Hacia la unión con Dios

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Los mensajes de los videntes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2015

Son tantos los videntes hoy día, que bien vale la pena refrescar algunos conceptos claves:

La Revelación pública y universal (todo lo que Dios reveló a los hombres de Sí mismo, del universo y de la vida humana) terminó cuando san Juan, el Apóstol y Evangelista, finalizó de escribir el Apocalipsis, hacia el año ciento diez de nuestra era; allí está contenido todo lo que debemos saber para alcanzar la salvación. Las revelaciones privadas y particulares no hacen parte de ese mensaje público y universal.

Una vez que la Iglesia ha estudiado una revelación privada y particular (lo cual suele ser demorado, debido a la gran responsabilidad que ello implica), da su concepto favorable, si ese mensaje se adecua y no tergiversa en nada el gran mensaje de la Revelación pública y universal. Y da un concepto desfavorable, indicando a sus hijos, los católicos, que ese mensaje no debe ser creído, por no estar incluido en la Revelación pública y universal.

Debido a que muchas revelaciones privadas y particulares son falsas, mientras la Iglesia se pronuncia, se dan los siguientes criterios:

  • Si la persona tiene un conocimiento doctrinal suficiente y nota algo contrario o que desdice de la Fe católica, debe rechazar esa revelación privada y particular y recomendar lo mismo a cuantos pueda.

  • Como lo único verdaderamente necesario es la Revelación pública y universal, a un católico formado en su Fe, coherente y maduro nunca le harán falta las revelaciones privadas y particulares; le basta el Magisterio de la Iglesia.

  • Aunque no son necesarias, si esas revelaciones privadas y particulares estimulan las virtudes cristianas e invitan a la conversión, a la penitencia, a la oración, pueden ayudar a las personas sencillas, simples y humildes, que no tienen acceso al conocimiento doctrinal.

  • Si en una revelación privada y particular hay mezcla de aspectos buenos y malos (por ejemplo, invitación a orar por la jerarquía eclesiástica y, a la vez, a desconfiar de la Iglesia), debe rechazarse y desaprobar con firmeza, pues se puede afirmar con firmeza que son típicas del demonio.

  • Por último, otro criterio certero: Nadie se equivoca obedeciendo. En el supuesto caso de que las órdenes, recomendaciones y dispensas del Vaticano no fueran según la Voluntad de Dios, quien obedece humildemente da gloria y honra a Dios.

Añadamos que cuando la Iglesia aprueba una revelación privada y particular lo que está afirmando es que sus mensajes están ya contenidos en la Revelación pública y universal; dicho de otro modo: no están diciendo nada nuevo. Por eso, nace la pregunta: ¿Para qué sirven, entonces, las revelaciones privadas y particulares?

Podemos afirmar que—cuando son auténticas— pueden servir a las personas que están alejadas de la Fe, para su conversión; pero, una vez convertidas, conviene que se desapeguen de lo que los acercó a Dios y se concentren en estudiar la doctrina de la Iglesia y en conocer y poner en práctica la teología espiritual católica (ascético-mística) para avanzar en su vida interior, hacia la unión con Dios.

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¿Es el sufrimiento sólo una consecuencia del mensaje y el testimonio cristianos?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 7, 2014

 

En algunas facultades de teología enseñan que el sufrimiento de Cristo se debió únicamente a que su mensaje y su testimonio chocaron con el mundo y que, en consecuencia, quien evangeliza y da testimonio tendrá que sufrir por esa razón.

Pero tenemos que ser muy prevenidos cuando escuchamos conceptos que, como estos, están en franca oposición a lo que enseña la Iglesia. Veamos:

Nada más comenzar la carta apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, el beato Juan Pablo II, dice:

“Suplo en mi carne —dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento— lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia”.

Entonces, el sufrimiento tiene un valor salvífico, según el Santo Padre, ya en proceso de canonización. ¿Pero es el sufrimiento de Cristo o el nuestro?

En la conferencia del cardenal Saraiva Martins sobre el tema: El evangelio del sufrimiento en el magisterio de Juan Pablo II, en la que analiza esa misma carta apostólica[1], dice:

Las tribulaciones de Cristo, hombre-Dios, de valor infinito, no necesitan otros sufrimientos para salvar, pues constituyen la única causa de salvación para todos. El poder ilimitado de sus sufrimientos confiere lo que falta a las tribulaciones de todo hombre que sufre. Sin embargo, es necesario aprovechar los dones que produce la cruz de Cristo. Jesús, por decirlo así, ha preparado un banquete, en el que no falta ningún manjar; lo único que falta es que cada uno ocupe su lugar en la mesa y consuma los manjares preparados también para él. El convidado, ataviado con los sufrimientos que Dios mismo da a cada uno como vestido, completa la mesa.

Y continúa:

Cristo salva por medio de la muerte de su cuerpo de carne; el hombre es salvado y ayuda a salvar con las tribulaciones de Cristo, el cual ofrece a cada uno el don de sufrir como él y con él, a fin de seguir salvando en él, también mediante el sufrimiento de su propia carne. Los sufrimientos del cristiano, vividos juntamente con las tribulaciones de Cristo, permiten donar los beneficios de Cristo a su Cuerpo místico. Así pues, la Iglesia no sólo es el Cuerpo de Cristo salvado por los sufrimientos del hombre-Dios; también es su Cuerpo místico, que sigue salvando al mundo mediante los sufrimientos de sus miembros. Estos completan así, por vocación recibida del Señor, las tribulaciones de Cristo.

Hay aún más:

Impresionan profundamente las palabras del Santo Padre sobre el valor del sufrimiento, cuando afirma que “parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar” [6]. De este modo, “cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo”.[7].

Para no hacer más largo este escrito, recomiendo la lectura atenta de la carta apostólica Salvifici doloris, que se encuentra en este mismo blog:

https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/2014/03/07/salvifici-doloris-2/

O, también, en la página oficial del Vaticano:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_letters/documents/hf_jp-ii_apl_11021984_salvifici-doloris_sp.html

Sobresalen en ella el capítulo IV: JESUCRISTO: EL SUFRIMIENTO VENCIDO POR EL AMOR, y el V: PARTÍCIPES EN LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO. Tras su lectura se podrá completar todo el conocimiento de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia sobre este asunto.

Solo incluyo aquí unas partes de la conclusión:

Nº: 31. Este es el sentido del sufrimiento, verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión.

El Concilio Vaticano II ha expresado esta verdad: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque […] Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. (100) Si estas palabras se refieren a todo lo que contempla el misterio del hombre, entonces ciertamente se refieren de modo muy particular al sufrimiento humano.


[1] Sábado 13 de diciembre de 2003. San Giovanni Rotondo (Foggia, Italia)

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¿Cada pecado nos acarrea un sufrimiento?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 14, 2014

 

Cuando el Magisterio oficial de la Iglesia Católica afirma: “El sufrimiento, la enfermedad y la muerte son consecuencia del pecado original”, no está diciendo que cada pecado causa una enfermedad o un sufrimiento. Eso significaría que cada vez que pecamos tendríamos un sufrimiento o una enfermedad; y bien sabemos que muchas veces pecamos sin que nos sobrevenga enfermedad o sufrimiento y, además, que a veces sufrimos sin que hayamos pecado, lo que significa que ese criterio está equivocado.

Lo que explica la doctrina de la Iglesia es que el pecado original, y únicamente el pecado original (no cualquier pecado), fue el causante de que en el mundo aparecieran todos los dolores, todas las enfermedades y la muerte de todos los seres humanos, tres circunstancias que no estaban en los planes divinos.

A partir de ese primer pecado, los seres humanos se enferman, sufren y mueren; antes no.

Y, ¿quién indujo al hombre a pecar? El Demonio. Por eso Jesús dijo que “a causa del Demonio” la mujer del Evangelio estaba encorvada.

Por otra parte, Dios hizo el Universo visible, con todas sus leyes: atracción de los planetas, cambios climáticos, placas tectónicas, virus, bacterias, etc. Y, sobre todas, la ley del azar: las cosas creadas se rigen por unas leyes impuestas por su creador, pero sin estar totalmente dirigidas: las nubes, por ejemplo, se mueven a merced del viento, a veces para un lado, a veces para el otro, lo que determina el frío, el calor, la lluvia, etc. Asimismo, la velocidad, dirección y fuerza del viento están determinadas por otras causas… Y así se podrían seguir examinando las variables indefinidamente.

Si lo ponemos de una manera gráfica para comprenderlo mejor, habría que decir que es como si el Creador hubiese puesto a girar un trompo, como lo haría un niño, con la diferencia de que el niño puede despreocuparse de la suerte del trompo, mientras que Dios permanece siempre pendiente de la suerte del universo (el trompo) y, sobre todo, de los seres vivientes, respetando la condición propia de su actividad (que en el hombre es libre), e interviniendo para su bien, especialmente cuando solicita su ayuda.

Aunque Dios no ha abandonado a su creación, y a pesar de que está al tanto de los acontecimientos e interviniendo en la historia, ha dejado que el azar sea una de las reglas del devenir universal y humano.

Pues bien, en el momento en el que el rey del universo visible (el ser humano) pecó, ese universo se desordenó en sus leyes, y comenzaron a producirse desastres, epidemias y males de todos los órdenes, con los que la humanidad empezó a experimentar algo que antes no existía: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Por eso, en la Biblia se narra la vida de Job, el caso del ciego de nacimiento, el enfermo que bajan en una camilla del techo, etc. Y también los otros seres vivos inferiores al hombre sufrieron las consecuencias de ese desorden.

Y esto ocurre, según las leyes del cosmos (ahora desordenadas por el pecado original del ser humano): algunos se enferman más que otros y unos más gravemente que otros, algunos se mueren más prematuramente que otros y unos sufren más que otros, todo dependiendo de las circunstancias que los rodean y de la ley del azar.

Por eso las enfermedades están en el genoma humano: porque el pecado fue de toda la especie, no de un par de individuos. Y, cuando los genes no son recesivos, la enfermedad se manifiesta en unos, mientras que en otros no (aunque todos las merecíamos); por eso unos nacen sanos y otros no; por eso unos nacen vivos y otros no…

Pero todo lo dicho hasta ahora es lo que ocurría antes de la venida de Cristo.

Él vino para salvarnos, para devolverle la gloria que le quitamos al Padre y para dejar al Espíritu Santo para nuestra santificación.

Pero también redimió el dolor: después del sufrimiento de Cristo el dolor adquirió unos matices nuevos, todos positivos:

  • es a veces una prueba;
  • otras veces manifiesta la gloria de Dios (que exime a muchos de las enfermedades que merecíamos);
  • otras veces es medio para alcanzar la santidad, pues nos purifica de nuestros apegos y desórdenes;
  • también es modo de unirse a la Cruz de Cristo para ayudarlo a salvar y santificar personas, y a devolverle la gloria al Padre (la que le quitamos con nuestros pecados);
  • es la muestra más grande del amor cuando lo hacemos por compadecer a Jesús (con-padecer = padecer con Él), es como mejor lo consolamos, pues ¡el amor hace suyas las penas del Amado!;
  • y es, a través del sufrimiento, como el Señor nos corrige, pues Él prefiere que suframos un poco en esta vida temporal, siempre que nos ganemos la vida eterna: qué importa sufrir diez años, veinte, cincuenta…, si después es el Cielo ¡para siempre, para siempre, para siempre!

La lista de beneficios es más larga… El sufrimiento, pues, no es para pagar culpas, porque los pagos se hacen en la otra vida: en el Infierno o en el Purgatorio (aunque, a veces Dios, por su infinita misericordia, aprovecha nuestros sufrimientos para ahorrarnos Purgatorio).

La ciencia médica cura enfermedades o las erradica porque Dios le dio, en su infinita misericordia, las herramientas para lograrlo: la inteligencia humana —principalmente—, los vegetales y animales (de donde se extractaron o derivaron químicamente la mayoría de los medicamentos), la tecnología hecha a partir de las leyes de la física y de la mecánica, etc. Dios no puede contradecirse impidiendo una lógica consecuencia del pecado original, como es la enfermedad, pero sí puede ayudar al hombre a encontrar el modo de paliarla, curarla o, en algunos casos, erradicarla. Pero continuamente nacen continuamente nuevas enfermedades, que seguirán reafirmando la perenne enseñanza de la Iglesia: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte no estaban en el plan original de Dios.

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Esencia y accidentes

Posted by pablofranciscomaurino en enero 17, 2014

A veces respondemos muy rápidamente, en forma poco meditada, no oramos antes de responder, para que sea Dios quien habla… Y quizá por eso no descubrimos que la idea principal del mensaje cristiano —el amor auténtico— está por encima de todo otro tema, por importante que parezca. El amor es el distintivo del cristiano; dicho como Jesús lo hizo: a los cristianos nos conocerán porque nos amamos.

Pero el amor a Dios no es un sentimiento; es un acto de la voluntad. Es cumplir los mandamientos, no sentir cosas. Por eso conviene preguntarnos qué dicen los mandamientos al respecto de las imágenes, para lo cual debemos tener en cuenta algunos criterios exegéticos de gran importancia:

1.     Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

2.     El AT fue superado y sobrepasado por el NT.

3.     El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

4.     El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el AT.

5.     La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

6.     Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

7.     En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Un ejemplo: ya que en la época del AT el pueblo judío estaba rodeado de tribus árabes politeístas e idólatras, debió escribirse un doble mandamiento: 1) no tendrás otros dioses… y 2) no te harás imagen…

Y esto, por una razón: en esas épocas era muy fácil hacer ídolos de las imágenes.

