Hacia la unión con Dios

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¿TE GUSTARÍA SER PASIONISTA SEGLAR?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 31, 2011

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Como en el tiempo de Jesucristo, hoy también son multitudes las que lo siguen: quienes lo buscan únicamente por los milagros, quienes lo siguen para escuchar su Palabra y hallar consuelo en ella…

Pero, también como en el tiempo de Jesucristo, hoy casi todos huyen de Él cuando se dirige hacia la Cruz… Efectivamente, después de la institución de la Eucaristía, Jesús se levanta y se encamina al Huerto de los Olivos para iniciar su dolorosísima Pasión, con su Corazón traspasado de amor por nosotros, y nos pide, como antaño, que lo acompañemos:

También Jesús decía a toda la gente: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga. » (Lc 9, 23)

«¿Negarse uno mismo? ¿Cargar con la cruz?» —se preguntan asombrados—; y le vuelven la espalda a Jesús.

Y la huida de la Cruz lleva ya veinte siglos…

Pero, así como María y Juan —el adolescente puro y por lo tanto valiente—, algunos (pocos en relación con el montón) son capaces de seguir a Cristo hasta el final: los mártires —proclamados y no proclamados—, aquellos que se han ofrecido como víctimas por la salvación de las almas y para reparar la gloria de Dios ofendida por nuestros pecados; estos son los que aman verdaderamente a Jesucristo, estos son los que están dispuestos a amar con el Amor de Dios, estos son los que están impresionados porque Jesús dio la vida por ellos, y desean dar la vida por Jesús.

¡Ya basta de templos llenos de feligreses que piden y piden y piden…; ahora comienza la era de los que ofrecen su vida para trabajar por el Reino de Dios y su Justicia (cf. Mt 6, 33)! ¡Ya basta de criaturas que desean que el Creador sea su servidor; ahora comienza la era de los que han venido a servir y no a ser servidos (cf. Mc 10, 43), como pidió Jesús: «hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida» (Mt 20, 28)! ¡Ya basta de cristianos de segunda categoría! ¡Comienza la era de los que aman de verdad a Dios sobre todas las cosas!

Hace un poco más de tres siglos nació un hombre que comprendió el abismo infinito del Amor de Dios, y quiso participar —lo hizo durante más de 50 años— de la Pasión, la Cruz, la Muerte y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo: se llamaba Pablo Francisco Danei, y la Iglesia lo conoció como san Pablo de la Cruz.

Por inspiración divina, fundó la Congregación de la Pasión de Jesucristo, que está constituida por sacerdotes, religiosas y religiosos que meditan, viven y predican la Pasión del Hijo de Dios.

Pero su apostolado llega a muchos seglares que, inspirados en las lágrimas y el ejemplo de la vida del fundador y el de sus seguidores, les nace la profunda aspiración de acompañar a Jesús hasta las últimas consecuencias. Logran participar así místicamente de su Cruz, entrando en el misterio del amor doloroso, del dolor amoroso, con el que inician un proceso de purificación de sus apegos para amar totalmente a Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Dt 6, 5), hasta vivir y morir por Él, si es necesario.

Sin embargo, si se mira la historia y el momento presente, es muy pobre la respuesta de la humanidad a la inmolación amorosa de Jesús: millones de almas lo desconocen e ignoran lo que Él hizo por ellas; aun entre los bautizados la ignorancia es impresionante; y hay sacerdotes que también huyen de la Cruz… Esta verdad apremia a los que aman a Dios de una manera tal que, llevados por ese Amor, están dispuestos a los sacrificios más grandes para cambiar el curso de los acontecimientos. Se dicen a sí mismos que si el sacrificio de Cristo en la Cruz abrió de nuevo las puertas del Cielo a los hombres, cualquier sacrificio unido al de Cristo será eficaz para propagar esa Buena Noticia y hacer cambiar los corazones de los hombres.

Pero, ¿qué pueden hacer los seglares?

Mucho. Su vida personal, familiar, laboral y social puede estar empapada de la eficacia de la Cruz de Cristo: es en esa vida ordinaria donde encuentran a Jesús, donde pueden amarlo cumpliendo cabalmente sus obligaciones de hijos de Dios, de esposos, de padres, de hermanos, de ciudadanos, de empleados o patronos, de amigos y miembros de una comunidad… Ahí, en su vida cotidiana, asoma, a veces, la Cruz de Cristo: es Jesús, que busca quién lo ayude a salvar almas, quién complete en su carne los sufrimientos de Cristo: «Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia. (Col 1, 24)

Y, ¿cómo vivir esto?

¿Qué tal siguiendo la espiritualidad de los Pasionistas? ¿Qué tal consagrándote a meditar la Pasión de Jesús?

Incontables seglares lo han hecho durante estos ya casi tres siglos: santa Gemma Galgani, Lucia Burlini, Ines Gracci y otros muchos (conocidos y desconocidos) consiguieron la perfección cristiana viviendo la espiritualidad pasionista en medio del mundo, sin actos jurídicos, sin pertenecer oficialmente a una cofradía o tercera orden, pues san Pablo de la Cruz no fundó sino la Congregación de la Pasión de Jesucristo (masculina) y las Religiosas de la Pasión de Jesucristo (de clausura).

Se trata de un acto estrictamente espiritual, en el que la persona se consagra voluntariamente a meditar con asiduidad la Pasión de Jesús, y a ponerse en disposición para que el Espíritu Santo la ayude a experimentarla místicamente, como la vivió en su alma nuestra Santísima Madre Inmaculada, la Virgen de Dolores y, finalmente, a predicarla con su ejemplo y, en la medida de lo posible, con la palabra.

Además, le ofrece a Dios todos sus trabajos, penas y oraciones por la santidad y el fruto apostólico de los y las pasionistas de todo el mundo.

He aquí la autorización oficial de la Congregación:

AUTORIZACIÓN DE LA CONGREGACÓN

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COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

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COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2008

 

1.      Hacer santa mi vida, cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales y sociales. Esta es mi principal vocación: amar eficaz y efectivamente a cada uno de mis familiares, ser un trabajador honesto y responsable, y actuar como un buen ciudadano; todo irradiando paz y alegría. No cumplir estos deberes queriendo llevar a cabo los compromisos que siguen sería un desorden que Dios no quiere.
 
2.      Que la Fe, la Esperanza y la Caridad se noten en cada uno de mis actos y actitudes.
 
3.      Hacer algunos minutos diarios de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración.
Seguir en esto las indicaciones de mi director espiritual.
 
4.      Ofrecer las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores —a veces pequeños, a veces grandes— que me sobrevengan, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador.
Asimismo, ofrecer mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios.
 
5.      Renovar, cuantas veces pueda, el Sacrificio de Cristo asistiendo a la Eucaristía. Comulgar con frecuencia. Visitar con asiduidad al Santísimo Sacramento.
 
6.      Honrar a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María. Tenerla como especial protectora. Meditar de cuando en cuando los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
 
7.      Recibir frecuentemente el Sacramento de la Reconciliación.
 
8.      Tratar de vivir la pobreza dentro de mi estado: estar sin apegos por las criaturas (cosas, personas, ideas ni por mí mismo), hasta tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios, con el que me entregaré a luchar primero por la felicidad de mis seres queridos, y luego por toda la humanidad.
Tener presente que las cosas que poseo son medios, no fines.
Vivir con sobriedad, no tener cosas de sobra, administrar los bienes con prudencia y ejercer la caridad.
 
9.      Buscar en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios.
Recordar que la pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.
 
10.   Hacer que la humildad sea mi principal virtud: quiero ser el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos: en mi casa, en mi trabajo y en la sociedad, como Jesús (cf. Mc 9, 35; Mc 10, 43-45; Mt 20, 26-28; Mt 23, 11).
Ser obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual.
Si he de corregir a alguien, que sea con mi amor y con mi ejemplo.
 
11.   Leer, meditar y estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y el Código de Derecho Canónico.
De igual forma, leer los documentos del Magisterio de la Iglesia, con especial atención el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos», del Concilio Vaticano II, y la constitución Gaudium et Spes, también del Concilio Vaticano II.
Hacer, al menos, una oración diaria por el Papa, los Obispos y los Presbíteros (especialmente por mi párroco).
 
12.   Leer y estudiar la vida y la doctrina de san Pablo de la Cruz.
 
13.   Orar constantemente y ofrecer mis sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos.
 
14.   En la medida de mis capacidades y posibilidades —después de orar mucho y de ofrecer mortificaciones—, contar y explicar a cuantos pueda la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y proponer algún modo de corresponder a semejante gracia.
 

 

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ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

 

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ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

ORACIÓN DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara, ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

FÓRMULA PARA INICIAR LA ORACIÓN MENTAL DE CADA DÍA

 

Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Madre mía inmaculada y Virgen de Dolores, san José, san Pablo de la Cruz y todos los santos, intercedan por mí. Arcángel san Miguel, ángel de mi guarda y todos los ángeles, intercedan por mí.

 

¡Oh, infinito abismo de poder, de sabiduría, de belleza, de amor, de misericordia!… ¿Quién eres Tú…?

Y, ¿quién soy yo? Una criatura tan miserable, un atado de pecados, una mancha despreciable, el último de todos, el más pequeño, el más pobre, el peor,…

Oh, abismo ilimitado de Bondad, mi amantísimo Dios, Padre mío, mi sumo Bien, me sacaste de mi nada y te me diste todo; sé que estás aquí, que me estás viendo, que me estás oyendo…; ven y cauteriza con el incendio de tu Amor mis muchos pecados, mis apegos, mis miserias, mis imperfecciones, para que pueda hacer con fruto este rato de oración, ¡y dejarme amar por ti y amarte con tu mismo Amor!…

 

 

FÓRMULA PARA FINALIZAR LA ORACIÓN MENTAL DE CADA DÍA

 

Te doy gracias, mi amantísimo Dios, por lo que me has comunicado en este rato de oración. Te pido ayuda para poner por obra mis propósitos.

 

Padre mío, mi amor, mi vida, deseo verme reducido a una agonía espiritual que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad, dejando morir místicamente todos mis temores e inquietudes, para padecer con Cristo —obediente, pobre y casto— por amor a ti. Quiero hacer silencio y humillarme en mi interior, sumergido en mi propia nada, no anhelando ni rehusando nada, agonizando aquí hasta que Tú quieras o muriendo aquí de puro amor por ti. ¡Sí, ansío morir a mí mismo y vivir solamente para ti!…; morir en la Cruz con una muerte mística, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Madre mía inmaculada y Virgen de los Dolores, san José, san Pablo de la Cruz y todos los santos, intercedan por mí. Arcángel san Miguel, ángel de mi guarda y todos los ángeles, intercedan por mí.

 

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

EXAMEN DE CONCIENCIA PARA LOS PASIONISTAS SEGLARES

¿Hice santa mi vida cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales, eclesiales y sociales? ¿Amé eficaz y efectivamente a cada uno de mis seres queridos? ¿Fui un trabajador honesto y responsable? ¿Actué en todo momento como un buen cristiano?, ¿y como un buen ciudadano? ¿Irradié en todas partes paz y alegría?

¿Se me notaron la Fe, la Esperanza y la Caridad en cada uno de mis actos y actitudes?

¿Admiré el abismo infinito de poder, sabiduría y bondad de Dios, con una Fe pura y desnuda de toda figura e imaginación, con atención amorosa en el inabarcable, el incomprensible, el inefable?

¿Viví profundamente la Esperanza de llegar a ese mar infinito de Amor? ¿Estuve seguro de aquel que es bondad y misericordia, de aquel con el cual vivo día y noche, que me conoce y que conozco, que me ama y que amo?¿Tuve absoluta confianza en Él? ¿Lo esperé todo de Él? ¿Me abandoné como un bebé?

¿Tuve intimidad con aquel que es todo Amor y que se pone al nivel de sus criaturas para pedirles que no lo dejen solo y que le den su amor? ¿Fui para todos alter Christus, ipse Christus? ¿Fue mi mirada siempre una mirada de amor transformador? ¿Se me notó su dulzura y su ternura para con todos? Como el rey Midas, ¿todo lo que toqué se convirtió en amor, paz y gozo? ¿Ayuné todo para amar solo a Dios sin sustentarme más en las criaturas? ¿Me crucifiqué detrás de la Cruz por el Reino de Dios y su justicia, amando a Jesús? ¿Aproveché estos tesoros: incomodidades, frío, calor, sed, hambre, cansancio, pobreza, fracaso, vergüenzas, incomprensión, desconfianza, rechazo, críticas, falsas acusaciones, ofensas, irrespeto, «injusticias», desprecios, humillaciones, deshonra, desprestigio, ingratitud, indiferencia de los seres queridos, desamor, esclavitud, soledad, desconsuelo, enfermedad, dolor, desamparo…?

¿Hice algunos minutos de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración? ¿Seguí las indicaciones de mi director espiritual? ¿Me mantuve en la presencia de Dios, orando en todo momento? ¿Hice silencio? ¿Previne todo con la oración, diciendo: «Señor, en tu Nombre actuaré y sé que seré poderoso»?

¿Ofrecí las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador? ¿Ofrecí mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios?

¿Renové el Sacrificio de Cristo al asistir hoy a la Eucaristía? ¿Al comulgar, con cuánto amor recibí al Amor de los amores? ¿Visité al Santísimo Sacramento, al prisionero del Amor?

¿Honré a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María? ¿La tuve todo el día como especial protectora?

¿Medité, en estos días, los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Me arrepentí sinceramente de todos mis pecados, preparándome así para recibir el Sacramento de la Reconciliación?

¿Traté de vivir la pobreza dentro de mi estado? ¿Tuve las cosas como medios, no como fines? ¿Viví con sobriedad? ¿Administré los bienes con prudencia? ¿Ejercí la caridad con ellos?

¿Estuve sin apegos por las criaturas, para tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios? ¿Cuánto oré y me sacrifiqué con ese Amor por la felicidad de mis seres queridos?, ¿y por toda la humanidad?

¿Busqué en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios? ¿Permanecí indiferente a todo lo que no fue amor? ¿Traté de vivir en estado de inocencia y de gracia, alabando a Dios con mi vida? ¿Se notó que el Espíritu Santo mora en mí? ¿Hice y dije lo que Jesús haría y diría?

¿Fui el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos —en mi casa, en mi trabajo, en la Iglesia y en la sociedad— como Jesús, humilde, paciente, crucificado?

¿Fui hoy obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual?

¿Me acordé de que lo único que merezco es el infierno? ¿Me dejé ofender, calumniar y agredir, con tranquilidad, bondad, benevolencia y amor?

¿Controvertí? ¿Comprendí, excusé, disculpé y disimulé las faltas de los demás? Si corregí a alguien, ¿lo hice con mi amor y con mi ejemplo?, ¿lo dejé actuar a Él?

¿Usé mis virtudes sabiendo que son solo préstamos? ¿Pensé en mi propia imagen, la defendí? ¿Hablé de mí? ¿Me oculté por completo, como la nada? ¿Cuántos actos de humildad hice hoy? ¿Estuve a los pies de todos?

Medité algo del Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia, el Código de Derecho Canónico, el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos» o la constitución Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II?

¿Oré por el Papa, los Obispos, los Presbíteros (especialmente por mi párroco) y los diáconos?

¿Oré hoy y ofrecí sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos?

¿Aproveché las oportunidades que se me presentaron hoy para enseñar a meditar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y para proponer algún modo de corresponder a semejante gracia?

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Si, después de leer los 2 escritos que están a continuación, estás interesado en amar así al Amor, siguiendo este modo de vida, escríbele a Pablo Francisco Maurino (el Dr. Mauricio Rubiano), preguntándole lo que debes hacer.

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LA ESPIRITUALIDAD PASIONISTA Y LA VIDA SEGLAR*
 

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LA ESPIRITUALIDAD PASIONISTA Y LA VIDA SEGLAR*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

LA PASIÓN DE CRISTO ESTÉ SIEMPRE EN NUESTROS CORAZONES

 

LA ESPIRITUALIDAD PASIONISTA

Y LA VIDA SEGLAR

R. P. Antonio Munduate, c.p.

NOTA ACLARATORIA SOBRE LA PALABRA ‘SEGLAR’

Por contraste con los clérigos —obispos, presbíteros (sacerdotes) y diáconos—, el resto de los fieles cristianos han recibido, ya en los rimeros siglos, el nombre de laicos.

En estos dos grupos —clérigos y laicos—hay fieles que se obligan a cumplir los consejos evangélicos de obediencia, pobreza y castidad, a través de una ceremonia que se llama profesión;  y lo hacen mediante votos u otros vínculos sagrados, reconocidos y aprobados por la Iglesia, con los que se consagran a Dios de una manera particular, contribuyendo así a la misión salvadora de la Iglesia.

Quienes no hacen esa profesión se llaman seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

INTRODUCCIÓN

En el título y subtítulo del trabajo se quieren expresar el objetivo y las limitaciones del mismo. “La Pasión de Cristo esté siempre en nuestros corazones” era una expresión habitual en San Pablo de la Cruz que, consideraba la Pasión como la más perfecta obra del amor divino. El subtítulo “La espiritualidad pasionista y la vida seglar” indica la dimensión concreta del estudio que ahora se presenta. Si bien la Pasión debe estar presente en el corazón de todos los fieles, este trabajo se centra en una parte de ellos: los seglares. Se trata de ver cuál debe ser la relación entre la espiritualidad pasionista y la espiritualidad seglar actual.

Brevemente se puede decir que ambas espiritualidades están unidas por una estrecha relación, pues tienen un mismo eje central: configurarse con Cristo Crucificado en el cumplimiento de la voluntad de Dios. En cuatro capítulos se trata de desarrollar esta primera afirmación.

En un primer capítulo, el más extenso, siguiendo las directrices de los padres conciliares sobre la adecuada renovación de la vida religiosa se retorna a los orígenes de la Congregación y espiritualidad pasionistas.

La experiencia personal de Pablo de la Cruz, confirmada con los frutos de su apostolado, fue que la meditación asidua de la Pasión de Jesucristo era el camino más adecuado para romper con el pecado y caminar rápidamente a una intima unión con Dios. La Congregación Pasionista por él fundada se compromete por medio de un voto específico a mantener viva entre los fieles la devoción a la Pasión, a ayudarlos a avanzar por el camino de la perfección cualquiera que sea su forma de vida. La espiritualidad pasionista es, desde sus orígenes, una espiritualidad en estrecha relación con la vida seglar.

Se refuerza esta conclusión inicial estudiando el epistolario del santo, dirigido en su mayoría a los seglares. A través de estas cartas se comprueba cómo Pablo de la Cruz ayuda a sus dirigidos a construir piedra tras piedra el edificio de la santidad. El secreto es sencillo: cumplir la voluntad de Dios como Jesucristo en su Pasión. El ejemplo presentado en el segundo capítulo de la familia Fossi-Pavolini, salvando la singularidad del mismo, es representativo de esta relación.

Sin embargo, tras la celebración del Concilio Vaticano II y cuando ya se cumplieron 300 años del nacimiento de Pablo de la Cruz cabe preguntarse sobre la validez y actualidad de los rasgos característicos de la espiritualidad pasionista que, en relación con los seglares, han aparecido en los primeros capítulos.

En efecto, una de las grandes aportaciones del Concilio fue la concepción de la Iglesia como Pueblo de Dios, como comunidad de creyentes. En esta nueva visión de la Iglesia los seglares han recobrado su dignidad e importancia, tanto por lo que se refiere a su misión en el interior de la Iglesia como en el mundo. El mismo Concilio ha insistido en la necesidad de una espiritualidad específica de los seglares, en un modo propio mediante el cual el seglar alcance la única santidad (Cf. LG 41).

Este es el objeto de estudio del capítulo tercero. Dar una visión conciliar de la espiritualidad seglar, insistiendo en aquellos puntos relacionados con la espiritualidad pasionista aparecidos en los capítulos precedentes o en aquellos otros que pueden sugerir una actuación del carisma pasionista en los seglares. Capítulo éste realmente importante para comprender cuál debe ser hoy la relación y la aportación de la espiritualidad pasionista a la vida seglar.

Dos son los centros de interés en este capítulo: el estudio del seglar y su relación con el mundo y, la presentación de la espiritualidad seglar a partir del misterio de la Encarnación. Tras esta visión conciliar se concluye que, la participación del seglar en el misterio de la Cruz es una de las características más importantes de la espiritualidad seglar. Lo propio y específico del seglar es su carácter secular, su presencia en el mundo. Su cruz consiste en que, cada vez que dice “sí” al mundo debe decir simultáneamente un “no”. Además, esta presencia en el mundo no es para el seglar algo accidental sino que responde a la voluntad de Dios, es su vocación.

El servicio prestado por la espiritualidad pasionista en sus orígenes a la vida seglar debe ser revitalizado en las circunstancias actuales, circunstancias en las que los seglares han recuperado su vigor y actualidad. En el último capítulo se sugieren algunas aportaciones. No se trata de forzar las cosas. Al presentar la espiritualidad de los seglares como una “espiritualidad de encarnación”, no se puede olvidar en ningún momento la dimensión redentora de la Encarnación del Hijo de Dios. La misión del seglar de reconducir la obra de la creación a Dios exige que participe plenamente de la Cruz, pues por medio de ella Dios ha recapitulado todas las cosas en Cristo.

Espiritualidad pasionista y espiritualidad seglar viven la configuración con Jesucristo Crucificado; éste es su punto de contacto y el origen de su relación y servicio mutuo. En la sociedad actual la contemplación de la Pasión opera el mismo efecto que en los tiempos de Pablo de la Cruz: elimina el pecado y conduce a la santidad.

CAPÍTULO PRIMERO

LA ESPIRITUALIDAD PASIONISTA AL SERVICIO DE LA VIDA SEGLAR

Como en la introducción se ha señalado ya, el presente trabajo intenta ser una aportación más dentro de los esfuerzos que actualmente realizan las escuelas de espiritualidad tradicionales para actualizarse y pasar del estrecho campo de la vida sacerdotal y religiosa, en el que por las circunstancias históricas se centraron, al mundo de los seglares, mundo que constituye la mayor parte del Pueblo de Dios.

En este caso concreto se trata de la espiritualidad pasionista. Se inicia el capítulo presentando al fundador de esta escuela y a la Congregación que ha continuado su carisma, recogiendo en un segundo paso los elementos más característicos de la espiritualidad pasionista. Fijadas estas bases se está en condiciones de estudiar el concepto de santidad que Pablo de la Cruz tiene y a partir de aquí ver cómo ayuda a los seglares, así los llama él, a llegar “en breve tiempo a gran perfección según su estado”[1]. 

I. SAN PABLO DE LA CRUZ Y LA CONGREGACIÓN PASIONISTA

Como escuela de espiritualidad, la pasionista tiene en S. Pablo de la Cruz su origen preciso y definido y en la Congregación de la Pasión de Jesucristo el medio por el que se ha desarrollado y hecho presente en la historia. Estos son los apartados del tema. En el primero se presentan algunos de los rasgos característicos que ayudan a comprender la figura del santo y en el segundo los fines que persigue la Congregación Pasionista.

1.- “No escriba mi apellido, sino ‘de la Cruz’”[2].

Así quiso que la llamaran. Las características propias de este trabajo exigen que la presentación de la figura del santo sea breve al no ser éste el objeto del mismo. Para una mayor profundización se remite a las biografías existentes[3]. En este momento se trata de mostrar algunos caminos que permitan acercarse a su rica persona: infancia, apostolado y fundador. Tres aspectos diferentes, pero un nexo común: la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

A. Infancia

Pablo Danei nació el 3 de Enero de 1694 en Ovada, al norte de Italia. En su infancia y en la vida familiar se encuentran los primeros datos que ayudan a comprender la espiritualidad pasionista de Pablo de la Cruz.

El primero de ellos es la señal de la cruz grabada en el propio ambiente familiar: de los 16 hijos habidos en el matrimonio formado entre Lucas Danei y Ana María Massari 11 mueren a temprana edad. Pablo, segundo fruto del matrimonio, es testigo directo de esta tragedia familiar. El segundo elemento a resaltar es la importancia de la madre en la formación, sobre todo espiritual de Pablo. Así él, refiriéndose a la muerte de la misma, escribía: “Tenemos la suerte de que sea nuestra abogada en el cielo, pues con sus buenos consejos procuró siempre encaminarnos por el sendero de la perfección y de la santidad”[4]. 

Esta formación en el ambiente familiar adquiere mayor relieve si se tiene presente que al tener que colaborar en las tareas por la subsistencia diaria no pudo recibir una formación académica regular. Sin embargo su afición a la lectura y sus cualidades naturales suplieron esta posible deficiencia. Cuando a los 26 años toma como eremita el hábito de la Pasión y escribe su diario espiritual[5] se observa, por su contenido, que conoce los escritos de algunos autores y maestros espirituales como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y San Francisco de Sales.

B. Apostolado

Cualidades naturales, experiencia personal y lecturas adecuadas se unen entre sí y ayudan a acercarse a Pablo por el segundo camino: Pablo como apóstol, como testigo del Crucificado.

Su actividad apostólica se inicia cuando Pablo predica y dirige la oración y la catequesis en el oratorio de San Antonio en Castelazzo[6]. Este apostolado se intensifica durante los años en que vivió como eremita: en Castelazzo el Obispo lo autoriza a predicar los domingos a los adultos y a dar una misión en la ciudad; en Gaeta se le encarga la catequesis en la catedral y, cosa impensable en aquel tiempo para un seglar, los ejercicios espirituales a los jóvenes ordenandos[7]. Ya desde este momento su esquema o modo de actuar va a ser siempre el mismo: Lectura y comentario del evangelio de la Pasión y meditación sobre los sufrimientos de Jesús[8].

Tras un paréntesis ejerciendo el apostolado de la caridad con los crucificados de este mundo en el hospital de San Callicano en Roma, la ordenación sacerdotal de manos de Benedicto XIV el 7 de Junio de 1727 le abrirá un horizonte nuevo a su actividad apostólica. Dentro de las diferentes posibilidades que se le ofrecían Pablo centró su apostolado en las misiones populares, los ejercicios espirituales y la dirección espiritual.

C. Fundador

Un tercer camino por el que seguir a Pablo de la Cruz es el estudio de su actividad como fundador. Este trabajo llenó su vida desde el 22 de Noviembre de 1720, día en que vistió el hábito pasionista, hasta el 18 de octubre de 1775, fecha en que la comunidad pasionista de los santos Juan y Pablo en Roma asistía a su muerte santa y tranquila.

En primer lugar se trataba de un proceso de clarificación y maduración de la vocación personal: “¿Qué he de hacer, Señor?” (Hch 22,10). El segundo paso, una vez visto que el Señor lo llama a “reunir compañeros para vivir con ellos promoviendo en las almas el santo temor de Dios”[9], es conseguir la aprobación de las Reglas y del nuevo Instituto religioso.

Largo y doloroso proceso el de la aprobación que va desde la primera redacción de las Reglas en Diciembre de 1720 hasta la última, en Septiembre de 1775, poco antes de la muerte del santo. Si este trabajo de edificación institucional de la Congregación fue duro, no menos penoso le resultó la labor de edificación material: personas e incluso edificios en los que esta nueva forma de vida que la Iglesia iba progresivamente aprobando se hiciera realidad.

Es importante tener presente que durante los más de cincuenta años que duró esta actividad fundacional siempre se mantuvo al frente de la misma Pablo de la Cruz. Primero como inspirador e iniciador de esta nueva familia; luego, dato también a destacar, como superior y responsable máximo de la misma hasta el momento de su muerte. Algo más de medio siglo en el que día a día con sus circulares, con su predicación, con su presencia y ejemplo va modelando el rostro de la familia pasionista y le va transmitiendo su espíritu.

Cuando Pablo próximo ya a los 82 años pasa definitivamente a la casa del Padre, la familia pasionista se abre al futuro: cerca de 175 religiosos distribuidos en doce retiros y un monasterio de clausura con 20 monjas viven consagrados a la meditación y propagación de la devoción a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

2.- El fin de la Congregación Pasionista

Se estudia en este apartado la finalidad o razón de ser de la Congregación Pasionista tal y como la quiso su fundador, presentando previamente los documentos que posibilitan este estudio.

