Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘Matrimonio’ Category

Adulterio de los hombres: ¿culpa de las esposas?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 6, 2015

Infidelidad PFMEn una homilía, un sacerdote dijo, dirigiéndose a las mujeres presentes en una Eucaristía:

“¿Saben por qué sus maridos se consiguen otras mujeres? —Porque ustedes no los atienden.”

¿Es posible que alguien crea esto?

Si una esposa no atiende a su marido — y él la ama—, no se va a buscar otras mujeres, precisamente porque la ama, pues el amor auténtico es fiel; la única razón para el adulterio es el desamor.

Además, los seres humanos no se dejan llevar por los instintos: a diferencia de los animales, tienen voluntad, voluntad libre.

Aunque el cura no se dé cuenta, su criterio hace de todos los hombres unos imbéciles, esclavos de sus pasiones —unos animalitos— y, de paso, carga a sus esposas de las culpas de sus maridos: ¡además del sufrimiento que les produce la infidelidad de sus maridos, según este sacerdote, deben asumir el pecado de sus pervertidos esposos! No: san Pablo dice que “cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo” (Rm 14, 12).

 

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¡Familias católicas!

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2014

Dirigiéndose a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, el Santo Padre se puso categórico al hablar de los esposos, frente a los problemas y conflictos:

«Jamás hay que abandonar la oración, el recurso frecuente al sacramento de la reconciliación y la dirección espiritual, pensando en sustituirlos con otras técnicas de apoyo humano y psicológico».

A más de uno le habrá parecido extraño ese énfasis: la palabra «jamás», rara vez es usada por Su Santidad en ese sentido urgente.

Y ¿qué es lo que le urge tanto al Papa?

Que los esposos han abandonado la oración, ese encuentro personal con Dios que los capacita para ser buenos padres y parejas saludables, que les provee la paz necesaria para vivir en armonía, que les da la alegría de vivir en familia y que los impulsa a la generosidad para establecer hogares luminosos y alegres.

Ese Dios es el único que puede enseñar el amor verdadero, con el que la célula de la sociedad, la familia, propenderá por el cambio social que tanto anhelamos.

Pide el Papa que el Sacramento de la Reconciliación sea frecuente: al pedir perdón a Dios cultivaremos el perdón en nuestro hogar y no nos faltará nunca la gracia de Dios para formar familias santas y pujantes, de donde saldrán ciudadanos honestos y trabajadores.

E invita a la dirección espiritual: que alguien, con prudencia y experiencia, dirija nuestras almas por el camino que Dios desea para cada uno de nosotros.

Ninguna de estas tres ayudas maravillosas puede ser reemplazada por otras técnicas de apoyo humano y psicológico: Dios es la sabiduría infinita.

Y continúa diciendo Su Santidad que vivamos la vida familiar en la presencia de nuestro Padre amoroso:

«Jamás hay que relegar al olvido lo esencial, o sea, vivir en familia bajo la mirada tierna y misericordiosa de Dios».

Es todo un programa para engrandecer la vida familiar y, por ende, el globo terráqueo.

¿Aprenderemos?

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¿Casados o solteros?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 19, 2013

Signo

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Eso es lo que significa sexualidad: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento: el hombre y la mujer se complementan en el plano biológico, en el plano psicológico y en el plano espiritual. Toda relación entre un hombre y una mujer tiene ese carácter sexual.

Pero la persona histórica, la concreta (no la metafísica), jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre. Es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra (o viceversa) porque ella (o él) es la imagen de Dios.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad cristiana, como tal, no necesita del signo (sacramento) del matrimonio. Dios se convierte en el(la) esposo(a) del ser personal. La virginidad alcanza la realidad directamente.

De este modo, la virginidad confirma el sacramento del matrimonio y le da su verdadera dimensión.

La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado.

No se habla aquí de la virginidad física ni de la psicológica (indivisibilidad del corazón) ni de la jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad evangélica, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento. Virginidad esta que puede darse con signo (sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

Por el contrario, quien vive soltero no necesita el signo: puede ir directamente hacia la realidad —Dios— y, por añadidura, está más lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones; de este modo se capacita para un juicio más recto acerca de su propia sexualidad.

En el matrimonio la donación se lleva a cabo en el plano biológico (se entregan sus cuerpos), en el plano psicológico (se comparten la afectividad, la emotividad y los sentimientos) y en el plano espiritual (se dan el uno al otro para siempre). Todas sus acciones están encaminadas a lograr un verdadero complemento, enriqueciéndose ambos para encontrar, juntos, la verdadera y única felicidad.

El soltero puede entregar también su cuerpo a Dios eximiéndose de toda genitalidad[1] por amor a Él; comparte con Él su afectividad, su emotividad y sus sentimientos; y lo hace para siempre. Así mismo, todas sus acciones estarán encaminadas a hallar en Él su verdadero complemento, enriqueciéndose para encontrar la auténtica y única felicidad.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Se puede dar el caso de que un soltero, por ejemplo, viva su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que el celibato (soltería) sea mejor que el matrimonio. La ventaja que tiene es que se entrega directamente a Dios; además, tiene una capacidad mayor (como se vio arriba) para hacer un juicio más recto acerca de su propia sexualidad e, incluso, de la sexualidad de los demás, lo cual lo hace el mejor consejero.

