Hacia la unión con Dios

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Cómo se prepara el sacerdote para la Santa Misa y como da gracias*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2017

La OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS DEL SUMO PONTÍFICE expidió el documento: El sacerdote en la “Praeparatio” y en la Acción de Gracias de la Santa Misa, el cual se puede leer en la siguiente dirección:

http://www.vatican.va/news_services/liturgy/details/ns_lit_doc_20100621_sac-praeparatio_sp.html

Esos textos aparecen en el Misal Romano (2008), en el apéndice VI, pp 1097-1103. Ahí se pueden encontrar. Son los siguientes:

PREPARACIÓN PARA LA MISA:

  1. Oración de san Ambrosio

  2. Oración de santo Tomás de Aquino

  3. Oración a la Santísima Virgen María

  4. Fórmula de la intención

ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA MISA:

  1. Oración de santo Tomás de Aquino

  2. Invocaciones a Nuestro Santísimo Redentor

  3. Oblación de sí mismo

  4. Oración a Jesucristo Crucificado

  5. Oración para pedir a Dios todas las gracias, atribuida al Papa Clemente XI

  6. Oración a la Santísima Virgen María

Sin embargo, he aquí otros que se han usado también:

Oración a todos los Ángeles y Santos antes de la Misa

Ángeles, Arcángeles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades, Virtudes de los cielos, Querubines y Serafines, Santos y Santas todos de Dios, especialmente mis Patronos, intercedan por mí para que pueda ofrecer dignamente a Dios omnipotente este sacrificio, para alabanza y gloria de su Nombre y en beneficio mío y de toda su Santa Iglesia. Amén.

Oración al Santo en cuyo honor se celebra la Misa

Oh San/Santa N., yo, miserable pecador, confiando en tus méritos, ofrezco ahora para tu honor y gloria el santísimo sacramento del Cuerpo y de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Te ruego humilde y devotamente que intercedas hoy por mí, para que ofrezca digna y aceptablemente este sacrificio, y pueda alabar eternamente a Dios contigo y con todos sus elegidos y reinar junto a Él. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Fórmula de la intención de la Santa Misa

Yo quiero celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y confeccionar el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo según el rito de la Santa Iglesia Romana, para alabanza de Dios omnipotente y de toda la Iglesia triunfante, para mi beneficio y el de toda la Iglesia militante, por todos los que se encomendaron a mis oraciones en general y en particular, y por la feliz situación de la Santa Iglesia Romana. Amén.

El Señor omnipotente y misericordioso nos conceda la alegría con la paz, la enmienda de la vida, tiempo de verdadera penitencia, la gracia y el consuelo del Espíritu Santo, y la perseverancia en las buenas obras. Amén.

 

Yo te adoro, Señor

Yo te adoro, Señor Jesucristo. Creo en Ti como Hijo de Dios, engendrado por el Padre, con quien compartes una misma naturaleza, unidos en un inmenso abrazo de amor, haciendo entrega al Padre de toda tu voluntad. Te confieso, Señor, como Dios y Hombre verdadero que, bajando del cielo a la tierra, reveló el amor del Padre, de quien con tu muerte en la Cruz cumpliste hasta el fin y siempre su voluntad.

Creo, también, que estás presente real y verdaderamente como Dios y Hombre en el Santísimo Sacramento del altar, donde se renueva de manera incruenta el sacrificio cruento de la Cruz.

También te doy gracias porque, por nosotros los hombres, te entregas cada día como víctima propiciatoria al Padre, dándole así el honor y la gloria que le son debidos y que ningún otro le podemos dar. De manera muy especial quiero darte gracias por haber elegido a este indigno siervo tuyo al estado sacerdotal para, en tu nombre, ofrecer por los hombres este sacrificio, con mi propia voz y mis propias manos.

Concédeme también que, por la sublimidad de este misterio, con el debido santo temor, con verdadero dolor y arrepentimiento, me acerque humildemente al altar.

Haz también que con atención y reverencia sepa ejercer el sagrado ministerio que me has encomendado. Sobre todo, concédeme la gracia de saber identificarme contigo, ofreciéndome al Padre como víctima de salvación. Concede este mismo espíritu de ofrecimiento y devoción a todos aquellos que asistan y participan en este santo sacrificio, de manera que, sabedores de la sublimidad de este Sacramento, participen de él con toda voluntad y entendimiento, ofreciéndose al Padre como víctimas de salvación.

En nombre de ellos y en el mío propio, Señor, Jesús, una vez más nos inmolamos contigo en el mismo sacrificio al Padre, dándole así todo honor, gloria, adoración y acción de gracias por todos. Sacrificio de propiciación por los pecados y por la salvación del mundo entero, y para pedir para nosotros tu divina gracia.

Mira piadosamente, Señor, Padre Santo, esta Hostia Inmaculada que tu querido Hijo te ofreció en la Cruz. Mira el rostro de tu Ungido, en quien siempre te has complacido. Por Él, a quien nos diste por hermano y nos vas a dar por alimento, danos, Señor, con paternal benevolencia, tu gracia y todo lo necesario y útil para nuestra santificación.

Acuérdate de todos aquellos por quienes tenemos la obligación de orar y de aquellos que nos lo han pedido. Acuérdate de los atribulados y afligidos, de los pecadores, de tu Iglesia santa y de todo el género humano. Amén.

ORACIONES AL REVESTIRSE:

Al lavar las manos

Da, Señor, la virtud a mis manos para que toda mancha sea removida y pueda servirte con una mente y un cuerpo puros.

Al ponerse el amito

Impón, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de salud, para combatir las asechanzas diabólicas.

Al ponerse el alba

Purifica, Señor, y limpia mi corazón, para que purificado con la sangre del Cordero merezca el gozo sempiterno.

Al ponerse el cíngulo

Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza y extingue en mis miembros el humor libidinoso, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y castidad.

Al ponerse la estola

Devuélveme, Señor, el estado de inmortalidad, que perdimos con el pecado de nuestros primeros padres: y, aunque indigno de acercarme a tu sagrado misterio concédeme la eterna gloria.

Al ponerse la casulla

Señor, que dijiste: mi yugo es suave y mi carga ligera; haz que lo lleve de tal manera, que me haga digno de conseguir tu gracia. Amén.

 

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Características de las celebraciones eucarísticas

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 2, 2017

Las celebraciones eucarísticas, en su orden de precedencia, son:

 

I. Domingos y solemnidades

 

II. Fiestas

 

III. Ferias privilegiadas

 

IV. Memorias obligatorias

 

V. Memorias libres / Misas votivas / Ferias

 

En la Eucaristía se diferencian así:

 

I.            Los domingos y las solemnidades tienen:

A.          Oraciones propias

B.          Gloria

C.          Credo

D.         2 lecturas y salmo propios

E.          Evangelio propio

 

II.          Las fiestas tienen:

A.          Oraciones propias

B.          Gloria

C.          1 lectura y salmo propios

D.         Evangelio propio

 

III.        Las ferias privilegiadas:

A.          Oraciones propias

B.          1 lectura y salmo propios

C.          Evangelio propio

IV.        Las memorias obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

V.          Las memorias libres las elige el sacerdote, por motivos pastorales (no personales). Si las elige, se hacen como las obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

VI.        Las misas votivas las elige el sacerdote, por motivos pastorales (no personales). Si las elige, se hacen como las obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

VII.      Ferias:

A.          Oraciones del domingo anterior u otras cualesquiera del misal, según las necesidades pastorales

B.          Lectura, salmo y Evangelio del día

 

Cuando una Fiesta del Señor o de la Virgen cae en domingo, se hacen las 3 lecturas que están en el leccionario, pero cuando cae entre semana, se escoge una de las 2 lecturas antes del Evangelio.

 

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Celebrar bien la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2016

 

Presentación

 

La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

Uno de los campos en donde se puede expresar ese amor es en la celebración de las acciones litúrgicas, en la que «cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas»[1], ya que cada acción litúrgica tiene un fundamento teológico–sacramental y una justificación histórico–jurídica[2]; además, «la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales».[3]

He aquí algunos avisos de importancia acerca del culto del ministerio eucarístico, extractados de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II; del Missale Romanum; del Ritual De Sacra Communione et de culto mysterii eucharistici extra Missam; de las instrucciones: Eucharisticum mysterium, Memoriale Domini, Inmensæ caritatis y Liturgicæ instaurationis; de las instrucciones Inæstimabile Donum y Redemptionis Sacramentum de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; de la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos; del boletín: Actualidad litúrgica, del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal y de otros documentos de la Iglesia.

 

Obediencia

 «Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud».[4]

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «les obedeció».[5]

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice: «Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado».[6]

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».[7]

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen».[8]

Y también es de Jesús la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho».[9]

¿Qué tal está nuestra disposición para llevar a la práctica esos detalles pequeños que se recomiendan para las celebraciones de la Eucaristía?

La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino alerta sobre los errores más frecuentes «señalados desde las diversas partes del mundo católico: confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares, creciente pérdida del sentido de lo sagrado, desconocimiento del carácter eclesial de la liturgia […]. Ahora bien, todo esto no puede dar buenos frutos. Las consecuencias son —y no pueden menos de serlo— la resquebradura de la unidad de la Fe y de culto en la Iglesia, la inseguridad doctrinal, el escándalo y la perplejidad del pueblo de Dios».[10]

 

Sobre la actuación del pueblo

  • El pueblo está de pie a la entrada del sacerdote–presidente, como señal de respeto y acogida.
  •  Al anunciar la proclamación del Evangelio, el sacerdote dice: «Lectura del santo Evangelio según…». En ese momento todos se signan con el dedo pulgar, se hacen tres cruces: la primera en la frente, para conocer mejor la palabra; la segunda en los labios, para anunciarla con ardor; y la tercera en el pecho, para vivirla en la práctica diaria. No se santiguan (hacerse la señal de la cruz desde la frente al ombligo y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad), porque ya se hizo al comienzo de la celebración y, en liturgia, se evitan los duplicados.[11]
  • Durante la lectura del Evangelio, los presentes se vuelven hacia el ambón para manifestar su especial reverencia a esta lectura culminante.[12]
  • Al finalizar la lectura del Evangelio, el sacerdote dice: «Palabra del Señor» y el pueblo responde: «Gloria a ti, Señor Jesús» (antes se respondía: «Te alabamos Señor»), para adherirnos mejor a las mismísimas palabras de Cristo.
  • A la homilía no se conteste: «Amén» ni «Así sea».
  • «El dinero, así como otras ofrendas para los pobres, se pondrán en un lugar oportuno, pero fuera de la mesa eucarística.»[13]
  • Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino, los fieles quedan en silencio respetuoso (antes se decía: «Señor mío y Dios mío…», oración que pueden recitar mentalmente los fieles que lo deseen), porque la aclamación vendrá enseguida.
  • La doxología de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» la dice el presidente solo.[14]

Es que la Plegaria Eucarística [desde que se hace el dialogo: “El Señor esté con ustedes” “Y con tu espíritu” “Levantemos el corazón”… hasta la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él…”] debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote[15].

El pueblo responde: «Amén». Este «Amén» en particular debería resaltarse con el canto, dado que es el más importante de toda la Misa.[16]

  • Durante el rezo del Padre Nuestro, solamente el presidente levanta las manos. No es litúrgico que los fieles lo hagan, ni que se cojan de las manos (este es más signo de hermandad que de nuestra condición de hijos).
  •  La oración de la paz («Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles…») es presidencial, es decir, la dice el sacerdote solo en nombre de toda la asamblea. El sacerdote termina esa oración diciendo: «…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» el pueblo concluye: «Tuyo es el reino…» (antes se decía: «Porque tuyo es el reino»).
  • «Conviene que cada uno de los fieles dé la paz de una manera sobria, únicamente a los que están cerca»[17], sin moverse de su puesto.[18]

El que da la paz puede decir: «La paz del Señor esté siempre contigo»; y el que la recibe, «Amén».[19]

  • Mientras el sacerdote comulga, los fieles deben permanecer de pie (aunque, como signo externo de adoración, pueden estar de rodillas), y pasarán a comulgar después de que consuma ambas especies.
  • «Cuando los fieles comulgan de rodillas no se les exige ningún otro signo de reverencia al Santísimo Sacramento, ya que la misma genuflexión es expresión de adoración. En cambio, cuando comulgan de pie, acercándose al altar procesionalmente, hagan un acto de reverencia antes de recibir el Sacramento, en el lugar y de manera adecuados, con tal de no desordenar el turno de los fieles»[20] (por ejemplo, una pequeña inclinación de la cabeza).
  • «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.»[21]
  • Autorizados por la Conferencia Episcopal, los fieles pueden recibir la comunión en la boca o en la mano, según lo deseen; pero se recomienda que, si lo hacen de este último modo, lo hagan cuando las manos están perfectamente limpias (para evitar que las partículas sagradas en las que sigue presente el Señor caigan al piso, se ha considerado siempre un signo de delicadeza que un acólito ponga la patena, y que los fieles reciban el Pan consagrado en la boca).
  • No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.»[22] «No se admite que los fieles tomen por sí mismos el Pan consagrado»[23], ni siquiera cuando el que comulga es monja, monje o seminarista. Razón: en liturgia no se contempla el autoservicio. Tampoco deben tomar el cáliz sagrado.[24]
  • Durante la comunión de los fieles se pueden entonar cantos apropiados.

«Se recomienda a los fieles no descuidar, después de la comunión, una justa y debida acción de gracias, quedando posiblemente en oración por un conveniente espacio de tiempo».[25]

No es litúrgico recitar oraciones, como sucede cuando, al acabar, algunos fieles pronuncian la conocida oración: «Alma de Cristo, santifícame…»; este acto se sale de las rúbricas de la Santa Misa (por otra parte, durante la celebración, las oraciones deben ser dirigidas por el presidente, es decir, el sacerdote, y son de carácter comunitario y no privado).

  • La bendición se recibe de pie, salvo que se haga oración sobre el pueblo, que inclina la cabeza (no se arrodilla), en señal de humildad.
  • Por su significado, espérese de pie a que el sacerdote salga.
  • No inicien los fieles oraciones en voz alta inmediatamente después de terminada la celebración; espérese un poco para que, quienes lo deseen, continúen su acción de gracias.

 

Posturas durante la Celebración Eucarística

 

Ritos iniciales (de pie)

Signación: «En el nombre del Padre, y…»

Saludo

Acto penitencial

Gloria (si lo hay)

Oración colecta: «…y es Dios por los siglos de los siglos. Amén».

 

Liturgia de la Palabra

Primera lectura (sentados)

Se contesta al final: «Te alabamos, Señor».

Salmo (sentados)

Segunda lectura (si la hay, sentados)

Se contesta al final: «Te alabamos, Señor».

Aleluya (si lo hay, de pie)

Evangelio (de pie)

Se contesta al final: «Gloria a ti, Señor Jesús».

Homilía (si la hay, sentados)

Credo (si lo hay, de pie)

En donde dice: «y por obra del Espíritu Santo… y se hizo hombre», se hace una inclinación de la cabeza (en la Anunciación del Señor [marzo 25] y en la Natividad del Señor [diciembre 25] se ponen de rodillas).

Oración de los fieles (si la hay, de pie)

 

Liturgia eucarística

Procesión con las ofrendas (si la hay, sentados)

Presentación del pan y del vino (sentados)

Lavabo (sentados)

Oración sobre las ofrendas (de pie)[26]

Plegaria eucarística

Diálogo introductorio al prefacio (de pie)

Prefacio (de pie)

Santo (de pie)

Consagración del pan y del vino (de rodillas desde que el sacerdote coloca ambas manos sobre las ofrendas hasta el final de la consagración; luego, de pie)

(Cuando la salud, la estrechez del lugar, la aglomeración de la concurrencia o cualquier otra causa razonable impidan a los fieles arrodillarse, deben hacer una inclinación profunda)[27]

Conclusión (de pie)

 

Rito de la comunión

Oración del Señor o Padrenuestro (de pie)

Rito de la paz (de pie)

Fracción del Pan  (de pie)

Comunión (de pie)

Silencio después de la comunión (sentados)

Oración después de la comunión (de pie)

 

Rito de conclusión

Bendición (de pie [inclinada la cabeza si hay oración sobre el pueblo])

Despedida (de pie)

 

Significado de las posturas

De pie: significa prestar atención, alegría y prontitud a la acción

Sentados: significa escucha atenta, contemplación

De rodillas: significa oración, actitud de penitencia, adoración y súplica

 

Actos de reverencia

Genuflexión. Consiste en doblar la rodilla, bajándola hasta el suelo. Se hace al pasar frente al sagrario (lugar donde se guarda a Cristo sacramentado) o frente del Santísimo Sacramento cuando esté expuesto en la custodia (pieza de oro, plata u otro metal, en que se expone el Santísimo Sacramento a la pública veneración) sobre el altar. No es necesario santiguarse ni inclinarse.  No es obligatorio hacer la genuflexión para pasar a comulgar.

Si en el altar no está Jesús sacramentado, y se pasa entre el altar y el sagrario, se hace la genuflexión dirigiéndose hacia el sagrario.

Inclinación de la cabeza. Se hace al pasar frente a las imágenes —especialmente ante los crucifijos— y ante el sacerdote que preside la celebración, si hay que pasar por delante de él.

Inclinación del cuerpo. No está previsto que el pueblo ejecute este acto en la celebración de la Eucaristía.

 

Sobre el oficio de los animadores del canto

 

Aspectos generales

  • El día domingo y las solemnidades son los apropiados para la interpretación de cantos más festivos y más conocidos por la asamblea.

Los demás días se podría omitir el canto del Aleluya, reservándolo para el domingo, por su significado; a cambio, se puede cantar un verso interleccional.

Igualmente, podría suprimirse el canto del «Señor ten piedad» y el del «Cordero de Dios»; también se puede suprimir el canto durante la presentación de ofrendas, dando así más importancia al silencio en ese momento.

  • Cuando está establecido un coro o un cantante idóneo, será éste quien entone los cantos apropiados para cada momento de la celebración.
  • La nueva Ordenación General del Misal Romano no permite la sustitución de cantos o himnos por otros que no digan lo mismo; se refiere al «Cordero de Dios» y a las demás partes de la Misa.[28]
  • Recuérdese que el canto gregoriano es el más propio de la liturgia romana.[29]
  • «En tiempo de Cuaresma […] se permiten los instrumentos musicales solo para sostener el canto, como corresponde al carácter penitencial de este tiempo»[30], salvo el cuarto domingo de Cuaresma, «Lætare».

Asimismo, en el tiempo de Adviento «deben usarse con moderación los instrumentos musicales»[31], salvo el tercer domingo.

  • Durante el tiempo de Cuaresma no se debe cantar el «Aleluya», salvo en las solemnidades.

 

Aspectos particulares

  • El canto de entrada tiene que estar acomodado a la acción sagrada o a la índole del día o del tiempo litúrgico y debe ser un texto aprobado por la Conferencia Episcopal.[32]
  • Se recomienda que se cante el salmo responsorial.[33]
  • «Recuérdese que durante la Plegaria Eucarística [desde que se hace el dialogo: “El Señor esté con ustedes” “Y con tu espíritu” “Levantemos el corazón”… hasta la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él…”] no se deben ejecutar cantos».[34] Tampoco debe ejecutarse música alguna.[35] Este otro documento enfatiza la norma: «Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales.»[36]
  • Antes de iniciar el canto: «Cordero de Dios…» debe esperarse un poco para que los fieles se den la paz.[37]

A propósito: existen cantos para la paz, distintos del «Cordero de Dios…», los cuales —en ningún caso— lo reemplazan.

  • Se inicia el canto de la comunión después de que el sacerdote comulgue el Cuerpo de Cristo.

Durante la comunión es bueno escoger no solamente cantos eucarísticos, sino aquellos que expresen la participación en la mesa del Señor. Además, el canto de la comunión debe tener índole comunitaria.[38]

  • Después de la comunión, permítase un espacio de tiempo en silencio para la oración.
  • No es litúrgico incluir cantos de carácter popular (como los villancicos, por ejemplo) dentro de la celebración de la Eucaristía. Estos se pueden cantar después de la Misa. Tampoco conviene incluir en el repertorio letras totalmente profanas, sin contenido doctrinal religioso.

 

Cualidades de este ministerio

  • No solamente es necesario que los cantores tengan las cualidades técnicas para interpretar con gusto y armonía los cantos litúrgicos, sino que deben conocer cuáles corresponden a las diferentes partes de la celebración eucarística: los cantos de entrada, los del momento penitencial, gloria, cantos entre las lecturas, aclamación al Evangelio, profesión de Fe, procesión de ofrendas, santo, Padre Nuestro, momento de la paz, Cordero de Dios, cantos para la comunión, cantos de despedida.
  • Los cantores deben conocer también los cantos que se emplean para los diferentes tiempos del año litúrgico, los de los sacramentos, los que se hacen en honor de la Virgen María, los que se emplean para misas de difuntos, entre otros.
  • Debe recordarse que el oficio se llama Animación del canto, no se trata de un simple «coro».[39]

 

Sobre el oficio del lector

 

Aspectos prácticos

  • El lugar para proclamar las lecturas es el ambón; los fieles escogidos como lectores no deben leer desde su puesto.
  • Es importante que el lector «permita que quien preside la celebración y la asamblea se acomoden en su puesto, se sienten y, cuando haya silencio, empiece a proclamar».[40]

 No se lea lo que está escrito en color rojo. No se diga, por ejemplo, «Primera lectura» ni «Salmo responsorial» o «Al salmo respondemos» o «Salmo de respuesta».

Tampoco deben añadirse palabras, como: «Esta es Palabra de Dios» o «Es Palabra de Dios»; dígase: «Palabra de Dios». La razón es que «el lector se identifica tanto con aquello que anuncia, que él mismo se hace Palabra de Dios».[41] Téngase cuidado de no hacer entonación de interrogación, como si se estuviera preguntando: «¿Palabra de Dios?».[42]

El sacerdote, al finalizar la lectura del Evangelio, levanta el leccionario para decir: «Palabra del Señor»; esto no lo hace quien proclama las otras lecturas: debe dejarse el leccionario en el atril.

  • El lector debe leer pausadamente, articulando con la debida distinción las vocales, consonantes y sílabas de las palabras para hacer plenamente inteligible lo que se lee.
  • El micrófono estará a una cuarta de distancia de la boca (la cuarta es la medida de la mano abierta y extendida desde el extremo del pulgar al del meñique). Así se evitan circunstancias que impiden una buena comprensión de lo que se lee: por ejemplo, que la «P» suene como un golpe; la «S», como un silbido fuerte; o que se escuche la respiración.
  • «No es necesario estar pasando la cinta de una hoja a otra; lo mejor es dejarla en su puesto para evitar posibles confusiones en otras celebraciones».[43]
  • «Al terminar la lectura, haga una pausa de tres segundos antes de decir: «Palabra de Dios».[44]
  • Es conveniente hacer unos instantes de silencio entre la primera lectura y el salmo, para facilitar la meditación.[45]
  • «Si hay dos lectores para tres lecturas, el mismo que proclamó la primera hará la segunda y el otro proclamará el salmo»[46] y el versículo anterior al Evangelio. Asimismo, cuando hay una sola lectura, uno proclamará la lectura y el otro el salmo. El cambio de voz del lector al salmista y el espacio de tiempo entre la subida al ambón de estos dos ministros favorece la contemplación de la Palabra; por eso se insiste en que quien proclama el salmo no sea el mismo que proclamó la primera lectura[47], ya que es a todas luces un texto muy diverso.
  • El versículo anterior al Evangelio suele ir intercalado entre el canto del Aleluya (salvo en cuaresma, que no se dice ni se canta el Aleluya). Como norma general, si se proclama el versículo, el Aleluya debe cantarse; si no, se omite el versículo.[48]
  • Se recomienda que el salmo se cante. «Si no es posible cantar el salmo, éste debe recitarse del modo más apto en vistas a favorecer la meditación de la Palabra de Dios».[49]
  • La lectura del Evangelio está reservada al diácono o al sacerdote, lo mismo que la homilía.[50] La homilía nunca la hará un laico[51]. Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.»[52]

 

Cualidades de este ministerio

  • «Las lecturas […] sean confiadas a un lector o a otros laicos preparados espiritualmente y técnicamente».[53]
  • La preparación espiritual presupone, por lo menos, una doble instrucción: bíblica y litúrgica. La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y, para entender a la luz de la Fe el núcleo central del mensaje revelado.
  • La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre ésta y la liturgia eucarística.
  • «La preparación técnica debe consistir en que los lectores sean cada día más aptos en el arte de proclamar delante del pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de voz».[54]
  • Se requiere de práctica y de talleres para proclamar la Palabra, en vez de leerla, simplemente.[55] «La proclamación es un anuncio solemne, una declaración».[56]
  • Es necesario diferenciar las lecturas para hacer una entonación adecuada de ellas: no es lo mismo recitar un cántico o un salmo que narrar una historia o leer una exhortación. Conviene que sean nombrados lectores quienes ya distinguen estos estilos literarios y el modo adecuado de proclamarlos.

 

Sobre el oficio del acólito

 

Antes de comenzar

  • Es muy importante que el acólito llegue a la iglesia con anticipación para verificar que todo lo necesario para la misa esté listo: el Misal, el leccionario abierto en la página que corresponde a las lecturas del día, los micrófonos funcionando, el cáliz y las vinajeras en la credencia (mesa o repisa que se pone inmediata al altar, a fin de tener a mano lo necesario: vasos sagrados, vinajeras, patena de los fieles, etc.); en fin, revisar que el trabajo del sacristán haya sido bien hecho. Además, conviene que se lave las manos.

 

Aspectos prácticos

  • Después de entrar con el sacerdote, ubicarse en un lugar discreto con la vista puesta en el celebrante (no en el pueblo), conservar la mayor compostura posible y evitar todo movimiento que distraiga la participación de los fieles (no estar pasando de un lado a otro del altar, ni siquiera para tocar la campana).
  • El acólito no debe sentarse en la sede, al lado del presidente; este lugar está reservado para los diáconos o para otros ministros ordenados en las concelebraciones. Destínese para ello una pequeña silla cerca de la credencia.
  • Sobre el altar no se debe colocar el cáliz ni el copón hasta que no haya terminado la liturgia de la Palabra.
  • Recuérdese que en la presentación de ofrendas se entregan al sacerdote las vinajeras sobre su bandeja, para que él mismo se surta del vino y agua. Es ideal mantener la bandeja en la mano (a veces, por comodidad, se prefiere colocarlas en el extremo del altar).
  • El lavabo no debe omitirse. Hágase por fuera del altar (es importante no incomodar al sacerdote colocando muy alta la vasija donde se recibe el agua).
  • La campana debe tocarse con moderación: un solo toque cuando el sacerdote pone las manos sobre las ofrendas, tres toques durante la elevación de la Hostia consagrada y tres toques durante la elevación del Vino consagrado (no se toca durante la adoración, cuando el sacerdote hace la genuflexión).
  • El acólito no debe transportar el copón con las Hostias consagradas del sagrario al altar ni viceversa. Solamente el sacerdote o el diácono pueden hacerlo.
  • Al usar la patena de los fieles para recoger las migajas que caen durante la comunión del pueblo, es bueno retirarla cuando alguien desee recibirla en las manos.

 

Cualidades de este ministerio

  • La finalidad de este ministerio está descrita en el boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal Actualidad litúrgica, nº 25 (cf.):
  1. Prestan un servicio desinteresado
  2. Han de formarse en la responsabilidad que han adquirido
  3. Deben dar testimonio de vida cristiana

 

Nota:

  •  «Como es sabido, las funciones que la mujer puede ejercer en la asamblea litúrgica son varias; entre ellas la lectura de la Palabra de Dios y la proclamación de las intenciones en la oración de los fieles. No están permitidas a las mujeres las funciones de servicio al altar».[57] Sin embargo, la carta de 1994 de la Congregación para el culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos amplió la norma: con la autorización pública del obispo del lugar podrán prestar ese servicio.*

 

Sobre el oficio del ministro extraordinario de la comunión

 

Aspectos generales

  • «Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. […] esto no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.»[58]
  • «El fiel, religioso o seglar, autorizado como ministro extraordinario de la comunión, podrá distribuir la comunión, solamente cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito, cuando el sacerdote esté impedido por enfermedad o por su edad avanzada, o cuando el número de fieles que se acercan a la comunión sea tan grande que haría prolongar excesivamente la celebración de la Misa».[59] Léase también: «Cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.»[60] «Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente.»[61] «Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.»[62]
  • «Llamar [a alguien] ministro extraordinario significa que sólo puede ejercitar el cargo recibido en ausencia de los ministros ordinarios. Si hay diáconos o sacerdotes, son estos los que deben distribuir la Eucaristía, empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que reparten la comunión».[63]
  • «Si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición.»[64] El Obispo nombrará con el rito correspondiente al ministro extraordinario de la comunión que haya sido escogido y preparado por el párroco bajo los cánones establecidos; para ello se utiliza el Ritual del Culto (pp. 139-142).

«Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum[65] En esos casos esporádicos, en los misales se encuentra el «Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada comunión».