A. Presentación de los textos

Los documentos básicos utilizados en esta parte del trabajo son: Las Reglas y Constituciones, las Noticias y el Reglamento común.

Las Reglas y Constituciones como ya se ha indicado conocieron un largo proceso de aprobaciones y modificaciones, siendo los documentos aprobatorios más importantes:

  • Rescripto Facta per me, de Benedicto XIV, del 15 de Mayo de 1 741.
  • Breve Ad pastoralis dignitatis fastigium, de Benedicto XIV, del 18 de Abril de 1746.
  • Breve Salvatoris et Domini N.I.C., de Clemente XIV, del 15 de Noviembre de 1769.
  • Bula Supremi apostolatus, de Clemente XIV, del 23 de Noviembre de 1769.
  • Bula Praeclara virtutem exempla, de Pio VI, del 15 de Septiembre de 1775.

Los dos textos aprobados por Benedicto XIV, así como un texto previo del año 1736 han sido los que se han tenido más presentes[10].

Las “Noticias” sobre la Congregación están constituidas por diversas cartas en las que el fundador envía datos referentes a la nueva familia religiosa. Estas cartas fueron escritas a obispos, bienhechores y amigos. Destacan por su amplitud las “Noticias” redactadas en los años 1747 y 1768. “Encontramos en ellas una síntesis del contenido de la Regla de 1746, una presentación de la vida de la Congregación y de su finalidad”[11]. 

El tercer texto a tener presente es el Reglamento común del año 1755. Constituyen la base de este documento “los decretos emanados hasta el año 1754, la experiencia personal del fundador y de sus primeros colaboradores y la lectura atenta de las obras ascéticas y espirituales, entre las que descuellan San Francisco de Sales, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, las advertencias a los confesores de San Carlos Borromeo y quizás, Pablo Segneri el Viejo”[12].

B. El fin de la Congregación Pasionista

Son diversos los ángulos desde los que se puede enfocar este apartado pues el material del que se dispone es muy rico. La intuición original de Pablo de la Cruz es que a la unión con Dios se llega por la meditación asidua de la Pasión de Jesucristo “que es el medio más eficaz para hacerse santos”[13]. Su experiencia le dice que el olvido de la Pasión es la causa de todos los males. Por el contrario, su meditación asidua será el medio más eficaz para llevar a los hombres a la conversión y, dado este paso fundamental, encaminarlos a la más alta perfección y unión con Dios.

Movido por esta convicción funda una Congregación en la que sus miembros se hagan santos y ayuden a los demás a alcanzar este objetivo. Para lograr este fin, en la Congregación se hará un cuarto voto. El apostolado y la vida de comunidad vistos desde este enfoque completan los cuatro puntos de esta sección.

1 Fin de la Congregación

San Pablo de la Cruz, cuando envía las diferentes “Noticias” sobre la naciente Congregación, siempre trata de explicar el por qué de esta nueva familia, la razón de su ser, por qué la Iglesia la aprueba. En las “Noticias1 de 1747 escribía:

“El gran Padre de las misericordias se ha dignado establecer en su Santa Iglesia una nueva Orden, o sea, un nuevo Instituto en este tiempo tan lacrimoso, tan calamitoso en que a cara descubierta se ve campar por sus respetos toda suerte de iniquidad, con perjuicio incluso de nuestra santa Fe que es atacada en lo más vivo en muchas partes de la Cristiandad, y el mundo continúa sumido en un profundo olvido de las amarguísimas penas que por amor suyo sufrió Jesucristo nuestro verdadero Bien, habiéndose poco menos que extinguido la memoria de su Santa Pasión en los fieles.

“De aquí que esta nueva Congregación tenga en cuenta uno y otro desorden para extirparlo, y promoviendo una devoción semejante pretende extirpar el vicio, implantar la virtud y llevar las almas al cielo por el camino de la perfección, siendo ella (esto es, la Pasión de Jesús), el medio eficacísimo para obtener todo bien”[14].

De manera similar se presenta en las Reglas y Constituciones, si bien éstas tienen un rango superior por ser el lugar donde el carisma original se presenta con un valor institucional y jurídico:

“Esta Congregación no tiene otro fin sino el de todo cristiano, esto es, observar en primer lugar la ley santa de Dios y los santísimos consejos evangélicos del mejor modo posible a la humana fragilidad.

Por ello los hermanos de esta pobre mínima Congregación deberán atender en primer lugar a si” mismos en la manera que se dirá en estas Constituciones; en segundo lugar deberán ser incansables en los oficios de caridad hacia los prójimos, ocupándose en todo aquello que se les ofrecerá para mayor gloria de Dios y su propia ventaja espiritual… porque uno de los fines de esta mínima Congregación consiste no solamente en ser incansables en la santa oración por nosotros mismos a fin de atender a la santa unión con Dios, sino también en encaminar hacia ella a nuestros prójimos…(enseñando) de viva voz a los pueblos la meditación de los misterios de la santísima Pasión y Muerte de Jesús nuestro verdadero Bien… por ser un medio eficacísimo para destruir las iniquidades y encaminar a las almas, en poco tiempo, a una gran santidad”[15].

Encaminar a las almas a una gran santidad es el fin de la Congregación. En otras palabras, se trata de ayudar a las personas a caminar en manera digna de la llamada que han recibido, caminar hacia la íntima unión con Dios (Cf. Ef 4,1). Pero esta ayuda mal se puede prestar a los demás si primero no la vive uno mismo, por eso Pablo de la Cruz se refiere a los dos fines de la Congregación o, en otras ocasiones, al fin primario y fin secundario de la misma[16].

El fin primario es “atender a la propia perfección por un completo desprendimiento de todo lo creado, viviendo en rigurosa pobreza y en oración y ayuno”[17]“crecer en espíritu, número, fervor y celo”[18]“disponerse con la oración, con las penitencias, con ayunos, con gemidos, con el llanto, a ayudar a los prójimos, santificando las almas y convirtiendo a los pecadores”[19].

Si el fin primario es disponerse con todos los medios posibles para ayudar, el secundario será pasar a la acción, a la realización práctica de esta ayuda. Tener presente que “el medio más eficaz para la conversión de los pecadores y para la santificación de las almas es la frecuente memoria de la Pasión de Jesucristo”[20], “propagar esta devoción de la Pasión santísima de Jesucristo”[21], “adoptar toda industria para la conversión de las almas”[22]. 

Son diversas las formas empleadas para indicar en definitiva que el fin de la Congregación es único, si bien haya que darlo en dos pasos. Pues dos son los pasos que comprende todo apostolado: primero atender a la santificación personal, santificación que en virtud de la comunión de los santos se transforma en beneficio para todos los miembros del cuerpo místico y segundo, la actividad apostólica directa.

No hay que extrañarse pues de que los términos primario-secundario se usen aplicados a una misma realidad de modo que casi se identifican: “El fin secundario, pero primario, también para la mayor gloria de Dios y salvación de las almas, es el de atender a las tareas apostólicas en la conversión de las almas, promoviendo en el corazón de los fieles la devoción a la Pasión de Jesucristo…, y para esto hacemos un cuarto voto”[23].

2 Un voto específico

La santificación propia y de los prójimos, finalidad de la Congregación, es expresada por medio del cuarto voto o voto pasionista. El medio para alcanzar el fin es claro en la mente de Pablo: la devoción a la Pasión de Jesucristo. No se trata de ejercicios de devoción, sino de verdadera devoción en cuanto actitud interna que va configurando al creyente con Jesucristo crucificado.

El carisma, el fin del Instituto, se formula de manera sintética en un voto especifico, voto que Pablo hizo en 1721[24] y que quiso hicieran también sus seguidores. “El voto indica lo que la Congregación intenta operar en la Iglesia y por lo que quiere la aprobación. No es pues un voto de devoción y ni siquiera un voto que directamente mire a la vida de los religiosos dentro del retiro, la actitud interna que deben- lograr y mantener. Más bien significa acción”[25].

Se trata de un compromiso apostólico concreto y así lo hace saber Pablo de la Cruz al Obispo de Ferentino que ha aceptado la fundación de un retiro pasionista en su diócesis: “nuestro naciente Instituto tiene por fin primario el promover en los corazones de los fieles la devota memoria de la Pasión santísima de Jesús, tanto en las misiones, como en los demás ejercicios píos, haciendo a tal efecto el cuarto voto”[26].

Este compromiso apostólico se hace más evidente cuando en las Reglas va indicando el modo como cumplir este voto. Según las condiciones y circunstancias personales de los religiosos el modo irá variando, pero siempre con una referencia a la dimensión apostólica:

“Los hermanos sacerdotes, considerados hábiles para la predicación deberán meditar a viva voz en las santas misiones a los pueblos la Pasión santísima de Jesucristo… Así lo harán también al dirigir los ejercicios espirituales… Deberán promover también esta santa devoción en los confesionarios, instruyendo a los penitentes con fáciles métodos…, y animarlos a hacerlo, asegurándoles que si no abandonan la meditación de la Pasión de Jesucristo, llegarán en breve a gran perfección, según su estado.

“Los sacerdotes que no sean hábiles para la predicación, bastará que promuevan tal devoción en los confesionarios, en los catecismos, y en las conferencias. Aquellos sacerdotes que ni siquiera para esto fueran hábiles, como también los hermanos, clérigos o laicos, bastará que además de la oración común, hagan todos los días media hora de meditación sobre cualquier misterio de la Pasión de Jesucristo, rogando a su Divina Majestad que dilate en todo el mundo esta santísima devoción y conceda gran fervor y celo a los que la promueven”[27].

Llegados a este punto en que con tanta claridad aparece la dimensión apostólica es conveniente resumir brevemente esta idea clave. Para Pablo de la Cruz es evidente que la Pasión de Jesús y su memoria representan el camino más directo para alcanzar la unión con Dios. A tal efecto funda una Congregación qué prosiga el –mismo compromiso que él habrá asumido mediante un voto particular, compromiso que es apostólico: llevar a las almas en breve tiempo a gran perfección según su estado.

3 Una comunidad a las plantas del Crucifijo

El trabajo para la santificación de los prójimos será efectivo si no se desatiende la propia santificación. El primer apostolado, en el cual pueden participar y empeñarse todos los religiosos, será el testimonio de vida pasionista.

Tal como la concibe Pablo, la vida de la comunidad pasionista es una vida de continua configuración con el Crucificado hasta en los más mínimos detalles. Se comienza con la construcción del retiro, que “debe ser en soledad, a fin de que los siervos de Dios, después de haber trabajado con santas fatigas apostólicas por la salvación de las almas puedan retirarse…, e inflamarse en el santo amor de Dios, disponiéndose a salir con más fervor a esparcir la santísima semilla de la divina palabra…”[28].

Se continúa con los diversos aspectos de la vida cotidiana, entre otros: la penitencia realizada con alegría de corazón, humildad, confianza y uniéndose a los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo[29]; el examen de conciencia hecho a los pies del Crucifijo[30]; la comida, tomada pensando que en su Pasión Jesús careció de ella; y la bebida, como si fuera néctar del Paraíso que se derrama del costado de Jesús[31].

Sin embargo el centro de la vida comunitaria lo constituye la meditación, que debe versar especialmente “sobre los divinos misterios de la santísima Vida, Pasión y Muerte de Jesucristo porque aquí es donde se aprende la santidad, y si el alma es fiel en corresponder a los beneficios de Dios, se llena en breve tiempo del fuego del santo Amor”[32].

Consciente de la validez del testimonio de vida, Pablo de la Cruz dispone que en las comunidades se acojan a los eclesiásticos y laicos que quieran saborear de cerca la dulzura de esta vida a las plantas del Crucifijo[33].

Si a esta acogida se añade un trato suave con los seglares y el religioso se las ingenia para dejar caer en la conversación algún pensamiento sobre la Pasión de Jesucristo formándolos en esta devoción tan provechosa y enfervorizándolos en la misma, los seglares descubrirán en los religiosos a Jesucristo crucificado[34].

4 Actividad apostólica

En el texto citado sobre el modo de cumplir el voto pasionista y en otros muchos textos, se van describiendo los diversos campos de la actividad del operario apostólico pasionista: “Los hermanos de esta Congregación deberán mostrarse siempre obedientes al Ilmo., y Rvdmo. Ordinario, particularmente cuando los emplee para el provecho espiritual de su diócesis, hacer misiones, dar los ejercicios espirituales a los eclesiásticos, a los seglares y a las monjas”[35].

Otro texto clarificador en este sentido se halla en las “Noticias” de 1747, donde se coloca a los seglares como primeros destinatarios de la actividad apostólica:

“Por ello, en conformidad con las Reglas, no descuidan los religiosos ningún medio y emplean toda industria en beneficio de los pueblos con misiones, con ejercicios, con confesiones y con toda suerte de apostólicos ministerios entre los seglares, entre los eclesiásticos y entre las monjas, promoviendo siempre, en cualquier función, la devoción de las amarguísimas penas de Jesús, por las que se obtienen admirables conversiones”[36].

Pablo de la Cruz tiene muy en cuenta que los destinatarios de su apostolado son en su mayoría las gentes sencillas de la marisma toscana y del agro romano[37]. Ellos están llamados también a ser santos y lo serán, si meditan asiduamente la Pasión de Jesús. El apóstol pasionista debe ayudarlos, pero poca ayuda les podrá prestar si la predicación, por las formas utilizadas, por el tipo de lenguaje, no llega con nitidez a los destinatarios, por eso son importantes las normas que da para evitar que esto ocurra:

“No será lícito a ningún hermano de esta mínima Congregación adoptar al predicar un estilo tan elevado y elegante que se haga oscuro a la pobre plebe. Antes bien deberán desmenuzar el pan de la divina palabra en forma clara y devota a fin de que sea más eficaz para penetrar en los corazones… Procuren con toda paciencia y caridad posible instruir a la pobre plebe en los principales misterios de nuestra fe.

“En las misiones y otros ejercicios no hagan solamente la meditación de la Pasión de Cristo, como se ha dicho, sino que procuren enseñar también a los pueblos, con la mayor facilidad y sencillez posible, el modo de ejercitarse en ella descubriéndoles los engaños de quienes dicen que la meditación es solamente para los religiosos y otros eclesiásticos. Estén seguros que Dios les enseñará los métodos más devotos y fáciles a fin de que toda suerte de personas se ejerciten en esta santa meditación, medio tan poderoso y eficaz para extirpar el pecado y hacer avanzar a las almas en la santidad”[38].

Importante el texto precedente por la claridad con que se señala a los seglares, sea cual sea su condición social y cultural, como los grandes favorecidos de la actividad apostólica del pasionista al mismo tiempo que se exige la adecuada preparación al predicador.

Ya que uno de los frutos de la meditación de la Pasión es la eliminación del pecado —pues seguir y unirse a Cristo crucificado por amor y permanecer en el pecado son incompatibles— la celebración del sacramento de la penitencia será un segundo paso y campo de apostolado: por ello “estén siempre prontos los religiosos para escuchar en sus iglesias las confesiones, particularmente generales”[39].

Del mismo modo que al predicador, también se le exigen ciertas condiciones al confesor:

“Al ser llamados acudan gustosos y no por la fuerza o a desgana… Antes de empezar a confesar póstrense ante el Crucifijo o ante el Santísimo Sacramento… para implorar la divina misericordia y asistencia… No se apresuren a despachar al penitente… No confiesen por obligación sino llevados por el deseo vivísimo de convertir las almas… Contemplen las almas en el costado de Jesús, que por ellas derramó su sangre y por una sola de ellas hubiera permanecido en la cruz hasta el fin del mundo. . .

“Inculquen la devoción a la santísima Pasión de Jesús, no con palabras frías, como quien sólo tiene puesta la mira en cumplir la obligación del voto, sino que la inculcarán con tanta fuerza, espíritu, eficacia y celo, que pueda introducirse en el corazón de los penitentes”[40].

Los datos presentados en este primer tema ofrecen una visión de conjunto de los elementos que constituyen la vida pasionista tal y como la vivió Pablo de la Cruz y sus primeros compañeros, y tal como quiso la vivieran todos los fieles. Estos y otros elementos han sido también vividos por sus numerosos seguidores a lo largo de la historia, al mismo tiempo que eran fundamentados teológicamente y elaborados a nivel doctrinal hasta cuajar en la espiritualidad pasionista.

II. LA ESPIRITUALIDAD PASIONISTA

Los autores consideran la espiritualidad pasionista, por su originalidad, ideas y prácticas; por el número de personas que a lo largo de la historia la han practicado y actualmente la practican y por los frutos de santidad como una escuela propia de espiritualidad[41], y como tal la incluyen entre las grandes escuelas de espiritualidad[42].

Con este tema, se pretende presentar articuladamente los diversos elementos que configuran la espiritualidad pasionista. Se sigue fundamentalmente el esquema de R. Blatnicky sobre las escuelas de espiritualidad[43], introduciendo los elementos propios de la espiritualidad pasionista tal y como los presentan los padres Basilio de San Pablo[44], M. Bialas[45] y E. Zoffoli[46].

1.- Origen y evolución de la espiritualidad pasionista

A. Origen

En el origen de toda espiritualidad hay unos factores primarios y otros secundarios. El factor primario original es siempre la acción de Dios, acción trinitaria que en un momento histórico, la Italia del siglo XVIII, suscita en la Iglesia una nueva forma de espiritualidad y santidad que enriquezca la vida del Cuerpo Místico de Cristo. Esta obra divina se realiza por medio de Pablo de la Cruz, que guiado por la gracia de Dios vive una experiencia espiritual personal original: configurarse con Cristo Crucificado para así alcanzar la unión con Dios.

Por lo que a los factores secundarios se refiere, unos son de tipo individual, exclusivos de Pablo (algunos ya indicados en la referencia biográfica): constitución psicofísica, temperamento, inclinación por determinadas virtudes y medios de perfección, ambiente familiar y cultural.

Otros son de carácter colectivo, destacando entre ellos la situación socio-religiosa y el grupo de seguidores. Situación que es vista por Pablo como lastimosa, calamitosa, con la memoria de la Pasión extinguida y la fe y la Iglesia atacadas por todas partes: en su interior los problemas derivados del Jansenismo y del Quietismo; al exterior, la nueva situación ideológica que se va formando (racionalismo, naturalismo y enciclopedismo)[47].

El segundo elemento colectivo lo constituye el grupo de seguidores. Hay que tener presente que, en cuanto experiencia personal, hay elementos, gracias y formas de vida que son propias de Pablo, personales e intransferibles. Otros, son para ser transmitidos a la Iglesia y son estos los que constituyen la espiritualidad pasionista en cuanto tal, y han llegado hasta nosotros por medio de sus seguidores.

Conviene recordar nuevamente la larga actividad, sea apostólica o de gobierno, desarrollada por Pablo de la Cruz. Medio siglo de predicación, dirección espiritual y fundación de comunidades. La Historia de la Congregación y el epistolario del santo muestran la transmisión de la espiritualidad pasionista a sus seguidores así como los frutos de santidad y el alto grado de unión con Dios alcanzado por muchos de ellos: religiosos y monjas pasionistas, eclesiásticos en general, y sobre todo seglares.

B. Evolución

Por lo que a la evolución se refiere hay que tener presentes el mismo tipo de factores. Como factor primario del desarrollo posterior permanece siempre la acción divina y la respuesta humana. Acción de Dios que no abandona la obra de sus manos y así como da el ser se encarga también de guiarlo, modificarlo, etc., a lo largo del proceso humano histórico concreto. Y respuesta humana a esta acción de la gracia; respuesta verificable a lo largo de la historia tanto en términos de cantidad como de calidad.

En términos de cantidad, porque es éste un elemento indispensable para que se pueda hablar de una espiritualidad propia:

“No basta que un cristiano consiga la santidad de manera especial, para que haya una espiritualidad. Esta requiere continuidad o repetición para que varios individuos coincidan en puntos comunes dentro de su diferencia. El heroísmo de un mártir, por grande que lo supongamos, nos dejaría indecisos. Si el hecho se repite en todas las variantes de personas y circunstancias, creemos en el martirio y en el valor que representa”[48].

En la espiritualidad pasionista el valor numérico es manifiesto: al desarrollo normal de la Congregación en sus ramas masculina y femenina de clausura se han ido agregando, según las circunstancias socio-eclesiales iban cambiando, nuevos grupos de personas consagradas: Congregaciones femeninas de vida activa en el siglo pasado e Institutos seculares en el presente que comparten la espiritualidad pasionista de San Pablo de la Cruz[49]. También los seglares han vivido esta espiritualidad: misiones populares, ejercicios, cofradías de la Pasión, etc. Tras el Concilio Vaticano II la vida eclesial se abre al nuevo siglo con un marcado carácter seglar. Nuevas situaciones que requieren nuevas presencias.

Más importante que la cantidad es sin duda la calidad presente en la evolución y desarrollo. Calidad a nivel de vida, a nivel de doctrina y a nivel jurídico.

El nivel de vida se manifiesta en el enriquecimiento y perfeccionamiento de la fórmula primitiva mediante las nuevas experiencias de los seguidores. Recorriendo los archivos de los diferentes retiros se encontraran tesoros aún inéditos. Algunos de éstos, correspondientes a los Siervos de Dios y Santos pasionistas han visto la luz pública y han pasado a enriquecer la espiritualidad pasionista inicial. Por ejemplo: la dimensión ecuménica del Beato Domingo Barberi, la dimensión mariana de San Gabriel de la Dolorosa, la infancia del Redentor en el Siervo de Dios P. Lorenzo Salvi, etc.

En el campo doctrinal caben destacar los diversos escritos ascético-místicos que desde una visión típica y particular pasionista van presentando la vida espiritual cristiana: escritos del Beato Domingo Barberi, de San Vicente María Strambi, de Santa Gema Galgani, de la Madre Magdalena Marcucci (J. Pastor), así como otros más recientes y la colección de estudios de historia y espiritualidad pasionista (Ricerche).

En tercer lugar se introduce el elemento jurídico ya que la espiritualidad pasionista tanto en sus orígenes como en el posterior desarrollo ha estado ligada a la vida religiosa pasionista. En este sentido, en el interior de la familia religiosa se ha realizado una doble tarea: por un lado el recoger en las Reglas y Constituciones los elementos esenciales, comunes, básicos; y por otro, la eliminación progresiva de todo aquello que se revela como fruto de situaciones históricas concretas. Esta labor que puede parecer demasiado humana hay que tener presente que se realiza siempre bajo la guía del Espíritu Santo que se mueve en el interior de la familia religiosa y de la Iglesia que sanciona las diferentes modificaciones[50].

Los factores secundarios son a su vez individuales y colectivos. Individuales porque más que espiritualidad pasionista hay que hablar de personas que viven la espiritualidad pasionista, personas que como Pablo de la Cruz tienen sus condicionamientos sociales, culturales y religiosos. Y factores también colectivos: la espiritualidad, llamada “teología aplicada a la vida”, no es ajena al desarrollo de la teología especulativa ni al desarrollo de la vida eclesial.

Hay que tener en cuenta también que la espiritualidad pasionista no agota toda la experiencia cristiana: hay otras espiritualidades suscitadas también por Dios para enriquecer a la Iglesia y por tanto a la propia espiritualidad pasionista. Lo mismo hay que decir de los elementos del ambiente profano y religioso en general que influyen y se integran, a veces, en la vida de la Iglesia.

2.- Estructura específica de la espiritualidad pasionista

Se ofrecen en este apartado los datos constitutivos de la vida espiritual cristiana vistos desde la óptica pasionista: principio animador, elementos básicos y medios de perfección.

A. Principio animador de la espiritualidad pasionista

La vida cristiana puede ser vista y vivida como unión con Dios, como servicio a Cristo, como conformidad a Jesucristo, etc. La espiritualidad pasionista la ve desde un ángulo plenamente cristocéntrico: como configuración con Jesucristo, Verbo encarnado y crucificado. “Es una espiritualidad centrada en Cristo ‘Amor crucificado’”[51].

Para el pasionista el modelo supremo de perfección es Jesucristo en su Pasión y Muerte, pues es en este momento cuando se revela y revela a Dios como modelo de Amor perfecto. Vivir la espiritualidad pasionista “es amar a Dios tal y como lo sugiere principalmente el misterio de su Pasión”[52]: Mirar a Cristo como hombre es ser llamado a amar a Dios con el mismo amor con que Él se ofreció al Padre. Mirarlo como Dios es contemplar en Cristo Crucificado el amor por el cual Dios Padre nos redime. Los demás misterios de la vida del Señor son vistos desde una óptica pasionista como pasos del gran proceso que lleva a Cristo hasta la Cruz.

Se trata de participar del amor crucificado de forma que la respuesta humana haga que la Pasión no sea sólo de Cristo, sino algo propio del cristiano: crucificados con Cristo. La com-pasión como respuesta supone acoger la Pasión de Cristo con los mismos sentimientos que Él; tal y como fue querida por el Padre y aceptada por el Hijo: como expiación del pecado humano y nueva posibilidad de acoger el don divino del amor[53].

De esta manera el cristiano se introduce en un continuo proceso de inmolación y transformación: inmolarse con Cristo, morir al hombre viejo para resucitar a la vida, para que Cristo nazca en nosotros.

La contemplación progresiva del misterio lleva al creyente, en grado máximo de co-participación, a participar interiormente del sufrimiento de Cristo y a unirse a Él como co-redentor de la humanidad[54]. En esta íntima unión con Cristo Crucificado está la raíz de la dimensión apostólica de la espiritualidad pasionista: ser testigos del amor de Dios que da sentido a la Pasión.

La configuración con Cristo Crucificado es participación, unión al Sumo Bien, lo cual hace que la espiritualidad pasionista no se limite a la Pasión como hecho histórico sino que se abra al optimismo de la Resurrección. La Pasión fue y es misterio de amor y de salvación, misterio que se prolonga en los crucificados del mundo actual. La Pasión de Jesús continúa en este mundo hasta que vuelva El en la gloria. Conociendo a Cristo y el poder de Dios revelado en el misterio pascual la humanidad que participa de los sufrimientos de Cristo y se asemeja a Él en la muerte lo alcanzará en la gloria[55].

B. Elementos básicos

La gracia santificante es el elemento esencial de toda vida espiritual, es la participación de la naturaleza divina, la gracia de la filiación adoptiva, gracia del nuevo ser. Por la gracia se pasa de la situación de “esclavitud del pecado” a la de “servicio a Dios”. Este paso se realiza por la unión dinámica a Cristo muerto y resucitado (Cf. Rm 6,3-H)[56].

Las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, son los dinamismos por los que se acoge la vida divina que se nos ofrece. Por estas virtudes se entra en comunión con Dios. En la espiritualidad pasionista la fe es sobre todo una profundización del misterio divino de la Pasión y Muerte del Señor, y se expresa en una vida de confianza íntima con Dios. La persona se abre al futuro con fe, se pone en las manos de Dios, Padre amoroso. En la contemplación de la Pasión, misterio de amor, se generan y nutren también la esperanza y la caridad. Fe, esperanza y caridad contribuyen a la configuración interna con Cristo Crucificado.

Las virtudes morales y sus derivaciones constituyen las virtudes del comportamiento humano del cristiano y tienen por objeto dirigir al bien todas las inclinaciones del hombre en el campo intelectual y afectivo. Estas virtudes en contacto con la gracia y con las virtudes teologales ayudan a la configuración externa con el Crucificado.

“El amor a Dios y a los hombres no consiste en un sentimiento del yo que a nada obliga, sino una fuerza que marca profundamente el pensamiento y la actuación del hombre y lo dirige al tú personal del otro. La fuerza fundamental de este amor, que abarca a todo hombre, conduce a ese comportamiento generoso, a la práctica de lo que denominarnos “virtudes”. Amor y ejercicio de las virtudes tienen mutua y estrecha relación. El amor da a la virtud su fuerza trascendente; el ejercicio de la virtud intensifica el amor”[57].

En el amplio campo de las virtudes morales la espiritualidad pasionista destaca aquellas virtudes cuyo modelo es Jesucristo en su Pasión: humildad, paciencia, mansedumbre, olvido de sí, entrega absoluta, sencillez, silencio y obediencia a la voluntad de Dios. “Las virtudes referidas aquí son predominantemente pasivas, y caracterizan el comportamiento cristiano fundamentado en la vida de Jesús, especialmente en su Pasión”[58].