Pero ahora los ídolos son otros: el placer, el tener, el poder, la fama, cosas todas intangibles (ya nadie o casi nadie adora imágenes).

Si bien a los judíos de entonces se les enseñaban los aspectos externos, los cristianos de hoy —por la madurez a la que llegó el mensaje de Jesús— estamos obligados a comprender más profundamente el mensaje divino, a interiorizarlo y extractar su esencia, su sustancia, no sus accidentes.

Haciendo un paralelo con otro tema, podemos afirmar que, como los pueblos árabes obligaban al ladrón a restituir cuatro veces lo robado, en el AT Moisés enseñó la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero en el NT, Jesús mejoró, superó, el AT:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. (Mt 5, 38ss)

La esencia del mensaje es el amor; lo accidental es que primero se enseñó un acto de justicia (rudimento del amor): “Ojo por ojo…”, un pequeño avance. Ahora se enseña lo interior: darlo todo por amor

Asimismo, hoy ya no es tan importante no hacer o tener imágenes (lo accidental), pues nadie las considera dioses. Lo verdaderamente importante es no tener otros dioses, es decir, ídolos.

Hoy, además del placer, el tener, el poder y la fama, muchos tenemos otros ídolos, de los cuales debemos deshacernos, para poder cumplir el primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas.

Tenemos que pedirle mucho a Dios que nos ayude a no convertir en ídolos nuestros caprichos o nuestras ideas, cuando las ponemos por encima de la Voluntad de Dios.

Si, por ejemplo, los cristianos siguiéramos discutiendo más y más sobre el tema de las imágenes, podríamos estar haciendo de nuestras ideas algo más importante que el mismo Dios: unos ídolos.

Como se ve, una cosa es la idea principal, la esencia del mensaje: adorar solamente a Dios, y otra cosa es el accidente: tener o no tener imágenes.

Para no equivocarnos, pues, debemos recordar continuamente la esencia del cristiano: el amor.

 

 

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Suicidio, Fe y humildad

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 3, 2012

Hay una íntima relación entre la Fe y la humildad: quien es consciente de su condición de criatura tiene pocas probabilidades de perder la Fe; por el contrario, quien comete el error de subordinar la Fe a la razón —trastrocando la esencia del ser humano— corre el riesgo de ponerse “por encima de las creencias” y llegar hasta establecer la inexistencia de Dios.

Por eso, siempre se ha explicado que el ateo es el menos humilde de los seres humanos, ya que se erige a sí mismo como el principio rector de las cosas, por encima de Dios: no acepta más criterio que el suyo propio.

Y también por eso, la Iglesia enseña que el suicidio es un pecado: Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella.” (Catecismo, 2280). Y los “trastornos psíquicos graves, la angustia, el temor grave de la prueba, el sufrimiento pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (2282), pero no eliminarla. Hubo una época en la que —sin que esta fuera jamás la posición oficial de la Iglesia— casi ningún sacerdote sepultaba cristianamente a un suicida: le negaban las pompas fúnebres a sus deudos, por más tristes que estuvieran y por más insistentes que se mostraran.

En resumen: quien es humilde reconoce a un ser superior, no solamente creador, sino dueño de la vida y rector de todas las criaturas. Y, basados en este criterio, tanto los santos místicos como los padres de la Iglesia han explicitado en sus escritos que al soberbio le queda muy difícil aceptar la Fe. Es por esto que Jesucristo afirmó: “El que crea se salvará. El que no crea se condenará.” (Mc 16, 16). Eso mismo han dicho siempre los santos y los Padres de la Iglesia, como san Policarpo, obispo y mártir: “Cristo ha de venir como juez de vivos y muertos y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en Él” (Flp 3).

Y también por esto la vida es simplemente una prueba de Fe (también es prueba de obediencia y de amor).

Queda, pues, patente que es un error poner la razón por encima de la Fe. Es que, según el mismo Dios, “el conocimiento llena de orgullo”(1Co 8, 1).

Somos simples criaturas a las que no solamente se les dio la razón sino también la Fe —infinitamente superior a la razón— para que alcancemos la dicha eterna, para la cual fuimos creados.

Quien se hace consciente de su condición de criatura, quien es humilde, es capaz de llegar más lejos en el camino de la auténtica felicidad: no se martiriza con dudas ni se pone a estudiar filosofía y religiones para elaborar criterios de vida… Vive en la simplicidad, en la sencillez y en la humildad de quien se sabe pequeño frente al Dios omnipotente, sapientísimo y misericordioso en extremo, que vela por él, que lo ama y que no permite sino lo que le conviene; y no duda del amor divino, porque sabe que Jesucristo demostró ese amor infinito al dar la vida por él. Por eso repite con san Pablo: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga 2, 20).

Así se llega a la conclusión de que es más sabio no tratar de explicar la Fe a través de la razón, pues a la razón le es imposible alcanzar cosas tan elevadas.

Para ser feliz basta asumir —de una vez y para siempre— que Dios existe, que somos simples criaturas y que debemos pasar esta prueba de Fe, de obediencia y de amor.

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Nueva conferencia:

Posted by pablofranciscomaurino en junio 30, 2012

Ya está a su disposición la grabación de la última conferencia:

Solicitarla a: appafrma@gmail.com

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Dios no ama por igual a todos los hombres*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2012

Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si alguien es más santo, es porque ha sido más amado por Dios. Es evidente que las criaturas existen porque Dios las ama: «Tú amas todo cuanto existe, y nada aborreces de lo que has hecho, que no por odio hiciste cosa alguna» (Sab 11,25). También es evidente que entre los seres creados, concretamente entre los hombres, hay unos mejores que otros, hay unos que tienen más bienes que otros. ¿Y de dónde viene que unas personas sean mucho más buenas que otras? Del amor de Dios. Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si uno es más bueno, es porque ha sido más amado por Dios.

Recuerdo un principio previo. El amor de Dios es muy diferente del amor de las criaturas. El amor de éstas es causado por los bienes del objeto amado: «la voluntad del hombre se mueve [a amar] por el bien que existe en las cosas» o personas. Por el contrario, «de cualquier acto del amor de Dios se sigue un bien causado en la criatura» (STh I-II,110, 1).

El amor de Dios es infinitamente gratuito, es un amor difusivo de su propia bondad: Dios ama porque Él es bueno. Así la luz ilumina por su propia naturaleza luminosa, no por la condición de los objetos iluminados. Y amando Dios a las criaturas, causa en ellas todos los bienes que en ellas pueda haber. Consecuentemente, si todos los hombres en alguna medida han recibido bienes de Dios, aquellos que han recibido más y mayores bienes los deben todos a un mayor amor de Dios hacia ellos.

Los santos, en sus autobiografías, dan con frecuencia testimonio agradecido de esta gran verdad, y a Dios atribuyen todo el bien que ellos tienen, que ciertamente es mucho mayor que el de otros hombres. «El Señor ha hecho en mí maravillas» (Lc 1,49). «¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú, que no hayas recibido?… Gracias a Dios soy lo que soy» (1Cor 4,7; 15,10).

Por tanto, Dios no ama más a una persona porque sea más perfecta y santa, sino que ésta es más santa y perfecta porque ha sido más amada por Dios. Esta verdad es constantemente proclamada en la Escritura. En ella resplandece el amor especial de Dios por su pueblo elegido, Israel, «el más pequeño» de todos los pueblos (Dt 7,6-8); por María, haciéndola inmaculada ya antes de nacer; por los cristianos, «elegidos de Dios, santos, amados» (Col 3,12); por «el discípulo amado», etc. Por eso Santo Tomás enseña que, «por parte del acto de la voluntad, Dios no ama más unas cosas que otras, porque lo ama todo con un solo y simple acto de voluntad, que no varía jamás. Pero por parte del bien que se quiere para lo amado, en este sentido amamos más a aquel para quien queremos un mayor bien, aunque la intensidad del querer sea la misma… Así pues, es necesario decir que Dios ama unas cosas más que a otras, porque como su amor es causa de la bondad de los seres, no habría unos mejores que otros si Dios no hubiese querido bienes mayores para los primeros que para los segundos» (STh I,20, 3). Es éste un principio teológico fundamental, que aplica el santo Doctor al misterio de la predestinación (I,23, 4-5) y a toda su teología de la gracia (I-II,109-114).

Son muchos los cristianos que hoy ignoran estas grandes verdades, pues casi nunca les son predicadas. Y por eso se desconciertan cuando las oyen. Pero un cristiano que las conozca poco, conoce mal, muy mal, el misterio de Dios y el de su gracia. Apenas entiende la maravilla sobrenatural de la vida cristiana.

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/0912190950-indice-de-reforma-o-apostasia-51

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La furia de la naturaleza, ¿ira de Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 23, 2011

 

A Dios lo invocamos en los problemas, cuando nos falta dinero, para conseguir novio o novia, cuando compramos loterías, para conseguir trabajo… y en las tragedias. El resto del tiempo con frecuencia nos olvidamos de Dios, y vivimos como ateos: actuamos como si Dios no existiera, hablamos como si Dios no existiera (¡qué palabrotas!) y hasta pensamos como si Dios no existiera.

Pero resulta bastante curioso observar la actitud de la gente cuando, por ejemplo, hay un terremoto:

–Estaba predicho en las apariciones de la Virgen. No hay nada qué hacer.

–¡Nostradamus!

–¡Dios mío: perdóname!

–¡Dios mío: perdónanos!

–¡Es un castigo divino!

–Es que, aunque usted no lo crea, ya está cerca el fin del mundo.

–¡Claro! Es que en esa ciudad hay mucho pecado.

–Y, además, eso está llena de sectas satánicas.

(No sigo, porque las demás frases son más fuertes)

Quizá aquí no solo está presente la ignorancia en lo religioso sino en lo que la ciencia ha descubierto. Veamos algunos aspectos:

Los científicos han llegado a la conclusión de que el comienzo del universo se dio entre los 15,000 y los 18,000 millones de años antes de Cristo (A de C), aunque en los últimos años algunos tienen la tendencia a hablar de valores un poco menores.

El Creador le dio el ser al universo de modo que funcionara bajo ciertos parámetros determinados, uno de los cuales es el azar.

La tierra, una nebulosa inicialmente, se condensó unos 4,500 millones de años A de C. Fuego vomitado por volcanes primero, y luego, un enfriamiento paulatino que, con la presencia de agua, fueron el «caldo de cultivo» para la aparición de la vida unicelular.

Y, ¿cómo evolucionó la vida?

La evolución no es un proceso lógico con intenciones u objetivos a largo plazo, como puede ser el perfeccionamiento o cualquier cosa por el estilo. Es algo que sencillamente sucede, de forma impredecible, a un ritmo variable y de modo inconsistente. Esto es el concepto del azar, del que se hablaba anteriormente, y que constituye una de las reglas de la evolución de las especies.

Si lo ponemos de una manera gráfica para comprenderlo mejor, habría que decir que es como si el Creador hubiese puesto a girar un trompo, como lo haría un niño, con la diferencia de que el niño puede despreocuparse de la suerte del trompo, mientras que Dios permanece siempre al lado de los seres vivientes, respetando la condición propia de su actividad (que en el hombre es libre), pero pendiente de su suerte e interviniendo para su bien, especialmente cuando solicita su ayuda.

Aunque Dios no ha abandonado a su creación, y a pesar de que está al tanto de los acontecimientos e interviniendo en la historia, ha dejado que el azar sea una de las reglas del devenir universal y humano.

Así se producen, según los científicos que aceptan la teoría de la evolución, la extinción de las especies y la formación de nuevas especies.

Pero hubo 3 momentos especiales en la historia del universo en los que se hizo evidente la participación de Dios:

1)  La creación del cosmos, hace entre 18.000 y 15.000 millones de años;

2)  la creación de la vida, hace unos 3.500 millones de años y

3)  la creación del ser humano, hace unos 100.000 años.

Como se lee, no fue un paso de la evolución, fue una creación; y crear es, producir algo de la nada.

Estos 3 pasos no tienen explicación científica ni natural, pero sí sobrenatural. Es claro que la Biblia está dándole la razón a la ciencia, y viceversa.

En lo demás, Dios frecuentemente no quiere intervenir, puesto que echaría hacia atrás sus creaciones, como la regla del azar.

Así que mantener en la mente la idea del azar en la historia de la vida y, obviamente, en la del ser humano es sabio: nuestra vida es una aventura.

Aventura, porque no sabemos cuándo moriremos.

Aventura, porque no sabemos los acontecimientos que el futuro nos depara.

Aventura, porque la vida de los seres queridos no está comprada.

Aventura, porque no dominamos todavía las fuerzas de la naturaleza: ni siquiera podemos precisar el advenimiento los terremotos, los huracanes, los maremotos, la caída de los meteoritos…

Aventura, porque siempre estamos en peligro de perecer o de accidentarnos.

Aventura, porque no sabemos siquiera si seremos felices…

Podemos llegar a tener suerte, triunfos, alegrías, metas logradas, hijos, nietos… y, muchas veces, no lo sabemos todavía.

En fin, ¡son tantas las cosas buenas o malas que pueden pasar!…

Esta actitud de ver la vida como una aventura es sabia también, porque es natural. ¡Y también es de Dios, puesto que Él nos hizo e hizo el ecosistema en que vivimos!

Al mismo tiempo, Dios tiene previsto que seamos felices, que cada uno de los hombres sea feliz. Con esa finalidad nos dio la vida.

Entonces, ¿por qué permite que nos sucedan estas tragedias? ¿Cuál es el porqué del dolor humano?