Por otra parte, alguien podría decir que al casado le queda más fácil, más asequible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Tampoco existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado. Todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

Si los casados se entregan por completo a la imagen de Dios —su cónyuge—, los solteros pueden, mientras llega el matrimonio, ofrecerse a Dios en su estado actual para comenzar a vivir esa virginidad evangélica, y así llegar a la plenitud del amor: viven una virginidad total en la que dirigen sus afectos, sin intermediarios, al Creador, objeto de su amor. Y eso los dignifica tanto o más que el matrimonio a los casados.


[1] La palabra “genital” viene de genitare, que significa generar, y se refiere a generar vidas; es decir, la genitalidad se ejerce para procrear.

 

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¿Perdonar la infidelidad?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2013

 

El amor verdadero consiste en trabajar con todas las fuerzas (cueste lo que cueste) por la persona amada, para procurarle la felicidad; además, no importa si para lograrlo tenemos que sufrir, pues lo único que queremos es la felicidad de esa persona, por encima de nuestra propia felicidad. Es más: las metas que teníamos antes de enamorarnos pasan a un segundo lugar. Lo único que queremos es que esa persona sea feliz: agradarla, consolarla cuando está triste, ayudarla a cumplir sus metas, acompañarla cuando necesita compañía, animarla cuando está desanimada… En fin: nuestra mayor felicidad es la felicidad de ella. ¡Nos olvidamos de nosotros mismos! Así es el amor auténtico.

 

No ama, por lo tanto, quien tiene reservas egoístas: el que busca únicamente sus propios intereses: desea que esa persona le dé lo que anhela. El ejemplo más frecuente es el del hombre que quiere usar a su esposa para sentir placer sexual, para que le críe sus hijos, para que le prepare la comida, para que le arregle la ropa y le tenga la casa cuidada, limpia y ordenada… O la mujer que solamente se casa porque quiere sentirse amada por un esposo caballeroso, detallista, amoroso, generoso y, ojalá, adinerado y atractivo… Todo esto no es sino egoísmo, que es precisamente lo contrario del amor: no buscan hacer feliz a su pareja; buscan más bien a alguien que los haga felices.

 

 

1. La infidelidad es la mayor muestra de desamor

 

Esta es la primera verdad: quien es infiel simplemente no ama.

 

La segunda verdad es que él le prometió fidelidad delante de Dios, en un acto sagrado y solemne: le falló a Dios, le falló a ella, les falló también a sus hijos, destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando hirió su propia dignidad incumpliendo lo que libremente prometió.

 

Y en tercer lugar, quien esconde esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

 

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia:

 

 

2. Dios solamente perdona a quien está sinceramente arrepentido

No podemos olvidar que Dios —que posee la misericordia en grado sumo, infinito— perdona únicamente cuando hay arrepentimiento sincero:

 

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

 

Algunas personas aducen que se debe perdonar a todos, incluso a quienes no se arrepienten porque, de no hacerlo, Dios no nos perdonará nuestras culpas; y añaden que si Dios hubiera esperado nuestro arrepentimiento, todavía estaríamos sin redimir. Si esto fuera así, todos seríamos perdonados siempre, aunque no nos arrepintiéramos; no habría, por tanto, necesidad de confesarnos con un sacerdote, ni siquiera de pedir perdón. Tampoco se nos exigiría lo que enseña el Catecismo: contrición de corazón y propósito de la enmienda.

 

¿No es el Sacramento de la Reconciliación una muestra de arrepentimiento? Y sin este Sacramento, no se nos perdonan los pecados mortales.

 

Así, pues, todos debemos perdonar a un ofensor, en el sentido de seguir queriéndolo y procurando su bien, etc. Pero perdonar en un sentido estricto un pecado del esposo o de quien sea no es posible, si no hay arrepentimiento suficiente: tampoco Dios nos perdona si no nos arrepentimos de nuestro pecado, porque seguimos apegados a él.

 

 

3. Dios manda que corrijamos a nuestros hermanos

 

Son varios los casos de madres beatificadas por la Iglesia que aguantaron a sus maridos adúlteros crónicos, sin pedir la separación, buscando que no se rompiese más aún la familia, procurando que el adúltero siguiera contando con la fidelidad de la esposa… y logrando, a veces, después de muchísimos sufrimientos y humillaciones, la conversión del esposo y el restablecimiento de la unión conyugal. Así es como Dios aguanta la Alianza que nos une con Él cuando somos infieles: mantiene la fidelidad de su amor y nos sigue amando y llamando al arrepentimiento, deseoso de darnos su perdón.

 

Pero está escrito en la Biblia que debemos corregir al pecador:

 

Si no le hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta y viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre te pediré cuentas a ti. Pero si tú adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mala conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida. (Ez 3, 18bc-19)

 

Y también en:

 

Si tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida. (Ez 33, 8-9)

 

El mismo Jesús lo dijo, como vimos más arriba:

 

Si tu hermano peca, repréndelo. (Lc 17, 3)

 

En las enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia esto está consignado en las obras de misericordia; efectivamente, la tercera obra de misericordia espiritual es: Corregir al que yerra.