Destaca sobre todo la última de ellas pues es en realidad el secreto de la perfección: cumplir la voluntad de Dios fue el alimento de Jesús y debe ser el alimento de toda alma que busca a Dios: “Procure sobre todo que su alimento sea hacer la voluntad divina; más aún, tómese esta divina voluntad por esposa”[59]. En las alegrías y en las tristezas, en las angustias interiores y exteriores, en los abandonos del espíritu, ante cualquier sufrimiento y en toda ocasión unirse a Cristo en su Pasión y repetir el Fiat del Huerto de los Olivos: “Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26,39).

C. Medios de perfección

Son múltiples los medios para avanzar por el camino de la perfección, pero dado que los caminos que llevan a la única santidad son diversos, cada camino exigirá que se usen los medios más adecuados:

1. La vida litúrgica y sacramental

Es el primer medio a tener presente en la espiritualidad pasionista. La contemplación del gran misterio de amor que es la Pasión de Cristo lleva al creyente a una actitud de adoración, de alabanza, de agradecimiento, que se demuestra con el testimonio de vida y se revive en la celebración litúrgica.

Dentro de la celebración, el puesto central lo ocupa la Eucaristía, que es el momento por excelencia de la memoria de la Pasión; lugar donde se actualiza eficazmente la Muerte y Resurrección del Señor y se vive en plenitud la comunión con Cristo Crucificado. “La Eucaristía, que sacramentalmente constituye el coronamiento de la vida cristiana, por la unión real con Cristo atormentado, conduce también moralmente al culmen de la vida espiritual, por la unión de la voluntad y demás potencias con Jesucristo”[60].

Esta comunión con el Señor es posible porque se han dado los pasos previos que conducen a ella, aunque sea inconscientemente. Será tarea de esta espiritualidad recuperar en los adultos su dignidad bautismal: redescubrir el sentido de la transformación bautismal, de la unión mística a Cristo en su muerte y resurrección. “El rito bautismal, comprendiendo los dos momentos de la inmersión y de la emersión, recuerda de modo igualmente eficaz la muerte-sepultura del Salvador y su gloriosa resurrección: precisamente a Él los fieles deben incorporarse, muriendo a sí mismos y renaciendo a su vida”[61].

Dentro de la vida sacramental un tercer aspecto a destacar es la vida penitencial: el alma que contempla a Cristo en su Pasión se ve empujada a participar con frecuencia en el sacramento de la Reconciliación, sacramento de la continua conversión. La confesión, sacramento de purificación dispone, indirectamente, al alma para la contemplación[62].

2 Meditación sobre la Pasión

Un medio inseparable del anterior y característico de la espiritualidad pasionista es la meditación de la Pasión. En la meditación asidua del misterio de la Pasión se da la respuesta personal a la exhortación paulina de hacer nuestros los sentimientos de Cristo[63].

Dentro del amplio marco de la vida de oración o de la oración mental en concreto, la espiritualidad pasionista presenta la meditación de la Pasión como la técnica más adecuada para hacer, prolongar y enseñar la memoria de la Pasión. No se presenta un método nuevo de meditación sino que en los ya existentes se introducen características propias: el desarrollo de los afectos mediante el “coloquio” como medio para ayudar a entrar mejor en el interior de Jesús, descubrir y hacer propios sus sentimientos[64].

3 Vida de ascesis

Por lo expuesto hasta ahora se comprende que la espiritualidad pasionista de configuración con Cristo Crucificado, esté marcada por una fuerte dimensión ascética, porque “largo y penoso es el itinerario que conduce a la perfecta configuración y transformación en Jesucristo. Se trata de unir dos extremos muy distantes; de modelar en la unidad de Cristo, ‘el santo’, al hombre concebido en pecado”[65].

El camino de la cruz es un camino de renuncias y en este camino el modelo es Jesucristo. La vida interior, vida del espíritu, debe manifestarse exteriormente de manera que la persona sea un reflejo de la imagen del Crucificado: negación de la propia voluntad, desprendimiento de las criaturas, purificación interna y externa de los sentidos, ejercicio de las virtudes, etc. “En todo esto hay una referencia al principio fundamental de la espiritualidad de Pablo de la Cruz: la participación en la Pasión de Jesús[66].

Los caminos serán diversos según las circunstancias personales, pero todas las ocasiones serán propicias para configurarse con Cristo en su Pasión: tentaciones, enfermedad, cualquier tipo de prueba y sufrimiento son oportunidades para seguir el camino real de la cruz y participar de ella, que es la manera como se alcanza la gloria de la Resurrección. Estos elementos que la vida diaria ofrece se complementan con aquellos otros voluntariamente deseados y que ayudan a alcanzar la íntima unión con Dios: austeridad, pobreza, penitencia, etc.

4 El apostolado

El apostolado es al mismo tiempo objetivo —exigencia interna del mismo misterio pascual— y medio por el que se manifiesta el amor crucificado, entregado. La espiritualidad pasionista no puede limitarse a una relación intimista en su configuración con el Crucificado. Todo creyente debe ser testigo de Cristo. Configurarse con Cristo Crucificado es comprometerse “a hacer fructífero el amor de Cristo que se manifiesta de modo eminente en su Pasión, haciendo que se viva y se celebre siempre su memoria”[67].

Son varias las formas como se realiza el apostolado, como se acoge y se comunica la salvación ofrecida por Dios en la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Empeñándose en la santificación personal; en la oración: sea ésta como ejercicio de amor puro (modo concreto de vivir la unión con Dios) o sea como súplica para que Dios haga efectivo el apostolado de la Pasión; en el sacrificio y la penitencia: la renuncia personal y la aceptación gozosa del sufrimiento se convierten en medios eficaces de salvación; en el testimonio de vida (cada uno según su situación y misión); y, en la actividad apostólica directa en cuanto tal.

Los elementos expuestos en este tema ayudan a comprender las líneas básicas de la espiritualidad pasionista. El que se intensifiquen más unos medios u otros dependerá de las circunstancias concretas de la persona, de Su situación y responsabilidades, del estado de «-ida entendido en sentido amplio.

III. HACERSE SANTO ALLÍ DONDE UNO ESTÁ

Dos van a ser los apartados de este tema: en el primero se estudia el concepto de santidad-perfección tal como lo enseña y vive en su experiencia personal Pablo de la Cruz; en el segundo se presenta esta santidad como una meta a la que debe dirigirse toda persona, cada una según su estado.

1.- Concepto de santidad-perfección

El primer dato a tener presente es que para Pablo de la cruz los términos santidad y perfección son sinónimos. Al hablar de la finalidad de la Congregación se expresaba diciendo que ésta era “llevar a las almas por el camino de la perfección” o bien, “conducir las almas en breve tiempo a gran santidad”. Del mismo modo se refiere a la “fábrica de la perfección”[68] o al “palacio de la santidad”[69]. En otros casos dice: “que la perfección consiste en adquirir las verdaderas virtudes”[70]o que “las virtudes son las piedras del edificio de la santidad”[71].

A. Elementos del edificio de la santidad

Piedra, fábrica, edificio y construcción son elementos que expresan la idea de la santidad. Pablo piensa en la santidad como en la construcción de un gran edificio, del edificio más sublime que se pueda pensar, de la obra arquitectónica perfecta. Una obra tal que el hombre no es capaz de realizarla; no puede llevarse adelante con el sólo esfuerzo humano sino que es don de Dios al alma humilde. Dios en su misericordia al mismo tiempo que ofrece el don quiere que el hombre colabore, coopere en esta tarea de construcción[72].

Para que la edificación pueda llevarse adelante es necesario contar con el material adecuado, con las piedras que den solidez al edificio. Estas piedras son las virtudes. La santidad para Pablo de la Cruz consiste en la adquisición de las verdaderas virtudes. Pero no todas son igualmente importantes.

En primer lugar está la caridad, “que es la reina de las virtudes”[73], sin olvidar la fe: “permanezca contento en Dios, fíese de Él. Dios es Padre y Padre amoroso que antes deja perecer el cielo y la tierra que a uno que confía en Él”[74].

A continuación están las piedras fundamentales del edificio de la perfección: el total abandono en el divino Beneplácito, el desprecio de sí mismo, la verdadera mortificación interna y externa y el desprendimiento de todo lo creado[75]; que en otras ocasiones son llamadas también: paciencia, humildad, obediencia y resignación a la voluntad de Dios[76].

A partir de estas virtudes básicas se derivan todas las demás y se desarrolla la construcción del edificio. Pablo desde su experiencia personal señala las virtudes características de Jesucristo en su Pasión, pero destacando sobre todas ellas el cumplimiento de la voluntad de Dios: la perfección consiste en alcanzar una perfecta resignación a la Divina Voluntad en todos los acontecimientos que ocurren[77]. Más aún: “es gran perfección el resignarse en todo a la divina Voluntad; mayor perfección el vivir abandonada, con grande indiferencia al divino Beneplácito; máxima y altísima perfección, el alimentarse, con espíritu de fe y amor, de la divina Voluntad”[78].

Resignarse, abandonarse, alimentarse con espíritu de fe y amor hablan de un proceso. La construcción de un edificio, como en el caso de la santidad, es un proceso dinámico, proceso de transformación en Cristo. Esta transformación se realiza lentamente, dulcemente, con discreción, porque la santidad no es algo repentino sino un continuo trabajo[79]“El que quiere ser santo, gusta de seguir fielmente las huellas divinas de Jesucristo… y su alimento es hacer en todo la santísima voluntad de Dios”[80].

B. Lugar donde se encuentran

Continuando con la imagen de la construcción del edificio de la santidad y conocido el tipo de material necesario, el siguiente paso es encontrar la cantera que proporciona tal material.

“Esta obra no se puede hacer si no se es fuerte, y por eso hay que alimentarse a menudo de la oración, de los santos sacramentos”[81]. Porque “las santas virtudes son la ciencia altísima que se aprende a los pies del Crucifijo en la santa oración”[82] y la Eucaristía “es la fuente del santo Amor”[83], la “fuente de la santidad”[84], y “el medio más eficaz que se pueda encontrar para unirse a Dios”[85].

Oración y sacramentos son los lugares donde se aprenden las verdaderas virtudes que continuamente ejercitadas transforman en Cristo y unen a Dios. Llevan a la persona a la cumbre de la santidad, a la más alta perfección. Este es un proceso abierto a todo creyente que quiera sinceramente cooperar con Dios en tan magnífica construcción.

2.- Hacerse santo en el propio estado

En el pensamiento de Pablo de la Cruz todos están llamados a ser santos, porque la Eucaristía y la oración no están reservadas sólo a los religiosos y eclesiásticos[86]Una conclusión similar se desprende de su epistolario: “el radio de su dirección espiritual comprendía personas de toda condición social: laicos y eclesiásticos, jóvenes, religiosas y madres de familia, religiosos y padres, ricos y pobres, profesionales, doctores e incluso generales del ejército, de los cuales parte condujo a las cimas de la contemplación y a un grado eminente de santidad”[87].

A todos sus dirigidos independientemente de su condición y situación invariablemente les indica que la gran ciencia de los santos, las santas virtudes, se aprenden a los pies del Crucificado. Así escribe a la religiosa claustral M. Mariana del Pozo[88], a la señora Lucía Burnini[89], al religioso pasionista H. Lorenzo del Costado de Jesús[90] y a un religioso de otra congregación[91].

No le fue nada difícil encontrarse con personas que creían que la santidad sólo era posible alcanzarla en las condiciones propias y características de la vida conventual. A estas personas, con caridad pero con energía les demostrará lo contrario: “que cada hombre está obligado a vivir santamente en el propio estado”[92]. Se equivoca el buen padre que por querer unos hijos santos en poco tiempo los envía al convento aunque no tengan vocación; quien así obra olvida que la vocación viene de Dios y provoca la ruina de los monasterios que a tales acogen.

Nunca se debe olvidar que los hijos santamente educados serán esposos santos y educarán familias santas[93]. En definitiva “en todo lugar se puede uno hacer santo: basta ser fiel en practicar las virtudes y no dejar los medios, que son: la oración, el continuo recogimiento, los santos sacramentos”[94]. Para Pablo “ni los muros del convento ni el lugar hacen santo a nadie si ése no atiende a la santidad con la imitación de los ejemplos y las enseñanzas del Hijo de Dios”[95]“me explico: es necesario procurar nuestra perfección no a nuestro modo, sino como gusta al Señor: el religioso como religioso, el seglar como seglar”[96].

A. Santidad en la vida sacerdotal

Al sacerdote D. José M. Ferrari, tras decirle que por falta de lugar no puede admitirlo como novicio de la Congregación añade: “ruego al dulce Jesús que lo haga santo en el estado en que está; lo que se realizará si usted corresponde, como quiero esperar, a la gracia”[97]. Idea similar escribe al P. Antonio de Santa Teresa, recién ordenado sacerdote: “recuerde, sin embargo, que ahora está obligado a mayor perfección y a ser verdadero imitador de Jesucristo; aprendiendo al celebrar cada día, las costumbres santísimas de Jesucristo, sobre todo la humildad de corazón, la obediencia perfecta, la mansedumbre, la paciencia y la caridad perfecta con Dios y con el prójimo”[98].

Este y otros temas de la espiritualidad sacerdotal según la doctrina de San Pablo de la Cruz son ampliamente estudiados en la tesis doctoral del P. J. Mead[99].

B. Santidad en la vida religiosa

Por lo que respecta a la vida religiosa y contemplativa, temas profundizados por E. Zoffoli[100], ésta es presentada por Pablo de la Cruz como una vida de mayor perfección[101]. Comienza esta vida con el noviciado, que es el momento en el que con su misericordia Dios comparte el alma del novicio: “es una de las mayores gracias que Dios concede después del Bautismo, por lo que conviene Caminar con la mira bien alta para hacer un suntuoso edificio de la perfección”[102].

La respuesta humana a esta gracia divina consiste en acostarse sobre la cruz y hacerse santo, “recopiar en uno mismo las santas virtudes religiosas que son los ornamentos que debe tener y procurarse una esposa del cielo”[103]. La persona consagrada “debe pensar en sí misma y hacerse santa y muy mortificada”[104] santidad que se consigue “confiando siempre en Dios y observando exactamente las correspondientes Reglas y Constituciones”[105].

C. Santidad en la vida seglar

La santidad en la vida seglar es una constante en el epistolario de Pablo de la Cruz (dirigido en su mayoría a seglares). En una carta a la señora Ana María dei Nobili Avvolta escribe: “según me da a entender la divina misericordia de Dios veo que el Señor quiere de usted una santa casada y espero que usted sabrá corresponder… Así lo ha permitido el Señor con otras casadas como usted, las cuales por el camino real de la Cruz se hicieron santas, y yo conozco algunas de ellas”[106].

Al concluir este tema se puede recoger ya una breve conclusión. Pablo de la Cruz sabe por experiencia personal y por los frutos que ve en las personas que dirige que “el camino real de la Cruz” es el camino por el cual se construye el edificio de la santidad. Este edificio lo construye Dios contando siempre con la colaboración, con la respuesta humana a la acción de la gracia.

La espiritualidad pasionista se presenta en este momento como un medio muy eficaz en esta tarea de construcción, pues según sus palabras: “la santidad más preciosa es la santidad secreta de la Cruz”[107].

IV. LA SANTIDAD EN LA VIDA SEGLAR

Se quiere ver en este nuevo tema cómo Pablo de la Cruz entiende y realiza su misión de llevar a las almas por el camino de la perfección y, en concreto, cómo la espiritualidad pasionista de configuración con Cristo Crucificado es el medio más adecuado para que esto se realice.

En el primer apartado se estudia la vocación seglar como una vocación a la santidad. En el segundo y tercero las virtudes propias de este estado, y la oración y los sacramentos como el lugar donde se aprenden. En el cuarto se abordan otros aspectos de la vida familiar no incluidos en los apartados anteriores.

1.- Vocación de los seglares a la santidad

En este punto de la espiritualidad y doctrina de Pablo de la Cruz respiran las enseñanzas de S. Francisco de Sales, santo al que Pablo admiró y leyó. San Francisco expresó en sus obras la idea de la santidad cristiana entendida como una vocación universal. Considera en La Filotea que es un error expulsar la vida devota de las tiendas y comercios, de los hogares, etc. y en sus opúsculos señala cómo todos están obligados a aspirar a la perfección de la vida cristiana mediante la conformación de nuestra voluntad con la de Dios[108].

A. Vivir como buenos seglares

Pablo de la Cruz, un siglo después de S. Francisco continúa defendiendo estos pensamientos sobre la universalidad de la vocación cristiana a la santidad, ideas que todavía estaban lejos de impregnar la realidad de la vida eclesial.

Frente a la tendencia dominante de restringir la santidad a la vida religiosa o sacerdotal Pablo se esfuerza en presentar la vida seglar como una vida de perfección. El seglar no debe buscar otra cosa que hacerse santo y esto debe hacerlo con la santidad correspondiente a su propio estado. “Usted hace bien en vivir una vida pía como buen seglar, ya que cada hombre está llamado a vivir santamente en su propio estado y el que tiene esposa, no debe desear vivir como un capuchino”[109].

Cuando Pablo recibe noticias de la señora Lucrecia Bastiani, que ha tomado la resolución de ser toda de Dios, se alegra y le recuerda que la respuesta a Dios debe darla en su estado, que es allí donde debe hacerse santa y donde se hará si no olvida los ejercicios de piedad y los trabajos propios de su estado[110].

B. Centrarse en la propia vocación

Caso particular es el de Cecilia Anguilara que deseaba pasar de la vida matrimonial a la religiosa. En un primer momento Pablo le pide paciencia y oración hasta ver si esa inquietud correspondía realmente a la voluntad de Dios. Después le responde: “le digo pues, que la voluntad de Dios se conoce bien claramente y que el Señor quiere que vivan como buenos esposos y no deben desear otro estado, pues si Dios lo quisiera les daría para ello muy viva luz”[111].

En otros casos el problema, permaneciendo el mismo, es enfocado de manera diversa. Es la falta de discreción de aquellos seglares que no valorando lo suficiente su vocación tratan de vivir como si fueran religiosos, olvidando que la santidad consiste en responder con generosidad a la acción divina, pero cada uno en su lugar. “Amadísimo señor Fossi, continúe usted su conducta, pero no se pase del límite. Dios quiere que lo sirva santamente como casado”[112]“usted querría llevar una vida de monje solitario, y Dios bendito quiere que usted haga una vida de un buen seglar casado”[113], escribe al mismo.

Idea semejante expresa a la Marquesa del Pozo: “no se disguste si ve que no puede llevar la vida de austeridad que llevaban los santos, vida de penitencia; viva según su estado con aquella prudencia y discreción que la infinita Bondad pondrá en su corazón; y luego no dude. Su estado no es para practicar grandes obras de penitencia”[114].

C. Discernimiento vocacional

El razonamiento de Pablo de la Cruz en este punto parte de una referencia bíblica: “en la casa de mi Padre, dice el dulce Jesús, hay muchas mansiones”[115]. Esta diferencia de mansiones es sinónimo de diferencia de vocaciones; todas con la misma dignidad pues tienen su origen en Dios. La confusión en este campo del discernimiento vocacional se debe, en opinión del santo, a que con frecuencia se procura “una perfección a nuestro modo, no al modo que gusta al Señor”[116]. Se trata de alcanzar la santidad de la Cruz, de “llevar la cruz que Dios quiere, no la que nosotros queremos[117].

Este problema de la santidad en el estado seglar se replanteaba al tratar los padres de orientar vocacionalmente a sus hijos. Era lógico que al no valorar la dignidad de la vocación seglar-matrimonial se orientara a los hijos hacia la vida conventual aun careciendo de vocación.

Dos son los principios que defiende Pablo y que ya se han indicado: la dignidad de la vida familiar de cara a una vida santa y la ruina de toda vocación forzada[118].

Para evitar daños irreparables en la elección de estado para un joven son necesarias la prudencia y la oración: “Respecto a la toma de estado de su hijo, suspéndala por algún tiempo hasta que su divina Majestad le dé mayor luz y le abra el camino que lo conducirá a una mayor ventaja espiritual y temporal”[119]. Lo mismo recomienda cuando de adultos de trata: “Le ruego que reflexione profunda, seria y prudentemente sobre sus fuerzas y salud… Piénseselo bien que todavía está a tiempo para pensarlo mucho; aconséjese de personas doctas y pías, para que una vez dado el paso, no tenga luego que arrepentirse… piénseselo mucho y no tentemos a Dios esperando milagros”[120].

Cuando todo parece indicar la existencia de una determinada vocación es él el primero en bendecirla: “yo no dejaré de rogar al Señor según la intención que usted desea, para que su divina Majestad le haga cumplir su santísima voluntad. Y si se siente inspirado para casarse, lo haga, pero viva en tal estado con fidelidad hacia Dios”[121].

El comportamiento de Pablo en el tema de la vocación se manifiesta estupendamente en esta carta escrita al padre del que luego sería San Vicente María Strambi:

“Sepa, pues, que yo nunca he creído, menos aún ni siquiera me pasó jamás por la mente ni mucho menos he puesto en mi lengua o en mi pluma, ese disparate que usted me atribuye; es decir, que para salvarse sea necesario vivir en nuestros retiros… antes bien, muchísimas veces he rehusado aceptar sujetos, incluso buenos, tan sólo porque me parecía que su vocación no era seguro que viniera de Dios.

“Hablando en concreto de su hijo… más bien lo hemos disuadido a causa de su débil constitución… de nuestras palabras habría tomado motivo para escoger cualquier otro Instituto más suave que el nuestro… Yo no he buscado nunca a su hijo; si espontáneamente quiere marcharse, yo no lo retengo; pero esperar que yo le mande que se marche, eso sí que no lo puedo hacer en conciencia. Si Dios no lo llama, se marchará por sí; pero si Dios lo llama ¿quién somos nosotros para contradecirlo?

“No quiero entrar yo a discutir si hacia allí mayor bien que el que hará aquí en Religión. Le diré solamente que Dios no tiene necesidad de hombres y que el mayor bien que quiere de cada uno es el cumplimiento de su santísima voluntad. Esto es lo que busca D. Vicente (su hijo) y yo no puedo impedírselo”[122].

El cumplimiento de la voluntad de Dios, cada uno en su estado es siempre el secreto de la santidad, voluntad de Dios que se manifiesta en los acontecimientos de la vida cotidiana y que no es ajena a la vida seglar.

2.- El ejercicio de las virtudes en la vida seglar

Las virtudes son las piedras basilares del edificio de la santidad y éstas se adquieren en la oración: “se dé al ejercicio de la santa oración mental, y medite particularmente la Pasión de Jesucristo y los Dolores de María Santísima… Ejercite las santas virtudes: humildad, obediencia y mortificación interna y externa, y se abandone en la Voluntad del Eterno Padre, que en esto consiste la verdadera perfección”[123].

Al señor Fossi le escribe: “La humildad de corazón, la caridad y mansedumbre con todos, la vigilancia de los asuntos familiares, la unión a la voluntad de Dios en toda ocasión, el sufrir con silencio de fe y en santo amor, son las virtudes que más ordinariamente debe practicar según su estado, pero para hacerlo bien conviene no dejar nunca la santa oración”[124].

Oración-virtudes es el binomio inseparable para conseguir la santidad. Este apartado se centra en el aspecto de las virtudes, en el enfoque que de las mismas hace Pablo de la Cruz de cara a la vida seglar de su tiempo.

A. La voluntad de Dios

La vida seglar en general, y la familiar-matrimonial en concreto, en todas sus múltiples circunstancias, deben ser vistas y vividas desde la total resignación a la voluntad de Dios, “considerando a la luz de la fe todos los trabajos interiores y exteriores como cosa buena, porque Dios los quiere y Dios no puede querer sino lo bueno”[125].

B. La humildad

“Hay que cooperar a la divina llamada atendiendo al ejercicio de las virtudes, en especial la humildad de corazón. Y esta ciencia altísima se aprende a los pies del Crucifijo en la santa oración”[126]. La importancia de esta virtud radica en que la verdadera humildad “es una cadena de oro que trae consigo todas las otras virtudes”[127], mientras que por el contrario “un granito de soberbia basta para arruinar una gran montaña de santidad”[128].

C. La obediencia

Pablo de la Cruz hace un canto a la obediencia cuando escribe a sus hermanos y hermanas les recuerda que ésta es una virtud celeste muy querida por Dios, de hecho “el verdadero obediente es el santo”. El ejemplo más evidente es Cristo: obediente hasta la muerte de Cruz. En la vida familiar la obediencia debe practicarse entre todos, pero especialmente con los padres, que como superiores ocupan el lugar de Dios[129].

D. El silencio, el saber callar, la mansedumbre

Son las virtudes características de la mortificación y de la ascesis. “Acepte con resignación las molestias que Dios le envía para que sea una casada perfecta. Aprovéchese, hija bendita, hágase santa, guarde silencio, ponga buena cara y no se lamente jamás”[130]. Estas virtudes tienen también su aspecto positivo: “gran punto de perfección es saber callar y el procurar que nuestras palabras sean dulces, caritativas, prudentes que produzcan edificación y paz en todos. Todo esto lo aprenderá en la meditación de la Pasión”[131].

E. La paz de corazón y la paz familiar

La paz familiar es el punto culminante de la vida doméstica. A ella se llega ejercitándose en las virtudes, sobre todo en el sufrir y callar llevando la cruz de cada día[132]. Para Pablo es necesario “olvidar y sepultar en las llagas santísimas de Jesús todo lo que pudiera haber sembrado el demonio, para impedir la paz familiar”[133]. Esta labor la deben realizar todos los de la familia y en el ámbito familiar: “quien quiere buscar la paz fuera de casa se encontrará allí con más cruces que las de la propia casa”[134].

F. La discreción en la penitencia

Penitencia y mortificación son elementos importantes en orden a una perfecta configuración con Cristo crucificado, pues se completa la Pasión de Cristo (Cf. Col 1,24; 2 Co 4,10). Estos son valores a tener presentes también en la vida seglar, pero siempre regulados por la virtud de la discreción: “viva según su estado con prudencia y discreción; y luego no dude. Su estado no es para practicar grandes obras de penitencia”[135]. En otro caso: “le recomiendo la discreción en las penitencias, coma y beba lo que necesite y duerma lo necesario, y se tenga alguna santa diversión para tomar aire fresco”[136]. E insistiendo en este último aspecto:

“Distraiga su ánimo con alguna diversión honesta, con el conveniente reposo, yendo a pasear y oyendo la predicación que le harán las flores, los árboles y las hierbas, el cielo y el sol, y todas las cosas; y ya verá que le hacen un sermón todo de amor, de alabanzas a Dios y de invitación a bendecir las grandezas de aquel soberano artífice que les dio el ser”[137].

Cuando falta la discreción es necesario ser tajante, porque el diablo está por medio: “con respecto a las penitencias, le digo basta: obre con discreción y téngame al corriente de todo”[138].

La razón profunda de esta actitud es que la penitencia no deja de ser un medio externo para configurarse al Crucificado y que en cuanto tal es inferior a la mortificación interna: “no se apene porque no pueda hacer penitencias, porque es más perfecta la mortificación interna que la externa, y Dios bendito ya se las ha dado a menudo, con la poca salud que siempre ha tenido; y éstas son las mejores”[139]. A otra dirigida contesta: “Yo no tengo instrumentos de penitencia a propósito para su estado; si los tuviera ya se los mandaría. Pero querría que sus instrumentos de penitencia fueran una gran humildad de corazón, una sujeción y obediencia exacta a sus mayores y hasta los inferiores de casa, incluida la misma criada”[140].

G. La enfermedad como momento privilegiado

Las contradicciones de la vida y sobre todo la enfermedad e indisposiciones son momentos privilegiados porque en ellos visita Dios a las personas. Las indisposiciones son las disciplinas que Dios envía y que mantienen crucificados con Cristo[141]. Son éstas las situaciones en las que se ponen a prueba todas las virtudes, pues se trata de aceptar y abrazar la cruz que Dios quiere y no la que nosotros buscamos[142]. Además de las virtudes señaladas, la enfermedad ofrece la posibilidad de practicar todo tipo de virtudes:

“¡Oh, qué hermosas virtudes se pueden practicar en la enfermedad!, sobre todo el amor al propio abatimiento, la gratitud y dulzura de corazón para quien nos sirve; una obediencia ciega al médico y al enfermero, siempre con cara alegre; estar sobre la cama como sobre la cruz del Salvador; recibir con gusto esos dolores, fiebres… que Dios manda; hablar poco en las visitas que se nos hacen, procurando mantener el recogimiento en Dios, con suma modestia. La enfermedad no impide la unión con Dios, antes la favorece”[143].