Veamos: para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo, y cuanto más se exprima, más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de las leonas, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano puede vivir bebiendo únicamente agua mineral sólo unos pocos días: es necesario que mate seres vivos —vegetales y/o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan. Así hizo Dios a los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Hoy, el ser humano ya no sirve de alimento a las fieras sino en muy contadas ocasiones. En cambio, todos los logros le exigen un poco de dolor: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años!, si es que no hacen posgrado; los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio… en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se “quema las pestañas” frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a la “final”…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro “yo”, para que aparezca el “tú”: si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Es el dolor el que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es el dolor el que nos muestra, a veces, nuestros errores, para que rectifiquemos el camino.

Es el dolor el que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es el dolor el que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían, como está sucediendo en el mundo entero para auxiliar a los habitantes del eje cafetero colombiano.

Además, es el dolor el que a veces podemos ofrecer a Dios para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

Si supiéramos cuánto nos ama Dios se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etcétera. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría: que los padres, a veces, debemos permitir que nuestros hijos sufran para que aprendan a vivir.

 

 

 

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¡No me lo merezco!

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2011

¡No me lo merezco! Esta es la exclamación de quienes están recibiendo una afrenta, ofensa o agresión… De hecho, tenemos en la cabeza una lista de las cosas que «nos merecemos» y otra de las que consideramos «injusticias» contra nosotros. Y pensamos que cuanto más «buenos» somos tanto más beneficios debemos obtener.

Pero, ¿qué es lo que realmente merecemos? Con el pecado original ofendimos a un Ser eterno y, dado que el castigo se da de acuerdo con la calidad del ofendido, nuestro castigo debe ser así: eterno; sumado a ese están todos nuestros pecados personales.

Esto se agrava al pensar en el derroche de amor que hemos recibido de su parte: dejando la riqueza del Cielo, se rebajó hasta la pequeñez de su criatura; siendo Rey nació de un pobre carpintero en un establo; dueño del universo, vivió y trabajó como uno de tantos; y después de semejante ejemplo de vida ordinaria y humilde, dedicó tres años de su vida a enseñar a todos el Amor de su Padre y a llenarnos de esperanza en la vida eterna y feliz que nos prometió. Finalmente, se dejó maltratar infamemente: azotado, cargado con la Cruz y clavado en ella, murió después de una agonía atroz; además, parecía que buscaba las humillaciones adrede: se dejó escarnecer de sus propios amigos que lo abandonaron —uno lo traicionó y el principal lo negó—, de los sacerdotes judíos —los sacerdotes de su Padre— que se burlaban de Él y lo juzgaban, de las autoridades civiles que lo condenaron, del ladrón que lo repudió, de la humanidad a la que amó hasta el extremo, de cada uno de los pecadores por los que derramó toda su sangre en la Cruz…

Hoy todavía sigue a cada ser humano con su mirada, con su providencia, y le da, una y otra vez, nuevas oportunidades para que encuentre la auténtica felicidad, junto a Él; pero la humanidad sigue empecinada en huir de Jesús, en despreciarlo, en olvidarlo, ¡a Él, el camino, la verdad y la vida!: para completar la lista de afrentas contra Dios, se alzan nuestros apegos y apetitos desordenados con los que lo reemplazamos y a los que les damos el amor que le debemos a Él y, así, lo herimos de nuevo, como cebándonos en ofenderlo…

Cualquier escarnio que recibamos en esta vida es, pues, nada, comparado con lo que realmente merecemos. Así lo decía san Pablo de la Cruz, en el siglo XVIII, cada vez que era ofendido, vituperado, agredido o humillado: «Gracias, Dios mío: es mucho más lo que merezco».

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La justicia infinita de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en enero 14, 2011

 

Dios es misericordioso. Nada más veraz, nada más cierto. La mayor evidencia de la misericordia de Dios se muestra en la tríada del cristiano: la creación, la Encarnación y la Redención. Efectivamente, esas tres realidades definen más que nada ese atributo divino poseído en forma infinita, como todos los suyos: nos creó, nos hizo los reyes de la creación visible, y cuando nos alejamos voluntariamente de la felicidad eterna en el Cielo vino como uno de nosotros y murió para pagar nuestra deuda…

Pero también es infinitamente justo. Lo dicen innumerables pasajes de la Biblia. Solamente de uno de sus 73 libros, el Evangelio de san Mateo, se extractan a continuación algunas palabras del Hijo de Dios, nuestro salvador Jesús:

El Amor de los amores dijo un día:

«El que ignore el último de los mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

Y añadió, para que quedara muy claro:

«Yo os lo digo: si no hay en vosotros algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley, vosotros no podréis entrar en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20).

Parece duro que aquél que lloró por su amigo Lázaro predicara un día lo siguiente:

«Yo os digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22).

El que perdonó al ladrón en la cruz fue bastante claro:

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (Mt 5, 29).

El que sentía compasión de todos, pues estaban como ovejas sin pastor les decía:

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9).

El que contó la bella historia del hijo pródigo habló de la senda que lleva a la perdición:

«Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran.» (Mt 7, 13-14)

¡Y esto es palabra de Dios!

El que se compadeció de la mujer cananea decía refiriéndose a los hombres:

«Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego» (Mt 7, 19).

Aquél que sintió dolor por la mujer que perdió a su hijo y lo resucitó dijo:

«Entonces yo les diré claramente: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, vosotros que hacéis el mal!» (Mt 7, 23).

El que curó a un paralítico proclamó una vez:

«Os digo que, en el día del Juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que vosotros» (Mt 11, 24).

El que curó a los endemoniados dijo otro día:

«Yo os digo que, en el día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho» (Mt 12, 36).

El que curó a un leproso le dijo a Pedro, cuando él no quiso aceptar la pasión de su maestro:

«Apártate de mí Satanás» (Mt 16, 23).

Leamos lo que hizo el que decía que había que perdonar las ofensas y poner la otra mejilla:

Entró en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo. Derribó las mesas de los que cambiaban monedas y los puestos de los vendedores de palomas. » (Mt 21, 12).

El que habló del amor a los enemigos, una vez sintió hambre y veamos lo que pasó:

Divisando una higuera cerca del camino, se acercó, pero no encontró más que hojas. Entonces dijo a la higuera: «¡Nunca jamás volverás a dar fruto!» Y al instante la higuera se secó. Al ver esto, los discípulos se maravillaron: «¿Cómo pudo secarse la higuera, y tan rápido?» (Mt 21, 18-20).

El que multiplicó los panes para que comiera la gente no dejó entrar a las vírgenes necias:

Más tarde llegaron las otras jóvenes y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero él respondió: «En verdad, os lo digo: no os conozco.» Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis el día ni la hora. (Mt 25, 11-13).

El que sanó al siervo del Centurión contó alguna vez la historia de alguien invitado a las bodas de un rey:

Le dijo: «Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas?» El hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a sus servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Sabed que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.» (Mt 22, 12-14).

El que resucitó a una niña recriminó con todos estos insultos a los escribas y fariseos:

«¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos, que sois unos hipócritas! […] ¡Ay de vosotros, que sois guías ciegos! […] ¡Torpes y ciegos! […] no cumplís la Ley en lo que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe. […] ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos, que sois unos hipócritas! Vosotros sois como sepulcros blanqueados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Vosotros también aparentáis ser personas muy correctas, pero en vuestro interior estáis llenos de falsedad y de maldad. […] ¡Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo lograréis escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 13-33)

 Todas estas son citas de uno solo de los libros de la Biblia. Si se escribieran todas las citas que hay en los otros 72 libros sobre la justicia de Dios, este artículo sería de unas trescientas páginas.

Como se ve, Dios posee en grado infinito, no solamente la misericordia, sino también la justicia.

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Estudio sobre el Evangelio de Judas*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 19, 2010

La National Geographic presentó un documental sobre “El Evangelio prohibido de Judas”, preguntándose si esta nueva revelación no pondría en tela de juicio las creencias cristianas en general y a la Iglesia católica en particular.

Este manuscrito, formado por 13 planchas de papiro antiquísimo (26 páginas), fue encontrado en el año 1978 en Egipto, a orillas del río Nilo en la zona de Al—Minya, pero fue pasando por varias manos, hasta que se hizo público el pasado 6 de abril en Washington.

El manuscrito fue sacado ilegalmente de Egipto y permaneció durante casi 20 años guardado en un banco de Long Island, en Nueva York, sin que se advirtiera la importancia del hallazgo, hasta que en el 2002, una fundación suiza lo compró y financió la restauración del mismo. La organización quiso venderlo a varios museos, pero por su salida ilegal no pudo hacerlo y decidió hacer un acuerdo con la National Geographic para su divulgación internacional, y así llega hasta nosotros.

¿CUÁL ES SU ORIGEN?

Hay importantes datos que pasan inadvertidos para muchos “especialistas” que nos hablan de la “nueva revelación”. Y es que, este hallazgo es una traducción copta del siglo IV d.C., de un original anterior escrito en griego entre el 180 y el 190 d.C., o sea, que el original es de finales del siglo II y también sabemos que no es cristiano, sino un escrito de sectas gnósticas, cuyas doctrinas saltan a la vista en el texto.

El mismo Ireneo de Lyon lo menciona en su obra Adversus Haereses (s. II), atribuyendo este “evangelio de Judas” a la secta gnóstica de los cainitas ( A.H. 1,31,1). En el siglo II en esas zonas rendían culto a Caín (el primer asesino) y también a la Serpiente (Ofitas).

Stephen Emmel, profesor de paleografía copta de la Universidad de Münster y estudioso del manuscrito, afirmó que una vez analizado, será enviado al museo de El Cairo en Egipto en forma permanente.

Este manuscrito es muy importante para la historia de las religiones, como fue el resto de los escritos gnósticos hallados en Nag Hammadi en 1945 y probablemente sea uno de los tantos que se extravió en aquel primer hallazgo de textos gnósticos en Egipto. Vale mucho más para la historia de la teología y para conocer el gnosticismo del siglo II que para revelar algún secreto sobre el cristianismo primitivo o sobre Jesús de Nazareth.

Entenderlo como un documento sobre verdades cristianas, es tan ingenuo como si dentro de 2000 años encontraran el Código Da Vinci o un libro de la delirante “Metafísica Cristiana New Age” de Conny Méndez y se dijera que eran textos cristianos porque hablan de Jesús y buscaran encontrar en ellos lo que creían los católicos del año 2006. Estarían muy lejos de la realidad.

Además, el género literario parece que no lo tienen en cuenta, lo quieren leer como si estuviera escrito al estilo de la historia moderna y el texto tiene casi 1800 años. ¿Ingenuidad? ¿Rentabilidad?

EL “BOOM” DE LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS

En los últimos años ha resurgido un gran interés por documentos antiguos y por la literatura apócrifa, y mucho de ello se debe a una búsqueda ingenua de querer encontrar en estos escritos algunas verdades misteriosas que las iglesias habrían ocultado por miedo a que alguien descubriera “la verdad sobre Jesús” o que “la Iglesia se derrumbe en sus creencias”. Muchos piensan que porque se llamen “evangelios” y aparezca el nombre de un “apóstol” ya eso acreditaría su autenticidad. Pero esto es por falta de información histórica al respecto.

A todo el mundo le gusta que le cuenten la versión “no oficial” o “no autorizada” de los hechos. Lo “no—dicho”, lo oculto, aunque sea inexistente, suena interesante y atractivo. Lo misterioso y extraño tiene mayor público que los buenos libros de historia, como sucede con los divagues de Dan Brown y sus novelas pseudohistóricas.

Muchos han afirmado que el estreno mundial del documental sobre “Judas” en el comienzo de la Semana Santa y a un mes del estreno del Código Da Vinci, sea una estrategia sensacionalista de comercialización. Y es probable.
DISTINGUIENDO UN POCO

Los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, son los aceptados por el cristianismo (no solo por católicos, sino por todas las iglesias cristianas) como fuente cierta y segura de la Revelación de Dios, desde comienzos del siglo II hasta hoy y se los llama canónicos (de la lista oficial).

En cambio se llaman apócrifos — a veces peyorativamente — a los considerados como ajenos a la tradición cristiana. Sin embargo, el término apócrifo (que significa “oculto”) fue usado por los mismos autores de estos textos “ocultos”, dando a entender su perfil esotérico, reservado a una elite de iniciados en sus misteriosas doctrinas. No se los llamó ocultos por estar escondidos, sino por su origen esotérico y luego se hizo costumbre identificar apócrifo con no canónico, no inspirado, etc.

Los cuatro evangelios canónicos (que son regla de fe para los cristianos, y son considerados como inspirados) de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, fueron escritos entre el año 60 y el 95 según los especialistas. Estos escritos pertenecen a las comunidades cristianas de los primeros testigos y tienen un origen apostólico y eran de uso generalizado en los primeros siglos de la era cristiana. No fueron cambiados ni corregidos, y esto lo sabemos porque se dispone de gran cantidad de reproducciones y traducciones hechas en la antigüedad. También se poseen textos de autores de los primeros siglos que citan y comentan estos textos, lo cual nos permite comparar y ver la fidelidad en la trasmisión hasta nuestros días. No sería posible ocultar algo que fue dado a conocer desde el principio. Además, el criterio de canonicidad tiene que ver con el serio conocimiento del origen de tal o cual evangelio como vinculado directa y realmente a un Apóstol o discípulo del mismo, acreditado a su vez por las otras comunidades cristianas que servían de referentes por estar conectadas también con un origen apostólico.

En el Concilio de Trento (s. XVI) se define dogmáticamente el canon actual de la Biblia, pero ya desde el siglo IV hay elencos completos de los libros canónicos (Concilio de Cartago, 397), y el decreto Gelasiano del Sínodo de Roma, 383, es el primer documento romano autorizado con la lista completa del canon. Por lo tanto, ya en los comienzos de la Iglesia, la totalidad de los textos del Nuevo Testamento ya eran considerados como los auténticamente inspirados y de autoridad apostólica.

