señor? Mejor es obedecer que sacrificar”[380]. Y para mostrar la grandeza del pecado de la desobediencia añade: “Porque como pecado de hechicería es la rebeldía” contra los mandamientos de Dios, o los mandamientos de aquellos que ejercen el lugar de Dios.

En consideración a aquellos que voluntariamente se entregan a la práctica de la obediencia, y someten su voluntad a la de su superior, diré unas pocas palabras de su feliz estado de vida. El profeta Jeremías, inspirado por el Espíritu Santo, dice “Es bueno para el hombre haber llevado el yugo desde su juventud. Se sentará solitario y mantendrá su paz, porque aceptó llevar el yugo sobre sí”[381]. Cuán grande es la alegría contenida en estas palabras “¡Es bueno!”. Por el resto de la frase podemos concluir que ellos abrazan todo lo que es útil, honorable, deseable, de hecho, todo en lo que debe consistir la felicidad. El hombre que está acostumbrado desde su juventud al yugo de la obediencia, será libre a lo largo de su vida del aplastante yugo de los deseos carnales. San Agustín, en el libro octavo de sus Confesiones, reconoce la dificultad que un alma, que por años ha obedecido a la concupiscencia de la carne, debe experimentar al sacudir tal yugo, y por otro lado habla de la facilidad y de la gloria que experimentamos al cargar el yugo del Señor si es que las trampas del vicio no han atrapado al alma. Más aún, no es ganancia poco considerable obtener mérito por cada acción en presencia de Dios. El hombre que no realiza ninguna acción por su propio libre querer, sino que hace todo por obediencia a su superior, ofrece a Dios en cada acción un sacrificio agradabilísimo a Él, pues como dice Samuel: “Mejor es obedecer que sacrificar”[382]. San Gregorio da una razón para esto: “Al ofrecer víctimas –dice– sacrificamos la carne de otro. Por la obediencia nuestra propia voluntad es sacrificada”[383]. Y lo que es aún más admirable en esto es que, incluso si un Superior peca al dar una orden, el sujeto no sólo no peca, sino que incluso obtiene mérito por su obediencia siempre y cuando lo ordenado no vaya en contra de la ley de Dios. El Profeta continua: “Se sentará solitario y mantendrá su paz”. Estas palabras significan que el hombre obediente reposa porque ha hallado paz para su alma. Aquel que ha renunciado a su propia voluntad, y se ha entregado a sí mismo enteramente a realizar la voluntad Divina que es manifestada a él a través de la voz de su superior, nada desea, nada busca, no piensa de nada, nada anhela, sino que es libre de todo cuidado ansioso, y “con María se sienta a los pies del Señor escuchando su voz”[384]. El solitario se sienta, tanto porque vive con aquellos que “no tienen sino un solo corazón y una sola alma”[385], y porque no ama nada con amor privado, individual, sino todo en Cristo y por causa de Cristo. Es silente porque no pelea con nadie, disputa con nadie, litiga con nadie. La razón de esta gran tranquilidad es porque “aceptó llevar el yugo sobre sí”, y es trasladado de las filas de los hombres a las filas de los ángeles. Hay muchos que se preocupan a sí mismos por sí mismos, y actúan como animales privados de razón. Buscan las cosas de este mundo, estiman solo aquellas cosas que complacen los sentidos, alimentan sus deseos carnales, y son avaros, impuros, glotones e intemperados. Otros llevan una vida puramente humana, y se mantienen encerrados en sí mismos, como aquellos que se esfuerzan por escudriñar los secretos de la naturaleza, o descansan satisfechos dando preceptos de moral. Otros, se alzan sobre sí mismos, y con la especial ayuda y asistencia de Dios llevan una vida que es más angelical que humana. Estos abandonan todo lo que poseen en este mundo, y negando su propia voluntad, pueden decir con el Apóstol: “Somos ciudadanos del cielo”[386]. Emulando la pureza, la contemplación, y la obediencia de los ángeles, llevan una vida de ángeles en este mundo. Los ángeles nunca son ensuciados con la mancha del pecado, “ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos”[387], y liberados de todo lo demás, son enteramente absortos en cumplir la voluntad de Dios. “Bendigan al Señor todos sus ángeles, poderosos en fortaleza, que son ejecutores de su palabra, para obedecer la voz de sus órdenes”[388]. Esta es la felicidad de la vida religiosa. Aquellos que en la tierra imitan lo más posible la pureza y la obediencia de los ángeles, sin duda serán partícipes de su gloria en el cielo, especialmente si siguen a Cristo, su Amo y Señor, quien “se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”[389], y “siendo Hijo de Dios, aprendió la obediencia por las cosas que padeció”[390], esto es, aprendió por su propia experiencia que la obediencia genuina es probada en el sufrimiento, y en consecuencia su ejemplo nos enseña no sólo obediencia, sino que el fundamento de una verdadera y perfecta obediencia es la humildad y la paciencia. No es prueba de que somos verdadera y perfectamente obedientes al obedecer en cosas que son honorables y agradables. Tales órdenes no nos prueban si es la virtud de la obediencia o algún otro motivo que nos mueve a actuar. Pero un hombre que manifiesta prontitud y ardor en obedecer todo lo que es humillante y laborioso, prueba que es un verdadero discípulo de Cristo, y ha aprendido el significado de la verdadera y perfecta obediencia.

San Gregorio hábilmente nos enseña lo que es necesario para la perfección de la obediencia en las diferentes circunstancias. Dice: “algunas veces recibiremos ordenes agradables, y en otros momentos desagradables. Es de la mayor importancia recordar que en algunas circunstancias, si algo de amor propio se filtra en nuestra obediencia, nuestra obediencia es nula. En otras circunstancias nuestra obediencia será en proporción menos virtuosa en la medida que hay menor sacrificio personal. Por ejemplo: un religioso es puesto en un puesto honorable. Es nombrado superior de un monasterio. Ahora bien, si asume este oficio a través del motivo meramente humano del gusto, estará juntamente falto de obediencia. Ese hombre no es dirigido por obediencia, asumiendo tareas agradables es esclavo de su propia ambición. De la misma manera, un religioso recibe alguna orden humillante si, por ejemplo, cuando su amor propio lo lleva a aspirar a la superioridad, es ordenado realizar algunos oficios que no conllevan ninguna distinción ni dignidad, entonces disminuirá el mérito de su obediencia en proporción a lo que falta en forzar su voluntad en desear el oficio, porque de mala gana y a fuerza obedece en asunto que considera indigno de sus talentos o de su experiencia. La obediencia invariablemente pierde algo de su perfección si el deseo por ocupaciones bajas y humildes no acompaña de alguna manera u otra la obligación forzada de asumirlas. En las órdenes, por tanto, que son repugnantes a la naturaleza, ha de haber algo de sacrificio personal, y en las órdenes que son agradables a la naturaleza no debe haber amor propio. En el primer caso la obediencia será más meritoria mientras más cerca esté unida a la voluntad divina mediante el deseo. En el segundo caso la obediencia será más perfecta mientras más separada esté de cualquier anhelo de reconocimiento mundano. Entenderemos mejor las diferentes señales de la verdadera obediencia al considerar dos acciones de dos santos que están ahora en el cielo[391]. Cuando Moisés estaba pastando las ovejas en el desierto, fue llamado por el Señor, quien le habló a través de la boca de un ángel desde la zarza ardiendo, para llevar al pueblo judío en su éxodo de la tierra de Egipto. En su humildad, Moisés dudó en aceptar tan glorioso mando. “¡Por favor, Señor! —dijo— Desde ayer y antes de ayer yo no soy elocuente, y después que has hablado a tu siervo, me hallo aun tartamudo y pesado de lengua”[392]. Deseó declinar el oficio mismo, y rogó para que pueda ser dado a otro. “Te ruego, Señor, que envíes al que has de enviar”[393]. ¡Mirad! Arguye su falta de elocuencia como una excusa al Autor y Dador del habla, para ser exonerado de una labor que era honorable y llena de autoridad. San Pablo, como dice a los Gálatas[394], fue divinamente advertido de ir a Jerusalén. En el camino se encuentra con el Profeta Ágabo, y se entera por él lo que tendrá que sufrir en Jerusalén. “Ágabo, se acercó a nosotros, tomó el cinturón de Pablo, se ató sus pies y sus manos y dijo: “esto dice el Espíritu Santo: así atarán los judíos en Jerusalén al hombre de quien es este cinturón. Y le entregarán en manos de los gentiles””[395]. A lo que San Pablo inmediatamente respondió: “Yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino a morir también en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús”[396]. Sin amilanarse por la revelación que recibió acerca de los sufrimientos que le estaban reservados, se dirigió a Jerusalén. Realmente anhelaba sufrir, aunque como hombre debe haber sentido algo de miedo, pero este mismo miedo fue vencido, haciéndolo más valerosos. El amor propio no encontró lugar en la honorable tarea que fue impuesta a Moisés, pues tuvo que vencerse a sí mismo para asumir la guía del pueblo judío. Voluntariamente se dirigió San Pablo hacia el encuentro de la adversidad. Era consciente de las persecuciones que lo aguardaban, y su fervor lo hacía anhelar aun cruces más pesadas. Uno deseó declinar el renombre y la gloria de ser líder de una nación, incluso cuando Dios visiblemente lo llamaba. El otro estaba preparado y deseoso para abrazar las penalidades y tribulaciones por amor a Dios. Con el ejemplo de estos dos santos ante nosotros, debemos decidirnos, si deseamos obtener la perfecta obediencia, a permitir que la voluntad de nuestro superior solamente imponga sobre nosotros tareas honorables, y a forzar nuestra propia voluntad a abrazar los oficios difíciles y humillantes”[397]. Hasta aquí San Gregorio. Cristo nuestro Señor, Señor de todo, había previamente aprobado por su conducta la doctrina aquí expuesta por San Gregorio. Cuando sabía que la gente venía para llevarlo por la fuerza y hacerlo su rey, “huyó al monte, solo”[398]. Pero cuando sabía que los judíos y soldados, con Judas a la cabeza, venían para hacerlo prisionero y crucificarlo, de acuerdo al mandato que había recibido de su Padre, de buena gana salió al encuentro de ellos, dejándose capturar y atar. Cristo, por tanto, nuestro buen Señor, nos ha dado un ejemplo de la perfección de la obediencia, no solamente por su predicación y palabras, sino por sus obras y en la verdad. Reverenció a su Padre con una obediencia fundada en el sufrimiento y las humillaciones. La Pasión de Cristo exhibe el más brillante ejemplo de la más exaltada y ennoblecida de las virtudes. Es un modelo que siempre han de tener ante sus ojos aquellos que han sido llamados por Dios para aspirar a la perfección de la obediencia y la imitación de Cristo.

 

 

INDICE

Prefacio

LIBRO I

SOBRE LAS TRES PRIMERAS PALABRAS PRONUNCIADAS EN LA CRUZ

CAPÍTULO I Explicación literal de la primera Palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

CAPÍTULO II El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO III El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IV Explicación literal de la segunda Palabra: “Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”

CAPÍTULO V El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VI El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VII El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VIII Explicación literal de la tercera Palabra: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”

CAPÍTULO IX El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO X El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XI El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XII El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

LIBRO II

SOBRE LAS CUATRO ÚLTIMAS PALABRAS DICHAS EN LA CRUZ

CAPÍTULO I Explicación literal de la cuarta Palabra: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”

CAPÍTULO II El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO III El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IV El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO V El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VI El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VII Explicación literal de la quinta Palabra: “Tengo sed”

CAPÍTULO VIII El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IX El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO X El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XI El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XII Explicación literal de la sexta Palabra: “Todo está cumplido”

CAPÍTULO XIII El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XIV El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XV El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVI El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVII El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVIII El sexto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XIX Explicación literal de la séptima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”

CAPÍTULO XX El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXI El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXII El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXIII El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXIV El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

 

 

 

San Roberto Belarmino

 

NOTAS:

[1] Lc 18,31.

[2] Lc 6,12.

[3] Mt 8; Mc 4; Lc 6; Jn 6.

[4] Jn 8.

[5] Lc 4.

[6] Lc 23,48.

[7] Hb 5,7.

[8] En “Dial. cum Thyphon,” lib. v.

[9] “Advers. haeres. Valent.”

[10] “Lib. de Gloria Martyr.” c. vi.

[11] Epist i.

[12] Serm. i “De Ressur.”

[13] Ef 3,18.

[14] Epist. 120.

[15] Hch 2,23.

[16] Jn 3,14-15.

[17] Mt 16,24.

[18] Epist. 120.

[19] Ef 3,18.

[20] Mt 27.

[21] Mt 17,5.

[22] Mt 23,10.

[23] Lc 23,34.

[24] Is 53,12.

[25] 1Cor 13,5.

[26] Lc 23,34.

[27] Lc 23,48.

[28] Mt 27,54.

[29] Hch 13,48.

[30] Mt 27,22.

[31] Rom 5,10.

[32] 1Cor 2,8.

[33] Lc 23,14.

[34] Mt 27,24.

[35] Jn 12,37-40.

[36] Prov 4,22.

[37] Ef 3,19.

[38] Cant 8,7.

[39] Hch 7,59.

[40] Hch 17,28.

[41] Jn 3,16.

[42] 1Jn 5,19.

[43] 1Jn 2,I[5].

[44] Stgo 4,4.

[45] Is 2,6.

[46] Lc 2,14.

[47] Hb 5,7.

[48] Jn 3,16.

[49] Rom 12,19.

[50] Mt 5,44.

[51] Mt 11,39.

[52] 1Jn 5,3.

[53] 1Cor 13,4-7.

[54] Hch 7,59.

[55] 1Cor 4,12.13.

[56] Mt 12,12.

[57] Mt 21,13.

[58] Mt 17,5.

[59] Col 2,3.

[60] Mt 12,42.

[61] Prov 15,1.

[62] Rom 3,8.

[63] Lc 23,39.

[64] Hb 11,33.37.

[65] Lc 23,39.

[66] Lc 23,40.

[67] Lc 23,41.

[68] Lc 23,42.

[69] Lc 24,21.

[70] Lc 24,26.

[71] Lc 19,12.

[72] Mt 2,2.

[73] Jn 18,37.

[74] Sal 2,6.

[75] Sal 72,8.

[76] Is 9,5.

[77] Jer 23,5.

[78] Zac 9,9.

[79] Sal 24,8.

[80] 1Cor 2,8.

[81] Ap 19,16.

[82] Lc 22,29.

[83] Mt 25,21.

[84] Mt 5,34.37.

[85] Jn 12,26.

[86] Ef 4,8.

[87] Zac 9,11.

[88] Lc 6,38.

[89] Sal 45,17.

[90] Mt 25,35.36.

[91] Mt 19,29.

[92] Ver Rom 9,14.

[93] Mt 16,24.

[94] Lc 14,27.

[95] 2Tim 3,12.

[96] Eclo 33,14.

[97] Ecl 2,11.

[98] Eclo 40,1.

[99] Ap 14,13.

[100] Ap 21,4.

[101] Job 14,5.

[102] Job 14,1.

[103] Stgo 4,14.

[104] 2Cor 4,17.

[105] Ver 2Cor 11,24.

[106] Mt 11,30.

[107] Jn 16,20.

[108] 2Cor 7,4.

[109] Mt 5,10.

[110] Rom 8,18.

[111] 1Pe 4,13.

[112] Is 66,24

[113] Lc 16,24.

[114] Sab 5,7.

[115] Mt 11,29.

[116] Lc 24,26.

[117] Mt 25,41.

[118] Rom 8,17.

[119] Ver Lc 14,19.

[120] Jn 19,26.27.

[121] Jn 19,25-27.

[122] Mc 16,1.

[123] Ver Mt 27,56.

[124] Ver Mc 15,40.

[125] Ver Mc 15,40.

[126] Ver Lc 23,49.

[127] Mt 19,27.

[128] Mt 4,22.

[129] Mt 19,29.

[130] Sal 18,5.

[131] Lam 1,12.

[132] Hb 12,3.

[133] Sab 5,3.

[134] Sab 5,6.

[135] Col 2,14-15.

[136] Mt 11,29.

[137] Lc 14,10.

[138] Lc 18,14.

[139] Col 2,3.

[140] Sal 99,1.

[141] Mt 10,37.

[142] Hch 2,23.

[143] Lc 2,35.

[144] Sal 3,6.

[145] Eclo 7,24.

[146] Tob 1,10.

[147] Col 3,21; Ef 6,4.

[148] Job 1,21.

[149] 1Tes 4,12.

[150] 1Tim 5,4.

[151] Jn 19,27.

[152] Eclo 7,30.

[153] Ex 20,12.

[154] Eclo 3,6.

[155] Mt 15,4.

[156] Eclo 3,18.

[157] Gén 3,15.

[158] Sal 90,13.

[159] Mt 27,45.46.

[160] Lc 23,44.

[161] Is 60,1.2.

[162] Sal 21,1.

[163] Jn 1,14.

[164] Jn 8,29.

[165] Mt 3,17.

[166] Jn 8,29.

[167] Jn 10,30.

[168] Rom 8,32.

[169] 1Pe 2,21; 4,1.

[170] 1Pe 3,18.

[171] S.Th., III, q. 46, a. 8.

[172] Mc 14,36.

[173] Mt 26,53.

[174] Jn 10,18.

[175] Is 53,7.

[176] Lc 22,53.

[177] Mc 15,33.

[178] Mc 15,25.

[179] Mt 20.

[180] 1Cor 3,8.

[181] 2Tim 2,5.

[182] Lc 24,26.

[183] Hch 14,22.

[184] Jn 21,17.

[185] Col 2,3.

[186] 1Pe 2,24.

[187] Is 33,14.

[188] Ef 2,2.

[189] Mt 26,63.65.66.

[190] Jn 19,7.

[191] Dan 9,26.

[192] Mt 27,54.

[193] Lc 23,47.

[194] Is 6,9-10.

[195] Mt 11,29.

[196] Jn 1,14.

[197] Mc 27,40-42.

[198] Lc 23,11.

[199] Hb 7,26.

[200] Is 53,3.

[201] Sal 21,7.

[202] Flp 2,8-10.

[203] 1Cor 4,13.

[204] Jn 19,28-29.

[205] Sal 69,22.

[206] Lc 23,36.

[207] Sal 68 ,21-22.

[208] Jn 16,20.

[209] Lc 22,15.

[210] Jn 14,28.

[211] Rom 9,1-4.

[212] Libro I, homilía 18.

[213] Rom 8,35.

[214] “De Consider.” Libro IV, Capítulo 9.

[215] Lc 15,10.

[216] Jn 16,21.

[217] Jn 4,7-10.

[218] Jn 7,37.

[219] 1Cor 10,4.

[220] Jer 2,13.

[221] Is 55,1.

[222] 1Pe 2,2.

[223] Stgo 1,4.

[224] Serm. “De Patientia.”

[225] Sal 9,19.

[226] Cap. 15

[227] Lc 21,19.

[228] Lc 21,18.

[229] Hb 10,36.

[230] Stgo 1,12.

[231] Jn 14,23-24.

[232] Gál 2,19.

[233] “Epist. ad Rom.”

[234] Hb 10,36.

[235] Job 1,21.

[236] 1Cor 3,18.

[237] Jn 3,16.

[238] Ef 5,2.

[239] Sal 41,2-3.

[240] 1Cor 2,14.

[241] Stgo 1,5.

[242] Lc 11,13.

[243] Jn 19,30.

[244] Jn 17,4.

[245] Mt 20,22.

[246] Lc 22,42.

[247] Jn 18,11.

[248] Jn 19,30.

[249] Jn 19,28.30.

[250] Is 7,14.

[251] Miq 5,2.

[252] Nm 24,17.

[253] Sal 71,10.

[254] Is 61,1.

[255] Is 35,4.5.6.

[256] Za 9,9.

[257] Lc 18,31.

[258] Lc 22,53.

[259] Ba 3,36-38.

[260] Jn 16,28.

[261] Jer 14,8.

[262] Serm. 8. De Pass. Dom.

[263] Sal 109,4.

[264] Is 53,8.

[265] Sal 109,3.

[266] Miq 5,2.

[267] Mt 24,30.

[268] Mt 24,29.

[269] Is 53,7.

[270] Jn 1,29.

[271] 1Pe 1,18-19.

[272] Ap 13,8.

[273] 1Jn 2,2.

[274] Jn 1,29.

[275] Is 53,7.

[276] Jn 10,17.18.

[277] Ef 5,2.

[278] Jn 12,31-32.

[279] Ef 6,12.

[280] Sal 95,5.

[281] Col 1,13.

[282] 1Tim 2,4.

[283] Lc 23,43.

[284] Mc 16,16.

[285] Lc 14,30.

[286] “De Civit.” l. 27, c. 8.

[287] Sal 71,8.

[288] Mt 3,17.

[289] Mt 24,37.38.39.42

[290] 2Pe 3,10

[291] Tit 1,16.

[292] Sal 21,7.

[293] Fil 2,9-10.

[294] Mt 5,3.10.

[295] Lc 6,24.25.

[296] Sal 84,9

[297] 1Pe 2,5.

[298] Rom 12,1.

[299] Hb 13,15.

[300] Rom 12,1.

[301] 1Pe 5,8.

[302] Gén 8,21.

[303] Ef 5,2.

[304] Rom 12,1.

[305] Ef 5,2.

[306] Ef 5,27.

[307] Mt 1,20.

[308] Hch 5,41.

[309] Rom. 5,3-5.

[310] Gál 6,14.

[311] Dt 32,24.

[312] Mt 27,42.

[313] Jn 18,11.

[314] Ef 5,27.

[315] Gén 29,20.

[316] Flp 2,8-11.

[317] Rom 8,35-37.

[318] Tit 2,14.

[319] 2Cor 7,4.

[320] 2Cor 4,17.

[321] Cyprian., Lib. de Exhort. Martyr.

[322] Jn 18,11.

[323] Rom 8,37.

[324] Rom 8,18.

[325] Hb 11,25-26.

[326] Lc 23,46.

[327] Serm. ii. “De Nativ.”

[328] Sal 113,3.

[329] Sab 3,1.

[330] Sal 30,5-6.

[331] Lc 23,46.

[332] Hb 5,7.

[333] Mc 14,36.

[334] Mc 14,36.

[335] Lc 23,34.

[336] Lc 23,46.

[337] Hb 5,7.

[338] Mt 27,54.

[339] Lc 23,48.

[340] Núm 20,11.

[341] Jn 12,24.

[342] 1Pe 3,22.

[343] Jn 15,13.

[344] Jn 10,18.

[345] Mt 16,26.

[346] Job 2,4.

[347] Lc 23,46.

[348] Sal 30,6.

[349] Hch 7,58.

[350] 1Cor 11,27.29.

[351] Ez 33,12.

[352] 1Pe 4,19.

[353] Lc 14,9.

[354] Ap 14,13.

[355] Hb 8,13.

[356] Hom. xxxviii. “Ad Popul. Antioch.”

[357] Hb 5,7

[358] Is 11,2-3.

[359] Mt 17,5.

[360] Sal 111,1.

[361] Jdt 8,8.

[362] Jdt 8,6.

[363] Job 31,1-2.

[364] Flp 2,8.

[365] Sal 39,8-9.

[366] Jn 4,34.

[367] Jn 6,38.

[368] Jn 8,29.

[369] 1Sam 15,22.

[370] Mc 1,13.

[371] Mt 16,24.

[372] Lc 14,26.

[373] Sal 102,20.

[374] Col 2,3.

[375] Lc 9,58.

[376] Lc 23,46.