Estas son las virtudes que en el pensamiento de Pablo son características de la vida seglar, familiar-matrimonial. Estas ayudan a hacerse santos: “procure con la gracia de Jesucristo ser santo en el propio estado, lo cual requiere una gran virtud interna de humildad, paciencia y suma caridad, resignación al divino Beneplácito”[144]. Estas virtudes deben ser vividas en todo momento, teniendo siempre como modelo a Jesús en su Pasión y Muerte. Por esto, es la meditación el fundamento para mantenerse ferviente y perseverante en la virtud.

3.- La meditación de la Pasión

La oración en general y la meditación de la Pasión en particular, es el segundo elemento del binomio de la santidad, porque “en la oración se aprende la ciencia de los santos, que es el ejercicio de toda virtud”[145].

A. El medio más eficaz para hacerse santos

La Pasión de Jesús es ante todo el lugar donde se aprenden las virtudes. “Lleve Jesucristo siempre con usted en todas sus ocupaciones. Imite su santísima vida escondida; se mire en el espejo de su Pasión, que aprenderá las santas virtudes”[146]. De aquí se deduce que sea necesario meditarla continuamente: “Que su Divina Majestad le conceda la gracia de no dejar pasar ningún día sin meditar algún misterio de la Pasión santísima por espacio al menos de un cuarto de hora; porque con este medio yo le aseguro que conservará su alma limpia de pecado y rica de toda virtud; tanto más si acompaña esa meditación de una devota frecuencia de los santos sacramentos”[147].

Respecto a los sacramentos, hay que señalar que son presentados por lo general junto con la meditación de la Pasión, si bien por las circunstancias históricas esta doctrina está poco desarrollada. Consta que los hijos de la Pasión deben destacar por esta devoción; también que, Pablo se alegra al oír que se va a introducir la práctica de la comunión diaria[148].

Al recordar a los sacerdotes pasionistas que la meditación de la Pasión no es un privilegio de religiosos y eclesiásticos Pablo no se limita a enunciar una teoría sino que está presentando los frutos de su experiencia apostólica. Él mismo no cesa de recordar “que la devoción a la Pasión de Jesucristo es un medio eficacísimo para hacerse santos en el propio estado”[149]. A la señora Bárbara Vendetti le asegura que será más fuerte para llevar voluntariamente la cruz de las preocupaciones domésticas “si no deja nunca la santa oración y meditación con la devota frecuencia de los sacramentos”[150].

No se aborda en este apartado el estudio del método de oración usado por Pablo[151]. Él no sólo exhorta a los seglares a meditar sino que también les indica la manera práctica de hacerlo. Su punto de partida es tener presente que el Espíritu Santo es el maestro de oración y que es necesario orar como le place a Él[152]. Segundo, que “en la meditación no hay que tener prisa por pasar de un punto a otro, sino que hay que detenerse donde se note mayor devoción”[153].Y tercero, que el provecho de la oración no se mide por la dulzura interior sino por el ejercicio de las virtudes: “me crea que más méritos tiene la oración en estado de aridez, que si se disolviera en lágrimas, porque así ejercita más las santas virtudes, es decir, la fe, la esperanza y caridad; y tal oración es más grata a Dios, porque va despojada de toda consolación propia”[154].

B. Orar las veinticuatro horas del día

Por lo que a la oración se refiere y dado el lugar central que ocupa en el camino de la perfección no cabe distinción entre vida conventual y vida familiar. Cambiarán las formas y los tiempos, pero el objetivo es el mismo: el ejercicio de la oración debe ocupar todo el día:

“Que en esa buena familia quede bien arraigada esta devoción y que no pase día sin que se medite alguno de sus misterios, al menos un cuarto de hora, y que ese misterio lo lleven todo el día en el oratorio interior de su corazón y que a menudo, en medio de sus ocupaciones, con una mirada intelectual, vean en ese oratorio interior al dulce Jesús a través del misterio meditado y que así vaya discurriendo el día”[155].

Corroboran estas ideas algunas de las declaraciones de los procesos apostólicos de Roma:

“Me decía que el ejercicio de la oración no debe restringirse a ningún espacio de tiempo, sino que debemos orar veinticuatro horas al día, queriendo decir con esto que todas nuestras operaciones deben dirigirse a Dios y no debemos perder nunca de vista su divina presencia; levantando a. menudo la mente a Dios se adquiere el hábito de hacerlo siempre, y en tal manera se puede decir que se hace oración durante las veinticuatro horas del día”[156].

 

C. Meditación de la Pasión en común

La oración en el ámbito familiar no conoce límites de edad ni de ocupaciones. El punto culminante de la meditación es que ésta se haga en común y entre todos los miembros de la familia, asegurándose así que el Señor bendiga el hogar en lo espiritual y en lo temporal, y el que todos se hagan santos[157]“Procure que se continúe la santa meditación de la Pasión; quisiera que la hicieran todos juntos… si lo hacen así, me crea que recibirán de Dios abundantes bendiciones”[158].

4.- Diversos aspectos de la vida familiar

Además de los ya mencionados hay todavía numerosos puntos que pueden ser tenidos en cuenta. Algunos de ellos, aunque brevemente, se presentan en este último apartado.

A. Maternidad, educación y formación de los hijos

Los hijos constituían un elemento imprescindible de la vida familiar en el momento histórico en que vivió Pablo de la Cruz. La maternidad es considerada por éste como una gracia, como un honor que Dios concede a quien es capaz de aceptar las incomodidades y sufrimientos que ésa conlleva. Es al mismo tiempo un instrumento de grandes virtudes y gracias sobrenaturales[159].

Al don de la maternidad debe corresponder el empeño de los padres en la educación de los hijos. Este es el trabajo propio de la vida familiar: atender a la educación de los hijos con empeño y diligencia[160]. El hogar es visto como un pequeño monasterio en el que la Virgen María es la abadesa y la madre de familia su vicaria[161] como tal vicaria es responsable de todo y debe suplir aquello en lo que falta o no llega el marido[162].

De cara a la formación de los hijos, la principal dimensión a tener presente es la espiritual, y dentro de esta, el eje por el que debe caminar toda la formación es la meditación; meditación que debe ser practicada diariamente, independientemente de la edad, incluso cuando “se estuviera en ella más duros que la piedra”[163]. Una visión global de los elementos integrantes de la formación espiritual nos la da este texto:

“Debe tener gran premura en la santa educación de los hijos. Por lo tanto a usted toca enseñarles la oración, la doctrina cristiana, según su edad, hacerlos besar a menudo las llagas santísimas de Jesús, esto es, los misterios, etc. Narrarles la vida de los santos e introducirles una devoción muy grande a María Santísima; haciéndolo así los educará santos”[164].

La respuesta del hijo que ha recibido semejante educación debe ser la que corresponde a un verdadero cristiano. En la vida familiar, respeto a Dios y a su ley, respeto y reverencia a los padres y amor mutuo; en la vida personal, frecuencia de los sacramentos con la debida preparación, oración y misa diarias, mortificación, huir de las malas compañías y buscarse las recreaciones adecuadas[165].

B. La experiencia de la muerte en la vida familiar

La muerte de un miembro de la familia pese al dolor que se siente debe ser vivida desde la fe. Es un momento de fe, lo cual implica una doble actitud: alegría y acción de gracias. Es motivo de alegría y de consuelo porque los difuntos “gozan de los frutos de las virtudes que practicaron por los méritos de la Pasión”[166] e interceden por los vivos desde el Paraíso. En segundo lugar implica una respuesta de acción de gracias a Dios que, con su visita permite una mejor configuración con Cristo Crucificado a los familiares que viven este momento doloroso.

Un caso particular es la muerte de uno de Los esposos. Esta es una oportunidad para consagrarse al servicio de la familia y para vivir la viudez como una entrega total y definitiva a Dios[167].

C. Los problemas familiares

El principio general que debe regir en estos casos es que se deben poner en juego todos los medios y recursos humanos que estén al alcance; consultar a las personas entendidas según el tipo de problemas, etc. No se pueden esperar acontecimientos milagrosos a cada rato[168].

Un problema concreto presente varias veces en el epistolario del santo es la casi ruptura matrimonial. En esta como en cualquier otra situación de sufrimiento hay que agradecer siempre el poder seguir en toda ocasión el camino de la Cruz: “No puede ni debe separarse de su marido, sino hacer un buen uso de la Cruz, sufriendo con paciencia por amor de Dios y con resignación a su divina Voluntad, demostrando que ama a Dios no con solas palabras sino con hechos… Imite, por tanto a las santas Margaritas, Isabeles, Mónicas… las cuales consiguieron ganar para Dios a sus maridos”[169].

D. El ejemplo de los santos

El recurso a los santos en el caso anterior no es algo aislado sino una práctica constante en Pablo. Su ejemplo es un estimulo en el camino de la perfección: nadie puede decir “no se puede”, porque los santos demuestran lo contrario.

Pablo de la Cruz encuentra un modelo para cada situación: S. Eustaquio, ejemplo de paciencia para los hombres casados o viudos y con hijos; Sta. Isabel y Sta. Margarita que pese a las dificultades permanecieron unidas a sus maridos y los convirtieron; señoritas Liudina y Lucrecia, santificadas ambas tras larguísima enfermedad; S. Felipe Neri, educador de los jóvenes; Beata Clara de Montefalco, que no sucumbió a la aridez en la oración; Sta. Isabel, reina, despreciada en su viudez, etc.[170].

A través de los temas tratados se ha visto que san Pablo de la Cruz entiende y vive su experiencia personal como un servicio a las almas, una ayuda para que éstas lleguen a la íntima unión con Dios, para que recorran el camino de la perfección. “Yo me parezco a la candela que da luz a los demás consumiéndose ella. Predico, doy misiones, confieso, dirijo almas de gran perfección, que confieren conmigo las cosas de su espíritu… y yo me encuentro imperfectísimo… Esto me da mucho miedo; pero la Pasión de Jesucristo me da aliento para seguir adelante”[171].

Son éstas las palabras de Pablo que mejor cuadran en la conclusión de este primer capítulo. A lo largo de los temas se ha tratado de presentar la figura de Pablo, su experiencia personal y la de la Congregación Pasionista como una vida al servicio de todos aquellos que están dispuestos a avanzar por el camino de la perfección, camino de la Cruz.

Esta labor de servicio por el apostolado concreto se dirige de manera especial a los seglares: ellos están llamados a ser santos en su estado y lo serán ciertamente si se sirven, entre los diversos medios posibles, de la espiritualidad pasionista.

Se establece así un diálogo, una comunicación intensa entre la Congregación y el mundo seglar que da origen a una gran familia pasionista. Congregación religiosa y familia humana íntimamente unidas en el intercambio de experiencias, de inquietudes y de oraciones; miembros todos de la Iglesia universal.

CAPÍTULO SEGUNDO

CONSTRUIR UN HOGAR CRISTIANO: FAMILIA FOSSI-PAVOLINI

Con un ejemplo concreto, la relación de Pablo de la Cruz con la familia Fossi-Pavolini, se presenta en este capítulo el modo como Pablo ayuda a los seglares a profundizar el misterio cristiano y a vivirlo en su realidad familiar por medio de la memoria de la Pasión de Jesús.

Tras una presentación breve de esta familia se estudian los elementos más destacables de cara a la santidad: la vida teologal, el cumplimiento de las obligaciones propias de la vida familiar y una referencia al apostolado[172].

I. TOMAS FOSSI Y LA VIDA SEGLAR

Tras ofrecer algunos datos biográficos de la familia Fossi-Pavolini se pasa a continuación a recoger el pensamiento de Pablo de la Cruz sobre la vida seglar.

1.- Reseña biográfica[173]

El señor Tomás Fossi nació en Poggio (Isla de Elba) en el seno de una de las más nobles y distinguidas familias del lugar, el 29 de Diciembre de 1711, y contrajo matrimonio con Vitoria Pavolini 22 años después. Fruto del matrimonio fueron ocho hijos, tres de los cuales, Miguel, Teresa y Paulino, junto con sus padres, mantuvieron relación epistolar con Pablo de la Cruz[174].

Tomás Fossi conoció a Pablo de la Cruz en una misión en la Isla de Elba en Julio de 1735[175] y desde este momento comenzó el intercambio de correspondencia hasta poco antes de la muerte del santo[176]. Por medio de estas cartas Tomás Fossi comunica la marcha de la casa, de los hijos, de los asuntos económicos y sobre todo, el desarrollo de su vida intima, su camino espiritual. Pablo le responde orientándolo a él y a su familia en este caminar hacia Dios al tiempo que le comunica preciosos detalles sobre el desarrollo de la Congregación, problemas de las fundaciones, etc., de manera que ambos se funden en una oración común por las necesidades compartidas.

Destacó el señor Fossi por un gran deseo de alcanzar la perfección, si bien la confusión de ideas y su temperamento lo llevaban con frecuencia a situaciones extremas y desequilibradas en su exceso de fervor, en las prácticas de piedad y penitencia, en la relación conyugal y en la educación de los hijos. Pablo de la Cruz, experto conocedor de las almas puso en juego toda su capacidad, talento y prudencia para conservarle en el justo medio en que está la virtud y llevar a buen término la vida espiritual de esta familia, de manera que siguiendo a Jesús Crucificado aprendieran el camino del Paraíso[177].

Muerta su mujer en 1767, libre ya de todo vínculo y orientado por Pablo de la Cruz comenzó a prepararse para el sacerdocio. Al año siguiente ingresó como oblato en la Congregación Pasionista y tras su ordenación sacerdotal hizo la profesión religiosa. En estos últimos años de su vida destacó por su ejemplaridad y sus extraordinarios dones de oración. Murió el 27 de Marzo de 1785, diez años más tarde que su santo director, tras diez y seis de permanencia en la Congregación[178].

2.- Fidelidad a la vocación

El deseo de Tomás Fossi de ser todo de Dios y caminar hacia la santidad hizo que su vida fuera siempre acechada por dos tentaciones: separarse de su esposa para hacerse religioso o vivir el matrimonio con voto de continencia. De ambas tuvo que disuadirlo Pablo de la Cruz: “Usted sirva a Dios según su estado, que si Dios quisiera que vaya al monasterio le dará luces altísimas que no podrá resistir y yo no quiero que usted haga ningún voto, ¿me entiende? no, ¡no quiero!”[179].

La insistencia del dirigido en estas ideas dio ocasión al director para profundizar en la vocación seglar-matrimonial y en sus exigencias. Ante todo es una vocación a la santidad: las obligaciones familiares y los asuntos temporales no son un obstáculo para la santidad, al contrario responden a la voluntad de Dios y a su gloria hay que dirigirlos[180]“Si usted es fiel en perseverar en los ejercicios iniciados según su estado, fundadamente puedo creer que su Divina Majestad lo hará llegar a la santa perfección”[181].

El deseo de ser fiel a la vocación recibida de Dios se manifiesta empeñándose en agradar a Dios y cumplir su voluntad[182], atendiendo a los asuntos familiares y negocios domésticos “a los que en conciencia se está obligado por el bien de la familia”[183], y dejando cualquier otro tipo de prácticas que no correspondan con las exigencias de la vida seglar[184].

Concluye Pablo de la Cruz diciéndole: “Usted debe desear y rogar para ser un santo, pero no debe desear ser un santo solitario, porque esto es inútil”[185]. La razón la hemos visto ya: la santidad no está en los muros del monasterio sino en el vivir las virtudes adquiridas en la meditación de la Pasión.

II. VIDA TEOLOGAL

La vida teologal sintetiza la experiencia cristiana, existencia que es un caminar hacia la santidad, hacia la unión con Dios. Pablo insiste ante la familia Fossi-Pavolini sobre los diversos aspectos de esta vida teologal, sea tomada en su conjunto o en los matices propios de cada virtud.

1.- Lámparas de la vida cristiana

Las virtudes teologales son las piedras maestras del edificio de la santidad y gracias a ellas se puede construir y mantener este edificio. Junto a la imagen del edificio, Pablo de la Cruz, recordando al apóstol san Pablo recurre también a la imagen del templo: “Recuerde a menudo que nuestra alma es el templo de Dios vivo, tenga este hermoso templo adornado de virtudes, pues ocasión no le falta, y tenga encendidas en ese gran templo las lámparas de la fe, la esperanza y la caridad”[186].

Estas lámparas que son las virtudes están en intima relación con la vida de oración, vida en la que “hay que ejercitarse operando con la suprema porción del espíritu, que es el verdadero santuario del alma, donde ejercen sus principales funciones la fe, la esperanza y la caridad”[187]. Sabido es que el punto central de la doctrina del santo es la meditación de la Pasión de Jesucristo. Esta es recomendada que se realice en momentos fijos de la jornada dependiendo su duración de las obligaciones y circunstancias personales. Sin embargo el ideal es siempre la oración continua; el prolongar a lo largo del día el fruto de la meditación. Este trabajo se realiza sin ningún esfuerzo por medio de las virtudes teologales:

“La media hora de oración, mañana y tarde, basta; para que pueda atender a las obligaciones de su estado. Verdad es que conviene tenerla permanentemente, por medio de un santo recogimiento interior; por lo que le ruego que viva en pura fe y santo amor, retirado en lo más secreto del gabinete de su espíritu… Y cuando las ocupaciones parece que amenazan quitarnos la dulce vista del Supremo Bien, excitarse con suaves y breves aspiraciones, pero penetrantes, teniendo el sagrado fuego del divino amor siempre encendido sobre el altar del corazón, y poniendo encima el haz sacrosanto de la aromática leña, que son los misterios de la santa vida, Pasión y Muerte de Jesucristo. Todo este trabajo se hace en un momento, con fe y santo amor, sin grandes reflexiones ni largos discursos”[188].

La fe y el amor enseñan a estar ante Dios en paz. Se está en paz cuando se conoce, acepta y cumple la voluntad de Dios, cuando se aceptan las tribulaciones, problemas y arideces, no con simple resignación sino con la sencillez de quien sabe que se trata de la voluntad divina, revelación que es acogida desde la fe. Por esto recomienda al señor Fossi: “tome la voluntad divina como esposa y despósese con ella a cada momento con el anillo de la fe, en que están engarzadas todas las otras perlas de la esperanza y la caridad”[189].

La experiencia teologal es para ser vivida más que para ser contada. Las palabras no sirven para expresar las experiencias y por eso se recurre a las imágenes. Detrás de ellas está la expresión de júbilo, el canto agradecido de quien es consciente de encontrarse entre los brazos divinos, alimentándose de la caridad de Dios que lo hace crecer en fe, esperanza y santo amor. Lecciones todas estas que Jesús enseña en la escuela de su Pasión cuando ésta es meditada con fe y caridad[190].

2.- La fe

La fe es la actitud que hace que el hombre se vuelva hacia Dios, se fíe exclusivamente de Él, sin apoyarse en verdades o acontecimientos; es un fiarse plena y totalmente de Dios aunque la realidad parezca oponerse a semejante actitud. A Pablo de la Cruz le gustaba utilizar la expresión “estar en pura fe”, indicando que esta actitud es indispensable para hacer el gran viaje de la perfección[191].

Tener fe es aceptar el plan salvífico de Dios tal y como se revela en los múltiples acontecimientos y situaciones de la vida. Es un amén incondicional a la voluntad de Dios:

“Los trabajos de espíritu y de cuerpo que sufre, y cualquier otra tempestad que se levante, tanto por parte de los hombres como de los demonios, amén de todas las desolaciones, abandonos, angustias de espíritu, tinieblas y penas que provienen de todo género de tentaciones, usted debe recibirlo todo por medio del dulcísimo Corazón de Jesús. Note bien lo que quiero decir: que toda pena y todo evento debe verlos con ojos de viva fe, como de beneplácito divino… más aún, desposándose en fe y santo amor con la sobredulcísima y adorabilísima voluntad del altísimo”[192].

Pablo de la Cruz no cesará de repetirles que caminar en viva fe es el camino seguro, que sufrir con silencio de fe es virtud a practicar en su estado. Va más allá todavía al indicarles que el don de fe viva los llevará a una alta unión de caridad con Dios y que la prueba clara de que el Señor quiere hacerles este don es la gran tentación de fe que padecen[193].

El reverso de la fe plena en Dios es la total desconfianza en uno mismo. Abrirse a la voluntad de Dios, fiarse de Él, supone el huir del mayor de los engaños, que es, el fiarse de las propias fuerzas. Esto supone el conocimiento de la propia “nada” y desde este conocimiento situarse ante Dios que es el “todo”[194]“Usted, desconfiando de sí mismo, y abismado en su propia nada, abrácese estrechamente con fe y amor a este dulce Jesús, y así estará donde esté Él”[195].

3.- La esperanza

La esperanza es presentada íntimamente unida a la fe, como un aspecto especial de la misma: la inquebrantable confianza en el amor y en la providencia de Dios.

Como se ha indicado, Tomás Fossi vive una situación de tensión continua entre su deseo de ser todo de Dios y la duda de que esto lo pueda conseguir en su vida matrimonial. En este punto, el santo le insiste para que tenga fe y esperanza: Dios quiere que sea santo en ese estado, en consecuencia, es necesario abandonarse a la voluntad de Dios, confiar plenamente en que Dios hará que así se cumpla[196].

El sufrimiento, las amarguras y la tensión misma que vive son manifestaciones de la voluntad de Dios. Teniendo señales tan claras del santo amor de Dios que lo visita, su respuesta debe ser el “tener una más filial confianza en Dios”[197].

Muchas veces estas contradicciones y problemas serán inexplicables, pero no es ésta cosa que importe demasiado. Lo fundamental es saber que Dios lo ama y que estas situaciones provienen de su mano amorosa. Hay que abandonarse en estas manos “como niño descansando en el seno del divino Padre, revestido enteramente de las penas de Jesús”[198].

4.- La caridad

Para Pablo de la Cruz hablar de la caridad, del amor de Dios, es hablar de la Pasión. La Pasión “es obra de infinito amor”; hay una intercomunicación maravillosa entre Pasión y amor, de ahí que utilice la imagen del mar como la más adecuada para expresar esta experiencia[199]. Esta estrecha conexión entre amor y Pasión lo lleva a considerar la caridad como la reina de las virtudes.

El amor está a su vez relacionado con la fe y la esperanza-confianza en Dios. La fe es la guía segura del amor[200] y por su parte, la confianza en Dios es fruto del amor: el alma se abandona en el mar del divino amor como un niño se abandona amorosamente en los brazos de su madre[201].

El amor ocupa un lugar muy importante en la meditación de la Pasión, pues es meditar en la gran obra del amor de Dios. Lo primero que deben saber en el hogar familiar es que el amor es el criterio para conocer la verdad o falsedad de la oración: “la oración que inflama de amor, la estimula a la virtud y al sufrimiento no es nunca engañosa”[202]. La oración verdadera inflama al alma de amor, la lleva a estar en santo reposo, humilde y amoroso, en la presencia de Dios. Esta atención amorosa a la divina presencia les permitirá permanecer interiormente recogidos y hacer oración continua durante la jornada[203].

Este recogimiento interior del alma amante que tiene el corazón vuelto hacia el cielo no debe ser aprovechado para desentenderse de las tareas cotidianas sino que debe ayudar a ver con ojos de fe todos los trabajos, como venidos de la mano amorosa de Dios[204]“Tal recogimiento no le mermará la atención debida a sus asuntos domésticos, sino que lo hará trabajar con mayor diligencia y perfección, porque todas sus obras serán perfumadas con el bálsamo del santo Amor”[205].

III. CUMPLIR LAS OBLIGACIONES PROPIAS DE LA VIDA FAMILIAR

Es éste el segundo eje por el que debe caminar la vida hogareña si se quiere responder con fidelidad a la vocación recibida de Dios. Como padre de familia que es, el señor Fossi debe “procurar conservar la paz con quien Dios le ha dado por compañera, y ser exacto en el educar a los hijos en el santo temor de Dios. De esto no tenga duda, porque es su principal obligación”[206].

1.- La relación matrimonial

Puede decirse que por exceso de buena voluntad y por un desmesurado deseo de perfección la vida de esta familia no fue todo lo pacífica que cabra esperar. En el fondo, como se ha señalado ya, estaba la mentalidad propia del tiempo sobre la inferioridad de la vida matrimonial frente a la vida religiosa o sacerdotal.

La mayoría de las cartas del santo hacen referencia a este problema; éste se agravó cuando tras unos años de matrimonio y con la muerte prematura de los primeros hijos la pareja se vio como en el momento en que se casaron y tal vez dispuestos a separarse y retirarse ambos a un convento[207].

No era éste un asunto en el que Pablo quisiera intervenir, ya que los asuntos matrimoniales, toma de estado y negocios económicos eran temas en los que las Reglas de la Congregación recomendaban no entrar, salvo con la oración; por otro lado la distancia existente y la necesidad de hacerlo por carta no le parecía conveniente. Por estas razones les insistía para que acogieran las luces que en estos asuntos les daría Dios en la oración y al mismo tiempo se orientaran con buenos confesores, “doctos y santos”[208].

La insistencia de Tomás Fossi obligó a Pablo de la Cruz a intervenir, desechando en primer lugar toda posibilidad de separación matrimonial, porque el casado debe hacerse santo permaneciendo tal. Tras esto, sus orientaciones se dirigirán a establecer y mantener la paz entre los esposos[209] paz que no puede conseguirse sin un recto uso del matrimonio: “Con su esposa debe proceder con las reglas del matrimonio y mostrarle la caridad y afecto que conviene…, y no sentir escrúpulos por las cosas honestas y que santamente se pueden hacer”[210]“Se guarde de darle ni siquiera sombras de tentación de celos a su buena esposa…, muéstrele todo santo afecto conyugal, desengáñela, con palabras y obras; de tal manera conservará perpetua paz y caridad”[211].

Frenado en su deseo de separación matrimonial, inició el señor Fossi un segundo tentativo: hacer un voto de continencia perpetua. La respuesta de Pablo de la Cruz no fue menos enérgica que en el caso anterior:

“Ya sabe que acerca de la continencia conyugal yo he sido siempre fuerte, en especial por los motivos que usted me ha expuesto por escrito y de viva voz. Uno y otro deben conservar una santa libertad conyugal… Así se conserva mejor la santa caridad y se cierra el paso al demonio para muchas tentaciones… ¿No ve y toca con la mano lo errónea que sería una tal resolución?”[212].

Aunque en este caso concreto el santo desautorice la continencia perpetua esto no es obstáculo para que reconozca el valor de la misma; tanto en su dimensión negativa de renuncia y mortificación como en la positiva de ofrecimiento de un bien a Dios. Conociendo a los señores Fossi y sus posibilidades los autoriza a que la vivan temporalmente, con motivo de algunas novenas, solemnidades, etc., para mejor atender a la oración. Insistiéndoles siempre en que no hagan ningún voto y en que conserven su libertad[213]“Sigan el consejo de san Pablo, de contenerse temporalmente, por mutuo consenso, para mejor atender a la oración… El deber del santo matrimonio pedido y ofrecido de modo justo y con la santa intención debida, no impide que ustedes sean santos en su estado”[214].

Hay que destacar la claridad de ideas por parte de Pablo de la Cruz en el tema de las relaciones matrimoniales y la delicadeza con que las expone. Por su parte el señor Fossi permanecía confuso con sus ideas. Esto hace exclamar al historiador: “En el fondo fue siempre un ‘beato’mientras que Pablo hubiera querido hacer de él un ‘santo’”[215].

2.- La educación de los hijos

Pablo de la Cruz considera la educación de los hijos, extendida ésta incluso al personal de servicio en la casa, como un apostolado; como el principal apostolado de la persona casada: “Dios le ha adosado el dulce yugo del matrimonio, y por consiguiente le ha dado hijos, que es toda su misericordia: a ellos debe acudir, asistir, vigilar… ¡ésta es su peregrinación, su misión, su apostolado, y, de cuánto mérito!”[216].

La educación de los hijos abarca la doble vertiente de lo espiritual y de lo moral. En ambos casos se deben tener presentes lo que se podrían llamar “principios pedagógicos básicos”.

