Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘Reflexiones’ Category

La riqueza

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2016

 

Riqueza 2

 

El trabajo honesto ofrece dignidad; no gran riqueza, por cierto. Es que la riqueza no es un don de Dios: es una prueba difícil de superar, sin sentir avidez por ella o sin tener soberbia o egoísmo.

 

La riqueza es para compartirla con quien no la posee, no para Riquezavanagloriarse.

 

Es la prueba más difícil para el alma. Y esto a muchos podrá parecer extraño.

 

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La nueva Jerusalén, ¿aquí?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 3, 2016

 

“Y oí una voz que clamaba desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres; Él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y Él será Dios-con-ellos; Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado. […] Al que tenga sed yo le daré de beber gratuitamente del manantial del agua de la vida. Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí.’ […] A su luz caminarán las naciones, y los reyes de la tierra llevarán a ella sus riquezas. No habrá que cerrar sus puertas al fin del día, ya que allí no habrá noche. Traerán a ella las riquezas y el esplendor de las naciones. Nada manchado entrará en ella, ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.” (Apocalipsis, capítulo 21)

Además se puede leer en Isaías (capítulo 11) algo que, contradiciendo algunas exégesis, tendría el mismo sentido:

“El lobo habitará con el cordero, el puma se acostará junto al cabrito, el ternero comerá al lado del león y un niño chiquito los cuidará. La vaca y el oso pastarán en compañía y sus crías reposarán juntas, pues el león también comerá pasto, igual que el buey. El niño de pecho jugará sobre el nido de la víbora, y en la cueva de la culebra el pequeñuelo meterá su mano. […] No cometerán el mal, ni dañarán a su prójimo en todo mi Cerro santo, pues, como llenan las aguas el mar, se llenará la tierra del conocimiento del Señor.”

Ya es hora de hacer realidad estos pasajes evangélicos:

Veo a un hombre darle el paso a otro en el tráfico, a otro pedirle perdón a alguien después de estrellar su carro y pagarle todos los daños, más allá se observa cómo un joven ayuda a una anciana a pasar la calle y todos los autos se detienen con calma para que no tenga que apurarse. Los transeúntes sonríen y se saludan los choferes, las filas son respetadas…

En los bancos, teatros y demás lugares públicos se ve la cortesía y la urbanidad en las colas, los ancianos son pasados adelante; nadie fuma, el licor es tomado moderadamente; los espectáculos son sanos y preservan la moral; en las tiendas la atención es esmerada y educada, pero no solamente por el interés económico…

La tecnología y la ciencia están al servicio del hombre y no al revés. En los congresos científicos se enseña todo si egoísmos, buscando más que el reconocimiento, el bienestar del hombre en sus aspectos biológico, psicológico y espiritual…

Con la economía sucede lo mismo: es para el hombre y no el hombre para ella.

Ya casi no hay trabajo para los abogados: todos tratan de solucionar sus problemas de común acuerdo. Solo se los busca para llenar algunos requisitos indispensables…

La ecología es prioridad para todos…

Los escritores dedican todos sus esfuerzos a propagar buenas costumbres… En las comunicaciones, los medios destacan lo bueno, informan con veracidad…

Empleados y patrones se tratan con justicia…

En el comercio, se acabó la competencia y fue reemplazada por la cooperación. Solo se venden productos útiles y no se crean necesidades…

Ya no existe la pornografía ni el machismo, ni la degradación de la mujer…

Ellas ganan un buen salario, trabajando medio tiempo, para poder dedicarse a la educación de los hijos…

La política está al servicio del pueblo y no de intereses particulares…

La educación es una de las principales prioridades de los gobiernos…

La gente es consecuente con su manera de pensar: no hay católicos de segunda categoría, todos luchan a diario por ser mejores en todos los aspectos. La ascética es pelea de todas las almas y la mística acompaña a muchos…

Se respetan otras formas de pensar. No se discute ni siquiera con un poco de acaloramiento sobre las diferencias, sino que se habla de lo que unifica y enriquece…

La gloria de Dios y la paz entre los hombres es la meta principal de todos.

Como se ve, a cada uno le corresponde hacer algo por la nueva Jerusalén.

¿Utopía de ingenuos? Lo seguirá siendo hasta que comencemos, con Jesús.

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El distintivo del cristiano:

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 17, 2016

“Nosotros no fijamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas”.

(2Co 4, 18)

 

“Quien siembra en su carne cosechará corrupción de la carne; quien siembra en el espíritu cosechará vida eterna del espíritu.”

(Ga 6, 8)

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¿Libertad religiosa?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 26, 2015

DUDH

La libertad religiosa es un derecho fundamental que se refiere a la opción de cada ser humano de elegir libremente su religión, de no elegir ninguna (irreligión), o de no creer o validar la existencia de un Dios (ateísmo y agnosticismo), y ejercer dicha creencia públicamente, sin ser víctima de opresión, discriminación o intento de cambiarla a la fuerza.

Este concepto va más allá de la tolerancia religiosa, que consiste en el simple respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. También abarca el reconocimiento de inmunidad política a quienes profesan religiones distintas a la admitida oficialmente. Y permite, como una concesión gratuita, el ejercicio de profesar cualquier religión, es decir, la libertad de culto.

En las democracias modernas generalmente el Estado dice garantizar la libertad religiosa a todos sus ciudadanos; pero las situaciones de discriminación religiosa o intolerancia religiosa siguen siendo muy frecuentes en muchas partes del mundo, registrándose casos de preferencia de una religión sobre otras, intolerancia y persecución a ciertos credos, hasta con el homicidio, inclusive.

La libertad religiosa es reconocida por el derecho internacional en varios documentos, como el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; el art. 27 de este mismo pacto garantiza a las minorías religiosas el derecho a confesar y practicar su religión. De la misma forma lo hace la Convención de los Derechos del Niño, en su art. 14, y el artículo 9 de la Convención Europea de Derechos Humanos.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el citado artículo 18, indica:

«Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.»

¿Libertad de culto?

Pero las medidas tomadas en algunos países de Europa —prohibir el uso de los símbolos religiosos de determinadas religiones, para no vulnerar los derechos de los otros— reabre el debate sobre la libertad de cultos y sobre el laicismo:

¿Qué es más libertad de culto: impedir a todos los ciudadanos usar símbolos religiosos o permitirlos todos, en una apertura de mente y de conciencia respetuosa de los derechos de los demás?

La noción del laicismo que se tiene en Francia desde tiempos de la Revolución francesa consiste en que el Estado se defiende de las religiones. Es una posición distinta la norteamericana, laica, en la que el Estado defiende las religiones de la intromisión del mismo Estado.

La posición francesa es laicista y puede llevar a un fundamentalismo laico, que pretende excluir la religión de todo lo público. Esto es lo que han criticado algunos pensadores, como Danièle Hervieu- Leger, que proponen “deslaicizar la laicidad” para abrirse a la situación multicultural y plurirreligiosa del mundo actual. La posición norteamericana es más laica pues pretende que todas las religiones expresen y vivan su fe, sin que el Estado intervenga en ellas, siempre y cuando actúen dentro de los límites de la ley y no caigan en hechos contrarios al Derecho. Así, incluso, se reconocen lo que podríamos llamar seudorreligiones.

En muchos países, en este punto se ha seguido la opción norteamericana: igualdad de todas las religiones ante la ley y posibilidad del uso y manifestación de símbolos religiosos en público, como lo vemos con los símbolos cristianos, católicos, Hare Krishna, Israelitas del Nuevo Pacto Universal, etc., etc., etc.

En cambio, en todos los sitios públicos de varios países de Europa (colegios, universidades, entre otros) está prohibido poner una Cruz cristiana, la Estrella de David judía o la Estrella y la Luna creciente del Islam…, adoptando la posición intolerante y coercitiva de Francia, ¡el país de los Derechos Humanos!

 

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La objetividad del periodista

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 26, 2015

Periodista

 

 

“Mente abierta” es una de las consignas más usadas en los últimos decenios, cuando se quiere denotar la virtud más importante en las discusiones. Y, por el contrario, se llama “mente cerrada” la de aquél que no es capaz de mirar los acontecimientos desde una óptica diferente de la suya.

Por otra parte, hay muchos hechos que están rodeados por aspectos culturales específicos y que los hacen diferentes y más difíciles de juzgar. Infortunadamente, hay personas que usan criterios que consideran universales para evaluarlos.

 

‘La carrera del papa’

Esto ocurre también cuando los periodistas entrevistan personas o investigan temas que suelen desconocer, y principalmente cuando se trata de culturas extrañas a ellos, como ocurrió recientemente, cuando el reconocido y prestigioso periodista Ismael Cala, tras la visita del papa a Cuba y a Estados Unidos, habló de la carrera del papa: primero sacerdote, luego párroco, después obispo y, antes de ser papa, cardenal, y lo dijo como si en la Iglesia Católica se dieran las mismas condiciones que se dan para los gobiernos, tanto de las naciones como de las empresas, y en donde se emplean intrigas, luchas de poder, lobbies, política, networking, “roscas”, etc., o en donde se disputan los cargos y se ganan más por influencias e intereses personales (casi siempre económicos), que por méritos y habilidades.