[377] Jn 10,18.

[378] Mt 11,29.

[379] Hb 13,17.

[380] 1Sam 15,22-23.

[381] Lam 3,27-28.

[382] 1Sam 15,23.

[383] “Lib. Mor.” xxxv. c. x.

[384] Lc 10,39.

[385] Hch 4,32.

[386] Flp 3,20.

[387] Mt 18,10.

[388] Sal 102,20.

[389] Flp 2,8.

[390] Hb 5,8.

[391] Ex 3.

[392] Ex 4,10.

[393] Ex 4,13.

[394] Gál 2,2.

[395] Hch 21,11.

[396] Hch 21,13.

[397] “Lib. Mor.” xxxv. c. x.

[398] Jn 6,15.

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Métodos fáciles para hacer oración de meditación*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2010

 

Presentación

Muchas veces he insinuado a la gente un ratito de meditación. Aún recuerdo lo que un día me respondió una señora. Me miró sorprendida y como quien no me cree en mis cabales, me dijo: «Padre, que yo no tengo vocación de monjita». «Yo, rezar, todo lo que quiera… pero eso de meditar me queda muy difícil».

Muchos creen eso, que meditar es muy difícil. Y son gente buena, piadosa. Y todo depende, pienso yo, de que a los seglares se les ha hablado muy poco del ejercicio de la oración de meditación. Y creen que eso debe ser demasiado complicado.

Este es el motivo que me ha movido a ofrecerte este artículo. Primero, para ayudarte a descubrir que la oración de meditación no es para ninguna clase social en particular sino para todo cristiano que quiere sentir y personalizar su fe. Y en segundo lugar, para facilitarte unos pequeños caminos que te sirvan de guía y puedas tú mismo hacer la experiencia de que meditar no es difícil, y que tú también puedes hacerlo.

Son caminos; no son los únicos; hay muchos más. Tú mismo podrás luego encontrar el tuyo, el que a ti personalmente te vaya mejor. De momento puedes empezar a caminar por alguno de estos. Si te indico demasiados puntos para tu reflexión no es para que tengas que recorrerlos todos. Elige aquellos que creas que te van mejor.

No tengas miedo en lanzarte a la experiencia. Al principio, puede que te sientas un tanto desorientado y hasta creas que estás perdiendo el tiempo. Mira, pierde el tiempo el que no hace nada, el que no intenta nada. No hay tiempo perdido para quien busca los mejores caminos para ahondar en el misterio del amor de Dios revelado en el misterio de la Cruz.

Te recomiendo para ello:

  • Comienza por querer meditar. Luego, decídete a meditar. Fija un momento concreto durante el día. Podrías comenzar por diez o quince minutos. Luego podrás ampliarlo.  

 

  • Pongo en tus manos este escrito con mi más sincero deseo de que despierte en ti las ganas de meditar.  

 

Tu amigo de siempre, Clemente Sobrado, Pasionista

¿Yo puedo meditar?

La mayoría de los cristianos se han quedado con la oración de petición. No está mal. Es cosa buena. Pero se están perdiendo toda una serie de posibilidades.

Con frecuencia, los cristianos se lamentan de la ineficacia de su oración. «Pido y pido, y Dios no me ha escuchado». Y esto crea en muchos una especie de decepción contra Dios… Hasta se podía hablar de que a veces se molestan con Dios. «Si Dios no me hace caso, ¿para qué seguir rezándole? ¿Para qué seguir creyendo en Él?»

Nuestra oración debería ir acompañada de una mayor interiorización. Podemos «pedirle cosas», pero mucho más útil e importante es unirse a Él, conocer más de cerca el misterio de su amor. Meternos en su misterio. Dejarnos impregnar de su amor. Y esto lo hacemos mediante la oración de meditación. Meditando los misterios de la vida de Jesús, sobre todo, ese misterio supremo de su Pasión y Muerte que es la máxima expresión del amor de Dios para con nosotros.

 

Acércate más

Un discípulo pedía al Maestro que le enseñase a orar. El Maestro, muy complaciente le dijo: «Hijo, acércate».

El discípulo se acercó al Maestro. «Más cerca», le dice.

El discípulo se acercó más, hasta quedar pegado al Maestro. «Acércate más, hijo.»

El discípulo le dijo: «Maestro, ya no puedo más, tu cuerpo y el mío están pegados el uno al otro. ¿Cómo podré acercarme más?»

No te habrás acercado lo suficiente mientras sólo tu cuerpo y el mío estén pegados. Es preciso que acerques tu espíritu al mío. No estaremos verdaderamente unidos mientras tú no hayas metido tu alma en la mía, tu corazón en el mío. ¿No me pedías que te enseñase a meditar?

La meditación no consiste tan sólo en ver a Jesús por fuera. No es suficiente mirar con los ojos, ni tocarlo con las manos. Es necesario acercarse más a Él, hasta entrar en su propia intimidad, en sus sentimientos, en sus pensamientos, en sus actitudes. Es meterse y sentir por dentro lo que Él mismo sentía. Eso es la meditación. Y, en el fondo, esa es también la realidad de la oración.

Oración y meditación tienen como finalidad esencial la unión. Unión del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Jesús expresó y manifestó esto con frecuencia, hablando de su relación amorosa con el Padre y también de la relación que debe existir entre el Padre y nosotros:

«Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21) «… yo en ellos y tú en mí». (Jn 17, 23)

«Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor». (Jn 15, 9)

«Tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo». (Flp 2, 5).

Meditar es entrar en comunión espiritual con Jesús. Es entrar en comunión de sentimientos, de afectos, de tristeza, de alegría, de miedos y de angustias de Jesús en su Pasión y Muerte. La gran pregunta que tenemos que hacernos, al meditar en su Pasión y Muerte, es: ¿Qué sentía realmente Jesús en ese momento? ¿Qué sentía sobre mí? ¿Qué pensaba de mí? ¿Cómo me tenía presente a mí en ese instante?

No meditamos para saber más sobre Dios o sobre Jesús. Para saber más estudiamos teología. Se puede saber mucho de Dios y de Jesús y nuestro corazón puede estar muy lejos de ellos. Meditamos para sentir más a Dios, para sentir más a Jesús. La meditación nos hará conocer mejor el misterio del amor de Dios, pero no con la ciencia de la teología, sino con la ciencia que se aprende en la experiencia.

Comienza

Los niños pequeños no tienen demasiadas ideas sobre su mamá; ni sabrían definirla; pero los niños chiquitos tienen mucha experiencia de lo que es una madre. No se ama mucho por saber mucha psicología sobre el amor. Por eso, aquel otro Maestro, cuyo discípulo le pedía que le enseñase la iluminación de Dios, le respondió: «Medita». «Pero, Maestro —respondió el discípulo—, yo no sé meditar». Y el Maestro impasible insistió: «Pues medita». «¿Y cómo meditar si no sé meditar?» «Pues medita. A amar se aprende amando y a meditar se aprende meditando. No aprende el que no comienza. No aprende a meditar el que no comienza a meditar».

¿Cómo enseñarle al niño chiquito a andar? Él mismo comienza a gatear, a tenerse en pie, temblando de miedo a caerse. Y más de una vez se cae. Pero andando se aprende a andar. A meditar se aprende meditando. ¿No aprendiste también así a rezar? ¿No aprendiste también así a hablar?

Querer, sentir ganas

El niño aprende a hablar porque siente necesidad de expresarse. Al principio sólo la madre es capaz de interpretar sus medias palabras. Pero él siente necesidad de comunicarse. (Alguien dijo que todo niño, al nacer, tiene en potencia todas las lenguas: el chino, el japonés, el español o el quechua… Para él todas las lenguas son iguales. Escuchando y hablando una en concreto se identifica con ella. Y esa lengua será su lengua propia toda su vida.)

Cada uno de nosotros sentimos necesidad de expresarnos también delante de Dios. Necesitamos decirle nuestros sentimientos y necesitamos sentir los suyos. Esa necesidad es la que nos tiene que llevar a la oración de meditación.

De ahí que el primer paso para meditar es querer, sentir ganas de meditar. El resto vendrá de por sí. Encontrarás muchas lenguas con las que poder comunicarte con Él, decirle tus cosas y escuchar las que Él te dice. Pero tú mismo irás luego aprendiendo tu propio camino, tu propio lenguaje. Habrá muchas maneras de interiorizar a Jesús en tu corazón.

Tú tienes que ir encontrando la tuya propia. Es la mejor. No se trata de imitar lo que hacen los demás. Tú anda tu propio camino. No intentes copiar caminos. Tú tienes el propio.

No partir del «no puedo»

El peor obstáculo que puedes encontrar en el camino de la meditación es decir: «yo no puedo, eso no es cosa para mí». Cuando el no puedo se adueña de tu corazón, tú mismo te estás poniendo una barrera difícil de saltar. No digas «no puedo», en tanto no hayas hecho la prueba. No sientas que la derrota hunde tu corazón, «cuando aún no has puesto el balón en juego».

Ahí está el Espíritu Santo

Pero, además, no olvides que la oración de meditación es una experiencia del misterio del amor de Dios revelado en Jesús. Y si tú no puedes entrar en el corazón de alguien si antes no te abre su corazón, tampoco podrás entrar al corazón de Dios y de Jesús, si ellos no se te hubieran abierto primero. Pero el corazón de Dios ya lo tienes abierto de par en par. La mejor muestra del corazón abierto de Dios es Jesús colgado de la Cruz. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3, 16).

Pero también es preciso que tu corazón esté abierto. Y aquí sí puedes encontrar dificultades. Con frecuencia tenemos miedo a abrirnos a Él, miedo a abrirnos a su amor. Pero ahí está el Espíritu Santo, testigo del amor de Dios hacia ti, y fuerza que ora en ti. No olvides que más que orar tú, es el Espíritu que ora en ti. Y esto no es una invención moderna. Te lo dice san Pablo:

«Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene: mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Rm 8, 26-27).

Ésta es la gran ventaja que tenemos. Cuando decimos que no podemos orar, que no podemos meditar, nos estamos olvidando de quien sí puede orar y meditar dentro de nosotros, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo está siempre como ayuda en nuestras debilidades. El mismo Jesús, en los discursos de la Última Cena, decía al prometernos el Espíritu que Él nos enviaría:

«Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

No sólo nos recordará todo lo que Jesús dijo, sino que también nos recordará todo lo que Jesús hizo. Y lo máximo que hizo Jesús fue morir por nosotros en la Cruz. Por tanto, una de las misiones más importantes del Espíritu Santo será traernos a la memoria, al recuerdo, el amor del Padre revelado en la Muerte de Jesús. Será Él quien, al hacer presente este misterio de amor en nosotros, nos haga posible la gracia de la meditación, la gracia de poder experimentarlo y revivirlo en nuestro corazón.

La meditación sobre la Pasión y Muerte de Jesús

A muchos les asusta el camino de la Cruz. Posiblemente porque aún no han descubierto el verdadero sentido de la Cruz. Solemos identificar la Cruz con el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, las desgracias, los fracasos. Vista así la Cruz resulta poco amable. Si cuando uno va a someterse a una operación quirúrgica sólo piensa en el bisturí, en la anestesia, en los malestares postoperatorios, ¿quién se dejaría operar? Pero bisturí, anestesia y consiguientes malestares, ¿qué otra cosa son sino expresión de una salud que puede recuperarse?

La Pasión y Muerte de Jesús es cierto que están llenas de dolor. Pero el dolor aquí es una simple expresión de cuánto nos ama. «Me ama hasta ser capaz de dar la vida por mí». Lo importante es la «vida por mí». Es decir: el amor infinito de que soy objeto, el valor de mi vida que merece que Dios sacrifique la de su Hijo para que yo viva.

¿Qué es lo que medito en la Pasión y Muerte de Jesús? Medito en el amor. Un amor que leo y descubro en el sufrimiento de Jesús.

Medito en la verdad de Dios. Porque ahí descubro y encuentro que Dios se me revela no como el juez que condena, sino como el Dios que me «ama hasta el extremo». La meditación sobre la Pasión no puede llevarme a quedar aturdido por los golpes del martillo, sino a quedarme extasiado de su amor por mí. Quedarme en el martillo, los clavos, los maderos, es como hacerle perder horizonte a la Muerte de Jesús.

Medito en mi propia grandeza. Yo no puedo ser una basura. Primero, porque Dios no hace basuras y, en segundo lugar, porque nadie da su vida por una basura. ¿Tendrá aquí sentido aquello del tesoro y la perla del Evangelio? Vio el valor del tesoro escondido y de la perla tan preciosa que «vendió con alegría todo lo que tenía para comprarla». ¿No será que Dios ve lo que valgo yo y por eso entrega generoso a su Hijo para ganarme a mí?

De la meditación sobre la Pasión de Jesús sólo se puede sacar una consecuencia clara: dios me ama, Dios me valora. Yo soy importante. Por eso san Pablo de la Cruz insistía tanto en la meditación de la Pasión como una manera de que todos los hombres, aun los más pobres e ignorantes, tomasen conciencia de su dignidad.

Los métodos

Te he dicho que cada uno tiene que andar sus propios caminos. De todos modos, aquí queremos sugerirte algunos posibles caminos o métodos muy sencillos y simples. No son los únicos, tal vez tampoco los más importantes, porque los más importantes para ti son aquellos que mejor van contigo.

Son ayudas para que comiences. Luego tú mismo irás encontrando tu propio camino. Pero comienza por algo para que no te enredes en la maleza, y renuncies porque no ves nada por delante.

Tiempos de meditación

Se podría decir que no hay tiempos de meditación, porque todo el día tú puedes caminar por la vida con el corazón lleno de diversos sentimientos y recuerdos dolorosos y amorosos.

De todos modos, es conveniente dedicarle un tiempo adecuado a lo largo del día. Es conveniente comenzar por dedicarle de diez a quince minutos diarios. Es posible que luego tú mismo le vayas encontrando tanto gusto que alargues tu tiempo a media hora.

Escoge un momento oportuno. El que tú crees que es el más adecuado a tus posibilidades. Es tiempo que ha de ser para ti algo sagrado. Durante el día tienes tu tiempo laboral, tu tiempo recreacional, tu tiempo de diversión. ¿Por qué no tu tiempo personal? ¿Por qué no tu tiempo y el tiempo de Dios en ti?

Método «aplicación de los sentidos» (1)

A. Crea primero un ambiente propicio dentro de ti.

1      Ponte delante de Dios que te mira con cariño, con mucho amor. Aviva dentro de tu corazón esta mirada de Dios que te ve por dentro.

2      Aviva dentro de ti este sentimiento de fe: «Creo que me miras. Creo que me ves. Creo que tu mirada me descubre como soy por dentro».

3      Como si sintieses la mirada amorosa de Dios dentro de ti, reconoce con humildad tu realidad delante de Él. No trates de ocultarle nada, deja que las pequeñas basuras que llevas dentro se iluminen. Reconoce tus debilidades. ¿Cuál es la debilidad que en este momento más te humilla delante de Dios?

4      Pídele ahora que también tú quieres verle a Él por dentro. Quieres ver lo que siente su corazón por ti. Pídele: «Señor, hazme ver tu rostro». «Señor, dame un corazón que te ame como Tú me amas».

5    Pídele a María que te ayude a adentrarte en el misterio de la Pasión de Jesús, tal y como ella la vivió: «Madre, tú callaste durante toda la Pasión de tu Hijo. No dijiste ni una palabra. Todo lo vivías en tu corazón. Concédeme que también yo calle, pero que mi corazón la viva como el tuyo».

B. Cuerpo de la meditación

1      Escoge uno de los pasajes de la Pasión de Jesús. Léelo despacio, que te vaya quedando dentro.

2      Comienza por mirar, contemplar la escena. No hables nada. Simplemente mira, dejando que tu mirada vaya como metiéndose en la escena, no como espectador sino como algo que te interesa.

3      Fíjate en el rostro de Jesús. Su expresión, la que pudo tener según la escena que se medita. Mira al entorno que lo rodea, la expresión de los que están con Él.

4      Luego, trata de verte a ti mismo como parte de la escena.

¿Qué lugar ocupas tú allí? Deja que la mirada de Jesús se clave en ti y que con ella te pregunte: «¿Qué haces tú aquí? ¿De qué lado estás?»

5      Escucha lo que se dice, se habla, los diálogos… Que todo lo que se dice allí lo escuche tu corazón.

6      Trata de acercarte a Él: ¿Qué le dirías? ¿Qué le preguntarías?

¿Qué te diría Jesús? Escucha su voz.

7      Ahora intenta meterte dentro de Él: ¿Qué sentimientos descubres en Jesús? ¿Qué pensaría Jesús?

Permanece dentro del corazón de Jesús.

8      Trata de sentir dentro de ti lo que Él sentía. Que tú y Él viváis los mismos sentimientos.

Termina:

¿Qué es lo que más me llegó al corazón? ¿Cómo me veo a mí mismo frente a lo que he meditado?

¿En qué puedo cambiar mi vida a la luz de lo que he meditado?

¿Qué sentimientos he de seguir recordando durante el día?

Algunas escenas entre tantas:

1      Jesús en el Huerto: Mc 14, 32-40; Mt 26, 36-46

2      Prendimiento: Mt 26, 47-50; Lc 22, 47-53; Jn 18, 2-11

3      Negaciones de Pedro: Mt 26, 69-75; Lc 22, 56-62

4      Las burlas de Jesús: Lc 22, 63-65; Mt 26,67-68; Mc 14, 65

5      Jesús y Barrabás: Mt 27, 15-18 y 20, 22-26

6      Silencio de Jesús: Mt 27, 11-14

7      La flagelación: Mt 27, 27-31; Mc 15, 16-20

8      El Cirineo: Lc 23, 26; Mt 27, 31-34; Mc 15, 20-23

9      Jesús perdona: Lc 23, 33-34

10 Burlas en la cruz: Lc 22, 35-38; Mt 27, 39-43

11 El buen ladrón: Lc 23, 39-43; Mt 27, 44; Mc 15, 32

12 Jesús y su Madre: Jn 19, 25-27

13 Abandono en la Cruz: Mc 15, 33-39

14 Muerte de Jesús: Lc 23, 44-46

15 Sepultura: Lc 23, 50-56

Éstas no son sino algunas de esas escenas dolorosas de la Pasión de Jesús. Pueden serte útiles para comenzar. Luego podrás recorrerlas todas.

Importante:

–        No es cuestión de tener muchas ideas, sino sentir dentro de ti lo que Jesús sentía en cada escena.

–        De cada meditación haz una jaculatoria para repetir durante el día como resonancia de lo que has meditado. Un ejemplo de la Oración del Huerto: «Padre, hoy no quiero hacer mi voluntad sino la tuya». «Padre, también yo tengo miedo muchas veces, pero me fio de Ti».

 

Método «aplicación de los sentidos» (2)

A. Ambientación espiritual de fe, mediante el Padre Nuestro

1      «Padre nuestro»… Trata de sentir a Dios como Padre y a ti como hijo y a los demás como hermanos. Deja que tu corazón se empape bien de la paternidad de Dios y de tu filiación.  

 

2     «Padre, glorifica tu nombre»… Ponte en actitud de admiración, adoración y agradecimiento al amor paternal de Dios. Siéntete amado de Él.

3 «Padre, venga tu Reino»… Trata de identificarte con los intereses de Dios y que Dios sea reconocido por todos y todos trabajemos por su Reino en la tierra.

4      «Padre, hágase tu voluntad»… Trata de poner tu corazón en una actitud de aceptación de su voluntad renunciando a la tuya…  

 

5      «Padre, danos el pan»… Trata de sentir tu indigencia, tu pobreza y la necesidad que tienes de Dios en tu corazón…

 

6     «Padre, perdónanos»… Trata de sentir la necesidad de que Dios te perdone, te limpie interiormente reconociendo y repasando brevemente tus fallos.

7      «Padre, que yo perdone»… Despierta en tu corazón sentimientos de perdón hacia aquellos que no te caen bien o con los que tienes alguna enemistad, no te hablas…

 

8      «Padre, no me dejes caer»… Reconoce tu debilidad y que sin la ayuda de la gracia no puedes nada.

B Medita el amor del Padre en la Pasión

1  Escoge cualquier escena de la Pasión; por ejemplo, la muerte de Jesús.

2      «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

3      Verme a mí desde dentro, con todos mis fallos, indigno de ser amado.

4      Ver cómo por encima de mis debilidades, Dios me ama gratuitamente.

5      Mira a Jesús colgado de la Cruz, muerto, y escucha cómo te habla del Padre, de cuánto el Padre te ama. «Así te ama mi Padre…. ».

6      Contemplando a Jesús como entregado por el Padre, trata de sentirte amado por Él.

7      Métete en el corazón de Jesús para sentir su amor muriendo por ti.

8      Métete en el corazón de Dios para contemplar cómo vería Él la muerte de Jesús por nosotros. ¿Cómo vería Dios el corazón de su Hijo amándonos?

9      Trata de sentir en tu corazón la alegría de ser amado hasta el punto de dar la vida por ti.

C ¿Qué puedo hacer ahora?

1      ¿Cómo amo yo a Dios en mi corazón?

2      ¿Qué soy capaz de hacer para demostrarle mi amor por Él?

3      ¿Qué puedo hacer yo para amar a todos como Dios los ama?

4      ¿Hay alguien que rechazo en mi corazón? ¿Soy capaz de perdonarlo de verdad?

5      ¿Qué hay en mi corazón que me impide vivir este amor de Dios en mí?

6      ¿En qué cosas creo que debo cambiar en mi vida para expresarle mi amor a Él?

7      Mirando al Crucifijo ¿qué decisión tomo ahora en mi vida?

Escoge una jaculatoria para el día:

«Que la Pasión de Jesús esté siempre impresa en mi corazón».

«Tanto me ama Dios que Jesús murió por mí».

Meditar la Pasión de Jesús mediante jaculatorias

A. «Y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22, 41-42).

Jaculatorias:

«Padre, si quieres, sáname de esta enfermedad. Pero prefiero hacer tu voluntad, aunque no me cure»,

«Padre, me siento débil. Si quieres, líbrame de esta tentación que me molesta. Pero estoy dispuesto a tener que luchar, si así lo prefieres tú».

«Padre, ya sabes lo que me cuesta aceptar tu voluntad, pero como Jesús, también yo te digo «no se haga mi voluntad sino la tuya».

B. «Y sumido en angustia, insistía más en su oración” (Lc 22, 44).

Jaculatorias:

«Señor, que cuando me sienta triste, busque consuelo rezándote a Ti».

«Señor, que cuando no tenga ganas de nada, no deje mi oración a Ti».

«Señor, que cuando sienta tristeza en mi alma, busque mi alegría hablando contigo en la oración».

C. «Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22,44).

Jaculatorias:

«Jesús, ¿tanto te costó también a Ti, aceptar la voluntad del Padre? Dame tu fortaleza para que no traicione nunca los planes que Tú tienes en mi vida».

«Jesús, ¿sudar sangre para ser fiel al Padre? Siento vergüenza de lo fácil que yo me quejo de todo».

«Jesús, Tú sudaste sangre por mí, que yo aprenda a vencer mis respetos humanos cuando deba confesarte en público».

D. «Judas, ¿con un beso entregas al hijo del Hombre?» (Lc 22, 48).

Jaculatorias:

«Señor, ¿por un simple placer y satisfacción de mis sentidos, también yo quiero entregarte?»

«Señor, dame la gracia de quitarme las máscaras de mis mentiras y que pueda vivir en tu verdad».

«Señor, que sea sincero siempre conmigo y contigo, aunque muchas veces me duela reconocer la mentira que llevo dentro».