En torno al Antiguo Testamento, en el siglo XVI la reforma protestante en una deseada vuelta a las fuentes acepta el canon de la Biblia hebrea, que no contiene algunos libros que sí tiene la traducción griega (LXX), que era la que se usaba en la primitiva comunidad apostólica. Si bien la Biblia católica incluye 7 libros más del Antiguo Testamento en comparación con las protestantes, en cuanto al Nuevo Testamento siempre se mantuvieron los 27 libros que hoy conocemos.

Obviamente los textos gnósticos, por no ser cristianos, nunca formaron parte de la lista de libros revelados y auténticos entre los cristianos de todos los tiempos.
NO HAY NADA OCULTO

Por otra parte, existen otros escritos posteriores, escritos entre el s. II y el IV, los cuales tienen por autores a miembros de distintas sectas gnósticas de la antigüedad y de otros grupos pseudocristianos, cuyos textos fueron llamados también “evangelios” y bajo pseudoepígrafes de Apóstoles —sin conexión histórica con los mismos—, como: “Tomás”, “Pedro, “María Magdalena”, “Santiago”, “Felipe”, “Andrés”, “Judas”, etc. ¿Qué quiere decir esto? Que usaban el nombre de un apóstol para darle mayor autoridad a esos textos tardíos, y no tenían ninguna relación con las comunidades apostólicas. Y obviamente no fueron escritos por los apóstoles, que murieron en el siglo I.

Estos textos fueron rechazados por las comunidades cristianas desde sus comienzos, ya que sus contenidos además de ser bastante fantasiosos sobre la vida de Jesús (acomodados a las doctrinas gnósticas y esotéricas, con un Jesús lejano al histórico) eran inconciliables con lo transmitido oralmente y por escrito en las primeras comunidades cristianas. Sólo unos pocos escritos apócrifos judeocristianos —algunos contaminados de gnosticismo— influyeron en la liturgia, en historias populares y en el arte, pero nunca entraron en el canon. Aunque se los llame ocultos (apócrifos), no están escondidos en ninguna parte, ya que se pueden adquirir, hace ya varios años, en cualquier librería que tenga textos religiosos.

Y los originales tampoco están en algún lugar secreto del Vaticano —como afirma la película Estigma—, sino en diferentes museos, como el evangelio apócrifo “de Tomás”, que está en el Museo de El Cairo (Egipto) desde su hallazgo en 1945. Cualquiera los puede leer, pero la Iglesia nunca los aceptará como regla de fe, ya que estos no fueron aceptados desde el principio y no son fuente de revelación para el cristianismo, sencillamente porque no transmiten la fe de los Apóstoles, sino un Jesús reinventado por las sectas gnósticas y esotéricas que mezclaban doctrinas de religiones orientales con la fe de la Iglesia primitiva y elementos de la literatura apocalíptica judía (apócrifa).

Sencillamente no son evangelios cristianos, aunque se llamen “evangelios”, ni tienen por autor a ningún apóstol o sucesor directo del mismo por que fueron escritos fuera de las comunidades cristianas y entre el fin del siglo II y el siglo IV.

En la época del Canon Muratoriano —que data aproximadamente del año 190 DC— el reconocimiento de cuatro evangelios como canónicos y la exclusión de textos gnósticos era un proceso que se encontraba ya sustancialmente completo. No es como muchos creen que en la época postapostólica andaban cientos de evangelios circulando entre las comunidades. Porque todos estos textos apócrifos son muy posteriores.

Para el cristianismo existen textos muy antiguos de autores de gran importancia que, sin embargo, no entraron en el canon y son poco conocidos. Muchos de ellos nos muestran interesantes datos sobre el cristianismo primitivo, sus celebraciones, sus creencias y enseñanzas, y no por ello se los integró al canon de la Biblia, ni tampoco se los escondió en ningún lado (Didajé o Enseñanza de los Apóstoles, Pastor de Hermas, Carta de Bernabé, 1ª Clemente, etc.).
LOS PRIMEROS CRISTIANOS Y LOS EVANGELIOS

Si leemos a un gran escritor de la antigüedad como Taciano (110 —?), quien en el siglo II escribió el Diatessaron (una vida de Jesús que mezcla los evangelios que conocía), constataremos al leerlo, que sus únicas fuentes son los cuatro evangelios que hoy llamamos canónicos. En sus escritos, la humanidad y divinidad de Cristo, así como su mensaje, están tal y como los conocemos por la tradición cristiana. Y eso que Taciano al final de su vida fue excomulgado por hereje, por pasarse al gnosticismo de los marcionitas, llegando a liderar una secta conocida como encratitas.

Siendo el Diatessaron la historia más antigua que se conoce sobre Jesús y de un autor no ortodoxo, está fundamentada solamente en los Evangelios auténticamente apostólicos, de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y algunos elementos de fuentes apócrifas judeocristianas; pero nunca fuentes gnósticas.

Es importante resaltar, contra nuestro gusto y curiosidad por el género biográfico, que los evangelistas no quisieron escribir una biografía de Jesús; no fue ésta su intención. Ellos entregaban a sus comunidades la verdad del acontecimiento Jesucristo como fundamento de su fe, el testimonio de lo vivido y la enseñanza concerniente a la salvación. Su objetivo no fue hacer un documental, sino testimoniar y transmitir lo recibido fielmente. Como acertadamente escribe Jesús Álvarez M: “La fe de los evangelistas no inventa los hechos. Les busca el sentido y los interpreta. La misma fe los obligaba a la más estricta fidelidad a los hechos. Incluso llegaron a morir por ella. Con razón decía Pascal: Creo de buen grado las historias de cuyos testigos se dejan degollar. No suele suceder esto cuando las ideologías dirigen la mente del historiador”.

Conclusión: La iglesia no ocultó ningún evangelio, simplemente descartó desde sus orígenes aquellos escritos que no tenían origen apostólico y cuyas historias fantásticas contrastaban con los textos más antiguos. Los verdaderos evangelios para el cristianismo son los que encontramos en la Biblia (Marcos, Mateo, Lucas y Juan), son los más antiguos y no fueron modificados.
QUIENES ERAN LOS GNÓSTICOS Y QUÉ CREÍAN

En 1945, se encontraron en Nag Hammadi (Egipto) una serie de textos antiguos, cuya composición fue entre los siglos II y IV D.C.

Para comprender el origen y la doctrina de estos textos tardíos conocidos como “evangelios gnósticos” es necesario introducirnos brevemente en el movimiento que les dio origen, y así comprender el rechazo cristiano por estos textos, como su no—vinculación con el Jesús histórico.

El gnosticismo (gnosis: conocimiento) es un movimiento espiritual precristiano fruto del sincretismo de elementos iranios con otros mesopotámicos, de escuelas filosóficas griegas como el platonismo y el pitagorismo, y de la tradición apocalíptica judía. “Estalla públicamente a mediados del siglo II como una tendencia poderosa e identificable con numerosos maestros, diversidad de escuelas y amplia expansión (Palestina, Siria, Arabia, Egipto, Italia y la Galia)” (García Bazán). Se caracterizan por buscar la salvación a través del conocimiento reservado a unos pocos y por un marcado dualismo cosmológico y antropológico. No buscaban un conocimiento de tipo intelectual, sino espiritual e intuitivo, a saber: el descubrimiento de la propia naturaleza divina, eterna, escondida y encerrada en la cárcel del cuerpo y la psique. Un conocimiento reservado a una elite de hombres “espirituales”.

Con el nacimiento del cristianismo, el gnosticismo tomará contacto con éste y dará lugar a una larga lista de sectas que mezclaban elementos gnósticos y cristianos, confundiendo a las mismas comunidades cristianas (como hoy pasa con la literatura New Age).

Los llamados “Evangelios Gnósticos” encontrados en Nag Hammadi y el de Judas son producto de estas sectas, que son posteriores a la época apostólica y no tienen un origen verdaderamente cristiano, de ahí que no se los reconozca como auténticos evangelios. Sin embargo, son un importante hallazgo para conocer el gnosticismo de esa época.

El gnosticismo antiguo, aunque no era homogéneo en sus doctrinas, tenía un importante desprecio por el mundo material y por el cuerpo.

Los gnósticos creían que el mundo material en el que vivimos es una catástrofe cósmica y que de alguna manera, chispas de la divinidad han caído, quedando atrapadas en la materia y necesitan escapar y volver a su origen. El escape de la materia lo logran cuando adquieren conciencia cabal de su situación y de su origen divino, este conocimiento es la “gnosis”. Por lo tanto, la única forma de salvación no es por obra de Dios, sino por la adquisición de la propia conciencia de tener en sí la “chispa divina”. Muchas de estas doctrinas como una “autosalvación”, “autodivinización”, reencarnación, cierto panteísmo, y la interpretación de Jesús y Cristo como dos realidades separadas, vuelven a aparecer en los movimientos new agers como la Metafísica Cristiana de Conny Mendez, Los Ishayas, y las modernas sectas gnósticas y esotéricas. Una realidad que a muchos cristianos les pasa desapercibido, debido al uso de un confuso lenguaje esotérico con barniz cristiano, por parte de estos grupos.

Es preciso resaltar que las creencias gnósticas son fuertemente anticristianas y niegan la encarnación del Verbo, la muerte y resurrección de Jesús, además de tener una pesimista visión del mundo. Es gracias al testimonio de muchos escritos cristianos contra la doctrina del gnosticismo como conocemos muchas de sus creencias. Los dogmas proclamados por el cristianismo primitivo se fijaron para salvar la fe original de la contaminación de ideas gnósticas que comenzaron a proliferar en el mundo helenístico y dentro del imperio romano entre los siglos II al V D.C. En el seno de estas sectas y creencias gnósticas se dieron los autores de los llamados “evangelios gnósticos”, con los que algunos se ilusionan en encontrar algo más original que lo que sabemos de Jesús, pero para su decepción estos textos no son cristianos, y son muy posteriores a los cuatro que la Iglesia aceptó como auténticos. Eso sí, muchos gnósticos —al igual que algunas sectas de hoy— se autoproclamaban los “verdaderos cristianos”, de ahí la confusión de muchos ante el uso de la terminología cristiana con contenidos y sentidos ajenos a la revelación bíblica.

Tampoco es cierto que el gnosticismo fuera un cristianismo marginal, sino que existía una mutua desacreditación entre dos religiones enemigas. No solo los cristianos rechazaban a los gnósticos por tergiversar el mensaje y la vida de Jesús con doctrinas orientales y filosofías extrañas, sino que los gnósticos también rechazaban y atacaban a los cristianos ortodoxos por considerarlos seres inferiores espiritualmente. El gnosticismo, por su naturaleza sincretista (mezclar elementos de cualquier religión), asimilaba lo cristiano a su manera. Por eso, da impresión de ser tolerante. El historiador anglicano Paul Jonson escribe: “Los grupos gnósticos se apoderaron de fragmentos del cristianismo, pero tendieron a desprenderlos de sus orígenes históricos. Estaban helenizándolo, del mismo modo que helenizaron otros cultos orientales (a menudo amalgamando los resultados)…” Pablo luchó esforzadamente contra algunas ideas del gnosticismo, pues advirtió que podía devorar al cristianismo y destruirlo. En Corinto conoció a cristianos cultos que había reducido a Jesús a un mito. Entre los colosenses halló a cristianos que adoraban a espíritus y ángeles intermedios. Era difícil combatir al gnosticismo porque, a semejanza de la hidra, tenía muchas cabezas y siempre estaba cambiando. Por supuesto, todas las sectas tenían sus propios códigos y en general se odiaban unas a otras. En algunas confluían la cosmogonía de Platón con la historia de Adán y Eva, y se la interpretaba de diferentes modos: así, los ofitas veneraban a las serpientes…, y maldecían a Jesús en su liturgia…” (Historia del cristianismo).

Es un anacronismo imaginar que los gnósticos eran tolerantes y pluralistas por ser sincretistas: eran dogmáticos en su propia doctrina.
UNA MIRADA AL MANUSCRITO GNÓSTICO DE “JUDAS”

En el evangelio gnóstico de Judas, Jesús le dice que será el encargado de liberarlo de su cuerpo, con un claro desprecio del mismo y marcando la identidad de Jesús como un ser puramente espiritual, revestido provisoriamente de materia.

En los versículos se observa claramente la tendencia al elitismo del conocimiento gnóstico por parte del protagonista (Judas) y el pesimismo en la visión del mundo.

Judas no habría sido el traidor que vendió a Jesús por 30 monedas de plata, sino el discípulo privilegiado al que encarga la misión más difícil: sacrificarlo, para ayudar a su esencia divina a escapar de la prisión del cuerpo y elevarse al espacio celestial (cosmovisión gnóstica).

“Apártate de los demás y te contaré los misterios del reino. Es posible que lo alcances, pero será para ti motivo de gran aflicción”.

“Tú serás el decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre ellos. En los últimos días maldecirán tu ascensión a la [generación] sagrada”.

“Tú serás el apóstol maldito por todos los demás. Tú, Judas, ofrecerás el sacrificio de este cuerpo de hombre del que estoy revestido”.

“Y fueron a Judas y le dijeron: Aunque en este lugar no hagas el bien, eres un auténtico discípulo de Jesús. Y él les dijo lo que querían oír. Y lo entregó. Este es el fin del evangelio de Judas”.