Aunque es verdad que hay uno que otro sacerdote que piensa y vive según estos criterios del mundo, la Iglesia, como institución, maneja otras normas completamente diferentes.

Un ejemplo muy didáctico de esto es la elección del papa: encerrados con llave —eso es lo que significa la palabra: cónclave—, para impedir cualquier interferencia externa, los cardenales, que han orado previamente mucho, intensifican esa oración, pidiendo a Dios especialmente los dones de Consejo y Sabiduría, para descifrar qué quiere Él de ellos en esos momentos y cómo deben votar, esperando con suma seguridad que Él les hará saber a quién escogió desde la eternidad (en su infinita sabiduría), para ocupar el cargo que dejó su predecesor, y regir a la Iglesia fundada por Jesucristo. En otras palabras, dedican esos días a discernir cuál es la Voluntad santísima de Dios.

Aunque el sentido común y la inteligencia de cada cardenal inciden en su decisión, es más lo que los cardenales esperan que se les comunique espiritualmente, por la oración que hacen ellos y todos los buenos católicos (que oran y ofrecen sacrificios en esos momentos).

Ahí, pues, no caben intrigas, lobbies, “roscas”, etc., como las que se usan en el ambiente mundano.

Por eso, está fuera de todo lugar esa expresión —también mundana— que se aplica de la carrera que supuestamente ha hecho el papa, al ir —también supuestamente— ascendiendo. Jamás se usa en la Iglesia Católica el término ascender en ese sentido: los buenos católicos no buscan ascensos; al contrario, prefieren el servicio humilde a los reconocimientos públicos y otros títulos distintivos. De hecho, el cargo del papa se llama: SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS.

Todos escuchamos la respuesta negativa que el papa le dio a un niño que le preguntaba si él quería que lo eligieran papa. Para él es, más bien, una gran responsabilidad, de la que habrá de dar cuentas a Dios.

 

‘Igualdad de oportunidades’

En ese mismo programa, Ismael Cala apeló al criterio del igualitarismo, cuando afirmó que deberían darse igualdad de oportunidades a las mujeres, para que accedan al sacerdocio.

Es este otro error producido por el desconocimiento: el fundador de la Iglesia fue Jesucristo y, al hacerlo, no escogió a ninguna mujer para ser sacerdote. Sus seguidores, ni siquiera el papa, tienen autoridad para cambiar esa decisión, por más igualitaristas que se autodenominen, porque es una característica fundacional y de derecho divino, no eclesial (la Iglesia no tiene esa potestad).

Quien quiera una Iglesia con sacerdotisas y obispas debe fundar una nueva, pero no puede pretender violar las directrices fundacionales de quien ni siquiera nombró sacerdote a su misma Madre.

 

¡Qué bueno sería que quienes trabajan en los medios de comunicación investigaran más a fondo cada institución o persona, dentro de su contexto cultural y/o religioso, antes de presentar una entrevista en la radio, en la televisión o en las redes sociales! Serían más objetivos y, por ende, se acercarían más a la verdad.

 

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Los floreros de los templos

Posted by pablofranciscomaurino en julio 24, 2015

Supuestamente las flores son para el Santísimo, para darle culto; sin embargo, están orientadas de modo que sea el pueblo quien pueda gozar de su belleza. Los acólitos son los que se dan cuenta, ya que desde el sagrario se ve la parte trasera de los floreros llena de tallos y fea; a veces hasta se ve el oasis (esponja verde donde se entierran las flores) y cinta pegante que lo sostiene todo.

Así como los floreros de los templos hay muchas actitudes y circunstancias. Por momentos parece que lo importante es la imagen de la Iglesia, no su esencia ni la fuerza que posee por el hecho de ser fundada por Jesucristo y asistida por el Espíritu Santo.

Baste ver la poca confianza en Dios que algunos tienen en la labor pastoral y en el apostolado: con frecuencia se cree más en las «tácticas de enganche», la publicidad, la alegría en los ritos y en los cantos, la simpatía del sacerdote, etc., que en la gracia de Dios.

Se invierte poco tiempo en la oración… Se ora con poca fe… Se rechaza el sacrificio para lograr la conversión de las almas… Se ama poco a los pecadores. Y estos fueron los medios enseñados y utilizados por Cristo. En resumen, se sigue más el método de los hombres que el de Dios.

Lo que se consigue es casi siempre fugaz: almas muy emocionadas al ver un sacerdote «tan moderno», tan innovador… «Cómo le llega a la gente» —repiten—, «Es un cura que está a la moda». Pero, después de las primeras pruebas, dejan el entusiasmo inicial. Son como la semilla que cae en las piedras del camino: sin raíces. Luego se agostan por el sol y mueren.

¿Queremos ese tipo de católicos?… ¿Querrá Dios ese tipo de hijos?

La fecundidad apostólica de los santos que arrastraron a tantos en pos de Jesús, dispuestos a todo por seguirlo y vivir como Él —incluso hasta el martirio—, radica en donde está la fecundidad del fundador de la Iglesia: oblación total de sí mismo por la salvación de los hombres.

 

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La sabiduría de Dios nos mezcló su vino y puso su mesa *

Posted by pablofranciscomaurino en julio 14, 2015

La Sabiduría se ha construido su casa. La Potencia personal de Dios Padre se preparó como casa propia todo el universo, en el que habita por su poder, y también lo preparó para aquel que fue creado a imagen y semejanza de Dios y que consta de una naturaleza en parte visible y en parte invisible.

Plantó siete columnas. Al hombre creado de nuevo en Cristo, para que crea en él y observe sus mandamientos, le ha dado los siete dones del Espíritu Santo; con ellos, estimulada la virtud por el conocimiento y recíprocamente manifestado el conocimiento por la virtud, el hombre espiritual llega a su plenitud, afianzado en la perfección de la fe por la participación de los bienes espirituales.

Y así, la natural nobleza del espíritu humano queda elevada por el don de fortaleza, que nos predispone a buscar con fervor y a desear los designios divinos, según los cuales ha sido hecho todo; por el don de consejo, que nos da discernimiento para distinguir entre los falsos y los verdaderos designios de Dios, increados e inmortales, y nos hace meditarlos y profesarlos de palabra al darnos la capacidad de percibirlos; y por el don de entendimiento, que nos ayuda a someternos de buen grado a los verdaderos designios de Dios y no a los falsos.

Ha mezclado el vino en la copa y ha puesto la mesa. Y en el hombre que hemos dicho, en el cual se hallan mezclados como en una copa lo espiritual y lo corporal, la Potencia personal de Dios juntó a la ciencia natural de las cosas el conocimiento de ella como creadora de todo; y este conocimiento es como un vino que embriaga con las cosas que atañen a Dios. De este modo, alimentando a las almas en la virtud por sí misma, que es el pan celestial, y embriagándolas y deleitándolas con su instrucción, dispone todo esto a manera de alimentos destinados al banquete espiritual, para todos los que desean participar del mismo.

Ha despachado a sus criados para que anuncien el banquete. Envió a los apóstoles, siervos de Dios, encargados de la proclamación evangélica, la cual, por proceder del Espíritu, es superior a la ley escrita y natural, e invita a todos a que acudan a aquel en el cual, como en una copa, por el misterio de la encarnación tuvo lugar una mezcla admirable de la naturaleza divina y humana, unidas en una sola persona, aunque sin confundirse entre sí. Y clama por boca de ellos: «El insensato, que venga a mí. El insensato, que piensa en su interior que no hay Dios, renunciando a su impiedad, acérquese a mí por la fe, y sepa que yo soy el Creador y Señor de todas las cosas.»

Y dice: Quiero hablar a los faltos de juicio: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado. Y, tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: «Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación.»

Del Comentario de Procopio de Gaza, obispo, sobre el libro de los Proverbios (Cap. 9: PG 87, 1, 1299-1303)

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¿Listos para la muerte?

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 20, 2015

 

La muerte no es una posibilidad ni una opción; es una realidad ineludible.

Si estas 2 frases no cambian la vida del lector, dudo que otra cosa pueda hacerlo. Sería preferible que desistiera de la lectura del presente artículo, pues nada de lo que sigue tiene tanta trascendencia ni tanta contundencia.

El ser humano pertenece a la única especie que se ha percatado de tener un alma inmortal, y es también el único que sabe que hay otra vida tras la muerte.

Por eso, entre todas las metas, emerge la imperiosa necesidad de prepararse para la muerte propia y la de los seres queridos.