E. «Éste estaba con Él. Pero Pedro lo negó: ¡Mujer, no conozco a ese hombre!» (Lc 22, 56-58).

Jaculatorias:

«Jesús, dame la valentía de no negarte nunca delante de mis amigos».

«Jesús, que con mi vida no diga también yo que “no te conozco”. Porque Tú sabes bien que te conozco».

«Jesús, que tenga la valentía de confesarte con el testimonio de vida, allí donde mis amigos me están pidiendo que te niegue».

F. «Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 52).

Jaculatorias:

«Señor, dale lágrimas a mi corazón, para que llore con fe las veces que no te he confesado delante de los demás».

«Señor, que llore en mi corazón por las veces que te ofendí con mi pecado».

«Señor, dame la gracia de arrepentirme de las veces que he dado un mal testimonio de Ti, como cristiano».

G. «Pilato le preguntó con mucha insistencia, pero Él no respondió nada» (Lc 23, 9).

Jaculatorias:

«Jesús, Tú callabas cuando te acusaban en falso; dame la gracia de no defenderme cuando alguien habla mal de mí».

«Jesús, Tú callabas cuando eras acusado injustamente; que la mejor respuesta a los que murmuran de mí, sea el testimonio de mi vida».

«Jesús, Tú callabas cuando estaba en juego tu inocencia y tu misma vida; que mi mejor respuesta a los que hablan mal de mí, sea el amarlos más todavía».

H. «Echaron mano de un tal Simón de Cirene… y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús» (Lc 23, 26).

Jaculatorias:

«Jesús, también Tú sentiste la debilidad bajo la Cruz. Te pido que no me desaliente en mis propias debilidades».

«Jesús, necesitaste que un cualquiera te ayudase a llevar tu Cruz. Dame generosidad para que también yo ayude a mis hermanos a llevar las suyas».

I. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Jaculatorias:

«Gracias, Jesús, porque estoy seguro de que nunca me faltará tu perdón».

«Gracias, Jesús, porque tu amor que perdona es más grande que mis pecados».

«Gracias, Jesús, porque en tu muerte me enseñas a perdonar aunque yo tenga la razón».

Meditación de la Pasión de Jesús para los momentos difíciles de la vida

A. Disposiciones interiores para meditar

1      Comienza pidiéndole al Espíritu Santo que ilumine tu mente, y aliente tu corazón para que puedas encontrarte a ti mismo en la Pasión de Jesús.

2      Luego, mírate a ti mismo por dentro: imagínate que eres como un templo («sois templos del Espíritu Santo»), o bien como una especie de sagrario, donde Jesús habita. Procura sentirte como habitado por Dios.

3      Con la mente y el corazón procura buscar la figura de María en la Pasión de su Hijo. Entra ahora en su corazón dolorido: ¿qué sentiría como madre? ¿Qué actitudes descubres en medio de su dolor?

4      Pídele ahora que te ayude a comprender y vivir la Pasión de su Hijo como ella misma la vivió y sentir lo que ella sintió.

B. Verme como parte de la Pasión de Jesús

1      Recuerda: «Todos cuantos tenían enfermos de diversas enfermedades y dolencias se los llevaban a Jesús» (Lc 4, 40).

2      Reconocer mis enfermedades: los dolores físicos, los dolores sicológicos, tristeza, penas, desilusiones, miedos, inseguridades, aburrimiento.

3      Reconocer las enfermedades de mi alma: las debilidades y flaquezas que me hacen caer, los pecados que más me duele haber cometido, mi falta de caridad, mis faltas para con Dios, para con mis hermanos.

4      Ver ahora a Jesús cargado con la Cruz hecha con todas mis debilidades, mis caídas, mis flaquezas, mis infidelidades. Trata de ver cada una de estas situaciones tuyas amontonadas sobre las espaldas de Jesús.

5      Verte aliviado espiritualmente porque Él se hace cargo de todo lo que a ti te está pesando tanto.

6      Métete dentro de su corazón para sentir lo que Él sentiría al cargar con toda esa tu vida.

7      Preséntale a todos los que te hacen sufrir y dile que los aceptas como Él te está aceptando a ti.

8      Preséntale a todos los que también están sufriendo y se sienten débiles. Preséntale a las personas que conoces y sufren. Preséntale a los enfermos del barrio, a la gente necesitada y pobre, a tanto niño abandonado en la calle. Pídele que los haga fuertes, que Él pueda ser su esperanza en un mundo que les niega la esperanza.

9      Míralo a Él despacio, más con el corazón que con los ojos. Y deja que Él te mire a ti. Deja que sus ojos penetren en tu corazón y vean lo bueno que llevas dentro, también toda la pobreza que hay dentro de ti.

C. Actitudes

1      Jesús, en su Pasión, callaba… No se defendía… No se quejaba… ¿Qué actitud tomo yo en estos casos? ¿Callo? ¿Me quejo? ¿Me lamento o incluso critico?

2      Jesús, en su Pasión, se apoya interiormente en su Padre Dios, incluso aunque Éste parezca no dar la cara. ¿En quién me apoyo yo en mis sufrimientos y debilidades?

3      Jesús, en su Pasión, amaba a los que lo hacían sufrir… ¿Cómo veo yo a los que me fastidian?

D. Decisiones

1      Viendo a Jesús en su Pasión ¿qué resoluciones decido tomar en mi vida para el futuro?

2       ¿Qué defecto en particular debo corregir en mi vida?

3      ¿Qué debo hacer yo con los que fallan o veo débiles?

4      ¿Hoy qué cosas y qué actitudes debo mejorar en mí para parecerme más a Jesús?

5      ¿Hoy qué actitudes puedo asumir con aquellos que a mi lado están sufriendo?

Jaculatoria:

«Jesús, Tú que cargaste con mi vida sobre tus espaldas, concédeme que yo alivie el peso que cargan mis hermanos».

Método «mariposilla que se quema»

«Deje que la pobre mariposilla se abrase toda, se reduzca a cenizas en esa llama amorosa de la dulcísima hoguera del corazón amoroso de Jesús y, hecha cenizas, deje que esa poca ceniza de su nada se abisme, se pierda, se consuma, en el abismo infinito de la infinita bondad; y allí deshecha de amor, haga fiesta continua, con cánticos de amor, con sagradas complacencias, con sueños amorosos, con santo silencio» (San Pablo de la Cruz, L. I, 279).

1      Para comenzar esta manera de meditar imagínate una luz encendida en la oscuridad. Ve cómo las mariposillas se lanzan a la luz hasta que la luz que las fascina termina por quemarlas.

2      Luego, trata de mirar al corazón de Dios, en el corazón de Cristo crucificado, ardiendo en llamas de amor. Quédate contemplando un rato el corazón de Dios encendido en llamas y Dios que te grita: «Te amo, soy tu padre». «Cree en mi amor, fíate de mi amor, déjate amar».

3      Contempla luego tu corazón deseoso de ser amado, hambriento de cariño, de ternura. Contempla las decepciones amorosas que has tenido. Has creído en tantos amores que luego te han fallado, te han abandonado. Tú te entregaste totalmente y te han fallado.

4      Pero tú sigues necesitado de amor. Mira el corazón ardiente de Dios sobre la Cruz. «Tanto amó Dios al hombre, que entregó a su Hijo único».

«Dios es amor».

«Nadie ama más al amigo que aquel que da la vida por él».

5      Imagínate que eres como la mariposilla revoloteando alrededor del corazón de Jesús crucificado.

–  Deja que su amor se te vaya metiendo dentro: «Señor, creo que Tú sí me amas de verdad». «Creo en tu amor para conmigo». Repítelo hasta que sientas que tu corazón sí cree de verdad en el amor de Dios Padre.

–  Deja que en tu corazón se vaya encendiendo ese amor de Dios crucificado y vayas sintiendo también tú el calor del fuego de ese amor.

–   Deja que el calor del amor del corazón de Dios vaya calentando, quemando todo lo feo que hay en ti, hasta sentirte limpio y brillante.

6      Despierta sentimientos de alegría al saberte amado. Puedes utilizar algunos versículos del Magníficat de María:

– Proclama mi alma la grandeza del Señor.

– Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

– Porque me ha mirado y me ha amado.

– Porque su amor quiere hacer cosas grandes en mi corazón.

–  Incluso podrías poner la música de algún canto que hable del amor de Dios…

8      Termina:

–  haciendo un acto de fe en el amor de Dios hacia ti,

–  haciendo un acto de agradecimiento: agradécele tanto amor,

–  renovándole tu amor hacia Él y hacia todos los hombres,

–  si hay alguien que no simpatiza contigo, dile al Señor que tú también lo quieres amar a él.

9      Actitud para la jornada: trata de repetir durante el día:

«Dios me ama».

«Gracias, Señor por tu amor».

«Sé que debo “amarte con toda mi mente, con todo mi corazón, con todo mi ser, y a mi prójimo como a mí mismo”, o como Tú mismo lo amas».

 

Método «examen de tus pecados»

«…Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn, 4, 10).

«… mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía nosotros pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

–        Ponte en presencia de Jesús en su Pasión. Y hazte una pregunta: «¿Y todo esto lo hizo por qué, por quién?» Y trata de sentir que la razón última de la Pasión de Jesús eres tú mismo, como pecador.

–        Esto hace que no seas espectador de ella sino que te metas hasta dentro, como uno de los principales actores. Tú en la Pasión no eres actor de relleno, eres actor principal.

–        Él sufre la Pasión como «propiciación por mis pecados». Sufre su Pasión como reparación de mis pecados. Sufre como consecuencia de mis pecados. Si yo no hubiese pecado ¿hubiese sufrido tanto?

Y aquí puedes hacer una doble experiencia:

La primera: mis pecados son cosa seria…. hacen sufrir a Dios, condenan a Dios, cargan con la Cruz a Dios, crucifican a Dios y matan a Dios.

La segunda: debo hacer un examen de mi historia de pecado:

–       mis pecados personales en el cumplimiento de mis deberes para con Dios,

–       mis pecados personales contra mi hermano, sobre todo, mis pecados de desamor, injusticia, incomprensión,

–       mis pecados de indiferencia ante el dolor de los demás.

No como quien hace un inventario de cosas que no me afectan. Sino como quien va viendo en cada uno una manera de someter a Jesús a su Pasión.

–       De los actuales pecados, defectos e imperfecciones de mi vida, ¿cuál me parece que realmente más le hace doler el corazón a Jesús, más le hiere en su espíritu? Es posible que a mí me parezcan tonterías. Pero vistos desde el cuerpo golpeado y el alma herida de Jesús ¿cómo los veo?

–       Más que sentirme juzgado y condenado por Él, debo sentirme, a pesar de todo, amado por Él. Me ama, aún siendo pecador… El poder de su amor es más grande que mis propias debilidades.

Termina dándole gracias por sus heridas. Pidiéndole perdón por lo que tú le haces sufrir a Él y le haces sufrir en los hermanos.

Pidiéndole perdón porque, pese a lo que Él ha hecho por ti, tú aún sigues sin dar importancia al pecado en tu vida.

Pidiéndole perdón porque, viendo lo que Él hace por ti, tú apenas haces nada por los demás.

Y decide en qué cosas crees que debes cambiar. Toma la decisión mirándolo, porque el verdadero valor y significado del pecado sólo puede medirse desde la experiencia de sus efectos en Jesús durante su Pasión.

 

Método «pescar»

«También quisiera que alguna vez fuera a pescar. ¿Cómo? Veamos: La Pasión santísima de Jesús es un mar de dolores, pero también es un mar de amor. Dígale al Señor que le enseñe a pescar en ese mar. Sumérjase en él y cuanto más se sumerja, menos hallará fondo. Déjese penetrar enteramente por el amor y el dolor. De esta manera hará totalmente suyas las penas del dulce Jesús» (San Pablo de la Cruz, L. III, 516).

–       Mentalmente figúrate la Pasión de Jesús como un mar de dolor y un mar de amor. Igual que el agua del mar que es a la vez salada y a la vez fresca para los días de calor.

–       Piensa en todo lo que Jesús debió sufrir en sus horas de Pasión. Pero piensa también cuánto amor había en su corazón. «Con verdadero deseo he deseado que llegase esta hora». El dolor lo ponen los hombres y lo sufre Él. Pero el amor lo pone Jesús y lo sientes tú. Imagínate cómo ardería su corazón en ganas de expresarte y manifestarte todo el amor que el Padre tiene por ti.

–        Pídele con paz: «Jesús, enséñame a descubrir ese fondo de tu dolor y de tu amor». Pídele que te enseñe a sentir y creer de verdad que nadie te ha amado tanto como Él.

–        Sumérgete en ese mar de dolor y de amor como si te echases al mar en un día caluroso de verano. Métete en ese dolor como si tú mismo lo sintieses, parecido a lo que sucede cuando metes el dedo o la mano en agua hirviendo. Y métete también en ese inmenso amor y siéntete todo rodeado del cariño de Dios.

–        Haz tuyos sus sufrimientos. Y haz tuyo todo su cariño, toda su ternura y todo su amor. Trata de sentirte amado por Él como se sintió Pedro después de negarlo y sus ojos tropezaron con la mirada tierna de Jesús que le llegó hasta el fondo del alma.

–        Sumérgete también en el dolor de cada hombre, mujer, niño, joven o anciano. Acércate al dolor de los demás. ¿Quieres imaginarte a ti como uno de ellos? ¿Como un necesitado como ellos? ¿Vestido de andrajos como ellos? ¿Cómo te sientes viviendo en esa condición casi inhumana?

–       Y ahora la pesca: ¿qué sentimiento más te ha impresionado? ¿Qué actitud de Jesús más ha tocado tu corazón? Y como quien lleva los peces pescados a casa, lleva dentro de ti esos sentimientos para vivirlos durante el día. Llévate también contigo a lo largo del día éste o aquel sufrimiento de alguno de tus hermanos….

Termina dándole gracias por lo que sufrió por ti y por todo el amor con que te amó y te sigue amando.

Método «coloquial»

«Sí no puede meditar en la Pasión de Jesús, hable de ella con Él, con algún coloquio amoroso» (San Pablo de la Cruz, L I, 401).

1      Comienza como siempre creando un clima de paz, de serenidad, de tranquilidad y de fe, dentro de tu corazón.

2      Aviva tu corazón en actitud de fe, de admiración, adoración y reverencia hacia Dios…

Pero sobre todo, aviva la experiencia paternal de Dios y tu condición filial: Él es tu padre y tú su hijo.

3      Haz una breve oración pidiéndole que sea Él mismo quien te enseñe a descubrir el misterio de su amor revelado y manifestado en el dolor de su Pasión y Muerte.

4      Y como el hijo pequeño que se deja guiar por la mano de su madre y que pregunta de todo, siente que le agarras la mano a Jesús y pídele que Él te vaya guiando, que sea Él quien te responda. Se trata de una breve meditación en la que tú preguntas y dejas que Él sea el que responde:

– Señor, ¿qué es lo que más te dolió durante las horas de tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿qué actitud humana más te dolió y repugnó durante tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿qué dolor físico fue el que más te hizo sufrir?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿en qué momento te sentiste más solo y abandonado de todos?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿en qué momento me tuviste más presente en tu corazón?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿qué es lo que hoy más te duele en la vida de mis hermanos? ¿Qué es lo que hoy te sigue haciendo sufrir en la vida de tantos hombres y mujeres? ¿Qué es lo que más hiere tu corazón en mi vida; por ejemplo en mi trato con los demás?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿cuál de los personajes de la Pasión te causó más dolor? ¿Judas, Pedro, Caifás, Pilato, Herodes…?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿en qué personaje me viste más retratado a mí en tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

6      Luego desahoga tus sentimientos con Él…

– sentimientos de compañía,

– sentimientos de pena,

– sentimientos de amor hacia Él,

– sentimientos de agradecimiento,

–  sentimientos de decisión de cambiar tu vida…

Jaculatoria para el día:

Puedes convertir en jaculatoria cualquiera de los sentimientos que has tenido o has visto en Jesús.

O puedes repetir:

«Que la Pasión santísima de Jesús esté impresa y grabada siempre en mi corazón».

Método «esconderse en las llagas de Jesús»

“Procure permanecer escondido en las llagas santísimas de Jesús, que será enriquecido de todo bien y de toda verdadera luz, para volar hacia la perfección según su estado» (San Pablo de la Cruz, 1, 558).

 

1      Esta meditación puedes comenzarla poniendo primero paz en tu espíritu, reconociendo humildemente tu pobreza espiritual, y la poca fidelidad que tienes a las exigencias del amor de Dios.

2      Luego, pon tus ojos y los ojos de tu corazón en el Crucificado. Y contempla todas las llagas de su cuerpo entregado y maltratado colgado de la Cruz:

–  anda repasando con tu mirada cada una de sus heridas,

– hazlo despacio identificándote con cada una de ellas,

– repasa luego las cinco llagas: las de sus manos y las de sus pies, y la llaga del costado.

3      Contempla cada llaga como si cada una tuviese un letrero: Amor. Así ama Dios.

4     Y después quédate mirando la gran llaga, la del costado, por la que puedes meterte hasta el corazón mismo de Jesús:

–        métete en esa llaga abierta hasta el fondo,

–        siente dentro el calor del corazón de Jesús,

–        siéntete amado por Él,

–        siéntete acogido por Él,

–        siente la seguridad de ese refugio amoroso del Corazón de Dios.

5      Vive ahí dentro como si fuese tu propia casa. Siéntete a gusto ahí dentro.

6      Contempla también a Jesús llagado en su cuerpo místico: en tantos hermanos nuestros que pecan y así lo hieren más y más. Intenta tocar a ese Jesús adolorido que tantas veces se cruza en tu camino.

7      Es el momento de sentirse bañado por la Sangre que mana del costado de Jesús…

– sentir que de ahí dentro nació la Iglesia…

– bebe a gusto en la fuente misma de la Iglesia,

– reaviva tu fe en la Iglesia,

– siéntete tú mismo Iglesia.

Es también el momento de meter en las llagas de Jesús a los enfermos, a los ancianos, a los que sufren soledad, a los que viven pidiendo limosna y sienten el rechazo de la sociedad; para que sepan que están compartiendo la Cruz de Cristo y que, por eso, son privilegiados, pues así lo ayudan a salvar personas.

Haz la prueba de ir metiendo en la llaga del costado a los privilegiados que se hacen víctimas con Él: cada una de las personas necesitadas, pobres, enfermas…

8      Vivencia para el día, repite con frecuencia:

Señor:

–  Cuando me sienta solo, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando esté triste, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando esté sufriendo, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando me sienta incomprendido, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando sienta que te he ofendido, en tus llagas, escóndeme.

–  Cuando sienta miedo de acercarme a Ti, en tus llagas, escóndeme.

–  ¡Gracias por hacerme uno contigo!

Señor:

– Cuando mis hermanos sientan la desesperanza, en tus llagas, escóndelos.

–  Cuando mis hermanos sientan la frialdad de los demás, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la dureza de la pobreza, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la inseguridad del futuro, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la injusticia social, en tus llagas, escóndelos.

– Que sepan que todas sus cruces son participación de tu vida divina, y así se hacen uno contigo.

Método «ofrecimiento de la Pasión»

«Ofrezca al Padre la Pasión de su divino Hijo, dígale que si el mundo no merece esta visita de tanta misericordia, lo merece en cambio Jesús. Dígaselo, háblele con claridad, pero con suma reverencia… pues el mundo vive olvidado de las penas de Jesús, que son el milagro de los milagros del amor de Dios» (San Pablo de la Cruz L II, 499).

1      Comienza la meditación poniéndote en la presencia de Dios que ve y mira tu corazón.

2      Luego, contempla el mundo que te rodea.

–        ¿Qué importancia dan a Dios los hombres que conoces en torno tuyo?

–        ¿Qué importancia dan a la Pasión y Muerte de Jesús las personas con las que vives y las que viven en tu entorno?

–        Trata de sentir pena por el olvido de Dios en el corazón de tanta gente: el olvido de su amor, el olvido de lo que ha sufrido por nosotros.

3     Contemplando a Jesús crucificado y muerto en la Cruz, celebra como una especie de Misa en tu corazón:

–        extiende tus manos abiertas y míralas,

–        imagínate que tus manos son como la patena y el cáliz de la Misa,

–        en ellas pon el Cuerpo roto de Jesús y su preciosa Sangre,

–        ofréceselos al Padre:

«Padre, me duele el olvido en que te tiene el mundo. Padre, me duele que el mundo no crea en tu amor. Padre, me duele que el mundo no se deje amar por tu Amor crucificado.»

«Yo no tengo nada que ofrecerte, sino mis propios olvidos. Porque también yo me he olvidado demasiado de que Tú me amas. Pero

–        te ofrezco la Cruz de Jesús,

–        te ofrezco la Pasión santísima de Jesús,

–        te ofrezco la Muerte de Jesús,

–        te ofrezco a Jesús mismo, tu Hijo, al que Tú entregaste por nosotros.»

4      Quédate así un rato, mientras tu espíritu se sienta a gusto. Piensa que es Jesús mismo que se ofrece en tus manos al Padre. Piensa que eres como un sacerdote para el mundo desde cuyas manos ofreces al Padre todo el amor que Él mismo te ha manifestado en Jesús crucificado.

5      Siente que en tus manos tienes el «milagro de los milagros del amor de Dios» y que como no tienes nada tuyo que ofrecerle, lo ofreces a Él mismo.

6      Mantente así el tiempo que necesites, sin prisas, sintiendo dentro de ti esa doble experiencia: el corazón de los hombres y el corazón de Jesús Crucificado. El olvido de los hombres y las ganas de Dios de manifestarles su amor.

7      A lo largo del día, mira con frecuencia tus manos en las que le has ofrecido a Dios la Pasión y Muerte de Jesús…

8      A lo largo del día piensa que unas manos que han ofrecido la Pasión y Muerte de Jesús, no pueden ser manos que hieran a los demás, sino manos que expresen amor a los demás.

 

Método «descansar sobre la Cruz»

«Ea, pues, repose en paz sobre la cruz, duérmase, con sueño de fe y de amor en el corazón de Jesús crucificado; padezca, calle y cante espiritualmente. «Yo no me gloriaré en otra cosa, sino en la cruz de mi dulce Salvador» (San Pablo de la Cruz L. II, 719; Gal 6,14).

1      Puedes comenzar ambientándote con la lectura de la crucifixión. Llegados al Calvario, lo desnudan de sus vestidos y lo tienden de espaldas sobre el madero de la Cruz. Y le clavan con clavos las manos y los pies.

2      Quédate unos momentos en silencio contemplando con los ojos de tu corazón la escena de la crucifixión. Deja que tu corazón se empape bien.

3      Luego, trata suavemente de meterte en el corazón de Jesús para escuchar con los oídos de tu corazón lo que Él siente en esos momentos.

Jesús cansado y agotado del camino del Calvario encuentra como única cama de descanso los maderos de una Cruz.

4      Unido espiritualmente a Jesús, pídele que, por unos momentos, te deje a ti echarte sobre su Cruz.

– Imagínate tumbado sobre la Cruz de Jesús.

–  Descansa unos instantes sobre ella, en silencio.

–  No te muevas, intenta sentir la dureza del madero, pero intenta también sentir la serenidad, la paz, el amor de Jesús en tu corazón.

5      Piensa que tus sufrimientos son una cruz como la de Jesús.

–  Échate suavemente sobre esa cruz de tu vida, trata de sentirla.

– Piensa en la Cruz de Jesús y piensa en la tuya… ¿a cuál de las dos la ves más dura y dolorosa?