 

Su mismo nombre lo dice: este es un acto de misericordia, un acto de amor; tanto que, si no lo realizamos, faltamos a la caridad, pecamos por omisión.

 

 

4. A los hombres no se los corrige con palabras

 

Las mujeres suelen escuchar más; los hombres no tanto. Por eso, quien quiere corregir a un hombre, lo debe hacer con hechos, no con palabras.

 

Pero, ¿cuál hecho? ¿Cómo hacer?

 

La mejor forma de enseñar a un hombre que está equivocado es la indiferencia: si él no le muestra su amor o se porta mal con ella o comete algún error, ella debe ser indiferente; por ejemplo: hacer silencio y no demostrarle nada, no atenderlo, no mostrarse cariñosa con él, no servirle la comida, no plancharle la ropa…, y seguir así varios días…

 

Y, si su falta es grave, ni siquiera le contesta una palabra.

 

Si él le pregunta: «¿Qué te pasa?», ella no le contesta… Si sigue preguntando, lo máximo que le dice es: «Nada».

 

Si varios días después le vuelve a preguntar, le contesta algo así:

 

«Lo que estás haciendo me duele, es verdad, pero más me preocupa el daño que te estás haciendo tú mismo: has fallado gravemente a la responsabilidad que adquiriste libremente, y le estás dando un malísimo ejemplo a tus hijos. Le estás fallando a Dios, y a Él nada se le pasa por alto: Él te está mirando… Piensa en tu salvación; no juegues con fuego.»

 

Los adúlteros —pecadores— ordinariamente no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Aunque los hay, no hay que esperar siempre milagros; por eso, si la mujer no le muestra una indiferencia total y un rechazo por sus malas acciones, es posible que jamás se convierta de su mala vida.

 

Y, para saber si está realmente arrepentido, es necesario, no solamente que él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vidasino cuando pase mucho tiempo pidiéndole perdón a su esposa y mostrándole su sincero arrepentimiento (con regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando, mientras continua orando intensamente por él.

 

Repito: sincero arrepentimiento, demostrado con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque parezcan muy sinceras y honestas.

 

De no actuar así, es decir, cuando la mujer no tiene paciencia y lo perdona a la primera palabra, puede tener la seguridad casi absoluta —así lo demuestra la experiencia— de que él le fallará de nuevo, pues un hombre jamás valora a una mujer que no se valora.

 

Además, ¿cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

 

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe pedir la mujer burlada por su marido.

 

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significa que no había ni la más mínima semillita de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, ya nada había por rescatar.

 

 

5. Mientras tanto, la esposa debe estar muy unida a Dios

 

Para que Dios ayude a su esposo a caer en la cuenta de sus errores y para que la ayude a ella a ser fuerte, he aquí lo que debe hacer.

 

Primero, en una situación como esta, necesita del único que la puede ayudar: debe estar en gracia de Dios (sin pecado mortal), para que Él pueda socorrerla, tanto para tomar las decisiones correctas como también para conseguir la paz que requiere en estos momentos. Con ese fin, es necesario que se reconcilie con Dios, confesándose cuanto antes.

 

Segundo: ya reconciliada con Dios, acercarse a un oratorio o iglesia, ponerse de rodillas ante el sagrario, y entregarse a Dios, diciéndole, con sus propias palabras y estilo, algo así:

 

“Señor, vengo a ti, porque no puedo más; a ti, que lo puedes todo, que me amas más de lo que yo puedo imaginar, que sabes qué es lo que nos conviene: te entrego mi ser, mi matrimonio, mi hogar, mi hijo y mi esposo, para que hagas en nosotros lo que yo no puedo hacer: tu voluntad.”

 

Tercero: debe orar diariamente con mucha insistencia y confianza, muchos días, y ofrecer todo, incluyendo su misma situación anímica, como un sacrificio, que unirá al Sacrificio de Cristo (la Misa), todas las veces que pueda asistir, ojalá diariamente.

 

Después, ella debe aceptar la Voluntad de Dios; solo Él sabe qué es lo mejor para los hijos, si los hay, y para ambos esposos. Por eso, es a Él a quien se le deben dejar los resultados: Él sabe —nosotros no— lo que le conviene a cada pareja. Para unos será mejor la separación; para otros, la reconciliación.

 

Y, tanto para llenarse de autoestima como para estar abandonada a la Voluntad divina, es necesario pedir insistentemente la virtud de la fortaleza, orando constante y confiadamente, frecuentando los Sacramentos y ofreciendo pequeños sacrificios —incluyendo el mismo dolor de la situación que está viviendo— por esta intención.

 

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La caridad que hay que ejercer con el infiel

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2012

 

1. Desde el punto de vista terrenal, la infidelidad es la mayor muestra de desamor: quien es infiel simplemente no ama.

La segunda verdad es que quien prometió fidelidad delante de Dios, en un acto solemne, le falló a Dios, le falló a su esposa (si tienen hijos, les falló también a ellos), destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando incumplió lo que libremente prometió.