  • «Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.»[66]

 

Aspectos prácticos

  • El ministro extraordinario de la comunión debe subir al presbiterio después que el celebrante haya comulgado.[67]
  • El ministro extraordinario de la comunión «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”. […] Ninguna otra fórmula cabe acá»[68]; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.

También se le debe dar tiempo suficiente al comulgante para que pueda contestar: “Amén”, antes de colocar la Hostia consagrada en su boca.

  • Los fieles no pueden tomar por sí solos la Eucaristía, ya que el Cuerpo y la Sangre del Señor no se toma, sino que se recibe, ni siquiera en el caso de monjas, monjes o seminaristas (los concelebrantes, en cambio, sí lo toman porque ellos mismos lo han consagrado y, como consagrantes, son también figura de Cristo).[69]
  • El ministro extraordinario de la comunión estará bien presentado (sin trajes deportivos, como sudaderas o pantalonetas) y muy limpio.
  • El ministro extraordinario de la comunión se lavará las manos antes y después de repartir la comunión.

 

Cualidades de este ministerio

  • Según el Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, Actualidad litúrgica, nº 28, p. 8-9 (cf.), es necesario que el ministro extraordinario de la comunión cumpla los siguientes requisitos:
  1. Conocer, estudiar y aplicar los documentos oficiales de la Iglesia relacionados con la liturgia eucarística.
  2. Saber los nombres de lugares, vestiduras, libros, vasos sagrados y utensilios litúrgicos en general.
  3. Participar de viva voz sabiendo bien las respuestas actuales de la celebración eucarística.
  4. Estar entrenado en el servicio al altar para cuando no se dispone de la presencia o ayuda de monaguillos.
  5. Conocer el Misal, distinguir las diversas partes que lo conforman y aprender a registrarlo.
  6. Entrenarse en el manejo y buen uso del incensario mediante prácticas que ayuden a utilizarlo con destreza y naturalidad.

 

 Sobre el oficio del ministro ordenado

 

Aspectos generales

  •  Ceñirse a las recomendaciones de los misales y leccionarios no solamente es un gesto de comunión eclesial, sino que muestra la humildad del Ministro ordenado y da ejemplo de obediencia al Magisterio de la Iglesia.

«El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión.»[70]

«Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.»[71]

Además, la uniformidad facilita a los fieles su participación activa, sin confundirlos: «La unidad de criterios entre uno y otro presidente de asambleas litúrgicas está cuestionando seriamente la participación de los fieles: “¿A qué nos atenemos?” Y: “¿A quién le creemos?”»[72].

  • Conviene mucho tener presentes los actos presidenciales, en los que actúa dirigiéndose a Dios en nombre de todo el pueblo o al pueblo en nombre de Dios y de Cristo, los cuales debe decir solo el sacerdote. Este es el caso de la doxología de la Plegaria Eucarística y de la Oración de la Paz.
  • Es también muy importante que el Ministro ordenado tenga en cuenta las oraciones que son secretas (que no deben decirse en voz alta), como la que se hace durante el lavabo o las que se hacen en la fracción del Pan.
  • «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».[73]
  • No conviene distorsionar las oraciones que trae el Misal Romano agregando intenciones particulares que el presidente quisiera incluir en las mismas (ejemplo: en la memoria de un santo, mencionar a un difunto en la oración colecta o en la oración sobre las ofrendas o en la oración después de la comunión).

Tampoco es bueno incluir, dentro de la celebración de la Santa Misa, oraciones no litúrgicas (por ejemplo: «Alma de Cristo, santifícame…» después de la comunión, una oración a la Santísima Virgen, etc.). Estas se pueden recitar después, si se desea.

  • Cuando hay canto no hay necesidad de decir la antífona (ejemplo: si se canta durante la comunión no será necesario leer la antífona de la comunión; lo mismo se aplica al canto de entrada).
  • El presidente de la asamblea debe favorecer el silencio y dar espacio para la oración.[74] Hay varios momentos especiales de silencio: en el acto penitencial, después del «Oremos» de la oración colecta, entre la primera lectura y el salmo, después de la homilía[75] y después de la comunión.
  • «Los pastores de almas deben fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles […], cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios».[76]
  • «El Misal Romano debe quedar como un instrumento para testimoniar y conformar la mutua unidad del Rito Romano en la diversidad de lenguas y culturas, como su signo preeminente».[77]
  • «Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.»[78]
  • «Los presbíteros presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la vestidura talar. No es apropiado, salvo los casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.»[79]
  • «Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.»[80]

 

Aspectos particulares

  •  «Antes de ponerse el alba, si no cubre totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese el amito».[81] «El sacerdote que se reviste con la casulla, conforme a las rúbricas, no deje de ponerse la estola.»[82]
  • Es bueno que el ministro ordenado que va a celebrar la Eucaristía verifique que el sacristán haya cumplido sus labores (ver indicaciones sobre el oficio del sacristán al final de este documento).
  • «Tanto el que preside como la asamblea deben distinguirse por la puntualidad para comenzar a la hora exacta».[83] Del mismo modo, recuérdese que el tiempo del que se dispone entre semana es menor: una celebración de la Eucaristía mayor de media hora es excesiva para muchos fieles, que deben trabajar.
  •  Cuando no se hace canto de entrada, el presidente puede adaptar la antífona de entrada a manera de monición.[84]

 Solamente en la oración colecta se usa la conclusión larga: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» o «Él, que vive y reina…» o «Tú que vives y…».

En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión se utiliza la terminación corta: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». o «Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». o «Tú que vives y reinas…».

  • «La homilía tiene la finalidad de explicar a los fieles la palabra de Dios proclamada en las lecturas y actualizar su mensaje»[85], y corresponde al sacerdote o al diácono.[86]

«La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.»[87]

«Se predicará la homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo […]. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables, principalmente en ciertas ferias de Adviento y de Cuaresma».[88]

La predicación actualiza la Palabra y, para eso, conviene prepararla adecuadamente para no caer en la frialdad, la falta de convicción o el empleo del tiempo de la homilía para otras cosas totalmente distintas a la aplicación de los textos bíblicos a la vida de los oyentes y del predicador mismo, lo cual muestra cierta improvisación.[89]

La homilía se hará desde la sede, preferencialmente.

Recuérdese que los sermones largos o muy teóricos (de poca aplicación para la vida diaria) no son eficaces desde el punto de vista pastoral.

  • El celebrante dirige la oración universal desde la sede.[90]
  • Las fórmulas de presentación del pan y del vino se dicen habitualmente en voz baja; sólo se dicen en voz alta si no hay canto ni suena el órgano.[91]
  •  La inclinación del celebrante al In spiritu humilitatis debe hacerse «profunde inclinatus».[92]
  • «Merece especial atención la Plegaria Eucarística, que es la parte central de la celebración de la Eucaristía. Hay que orarla con voz alta y clara, sin precipitación, haciendo pausas de interiorización».[93]

«Es un gravísimo abuso modificar las Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras compuestas privadamente».[94]

Se insiste en que el celebrante deje de dirigirse al pueblo y, como imagen de Cristo que ora al Padre, no hable sino a Dios.[95]

Recuérdese que solo las plegarias eucarísticas I, II y III admiten el uso de cualquier prefacio; las demás forman un todo con su prefacio y, por lo tanto, deben recitarse exclusivamente con él.

En la consagración del pan, el que preside dice: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…». No dice: «porque este es mi Cuerpo».

«En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.»[96]

  • Inmediatamente después de la consagración del pan, adórese unos segundos el Cuerpo de Cristo con una genuflexión. Hágase lo mismo con la Sangre de Cristo.
  •  El Pan eucarístico se muestra a los fieles sobre la patena o sobre el cáliz (se muestra una parte de la Hostia fraccionada).[97]

 «La fracción del Pan se inicia después del gesto de la paz y debe realizarse con la debida reverencia sin alargarla innecesariamente, a fin de que el gesto [de la paz] no adquiera un excesivo realce».[98]

  • «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles.»[99]

 Los ministros extraordinarios de la comunión e incluso los diáconos y sacerdotes deben recibir el recipiente de la Eucaristía de manos del celebrante, detalle este sacramentalmente importante porque manifiesta que la Eucaristía se recibe del Señor.[100]

  • Como se dijo para los ministros extraordinarios de la comunión, el sacerdote «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”, dando espera a la respuesta del comulgante. Ninguna otra fórmula cabe acá»; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.
  • «Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción».[101] «No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado.»[102]
  • Lo que queda de la Sangre del Señor se la toma el sacerdote, el diácono o un acólito instituido que sirve de ministro del cáliz.[103]
  •  Como señal de respeto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la limpieza de las patenas y los vasos sagrados debe hacerse sobre el corporal. Los purifica el sacerdote, uno de los concelebrantes, el diácono o un acólito instituido.[104] «El ministro extraordinario de la comunión está excluido notablemente de la lista de personas que pueden purificar los utensilios sagrados».[105]
  • Es preferible que la atención a los fieles que requieran al sacerdote se haga después de retirarse los ornamentos, a la salida de la sacristía.

 

Sobre el oficio del sacristán

 

Aspectos prácticos[106]

  • Barrer bien la alfombra y tapetes del presbiterio.
  • Cambiar el conopeo del sagrario de acuerdo con el color que indique el Ordo*.
  • Sobre el altar no se debe disponer absolutamente nada, fuera del mantel siempre blanco[107] (verificar que esté completamente limpio).
  • En el lugar de la proclamación de la Palabra, el paño que lo cubre debe estar limpio. Colocar el Leccionario correspondiente según el Ordo* y el micrófono bien instalado, verificando que tenga buen sonido.
  • En la sede presidencial, colocar el libro de la sede o Misal Romano, la lista con las intenciones de la semana y el micrófono bien instalado, verificando que tenga buen sonido.
  • En la credencia, colocar el cáliz, la patena–copón, pan suficiente para la comunión de los fieles (si se requiere) y pan para el sacerdote–presidente, las vinajeras con agua y vino suficientes, el corporal, el purificador, el platillo y la jarra para el lavabo con agua suficiente, el manutergio limpio, la patena para la comunión de los fieles, la caja con la llave del Sagrario y el libro de la oración universal (o de los fieles). A un lado de la credencia, colocar la campanilla.
  • En la sacristía, disponer bien la casulla y estola de acuerdo con el color litúrgico del día (según el Ordo*), el cíngulo y el alba. No puede olvidarse de limpiar el polvo de la mesa antes de colocar estas vestiduras litúrgicas. Igual cuidado debe tener con los muebles de la sacristía y del presbiterio.

Conviene observar silencio en la sacristía antes de iniciar la celebración.[108]

  • Verificar que las flores estén siempre en buen estado y que nunca se coloquen sobre el altar.[109]

Recuérdese que «en tiempo de Cuaresma queda prohibido adornar con flores el altar» —salvo el 4º domingo, «Lætare»— y que «deben usarse con moderación» en el tiempo de Adviento.[110]

  • Antes de dar comienzo a la celebración, abrirá las puertas de la iglesia, tocará las campanas (media hora antes, al cuarto de hora y a la hora exacta), encenderá las luces y los cirios, prenderá el equipo de sonido y se cerciorará de su buen funcionamiento.
  • Al final de la celebración, deberá: recoger la colecta en una sola canastilla y entregársela al párroco, dejar todo en su puesto, apagar el equipo de sonido, las luces y los cirios, cerrar las puertas de la sacristía y de la iglesia.

 

Cualidades del sacristán

  • «Silentium et modestiam in sacristia et secretario observare curet: que cuide el silencio y la modestia, tanto en la sacristía como en el “secretario” (la sala donde en días solemnes se revisten los ministros sagrados e inician la procesión de entrada)».[111]
  • Su compostura se notará especialmente en los actos de reverencia al pasar delante del altar o de las imágenes sagradas (genuflexiones al pasar ante el sagrario o ante Santísimo expuesto en la Custodia, inclinación de la cabeza ante los crucifijos e imágenes…).
  • Del sacristán depende que la iglesia, con todos sus locales, aparezca ante los fieles como un espacio limpio, agradable, acogedor, preparado en las mejores condiciones, tanto en cuanto a iluminación, como a temperatura (ventanas abiertas o cerradas) y sonoridad.[112]

 

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NOTAS:

[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 28

[2] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 10

[4] Rm 5, 19

[5] Lc 2, 51

[6] Jn 4, 34

[7] Flp 2, 5-8

[8] Hb 5, 8-10

[9] Lc 16, 10

[10] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, introducción

[11] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 134

[12] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 133

[13] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 70

[14] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 4

[15] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 52

[16] Ídem

[17] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 82

[18] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[19] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 154

[20] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, 34;

Cf. Institutio generalis Missalis Romani, c; 246, d; 247, b;

Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 11

[21] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 93

[22] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 94

[23] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 9

[24] Cf. Ídem.

[25] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 17

[26] Esta norma era distinta: se permanecía sentados hasta después de la respuesta al «Orad hermanos…», con el fin de diferenciar la preparación de la Eucaristía de la liturgia eucarística propiamente dicha.

Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 43, 146

[27] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 43

[28] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 366

[29] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 41

[30] Ordo, Calendario Litúrgico para la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Conferencia      Episcopal de Colombia, Departamento de Liturgia.

[31] Ídem

Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 313

[32] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[33] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 61

[34] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 6

[35] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 12;

  1. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 30

[36] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 53

[37] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 31

[38] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 86

[39] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[40] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 21

[41] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 22

[42] Cf. Ídem

[43] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 21

[44] Ídem

[45] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56 y 128

[46] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[47] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1, que cita al Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[48] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[49] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 61

[50] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2-3

[51] Cf. La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.64

[52] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 65

[53] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2

[54] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 19-20

[55] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[56] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 18

[57] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 18;

  1. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Liturgicæ instaurationes, 7

* Hasta la fecha no ha habido autorización pública de ningún obispo colombiano

[58] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 151

[59] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 10;

  1. Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, Instrucción;
  2. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[60] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 158

[61] Ídem

[62] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 88

[63] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 21

[64] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[65] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[66] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 157

[67] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162 (antes se establecía que subieran al altar durante la fracción del Pan)

[68] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 12

[69] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 160

[70] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 11

[71] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 59

[72] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[73] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 22, par. 3

[74] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 11

[75] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[76] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 19;

  1. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 19

[77] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, final

[78] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 112

[79] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 128

[80] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 153

[81] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 122

[82] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 123

[83] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 33, p. 12

[84] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[85] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 3;

  1. Sagrada Congregación para el Culto Divino, instrucción Liturgicæ instaurationes, 2, a

[86] Cf. Ídem

[87] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 66

[88] Sagrada Congregación de Ritos, Intrusión sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 53

[89] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 8

[90] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 71

[91] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 142;

  1. Ordinario de la Misa, 1975, 20-21

[92] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 143

[93] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 20

[94] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 5

[95] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 31

[96] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 55

[97] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 84

[98] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 83

[99] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[100] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[101] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 103

[102] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 104

[103] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 284b; 279

[104] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 163; 279

[105] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 37, p. 30

[106] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 32, pp. 25-28

* Si hay memoria(s) libre(s), preguntar al sacerdote si celebrará alguna o si prefiere la feria

[107] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 117; 306

[108] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 45

[109] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 305

[110] Ordo, Calendario Litúrgico para la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Conferencia Episcopal de Colombia, Departamento de Liturgia.

[111] Ceremonial de Obispos, 37

[112] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 32, p. 6

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¿La comunión de rodillas y en la boca?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 26, 2016

En una entrevista concedida a la edición italiana del ‘L’Osservatore Romano’, monseñor Guido Marini responde a quienes se preguntan esto:

“No hay que olvidar que la distribución de la comunión en la mano sigue siendo todavía, desde el punto de vista jurídico, un indulto a la ley universal, concedido por la Santa Sede a las conferencias episcopales que lo hayan pedido […] La norma [es] válida para toda la Iglesia”.

Esta modalidad de distribución del Sacramento, dice, sin quitar nada a la otra, subraya mejor la verdad de la presencia real en la Eucaristía, ayuda a la devoción de los fieles, introduce con más facilidad en el sentido del misterio. Aspecto que en nuestro tiempo, pastoralmente hablando, es urgente subrayar y recuperar”.

A quienes acusan de querer imponer modelos preconciliares, el maestro de las celebraciones litúrgicas explica que “términos como ‘preconciliar’ y ‘postconciliar’ me parece que pertenecen a un lenguaje que ya ha sido superado y, si se utilizan con el objetivo de indicar una discontinuidad en el camino de la Iglesia, considero que son equivocados y típicos de visiones ideológicas muy reductivas”.

“Hay ‘cosas antiguas y cosas nuevas’ que pertenecen al tesoro de la Iglesia de siempre y como tales deben ser consideradas. Quien es sabio sabe encontrar en su tesoro tanto unas como otras, sin tener otros criterios que no sean evangélicos y eclesiales”.

“No todo lo que es nuevo es verdadero, como tampoco lo es todo lo antiguo. La verdad atraviesa lo antiguo y lo nuevo y a ella debemos tender sin prejuicios”.

“La Iglesia vive según esa ley de la continuidad, en virtud de la cual, conoce un desarrollo arraigado en la tradición. Lo importante es que todo esté orientado a una celebración litúrgica que sea verdaderamente la celebración del misterio sagrado, del Señor crucificado y resucitado, que se hace presente en su Iglesia, reactualizando el misterio de la salvación y llamándonos, según la lógica de una auténtica y activa participación, a compartir hasta sus últimas consecuencias su misma vida, que es vida de don de amor al Padre y a los hermanos, vida de santidad”.

 

Explicación

La norma es comulgar de rodillas y en la boca. La autorización a hacerlo de pie y en la mano es una excepción a la regla.

 

Nadie se equivoca obedeciendo

Este axioma es válido: si la Iglesia local (una arquidiócesis o diócesis) o regional (la Conferencia Episcopal de un país o zona geográfica) tiene el permiso de la Congregación para el Culto divino y Disciplina de los Sacramentos para establecer que se puede recibir la comunión de pie y en la mano, los feligreses pueden hacerlo, pues están obrando de acuerdo con la excepción permitida. Oren mucho —eso sí—, para que las autoridades siempre establezcan lo que el Señor quiere.

Pero si prefieren cumplir la norma universal establecida, comulguen en la boca y de rodillas.

 

Ningún sacerdote, obispo o Conferencia Episcopal tiene potestad para prohibir la norma

Jamás autorizó la Santa Sede a Conferencia Episcopal alguna prohibir comulgar de rodillas y en la boca. Comulgar de rodillas es un derecho del fiel que sólo puede ser suprimido por el Papa. Nadie puede prohibir comulgar rodillas y en la boca, porque es un derecho del fiel y porque en definitiva es lo que sugiere la Santa Sede como una mejor forma de comulgar.

Si alguna vez un sacerdote dice lo contrario, debemos corregirlo fraternalmente, rezando antes por él. Si ha propagado el error públicamente, por ejemplo en una Misa o en el boletín parroquial, debe informarse ala Ordinario (el Obispo o Arzobispo).

El Ordenamiento del Misal Romano dice: “Después el sacerdote toma la patena o el copón, y se aproxima a los que van a comulgar, quienes de ordinario se acercan procesionalmente. No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia Episcopal. Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, establecida por las mismas normas.”

“Notitiæ”, la publicación oficial de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en su edición de noviembre-diciembre de 2002 (Nº 436), dice: “Aun en aquellos países donde esta Congregación ha aprobado la legislación local que establece el permanecer de pie como la postura para recibir la Sagrada Comunión, de acuerdo con las adaptaciones permitidas a las Conferencias Episcopales por la Instrucción General del Misal Romano n. 160, § 2, lo ha hecho con la condición de que a los comulgantes que prefieren arrodillarse no les será negada la Sagrada Comunión.”

“La Congregación está de hecho preocupada por el número de quejas similares que ha recibido desde varios lugares en los últimos meses, y considera que cualquier negativa de dar la Sagrada Comunión a un miembro de la feligresía, fundamentada en que se encuentra de rodillas para recibirla, es una grave violación a uno de los derechos más básicos del feligrés cristiano, a saber, el de ser ayudado por sus Pastores por medio de los Sacramentos” (Código de Derecho Canónico, canon 213).

“En vista de la ley que establece que ‘los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos’ (Código de Derecho Canónico, canon 843, § 1), no debe negarse la Sagrada Comunión a ningún católico durante la Santa Misa, excepto en casos que pongan en peligro de grave escándalo a otros creyentes, como el pecador público o la obstinación en la herejía o el cisma, públicamente profesado o declarado.”

 

Sobre el cuidado de las partículas de la Hostia consagrada

San Efrén dice: “Comed este pan y no piséis sus migas, […] una partícula de sus migas puede santificar a miles de miles y es suficiente para dar vida a todos los que la comen.” (Serm. in hebd. s., 4, 4.).

Este texto es comentado por el Papa Pablo VI: “Consta que los fieles creían, y con razón, que pecaban, como nos recuerda Orígenes, si, habiendo recibido el Cuerpo del Señor, y conservándolo con todo cuidado y veneración, algún fragmento caía por negligencia.” (Mysterium Fidei, 32.)

Recordando que Jesús está entero en cada partícula y que cada partícula merece el respeto como Rey del Universo y la reverencia como Amor de los Amores, la comunión en la mano no es ideal por varias razones:

Mayor posibilidad de maltrato a la Eucaristía:

  1. Mayor posibilidad de secuestro de Jesús (llevarse la Hostia a casa) y de robo para sectas satánicas y misas negras
  2. Posibilidad de que se comparta con alguien (caso de una madre que da a su hijita)
  3. Pérdida de partículas en la mano (a veces ni siquiera se pone cuidado en esto)
  4. Pérdida de partículas en los dedos que la llevan a la boca
  5. Nadie se lava las manos inmediatamente para evitar posibilidad de que hayan quedado partículas, cosa que sí hace (o debiera hacer) el sacerdote
  6. Riesgo de pérdida de partículas y de no alcanzar una Hostia que se cae porque la mano obliga a poner la patena más abajo (a veces, incluso no se usa la bandeja o patena a pesar de lo prescrito por la Santa Sede)
  7. Mayor riesgo de pérdida de partículas al hacerse dos trayectos en vez de uno: del sacerdote a la mano y de la mano a la boca

Falta de respeto y pérdida del sentido de lo sagrado:

  1. La Hostia consagrada es tocada por manos no consagradas: en lo posible, Jesús debe ser tocado únicamente por manos consagradas (es lo que prefiere la Iglesia)
  2. No considerarse digno de tocar a Cristo muestra respeto, como la hemorroísa, que apenas se dignó a tocar los flecos de su manto, mientras todos los demás lo empujaban
  3. Casi la totalidad de quienes comulgan en la mano no hacen la debida reverencia solicitada por la Santa Sede en el Misal (al menos una inclinación de cabeza); al hacerlo de rodillas, ya se está dando una mejor forma de respeto por la divinidad
  4. Algunos llevan la Hostia a la boca con la misma mano en que se depositó directamente a la boca, mostrando así que no fueron preparados o no comprendieron la norma correcta

Desidia y falta de control de abusos: la mayoría de quienes comulgan en la mano lo hacen de espaldas al sacerdote camino a su banco sin seguir los lineamientos de comulgar frente al Sacerdote

 

La comunión en la mano también es un acto antiecuménico

Nuestros hermanos orientales (ortodoxos) no comulgan en la mano; respetan en grado sumo al Santísimo Sacramento.

 

¿Es una pérdida de tiempo?

Antes los fieles que comulgaban de rodillas rodeaban el altar y el sacerdote iba de fiel en fiel en un semicírculo: mientras se iba un fiel se acercaba otro y para cuando el sacerdote regresaba de la “ronda” ya estaba bien ubicado y listo para comulgar. Este sistema era mucho más rápido que recibir la comunión de pie.

Y aun si no se hiciera este cambio —u otro—, la demora en la distribución no debe ser considerada una desventaja: da más tiempo para rezar fervorosamente, para prepararse mejor para comulgar y para agradecer mejor semejante visita.

A Dios se le debe todo el tiempo que sea necesario.

 

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El Oficio Divino en las parroquias

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 30, 2014

 

«La Liturgia de las Horas, como las demás acciones litúrgicas, no es una acción privada, sino que pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia, lo manifiesta e influye en él». (Liturgia de las Horas, documentos preliminares, 20; Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 26)

Por eso, «Allí donde sea posible, celebrarán también las Horas principales, comunitariamente y en la iglesia las otras asambleas de los fieles, que “en cierto modo representan a la Iglesia visible constituida por todo el orbe de la tierra”. Entre ellas ocupan lugar eminente las parroquias, que son como células de la diócesis, constituidas localmente bajo un pastor que hace las veces de obispo». (Liturgia de las Horas, documentos preliminares, 21)

Ahora bien, las Horas principales son las Laudes matutinas y las Vísperas.

Algunos laicos, sin embargo, no tienen tiempo suficiente para asistir a una Eucaristía a la que se ha unido una de estas Horas; apenas les alcanza el tiempo para la media hora que dura la Misa. Otros, por el contrario, podrían hacerlo, ya que el tiempo no es limitador para ellos.

Por eso, sería muy bueno que, ya que cada una de estas Horas principales dura unos veinte minutos, el párroco citara con ese tiempo de anticipación a la Celebración Eucarística a aquellos fieles que pueden y quieren asistir.

Los fieles que lleguen antes pueden unirse a la celebración de la Liturgia de las Horas, con lo que se daría cumplimiento a las directrices del Concilio y se beneficiarían espiritualmente muchas personas, sin perjudicar el horario de otros.

 

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Tiempo Pascual*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2014

 

1.- Exposición dogmática

 

La Iglesia, que nos recuerda cada año en su Liturgia los sucesos de la vida del Salvador, de los cuales nos invita a participar, celebra en las fiestas pascuales el aniversario del triunfo de Jesús, vencedor de la muerte. He aquí, en frase de Bossuet, el aconte­cimiento central de toda la historia. Hacia él converge todo en la vida de Cristo, siendo también el punto culminante de la vida de la Iglesia en su ciclo litúrgico[1].

La resurrección del Salvador es el suceso más glorioso de su existencia, la prueba más fehaciente de su divinidad y la base inconmovible de toda nuestra fe[2]. La Pascua de Cristo, o su paso de la muerte a la vida y de la tierra al Cielo, es, en efecto, la consagración de la victoria definitiva que ha ganado contra el demonio, la carne y el mundo[3]. Para eso se encarnó el Verbo, para eso sufrió, para eso murió. De derecho, también nosotros hemos resucitado con Él; mas, de hecho, la virtud de este misterio va obrando en los fieles durante el curso entero de su vida y especialmente en las fiestas pascuales, a fin de hacerlos pasar del pecado a la gracia, y algún día, de la gracia a la gloria[4]. Por eso el martirologio romano proclama «la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo Solemnidad de las Solemnidades y nuestra Pascua».

Esta fórmula corresponde a la que nos anunciaba el Naci­miento del Mesías, porque el ciclo del Natalicio, aun cuando cronológicamente venga primero, lógicamente depende del de Pascua. Dios se hizo hombre (Navidad) con la única mira de hacernos dioses (Pascua). En la encarnación el alma de Jesús nacía a la vida divina, gozando de la visión beatífica; y en su Resurrección, su mismo Cuerpo entra en la gloria del Padre. Pues así como en Navidad teníamos que nacer con Jesús a su nueva vida, así en Pascua, nuestras almas han de imitar la vida gloriosa, que hoy inaugura[5]. Por eso la Semana pascual era la fiesta de los bautizados, y la Iglesia, concentrando todo su cariño de madre sobre aquellos que san Pablo llama «los recién nacidos», los robustecía, dándoles durante siete días seguidos, además de la Eucaristía[6], instrucciones acerca de la Resurrección, tipo de nuestra vida sobrenatural. También nos recuerda muy especial­mente el Tiempo Pascual, durante los 40 días que siguen a la Resurrección, a Jesús fundando su Iglesia.

Al ciclo de la Encarnación, en que hemos adorado al Hijo de Dios revestido de nuestra humanidad, corresponde el ciclo de la Redención, en que, por su inmolación, nos comunica su divinidad. Los tiempos deCuaresma y de Pasión son tiempos de lucha y de victoria. El tiempo Pascual glorifica esa vida divina, que compenetra y transfigura la santa humanidad de Cristo en su Resurrección y Ascensión. El tiempo de Pentecostés nos muestra al Espíritu Santo fomentando esa vida divina en nuestras almas, y nos prepara a la resurrección futura, que se manifestará también en nuestros cuerpos. Antes, pues, todos recibían los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía el día de Pascua, o bien el de Pentecostés, porque ellos les recor­daban anualmente el doble aniversario del triunfo de Cristo y de su místico Cuerpo[7].

El ciclo Pascual evoca anualmente el recuerdo de nuestro Bautismo, de nuestra Confirmación y Comunión, el cual debería penetrarnos siempre más y más de esa vida nueva, que sólo alcanzará cabal perfección el día del postrer advenimiento de Jesús.

El tiempo Pascual es una imagen del Cielo, una irradiación de la Pascua eterna, principal objetivo de nuestra actual existencia.