6      Trata de descansar sobre la Cruz de Jesús… y luego trata de descansar sobre tu propia cruz.

7      Mírala con ojos de fe: no en lo que tiene de dolor, sino en lo que significa de amor. No la veas como un castigo que tienes que sufrir. Por el contrario, intenta verla como la cruz en la que también tú estás llamado a morir por los demás. Haz de tu cruz una oportunidad para ofrecer tus sufrimientos: por la Iglesia, por los que viven alejados de Dios, por la santidad de los tuyos y tu propia santidad.

8     Piensa que Jesús no hizo su cruz. Se la hicieron otros. Y otros lo clavaron a ella. Abre los ojos del corazón para contemplar a tantos hermanos tuyos clavados en tantas cruces de dolor, pobreza, desesperanza…; tampoco ellos se han construido su cruz. ¿Cuántas cruces he labrado yo para crucificar a mis hermanos?

9      Toma una decisión: Durante el día no quejarte de tus sufrimientos, sino callar e incluso darle gracias a Jesús que te permite parecerte a Él y hacer algo por los demás.

Jaculatoria para el día:

«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos que, por tu santa Cruz, redimiste al mundo».

Método «beber del cáliz de Jesús»

«Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 42).

«… beba dulcemente del cáliz que le ofrece Jesús, pues, si bien es amargo al sentido, sin embargo es agradable al espíritu, porque lo enriquece de modo extraordinario» (San Pablo de la Cruz L. 1, 299).

–        Comienza imaginándote a Jesús, postrado en tierra, la noche de Getsemaní. Casi desfallecido, sin fuerzas, con el alma llena de tristeza.

–        Escucha el grito de su oración al Padre y que brota de la soledad de su corazón «si quieres, aparta de mí este cáliz»… Aparta de mí mi Pasión. Aparta de mí mi condena. Aparta de mí la Cruz. Aparta de mí la muerte.

–        Entra en su corazón que siente el mismo rechazo que cualquiera al dolor, el sufrimiento, los desprecios y la muerte. Fíjate bien que es una oración hecha grito, hecha de dolor y angustia, aunque también de confianza y seguridad en el Padre.

–       Haz que tu corazón escuche callado la actitud de obediencia filial a lo que instintivamente repugna… «que no se haga mi voluntad, sino lo que tú quieres».

–       Únete a Jesús así caído y piensa desde tu corazón en tantos hermanos que también hoy gritan al Padre su propia angustia, su tristeza, sus miedos de cada día; y saca el propósito de enseñarles a todos la sabiduría de la Cruz: que unidos a las penas de Jesús ayudarán a cada hombre y mujer.

–       Jesús llama a su Pasión «cáliz, copa». Como si toda su Pasión estuviese metida en un vaso y que Él mismo tiene que tomar en sus manos y acercarlo a sus labios y beberlo.

–       Durante unos momentos, en silencio, deja que tu corazón se compenetre con esa angustia y rechazo que siente Jesús. No hables palabras. Trata de sentir en ti lo que Él sentía y experimentaba. Y dile que no quieres dejarlo solo: que eres tú quien se merece todo ese sufrimiento.

–       Luego, entra dentro de ti mismo. Imagínate que tienes en tus manos un vaso grande. Ve metiendo en él todos tus sufrimientos, frustraciones, insatisfacciones, desilusiones. Llénalo con todo aquello que tú estás rechazando ahora mismo en tu vida. Lo que más te duele. Lo que más te hace sentir miedo de cara al futuro.

–       ¿Sientes ganas de tomarlo? ¿Sientes ganas de beberlo entero o más bien tu corazón protesta, grita y hasta se desespera?

–        Mirando fijamente a Jesús, ¿qué cosas quisieras decirle también tú hoy a Dios? ¿Que te disculpe de beber y tragarte tus sufrimientos?

–        Mejor si comienzas por contemplar a Jesús de nuevo. ¿Te atreverías a pedirle que te dé ese cáliz de su Pasión, que tú estás dispuesto a beberlo por Él, en vez de Él? ¿Te atreves ahora a quejarte de que Dios no te oye, no te escucha, no te ama? ¿Te atreverías a beber el cáliz del sufrimiento por todos esos hombres, mujeres y niños que a diario contemplas en los noticiarios de la televisión?

–        ¿Por qué no echas tus propios sufrimientos corporales, afectivos, emocionales, morales y espirituales en el mismo cáliz de la Pasión de Jesús? ¿No crees que si bebes tu propio cáliz en el cáliz de la Pasión tu propia pasión tendía otro sentido?

–        Comprométete a ir bebiendo a sorbitos a lo largo del día el cáliz de su Pasión y de tu pasión, diciendo con frecuencia: «Padre, quita de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad, que se haga tu voluntad, que se haga tu voluntad».

Método «mi gota de sufrimiento»

«Arroje esa pequeña gota de su padecer en el mar inmenso de los padecimientos de Jesús. Y así verá cómo su alma, toda embriagada de amor, quedará sumergida totalmente en el puro amor y el puro padecer, viéndose penetrada interior y exteriormente» (San Pablo de la Cruz L. 1, 299).

1      Como siempre, comienza por ponerte delante de Cristo Crucificado, tratando de hacer silencio interior lleno de fe. Renuncia a tus ideas, a lo que sientes y ponte en desnudez, espiritual en su presencia.

2      Lee alguno de los pasajes de los relatos de la Pasión de Jesús, cualquiera, el que mejor se adapte a tu estado en ese momento.

3      O bien, échale una mirada a Jesús colgado de la Cruz, contemplando lo que Él sufre. Y deseando completar sus sufrimientos…

4      Imagínate estar junto al mar, la inmensidad de las aguas.

Haz la prueba de echar una gotita de agua en el mar:

– ¿Puedes encontrarla ahora?

– ¿Sabes dónde está?

– ¿Puedes recogerla?

5      Esa gotita de agua se ha perdido en la inmensidad del mar.

Ya no existe porque ha quedado absorbida por el agua del mar.

Ya ha adquirido el sabor del agua del mar. Es tan pequeña, comparada con la grandeza del mar, que prácticamente resulta insignificante.

6      ¿Verdad que te quejas y lamentas de todo lo que te pasa? ¿Quisieras comparar tus sufrimientos con los de Jesús?

7      Tú estás sufriendo.

Cuéntale a Jesús todos esos sufrimientos que en estos momentos atormentan tu cuerpo o tu espíritu.

–  Arrójalos en el mar de los sufrimientos de Jesús en su Pasión.

–  ¿Crees que los podrás encontrar? ¿No se parecerán a la gota de agua que has echado en el mar?

–  Piensa que lo mismo que la gota de agua, también tus sufrimientos han quedado perdidos y absorbidos por los sufrimientos de Jesús.

– Piensa que también esos sufrimientos tuyos, arrojados en el mar de los sufrimientos de Jesús, ya no tienen sabor propio, también ellos tienen ya el sabor de los dolores de Jesús. Ahora están unidos místicamente a los suyos y tienen una grandísima eficacia: le devuelven la gloria que le quitamos a Dios-Padre con nuestros pecados, lo ayudan a salvar y a santificar a mucha gente y así se va construyendo su Reino de amor en los corazones de los hombres.

9      Medita callado en tu corazón:

– Todavía siento que nadie sufre tanto como yo…

– me rebelo porque todo me sale mal y Dios me tiene dejado de su mano….

– pero, al ver ahora mis sufrimientos perdidos en el mar de sufrimientos de Jesús, ¿podré quejarme? Y al ver mi gota en el mar de dolor de mis hermanos, ¿podré quejarme contra Dios?

10 Procura sentir en ti los mismos sentimientos de Jesús en sus padecimientos de la Pasión… Mira su anhelo por salvar a todos…

– Identifícate interiormente con ellos. Y ahora déjate perder a ti mismo en un mismo dolor: el tuyo y el de Jesús.

– Ama tu condición dolorosa como Jesús amaba la suya. Ámalo a Él sintiéndote amado por Él, sintiéndote así identificado con Él interior y exteriormente. Y serás eficaz.

11 A lo largo del día, ofrécele tu padecer unido al suyo, ofrécele los sufrimientos que Él padeció y en ellos, como gota en el mar de su dolor, ofrécele los tuyos. Trata de vivir identificado a Él por dentro, en tus sentimientos, y por fuera, en tus padecimientos.

Método «el ramillete»

«Mi Amado es para mí una bolsita de mirra… mi Amado es para mí un ramillete de nardos» (Ct 1,1214).

«Haga un ramillete de las penas de Jesús y guárdelo en el fondo de su corazón, y de vez en cuando haga memoria amorosa y dolorosa con dulces palabras» (San Pablo de la Cruz, L I, 108).

«Lleve en su corazón un ramillete de las penas de Jesús y de los dolores de María» (San Pablo de la Cruz, L I, 99).

Los que se pasean por un bello jardín no salen de él a gusto si no se llevan entre las manos algunas flores para olerlas y guardárselas durante el día.

Así nosotros, al leer o meditar la Pasión de Cristo es gratificante que escojamos algunas palabras, pensamientos o hechos que nos hayan impactado más, y formemos con ellos un ramillete, para guardarlo y olerlo espiritualmente durante el día. Es el ramillete de las penas de Jesús.

De los consejos de San Pablo de la Cruz se desprenden los siguientes movimientos:

– Haz un ramillete de las penas de Jesús (escribe): espinas, clavos, desprecios, llagas, etc.

– Guarda el escrito (ramillete) junto al corazón; expresa sentimientos de amor, recuerda las penas de Jesús, piensa en ellas durante el día…

– Haz actos de amor y dolor, de acción de gracias.

– Ofrece frecuentemente este ramillete a Dios Padre por las necesidades que el Espíritu de Dios te inspire en cada momento: la salvación de todos los hombres, la santificación de cada uno de los miembros la Iglesia, la honra y gloria de Dios…

– Ten libertad para hacerlo como el Espíritu Santo te inspire, sin esfuerzos de cabeza, sin fórmulas aprendidas de memoria, con paz, con amor, espontáneamente.

Aplicación:

Añade al ramillete tus penas, las de tus familiares y las del prójimo. Lo importante es que hagas memoria de Jesús encarnado en la naturaleza sufriente, para pagar nuestras culpas. Lo importante es que tengas “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5), y te acerques al pueblo que sufre, para enseñarle a darle sentido cristiano al sufrimiento, a ser otros Cristos, el mismo Cristo.

Compromiso

Tener junto a mí el ramillete de las penas de Jesús me mueve a hacer actos de fe, esperanza y caridad, de unión mística con Él, sufriendo con Él, por Él y en Él, y ofreciéndolo por la gloria de su Padre, la salvación de todos los hombres y mujeres del mundo y la santificación de los bautizados, únicas metas por las que vale la pena vivir y morir.

Selección adaptada del folleto: Métodos fáciles para meditar 

Clemente Sobrado, pasionista

Congregación de la Pasión de Jesucristo (PASIONISTAS)

Colombia

 

Nihil obstat:

P. Pío Zarrabe C. P. Vicario Regional l-IX-1994

Puede Imprimirse:

Mons. Augusto Vargas Alzamora, Arzobispo de Lima. 7-IX-1994

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Adoración a las cinco llagas*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 6, 2010

 

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro. En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Adoramos, Señor, la llaga de tu mano izquierda, y te pedimos la gracia de nunca ofenderte con nuestras manos. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Adoramos, Señor, la llaga de tu mano derecha, y te pedimos por ella que nos concedas la gracia de ha­cer siempre buenas obras. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Adoramos, Señor, la llaga de tu pie izquierdo, y te pedimos por ella la gracia de evitar toda mala com­pañía y todo cuanto pueda arrebatarnos la inocen-cia. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Adoramos, Señor, la llaga de tu pie derecho, y te pedimos la gracia de andar siempre por el camino de la vida eterna. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Adoramos, Señor, la llaga de tu sacratísimo costado, y te pedimos por ella la gracia de hallar siempre en él seguro refugio contra las tentaciones y asaltos del enemigo. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Ant. Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios lo exaltó y le dio un Nombre sobre todo nombre.

Oración

Mira con piedad, Señor, te rogamos, a esta familia tuya, por la que nuestro Señor Jesucristo no vaciló en entregarse a las manos de sus verdugos y en padecer el tormento de la Cruz, quien vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén

Te pido, Señor mío Jesucristo, que tu pasión sea para mí fuerza que me sostenga, proteja y defienda; tus llagas, comida y bebida que me alimente, em­briague y deleite; la aspersión de tu sangre, salva­ción de todos mis pecados; tu muerte, vida indefi­ciente; y tu cruz, gloria sempiterna; tenga yo en ellos mi sustento, mi alegría, mi salud y la dulzura de mi corazón, tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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El sufrimiento y la muerte

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 27, 2010

¿CONDICIÓN NATURAL DEL HOMBRE O CONSECUENCIA DEL PECADO ORIGINAL?

 

¿Cuál es la posición oficial de la Iglesia Católica?

El Catecismo de la Iglesia Católica, al tratar el tema del estado original del ser humano (antes del pecado original), es específico y claro al respecto:

Nº 376: Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir (Gn 2,16-17; 3, 19) ni sufrir (Gn 3, 16).

Esta doctrina está en las Sagradas Escrituras, como lo demuestran las citas bíblicas anotadas por el mismo nº 376 del Catecismo:

Y Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás.”  (Gn 2,16-17)

Nº 400: la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (cf. Gn 2, 17), se realizará: el hombre “volverá al polvo del que fue formado” (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad. (cf. Rm 5,12).

Y es tras el pecado original, cuando la Palabra de Dios habla de la muerte como castigo:

 “Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…” (Rm 5,12).

Volvamos al Catecismo:

Nº 403: Siguiendo a S. Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán

Nº 405: Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte.

El siguiente número del Catecismo es contundente:

Nº 1008: La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2, 17; 3, 3; 3, 19; Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2, 23-24). “La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado” (GS 18),

Como se ve en las citas de este número del Catecismo, no solo esta doctrina está en la Biblia, sino que la Iglesia se ha pronunciado específicamente respecto de la muerte como consecuencia del pecado.

Tampoco antes existía el dolor, como lo cita el nº 376:

A la mujer le dijo: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos.” (Gn 3, 16)

Y cuando el Catecismo habla del enfermo ante Dios, afirma:

Nº 1502: Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado.

Desde el punto de vista lógico, era evidente: ¿Se puede concebir a un Dios que hiciera al hombre sufriente, propenso a la enfermedad y mortal? No sería infinitamente misericordioso, ni siquiera bueno; y por lo tanto no sería Dios.

Se ha enseñado, por otra parte, que el hombre sufre y muere porque no es Dios. ¿Acaso toda criatura debe sufrir y morir? ¿Sufren y mueren otras criaturas, como los ángeles? ¿Sufren las plantas que son también criaturas?

Y, en el caso del ser humano, no solamente no se creó con la idea de que sufriera y muriera sino que, por el contrario, fue hecho santo, para hacerse como Dios:

Nº 398: El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente “divinizado” por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso “ser como Dios.” (cf. Gn 3, 5)

Nº 399: Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original (cf. Rm 3,23).

Tampoco debemos afirmar que la enfermedad es producida por el desgaste natural del organismo. Los médicos saben que todas las enfermedades tienes otras etiologías (causas u orígenes); saben que el desgaste del organismo puede facilitarlas pero no producirlas.

¿Acaso no se enferman también los niños?

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Salvifici doloris*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 24, 2010

CARTA APOSTÓLICA

SALVIFICI DOLORIS

DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS, SACERDOTES,
FAMILIAS RELIGIOSAS
Y FIELES DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE EL SENTIDO CRISTIANO
DEL SUFRIMIENTO HUMANO

Venerables Hermanos en el episcopado,
queridos hermanos y hermanas en Cristo:

INTRODUCCIÓN

1. « Suplo en mi carne —dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento— lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia ».(1)

Estas palabras parecen encontrarse al final del largo camino por el que discurre el sufrimiento presente en la historia del hombre e iluminado por la palabra de Dios. Ellas tienen el valor casi de un descubrimiento definitivo que va acompañado de alegría; por ello el Apóstol escribe: « Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros ».(2) La alegría deriva del descubrimiento del sentido del sufrimiento; tal descubrimiento, aunque participa en él de modo personalísimo Pablo de Tarso que escribe estas palabras, es a la vez válido para los demás. El Apóstol comunica el propio descubrimiento y goza por todos aquellos a quienes puede ayudar —como le ayudó a él mismo— a penetrar en el sentido salvífico del sufrimiento.

2. El tema del sufrimiento —precisamente bajo el aspecto de este sentido salvífico— parece estar profundamente inserto en el contexto del Año de la Redención como Jubileo extraordinario de la Iglesia; también esta circunstancia depone directamente en favor de la atención que debe prestarse a ello precisamente durante este período. Con independencia de este hecho, es un tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de la geografía. En cierto sentido coexiste con él en el mundo y por ello hay que volver sobre él constantemente. Aunque San Pablo ha escrito en la carta a los Romanos que « la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto »;(3) aunque el hombre conoce bien y tiene presentes los sufrimientos del mundo animal, sin embargo lo que expresamos con la palabra « sufrimiento » parece ser particularmente esencial a la naturaleza del hombre. Ello es tan profundo como el hombre, precisamente porque manifiesta a su manera la profundidad propia del hombre y de algún modo la supera. El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido « destinado » a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo.

3. Si el tema del sufrimiento debe ser afrontado de manera particular en el contexto del Año de la Redención, esto sucede ante todo porque la redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante su sufrimiento. Y al mismo tiempo, en el Año de la Redención pensamos de nuevo en la verdad expresada en la Encíclica Redemptor hominis: en Cristo « cada hombre se convierte en camino de la Iglesia ».(4) Se puede decir que el hombre se convierte de modo particular en camino de la Iglesia, cuando en su vida entra el sufrimiento. Esto sucede, como es sabido, en diversos momentos de la vida; se realiza de maneras diferentes; asume dimensiones diversas; sin embargo, de una forma o de otra, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable de la existencia terrena del hombre.

Dado pues que el hombre, a través de su vida terrena, camino en un modo o en otro por el camino del sufrimiento, la Iglesia debería —en todo tiempo, y quizá especialmente en el Año de la Redención— encontrarse con el hombre precisamente en este camino. La Iglesia, que nace del misterio de la redención en la cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular en el camino de su sufrimiento. En tal encuentro el hombre « se convierte en el camino de la Iglesia », y es este uno de los caminos más importantes.

4. De aquí deriva también esta reflexión, precisamente en el Año de la Redención: la reflexión sobre el sufrimiento. El sufrimiento humano suscita compasión, suscita también respeto, y a su manera atemoriza. En efecto, en él está contenida la grandeza de un misterio específico. Este particular respeto por todo sufrimiento humano debe ser puesto al principio de cuanto será expuesto a continuación desde la más profunda necesidad del corazón, y también desde el profundo imperativo de la fe. En el tema del sufrimiento, estos dos motivos parecen acercarse particularmente y unirse entre sí: la necesidad del corazón nos manda vencer la timidez, y el imperativo de la fe —formulado, por ejemplo, en las palabras de San Pablo recordadas al principio— brinda el contenido, en nombre y en virtud del cual osamos tocar lo que parece en todo hombre algo tan intangible; porque el hombre, en su sufrimiento, es un misterio intangible.

II

EL MUNDO DEL SUFRIMIENTO HUMANO

5. Aunque en su dimensión subjetiva, como hecho personal, encerrado en el concreto e irrepetible interior del hombre, el sufrimiento parece casi inefable e intransferible, quizá al mismo tiempo ninguna otra cosa exige —en su « realidad objetiva »— ser tratada, meditada, concebida en la forma de un explícito problema; y exige que en torno a él hagan preguntas de fondo y se busquen respuestas. Como se ve, no se trata aquí solamente de dar una descripción del sufrimiento. Hay otros criterios, que van más allá de la esfera de la descripción y que hemos de tener en cuenta, cuando queremos penetrar en el mundo del sufrimiento humano.

Puede ser que la medicina, en cuanto ciencia y a la vez arte de curar, descubra en el vasto terreno del sufrimiento del hombre el sector más conocido, el identificado con mayor precisión y relativamente más compensado por los métodos del « reaccionar » (es decir, de la terapéutica). Sin embargo, éste es sólo un sector. El terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma. Una cierta idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral. Esta distinción toma como fundamento la doble dimensión del ser humano, e indica el elemento corporal y espiritual como el inmediato o directo sujeto del sufrimiento. Aunque se puedan usar como sinónimos, hasta un cierto punto, las palabras « sufrimiento » y « dolor », el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera « duele el cuerpo », mientras que el sufrimiento moral es « dolor del alma ». Se trata, en efecto, del dolor de tipo espiritual, y no sólo de la dimensión « psíquica » del dolor que acompaña tanto el sufrimiento moral como el físico. La extensión y la multiformidad del sufrimiento moral no son ciertamente menores que las del físico; pero a la vez aquél aparece como menos identificado y menos alcanzable por la terapéutica.

6. La Sagrada Escritura es un gran libro sobre el sufrimiento. De los libros del Antiguo Testamento mencionaremos sólo algunos ejemplos de situaciones que llevan el signo del sufrimiento, ante todo moral: el peligro de muerte,(5) la muerte de los propios hijos,(6) y especialmente la muerte del hijo primogénito y único.(7) También la falta de prole,(8) la nostalgia de la patria,(9) la persecución y hostilidad del ambiente,(10) el escarnio y la irrisión hacia quien sufre,(11) la soledad y el abandono.(12) Y otros más, como el remordimiento de conciencia,(13) la dificultad en comprender por qué los malos prosperan y los justos sufren,(14) la infidelidad e ingratitud por parte de amigos y vecinos,(15) las desventuras de la propia nación.(l6)

El Antiguo Testamento, tratando al hombre como un « conjunto » psicofísico, une con frecuencia los sufrimientos « morales » con el dolor de determinadas partes del organismo: de los huesos,(17) de los riñones,(18) del hígado,(19) de las vísceras,(20) del corazón.(21) En efecto, no se puede negar que los sufrimientos morales tienen también una parte « física » o somática, y que con frecuencia se reflejan en el estado general del organismo.

7. Como se ve a través de los ejemplos aducidos, en la Sagrada Escritura encontramos un vasto elenco de situaciones dolorosas para el hombre por diversos motivos. Este elenco diversificado no agota ciertamente todo lo que sobre el sufrimiento ha dicho ya y repite constantemente el libro de la historia del hombre (éste es más bien un «libro no escrito»), y más todavía el libro de la historia de la humanidad, leído a través de la historia de cada hombre.

Se puede decir que el hombre sufre, cuando experimenta cualquier mal. En el vocabulario del Antiguo Testamento, la relación entre sufrimiento y mal se pone en evidencia como identidad. Aquel vocabulario, en efecto, no poseía una palabra específica para indicar el «sufrimiento»; por ello definía como «mal» todo aquello que era sufrimiento.(22) Solamente la lengua griega y con ella el Nuevo Testamento (y las versiones griegas del Antiguo) se sirven del verbo «pas*¥ = estoy afectado por…, experimento una sensación, sufro», y gracias a él el sufrimiento no es directamente identificable con el mal (objetivo), sino que expresa una situación en la que el hombre prueba el mal, y probándolo, se hace sujeto de sufrimiento. Este, en verdad, tiene a la vez carácter activo y pasivo (de « patior »). Incluso cuando el hombre se procura por sí mismo un sufrimiento, cuando es el autor del mismo, ese sufrimiento queda como algo pasivo en su esencia metafísica.