A. Prudencia, progresión y discreción

El primero y principal de estos principios es el de la progresión: tener presente que hay un tiempo para cada cosa y que no es nada prudente el pretender saltarse las etapas, “sobre todo, dé la leche de una santa educación a sus buenos hijos; en esa edad no se puede sacar mucho, en especial en lo tocante a la santa oración”[217].También en otra ocasión refiriéndose a la educación les escribe: “hágalo con espíritu de discreción y se acomode a la edad pueril”[218]; “adáptese a su tierna edad, hábleles de Dios con suavidad y dulzura, con modales muy suaves, que sacará mucho y serán santos”[219].

La discreción fue otra de las virtudes inculcadas insistentemente al señor Fossi, que riguroso y extremista consigo mismo, corría el riesgo de serlo también con los hijos dificultándoles así su normal desarrollo. Gran parte de la relación epistolar se refiere a ello, aconsejándole siempre que sea “discreto, dulce, no pretenda un excesivo rigor con los hijos, sino que deje lugar a la acción de la gracia”[220].

B. La formación espiritual

En el ambiente en que se sitúa el trabajo, toda la formación descansa y se desarrolla a partir del elemento espiritual. Ante todo “procure la buena educación de su familia, la instruya bien en los dogmas de fe y en el modo de meditar la Pasión de Jesucristo y de recibir devotamente los santos sacramentos”[221].

La responsabilidad de esta educación recae directamente en el padre, que como si fuera un director espiritual debe escuchar en conferencias a los hijos[222] y también es conveniente que mantenga este diálogo íntimo con la esposa. A ésta, como madre que es, tampoco le faltarán por parte de Dios las luces necesarias para educar a los hijos[223], si bien su labor educativa se refiera más a las hijas y sobre todo en su aspecto moral.

Para Pablo de la Cruz toda la formación espiritual debe girar en torno a la meditación de la Pasión. En este campo la discreción es fundamental, tanto como la capacidad de enseñar las cosas situándose al nivel de los hijos. Sólo de esta manera podrán entenderla y practicarla. “En cuanto a la oración mental para sus hijos e hijas, hace bien en andar con discreción, para que no se aburran, que son pequeños todavía”[224].

“Procure con toda diligencia educarlos, dándoles la santa leche de la piedad, encaminándolos, según su capacidad, por el camino de la perfección e inculcándoles, una tierna devoción a la Pasión santísima de Jesucristo y a la Virgen de los Dolores… Les enseñe a meditar la Pasión de Jesús con modos fáciles y sencillos; comience por un cuarto de hora por la mañana y otro por la tarde, para que no les cause hastío y se vayan poco a poco acostumbrando a este divino ejercicio y se enamoren de Jesucristo”[225].

Y el mejor camino para aprender a meditar, es hacerla en común. El señor Fossi, avanzado ya en la vida espiritual bajo la dirección de Pablo de la Cruz, era el encargado de reunir a toda la familia y al personal de servicio para meditar en común, tanto a la mañana como al atardecer, la Pasión de Jesús[226]. Esta meditación continuada día tras día aseguraba la bendición de Dios sobre el hogar y el progreso de todos como verdaderos siervos de Dios[227].

En éste como en otros asuntos la indiscreción del señor Fossi puso a prueba nuevamente la paciencia de su director. Poseyendo aquél el don de oración de recogimiento o quietud, quería que sus hijos se acostumbraran a este tipo de oración. Pablo de la Cruz le hace ver el peligro que encierra esto de cara a la madurez espiritual, pues sería “pretender hacerlos volar sin alas, lo mismo que edificar sobre arena; llévelos por la oración ordinaria, a base de virtudes sólidas, que la oración infusa, de la que son parte los reposos amorosos, se la enseñará Dios”[228]. Insistiendo en lo mismo, en carta posterior le recuerda: “Reflexione sobre los avisos que le tengo dados, esto es, sobre el no pretender en sus hijos una santidad, por decir así, repentina”[229].

C. La formación moral

“El espíritu de piedad no debía adormecer el sentido del deber: el verdadero amor de Dios implica el temor de ofenderle… La santidad no abstrae sino que comprende la más alta formación moral… Pablo rechaza siempre y con horror cualquier nombra de quietismo”[230].

En efecto, la meditación asidua de la Pasión de Jesucristo lleva al pecador a convertirse, y al convertido a permanecer alejado del pecado. Pablo, interesado constantemente por la marcha espiritual de los que quería fueran llamados sus hijos en Jesucristo[231], no sólo no olvida la formación moral de los mismos sino que vuelve frecuentemente sobre ella recordando la responsabilidad de los padres.

Les recuerda los peligros del mundo “que está metido en el mal, en la malicia”[232]; el valor de la virginidad “que es una gran joya, y que hay que guardarla con gran celosía”[233]; el riesgo de la vanidad femenina representada, sobre todo, por la moda en el vestir[234]; las diversiones, las compañías adecuadas, etc.

“Que las hijas empleen el tiempo en las labores de casa, y vivan retiradas, aunque con discreción, pues deben tener su tiempo para el paseo y la diversión, cosa que ha de correr a cargo de la madre. Y si son chicos, debe hacerlos estudiar o darles otros empleos según su estado, no consintiendo que anden vagando con gente desocupada; y en esto debe poner la máxima atención; debe también llevarlos consigo o confiarlos a algún hombre de Dios, para que los entretenga con alguna diversión honesta”[235].

El buen éxito de la formación moral viene asegurado con la adecuada corrección. La formación es un proceso, un camino que pone en juego la paciencia del formador que quiere ver con rapidez los frutos de su labor. “Procure que su casa sea un santuario, sea dulce y caritativo al corregir a las hijas mayores… Las correcciones se deben hacer en su tiempo y lugar, dulces y breves, y sin ser inoportuno”[236]. En otra ocasión reprueba al señor Fossi el haber corregido con dureza a su hijo Miguel y le recuerda nuevamente que “cada cosa con medida, peso y número”[237].

Dentro del campo de la formación moral merecería un estudio aparte el tema de la vocación o elección de estado del cual se ha vista ya algo en el primer capítulo. Baste recordar tan sólo que la actitud de Pablo es de no interferir en estos asuntos si no es con la oración y algún consejo genérico. Cada uno debe elegir el estado al que Dios lo llama, y esta elección debe hacerse con plena y absoluta libertad por parte de la persona afectada[238].

D. Todo al servicio de la educación y futuro de los hijos

Siendo los hijos la bendición con que Dios visita un hogar, toda la actividad que se desarrolle en el ámbito familiar debe orientarse a su educación y futuro. Recibidos como don de Dios no pueden quedar luego desatendidos. Dos oportunidades en concreto son aprovechadas por Pablo para recordar estas obligaciones: las obras de misericordia y las peregrinaciones. . .

Si en algo destacó el señor Fossi fue en su gran generosidad; generosidad sin límites con sus prójimos más necesitados y con la naciente Congregación Pasionista. Tanto se prodigaba con sus donativos que Pablo de la Cruz se vio obligado a llamarle la atención. Las obras de caridad son dignas de alabanza, pero anteriores a éstas son las de justicia: atender a la familia y pagar las deudas que pudieran existir. En consecuencia, “usted debe hacer limosnas con discreción, a causa de sus hijos”[239].

El otro tema es el de las peregrinaciones. Movido por las costumbres de la época y por un fuerte deseo personal, el señor Fossi manifestó repetidas veces a su director el deseo de peregrinar a la santa casa de Loreto, a Roma y a otros santuarios famosos.

La respuesta que recibió desde el primer momento fue clara y rotunda: “quien mucho peregrina, nadarse santifica”[240]. Las razones que el santo presenta son dos: primero, que semejantes desplazamientos desde la Isla de Elba suponen exponerse a riesgos innecesarios; y segunda y más importante que, la verdadera peregrinación que debe hacer es atender a la familia que Dios le ha dado. “¿Quienes quedan en casa a cargo de los hijos y de los demás asuntos?”[241]le pregunta Pablo. “Créame que agradará más María Santísima, si se queda atendiendo a su piadosísima familia que no yendo en peregrinación donde quiera que sea”[242].

IV. APOSTOLADO

La educación de los hijos es también el primer y principal apostolado y a él se subordina cualquier otra actividad apostólica, ya sea de tipo caritativo, ya sean peregrinaciones. Por eso insiste Pablo de la Cruz para que “predique con el buen ejemplo y con llevar una vida devota como óptimo esposado”[243].

Un segundo grupo de destinatarios de la acción apostólica son las personas que están al servicio de la casa, a los cuales además de admitirlos a la oración en común debe “hablarles con palabras breves, fáciles y proporcionadas a su condición, animándolos a servir al Señor y a amarlo de todo corazón”[244].

Y así, como si de círculos concéntricos se tratara, el apostolado se abre hasta llegarse a lo que Pablo de la Cruz consideraba el radio máximo[245].

“Sobre ir a San Defendente, ya le he dado autorización para tener un poco de catecismo, leyendo antes, sin embargo, muy bien la doctrina cristiana; y luego si quiere, sobre el catecismo, diga alguna cosa tocante al modo de vivir bien, pero dígala brevemente, con términos sencillos y en pocas palabras.

Si quiere enseñarles a meditar algo sobre la Pasión, tenga un libro en la mano y no se aparte de su lectura, excepción de algún afecto de más, de algunos actos de dolor, propósito y ejercicio de virtudes, etc., según el estado de quien medita…; anímelos con breves palabras a este santo ejercicio, a caminar en la presencia de Dios y, sobre todo, a atender a las obligaciones del propio estado.

Esto hágalo solamente los días de fiesta y cuando hayan acabado las funciones de la Iglesia. Todo debe hacerse de una manera sencilla; poniéndose al nivel de aquellos con quien se habla, como si estuvieran conversando, haciendo corro con ellos, sin ponerse ni más alto ni más bajo, pero sí en último lugar, etc.[246]

Posiblemente sea éste el punto culminante de la construcción de este hogar cristiano. Todo se inició al encontrar los recién casados señores Fossi-Pavolini a Pablo de la Cruz en una misión popular en la Isla de Elba. Desde entonces, año tras año, pacientemente con su apostolado el santo director va transformando a esta familia, ayudando a todos sus miembros a vivir profundamente el misterio cristiano.

La meditación de la Pasión diariamente es el centro donde todos y cada uno de los miembros de la casa contemplan el gran misterio de Amor, alimentan y enriquecen su vida teologal y sacan fuerzas para comprender, aceptar y superar los sufrimientos y pruebas de la vida cotidiana.

Al final puede decirse en verdad que la familia Fossi-Pavolini se había convertido en una verdadera comunidad apostólica pasionista. Del grado de unión alcanzado entre Pablo de la Cruz y esta familia nos puede dar una idea esta carta en la que les manifiesta su intención de hacerlos “siempre participes de mis pobres oraciones y miro tanto a usted como a su señora, hijos e hijas, como un sólo corazón en Jesucristo, et Deus scit. Espero que he de verlos algún día, si no muero pronto, al ir por la isla, para darles ejercicios espirituales, e incluso para hacerlos yo en su compañía”[247].

Como se indicaba al iniciar este capítulo, se trata de un ejemplo concreto. Son muchos más los ejemplos que se podrían presentar. Unos se encuentran en la correspondencia del santo conservada hasta nuestros días, otros permanecerán para siempre en el anonimato.

También la extensión propia de un trabajo de este tipo supone un límite. El servicio a los seglares no fue una iniciativa particular de Pablo de la Cruz. Se empeñaron en ella sus primeros compañeros yen diferente medida, todos los que después lo siguieron en la Congregación Pasionista. Sería necesario realizar un estudio detallado de cada misionero, director espiritual, confesor, etc.

CAPÍTULO TERCERO

VISIÓN CONCILIAR DE LA ESPIRITUALIDAD SEGLAR

En los capítulos precedentes se ha podido ver cómo han aflorado diversos rasgos de la espiritualidad pasionista en relación con los seglares. Vivir la espiritualidad pasionista es “amar a Dios tal y como lo sugiere principalmente el misterio de su Pasión”[248]; y el gran motor de esta espiritualidad es el cumplimiento de la voluntad de Dios, porque lo fue también de la Pasión de Jesús.

La Exhortación Apostólica Chritefideles Laici señala como primer criterio de eclesialidad para las asociaciones seglares el primado que se da a la vocación de cada cristiano a la santidad (n. 30). Por tanto el punto de partida para el encuentro y enriquecimiento mutuo entre religiosos pasionistas y seglares es el reconocimiento de ambas vocaciones y la peculiaridad de las mismas.

En este tercer capítulo se trata de dar una visión conciliar de algunos de estos rasgos referidos a la espiritualidad seglar hoy. La doctrina conciliar indica cómo Cristo, sufriendo la muerte por nosotros, enseña con su ejemplo a llevar la cruz que el mundo pone sobre los hombres que buscan la paz y la justicia (Cf. GS 38). Además, la presencia del seglar en el mundo no es algo anecdótico o casual sino que es su vocación; la voluntad de Dios es que ellos sean “testigos de Cristo en todo momento en la sociedad humana”(GS 43).

En este tercer capítulo se presenta la visión conciliar de algunos de los rasgos referidos a la espiritualidad seglar hoy. La doctrina conciliar indica cómo Cristo, sufriendo la muerte por nosotros, enseña con su ejemplo a llevar la cruz que el mundo pone sobre los hombres que buscan la paz y la justicia (Cf. GS 38). Además, la presencia del seglar en el mundo no es algo anecdótico o casual sino que es su vocación; la voluntad de Dios es que ellos sean “testigos de Cristo en todo momento en la sociedad humana” (GS 43).

I. EL SEGLAR Y SU EMPEÑO EN EL MUNDO

Se define al seglar como aquél que bautizado e inserto en el mundo vive en éste en un sentido pleno, de manera que esta característica lo distingue de los otros estados de vida[249]. Se señala su vocación como una vocación “secular”1 debido a su presencia e inserción en el mundo. “La condición eclesial de los seglares está delineada inseparablemente con relación a su condición bautismal y a su condición secular”[250].

Esta conexión lleva a Schillebeeckx a escribir que: “La historia demuestra que los seglares no fueron real y plenamente reconocidos por la Iglesia hasta que el hombre mismo hubo descubierto el mundo. Este descubrimiento sacó a la luz el sentido directo de este mundo en sí y de los valores terrestres ordinarios que lo hacen una morada digna del hombre”[251].

1.- La comunidad humana y su actividad

El hombre está inmerso en una dinámica de relaciones y sólo alcanzará su plenitud en la medida en que se entregue a los demás. La comunidad humana es presentada por la constitución Gaudium et Spes como el lugar de crecimiento, de desarrollo de la persona. Crecimiento y desarrollo también en su dimensión espiritual. Este aspecto comunitario de la persona obliga al creyente a frenar cualquier tentación de individualismo (Cf. GS 30).

La vida social no es algo accidental para el hombre; el hombre es miembro de la sociedad humana y se encuentra en este mundo concreto, mundo que no le es ni le debe ser indiferente ya que el objeto de la actividad humana es el mundo. El mensaje cristiano impone al hombre el deber de edificar el mundo, de desarrollar con su trabajo la obra de la creación (Cf. GS 34). Por tanto la actividad humana responde a la voluntad de Dios.

El número 35 de la misma constitución indica la clave por la que se ordena toda la actividad humana: ésta, “así como procede del hombre, así también se ordena al hombre”; y la norma de actuación de dicha actividad: “que, de acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano y permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su vocación”.

El Concilio en estos números dedicados a la comunidad y actividad humana también llama la atención sobre la posibilidad de que éstas no siempre respondan a los designios de Dios y que de hecho impidan que el hombre realice su vocación:

“La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental… sino lugar donde se engrandece el hombre con todas sus cualidades y se capacita para responder a su vocación… Pero con frecuencia (las circunstancias sociales) lo apartan del bien y lo inducen al mal… y cuando la realidad social se ve viciada por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal desde su nacimiento, encuentra nuevos estímulos para el pecado…” (GS 25).

Tanto las realidades terrenas con sus leyes y valores propios (que el hombre debe descubrir y ordenar) como la fe tienen su origen en Dios y por lo tanto, al menos en teoría, no cabe conflicto. Sin embargo, en la práctica no es infrecuente el que los valores sean invertidos y que el mundo provoque la destrucción en vez de la perfección. “Efectivamente, como advierten san Juan y san Pablo, el mundo es una realidad en la que coexisten el bien y el mal y que exige una tarea de discernimiento y de libre opción”[252]. Y este mundo es el lugar donde el seglar debe realizar su misión. 

 

2.- Precisar el término ‘mundo’

Señala el Concilio que corresponde a los seglares “consagrar el mundo a Dios” (LG 34), de ahí que precisar el término “mundo” sea realmente importante de cara a una adecuada comprensión de la espiritualidad de los seglares en su relación con la espiritualidad pasionista.

Los padres conciliares presentan el mundo como “fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación” (GS 2).

Esta visión del mundo se corresponde con la visión bíblica[253]. Un aspecto positivo, porque el mundo es obra de Dios (Cf. Gn 1), manifestación de la bondad de Dios, testimonio que Dios da de sí al enviar desde el cielo las lluvias y estaciones fructíferas (Cf. Hch 14, 17). El otro, negativo, que arranca de la maldición de Gn 3, 17 y se extiende a lo largo de toda la Escritura: mundo bajo el poder del pecado, mundo en tinieblas regido por el mal (Cf. Rm 5, 12).

Es el mundo entendido en su primera acepción —el mundo reconciliado por Dios en Cristo— el que el hombre debe santificar y consagrar. En este sentido significa “el conjunto de las realidades que rodean al hombre (señaladas también con el término más amplío de ‘cosmos’) sean las realidades más propiamente humanas de la vida individual, familiar, social; sean los valores de la cultura y del progreso; de la economía, de la política, de la diversión”[254]. En este mundo es en el que “tiene lugar el encuentro del don divino con el hombre real, encuentro que quiere decir salvación, divinización”[255].

Es importante señalar que tanto por su forma de vida como por su misión los sacerdotes y, sobre todo, los religiosos, viven una cierta separación del mundo, incluso cuando se entiende en su dimensión positiva, Por su parte el seglar se encuentra plenamente inserto en él, empeñado en sus auténticos valores[256].

 

3.- Consagración del mundo por parte de los seglares

“Así también los seglares, como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran a Dios el mundo mismo” (LG 34). La “consagración del mundo” —referida a los seglares— es una expresión nueva en los textos doctrinales de la Iglesia. La introdujo Pio XII y la usó también el Cardenal Montini en una carta pastoral a la Iglesia de Milán[257]. Con esta expresión se quiere manifestar “cuál es exactamente la acción que ejerce en el mundo un hombre que considera este mundo a la luz de su fe y se compromete a su construcción con los recursos de la gracia”[258].

Esto supone por un lado la superación de una visión negativa del mundo y en general de todo lo terreno como realidades que impedían el encuentro con Dios. Por otro lado implica la toma de conciencia de que el seglar es un miembro con pleno derecho del Pueblo de Dios: no es un enviado de la Iglesia al mundo sino que él es la Iglesia en medio del mundo. La suya es “una misión constitutiva, en un régimen de verdadera responsabilidad evangélica, donde la obediencia doctrinal y disciplinar no reduce la cualidad ni la verdad del compromiso. Es precisamente el compromiso dentro de los organismos profanos lo que determina la función del seglar como esencial a la evangelización, dentro del cuerpo eclesial”[259].

La expresión “consagración del mundo” está íntimamente relacionada con la triple función sacerdotal, profética y real del seglar cristiano, funciones que abarcan todos los actos de la vida humana. La adecuada comprensión del término debe evitar dos extremos: uno, el reducir la función consagrante del hombre a su participación en los actos de culto; y dos, el aprovechar su ampliación a toda la actividad humana para caer en una sacralización del mundo sacándolo de su orden natural.

En éstos y otros textos del magisterio se observa cómo la vida del seglar es una vida de configuración con Cristo crucificado. Él debe manifestar a Cristo (Cf. LG 31) y dilatar su Reino (Cf. LG 36) en un mundo que le será hostil; debe ser consciente también de la presencia del pecado que esclaviza al mundo (Cf. GS 2) y de que este mundo pasará (Cf. LG 42). Debe, en consecuencia, ser instrumento de Cristo que, por su cruz y resurrección purifica y encauza por caminos de perfección todas las actividades humanas (Cf. GS 37).

Los textos referidos a la vida seglar deben ser considerados y entendidos bajo la supremacía del misterio de Cristo. Concretamente, encuentran su “contexto doctrinal y su sentido legitimo en la continuidad histórica del misterio de la Encarnación”[260].

II. UNA ESPIRITUALIDAD DE ENCARNACIÓN

Con la Encarnación Cristo acoge e incorpora en sí toda la realidad y los valores humanos e inicia el proceso recapitulador de todo lo creado, proceso que culmina en la Cruz. El seglar, por vocación, está llamado a testimoniar este amor redentor de Cristo, ante todo, por el testimonio de vida (Cf. LC 31).

La espiritualidad de los seglares se presenta como una espiritualidad de encarnación[261]. Dice el Concilio que:

“Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos participes de su gloria. Pero cada uno debe caminar sin vacilación por el camino cíe la fe viva, que engendra la esperanza y obra por la caridad, según los dones y funciones que le son propios” (LG 41).

La espiritualidad de encarnación se presenta como el estilo y modo propio con que el seglar camina hacia Dios y lo encuentra “en el mundo”, respondiendo así a la legitimidad y necesidad “por parte de los fieles seglares de intentar una espiritualidad específicamente seglar[262].

Se realizará su estudio en tres momentos: 1) los fundamentos doctrinales 2) la misión de los seglares y 3) algunas características propias de esta espiritualidad. 

 

1.- Fundamentos doctrinales

El punto básico de la fundamentación doctrinal debe ser el misterio de la Encarnación del Verbo como expresión de la voluntad salvífica de Dios. Al llegar la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo Jesucristo, Palabra hecha carne, “hombre enviado a los hombres”, para realizar la obra de la salvación que el Padre le encargó (Cf. DV 4). 

A. La Iglesia prolongación de Cristo en la historia

La inserción de Cristo en el mundo fue concreta y plena: vivió los valores culturales, sociales y religiosos de su tiempo y también, sus limitaciones. Los textos bíblicos muestran cómo la Encarnación del Hijo de Dios no es algo accidental en la historia sino algo constitutivo de la misma. La comunidad primitiva al proclamar su fe en la Encarnación (preexistencia – abajamiento – glorificación) confiesa y exalta la misión salvífica única y universal de Cristo[263]“Todo subsiste en Él” (Col 1,17); “Él es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de todas las cosas” (Ap 22, 13).

“La encarnación nos muestra a Jesucristo inmerso en la historia, dueño y señor de ella, y lo vemos como tal desde dentro. Santifica la vida humana, realizándola en sus manifestaciones fundamentales. Con este perfil contrasta su infancia y su vida familiar, su trabajo, su pobreza, su anonimato. En la teología de Juan, la encarnación alcanza mayores profundidades: santifica, diviniza la naturaleza humana asumiéndola”[264].

El plan salvífico de Dios, la instauración del Reino, se ha realizado plena e históricamente en Cristo, pero debe realizarse también en todos los hombres, en el cosmos, “por eso la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino” {LC 5).

Mientras el Reino camina hacia su manifestación gloriosa y futura, se va realizando espiritualmente, en el presente, a través de la Iglesia. En ella se manifiesta el Cristo total; son sus sacramentos los que posibilitan la relación con el Dios de la salvación, porque unen a Cristo (Cf. LG 7). “La existencia, la estructura y la misión de la Iglesia están en función de toda una economía sacramental, la cual radica en la Encarnación y tiene sus órganos fundamentales en los siete sacramentos”[265].

La Iglesia, mediadora de Cristo, es comparada a la Encarnación, “pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo” (LG 8). Su misión es encaminarlo todo hacia la plenitud en Cristo, y este trabajo de salvación del mundo puede realizarlo en la medida en que se encarne y esté presente en él. A esta plenitud sobre todo es a la que se refiere la espiritualidad seglar. Sólo una verdadera encarnación en el mundo podrá repetir y cumplir plenamente el misterio mismo de Cristo[266].

B. El seglar en el misterio de la Iglesia

La Iglesia es la prolongación y el cumplimiento histórico de Cristo como totalidad de la salvación, y su misión es que ésta alcance a toda la comunidad y actividades humanas (Cf. AA 6-7).

Es en este punto donde se plantea la necesidad de que la Iglesia esté plenamente presente en el orden temporal, en el mundo, desde el interior del mismo. Todos los miembros de la Iglesia, miembros del Pueblo de Dios, se encuentran directamente implicados en esta labor, pero no todos de la misma manera.

La “admirable variedad” (LG 32) que caracteriza el único Pueblo de Dios da lugar a los diferentes estados de vida: formas de existencia que expresan “directa y formalmente, en la Iglesia y para la Iglesia, un modo de existir estable y especifico de la Iglesia misma, con una función específica que realizar, inconfundible respecto a las de otras formas de vida”[267].

La Iglesia, para cumplir su misión, debe manifestar en sí plenamente su misterio divino-humano: trascendencia al mundo y encarnación en el mundo. Esta misión se realiza plenamente por la complementariedad de los diferentes estados de vida.

Propio de los seglares es su carácter secular (Cf. LG 31), carácter que lo diferencia de los otros estados. El sacramento del Bautismo no anula este carácter secular del seglar sino que lo asume. El encuentro con Cristo en el agua bautismal bendice y consagra toda la realidad que el hombre lleva en sí, y lo envía como miembro de la Iglesia a testimoniar su fe, a hacer operante el Reino de Dios en el mundo (Cf. LG 11).

Mientras que el seglar permanece inmerso en el mundo se puede decir, en cierto sentido, que los miembros de los otros estados están fuera del mundo.

El religioso mediante la profesión de los consejos evangélicos se consagra más íntimamente al servicio de Dios y, libre de las preocupaciones terrenas, manifiesta que el Pueblo de Dios no tiene aquí su ciudad permanente (Cf. LG 44). Dan su testimonio ante el mundo, pero éste su “estar en el mundo” no es teológico; no es su presencia en el mundo lo que los constituye como religiosos sino la profesión de los consejos evangélicos.

Otro tanto se puede decir de los sacerdotes: su presencia en el mundo también difiere de la de los seglares. Su misión fundamental es el prolongar y cumplir en la Iglesia el sacerdocio mismo de Cristo: predicar el Evangelio, guiar a la comunidad y celebrar el culto (Cf. LG 28).

Frente a esta presencia sociológica o fenomenológica de religiosos y sacerdotes está la presencia teológica de los seglares[268]. Por el sacramento del Bautismo el seglar se encuentra teológica y eclesialmente inserto en el mundo (Cf. LC 37-38; AG 15). Dios los ha llamado para que a modo de fermento, contribuyan a la santificación del mundo desde dentro. Esto supone, por vocación, por designio de la voluntad divina, cargar con la cruz que el mundo pondrá sobre sus hombros y caminar hacia adelante teniendo a Jesucristo como modelo (Cf. GS 38). Esta realidad se hace más patente al reflexionar sobre la misión del seglar en la Iglesia y en el mundo.

2.- La misión de los seglares en la Iglesia y en el mundo

“La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para Gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora y por medio de ello ordenar realmente todo el universo hacia Cristo” (AA 2). Este número del decreto compendia el fundamento de la misión del seglar: Ordenar todo el universo a Cristo, porque Él es el Principio de todo.

El seglar encuentra la base de su actividad en el dogma de la Creación. Ésta es obra del infinito amor de Dios: todo lo creado se mueve en una dimensión religiosa, todo está en relación con el Creador, y el hombre es el centro de la obra creada y contribuye a la misma con su trabajo. Sólo en un segundo momento el pecado introduce la dimensión dolorosa[269].

Todo lo creado debe ser reconducido a su situación originaria. En este movimiento recapitulador, del que Cristo es el fundamento, el seglar cristiano, que participa de la función real de Cristo por el Bautismo, tiene una función específica y absolutamente necesaria que cumplir (Cf. AA 1), consciente siempre de que este proceso liberador se realiza y culmina en Cristo crucificado y resucitado (Cf. GS 2).