Sin embargo, el ser humano moderno se prepara más para el futuro inmediato: se matricula a los hijos en los jardines infantiles para que puedan acceder al colegio, se inscriben en un colegio con el fin de que puedan asistir a la universidad o emplearse, y estudian una carrera para ser profesionales con altos ingresos; a veces continúa la cosa con los posgrados, maestrías y doctorados y, cuando ya están listos para la vida…, ya están viejos.

También las mujeres y hombres de hoy están siendo inducidos a tener seguros para todo: seguro médico, seguro de accidentes, seguro para proteger el carro o la casa de un robo, seguro de estudios, seguro de incendio, seguro de terremoto, en fin, seguro para todo. Y nada de eso es seguro: no es seguro que nos enfermemos, que tengamos un accidente, que nos estrellemos en nuestro carro o que nos roben… Es más: vale la pena que nos preguntemos ¿qué sucedería cuando un terremoto destruya toda la ciudad, incluyendo las oficinas de la empresa de seguros? ¿a quién le cobraríamos el seguro? Como se ve, los seguros son muy inseguros. Pero la muerte no.

Nos estamos preparando para lo que pueda pasar, para lo eventual. Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Y, ¿cómo prepararnos?

Para hacerlo, es necesario repasar la historia del universo y, dentro de ella, la Revelación. Dios le revela al hombre un mensaje que se escribió desde el año 1250 A de C hasta el año 100 de nuestra era.

En la Biblia y en la Tradición de la Iglesia está consignado todo lo que el hombre debe hacer para salvarse, es decir, para que, luego de la muerte, llegue a la felicidad inmutable e imperecedera del Cielo, junto a Dios, único que puede llenar las ansias de felicidad que bullen en su interior.

Durante toda la historia del cristianismo, la Iglesia, fundada por el mismo Jesús, ha desarrollado estudios de teología (ciencia que trata de Dios y de sus atributos y perfecciones), que están ahora resumidos en el Catecismo de la Iglesia Católica. Sabemos que en esos estudios ha sido guiada por la acción continua y eficaz del Espíritu Santo:

“Y cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir.” (Jn 16,13)

Pues bien, ese Espíritu prometido por Jesucristo es el que ha dejado claro que la Fe de un cristiano no puede ser afectiva sino efectiva:

Es impresionante ver a tantos cristianos «comprometidos» que hablan de la felicidad que les causó acercarse a Dios, y de la imperiosa necesidad de alabar al Señor. Y la mayoría lo hacen: sus «Glorias», «Bendiciones» y «Alabanzas» llenan su día.

Pero también son muchos los que se quedan pasmados cuando se les pregunta si están viviendo bien los mandamientos del cristiano. Veamos un pasaje del Evangelio:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: «¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.»” (Mt 19, 16-17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación.

“No bastará con decirme: ¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo.” (Mt 7,21)

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¿La religión enajena?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 24, 2015

Es bastante común que los sociólogos, trabajadores sociales, antropólogos, historiadores y psicólogos afirmen que la religión condiciona tanto a la sociedad como al individuo pues, según ellos, es otro de los factores culturales que inciden en su identidad y desarrollo.

Algunos llegan a aseverar que cualquier religión entorpece o turba el uso de la razón, es decir, que enajena al ser humano. Y hay quienes se preocupan por encontrar maneras de «liberarse» de esta esclavitud.

De hecho, cuando se observan las actitudes de un fanático, se puede llegar a la misma conclusión: un atento análisis de todos aquellos que defienden con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, hace descubrir las razones que los mueven a actuar así: carencias afectivas, problemas familiares, laborales o sociales, que los llevaron a aferrarse enfermizamente a su credo, filosofía o forma de pensar.

Pero hay más: el miedo a perder ese sentido de «pertenencia» pocas veces los deja enfrentarse madura y razonablemente con sus creencias. No son capaces de evaluar valientemente si su religión es la verdadera; temen errar o fallar a sus principios religiosos (pecar); «creen» porque lo «heredaron» de sus padres, por «costumbre», por miedos irracionales e irreflexivos, no por convicción.

Entendida así la religión es efectivamente alienante. Alguien que vive así experimenta la mayor tragedia que puede sufrir el ser humano: su ausencia de libertad.

Por eso, es indispensable que el individuo comprenda una de las principales diferencias descubiertas por la paleoantropología entre la especie humana y los animales.

Cuando apareció, hace entre 210.000 y 100.000 años, el ser humano enterraba a los muertos. Esos entierros que hacían obligan a pensar a cualquier investigador que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma: hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

Somos los únicos animales conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás animales experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor, bien con las actitudes, bien con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

Así, se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es la conciencia de que él mismo es, por naturaleza, un ser religioso: en esta etapa nacieron las creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad. Por eso es inexplicable la existencia de los ateos: el ser humano es religioso por naturaleza, y se puede afirmar sin fanatismos que el ateísmo es un retroceso en la evolución del hombre.

El arte simbólico que se encontró en las cavernas, con búfalos y rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre y, además, de que apareció la conciencia de que a través de esos rituales se podían someter las fuerzas de la naturaleza.

La sabiduría, en este sentido, se guió más tarde hacia una cultura mágica en los cazadores, y hacia una cultura mítica en los agricultores.

Se puede decir que no hay duda de que el espíritu marca definitivamente al hombre, y que es su presencia lo que lo hace completamente diferente a sus antecesores: el homo sapiens se diferencia de los demás en que tiene espíritu.

Por eso los seres humanos sentimos algo que nos mueve a dar a Dios el culto debido y practicamos la religión, ese conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor reverencial hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio.

Si no lo hiciéramos, no seríamos humanos. Y seríamos esclavos.

 

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PLACER SUBLIME

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 4, 2014

Recién aparecido el ser humano sobre la tierra comenzó a preguntarse sobre su vida, su esencia, su razón de ser… Miles y miles de preguntas más le surgieron y, después de unos doscientos mil años, muchas no se han contestado.

Hay quienes por ejemplo, desde una perspectiva teocéntrica, han postulado la idea de que Dios creó al hombre. Y, más recientemente, con una mirada antropocéntrica, otros afirman que fue el hombre quien inventó la idea de un Dios, creador de todo. Pero se multiplican las creencias, y la cosmovisión de muchos es tan plural que habría que invertir varias vidas estudiándolas todas.

Ante semejante panorama, es admirable descubrir la ignorancia en la que todavía se encuentra el ser humano con respecto a estos temas tan trascendentales para sí mismo y para su vida, transcurridos tantos milenios, sobre todo ante los vertiginosos avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos.

Pero no solo es admirable; aterra saber que miles de millones de personas viven en un sinsentido parecido en muchos aspectos— al de los animales: nacen, crecen, se reproducen y mueren; hacen sus elecciones —profesión, matrimonio, lugar y estilo de vida, etc.— sin criterios claros sobre la razón última de su ser; no le dan más trascendencia a sus vidas que la de prever su futuro más inmediato, sin contemplar siquiera la posibilidad de que la vida siga después de la muerte, tal y como lo comenzó a intuir la especie humana desde sus comienzos. Además, se preguntaba sobre la posibilidad de la existencia de otros seres más allá de lo tangible y visible: seres espirituales, buenos y malos, con quienes quizá podrían interactuar y hasta valerse de ellos para cambiar las leyes de la naturaleza, como se empezó a creer en los inicios de la especie humana…

Sin embargo, siempre se ha oído hablar de algunos que han desarrollado su vida espiritual hasta llegar a la contemplación pura del mundo espiritual y al conocimiento de los espíritus; es decir, que han vivido experiencias místicas.

Entre la inconsciencia de unos y la profunda espiritualidad de otros se encuentran las actitudes que tienen los seres humanos frente a los cuestionamientos más profundos de su existencia, pero es evidente que —y hoy más que nunca— son más quienes viven sin desarrollar su plano espiritual, quedándose satisfechos dándole relieve únicamente a sus otros dos planos: el biológico y el psicológico; queda así truncada la integridad de su esencia, de su naturaleza, de su sustancia, con lo que muy difícilmente lograrán el pleno desarrollo de su ser y, por ende, la felicidad que tanto anhelan y persiguen, a pesar de que se les muestra tan esquiva.

Son varias las religiones que reclaman para sí las experiencias místicas más elevadas, pero no se puede negar que hay 3 características que las hacen más sublimes y, por consiguiente, más plenamente humanas:

1) las que producen la transformación moral del individuo: pasar un hombre de la maldad a la bondad, como es el caso de quienes dejan de matar, robar, ser infieles a sus esposas, etc., para comenzar una vida de bien,

2) las que facultan al individuo a realizar actos sobrenaturales, es decir, actos que no pueden realizar los seres humanos naturalmente (perdonar, por ejemplo, a quienes mataron a un hijo) y

3) el enaltecimiento de la facultad más elevada del ser humano: amar; tal es el caso de las personas que son capaces de olvidarse de sí mismas para conseguir el bien de otro (o de otros), sin esperar nada a cambio, y cuyo mayor ejemplo es el de quienes gastan su vida, día a día, en una labor de servicio humanitario o el de quienes llegan al extremo de morir por otros seres humanos, por amor a Dios, y que son llamados comúnmente mártires o testigos.