Si leemos los “evangelios” gnósticos de María, de Felipe y de Judas, veremos que esos textos siempre posicionan a su apóstol de cabecera como el receptor privilegiado de las revelaciones gnósticas que traería Jesús. En el caso de Judas es clara una preferencia de Jesús por contarle cosas en secreto y le advierte de la oposición de los otros apóstoles.

CUESTIONES DE SENTIDO COMÚN

La Iglesia tuvo que fijar algunas de las creencias fundamentales de la fe primitiva, llamados dogmas, debido a la confusión que armaron los escritos gnósticos en muchos cristianos. Los dogmas no modifican lo que se cree antes, sino que formula la fe de modo claro y explícito en un lenguaje que todos entiendan y no en afirmaciones ambiguas, que darían lugar a cualquier interpretación, alejándose de la fe original de los apóstoles. Servían para aclarar al pueblo creyente cuál es la verdadera fe cristiana y en qué creyeron siempre los discípulos de Jesús, y para no dejarse confundir por nuevas doctrinas extrañas al Evangelio, con las que se quiere acomodar tanto a la persona como a la doctrina de Jesús a algunos caprichos. Eso sucede ahora con el movimiento New Age, el libro de Urantia, Sixto Paz con sus telenovelas cósmicas, J. J. Benitez con su Caballo de Troya, los seguidores del Da Vinci Code y las supuestas nuevas revelaciones extraterrestres sobre Jesús, como las del estigmatizado Giorgio Bongiovanni, donde la fantasía que llena curiosidades siempre quiere ser la versión oculta —esotérica— de la historia. A la hora del delirio, las nuevas versiones de la gnosis se ponen de moda y tienen bastante público entre aquellos que están ávidos de cosas misteriosas y extrañas.

Hace falta que los cristianos se formen mejor en lo concerniente a su fe y de manera especial en las Sagradas Escrituras. Lo ideal es no quedarse con la catequesis de niños (como si fuera todo un tratado de teología) y seguir leyendo la Biblia como si fuera un cuentito o en forma literal y fundamentalista como algunas sectas. Si alguien quiere saber sobre la fe cristiana, no debería basarse únicamente en lo que aprendió de niño como un cuento, sino ahondar madura y profundamente en su fe, ya sea porque su propia fe se lo exige, ya sea para conocer seriamente una religión que no es un cuento de hadas, que se caería con un hallazgo arqueológico.

La Biblia no cayó del cielo, es la Palabra de Dios en palabras humanas, producto de un pueblo y de comunidades creyentes. Y sin la fe y el conocimiento que sólo esa comunidad tiene, ¿puede alguien interpretar bien esos textos?

La misma Biblia advierte: “Ante todo tengan presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1,20).

¿Se puede leer de cualquier manera algo de lo que no se conoce ni su historia, ni su contexto, ni su origen, ni su sentido original, y además pretender que sea más legítima esa interpretación subjetiva?

Como dijera un antiguo proverbio: “La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia”.

NO HAY NADA QUE ESCONDER

La mayoría de las sectas esotéricas y los autores e intelectuales vinculados al ocultismo están convencidos de que el cristianismo tiene “secretos” de contenido religioso que no revela, como si existiese un esoterismo cristiano, y les fascina el tema de los evangelios apócrifos, sobre todo si está mal manejado y lleno de fantasías insostenibles. Y la verdad es que nunca existió ni existen tales verdades ocultas que solo una elite cristiana conoce. Eso es una ilusión de algunos, pero que no pocos alimentan.

El punto de partida de la fe cristiana es la aceptación de lo que Dios ha revelado y no de lo que oculta.

El cristiano cree que en Cristo, Dios ha revelado todo lo necesario para la salvación de la humanidad. El cristianismo es una religión universal, que Jesucristo mismo envía a dar a conocer a todos (Mateo 28,20ss).

La Biblia no es Harry Potter, pero tampoco un libro de Historia Universal con biografías de la historiografía moderna.

Debido a la crisis cultural en la que estamos viviendo, está aconteciendo una nueva emergencia gnóstica y esotérica; de ahí el éxito de toda literatura que se vincule a estas temáticas y el sensacionalismo que se genera con supuestos hallazgos de textos gnósticos. Es una pena que pocos conozcan la verdadera historia, y tal vez no quieran saberla porque sus mágicas fantasías caerían al suelo demasiado rápido.
EL GRAN COMPLOT: ¿CONSPIRACIÓN DE 2000 AÑOS?

A raíz de la literatura esotérica, los escritos apócrifos y novelas como el Código Da Vinci, no son pocos los que se unen al cultural prejuicio anticatólico y afirman que la Iglesia conspiró para ocultar estos textos a lo largo de la historia. Pero, con un poco de sentido común vemos que todos los cristianos (una quinta de la humanidad), tanto católicos, como ortodoxos, el protestantismo histórico, anglicanos, bautistas, metodistas, evangélicos y pentecostales, coinciden en los 4 evangelios canónicos del Nuevo Testamento como fuentes fieles de revelación, en la divinidad de Cristo, en la resurrección, y en la mayoría de las verdades fundamentales de la fe cristiana, transmitida por los Apóstoles y sus sucesores.

Sería tonto pensar que la Iglesia católica oculta cosas, y que el resto del cristianismo permanece ingenuo y acrítico ante la verdad sobre Jesucristo y los Evangelios. Esto obligaría a pensar en una conspiración de todo el cristianismo mundial a lo largo de 2000 años —no solo de católicos— por ocultar tantas cosas sobre Jesús. Es insostenible algo así. ¿Nadie se dio cuenta antes de un engaño tan grande?

Y si Judas no hubiese existido, o su historia fuera otra, nada hubiera cambiado para el cristianismo, porque es algo secundario. El problema es que la información que existe sobre el catolicismo es generalmente la de la catequesis de niños y no la teología que cualquier católico formado conoce.

¿IGNORANCIA RELIGIOSA?

A nadie le es ajeno el dato de la extendida y creciente ignorancia en materia de cultura religiosa en nuestro mundo. No tenemos mucha idea de la historia de las religiones, de los símbolos religiosos, del arte religioso, de las distintas mitologías, de los libros sagrados, etc. La religión es un hecho humano específico e innegable, que debe ser estudiado desde las diversas disciplinas académicas. Y las mujeres y los hombres de hoy carecen de conocimiento en lo que a cultura religiosa se refiere. Esto nos deja vulnerables frente a cualquier discurso o interpretación sobre temas religiosos descontextualizados. Hoy proliferan cientos de libros y revistas, sectas, cursos y conferencias, sobre temas que uno no sabe si se trata de religiosidad o ciencia—ficción, y no siempre se tiene herramientas académicas para discernir adecuadamente. Si la gran masa de lectores que se acercan a novelas como El Código Da Vinci tuvieran un acceso posible y serio a la historia del cristianismo, no hubiera tenido tanta trascendencia, porque su pretensión de veracidad es insostenible.

Creemos que la enseñanza seria y objetiva, de las distintas religiones en la historia de la humanidad y del presente, tarde o temprano tendrán que incluirse en los programas curriculares de enseñanza. De lo contrario seguiremos siendo incapaces de discernir entre lo serio y la estupidez, incapaces de reconocer una tontería con halo de sabiduría de una verdad histórica.

Las sensacionalistas interpretaciones sobre el tema de los textos apócrifos está siempre lista para los ávidos clientes de novedades sin mucho fundamento.

CONCLUSIÓN

Finalmente, lo que se puede encontrar en el Evangelio de Judas y en los textos gnósticos de Nag Hammadi son cuestiones de mayor interés para los eruditos de la investigación histórica y arqueológica sobre el gnosticismo antiguo, que para el público en general, que comprende muy poco la cosmovisión gnóstica como para poder interpretar esos textos, y menos aún si se dieran cuenta que no aportan nada sobre el Jesús histórico y su mensaje.

Los especialistas seguirán trabajando en la autentificación del manuscrito y eso será un valioso aporte a la investigación histórica y al conocimiento del gnosticismo antiguo, pero ni sobre Jesús, ni sobre Judas encontraremos algo nuevo, porque obviamente se trata de un texto gnóstico tardío.

Miguel Pastorino

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Precisiones de teología mística en el Catecismo de la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2010

En el Catecismo hay algunas imprecisiones —tal vez producto de la traducción—, que pueden dar lugar a que algunas personas interpreten inadecuadamente las enseñanzas de la Iglesia. Así, puede ocurrir que se confunda oración con meditación, oración contemplativa con oración mental, etc.

Las definiciones de estas palabras, propias del argot místico, han sido dadas por los santos Padres de la Iglesia griegos (Dionisio el pseudoareopagita, san Gregorio nacianceno, san Gregorio de Nisa y algunos más) y latinos (san Gregorio Magno, san León Magno, Orígenes y otros), como también por santo Tomás de Aquino y varios santos místicos (san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, san Pablo de la Cruz, el venerable Juan Taulero, el beato Enrique Suso, Meister Eckhart, san Buenaventura, los místicos rusos, entre otros).

(Se aprovechó también para hacer corrección de estilo.)

 

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Cuarta parte: La oración cristiana.

Primera sección: La oración en la vida cristiana.

Capítulo tercero: La vida de oración.

Artículo 1: Las expresiones de la oración.

Números: 2.700 – 2.724

Características de las correcciones:

  • Si se añadió algo, quedó en letra en verde y subrayado.
  • Si se eliminó una palabra, esta aparece roja y tachada.

 

LAS EXPRESIONES DE LA ORACIÓN

I La oración vocal

2700 Por medio de su Palabra, Dios habla al hombre. Por medio de palabras, mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo. Pero lo más importante es la presencia del corazón ante Aquél a quien hablamos en la oración. “Que nuestra oración se oiga no depende de la cantidad de palabras, sino del fervor de nuestras almas” (San Juan Crisóstomo, ecl. 2).

2701 La oración vocal es un elemento indispensable de la vida cristiana. A los discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su Maestro, éste les enseña una oración vocal: el “Padre Nuestro”. Jesús no solamente ha rezado las oraciones litúrgicas de la sinagoga; los Evangelios nos lo presentan elevando la voz para expresar su oración personal, desde la bendición exultante del Padre (cf. Mt 11, 25-26), hasta la agonía de Getsemaní (cf. Mc 14, 36).

2702 Esta necesidad de asociar los sentidos a la oración interior responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente nuestros sentimientos. Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra súplica todo el poder posible.

2703 Esta necesidad responde también a una exigencia divina. Dios busca adoradores en espíritu y en verdad, y, por consiguiente, la oración que sube viva desde las profundidades del alma. También reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración interior, esta expresión corporal es signo del homenaje perfecto al que Dios tiene derecho.

2704 La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél “a quien hablamos” (Santa Teresa de Jesús, C 26). Entonces la oración vocal se convierte en una primera forma de oración mentalcontemplativa.

II La meditación y la oración

2705 La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de encauzar. Habitualmente, se hace con la ayuda de un libro, que a los cristianos no les faltan: las sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, escritos de los Padres espirituales, obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del “hoy” de Dios.

2706 Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. Se trata de hacer la verdad para llegar a la Luz: “Señor, ¿qué quieres que haga?”. Y es entonces, en el momento en el que aparece el diálogo con Dios, cuando la meditación se convierte en oración.

2707 Los métodos de meditación son tan diversos como los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador (cf. Mc 4, 4-7. 15-19). Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

2708 La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar “los misterios de Cristo”, como en la lectio divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús, a la unión con ÉEl.

 

III La oración mental y la oración de contemplación

2709 ¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: “no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama” (vida 8).

La oración mentalcontemplación busca al “amado de mi alma” (Ct 1, 7; cf. Ct 3, 1-4). Esto es, a Jesús y en Éél, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Éél y vivir en Éél. En la oración mentalcontemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.

2710 La elección del tiempo y de la duración de la oración mentalde contemplación depende de una voluntad decidida reveladora de los secretos del corazón. No se hace oración mentalcontemplación cuando se tiene tiempo sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede entrar siempre haciendoen oración mentalcontemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe.

2711 La entrada en la oración mentalcontemplación es análoga a la de la Liturgia eucarística: “recoger” el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquél que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón hacia el Señor que nos ama para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar.

2712 La oración mentalcontemplación es la oración del hijo de Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es amado y que quiere responder a Éél amando más todavía (cf. Lc 7, 36-50; 19, 1-10). Pero sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia por parte de Dios. La oración mentalcontemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amante del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado, y nos abre a la contemplación, en la que Dios mismo se nos comunica.

2713 Así, la contemplación es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser acogida más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es una relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser (cf. Jr 31, 33). Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, “a su semejanza”. Es, por tanto, un acto divino, no humano.

2714 La contemplación es también el tiempo fuerte por excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede “que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 16-17).

2715 Por su parte, lLa oración mentalcontemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo loe miro y Éél me mira”, decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La oración mentalcontemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarloe y seguirloe (cf. San Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).

2716 La oración mentalcontemplación es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el “sí” del Hijo hecho siervo y en el “fiat” de su humilde esclava.

2717 En cambio, lLa contemplación es silencio, este “símbolo del mundo venidero” (San Isaac de Nínive, tract. myst. 66) o “amor silencioso” (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús.

2718 La contemplación es unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

2719 La contemplación es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús que su Espíritu (y no la “carne que es débil”) hace vivir en la contemplación. Es necesario consentir en “velar una hora con Éél” (cf. Mt 26, 40).

 

RESUMEN

2720 La Iglesia invita a los fieles a una oración regulada: oraciones diarias, Liturgia de las Horas, Eucaristía dominical, fiestas del año litúrgico.

2721 La tradición cristiana contiene tres importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la oración mentalmeditación y la oración contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón.

2722 La oración vocal, fundamentada en la unión del cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña el “Padre nuestro” a sus discípulos.