Y en tercer lugar, quien esconde durante un tiempo esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia: si se valora, lo olvida para siempre. Para ella él está muerto. Resucitará para ella únicamente, cuando demuestre su sincero arrepentimiento con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque se vean muy sinceras y honestas.

 

2. Desde el punto de vista espiritual, debemos recordar, por una parte, que a todo pecador debe dársele la oportunidad de arrepentirse. Pero tampoco podemos olvidar que ni siquiera Dios perdona cuando no hay arrepentimiento sincero.

Los adúlteros —pecadores— no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Por eso, si ella no le muestras una indiferencia total (“No vale la pena seguir con él si no cambia”) y un rechazo por sus malas acciones, es posible que jamás se convierta de su mala vida.

Y, para saber si está realmente arrepentido, es necesario, no solamente que él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vida, sino que pase mucho tiempo pidiéndole perdón a su mujer y mostrándole su arrepentimiento sincero (con lágrimas, regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando

Si la mujer no hace esto, falta a la caridad: se nos ha enseñado que, para ser buen cristiano, es necesario corregir al que yerra, no con palabras —que casi nunca son eficaces— sino con hechos. ¿Cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe exigir la mujer burlada por su marido.

 

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significaría que no había ni la más mínima semillita de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, nada había por rescatar. Y también significaría que pocas ganas tiene de corregirse y, por lo tanto, de salvarse.

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San Pablo, ¿machista?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 19, 2009

Esa es la impresión que se llevan muchas mujeres y algunos hombres al leer la carta de Pablo a los Efesios.

Las palabras que logran esa sensación son las siguientes:

“Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; Él que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.”

Es frecuente oír hablar o leer en exégesis profundas del pueblo judío sus costumbres machistas, heredadas por el pueblo cristiano. Y también se repiten los análisis de algunos sexólogos, muchas veces dándole un sentido peyorativo a las enseñanzas de la Iglesia Católica.

Pero lo que pocos destacan es el texto que continúa:

“Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia.

“Se entregó a sí mismo por ella […] Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.”

Aquí caben varias preguntas

¿Cuántos esposos aman a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia?

Y, ¿cómo amó Cristo a su Iglesia? Primero, nos dio ejemplo de vida sencilla, trabajadora, humilde y pobre, durante 30 años. Después, dedicó todos sus esfuerzos a enseñarnos esa vida, durante 3 años. Y, finalmente, entregó su vida en una Cruz, no sin antes pasar por las terribles angustias en el huerto de los olivos, la aprehensión infame, la traición de uno de los suyos, la noche entera en una celda aterido de frío, la humillación de un juicio injusto, la atroz flagelación, burlas y burlas hasta la coronación de espinas, la vía dolorosa cargando con el instrumento de su propio suplicio, el horrendo martirio de la crucifixión, la agonía de 3 horas y el fallecimiento en desamparo total.

“Obras son amores y no buenas razones”, dice el refrán: ¿Cuantos esposos han sido capaces de sufrir por amor a su esposa? ¿Cuántos dejan a un lado el egoísmo para dedicar su vida con todas las fuerzas -a ejemplo de Jesús- a hacer felices a sus esposas?

Ese llamado de san Pablo es categórico: “Así deben también los maridos amar a sus mujeres”.

¿Podrá esto tomarse como machista?

He aquí, más bien, la perfección del amor conyugal:

Un hombre que destina todo su ímpetu a hacer feliz a su esposa; busca solo su bienestar con toda su alma, con todo su corazón, con todas sus fuerzas, haciendo a un lado sus propias metas egoístas o mezquinas.

Y una mujer que, como dijera la encíclica, es amada así, ¿cómo no va a ser condescendiente con su marido? Al sentir ese apoyo moral y psicológico, ¿no se someterá a él sin reservas?, ¿no sentirá que él es, efectivamente, su cabeza, como dice san Pablo?

Y la última pregunta: ¿no sería este el ejemplo ideal para los hijos? Si los esposos actúan como lo pide la Iglesia, se verá nacer y crecer una nueva generación libre de egoísmos y de machismo, se formarán hogares con más sentido de la dignidad de la mujer y del hombre y, como consecuencia lógica, si se tiene sana la “célula” de la comunidad -la familia-, se hará un cambio positivo en todo ese “organismo” viviente que es la sociedad.

  

 

 

 

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¿Matrimonio para siempre?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Cuando el sacerdote recuerda a los contrayentes que la relación de noviazgo culmina y ahora se perpetúa nueva en el sacramento del matrimonio, y los novios aceptan que se unirán “hasta que la muerte los separe”, es indudable que su intención dista mucho de ser otra.

 

Pero el índice de separaciones y el terrible flagelo del divorcio muestran que algo está fallando.

 

Se aducen argumentos tan nimios como la incompatibilidad de caracteres y tan “profundos” como la infidelidad conyugal, aunque hay tanta variabilidad en las posibles causas, que son simplemente impredecibles, como la de la liberación de la mujer y la incomprensión por parte de su marido.

 

La indisolubilidad matrimonial se ha tratado desde el punto de vista moral y se tiene la certeza desde la perspectiva teológica. Pero tanto los hombres como las mujeres hacen abstracción del grave daño que a sí mismos se hacen cuando no toman en serio el concepto perenne del matrimonio. Además, la experiencia cotidiana demuestra en qué modo y cuánto sufren los hijos.