Ninguna de estas 3 acciones es posible, a menos de que se reciba una fuerza sobrenatural, un empuje espiritual que viene de lo alto, de una entidad superior, y solo el cristianismo ha mostrado evidencias claras al respecto: conversiones de personas que dejan el mal para siempre, capacidad de realizar acciones verdaderamente sobrenaturales y entrega total al servicio gratuito y desinteresado, a veces hasta la muerte, solo por amor a Dios y a la humanidad.

Efectivamente, al revisar toda la teología espiritual (ascético-mística) del cristianismo, se encuentra una doctrina sólida, amplia y profundamente desarrollada por maestros espirituales llamados los santos místicos.

En esta doctrina se enseña que Dios desciende hacia la criatura, para hacerla primero capaz de actos divinos y, después, de disponerse para una unión cada vez más íntima con Él. Y esa unión es el placer más elevado que puede experimentar el ser humano, puesto que fue creado para disfrutarlo.

Las personas que han experimentado este estado de unión, aun cuando sea incipiente, como suele ocurrir al comienzo, ya no desean en esta vida otra cosa que volver a vivirla y, ojalá, acentuarla cada vez más, pues descubren que todos los placeres biológicos o psicológicos —incluso el más elevado de todos: el amor humano— palidecen frente a un instante de esta unión con Dios: se siente tanto gozo espiritual, tantos consuelos y deleites espirituales, que ya no se desea seguir viviendo; lo único a lo que se aspira desde ese momento es conseguir esa unión con Dios: el máximo placer, el placer más sublime y elevado de todos.

Pero se explica que esto va ocurriendo paulatinamente, en 2 medidas: tanto cuanto Dios quiere participar de su Ser a la criatura y tanto cuanto la criatura se dispone para tal unión.

En este proceso, Dios va llenando a la persona de su gracia, que es un don, un regalo, un favor que le hace sin merecimiento alguno de su parte, con la que la va llenando primero de virtudes sobrenaturales y, después, de los 7 dones del Espíritu Santo, que la facultan para la unión con Dios.

Por su parte, la persona debe ser primero muy humilde: totalmente consciente de su condición de criatura, débil, proclive al mal e incapaz del bien, necesitada de la ayuda divina; y debe, además, vivir en gracia de Dios (cumpliendo los mandamientos), frecuentar los Sacramentos (asistir a Misa y comulgar, ojalá diariamente, y confesarse al menos una vez al mes) y hacer oración mental (dedicar diariamente un tiempo para hablar con ese Dios que la ama inmensa e intensamente y que lo único que quiere es hacerla feliz). Y le conviene conseguir un director espiritual que ya haya experimentado la unión con Dios, para dejarse guiar por él en este asunto de tanta trascendencia.

En la medida en la que la persona va dejando que Dios se acerque a ella, cumpliendo los requisitos dichos, Él le va dando esos regalos que la harán totalmente feliz.

Lo primero que le obsequia es la paz; una paz distinta a la que conocía. Se supo de un hombre que era conocido por todos como uno de los seres humanos más serenos, más tranquilos, más llenos de paz… Él mismo era consciente de ello, pues veía a muchos intranquilos, angustiados, ansiosos, etc. Pero el día en el que Dios lo visitó espiritualmente y le dejó la paz que Él deja en sus primeras visitas, este hombre descubrió que antes de esta experiencia estaba muy lejos de saber lo que era la paz auténtica, que lo que él creía que era paz no era ni un esbozo de la verdadera…

En otra ocasión, Dios le regaló una virtud por la que había luchado durante casi treinta años sin éxito: no controvertir sobre asuntos de Fe, pues siempre terminaba discutiendo acaloradamente con cuantos discrepaban de sus creencias. Se arrepentía después de cada suceso, pero no lograba erradicar su defecto, que atentaba contra la caridad que le debía a los demás. Un día, estando en oración, Dios se le presentó y le mostró su perfección, su santidad, su grandeza; y le dejó ver parte de la gran imperfección a la que este hombre estaba sometido, su miseria y cómo lo afeaban sus pecados… Después de este episodio, jamás volvió a discutir con nadie: quedó convencido de que no tenía autoridad moral para controvertir, y Dios le dio la fuerza para callar, orar y confiar más en Él que en los argumentos que solía poner para defender sus puntos de vista.

Y así, la persona va recibiendo de Dios dones cada vez más elevados, como el de una pareja de esposos que fue a visitar públicamente —los mostraron por la televisión— al asesino de su hijo, para perdonarlo: la audiencia vio aterrada el momento en el que ese par de señores mayores saludaban al sicario y le decían que lo perdonaban por amor a Dios.

La evidencia del Amor de Dios en estas experiencias llega a ser tan fuerte, que las personas adquieren una confianza ilimitada en ese Amor, y nada los perturba, nada los angustia, nada los preocupa… Saben que Dios tiene esta triple condición: 1) es infinitamente poderoso, 2) sabe qué es lo mejor para ellos y 3) los ama tanto, que solo les propiciará o permitirá lo mejor; por eso se abandonan totalmente en el Amor que ya experimentaron místicamente.

Y por eso mismo, aunque trabajan con responsabilidad en los asuntos temporales para hacer de este un mundo mejor y así dar gloria a Dios, les es indiferente la salud o la enfermedad, el bienestar o el malestar, la pobreza o la riqueza, tener trabajo o estar vacantes, la soledad o la compañía… Saben que todo está calculado sabiamente por Dios para conseguirles lo único que importa: la eternidad junto al Amor de los amores. En todas sus empresas e intereses —trabajo, familia, salud, educación, vestido, vivienda, alimentación, servicios a la comunidad…— ponen todos los medios y esfuerzos para que salgan lo mejor posible, pero dejan a Dios los resultados.

A quienes Dios une a Sí mismo de esta manera ya no les importa el cansancio: trabajan infatigablemente por el ideal más grande de todos: enseñar al mundo entero que esta vida es una sombra, es oscuridad; y que con la luz que Dios nos da en esas experiencias místicas comenzamos a ver la verdad: que lo único que importa es lograr cuanto podamos esa unión con Dios ahora —en el tiempo presente—, que después consigamos la unión completa y eterna con el Amor —¡la dicha eterna!—, y que nos llevemos a muchos a ese estado de felicidad, que jamás podremos describir, pues “ni ojo vio ni oído oyó ni llegó jamás a la mente de nadie lo que Dios tiene preparado para los que esperan en Él”.

Están seguros de que los sufrimientos que Dios les permite son para su propio bien y el bien de otros, porque saben que fue con sus sufrimientos como Cristo consiguió esa luz para la humanidad, y se sienten dichosos de sufrir con Cristo para ayudar a muchos a entender la vida tal y como es en realidad. Y por eso, ya no piden nada, fuera de la salvación y santificación (que es la unión con Dios) de todos: conocidos y desconocidos.

Y así como están dispuestos a vivir por este ideal, también lo están, si es necesario, a morir por él. Es por eso que solo en el cristianismo se ven mártires que dan la vida por amor a Jesucristo y por la felicidad auténtica de sus hermanos, los hombres. Muchos de ellos, en medio de sus sufrimientos mientras los martirizan y matan, cantan y alaban a Dios dichosos, pues son los seres humanos más felices; y lo serán plena y eternamente.

 

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¿Quién era Barrabás?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2014

Históricamente ya lo sabemos: Barrabás era un bandido (Jn 18, 40). Este Barrabás había sido encarcelado por algunos disturbios y un asesinato en la ciudad (Lc 23, 19); había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín (Mc 15, 7).

Pero si lo estudiamos con algo de profundidad, quizás encontremos aspectos desconocidos y útiles para nuestra vida y para ayudar a los demás. Conviene recordar lo que ocurrió:

Cuando el gobernador volvió a preguntarles: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», ellos contestaron: «A Barrabás.» Pilato les dijo: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Cristo?» Todos contestaron: «¡Crucifícalo!» Pilato insistió: «¿Qué ha hecho de malo?» Pero ellos gritaban cada vez con más fuerza: «¡Que sea crucificado!» (Mt 27, 20-23)

Desde el punto de vista jurídico romano, el castigo que pedían —que fuera crucificado— era el que por justicia merecía Barrabás, no Jesús. Místicamente podemos pensar que nosotros, por el pecado original y por nuestros pecados personales, somos los merecedores de tal castigo: unas pequeñas criaturas osaron ofender gravemente a su Creador, a quien es la fuente de todos sus beneficios: Dios eterno; por eso merecíamos un castigo eterno.