2723 La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada con la realidad de nuestra vida.

2724 La oración mentalcontemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración. Es una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la unión con la oración de Cristo en la medida en que nos hace participar de su misterio. En cambio, en la oración de contemplación es Dios quien se comunica al orante: ocurrirá, pues, solo cuando Él quiera, cuanto Él quiera, como Él quiera.

 

Nota:  Para ampliar estos conceptos, se recomienda leer, en este mismo blog, la entrada:  Los grados de la oración.

  

 

 

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La reencarnación y el cristianismo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 19, 2010

¿SON COMPATIBLES?

 

Cada vez se incrementa el número de cristianos que dicen creer en la reencarnación. Los hay, incluso, quienes aseguran que está descrita en la Biblia.

 

¿Dice algo la Biblia al respecto?

Veamos primero el Antiguo Testamento:

En el salmo 39, que es una meditación sobre la brevedad de la vida, dice: «Señor, no me mires con enojo, para que pueda alegrarme antes de que me vaya y ya no exista más» (v. 14).

Job, en medio de su terrible enfermedad, le suplica a Dios, a quien creía culpable de su sufrimiento: «Puesto que son pocos los días que me quedan apártate de mí, que goce un poco de alegría, antes de que me vaya, para no volver más, a la región de tinieblas y de sombra» (10, 20-21).

Una mujer, en una audiencia, hace reflexionar al rey David: «Todos somos mortales y así como el agua que se derrama en tierra no se puede recoger, así tampoco Dios devuelve la vida.» (2S 14, 14)

En el libro de la Sabiduría hay otra cita: «El hombre, en su maldad, es capaz de quitar la vida, pero no puede hacer que vuelva el aliento cuando se ha escapado, ni puede llamar de nuevo al alma que ha partido.» (16, 14)

Estas citas muestran implícitamente que para el cristiano no es posible la creencia en la reencarnación.

Pero fue en el año 200 antes de Cristo cuando se iluminó para siempre el tema del más allá. En esa época entró en el pueblo judío la fe en la resurrección, y quedó definitivamente descartada la posibilidad de la reencarnación. Según esta novedosa explicación divina, al morir una persona recupera inmediatamente la vida; pero no en la tierra, sino en otra dimensión llamada la eternidad. Y comienza a vivir una vida distinta, sin límites de tiempo ni espacio. Es una vida que ya no puede morir más, denominada vida eterna.

Esta enseñanza aparece por primera vez en la Biblia en el libro de Daniel. Allí, un ángel le revela un gran secreto: «Muchos de los que duermen en la tumba se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el horror y la vergüenza eterna.» (12, 2)

La segunda vez que se encuentra esta certeza es en un relato en que el rey Antíoco IV de Siria tortura a 7 hermanos judíos para obligarlos a abandonar su fe. Mientras moría el segundo, dijo al rey: «Asesino, nos quitas la presente vida, pero el Rey del mundo nos resucitará. Nos dará una vida eterna a nosotros que morimos por sus leyes.» (2 Mc 7, 9)

Y al morir el séptimo exclamó: «Ahora mis hermanos han terminado de sufrir un breve tormento por una vida que no se agotará; están ahora en la amistad de Dios. Tú, en cambio, sufrirás las penas merecidas por tu soberbia.» (2 Mc 7, 36)

 

Ahora veamos citas del Nuevo Testamento:

El mismo Jesús confirmó oficialmente esta doctrina con la parábola del rico y el pobre Lázaro:

«Había un hombre rico que se vestía con ropa finísima y comía regiamente todos los días. Había también un pobre, llamado Lázaro, todo cubierto de llagas, que estaba tendido a la puerta del rico. Hubiera deseado saciarse con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros venían a lamerle las llagas.

Pues bien, murió el pobre y fue llevado por los ángeles al cielo junto a Abraham. También murió el rico, y lo sepultaron.

Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo. Entonces gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas”. Abraham le respondió: “Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos. Además, mira que hay un abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de ustedes al nuestro.”

El otro replicó: “Entonces te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, a mis cinco hermanos: que vaya a darles su testimonio para que no vengan también ellos a parar a este lugar de tormento”. Abraham le contestó: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”.

El rico insistió: “No lo harán, padre Abraham; pero si alguno de entre los muertos fuera donde ellos, se arrepentirían”. Abraham le replicó: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no se convencerán”.» (Lc 16, 19-31)

No dijo Jesús que a este hombre rico le correspondiera reencarnarse para purgar sus faltas.

Así mismo, cuando Jesús moría en la Cruz, cuenta el evangelio que uno de los ladrones crucificado a su lado le pidió: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.» (Lc 23, 42)

Si Jesús hubiera admitido la posibilidad de la reencarnación, tendría que haberle dicho: «Ten paciencia, debes pasar por varias reencarnaciones hasta purificarte completamente». Pero su respuesta fue: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» (v. 43)

Si «hoy» iba a estar en el paraíso es porque nunca más podía volver a nacer en este mundo.

San Pablo también rechaza la reencarnación: al escribir a los filipenses les dice: «Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de irme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor. Pero, pensando en ustedes, conviene que yo permanezca en esta vida.» (1, 23-24)

Si hubiera creído posible la reencarnación, inútiles habrían sido sus deseos de morir, ya que volvería a encontrarse con la frustración de una nueva vida terrenal.

Y explicando a los corintios lo que sucede el día de nuestra muerte les dice: «Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible. Se siembra como cosa despreciable, y resucita para la gloria. Se siembra un cuerpo impotente, y resucita lleno de vigor. Se siembra un cuerpo material, y despierta un cuerpo espiritual.» (1Co 15, 42-44)

La afirmación bíblica más contundente de que la reencarnación es insostenible para un cristiano la tiene la carta a los hebreos: «Los hombres mueren una sola vez y después viene para ellos el juicio.» (9, 27)

¿Puede, entonces, un cristiano creer en la reencarnación? Queda claro que no. La idea de tomar otro cuerpo y regresar a la tierra después de la muerte es absolutamente incompatible con las enseñanzas de la Biblia.

 

La Resurrección de Jesucristo es la verdad culminante de la fe de los cristianos en él, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, trasmitida como fundamental por la Tradición Apostólica, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial.

Cristo resucitó. El misterio de la Resurrección de Cristo es un acontecimiento real, que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento.

Hecho único en la historia de la humanidad, la Resurrección muestra aspectos precisos: Jesús establece relaciones directas con sus discípulos, mediante el tacto (Cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (Cf. Lc 24, 39. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Los invita así a reconocer que Él no es solo espíritu (Cf. Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (Cf. Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27).

Este cuerpo auténtico y real posee, sin embargo, al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (Cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4), porque su humanidad ya no puede ser detenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre.

La Resurrección de Cristo no fue siquiera un retorno a la vida terrena, como en las resurrecciones que él había realizado antes, en las cuales las personas volvían a tener —por el poder de Jesús— una vida terrena «ordinaria»; en cierto momento volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente: en su cuerpo resucitado pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio.

Y los cristianos creen firmemente que también ellos resucitarán, como Jesús.

 

Por eso, el cristianismo es esencialmente diferente a la creencia en la reencarnación, la creencia de que el alma, tras la muerte, migra de un cuerpo a otro.

Quien cree en la reencarnación no puede profesar su fe en la resurrección; igualmente, el que sostiene la resurrección no puede creer en la reencarnación.

 

Pero no solo las Sagradas Escrituras impiden creer en la reencarnación. Además, hay algunas reflexiones que pueden ayudar a comprender mejor las discrepancias que hay entre el cristianismo y la reencarnación:

 

El cristiano, el que cree en Cristo, cree que Jesucristo es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, y que se hizo hombre para pagar el pecado de soberbia que el ser humano cometió de querer ser como Dios; por eso, por los pecados de los hombres, sufrió y murió. Si Cristo pagó sus pecados, ¿qué razón tiene volver a una nueva vida (reencarnar) a pagar lo malo que se hizo en la anterior?

 

Y, ¿de qué serviría el Bautismo, por el cual se nos borra el pecado por el que merecíamos un castigo infinito?

 

Además, el revivir el sacrificio de Cristo en la Cruz, por el cual fuimos salvados del castigo que merecíamos. ¿Qué sentido tendría la celebración eucarística si existiese la reencarnación?

 

¿Y qué decir de la Unción de los Enfermos, que se aplica a quienes están más cerca del último y único viaje hacia la eternidad?

 

Dios se inventó también otra muestra de amor por los hombres: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados» (Jn 20, 23). Los sacerdotes tienen la potestad de representar a Dios y, en su Nombre, perdonar los pecados en el sacramento de la Reconciliación, la confesión, el único lugar donde el reo se declara culpable, y es perdonado. Si se cree en la reencarnación, en la que se «purifican» los pecados, vida tras vida, ¿para qué sirve la confesión que inventó el mismo Dios?

 

Por extensión podría preguntarse también: ¿cuál es la razón de ser de los apóstoles y discípulos y de sus sucesores, los obispos y sacerdotes, escogidos por el mismo Dios para administrar ese y los demás sacramentos?

 

Por otra parte, la doctrina de la reencarnación podría invitar a la irresponsabilidad. En efecto, si uno cree que va a tener varias vidas, además de esta, existe la posibilidad de que no se exija mucho para vivir bien la vida presente, pues pensará que siempre quedarán otras reencarnaciones dónde mejorar. En cambio, si uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene solamente esta vida para llegar a la meta, no permitirá que se le escapen las oportunidades para ser mejor.

  

 

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El fin del mundo

Posted by pablofranciscomaurino en enero 29, 2010

 

Las profecías son innumerables. E innumerables las ocasiones en que no ha pasado nada. Desde los suicidios masivos en Corea o en Estados Unidos hasta el infarto del corazón de una señora crédula a la que le dijeron que el mundo se acabaría pronto, y cuya noticia solo apareció en un periódico local de una población olvidada de nuestra geografía…

Se habla del fin del mundo, de enfermedades contagiosas, de inundaciones, de terremotos locales, de guerras, presagios…

Hace poco, por ejemplo, se creó pánico en una ciudad latinoamericana por las palabras de algún Pastor Evangélico que, en hojas sueltas, anunciaban que el pasado 26 de junio habría un terremoto que destruiría la ciudad. La empleada de servicio de una casa, a pesar de que no pudo vender una casita que tenía, se fue al campo, después de despedirse de sus patrones y de intentar —infructuosamente— persuadirlos a que se fueran con ella.

Cuando se produjo otra alineación de los planetas, el pasado 11 de agosto, muchos esperaban catástrofes espectaculares… Nada así pasó. Pero los pequeños temblores que se presentaron, a pesar de que los científicos reiteraron la seguridad de que nada de relación había entre los dos eventos, fueron tomados como “avisos” de las tragedias que se nos avecinan. Como se ve, ni siquiera la evidencia borra de muchas mentes el miedo que suscitan los presagios…

Es impresionante verificar el escándalo que se presenta cada vez que se acaba un siglo o un milenio; pero es más impresionante advertir lo crédulos que somos cuando nos hablan de previsiones proféticas esotéricas mezcladas con conceptos científicos o religiosos que predicen el fin del mundo. Y es precisamente la ignorancia en esas materias científicas y religiosas lo que suscita las creencias y su posterior masificación.

Lo que más sorprende es que se den estos casos en donde hay evidencia estadística que prueba que la mayoría de sus habitantes han sido bautizados y se declaran seguidores de la Iglesia de Roma.

A esos ciudadanos se les olvida que Dios no es terrorista, sino Amor, que Dios pretende nuestro cambio respetándonos la libertad de una manera delicadísima y que a Dios no le damos gloria cuando actuamos por miedo…

Es mucho más racional —y sobre todo cristiano— comprender que la alineación de los astros y todos los fenómenos naturales que se dan en el cosmos son un obsequio de Dios a sus criaturas, quienes pueden disfrutarlas agradecidas…

Por otra parte, es beneficioso para los católicos recordar las palabras de su fundador acerca del fin del mundo:

«En los días del Hijo del Hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé: la gente comía, bebía, y se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé entró en el arca y vino el diluvio que los hizo perecer a todos. Ocurría lo mismo que en tiempos de Lot: la gente comía y bebía, compraba y vendía, plantaba y edificaba. Pero el día que salió Lot de Sodoma, cayó desde el cielo una lluvia de fuego y azufre que los mató a todos. Lo mismo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre. Aquel día, el que esté en la terraza, que no baje a buscar sus cosas al interior de la casa; y el que esté en el campo, que no se vuelva atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. El que intente guardar su vida la perderá, pero el que la entregue, la hará nacer a nueva vida. Yo les declaro que aquella noche, de dos personas que estén durmiendo en una misma cama, una será llevada y la otra dejada; dos mujeres estarán moliendo juntas, pero una será llevada y la otra dejada.» Entonces preguntaron a Jesús: «¿Dónde sucederá eso, Señor?». Y él respondió: «Donde esté el cuerpo, allí se juntarán los buitres». (Lc 17, 26-36)

Esta evasiva respuesta de Jesús no dejó tranquilos a sus seguidores:

Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso, y qué señales habrá antes de que ocurran esas cosas?». Jesús contestó: «Estén sobre aviso y no se dejen engañar; porque muchos usurparán mi nombre y dirán: Yo soy el Mesías, el tiempo está cerca. No los sigan. No se asusten si oyen hablar de guerras y disturbios, porque estas cosas tienen que ocurrir primero, pero el fin no llegará tan de inmediato». Entonces Jesús les dijo: «Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. Habrá grandes terremotos, pestes y hambre en diversos lugares. Se verán también cosas espantosas y señales terribles en el cielo». (Lc 21, 7-11)

El episodio se repite en otra parte del Nuevo Testamento:

Y Jesús empezó a decirles: «Estén sobre aviso y no se dejen engañar. Porque muchos reivindicarán lo que es mío, y dirán: «Yo soy el que están esperando», y engañarán a muchos. Cuando oigan hablar de guerras y de rumores de guerra, no se alarmen, porque eso tiene que pasar, pero todavía no será el fin. Habrá conflictos: nación contra nación, y reino contra reino. Habrá terremotos y hambre en diversos lugares. Estos serán los primeros dolores del parto». (Mc 13, 5-8)

Como se puede ver, ya que no han aparecido las “cosas espantosas y señales terribles en el cielo” de las que habla Jesús, habrá que hacerle caso: no sigamos a los que hablan del fin del mundo, no nos asustemos si oímos hablar de guerras y disturbios, porque estas cosas tienen que ocurrir primero, pero el fin no llegará tan de inmediato, no nos alarmemos, porque eso tiene que pasar, pero todavía no será el fin.