Y la Iglesia, que lloraba en el Tiempo de Pasión por su Jesús y por los pecadores, tiene ahora un doble motivo por el cual alegrarse, pues Jesús ha resucitado y, además, le han nacido nume­rosos hijos. Ese júbilo es como un gusto anticipado de nuestra resurrección y de nuestra entrada en la Patria celestial, adonde el Maestro se ha ido para prepararnos un lugar, al cual tendrá a bien conducirnos el Espíritu Santo, que Él nos envía.

 

2.- Exposición histórica

 

La liturgia del tiempo Pascual nos invita a seguir hasta la Ascensión a Jesús en sus distintas apariciones del Sepulcro, de Emaús, del Cenáculo y de Galilea. Lo vemos poniendo los cimientos de su Iglesia y preparando a sus discípulos al misterio de su Ascensión a los cielos.

En la mañana del domingo, antes del amanecer, María Magdalena y otras dos santas mujeres se fueron al sepulcro, adonde llegaron a la salida del sol. Era el primer día de la semana judía, era el domingo de Pascua. Un ángel acababa de rodar la gran losa que cerraba el sepulcro y los guardias, des­pavoridos, habían huido de allí. La Magdalena, al ver abierto el sepulcro, vuelve presurosa a Jerusalén para avisar de ello a Pedro y a Juan; y mientras tanto, el Ángel anuncia a las otras dos mujeres que Cristo ha resu­citado. Los dos Apóstoles corren en seguida al sepul­cro de Jesús, y comprueban que el Maestro ha desaparecido.

María Magdalena, yendo de nuevo al sepulcro, ve por vez primera a Cristo resucitado. Al atardecer del día, los dos discípulos que van camino de Emaús, ven también al Señor, y volviéndose inmediatamente a Jerusalén a comunicarlo a los Apóstoles, les dicen éstos que el Salvador se ha aparecido a Pedro. En la misma tarde, Cristo se manifiesta a sus discípulos congregados en el Cenáculo. Ocho días después, se les aparece de nuevo y convence a Tomás, que dudaba de la verdad de su Resurrección.

Después de la Octava de Pascua, los discípulos se volvieron a Galilea, y un día en que siete de ellos pescan en el lago de Genesaret, Jesús se les aparece de nuevo.

También se aparece a más de 500 discípulos suyos en una montaña que Él de antemano les había señalado. Tal vez fue en el Tabor, o bien en alguna de los colinas de junto al lago, como la de las Bienaventuranzas.

 

3.- Exposición litúrgica

 

El tiempo Pascual, que empieza la noche del Sábado Santo y termina con la solemnidad de Pentecostés, viene a ser como un día de fiesta no interrumpida, en la cual se celebran uno tras otro los misterios de la Resurrección y Ascensión del Salvador y la venida del Espíritu Santo a la Iglesia. La fecha de la Pascua, de la que dependen todas las demás fiestas movibles, fue objeto de decretos conciliares muy solemnes. Habiendo muerto Jesús y resucitado por la Pascua judía, y debiendo reemplazar la celebración de estos misterios a los ritos mosaicos, que no eran sino figura de ellos, la Iglesia conservó para la fiesta Pascual la manera de contar de los judíos. Entre el año lunar, del que ellos se valían, y el año solar con el que ahora nos guiamos, hay una diferencia de 11 días; de donde resulta que el día de la Pascua oscila entre el 22 de Marzo y el 25 de Abril. Por donde el Concilio Niceno decretó que la Pascua se había de cele­brar siempre el domingo después de la luna llena que sigue al 21 de Marzo.

En el tiempo Pascual, la Iglesia adorna sus templos con toda la magnificencia que le es posible y el órgano deja oír sus armo­niosos acordes. Ciertas oraciones, como la antífona Regina Coeli, se rezan de pie, cual conviene a triunfadores; y en todos esos 50 días la Iglesia no ayuna, porque tiene consigo al Esposo[8]. Introitos, antífonas, versillos, responsos, todos van seguidos del grito entusiasta, desde el Sábado Santo: «¡Aleluya, aleluya, aleluya!».

El Cirio pascual, símbolo de la presencia visible de Jesús, nos alumbra todo este tiempo con su radiante llama, y se emplean ornamentos blancos, símbolo de júbilo y de pureza. «Mostrad en vuestra vida la inocencia significada por la blancura de vuestros vestidos». Así hablaba san Agustín a los neófitos, revestidos de blancas túnicas durante toda la octava pascual; y esa misma recomendación nos sigue haciendo la santa madre Iglesia.

Mientras duraba el tiempo Pascual la Iglesia no admitía antaño fiestas ordinarias de santos, para no distraer la atención de los fieles de la contemplación de Cristo triunfador, y todavía hoy se suprimen los sufragios.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 

 

[1] La Misa, memorial de la rasión de Jesús y de su Resurrección, ha sido como el grano de mostaza del que procede toda la liturgia católica.»(Dom Cabrol). Habiendo Cristo resucitado en domingo, desde ese día empezó a sustituir al sábado, celebrándose en él oficialmente el Sacrificio cristiano. En consecuencia de eso, el aniversario de la Resurrección se celebró desde entonces el domingo que venía tras de la Pascua judía. La preparación de esta festividad era la Cua­resma. La fiesta se alargaba durante todo el Tiempo pascual, y en el de Pentecostés se venían a cosechar sus sazonados frutos. Así que, la semana, el año cristiano y el culto católico gravitan en torno del misterio pascual.

 

[2]«Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Co 15, 14).

 

[3]Habéis sido resucitados con Él en el Bautismo por la fe en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos» (Col 2, 12).

 

[4]Dios nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo (1Co 15, 57.) Nos ha hecho resucitar con Cristo, y nos ha sentado con Él en los cielos.» (Ef. 2, 6.)

 

[5] «Tú que, nacido de la Virgen, naces ahora del sepulcro» (Himno de Maitines). Nació de María Virgen como salió del sepulcro sellado.

 

[6] Durante toda la octava Pascual asistían los padres con sus hijos a la Misa y comulgaban en ella, siendo esto una norma general; así que unos y otros comulgaban la semana entera, siendo esto raro en aquellos tiempos.

 

[7] Así como la liturgia cuaresmal estaba destinada de un modo peculiar a la recepción de los Sacramentos de muertos, la liturgia pascual hacía participar en los Sacramentos de vivos. Hasta el siglo XII, en todas las catedrales de occidente, los parvulitos, después de haber recibido el Bautismo en la noche del sábado, recibían inmediatamente la Confirmación y la Eucaristía, que es prenda segura da la vida eterna. Ya dijo Jesús: «Al que comiere mi Carne, yo lo resucitaré el último día» (Jn 6, 54).

 

[8] El domingo nos recuerda cada semana el tiempo Pascual; y por eso se con­serva esta práctica de no ayunar ningún domingo del año.

 

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Ecclesia de Eucharistia*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2013

ECCLESIA DE EUCHARISTIA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA
EN SU RELACIÓN CON LA IGLESIA

INTRODUCCIÓN

1. La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es « fuente y cima de toda la vida cristiana ».(1) « La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo ».(2) Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.

2. Durante el Gran Jubileo del año 2000, tuve ocasión de celebrar la Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén, donde, según la tradición, fue realizada la primera vez por Cristo mismo. El Cenáculo es el lugar de la institución de este Santísimo Sacramento. Allí Cristo tomó en sus manos el pan, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: « Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros » (cf. Mt 26, 26; Lc 22, 19; 1 Co 11, 24). Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: « Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados » (cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25). Estoy agradecido al Señor Jesús que me permitió repetir en aquel mismo lugar, obedeciendo su mandato « haced esto en conmemoración mía » (Lc 22, 19), las palabras pronunciadas por Él hace dos mil años.

Los Apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no. Aquellas palabras se habrían aclarado plenamente sólo al final del Triduum sacrum, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. En esos días se enmarca el mysterium paschale; en ellos se inscribe también el mysterium eucharisticum.

3. Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles: « Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones » (2, 42).La « fracción del pan » evoca la Eucaristía. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración eucarística, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual: a lo que ocurrió la tarde del Jueves Santo, durante la Última Cena y después de ella. La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, a partir de la agonía en Getsemaní. Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto quedan aún hoy algunos árboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron testigos de lo que ocurrió a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal y « su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra » (Lc 22, 44).La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación en el Sacramento eucarístico, comenzó a ser derramada; su efusión se completaría después en el Gólgota, convirtiéndose en instrumento de nuestra redención: « Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros […] penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna » (Hb 9, 11-12).

4. La hora de nuestra redención. Jesús, aunque sometido a una prueba terrible, no huye ante su « hora »: « ¿Qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! » (Jn 12, 27). Desea que los discípulos le acompañen y, sin embargo, debe experimentar la soledad y el abandono: « ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación » (Mt 26, 40-41). Sólo Juan permanecerá al pie de la Cruz, junto a María y a las piadosas mujeres. La agonía en Getsemaní ha sido la introducción a la agonía de la Cruz del Viernes Santo. La hora santa, la hora de la redención del mundo. Cuando se celebra la Eucaristía ante la tumba de Jesús, en Jerusalén, se retorna de modo casi tangible a su « hora », la hora de la cruz y de la glorificación. A aquel lugar y a aquella hora vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella.

« Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos ». A las palabras de la profesión de fe hacen eco las palabras de la contemplación y la proclamación: « Ecce lignum crucis in quo salus mundi pependit. Venite adoremus ». Ésta es la invitación que la Iglesia hace a todos en la tarde del Viernes Santo. Y hará de nuevo uso del canto durante el tiempo pascual para proclamar: « Surrexit Dominus de sepulcro qui pro nobis pependit in ligno. Aleluya ».

5. « Mysterium fidei! – ¡Misterio de la fe! ». Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas palabras, los presentes aclaman: « Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús! ».

Con éstas o parecidas palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, revela también su propio misterio: Ecclesia de Eucharistia. Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo. Su fundamento y su hontanar es todo el Triduum paschale, pero éste está como incluido, anticipado, y « concentrado » para siempre en el don eucarístico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa « contemporaneidad » entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos.

Este pensamiento nos lleva a sentimientos de gran asombro y gratitud. El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una « capacidad » verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística. Pero, de modo especial, debe acompañar al ministro de la Eucaristía. En efecto, es él quien, gracias a la facultad concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la consagración. Con la potestad que le viene del Cristo del Cenáculo, dice: « Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros… Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros ». El sacerdote pronuncia estas palabras o, más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio.

6. Con la presente Carta encíclica, deseo suscitar este « asombro » eucarístico, en continuidad con la herencia jubilar que he querido dejar a la Iglesia con la Carta apostólica Novo millennio ineunte y con su coronamiento mariano Rosarium Virginis Mariae. Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el « programa » que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, « misterio de luz ».(3)Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: « Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron » (Lc 24, 31).

7. Desde que inicié mi ministerio de Sucesor de Pedro, he reservado siempre para el Jueves Santo, día de la Eucaristía y del Sacerdocio, un signo de particular atención, dirigiendo una carta a todos los sacerdotes del mundo. Este año, para mí el vigésimo quinto de Pontificado, deseo involucrar más plenamente a toda la Iglesia en esta reflexión eucarística, para dar gracias a Dios también por el don de la Eucaristía y del Sacerdocio: « Don y misterio ».(4) Puesto que, proclamando el año del Rosario, he deseado poner este mi vigésimo quinto año bajo el signo de la contemplación de Cristo con María, no puedo dejar pasar este Jueves Santo de 2003 sin detenerme ante el rostro eucarístico » de Cristo, señalando con nueva fuerza a la Iglesia la centralidad de la Eucaristía. De ella vive la Iglesia. De este « pan vivo » se alimenta. ¿Cómo no sentir la necesidad de exhortar a todos a que hagan de ella siempre una renovada experiencia?

8. Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades… Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico.¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo.

9. La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia. Así se explica la esmerada atención que ha prestado siempre al Misterio eucarístico, una atención que se manifiesta autorizadamente en la acción de los Concilios y de los Sumos Pontífices. ¿Cómo no admirar la exposición doctrinal de los Decretos sobre la Santísima Eucaristía y sobre el Sacrosanto Sacrificio de la Misa promulgados por el Concilio de Trento? Aquellas páginas han guiado en los siglos sucesivos tanto la teología como la catequesis, y aún hoy son punto de referencia dogmática para la continua renovación y crecimiento del Pueblo de Dios en la fe y en el amor a la Eucaristía. En tiempos más cercanos a nosotros, se han de mencionar tres Encíclicas: la Mirae Caritatis de León XIII (28 de mayo de 1902),(5) Mediator Dei de Pío XII (20 de noviembre de 1947)(6)y la Mysterium Fidei de Pablo VI (3 de septiembre de 1965).(7)

El Concilio Vaticano II, aunque no publicó un documento específico sobre el Misterio eucarístico, ha ilustrado también sus diversos aspectos a lo largo del conjunto de sus documentos, y especialmente en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium y en la Constitución sobre la Sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium.

Yo mismo, en los primeros años de mi ministerio apostólico en la Cátedra de Pedro, con la Carta apostólica Dominicae Cenae (24 de febrero de 1980),(8) he tratado algunos aspectos del Misterio eucarístico y su incidencia en la vida de quienes son sus ministros. Hoy reanudo el hilo de aquellas consideraciones con el corazón aún más lleno de emoción y gratitud, como haciendo eco a la palabra del Salmista: « ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre » (Sal 116, 12-13).

10. Este deber de anuncio por parte del Magisterio se corresponde con un crecimiento en el seno de la comunidad cristiana. No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente, activa y fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del altar. En muchos lugares, además, la adoración del Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad. La participación devota de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia de Dios, que cada año llena de gozo a quienes toman parte en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico.

Desgraciadamente, junto a estas luces, no faltan sombras. En efecto, hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística. A esto se añaden, en diversos contextos eclesiales, ciertos abusos que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento. Se nota a veces una comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno. Además, queda a veces oscurecida la necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión apostólica, y la sacramentalidad de la Eucaristía se reduce únicamente a la eficacia del anuncio. También por eso, aquí y allá, surgen iniciativas ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe. ¿Cómo no manifestar profundo dolor por todo esto? La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones.

Confío en que esta Carta encíclica contribuya eficazmente a disipar las sombras de doctrinas y prácticas no aceptables, para que la Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio.

CAPÍTULO I

MISTERIO DE LA FE

11. « El Señor Jesús, la noche en que fue entregado » (1 Co 11, 23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del apóstol Pablo nos llevan a las circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos.(9) Esta verdad la expresan bien las palabras con las cuales, en el rito latino, el pueblo responde a la proclamación del « misterio de la fe » que hace el sacerdote: « Anunciamos tu muerte, Señor ».

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues « todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos… ».(10)

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y « se realiza la obra de nuestra redención ».(11) Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. Ésta es la fe que el Magisterio de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan inestimable don.(12) Deseo, una vez más, llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega « hasta el extremo » (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida.

12. Este aspecto de caridad universal del Sacramento eucarístico se funda en las palabras mismas del Salvador. Al instituirlo, no se limitó a decir « Éste es mi cuerpo », « Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre », sino que añadió « entregado por vosotros… derramada por vosotros » (Lc 22, 19-20). No afirmó solamente que lo que les daba de comer y beber era su cuerpo y su sangre, sino que manifestó su valor sacrificial, haciendo presente de modo sacramental su sacrificio, que cumpliría después en la cruz algunas horas más tarde, para la salvación de todos. « La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor ».(13)

La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo, la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos. En efecto, « el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio ».(14) Ya lo decía elocuentemente san Juan Crisóstomo: « Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón el sacrificio es siempre uno sólo […]. También nosotros ofrecemos ahora aquella víctima, que se ofreció entonces y que jamás se consumirá ».(15)

La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica.(16) Lo que se repite es su celebración memorial, la « manifestación memorial » (memorialis demonstratio),(17) por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del Misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario.

13. Por su íntima relación con el sacrificio del Gólgota, la Eucaristía es sacrificio en sentido propio y no sólo en sentido genérico, como si se tratara del mero ofrecimiento de Cristo a los fieles como alimento espiritual. En efecto, el don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cf. Jn 10, 17-18), es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, más aún, de toda la humanidad (cf. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20; Jn 10, 15), pero don ante todo al Padre: « sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo “obediente hasta la muerte” (Fl 2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección ».(18)

Al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido además hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de Cristo. Por lo que concierne a todos los fieles, el Concilio Vaticano II enseña que « al participar en el sacrificio eucarístico, fuente y cima de la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos con ella ».(19)

14. La Pascua de Cristo incluye, con la pasión y muerte, también su resurrección. Es lo que recuerda la aclamación del pueblo después de la consagración: « Proclamamos tu resurrección ». Efectivamente, el sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía « pan de vida » (Jn 6, 35.48), « pan vivo » (Jn 6, 51). San Ambrosio lo recordaba a los neófitos, como una aplicación del acontecimiento de la resurrección a su vida: « Si hoy Cristo está en ti, Él resucita para ti cada día ».(20) San Cirilo de Alejandría, a su vez, subrayaba que la participación en los santos Misterios « es una verdadera confesión y memoria de que el Señor ha muerto y ha vuelto a la vida por nosotros y para beneficio nuestro ».(21)

15. La representación sacramental en la Santa Misa del sacrificio de Cristo, coronado por su resurrección, implica una presencia muy especial que –citando las palabras de Pablo VI– « se llama “real”, no por exclusión, como si las otras no fueran “reales”, sino por antonomasia, porque es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro ».(22) Se recuerda así la doctrina siempre válida del Concilio de Trento: « Por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. Esta conversión, propia y convenientemente, fue llamada transustanciación por la santa Iglesia Católica ».(23) Verdaderamente la Eucaristía es « mysterium fidei », misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe, como a menudo recuerdan las catequesis patrísticas sobre este divino Sacramento. « No veas –exhorta san Cirilo de Jerusalén– en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa ».(24)

« Adoro te devote, latens Deitas », seguiremos cantando con el Doctor Angélico. Ante este misterio de amor, la razón humana experimenta toda su limitación. Se comprende cómo, a lo largo de los siglos, esta verdad haya obligado a la teología a hacer arduos esfuerzos para entenderla.

Son esfuerzos loables, tanto más útiles y penetrantes cuanto mejor consiguen conjugar el ejercicio crítico del pensamiento con la « fe vivida » de la Iglesia, percibida especialmente en el « carisma de la verdad » del Magisterio y en la « comprensión interna de los misterios », a la que llegan sobre todo los santos.(25) La línea fronteriza es la señalada por Pablo VI: « Toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independiente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están realmente delante de nosotros ».(26)

16. La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; su sangre, « derramada por muchos para perdón de los pecados » (Mt 26, 28). Recordemos sus palabras: « Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí » (Jn 6, 57). Jesús mismo nos asegura que esta unión, que Él pone en relación con la vida trinitaria, se realiza efectivamente. La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: « En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros » (Jn 6, 53). No se trata de un alimento metafórico: « Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida » (Jn 6, 55).

17. Por la comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu. Escribe san Efrén: « Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu […], y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu. […]. Tomad, comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo. En efecto, es verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivirá eternamente ».(27)La Iglesia pide este don divino, raíz de todos los otros dones, en la epíclesis eucarística. Se lee, por ejemplo, en la Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo: « Te invocamos, te rogamos y te suplicamos: manda tu Santo Espíritu sobre todos nosotros y sobre estos dones […] para que sean purificación del alma, remisión de los pecados y comunicación del Espíritu Santo para cuantos participan de ellos ».(28) Y, en el Misal Romano, el celebrante implora que: « Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un sólo cuerpo y un sólo espíritu ».(29) Así, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido ya en el Bautismo e impreso como « sello » en el sacramento de la Confirmación.

18. La aclamación que el pueblo pronuncia después de la consagración se concluye oportunamente manifestando la proyección escatológica que distingue la celebración eucarística (cf. 1 Co 11, 26): « … hasta que vuelvas ». La Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el gozo pleno prometido por Cristo (cf. Jn 15, 11); es, en cierto sentido, anticipación del Paraíso y « prenda de la gloria futura ».(30) En la Eucaristía, todo expresa la confiada espera: « mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo ».(31) Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: « El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día » (Jn 6, 54). Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el « secreto » de la resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico « fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte ».(32)

19. La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, a los ángeles, a los santos apóstoles, a los gloriosos mártires y a todos los santos. Es un aspecto de la Eucaristía que merece ser resaltado: mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: « La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero » (Ap 7, 10). La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino.

20. Una consecuencia significativa de la tensión escatológica propia de la Eucaristía es que da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas. En efecto, aunque la visión cristiana fija su mirada en un « cielo nuevo » y una « tierra nueva » (Ap 21, 1), eso no debilita, sino que más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente.(33) Deseo recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos se sientan más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios.

Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural. Y ¿qué decir, además, de las tantas contradicciones de un mundo « globalizado », donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa de una humanidad renovada por su amor. Es significativo que el Evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de la Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del « lavatorio de los pies », en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (cf. Jn 13, 1-20). El apóstol Pablo, por su parte, califica como « indigno » de una comunidad cristiana que se participe en la Cena del Señor, si se hace en un contexto de división e indiferencia hacia los pobres (Cf. 1 Co 11, 17.22.27.34).(34)

Anunciar la muerte del Señor « hasta que venga » (1 Co 11, 26), comporta para los que participan en la Eucaristía el compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo « eucarística ». Precisamente este fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión escatológica de la celebración eucarística y de toda la vida cristiana: « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22, 20).

CAPÍTULO II

LA EUCARISTÍA EDIFICA LA IGLESIA

21. El Concilio Vaticano II ha recordado que la celebración eucarística es el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia. En efecto, después de haber dicho que « la Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios »,(35) como queriendo responder a la pregunta: ¿Cómo crece?, añade: « Cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado (1 Co 5, 7), se realiza la obra de nuestra redención. El sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un sólo cuerpo en Cristo (cf. 1 Co 10, 17) ».(36)

Hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia. Los evangelistas precisan que fueron los Doce, los Apóstoles, quienes se reunieron con Jesús en la Última Cena (cf. Mt 26, 20; Mc 14, 17; Lc 22, 14). Es un detalle de notable importancia, porque los Apóstoles « fueron la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía sagrada ».(37)Al ofrecerles como alimento su cuerpo y su sangre, Cristo los implicó misteriosamente en el sacrificio que habría de consumarse pocas horas después en el Calvario. Análogamente a la alianza del Sinaí, sellada con el sacrificio y la aspersión con la sangre,(38) los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena fundaron la nueva comunidad mesiánica, el Pueblo de la nueva Alianza.

Los Apóstoles, aceptando la invitación de Jesús en el Cenáculo: « Tomad, comed… Bebed de ella todos… » (Mt 26, 26.27), entraron por vez primera en comunión sacramental con Él. Desde aquel momento, y hasta al final de los siglos, la Iglesia se edifica a través de la comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros: « Haced esto en recuerdo mío… Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío » (1 Co 11, 24-25; cf. Lc 22, 19).

22. La incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros: « Vosotros sois mis amigos » (Jn 15, 14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: « el que me coma vivirá por mí » (Jn 6, 57). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo « estén » el uno en el otro: « Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15, 4).

Al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el Pueblo de la nueva Alianza se convierte en « sacramento » para la humanidad,(39)signo e instrumento de la salvación, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-16), para la redención de todos.(40)La misión de la Iglesia continúa la de Cristo: « Como el Padre me envió, también yo os envío » (Jn 20, 21). Por tanto, la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo.(41)

23. Con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo. San Pablo se refiere a esta eficacia unificadora de la participación en el banquete eucarístico cuando escribe a los Corintios: « Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan » (1 Co 10, 16-17). El comentario de san Juan Crisóstomo es detallado y profundo: « ¿Qué es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo. ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un sólo cuerpo. En efecto, como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigo y éstos se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusión; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y, todos juntos, con Cristo ».(42) La argumentación es terminante: nuestra unión con Cristo, que es don y gracia para cada uno, hace que en Él estemos asociados también a la unidad de su cuerpo que es la Iglesia. La Eucaristía consolida la incorporación a Cristo, establecida en el Bautismo mediante el don del Espíritu (cf. 1 Co 12, 13.27).

La acción conjunta e inseparable del Hijo y del Espíritu Santo, que está en el origen de la Iglesia, de su constitución y de su permanencia, continúa en la Eucaristía. Bien consciente de ello es el autor de la Liturgia de Santiago: en la epíclesis de la anáfora se ruega a Dios Padre que envíe el Espíritu Santo sobre los fieles y sobre los dones, para que el cuerpo y la sangre de Cristo « sirvan a todos los que participan en ellos […] a la santificación de las almas y los cuerpos ».(43)La Iglesia es reforzada por el divino Paráclito a través la santificación eucarística de los fieles.

24. El don de Cristo y de su Espíritu que recibimos en la comunión eucarística colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano y, al mismo tiempo, eleva la experiencia de fraternidad, propia de la participación común en la misma mesa eucarística, a niveles que están muy por encima de la simple experiencia convival humana. Mediante la comunión del cuerpo de Cristo, la Iglesia alcanza cada vez más profundamente su ser « en Cristo como sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano ».(44)

A los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres.

25. El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración del Sacrificio eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas especies que se conservan después de la Misa –presencia que dura mientras subsistan las especies del pan y del vino(45)–, deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual.(46) Corresponde a los Pastores animar, incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las especies eucarísticas.(47)

Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el « arte de la oración »,(48) ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!

Numerosos Santos nos han dado ejemplo de esta práctica, alabada y recomendada repetidamente por el Magisterio.(49) De manera particular se distinguió por ella San Alfonso María de Ligorio, que escribió: « Entre todas las devociones, ésta de adorar a Jesús sacramentado es la primera, después de los sacramentos, la más apreciada por Dios y la más útil para nosotros ».(50) La Eucaristía es un tesoro inestimable; no sólo su celebración, sino también estar ante ella fuera de la Misa, nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo de la gracia. Una comunidad cristiana que quiera ser más capaz de contemplar el rostro de Cristo, en el espíritu que he sugerido en las Cartas apostólicas Novo millennio ineunte y Rosarium Virginis Mariae, ha de desarrollar también este aspecto del culto eucarístico, en el que se prolongan y multiplican los frutos de la comunión del cuerpo y sangre del Señor.

CAPÍTULO III

APOSTOLICIDAD DE LA EUCARISTÍA Y DE LA IGLESIA

26. Como he recordado antes, si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se deduce que hay una relación sumamente estrecha entre una y otra. Tan verdad es esto, que nos permite aplicar al Misterio eucarístico lo que decimos de la Iglesia cuando, en el Símbolo niceno-constantinopolitano, la confesamos « una, santa, católica y apostólica ». También la Eucaristía es una y católica. Es también santa, más aún, es el Santísimo Sacramento. Pero ahora queremos dirigir nuestra atención principalmente a su apostolicidad.

27. El Catecismo de la Iglesia Católica, al explicar cómo la Iglesia es apostólica, o sea, basada en los Apóstoles, se refiere a un triple sentido de la expresión. Por una parte, « fue y permanece edificada sobre “el fundamento de los apóstoles” (Ef 2, 20), testigos escogidos y enviados en misión por el propio Cristo ».(51) También los Apóstoles están en el fundamento de la Eucaristía, no porque el Sacramento no se remonte a Cristo mismo, sino porque ha sido confiado a los Apóstoles por Jesús y transmitido por ellos y sus sucesores hasta nosotros. La Iglesia celebra la Eucaristía a lo largo de los siglos precisamente en continuidad con la acción de los Apóstoles, obedientes al mandato del Señor.

El segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia indicado por el Catecismo es que « guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles ».(52) También en este segundo sentido la Eucaristía es apostólica, porque se celebra en conformidad con la fe de los Apóstoles. En la historia bimilenaria del Pueblo de la nueva Alianza, el Magisterio eclesiástico ha precisado en muchas ocasiones la doctrina eucarística, incluso en lo que atañe a la exacta terminología, precisamente para salvaguardar la fe apostólica en este Misterio excelso. Esta fe permanece inalterada y es esencial para la Iglesia que perdure así.

28. En fin, la Iglesia es apostólica en el sentido de que « sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los Obispos, a los que asisten los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia ».(53) La sucesión de los Apóstoles en la misión pastoral conlleva necesariamente el sacramento del Orden, es decir, la serie ininterrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas.(54) Esta sucesión es esencial para que haya Iglesia en sentido propio y pleno.

La Eucaristía expresa también este sentido de la apostolicidad. En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, los fieles « participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de su sacerdocio real »,(55) pero es el sacerdote ordenado quien « realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo ».(56) Por eso se prescribe en el Misal Romano que es únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucarística, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio.(57)

29. La expresión, usada repetidamente por el Concilio Vaticano II, según la cual el sacerdote ordenado « realiza como representante de Cristo el Sacrificio eucarístico »,(58) estaba ya bien arraigada en la enseñanza pontificia.(59) Como he tenido ocasión de aclarar en otra ocasión, in persona Christi « quiere decir más que “en nombre”, o también, “en vez” de Cristo. In “persona”: es decir, en la identificación específica, sacramental con el “sumo y eterno Sacerdote”, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie ».(60) El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la economía de salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena.