Pero el Hijo de Dios, la Segunda persona de la Santísima Trinidad, llena de amor por sus criaturas, vino a la tierra tomando la condición humana, y pagó por esos pecados, recibiendo el castigo que en justicia merecíamos nosotros…

Por eso, cada vez que elegimos el pecado, podemos decir que estamos eligiendo a Barrabás y exigiendo que crucifiquen a nuestro Salvador.

No fueron, pues, los judíos de entonces quienes pidieron la sentencia de muerte para Jesús: fuimos nosotros, los pecadores.

Pero hay algo más profundo en todo esto. En el pecado hay siempre una elección: prefiero mis caprichos a la voluntad de Dios, prefiero lo que en mi soberbia creo mi bienestar antes que la gloria y honra de Dios y —siempre— me prefiero a mí que a Dios… Por eso, en el fondo de todo pecado subyace una actitud en la que me elijo a mí antes que a Dios.

Podríamos decir que en el momento en el que Pilato preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», yo contesté: «A mí».

Ahora ya puedo responder quién era Barrabás. Y dolerme. Y pedir perdón. Y pedir su ayuda… Y empezar a amarlo.

 

 

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Ideas impopulares

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2014

No al aborto. No a la eutanasia. No a los anticonceptivos. No al matrimonio de homosexuales y no a que adopten niños. No a congelar y matar embriones…

Y, por otra parte, no al sacerdocio de mujeres ni a cambiar las bases de la doctrina cristiana: el Credo, los Sacramentos, los mandamientos y la oración.

Ante esta actitud de la Iglesia, muchos emiten sus juicios: “La Iglesia es muy conservadora.” “¡Qué retrógrada!; se quedó en la Edad Media…” “Por eso es que muchos se van…” “Si los curas fueran más inteligentes, aceptarían muchas cosas de estas, se adaptarían al mundo moderno.”…

Y relucen de una manera fulgurante —casi espectacular— el relativismo y el subjetivismo moral: “Eso del pecado es cuestionable; todo depende de las circunstancias.” “Lo que importa es lo que yo pienso, o cómo vea las cosas cada uno…”

Por eso, poco a poco, la humanidad sin guía, sin norte, sin valores, sin principios morales que la rijan, va cayendo en barrena, hacia su propia autodestrucción.

¡Qué tal si la Iglesia Católica apagara su voz en contra de tanto desorden! ¡Qué tal si la única luz que brilla todavía en el mundo claudicara en sus principios, en su base doctrinal! ¡Qué tal si no se oyera ya la palabra de la Iglesia, clamando por el derecho a la vida de los nonatos y ancianos! ¿Quién reclamaría el orden moral? ¿Cómo estaría el mundo en estos momentos?, ¿no estaría peor de lo que está?

Sí, son ideas impopulares. Pero la misión de la Iglesia no es buscar la popularidad: es propiciar la verdadera felicidad de la gente, con la Palabra que el mismo Dios le encargó que predicara, es decir, enseñar la verdad auténtica. Si dejara de hacer esto, dejaría de ser la Iglesia Católica que fundó Jesucristo.

Esta es en la Iglesia que no cede ni se rinde ante ninguna presión externa, la Iglesia que no falla en la observancia de sus propios principios. ¿No da mucha paz saber que estamos en buenas manos?

 

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‘Hay que ambicionar’

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2014

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca!; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mayor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

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¿Somos hombres nuevos?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 8, 2014

Charlando de noche con Nicodemo, Jesús le reveló algo grande y misterioso:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»(Jn 3, 3)

Tan misterioso fue, que Nicodemo —que no entendió nada— le preguntó que si, para lograrlo, era posible entrar de nuevo en el seno materno…

La Iglesia siempre ha enseñado al respecto que hay dos etapas: la primera, puramente sacramental y la segunda, espiritual:

1) por el Bautismo dejamos de ser hombres viejos y nos hacemos hombres nuevos: somos integrados a la vida divina, para comenzar una nueva vida en Cristo, dejando atrás el pecado, y

2) por la práctica y el ejercicio de la perfección espiritual —con la gracia de Dios, obtenida de los Sacramentos y la oración asidua— continuar en esa nueva vida en Cristo, ascendiendo hasta la experiencia mística, la contemplación y unión con Dios.

Para la primera etapa, san Pablo nos dejó algunas enseñanzas:

«sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado» (Rm 6, 6)

«a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias» (Ef 4, 22)

«No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras» (Col 3, 9)

Pero no es el deseo divino —ni el de san Pablo— que nos quedemos en esa etapa: Dios desea que no solo dejemos de pecar, sino que todo sea nuevo:

«Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.» (2Co 5, 17)

Se refiere a algo mayor, a algo que está en una dimensión superior:

«a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad.» (Ef 4, 24)

Ese Hombre Nuevo —con mayúsculas— es Cristo, del que debemos revestirnos, hasta convertirnos en el mismo Cristo. Lo dice con gran vehemencia:

«¡hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros»(Ga 4, 19)

Y, ¿cómo veremos a Cristo formado en nosotros?

Cuando actuemos como Él, el Hombre Nuevo. Somos hombres nuevos únicamente si acogemos e integramos en nuestras vidas las enseñanzas divinas.

Hay personas, por ejemplo, que se acercan a Dios para servirse de Él, no para servirlo:

  • Consideran un privilegio pertenecer a un ministerio (el de predicar, por ejemplo), en vez de ser conscientes de que ministerium significa servicio. Dicen: “Gracias por esta oportunidad” —como si fuera un honor—, en vez de prestar el servicio con sencillez y únicamente por amor a Dios, no por otras razones.

  • Creen que lo importante son las estadísticas, como si este ministerio fuera algo terrenal: “Están asistiendo muchos a las predicaciones”, afirman orgullosos, o: “Estoy contento porque me han pedido que predique en tal sitio”. En cambio, quienes ya son hombres nuevos saben que los planes de Dios son distintos a los de los hombres y, por eso, solo ponen los medios para servir a Dios, dejándole a Él sólo los resultados.

  • Preguntan si la predicación gustó o no, con lo que descubren sus vanidosas intenciones.

  • Y, entre quienes los invitan o dirigen a estos predicadores, hay quienes los elogian, como si se tratara de una empresa terrenal y solamente humana; les dicen, por ejemplo: “La labor que estás haciendo es muy bella”, como si no supieran que la labor apostólica es realizada por el Espíritu Santo, a quien simplemente le colaboran.

  • Hacen esos elogios, aunque Jesús aclaró que «no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»(Mt 20, 26).

Los hombres nuevos, por el contrario, recuerdan que Jesús afirmó que «si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35); por eso saben que, para incrementar la eficacia  apostólica, es mejor no solamente ser excluido, sino postergado, olvidado, humillado, tal y como nos lo reiteran tanto los santos místicos.

Es que les quedó muy claro lo que aseveró Jesucristo: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24); están conscientes de que deben morir (mortificarse) a sí mismos, para hacer fructífero su apostolado.

Por otra parte, Dios tiene un plan perfecto de salvación para cada ser humano, y nosotros, sus servidores, entramos en ese plan como una tuerca entra en una maquinaria gigantesca y compleja (que no llegamos a entender): se ajusta al tornillo con una determinada fuerza. Y eso es todo lo que debe hacer: no pretende, por ejemplo, entender el plan de Dios; solo desea servirlo, por amor, haciendo lo que tiene que hacer, aunque sea mínima su participación en ese magnífico plan. Es más: mientras menos entienda los designios divinos sobre las almas, más útil será para Dios y para los destinatarios de su apostolado.

Por eso los negocios divinos tienen metodologías diferentes a los humanos:

1) oración, oración, oración,

2) unión a la Cruz de Cristo y

3) desprendimiento total de intenciones personales y querer solo la Voluntad de Dios: pureza total del corazón.

Esa pureza comienza con la vivencia auténtica de las virtudes teologales:

–   ¿Creemos realmente que la vida terrenal es solo un paso hacia la eternidad?

–   ¿Recordamos continuamente que esta vida es una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor?

–   ¿Estamos convencidos de que Dios está pendiente de nosotros y que lo dispone todo para nuestro bien?

–   ¿Confiamos realmente en el amor de Dios por nosotros? ¿Estamos seguros de que solo Él sabe qué nos conviene? ¿Creemos que todo lo puede y que lo que permite —aunque a veces nos parezca malo— es para nuestro bien?

Contestemos con sinceridad estas preguntas:

·   ¿Estamos seguros del amor de Dios o nos angustiamos cuando hay peligros?

·   ¿Cómo tomaríamos la noticia de una enfermedad terminal: nos desesperaríamos, aceptaríamos la Voluntad de Dios o nos sentiríamos dichosos al saber que vamos a llegar a la felicidad eterna?