Además, el Hijo de Dios fue clarísimo:

«Por lo que se refiere a ese día y cuándo vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aun el Hijo, sino solamente el Padre.» (Mt 24, 36)

¡Ni siquiera Él lo sabe!

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Dios, ¿solamente misericordioso?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 19, 2009

 

Dios es infinitamente misericordioso. Nada más veraz, nada más cierto. La mayor evidencia de la misericordia de Dios se muestra en la creación, la Encarnación y la Redención, la tríada del cristiano.

Pero también es infinitamente justo. Lo dicen innumerables pasajes de la Biblia. Examinemos algunos de ellos, del Evangelio de san Mateo:

El Amor de los amores dijo un día: «Yo os lo digo: si no hay en vosotros algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley, vosotros no podréis entrar en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20).

No parece que aquél mismo que lloró por su amigo Lázaro predicara un día lo siguiente: «Yo os digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (5, 22).

El que perdonó al ladrón en la cruz fue bastante claro: «Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (5, 29).

El que contó la bella historia del hijo pródigo habló de la senda que lleva a la perdición: «Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran» (7, 13-14). ¡Y esto es palabra de Dios! 

El que se compadeció de la mujer cananea decía refiriéndose a los hombres: «Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego» (7, 19).

Aquél que sintió dolor por la mujer que perdió a su hijo y lo resucitó dijo: «Entonces yo les diré claramente: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, vosotros que hacéis el mal!» (7, 23).

El que curó a los endemoniados dijo: «Yo os digo que, en el día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho» (12, 36).

El que decía que había que perdonar las ofensas y poner la otra mejilla, «entró en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo. Derribó las mesas de los que cambiaban monedas y los puestos de los vendedores de palomas. » (21, 12).

El que habló del amor a los enemigos no dejó entrar a las vírgenes necias: «Más tarde llegaron las otras jóvenes y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero él respondió: «En verdad, os lo digo: no os conozco.» Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis el día ni la hora. (25, 11-13).

El que sanó al siervo del Centurión contó la siguiente historia: «Le dijo: Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas? El hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a sus servidores: Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Sabed que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.» (22, 12-14).

El que resucitó a una niña recriminó a los escribas y fariseos: «¡Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo lograréis escapar de la condenación del infierno?» (23, 33)

Por eso, «No digas: “¡La misericordia del Señor es grande, perdonará mis pecados por numerosos que sean!”. Porque aunque es misericordioso también castiga; y su cólera caerá sobre los pecadores. […] Se encenderá de repente la cólera del Señor y tú perecerás.» (Sir 5, 6-9)

 

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¿Sanación intergeneracional?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 18, 2008

 

1. La herencia

Se cree que todos tenemos ataduras provenientes de nuestros antepasados. Se afirma, por ejemplo, que si alguien fuma en exceso o es alcohólico, esto se debe a que heredó esos hábitos malos de sus padres, abuelos o cualquier ascendiente; que si alguno de nuestros antepasados realizó rituales satánicos o brujería, esto nos producirá efectos secundarios adversos en nuestra alma; que las malas acciones de nuestros antepasados dejan secuelas en su descendencia; que la herencia nos condiciona…

La parte de la biología que trata de la herencia y de lo relacionado con ella es la genética. Esta ciencia ha avanzado mucho en los últimos tiempos y, con las nuevas investigaciones, se han podido descubrir en determinados individuos alguna tendencia a realizar ciertas conductas determinadas, lo que ha llevado a los investigadores a postular la teoría de que algunos factores genéticos pueden tratar de inducirnos o persuadirnos a actuar así.

Si bien esta teoría no está demostrada plenamente, debe advertirse que, de comprobarse, se trataría simplemente de una propensión, una tendencia a repetir esas conductas. No puede asumirse como verdad que, por herencia, el individuo adquiera esas costumbres; lo único que se afirma en las investigaciones es que existe la posibilidad, por la tendencia que existe. Un ejemplo ayuda mucho a entender esto:

Si un individuo tiene problemas depresivos que lo llevan a encerrarse en el alcoholismo, es posible que su hijo adquiera hereditariamente esa tendencia a la depresión; si, además, se dan las condiciones ambientales (poco cariño por parte de su padre, por ejemplo), es factible que repita la conducta paterna de esconder su problema acudiendo al licor.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la ciencia de la psicología ha demostrado hasta la saciedad que el entorno del individuo influye mucho en la conducta: lo que lo llevará al alcoholismo no es tanto la herencia sino el ejemplo de quienes con él conviven.

Por otra parte, es inadmisible pensar que el ser humano pueda estar condicionado a actuar mal o bien. De ser así, no se podría juzgar la bondad o la maldad de sus acciones; nadie sería culpable, nadie sería virtuoso; todos seríamos una especie de robots sin libertad.

Todos podemos dominar las malas inclinaciones que puedan provenir de factores hereditarios: una simple tendencia no obliga a nadie.

No existen las cadenas o ataduras intergeneracionales que producen los mismos daños de generación en generación; lo que parecen cadenas o ataduras son hábitos aprendidos o puras coincidencias que se pueden descubrir también en otras familias. Y si no existen tales cadenas o ataduras, tampoco hay que tratar de romperlas.

Toda persona es libre; de otro modo no sería persona, pues la libertad es uno de los distintivos de la especie humana.

Por eso, toda oración de sanación puede beneficiar al individuo de algunos hábitos inadecuados que pudo adquirir por aprendizaje.

 

2. La sanación «intergeneracional»

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian». (Dt 5, 9)

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron. Pero me muestro favorable hasta mil generaciones con los que me aman y observan mis mandamientos. (Ex 20, 5-6)

Él mantiene su benevolencia por mil generaciones y soporta la falta, la rebeldía y el pecado, pero nunca los deja sin castigo; pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos y nietos hasta la tercera y la cuarta generación». (Ex 34, 7)

Ante todas estas palabras divinas nace la pregunta: Y, ¿dónde está la bondad de Dios?

En otro pasaje se reafirma:

Tú mantienes tu bondad por mil generaciones, pero castigas la falta de los padres en sus hijos. (Jr 32, 18)

Pero después se añade:

¡Oh Dios grande y poderoso, que te llamas Dios de los Ejércitos, grande en tus proyectos y poderoso en tus realizaciones; Tú tienes los ojos fijos en la conducta de los humanos para pagar a cada uno según su conducta y según el fruto de sus obras! (Jr 32, 19)

¿Acaso Dios se contradice? No. Él es la misma verdad; no puede contradecirse:

Se acuerda para siempre de su alianza, de la palabra impuesta a mil generaciones, del pacto que con Abraham concluyó, y de su juramento a Isaac. (Sal 105, 8-9)

¿Cómo se pueden entender estos pasajes aparentemente contrarios? En la Biblia van apareciendo las respuestas:

«Reconoce, pues, que el Señor Dios, tu Dios, es “el” Dios. Es el Dios fiel, que guarda su Alianza y su misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamientos, pero castiga en su propia persona a quien lo odia, y lo sanciona sin demora». (Dt 7, 9-10)

Es verdad que no se encontraría en nuestros días tribu, familia, pueblo o ciudad de las nuestras que se postre ante dioses hechos por mano del hombre, como sucedió en otros tiempos, por lo cual, en castigo, nuestros padres fueron entregados a la espada y al saqueo, y murieron en forma desastrosa ante sus enemigos. En cambio, nosotros no reconocemos a otro Dios fuera de él, y en esto radica nuestra esperanza de que no nos mirará con indiferencia, ni a nosotros, ni a ninguno de nuestra raza. (Jdt 8, 18-20)

Y, en otros pasajes, se refiere claramente a la culpa individual:

Lo mismo pasa con el que va donde la mujer de su prójimo: el que la toca no quedará sin castigo. (Pr 6, 29)

Un severo castigo aguarda al que se sale del camino; si no quiere corregirse, morirá. (Pr 15, 10)

Escucha tú desde los cielos y obra; juzga a tus siervos y castiga al culpable, haciendo recaer su conducta sobre su cabeza y declarando inocente al justo, dándole según lo que merece. (2Cro 6, 23)

Recuerda, pues, ¿cuándo ha perecido un inocente, dónde se ha visto que los buenos desaparezcan? He observado a los que hacen el mal: los mismos que lo siembran lo cosechan. (Jb 4, 7-8)

Después de éste trajeron al sexto, quien dijo a punto de morir: «No te equivoques. En verdad, es por causa de nosotros mismos que sufrimos todo esto, porque pecamos contra nuestro propio Dios; por eso nos han pasado cosas asombrosas. (2Mc 7, 18)

Además, unas son nuestras culpas; otras, las de nuestros padres:

Y ahora, Señor, acuérdate de mí y mírame. Perdona mis pecados, así como el mal que hice por ignorancia. Perdona los pecados de mis padres que pecaron ante ti. (Tb 3, 3)

Quizá donde más luces hay es en el capítulo 18 de Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «¿Por qué al hablar de Israel repiten este proverbio: Los padres comieron uvas verdes y los hijos tienen dentera a los hijos les temblaron los dientes? Yo juro, dice el Señor, que ese proverbio no tendrá más valor en Israel. Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. […] Sea un hombre justo que practica el derecho y la justicia; […] sigue mis mandamientos, observa mis leyes y actúa en todo con fidelidad. Ese hombre es justo y vivirá, palabra del Señor. Pero ocurre que ese hombre tiene un hijo violento, que derrama sangre y comete esas faltas que su padre no cometió. […] ¿Después de eso, vivirá? Ciertamente que no. Si cometió todos esos crímenes, debe morir: él será responsable de su muerte. […] Pero ese hombre, a su vez, tiene un hijo; éste vio todos los pecados que cometía su padre, los vio pero no lo imitó. […] Observa mis leyes y sigue mis mandamientos. Ese no morirá por el pecado de su padre, sino que al contrario vivirá. Quien morirá por su pecado es el padre, el que multiplicó sus violencias, robó a su prójimo e hizo lo que es malo en medio de mi pueblo. […] Quien debe morir es el que peca; el hijo no carga con el pecado del padre, y el padre no cargará con el pecado del hijo. El mérito del justo le corresponderá sólo a él, y la maldad del malo, sólo a él. […] Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento, gente de Israel, dice el Señor. Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, el Señor, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Esto se corrobora en Dt 24, 16: «No serán ejecutados los padres por culpa de los hijos ni los hijos serán ejecutados por culpa de los padres. Cada cual será ejecutado por su propio pecado.»

Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, el Señor, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Todo lo anterior quiere decir que la verdadera sanación intergeneracional es la Redención, dada a través de la muerte y resurrección de Jesucristo, que se lleva a cabo con dos requisitos: la Fe en Jesucristo y el Sacramento del Bautismo.

Una vez bautizados —ya perdonados y sin el pecado original—, cada uno puede cometer pecados personales, por los que será juzgado y castigado. El perdón de los pecados mortales personales, posteriores al Bautismo, requiere también de dos condiciones: un sincero arrepentimiento y el Sacramento de la Reconciliación, mientras que los pecados veniales no exigen el Sacramento.

 

3. Interpretar la Biblia

Cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

qSe estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.

qSe investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.

qSe examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.

qSe comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.

qSe confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

èTodo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

èEl AT fue superado y sobrepasado por el NT.

èEl AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

èEl AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.

èLa Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

èLas enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

èEn la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

q  Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)

q  Documentos eclesiales (de la Iglesia)

q  Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

q  Derecho canónico

q  Liturgia

q  Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Con el fin de recoger todos estos documentos de la Iglesia en uno solo, se editó el Enchiridion Symbolorum o Denzinger. Esta labor que se ha seguido realizando hasta ahora.

Pues bien: en ninguno de estos documentos oficiales del Magisterio de la Iglesia Católica hay nada escrito acerca de la sanación intergeneracional o las llamadas cadenas o ataduras intergeneracionales. Lo cual significa que estos temas están fuera del depósito de la fe, de la Revelación Universal; es decir: no son cristianos.

Por otra parte, no se puede afirmar que estos temas de la sanación intergeneracional, cadenas o ataduras intergeneracionales son nuevas revelaciones del Espíritu Santo, pues no debemos olvidar lo que afirma el Magisterio en el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él.» (nº 73).

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4. Castigo

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

 

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

A Dios no le importa si sufrimos o no en esta vida temporal: lo único que quiere es que nos salvemos.

 

5. ¿Buscar la Sanación?

Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»  (Lc 11, 9-13)

¿Por qué el Señor dice que el Padre dará el Espíritu Santo, en vez de lo que le pedimos? Porque Él sabe que lo importante no son las cosas temporales: un pez, un huevo, la salud, la vida…; lo importante es la vida eterna.