Su acción en el interior de la comunidad cristiana es esencialmente comunitaria: anuncio de la Palabra, celebración del culto santificador y servicio de la caridad, realizado en el modo que a él corresponde (Cf. AA10).

La efectividad de esta labor apostólica dependerá directamente de que ésta la realice desde su ser “seglar” y en conexión con los pastores de la comunidad. El desarrollo concreto de su misión debe referirse continuamente a la misión de los otros miembros de la Iglesia {Cf. AA 2). Toda su actividad debe estar animada por el principio de corresponsabilidad y de colaboración (Cf. AA 10).

Sin embargo, la misión específica del seglar está en el mundo. Ellos están “especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos” (LG 33).

En la animación cristiana del orden temporal son cuatro los elementos que se presentan como esenciales[270].

Relación con Dios

Su primer servicio al hombre debe ser el ayudarle a vivir su dimensión religiosa, encaminarlo al encuentro con Dios hacia quien converge la historia (Cf. GS 45). Esto se realiza con la oración, el anuncio explícito de la fe y la promoción de la libertad religiosa (Cf. DH 2).

Relación consigo mismo

La promoción humana implica el promover al hombre en su relación consigo mismo: el reconocimiento de la propia dignidad personal en cuanto criatura divina (Cf. CS 24). Esto exige el respeto de esta dignidad personal, la lucha contra la marginación, contra la instrumentalización de la persona y contra cualquier intento de reducir la persona a una cosa.

Relación con los otros hombres

El cristiano es miembro de la sociedad humana y se encuentra inmerso en un mar de relaciones. Su misión en este campo consiste en humanizar estas relaciones, guiarlas por el criterio moral y no por el de la eficacia (Cf. CS 35); ayudar la formación y desarrollo de las diversas comunidades: familia, municipio…; participar responsablemente en la vida política y económica nacional e internacional.

Relación con las cosas

El punto de partida debe ser la bondad originaria de todo lo creado (Cf. AA 7), y su testimonio debe concretarse en la posesión, uso y distribución de los bienes según la justicia y la caridad, sobre todo en aquello que se refiere al mundo del trabajo.

El fruto de la actuación progresiva del seglar en las estructuras, mentalidades, costumbres, leyes y cultura de la comunidad en que vive será la impregnación del espíritu cristiano en las mismas (Cf. AA 13).

3.- Características de la espiritualidad seglar

Establecidos los fundamentos teológicos y la misión de los seglares, se presentan algunas características generales de la espiritualidad seglar, algunos medios y empeños a través de los cuales puede llevar a cabo su misión y caminar hacia la perfección.

La “secularidad” como elemento característico de la espiritualidad seglar, no elimina, sino que presupone la relación con el resto de los miembros del Pueblo de Dios, esto es, la espiritualidad seglar es antes que nada una espiritualidad cristiana[271]. Sus elementos serán los comunes a toda vida cristiana (Cf. AA 4) vividos en la forma peculiar que a los seglares corresponde pero sin olvidar que la santidad del seglar debe ser una santidad en el mundo, santidad construida al unificar la vida según una síntesis de los valores humanos y cristianos, no al oponerlos (Cf. CS 43, AA 4). Esta labor de unificación va a ser otra de las cruces que el seglar debe llevar a lo largo de su vida y que lo configurará con el Crucificado.

A. Experiencia de Dios, de Cristo, en el mundo

“El empeño positivo de consagrar el mundo a Cristo, aún entendido en su sentido más amplio y cristiano, no es, y no podrá ser nunca el primer valor. El primer valor cristiano es sin ningún equivoco, para todos los bautizados, la intimidad con el Padre y con el Hijo en el Espíritu Santo[272]. Cristo es y debe ser el centro del mundo y del hombre. El seglar debe tener presente que está llamado a manifestar al mundo el amor mismo de Cristo y de la Iglesia por el mundo (Cf. LC 41).

El amor a Dios no limita el amor por las cosas creadas, por la familia, sino que es garantía de su autenticidad. Precisamente la forma característica del amor del seglar a Dios es su amor al mundo: no debe buscar a Cristo más allá o por encima de las cosas creadas sino dentro de las mismas, como la Fuerza, la Profundidad, la Vida, el Amor, la Esperanza de todo lo que existe[273].

En el nombre de la Iglesia el seglar permanece, como miembro de ella, en el mundo; como apóstol del don de la creación, como anunciador de la dimensión cristiana original de todas las estructuras humanas. Está llamado a ser santo en el ejercicio continuo de la fe, la esperanza y la caridad (Cf. AA 4), experimentando cómo toda realidad humana es plenamente tal en Cristo.

Esta experiencia debe sur ante todo implícita: Dios como Luz, como horizonte de Amor que atrae todo hacia Él, de manera que el hombre lo percibe presente en lo íntimo de su personalidad. No consiste tanto en entender intelectualmente “sino en experimentar a nivel de conciencia profunda, donde toda la persona se simplifica y unifica, que quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él[274].

Debe vivir intensamente todos los momentos como momentos de Dios: lo cual supone una experiencia y crecimiento continuo de las virtudes teologales. Acoger continuamente la manifestación del amor de Dios y abandonarse confiadamente en sus brazos en cada una de las acciones y actividades humanas, con la certeza de que es Cristo el que “vivifica con su Espíritu e impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta” (LC 34).

A esta experiencia implícita, habitual en todas las acciones del seglar deberán seguir en un segundo momento las manifestaciones explícitas de reconocimiento, adoración y alabanza de Dios. Ante todo la participación plena en la Eucaristía y la contemplación del mundo con ojos de fe.

 

B. Experiencia comunitaria y eclesial en el mundo

La experiencia personal del amor a Dios y a Cristo encuentra su expresión y garantía plenas en el ámbito de la comunidad. El seglar debe ser consciente de que su vocación es permanecer como Iglesia en el corazón del mundo y de que es con su testimonio de vida plenamente humano y cristiano en el mundo como Cristo salva al mundo[275].

Como miembro del Pueblo de Dios encontrará en una auténtica experiencia comunitaria la fuerza para llevar adelante su misión. Destacando la celebración litúrgica, culmen de la acción eclesial y fuente de toda virtud (Cf. SC 2; AA 4). La experiencia litúrgica debe prolongarse en el resto de las experiencias comunitarias: en la familia, que es la iglesia doméstica (Cf. LG 11); en las relaciones extrafamiliares, en los grupos de apostolado, en la relación y comunión con la jerarquía.

La garantía a su vez de la experiencia comunitaria será la apertura a la vida del mundo (Cf. LC 38). Como se ha indicado al hablar de la fundamentación teológica y de la misión del seglar, de él depende la tarea evangelizadora de la Iglesia, y en concreto, de su relación con el mundo[276]. Son tres las posturas que pueden poner en peligro esta relación Iglesia-mundo:

Secularismo

Postura de quienes inmersos en la realidad humana olvidan la referencia a la fe como único elemento que puede generar y sostener la “animación cristiana” de lo temporal.

Fuga del mundo

Actuación ésta que, por parte de los seglares, supondría la negación de su vocación, puesto que son llamados por Dios para ejercer su misión desde dentro del mundo, como fermento del mismo (Cf. AA 2).

Invasión del mundo

Corresponde ésta a una acción de tipo integrista que trata de invadir eclesialmente toda la sociedad humana, olvidando la autonomía de la realidad terrena, autonomía que responde a la voluntad del Creador (Cf. GS 36).

La respuesta del seglar debe ser “una síntesis contemplativa de todas las realidades vividas”[277]:

“La tarea propia del seglar no es de índole extrínseca, como si dos órdenes, uno natural y el otro sobrenatural estuvieran unidos por una pasarela, sobre la cual camina el cristiano para introducirse en uno o en el otro, sino que es de índole intrínseca, en cuanto que existe un sólo orden, correspondiente al único diseño de Dios, en el cual las acciones temporales, cumplidas con racional competencia profesional y civil, vienen elevadas hacia el único fin del proyecto divino, en el cual el orden natural es intrínseco al orden sobrenatural, formándose así un único orden, en el que resplandece en el modo más sublime el rostro de Dios”[278].

El seglar concreta su servicio de amor sincero al mundo con el testimonio de su vida, su interés por la familia, la profesión, la técnica y el progreso social, la ayuda a los necesitados, el empeño político, cultural y económico. Testimoniar el amor de Cristo, hacer el bien, no puede encontrar ningún límite en la vida humana[279].

C. Plenitud de vida

Se presenta ésta como tercera característica porque el seglar debe demostrar con su visión de la vida y del mundo que, su encuentro con Dios hecho hombre en el Bautismo no supone ningún freno ni disminución de su relación cordial con el mundo y sus valores. Al contrario, es un impulso para empeñarse en ella hasta alcanzar una vida humanamente plena.

El seglar no se santifica “a pesar de estar” en el mundo, sino precisamente porque encuentra “en el mundo” el medio vital para su santificación: proclamando su fe, mejorando las estructuras humanas y manifestando su servicio a los hombres. La misión de “consagrar el mundo a Dios” la realizará conjugando el desarrollo pleno de los valores del mundo y la acción de la gracia mediante la cual estos mismos valores se ven liberados del pecado y convertidos en instrumentos de la gloria de Dios.

D. Una ascesis correspondiente

Los tres elementos descritos: experiencia de Dios, experiencia comunitaria y eclesial y plenitud de vida humana en el mundo exigen una ascesis adecuada. Requieren una renuncia al egoísmo y al pecado y un empeño en el ejercicio de la virtud, realizado todo ello desde el propio estado seglar, desde la inserción en el mundo, usando cristianamente los bienes terrenos y promoviendo la ascesis involuntaria que se realiza en el cumplimiento diario del deber a “una ascesis voluntaria, al heroísmo consciente de una vida desarrollada en un amor que unifica, ilumina, sublima cualquier otro amor”[280].

Un primer campo a tener presente es el constituido por el esfuerzo que se realiza para alcanzar una auténtica plenitud de vida humana: esfuerzo de autoperfección y rectificación continua en el uso de los bienes del mundo. Esta dimensión abarca una interminable lista de virtudes individuales y sociales: abnegación, fidelidad, continuidad, competencia, lealtad, honradez, sentido cívico, etc.[281].

En segundo lugar y como peculiaridad de la ascesis del seglar está el “querer hacer de esta misma plenitud humana la expresión viva de su amor cristiano por el mundo”[282]. Expresar su amor a Dios en el mundo lo obliga a poner toda su capacidad de hacer el bien al servicio de la comunidad; a unificar toda la vida en la caridad, aprendiendo a usar y gozar del mundo cristianamente.

Por último, la ascesis seglar debe ser de tipo existencial: superando, dirigiéndolas hacia Dios, las diferentes e improvisadas situaciones que presenta la vida: enfermedad, sufrimiento, muerte… En esta dimensión existencial de la ascesis es preciso situar el ritmo de oración propio de la vida del seglar. Además de la participación en la Eucaristía y del espíritu de contemplación del Cristo total ya señalados, son necesarios momentos concretos de oración, dependientes siempre de las situaciones, características y capacidades personales. Entre estos momentos debe destacar la oración en común de los miembros de la familia cristiana (Cf. AA 11).

Esta visión conciliar ha puesto de manifiesto cómo la vida del seglar, por vocación, es una vida en el mundo y por tanto vida de configuración con Cristo Crucificado. “Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección” (GS 22).

CAPÍTULO CUARTO

APORTACIONES AL APOSTOLADO PASIONISTA

Se llega a este capítulo conclusivo en el que se quiere ver cuál es el origen de la relación entre la espiritualidad de los seglares y la espiritualidad pasionista. A partir de aquí se indican algunas pistas por las que puede caminar la espiritualidad pasionista en su apertura al mundo seglar actual.

I. PARTICIPACIÓN EN EL MISTERIO DE LA CRUZ

L. Bouyer presenta la espiritualidad seglar como una espiritualidad íntimamente relacionada con la ascesis de la Cruz. La Cruz debe estar presente en todas las formas de la vida cristiana, pero su presencia difiere se unos casos a otros[283].

Efectivamente, la participación del seglar en el misterio de la Cruz es una de las características de su espiritualidad, tanto a nivel teológico como en su realización práctica.

A nivel teológico, porque el seglar se encuentra total y cordialmente inmerso en el mundo y usando en realidad del mundo como si no usara. Teológicamente el lugar del seglar es el mundo, su carácter propio es el ‘carácter secular’, pero se encuentra en el mundo en virtud del sacramento del Bautismo, como Hijo de Dios, para amar al mundo con el mismo amor con que Cristo y la Iglesia lo aman. Es la antinomia trascendencia-inmanencia de la vida seglar. Tensión continua gracia-naturaleza que debe ser aceptada como la cruz particular propia del seglar, cruz que redime su labor intramundana[284].

Más manifiesta se hace la presencia de la cruz desde el punto de vista práctico. La vida del seglar no es tan sencilla como, en cierto sentido, la de sacerdotes y religiosos. Como éstos está llamado a darse totalmente a Dios, pero la mayor parte de sus fuerzas y de su tiempo los consume en el mundo: trabajo, familia y profesión, como misión recibida de Dios. Su vida exige una continua purificación del egoísmo, una lucha contra el pecado en el ambiente social, laboral y familiar. El cumplimiento de los deberes del propio estado y el sentido de la caducidad del mundo en el que se encuentra suponen para él una continua participación en los sufrimientos de la Pasión del Señor.

Esta “vida crucificada” por parte del seglar alcanza en la realidad actual sus cotas máximas. No vive ya en un régimen de cristiandad donde su vida cristiana puede discurrir con tranquilidad (Cf. GS 7). Se encuentra por el contrario inmerso en un mundo viciado por el pecado, en medio de situaciones en las que los principios y prácticas son normalmente contrarias al Evangelio.

Ante estas circunstancias externas, ambientales y socio-políticas, la tentación de encerrarse, de limitar su vida cristiana al ámbito de lo privado es frecuente. Caer en esta tentación supone renunciar a la vocación específica de ser sal y fermento del mundo, de ser Iglesia en aquellas situaciones y lugares en las que sólo por medio de los seglares la Iglesia podrá ser tal (Cf. LC 33).

Dios y el mundo atraen al seglar oponiéndose entre sí. Su cruz consiste en que cada vez que dice “sí” al mundo debe decir simultáneamente un “no”al mismo mundo[285]. Como se indicaba en el capítulo precedente, una ascesis adecuada a la vida seglar es imprescindible para que ésta se desarrolle equilibradamente, pero este equilibrio “no podrá nunca hacer de la ascesis un valor absoluto, como si Dios no mandase acoger al mundo y llevarlo a su Reino; y por otra parte tampoco podrá absolutizar el mundo, el trabajo, la cultura y el progreso, como si el primer valor cristiano no fuese el amor al Señor[286].

Una espiritualidad de encarnación, puesto que se basa teológicamente en la Encarnación de Cristo, no puede olvidar la dimensión redentora de la misma. Sólo en la Cruz y por medio de la Cruz se llevará a cabo la recapitulación, cumplimiento pleno y glorificación de lo humano y del cosmos. Éste es el “único camino posible para la salvación del hombre y del mundo. Por eso, también la vida del seglar no puede no consistir ‘en conformarse cada vez más a Cristo en su muerte’”[287].

El seglar había sido introducido plenamente en Cristo muerto y resucitado en virtud del Bautismo; en cuanto miembro del Pueblo de Dios es portador de un mensaje trascendente al mundo. Su presencia en medio de las tareas y dinamismos seculares no es exclusivamente suya, pero si propiamente (Cf. GS 43); por voluntad de Dios debe permanecer en el mundo, “su vocación es ser testigo de Cristo en todo en medio de la sociedad humana” (CS 43).

Testigo de Cristo y presente en el mundo por voluntad de Dios. Esta es la clave de la espiritualidad seglar. El seglar vivirá la dimensión de cruz en su vida y resolverá la antinomia trascendencia-inmanencia teniendo conciencia clara de su vocación, de la elección divina, y adhiriéndose a la voluntad de Dios que se manifiesta de esta manera concreta. “En la medida en que el seglar se adhiera a la voluntad de Dios sobre él, como valor absoluto de la propia existencia, en la misma medida él puede realmente, con corazón libre y limpio de todo egoísmo, consagrar su mundo a Dios en el uso y en la transformación de los bienes”[288].

II. ALGUNAS APORTACIONES

Configurarse con Cristo crucificado y adherirse a la voluntad de Dios son características de la espiritualidad seglar, y como en el capítulo primero se ha mostrado son también los elementos nucleares de la espiritualidad pasionista. Ambas espiritualidades se encuentran íntimamente relacionadas y pueden ayudarse mutuamente.

La espiritualidad pasionista que ha mostrado su vitalidad a través de los siglos, se ha visto reforzada tras el Concilio Vaticano II, que “ha puesto en el centro de su síntesis teológica y espiritual el misterio pascual de Jesucristo muerto y resucitado, esto es, el dinamismo de ‘paso’, que necesariamente lleva a quien sigue a Jesús, de experimentar la cruz para gozar de la vida nueva”[289].

Esta participación en el misterio pascual se realiza especialmente en la liturgia (Cf. SC 61) y dentro de ella en el sacrificio eucarístico (Cf. AG 15). Pero tal participación es necesario que no se reduzca al memorial litúrgico; debe manifestarse en el servicio a los hermanos, para que así la Iglesia sea efectivamente sacramento de salvación para el mundo. En efecto, “la Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo, anunciando la cruz del Señor hasta que venga… La Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo” (LG 8).

“Precisamente aquí se coloca el núcleo de la espiritualidad pasionista: en hacer tomar conciencia, contemplativamente, al cristiano, de su ‘nueva’ identidad de ‘siervo’ sufriente, enviado a cargar, como Jesús, con el pecado y el sufrimiento del mundo. La ‘memoria de la Pasión’ se imprime así en el fondo de la propia subjetividad, convirtiéndose en fuerza de la cual surge la opción fundamental que determina después las demás modalidades de vida. En un mundo culturalmente tan diverso de aquél de los siglos precedentes, la contemplación de la cruz opera idéntico efecto: eliminar el pecado y conducir velozmente a la santidad”[290].

La espiritualidad pasionista está llamada hoy como en sus orígenes a ayudar a los seglares en su camino hacia la única santidad. Para realizar este servicio es necesario eliminar primero las limitaciones de tipo histórico, los condicionamientos propios de la Iglesia del siglo XVIII con que se encontraron Pablo de la Cruz y sus compañeros. El principal de todos ellos, la carencia de una auténtica teología y espiritualidad de los seglares. De hecho en los reglamentos de vida que Pablo envía a sus dirigidos se puede observar que se tratan de adaptaciones a la vida seglar de los reglamentos de la vida monástica. En cierta manera, el seglar, comportándose como tal, debía tener un corazón de monje[291].

Cualquier aportación hoy desde la espiritualidad pasionista a la vida seglar debe hacerse desde una toma de conciencia seria de lo que supone dicho estado en la vida eclesial. Los “seglares deben ejercer en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (LC 31). El seglar será fiel a su vocación si permanece como tal seglar, sea en la Iglesia, sea en el mundo. La teología y espiritualidad de los seglares es un caudal de riqueza en la Iglesia de hoy, riqueza que debe ser incorporada también a la espiritualidad pasionista.

La mirada al pasado también es necesaria de cara a una auténtica renovación de la espiritualidad pasionista: ésta nació de una profunda experiencia personal de Pablo de la Cruz, experiencia que por su autenticidad resultó contagiosa. La revitalización de la espiritualidad pasionista no se realizará repitiendo la doctrina heredada, sino recreando el ambiente experiencial en el que ésta surgió. Este punto básico necesita tenerse presente ante cualquier tipo de aportación, pues se corre el riesgo de empeñarse en una renovación de apostolados, en la mejora de los medios técnicos y en la profesionalización de las personas olvidándose de que la espiritualidad es ante todo vida, experiencia de Dios. Esta vida es la que debe manifestarse en el apostolado.

Originariamente la espiritualidad pasionista encontró su cauce de comunicación en unos apostolados concretos: misiones populares, ejercicios espirituales y dirección espiritual. Los tiempos y las formas han cambiado, por eso es lícito preguntarse sobre la validez de dichos apostolados. Sin embargo, tras una profunda y sincera reflexión se descubre nuevamente hoy la validez de los mismos de cara a la evangelización. El éxito mayor o menor de las realizaciones concretas, además de la adecuada preparación dependerá también de la vida que se ponga en ellas[292],

Otro dato a tener presente es la meditación de la Pasión. Sabido es lo que ésta representa en la espiritualidad pasionista. Pablo de la Cruz quiso que en la medida de lo posible se hiciera en común. Insistía en que se meditara también en el ámbito familiar e incluso siempre que le fue posible procuró que tras la predicación de misiones se organizaran grupos que continuaran meditando la Pasión; unas veces los párrocos, otras los mismos seglares, eran los responsables de estos grupos[293]. Hoy que los movimientos de espiritualidad destacan el carácter comunitario y la dimensión orante, la formación de grupos de oración y lectura pasionista es urgente.

Un tercer campo en el que la espiritualidad pasionista debe desarrollar toda su potencialidad es el campo de la liturgia, aprovechando sobre todo la riqueza y posibilidades de la liturgia propia[294].

Habría que tener por último presentes las nuevas oportunidades que ofrecen los tiempos actuales, los medios de comunicación, etc. En cualquier caso se trata, como decía Pablo de la Cruz, “de que no quede ninguna piedra sin remover en favor de los prójimos”[295]. Hay “que abrir de par en par a todos aquella ‘puerta’ que es la Pasión, para dar paso al descubrimiento de Dios, según la consigna más que nunca autorizada de Pablo de la Cruz”[296].

“Desee ser santo con la santidad escondida de la Cruz, como más le guste al Señor; esté enteramente reconcentrado en su nada, y recuérdese de entrar a menudo en ese sagrario interior por la puerta, que no es otra que la santísima Vida, Pasión y Muerte del Redentor”[297].

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Si, después de leer el escrito que está a continuación, estás interesado en amar así al Amor, siguiendo este modo de vida, escríbele a Pablo Francisco Maurino (el Dr. Mauricio Rubiano), preguntándole lo que debes hacer.

Continúa, si lo deseas, leyendo el ÚLTIMO artículo:

¿SANTOS LOS SEGLARES?*

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¿SANTOS LOS SEGLARES?*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

San Pablo de la Cruz: ¿SANTOS LOS SEGLARES?

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Nota aclaratoria:

El Sacramento del Orden tiene tres grados: episcopado (obispos), presbiterado (presbíteros) y diaconado (diáconos); los dos primeros se llaman sacerdotes. Los tres grados conforman el grupo de clérigos. El resto de los fieles han recibido, ya en los primeros siglos, el nombre de laicos. Laico no implica otra cosa que la ausencia de ordenación sagrada.

Por otra parte, la vida consagrada está constituida por aquellos fieles que hacen votos, y que se caracterizan por la separación del mundo. Para evitar confusiones, ahora se prefiere usar este término: vida consagrada, en vez del anterior, menos amplio: religiosos. Los demás fieles se llaman seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

En resumen: si se quiere decir que alguien no es clérigo (sacerdote o diácono) se dice que es laico. Laico es, pues, lo opuesto a clérigo.

Y si lo que se quiere decir es que la persona no es religiosa, se dice que es seglar. Seglar, entonces es lo opuesto a religioso o persona de vida consagrada.

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Presentación

Tendría que comenzar la presentación de este escrito con una confesión personal. Tan acostumbrado a ver a San Pablo de la Cruz como el místico y el contemplativo, el hombre de las soledades, me había olvidado de ver en él al seglar, al laico. Y como consecuencia, su preocupación por la santidad de los seglares.

Debo reconocer que para mí ha sido todo un descubrimiento y una sorpresa. Es cierto que no podemos pedirle que desarrollara en su época —en pleno siglo XVIII— una teología del laico como la que hoy disponemos. Ni tampoco una visión del laico comprometido en la transformación de las estructuras de la sociedad. Pero, sí descubrimos en él algo de sumo interés. La conciencia que Pablo tenía, ya en aquel entonces, de la llamada universal a la santidad, que el Concilio Vaticano II confirmará en el cap. 5 de la Constitución sobre la Iglesia. Hoy, esto para nosotros nos resulta algo evidente. Pero no lo era hasta hace muy pocos años. Aún no están lejanos aquellos días en los que si uno quería ser santo, el único camino que le quedaba era hacerse sacerdote o religioso o religiosa. Eran los trata­dos de teología y de Vida Religiosa los hablaban de estados de perfección.

San Pablo de la Cruz fue un gran convencido de que la santidad es una gracia que Dios concede a todos y que la verdadera exigencia de la santidad nace del dinamismo del bautismo. Además, san Pablo de la Cruz no entiende la santidad enmarca­da en espacios geográficos o condiciones de vida. La gracia del bautismo, la llamada de Dios está por encima de todos esos condicionamientos. Así, tiene una profunda fe de la posibilidad de la santidad en la realidad concreta del propio estado de cada uno, casado, soltero, viudez, etc.

Llama incluso la atención el que las grandes intuiciones e inspiraciones fundacionales de san Pablo de la Cruz se den en él no cuando ya era sacerdote, sino siendo aún seglar. Y lo que sorprende más es que en ningún momento él mismo había pensado ordenarse de sacerdote. Fueron sus amigos, monseñor Cavallieri y el Cardenal Corradini, quienes motivaron en él la decisión de recibir el sacerdocio. Así llegó a ordenarse a los treinta y tres años de edad.

Por otra parte, pudiera llamar la atención el que, teniendo tan gran interés por la santidad cristiana de los laicos, sin embargo nunca se haya decidido a crear algún movimiento laical de espiritualidad y apostolado. Las razones, las diremos más tarde, eran ajenas a su voluntad.

En las páginas que siguen quisiéramos hacer una apretada síntesis de esta experiencia de la santidad laical de Pablo de la Cruz. La finalidad es despertar en la conciencia de los seglares que ellos no son cristianos de segunda mano, sino que su Bautismo es el mismo de todos: laicos o sacerdotes, religiosos o seglares. Y que son esas semillas bautismales las que están apuntando cada día más alto hacia un crecimiento espiritual cuya meta no es otra que la de llegar a la talla de Cristo.

En la Iglesia es más lo que nos hace parecidos que aquello que nos diversifica. Las condiciones de vida son caminos. Pero lo que empuja al caminante es la gracia de su bautismo y las llamadas diarias de Dios en su corazón.

Vuestro hermano y amigo de siempre, Clemente Sobrado, Pasionista

 

 

1. Experiencias de un laico

Durante el Sínodo de Obispos sobre la familia, en 1980, el Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos presentó un informe detallado de todas las causas que estaban en estudio. Alguien de la asamblea se levantó y le preguntó cuántas de las miles de causas introducidas correspondían a seglares. En la sala se hizo un gran silencio. La repuesta fue escueta: unas cuantas. Es decir muy pocas. Casi todos los candidatos a los altares eran curitas, monjitas o religiosos, obispos o papas. Y en un gesto de humor eclesiástico, monseñor A. Padiyara dijo: «De la India se han remitido a Roma dos causas correspondientes a seglares. ¿Llegaron o se hundieron tal vez en el mar?» El Cardenal Palazzini, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, respondía: «Llegaron, sí. Llegaron. Pero sus causas aún no han sido introducidas».

Con igual sentido del humor, monseñor R. Lebel, terminada la exposición de Palazzini comentó: «En la lista escuchada figuran muchas viudas. ¿Quiere decir que la misión del marido carece de importancia? Y claro, estas viudas no están ahí tanto por ser viudas, sino porque han sido fundadoras de Institutos Religiosos, y sus hijas religiosas han tomado a pecho el promover su glorificación, cosa que no hubiera sucedido si hubiesen tenido sólo una descendencia carnal». Y termina haciendo una afirma­ción y una sugerencia: Como afirmación dice: «la esencia de los padres y madres de familia, reconocidos oficialmente como santos por la Iglesia, no deriva de la carencia de virtud en el seno de la familia, sino de la falta de apoyo en el interminable camino para reconocerlos santos». Sugerencia: «¿No.se podría pensar en otros procedimientos para lograr este reconocimiento?»