La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado. Éste es un don que recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el Obispo quien establece un nuevo presbítero, mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía. Pues « el Misterio eucarístico no puede ser celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado, como ha enseñado expresamente el Concilio Lateranense IV.(61)

30. Tanto esta doctrina de la Iglesia católica sobre el ministerio sacerdotal en relación con la Eucaristía, como la referente al Sacrificio eucarístico, han sido objeto en las últimas décadas de un provechoso diálogo en el ámbito de la actividad ecuménica. Hemos de dar gracias a la Santísima Trinidad porque, a este respecto, se han obtenido significativos progresos y acercamientos, que nos hacen esperar en un futuro en que se comparta plenamente la fe. Aún sigue siendo del todo válida la observación del Concilio sobre las Comunidades eclesiales surgidas en Occidente desde el siglo XVI en adelante y separadas de la Iglesia católica: « Las Comunidades eclesiales separadas, aunque les falte la unidad plena con nosotros que dimana del bautismo, y aunque creamos que, sobre todo por defecto del sacramento del Orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico, sin embargo, al conmemorar en la santa Cena la muerte y resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa ».(62)

Los fieles católicos, por tanto, aun respetando las convicciones religiosas de estos hermanos separados, deben abstenerse de participar en la comunión distribuida en sus celebraciones, para no avalar una ambigüedad sobre la naturaleza de la Eucaristía y, por consiguiente, faltar al deber de dar un testimonio claro de la verdad. Eso retardaría el camino hacia la plena unidad visible. De manera parecida, no se puede pensar en reemplazar la santa Misa dominical con celebraciones ecuménicas de la Palabra o con encuentros de oración en común con cristianos miembros de dichas Comunidades eclesiales, o bien con la participación en su servicio litúrgico. Estas celebraciones y encuentros, en sí mismos loables en circunstancias oportunas, preparan a la deseada comunión total, incluso eucarística, pero no pueden reemplazarla.

El hecho de que el poder de consagrar la Eucaristía haya sido confiado sólo a los Obispos y a los presbíteros no significa menoscabo alguno para el resto del Pueblo de Dios, puesto que la comunión del único cuerpo de Cristo que es la Iglesia es un don que redunda en beneficio de todos.

31. Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía « es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella ».(63)

Las actividades pastorales del presbítero son múltiples. Si se piensa además en las condiciones sociales y culturales del mundo actual, es fácil entender lo sometido que está al peligro de la dispersión por el gran número de tareas diferentes. El Concilio Vaticano II ha identificado en la caridad pastoral el vínculo que da unidad a su vida y a sus actividades. Ésta –añade el Concilio– « brota, sobre todo, del sacrificio eucarístico que, por eso, es el centro y raíz de toda la vida del presbítero ».(64) Se entiende, pues, lo importante que es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien de la Iglesia y del mundo, que ponga en práctica la recomendación conciliar de celebrar cotidianamente la Eucaristía, « la cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es ciertamente una acción de Cristo y de la Iglesia ».(65) De este modo, el sacerdote será capaz de sobreponerse cada día a toda tensión dispersiva, encontrando en el Sacrificio eucarístico, verdadero centro de su vida y de su ministerio, la energía espiritual necesaria para afrontar los diversos quehaceres pastorales. Cada jornada será así verdaderamente eucarística.

Del carácter central de la Eucaristía en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva también su puesto central en la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Ante todo, porque la plegaria por las vocaciones encuentra en ella la máxima unión con la oración de Cristo sumo y eterno Sacerdote; pero también porque la diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio eucarístico, unido a la promoción de la participación consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucaristía, es un ejemplo eficaz y un incentivo a la respuesta generosa de los jóvenes a la llamada de Dios. Él se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la llamada al sacerdocio.

32. Toda esto demuestra lo doloroso y fuera de lo normal que resulta la situación de una comunidad cristiana que, aún pudiendo ser, por número y variedad de fieles, una parroquia, carece sin embargo de un sacerdote que la guíe. En efecto, la parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico. Pero esto requiere la presencia de un presbítero, el único a quien compete ofrecer la Eucaristía in persona Christi. Cuando la comunidad no tiene sacerdote, ciertamente se ha de paliar de alguna manera, con el fin de que continúen las celebraciones dominicales y, así, los religiosos y los laicos que animan la oración de sus hermanos y hermanas ejercen de modo loable el sacerdocio común de todos los fieles, basado en la gracia del Bautismo. Pero dichas soluciones han de ser consideradas únicamente provisionales, mientras la comunidad está a la espera de un sacerdote.

El hecho de que estas celebraciones sean incompletas desde el punto de vista sacramental ha de impulsar ante todo a toda la comunidad a pedir con mayor fervor que el Señor « envíe obreros a su mies » (Mt 9, 38); y debe estimularla también a llevar a cabo una adecuada pastoral vocacional, sin ceder a la tentación de buscar soluciones que comporten una reducción de las cualidades morales y formativas requeridas para los candidatos al sacerdocio.

33. Cuando, por escasez de sacerdotes, se confía a fieles no ordenados una participación en el cuidado pastoral de una parroquia, éstos han de tener presente que, como enseña el Concilio Vaticano II, « no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía ».(66) Por tanto, considerarán como cometido suyo el mantener viva en la comunidad una verdadera « hambre » de la Eucaristía, que lleve a no perder ocasión alguna de tener la celebración de la Misa, incluso aprovechando la presencia ocasional de un sacerdote que no esté impedido por el derecho de la Iglesia para celebrarla.

CAPÍTULO IV

EUCARISTÍA
Y COMUNIÓN ECLESIAL

34. En 1985, la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos reconoció en la « eclesiología de comunión » la idea central y fundamental de los documentos del Concilio Vaticano II.(67) La Iglesia, mientras peregrina aquí en la tierra, está llamada a mantener y promover tanto la comunión con Dios trinitario como la comunión entre los fieles. Para ello, cuenta con la Palabra y los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, de la cual « vive y se desarrolla sin cesar »,(68) y en la cual, al mismo tiempo, se expresa a sí misma. No es casualidad que el término comunión se haya convertido en uno de los nombres específicos de este sublime Sacramento.

La Eucaristía se manifiesta, pues, como culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo Unigénito, por obra del Espíritu Santo. Un insigne escritor de la tradición bizantina expresó esta verdad con agudeza de fe: en la Eucaristía, « con preferencia respecto a los otros sacramentos, el misterio [de la comunión] es tan perfecto que conduce a la cúspide de todos los bienes: en ella culmina todo deseo humano, porque aquí llegamos a Dios y Dios se une a nosotros con la unión más perfecta ».(69) Precisamente por eso, es conveniente cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la « comunión espiritual », felizmente difundida desde hace siglos en la Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de Jesús escribió: « Cuando […] no comulgáredes y oyéredes misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho […], que es mucho lo que se imprime el amor ansí deste Señor ».(70)

35. La celebración de la Eucaristía, no obstante, no puede ser el punto de partida de la comunión, que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla a perfección. El Sacramento expresa este vínculo de comunión, sea en la dimensión invisible que, en Cristo y por la acción del Espíritu Santo, nos une al Padre y entre nosotros, sea en la dimensión visible, que implica la comunión en la doctrina de los Apóstoles, en los Sacramentos y en el orden jerárquico. La íntima relación entre los elementos invisibles y visibles de la comunión eclesial, es constitutiva de la Iglesia como sacramento de salvación.(71) Sólo en este contexto tiene lugar la celebración legítima de la Eucaristía y la verdadera participación en la misma. Por tanto, resulta una exigencia intrínseca a la Eucaristía que se celebre en la comunión y, concretamente, en la integridad de todos sus vínculos.

36. La comunión invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace « partícipes de la naturaleza divina » (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el « cuerpo » y con el « corazón »; (72) es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, « la fe que actúa por la caridad » (Ga 5, 6).

La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: « Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa » (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: « También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo ».(73)

Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: « Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar ».(74) Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, « debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal ».(75)

37. La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: « En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! » (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.

El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento ex- terno grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que « obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave ».(76)

38. La comunión eclesial, como antes he recordado, es también visible y se manifiesta en los lazos vinculantes enumerados por el Concilio mismo cuando enseña: « Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos, mediante los lazos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión ».(77)

La Eucaristía, siendo la suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia, exige que se celebre en un contexto de integridad de los vínculos, incluso externos, de comunión. De modo especial, por ser « como la consumación de la vida espiritual y la finalidad de todos los sacramentos »,(78)requiere que los lazos de la comunión en los sacramentos sean reales, particularmente en el Bautismo y en el Orden sacerdotal. No se puede dar la comunión a una persona no bautizada o que rechace la verdad íntegra de fe sobre el Misterio eucarístico. Cristo es la verdad y da testimonio de la verdad (cf. Jn 14, 6; 18, 37); el Sacramento de su cuerpo y su sangre no permite ficciones.

39. Además, por el carácter mismo de la comunión eclesial y de la relación que tiene con ella el sacramento de la Eucaristía, se debe recordar que « el Sacrificio eucarístico, aun celebrándose siempre en una comunidad particular, no es nunca celebración de esa sola comunidad: ésta, en efecto, recibiendo la presencia eucarística del Señor, recibe el don completo de la salvación, y se manifiesta así, a pesar de su permanente particularidad visible, como imagen y verdadera presencia de la Iglesia una, santa, católica y apostólica ».(79) De esto se deriva que una comunidad realmente eucarística no puede encerrarse en sí misma, como si fuera autosuficiente, sino que ha de mantenerse en sintonía con todas las demás comunidades católicas.

La comunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con el Romano Pontífice. En efecto, el Obispo es el principio visible y el fundamento de la unidad en su Iglesia particular.(80) Sería, por tanto, una gran incongruencia que el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comunión con el Obispo. San Ignacio de Antioquía escribía: « se considere segura la Eucaristía que se realiza bajo el Obispo o quien él haya encargado ».(81) Asimismo, puesto que « el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles »,(82) la comunión con él es una exigencia intrínseca de la celebración del Sacrificio eucarístico. De aquí la gran verdad expresada de varios modos en la Liturgia: « Toda celebración de la Eucaristía se realiza en unión no sólo con el propio obispo sino también con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero. Toda válida celebración de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias cristianas separadas de Roma ».(83)

40. La Eucaristía crea comunión y educa a la comunión. San Pablo escribía a los fieles de Corinto manifestando el gran contraste de sus divisiones en las asambleas eucarísticas con lo que estaban celebrando, la Cena del Señor. Consecuentemente, el Apóstol les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad de la Eucaristía con el fin de hacerlos volver al espíritu de comunión fraterna (cf. 1 Co 11, 17-34). San Agustín se hizo eco de esta exigencia de manera elocuente cuando, al recordar las palabras del Apóstol: « vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte » (1 Co 12, 27), observaba: « Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros ».(84) Y, de esta constatación, concluía: « Cristo el Señor […] consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí ».(85)

41. Esta peculiar eficacia para promover la comunión, propia de la Eucaristía, es uno de los motivos de la importancia de la Misa dominical. Sobre ella y sobre las razones por las que es fundamental para la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles, me he ocupado en la Carta apostólica sobre la santificación del domingo Dies Domini,(86) recordando, además, que participar en la Misa es una obligación para los fieles, a menos que tengan un impedimento grave, lo que impone a los Pastores el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir este precepto.(87) Más recientemente, en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, al trazar el camino pastoral de la Iglesia a comienzos del tercer milenio, he querido dar un relieve particular a la Eucaristía dominical, subrayando su eficacia creadora de comunión: Ella –decía– « es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad ».(88)

42. La salvaguardia y promoción de la comunión eclesial es una tarea de todos los fieles, que encuentran en la Eucaristía, como sacramento de la unidad de la Iglesia, un campo de especial aplicación. Más en concreto, este cometido atañe con particular responsabilidad a los Pastores de la Iglesia, cada uno en el propio grado y según el propio oficio eclesiástico. Por tanto, la Iglesia ha dado normas que se orientan a favorecer la participación frecuente y fructuosa de los fieles en la Mesa eucarística y, al mismo tiempo, a determinar las condiciones objetivas en las que no debe administrar la comunión. El esmero en procurar una fiel observancia de dichas normas se convierte en expresión efectiva de amor hacia la Eucaristía y hacia la Iglesia.

43. Al considerar la Eucaristía como Sacramento de la comunión eclesial, hay un argumento que, por su importancia, no puede omitirse: me refiero a su relación con el compromiso ecuménico. Todos nosotros hemos de agradecer a la Santísima Trinidad que, en estas últimas décadas, muchos fieles en todas las partes del mundo se hayan sentido atraídos por el deseo ardiente de la unidad entre todos los cristianos. El Concilio Vaticano II, al comienzo del Decreto sobre el ecumenismo, reconoce en ello un don especial de Dios.(89) Ha sido una gracia eficaz, que ha hecho emprender el camino del ecumenismo tanto a los hijos de la Iglesia católica como a nuestros hermanos de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales.

La aspiración a la meta de la unidad nos impulsa a dirigir la mirada a la Eucaristía, que es el supremo Sacramento de la unidad del Pueblo de Dios, al ser su expresión apropiada y su fuente insuperable.(90) En la celebración del Sacrificio eucarístico la Iglesia eleva su plegaria a Dios, Padre de misericordia, para que conceda a sus hijos la plenitud del Espíritu Santo, de modo que lleguen a ser en Cristo un sólo un cuerpo y un sólo espíritu.(91) Presentando esta súplica al Padre de la luz, de quien proviene « toda dádiva buena y todo don perfecto » (St 1, 17), la Iglesia cree en su eficacia, pues ora en unión con Cristo, su cabeza y esposo, que hace suya la súplica de la esposa uniéndola a la de su sacrificio redentor.

44. Precisamente porque la unidad de la Iglesia, que la Eucaristía realiza mediante el sacrificio y la comunión en el cuerpo y la sangre del Señor, exige inderogablemente la completa comunión en los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos y del gobierno eclesiástico, no es posible concelebrar la misma liturgia eucarística hasta que no se restablezca la integridad de dichos vínculos. Una concelebración sin estas condiciones no sería un medio válido, y podría revelarse más bien un obstáculo a la consecución de la plena comunión, encubriendo el sentido de la distancia que queda hasta llegar a la meta e introduciendo o respaldando ambigüedades sobre una u otra verdad de fe. El camino hacia la plena unidad no puede hacerse si no es en la verdad. En este punto, la prohibición contenida en la ley de la Iglesia no deja espacio a incertidumbres,(92) en obediencia a la norma moral proclamada por el Concilio Vaticano II.(93)

De todos modos, quisiera reiterar lo que añadía en la Carta encíclica Ut unum sint, tras haber afirmado la imposibilidad de compartir la Eucaristía: « Sin embargo, tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la única Eucaristía del Señor, y este deseo es ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más “con un mismo corazón” ».(94)

45. Si en ningún caso es legítima la concelebración si falta la plena comunión, no ocurre lo mismo con respecto a la administración de la Eucaristía, en circunstancias especiales, a personas pertenecientes a Iglesias o a Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia católica. En efecto, en este caso el objetivo es satisfacer una grave necesidad espiritual para la salvación eterna de los fieles, singularmente considerados, pero no realizar una intercomunión, que no es posible mientras no se hayan restablecido del todo los vínculos visibles de la comunión eclesial.

En este sentido se orientó el Concilio Vaticano II, fijando el comportamiento que se ha de tener con los Orientales que, encontrándose de buena fe separados de la Iglesia católica, están bien dispuestos y piden espontáneamente recibir la eucaristía del ministro católico.(95) Este modo de actuar ha sido ratificado después por ambos Códigos, en los que también se contempla, con las oportunas adaptaciones, el caso de los otros cristianos no orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica.(96)

46. En la Encíclica Ut unum sint, yo mismo he manifestado aprecio por esta normativa, que permite atender a la salvación de las almas con el discernimiento oportuno: « Es motivo de alegría recordar que los ministros católicos pueden, en determinados casos particulares, administrar los sacramentos de la Eucaristía, de la Penitencia, de la Unción de enfermos a otros cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia católica, pero que desean vivamente recibirlos, los piden libremente, y manifiestan la fe que la Iglesia católica confiesa en estos Sacramentos. Recíprocamente, en determinados casos y por circunstancias particulares, también los católicos pueden solicitar los mismos Sacramentos a los ministros de aquellas Iglesias en que sean válidos ».(97)

Es necesario fijarse bien en estas condiciones, que son inderogables, aún tratándose de casos particulares y determinados, puesto que el rechazo de una o más verdades de fe sobre estos sacramentos y, entre ellas, lo referente a la necesidad del sacerdocio ministerial para que sean válidos, hace que el solicitante no esté debidamente dispuesto para que le sean legítimamente administrados. Y también a la inversa, un fiel católico no puede comulgar en una comunidad que carece del válido sacramento del Orden.(98)

La fiel observancia del conjunto de las normas establecidas en esta materia(99) es manifestación y, al mismo tiempo, garantía de amor, sea a Jesucristo en el Santísimo Sacramento, sea a los hermanos de otra confesión cristiana, a los que se les debe el testimonio de la verdad, como también a la causa misma de la promoción de la unidad.

CAPÍTULO V

DECORO DE LA CELEBRACIÓN
EUCARÍSTICA

47. Quien lee el relato de la institución eucarística en los Evangelios sinópticos queda impresionado por la sencillez y, al mismo tiempo, la « gravedad », con la cual Jesús, la tarde de la Última Cena, instituye el gran Sacramento. Hay un episodio que, en cierto sentido, hace de preludio: la unción de Betania. Una mujer, que Juan identifica con María, hermana de Lázaro, derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos –en particular en Judas (cf. Mt 26, 8; Mc 14, 4; Jn 12, 4)– una reacción de protesta, como si este gesto fuera un « derroche » intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos –« pobres tendréis siempre con vosotros » (Mt 26, 11; Mc 14, 7; cf. Jn 12, 8)–, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona.

En los Evangelios sinópticos, el relato continúa con el encargo que Jesús da a los discípulos de preparar cuidadosamente la « sala grande », necesaria para celebrar la cena pascual (cf. Mc 14, 15; Lc 22, 12), y con la narración de la institución de la Eucaristía. Dejando entrever, al menos en parte, el esquema de los ritos hebreos de la cena pascual hasta el canto del Hallel (cf. Mt 26, 30; Mc 14, 26), el relato, aún con las variantes de las diversas tradiciones, muestra de manera tan concisa como solemne las palabras pronunciadas por Cristo sobre el pan y sobre el vino, asumidos por Él como expresión concreta de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Todos estos detalles son recordados por los evangelistas a la luz de una praxis de la « fracción del pan » bien consolidada ya en la Iglesia primitiva. Pero el acontecimiento del Jueves Santo, desde la historia misma que Jesús vivió, deja ver los rasgos de una « sensibilidad » litúrgica, articulada sobre la tradición veterotestamentaria y preparada para remodelarse en la celebración cristiana, en sintonía con el nuevo contenido de la Pascua.

48. Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de « derrochar », dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la « sala grande », la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio. La liturgia cristiana ha nacido en continuidad con las palabras y gestos de Jesús y desarrollando la herencia ritual del judaísmo. Y, en efecto, nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa, poniendo al alcance de todas las generaciones de creyentes el Sacrificio ofrecido una vez por todas sobre la Cruz, y haciéndose alimento para todos los fieles. Aunque la lógica del « convite » inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido nunca a la tentación de banalizar esta « cordialidad » con su Esposo, olvidando que Él es también su Dios y que el « banquete » sigue siendo siempre, después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre derramada en el Gólgota. El banquete eucarístico es verdaderamente un banquete « sagrado », en el que la sencillez de los signos contiene el abismo de la santidad de Dios: « O Sacrum convivium, in quo Christus sumitur! » El pan que se parte en nuestros altares, ofrecido a nuestra condición de peregrinos en camino por las sendas del mundo, es « panis angelorum », pan de los ángeles, al cual no es posible acercarse si no es con la humildad del centurión del Evangelio: « Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo » (Mt 8, 8; Lc 7, 6).

49. En el contexto de este elevado sentido del misterio, se entiende cómo la fe de la Iglesia en el Misterio eucarístico se haya expresado en la historia no sólo mediante la exigencia de una actitud interior de devoción, sino también a través de una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar la magnitud del acontecimiento que se celebra. De aquí nace el proceso que ha llevado progresivamente a establecer una especial reglamentación de la liturgia eucarística, en el respeto de las diversas tradiciones eclesiales legítimamente constituidas. También sobre esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa o indirectamente, un motivo de gran inspiración.

Así ha ocurrido, por ejemplo, con la arquitectura, que, de las primeras sedes eucarísticas en las « domus » de las familias cristianas, ha dado paso, en cuanto el contexto histórico lo ha permitido, a las solemnes basílicas de los primeros siglos, a las imponentes catedrales de la Edad Media, hasta las iglesias, pequeñas o grandes, que han constelado poco a poco las tierras donde ha llegado el cristianismo. Las formas de los altares y tabernáculos se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas siguiendo en cada caso, no sólo motivos de inspiración estética, sino también las exigencias de una apropiada comprensión del Misterio. Igualmente se puede decir de la música sacra, y basta pensar para ello en las inspiradas melodías gregorianas y en los numerosos, y a menudo insignes, autores que se han afirmado con los textos litúrgicos de la Santa Misa. Y, ¿acaso no se observa una enorme cantidad de producciones artísticas, desde el fruto de una buena artesanía hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y ornamentos utilizados para la celebración eucarística?

Se puede decir así que la Eucaristía, a la vez que ha plasmado la Iglesia y la espiritualidad, ha tenido una fuerte incidencia en la « cultura », especialmente en el ámbito estético.

50. En este esfuerzo de adoración del Misterio, desde el punto de vista ritual y estético, los cristianos de Occidente y de Oriente, en cierto sentido, se han hecho mutuamente la « competencia ». ¿Cómo no dar gracias al Señor, en particular, por la contribución que al arte cristiano han dado las grandes obras arquitectónicas y pictóricas de la tradición greco-bizantina y de todo el ámbito geográfico y cultural eslavo? En Oriente, el arte sagrado ha conservado un sentido especialmente intenso del misterio, impulsando a los artistas a concebir su afán de producir belleza, no sólo como manifestación de su propio genio, sino también como auténtico servicio a la fe. Yendo mucho más allá de la mera habilidad técnica, han sabido abrirse con docilidad al soplo del Espíritu de Dios.

El esplendor de la arquitectura y de los mosaicos en el Oriente y Occidente cristianos son un patrimonio universal de los creyentes, y llevan en sí mismos una esperanza y una prenda, diría, de la deseada plenitud de comunión en la fe y en la celebración. Eso supone y exige, como en la célebre pintura de la Trinidad de Rublëv, una Iglesia profundamente « eucarística » en la cual, la acción de compartir el misterio de Cristo en el pan partido está como inmersa en la inefable unidad de las tres Personas divinas, haciendo de la Iglesia misma un « icono » de la Trinidad.

En esta perspectiva de un arte orientado a expresar en todos sus elementos el sentido de la Eucaristía según la enseñanza de la Iglesia, es preciso prestar suma atención a las normas que regulan la construcción y decoración de los edificios sagrados. La Iglesia ha dejado siempre a los artistas un amplio margen creativo, como demuestra la historia y yo mismo he subrayado en la Carta a los artistas.(100) Pero el arte sagrado ha de distinguirse por su capacidad de expresar adecuadamente el Misterio, tomado en la plenitud de la fe de la Iglesia y según las indicaciones pastorales oportunamente expresadas por la autoridad competente. Ésta es una consideración que vale tanto para las artes figurativas como para la música sacra.

51. A propósito del arte sagrado y la disciplina litúrgica, lo que se ha producido en tierras de antigua cristianización está ocurriendo también en los continentes donde el cristianismo es más joven. Este fenómeno ha sido objeto de atención por parte del Concilio Vaticano II al tratar sobre la exigencia de una sana y, al mismo tiempo, obligada « inculturación ». En mis numerosos viajes pastorales he tenido oportunidad de observar en todas las partes del mundo cuánta vitalidad puede despertar la celebración eucarística en contacto con las formas, los estilos y las sensibilidades de las diversas culturas. Adaptándose a las mudables condiciones de tiempo y espacio, la Eucaristía ofrece alimento, no solamente a las personas, sino a los pueblos mismos, plasmando culturas cristianamente inspiradas.

No obstante, es necesario que este importante trabajo de adaptación se lleve a cabo siendo conscientes siempre del inefable Misterio, con el cual cada generación está llamada confrontarse. El « tesoro » es demasiado grande y precioso como para arriesgarse a que se empobrezca o hipoteque por experimentos o prácticas llevadas a cabo sin una atenta comprobación por parte de las autoridades eclesiásticas competentes. Además, la centralidad del Misterio eucarístico es de una magnitud tal que requiere una verificación realizada en estrecha relación con la Santa Sede. Como escribí en la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia, « esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal ».(101)

52. De todo lo dicho se comprende la gran responsabilidad que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia. Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al « formalismo » ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las « formas » adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.

Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El apóstol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a divisiones (skísmata) y a la formación de facciones (airéseis) (cf. 1 Co 11, 17-34). También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecua a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia. Precisamente para reforzar este sentido profundo de las normas litúrgicas, he solicitado a los Dicasterios competentes de la Curia Romana que preparen un documento más específico, incluso con rasgos de carácter jurídico, sobre este tema de gran importancia. A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal.

CAPÍTULO VI

EN LA ESCUELA DE MARÍA,
MUJER « EUCARÍSTICA »

53. Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, he incluido entre los misterios de la luz también la institución de la Eucaristía.(102) Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él.

A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, « concordes en la oración » (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos « en la fracción del pan » (Hch 2, 42).

Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.

54. Mysterium fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: « ¡Haced esto en conmemoración mía! », se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: « no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida” ».

55. En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.

Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió « por obra del Espíritu Santo » era el « Hijo de Dios » (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

« Feliz la que ha creído » (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en « tabernáculo » –el primer « tabernáculo » de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como « irradiando » su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?

56. María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén « para presentarle al Señor » (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería « señal de contradicción » y también que una « espada » traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el « stabat Mater » de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de « Eucaristía anticipada » se podría decir, una « comunión espiritual » de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como « memorial » de la pasión.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: « Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros » (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

57. « Haced esto en recuerdo mío » (Lc 22, 19). En el « memorial » del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: « !He aquí a tu hijo¡ ». Igualmente dice también a todos nosotros: « ¡He aquí a tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27).

Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.

58. En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama « mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador », lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre « por » Jesús, pero también lo alaba « en » Jesús y « con » Jesús. Esto es precisamente la verdadera « actitud eucarística ».

Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la « pobreza » de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se « derriba del trono a los poderosos » y se « enaltece a los humildes » (cf. Lc 1, 52). María canta el « cielo nuevo » y la « tierra nueva » que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su ‘diseño’ programático. Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!

CONCLUSIÓN

59. « Ave, verum corpus natum de Maria Virgine! ». Hace pocos años he celebrado el cincuentenario de mi sacerdocio. Hoy experimento la gracia de ofrecer a la Iglesia esta Encíclica sobre la Eucaristía, en el Jueves Santo de mi vigésimo quinto año de ministerio petrino. Lo hago con el corazón henchido de gratitud. Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han fijado en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han « concentrado » y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa « contemporaneidad ». Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cf. Lc 24, 3.35).

Dejadme, mis queridos hermanos y hermanas que, con íntima emoción, en vuestra compañía y para confortar vuestra fe, os dé testimonio de fe en la Santísima Eucaristía. « Ave, verum corpus natum de Maria Virgine, / vere passum, immolatum, in cruce pro homine! ». Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias. Aquí fallan nuestros sentidos –« visus, tactus, gustus in te fallitur », se dice en el himno Adoro te devote–, pero nos basta sólo la fe, enraizada en las palabras de Cristo y que los Apóstoles nos han transmitido. Dejadme que, como Pedro al final del discurso eucarístico en el Evangelio de Juan, yo le repita a Cristo, en nombre de toda la Iglesia y en nombre de todos vosotros: « Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna » (Jn 6, 68).

60. En el alba de este tercer milenio todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso. Como he escrito en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, no se trata de « inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste ».(103) La realización de este programa de un nuevo vigor de la vida cristiana pasa por la Eucaristía.

Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen. En la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?

61. El Misterio eucarístico –sacrificio, presencia, banquete –no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa, católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de salvación y comunión jerárquicamente estructurada.

La vía que la Iglesia recorre en estos primeros años del tercer milenio es también la de un renovado compromiso ecuménico. Los últimos decenios del segundo milenio, culminados en el Gran Jubileo, nos han llevado en esa dirección, llamando a todos los bautizados a corresponder a la oración de Jesús « ut unum sint » (Jn 17, 11). Es un camino largo, plagado de obstáculos que superan la capacidad humana; pero tenemos la Eucaristía y, ante ella, podemos sentir en lo profundo del corazón, como dirigidas a nosotros, las mismas palabras que oyó el profeta Elías: « Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti » (1 Re 19, 7). El tesoro eucarístico que el Señor ha puesto a nuestra disposición nos alienta hacia la meta de compartirlo plenamente con todos los hermanos con quienes nos une el mismo Bautismo. Sin embargo, para no desperdiciar dicho tesoro se han de respetar las exigencias que se derivan de ser Sacramento de comunión en la fe y en la sucesión apostólica.