·   ¿Cómo recibiríamos la muerte de un ser querido?

El hombre viejo todavía huye del sufrimiento; el nuevo lo acepta gozoso, pues sabe que Dios lo usa en beneficio de otros, como lo hacía san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

El hombre nuevo sabe que Dios todo lo dispone para nuestro bien y que de las manos de Dios solo pueden salir cosas buenas para sus hijos, aunque no las entienda. Paradójicamente, va entrando en un conocimiento nuevo, perfecto:

«revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3, 10)

El conocimiento perfecto al que se refiere es la Cruz:

«la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde,el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no demostró Dios que la sabiduría del mundo es necedad? Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.» (1Co 1, 18-20. 22-24).

Es una sabiduría sobrenatural:

«hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra» (1Co 2, 7).

Por eso, el hombre nuevo sabe que debe negarse a sí mismo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24; Mc 8, 34).

Y carga todos los días la Cruz con Cristo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»(Lc 9, 23).

Es lo mismo que decir que el verdadero servidor de Jesús, el que sí lo ama, el hombre nuevo:

*  sirve a Dios, no se sirve de Él,

*  no considera su labor un privilegio sino un servicio de amor,

*  no se ocupa por saber los resultados de su servicio, sino en tener contento al Señor,

*  no admite ni da elogios,

*  no se preocupa de las opiniones de nadie; solo quiere agradar a Dios,

*  se niega a sí mismo en todo,

*  se oculta para no aparecer,

*  se mortifica (carga con Jesús la Cruz) para ayudar a realizar el plan de Dios,

*  ora intensamente, sabiendo que solo Dios convierte a las personas y

*  ofrece sus mortificaciones para que se cumpla ese plan, trazado desde la eternidad por la infinita sabiduría.

Estas son palabras dirigidas a hombres nuevos, porque ya son espirituales; no son para hombres viejos (carnales).

Con personas así se encontró san Pablo, y tuvo que escribirles:

«Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente; […]  porque ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?» (1Co 3, 1-3)

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El triunfo definitivo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 13, 2014

 

«Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va a ser echado fuera.» (Jn 12, 31)

Estas palabras de Jesús no indican otra cosa que su victoria final sobre el anticristo, victoria que ya se inició con su venida a este mundo y su Resurrección, y que continúa ahora con María y nosotros, sus aliados.

El Corazón Inmaculado de María triunfará. Está predicho por ella misma desde su aparición en Fátima y lo ha repetido en muchas otras apariciones y mensajes; lo que nos recuerda el siguiente pasaje bíblico:

«Pues Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva y el pasado no se volverá a recordar más ni vendrá más a la memoria. Que se alegren y que estén contentos para siempre por lo que voy a crear. Pues Yo voy a hacer de Jerusalén un Contento y de su pueblo una Alegría.

«Yo quedaré contento con Jerusalén y estaré feliz con mi pueblo. Ya no se oirán, en adelante, sollozos ni gritos de angustia, ni habrá más, allí, recién nacidos que vivan apenas algunos días, o viejos que no vivan largos años, pues morir a los cien años será morir joven, y no llegar a los cien será tenido como una maldición.

«Harán casas y vivirán en ellas, plantarán viñas y comerán sus frutos. Ya no edificarán para que otro vaya a vivir, ni plantarán para alimentar a otro. Los de mi pueblo tendrán vida tan larga como la de los árboles y mis elegidos gozarán de los frutos de su trabajo. No trabajarán inútilmente ni tendrán hijos para perderlos, pues ellos y sus descendientes serán una raza bendita del Señor.

«Antes que me llamen les responderé, y antes que terminen de hablar habrán sido atendidos.

«El lobo pastará junto con el cordero; el león comerá paja como el buey y la culebra se alimentará de tierra. No harán más daño ni perjuicio en todo mi santo cerro, dice el Señor.» (Is 65, 17-25)

Esa tierra nueva en la que el pasado no se volverá a recordar más ni vendrá más a la memoria, en la que todos se alegrarán y estarán contentos para siempre, en la que su pueblo será una Alegría, será el triunfo del Corazón Inmaculado de María.

Cuando Dios esté feliz con su pueblo, cuando ya no se oigan sollozos ni gritos de angustia, ni haya más recién nacidos que vivan apenas algunos días, o viejos que no vivan largos años, habrá ganado María, con su ejército de soldados, al mando de los obispos y sacerdotes.

Entonces gozaremos de los frutos de nuestro trabajo. No trabajaremos inútilmente ni tendremos hijos para perderlos, pues nosotros y nuestros descendientes seremos una raza bendita de Dios. Antes de que lo llamemos nos responderá, y antes que terminemos de hablar habremos sido atendidos.

Y ya no habrá desorden en la naturaleza: el lobo pastará junto con el cordero; el león comerá paja como el buey y la culebra se alimentará de tierra. No harán más daño ni perjuicio.

Paz entre los hombres, paz entre Dios y los hombres, paz en la naturaleza… ¡El paraíso en la tierra!

Es una promesa de Dios.

Y después, ¡la vida eterna junto a Dios!

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Cruzando el umbral de la esperanza

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 28, 2014

¿Un libro profético?

Ningún título pudo ser más exacto para el libro que contiene las respuestas que le diera el Papa Juan Pablo II a Vittorio Messori.

Además de la ecuanimidad y el profundo respeto por otras formas de pensar, la caridad verdadera, el afán apostólico y la profundidad con que está escrito, hacen pensar que este Pontífice se adelantó en el tiempo: lo que más se destaca es ese vivísimo expresar de la esperanza y de la alegría cristianas.

En un mundo donde hay guerras por todas partes, desastres naturales que entristecen el caminar humano, pérdida de la verdadera Fe, que se intenta reemplazar con caminos viejos o nuevos, dolor físico y moral…, revive este libro, abanderado de la Esperanza; esperanza del triunfo del bien sobre el mal, esperanza de la vida sobre la muerte eterna —verdadero mal—, esperanza en la resurrección.

¡Cuántos de nosotros no perdemos con relativa frecuencia el norte en nuestro trajinar diario! ¡Cuántas caras tristes en las filas de quien triunfó sobre el mal verdadero!, ¡de quien venció a la misma muerte!

Hoy, este libro, escrito por un hombre sobresaliente, más que especial, lleno de la gracia de Dios —¡santo!—, se vuelve a erigir como la voz de la Esperanza, para decirnos a todos los católicos que somos los privilegiados del mundo, que tenemos la certeza de que nuestro camino finaliza en el Cielo, que no hay nada por qué tener miedo, que Jesús resucitó y tras él resucitaremos todos…

Y esto nos lleva irremediablemente a la alegría verdadera: la inmutable, la que no cambia por la perspectiva de lo que nos espera en los próximos días, la que todavía no ha encontrado el mundo e intenta llenar con ilusiones pasajeras.

Si vivimos hoy lo que se lee en Cruzando el umbral de la esperanza, los demás hombres verán abismados la alegría de los hijos de Dios. Se sentirán atraídos por esa fuerza fulminante del amor de Dios que brilla en nosotros, harán a un lado los espejismos de las sectas y de la Nueva Era, y serán arrastrados a la verdadera fe.

Este es el verdadero apostolado: el ejemplo de una actitud positiva que nace de saberse llenos de Fe, de Esperanza cierta y veraz, y de Caridad.

De la mano del ahora san Juan Pablo, seguros de su entrañable escucha del Espíritu Santo —oración íntima—, llegaremos a la eterna felicidad.

 

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El hombre más feliz de la tierra

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 21, 2014

¡Dios te ama!: Te creó para amarte. Es que, siendo el Amor en esencia, quería tener a quién amar, y por eso te hizo a su imagen y semejanza.

Y te ama personalmente, particularmente, a ti: si Él dejara de pensar un solo instante en ti, si dejara de amarte, ¡te desintegrarías!, ¡desaparecerías! Es la fuerza infinita de su amor la que te mantiene con vida.

Y no dejó de amarte a pesar de que tú —junto con todos los hombres— dañaste ese plan perfecto de amor.

Siendo Dios, se redujo a criatura —se hizo uno como nosotros—, asumió todos tus pecados como propios y los pagó con creces: a pesar de que una sola gota de su Sangre habría bastado para expiar todos los pecados de la humanidad, decidió sufrir más, mucho más, infinitamente más…

Ninguna película, ninguna narración, ni las meditaciones más profundas y prolijas describirán jamás todos los horrores de su Pasión y de su Muerte.

A sus atroces dolores físicos debemos sumar sus angustias de muerte, el abandono de los suyos y hasta el de su Padre, las burlas, los desprecios y el odio de aquellos por quienes precisamente estaba dando su vida… Y todo esto le dolía más porque amaba más (nadie ha amado tanto); si nosotros mismos, que no sabemos amar, sufrimos mucho más las ingratitudes, los desprecios y las indiferencias de quienes amamos, imagina lo que sintió Él…

Y lo hizo porque te ama, ¡porque te ama sin límites!