 

El ser humano no se entrega como lo hacen los animales. Estos pueden estar juntos sólo en la cópula, por unos días (mientras dura el período de celo), durante la crianza o, a veces, durante toda la vida; tampoco se ve homogeneidad en el número: pueden ser una o varias hembras las compañeras de un macho, y esta tener varias cópulas con diferentes machos… Es lógico: tienen un alma sensible.

 

El hombre y la mujer poseen, en cambio, un alma espiritual. Efectivamente, además de su cuerpo (como los animales) y su alma (sus sentimientos, su psicología) y, haciendo parte de su esencia, está eso que lo hace pensar en la otra vida y —principal y particularmente útil para hablar del amor— eso que le hace pensar que toda relación marital debe ser para siempre: el aspecto espiritual.

 

Así, los nuevos esposos desean que su relación se perpetúe hasta la muerte y, si fuera posible, después de ella. No hay pareja que no lo haya deseado. El ser humano se mueve en tres planos: el biológico, el psicológico y el espiritual: se ama con el cuerpo, el alma y el espíritu; de otro modo este no sería un amor humano.

 

Lo espiritual tiende a traspasar el umbral de la muerte. Y si lo espiritual es imperecedero, el amor de un ser espiritual deberá ser eterno. La entrega total se da en los tres planos; por tanto, quien ama con un amor verdadero ama para siempre. Si no lo hace así, la conciencia, que dicta todos los sumandos de la ley natural, le reprenderá constantemente y hará de él un ser siempre infeliz que, obviamente, no será capaz de amar lo suficiente para mantener una relación estable, ni para educar adecuadamente a los hijos. He aquí, entonces, una de las razones de los frecuentes fracasos matrimoniales.

 

Desprendiéndose de esta, la otra causa más frecuente de disolución conyugal es el hecho triste, pero incuestionable, de considerar al otro una posesión más: si la dignidad de la mujer —más violada que la del hombre— se sigue vulnerando hasta hacer de ella un objeto de placer sexual, una sirvienta y alguien que se encarga de los hijos, en vez de una compañera del camino hacia la felicidad, con la que se enriquece la relación, ambos cónyuges irán en direcciones dispares y se facilitará el fracaso.

 

Ambos, hombres y mujeres, deberían tener como guía de su relación las siguientes palabras de Hugo de Víctor, en el siglo XII:

 

La mujer no fue sacada del cerebro del hombre, pues nunca se pensó que gobernara, ni de sus pies para que fuera su esclava, sino de su costado para que caminara a su lado, de debajo de su brazo para que fuese por él protegida y de cerca de su corazón para que la amase intensamente.

 

   

 

 

 

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¿Se permite el divorcio en la Biblia?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

Muchos grupos cristianos no católicos admiten el divorcio y las nuevas nupcias, basados en una ley pasajera (de carácter temporal) hecha para el pueblo judío:

Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, puede ser que le encuentre algún defecto y ya no la quiera. En ese caso, escribirá un certificado de divorcio que le entregará antes de despedirla de su casa. (Dt 24, 1)

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble:

Jesús respondió: «¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? (Mt 19, 4-5).

Los fariseos le preguntaron: «Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en el caso de divorciarse?» Jesús contestó: «Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, fuera del caso de fornicación*, y se casa con otra, comete adulterio.» (Mt 19, 7-9)

Desde siempre se canta el amor exclusivo (leer todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia:

«Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia.» (Ef 5, 32)

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

Veamos en la Biblia cómo Jesús condena el divorcio:

«Todo hombre que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con una mujer divorciada de su marido, también comete adulterio». (Lc 16, 18)

«El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa”» (Mc 10, 11)

«Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. También se dijo: “El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.” Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, a no ser por motivo de fornicación, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.» (Mt 5, 27-32)

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?.” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” El joven dijo: “¿Cuáles?” Jesús respondió: “No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio”» (Mt 19, 16-18)

La misma reprobación se da en otros pasajes del Nuevo Testamento:

«¿No saben acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se engañen: ni los que tienen relaciones sexuales prohibidas, ni los que adoran a los ídolos, ni los adúlteros, ni los homosexuales y los que sólo buscan el placer» (1Co 6, 9)

«Que todos respeten el matrimonio y ninguno manche la unión conyugal. Dios castigará a los licenciosos y a los que cometen adulterio». (He 13, 4)

Pero ya desde el Antiguo Testamento se nota que Dios condena sin paliativos al adulterio:

«No cometas adulterio». (Ex 20, 14; Dt 5, 18)

«No te acostarás con la mujer de tu prójimo, pues es una maldad». (Lv 18, 20)

«Si alguno comete adulterio con una mujer casada, con la mujer de su prójimo, morirán los dos, el adúltero y la mujer adúltera». (Lv 20, 10)

«Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, el adúltero y la adúltera. Así harás desaparecer el mal de Israel.» (Dt 22, 22)

«Odio el divorcio, dice el Señor Dios, Dios de Israel, y al que hace el mal sin manifestar vergüenza. Tengan, pues, mucho cuidado y no cometan tal traición.» (Ml 2, 16)