Y para llegar a ella, es necesario que nuestros pecados sean perdonados:

Unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo, para ponerlo delante de él. Pero no encontrando por dónde meterlo, a causa de la multitud, subieron al terrado, lo bajaron con la camilla a través de las tejas y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados». (Lc 5, 18-20)

Así quiso enseñarnos que lo importante no es la sanación, sino la salvación: aunque nos curen mil veces y mil veces nos resuciten, de todas formas moriremos.

Quienes olvidan esto, no entienden la bendición que es el sufrimiento:

Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es su Iglesia. (Col 1, 24)

Y hasta podrían hacerse enemigos de la Cruz de Cristo, como lo dice el apóstol:

Porque muchos viven, según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3, 18)

  

 

 

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‘Se están cumpliendo las profecías’

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

 

Es enorme la cantidad de cristianos que están afirmando que ya llegó el fin de los tiempos, que ya viene Jesucristo, que pronto se acabará el mundo… Se oyen voces de expertos que están alarmando a la población con frases de la Biblia en las que se develan —según ellos— los acontecimientos «claves» que lo demuestran o, también, en mensajes o profecías de algunos videntes que recibieron de parte de la Virgen o de otros.

 

En el texto sagrado se lee lo que Jesús enseñó al respecto:

 

Como Jesús después se sentara en el monte de los Olivos, los discípulos se acercaron y le preguntaron en privado: «Dinos cuándo ocurrirá todo eso. ¿Qué señales anunciarán tu venida y el fin de la historia?» Jesús les contestó: «No se dejen engañar: ustedes oirán hablar de guerras y de rumores de guerra. Pero no se alarmen; todo eso tiene que pasar, pero no será todavía el fin. Unas naciones lucharán contra otras y se levantará un reino contra otro reino; habrá hambre y terremotos en diversos lugares. Esos serán los primeros dolores del parto. (Mt 24, 3-4. 6-8; Mc 13, 7-8)

«No se asusten si oyen hablar de guerras y disturbios, porque estas cosas tienen que ocurrir primero, pero el fin no llegará tan de inmediato.» (Lc 21, 9)

 

Dos aspectos principales deben destacarse de estas frases de quien se llamó a sí mismo «la Verdad»: que no nos alarmemos, puesto que no será todavía el fin. ¿Por qué, entonces, asustarnos y angustiarnos con esos mensajes alarmantes?

 

Además, Jesús nos da la razón:

 

«Porque primero el Evangelio tiene que ser proclamado en todas las naciones.» (Mc 13, 10)

«Esta Buena Nueva del Reino será proclamada en el mundo entero, y todas las naciones oirán el mensaje; después vendrá el fin.» (Mc 24, 14)

 

Si el que es la misma Verdad afirma que primero el Evangelio tiene que ser proclamado en todas las naciones y todas oirán el mensaje, podemos deducir que todavía no llegará el fin.

 

Pero lo que nos puede ayudar más es otra aseveración de Jesucristo:

 

«Por lo que se refiere a ese Día y cuándo vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aun el Hijo, sino solamente el Padre.» (Mt 24, 36; Mc 13, 32)

 

Ni siquiera los ángeles lo saben ¡Ni siquiera el Hijo de Dios lo sabe!, solo el Padre. Por lo tanto, ¿quiénes son esos videntes o «expertos»? ¿Saben lo que el mismo Jesús ignora?

 

El Salvador dejó claro lo que debemos hacer mientras tanto:

 

«Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor. Fíjense en esto: si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche lo va a asaltar un ladrón, seguramente permanecería despierto para impedir el asalto a su casa. Por eso, estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos esperan.» (Mt 24, 42-44)

 

Y, ¿cómo estar preparados? Jesús también contestó esa pregunta:

 

«Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida materializada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre.» (Lc 21, 34-36)

 

Según el Redentor, todo esto es lo que tenemos que hacer para salvarnos.

 

«Manténganse firmes y se salvarán.» (Lc 21, 19)

 

Y entenderemos que lo que está sucediendo no es para angustiarnos:

 

«Cuando se presenten los primeros signos, enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación.» (Lc 21, 28)

 

 

 

 

 

 

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¿Castigo de Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Son muchos los argumentos para explicar las causas de los desastres terroristas: cumplimiento de las profecías de Nostradamus, de otros videntes, astrólogos o adivinadores; anuncios de la Virgen; presagios dados en el Apocalipsis… Pero lo que más se repite es que esto ha sido un castigo de Dios.

 

Al respecto nacen muchas dudas: ¿A quién quería Dios castigar?¿No se supone que Dios también es infinitamente bueno? ¿Por qué castiga?… ¿No es verdad que el castigo que merecemos por nuestras malas acciones nos será aplicado en el infierno o en el purgatorio?

 

Por otra parte, decir que es un castigo de Dios es juzgar las intenciones de Dios. Es grande la ignorancia que hay sobre la manera de ser de Dios: le viven atribuyendo las consecuencias de las malas acciones humanas, cuando Él es infinitamente misericordioso y busca siempre nuestro bien. Lo que pasa es que Él deja en libertad al hombre, quien con frecuencia se desvía y comete el mal.

 

La verdadera causa del ataque terrorista es la maldad de algunos seres que se dejan llevar por el fanatismo ideológico y sus pasiones personales hasta un grado diabólico. Las pretendidas profecías de Nostradamus, otros videntes, astrólogos o adivinadores son siempre vagas y se pueden adaptar a todo; los anuncios de la Virgen María son signos de la misericordia divina, que llaman a la oración, a la conversión y a la penitencia; el Apocalipsis nada tiene qué ver con estas cosas…

 

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

 

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

 

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

 

 

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

 

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

 

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

 

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

 

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

 

Pero hay también ocasiones en las que Dios, con su sabiduría y su bondad infinita, sabe que no nos conviene pasar por ese dolor y decide actuar: por nuestros ruegos o los de otros (incluyendo la intercesión de los santos y/o ángeles), interviene en el decurso normal de nuestra historia, cambiándolo, siempre para nuestro bien. Y esta intervención es también un acto de Amor divino.

 

Nosotros, pobres criaturas, no comprenderemos totalmente el misterio de la infinita sabiduría de Dios, siempre guiada por el inefable e infinito amor que tiene por sus hijos.

 

En síntesis, los autores de esos crímenes hicieron, por odio y fanatismo, lo contrario a lo que hizo el Hijo de Dios: entregar la vida, por Amor, para salvarnos.

 

 

 

 

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‘Cada mala acción se devuelve’

Posted by pablofranciscomaurino en junio 13, 2008

 Una de las características de la Nueva Era o New Age es la creencia en que, si hacemos cosas buenas, nos sucederán cosas buenas; por el contrario, si actuamos mal, llegará a nuestras vidas ese mal en la misma medida.

 

Como todo lo de la Nueva Era, esta aseveración es completamente contraria a la Fe católica:

 

Para el cristiano, existe un Dios personal, que nos ama, que es infinitamente misericordioso y que está pendiente de los acontecimientos que nos rodean, para ayudarnos de un modo eficaz, aunque misterioso.

 

En contraste, creer que existe una ley o energía universal que «devuelve» el mal o el bien que hacemos es algo impersonal y, por lo tanto, no hay amor, no hay misericordia, ni existe un Dios que esté pendiente de sus criaturas.

 

¿Acaso Dios no es amor? ¿El Hijo de Dios —Jesús— no lloró la muerte de su amigo Lázaro? ¿No se entristeció al ver a la viuda que perdió a su hijo? ¿Qué sentido tendrían la pasión, la agonía y la muerte de Cristo en una cruz?, ¿no hemos afirmado siempre que Él hizo todo eso por amor a nosotros? Él nos amó hasta el extremo, es un Dios que ama a sus criaturas, y busca por todos los medios que nos acerquemos a Él para llenarnos de ese amor y hacernos inmensamente felices. Por lo tanto, ¿cómo podríamos afirmar que las malas acciones se nos devuelven?

 

Por otra parte, si siempre sufrimos las mismas consecuencias que sufrieron quienes se vieron perjudicados por nuestros actos, podemos asegurar que ya pagamos nuestras culpas. Entonces, ¿para qué existe el infierno del que habla reiteradamente la Biblia? Además, ¿no es cierto que muchos mueren sin que les pase lo mismo que ellos hicieron pasar a otros?

 

Desdichadamente, muchos católicos han aceptado este criterio extraño y contrario a la Fe católica. Afirman, por ejemplo, que si una mujer le quita el marido a otra, tarde o temprano alguien se lo robará también. Otras personas creen que si critican a una mujer por su mala conducta, su hija se comportará del mismo modo. No falta quien está convencido del adagio popular que asegura que «lo que por agua viene, por agua se va», queriendo decir con esto que si yo robo algo, alguien me lo robará después. Y como estas, hay muchas creencias que solo denotan la inmensa ignorancia que hay en los católicos que no han conocido el Amor de Dios y que se olvidan de la providencia divina, eso que Dios dispone sobre el mal que le acaece al ser humano, para componerlo o remediar el daño que pueda resultar de él.

 

Efectivamente, no solo Dios no ha impuesto esa terrible ley que devuelve el mal (invento del hombre), sino que interviene en la historia de sus criaturas para remediar los males, desatinos y errores que ellas mismas cometen o suscitan.

 

Y, para completar nuestra dicha, Él mismo vino a la tierra y pagó nuestras deudas, clavándolas en la Cruz y ganándonos el Cielo. Lo único que nos pide es que creamos en Él demostrádolo con nuestras obras, con nuestra vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El anticristo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

 

La apologética es la ciencia que expone las pruebas y fundamentos de la verdad. Los católicos no debemos juzgar ni agredir a los hermanos cristianos separados de la Iglesia; pero sí debemos conocer los fundamentos de nuestra Fe, para no caer en el error.

Cada ser humano puede buscar la verdad como él lo desee y en creer en lo que considera la verdad; en esto consiste la libertad de conciencia. Por lo tanto, no debemos imponer a nadie nuestra forma de pensar. Y la libertad de religión es el derecho que todos tenemos de expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas. Por eso, este artículo no pretende juzgar ni agredir a nadie, sino explicar a los católicos la doctrina que hay acerca de los anticristos, analizando las palabras que al respecto escribió san Juan en su primera carta: «Hijitos, es la última hora, y han oído que va a venir un anticristo. Pero ya han venido varios anticristos, por lo cual conocemos que es la última hora.» (1Jn 2, 18)

Estas primeras líneas nos enseñan dos aspectos. Cuando el Apóstol habla de «la última hora» se refiere al tiempo que transcurre desde que Jesús ascendió al Cielo hasta el fin del mundo: «ya han venido varios anticristos, por lo cual conocemos que es la última hora». Esto no se escribió hace unos pocos días, meses o años: se escribió hace casi dos milenios. En este tiempo, en el cual el Espíritu Santo asiste a la Iglesia, no va a ocurrir nada tan trascendental como lo fue la creación, la Encarnación o la Redención. Son los tiempos de los combates para los fieles a quienes escribe: los cristianos de su época y los que los siguieron, es decir, nosotros, la Iglesia militante.

El siguiente versículo nos amplía el panorama: «Esa gente salió de entre nosotros, pero no eran de los nuestros; si hubieran sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros. Así es como descubrimos que no todos son de los nuestros.» (1Jn 2, 19) Quiere decir esto que los anticristos no son personajes extraños, sino que salen de entre la Iglesia Católica. Ese es un dato muy importante: los anticristos siempre serán antiguos católicos; digámoslo como se hace tanto ahora: «ex católicos». Pero —dice el texto— no eran de los nuestros. Son esos católicos que nunca vivieron como tales. Al respecto, es frecuente que algunos de nuestros hermanos digan: «Es que cuando yo era católico era drogadicto, era alcohólico, era infiel, vivía muy mal.» Ellos no deberían hablar así; deberían decir: «Es que cuando yo era drogadicto, era alcohólico, era infiel, vivía muy mal…». Porque nunca fueron católicos de verdad: «No eran de los nuestros».

Es este el caso de quienes nunca buscaron vivir bien su religión católica: no acudieron al párroco ni asistieron a grupos de oración ni leyeron el Catecismo de la Iglesia Católica ni tomaron cursos sobre la Biblia, y de pronto alguien los invitó a una Iglesia no católica o a una secta, y allí sí fueron responsables.

«Permanezca en ustedes lo que oyeron desde el principio; si permanece en ustedes lo que oyeron desde el comienzo, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre. Esta es la promesa que él mismo prometió, y que es la vida eterna.» (1Jn 2, 24-25) La vida eterna, es decir, la verdadera felicidad, será entonces para los que permanezcan en lo que oyeron desde el principio. Y, ¿qué es «lo que oyeron desde el principio»? Lo que predicó la Iglesia Católica desde sus comienzos.

Aunque algunos se separaron de la Iglesia durante el primer milenio, se fueron desvaneciendo, y hoy se puede decir que ya no quedan rezagos de esos grupos.

En cambio, en el último milenio sí ha habido cismas: en el año 1054 se separaron las que se llamaron Iglesias Ortodoxas; luego, con Martín Lutero, los protestantes o evangélicos, que son los que se llaman a sí mismos «cristianos», en 1517; y, por último, los anglicanos/episcopalianos, en 1534.

Estos tres grupos no han permanecido en lo que oyeron desde el principio.

Y san Juan vuelve a repetirlo una vez más: «Así, pues, quédense con lo que se les ha enseñado.» (1Jn 2, 27)

Termino con las palabras del versículo anterior: «Les he escrito esto pensando en aquellos que tratan de desviarlos.» (1Jn 2, 26)

 

 

 

 

 

 

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