Al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este « tesoro ». Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio eucarístico. No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque « en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación ».(104)

62. Sigamos, queridos hermanos y hermanas, la enseñanza de los Santos, grandes intérpretes de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos « contagia » y, por así decir, nos « enciende ».Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María Santísima, en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor. Al contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo vemos un resquicio del « cielo nuevo » y de la « tierra nueva » que se abrirán ante nuestros ojos con la segunda venida de Cristo. La Eucaristía es ya aquí, en la tierra, su prenda y, en cierto modo, su anticipación: « Veni, Domine Iesu! » (Ap 22, 20).

En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos. Si ante este Misterio la razón experimenta sus propios límites, el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu Santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la adoración y en un amor sin límites.

Hagamos nuestros los sentimientos de santo Tomás de Aquino, teólogo eximio y, al mismo tiempo, cantor apasionado de Cristo eucarístico, y dejemos que nuestro ánimo se abra también en esperanza a la contemplación de la meta, a la cual aspira el corazón, sediento como está de alegría y de paz:

« Bone pastor, panis vere,
Iesu, nostri miserere… ».

“Buen pastor, pan verdadero,
o Jesús, piedad de nosotros:
nútrenos y defiéndenos,
llévanos a los bienes eternos
en la tierra de los vivos.

Tú que todo lo sabes y puedes,
que nos alimentas en la tierra,
conduce a tus hermanos
a la mesa del cielo
a la alegría de tus santos”.

Roma, junto a San Pedro, 17 de abril, Jueves Santo, del año 2003, vigésimo quinto de mi Pontificado y Año del Rosario.

IOANNES PAULUS II


(1)Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.

(2)Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5.

(3)Cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae (16 octubre 2002), 21: AAS 95 (2003), 19.

(4)Éste es el título que he querido dar a un testimonio autobiográfico con ocasión del quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio.

(5)Leonis XXIII Acta(1903), 115-136.

(6)AAS 39 (1947), 521-595.

(7)AAS 57 (1965), 753-774.

(8)AAS 72 (1980), 113-148.

(9)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 47: « Salvator noster […] Sacrificium Eucharisticum Corporis et Sanguinis sui instituit, quo Sacrificium Crucis in saecula, donec veniret, perpetuaret… ».

(10)Catecismo de la Iglesia Católica, 1085.

(11)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 3.

(12)Cf. Pablo VI, El « credo » del Pueblo de Dios (30 junio 1968), 24: AAS 60 (1968), 442; Juan Pablo II, Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 9: AAS 72 (1980).

(13)Catecismo de la Iglesia Católica, 1382.

(14)Catecismo de la Iglesia Católica, 1367.

(15)Homilías sobre la carta a los Hebreos, 17, 3: PG 63, 131.

(16)Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XXII, Doctrina de ss. Missae sacrificio, cap. 2: DS 1743: « En efecto, se trata de una sola e idéntica víctima y el mismo Jesús la ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, Él que un día se ofreció a sí mismo en la cruz: sólo es diverso el modo de ofrecerse ».

(17)Cf. Pío XII, Carta enc. Mediator Dei (20 noviembre 1947): AAS 39 (1947), 548.

(18)Carta enc. Redemptor hominis (15 marzo 1979), 20: AAS 71 (1979), 310.

(19)Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.

(20)De sacramentis, V, 4, 26: CSEL 73, 70.

(21)Sobre el Evangelio de Juan, XII, 20: PG 74, 726.

(22)Carta. enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965), 764.

(23)Ses. XIII, Decr. de ss. Eucharistia, cap. 4: DS 1642.

(24)Catequesis mistagógicas, IV, 6: SCh 126, 138.

(25)Cf.Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 8.

(26)El « credo » del Pueblo de Dios (30 junio 1968), 25: AAS 60 (1968), 442-443.

(27)Homilía IV para la Semana Santa: CSCO 413/ Syr. 182, 55.

(28)Anáfora.

(29)Plegaria Eucarística III.

(30)Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, antífona al Magnificat de las II Vísperas.

(31)Misal Romano, Embolismo después del Padre nuestro.

(32)Carta a los Efesios, 20: PG 5, 661.

(33)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 39.

(34)« ¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: “esto es mi cuerpo”, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: “Tuve hambre y no me disteis de comer”, y más adelante: “Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer” […].¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo »: San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 50, 3-4: PG 58, 508-509; cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987): AAS 80 (1988), 553-556.

(35)Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 3.

(36)Ibíd.

(37)Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 5.

(38)« Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Ésta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras” » (Ex 24, 8).

(39)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

(40)Cf. ibíd., n. 9.

(41)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5. El mismo Decreto dice en el n. 6: « No se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía ».

(42)Homilías sobre la 1 Carta a los Corintios, 24, 2: PG 61, 200; cf. Didaché, IX, 5: F.X. Funk, I, 22; San Cipriano, Ep. LXIII, 13: PL 4, 384.

(43)PO 26, 206.

(44)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

(45)Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XIII, Decretum de ss. Eucharistia, can. 4: DS 1654.

(46)Cf. Rituale Romanum: De sacra communione et de cultu mysterii eucharistici extra Missam, 36 (n. 80).

(47)Cf. ibíd., 38-39 (nn. 86-90).

(48)Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 32: AAS 93 (2001), 288.

(49)« Durante el día, los fieles no omitan el hacer la visita al Santísimo Sacramento, que debe estar reservado en un sitio dignísimo con el máximo honor en las iglesias, conforme a las leyes litúrgicas, puesto que la visita es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Nuestro Señor, allí presente »: Pablo VI, Carta enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965), 771.

(50)Visite al SS. Sacramento ed a Maria Santissima, Introduzione: Opere ascetiche, IV, Avelino 2000, 295.

(51)N. 857.

(52)Ibíd.

(53)Ibíd.

(54)Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Sacerdotium ministeriale (6 agosto 1983), III.2: AAS 75 (1983), 1005.

(55)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10.

(56)Ibíd.

(57)Cf. Institutio generalis: Editio typica tertia, n. 147.

(58)Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10 y 28; Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 2.

(59)« El ministro del altar actúa en la persona de Cristo en cuanto cabeza, que ofrece en nombre de todos los miembros »: Pío XII, Carta enc. Mediator Dei 20 noviembre 1947: AAS 39 (1947), 556; cf. Pío X, Exhort. ap. Haerent animo (4 agosto 1908): Pii X Acta, IV, 16; Carta enc. Ad catholici sacerdotii (20 diciembre 1935): AAS 28 (1936), 20.

(60)Carta ap. Dominicae Cenae, 24 febrero 1980, 8: AAS 72 (1980), 128-129.

(61)Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Sacerdotium ministeriale (6 agosto 1983), III. 4: AAS 75 (1983), 1006; cf. Conc. Ecum. Lateranense IV, cap. 1. Const. sobre la fe católica Firmiter credimus: DS 802.

(62)Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 22.

(63)Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 2: AAS 72 (1980), 115.

(64)Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros 14.

(65)Ibíd., 13; cf. Código de Derecho Canónico, can. 904; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 378.

(66)Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 6.

(67)Cf. Relación final, II. C.1: L’Osservatore Romano (10 diciembre 1985), 7.

(68)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 26.

(69)Nicolás Cabasilas, La vida en Cristo, IV, 10: Sch 355, 270.

(70)Camino de perfección, c. 35, 1.

(71)Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28 mayo 1992), 4: AAS 85 (1993), 839-840.

(72)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14.

(73)Homilías sobre Isaías6, 3: PG 56, 139.

(74)N. 1385; cf. Código de Derecho Canónico, can. 916; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 711.

(75)Discurso a la Sacra Penitenciaría Apostólica y a los penitenciarios de las Basílicas Patriarcales romanas (30 enero 1981): AAS 73 (1981), 203. Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XIII, Decretum de ss. Eucharistia, cap. 7 et can. 11: DS 1647, 1661.

(76)Can.915; cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 712.

(77)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14.

(78)Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 73, a. 3c.

(79)Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28 mayo 1992), 11: AAS 85 (1993), 844.

(80)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.

(81)Carta a los Esmirniotas, 8: PG 5, 713.

(82)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.

(83)Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28 mayo 1992), 14: AAS 85 (1993), 847.

(84)Sermón 272: PL 38, 1247.

(85)Ibíd., 1248.

(86)Cf. nn. 31-51: AAS 90 (1998), 731-746.

(87)Cf. ibíd., nn. 48-49: AAS 90 (1998), 744.

(88)N. 36: AAS 93 (2001), 291-292.

(89)Cf.Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 1.

(90)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.

(91)« Haz que nosotros, que participamos al único pan y al único cáliz, estemos unidos con los otros en la comunión del único Espíritu Santo »: Anáfora de la Liturgia de san Basilio.

(92)Cf. Código de Derecho Canónico, can. 908; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 702; Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directorio para el ecumenismo (25 marzo 1993), 122-125, 129-131: AAS 85 (1993), 1086-1089; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Ad exsequendam (18 mayo 2001): AAS 93 (2001), 786.

(93)« La comunicación en las cosas sagradas que daña a la unidad de la Iglesia o lleva consigo adhesión formal al error o peligro de desviación en la fe, de escándalo o indiferentismo, está prohibido por la ley divina »: Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 26.

(94)N. 45: AAS 87 (1995), 948.

(95)Cf. Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 27.

(96)Cf. Código de Derecho Canónico, can. 844 §§ 3-4; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671 §§ 3-4.

(97)N. 46: AAS 87 (1995), 948.

(98)Cf.Conc. Ecum. Vat. II, Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 22.

(99)Cf. Código de Derecho Canónico, can. 844; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671.

(100)Cf. AAS 91 (1999), 1155-1172.

(101)N. 22: AAS 92 (2000), 485.

(102)Cf. n. 21: AAS 95 (2003), 20.

(103)N. 29: AAS 93 (2001), 285.

(104)Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 83, a. 4 c.

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Laudes matutinas y Vísperas

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 10, 2013

La Liturgia de las Horas u Oficio Divino

 

Cómo celebrar bien Laudes matutinas y Vísperas

 

Conformación[1]:

 

Invocación inicial                                                                        (de pie)

Himno                                                                                                  (de pie)

Salmodia                                                                                            (sentados)

Lectura breve                                                                                (sentados)

Silencio meditativo                                                                         (sentados)

Responsorio                                                                                       (de pie)

Cántico evangélico                                                                    (de pie)

Preces                                                                                                  (de pie)

Padre nuestro y Oración                                                               (de pie)

Conclusión                                                                                     (de pie)

 

 

Modo de unirlas con la Misa[2]

Cuando las Laudes matutinas se celebran con la Eucaristía, la acción litúrgica puede comenzar por las Laudes: Invocación inicial e Himno (los días de feria), o por la Misa: canto de entrada con procesión y saludo del presidente (los días festivos). Según el caso, se omite, pues, uno u otro de los ritos iniciales.

A continuación se prosigue con la salmodia de las Laudes con sus antífonas, como de costumbre. Después de la salmodia, omitido el acto penitencial (y, según la oportunidad también el Señor, ten piedad,) se dice, si lo prescriben las rúbricas, el Gloria, y el presidente reza la Colecta de la Misa. Después se continúa con la Liturgia de la Palabra, como de costumbre.

La oración de los fieles de la Misa se hace en su lugar y según la forma acostumbrada. Pero los días de feria, en su lugar, se pueden decir las preces matutinas de las Laudes.

Después de la comunión, se dice el cántico de Zacarías, con su antífona. Seguidamente, se dice la Oración para después de la comunión y lo demás de la Misa, como de costumbre.

 

Algunas indicaciones[3]

 

– Durante la invocación inicial todos se santiguan mientras se dice: «Dios mío, ven en mi auxilio…».

 

– En la salmodia no se lee el número del salmo ni el título ni la sentencia (la frase que está debajo del título, a la derecha). En cambio, durante el tiempo ordinario, si se prefiere, se toma esta sentencia bíblica o patrística en lugar de las antífonas.

– Hay varios modos de salmodiar:

  • Al unísono, en un solo coro (una sola voz, al tiempo todos).
  • Cada uno reza una estrofa (este modo se puede hacer cuando el grupo es pequeño).
  • Alternando a dos coros o parte de la asamblea, o entre un solista y después la asamblea o por secciones de bancas.
  • En forma responsorial, como suele acontecer en la celebración eucarística: el salmista enuncia la antífona, la asamblea la repite y la va intercalando entre estrofa y estrofa.
  • Proclamado por uno o dos solistas.

 

– En la lectura breve no se anuncia: «Lectura del profeta…» o «de la carta…»; tampoco se dice al terminar: «Palabra de Dios».

 

– Al comenzar a recitar el cántico evangélico, todos se santiguan, por la dignidad con la que se proclama el evangelio (este cántico se convierte en la cima y el grado más elevado de la Liturgia de las Horas).

 

– Las preces, tanto en Laudes como en Vísperas, contemplan tres posibilidades de respuesta:

  • La que aparece insinuada como frase de respuesta.
  • La segunda parte de cada una de las preces.
  • Hacer una pausa de silencio después de cada una de las preces.

En Laudes se pueden añadir preces de invocación (que conserven el estilo que se trae).

En Vísperas se pueden añadir preces de intercesión (petición).

 

– Antes de la oración final o conclusiva no se dice: «Oremos» ni «Oración…», porque la invitación a orar ya se hizo al comienzo, en el encabezamiento de las preces.

 

 


[1] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 41-54

[2] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 94

[3] Cf. Actualidad Litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 27

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Solemnidades de precepto en la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 18, 2013

Solemnidades de precepto

(En las que manda la Iglesia que se oiga misa y que no se trabaje):

  1. Santa María, Madre de Dios (1 de enero)

  2. Epifanía del Señor (6 de enero o domingo entre el 2 y el 8 de enero)

  3. San José, esposo de la Beata María Virgen (19 de marzo)

  4. Ascensión del Señor (jueves 5º después de Pascua):

  5. Cuerpo y Sangre de Cristo (jueves 2º después de la Pentecostés)

  6. San Pedro y san Pablo (29 de junio)

  7. Asunción de la Santísima Virgen María (15 de agosto)

  8. Todos los santos (1º de noviembre)

  9. La Inmaculada Concepción (8 de diciembre)

  10. Natividad del Señor (25 de diciembre)

 

(En Colombia, la Conferecnia Episcopal las redujo a las 3 que están en rojo.)

 

 

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Por qué cambia la fecha de la Cuaresma y de la Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 1, 2013

La fecha de la Cuaresma y de la Pascua

 

Para calcular la fecha de la Pascua, del domingo de Resurrección, se toma la fecha de la primera luna llena de primavera el hemisferio norte, es decir, la primera luna llena después del 20 de marzo de cada año (o, lo que es lo mismo, la primera luna llena a partir del 21 de marzo).

La Pascua se celebra el domingo siguiente a esa primera luna llena de primavera. Si esta primera luna llena cae en domingo, la Pascua se celebra el domingo siguiente.

A continuación se presenta el cuadro de fechas:

 

Año

Primer día de luna llena

Domingo de Resurrección

Miércoles de Ceniza

2005

marzo 25; 21:00

marzo 27

febrero 09

2006

abril 13; 17:00

abril 16

marzo 01

2007

abril 02; 17:00

abril 08

febrero 21

2008

marzo 21; 19:00

marzo 23

febrero 06

2009

abril 09; 15:00

abril 12

febrero 25

2010

marzo 30; 02:00

abril 04

febrero 17

2011

abril 18; 03:00

abril 24

marzo 09

2012

abril 06; 19:00

abril 08

febrero 22

2013

marzo 27; 09:00

marzo 31

febrero 13

2014

abril 15; 08:00

abril 20

marzo 15

2015

abril 04; 12:00

abril 05

febrero 18

2016

marzo 23; 12:00

marzo 27

febrero 10

2017

abril11; 06:00

abril 16

marzo 01

2018

marzo 31; 13:00

abril 01

febrero 14

2019

marzo 21; 02:00

¿Abril 19?

marzo 24

¿abril 21?

febrero 06

¿marzo 06?

2020

abril 08; 03:00

abril 12

febrero 26

2021

marzo 28; 19:00

abril 04

febrero 17

2022

abril 16; 19:00

abril 17

marzo 02

2023

abril 06; 05:00

abril 09

febrero 22

2024

marzo 25; 07:00

marzo 31

febrero 14

2025

abril 13; 00:00

abril 20

marzo 05

2026

abril 02; 02:00

abril 05

febrero 18

2027

marzo 22; 11:00

marzo 28

febrero 10

2028

abril 09; 10:00

abril 16

marzo 01

2029

marzo 30; 02:00

abril 01

febrero 21

2030

abril 18; 03:00

abril 21

marzo 06

 

 

 

 

 

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¿Cambio litúrgico?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2012

 

¿Qué está ocurriendo con la Liturgia? Hace poco quedó claro que nunca se abolió la Eucaristía en latín; el Papa volvió a celebrar la Misa unido a la Asamblea, cara a Dios; ya salió la nueva edición del Misal, con varios cambios, entre ellos el de la fórmula de la consagración: “que será entregado por vosotros y por muchos”; el Arzobispo Albert Malcolm Ranjith, Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, afirmó que recibir la comunión en la mano debilita la devoción al Santísimo, que esta costumbre fue introducida “de manera abusiva y precipitada” y, en todos estos casos, se ha enfatizado que el Concilio Vaticano II nunca legitimó esos cambios.

Prueba de este viraje es la Instrucción Redemptionis Sacramentum, sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía, de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Esta Instrucción fue preparada por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe. El mismo Pontífice la aprobó el año 2004, disponiendo que sea publicada y observada por todos aquellos a quienes corresponde.

A pesar de que el numeral 183 de esta Instrucción afirma: “Es una tarea gravísima para todos y cada uno”, al observar celebrar a los sacerdotes, se comprueba con tristeza que son muchas las recomendaciones de esta Instrucción que todavía no se siguen.

La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho.” (Lc 16, 10).

Esta obediencia nos llevará a comprender mejor las celebraciones litúrgicas terrenales que son, como la describió en el siglo VI el Pseudo Dionisio Areopagita, figura de la Liturgia  celestial.

Y desde allá, desde el Cielo, la Jerarquía celeste contemplará cada vez más complacida a la Jerarquía terrestre —la eclesiástica— celebrar la adoración, glorificación, bendición, honra, alabanza, agradecimiento y amor que, como criaturas, le debemos a Dios: con la alteza, la delicadeza, el respeto, la gravedad, la compostura, la galanura y la elegancia que corresponden a la majestad del Creador, Señor y Dueño del universo.

 

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Tiempo de Cuaresma*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2011

1.- Exposición dogmática

El tiempo de Cuaresma nos recuerda cómo debe el hombre caldo asociarse, por el espíritu de penitencia, a la obra redentora del Mesías. Nuestra alma rebelde a Dios se ha hecho esclava del demonio, del mundo y de la carne. Y precisamente en todo este santo tiempo nos muestra la Iglesia a Jesús, ya en el desierto, ya en medio de los azares de su vida pública, combatiendo para librarnos de la triple atadura del orgullo, de la avaricia y de la lujuria, que nos escla­vizan a las criaturas. Cuando por su doctrina y sus dolores nos haya redimido del cautiverio y restituido la libertad de hijos de Dios, nos dará, en las fiestas pascuales, la vida divina que habíamos perdido. De ahí que la liturgia cuaresmal, embebida como está en las enseñanzas del Maestro y en el espíritu de peni­tencia del Redentor, sirviera en otro tiempo para la formación de los catecúmenos, y para mover a compunción a los públicos penitentes, que aspiraban a resucitar con Jesús el Sábado Santo, mediante la recepción del Sacramento del Bautismo o el de la Penitencia[1]. Ésos son los dos pensamientos que la Iglesia irá desarrollando durante la Cuaresma entera, mostrándonos —en la persona de los judíos infieles— a los pecadores, que no pueden volver a Dios sino asociándose al ayuno de Jesús, y en la de los Gentiles, llamados en su lugar, los efectos del Sacramento de la Regeneración y de la Eucaristía en nuestras almas.

En el Oficio divino prosiguen las lecturas del Antiguo Testa­mento. La figura de Isaac se halla eclipsada por el pensamiento de Jesús en el desierto, se lee la historia de Jacob, figura de Cristo y de su Iglesia, la cual es siempre protegida y favorecida por Dios como aquel santo patriarca. Trátase de José, y en él se ve una figura de Cristo y de la Iglesia, los cuales han devuelto siempre el bien por el mal, y brillan con desusados fulgores por su inma­culada vida. Moisés, el cual libertó al pueblo de Dios, introduciéndolo después en la tierra prometida, y figurando en esto lo que la Iglesia y Jesucristo hacen con las almas por Pascua.

Vemos, pues, cómo Dios explica con la luz del Nuevo Testa­mento los milagros de los tiempos primitivos. Así, meditando las páginas paralelas de entrambos Testamentos, nos dispondremos a celebrar con la Iglesia los santos misterios pascuales, ya que aquellas sagradas páginas nos dan cumplida inteligencia de la misericordia divina, que no conoce límites.

La liturgia cuaresmal nos exhorta también por boca de Isaías, de Jeremías y de los Profetas; y en el Nuevo Testamento, por la de san Pablo, cuyas Epístolas vienen a ser como el eco de la voz del Maestro, que se oye en los Evangelios de esos cuatro Domingos.

Bien podemos considerar todo este tiempo como un gran retiro espiritual, en que entran todos los cristianos del mundo entero, para disponerse a la fiesta pascual, y que termina por la Confesión y Comunión pascuales. Así como Jesús, retirándose del tráfago del mundo, oró y ayunó durante 40 días, y luego en su vida de apostolado nos enseñó cómo hemos de morir a nosotros mis­mos, así también la Iglesia, en esta santa cuarentena, nos predica cómo debe morir en nosotros el hombre de pecado.

Esa muerte se manifestará en nuestra alma por la lucha contra el orgullo y el amor propio, por el espíritu de oración y la medi­tación más asidua de la palabra divina. Se manifestará también en nuestro cuerpo por el ayuno, la abstinencia y la mortificación de los sentidos. Aparecerá por fin, en toda nuestra vida mediante una renuncia mayor a los placeres y bienes del siglo, dando más limosna[2] y absteniéndonos de alternar en las fiestas mundanales. Porque, en efecto, el ayuno cuaresmal no debe ser sino la expre­sión de los sentimientos de penitencia, de que nuestra alma está embargada, ocupándose tanto más libremente de las cosas de Dios cuanto más cercena el regalo de los sentidos. Así, este tiempo favorable cual ningún otro, es para los corazones generosos venero de santa alegría, la cual traspira por todos los poros de la liturgia cuaresmal.

Esa labor de purificación se obra bajo la dirección de la Iglesia, que une nuestros padecimientos con los de Cristo. Los cobardes pueden también entrar con esfuerzo en la lid, fiados en la gracia de Jesús, que no les ha de faltar, si imploran los divinos auxilios contra el enemigo; y los fuertes no se engrían por su observancia, porque deben saber que sólo la Pasión de Jesús es la que los salva, y sólo participando en ella por la paciencia se les aplican sus fru­tos de salud.

«La observancia de Cuaresma, dice el papa Benedicto XIV, es el cíngulo de nuestra milicia, y por ella nos distinguimos de los enemigos de la Cruz de Cristo; por ella conjuramos los huracanes de las iras divinas; por ella somos protegidos con los auxilios celestiales durante el día, y nos armamos contra los príncipes de las tinieblas. Si esa observancia viniera a relajarse, cedería en merma de la gloria de Dios, en desdoro de la religión católica, sería un peligro para las almas cristianas, y no cabe duda que semejante entibiamiento se convertiría en fuente de des­gracias para los pueblos, de desastres en los negocios públicos, y de infortunios para los mismos individuos

 

2.- Exposición histórica.

La liturgia Cuaresmal nos hace seguir a Jesús en todas las andanzas de su apostólico ministerio.

Jesús pasó primero 40 días en el desierto en el monte de la cuarentena, al NE de Betania. Luego se rodeó de sus primeros discípulos y subió con ellos a Galilea, de donde volvió a Jerusalén para celebrar allí la 1a fiesta de la Pascua, arrojando entonces a los vendedores del Templo. Después de haber evange­lizado la Judea durante varios meses, se fue a Siquén, donde convirtió a la Samaritana, de donde pasó a Nazaret, predicando en su sina­goga. De allí, por fin, se encaminó a Cafarnaum, recorriendo después toda la Galilea.

Jesús volvió de nuevo a Jerusalén para la 2a Pascua, y allí curó al paralítico de la piscina de Betsaida. De nuevo en Galilea, predicó el Sermón de la Montaña. Entrando en Cafarnaum, sanó al siervo del Cen­turión y luego resucitó en Naín al hijo de una viuda. Entonces evangelizó de nuevo la Galilea, y se fue inmediata­mente a Betsaida-Julias, en los dominios de Filipo. En las cercanías de esa ciudad multiplicó los panes, y luego anduvo sobre las aguas del lago, cuando regresaba a Cafarnaum.

Jesús recorrió por entonces las regiones de Tiro y de Sidón, a donde lo siguieron sus enemigos; oyó la súplica de la Cananea cuando pasaba por junto a Sarepta y, volviendo por Cesárea de Filipo, regresó a Galilea, teniendo entonces lugar la Transfiguración. De vuelta en Cafarnaum, predicó la misericordia a sus apóstoles y en seguida subió a Jerusalén a la fiesta de los Tabernáculos, para no volver más a Galilea. Allí confundió a los judíos que lo acusaron de quebrantar el sábado, perdonó a la mujer adúltera, enseñó en el Templo y curó al ciego de nacimiento. Después de estar Jesús en Galilea pasó a Perea, donde devolvió el habla a un mudo y mostró a Jonás como una imagen de su resurrección. De allí vino a Jeru­salén para la fiesta de la Dedicación, y luego volvió a Perea donde predicó las parábolas del hijo pródigo y del rico epulón. Entonces fue llamado a Betania, donde resucitó a Lázaro. Después de irse a Efrén se dirigió a Jerusalén, anunciando cómo iba a ser condenado a muerte. En el Templo arrojó otra vez a los vendedores, pronunció la parábola de los viñadores rebeldes y desenmascaró la hipocresía de los fariseos. Por fin, subió al monte Olivete y, mirando a Jerusalén, en donde habían de crucificarlo tres días después, habló del Juicio que separará para siempre a los buenos de los malos.

 

3- Exposición litúrgica

El Tiempo de Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza para terminar en la vigilia pascual del sábado santo. Descontando los cuatro Domingos de Cuaresma y los de Pasión y Ramos, tenemos sólo 36 días de ayuno, a los cuales se han añadido los cuatro que preceden para obtener así el número exacto de 40, que la Ley y los Profetas habían inaugurado, y que Cristo mismo consagró con su ejemplo.

La Cuaresma es uno de los tiempos litúrgicos más anti­guos y más importantes del año. El Ciclo Temporal consagrado a la contemplación de los misterios de Cristo, ejerce ahora coti­diano y directo influjo sobre los fieles, mientras que en las demás épocas del año, las fiestas de entre semana son más bien celebraciones de santos. Y como quiera que toda la vida cristiana se resume en la imitación de Jesús, este Tiempo, en que el Ciclo santoral es más reducido, ha de ser especialmente fecundo para nuestras almas.

La Iglesia ha admitido, por su excepcional importancia, las solemnidades de san José (19 de Marzo) y la Anunciación (25 de Marzo) en la liturgia cuaresmal. Y aunque, en el curso de los tiempos, se hayan añadido otras misas en honor de algunos santos, sin embargo es del todo conforme al espíritu de esta época, preferir la misa ferial.

Con el fin de inculcar el espíritu de penitencia, la Iglesia no sólo suprime el Gloria y el Aleluya y reviste a sus sacerdotes de ornamentos morados durante esta santa cuarentena, sino que no coloca flores en los templos ni usa instrumentos musicales, salvo los necesarios para acompañar el canto.

La sociedad cristiana suspendía antiguamente durante este tiempo los tribunales de justicia y las guerras, declarándose la Tregua de Dios. Era también un tiempo prohibido para las bodas.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] El espíritu y hasta las ceremonias de estos dos sacramentos de muertos se encuentran en la liturgia del Tiempo de Cuaresma; ellos son término y resu­men de esta época purgativa, en la cual morimos con Jesús al pecado.

[2] Quien no puede ayunar, debe dar más limosna a los pobres, redimirse de este modo de los pecados, de que no se puede curar con el ayuno.

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Tiempo Ordinario después de Epifanía*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 6, 2011

1.- Exposición dogmática

En el Tiempo después de Epifanía la divinidad de Jesús continúa afirmándose, y los que hablan v actúan no son ya los ángeles del Gloria in excelsis, ni la estrella de los Magos, ni siquiera la voz de Dios Padre y la aparición del Espíritu Santo, como en el Bautismo de nuestro Señor, sino que es Cristo mismo. Éste exigirá, como veremos en el Ciclo Pascual, la entera sumisión de nuestro espíritu y de nuestro corazón a su doctrina y a las normas de vida que nos dictará. Ya desde ahora, sus palabras y sus obras revelan al Verbo divino.