«La Sabiduría te protegerá de la mujer de otro, de la bella desconocida de palabras suaves». (Pr 2, 16)

«Lo mismo le ocurrirá a la mujer que engaña a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. En primer lugar desobedeció a la ley del Altísimo, luego pecó contra su marido, y en tercer lugar se manchó con un adulterio, teniendo hijos de un extraño.» (Sir 23, 22-23)

Y, ¿por qué el divorcio es una ofensa tan grave para Dios? El mismo Jesús responde esa pregunta:

«Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9)

«El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6)

Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios. Este «invento» humano, se constituye en un desprecio a las leyes de Dios, es decir, en una burla a Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

Y, ¿qué es lo que hace la Iglesia Católica cuando declara nulo un matrimonio?

Para contestar esta pregunta, es necesario distinguir tres conceptos diferentes:

La separación de cuerpos, que consiste en decretar, legalmente, que los esposos dejan de vivir en comunidad.

El divorcio, en el que se decreta que el matrimonio que Dios bendijo ya dejó de existir legalmente, aunque Dios haya dicho explícitamente que el ser humano no puede separar lo que Dios unió para siempre.

La anulación consiste en lo siguiente: la Iglesia, por el poder que Dios le dio, determina que, dado que no se cumplieron los requisitos indispensables, Dios nunca unió a esa pareja de novios. Esta decisión genera un efecto retroactivo desde momento de la celebración, es decir, le hace perder su validez.

Ese matrimonio, en consecuencia, nunca fue válido ante Dios, aunque un sacerdote hubiera presenciado las nupcias y hubiera bendecido a la pareja, ni siquiera aunque ya hayan tenido hijos.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

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* NOTA:

Cuando se explica este texto, se debe tener en cuenta que los textos paralelos —los que hablan del mismo tema, que en este caso son: Mc 10, 11s; Lc 16, 18 y 1Co 7, 10s— no especifican la cláusula restrictiva de Jesús.

Esto hace deducir que san Mateo, que fue uno de los últimos redactores sinópticos del Evangelio, la haya añadido porque escribía para el nuevo pueblo judeo-cristiano, que no lograba adecuar la nueva visión cristiana a la antigua Ley judía, como se ve por el versículo 3 (de ese mismo capítulo 19 de san Mateo): «Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?».

Tenemos aquí una decisión eclesiástica de alcance temporal y local, como lo fue la del decreto de Jerusalén, concerniente a la región de Antioquía (Hch 15, 23-29).

 

Otra característica que se debe analizar es que el versículo 9 de Mt, 19, dice así en latín:

«dico autem vobis quia quicumque dimiserit uxorem suam nisi ob fornicationem et aliam duxerit moechatur et qui dimissam duxerit moechatur».

Pero la palabra fornicationem fue traducida del término: porneia, que no significa fornicación en el matrimonio (adulterio o infidelidad), cuya traducción correcta sería: moijeia.

Al usar la palabra porneia, se está haciendo alusión al sentido técnico de la zenut o prostitución, que entre los judíos no equivalía únicamente a lo que entendemos hoy —venta de sexo— sino al sentido técnico de los escritos rabínicos: una unión incestuosa, relación prohibida por la Ley judía, pero no por los pueblos gentiles, que las consideraban legales.

El problema era que los prosélitos —los nuevos cristianos que no provenían del judaísmo— no sabían cómo adaptarse a la nueva Fe: algunos les decían que para ser cristianos debían cumplir la Ley judía, y eso les causaba confusión.

De ahí nace la consigna de Jesús de disolver semejantes uniones irregulares que, en definitiva, no eran sino matrimonios nulos.

 

Todo esto lo deja muy claro san Pablo:

«En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no se divorcie de su mujer.» (1Co 7, 10-11)

 

 

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Consagración del matrimonio a la Santísima Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 

 

María, el más dulce nombre

que pueda emitir el hombre;

con tu Hijo el Amor trajiste

y la senda a la eternidad nos diste.

 

A ti  siempre hemos recurrido

en toda necesidad;

por consuelo hemos acudido,

confiados en tu generosidad.

 

Refrescas la vida con tu amor,

haciendo desaparecer todo dolor;

a Jesús nos llevas de las manos

y así nos sentimos hermanos.

 

Ir contigo, oh Virgen pura,

de triunfo es señal segura;

por eso acudimos a rogarte

y nuestro matrimonio consagrarte.

 

Al fin del camino de tu manto asidos

el mundo entero podrá proclamar

que quienes deseen permanecer unidos

es a tu Hijo a quien deben amar.

 

 

 

 

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Matrimonio católico, ¿para qué?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

Para que un amor sea verdadero, debe darse en los 3 planos en que se maneja el ser humano: el biológico, el psicológico y el espiritual.

 

A nadie escapa de su mente el hecho de que la sexualidad humana se manifiesta —en una pareja— a través del cuerpo, de sus estructuras anatómicas, de su parte material, de su biología. Esto es tan cierto y tan normal, que hoy repugna a cualquiera la concepción fanático–religiosa de que todo lo genital es pecaminoso.