Es cierto, el camino de los altares pareciera a veces más difícil de andar que el camino mismo de la santidad. Y a los santos sucede un poco lo que en la vida social: el que no tiene padrinos, dice el refrán, no se bautiza. Y los santos que no tienen detrás de ellos una comunidad de monjas o de religiosos, se pierden en el camino con toda su santidad, y la gloria de Bernini les queda demasiado lejos.

Así, el Pueblo de Dios tiene como deformada su idea de los santos y de la santidad. Y hasta la iconografía ayuda a ello. ¿Has visto alguna vez en los altares la imagen de algún santo con corbata y conjunto de pantalón, chaleco y chaqueta? Para ser santo hay que ponerle siempre una sotana, aunque sea de monaguillo, o un hábito de esta o aquella Con­gregación Religiosa. De ahí que, aún Santos que vivieron la vida seglar, luego se presentan en sociedad, con etiqueta religiosa. Y más que hablarnos de su santidad en la lucha diaria de la vida, aparecen como testigos de una santidad lejos del mundo.

Personalmente me hubiese gustado ver a santa Rosa de Lima, no con el hábito de religiosa, sino con su vestido de hija de familia, como fue en realidad su vida. Y a santa Gema Galgani la hubiera preferido ver con su vestido sencillo y pobre en la casa de las tías Giannini, y no con esa especie de hábito y escudo de religiosa Pasionista. Es cierto que siempre soñó en ser Pasionista, pero en realidad ella se santificó en casa de familia.

 

Pablo, el seglar

No sé cuánta importancia se ha dado en la Congregación Pasionista a la etapa seglar del Fundador. Y la verdad es que, durante treinta y tres años. San Pablo de la Cruz fue un seglar y un laico en la Iglesia. Un seglar comprometido en las labores familiares, y preocupado en cómo sostener económicamente a la familia en sus necesida­des. El mismo reconoce que una de las razones que lo detuvieron para seguir las inspiraciones que Dios le daba de fundar la Congregación, era precisamente esa. Escribe a monseñor Gattinara:

Pero como yo no podía seguir tan santa inspiración, debido a tener que prestar la necesaria asistencia a mi casa, esto es, a mi padre, madre y hermanos, guardaba en secreto, dentro de mi corazón, la sobredicha vocación, no confiriéndola más que con mi reverendo Padre Director».

La etapa laical de la vida de san Pablo de la Cruz es una de las etapas más ricas en intuiciones místicas, en experiencias de Dios y del misterio del amor revelado en la Cruz.

Su gran encuentro con Dios en 1713 se da en un clima de secularidad. Pablo no tiene ni idea de los planes posteriores de Dios sobre su vida. Es simplemente un seglar.

Las grandes intuiciones y manifestaciones del misterio de la Cruz y de los males que afligen al mundo, en el verano de 1720, no tienen lugar en el alma de Pablo cuando éste ya es religioso, sino cuando es todavía un seglar.

Su retiro espiritual de cuarenta días en Castellazo tiene lugar cuando Pablo tenía veintiséis años y era todavía un hijo de familia.

Es decir, que las grandes intuiciones fundacionales, y las grandes intuiciones sobre la realidad de la Iglesia, la causa radical de todos los males que la afligen y el verdadero camino de solución, san Pablo de la Cruz los experimenta cuando aún es un seglar en el mundo.

Y es durante ese tiempo que Pablo vive su vida bautismal con toda intensidad. Cuando aún no piensa en fundación alguna sino que siente la experiencia de su bautismo, san Pablo de la Cruz está llevando una vida espiritual muy intensa. Su hermana Teresa fue quien, en los Procesos de beatificación, nos aportó una serie de detalles de la vida espiritual de Pablo y de su hermano Juan Bautista.

Esta espiritualidad cristiana de san Pablo de la Cruz está marcada por una espiritualidad profundamente familiar, sobre todo por el magisterio espiritual de su madre. Es ahí, en la familia, donde Pablo bebe esas aguas pu­ras y cristalinas de la devoción y la piedad. Se trata de una piedad muy seria, nada beata, sino profundamente enraizada en el misterio de Jesús revelador del amor del Padre en la Cruz.

En esta etapa de su vida, Pablo vive toda una serie de experien­cias espirituales muy fuertes. En primer lugar, el descubrimiento del valor de la oración, sobre todo, de la oración–meditación.

Cuantos atestiguan sobre esta etapa de la vida de Pablo coinciden en que, tanto él corno su hermano Juan Bautista, dedicaban muchas horas del día y de la noche a la oración. Y él mismo confesará más tarde que, desde su conversión en 1713, Dios le regaló con el don de la oración. Se pudiera afirmar que, a la edad de los veintiséis años, Pablo era ya un místico contemplativo.

Según refieren los testigos, Pablo debió incluso sufrir mucho de parte de sus confesores durante estos años. No sabemos si por probarlo o simplemente porque no siempre estos confesores estaban a la altura de su espíritu y no lograban entender los misterios de la gracia que a diario se manifestaban en su alma. Uno de estos confesores llegó a someterlo a toda una serie de humillaciones en la Iglesia en presencia de todo el pueblo. En una ocasión en que Pablo oraba recogido con la cara entre las manos, se acercó este bendito confesor y públicamente lo reprochó diciendo: «¿Es esta la manera de estar en presencia del Santísimo Sacramento?» Y más de una vez lo privó públicamente de la sagrada comunión. Parece que, ante la dócil obediencia del joven Pablo, este áspero confesor se rindió recono­ciendo su incapacidad para guiar un alma que no lograba entender y lo remitió a otro confesor.

 

La vocación de fundador como seglar y como laico

Es interesante descubrir que Pablo siente la llamada a fundar en la Iglesia una congregación cuando es todavía un seglar. Y sin pensar para nada en la posible ordenación sacerdotal. ¿Cómo concibió él la Congregación en aquel entonces? ¿Como Congrega­ción laical? ¿Como Congregación sacerdotal? Posiblemente, du­rante esos años Pablo piense más en una Congregación de gente entregada plenamente a Dios en la vivencia del misterio de la Cruz, y con la misión de anunciarlo al pueblo. Pero anunciarlo como él mismo ya lo hacía. Como un seglar que recorre las calles tocando la campanilla invitando a todos al Catecismo y a escuchar la Palabra de Dios.

Y de ahí que el mismo monseñor Emilio Cavalieri, Obispo de Troya y Foggia, su gran amigo, hacia el año 1723, le sugiera la idea de la ordenación sacerdotal. Y la razón que le da es precisamente ésta, «jamás en la historia de la Iglesia se ha visto que sea aprobado un Instituto fundado por dos hermanos y además en condición de laicos».

Cuando Pablo viaja por primera vez a Roma a fin de presentar al Papa la obra de la Congregación, no pasa de ser un simple seglar, aunque para entonces esté llevando una vida de ermitaño. La mente de Pablo no está en ningún momento pensando en el sacerdocio.

 

Razones para no querer el sacerdocio

Es preciso situarnos en la sociedad y en la Iglesia que Pablo vive. La verdadera razón habría que buscarla en la situación y en la condición en la que vivían los sacerdotes por aquel entonces. La ordenación sacerdotal era considerada más como una manera de «situarse en la vida y como una posibilidad de hacer carrera», que como una verdadera vocación de servicio.

El P. F. Giorgini en su estudio sobre La marisma toscana… dice a este propósito: «la mentalidad social de aquel tiempo veía con frecuencia en el estado eclesiástico una agencia de colocaciones para dar ocupación a los que no tenían otras posibilidades.» Y aún añade: «muchos sacerdotes pasan la vida celebrando únicamente la misa para ganarse el estipendio, sin preocuparse de ser aprobados para confesar o delegados para administrar los sacramentos».

Una descripción de la realidad del clero de la época la encontra­mos en una carta de monseñor Ciani, Obispo de Masa Marítima: «Los eclesiásticos abundan, pero no valen casi nada, ya que al estar carentes de toda ciencia y formación no pueden aportar ayuda alguna y apenas si son capaces de celebrar la misa, y es imposible confiarles mayores oficios». En el mismo tono escribía monseñor Franci, Obispo de Grosseto en 1740: «Es imposible encontrar sacerdotes capaces, que al lado del Obispo militen la buena milicia e instruyan al pueblo a ellos confiado, con aquella diligencia y doctrina que sería conveniente».

Así, el estado sacerdotal en la «sociedad del setecientos, era humanamente apetecible», pero Pablo no piensa ni en apetencias humanas ni tampoco en colocaciones que puedan solucionar los problemas económicos de la familia. Para ello ya había renunciado a la posibilidad de un arreglo matrimonial. El espíritu del joven Pablo Danei está viviendo de otras realidades más serias y más comprometedoras.

El sacerdocio no se le presentaba como un horizonte capaz de arrastrar y ponerle alas a su espíritu. Al fin y al cabo, tenemos que reconocerlo, Dios habla a las almas también a través de las realidades que están viviendo. Y la pobreza del clero era evidente en todos los campos. Baste recordar los requisitos mínimos que se exigían para ingresar al seminario, si es que se puede llamar seminario: «tener siete años de edad, estar bautizado y confirmado, saber los rudimentos de la fe (Padrenuestro, Ave Mana, Salve Regina, Credo, Mandamientos y Mandamientos de la Iglesia, Pecados Capitales, Virtudes Teologales y Morales, actos de fe, esperanza y caridad, y el acto de contrición, certificado de frecuentar la escuela y haber comenzado a aprender a leer y escribir, atestado del párroco acerca de las costumbres de vida y la frecuencia, si tiene edad, de la confesión y la comunión, etc.».

Aquí encontramos la razón por la que Pablo no se siente llamado al sacerdocio. Muy por el contrario, él mismo se siente llamado a trabajar por la renovación de los sacerdotes. Y ésta será una de sus grandes preocupaciones toda la vida. Claro que se pudieran hacer una serie de interrogantes sobre el particular. ¿No era preferible ordenarse sacerdote para así mejor poder ayudar en esta renovación de los sacerdotes? ¿Hasta dónde él podría, como laico, ejercer una verdadera influencia en el cambio y renovación sacerdotal? Los caminos de Dios no son fáciles de reconocer.

 

Ordenación sacerdotal de Pablo y Juan Bautista

La decisión de ordenarse sacerdotes debieron tomarla los dos hermanos hacia fines de 1726, fecha en que sabemos que monseñor Corradini pidió las Cartas Testimoniales a monseñor De Gattinara. Ya antes monseñor Cavalieri le había insinuado la idea de la ordenación sacerdotal, incluso para facilitar la aprobación de la Congrega­ción. Y más tarde, la decisión pareciera nacer de la influencia y veneración que sentía hacia el cardenal Corradini, con quien trabajaba en el Hospital de San Gallicano, en Roma.

El mismo Pablo escribía a su gran amigo, el sacerdote Don Erasmo Tuccinardi, el  15 de marzo de  1727: «Los superiores quieren que seamos ordenados sacerdotes; para ello consiguie­ron la licencia del Sumo Pontífice de que podamos seguir con el mismo hábito de penitencia y con la misma vida que llevamos». Y en la misma carta le expresa unos sentimientos que casi diríamos de miedo ante la responsabilidad que están por asumir: «no tengo tiempo de contarle más ampliamente las disposiciones de la Divina Providencia sobre el particular; pero le confieso que el verme cargado de tantas imperfecciones me hace temer que todo esto, por culpa mía, redunde en mayor castigo; ruego, por caridad con fervor al Señor para que nos proteja en tantas necesidades».

Los miedos de Pablo se deben, posiblemente, al contraste entre la realidad que está viendo y el ideal sacerdotal que arde en su corazón. Dentro de su corazón no se siente llamado al sacerdocio. Y por otra parte, los «superiores quieren que seamos ordenados». Experimenta la invitación de la iglesia a ordenarse como una manera de ser más eficaz en la misma obra que el Señor le había inspirado. Y esto nos revela dos cosas: por una parte, el elevado concepto que Pablo tiene del sacerdocio, pese a los modelos que a diario desfilan delante de sus ojos. Y por otra, el convencimiento de sus posibilidades de entrega a Dios, en su simple condición de laico no ordenado. Y a la que habría que añadir una tercera: el profundo sentido de Iglesia que hay en su corazón. Siente que debe acceder a la ordenación sacerdotal por la llamada misma que le hace la Iglesia.

Desde fines de 1726, Pablo comienza su preparación al sacerdocio bajo la dirección del P. Domingo María de Roma, del Convento de los Menores Observantes de la Isla Tiberina, quien les dio a él, y a su hermano Juan Bautista, clases de Teología y de Pastoral.

Además, en este tiempo por tres veces hizo los Ejercicios Espiri­tuales dirigidos por los Padres Jesuitas y Lazaristas.

El 16 de febrero de 1727 recibieron la Tonsura y el día 23 del mismo mes las dos primeras Órdenes Menores y al día siguiente las otras dos. El Sábado Santo, 12 de abril, fueron admitidos al Subdiaconado en la Basílica Lateranense. El 1 de mayo fueron ordenados de Diáconos en la Capilla privada de monseñor Baccari, que era Vicerregente de Roma. Y ordenados sacerdotes el 7 de junio de 1727, de manos del Papa Benedicto XII1

Ese día Pablo dejaba su condición laical y daba comienzo a una nueva experiencia en su vida. La experiencia sacerdotal. Un sacerdocio que vivirá siempre con toda la intensi­dad de su vida y que él consagrará en gran parte a la ayuda espiritual de los sacerdotes. En todas las misiones populares, Pablo hacía una misión paralela con el clero y aun trató de organizarlo en grupos de reflexión y meditación, cosa que por otra parte, no siempre le daba los resultados apetecidos.

 

2. La santidad laical

A. Santificarse en su estado de seglar

 

Los monos no entienden de peces

Los monos entienden mucho de árboles, de plátanos y de otras muchas cosas. Pero de peces no entienden nada. Uno de esos monitos simpáticos jugueteaba en una rama tendida sobre el río. En un momento determinado, contempló a un pez, feliz, nadando dentro del agua. Asustado, metió la mano, lo pescó y lo puso sobre la hierba a secarse al sol. Como alguien lo reprendió, el monito respondió inocentemente: «Pobrecito, si se estaba ahogando, estaba todo mojado, y ahora se está secando». Lo que para el mono era una manera de impedir que el pez se ahogase, para el pez era la manera de poder vivir.

Muchos cristianos pareciera que tampoco entienden mucho de peces. Creen que estar en el mundo, vivir en condición de secularidad laical en el mundo es un riesgo a su santidad. Y entonces, para ser santos, sienten que deben salirse del mundo. Como si la santidad fuese pura cuestión de geografía. Jesús dijo a sus discípulos: «No te pido que los saques del mundo sino que los guardes del maligno. ». (Jn 17, 11)

La santidad y perfección cristiana es una semilla llamada a crecer allí donde Dios la siembra. Y la semilla bautismal está llamada a germinar, crecer y dar fruto allí donde cada uno es llamado por Dios a vivir. También la geografía es espacio de gracia y espacio de Dios. No es cuestión de dónde estamos sino donde Dios quiere que estemos. Esto era muy claro para Pablo de la Cruz; para él, los caminos los marca Dios y no nosotros. En una carta a su íntimo amigo, el señor Tomás Fossi, demasiado empeñado en que todos sus hijos e hijas se metiesen al convento. Pablo le escribe:

Pero en cuan to a la elección de estado, déjelos en plena libertad, porque la vocación tiene que venir de Dios, y si no se sienten inclinados a la vida religiosa, no hay otra cosa que hacer sino adorar su divina disposición. ¿Quién sabe si esa jovencita, metiéndose a monja, no tendrá que vivir en el monasterio como un condenado a las galeras? ¡Oh, cuánta experiencia tengo en esto, y cuánta ruina se ocasiona a los monasterios por estas muchachas que entran en ellos por respeto humano, para dar gusto a los padres; viviendo en clausura una vida desesperada, con el peligro evidente de su eterna condenación. Al contrario, si esa que no se siente con vocación religiosa, se casa, supuesta la buena educación recibida en la familia, será una santa mujer, que formará una familia santa. Algo parecido digo de los hijos. Dejemos, pues, a Dios el cuidado de todo, atendamos a nuestros propios deberes y estemos seguros de que todo marchará bien. (Lt. I. 367)

El agua es vida para los peces, pero el mono puede ahogarse en ella. Como la rama del árbol es vida para el mono, pero muerte para el pez. El convento es camino de santidad para el llamado a la vida consagrada, pero puede ser camino de muerte para aquellos a quienes Dios quiere como los testigos de su amor en el mundo.

Tomás Fossi es un tanto terco en sus convicciones. No entiende que el mundo pueda ser lugar de santidad y perfección cristiana. Vive obsesionado con la vocación religiosa, sobre todo de sus hijas. Mientras tanto, Pablo procura cambiarle la cabeza y convencerlo de que el cristiano debe florecer allí donde Dios lo plante. Fossi insiste sobre la vocación religiosa de sus hijas. He aquí la respuesta de Pablo:

En cuanto a sus hijas, ¡oh, cuánto le he recomendado dejarlas en libertad en la elección de estado, siguiendo aquello a que son llamadas! Su deseo de verlas a todas monjas es bueno, pero si Dios no las llama ¿qué va a hacer usted? Y si la Providencia del Señor las quiere casadas, ¿por qué no ha de condescender?¿Es que no pueden ser unas santas esposas? (Lt. I. 373)

 

El propio estado es el mejor lugar para la santidad

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, habla de la santidad como exigencia bautismal. Un bautismo llamado a germinar en las diversas situaciones y condiciones de vida. Y en todas ellas la tierra fecunda de crecimiento.

El bueno de Fossi no sólo piensa en la vocación religiosa de las hijas, sino que él mismo cree no sentirse a gusto en su condición de casado. No acierta a leer los impulsos de perfección que Dios despierta en su corazón y confunde la perfección cristiana con el cambio de condición de vida. Está dispuesto a dejar la familia y hacerse religioso. El P. Pablo de la Cruz necesita toda una dosis de humor y aguante con el pobre don Tomás.

Usted quiere llevar vida de monje solitario, y Dios bendito quiere que usted haga una vida de buen seglar casado. En la casa de mi Padre, dice el dulce Jesús, hay muchas mansiones. Por consiguiente, carísimo don Tomás, pacifique su corazón y no conturbe su alma con tan inútiles reflexiones. Las virtudes debe ejercitarlas con tranquilidad de ánimo, según el estado en que se encuentra, y no le faltarán para ello constantes ocasiones.

 

Dios da la gracia según las condiciones de estado

En su terquedad y falta de sentido de discernimiento, Fossi llega a sugerirle al P. Pablo de la Cruz, la idea de que puede abandonar su casa una vez que lo deje todo bien arreglado. Pablo le responde siempre en la misma línea:

Respecto de ese punto, tengo que decirle que el abandonar su casa, por más que la deje bien atendida, no sólo será un gran error, sino también un alejarse de la abundancia de esas gracias que Dios, por medio de las cruces que pone sobre sus  espaldas, va sembrando continuamente en su alma. En consecuencia, yo no puedo ni debo aconsejarle semejante resolución, antes me veo en la obligación de decirle que tiene absolutamente que atender a su familia. Y por mayores contrariedades que experimente, lo que tiene que nacer es besar humildemente la mano que lo hiere, buscando su mayor provecho espiritual, pues el camino que usted tiene que seguir para alcanzar la santa perfección no es otro que ése. (Lt. I, 399)

 

«No te pido que los saques del mundo»

Cuando se vive más a impulsos del sentimiento que del verdadero discernimiento espiritual, se suele buscar toda una serie de subterfugios. Ahora don Tomás ya ha encontrado otra rendijilla por donde entrar a la decisión de la voluntad de Pablo de la Cruz, que lo está dirigiendo. Si «dejar arregladas las cosas de casa» no son razón suficiente para dejar la familia y hacerse religioso, entonces don Tomás piensa que cabría otra salida: que su esposa se meta a un monasterio y así él podrá irse al convento. El P. Pablo no se deja impactar con las ocurrencias de su dirigido y le contesta:

«En cuanto a separarse del mundo, tanto usted como su esposa, todavía no ha llegado el tiempo. Constrúyanse un hermoso retiro en lo más íntimo de su espíritu, y en ese sagrado desierto traten con el Supremo Bien, en soledad, adorándolo en espíritu y en verdad» (Lt. I, 347)

No es preciso salirse del mundo para encontrar la soledad. La soledad no es tanto cuestión de cerrar los oídos a los ruidos del mundo cuanto el saber crear un espacio de silencio dentro de nosotros mismos. Se puede vivir con el bullicio del mundo en la soledad de un convento, y se puede vivir la soledad del convento en medio de los ruidos del mundo. El problema de Dios y el alma se definen no en la periferia de la vida, sino en el secreto del corazón. El desierto no es tanto cuestión de arena sino problema del alma, del corazón. Ahí está el verdadero santuario donde podemos adorar a Dios en la verdad.

No vivir la propia realidad impide que seamos nosotros mismos

Una de las mayores tentaciones del corazón humano suele ser no sentirse a gusto con lo que se es, ni estar a gusto allí donde se está. Pensar que la felicidad está siempre en la puerta siguiente es olvidarse que la felicidad está dentro de nuestra casa. Esto es similar al cuento de aquel que soñó con un tesoro bajo el puente en el río. Se levantó de noche, tomó pico y pala y se fue a excavar en el rio buscando el tesoro. Alguien que pasaba por el puente, al verlo, le preguntó qué hacía. Estoy buscando el tesoro. El pasajero muy cortésmente le respondió. «Si quieres encontrar el tesoro regresa a casa y cava en tu cocina que allí está». Los tesoros no siempre están fuera, ni debajo de los puentes. Hay demasiados tesoros que sólo se en­cuentran en la propia cocina, entre cacerolas y pucheros.

Por ahora no consienta que tales pensamientos se adueñen de su corazón, porque, aunque buenos, le impiden otros de mayor perfección, según su presente estado. Todo su deseo debe ser agradar a Dios y de vivir abandonado como un niño en los brazos de la divina Voluntad. Y mientras tanto, sea su convento y su retiro su propio interior, en el que su espíritu debe permanecer solitario y escondido en el seno de Dios. (Lt. I. 363)

El fundador de los pasionistas está tan convencido de que la condición de vida del seglar es tan camino de perfección cristiana como la vida de convento, que se siente molesto cuando, en una ocasión, pareciera que Sor María Querubini Bresciani le escribe de una manera un tanto despectiva de los seglares. Pablo, en un tono enérgico, como si le hubiesen tocado una de las fibras delicadas del alma, le responde:

Pero eso que me dice de «gente de mundo», no es bueno. ¿Y usted qué es? ¿Acaso del cielo? Humíllese, aniquílese y reconozca su propia nada e indignidad, y que no merece ni siquiera estar bajo tos pies de esos que usted dice gente de mundo: acaso son más espirituales que usted. No me vuelva a hablar así. Esto se lo digo, no para que ande con escrúpulos, que no debe nacerlo, sino para que aprenda a ser otra vez humilde. (Lt. I. 264)

Pocas veces hemos visto una actitud tan enérgica en Pablo de la Cruz. Pareciera como si le hubiesen tocado el nervio más lino de su espíritu. Ignoramos la reacción que pudo tener la monjita Sor Querubina. Lo que sí estamos seguros es que nunca más se habrá atrevido a hablar despectivamente de los seglares.

 

B. Virtudes de la santidad en familia

La vida cristiana vivida en el mundo tiene sus propias exigencias y sus propias virtudes, nacidas precisamente de la necesidad de vivir el Evangelio desde las realidades concretas de la vida. Sobre todo, la familia es una escuela de virtudes y es también una exigencia de la práctica de la virtud.

 

Gusto por las cosas de la familia

La primera virtud cristiana de la vida familiar es «sentir el gusto» de la familia. Sentir el gusto de servir a Dios en las cosas de la casa. La familia es un don de Dios, y los demás miembros de la familia son regalos que Dios nos hace en nuestro camino hacia Él.

Guste la voluntad de Dios en las faenas de la casa. Hágalo todo con diligencia, porque así lo quiere Dios. Cultive la devoción en su familia. Que su familia viva feliz y contenta y sea toda de Dios. Tenga el corazón fijo en el cielo, de forma que no haya viento capaz de torcer esa devoción. (Lt. I. 386)

Sentir el gusto por la familia, el hogar, los nuestros, es sentir gusto por esa realidad en la que Dios nos pone y por el don que nos hace en los demás. Y sentir gusto por la familia significa además un empeño diario en crear un clima y un ambiente familiar donde todos sientan la alegría del vivir. La felicidad y la alegría del hogar es una manera de expresar la alegría misma de Dios.

 

Las virtudes del propio estado suplen a las penitencias y austeridades

Pablo de la Cruz tenía un enorme sentido de la realidad. Y hasta se diría que era un hombre que vivía la experiencia divina desde los pequeños detalles de la vida diaria. Para él, Dios no es algo que hay que vivir en espacios cerrados, sino una presencia que se vive las veinticuatro horas del día.

Incluso, ciertos deseos de austeridades y penitencias pueden resultar evasiones fáciles que tratan de huir de esa realidad concreta. Escribe a don Tomás:

Le ruego que haga morir en la divina Voluntad todos sus deseos de penitencia. Se lo digo en el Señor, que no son para usted. Dios bendito aceptará su buen deseo, pero no quiere esto. Procure ejercitar las virtudes propias de su estado y principalmente la humildad del corazón, la verdadera resignación a la divina Voluntad en las ocasiones que se le ofrezcan, en abrazar las contradicciones y las adversidades con paz y sumisión de espíritu, en mantener unida y en caridad a su familia, teniéndo­los a todos contentos en Dios. etc. (Lt. I. pág. 675)

Llama la atención la insistencia de Pablo en la alegría, la felicidad y la armonía familiar. Y sobre todo, el que Pablo vea en ello un camino de fidelidad a la gracia y por tanto un camino de santidad. ¿Ser santo haciendo felices a los demás? ¿Ser santo iluminando de felicidad el hogar? Los santos siempre hacen más fácil la santidad. Los que no lo somos la hacemos mucho más complicada.

El 1 de marzo de 1758, escribiéndole desde el retiro de San Ángel de Vetralla, le indica las verdaderas virtudes que deben adornar su espíritu:

Las más importantes virtudes para usted son la humildad de corazón, la paciencia, la mansedumbre y la caridad para con todos, mirando a su prójimo como imagen de Dios, y amándolo en Dios y por Dios. No hay que andar solícito por lo que ha de venir sino, con paz y con serenidad de espíritu, ejercitar las virtudes según que tas ocasiones se presentan, teniendo el corazón siempre bien preparado, con mucha confianza en Dios y desconfianza de sí mismo». (Lt. I. 689)

Dentro de ese marco de realismo y del concepto de santidad cristiana de la vida seglar, Pablo prefiere que se conserve la salud y las fuerzas físicas para atender a los quehaceres de la familia y no que se desgaste en penitencias y austeridades.

En cuanto a soltar rienda a las penitencias, yo no pienso de esa manera, porque Dios no lo quiere, sino que prefiere que conserve su salud y las fuerzas físicas para atender a la familia.

Pablo llega a fijarse en ciertos detalles que pudieran parecer mínimos, pero que revelan una pedagogía de su mentalidad sobre lo que es la santidad de un seglar, llamado a vivir como esposo y como padre, al frente de una familia.

Coma lo necesario, manténgase fuerte para poder cumplir con sus deberes. Su débil cuerpo no tiene necesidad de penitencias aflictivas. Reciba con agrado las que Dios le manda […] Esta es la voluntad de Dios: que usted puede ser santo aún en medio de quehaceres, cuando los hace para su gloria. (Lt. I. pág. 546, 545)

 

C. Criterios sobre la educación de los hijos

Leyendo las cartas del Fundador, nos encontramos con una serie de recomendaciones o criterios pedagógicos muy simples, de gran sentido común, sobre la educación de los hijos.

Evitar el rigorismo minucioso

A los padres de familia les resulta demasiado fácil transferir su propia problemática en los hijos. Incluso es fácil exigirles el rigorismo espiritual que uno pueda tener consigo mismo. Y esto es carecer de una verdadera perspectiva de la realidad. Ni los hi­jos tienen la misma madurez de los padres, ni todos los hijos están llamados al mismo camino espiritual de los padres. Cada uno de nosotros es distinto y personal delante de Dios.