Las palabras de Cristo son la expresión directa y sensible del pensamiento de Dios. «Las cosas que Yo digo las digo como el Padre me las ha dictado» (Jn 12, 50); y así como las sagradas Especies son objeto de nuestras adoraciones, por encerrar en sí la divinidad, también la doctrina de Jesús reclama de nosotros rendida fe y respeto, pues son como una partecita de la verdad eterna. El que con frialdad recibe la divina palabra no es menos culpable que el que deja caer por el suelo el Cuerpo del Hijo de Dios[1]. Lo que san Pablo decía de la Eucaristía: «quien come el Cuerpo del Señor indignamente come su propio juicio», Jesús lo afirma de su sagrada palabra: «El que n0 recibe mis palabras, la palabra misma que Yo he anunciado lo juzgará en el postrero día», porque desecharla es lo mismo que desechar al Verbo divino que en esta forma se nos manifiesta.

Pero Cristo no se contentó con «decir la verdad»; sino que quiso «hacer la verdad» (Jn 3, 21). Y en efecto, poseyendo como posee la naturaleza del Padre, no sólo su doctrina es la suya, sino que también es suya su omnipotencia. «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino aquello que ve hacer al Padre, porque todo lo que el Padre hace, lo hace también el Hijo»; y por eso, sus milagros lo mismo que sus palabras son una manifestación de la divinidad. «Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de Mí» (Jn 10, 25).

Un puro hombre no podría hablar ni obrar como Jesús, si no fuese también Dios; por eso declara a renglón seguido: «Si Yo no hubiese venido y les hubiera hablado, no habrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado». «Si no hubiese hecho entre ellos obras, que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; mas ahora no tienen excusa de su pecado».

Estas dos frases resumen todo el Tiempo ordinario después de Epifanía.

 

2.- Exposición histórica

En tiempo de nuestro Señor, Palestina estaba dividida en cua­tro provincias: al este del Jordán, Perea; al sudoeste, Judea; al sur, Samaria; al Norte, Ga­lilea. Y principalmente en esta última región donde vivieron las tribus de Aser, de Neftalí, de Zabulón y de Isacar, fue donde ocurrieron los sucesos narrados en los evangelios de los domingos de esta parte del Tiempo Ordinario.

En Caná obró Jesús su pri­mer milagro. Luego, y ya de vuelta para Judea, predicó en la sina­goga de Nazaret la sublime doctrina que «dejó maravi­llados a los oyentes». Estando también en Galilea, curó Jesús al leproso; pero el centro de sus predicaciones y de sus prodigios lo puso en Cafarnaum, lugar distante de Na­zaret como un día de camino. Después del Sermón de la Montaña, que la tradición más corriente dice ser el monte de Kouroun-Hattin, al noroeste de Tiberíades, el Señor bajó a Cafarnaum, curando allí al siervo del centurión.

La parábola del sembrador la predicó Jesús desde una barca a las orillas del lago, que debe su nombre de Genesaret, o sea, valle de las flores, a la florida llanura que lo circunda. Se la pudieron sugerir las fértiles colmas que van de Cafarnaum a Corozaín.

Entonces precisamente sucedió que cierta tarde, tras de esta continua predicación, el Salvador, no pudiendo alcanzar reposo, hubo de atravesar el lago, e irse a Gerza, lugar de la Perca situado en el litoral opuesto.

El mar de Tiberíades formado por las aguas del Jordán, está expuesto a repentinas y furiosas borrascas, y al sobrevenir una de ellas, fue cuando quiso Jesús demostrar a sus apóstoles cómo era Dios, serenando por arte milagroso la mar bravía.

 

3.- Exposición litúrgica

El Tiempo Ordinario después de Epifanía empieza el día siguiente al Bautismo de Jesús, y va hasta el día antes del Miércoles de Ceniza.

La fiesta de Navidad cae en día fijo, por lo que da al Ciclo del Natalicio cierta estabilidad. No así el Ciclo Pascual que, estando a merced de los cambios lunares, es necesariamente movible. Y por eso, cuando la fiesta de Resurrección —que puede caer entre el 22 de marzo y el 25 de abril— se celebra pronto, esta primera parte del Tiempo Ordinario se abrevia, razón por la cual puede durar entre 5 y 9 semanas.

El color verde —símbolo de la esperanza— es el propio del Tiempo Ordinario, tanto antes como después del ciclo Cuaresma–Pascua. Y en efecto, el color verde es el que predomina en la naturaleza. San Pablo dice que el que rompe el surco debe hacerlo con la esperanza de recoger frutos. Y así también, en este Tiempo Ordinario, el campo de la Iglesia sembrado con la doctrina y las obras de Jesús, se cubre de verdes cañas, que permiten esperar mies abundante. Su nota característica es también una santa alegría, la alegría de poseer en la persona de Cristo a un Dios «poderoso en obras y en palabras».

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] San Cesáreo de Arlés, Serm. 100

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Tiempo de Navidad*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 11, 2011

 

(Desde la Vigilia de Navidad hasta el Bautismo del Señor)

 

1.- Exposición dogmática

Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida de Juez.

Desde Navidad sigue la Iglesia paso por paso a Jesucristo e su obra redentora, para que nuestras almas, aprovechándose de todas las gracias que de todos los misterios de su vida fluyen, sean —como dice S. Pablo— «la esposa sin mácula, sin arruga, santa e inmaculada», que podrá presentar Cristo a su Padre cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo. Este momento, significado por el postrer domingo después de Pentecostés, es término de todas las fiestas del calendario cristiano.

Al recorrer las páginas que el Misal y la Liturgia de las Horas dedican al tiempo de Navidad, se ve están especialmente consagradas a los misterios de la infancia de Cristo.

La Liturgia celebra la manifestación al pueblo judío (Natividad) y al gentil (Epifanía) del gran Misterio de la Encarnación, que consiste en la unión en Jesús del Verbo «engendrado de la substancia del Padre antes que todos los siglos», con la humanidad, «engendrada de la substancia de su Madre en el mundo». Y ese Misterio se completa mediante unión de nuestras almas con Cristo, el cual nos engendra a la vida divina. A todos cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios. La afirmación del triple nacimiento del Verbo, que recibe eternamente la naturaleza -divina de su Padre, que «eleva a sí la humanidad» que le da en el tiempo la Virgen santísima, y que se une en el trascurso de los siglos a nuestras almas, cons­tituye la preocupación de la Iglesia en esta época.

a. – Nacimiento eterno del Verbo

Dice san Pablo que «Dios habita en una inaccesible luz» y que, precisamente para darnos a conocer a su Padre, baja Jesús a la tierra. «Nadie conoce al Padre si no es el Hijo, y aquel a quien plugiere al Hijo revelarlo». Así el Verbo hecho carne es la mani­festación de Dios al hombre.

A través de las encantadoras facciones de este Niño recién nacido, quiere la Iglesia que columbremos a la Divinidad misma, que, por decirlo así, se ha tornado visible y palpable. «Quien me ve al Padre ve», decía Jesús. «Por el misterio de la Encar­nación del Verbo —añade un prefacio de Navidad— conocemos a Dios bajo una forma visible» y, para asentar de una vez cómo la contemplación del Verbo es el fundamento de la ascesis de este Tiempo, se echa mano de los pasos más luminosos y profundos que hay en los escritos de los dos Apóstoles san Juan y san Pablo, ambos heraldos por excelencia de la Divinidad de Cristo.

La espléndida Liturgia de Navidad nos convida a postrarnos de hinojos con la Santísima Virgen María y san José ante ese Dios revestido de la humilde librea de nuestra carne: «Cristo nos ha nacido, venid, adorémoslo» ; «con toda la milicia celestial» nos hace cantar : «Gloria a Dios» ; y con la sencilla comitiva pastoril nos manda «alabar y glorificar a Dios»; y, por fin, nos asocia a la pomposa caravana de los Reyes Magos, para que con ellos nos «hinquemos delante del Niño y lo adoremos».

b.- Nacimiento temporal de la humanidad de Jesús

«Cuando haya salido el sol en el cielo, veréis al Rey de los reyes, que procede del Padre, como esposo que sale del tálamo nupcial». «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros».

Ese Dios a quien adoramos es la divinidad unida a la humana naturaleza en todo lo que aquélla tiene de más amable y de más débil, de modo que no nos deslumbre su luz, antes nos podamos acercar a Él sin pavor. El ABC de la vida espiritual consiste precisamente en conocer los misterios de la infancia del Salvador y asimilarse su espíritu. Por eso, durante algunas semanas contemplamos a Cristo en Belén, en Egipto y en Nazaret.

María da al mundo su Hijo, lo envuelve en pañales y lo recuesta en el pesebre, y José rodea al Niño de sus cuidados paternales. Es su padre, no ya sólo porque, como esposo de la Virgen, tiene derechos en el Fruto de su vientre, sino también porque —como dice Bossuet— «así como algunos adoptan hijos, así Jesús adoptó un padre».

Por eso, los tres benditos nombres de Jesús, de María y de José son como otras tantas preciosas perlas engastadas en los textos de la Liturgia de Navidad: «María, Madre de Jesús, se había desposado con José»; «Hallaron a María, a José y al Niño», «José y María, Madre de Jesús», «José toma al Niño y a su Madre», « ¡Hijo mío!, ¡tu padre y yo te andábamos bus­cando!»

c. Nacimiento espiritual del Cuerpo místico de Jesús

Pero dice santo Tomás que, «si el Hijo de Dios se encarnó, no fue tanto por Él cuanto por hacernos dioses mediante su gracia»[1].

A la humanización de Dios debe corresponder la divinización del hombre. «El Cristo total —añade san Agustín— lo forman Jesucristo y los cristianos. Él es Cabeza y nosotros miembros». Con Jesús nacemos siempre de un modo más perfecto a la vida sobrenatural, porque el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo[2].

Que toda nuestra actividad no sea sino el resplandor de esa luz del Verbo, que envuelva a nuestras almas. Esa es la gracia propia del tiempo de Navidad, el cual tiene por fin ampliar la divina paternidad, a fin de que Dios Padre pueda decir, hablando de su Verbo encarnado y de todos nosotros: «Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy». Hincadas en tierra las rodillas, digamos con respeto aquellas palabras del Símbolo: «Creo en Jesucristo, que nació del Padre antes que los siglos todos; Dios de Dios, consubstancial al Padre; que bajó de los Cielos y se hizo carne por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre. Creo en la santa Iglesia,que ha nacido a la vida divina por el mismo Espíritu Santo y por el Bautismo.

2. – Exposición histórica

El empadronamiento general que César Augusto mandó hacer por los años de 747-749 de Roma, obligó a José y a María a ir de Nazaret a Belén de Judea. Llegados a aquel lugar, la Virgen benditísima dio al mundo a su Hijo primogénito. Aludiendo a una tradición del siglo IV, que coloca la cuna de Jesús entre dos animales, la Liturgia citaba dos textos proféticos, uno de Isaías: «El buey conoció a su amo y el asno el pesebre de su Señor», y aquél de Habacuc: «Señor, te manifestarás en medio de dos animales».

En los contornos de Belén, los pastores guardaban sus ganados hasta que, avisados por el ángel, corrieron todos presurosos a la gruta. «¿Qué es lo que habéis visto? Decídnoslo. ¿Quién es el que ha aparecido en la tierra?» Y ellos responden: «Hemos visto a un recién nacido y coros de ángeles que alaba­ban al Señor: ¡Aleluya, aleluya!»

Ocho días después el di­vino Infante fue circunci­dado por José, y recibió el nombre de Jesús, según indicación del ángel hecha a José y a María. Cuarenta días después de haber María dado a luz a Jesús, se fue con Él al Templo para ofrecer allí el sacrificio prescrito por la Ley. Entonces vaticinó Simeón que Jesús había de salvar a su pueblo, y que una espada de dolor había también de traspasar el corazón de su Madre.

Tras del cortejo pastoril viene el de los Magos, los cuales llegan del Oriente a Jerusalén guiados por una estrella. Infor­mados por los mismos príncipes de los sacerdotes, caminan hasta Belén, porque allí es donde el profeta Miqueas predijo que había de nacer el Mesías. Y en efecto, allí se encontraron con el Niño y con María, su Madre y, postrándose a sus plantas, lo adoraron. Al regresar a sus tierras no pasaron por Jerusalén, según en sueños se les había advertido.

Herodes, que les había pedido que le dijesen dónde estaba el Niño recién nacido, viéndose burlado por los Magos, se encolerizó sobremanera e hizo matar a todos los niños de Belén, creyendo deshacerse por medio de arte tan inhumano del nuevo rey de los Judíos en quien se temía un terrible competidor. Un ángel se apareció entonces en sueños a José y le dijo que huyese a Egipto con María y con el Niño; y allí vivieron los tres hasta la muerte de Herodes, porque entonces el ángel del Señor se volvió a aparecer a José, mandándole regresar a la tierra de Israel. Mas sabiendo José que reinaba en Judea Arquelao en vez de Herodes su padre, como aquél era también perseguidor, temió por la vida del Niño, y así se retiró a Galilea, al pueblecito de Nazaret.

Los padres de Jesús lo perdieron un día en Jerusalén por las fiestas de Pascua cuando aún sólo tenía doce años; hasta que al cabo de tres días lo encontraron entre los Doctores en el templo. Vuelto a Nazaret, crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres; y de allí fue de donde Jesús salió para el Jordán cuando tenía treinta años, con ánimo de hacerse bautizar por san Juan, y éste, al verlo, declaró a los judíos que Jesús era el Mesías deseado.

 

3. – Exposición litúrgica

Litúrgicamente, el Tiempo de Navidad comienza por la Vigilia de esta solemnidad y termina con la fiesta del Bautismo del Señor (para el santoral este tiempo se extiende hasta la Presentación del Señor y Purificación de la Virgen Santísima, el 2 de febrero).

Se caracteriza por la inmensa dicha que el mundo siente de ver por fin a su Salvador. De ahí que este Tiempo sea de «gran regocijo para todo el pueblo». Con los ángeles, con los pastores, con los Magos sobre todo, primicias de los Gentiles, andemos «embargados de un intenso gozo» y cantemos con la Iglesia un alegre «Gloria in excelsis», ya que sus sacerdotes se revisten de blancos ornamentos, y el órgano recobra su voz melodiosa,

Y esta alegría es tanto mayor cuanto que el nacimiento temporal de Jesús es la prenda de nuestro nacimiento al Cielo cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo.

Jesús nace en medio de las tinieblas, figura de aquellas otras todavía más densas que oscurecían las almas. «Cuando el mundo entero yacía sepultado en el silencio, y la noche había andado la mitad de su carrera, tu Verbo todopoderoso, Señor, bajó de su regio trono» Por eso y por un privilegio especial, se celebra en Navidad una Misa a media noche, seguida de otra a la aurora, y de una tercera ya en pleno día. Y es que, conforme lo hacen notar los santos Padres de la Iglesia, en el momento en que el sol ha llegado a lo más bajo de su carrera y parece renacer, entonces renace también en el mundo el «Sol de Justi­cia». «Cristo nos nació cuando los días empiezan a crecer»[3]. La solemnidad de Natividad el 25 de Diciembre —que corresponde con la fecha del 25 de Marzo—, coincide con la fiesta que los pueblos paganos celebraban en el solsticio de invierno, para honrar el nacimiento del sol. Así cristianizó la Iglesia aquel rito gentil.

La Misa de media noche se celebraba en Roma en la Basílica de Santa María la Mayor —que representa a Belén—, pues en ella se veneran algunos trocitos del pesebre del Salvador, que fue reemplazado por una cuna de plata en la gruta misma en que Jesús nació[4].

Nuestro altar sea el pesebre en que Jesús nace por nosotros, muy especialmente en el día de Navidad, pues en este día los textos de la Misa sólo se refieren al misterio del Nacimiento del Salvador. Al volver a nuestras casas, manifestemos nuestro gusto litúrgico guardando las típicas costumbres de los grandes siglos de fe, en que las fiestas litúrgicas tenían resonancia y se prolongaban hasta el seno íntimo del hogar.

En toda casa cristiana debiera haber un pequeño pesebre, para rezar en torno de él durante este tiempo las oraciones de la mañana y de la noche. De ese modo, los niños comprenderían que en estos festivos días, tan propios para las alegrías infantiles, deben asociarse a los pastorcitos y los Magos, e ir con ellos a adorar a Jesús, reclinado sobre la paja, honrando allí también a su Madre y a su Padre nutricio, que de rodillas le contemplan.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] S. Thom. Summa, III q. 37 a. 3, ad 2

[2] S. León VI, Sermón de la Natividad

[3] Agustín, Sermón de la Natividad.

[4] Aquella gruta era ya a mediados del siglo II visitada por numerosos pere­grinos, y la emperatriz santa Elena hizo erigir en aquel santo lugar una basílica, que quiso que fuera muy modesta, pues Jesús nació en la pobreza. Cuidó de dejar visible parte de la roca, y cuando hacía el siglo VIII la cuna de plata desapareció, se puso un altar en el lugar en que se creía haber nacido el Señor.

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Tiempo de Adviento*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2010

 

(Del primer domingo de Adviento al 24 de diciembre). 

 

1.- Exposición dogmática

La lectura de los textos litúrgicos, de que la Iglesia se sirve durante las cuatro semanas de Adviento, nos descubre claramente su intención de que asimilemos la mentalidad del Pueblo de Dios en la Antigua Ley, de los Patriarcas y Videntes de Israel, quienes suspiraban por la llegada del Mesías en su doble adveni­miento de gracia y de gloria.

La Iglesia griega honra en Adviento a los progenitores del Señor, y especialmente a Abraham, a Isaac y a Jacob.

La Iglesia latina, sin honrarlos con un culto particular, nos recuerda con frecuencia su memoria en esta época, al hablar de las promesas que les fueron hechas relativas al Mesías. A todos ellos los vemos desfilar cada año, formando el magnífico cortejo que a Cristo precedió en los siglos. Pasan a nuestra vista Abrahán, Jacob, Judá, Moisés, David, Miqueas, Jeremías, Ezequiel y Daniel, Isaías, san Juan Bautista, José y sobre todo María, la cual resume en sí misma todas las esperanzas mesiánicas, pues de su fiat pende su cumplimiento. Todos a una ansían porque venga el Salvador y lo llaman con ardientes gemidos. Al recorrer las misas y los oficios de Adviento siéntese el alma impresionada por los continuos y apremiantes llamamientos al Mesías: «Ven, Señor, y no tardes». «Venid y adoremos al Rey que va a venir». «El Señor está cerca, venid y adorémoslo». «Manifiesta, Señor, tu poder y ven» «¡Oh Sabiduría! Ven a enseñarnos el camino de la prudencia». «Oh Dios, guía de la casa de Israel, ven a rescatarnos». «Oh Vástago de Jesé, ven a redimirnos, y no tardes». «Oh, llave de David y cetro de la casa de Israel, ven y saca a tu cautivo sumido en tinieblas y som­bras de muerte». «Oh, Oriente resplandor de la Luz eterna, ven y alúmbranos». «Oh, Rey de las Naciones y su deseado, ven a salvar al hombre que formaste del barro». «Oh, Emmanuel (Dios con nosotros), Rey y Legislador nuestro, ven a salvarnos Señor y Dios nuestro». 

El Mesías esperado es el Hijo mismo de Dios; Él es el gran libertador que vencerá a Satanás, que reinará eternamente sobre su  pueblo, al que todas las naciones habrán de servir, Y como la divina misericordia alcanza no solo a Israel, sino a todo el gentilismo, debemos hacer nuestro aquel Veni,  y decir a Jesús: «Oh, Piedra angular, que reúnes en ti a todos los pueblos, ven». Todos seremos guiados juntos por un mismo Pastor. «Él —dice Isaías— pastoreará a su rebaño, y acogerá a los corderitos en sus brazos, y los llevará en sus haldas; Él, que es nuestro Dios y Señor».

Esta venida de Cristo, anunciada ya por los profetas, a la que el pueblo de Dios aspira, es una venida de misericordia. El divino Redentor se apareció en la tierra bajo la humilde condición de nuestra humana existencia. Es también una venida de justicia, en que aparecerá rodeado de gloria y majestad al fin del mundo, como Juez y supremo Remunerador de los hombres. Los Videntes del Antiguo Testamento no separaron estos dos advenimientos, por lo que también la liturgia del Adviento, al traer sus palabras, habla indistintamente de ambos. San Gregorio explica que san Juan Bautista, Precursor del Redentor, es Elías en espíritu y en virtud, es el Precursor del Juez.

Por lo demás, ¿acaso estos dos sucesos no tienen una misma finalidad? Si el Hijo de Dios se ha bajado hasta nosotros haciéndose hombre (1er advenimiento), ha sido precisamente para hacernos subir hasta su Padre, introduciéndonos en su reino celestial (2° advenimiento). Y la sentencia que el Hijo del hombre, a quien será entregado todo juicio, ha de fallar cuando por segunda vez viniere a este mundo, dependerá del recibi­miento que se le hubiere hecho al venir por vez primera. «Este niño —dijo Simeón— está puesto para ruina y para resurrección de muchos, y será una señal que excitará la contradicción». El Padre y el Espíritu darán testimonio de que Cristo es el Hijo de Dios, y el mismo Jesús lo probará bien por sus palabras y sus milagros. Y los mismos hombres deberán dar ese doble testimonio de un Dios en tres personas, decidiendo así ellos mismos de su suerte futura. «Bienaventurados los que no se escandalizaren por mi causa», porque «el que pusiere en Cristo su confianza no será confundido». Y al contrario, ¡ay de aquél que chocare contra esa piedra de salvación!, porque quedará desmenuzado. «Si alguno se avergüenza de Mí o de mis palabras, —dice Jesús—, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la de su Padre y sus santos Ángeles». «Cuando el Hijo del hombre venga en su majestad, y con Él todos sus Ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Y reuniendo las Naciones todas en torno suyo, separará a los unos de los otros, como separa el pastor a las ovejas de los cabritos. Y colocaré las ovejas a su derecha y los cabritos a su siniestra. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el principio del mundo”. Y luego dirá a los de su izquierda: “Apartaos, malditos, e id al fuego eterno que el diablo y sus ángeles os tienen dispuesto”» (Mal 25, 31-46).

A todos cuantos hubieren negado a Cristo en la tierra, Él los desechará de Sí, separándolos para siempre de los que le han sido fieles, y juntando en torno suyo a cuantos lo hubieren acogido por su fe y su amor, los hará entrar en pos de Sí en el Reino de su Padre. Estrechamente unidos al Hijo de Dios humanizado, serán eternamente «Cristo y su místico cuerpo», o lo que san Agustín llama «el Cristo total». Y por ese motivo justificará Jesús su sentencia judicial, que separará a los buenos de los malos, diciendo: «Todo cuanto habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo lo habéis hecho; y lo que no habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo no lo habéis hecho».

 

2.- Exposición histórica

Los oráculos proféticos se habían ya cumplido: la herencia del pueblo escogido de Dios había pasado a poder de los romanos y el cetro le había sido arrebatado a la casa de Judá por la dinastía pagana de los Idumeos. El Mesías debía, pues, venir ya; el mundo lo aguardaba, y más todavía los Judíos.

Juan Bautista dócil a la voz del Señor, abandona el desierto en donde paso toda la infancia; y viniendo a la región del Jordán, junto a Betania, administra el bautismo de penitencia para preparar las almas a la venida de Cristo. Sus virtudes son tan excelsas, que se diría ser el mismo Mesías; por lo cual los fariseos le envían desde Jerusalén una delegación de sacerdotes y levitas para informarse de ello. Mas Juan les responde que él es aquél de quien Isaías dijo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad los caminos del Señor». Jesús viene entonces al Jordán para ser bautizado por Juan, y éste declara que Él es el Cordero de Dios, cuya Sangre borrará los pecados de los hombres.

Luego Juan Bautista es apresado en el castillo de Maqueronte, al oriente del Mar Muerto, y allí tiene noticia de los innumerables milagros que obra Jesús, y probablemente de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, acaecida en Galilea en el año segundo de su ministerio público. Entonces Juan envía desde la cárcel a dos de sus discípulos, para que Cristo manifieste pública­mente a todos su divina misión: «¿Eres tú el que debe venir?», y Jesús responde con las palabras que Isaías decía del Mesías: «Dios mismo vendrá y nos visitará. Entonces los ojos de los ciegos verán, y las orejas de los sordos se abrirán; en­tonces saltará el cojo como un ciervo y será desatada la lengua de los mudos». Todos esos portentos vaticinados por Isaías los obra el Hijo de María: luego Él es el Mesías.

Respecto a Juan, prosigue el Maestro, de él dejó escrito Isaías: «He aquí que Yo envío delante de vosotros a mi Ángel para que os preceda y os prepare el camino». Juan es el precursor de Jesús y «ha venido para dar testimonio de la Luz», testimonio que dio ya a los judíos en su tiempo y que sigue dándonos todos los días, y con mayor insistencia los Evangelios del Adviento.

Antiguamente los Domingos de Adviento se sucedían en orden inverso al de hoy, siendo llamado Domingo primero el más próximo a Navidad, y así los demás por este orden retrospectivo. Así los Evangelios que hablan del Bautista se sucedían por su orden histórico.

 

3.- Exposición litúrgica

La fecha inicial del año litúrgico era en el siglo V la festividad de la Anunciación. Celebrada al principio en marzo, esta solem­nidad fue trasladada a Diciembre. En el siglo X, el año comenzaba el primer domingo de Adviento, o sea, unas cuatro o cinco semanas antes de Navidad. En un Concilio de Zaragoza (año 380) se prescribe una preparación de ocho días para la fiesta de Navidad. En el Concilio de Tours de 563, se menciona al Adviento como período litúrgico que tiene ya sus ritos y fórmulas propias. El Domingo 1° de Adviento es el que cae más cerca del día de la fiesta de san Andrés (30 de Noviembre). La alegría que engendra el pensamiento de poseer dentro de poco al Salvador, fue y es todavía como la nota dominante del santo Adviento; por eso no se deja de cantar el Aleluya, y las campanas voltean mientras en el coro se entonan las grandes antífonas: ¡Oh! El 3er domingo, el altar se ve engalanado con flores, los ornamentos pueden ser de color rosa y se vuelven a oír las suaves melodías del órgano.

En el siglo VII se dio también a este Tiempo un carácter penitencial llamándose en la Edad Media «Cuaresma de Navidad», por lo cual muchos ayunaban a diario y hasta cubrían las sagradas imágenes, como ahora en el Tiempo de Pasión. Ese espíritu de penitencia se trasluce en la omisión del Gloria y de los ornamentos morados y en muchos textos litúrgicos.

En el santo Adviento no nos preocupemos sólo de su venida misericordiosa, al revés de los judíos, que únicamente quisieron admitir el advenimiento glorioso del Mesías. Dejemos toda su amplitud a las fórmulas litúrgicas, para que ejerzan en nosotros toda su eficacia y digamos con la Iglesia: «Veni, Domine», ven, Salvador y Juez mío. Líbrame aquí de mis pecados, y llévame algún día a tu Cielo. Adveniat regnum tuum. Como todos los Patriarcas y Profetas, en Ti pongo toda mi esperanza. Per Adventum tuum, libera nos, Domine.

¡Oh, cuan benéfica es la liturgia de este tiempo, que así nos dispone a celebrar el advenimiento de Jesús en vista del segundo, de manera que, aprovechándonos de las gracias del Redentor, no hayamos por qué temer los castigos del Juez! «Haz, Señor —pide la Iglesia—, que recibiendo con alegría al Hijo de Dios, ahora que viene a rescatarnos, podamos también contemplarlo seguros cuando viniere a juzgarnos». 

Así pues, el Adviento nos predica que Jesucristo es el centro de la historia del mundo, la cual comienza con la esperanza de su venida de gracia y terminará con su postrer y glorioso adveni­miento. Y la Liturgia hace desempeñar a todos los cristianos su papel respectivo en este plan divino. Si Cristo bajó a la tierra, accediendo a los apremiantes llamamientos de los justos del Antiguo Testamento, bajará también hoy día en vista de las llamadas que le dirige la humanidad, generación tras generación, y vendrá sobre todo por Navidad a las almas fieles con una infu­sión nueva de gracia. Vendrá por fin Jesús, llamado por los últi­mos cristianos, cuando se vean perseguidos por el Anticristo al fin de los tiempos.

Nuestras aspiraciones a Cristo son las mismas que las de los Patriarcas y Profetas, ya que el Oficio Divino y el Misal ponen en nuestros labios las palabras mismas que ellos en otros tiempos pronunciaron. ¿No es, pues, uno mismo el grito de fe, de esperanza y amor que se viene elevando a Dios y a su divino Hijo en el correr de los siglos? Animémonos de los mismos entusiasmos y de las mismas súplicas de un Isaías, de un Juan Bautista y de la benditísima Virgen María, de esas tres figuras que cumplidamente encarnan el espíritu del Adviento; aspiremos con sinceridad, con amor, con impaciencia, por Jesús, en su doble advenimiento: «Al Rey que va a venir, venid adorémoslo».