No lo puedes seguir dudando.

Además, te dejó la Iglesia, para enseñarte todo lo que debes saber para ser feliz, para que te administre los Sacramentos con los que recibes la fuerza celestial que requieres para conquistar esa felicidad, para que te enseñe a hablar con Él, a conocerlo y a amarlo…

Y te cuida: en cada circunstancia de tu vida está sopesando cada opción y, sin menoscabar tu libertad, interviene siempre y únicamente para tu bien. El amor lo hace evitar los acontecimientos que te dañan y permitir los que te facilitan tu camino hacia la felicidad.

Como Él es la infinita sabiduría, sabe qué te conviene en cada momento. Y como te ama tanto, sólo deja que ocurra precisamente eso.

Hasta lo que en esta vida llamamos males: sufrimientos, enfermedad, muerte, lo usa para tu bienestar. ¡Cuántas veces hemos constatado que, por una cruz que Dios los dejó llevar, es por la que muchos se acercaron a Él, se convirtieron e iniciaron una nueva vida, alejada del pecado, que los lleva a la salvación! Y, ¿qué importa más que la salvación?

Si comparamos dos personas, una que nunca sufrió, nunca se enfermó y le fue bien en su vida terrenal, pero por sus pecados no pudo llegar a la dicha eterna del Cielo, con otra que sufrió, se enfermó y le fue mal en esta vida, pero llegó a gozar de Dios para siempre, escogeremos —seguro— la segunda opción.

Dirás que sería mejor no sufrir aquí y recibir el premio allá pero, después del pecado original eso ya no es posible, precisamente porque le dañamos el plan a Dios. Ahora, por nuestra culpa, debemos andar por el camino del dolor.

Pero ese dolor es, desde que Cristo lo asumió, el instrumento que usa Dios para quitarnos los impedimentos para llegar al Cielo y ocupar allí el mejor lugar: junto al Amor de los amores; es que —también por el pecado original— ahora permanecemos muy distraídos de nuestra meta final. Nos preocupamos y nos ocupamos más en conseguir algunos consuelos temporales, sin pensar que así nos alejamos de lo único que importa: la auténtica felicidad. Y con mucha frecuencia descubrimos que esos consuelos no llenan esas ansias de felicidad que arden en nuestro corazón: aparece siempre una sensación de insatisfacción.

Por eso casi nadie acaba de satisfacerse jamás.

Es que fuiste creado por un ser eterno y por eso estás hecho para cosas muy grandes, eternas. Nada te satisfará fuera del Amor de Dios, cuando se derrame infinitamente sobre tu ser. Entonces sí gritarás: “¡Fui creado para esto!”

Y añadirás: “¡Valió la pena todo el sufrimiento! ¡Bendito sea ese sufrimiento que me trajo tanta dicha!

Así es como el cristiano percibe la vida: tal y como en realidad es. Por eso es que el católico es el hombre más feliz de la tierra.

Y es por eso que tú debes estar sonriendo siempre, hasta en los momentos más difíciles de tu vida, porque tienes la certeza de que también en esos momentos —aunque no lo entiendas— Dios está fraguando tu felicidad, la que no te dará el mundo ni las criaturas.

¡A contagiar de esta alegría al mundo entero! Grítale a todos lo que aprendiste: “¡Dios te ama! ¡Dios te cuida! ¡Dios te espera allá arriba!”; pero hazlo principalmente con tu vida, con tu ejemplo.

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Para acabar con el estrés

Posted by pablofranciscomaurino en enero 31, 2014

 

Dios nos creó. Él conoce nuestra psicología mejor que nadie, mejor que cualquier psicólogo. Es el mejor psicólogo del mundo; el mejor de todos los tiempos. Por esto, es obvio que sabe mucho más que todo lo que la ciencia de la psicología ha descubierto hasta hoy y lo que descubrirá hasta el fin del mundo.

Y, para ayudarnos, nos dejó el manual más perfecto para nuestro bienestar: la Revelación Universal, en la que se nos reveló y asimismo nos reveló todo lo que debemos saber de nosotros mismos, para alcanzar la felicidad.

Y hasta se ocupó de los detalles más pequeños. Por ejemplo, nos dejó escrito el secreto para acabar con el estrés:

Unusquisque vestrum proximo suo placeat in bonum ad aedificationem: Que cada uno trate de agradar a su prójimo para su bien y la edificación común (Rm 15, 2).

Non quae sua sunt singuli considerantes sed et ea quae aliorum: Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás (Flp 2, 4).

Nemo quod suum est quaerat sed quod alterius: Que nadie busque su propio interés, sino el de los demás (1Co 10, 24).

Sicut et ego per omnia omnibus placeo non quaerens quod mihi utile est sed quod multis ut salvi fiant: Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse (1Co 10, 33).

Agradar a los demás, buscar su interés, complacer a los demás, no a nosotros mismos.

Pero, ¿agradar a los demás en sus caprichos?, ¿buscar el interés malvado o egoísta de los otros?, ¿complacerlos en lo que les causa daño? No: únicamente para que puedan salvarse, como lo dice la última cita.

En resumen: concentrar todo el interés en el bien auténtico de los demás y usar todos los talentos y capacidades en ello, olvidándonos de nosotros mismos.

Pero, ¿y nosotros? ¿Dónde queda la felicidad propia?

Si miramos atentamente nuestro pasado, podemos recordar que en aquellas oportunidades en las que nos concentramos en nuestros propios problemas fue cuando más nos estresamos; en cambio, cuando —olvidándonos de esos problemas— nos ocupamos de los de los demás, ¡se nos olvidaron los nuestros! o, por lo menos, les dimos menor importancia: la importancia que realmente tenían.

Es que la caridad es terapéutica: cuando me concentro y trabajo para hacer felices a mis seres queridos, es cuando más feliz soy, pues su felicidad es mi felicidad. Y esto lo sabía Dios, mi creador; por eso me dio la amorosa orden de amarlo con todas mis fuerzas, con toda mi alma, con todo mi ser y de amar a los demás como a mí mismo.

Cuando pongo en práctica este mandato, me hago tan dichoso al ver que estoy sirviendo a Dios y a los demás, que ya ni me importan mis problemas.

Cuando pongo en práctica este mandato, es tanto lo que me agrada agradar a Dios, que lo único que me importa es su gloria; es tanto lo que me complace trabajar por la felicidad de los demás, que eso es lo que me hace feliz a mí.

Y aprendo así a asumir el dolor ajeno como propio. San Pablo de la Cruz afirmaba que: «el amor auténtico hace suyas las penas del amado»; por eso asumo la Cruz de Cristo como mía, hago mío el dolor que Él siente cuando ve que tantas personas no se salvarán a pesar de toda la sangre que vertió…, ¡y me siento gozoso de completar en mi carne lo que le falta a la Pasión de Cristo para el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia! (Cf. Col 1, 24: nunc gaudeo in passionibus pro vobis et adimpleo ea quae desunt passionum Christi in carne mea pro corpore eius quod est Ecclesia.)

Así, todo lo que puedo sufrir lo ofrezco para ayudar a Jesús a salvar personas y para ayudar al Espíritu Santo a santificarlas, y de este modo es como más gloria le doy a Dios Padre.

En resumen: tanto en el gozo como en el dolor ¡ya no tengo estrés! ¡Y soy feliz!

 

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¿Preocupaciones?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 16, 2013

La Biblia nos enseña, en el salmo 38: «La vida del hombre sobre la tierra es un soplo»; dos versículos después dice: «Y el hombre se afana por un soplo»Asimismo, el apóstol Santiago afirma: «Ustedes son vapor que aparece un momento y después desaparece».

Esta es la mirada cristiana de la vida que han enseñado los santos: «Esta vida es un instante, es humo», decía santa Teresita del Niño Jesús. Y santa Teresa de Jesús: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada». Recordemos siempre —metámonoslo en la cabeza— que esta vida es pasajera.

A veces se nos olvida que en esta vida estamos de paso: que vamos hacia la realidad, pues vivimos en una especie de representación de la realidad, como lo dice san Pablo, el Apóstol: «La representación de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

La realidad es precisamente lo que no vemos: la Santísima Trinidad, la Virgen Madre de Dios, toda la jerarquía celeste (los serafines, los querubines, los tronos, las dominaciones, los principados, las virtudes, las potestades, los arcángeles, los ángeles), los santos…, la luz, la Vida, ¡el reino del amor! Lo que vemos, lo que tocamos, lo que sentimos, es solo apariencia…

Aquí estamos en una prueba de fe, en una prueba de obediencia y en una prueba de amor que, en fin de cuentas, se pueden reducir a una prueba de amor. Así lo escribió san Juan de la Cruz: «Al atardecer de nuestras vidas seremos examinados en el amor»: si amamos —si amamos siempre— seremos premiados con la visión de la realidad: el Amor en persona nos cubrirá y nos llenará, y todas nuestras ansias de felicidad serán colmadas.