Usted pretende demasiado, va demasiado por el camino de la sutileza, piensa demasiado, y por eso le parece que está obligado a corregirlo todo, y a instruirlos a todos […] es un celo indiscreto que no le conviene». (Lt. I. pág. 661)

 

Nada de prisas en exigir la santidad…

Una de las cosas más maravillosas de Dios es la de adaptarse a nuestro propio caminar. Nos empuja, y a la vez, camina a nuestro ritmo. El empeño de santidad ha de ser fuerte, pero sin pretender forzar el espíritu.

Reflexione sobre los avisos que le tengo dados, esto es, no pretender en sus hijos una santidad repentina. Llévelos, por el contrario, con dulzura y discreción a la perfección cristiana, enséñeles a temer a Dios y a huir del pecado. También le tengo dicho que un cuarto de hora de meditación, o a lo más, media hora, basta para los hijos y las hijas. De lo contrario, se can­sarán, se fastidiarán y terminarán pomo liacernada, porque se ven constreñidos a ello.

No sea extremista, carísimo don Tomás, que es una cosa muy peligrosa. La santa discreción es la sal que condimenta todas las demás virtudes. (Lt. I. pág. 661)

 

La sana diversión es necesaria

Mente sana en cuerpo sano, pero también habría que decir «santidad sana en sicología sana». La santidad y perfección cristiana no es enemiga del sano esparcimiento. La santidad no puede ser un corsé que estreche nuestro espíritu; al contrario, la santidad es la libertad de los hijos que viven con amplitud de horizontes. Algunos suelen confundir santidad con seriedad y congestión de nervios. Pablo era en todo esto muy humano. Sabía perfectamente que, sobre todo, los jóvenes necesitan respirar, sentirse libres y que Dios también es fiesta en la vida.

También le he dicho que no las esclavice tanto, que a sus tiempos les deje tomarse algunas honestas diversiones, aunque sea bajo la discreta vigilancia de la madre. De otro modo se aburrirán y perderán la alegría de su alma y con ello perderán también la devoción, el ánimo y hasta la salud. Aunque estoy convencido de que en esto, me ha hecho poco caso. (Ibíd.)

 

D. Espiritualidad familiar

No vamos a pretender en Pablo de la Cruz, que vivió en el siglo XVIII, una espiritualidad familiar estructurada como hoy. Ni tampoco unas líneas teológicas, frutos del desarrollo mismo de la teología actual. Lo importante es destacar ese sentido intuitivo de la fe que le hace descubrir la experiencia cristiana de la fe en la realidad familiar.

 

La gracia de los padres

En primer lugar, Pablo de la Cruz cree en esa gracia particular que asiste a los padres en su misión educativa y formativa de los hijos. Es lo que nosotros llamaríamos hoy «gracia de estado», porque es la misión que Dios les ha encomendado. Escribe Pablo:

No dude, sin embargo, de que la semilla de la educación y de la palabra divina producirán su fruto, pues la Divina Majestad ha dado una gran virtud y eficacia a las santas palabras de los padres a sus hijos. Así que continúe como va. Llévelas de buena manera, hábleles de la Pasión de Jesucristo, de los dolores de María Santísima, de las vidas de los santos, de la muerte, del infierno, de lo horrible del pecado. Pero esto debe hacerse con palabras sencillas, infantiles, con brevedad. Enséñeles a hacer actos de amor de Dios, a besar a menudo el santo Crucifijo y a tener devoción a María santísima y a los Ángeles Custodios. (Lt. I, pág. 556)

Pablo entiende la educación de una manera muy bella: sembrar semillas y luego saber esperar. A la vez, los padres deben confiar en la eficacia de su gracia de estado para educar a sus hijos. No deberán faltar los recursos sicológicos, como adaptarse a su condición infantil, las palabras sencillas y pequeños resortes simples como besar el Crucifijo, pero por encima de todo ha de estar su confianza en esa gracia que Dios les concede como responsables que son de la formación de los hijos.

 

Vivir la vocación familiar

La realidad familiar, los problemas, penas y esperanzas de cada día han de ser una fuente de experiencia bautismal y por tanto de experiencia de Dios y de la salvación.

Mientras tanto, usted debe poner todo su empeño en ser fiel a la vocación que Dios le ha dado, procurando atender con toda solicitud al buen gobierno de su familia, tanto en lo espiritual como en lo temporal, manteniendo una paz inalterable en casa, usando la máxima diligencia para que su señora y los hijos estén siempre contentos en Dios, y cuidando de que tanto en el vestir como en todo lo demás, caminen según su estado, porque no a todos les es dado atender al total menosprecio de si mismos, ni se puede volar, si no se tiene alas, A tal efecto, usted no debe hacer sino aquellas limosnas que le permita su actual situación, para no dar motivo a la familia a que se lamente de cosas que les hacen falta. De esta manera, conservando la paz, estarán mejor dispuestos para pensar en las cosas espirituales, según el estado en que se encuentran, pues no todos pueden ni son llamados a seguir un camino extraordinario». (Lt. I. pág. 701)

 

Santidad como pareja

El matrimonio es un compromiso de dos. La gracia sacramental del matrimonio es gracia de unión, gracia de pareja. Y por tanto también es gracia de santidad de pareja. Gracia, por tanto, que bien pudiera llamarse también de misión. La misión que cada uno de los dos tiene de ayudara la santidad y perfección cristiana del otro.

Ayude con santos consejos a su señora esposa y compañera de espíritu. Espero de ella mucho bien. La saludo en Jesucristo, y la deseo santa en la Cruz del salvador, otro tanto lo espero de toda su casa.

Amarse como esposos es también ayudarse mutuamente en el crecimiento de la le y de la santidad. Por otra parte, la esposa, no es sólo compañera sicológica que complementa al marido, es también «compañera de espíritu», compañera de camino por las experiencias bautismales de la gracia.

No siempre Pablo se encuentra con matrimonios como el de Tomás Fossi. Su experiencia lo hace partícipe también de situa­ciones delicadas. El 16 de junio de 1758 escribe una carta muy interesante a la señora Cecilia Constanzi Tolfa. Su marido lleva, según parece, una doble vida, y las consecuencias no se hacen esperaren la vida de Cecilia. Ella le pide a Pablo que haga lo posible por hablar con él a fin de corregirlo. Pablo, muy sabiamente le manifiesta no ser conveniente, más bien cree que sería preferible a que sea el esposo quien manifestase alguna intención de llegar a este encuentro:

Si él viniese aquí espontáneamente a hacer los ejercicios, entonces podría esperarse algún resultado. De lo contrario no sabría decirle nada esperanzador. Cuando el tiempo refresque un poco o en la próxima cuaresma organizaremos una tanda de ejercicios, y entonces invitaríamos también a su esposo, si quisiese venir. (Lt. III pág. 524-525)

Mientras tanto, Pablo le hace algunas sugerencias prácticas:

Mientras tanto, si se diese el caso de que él se acercase por aquí, ciertamente yo trataría de iluminarlo a fin de que cumpla con sus deberes. Usted procure ejercitarse en el sufrimiento, dejando de lamentarse, y orando a Dios por él pidiendo que cambie…

Señora Cecilia, atienda usted misma a la buena educación de sus hijos, y supla así las deficiencias de su esposo. En la meditación diaria de la Pasión Santísima de Jesucristo y en la devota frecuencia de los sacramentos, aprenderá la caridad y la paciencia, la mansedumbre hacia su esposo y para con los demás: (Ibíd.. pág. 525)

Peor parece aún la situación de la señora Lucrecia Bastiani Paladini. Su matrimonio da la impresión de irse agrietando cada vez más. Esto ya aparece en la correspondencia de 1760. Sin embargo, en 1773 las rosas llegaron ya a rebasar hasta tal punto que la Señora Lucrecia consulta a Pablo sobre la actitud que debe tomar. Ella está pensando en la separación definitiva. Pablo entonces, le escribe:

No puede ni debe abandonar a su esposo, sino hacer un buen uso de la cruz, y, sufriendo con paciencia por amor a Dios y con resignación a la divina voluntad, mostrar que ama a Dios no sólo con palabras sino con hechos. Para quien ama a Dios, dice san Pablo, todas las cosas ayudan, prósperas o adversas, amargas o dulces, pequeñas o grandes, todas, insisto, ayudan y coope­ran en bien del alma.

Jesucristo nos mostró su amor no sólo con sus divinas palabras y con santos deseos, sino con sus divinos ejemplos y padeciendo mucho en su honor, en su fama y en su vida, la que entregó por nosotros en la cruz.

Por lo demás. San Pablo dice que la esposa infiel será ganada para Dios por su marido fiel, y que marido infiel será ganado para Dios por la esposa fiel. (Lt. III, pág. 592)

 

Hay que ganarse a las suegras para ganarse alguito de cielo

Uno se sorprende de que un contemplativo al estilo de san Pablo de la Cruz descienda a toda una serie de detalles, aparentemente insignificantes. Es cierto que ni todas las suegras son tan malas como se dice, ni posiblemente tan buenas corno ellas se imaginan. Pero Pablo es consciente de que la relación entre nuera y suegra es muy importante porque en parte condiciona el éxito mismo del matrimonio de la pareja.

A una señora, cuyo nombre ignoramos, le escribe el 28 de diciembre de 1769 desde Roma:

Sobre todo sea muy dulce y serena con la suegra. No le responda. Mas sufra en silencio. Es una buena mujer, yo lo sé, pero Dios quiere hacerla a usted santa bendita hija… Y Dios se sirve de ella como de un instrumento para ejercitarla a usted en la virtud: la humildad, la mansedumbre, la paciencia, etc. Hágalo así, hija bendita, y será santa. Y permanezca callada, muestre buen semblante y jamás se lamente con su esposo sobre la suegra, a fin de no contristarlo. (Lt. IV, pág. 125)

No se trata de aguantar leña y callar. Pablo sugiere toda una serie de motivaciones. Dios también nos habla a través de las suegras. Es buena, aunque un tanto difícil. Busque en ello el ejercicio positivo de las virtudes domésticas. Y sobre todo, le sugiere un criterio muy sutil: «no lamentarse con el esposo sobre la suegra», al fin y al cabo es su madre, y como hijo puede sentirse dolido. Se trata de pequeños detalles pero en los que se reflejan la finura espiritual y humana de Pablo de la Cruz.

 

Orar con los hijos

San Pablo de la Cruz siempre tuvo una gran fe en la oración y meditación, sobre todo de la Pasión de Jesús, como camino de perfección cristiana. Y tal vez una de sus más finas intuiciones fue la de creer que la oración–meditación es para todos, incluso para los niños, jóvenes y adolescentes.

De ahí que, dentro de la pedagogía de la fe, los padres aparezcan siempre como maestros de oración para los hijos. Pero Pablo de la Cruz tiene un detalle pedagógico importante. No basta con enseñar a rezar. Es esencial «rezar, orar y meditar con ellos»: la presencia del padre que se pone delante de Dios en compañía de sus hijos.

En orden a la oración de sus hijos e hijas, queda en libertad de dejarlos que la llagan por su cuenta. ¡Pero cuánto les ayudará su presencia para que la hagan fielmente! Y, además, por esta su caritativa asistencia, su Divina Majestad le concederá mayor recogimiento, y lo llevará a una más profunda soledad interior. (Lt. I. pág. 644)

La experiencia de compartir la oración con los hijos la considera Pablo una «caritativa asistencia», caritativa presencia. Una presencia que, mientras ayuda a los hijos, hace crecer también en espiritualidad a los padres.

E. Criterios sobre la continencia conyugal

Tomás Fossi le plantea con frecuencia a Pablo la posibilidad de vivir en continencia absoluta dentro del matrimonio, tal vez, por esa misma tendencia mística de hacerse religioso y como quien no ha descubierto su verdadera vocación en el estado al que Dios le ha llamado: el matrimonio.

Pablo de la Cruz nunca aceptó que Tomás tomase tal decisión, salvo en dos circunstancias muy concretas: primero, que nazca de un mutuo acuerdo entre los dos, esposo y esposa, y en segundo lugar, que sea temporal. Parte aquí del principio mismo de San Pablo de la Cruz, que considera la entrega mutua como una manera de vivir también el camino de santidad y perfección, y que para ser santo no es necesario negar las exigencias de la sexua­lidad de la pareja. El 11 de agosto de 1746 le escribe:

Ya sabe usted que, acerca de la continencia conyugal, yo siempre he sido fuerte, en especial por los motivos que usted me ha expresado por escrito y de viva voz. Uno y otro deben conservar una santa libertad conyugal, esto es, la libertad, tanto de pedir como de dar. Así se conserva mejor la santa caridad y se cierra el paso al demonio para muchas tentaciones, máxime teniendo en cuenta los celos a que usted mismo me hace referencia, ¿No ve y toca con la mano lo errónea que seria una tal resolución? ¿Y que esto nace de la misma esposa, más por modestia, que de la decisión de su voluntad? Le recomiendo que reflexione mucho sobre esto. Sé que le dije que de común acuerdo pueden tomar esa resolución por algún tiempo, o en tiempo de gran solemnidad, temporalmente, para dedicarse a la oración. Esto también San Pablo lo aconsejaba. (Lt. I, pág. 555)

Resulta interesante ver las motivaciones que Pablo sugiere para no renunciar a la vida íntima conyugal. En primer lugar, la vida íntima «conserva mejor la santa caridad». Lo que significa que Pablo de la Cruz ve en la relación sexual un deber de amor, de caridad del uno para con el otro y no sólo expresa esa caridad sino que la aviva y la conserva.

Un año más tarde, el 23 de setiembre de 1747, Pablo vuelve a reiterar su insistencia en la riqueza espiritual de la vida intima de la pareja. Fossi no es fácil de convencer cuando algo le entra en la cabeza. Ahora le habla a Pablo de la posibilidad de un voto de castidad conyugal. Pablo le responde:

En cuanto a la continencia, le digo que se valga del consejo de san Pablo, el cual aconseja a los casados la continencia temporal, para mejor dedicarse a la oración. Queda, pues, eso a su discreción y libertad, para ejercitarse en esa virtud, pero de ninguna manera haga voto, sino que ambos conserven siempre su libertad. (Lt. I. pág. 558)

Y el 5 de julio de 1749, le escribe desde Vetralla lo siguiente:

Acerca de la continencia, le vuelvo a decir que por ahora no me siento inclinado a darle licencia para guardarla perpetuamente, sino temporalmente, esto es en las novenas y otros tiempos, pero siempre de común acuerdo. Por lo tanto, diga a su señora y piadosísima esposa cuál es mi parecer, pues no quiero que se obliguen con voto, sino que queden con la santa libertad conyugal. Si luego, a lo largo de tales novenas, se sienten ambos seguros y sin peligro y quieren continuar absteniéndose por más tiempo, háganlo con la bendición de Dios, pero vayan poco a poco, probando si es esa la voluntad.de Dios, pues no basta para ello sentir ciertos fuertes impulsos, que pueden nacer del fervor de la devoción que Dios le da, pero que deben ser probados para ver si hay perseverancia, alejamiento y mortificación del instinto, etc. (Lt. I. pág. 583)

Fossi es demasiado impulsivo. Se deja llevar demasiado de sus impulsos y sentimientos. Por el contrario, Pablo de la Cruz, mantiene constante equilibrio de discernimiento. Y sobre todo, hay algo que él no quiere que se pierda en la vida de la pareja: su santa libertad de hijos de Dios. Por el sacramento del matrimonio la voluntad de Dios, para ellos, es que vivan y mutuamente se expresen y manifiesten su propio amor y caridad, también mediante la vida íntima de sus cuerpos. Para renunciar a ella, Pablo exige de un discernimiento que pueda manifestar que ahora el Señor los llama por otros caminos diferentes. Mientras tanto deben vivir la realidad de su condición de pareja

Rasgos de la santidad seglar

La visión de san Pablo de la Cruz sobre la santidad seglar es muy simple. Me atrevería a decir que, más que inventar cosas, aprovecha los medios normales y ordinarios de la vida cristiana. Esto que pudiera parecer pobreza de recursos más bien lo vemos como una manera de ver la santidad y la perfección del cristiano como un proceso de un normal desarrollo de la vida bautismal. Dicho de otra manera, para el Fundador de los Pasionistas, para ser santo no se requiere nada especial. Basta con vivir coherentemente la vida diaria, con los medios normales que la Iglesia ofrece a todos.

¿Qué exige a las almas dirigidas por él y que viven en el mundo? Lo que la Iglesia les brinda diariamente: vida sacramental (la penitencia y la eucaristía), una vida de oración y meditación que, incluso, en aquellos que tienen dificultades, pueden suplirlas con jaculatorias a lo largo del día.

Sin embargo, notamos tres detalles importantes que convendría resaltar:

Por una parte, la perfección cristiana consiste para él en responder con fidelidad a la voluntad de Dios. De ahí que en el camino de la santidad, para Pablo es esencial el sentido de discernimiento. ¿Es ésta la voluntad de Dios sobre mí? Si ésta es la voluntad divina, importan poco los caminos y los medios. La misma voluntad de Dios se hace camino y se hace instru­mento de santificación.

Por otra parte, Pablo de la Cruz, que busca siempre la libertad espiritual de las almas, tampoco cae en lo que hoy llamaríamos «la informalidad» espiritual. Es frecuente que exija a sus dirigidos y dirigidas un pequeño reglamento de vida. No como un elemento esclavizante, sino como una manera de ayudar a la fragilidad de la libertad. Cuando todo se deja a la improvi­sación de cada momento, se termina por hacer muchas cosas, dejando de hacer a veces lo fundamental. Por falta de espacio no los copiamos aquí. Pero quien lea sus cartas se encontrará con una serie de estos reglamentos de vida. Y esto tanto para seglares como incluso para aquellos sacerdotes que le piden les sirva de guía espiritual.

Y finalmente, un tercer elemento en los caminos de la santificación de las almas es la meditación diaria, sobre todo la meditación sobre la Pasión de Jesucristo. Pablo tiene una fe inmensa en la eficacia de la meditación y en concreto de la meditación sobre la Pasión de Jesucristo. En la meditación descubre Pablo de la Cruz la manera más práctica y eficaz de interiorizar la fe y los misterios de la fe, en contra de tantas prácticas piadosas de carácter externo que no logran ahondar en el alma.

Al escribir esto, me pregunto qué sentiría Pablo de la Cruz al leer el capítulo 5 de la Constitución sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II. «Llamamiento universal a la santidad». ¿No era esa su idea? Todo bautizado, por exigencia misma de su bautismo está llamado a la santidad cristiana…

 

3. La «tejedora de Piansano»

Son muchas las almas de seglares dirigidas espiritualmente por el Fundador de los Pasionistas. Queremos hacer una breve alusión a una en particular. Elegimos a Lucía Burlini, la «tejedora de Piansano», por dos motivos.

En primer lugar, porque fue una de las almas más queridas y amadas por el P. Pablo de la Cruz. Sus cartas las encabezaba casi siempre con términos como «Hermana mía en Cristo Jesús», «Hermana mía amadísima en Cristo Jesús», «Hija mía en Jesús crucificado». Ella misma era consciente de esta ternura y cariño de Pablo hacia ella. Ella misma confiesa en los Procesos Ordinarios de Canonización de Corneto que «el P. Pablo me decía que aunque se hubiera deshecho de todas las demás personas a quienes había tomado bajo su dirección espiritual, nunca lo hubiera hecho conmigo».

Y en segundo lugar, porque Lucía Burlini es el modelo de la santidad del seglar humilde, sencillo y que vive de su trabajo diario. Y no sólo eso, sino que a la pobreza material, Lucía unía la pobreza cultural. Era analfabeta. No sabía ni leer ni escribir. Hasta el punto de darse aquí un fenómeno raro de dirección espiritual. Pablo mantuvo una larga correspondencia con ella, pero a través del sacerdote Juan Antonio Lucattini. Y esto lo hacia cuando aún Lucattini era seminarista. Pablo dirigía prácticamente a ambos. Hay cartas en las que les dice; «es mi intención que las cartas a Lucía le sirvan también a usted, por lo que no me alargo más».

Lucía conoció por primera vez a Pablo de la Cruz en 1734, con motivo de la misión predicada en Cellere. Murió a los 79 años de edad, y la Iglesia la ha declarado ya Venerable. Pablo no sólo fue su director espiritual, sino que en muchas ocasiones Lucía fue de las pocas personas que pudieron conocer las profundidades del alma de Pablo. Pablo, de ordinario era muy parco en hablar de sí mismo. Ni siquiera con los religiosos exteriorizaba el mundo de problemas que tantas veces lo agobiaban espiritualmente. Lo hacía con el fin de no inquietarlos con sus sufrimientos interiores. Y, sin embargo, en una carta del 1 de Julio de 1752 se abre con Lucía y Lucattlni. Merece la pena copiar algunos de sus párrafos:

Compadeceos de mí al menos vosotros siervos de Dios, porque la mano del Señor ha caído sobre mí… Me encuentro en una tribulación tan grande, como no la he tenido nunca hasta ahora… He perdido el apetito y no puedo dormir, pues durante el sueño estoy temblando de miedo, como si en la mañana tuviera que ser llamado a la horca…

Recurro a la caridad de los amigos de Dios, especialmente de Lucía, suplicándole que dé alguna limosna al pobrecillo que le escribe, pidiendo ardientemente al Señor, tanto en sus oraciones como en la santísima comunión, por mis grandes, grandísimas necesidades…

Será un milagro que mi pobre humanidad no ceda… Expongan Lucía y usted nuestras necesidades al Señor… ¡Ay, por caridad, por caridad pidan ardientemente al Señor que nos socorra en tantas necesidades!

Si Lucía y usted me hicieran la caridad de decirme algo para aconsejarme… No puedo más. (Lt. II, pág. 821)

Lucía fue siempre como una madre para la Congregación Pasionista. Llegó a formar como la «cadena de pobres» cuya finalidad era pedir de casa en casa para recaudar limosnas para los religiosos. Muchas de estas familias eran pobres, pero que de su pobreza sabían compartir. En más de una ocasión pedían harina y luego en el horno público cocían el pan para llevárselo a los religiosos, sobre todo, a los que vivían en la ermita de Nuestra Señora del Cerro.

 

Metas de santidad

Pese a la condición de seglar y de analfabeta. Pablo presenta a Lucia el amplio camino de la contemplación y la vida en pura fe. Me atrevería a llamar a Lucía «la seglar contemplativa y mística». Pablo cree en el maravilloso poder de la gracia y en la fuerza transformadora de la Cruz en las almas, independientemente de donde se encuentren, qué conocimientos intelectuales tienen o su condición de vida. La santidad es para él algo que acontece entre el alma y Dios. Así que da lo mismo que las flores crezcan en un bello y cuidado Jardín o en la rendija de unas rocas.

Pablo de la Cruz, de gran olfato espiritual para las almas, descubre que la de Lucía es un alma privilegiada de Dios. Que lo que tiene de analfabeta lo tiene de sabiduría divina. Y lo que no sabe escribir con la pluma lo escribe con el testimonio de su vida. Le escribe:

Toda humillada y reconcentrada en su nada, en su nada poder, nada tener, nada saber, con alta filial confianza en el Señor, procure perderse totalmente en el abismo de la ínjlnita caridad de Dios, que es todo fuego de amor. Nuestro Dios es un fuego consumidor. Y ahí, en ese inmenso fuego, deje que se consuma todo lo que hay en usted de imperfecto, para que renazca a una nueva vida deífica, vida toda de amor, toda santa: y esta Divina natividad la celebrará en el divino Verbo Cristo nuestro Señor.

Así que, muerta místicamente a todo lo que no es Dios, con altísimo desprendimiento de todo lo creado, entre sola en lo más profundo de esa sagrada soledad interior, en ese sagrado desierto.

Eran tiempos difíciles. Ciertos rigorismos limitaban la participa­ción diaria en la santa comunión. Muchos sacerdotes imbuidos de jansenismo se negaban a darla a los fieles. Antes que Juan Antonio Lucattini, Lucía tuvo otro confesor, don Domingo Parri. Este le prohibía comulgar. Mientras tanto, Pablo de la Cruz se las ingeniaba para que a Lucía no le faltase alimento espiritual de la Comunión. Así le pide a Lucattini que le dé a Lucía la comunión por la mañana, a una hora adecuada, cuando no haya gente en la Iglesia.

Pablo tiene una gran fe en la santidad de Lucía hasta el punto de que, escribiendo a Lucattini, le dice:

Y Lucía ¿qué hace? Deme alguna noticia de ella, pues, aunque he dejado la dirección de todas las almas, excepto las de la Congregación, porque verdaderamente me resulta imposible atenderlas y, lo que es peor, no tengo luz para dirigirlas, a Lucía empero no la he abandonado, sino que le guardo mi servicio en Dios, para que no se olvide de mí en mis grandes necesidades. Dígale, pues, que pida mucho al Señor y a María Santísima por toda esta pobre Congregación…

 

Otras almas que volaban alto

Los santos tienen un imán especial para atraer a las almas grandes. San Pablo de la Cruz vivió una gran experiencia con toda clase de almas místicas, pero posiblemente, las almas más finas de su dirección espiritual fueron precisamente seglares. Lucía Burlini, de la que acabamos de hablar. Inés Grazi, que descubrió los caminos de la santidad gracias «a un dolor de muelas». Rosa Calabresi, que marcó los últimos años de la vida de Pablo. La relación espiritual entre Pablo y Rosa comenzó en 1760 cuando Rosa le escribió por primera vez, aún sin conocerlo personalmente. Desde entonces, hasta la muerte de Pablo le escribía semanalmente. La pena es que Rosa quemó toda la correspondencia, como quien quiere evitar destapar el vaso de perfume para que no se pierda. Se conocieron personalmente el 22 de abril de 1775 en la sacristía de los santos Juan y Pablo de Roma. Durante dos meses de permanencia en la Ciudad Eterna las conferencias espirituales entre los dos eran frecuentes. Estas conferencias Rosa siempre las consideró como «una continua oración».

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4. Los pasionistas seglares

San Pablo de la Cruz fue siempre muy consciente de que Dios le pedía la fundación de la Congregación Pasionista como un don para la Iglesia. Y, a la vez, tuvo una clara conciencia de que su carisma «la experiencia del amor de Dios revelado en el misterio de la Cruz», no era un privilegio de la Congregación, sino que la Congregación había sido creada en la Iglesia precisamente para «despertar esta memoria y grato recuerdo». Esta es una idea clave en su vida de fundador, desde los comienzos mismos de la Congregación. Hay un texto en la Noticia de 1747 que lo dice con toda claridad:

El gran Padre de las misericordias se ha dignado establecer en la Santa Iglesia una nueva Orden, un nuevo Instituto, en estos tiempos lamentables, tan calamitosos, en que a cara descubier­ta campean por sus respetos toda suene de iniquidades, con perjuicio incluso de nuestra santa Fe, que es atacada en lo más vivo en muchas partes de la cristiandad. El mundo continúa sumido en un profundo olvido de las amarguísimas penas que por amor suyo sufrió Jesucristo nuestro verdadero Bien, habiéndose poco menos que extinguido la memoria de su Santísima Pasión entre los fieles. De aquí que esta nueva Congregación tenga en cuenta uno y otro desorden para extirparlo, y, promoviendo una tal devoción, pretenda extirpar el vicio e implantar la virtud llevando las almas al cielo por el camino de la perfección, siendo la Pasión de Jesús, el medio eficacísimo para obtener todo bien. (Noticia 1747 n. 12)

Pablo de la Cruz no está pensando sólo en una comunidad religiosa que hace memoria del misterio de la Cruz. Está pensando en que los fieles seglares lleguen también a hacer esta misma memoria. Pablo está pensando en que la experiencia fundamental de la Congregación sea compartida también con el resto de fieles del Pueblo de Dios. No para que los seglares se hagan todos religiosos pasionistas, sino para que ellos puedan lograr descubrir su propio «camino de perfección» o santidad en su propia vida. Recuérdese la insistencia de Pablo a don Tomás Fossi sobre la necesidad de santificarse «en su propio estado».

Ya que has terminado de leer estos 5 artículos,

si estás interesado en amar así al Amor,

siguiendo este modo de vida,

escríbele a Pablo Francisco Maurino (el Dr. Mauricio Rubiano),

preguntándole lo que debes hacer.

Su correo electrónico es:

pablofranciscomaurino@gmail.com

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