Sin embargo, esto no quiere decir que el sufrimiento en sentido psicológico no esté marcado por una « actividad » específica. Esta es, efectivamente, aquella múltiple y subjetivamente diferenciada « actividad » de dolor, de tristeza, de desilusión, de abatimiento o hasta de desesperación, según la intensidad del sufrimiento, de su profundidad o indirectamente según toda la estructura del sujeto que sufre y de su específica sensibilidad. Dentro de lo que constituye la forma psicológica del sufrimiento, se halla siempre una experiencia de mal, a causa del cual el hombre sufre.

Así pues, la realidad del sufrimiento pone una pregunta sobre la esencia del mal: ¿qué es el mal?

Esta pregunta parece inseparable, en cierto sentido, del tema del sufrimiento. La respuesta cristiana a esa pregunta es distinta de la que dan algunas tradiciones culturales y religiosas, que creen que la existencia es un mal del cual hay que liberarse. El cristianismo proclama el esencial bien de la existencia y el bien de lo que existe, profesa la bondad del Creador y proclama el bien de las criaturas. El hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta, limitación o distorsión del bien. Se podría decir que el hombre sufre a causa de un bien del que él no participa, del cual es en cierto modo excluido o del que él mismo se ha privado. Sufre en particular cuando « debería » tener parte —en circunstancias normales— en este bien y no lo tiene.

Así pues, en el concepto cristiano la realidad del sufrimiento se explica por medio del mal que está siempre referido, de algún modo, a un bien.

8. El sufrimiento humano constituye en sí mismo casi un específico « mundo » que existe junto con el hombre, que aparece en él y pasa, o a veces no pasa, pero se consolida y se profundiza en él. Este mundo del sufrimiento, dividido en muchos y muy numerosos sujetos, existe casi en la dispersión. Cada hombre, mediante su sufrimiento personal, constituye no sólo una pequeña parte de ese « mundo », sino que a la vez aquel « mundo » está en él como una entidad finita e irrepetible. Unida a ello está, sin embargo, la dimensión interpersonal y social. El mundo del sufrimiento posee como una cierta compactibilidad propia. Los hombres que sufren se hacen semejantes entre sí a través de la analogía de la situación, la prueba del destino o mediante la necesidad de comprensión y atenciones; quizá sobre todo mediante la persistente pregunta acerca del sentido de tal situación. Por ello, aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión, al mismo tiempo contiene en sí un singular desafío a la comunión y la solidaridad. Trataremos de seguir también esa llamada en estas reflexiones.

Pensando en el mundo del sufrimiento en su sentido personal y a la vez colectivo, no es posible, finalmente, dejar de notar que tal mundo, en algunos períodos de tiempo y en algunos espacios de la existencia humana, parece que se hace particularmente denso. Esto sucede, por ejemplo, en casos de calamidades naturales, de epidemias, de catástrofes y cataclismos o de diversos flagelos sociales. Pensemos, por ejemplo, en el caso de una mala cosecha y, como consecuencia del mismo —o de otras diversas causas—, en el drama del hambre.

Pensemos, finalmente, en la guerra. Hablo de ella de modo especial. Habla de las dos últimas guerras mundiales, de las que la segunda ha traído consigo un cúmulo todavía mayor de muerte y un pesado acervo de sufrimientos humanos. A su vez, la segunda mitad de nuestro siglo —como en proporción con los errores y trasgresiones de nuestra civilización contemporánea— lleva en sí una amenaza tan horrible de guerra nuclear, que no podemos pensar en este período sino en términos de un incomparable acumularse de sufrimientos, hasta llegar a la posible autodestrucción de la humanidad. De esta manera ese mundo de sufrimiento, que en definitiva tiene su sujeto en cada hombre, parece transformarse en nuestra época —quizá más que en cualquier otro momento— en un particular « sufrimiento del mundo »; del mundo que ha sido transformado, como nunca antes, por el progreso realizado por el hombre y que, a la vez, está en peligro más que nunca, a causa de los errores y culpas del hombre.

III

A LA BÚSQUEDA DE UNA RESPUESTA
A LA PREGUNTA SOBRE EL SENTIDO
DEL SUFRIMIENTO

9. Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. Esta no sólo acompaña el sufrimiento humano, sino que parece determinar incluso el contenido humano, eso por lo que el sufrimiento es propiamente sufrimiento humano.

Obviamente el dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los animales. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué; y sufre de manera humanamente aún más profunda, si no encuentra una respuesta satisfactoria. Esta es una pregunta difícil, como lo es otra, muy afín, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo? Cuando ponemos la pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.

Ambas preguntas son difíciles cuando las hace el hombre al hombre, los hombres a los hombres, como también cuando el hombre las hace a Dios. En efecto, el hombre no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios como Creador y Señor del mundo.

Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios. En efecto, si la existencia del mundo abre casi la mirada del alma humana a la existencia de Dios, a su sabiduría, poder y magnificencia, el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical, tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena. Por ello, esta circunstancia —tal vez más aún que cualquier otra— indica cuán importante es la pregunta sobre el sentido del sufrimiento y con qué agudeza es preciso tratar tanto la pregunta misma como las posibles respuestas a dar.

10. El hombre puede dirigir tal pregunta a Dios con toda la conmoción de su corazón y con la mente llena de asombro y de inquietud; Dios espera la pregunta y la escucha, como podemos ver en la Revelación del Antiguo Testamento. En el libro de Job la pregunta ha encontrado su expresión más viva.

Es conocida la historia de este hombre justo, que sin ninguna culpa propia es probado por innumerables sufrimientos. Pierde sus bienes, los hijos e hijas, y finalmente él mismo padece una grave enfermedad. En esta horrible situación se presentan en su casa tres viejos amigos, los cuales —cada uno con palabras distintas— tratan de convencerlo de que, habiendo sido afectado por tantos y tan terribles sufrimientos, debe haber cometido alguna culpa grave. En efecto, el sufrimiento —dicen— se abate siempre sobre el hombre como pena por el reato; es mandado por Dios que es absolutamente justo y encuentra la propia motivación en la justicia. Se diría que los viejos amigos de Job quieren no sólo convencerlo de la justificación moral del mal, sino que, en cierto sentido, tratan de defender el sentido moral del sufrimiento ante sí mismos. El sufrimiento, para ellos, puede tener sentido exclusivamente como pena por el pecado y, por tanto, sólo en el campo de la justicia de Dios, que paga bien con bien y mal con mal.

Su punto de referencia en este caso es la doctrina expresada en otros libros del Antiguo Testamento, que nos muestran el sufrimiento como pena infligida por Dios a causa del pecado de los hombres. El Dios de la Revelación es Legislador y Juez en una medida tal que ninguna autoridad temporal puede hacerlo. El Dios de la Revelación, en efecto, es ante todo el Creador, de quien, junto con la existencia, proviene el bien esencial de la creación. Por tanto, también la violación consciente y libre de este bien por parte del hombre es no sólo una transgresión de la ley, sino, a la vez, una ofensa al Creador, que es el Primer Legislador. Tal transgresión tiene carácter de pecado, según el sentido exacto, es decir, bíblico y teológico de esta palabra. Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente, en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador. De ahí deriva también una de las verdades fundamentales de la fe religiosa, basada asimismo en la Revelación: o sea que Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal: « (Señor) eres justo en cuanto has hecho con nosotros, y todas tus obras son verdad, y rectos tus caminos, y justos todos tus juicios. Y has juzgado con justicia en todos tus juicios, en todo lo que has traído sobre nosotros … con juicio justo has traído todos estos males a causa de nuestros pecados ».(23)

En la opinión manifestada por los amigos de Job, se expresa una convicción que se encuentra también en la conciencia moral de la humanidad: el orden moral objetivo requiere una pena por la transgresión, por el pecado y por el reato. El sufrimiento aparece, bajo este punto de vista, como un « mal justificado ». La convicción de quienes explican el sufrimiento como castigo del pecado, halla su apoyo en el orden de la justicia, y corresponde con la opinión expresada por uno de los amigos de Job: « Por lo que siempre vi, los que aran la iniquidad y siembran la desventura, la cosechan ».(24)

11. Job, sin embargo, contesta la verdad del principio que identifica el sufrimiento con el castigo del pecado y lo hace en base a su propia experiencia. En efecto, él es consciente de no haber merecido tal castigo, más aún, expone el bien que ha hecho a lo largo de su vida. Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia.

El libro de Job no desvirtúa las bases del orden moral trascendente, fundado en la justicia, como las propone toda la Revelación en la Antigua y en la Nueva Alianza. Pero, a la vez, el libro demuestra con toda claridad que los principios de este orden no se pueden aplicar de manera exclusiva y superficial. Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento. La Revelación, palabra de Dios mismo, pone con toda claridad el problema del sufrimiento del hombre inocente: el sufrimiento sin culpa. Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba durísima. En la introducción del libro aparece que Dios permitió esta prueba por provocación de Satanás. Este, en efecto, puso en duda ante el Señor la justicia de Job: « ¿Acaso teme Job a Dios en balde?… Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus ganados se esparcen por el país. Pero extiende tu mano y tócalo en lo suyo, (veremos) si no te maldice en tu rostro ».(25) Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba.

El libro de Job no es la última palabra de la Revelación sobre este tema. En cierto modo es un anuncio de la pasión de Cristo. Pero ya en sí mismo es un argumento suficiente para que la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento no esté unida sin reservas al orden moral, basado sólo en la justicia. Si tal respuesta tiene una fundamental y transcendente razón y validez, a la vez se presenta no sólo como insatisfactoria en casos semejantes al del sufrimiento del justo Job, sino que más bien parece rebajar y empobrecer el concepto de justicia, que encontramos en la Revelación.

12. El libro de Job pone de modo perspicaz el « por qué » del sufrimiento; muestra también que éste alcanza al inocente, pero no da todavía la solución al problema.

Ya en el Antiguo Testamento notamos una orientación que tiende a superar el concepto según el cual el sufrimiento tiene sentido únicamente como castigo por el pecado, en cuanto se subraya a la vez el valor educativo de la pena sufrimiento. Así pues, en los sufrimientos infligidos por Dios al Pueblo elegido está presente una invitación de su misericordia, la cual corrige para llevar a la conversión: « Los castigos no vienen para la destrucción sino para la corrección de nuestro pueblo ».(26)

Así se afirma la dimensión personal de la pena. Según esta dimensión, la pena tiene sentido no sólo porque sirve para pagar el mismo mal objetivo de la transgresión con otro mal, sino ante todo porque crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que sufre.

Este es un aspecto importantísimo del sufrimiento. Está arraigado profundamente en toda la Revelación de la Antigua y, sobre todo, de la Nueva Alianza. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios.

13. Pero para poder percibir la verdadera respuesta al « por qué » del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente. El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el « por qué » del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino.

Para hallar el sentido profundo del sufrimiento, siguiendo la Palabra revelada de Dios, hay que abrirse ampliamente al sujeto humano en sus múltiples potencialidades, sobre todo, hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden transcendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor como fuente definitiva de todo lo que existe. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo.

IV

JESUCRISTO:

EL SUFRIMIENTO VENCIDO POR EL AMOR

14. « Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna ».(27) Estas palabras, pronunciadas por Cristo en el coloquio con Nicodemo, nos introducen al centro mismo de la acción salvífica de Dios. Ellas manifiestan también la esencia misma de la soteriología cristiana, es decir, de la teología de la salvación. Salvación significa liberación del mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento. Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al « mundo » para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. Contemporáneamente, la misma palabra « da » (« dio ») indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo unigénito mediante su propio sufrimiento. Y en ello se manifiesta el amor, el amor infinito, tanto de ese Hijo unigénito como del Padre, que por eso « da » a su Hijo. Este es el amor hacia el hombre, el amor por el « mundo »: el amor salvífico.

Nos encontramos aquí —hay que darse cuenta claramente en nuestra reflexión común sobre este problema— ante una dimensión completamente nueva de nuestro tema. Es una dimensión diversa de la que determinaba y en cierto sentido encerraba la búsqueda del significado del sufrimiento dentro de los límites de la justicia. Esta es la dimensión de la redención, a la que en el Antiguo Testamento ya parecían ser un preludio las palabras del justo Job, al menos según la Vulgata: « Porque yo sé que mi Redentor vive, y al fin… yo veré a Dios ».(28) Mientras hasta ahora nuestra consideración se ha concentrado ante todo, y en cierto modo exclusivamente, en el sufrimiento en su múltiple dimensión temporal, (como sucedía igualmente con los sufrimientos del justo Job), las palabras antes citadas del coloquio de Jesús con Nicodemo se refieren al sufrimiento en su sentido fundamental y definitivo. Dios da su Hijo unigénito, para que el hombre « no muera »; y el significado del « no muera » está precisado claramente en las palabras que siguen: « sino que tenga la vida eterna ».

El hombre « muere », cuando pierde « la vida eterna ». Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazado por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo. En su misión salvífica Él debe, por tanto, tocar el mal en sus mismas raíces transcendentales, en las que éste se desarrolla en la historia del hombre. Estas raíces transcendentales del mal están fijadas en el pecado y en la muerte: en efecto, éstas se encuentran en la base de la pérdida de la vida eterna. La misión del Hijo unigénito consiste en vencer el pecado y la muerte. Él vence el pecado con su obediencia hasta la muerte, y vence la muerte con su resurrección.

15. Cuando se dice que Cristo con su misión toca el mal en sus mismas raíces, nosotros pensamos no sólo en el mal y el sufrimiento definitivo, escatológico (para que el hombre « no muera, sino que tenga la vida eterna »), sino también —al menos indirectamente— en el mal y el sufrimiento en su dimensión temporal e histórica. El mal, en efecto, está vinculado al pecado y a la muerte. Y aunque se debe juzgar con gran cautela el sufrimiento del hombre como consecuencia de pecados concretos (esto indica precisamente el ejemplo del justo Job), sin embargo, éste no puede separarse del pecado de origen, de lo que en San Juan se llama « el pecado del mundo»,(29) del trasfondo pecaminoso de las acciones personales y de los procesos sociales en la historia del hombre. Si no es lícito aplicar aquí el criterio restringido de la dependencia directa (como hacían los tres amigos de Job), sin embargo no se puede ni siquiera renunciar al criterio de que, en la base de los sufrimientos humanos, hay una implicación múltiple con el pecado.

De modo parecido sucede cuando se trata de la muerte. Esta muchas veces es esperada incluso como una liberación de los sufrimientos de esta vida. Al mismo tiempo, no es posible dejar de reconocer que ella constituye casi una síntesis definitiva de la acción destructora tanto en el organismo corpóreo como en la psique. Pero ante todo la muerte comporta la disociación de toda la personalidad psicofísica del hombre. El alma sobrevive y subsiste separada del cuerpo, mientras el cuerpo es sometido a una gradual descomposición según las palabras del Señor Dios, pronunciadas después del pecado cometido por el hombre al comienzo de su historia terrena: « Polvo eres, y al polvo volverás ».(30) Aunque la muerte no es pues un sufrimiento en el sentido temporal de la palabra, aunque en un cierto modo se encuentra más allá de todos los sufrimientos, el mal que el ser humano experimenta contemporáneamente con ella, tiene un carácter definitivo y totalizante. Con su obra salvífica el Hijo unigénito libera al hombre del pecado y de la muerte. Ante todo Él borra de la historia del hombre el dominio del pecado, que se ha radicado bajo la influencia del espíritu maligno, partiendo del pecado original, y da luego al hombre la posibilidad de vivir en la gracia santificante. En línea con la victoria sobre el pecado, Él quita también el dominio de la muerte, abriendo con su resurrección el camino a la futura resurrección de los cuerpos. Una y otra son condiciones esenciales de la « vida eterna », es decir, de la felicidad definitiva del hombre en unión con Dios; esto quiere decir, para los salvados, que en la perspectiva escatológica el sufrimiento es totalmente cancelado.

Como resultado de la obra salvífica de Cristo, el hombre existe sobre la tierra con la esperanza de la vida y de la santidad eternas. Y aunque la victoria sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su cruz y resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana, ni libera del sufrimiento toda la dimensión histórica de la existencia humana, sin embargo, sobre toda esa dimensión y sobre cada sufrimiento esta victoria proyecta una luz nueva, que es la luz de la salvación. Es la luz del Evangelio, es decir, de la Buena Nueva. En el centro de esta luz se encuentra la verdad propuesta en el coloquio con Nicodemo: « Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo ».(31) Esta verdad cambia radicalmente el cuadro de la historia del hombre y su situación terrena. A pesar del pecado que se ha enraizado en esta historia como herencia original, como « pecado del mundo » y como suma de los pecados personales, Dios Padre ha amado a su Hijo unigénito, es decir, lo ama de manera duradera; y luego, precisamente por este amor que supera todo, Él « entrega » este Hijo, a fin de que toque las raíces mismas del mal humano y así se aproxime de manera salvífica al mundo entero del sufrimiento, del que el hombre es partícipe.

16. En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. «Pasó haciendo bien »,(32) y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal. Estos son los « pobres de espíritu », « los que lloran », « los que tienen hambre y sed de justicia », « los que padecen persecución por la justicia », cuando los insultan, los persiguen y, con mentira, dicen contra ellos todo género de mal por Cristo…(33) Así según Mateo. Lucas menciona explícitamente a los que ahora padecen hambre.(34)

De todos modos Cristo se acercó sobre todo al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo. Durante su actividad pública probó no sólo la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión incluso por parte de los más cercanos; pero sobre todo fue rodeado cada vez más herméticamente por un círculo de hostilidad y se hicieron cada vez más palpables los preparativos para quitarlo de entre los vivos. Cristo era consciente de esto y muchas veces hablaba a sus discípulos de los sufrimientos y de la muerte que le esperaban: « Subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él y le escupirán, y le azotarán y le darán muerte, pero a los tres días resucitará ».(35) Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible « que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna ». Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor.

Por eso Cristo reprende severamente a Pedro, cuando quiere hacerle abandonar los pensamientos sobre el sufrimiento y sobre la muerte de cruz.(36) y cuando el mismo Pedro, durante la captura en Getsemaní, intenta defenderlo con la espada, Cristo le dice: « Vuelve tu espada a su lugar … ¿Cómo van a cumplirse las Escrituras, de que así conviene que sea? ».(37) Y además añade: «El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo? ».(38) Esta respuesta —como otras que encontramos en diversos puntos del Evangelio— muestra cuán profundamente Cristo estaba convencido de lo que había expresado en la conversación con Nicodemo: « Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna ».(39) Cristo se encamina hacia su propio sufrimiento, consciente de su fuerza salvífica; va obediente hacia el Padre, pero ante todo está unido al Padre en el amor con el cual Él ha amado el mundo y al hombre en el mundo. Por esto San Pablo escribirá de Cristo: « Me amó y se entregó por mí ».(40)

17. Las Escrituras tenían que cumplirse. Eran muchos los testigos mesiánicos del Antiguo Testamento que anunciaban los sufrimientos del futuro Ungido de Dios. Particularmente conmovedor entre todos es el que solemos llamar el cuarto Poema del Siervo de Yavé, contenido en el Libro de Isaías. El profeta, al que justamente se le llama « el quinto evangelista », presenta en este Poema la imagen de los sufrimientos del Siervo con un realismo tan agudo como si lo viera con sus propios ojos: con los del cuerpo y del espíritu. La pasión de Cristo resulta, a la luz de los versículos de Isaías, casi aún más expresiva y conmovedora que en las descripciones de los mismos evangelistas. He aquí cómo se presenta ante nosotros el verdadero Varón de dolores:

« No hay en él parecer, no hay hermosura
para que le miremos …
Despreciado y abandonado de los hombres,
varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento,
y como uno ante el cual se oculta el rostro,
menospreciado sin que le tengamos en cuenta.
Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos
y cargó con nuestros dolores,
mientras que nosotros le tuvimos por castigado,
herido por Dios y abatido.
Fue traspasado por nuestras iniquidades
y molido por nuestros pecados.
El castigo de nuestra paz fue sobre él,
y en sus llagas hemos sido curados.
Todos nosotros andábamos errantes como ovejas,
siguiendo cada uno su camino,
y Yavé cargó sobre él
la iniquidad de todos nosotros »
.(41)

El Poema del Siervo doliente contiene una descripción en la que se pueden identificar, en un cierto sentido, los momentos de la pasión de Cristo en sus diversos particulares: la detención, la humillación, las bofetadas, los salivazos, el vilipendio de la dignidad misma del prisionero, el juicio injusto, la flagelación, la coronación de espinas y el escarnio, el camino con la cruz, la crucifixión y la agonía.

Más aún que esta descripción de la pasión nos impresiona en las palabras del profeta la profundidad del sacrificio de Cristo. Él, aunque inocente, se carga con los sufrimientos de todos los hombres, porque se carga con los pecados de todos. « Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos »: todo el pecado del hombre en su extensión y profundidad es la verdadera causa del sufrimiento del Redentor. Si el sufrimiento « es medido » con el mal sufrido, entonces las palabras del profeta permiten comprender la medida de este mal y de este sufrimiento, con el que Cristo se cargó. Puede decirse que éste es sufrimiento « sustitutivo »; pero sobre todo es « redentor ». El Varón de dolores de aquella profecía es verdaderamente aquel « cordero de Dios, que quita el pecado del mundo ».(42) En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien.

Encontramos aquí la dualidad de naturaleza de un único sujeto personal del sufrimiento redentor. Aquél que con su pasión y muerte en la cruz realiza la Redención, es el Hijo unigénito que Dios « dio ». Y al mismo tiempo este Hijo de la misma naturaleza que el Padre, sufre como hombre. Su sufrimiento tiene dimensiones humanas, tiene también una profundidad e intensidad —únicas en la historia de la humanidad— que, aun siendo humanas, pueden tener también una incomparable profundidad e intensidad de sufrimiento, en cuanto que el Hombre que sufre es en persona el mismo Hijo unigénito: « Dios de Dios ». Por lo tanto, solamente Él —el Hijo unigénito— es capaz de abarcar la medida del mal contenida en el pecado del hombre: en cada pecado y en el pecado « total », según las dimensiones de la existencia histórica de la humanidad sobre la tierra.

18. Puede afirmarse que las consideraciones anteriores nos llevan ya directamente a Getsemaní y al Gólgota, donde se cumplió el Poema del Siervo doliente, contenido en el Libro de Isaías. Antes de llegar allí, leamos los versículos sucesivos del Poema, que dan una anticipación profética de la pasión del Getsemaní y del Gólgota. El Siervo doliente —y esto a su vez es esencial para un análisis de la pasión de Cristo— se carga con aquellos sufrimientos, de los que se ha hablado, de un modo completamente voluntario:

« Maltratado, mas él se sometió,
no abrió la boca,
como cordero llevado al matadero,
como oveja muda ante los trasquiladores.
Fue arrebatado por un juicio inicuo,
sin que nadie defendiera su causa,
pues fue arrancado de la tierra de los vivientes
y herido de muerte por el crimen de su pueblo.
Dispuesta estaba entra los impíos su sepultura,
y fue en la muerte igualado a los malhechores,
a pesar de no haber cometido maldad
ni haber mentira en su boca ».(43)

Cristo sufre voluntariamente y sufre inocentemente. Acoge con su sufrimiento aquel interrogante que, puesto muchas veces por los hombres, ha sido expresado, en un cierto sentido, de manera radical en el Libro de Job. Sin embargo, Cristo no sólo lleva consigo la misma pregunta (y esto de una manera todavía más radical, ya que Él no es sólo un hombre como Job, sino el unigénito Hijo de Dios), pero lleva también el máximo de la posible respuesta a este interrogante. La respuesta emerge, se podría decir, de la misma materia de la que está formada la pregunta. Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir, con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento, el cual está integrado de una manera orgánica e indisoluble con las enseñanzas de la Buena Nueva. Esta es la palabra última y sintética de esta enseñanza: « la doctrina de la Cruz », como dirá un día San Pablo.(44)

Esta « doctrina de la Cruz » llena con una realidad definitiva la imagen de la antigua profecía. Muchos lugares, muchos discursos durante la predicación pública de Cristo atestiguan cómo Él acepta ya desde el inicio este sufrimiento, que es la voluntad del Padre para la salvación del mundo. Sin embargo, la oración en Getsemaní tiene aquí una importancia decisiva. Las palabras: « Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú »; (45) y a continuación: « Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad »,(46) tienen una pluriforme elocuencia. Prueban la verdad de aquel amor, que el Hijo unigénito da al Padre en su obediencia. Al mismo tiempo, demuestran la verdad de su sufrimiento. Las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento. Las palabras de Cristo confirman con toda sencillez esta verdad humana del sufrimiento hasta lo más profundo: el sufrimiento es padecer el mal, ante el que el hombre se estremece. Él dice: « pase de mí », precisamente como dice Cristo en Getsemaní.