Somos católicos; debemos distinguirnos de los ateos: la salud, el dinero, el trabajo, el bienestar (físico, psicológico), el aprecio de los demás, los viajes, el placer, la imagen, etc., son las preocupaciones de los ateos. A nosotros esas cosas nos son indiferentes, porque ponemos nuestra esperanza en la dicha eterna (hacemos un mejor negocio). Ni siquiera nos preocupamos por la muerte, de la que nadie puede escapar, porque es el único modo de llegar a la felicidad auténtica.

Pongamos por escrito las frases azules y verdes de este escrito en los lugares por donde pasemos siempre: una en la cabecera de la cama, otra en el baño, otra en la salida de la casa, otra en el lugar donde trabajamos, etc.; así recordaremos que no podemos vivir como los ateos: preocupados por las cosas de esta vida, que es temporal y es pura apariencia…

Nos veremos allá arriba, después de pasar esta corta prueba, para gozar eternamente del Amor infinito, pues para eso fuimos creados.

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Reglas y más reglas

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2013

Código Penal, Código de Tránsito, Código Civil, Código de Derecho Canónico… Leyes, decretos, normas… Para proteger los derechos de los menores, de los ancianos, de los enfermos de sida, de los homosexuales, etc. Supuestamente tenemos —cada vez más— lo necesario para ser una sociedad justa y equitativa.

Pero, ¿no se establecen las leyes y las normas precisamente porque se incumplen? ¿Para qué instituir reglas en un ambiente sano, donde se cumple todo a cabalidad?

Si en una familia, por ejemplo, todos hacen lo que deben y se cumplen los horarios, ya no se necesitará estar repitiendo cuál es la obligación de cada uno ni la hora en que todos deben llegar a la casa o al apartamento.

Otro tanto habría de esperarse del comportamiento de la sociedad. He aquí un ejemplo sencillo: cuando ya todos los ciudadanos de una urbe no boten basuras en los lugares públicos por fuera de las canecas, no será necesaria la norma, pues ya no existe el mal que la requería. Acabado el desorden, desaparecerá la norma.

Asimismo, en la época del Antiguo Testamento, san Jerónimo contó 613 preceptos, que son los que actualmente rigen al Judaísmo. Una vez llegó la Ley del Amor, promulgada por Jesucristo, todos esos mandamientos legales se hicieron vanos e innecesarios, pues la Nueva Ley los cobija a todos. El apóstol san Pablo se encargó de hacérselo entender a sus coetáneos de muchos modos, y dejó escritos que nos lo recuerdan machacona y enfáticamente, totalizando todas esas prescripciones particulares en la Ley suprema del Amor:

 

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido la Ley. Pues los mandamientos […] se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley.» (Rm 13, 8-10)

Cuando la especie humana llegue a comprender este mensaje de Jesucristo, ya no se necesitarán leyes. Cuando el ser humano evolucione realmente, no necesitará de normas que le recuerden sus obligaciones; simplemente las cumplirá.

La señal inequívoca de la auténtica evolución de nuestra especie será, por lo tanto, la abolición de todos los códigos de leyes, decretos, normas, etc.; entonces desaparecerán los juzgados, los abogados, la policía, los ejércitos…

Sólo en ese momento seremos una sociedad civilizada y unos verdaderos hermanos: hijos de Dios.

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Un sacrificio de amor*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2013

Es la tarde de un viernes típico, y estás manejando hacia tu casa. Sintonizas la radio. El noticiero cuenta una historia que te parece de poca importancia: en un pueblo lejano han muerto tres personas de alguna enfermedad que nunca antes se había visto. No lo piensas mucho…

El lunes, cuando despiertas, escuchas que ya no son tres, sino cerca de treinta mil personas las que han muerto por esa enfermedad en las colinas remotas de la India. Se informa también que personal del control de enfermedades de Estados Unidos ha ido a investigar.

El martes ya es la noticia más importante en la primera plana del periódico, porque no solo es la India, sino Pakistán, Irán y Afganistán los países a los que llega la epidemia. Pronto la noticia corre a través de las emisoras de radio y televisión. La llaman «la enfermedad misteriosa». Todos se preguntan: «¿Cómo vamos a controlarla?»

Entonces, otra noticia sorprende a todos: Europa cierra sus fronteras: no habrá vuelos desde la India ni de ningún otro país en el que se haya visto un brote de la enfermedad.

Para enterarte bien del cierre de fronteras estás viendo las noticias, cuando escuchas las palabras traducidas de una mujer que, en Francia, afirma que hay un hombre en el hospital muriendo de la «enfermedad misteriosa»…

Hay pánico en Europa. La noticia que llega informa que cuando adquieres el virus, permanece latente una semana, y ni cuenta te das. Luego, tienes cuatro días de síntomas horribles y mueres.

Pasa un día más, y el presidente de los Estados Unidos cierra los viajes a Europa y a Asia, tanto de ida como de regreso, para evitar el contagio en el país, hasta que encuentren la cura…

Al día siguiente la gente se reúne en las iglesias a orar para que los científicos encuentren una solución…

Estás en una de esas iglesias orando cuando, de pronto, entra alguien diciendo: «Prendan la radio». Se oye la noticia: dos mujeres han muerto en Nueva York. Lo que se temía: ¡América está infectada!

En horas, parece que la enfermedad invade a todo el mundo. Los científicos siguen trabajando para encontrar el antídoto. Pero nada funciona…

De repente, llega la noticia más esperada: se ha descifrado el código del ADN del virus. ¡Se puede hacer el antídoto! Va a requerirse de alguien que no haya sido infectado, y en todo el país se corre la voz de que los ciudadanos deben ir a los hospitales para que se les practique un examen de sangre.

Acudes con tu familia y unos vecinos, preguntándote por el camino qué pasará. «¿Será esto el fin del mundo?…»

Se efectúan los exámenes a la familia. Todos deben esperar…

Repentinamente, un médico sale gritando un nombre que ha leído en su cuaderno. El más pequeño de tus hijos está a tu lado, te agarra la chaqueta y te dice: «Papi, ese es mi nombre». Antes de que puedas reaccionar, se están llevando a tu hijo, y gritas «¡Esperen!». Y ellos contestan: «Su sangre está limpia, su sangre es pura. Creemos que tiene el tipo de sangre correcto».

Después de cinco largos minutos salen los médicos llorando y riendo de la emoción. Hacía mucho que no oías reír a alguien. El médico de mayor edad se te acerca y te dice: «Señor, la sangre de su hijo es perfecta, está limpia y pura; podemos hacer el antídoto contra esta enfermedad». La noticia corre por todas partes; la gente da gracias a Dios y ríe de felicidad.

En eso, el médico se acerca y te dice: «¿Podemos hablar un momento? Es que no sabíamos que el donante era un niño, y necesitamos que firme este formato para darnos el permiso de usar su sangre».

Cuando estás leyendo el documento te das cuenta de que allí no ponen la cantidad de sangre que necesitan y preguntas: «¿Cuánta sangre…?» La sonrisa del galeno desaparece, y contesta: «La necesitamos toda».

No lo puedes creer, y tratas de contestar: «Pero… Pero…». El médico sigue insistiendo: «Usted no entiende; estamos hablando de la cura para todo el mundo. Por favor, firme».

Tú preguntas: «¿No pueden hacerle una transfusión?» Y viene la respuesta: «Si tuviéramos sangre limpia podríamos… ¿Firmará?… ¡Por favor!… Firme»…

Tu hijo interrumpe: «No importa, papá. Se salvarán todos. ¡Si no, morirán!»

En silencio y sin poder sentir los dedos que sostienen la pluma, lo firmas…

Cuando regresa el médico, te dice: «Lo siento, necesitamos empezar: mucha gente en todo el mundo está muriendo»…

La siguiente semana, cuando hacen una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan dormidas en sus casas, otras no asisten porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol, otras asisten a la ceremonia distraídos o con una sonrisa falsa, fingiendo que les importa…

Quisieras pararte y gritar: «¡Mi hijo murió por ustedes!; ¿Acaso no les importa?»

Tal vez eso es lo que tu Padre Dios quiere decir: «Mi Hijo murió por ustedes, ¿no les importa?»

La ceremonia se celebra todos los días: es la Santa Misa, la Eucaristía. Allí se renueva el sacrificio de Jesucristo: de un modo misterioso estás presente en el lugar y en el momento en que murió por la humanidad, para salvarla de la enfermedad que le traería la muerte eterna…

¿Asistirás, al menos, los domingos y las fiestas, para honrar al que derramó toda su Sangre por ti?

Anónimo

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