 

Aparte de esto, el hombre no es sólo cuerpo, biología: el hombre llora, se alegra, sonríe y ríe; triunfa y fracasa; está disgustado y a veces disfruta; vive intensamente la vida o se deja llevar por las circunstancias; ama o es egoísta; es decir, siente.

 

La entrega mutua que viven los seres humanos; la compenetración entre los esposos; el compartir los sentimientos, las emociones y la afectividad; la complementariedad psicológica que buscan los que se aman es el plano psicológico, ausente siempre en los animales.

 

Pero hay algo propio del hombre, además, que influye en las relaciones de pareja. Se trata de algo que la historia ha probado desde hace milenios: el hombre desde la época de las cavernas ha levantado sus ojos en busca de alguien que le dé cómo llenar sus ansias —que bullen en su interior sin descansar— de ser trascendente, imperecedero; sabe él que su vida no termina aquí en la tierra, sino que después de ésta existe la esperanza de otra, es decir, Dios. Es inherente al ser humano la creencia en otra vida. Este es el plano espiritual. Y en el amor, lo espiritual significa para siempre. Cuando uno ama de veras, ama con la ilusión de que sea “hasta que la muerte los separe” y, si fuera posible, hasta después de la muerte, que trascienda, que no tenga fin.

 

El aspecto espiritual, reluce de una manera muy especial en el amor humano. Un amor meramente carnal no tiene nada en qué competir con un amor en el que la entrega se limita a complementarse psicológicamente, siendo uno de los componentes de la pareja apoyo y suplemento del otro; pero aquel y este palidecen frente a una entrega imperecedera, que no piensa en un fin, una entrega que busca trascender, difundirse hacia la eternidad, como lo es el amor en el plano espiritual.

 

Y si el amor verdadero tiene que ser espiritual, también debe contar con Dios, creador de la materia y del espíritu.

 

El matrimonio, en cuanto unión de un hombre  esposo  y de una mujer  esposa en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios (Gn 1,27-28; 2,20-24). Esto significa que su valor intrínseco, su legitimidad y las leyes que lo regulan no pueden nacer en el hombre, sino en Dios.

 

Dios lo desea monógamo e indisoluble (Mt 19,4-5). Y desde siempre se canta el amor exclusivo (Gn 25,19-28; 41,50; Tb 11,5-15; Jdt 8,2-8; Pro 5,15-20; 18,22; Sir 26,1-4; todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos (Lv 20,10; Dt 22,22; Ez 18,6; Mal 2,14-16). Esa exclusividad, esa estabilidad y esa fidelidad, entonces,  difícilmente se pueden conseguir sin la ayuda de Dios.

 

Con esto se va alumbrando el ideal religioso del matrimonio que Jesús (Mt 19,3-9; Mc 10,2-12; Jn 2,1-11) y Pablo (1 Co 7,2-5.10-11; Ef 5,31-33) reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia (Ef 5,23-32). Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia.

 

Cualquier católico que se case por lo civil o que viva en unión libre, entonces, está dejando a un lado el amor en el plano espiritual —el más importante— y, por lo tanto, se está engañando a sí mismo, porque no ama por completo, y está engañando a su pareja, pues no se está dando del todo. Ante las vicisitudes del matrimonio, será muy difícil lograr esa exclusividad, esa estabilidad y esa fidelidad, y, por tanto, muy fácil el fracaso.

 

Por otro lado está rechazando la gracia divina que Dios da a los contrayentes, necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia y, por ende, para lograr su felicidad.

 

 

 

 

 

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Declarar nulo un matrimonio católico

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

Ante todo, es necesario distinguir tres conceptos diferentes:

 

La separación de cuerpos, que consiste en decretar, legalmente, que los esposos dejan de vivir en comunidad.

 

El divorcio, en el que se decreta que el matrimonio que Dios bendijo ya dejó de existir legalmente, aunque Dios haya dicho explícitamente que el ser humano no puede separar lo que Dios unió para siempre.

 

Declarar nulo un matrimonio consiste en lo siguiente: la Iglesia, por el poder que Dios le dio, determina que, dado que no se cumplieron los requisitos indispensables, Dios nunca unió a esa pareja de novios. Esta decisión genera un efecto retroactivo desde momento de la celebración, es decir, le hace perder su validez.

Ese matrimonio, en consecuencia, nunca fue válido ante Dios, aunque un sacerdote hubiera presenciado las nupcias y hubiera bendecido a la pareja, ni siquiera aunque ya hayan tenido hijos.

 

Y la Iglesia, ¿cuándo puede declarar nulo un matrimonio? Cuando encuentra que en la celebración de ese acto existieron impedimentos, incapacidades o vicios del consentimiento, como se pasa a considerar.