Sus palabras demuestran a la vez esta única e incomparable profundidad e intensidad del sufrimiento, que pudo experimentar solamente el Hombre que es el Hijo unigénito; demuestran aquella profundidad e intensidad que las palabras proféticas antes citadas ayudan, a su manera, a comprender. No ciertamente hasta lo más profundo (para esto se debería entender el misterio divino-humano del Sujeto), sino al menos para percibir la diferencia (y a la vez semejanza) que se verifica entre todo posible sufrimiento del hombre y el del Dios-Hombre. Getsemaní es el lugar en el que precisamente este sufrimiento, expresado en toda su verdad por el profeta sobre el mal padecido en el mismo, se ha revelado casi definitivamente ante los ojos de Cristo.

Después de las palabras en Getsemaní vienen las pronunciadas en el Gólgota, que atestiguan esta profundidad —única en la historia del mundo— del mal del sufrimiento que se padece. Cuando Cristo dice: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? », sus palabras no son sólo expresión de aquel abandono que varias veces se hacía sentir en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos y concretamente en el Salmo 22 [21], del que proceden las palabras citadas.(47) Puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre « cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros » (48) y sobre la idea de lo que dirá San Pablo: « A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros ».(49) Junto con este horrible peso, midiendo « todo » el mal de dar las espaldas a Dios, contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina de la unión filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios. Pero precisamente mediante tal sufrimiento Él realiza la Redención, y expirando puede decir: « Todo está acabado ».(50)

Puede decirse también que se ha cumplido la Escritura, que han sido definitivamente hechas realidad las palabras del citado Poema del Siervo doliente: « Quiso Yavé quebrantarlo con padecimientos ».(51) El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ésta ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unida al amor, a aquel amor del que Cristo hablaba a Nicodemo, a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su arranque. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva.(52) En ella debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante.

V

PARTÍCIPES EN LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO

19. El mismo Poema del Siervo doliente del libro de Isaías nos conduce precisamente, a través de los versículos sucesivos, en la dirección de este interrogante y de esta respuesta:

« Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado,
verá descendencia que prolongará sus días
y el deseo de Yavé prosperará en sus manos.
Por la fatiga de su alma verá
y se saciará de su conocimiento.
El justo, mi siervo, justificará a muchos,
y cargará con las iniquidades de ellos.
Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres,
y dividirá la presa con los poderosos
por haberse entregado a la muerte
y haber sido contado entra los pecadores,
llevando sobre sí los pecados de muchos
e intercediendo por los pecadores ».(53)

Puede afirmarse que junto con la pasión de Cristo todo sufrimiento humano se ha encontrado en una nueva situación.

Parece como si Job la hubiera presentido cuando dice: « Yo sé en efecto que mi Redentor vive … »; (54) y como si hubiese encaminado hacia ella su propio sufrimiento, el cual, sin la redención, no hubiera podido revelarle la plenitud de su significado. En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Cristo —sin culpa alguna propia— cargó sobre sí « el mal total del pecado ». La experiencia de este mal determinó la medida incomparable de sufrimiento de Cristo que se convirtió en el precio de la redención. De esto habla el Poema del Siervo doliente en Isaías. De esto hablarán a su tiempo los testigos de la Nueva Alianza, estipulada en la Sangre de Cristo. He aquí las palabras del apóstol Pedro, en su primera carta: « Habéis sido rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha ».(55) Y el apóstol Pablo dirá en la carta a los Gálatas: « Se entregó por nuestros pecados para liberarnos de este siglo malo »; (56) y en la carta a los Corintios: « Habéis sido comprados a precio. Glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo ».(57)

Con éstas y con palabras semejantes los testigos de la Nueva Alianza hablan de la grandeza de la redención, que se lleva a cabo mediante el sufrimiento de Cristo. El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo.

20. Los textos del Nuevo Testamento expresan en muchos puntos este concepto. En la segunda carta a los Corintios escribe el Apóstol: « En todo apremiados, pero no acosados; perplejos, pero no desconcertados; perseguidos, pero no abandonados; abatidos, pero no aniquilados, llevando siempre en el cuerpo la muerte de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro tiempo. Mientras vivimos estamos siempre entregados a la muerte por amor de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal… sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará…».(58)

San Pablo habla de diversos sufrimientos y en particular de los que se hacían partícipes los primeros cristianos « a causa de Jesús ». Tales sufrimientos permiten a los destinatarios de la Carta participar en la obra de la redención, llevada a cabo mediante los sufrimientos y la muerte del Redentor. La elocuencia de la cruz y de la muerte es completada, no obstante, por la elocuencia de la resurrección. El hombre halla en la resurrección una luz completamente nueva, que lo ayuda a abrirse camino a través de la densa oscuridad de las humillaciones, de las dudas, de la desesperación y de la persecución. De ahí que el Apóstol escriba también en la misma carta a los Corintios: « Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación ».(59) En otros lugares se dirige a sus destinatarios con palabras de ánimo: « El Señor enderece vuestros corazones en la caridad de Dios y en la paciencia de Cristo ».(60) Y en la carta a los Romanos: « Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa y grata a Dios: este es vuestro culto racional ».(61)

La participación misma en los padecimientos de Cristo halla en estas expresiones apostólicas casi una doble dimensión. Si un hombre se hace partícipe de los sufrimientos de Cristo, esto acontece porque Cristo ha abierto su sufrimiento al hombre porque Él mismo en su sufrimiento redentor se ha hecho en cierto sentido partícipe de todos los sufrimientos humanos. El hombre, al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre al mismo tiempo en él sus propios sufrimientos, los revive mediante la fe, enriquecidos con un nuevo contenido y con un nuevo significado.

Este descubrimiento dictó a san Pablo palabras particularmente fuertes en la carta a los Gálatas: « Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí ».(62) La fe permite al autor de estas palabras conocer el amor que condujo a Cristo a la cruz. Y si amó de este modo, sufriendo y muriendo, entonces por su padecimiento y su muerte vive en aquél al que amó así, vive en el hombre: en Pablo. Y viviendo en él —a medida que Pablo, consciente de ello mediante la fe, responde con el amor a su amor —Cristo se une asimismo de modo especial al hombre, a Pablo, mediante la cruz. Esta unión ha sugerido a Pablo, en la misma carta a los Gálatas, palabras no menos fuertes: « Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo ». (63)

21. La cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del hombre y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo alcanza junto con la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual. Los testigos de la pasión de Cristo son a la vez testigos de su resurrección. Escribe San Pablo: « Para conocerle a Él y el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándome a Él en su muerte por si logro alcanzar la resurrección de los muertos ».(64)

Verdaderamente el Apóstol experimentó antes « la fuerza de la resurrección » de Cristo en el camino de Damasco, y sólo después, en esta luz pascual, llegó a la « participación en sus padecimientos », de la que habla, por ejemplo, en la carta a los Gálatas. La vía de Pablo es claramente pascual: la participación en la cruz de Cristo se realiza a través de la experiencia del Resucitado, y por tanto mediante una especial participación en la resurrección. Por esto, incluso en la expresión del Apóstol sobre el tema del sufrimiento aparece a menudo el motivo de la gloria, a la que da inicio la cruz de Cristo.

Los testigos de la cruz y de la resurrección estaban convencidos de que « por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios ».(65) Y Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses, dice: « Nos gloriamos nosotros mismos de vosotros… por vuestra paciencia y vuestra fe en todas vuestras persecuciones y en las tribulaciones que soportáis. Todo esto es prueba del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual padecéis ».(66) Así pues, la participación en los sufrimientos de Cristo es, al mismo tiempo, sufrimiento por el reino de Dios. A los ojos del Dios justo, ante su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo se hacen dignos de este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos devuelven en un cierto sentido el infinito precio de la pasión y de la muerte de Cristo, que fue el precio de nuestra redención: con este precio el reino de Dios ha sido nuevamente consolidado en la historia del hombre, llegando a ser la perspectiva definitiva de su existencia terrena. Cristo nos ha introducido en este reino mediante su sufrimiento. Y también mediante el sufrimiento maduran para el mismo reino los hombres, envueltos en el misterio de la redención de Cristo.

22. A la perspectiva del reino de Dios está unida la esperanza de aquella gloria, cuyo comienzo está en la cruz de Cristo. La resurrección ha revelado esta gloria —la gloria escatológica— que en la cruz de Cristo estaba completamente ofuscada por la inmensidad del sufrimiento. Quienes participan en los sufrimientos de Cristo están también llamados, mediante sus propios sufrimientos, a tomar parte en la gloria. Pablo expresa esto en diversos puntos. Escribe a los Romanos: « Somos … coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con Él para ser con Él glorificados. Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros ».(67) En la segunda carta a los Corintios leemos: « Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles ».(68) El apóstol Pedro expresará esta verdad en las siguientes palabras de su primera carta: « Antes habéis de alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo ». (69)

El motivo del sufrimiento y de la gloria tiene una característica estrictamente evangélica, que se aclara mediante la referencia a la cruz y a la resurrección. La resurrección es ante todo la manifestación de la gloria, que corresponde a la elevación de Cristo por medio de la cruz. En efecto, si la cruz ha sido a los ojos de los hombres la expoliación de Cristo, al mismo tiempo ésta ha sido a los ojos de Dios su elevación. En la cruz Cristo ha alcanzado y realizado con teda plenitud su misión: cumpliendo la voluntad del Padre, se realizó a la vez a sí mismo. En la debilidad manifestó su poder, y en la humillación toda su grandeza mesiánica. ¿No son quizás una prueba de esta grandeza todas las palabras pronunciadas durante la agonía en el Gólgota y, especialmente, las referidas a los autores de la crucifixión: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen »?(70) A quienes participan de los sufrimientos de Cristo estas palabras se imponen con la fuerza de un ejempló supremo El sufrimiento es también una llamada a manifestar la grandeza moral del hombre, su madurez espiritual. De esto han dado prueba, en las diversas generaciones, los mártires y confesores de Cristo, fieles a las palabras: « No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla ».(71)

La resurrección de Cristo ha revelado « la gloria del siglo futuro » y, contemporáneamente, ha confirmado « el honor de la Cruz »: aquella gloria que está contenida en el sufrimiento mismo de Cristo, y que muchas veces se ha reflejado y se refleja en el sufrimiento del hombre, como expresión de su grandeza espiritual. Hay que reconocer el testimonio glorioso no sólo de los mártires de la fe, sino también de otros numerosos hombres que a veces, aun sin la fe en Cristo, sufren y dan la vida por la verdad y por una justa causa. En los sufrimientos de todos éstos es confirmada de modo particular la gran dignidad del hombre.

23. El sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba —a veces una prueba bastante dura—, a la que es sometida la humanidad. Desde las páginas de las cartas de San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los sufrimientos de Cristo. Él escribe en la segunda carta a los Corintios: « Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo ».(72) En la segunda carta a Timoteo leemos: « Por esta causa sufro, pero no me avergüenza, porque sé a quién me he confiado ».(73) Y en la carta a los Filipenses dirá incluso: « Todo lo puedo en aquél que me conforta ».(74)

Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo desciende, en una primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la impotencia humana; en efecto, Él muere clavado en la cruz. Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo. En esta concepción sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo. En Él Dios ha demostrado querer actuar especialmente por medio del sufrimiento, que es la debilidad y la expoliación del hombre, y querer precisamente manifestar su fuerza en esta debilidad y en esta expoliación. Con esto se puede explicar también la recomendación de la primera carta de Pedro: « Mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre ».(75)

En la carta a los Romanos el apóstol Pablo se pronuncia todavía más ampliamente sobre el tema de este « nacer de la fuerza en la debilidad », del vigorizarse espiritualmente del hombre en medio de las pruebas y tribulaciones, que es la vocación especial de quienes participan en los sufrimientos de Cristo. « Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores de que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado ».(76) En el sufrimiento está como contenida una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. Esta es la virtud de la perseverancia al soportar lo que molesta y hace daño. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, no lo privará de su propia dignidad unida a la conciencia del sentido de la vida. Y así, este sentido se manifiesta junto con la acción del amor de Dios, que es el don supremo del Espíritu Santo. A medida que participa de este amor, el hombre se encuentra hasta el fondo en el sufrimiento: reencuentra « el alma », que le parecía haber « perdido » (77) a causa del sufrimiento.

24. Sin embargo, la experiencia del Apóstol, partícipe de los sufrimientos de Cristo, va más allá. En la carta a los Colosenses leemos las palabras que constituyen casi la última etapa del itinerario espiritual respecto al sufrimiento. San Pablo escribe: « Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia ».(78) Y él mismo, en otra Carta, pregunta a los destinatarios: « ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ».(79)

En el misterio pascual Cristo ha dado comienzo a la unión con el hombre en la comunidad de la Iglesia. El misterio de la Iglesia se expresa en esto: que ya en el momento del Bautismo, que configura con Cristo, y después a través de su Sacrificio —sacramentalmente mediante la Eucaristía— la Iglesia se edifica espiritualmente de modo continuo como cuerpo de Cristo. En este cuerpo Cristo quiere estar unido con todos los hombres, y de modo particular está unido a los que sufren. Las palabras citadas de la carta a los Colosenses testimonian el carácter excepcional de esta unión. En efecto, el que sufre en unión con Cristo —como en unión con Cristo soporta sus « tribulaciones » el apóstol Pablo— no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que « completa » con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo. En este marco evangélico se pone de relieve, de modo particular, la verdad sobre el carácter creador del sufrimiento. El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo —en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia—, en tanto a su manera completa aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo.

¿Esto quiere decir que la redención realizada por Cristo no es completa? No. Esto significa únicamente que la redención, obrada en virtud del amor satisfactorio, permanece constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano. En esta dimensión —en la dimensión del amor— la redención ya realizada plenamente, se realiza, en cierto sentido, constantemente. Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final; pero, al mismo tiempo, no la ha cerrado. En este sufrimiento redentor, a través del cual se ha obrado la redención del mundo, Cristo se ha abierto desde el comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano. Sí, parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar.

De este modo, con tal apertura a cada sufrimiento humano, Cristo ha obrado con su sufrimiento la redención del mundo. Al mismo tiempo, esta redención, aunque realizada plenamente con el sufrimiento de Cristo, vive y se desarrolla a su manera en la historia del hombre. Vive y se desarrolla como cuerpo de Cristo, o sea la Iglesia, y en esta dimensión cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo. El misterio de la Iglesia —de aquel cuerpo que completa en sí también el cuerpo crucificado y resucitado de Cristo— indica contemporáneamente aquel espacio, en el que los sufrimientos humanos completan los de Cristo. Sólo en este marco y en esta dimensión de la Iglesia cuerpo de Cristo, que se desarrolla continuamente en el espacio y en el tiempo, se puede pensar y hablar de « lo que falta a los padecimientos de Cristo ». El Apóstol, por lo demás, lo pone claramente de relieve, cuando habla de completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia.

Precisamente la Iglesia, que aprovecha sin cesar los infinitos recursos de la redención, introduciéndola en la vida de la humanidad, es la dimensión en la que el sufrimiento redentor de Cristo puede ser completado constantemente por el sufrimiento del hombre. Con esto se pone de relieve la naturaleza divino-humana de la Iglesia. El sufrimiento parece participar en cierto modo de las características de esta naturaleza. Por eso, tiene igualmente un valor especial ante la Iglesia. Es un bien ante el cual la Iglesia se inclina con veneración, con toda la profundidad de su fe en la redención. Se inclina, juntamente con toda la profundidad de aquella fe, con la que abraza en sí misma el inefable misterio del Cuerpo de Cristo.

VI

EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO

25. Los testigos de la cruz y de la resurrección de Cristo han transmitido a la Iglesia y a la humanidad un específico Evangelio del sufrimiento. El mismo Redentor ha escrito este Evangelio ante todo con el propio sufrimiento asumido por amor, para que el hombre « no perezca, sino que tenga la vida eterna ».(80) Este sufrimiento, junto con la palabra viva de su enseñanza, se ha convertido en un rico manantial para cuantos han participado en los sufrimientos de Jesús en la primera generación de sus discípulos y confesores y luego en las que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos.

Es ante todo consolador —como es evangélica e históricamente exacto— notar que al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento. En Ella los numerosos e intensos sufrimientos se acumularon en una tal conexión y relación, que si bien fueron prueba de su fe inquebrantable, fueron también una contribución a la redención de todos. En realidad, desde el antiguo coloquio tenido con el ángel, Ella entrevé en su misión de madre el « destino » a compartir de manera única e irrepetible la misión misma del Hijo. Y la confirmación de ello le vino bastante pronto, tanto de los acontecimientos que acompañaron el nacimiento de Jesús en Belén, cuanto del anuncio formal del anciano Simeón, que habló de una espada muy aguda que le traspasaría el alma, así como de las ansias y estrecheces de la fuga precipitada a Egipto, provocada por la cruel decisión de Herodes.

Más aún, después de los acontecimientos de la vida oculta y pública de su Hijo, indudablemente compartidos por Ella con aguda sensibilidad, fue en el Calvario donde el sufrimiento de María Santísima, junto al de Jesús, alcanzó un vértice ya difícilmente imaginable en su profundidad desde el punto de vista humano, pero ciertamente misterioso y sobrenaturalmente fecundo para los fines de la salvación universal. Su subida al Calvario, su « estar » a los pies de la cruz junto con el discípulo amado, fueron una participación del todo especial en la muerte redentora del Hijo, como por otra parte las palabras que pudo escuchar de sus labios, fueron como una entrega solemne de este típico Evangelio que hay que anunciar a toda la comunidad de los creyentes.

Testigo de la pasión de su Hijo con su presencia y partícipe de la misma con su compasión, María Santísima ofreció una aportación singular al Evangelio del sufrimiento, realizando por adelantado la expresión paulina citada al comienzo. Ciertamente Ella tiene títulos especialísimos para poder afirmar lo de completar en su carne —como también en su corazón— lo que falta a la pasión de Cristo.

A la luz del incomparable ejemplo de Cristo, reflejado con singular evidencia en la vida de su Madre, el Evangelio del sufrimiento, a través de la experiencia y la palabra de los Apóstoles, se convierte en fuente inagotable para las generaciones siempre nuevas que se suceden en la historia de la Iglesia. El Evangelio del sufrimiento significa no sólo la presencia del sufrimiento en el Evangelio, como uno de los temas de la Buena Nueva, sino además la revelación de la fuerza salvadora y del significado salvífico del sufrimiento en la misión mesiánica de Cristo y luego en la misión y en la vocación de la Iglesia.

Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento. Decía muy claramente: « Si alguno quiere venir en pos de mí… tome cada día su cruz »,(81) y a sus discípulos ponía unas exigencias de naturaleza moral, cuya realización es posible sólo a condición de que « se nieguen a sí mismos ».(82) La senda que lleva al Reino de los cielos es « estrecha y angosta », y Cristo la contrapone a la senda « ancha y espaciosa » que, sin embargo, « lleva a la perdición ».(83) Varias veces dijo también Cristo que sus discípulos y confesores encontrarían múltiples persecuciones; esto —como se sabe— se verificó no sólo en los primeros siglos de la vida de la Iglesia bajo el imperio romano, sino que se ha realizado y se realiza en diversos períodos de la historia y en diferentes lugares de la tierra, aun en nuestros días.

He aquí algunas frases de Cristo sobre este tema: « Pondrán sobre vosotros las manos y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y metiéndoos en prisión, conduciéndoos ante los reyes y gobernadores por amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados aun por los padres, por los hermanos, por los parientes y por los amigos, y harán morir a muchos de vosotros, y seréis aborrecidos de todos a causa de mi nombre. Pero no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza. Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas ».(84)

El Evangelio del sufrimiento habla ante todo, en diversos puntos, del sufrimiento «por Cristo», « a causa de Cristo », y esto lo hace con las palabras mismas de Cristo, o bien con las palabras de sus Apóstoles. El Maestro no esconde a sus discípulos y seguidores la perspectiva de tal sufrimiento; al contrario lo revela con toda franqueza, indicando contemporáneamente las fuerzas sobrenaturales que les acompañarán en medio de las persecuciones y tribulaciones « por su nombre ». Estas serán en conjunto como una verificación especial de la semejanza a Cristo y de la unión con Él. « Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros… pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece… No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán… Pero todas estas cosas las harán con vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado ».(85) « Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo ».(86)

Este primer capítulo del Evangelio del sufrimiento, que habla de las persecuciones, o sea de las tribulaciones por causa de Cristo, contiene en sí una llamada especial al valor y a la fortaleza, sostenida por la elocuencia de la resurrección. Cristo ha vencido definitivamente al mundo con su resurrección; sin embargo, gracias a su relación con la pasión y la muerte, ha vencido al mismo tiempo este mundo con su sufrimiento. Sí, el sufrimiento ha sido incluido de modo singular en aquella victoria sobre el mundo, que se ha manifestado en la resurrección. Cristo conserva en su cuerpo resucitado las señales de las heridas de la cruz en sus manos, en sus pies y en el costado. A través de la resurrección manifiesta la fuerza victoriosa del sufrimiento, y quiere infundir la convicción de esta fuerza en el corazón de los que escogió como sus Apóstoles y de todos aquellos que continuamente elige y envía. El apóstol Pablo dirá: « Y todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones ».(87)

26. Si el primer gran capítulo del Evangelio del sufrimiento está escrito, a lo largo de las generaciones, por aquellos que sufren persecuciones por Cristo, igualmente se desarrolla a través de la historia otro gran capítulo de este Evangelio. Lo escriben todos los que sufren con Cristo, uniendo los propios sufrimientos humanos a su sufrimiento salvador. En ellos se realiza lo que los primeros testigos de la pasión y resurrección han dicho y escrito sobre la participación en los sufrimientos de Cristo. Por consiguiente, en ellos se cumple el Evangelio del sufrimiento y, a la vez, cada uno de ellos continúa en cierto modo a escribirlo; lo escribe y lo proclama al mundo, lo anuncia en su ambiente y a los hombres contemporáneos.