Se nota que las iniciales de las grandes antífonas ¡Oh! dan por orden inverso estas dos palabras: Ero cras, que significa: Mañana estaré, es decir, estaré con vosotros.

  

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

  

 

 

 

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Nuestro Señor Jesucristo Rey*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 28, 2010

 

«A Jesucristo Rey de reyes venid y adorémoslo.» Hoy es el día de proclamar su realeza, de decir entre suspiros: ¡Venga a nosotros tu reino! de decir al Padre: « ¡Padre, glorifica a tu Hijo! ».

«La revolución ha comenzado por proclamar los derechos del hombre, y no terminará sino al proclamar los derechos de Dios.» Así decía en el siglo XIX el conde de Maistre.

«Jesucristo no es Rey por gracia nuestra, ni por voluntad nuestra, sino por derecho de nacimiento, por derecho de filiación divina, por derecho también de conquista y de rescate.»

«Así que Cristo es Rey universal de este mundo por su propia esencia y naturaleza» (San Cirilo de Alejandría) en virtud de aquella admirable unión que llaman hipostática, la cual le da pleno domino no sólo sobre los hombres, sino hasta sobre los ángeles y aun sobre todas las criaturas. (Pío XI).

Y ¿qué de extraño tiene sea Rey de los hombres el que fue Rey de los siglos?

Pero Jesucristo no es Rey para exigir tributos o para armar un ejército y pelear visiblemente contra sus enemigos. Es Rey para gobernar los espíritus, para proveer eternamente al mundo, para llevar al reino de los Cielos a los que creen, esperan y aman. El Hijo de Dios, igual al Padre, el Verbo por el cual todas las cosas fueron hechas, si quiso ser Rey de Israel fue pura dignación y no una promoción: fue una señal de misericordia, no un aumento de poder (San Agustín).

Nadie tema que vaya a perder algo porque se someta al «suavísimo imperio» de Cristo. No teman las sociedades, porque Él es quien las funda y las sustenta. No teman los poderosos porque «no quita los reinos mortales quien da los celestiales». No teman tampoco los individuos, porque servir a Cristo es reinar. Es un Amo tal, que no esclaviza, ni esquilma a sus servidores; un Pastor y un Señor que no engorda con la carne de su rebaño, ni se viste con sus lanas, ni se regala con su leche, antes se desvive por los suyos, y se les entrega con todos sus haberes ya desde la tierra, hasta que sean capaces de poseerlo y de gozarlo más cumplidamente allá en el Cielo. Tiene derecho a todo mando y a todo honor; pero exige poco y hasta llega a decir que «su reino no es de este mundo». Por eso, nada hay de más irracional y más incomprensible que el grito rabioso de esa chusma que todavía vocifera: «¡No queremos que Cristo reine sobre nosotros!» Piensan los insensatos que les va a privar de la libertad cuando se la va a acrecentar y perfeccionar, pros­cribiendo tan sólo el libertinaje, tan fatal para las almas como para los cuerpos, para las naciones como para los individuos, ya que «lo que hace míseros a los pueblos es el pecado».

Conviene, pues, que Él reine: oportet Illum regnare, porque su reinado «es eterno y universal, es un reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz». Quiere ante todo reinar en las inteligencias, en las volun­tades y en los corazones de los hombres. Es un reinado antes que todo espiritual, el aparato exterior lo tiene en poco y huye ahora del fasto externo, como huyó cuando los hombres quisieron tributarle los honores de Rey, y por eso sigue humilde y «escon­dido en nuestros altares bajo las figuras de pan y de vino».

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

   

 

 

 

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Tiempo ordinario después de Pentecostés*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 21, 2010

 

1.- Exposición dogmática 

Después del reinado del Padre sobre el pueblo de Dios, que nos recuerda el Tiempo de Adviento; después del reinado del Hijo, que comienza en su nacimiento, o sea, en Navidad, para consumarse en su Ascensión, y que nos recuerda a su vez el Tiempo de Navidad y el Tiempo Pascual, la liturgia celebra y se manifiesta desde Pentecostés hasta el fin de los siglos.

Así como el Padre se sirvió del pueblo hebreo para preparar la Redención del mundo; y el Verbo asumió la naturaleza humana e hizo de ella el instrumento de nuestra redención, así también el Espíritu Santo hace efectiva la redención en la Iglesia. El sacerdocio, la Misa y los Sacramentos son otros tantos cauces oficiales, por donde nos trae la doctrina del Salvador y nos aplica sus méritos.

El Papa está al frente de toda la jerarquía eclesiástica, como la Eucaristía está sobre todos los demás Sacramentos. Y así el rei­nado del Espíritu Santo se manifiesta visiblemente por la Iglesia romana, en medio de la cual está el Santísimo Sacramento, despi­diendo efluvios de luz y de amor.

Si el Espíritu es el alma que vivifica a esa Iglesia[1], Cristo escondido en la Hostia sagrada es el corazón, de donde se reparte la sangre por las venas, o sea, por el canal de los Sacramentos, a todos los miembros; san Pedro y sus sucesores con todos los obispos, son la cabeza de donde parten las fibras nerviosas que mandan a todo el cuerpo: y ese cuerpo místico lo formamos todos los cristianos.

«Formamos un solo cuerpo, dice san Pablo, porque hemos sido bautizados en un solo Espíritu» (1Co 10), y «todos participamos del mismo pan (Ib. 10, 17). Lo somos también porque hemos sido convertidos por Cristo resucitado en corderos y ovejas de un mismo Pastor, cabeza visible de la Iglesia[2].

La acción del Espíritu Santo y la acción de Cristo en el Sacra­mento se unen hasta el punto de que los Libros Santos llegan a afirmar indiferentemente que «somos santificados en el Espí­ritu Santo» (1Co 6) o «en Cristo» (Ib. 1 1), y que así como el Espíritu Santo es vida, así también Jesús es «pan de vida». La acción de ambas divinas Personas se ejerce mediante la Iglesia.

Merced al ciclo litúrgico, Cristo revive en cierto modo cada año sobre el altar como en otra Palestina, toda su vida en el mismo orden en que antaño se realizara. O sea que ahora somos nosotros los que en unión con Cristo realizamos en cierto modo sus miste­rios, y de ahí también que el tiempo después de Pentecostés esté dedicado más especialmente al ciclo santoral, a la vida de la Iglesia.

El Espíritu Santo, al hacernos echar una ojeada retrospectiva a la vida del Salvador, que se termina en este ciclo, nos repite por boca de los evangelistas y de los Apóstoles, cuyos escritos Él inspiró, todas las enseñanzas del Maestro, proyectando sobre ellas nuevos fulgores. Esas Epístolas nos hablan precisamente de los frutos de santidad, que el Espíritu Santo produce en las almas, y asistimos durante todo ese tiempo a la magnífica floración de santidad, que no cesa de reproducir imágenes vivas de Cristo en todos los siglos y en todos los países.

Sol divino, radiante al despuntar en la mañana de Navidad, majestuoso al transponerse pálido el Viernes Santo, Jesús ha reco­rrido su carrera de gigante: y durante la larga noche que precede a su venida y la que le sigue, María, luna mística y los santos, a manera de estrellas de mil vistosos cambiantes brillan en el firmamento de la Iglesia, y nos son propuestos como dechados de vida. Y así, nuestra alma, después de haber copiado a Jesús mismo, podrá también copiarlo en sus miembros, los cuales vivieron la vida de su Cabeza.

Si en Adviento se celebra la gran festividad de la Inmaculada Concepción, en este tiempo de Pentecostés se celebra la de su Asunción a los cielos.

Los ángeles tienen su fiesta en este mismo período del año, así como el Bautista y los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo, y la turba magna de Todos los Santos a la que honramos en todos estos seis meses, y especialmente el día 1° de noviembre. En ese mes se celebran asimismo la Conmemoración de los fieles Difun­tos y la Dedicación de las iglesias.

Si la solemnidad del Corpus Christi, que viene en pos de Pente­costés y va seguida de la de los Príncipes de los Apóstoles, nos recuerda que son el Espíritu Santo, el Santísimo Sacramento y la Iglesia los que santifican a los fieles , la solemnidad de la Santísima Trinidad, la del Sagrado Corazón y la memoria del santísimo rosario —que obedecen todas a una misma necesidad— nos muestran que esa santificación se obra mediante la doctrina del Salvador y la aplicación a las almas de sus infinitos merecimientos.

Así, durante esta segunda parte del año eclesiástico, la Iglesia es la continuadora de la obra de la Redención de Cristo que ya había sido preparada y reali­zada en la primera parte del ciclo litúrgico.

«Si en esa primera parte no hubiere conseguido el cristiano que su vida sea un fiel trasunto de la vida de Cristo, en esta segunda encontrará seguramente valiosísimos auxilios, fervorosos alientos para desarrollar su fe y acrecentar su amor. El misterio de la Trinidad, el del Santísimo Sacramento, la misericordia y el poder del Corazón de Jesús, las grandezas de María y su acción en la Iglesia y en las almas aparecerán en toda su plenitud, produ­ciendo en él nuevos efectos. El alma siente más íntimamente en las vidas de los santos, tan variadas y tan ricas en ese tiempo, el lazo que le une a ellos en Jesucristo, por el Espíritu Santo. La felicidad eterna, que ha de seguir a esta vida de prueba se revela a ellos en la fiesta de Todos los Santos, y entonces com­prende mejor la esencia de esa misteriosa dicha, que consiste en la luz y en el amor.

« Unido cada vez más estrechamente a la Santa Iglesia, que es la Esposa de Aquél a quien ama, va siguiendo el cristiano todas las fases de su existencia en el correr de los tiempos, lo compa­dece en sus dolores, triunfa con Él en su triunfo, y ve sin flaquear un momento, a ese mundo que camina a su fin, porque sabe muy bien que el Señor está cerca».

 

2.- Exposición histórica

Desde Pentecostés, en que la Iglesia nació, viene ésta reproduciendo siglo tras siglo, la vida de Cristo, cuyo místico cuerpo es.

Jesús, desde el día en que nació, se vio perseguido y hubo de huir a Egipto, mientras se perpetraba la horrible matanza de los Inocentes. También la Iglesia sufrió durante cuatro siglos recias persecuciones, teniéndose que ocultar en las Catacumbas o en el desierto.

Jesús adolescente se retira a Nazaret, y allí pasa los años largos y floridos de su vida en el recogimiento y la oración. Y la Iglesia, desde Constantino, disfrutó de una era de paz. Entonces surgieron por doquier catedrales y abadías en que resonaran día y noche las divinas alabanzas, y cuyos obispos, abades, sacerdotes y reli­giosos se oponen por el estudio y un celo infatigable al avance de la herejía y al violento empuje de la barbarie.

Jesús, el divino misionero, enviado por el Padre a las apar­tadas regiones de este planeta, comienza a los treinta años su vida de apostolado; y la Iglesia, desde el siglo XVI, debe resistir a los embates del paganismo renaciente, y desparramar por todos los nuevos mundos entonces descubiertos la semilla del Evangelio de Cristo. De su fecundo seno saldrán sin cesar nuevas milicias, y nutridas falanges de apóstoles y esforzados misioneros que anuncien la Buena Nueva al mundo entero.

Por fin Jesús termina su vida con el sacrificio del Gólgota, seguido muy pronto del triunfo de su Resurrección; y la Iglesia, lo mismo que su divina Cabeza, se verá entonces vencida y cla­vada en cruz, aunque ella ganará la victoria decisiva. «El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo mismo que el cuerpo humano, fue en un tiempo joven, aunque al fin del mundo tendrá una apariencia de caducidad» (San Agustín).

Las fiestas de Santos abundan más después de Pentecostés, que es la más larga entre todas las épocas litúrgicas, pudiendo empezar hacia el 10 de mayo y terminar el 3 de diciembre.

3.- Exposición litúrgica

Durante el primer período del año eclesiástico (Adviento-Pentecostés) la Iglesia ha reconstituido la trama entera de la vida de Cristo, para trazar en el segundo (Pentecostés-Adviento) la vida de la Iglesia, la cual procura reproducir en sus santos las virtudes del Maestro. Por eso, los domingos que siguen a Pentecostés se veían como agrupados en torno de algu­nos santos más importantes, llamándose en la antigüedad sema­nas después de San Pedro, o de los Santos Apóstoles; Semanas después de San Lorenzo, Semanas del Séptimo mes (Septiembre) y Semanas después de San Miguel. Pero, con el tiempo, reparando más bien en la acción del Espíritu Santo en las almas, esos domingos recibieron su antigua denominación, que es sin duda más lógica, de domingos del tiempo ordinario.

Esta segunda parte del año, sin someter de nuevo su liturgia al orden cronológico de la primera, es sin embargo, eco suyo fidelísimo, porque ahonda más y más en las enseñanzas del Señor, dejándose guiar por las necesidades de nuestra inteligencia y de nuestro corazón. De ahí que en tiempos antiguos se leyeran por orden las Epístolas de san Pablo, como también los Evangelios de san Marcos y de san Lucas. Aún queda en el Misal algún rastro de aquel orden.

Con todo eso, aún se advierte cierto lógico plan en la enseñanza que se nos da en las misas dominicales del Tiempo que sigue a Pentecostés.

El primero de todos los dogmas es el de la Santísima Trinidad, y es el que el Espíritu Santo recuerda antes que ningún otro a la Iglesia, habiendo de enseñarlo a todas las naciones, al bautizarlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y así, el domingo después de Pentecostés coincide con la Fiesta de la Santísima Trinidad.

El segundo dogma es el de la Encarnación que nos será recor­dado hasta el fin de los siglos por la presencia de Jesús en la Eucaristía. Y la segunda solemnidad de este tiempo es la del Santísimo Sacramento.

El tercer dogma es el de la Iglesia, cuya alma es el Espíritu Santo; de ahí que todos los domingos encierren alusiones al Espíritu Santo y a la gracia que en las almas produce, para hacer de ellas esposas de Cristo.

Como esta serie de domingos viene también a representar los siglos por que atravesará la Iglesia, se pueden ver en ellos alusiones a las distintas edades del mundo. Y así, los últimos domingos hablan claramente de la conversión de los judíos y de las grandes pruebas por que se distinguirá el fin de los tiempos.

El tiempo ordinario está sobre todo consagrado a la Iglesia. De ahí que aparezcan más de relieve las figuras de los santos, de esos «otros Cristos», que el Espíritu Divino ha ido labrando desde el día de Pentecostés, en que fue enviado al mundo con la alta misión de santificar las almas y recoger los frutos de la reden­ción obrada por Jesús. Los Santos son el comentario vivo de la palabra del Maestro, realizando ellos en el curso de la semana lo que el Espíritu Santo ha tenido a bien enseñarnos el domingo. El ciclo santoral se despliega libremente en este tiempo litúrgico del año, y hasta hace que resalte el valor del ciclo temporal, del que depende.

En efecto, durante este tiempo vemos desfilar, una tras otra las fiestas de la Natividad de María Santísima y su Asunción a los cielos en cuerpo y alma; la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y la memoria de los santos ángeles custodios; la doble natividad de san Juan Bautista, primero en la tierra y después en el cielo el día de su degollación; la de los Príncipes de los Apóstoles, san Pedro y san Pablo; la de Todos los Santos, la Conmemoración de todos los fieles Difuntos y el Aniversario de la Dedicación de las prin­cipales iglesias figurando la reunión de las almas, que un día habrán de integrar esa «turba magna» de que hablaba san Juan, llamada la celestial Jerusalén.

Y precisamente, para indicar esta esperanza certera, se reviste el sacerdote durante todo este tiempo con los verdes ornamentos que la simbolizan[3]. El color verde significa el trabajo de la gra­cia en las almas, y por eso los antiguos con frecuencia vestían a la Virgen y a los santos con ropas verdes. También sobre los fúnebres monumentos solían pintar un ramito verde, símbolo de la inmortalidad y de la resurrección futura, a las cuales nos lleva como de la mano el tiempo santo de Pentecostés.

La fiesta de Pascua es movible, y por eso el tiempo ordinario retoma el conteo de las semanas que se dieron después de Epifanía, haciendo que terminen con la semana 34, inmediatamente antes de Adviento aunque para ello algunas veces se pierda una semana.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] «El Espíritu es en toda la Iglesia lo que el alma es todos los miembros del cuerpo» San Agustín.

[2] «La unidad del cuerpo místico es producida por el cuerpo verdadero sacramentalmente recibido» (Santo Tomás). 

[3] El color verde, que en la naturaleza vegetal es indicio de vida, se estilaba antaño para los ángeles, los cuales aparecían con doble aureola verde, o bien revestidos de ese color, porque, según la expresión del Areopagita «éstos tienen algo de juvenil». Pero los tejidos de oro pueden suplir a los verdes (Decreto 20, noviembre de 1885).

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Observancia de las normas litúrgicas y ars celebrandi*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2010

 

Con motivo de la coincidencia, en 2009-2010, de diversos aniversarios: el 150° de la muerte del Santo Cura de Ars (1859), el 40° de la promulgación del Misal de Pablo VI (1969) y el 440° del Misal de san Pío V (1570), que en la edición aprobada por el beato Juan XXIII (1962) representa la forma extraordinaria del Rito Romano [1], es perfecta la oportunidad de poner en claro la peculiar dignidad del sacerdocio ordenado, profundizando en la teología y la espiritualidad de la Santa Misa, particularmente en la perspectiva del ministro que la celebra.

1. La situación en el posconcilio

El Concilio Vaticano II ordenó una reforma general de la sagrada liturgia [2]. Esta fue efectuada, tras la clausura del Concilio, por una comisión comúnmente llamada, por brevedad, el Consilium [3]. Es sabido que la reforma litúrgica fue desde el inicio objeto de críticas, a veces radicales, como de exaltaciones, en ciertos casos excesivas. No es nuestra intención detenernos en este problema. Podemos decir en cambio que se está generalmente de acuerdo en observar un fuerte aumento de los abusos en el campo celebrativo después del Concilio.

También el Magisterio reciente ha tomado nota de la situación y en muchos casos ha llamado a la estricta observancia de las normas y de las indicaciones litúrgicas. Por otra parte, las leyes litúrgicas establecidas para la forma ordinaria (o de Pablo VI) –la que, excepciones aparte, se celebra siempre y en todas partes en la Iglesia de hoy– son mucho más “abiertas” respecto al pasado. Estas permiten muchas excepciones y diversas aplicaciones, y prevén también múltiples formularios para los diversos ritos (la pluriformidad incluso aumenta en el paso de la editio typica latina a las versiones nacionales). A pesar de ello, un gran número de sacerdotes considera que tiene que ampliar ulteriormente el espacio dejado a la “creatividad”, que se expresa sobre todo con el frecuente cambio de palabras o de frases enteras respecto a las fijadas en los libros litúrgicos, con la inserción de “ritos” nuevos y a menudo extraños completamente a la tradición litúrgica y teológica de la Iglesia e incluso con el uso de vestimentas, vasos sagrados y adornos no siempre adecuados y, en algunos casos, cayendo incluso en el ridículo. El liturgista Cesare Giraudo ha resumido la situación con estas palabras:

“Si antes [de la reforma litúrgica] había fijación, esclerosis de formas, innaturalidad, que hacían la liturgia de entonces una “liturgia de hierro”, hoy hay naturalidad y espontaneísmo, sin duda sinceros, pero a menudo sobreentendidas, malentendidas, que hacen –o al menos corren en riesgo de hacer– de la liturgia una “liturgia de caucho”, resbaladiza, escurridiza, jabonosa, que a veces se expresa en una ostentosa liberación de toda normativa escrita. […] Esta espontaneidad mal entendida, que se identifica de hecho con la improvisación, la facilonería, la superficialidad, el permisivismo, es el nuevo “criterio” que fascina a innumerables agentes pastorales, sacerdotes y laicos. […] Por no hablar también de aquellos sacerdotes que, a veces y en algunos lugares, se arrogan el derecho de utilizar plegarias eucarísticas salvajes, o de componer acá o allá su texto o partes de él” [4].

El papa Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, manifestó su disgusto por los abusos litúrgicos que tienen lugar a menudo, particularmente en la celebración de la Santa Misa, en cuanto que “la Eucaristía es un don demasiado grande, para soportar ambigüedades y disminuciones” [5]. Y añadió:

“Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las «formas» adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.

Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios” [6].

 

2. Causas y efectos del fenómeno

El fenómeno de la “desobediencia litúrgica” se ha extendido de tal forma, por número y en ciertos casos también por gravedad, que se ha formado en muchos una mentalidad por la cual en la liturgia, salvando las palabras de la consagración eucarística, se podrían aportar todas las modificaciones consideradas “pastoralmente” oportunas por el sacerdote o por la comunidad. Esta situación indujo al mismo Juan Pablo II a pedir a la Congregación para el Culto Divino que preparase una Instrucción disciplinar sobre la Celebración de la Eucaristía, publicada con el título de Redemptionis Sacramentum el 25 de marzo de 2004. En la citación antes reproducida de la Ecclesia de Eucharistia, se indicaba en la reacción al formalismo una de las causas de la “desobediencia litúrgica” de nuestro tiempo. La Redemptionis Sacramentum señala otras causas, entre ellas un falso concepto de libertad [7] y la ignorancia. Esta última en particular se refiere no sólo al conocimiento de las normas, sino también a una comprensión deficiente del valor histórico y teológico de muchos textos eucológicos y ritos: “Los abusos encuentran, finalmente, muy a menudo fundamento en la ignorancia, ya que por lo general se rechaza aquello de lo que no se capta el sentido más profundo, ni se conoce su antigüedad” [8].

Introduciendo el tema de la fidelidad a las normas en una comprensión teológica e histórica, además de en el contexto de la eclesiología de comunión, la Instrucción afirma:

“El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande ‘para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal’. […] Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la ‘secularización’.

Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones en la Iglesia” [9].

Particularmente significativo en este texto es la llamada al derecho de los fieles de tener la liturgia celebrada según las normas universales de la Iglesia, además de subrayar el hecho de que las transformaciones y modificaciones de la liturgia – aunque se hagan por motivos “pastorales” – no tienen en realidad un efecto positivo en este campo; al contrario confunden, turban, cansan y pueden incluso hacer alejarse a los fieles de la práctica religiosa.

 

3. El ars celebrandi

He aquí los motivos por los cuales el Magisterio en las últimas cuatro décadas ha recordado varias veces a los sacerdotes en la importancia del ars celebrandi, el cual –si bien no consiste sólo en la perfecta ejecución de los ritos de acuerdo con los libros, sino también y sobre todo en el espíritu de fe y adoración con los que éstos se celebran– no se puede sin embargo realizar si se aleja de las normas fijadas para la celebración [10]. Así lo expresa por ejemplo el Santo Padre Benedicto XVI:

“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).” [11].

Recordando estos aspectos, no se debe caer en el error de olvidar los frutos positivos producidos por el movimiento de renovación litúrgica. El problema señalado, con todo, subsiste y es importante que la solución al mismo parta de los sacerdotes, los cuales deben empeñarse ante todo en conocer de manera profundizada los libros litúrgicos, y también a poner fielmente en práctica sus prescripciones. Sólo el conocimiento de las leyes litúrgicas y el deseo de atenerse estrictamente a ellas impedirá ulteriores abusos e “innovaciones” arbitrarias que, si en el momento pueden quizás emocionar a los presentes, en realidad acaban pronto por cansar y defraudar. Salvadas las mejores intenciones de quien las comete, después de cuarenta años de “desobediencia litúrgica” no construye de hecho mejores comunidades cristianas, sino que al contrario pone en peligro la solidez de su fe y de su pertenencia a la unidad de la Iglesia católica. No se puede utilizar el carácter más “abierto” de las nuevas normas litúrgicas como pretexto para desnaturalizar el culto público de la Iglesia:

“Las nuevas normas han simplificado en mucho las fórmulas, los gestos, los actos litúrgicos […]. Pero tampoco en este campo se debe ir más allá de lo establecido: de hecho, haciendo así, se despojaría a la liturgia de los signos sagrados y de su belleza, que son necesarios, para que se realice verdaderamente en la comunidad cristiana el misterio de la salvación y se comprenda también bajo el velo de las realidades visibles, a través de una catequesis apropiada. La reforma litúrgica de hecho no es sinónimo de desacralización, ni quiere ser motivo para ese fenómeno que llaman la secularización del mundo. Es necesario por ello conservar en los ritos dignidad, seriedad, sacralidad” [12].

Entre las gracias que esperamos poder obtener de la celebración del Año Sacerdotal está por tanto también la de una verdadera renovación litúrgica en el seno de la Iglesia, para que la sagrada liturgia sea comprendida y vivida por lo que esta es en realidad: el culto público e íntegro del Cuerpo Místico de Cristo, Cabeza y miembros, culto de adoración que glorifica a Dios y santifica a los hombres [13].

Por Mauro Gagliardi. ROMA

Notas

[1] Cf. M. Gagliardi, “El sacerdote en la Celebración eucarística”, Zenit 12.11.2009: http://www.zenit.org/article-33257?l=spanish

[2] Cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 21.

[3] Abreviación de Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia.

[4] C. Giraudo, “La costituzione ‘Sacrosanctum Concilium’: il primo grande dono del Vaticano II”, en La Civiltà Cattolica (2003/IV), pp. 532; 531.

[5] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 10.

[6] Ibid., n. 52. Cf. también Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 28.

[7] “No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo”: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis Sacramentum, n. 7.

[8] Ibid., n. 9.

[9] Ibid., nn. 11-12.

[10] Sagrada Congregación de los Ritos, Eucharisticum Mysterium, n. 20: “Para favorecer el correcto desarrollo de la celebración sagrada y la participación activa de los fieles, los ministros no deben limitarse a llevar a cabo su servicio con exactitud, según las leyes litúrgicas, sino que deben comportarse de forma que inculquen, por medio de éste, el sentido de las cosas sagradas”.

[11] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 38. Véase el n. 40 desarrolla adecuadamente el concepto.

[12] Sagrada Congregación para el Culto Divino, Liturgicae instaurationes, n. 1. El texto continua: “La eficacia de las acciones litúrgicas no está en la búsqueda continua de novedades rituales, o de simplificaciones ulteriores, sino en la profundización de la palabra de Dios y del misterio celebrado, cuya presencia está asegurada por la observancia de los ritos de la Iglesia y no de los impuestos por el gusto personal de cada sacerdote. Téngase presente, además, que la imposición de reconstrucciones personales de los ritos sagrados por parte del sacerdote ofende la dignidad de los fieles y abre el camino al individualismo y al personalismo en la celebración de acciones que directamente pertenecen a toda la Iglesia”.

[13] Cf. Pío XII, Mediator Dei, I, 1; Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7.

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Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

 

El Espíritu Santo, después del dogma de la Trinidad, nos re­cuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar con la Iglesia al Sacramento por excelencia que, sintetizando la vida toda del Salvador, tributa a Dios gloria infinita y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos pingües de la Re­dención.

Si Jesucristo en la Cruz nos salvó, al instituir la Eucaristía la vís­pera de su muerte, quiso en ella dejarnos un vivo recuerdo de su Pasión. El altar viene siendo como la prolon­gación del Calvario, y la Misa anuncia la muerte del Señor. Porque en efecto, allí está Jesús como una vícti­ma, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en su Sangre, de manera que, bajo las Sa­gradas Especies, Jesús mis­mo ofrece a su Padre, en unión con sus sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la cruz.

«Comiendo las víctimas, se participa del sacrificio»[1], y así, la Eucaristía fue insti­tuida en forma de alimento, a fin de que pudiésemos comulgar de la Víctima del Calvario. La Hostia santa se convierte en «trigo que nutre nuestras almas». Como Cristo al ser hecho Hijo de Dios recibió la vida eterna del Padre, así también los cristianos parti­cipan de su eterna vida, uniéndose a Jesús en el Sacramento, que es el símbolo de la unidad.

Esta posesión anticipada de la vida divina acá en la tierra por la Eucaristía es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamen­te disfrutaremos en el cielo, porque «el Pan mismo de los ángeles, que ahora comemos bajo los sagrados velos, lo comere­mos después en el cielo ya sin velos» (Concilio Tridentino).

Veamos en la Misa el centro de todo el culto de la Iglesia a la Eucaristía, y en la Comunión, el medio establecido por Jesús para que con mayor plenitud participemos en ese divino Sacrificio; y así nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del Salvador nos alcanzará los frutos perennes de su Redención.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] La celebración de la Misa tiene el mismo valor qua la muerte de Jesucristo, dice san Juan Crisóstomo.

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El Sagrado Corazón de Jesús*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

 

El Protestantismo en el siglo XVI, y el Jansenismo en el XVII, habían puesto todos los medios posibles para desfigurar uno de los dogmas esenciales del cristianismo, cual es el amor de Dios a todos los hombres.