 

Principales causales para declarar nulo un matrimonio

Son aquellas prescripciones canónicas, con sus respectivos fundamentos, ya de origen divino, natural y/o eclesial, que inhabilitan a la persona para contraer matrimonio válidamente, por ir en contra del mismo y, por ende, de la pareja: Se pueden clasificar de la siguiente manera:

 

I.                   Impedimentos matrimoniales

A.               Edad (14 para la mujer y 16 para el varón)

B.               Impotencia

C.               Vínculo anterior

D.               Disparidad de cultos (uno no es bautizado)

E.                Orden sagrado (uno es sacerdote)

F.                Voto público (uno es fraile o religiosa)

G.               Rapto de la contrayente

H.               Crimen o conyugicidio

I.                   Afinidad (casarse con un abuelo, padre, hijo, nieto o bisnieto)

J.                  Consanguinidad (hermanos, primos, tíos, hasta cuarto grado)

K.               Pública honestidad (con los consanguíneos del cónyuge o concubina/o)

L.                Parentesco legal (entre adoptante y adoptado o entre hermanos: adoptado y natural)

II.                Incapacidades matrimoniales

A.               Carencia suficiente de uso de razón

B.               El grave defecto de discreción de juicio (un loco, un borracho…)

C.               Incapacidad para asumir las obligaciones esenciales del matrimonio a causa de naturaleza psíquica (deficiencias mentales graves, psicológicas, etc.)

III.             Vicios del consentimiento matrimonial

A.               La ignorancia de lo referente al matrimonio

B.               El error acerca de la persona o de una cualidad pretendida y principalmente para el matrimonio (una persona ajena a la deseada o sin las cualidades normales y pretendidas por el otro); también el error acerca de la unidad, de la indisolubilidad y de la dignidad sacramental del matrimonio, pretendida determinantemente por el cónyuge

C.               El dolo (engaño deliberado)

D.               La simulación o exclusión de uno de los elementos o propiedades esenciales del matrimonio (Ejemplos: fingir el consentimiento por ir en contra de su voluntad o la exclusión de hijos)

E.                Con licencia del Ordinario del lugar, la condición esencial al matrimonio de casarse con base en algo actual o pasado (Ejemplo: «Me caso si tiene el himen intacto», o «si ella no ha tenido tuberculosis»)

F.                La violencia o miedo grave real proveniente de alguna causa externa (amenazas, imposición, viéndose la persona obligada a casarse por miedo grave y contra su voluntad; por ejemplo, el caso de la que no es capaz de decir que no, después de quedar embarazada, por miedo al escándalo)

 

 

 

 

 

 

 

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Divorcio y nuevas nupcias

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

«¡Yo tengo derecho a rehacer mi vida!», «La Iglesia no puede ser tan estricta.», «Y si me fue mal, ¿debo permanecer sin una compañía?», «¿Dónde dice, en la Biblia, que uno no se puede casar por lo civil?» «Es injusto: me fue infiel y ¿yo tengo que pagar las consecuencias?»… Son todos cuestionamientos que se hacen los que se han separado o divorciado.

 

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble:

 

Jesús respondió: «¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? (Mt 19,4-5).

 

Los fariseos le preguntaron: «Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en el caso de divorciarse?» Jesús contestó: «Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, fuera del caso de infidelidad, y se casa con otra, comete adulterio.» (Mt 19, 7-9)

 

Desde siempre se canta el amor exclusivo (leer todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

 

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia.

 

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

 

Veamos en la Biblia cómo Jesús condena el divorcio:

 

«El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa”» (Mc 10, 11)

 

«Todo hombre que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con una mujer divorciada de su marido, también comete adulterio». (Lc 16, 18)

 

«Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. También se dijo: “El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.” Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, a no ser por motivo de infidelidad, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.» (Mt 5, 27-32)

 

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?.” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” El joven dijo: “¿Cuáles” Jesús respondió: “No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio”» (Mt 19, 16-18)

 

La misma reprobación se da en otros pasajes del Nuevo Testamento:

 

«¿No saben acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se engañen: ni los que tienen relaciones sexuales prohibidas, ni los que adoran a los ídolos, ni los adúlteros, ni los homosexuales y los que sólo buscan el placer» (1Co 6, 9)

 

«Que todos respeten el matrimonio y ninguno manche la unión conyugal. Dios castigará a los licenciosos y a los que cometen adulterio». (He 13, 4)

 

Pero ya desde el Antiguo Testamento se nota que Dios condena sin paliativos al adulterio:

 

«No cometas adulterio». (Ex 20, 14; Dt 5, 18)

 

«No te acostarás con la mujer de tu prójimo, pues es una maldad». (Lv 18, 20)

 

«Si alguno comete adulterio con una mujer casada, con la mujer de su prójimo, morirán los dos, el adúltero y la mujer adúltera». (Lv 20, 10)

 

«Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, el adúltero y la adúltera. Así harás desaparecer el mal de Israel.» (Dt 22, 22)

 

«La Sabiduría te protegerá de la mujer de otro, de la bella desconocida de palabras suaves». (Pr 2, 16)

 

«Lo mismo le ocurrirá a la mujer que engaña a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. En primer lugar desobedeció a la ley del Altísimo, luego pecó contra su marido, y en tercer lugar se manchó con un adulterio, teniendo hijos de un extraño.» (Sir 23, 22-23)

 

Y, ¿por qué el divorcio es una ofensa tan grave para Dios? El mismo Jesús responde esa pregunta:

 

«Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9)

 

«El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6)

 

Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

 

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios. Este «invento» humano, se constituye en un desprecio a las leyes de Dios, es decir, en una burla a Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

 

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