A través de los siglos y generaciones se ha constatado que en el sufrimiento se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial. A ella deben su profunda conversión muchos santos, como por ejemplo San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, etc. Fruto de esta conversión es no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del sufrimiento, sino sobre todo que en el sufrimiento llega a ser un hombre completamente nuevo. Halla como una nueva dimensión de toda su vida y de su vocación. Este descubrimiento es una confirmación particular de la grandeza espiritual que en el hombre supera el cuerpo de modo un tanto incomprensible. Cuando este cuerpo está gravemente enfermo, totalmente inhábil y el hombre se siente como incapaz de vivir y de obrar, tanto más se ponen en evidencia la madurez interior y la grandeza espiritual, constituyendo una lección conmovedora para los hombres sanos y normales.

Esta madurez interior y grandeza espiritual en el sufrimiento, ciertamente son fruto de una particular conversión y cooperación con la gracia del Redentor crucificado. Él mismo es quien actúa en medio de los sufrimientos humanos por medio de su Espíritu de Verdad, por medio del Espíritu Consolador. Él es quien transforma, en cierto sentido, la esencia misma de la vida espiritual, indicando al hombre que sufre un lugar cercano a sí. Él es —como Maestro y Guía interior— quien enseña al hermano y a la hermana que sufren este intercambio admirable, colocado en lo profundo del misterio de la redención. El sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna. Cristo con su sufrimiento en la cruz ha tocado las raíces mismas del mal: las del pecado y las de la muerte. Ha vencido al artífice del mal, que es Satanás, y su rebelión permanente contra el Creador. Ante el hermano o la hermana que sufren, Cristo abre y despliega gradualmente los horizontes del Reino de Dios, de un mundo convertido al Creador, de un mundo liberado del pecado, que se está edificando sobre el poder salvífico del amor. Y, de una forma lenta pero eficaz, Cristo introduce en este mundo, en este Reino del Padre al hombre que sufre, en cierto modo a través de lo íntimo de su sufrimiento. En efecto, el sufrimiento no puede ser transformado y cambiado con una gracia exterior, sino interior. Cristo, mediante su propio sufrimiento salvífico, se encuentra muy dentro de todo sufrimiento humano, y puede actuar desde el interior del mismo con el poder de su Espíritu de Verdad, de su Espíritu Consolador.

No basta. El divino Redentor quiere penetrar en el ánimo de todo paciente a través del corazón de su Madre Santísima, primicia y vértice de todos los redimidos. Como continuación de la maternidad que por obra del Espíritu Santo le había dado la vida, Cristo moribundo confirió a la siempre Virgen María una nueva maternidad —espiritual y universal— hacia todos los hombres, a fin de que cada uno, en la peregrinación de la fe, quedara, junto con María, estrechamente unido a Él hasta la cruz, y cada sufrimiento, regenerado con la fuerza de esta cruz, se convirtiera, desde la debilidad del hombre, en fuerza de Dios.

Pero este proceso interior no se desarrolla siempre de igual manera. A menudo comienza y se instaura con dificultad. El punto mismo de partida es ya diverso; diversa es la disposición, que el hombre lleva en su sufrimiento. Se puede sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una protesta típicamente humana y con la pregunta del « por qué ». Se pregunta sobre el sentido del sufrimiento y busca una respuesta a esta pregunta a nivel humano. Ciertamente pone muchas veces esta pregunta también a Dios, al igual que a Cristo. Además, no puede dejar de notar que Aquel, a quien pone su pregunta, sufre Él mismo, y por consiguiente quiere responderle desde la cruz, desde el centro de su propio sufrimiento. Sin embargo a veces se requiere tiempo, hasta mucho tiempo, para que esta respuesta comience a ser interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo.

La respuesta que llega mediante esta participación, a lo largo del camino del encuentro interior con el Maestro, es a su vez algo más que una mera respuesta abstracta a la pregunta acerca del significado del sufrimiento. Esta es, en efecto, ante todo una llamada. Es una vocación. Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: « Sígueme », « Ven », toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace, en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.

27. De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros ».(88) Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no sólo consuma al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una carga para los demás. El hombre se siente condenado a recibir ayuda y asistencia por parte de los demás y, a la vez, se considera a sí mismo inútil. El descubrimiento del sentido salvífico del sufrimiento en unión con Cristo transforma esta sensación deprimente. La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre « completa lo que falta a los padecimientos de Cristo »; que en la dimensión espiritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible. En el cuerpo de Cristo, que crece incesantemente desde la cruz del Redentor, precisamente el sufrimiento, penetrado por el espíritu del sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención. En la lucha « cósmica » entra las fuerzas espirituales del bien y las del mal, de las que habla la carta a los Efesios,(89) los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas.

Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás. El hombre, cuanto más se siente amenazado por el pecado, cuanto más pesadas son las estructuras del pecado que lleva en sí el mundo de hoy, tanto más grande es la elocuencia que posee en sí el sufrimiento humano. Y tanto más la Iglesia siente la necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos humanos para la salvación del mundo.

VII

EL BUEN SAMARITANO

28. Pertenece también al Evangelio del sufrimiento —y de modo orgánico— la parábola del buen Samaritano. Mediante esta parábola Cristo quiso responder a la pregunta « ¿Y quién es mi prójimo? ».(90) En efecto, entra los tres que viajaban a lo largo de la carretera de Jerusalén a Jericó, donde estaba tendido en tierra medio muerto un hombre robado y herido por los ladrones, precisamente el Samaritano demostró ser verdaderamente el « prójimo » para aquel infeliz. « Prójimo » quiere decir también aquél que cumplió el mandamiento del amor al prójimo. Otros dos hombres recorrían el mismo camino; uno era sacerdote y el otro levita, pero cada uno « lo vio y pasó de largo ». En cambio, el Samaritano « lo vio y tuvo compasión… Acercóse, le vendó las heridas », a continuación « le condujo al mesón y cuidó de él ».(91) y al momento de partir confió el cuidado del hombre herido al mesonero, comprometiéndose a abonar los gastos correspondientes.

La parábola del buen Samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento. Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido « pasar de largo », con indiferencia, sino que debemos « pararnos » junto a él. Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es como el abrirse de una determinada disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que « se conmueve » ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre.

Sin embargo, el buen Samaritano de la parábola de Cristo no se queda en la mera conmoción y compasión. Estas se convierten para él en estímulo a la acción que tiende a ayudar al hombre herido. Por consiguiente, es en definitiva buen Samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio « yo », abriendo este « yo » al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede « encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás »,(92) Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo.

29. Siguiendo la parábola evangélica, se podría decir que el sufrimiento, que bajo tantas formas diversas está presente en el mundo humano, está también presente para irradiar el amor al hombre, precisamente ese desinteresado don del propio « yo » en favor de los demás hombres, de los hombres que sufren. Podría decirse que el mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento. No puede el hombre « prójimo » pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo. Debe « pararse », « conmoverse », actuando como el Samaritano de la parábola evangélica. La parábola en sí expresa una verdad profundamente cristiana, pero a la vez tan universalmente humana. No sin razón, aun en el lenguaje habitual se llama obra « de buen samaritano » toda actividad en favor de los hombres que sufren y de todos los necesitados de ayuda.

Esta actividad asume, en el transcurso de los siglos, formas institucionales organizadas y constituye un terreno de trabajo en las respectivas profesiones. ¡Cuánto tiene « de buen samaritano » la profesión del médico, de la enfermera, u otras similares! Por razón del contenido « evangélico », encerrado en ella, nos inclinamos a pensar más bien en una vocación que en una profesión. Y las instituciones que, a lo largo de las generaciones, han realizado un servicio « de samaritano » se han desarrollado y especializado todavía más en nuestros días. Esto prueba indudablemente que el hombre de hoy se para con cada vez mayor atención y perspicacia junto a los sufrimientos del prójimo, intenta comprenderlos y prevenirlos cada vez con mayor precisión. Posee una capacidad y especialización cada vez mayores en este sector. Viendo todo esto, podemos decir que la parábola del Samaritano del Evangelio se ha convertido en uno de los elementos esenciales de la cultura moral y de la civilización universalmente humana. Y pensando en todos los hombres, que con su ciencia y capacidad prestan tantos servicios al prójimo que sufre, no podemos menos de dirigirles unas palabras de aprecio y gratitud.

Estas se extienden a todos los que ejercen de manera desinteresada el propio servicio al prójimo que sufre, empeñándose voluntariamente en la ayuda « como buenos samaritanos », y destinando a esta causa todo el tiempo y las fuerzas que tienen a su disposición fuera del trabajo profesional. Esta espontánea actividad « de buen samaritano » o caritativa, puede llamarse actividad social, puede también definirse como apostolado, siempre que se emprende por motivos auténticamente evangélicos, sobre todo si esto ocurre en unión con la Iglesia o con otra Comunidad cristiana. La actividad voluntaria « de buen samaritano » se realiza a través de instituciones adecuadas o también por medio de organizaciones creadas para esta finalidad. Actuar de esta manera tiene una gran importancia, especialmente si se trata de asumir tareas más amplias, que exigen la cooperación y el uso de medios técnicos. No es menos preciosa también la actividad individual, especialmente por parte de las personas que están mejor preparadas para ella, teniendo en cuenta las diversas clases de sufrimiento humano a las que la ayuda no puede ser llevada sino individual o personalmente. Ayuda familiar, por su parte, significa tanto los actos de amor al prójimo hechos a las personas pertenecientes a la misma familia, como la ayuda recíproca entra las familias.

Es difícil enumerar aquí todos los tipos y ámbitos de la actividad « como samaritano » que existen en la Iglesia y en la sociedad. Hay que reconocer que son muy numerosos, y expresar también alegría porque, gracias a ellos, los valores morales fundamentales, como el valor de la solidaridad humana, el valor del amor cristiano al prójimo, forman el marco de la vida social y de las relaciones interpersonales, combatiendo en este frente las diversas formas de odio, violencia, crueldad, desprecio por el hombre, o las de la mera « insensibilidad », o sea la indiferencia hacia el prójimo y sus sufrimientos.

Es enorme el significado de las actitudes oportunas que deben emplearse en la educación. La familia, la escuela, las demás instituciones educativas, aunque sólo sea por motivos humanitarios, deben trabajar con perseverancia para despertar y afinar esa sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, del que es un símbolo la figura del Samaritano evangélico. La Iglesia obviamente debe hacer lo mismo, profundizando aún más intensamente —dentro de lo posible— en los motivos que Cristo ha recogido en su parábola y en todo el Evangelio. La elocuencia de la parábola del buen Samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente ésta: el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones son muy importantes e indispensables; sin embargo, ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que sufre es ante todo el alma.

30. La parábola del buen Samaritano, que —como hemos dicho— pertenece al Evangelio del sufrimiento, camina con él a lo largo de la historia de la Iglesia y del cristianismo, a lo largo de la historia del hombre y de la humanidad. Testimonia que la revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del sufrimiento no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad. Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. El mismo Cristo, en este aspecto, es sobre todo activo. De este modo realiza el programa mesiánico de su misión, según las palabras del profeta: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor ».(93) Cristo realiza con sobreabundancia este programa mesiánico de su misión: Él pasa « haciendo el bien »,(94) y el bien de sus obras destaca sobre todo ante el sufrimiento humano. La parábola del buen Samaritano está en profunda armonía con el comportamiento de Cristo mismo.

Esta parábola entrará, finalmente, por su contenido esencial, en aquellas desconcertantes palabras sobre el juicio final, que Mateo ha recogido en su Evangelio: « Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; preso, y vinisteis a verme ».(95) A los justos que pregunten cuándo han hecho precisamente esto, el Hijo del Hombre responderá: « En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis ».(96) La sentencia contraria tocará a los que se comportaron diversamente: « En verdad os diga que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo ».(97)

Se podría ciertamente alargar la lista de los sufrimientos que han encontrado la sensibilidad humana, la compasión, la ayuda, o que no las han encontrado. La primera y la segunda parte de la declaración de Cristo sobre el juicio final indican sin ambigüedad cuán esencial es, en la perspectiva de la vida eterna de cada hombre, el « pararse », como hizo el buen Samaritano, junto al sufrimiento de su prójimo, el tener « compasión », y finalmente el dar ayuda. En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la « civilización del amor ». En este amor el significado salvífico del sufrimiento se realiza totalmente y alcanza su dimensión definitiva. Las palabras de Cristo sobre el juicio final permiten comprender esto con toda la sencillez y claridad evangélica.

Estas palabras sobre el amor, sobre los actos de amor relacionados con el sufrimiento humano, nos permiten una vez más descubrir, en la raíz de todos los sufrimientos humanos, el mismo sufrimiento redentor de Cristo. Cristo dice: « A mí me lo hicisteis ». Él mismo es el que en cada uno experimenta el amor; Él mismo es el que recibe ayuda, cuando esto se hace a cada uno que sufre sin excepción. Él mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser partícipes « de los sufrimientos de Cristo ».(98) Así como todos son llamados a « completar » con el propio sufrimiento « lo que falta a los padecimientos de Cristo ».(99) Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento.

VIII

CONCLUSIÓN

31. Este es el sentido del sufrimiento, verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión.

El sufrimiento ciertamente pertenece al misterio del hombre. Quizás no está rodeado, como está el mismo hombre, por ese misterio que es particularmente impenetrable. El Concilio Vaticano II ha expresado esta verdad: « En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque … Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación ».(100) Si estas palabras se refieren a todo lo que contempla el misterio del hombre, entonces ciertamente se refieren de modo muy particular al sufrimiento humano. Precisamente en este punto el « manifestar el hombre al hombre y descubrirle la sublimidad de su vocación » es particularmente indispensable. Sucede también —como lo prueba la experiencia— que esto es particularmente dramático. Pero cuando se realiza en plenitud y se convierte en luz para la vida humana, esto es también particularmente alegre. « Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte ».(101)

Concluimos las presentes consideraciones sobre el sufrimiento en el año en el que la Iglesia vive el Jubileo extraordinario relacionado con el aniversario de la Redención.

El misterio de la redención del mundo está arraigado en el sufrimiento de modo maravilloso, y éste a su vez encuentra en ese misterio su supremo y más seguro punto de referencia.

Deseamos vivir este Año de la Redención unidos especialmente a todos los que sufren. Es menester pues que a la cruz del Calvario acudan idealmente todos los creyentes que sufren en Cristo —especialmente cuantos sufren a causa de su fe en El Crucificado y Resucitado— para que el ofrecimiento de sus sufrimientos acelere el cumplimiento de la plegaria del mismo Salvador por la unidad de todos.(102) Acudan también allí los hombres de buena voluntad, porque en la cruz está el « Redentor del hombre », el Varón de dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todas sus preguntas.

Con María, Madre de Cristo, que estaba junto a la Cruz, (103) nos detenemos ante todas las cruces del hombre de hoy.

Invoquemos a todos los Santos que a lo largo de los siglos fueron especialmente partícipes de los sufrimientos de Cristo. Pidámosles que nos sostengan.

Y os pedimos a todos los que sufrís, que nos ayudéis. Precisamente a vosotros, que sois débiles, pedimos que seáis una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal, que nos presenta el mundo contemporáneo, venza vuestro sufrimiento en unión con la cruz de Cristo.

A todos, queridos hermanos y hermanas, os envío mi Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, el día 11 de febrero del año 1984, sexto de mi Pontificado.

______________________________________________________________________

1. Col 1, 24.

2. Ibid.

3. Rom 8, 22.

4. Cf. nn. 14; 18; 21; 22: AAS 71 (1979) 284 s.; 304; 320; 323.

5. Como lo probó Ezequías (cf. Is 38, 1-3).

6. Como temía Agar (cf. Gén 15-16), como imaginaba Jacob (cf. Gén 37, 33-35), como experimentó David (cf. 2 Sam 19, 1).

7. Como temía Ana, la madre de Tobías (cf. Tob 10, 1-7; cf. también Jer 6, 26; Am 8, 10; Zac 12, 10).

8. Tal fue la prueba de Abrahán (cf. Gén 15, 2), de Raquel (cf. Gén 30, 1), o de Ana, la madre de Samuel (cf. 1 Sam 1, 6-10).

9. Como el lamento de los exiliados en Babilonia (cf. Sal 137 [136]).

10. Sufridas, por ejemplo, por el salmista (cf. Sal 22 [21], 17-21) o por Jeremías (cf. Jer 18, 18).

11. Esta fue la prueba de Job (cf. Job 19, 18; 30, 1. 9), de algunos salmistas (cf. Sal 22 [21], 7-9; 42 [41], 11; 44 [43], 16-17), de Jeremías (cf. Jer 20, 7), del Siervo doliente (cf. Is 53, 3).

12. Por lo que hubieron de sufrir también ciertos salmistas (cf. Sal 22 [21], 2-3; 31 [30], 13; 38 [37], 12; 88 [87], 9. 19), Jeremías (cf. Jer 15, 17) o el Siervo doliente (cf. Is 53, 3).

13. Del salmista (cf. Sal 51 [50], 5, de los testigos de los sufrimientos del Siervo (cf. Is 53, 3-6), del profeta Zacarías (cf. Zac 12, 10).

14. Esto lo sentían vivamente el salmista (cf. Sal 73 [72], 3-14) y el Cohelet (cf. Ecl 4, 1-3).

15. Este fue el sufrimiento de Job (cf. Job 19, 19), de ciertos salmistas (cf. Sal 41 [40], 10; 55 [54], 13-15), de Jeremías (cf. Jer 20, 10); mientras que en el libro del Eclesiástico se medita sobre tal miseria (cf. Eclo 37, 1-6).

16. Además de los numerosos pasajes del Libro de las Lamentaciones, cf. los lamentos de los salmistas (cf. Sal 55 [43], 10-17; 77 [76], 3-11; 79 [78], 11; 89 [88], 51), o de los profetas (cf. Is 22, 4; Jer 4, 8; 13, 17; 14, 17-18; Ez 9, 8; 21, 11-12); cf. tambien las plegarias de Azarías (cf. Dan 3, 31-40) y de Daniel (cf. Dan 9, 16-19).

17. Por ej. Is 38, 13; Jer 23, 9; Sal 31 [30], 10-11; Sal 42 [41], 10-11.

18. Por ej. Sal 73 [72], 21; Job 16, 13; Lam 3, 13.

19. Por ej. Lam 2, 11.

20. Por ej. Is 16, 11; Jer 4, 19; Job 30, 27; Lam 1, 20.

21. Por ej. 1 Sam 1, 8; Jer 4, 19; 8, 18; Lam 1, 20.22; Sal 38 [37], 9. 11.

22. A este propósito es oportuno recordar que la raíz hebrea ” designa globalmente lo que es mal, en contra- posición a lo que es bien (tob), sin distinguir entre sentido físico, psíquico y ético Aquella se encuentra en la forma sustantiva ra’ y ra’a que indica indiferentemente el mal en sí mismo, la acción mala o aquel que la realiza. En las formas verbales, además de la forma simple (qal), que designa de manera variada «el ser mal», se encuentran la forma reflexiva-pasiva (niphal) «sufrir el mal», «ser afectado por el mal» y la forma causativa (hiphil) «hacer el mal», «infligir el mal» a alguno. Dado que falta en el hebreo una verdadera correspondencia con el griego “pascw” = «sufro», también este verbo se halla raramente en la versión de los Setenta.

23. Dan 3, 27 s.; cf. Sal 19 [18], 10; 36 [35], 7; 48 [47], 12; 51 [50], 6; 99 [98], 4; 119 [118], 75; Mal 3, 16-21; Mt 20, 16; Mc 10, 31; Lc 17, 34; Jn 5, 30; Rom 2, 2.

24. Job 4, 8.

25. Job 1, 9-11.

26. 2 Mac 6, 12.

27. Jn 3, 16.

28. Job 19, 25-26.

29. Jn 1, 29.

30. Gén 3, 19.

31. Jn 3, 16.

32. Act 10, 38.

33. Cf. Mt 5, 3-11.

34. Cf. Lc 6, 21.

35. Mc 10, 33-34.

36. Cf. Mt 16, 23.

37. Mt 26, 52. 54.

38. Jn 18, 11.

39. Jn 3, 16.

40. Gál 2, 20.

41. Is 53, 2-6.

42. Jn 1, 29.

43. Is 53, 7-9.

44. Cf. 1 Cor 1, 18.

45. Mt 26, 39.

46. Mt 26, 42.

47. Sal 22 [21], 2.

48. Is 53, 6.

49. 2 Cor 5, 21.

50. Jn 19, 30.

51. Is 53, 10.

52. Cf. Jn 7, 37-38.

53. Is 53, 10-12.

54. Job 19, 25.

55. 1 Pe 1, 18-19.

56. Gál 1, 4.

57. 1 Cor 6, 20.

58. 2 Cor 4, 8-11, 14.

59. 2 Cor 1, 5.

60. 2 Tes 3, 5.

61. Rom 12, 1.

62. Gál 2, 19-20.

63. Gál 6, 14.

64. Flp 3, 10-11.

65. Act 14, 22.

66. 2 Tes 1, 4-5.

67. Rom 8, 17-18.

68. 2 Cor 4, 17-18.

69. 1 Pe 4, 13.

70. Lc 23, 34.

71. Mt 10, 28.

72. 2 Cor 12, 9.

73. 2 Tim 1, 12.

74. Flp 4, 13.

75. 1 Pe 4, 16.

76. Rom 5, 3-5.

77. Cf. Mc 8, 35; Lc 9, 24; Jn 12, 25.

78. Col 1, 24.

79. 1 Cor 6, 15.

80. Jn 3, 16.

81. Lc 9, 23.

82. Cf. Lc 9, 23.

83. Cf. Mt 7, 13-14.

84. Lc 21, 12-19.

85. Jn 15, 18-21.

86. Jn 16, 33.

87. 2 Tim 3, 12.

88. Col 1, 24.

89. Cf. Ef 6, 12.

90. Lc 10, 29.

91. Lc 10, 33-34.

92. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes, 24.

93. Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2.

94. Act 10, 38.

95. Mt 25, 34-36.

96. Mt 25, 40.

97. Mt 25, 45.

98. 1 Pe 4, 13.

99. Col 1, 24.

100. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes, 22.

101. Ibid.

102. Cf. Jn 17, 11. 21-22.

103. Cf. Jn 19, 25.

 

 

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Una cruz desconocida

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2009

Hechos a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26), no podemos realizarnos como seres humanos hasta que no regresemos a la fuente de la que salimos: ese Dios que es Amor (1Jn 4, 16); es decir, no seremos felices si no retornamos al Amor.

Pero hay tres impedimentos:

1) Aquí en la tierra todo lo conocemos a través del sentido, esa facultad que tiene el alma, de percibir, por medio de los órganos corporales, los objetos y las circunstancias externas. El sentido también es el entendimiento o razón que usamos para discernir las cosas. Pero el sentido es incapaz de Dios, puesto que Dios es infinitamente más grande que la criatura.

2) Los medios que tenemos y usamos para alcanzar nuestras metas en esta vida terrenal tampoco sirven de herramientas para alcanzar la meta de la felicidad: el encuentro con Dios, pues esos medios son infinitamente menores que la Deidad.

3) Asimismo, la voluntad, por sí misma, no nos puede llevar a Dios: por más que lo deseemos, por más buena que sea nuestra intención, por más fuerte que sea nuestra resolución, jamás llegaremos a la divinidad.

Así pues, para volver a Dios —nuestra única posible felicidad— no nos servirá ni nuestro pobre modo de entender, ni los paupérrimos medios que poseamos, ni la voluntad que pongamos, por más esfuerzos que hagamos.

Por todo esto, se hace indispensable: 1) que dejemos a un lado ese escaso modo de entender, y nos dejemos llevar por la fe: creer con certeza que Dios está junto a nosotros y nos ama; 2) que no usemos los pobrísimos medios que poseemos y que, en cambio, todo lo esperemos de Dios, y 3) que no pongamos la voluntad en otra cosa que en amar a Dios.