Era pues menester que el Espíritu de Amor, que rige siempre a la Iglesia, encon­trase un medio nuevo para oponerse a la herejía avasa­lladora, a fin de que la Esposa de Cristo, lejos de ver disminuir su amor a Jesús, lo sintiese acrecentado cada día más y más.

En el culto católico, en esa norma tan segura de nuestra creencia, fue donde se veri­ficó tal manifestación, al instituirse la solemnidad del Corazón sacratísimo de Jesús.

Un autor anónimo del siglo XII, tenido por san Bernardo, nos habla en el Oficio de este día de la majestad de este Santo de los Santos, de esta Arca del Testamento del Cora­zón de Jesús, tierno amigo de las almas[1].

Las dos vírgenes benedic­tinas santa Gertrudis y santa Matilde (siglo XIII), tuvieron una visión muy clara de toda la magnitud de la devoción al Sagrado Corazón. San Juan evangelista, apareciéndose a la primera, le anunció que «la revelación de los dulcísimos latidos del Corazón de Jesús, que él mismo había oído al recostarse sobre su pecho, estaba reservada para los últimos tiempos, cuando el mundo, envejecido y enfriado en el divino amor, ten­dría que calentarse con la revelación de estos misterios»[2]. Este Corazón, dicen las dos santas, es un altar sobre el que Cristo se ofrece al Padre como Hostia perfecta y en todo agradable. Es un incensario de oro, del que se elevan hasta el Padre tantas columnas de incienso, cuantos son los hombres por los cuales Cristo padeció. En este Corazón se ennoblecen y se tornan gra­tas al Padre las alabanzas y acciones de gracias que a Dios damos y todas cuantas buenas obras hacemos.

Mas para hacer que este culto fuese público y oficial, la Provi­dencia suscitó primeramente a san Juan Eudes, el cual compuso ya en 1670 un Oficio y Misa del Sagrado Corazón.

Después escogió Dios a santa Margarita María Alacoque, a la que Jesús mostró su Corazón, en Paray-le-Monial, el 16 de Junio de 1675, domingo del Corpus, mandándole que se estableciese una fiesta del Sagrado Corazón el viernes que sigue a la Octava del Santísimo Sacramento. Del beato Claudio de la Colombiére, jesuita y confesor de la vidente salesa, heredó la Compañía de Jesús el celo para extenderla más y más. Dignóse luego Jesús aparecerse a la sierva de Dios, sor Josefa Menéndez (en Poitiers, Francia) y al venerable padre Hoyos (en España).

La solemnidad del Sagrado Corazón resume todas las fases de la vida de Jesús, que la liturgia había recorrido desde Adviento hasta el Corpus, y constituye como un tríptico admirable con todos los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de la existencia del Salvador, gastada toda ella en amar a su Padre y a los hombres. De ahí que esta solemnidad se halle colocada en un punto culminante, desde donde se puede abarcar de una sola mirada el pasado trabajoso de los actos redentores de Cristo, y el glorioso porvenir de las victorias que obtendrá mediante la acción del Espíritu Santo en las almas hasta la consumación de los siglos.

Viene esta solemnidad después de otras de Cristo, y así las completa condensándolas todas en un objeto único material, que es el Cora­zón de carne de un Dios, y otro formal, o sea, la inmensa caridad de Cristo simbolizada en ese Corazón. Esta festividad no se rela­ciona con ningún misterio en particular de la vida del Salvador, sino que los abarca todos; y, por ende, la devoción al Sagrado Corazón se extiende a todos los beneficios que durante todo el año nos ha prodigado la caridad divina. Ésta es la fiesta del amor de Dios a los hombres. Lejos de compartir la Iglesia la esterilizadora frialdad jansenista, que concibe a Dios como un genio dañino y temible, nos invita a considerarlo ante todo como a bondadoso Padre, diciéndonos que sintamos del Señor en bondad, que lo llame­mos Padre a boca llena y a Jesús Hermano nuestro mayor, que ha tenido a bien compartir con nosotros la herencia eterna.

Cualquiera que sea la función que el corazón desempeñe en el organismo humano, cierto es que se ha tomado por sabios e ignorantes como centro de las emociones que producen en esa víscera su correspondiente sacudida, considerándolo, por lo mismo, como asiento del amor. Y no hay en este culto tan extendido, tan fecundo en frutos espirituales, pugna alguna con ninguno de los principios dogmáticos, ni es una condescendencia con el senti­mentalismo moderno, ni una devoción de niños y mujerzuelas. Jesús quiere y pide que se honre a su sacratísimo Corazón, porque con ello se honra también a toda su persona divino-humana, toda vez que el culto va directa o indirectamente a la persona. Ya el Papa Pío XI elevó el rito de esta hermosa fiesta, dándole Misa y Oficio nuevo con octava.

Las manifestaciones del amor de Cristo, haciendo resaltar más la ingratitud de los hombres, que no corresponden sino con frialdad e indiferencia, son causa de que esta solemnidad ofrezca también un aspecto de reparación.

Vayamos a la escuela del Corazón de Jesús, cuyo amor dulce y humilde a nadie rechaza, y en Él encontraremos descanso para nuestras almas.

Dos pensamientos dominantes hay en esta solemnidad: el amor que Jesús nos tiene y la reparación que se le debe por el desamor y las ofensas de los hombres.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] Lecciones del 2º noct. Los editores de las obras de san Buenaventura reivindican este texto par su ilustre doctor.

[2] Heraldo del divino Amor. Libro IV, c. 4.

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Santísima Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 7, 2010

 

El Espíritu Santo, cuyo reinado se inaugura con la fiesta de Pentecostés, vuelve a inculcar a nuestras almas en esta segunda parte del año (desde Trinidad hasta Adviento), lo que Jesús nos enseñó en la pri­mera (del Adviento hasta la Trinidad).

El dogma fundamental, del que todo fluye y al que todo en el cristianismo viene a parar es el de la Santísima Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno tras otro en el curso del ciclo a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, autor de la Redención, y a Dios Espíritu Santo, autor de nuestra san­tificación, la Iglesia nos incita hoy a la consideración y ren­dida adoración del gran mis­terio que nos hace reconocer y adorar en Dios la unidad de naturaleza en la trinidad de personas.

«Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, cantamos la fiesta de la San­tísima Trinidad en el Oficio del Domingo que sigue —escri­bía san Ruperto en el siglo XII—, y este lugar está muy bien escogido, porque tan pronto como hubo bajado el Espíritu Santo, comenzó la predicación y la creencia; y, en el bautismo, la fe y la confesión en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.»

Afirmaciones del dogma de la Trinidad se ven a granel en la Liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo empieza y termina la Misa y el Oficio divino y se confieren los Sacramentos. A todos los Salmos sigue el Gloria Patri…; los himnos acaban con la doxología y las oraciones por una con­clusión en honor de las Tres Divinas Personas. Dos veces se recuerda en la Misa que el Sacrificio se ofrece a la Trinidad beatísima[1].

Si queremos vernos siempre exentos de toda adversidad, hagamos hoy con la liturgia solemne profesión de fe en la santa y eterna Trinidad y en su indivisible Unidad, seguros de que la visión clara de Dios en el cielo será el premio de nuestra fe ciega en este como en los demás Misterios de nuestra Sacro­santa religión. Démosle también rendidas gracias por habérnoslo revelado; pues que, al revés de la existencia de Dios, no hubié­ramos los hombres podido ni sospechar tan sublime misterio, que aun cuando sea para nosotros oscuro, todavía nos permite conocer a Dios mejor que le conoció pueblo alguno de la tierra. El párroco celebra hoy la misa por sus feligreses.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] El dogma de la Trinidad resplandeció también en nuestras iglesias. Nuestros Padres gozaban viendo en la altura, anchura y largura admirablemente propor­cionadas de esos edificios un símbolo de la Trinidad; lo mismo que en sus divisiones principales y en las secundarias: el santuario, el coro y la nave; las bóvedas, el triforio y la claraboya; las tres entradas, las tres puertas, los tres ventanales y a menudo también las tres torres. Por doquier, hasta en los detalles ornamentales, el número tres repetido sin cesar obedece a una idea, a la fe en la Trinidad.

También la iconografía cristiana tradujo de mil maneras este mismo pensamiento. Hasta el siglo XII a Dios Padre se lo representó por una mano que sale de las nubes y bendice. En esa mano se significa la divina omnipotencia. En los siglos XIII y XIV se ve ya la cara y luego el busto del Padre, el cual, desde el siglo XV es representado como un venerable anciano vestido con ornamentos papales.

Hasta el siglo XII Dios Hijo fue primero representado por una cruz, por un cordero o bien por un gallardo joven semejante al Apolo de los gentiles. Desde el siglo XII al XVI vemos ya representado a Cristo en la plenitud de la edad y con barba. A partir del XIII lleva la Cruz y también aparece en figura de cordero.

Al Espíritu Santo se lo representó primero por una paloma, cuyas alas extendidas tocaban a veces la boca del Padre y del Hijo, para demostrar cómo procede de ambos. Ya desde el siglo XI aparece con la figura de un niñito, por idéntico motivo. En el siglo XIII es un adolescente y en el XV un nombre hecho y semejante al Padre y al Hijo, pero con una paloma sobre Sí o en la mano, para distinguirlo así de las otras dos divinas personas. Mas desde el siglo XVI la paloma torna a asumir el derecho exclusivo de representar al Espíritu Santo.

Para representar a la Trinidad se adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo tres círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio central que queda libre por la intersección de los círculos.

La fiesta de la Santísima. Trinidad debe su origen al hecho de que las ordenaciones del sábado de témporas, como quiera que se celebraran por la tarde y se prolonga­ran hasta el domingo, éste carecía entonces de liturgia propia.

Todo el año, lo mismo que este día, está consagrado a la Santísima Trinidad, y la Misa que se dio a este primer domingo después de Pentecostés fue una Misa votiva compuesta a principios del siglo VII en honor de ese inescrutable misterio.

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Pentecostés*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 23, 2010

 

1.- Exposición dogmática.

Pascua y Pentecostés, con los 50 días intermedios, se consideraban como una sola fiesta continuada a que llamaban Cincuentenario[1]. Primero se celebraba el triunfo de Cristo; luego su entrada en la gloria y, por fin, en el día 50, el aniversario de nacimiento de la Iglesia. La Resurrección, la Ascensión y Pentecostés pertenecen al misterio pascual. «Pascua ha sido el comienzo de la gracia, Pentecostés su coronación» dice san Agustín, pues en ella consuma el Espíritu Santo la obra por Cristo realizada. La Ascensión, puesta en el centro del tríptico pascual, sirve de lazo de unión a esas otras dos fiestas. Cristo, por virtud de si Resurrección, nos ha devuelto el derecho a la vida divina, y en Pentecostés nos lo aplica, comunicándonos el «Espíritu vivificador» Mas para eso debe tomar primero posesión del reino que se ha conquistado: «El Espíritu Santo no había sido dado porque Jesús aún no había sido glorificado».

Y en efecto, la Ascensión del Salvador es el reconocimiento oficial de sus títulos de victoria, y constituye para su humanidad como la coronación de toda su obra redentora y, para la Iglesia, el principio de su existencia y de su santidad. «La Ascensión —escribe Dom Guéranger— es el intermedio entre Pascua y Pentecostés. Por una parte consuma la Pascua, colocando al hombre–Dios vencedor de la muerte y jefe de sus fieles a la diestra de Padre; y por otra, determina la misión del Espíritu Santo a la tierra». « Nuestro hermoso misterio de la Ascensión es como el deslinde de los dos reinos divinos acá abajo; del reino visible del Hijo de Dios y del reino visible del Espíritu Santo».

Jesús dijo a sus Apóstoles: «Si Yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me voy, Yo os lo enviaré». El Verbo encarnado ha concluido ya su misión entre los hombres, y ahora va a inaugurar la suya el Espíritu Santo; porque Dios Padre no nos ha enviado solamente a su Hijo encarnado para reducirnos a su amistad, sino que también ha enviado al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y que apareció en este mundo bajo los signos visibles de lenguas de fuego y de un impetuoso viento.

«El Padre —dice san Atanasio— lo hace todo por el Verbo en el Espíritu Santo»; y por eso, cuando el poder de Dios Padre se nos manifestó en la creación del mundo, leemos en el Génesis que el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, para prestarla fecundidad.

También debemos al Espíritu Santo el que se nos haya manifestado la sabiduría del Verbo. Él fue asimismo quien habló por boca de los Profetas, y su virtud cubrió con su sombra a la Virgen María, para hacerla Madre de Jesús. Él es, por fin, el que en figura de paloma bajó sobre Cristo al ser bautizado; Él quien lo condujo al desierto y lo guió en toda su vida de apostolado.

Pero sobre todo ese Espíritu de santidad inaugura el imperio que en las almas va a ejercer el día de Pentecostés, al llenar a los Apóstoles de fortaleza y de luces sobrenaturales. «En este Espíritu es bautizada la Iglesia en el Cenáculo, y su soplo vivificado viene a dar vida al cuerpo místico de Cristo, organizado por Jesús después de su Resurrección, Por eso había dicho el Salvador a sus discípulos al soplar sobre ellos: «Recibid el Espíritu Santo». Y esto mismo siguen haciendo los sacerdotes  cuando admi­nistran el Bautismo[2].

Este aniversario de la promulgación de la Ley mosaica sobre el Sinaí venía a ser también para los cristianos el aniversario de la institución de la Ley nueva, en que se nos da «no ya el espíritu de siervos, sino el de hijos adoptivos., el cual nos permite llamar a Dios Padre nuestro».

Pentecostés celebra no sólo el advenimiento del Espíritu Santo, sino también la entrada de la Iglesia en el mundo divino[3] porque, como dice san Pablo: «Por Cristo tenemos entrada en el Espíritu para el Padre».

Esta festividad nos recuerda nuestra divinización en el Espíritu Santo. «Así como la vida corporal proviene de la unión del cuerpo con el alma, así la vida del alma resulta de la unión del amia con el Espíritu de Dios por la gracia santificante» (S. Ireneo y Clemente Alejandrino). «El hombre recibe la gracia por el Espíritu Santo», escribe Santo Tomás[4].

La gracia es la sobrenaturalización de todo nuestro ser y «cierta participación de la divinidad en la criatura racional»[5]. «Cristo se difunde en el alma por el Espíritu Santo»[6], el cual tiene por misión consumar la formación de los Apóstoles y de la Iglesia». «Él os enseñará todas las cosas y os recordará todo cuanto Yo os llevo dicho».

De Él dimanará esa maravillosa fuerza doctrinal y mística, que en todos los siglos se echa de ver, y que estaba personificada en el Cenáculo por Pedro y por María.

El Espíritu Santo, que inspiró a los sagrados escritores, garantiza también al Papa y a los Obispos agrupados en torno suyo el carisma de la infalibilidad doctrinal, mediante el cual podrá la Iglesia docente continuar la misión de Jesús, y Él es quien presta eficacia a los Sacramentos por Cristo instituidos.

El Espíritu Santo suscita también fuera de la Jerarquía almas fieles que, como la Virgen María, se prestan con docilidad a su acción santificadora. Y esa santidad, triunfo del amor divino en los corazones se atribuye precisamente a la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es el amor personal del Padre y del Hijo. La voluntad, en efecto, es santa cuando sólo quiere el bien; de ahí que el Espíritu, que procede eternamente de la divina voluntad identificada con el bien sea llamado Santo. Fundiendo nuestro querer con el de Dios, nos va poco a poco haciendo Santos.

Por eso el Credo, después de hablar del Espíritu Santo, menciona a la Iglesia santa, la Comunión de los Santos y la Resurrección de la carne que es fruto de la Santidad y su manifestación en nuestros cuerpos, y por fin la vida eterna, o sea, la plenitud de la santidad en nuestras almas.

El torrente de vida divina invade como nunca nuestros cora­zones en estas fiestas de Pentecostés, que nos recuerdan la toma de posesión de la Iglesia por el Espíritu Santo, y que cada año van estableciendo de un modo más cumplido el reino de Dios en nuestras almas.

 

2. Exposición histórica

Jesús, antes de subir a los cielos, había encargado a sus Após­toles no se alejasen de Jerusalén, sino que esperasen allí la pro­mesa del Padre, o sea, la efusión del Espíritu Santo.

De ahí que al volver los 120 discípulos del monte de los Olivos, «recluidos en el Cenáculo, perseveraron todos juntos en oración con las mujeres y María la Madre de Jesús».

Después de esta novena, la más solemne de todas, tuyo lugar el suceso milagroso que coincidió por especial providencia el día mismo de la Pentecostés Judía, para la cual se hallaban reunidos en Jerusalén millares de Judíos nacionales y extranjeros que afluían a celebrar «ese día muy grande y santísimo» (Lv 23, 21), aniversario de la promulgación de la Ley sobre el Sinaí; por donde muchos de ellos fueron testigos de la bajada del Espíritu Santo. 

Eran como las nueve de la mañana, cuando «de repente sobre­vino un estruendo del cielo como de un recio vendaval. Y se les aparecieron lenguas repartidas como de fuego que reposaron sobre cada uno de ellos. Y se vieron todos llenos del Espíritu Santo, comenzando a hablar en otras lenguas, a impulsos del Espíritu Santo».

«Revestida así la Iglesia por la virtud de lo alto», comienza ya en Jerusalén la empresa de evangelización que Jesús le enco­mendara. Pedro, cabeza del Apostolado, empieza por hablar a la multitud, y convertido ya en «pescador de hombres», la primera vez que echa las redes da casi tres mil neófitos a la Iglesia naciente.

Esas lenguas de fuego simbolizan la ley de amor, que será propagada por el don de lenguas, y que, al encender los cora­zones, los alumbrará y purificará.

Los días que siguieron, se reúnen los Doce Apóstoles en el Templo, en el pórtico de Salomón y, a imitación del divino Maestro, predican el Evangelio y sanan enfermos, creciendo «pronto el número de varones y de mujeres que creyeron en el Señor. Luego, desparramándose los Apóstoles por Judea, anunciaron a Cristo y llevaron el Espíritu Santo a los samaritanos y en seguida a los gentiles.

 

3.- Exposición litúrgica 

El día cincuenta después de bajar el Ángel Exterminador y del paso del mar Rojo, acampaba el pueblo Hebreo a la falda del Sinaí, y Dios le daba solemnemente su Ley. Por eso las fiestas de Pascua y de Pentecostés, que recuerdan ese doble aconteci­miento, eran las más importantes de todo el año.

Seiscientos años después se señalaba la fiesta Pascual por la Muerte y la Resurrección de Cristo y la de Pentecostés por la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.

Ambas pasaron a ser cristianas siendo las más antiguas de todo el Ciclo litúrgico, que a ellas debe su origen. Se las llama Pascua blanca y Pascua roja.

Pentecostés es la fiesta más grande del año después de Resu­rrección. De ahí que tenga vigilia y tuvo octava privilegiada. En ella se leen los Hechos de los Apóstoles, porque es la época de la funda­ción de la Iglesia que en ellos vemos historiada.

En la misa del día de Pentecostés y en la de su Octava, la Anti­gua Ley y la Nueva, las Escrituras y la Tradición, los Profetas, los Apóstoles y los Padres de la Iglesia hacen eco a la palabra del Maestro en el Evangelio. Todas esas partes se vienen a jun­tar como se Juntan las piedrecitas de un vistoso mosaico, presen­tando ante los ojos del alma un bellísimo cuadro, que sintetiza la acción del Espíritu Santo en el mundo a través de los siglos. Y para poner todavía más de resalto esa obra primorosa, la liturgia la encuadra en medio del aparato externo de sus sagradas ceremonias y simbólicos ritos.

Al sacerdote se lo veía revestido de ornamentos encarnados, que nos recuerdan las lenguas de fuego, y simbolizan el testi­monio de la sangre que habrán de dar al Evangelio, por la virtud del Espíritu Santo.

Antiguamente, en ciertas iglesias se hada caer de lo alto de la bóveda una lluvia de flores, mientras se cantaba el Veni Sancte Spiritus, y hasta se soltaba una paloma que revoloteaba por encima de los fieles. De ahí el nombre típico de Pascua de las rosas, dado en el siglo XIII a Pentecostés. A veces también, para añadir todavía otro rasgo más de imitación escénica, se tocaba la trompeta durante la Secuencia, recordando la trompeta del Sinaí, o bien el gran ruido en medio del cual bajó el Espíritu Santo sobre los Apóstoles,

El cristiano respira ese ambiente especial que caracteriza al Tiempo de Pentecostés y recibe una nueva efusión del Espíritu divino. Y para que nada lo distraiga del pensamiento de este misterio, la liturgia lo seguía celebrando durante 8 días, excluyendo en ellos toda otra fiesta.

La intención bien definida de la Iglesia es que en estos días leamos y meditemos en cosas relacionadas con el misterio de Pentecostés, empleando para nuestra piedad individual las fór­mulas litúrgicas.

¿Qué más hermosa preparación a la Comunión, qué mejor acción de gracias podrá darse que la del atento rezo de la Secuencia de Pentecostés?  

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] La palabra Pentecostés, tomada de la lengua griega, significa 50.

[2] Sobre el altar del bautisterio se solía colgar antiguamente una paloma de oro o de plata, imagen, del Espirita Santo, el cual se posó sobre Jesús en el día de su bautismo. En las paredes se veía representada la creación y al Espíritu de Dios fecundando las aguas.

[3] «El que no renazca en el Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3)

[4] Summa 1a 2ae Q. 112

[5] Id.

[6] San Gregorio, Comentario al Cantar de los Cantares.

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Instrucción Redemptionis Sacramentum*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía

(selección de los números más importantes)

 

[183.] De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor.

 [51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarística que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas», ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.

[53.] Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, «no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales», salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de que se hablará más adelante.

[55.] En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.

[63.] La lectura evangélica, que «constituye el momento culminante de la liturgia de la palabra», en las celebraciones de la sagrada Liturgia se reserva al ministro ordenado, conforme a la tradición de la Iglesia. Por eso no está permitido a un laico, aunque sea religioso, proclamar la lectura evangélica en la celebración de la santa Misa; ni tampoco en otros casos, en los cuales no sea explícitamente permitido por las normas.

[64.] La homilía, que se hace en el curso de la celebración de la santa Misa y es parte de la misma Liturgia, «la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico. En casos particulares y por justa causa, también puede hacer la homilía un obispo o un presbítero que está presente en la celebración, aunque sin poder concelebrar».

[65.] Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.

[66.] La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.

[72.] Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él». «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles». «En cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos», con el reconocimiento de la Sede Apostólica, «según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».

[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la Comunión sacramental de la Eucaristía en la misma Misa y en el momento prescrito por el mismo rito de la celebración, esto es, inmediatamente después de la Comunión del sacerdote celebrante. Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos». Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohíba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

[100.] Para que, en el banquete eucarístico, la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies también los fieles laicos, en los casos indicados en los libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta materia estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.

[104.] No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

[119.] El sacerdote, vuelto al altar después de la distribución de la Comunión, de pie junto al altar o en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el cáliz; después purifica el cáliz, como prescribe el Misal, y seca el cáliz con el purificador. Cuando está presente el diácono, este regresa al altar con el sacerdote y purifica los vasos. También se permite dejar los vasos para purificar, sobre todo si son muchos, sobre el corporal y oportunamente cubiertos, en el altar o en la credencia, de forma que sean purificados por el sacerdote o el diácono, inmediatamente después de la Misa, una vez despedido el pueblo. Del mismo modo, el acólito debidamente instituido ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados, ya sea en el altar, ya sea en la credencia. Ausente el diácono, el acólito litúrgicamente instituido lleva los vasos sagrados a la credencia, donde los purifica, seca y arregla, de la forma acostumbrada.

[151.] Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. Pero esto, no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional. Además, donde por necesidad se recurra al servicio de los ministros extraordinarios, multiplíquense especiales y fervientes peticiones para que el Señor envíe pronto un sacerdote para el servicio de la comunidad y suscite abundantes vocaciones a las sagradas órdenes.

[153.] Además, nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.

[154.] Como ya se ha recordado, «sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando in persona Christi». De donde el nombre de «ministro de la Eucaristía» sólo se refiere, propiamente, al sacerdote. También, en razón de la sagrada Ordenación, los ministros ordinarios de la sagrada Comunión son el Obispo, el presbítero y el diácono, a los que corresponde, por lo tanto, administrar la sagrada Comunión a los fieles laicos, en la celebración de la santa Misa. De esta forma se manifiesta adecuada y plenamente su tarea ministerial en la Iglesia, y se realiza el signo del sacramento.

[155.] Además de los ministros ordinarios, está el acólito instituido ritualmente, que por la institución es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, incluso fuera de la celebración de la Misa. Todavía, si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición. Sin embargo, este acto de designación no tiene necesariamente una forma litúrgica, ni de ningún modo, si tiene lugar, puede asemejarse la sagrada Ordenación. Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum.

[156.] Este ministerio se entienda conforme a su nombre en sentido estricto, este es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, pero no «ministro especial de la sagrada Comunión», ni «ministro extraordinario de la Eucaristía», ni «ministro especial de la Eucaristía»; con estos nombres es ampliado indebida e impropiamente su significado.

[157.] Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

[158.] El ministro extraordinario de la sagrada Comunión podrá administrar la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono, cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada, o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado. Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente, según la cultura y las costumbres propias del lugar.

Esta Instrucción, preparada por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo Pontífice la aprobó el día 19 del mes de marzo, solemnidad de San José, del año 2004, disponiendo que sea publicada y observada por todos aquellos a quienes corresponde.

En Roma, en la Sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo del 2004.

Francis Card. Arinze
Prefecto

Domenico Sorrentino
Arzobispo Secretario

   

 

 

 

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La Liturgia de las Horas

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Cómo celebrar bien

Laudes matutinas y Vísperas

 

Conformación[1]:

 

Invocación inicial                                                        (de pie)

Himno                                                                          (de pie)

Salmodia                                                                     (sentados)

Lectura breve                                                             (sentados)

Silencio meditativo                                             (sentados)

Responsorio                                                        (de pie)

Cántico evangélico                                                     (de pie)

Preces                                                                         (de pie)

Padre nuestro y Oración                                     (de pie)

Conclusión                                                                  (de pie)

 

 

Modo de unirlas con la Misa[2]

 

Cuando las Laudes matutinas se celebran con la Eucaristía, la acción litúrgica puede comenzar por las Laudes: Invocación inicial e Himno (los días de feria), o por la Misa: canto de entrada con procesión y saludo del presidente (los días festivos). Según el caso, se omite, pues, uno u otro de los ritos iniciales.

A continuación se prosigue con la salmodia de las Laudes con sus antífonas, como de costumbre. Después de la salmodia, omitido el acto penitencial (y, según la oportunidad también el Señor, ten piedad,) se dice, si lo prescriben las rúbricas, el Gloria, y el presidente reza la Colecta de la Misa. Después se continúa con la Liturgia de la Palabra, como de costumbre.

La oración de los fieles de la Misa se hace en su lugar y según la forma acostumbrada. Pero los días de feria, en su lugar, se pueden decir las preces matutinas de las Laudes.

Después de la comunión, se dice el cántico de Zacarías, con su antífona. Seguidamente, se dice la Oración para después de la comunión y lo demás de la Misa, como de costumbre.

 

Algunas indicaciones[3]

 

v Durante la invocación inicial todos se santiguan mientras se dice: «Dios mío, ven en mi auxilio…».

 

v En la salmodia no se lee el número del salmo ni el título ni la sentencia (la frase que está debajo del título, a la derecha). En cambio, durante el tiempo ordinario, si se prefiere, se toma esta sentencia bíblica o patrística en lugar de las antífonas.

Hay varios modos de salmodiar:

Ø Al unísono, en un solo coro (una sola voz, al tiempo todos).

Ø Cada uno reza una estrofa (este modo se puede hacer cuando el grupo es pequeño).

Ø Alternando a dos coros o parte de la asamblea, o entre un solista y después la asamblea o por secciones de bancas.

Ø En forma responsorial, como suele acontecer en la celebración eucarística: el salmista enuncia la antífona, la asamblea la repite y la va intercalando entre estrofa y estrofa.

Ø Proclamado por uno o dos solistas.

 

v En la lectura breve no se anuncia: «Lectura del profeta…» o «de la carta…»; tampoco se dice al terminar: «Palabra de Dios».

 

v Al comenzar a recitar el cántico evangélico, todos se santiguan, por la dignidad con la que se proclama el evangelio (este cántico se convierte en la cima y el grado más elevado de la Liturgia de las Horas).

 

v Las preces, tanto en Laudes como en Vísperas, contemplan tres posibilidades de respuesta:

Ø La que aparece insinuada como frase de respuesta.

Ø La segunda parte de cada una de las preces.

Ø Hacer una pausa de silencio después de cada una de las preces.

En Laudes se pueden añadir preces de invocación (que conserven el estilo que se trae).

En Vísperas se pueden añadir preces de intercesión (petición).

 

v Antes de la oración final o conclusiva no se dice: «Oremos» ni «Oración…», porque la invitación a orar ya se hizo al comienzo, en el encabezamiento de las preces.

 

 


[1] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 41-54

[2] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 94

[3] Cf. Actualidad Litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 27

  

  

 

 

 

 

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