Pero hacer todo esto cuesta. Es duro cambiar el modo como conocemos, los medios que usamos y la voluntad que ponemos; de hecho, no podemos.

Por eso, el Espíritu Santo nos introduce en lo que los santos místicos llaman la noche oscura del sentido; una noche tan oscura que no nos deja ver como veíamos antes, que no nos deja entender como entendíamos, que no nos deja usar los medios que usábamos, que nos elimina la voluntad que teníamos, para mostrarnos al mismísimo Dios, esplendoroso.

Es una cruz muy desconocida. Es una cruz muy dolorosa. Pero es una cruz muy útil, ¡la que sí nos llevará a Dios!

También por esta razón Dios murió en una cruz: para que supiéramos que es necesario purificar el sentido con el fin de alcanzar la felicidad auténtica.

Para ese fin, conviene que nos detengamos con frecuencia en nuestros quehaceres y repitamos la siguiente jaculatoria que lo compendia todo:

“Señor: sé que estás aquí, que me estás mirando, que me estás amando; todo lo espero de ti; y todo lo hago por amor a ti”.

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Templar el acero*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2009

 

Después de una juventud llena de vicios y pecados, un hombre, que trabajaba en su taller de herrero, decidió entregar su vida a Dios.

 

Durante varios años se esforzó por ser un buen católico y practicó la caridad pero, a pesar de toda su dedicación, algunas cosas no parecían andar bien en su vida: sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.

 

Una hermosa tarde, un amigo que lo visitaba le comentó:

 

«Realmente es muy extraño que, justamente después de haber decidido volverte un hombre temeroso de Dios, tu vida haya comenzado a empeorar.»

 

El herrero ya había pensado en eso mismo muchas veces, sin entender lo que acontecía en su vida; sin embargo, como deseaba contestarle a su amigo, comenzó a hablar mientras continuaba su trabajo, y terminó por encontrar la respuesta que buscaba:

 

«En este taller yo recibo el acero aún sin trabajar, y debo transformarlo en las figuras que me piden. ¿Sabes cómo se hace eso?»

 

«Primero, caliento la hoja de acero hasta que se pone al rojo vivo. Enseguida, tomo el martillo y le doy varios golpes hasta que la pieza va adquiriendo la forma deseada. Luego, la sumerjo en un balde de agua fría; en ese momento se oye un ruido muy fuerte y el taller se llena de vapor a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir el procedimiento varias veces hasta obtener la figura perfecta, porque una sola vez no es suficiente.»

 

El herrero hizo una pausa y siguió:

 

«A veces, el acero no logra soportar ese tratamiento: el calor, los martillazos y el agua fría lo terminan llenando de rajaduras; en ese momento me doy cuenta de que ya no sirve, y entonces lo tiro a esa montaña de hierro viejo que ves a la entrada.»

 

Tras otra pausa, finalizó:

 

«Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que me da y el frío que hace sufrir al acero…»

 

Después de un silencio, se puso a orar en voz alta, como si su amigo no estuviera presente:

 

«Dios mío, no desistas hasta que yo consiga tomar la forma que Tú esperas de mí. Inténtalo del modo que mejor te parezca, por el tiempo que quieras, pero nunca me pongas en la montaña de hierro viejo».

 

Lynell Waterman

 

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Pensamientos sobre el sufrimiento*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2009

Frases adaptadas del libro:

Para sufrir menos…, para sufrir mejor*

De: Novello Pederzini

Editorial Católica Sin Fronteras

 

  • Hasta de los detalles más pequeños de tu vida está pendiente tu Padre–Dios: «¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre de ustedes. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto no tengan miedo» (Mt 10, 29-31).

 

  • Dios te trata con la ternura y el respeto que un padre siente por su hijo: «Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos» (Hb 12, 7a).

 

  • Dios no permite pruebas o tentaciones superiores a tus fuerzas: «Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean tentados por encima de sus fuerzas. En el momento de la tentación les dará fuerza para superarla» (1Co 10, 13b).

 

  • Todo es querido o permitido por Dios, para tu bien.

 

  • Tan solo del pecado no es Dios la causa directa; el pecado nace del hombre, de su libertad. Pero Dios se sirve incluso de las malas acciones y del pecado para realizar sus designios de bondad y de salvación.

 

  • Aunque no sepas la razón, cada sufrimiento está planeado o permitido por Dios para tu felicidad.

 

  • ¿Podemos dudar de que Dios tenga la inteligencia necesaria para conocer lo que te conviene y lo que te perjudica?

 

  • Dios sabe más que tú. Y te ama más de lo que tú puedas amarte o de lo que te puedes imaginar.

 

  • Todo cuanto ocurre en ti o en torno a ti, especialmente cuando el mal te aflige, todo sucede por voluntad o por permisión de Dios.

 

  • Todo cuanto pasa, aun los más mínimos detalles, es lo más conveniente y lo mejor para ti, aun cuando sea contrario a los puntos de vista más prudentes.

 

  • Si has sido elegido por Dios a seguir un camino de especial sufrimiento, debes saber que ese es el camino de los predilectos de su Corazón: estás destinado a realizar, con Él, un designio más alto de salvación para ti y para el mundo. ¡Ayúdalo a reparar! ¡Ayúdalo a salvar almas! ¡Ayúdalo a instaurar su Reino de amor, de paz y de alegría en el mundo!

 

  • Si te niegas a recibir de sus manos las tribulaciones a las que has sido destinado, obras en contra de tus mejores intereses.

 

  • Lo mejor es lo que Él ha querido para ti, no lo que tú piensas con tu inteligencia, demasiado limitada.

 

  • Ve en todas las personas y en todos los acontecimientos unos mensajeros providenciales de la voluntad de Dios.

 

  • No son las adversidades las que te hacen desgraciado; es tu falta de docilidad, que nace de una voluntad todavía rebelde contra la infinita sabiduría divina.

 

  • Saborea y ama tu sufrimiento, lleva con alegría la cruz que te corresponde: Él se ha convertido en tu compañero de camino y lleva el peso del dolor contigo.

 

  • La única admirable sensatez en esta vida está encerrada todavía —y para siempre— en el «¡fiat!» que pronunció la Virgen María: «¡Hágase en mí según tu palabra!».

 

  • Fuimos hechos para el Cielo: para gozar de la belleza, la bondad y la sabiduría de Dios; pero en la tierra nos apegamos a las cosas, a las personas y especialmente a nosotros mismos. Si no amamos a Dios por encima de todas las criaturas, todavía no podemos dejarnos amar de Él; necesitamos purificarnos. Es entonces cuando interviene el Señor y permite lo que nosotros llamamos desventura; permite que nuestros ídolos sean destrozados, que encontremos amargura y desilusión donde creíamos saborear la dulzura del placer y del gozo. Y así nos hacemos cada vez más susceptibles del amor de Dios.

 

  • «Los sufrimientos de la vida presente no se pueden comparar con la Gloria que nos espera y que ha de manifestarse». (Rm 8, 18)

 

  • La verdadera alegría nace cuando has renunciado a discutir, a cuestionar o a poner en tela de juicio los acontecimientos, convencido de que todo cuanto sucede es para tu bien, y que todo está previsto, dispuesto, asegurado, en conformidad con un plan que tiene un final feliz, aunque a ti no te lo parezca.

 

  • En la generosa y amante adhesión a la voluntad de Dios, en el esfuerzo de amar la cruz y el dolor como la cosa que mejor realiza en ti el plan divino, se halla el suave secreto de la paz y la serenidad.

 

  • La Fe en el amor que Dios te tiene: he aquí la fuente de toda aceptación, de todo equilibrio y progreso espiritual, de toda paz, siempre, y especialmente en aquellos momentos en que nos asaltan el sufrimiento y la prueba.

 

  • Dios te ama, te ama personalmente; sabe tu nombre, tu persona, tu pasado, tu presente y tu porvenir. Conoce tu temperamento, tus cualidades, tus defectos, tus méritos y tus pecados. Te conoce en cada una de tus facetas íntimas más secretas. Conoce —lo ha dicho Él— el número de cabellos de tu cabeza…

 

  • En ti pensaba en su agonía; aquella sangre la derramó por ti…

 

  • Para ti, precisamente para ti, de una manera especial, te ha preparado una eternidad de gozo. Allá arriba hay un puesto reservado que te espera: tu puesto. Nadie ocupará la porción de Paraíso celosamente destinada para ti, si tú quieres conquistarla.

 

  • El Señor es un Dios amoroso, dulcemente inclinado hacia ti, que eres un tesoro que lo atrae sobre la tierra, como si no existiera otro objeto de su atención y de su interés.

 

  • Habitúate a la percepción de esta presencia constante, aun cuando no la sientas de una manera dulce e inmediata. Porque, a veces, se oculta el Señor, se hace esperar y buscar; permite la oscuridad y la tormenta; y tú tienes la impresión de que Él te ha abandonado. Pero su mirada permanece constantemente fija en ti y no te abandona ni un solo instante; ni siquiera cuando tú lo traicionas y lo ofendes: es la mirada dulcísima de una madre, que te sigue, te abre el camino, te protege, te acaricia, te sonríe, te consuela…

 

  • Cuando el dolor, la prueba, el sufrimiento, se presenten en el horizonte, has de saber aceptarlo de su mano como un don preparado, pensado, dosificado para ti. No debe preocuparte el porqué de lo que Él ha decidido y realizado en ti. Para ti debe ser suficiente saber que Él lo ha querido; lo ha querido para ti; y lo ha querido porque, conociéndote y amándote, no encontró mejor camino para la realización de su designio amoroso en tu persona. Arrójate en sus brazos.

 

  • No temas nada y nada desees desmedidamente, sino sólo lo que Él quiere y tal como Él lo quiere.

 

  • Presta especial atención a la llamada precisa e insistente, por tu nombre, cuando te invita a sufrir. Se trata de una invitación de confianza, de predilección, de amor extraordinario. Te llama, quiere tu colaboración a su acción; te honra al contar con tu contribución personal. Se trata de una alianza, casi de un contrato de trabajo, para una gran realización en la que todos tienen su parte preciosa e insustituible.

 

  • Arrójate en los brazos de Dios, di con prontitud el propio «fiat», ten como norma habitual de vida el «No se haga mi voluntad, sino la tuya», renuncia a toda discusión estéril, acepta todo de la mano amorosa del Señor como lo mejor y lo más conveniente para ti…

 

  • Quien te tiende la mano es el mismo Jesús, que ha sufrido antes y más que tú; que ha sufrido por ti.

 

  • A cada una de tus cruces, Él responde con una ayuda. A cada uno de tus dolores, por humanamente insoportablemente que sea, corresponde una gracia suya particular. Y, si cada pequeña cruz es un fragmento de su Cruz, tú debes aceptarla y vivirla con Él, con amor intenso, con adhesión perfecta a sus arcanos designios, con firme convicción de recibir de Él la fuerza indispensable.

 

  • Después de pecar suele quedar en el alma una vaga inquietud, la angustia, el temor de que Dios se comportará con cierta distancia, privándola de su tierna familiaridad. Nada más equivocado: Dios nos ama porque es bueno, no por que lo seamos nosotros. Y no desea de nosotros sino que creamos firmemente en su amor. Si estás arrepentido y le has pedido perdón (los pecados mortales en la confesión), Él lo ha olvidado todo y para siempre.

 

  • Deja solo a los paganos la preocupación del mañana. Vive el presente, solo el presente: es lo que Dios quiere cada instante para ti; es lo mejor para ti: Dios así lo ha previsto. El mañana ya tendrá sus penas o alegrías: «No se preocupen por el día de mañana, pues a cada día le bastan sus problemas». (Mt 6, 34)

 

  • Todas las dificultades, las dudas, los temores de cualquier clase y gravedad sobre tu futuro, deben servir únicamente para hacerte perder toda confianza en ti mismo, y despertarte una ilimitada confianza en Él, cuya bondad y poder superan todas tus miserias y todos tus cálculos.

 

  • Para tu afán de hoy existe una Providencia particular, suficiente, proporcionada. Para tu preocupación de mañana, de igual manera, habrá otra Providencia particular, suficiente, proporcionada.

 

  • Aprende a gustar cada una de las pequeñas y grandes alegrías que el presente te reserva. Y si estás llamado a sufrir, estima en todo su valor, con cuidadoso empeño, el dolor de ese instante: es esa cruz particular, y de ese determinado instante, la que el Señor te ha confiado; y te asegura su ayuda para llevarla. Aprovecha, vive el instante presente, que para ti es la manifestación de la presencia divina.

 

  • Habla poco con las criaturas y mucho con Dios: no disminuyas el mérito de tus sufrimientos contando lo que sufres. No eches a perder su perfume y su valor confiándolo al juicio y a la compasión de quien está a tu lado. Silencia con empeño hasta las más pequeñas mortificaciones, porque cuando se mantienen secretas por amor son flores fragantes cuyo aroma solo Dios aspira.

 

  • Sufre amando a Dios con todas tus fuerzas: es el medio más poderoso y eficaz para llegar pronto y fácilmente a la más íntima unión con el Señor, a la más alta santidad, a la más intensa paz del alma. Di: «Porque te amo, Dios mío, sufro todo por ti». Santo no es el que hace milagros, el que tiene éxtasis, sino el que hace más actos de amor a Dios a lo largo del día.

 

  • Esta vida es, como dijo santa Teresa, «solo una mala noche en una mala posada».

 

  • Tu puesto está allá arriba. El Señor te ha precedido y te ha preparado un puesto; Él mismo nos lo dijo: «En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar» (Jn 14, 2). Un puesto como tú lo deseas, como lo has buscado siempre, sin encontrarlo jamás aquí abajo. 

 

  • Las bellezas terrenas son solo una pequeña muestra de la infinita belleza que observarás en Dios. Toda la infinita sabiduría de Dios se volcará en ti. Toda la bondad que ves aquí no es nada comparada con el infinito amor que recibirás de Dios. Aquí abajo se nos da el anticipo, la figura, la sombra; en el Paraíso, la dulce e inacabable realidad. 

 

  • Cuando los místicos han vislumbrado algún pálido reflejo, han expresado un entusiasmo indescriptible, como en esta expresión de Pascal: «Alegría, alegría…, lloro de alegría». Un llanto de alegría que se da con solo pensar en la auténtica alegría que nos espera: la alegría de ser, para siempre, felices en los brazos de Dios.

 

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*Este libro se puede adquirir en:

Comunicaciones Sin Fronteras:
       Bogotá, Colombia: Cra. 13 nº 43A-16. Tels.: 2323362 ó 2883278.
       Quito, Ecuador: Calle Mejía y Venezuela Tel.: 2586616
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Penas y más penas

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 12, 2009

 

Las dificultades, angustias, tristezas, calamidades, etc., son la muestra del infinito amor que Dios nos tiene, porque es a través de ellas como nos santificamos y ayudamos al Señor a santificar el mundo.

Obviamente nos preguntaremos cómo puede ser esto.

Esas penalidades son el medio a través del cual nuestro Señor a une las personas escogidas a sus padecimientos, para hacer su obra en el mundo: que todos los corazones se llenen de su paz, de su alegría y de su amor.

En segundo lugar, con esos sufrimientos, Dios une esas personas a Sí mismo, haciendo misteriosa y lentamente un trabajo secreto en sus almas (sin que ellas se den cuenta), con el cual las forma y las hace cada vez más parecidas a Él, para regalarles después —cuando ya estén maduras— la auténtica felicidad.

Por eso, las personas avanzadas en la vida espiritual, que conocen estos caminos, sienten que si Dios no les da cruces es porque no las ama, y sufren: sufren por no sufrir, por no poder sufrir con su Amado. Al fin y al cabo, como dijo san Pablo de la Cruz, “el amor hace suyas las penas del Amado”.

Y ¿cuál es la forma de corresponder a semejante acto de predilección? Aceptar cada situación, tal como venga, sabiendo que de Él, el Amor de los amores, “no pueden salir sino cosas buenas para sus hijos”, como también afirmó san Pablo de la Cruz.

Eso es todo lo que nos toca hacer a sus hijos: recordar que lo que ocurre es permitido por Él para nuestro bien (Rm 8, 28), especialmente lo que aquí en la tierra llamamos “malo”, y que realmente siempre es bueno: nos da la auténtica felicidad y es el cauce para que Dios se sirva de nosotros para llevar a cabo su plan de salvación para el mundo.

Gustemos pues, de esa cruz que Dios nos permite, disfrutémosla comprendiendo que es la que la infinita Sabiduría planeó para nosotros desde la eternidad, a la medida exacta de nuestras necesidades, porque sabía que sin ella no encontraríamos el camino a la dicha sin fin.

Ahora sí podemos afirmar que cuando Él nos visita con la cruz es cuando más nos ama.

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Para estar en la gloria eterna

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2009

¿Qué dice la Biblia acerca de la gloria del Cielo? ¿Quién se salvará? En la carta a los romanos está la respuesta:

«Porque te salvarás si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos.» (Rm 10, 9)

La fe es la que nos salva. Pero esa fe se demuestra con hechos:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: […] «si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Está claro, pues, que hay que cumplir los mandamientos para entrar en el Cielo. Al cumplirlos, demostramos que tenemos fe. Lo mismo ocurre con la obras de misericordia: las viviremos solo si tenemos fe. Y así sucede con las demás enseñanzas y ejemplos de Cristo: amar a los enemigos, poner la otra mejilla, hacer la Voluntad de Dios, etc., etc., etc.

Pero, además, la fe se tiene que probar:

«Si el oro debe ser probado pasando por el fuego, y es sólo cosa pasajera, con mayor razón la fe de ustedes, que vale mucho más. Esta prueba les merecerá alabanza, honor y gloria el día en que se manifieste Cristo Jesús.» (1P 1, 7)

Dice el texto que pasar la prueba de la fe nos merecerá la alabanza, el honor y la gloria, es decir, el Cielo prometido.

Y, ¡en qué consiste esa prueba? Es un sufrimiento que nos amolda, nos afirma, nos hace fuertes, para poder llegar a ese lugar definitivo: la gloria eterna. Nos lo explica claramente Pedro, en su primera carta:

«Dios, de quien procede toda gracia, los ha llamado en Cristo para que compartan su gloria eterna, y ahora deja que sufran por un tiempo con el fin de amoldarlos, afirmarlos, hacerlos fuertes y ponerlos en su lugar definitivo.» (1P 5, 10)

Entonces, ¿es necesario sufrir para acceder a la gloria? Sí. Pablo es todavía más explícito, más categórico:

«Si hemos sufrido con Él, estaremos con Él también en la Gloria.» (Rm 8, 17c)

Sufrir con Él; ese fue el camino que recorrió Cristo y, por lo tanto, el que debemos recorrer sus seguidores, los cristianos.

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Palabras clave de la Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2009

 

Sacrificio, expiación, reparación, mortificación, penitencia, son algunos de los vocablos que solemos escuchar en esta época cuaresmal. Parecen significar lo mismo, pero intuimos que tienen sus diferencias. ¿Cuáles son?

Extrayendo del Diccionario de la lengua española las acepciones concernientes a la vida espiritual, he aquí la definición de estas palabras, para salir de la confusión:

Sacrificio: Ofrenda que se hace a Dios. Tiene dos sentidos: en señal de homenaje o de expiación.

Expiación: Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio (de una ofrenda a Dios). En este caso, nuestros sacrificios se unen a los de Cristo, para que tengan valor.

Reparación: Desagravio, satisfacción completa de una ofensa, daño o injuria hecha a Dios. Es lo que se logra con la expiación.

Mortificación: Domar las pasiones castigando el cuerpo y refrenando la voluntad, con el fin de conseguir la libertad que se necesita para llegar a la perfección que Dios nos pide (Cf. Mt 5, 48), es decir, la santidad, la felicidad. 

Penitencia: Serie de ejercicios penosos con que procuramos la mortificación de nuestras pasiones y sentidos.

Todos estamos obligados, como criaturas que somos, a ofrecer homenajes a Dios, a desagraviarlo por nuestras ofensas y a purificarnos de nuestras culpas. Y, por otra parte, debemos domar nuestras pasiones para llegar a la perfección, a la felicidad auténtica. Pero cada uno, de acuerdo con su director espiritual, debe acordar la calidad y la cantidad de estos actos.

Estas prácticas se deben enseñar con mucha prudencia y sabiduría espiritual. Son muchos los factores que influyen en la toma de esta decisión:

–el estado de la persona: si es casado, soltero o viudo;

–la vocación y el carisma al que fue llamado: sacerdote secular, vida consagrada, seglar;

–la cantidad y calidad de los pecados que se quieren purgar;

–el conocimiento que tenga de la bondad y maldad de los actos;

–su situación biológica y psicológica (su salud); y, sobre todo,

–si es un principiante, un aprovechado o un perfecto, es decir, su situación espiritual.

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Los inevitables sufrimientos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

 

La aterradora realidad del sufrimiento humano —de la que nadie ha podido escapar los cien o doscientos mil años que el hombre lleva sobre la tierra— ha hecho que algunos pretendan lo imposible: vivir sin dolor. Anestésicos y analgésicos de todo tipo, por una parte; técnicas de control mental, faquirismo y budismo, por otra…; siempre buscando libarse del sufrimiento…

Pero han sido infructuosos los intentos: todo ser humano ha tenido que experimentar alguna vez el sufrimiento físico o biológico: los nervios sensitivos llevan la sensación de dolor al sistema nervioso central… ¿Quién no ha sentido frío, calor, sed, hambre, cansancio…?

El sufrimiento emocional también llega —tarde o temprano— a nuestras vidas: se sufre, por ejemplo, ante un fracaso, por el peso del trabajo y de la pobreza, por las vergüenzas, o por una desilusión, las «injusticias», la humillación, la deshonra, el desprestigio, el desconsuelo… Por eso, el estrés, la angustia, la ansiedad, la depresión y muchas enfermedades psicológicas más son muestras de esta realidad que tanto pulula en nuestros días.

En el ámbito afectivo también el ser humano se afecta: la ingratitud, el cariño no correspondido, la indiferencia de los seres queridos, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, el desprecio, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, la soledad…

Un cuarto tipo de sufrimiento es el moral, frecuentemente confundido con los anteriores: se sufre cuando se ve el mal, porque va en contra de la caridad, porque ofende a Dios… Por la misma razón nos duele también el mal que realizamos. ¡Y duele más cuanto más está el alma enamorada de Dios!

Pero el sufrimiento que más afecta es el espiritual: en la vida de intimidad con Dios, cuando el alma es «tocada» por Dios y queda prendada del amor de Dios, ya no hay nada que la atraiga más que la unión con el Amor de los amores… Y, como el alma vive esta vida terrenal, esa separación duele infinitamente, pues infinito es el bien del que se está perdiendo… Dolor que es incomparable a todos los demás, pero que es preciso experimentar para poder llegar limpios a esa unión con Dios, que llenará al alma de los gozos y deleites espirituales que apenas se presienten en la vida de oración, y de la que tanto han hablado los autores místicos. En esta etapa ya los placeres terrenales son despreciables…

Por eso Dios permite nuestro sufrimiento: para purificarnos de todos los apegos y apetitos a los que tendemos desordenadamente, y lleguemos a la meta donde se realizará nuestra auténtica realización personal:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos.

Además, cuando nuestros padres según la carne nos corregían, los respetábamos. ¿No deberíamos someternos con mayor razón al Padre de los espíritus para tener vida? Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-12)

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