Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘Sacerdotes’ Category

Imagen del Buen Pastor*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 9, 2020

¿Quién ha de ser puesto a toda costa, aun contra su voluntad, al frente del rebaño para apacentarlo con su ejemplo de vida? El que, muerto ya a las tendencias de la carne, vive según el espíritu. El que tiene en nada la prosperidad terrena, afronta sin temor la adversidad y ambiciona exclusivamente las riquezas del mundo interior. El que se halla dotado para la empresa gracias a un cuerpo lo bastante vigoroso y a un espíritu poco impresionable ante las ofensas. El que, lejos de sentirse arrastrado por la codicia de lo ajeno, reparte a manos llenas de lo suyo. El que a impulsos de una entrañable piedad, se inclina al pronto perdón, pero sin desviarse de la justicia con una indulgencia mas allá de lo razonable. El que no comete pecado y, en cambio, llora las culpas ajenas como propias. El que se conduele cordialmente de la flaqueza del prójimo y se congratula de su bien como si se tratara del provecho personal. El que en todas sus obras predica con el ejemplo sin tener de que avergonzarse, al menos por lo que al pasado se refiere. El que emplea la vida en regar con el caudal de su doctrina los corazones resecos de sus hermanos. El que, mediante la asidua practica de la oración, ha llegado a comprobar por experiencia que puede alcanzar del Señor cuanto pidiere, considerando como dirigidas a el las palabras del profeta: Aun no habrás acabado de hablar, cuando te responderé: Aquí me tienes.

Supongamos que se nos presentara por las buenas un individuo con la pretensión de que mediásemos a favor suyo ante un poderoso enfadado con el. De no conocer a ese potentado, le responderíamos sin mas: “Dispensa, pero mal pudiera hablar por ti a un señor de quien ni soy amigo, ni siquiera conocido”. Ahora bien, si uno rehuye hacer de conciliador ante un semejante por el hecho de no gozar de su confianza, ¿con que cara se arroga el oficio de mediador entre Dios y su pueblo quien no se sabe en la amistad divina con una vida santa? O ¿cómo se atreve a implorar del Señor misericordia para los demás quien ignora si esta en paz con el?

_________________________

*De la Regla pastoral de san Gregorio Magno, papa
(P:I: cap. 10 ; PL 77,23 A)

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Lo que se debe predicar*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 22, 2019

“Si os propusiera mis ideas,

también yo sería de aquellos pastores que,

en lugar de apacentar las ovejas,

se apacientan a sí mismos. […]

Esto dice el Señor:

¡Ay de los pastores que se apacientan a sí mismos!”

(De san Agustín, obispo, Sobre los pastores: sermón 46, 1-2: CCL 41, 529)

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La Virgen María y la Eucaristía (video)

Posted by pablofranciscomaurino en julio 21, 2019

 

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ʽLa ciencia hincha, sólo el amor edificaʼ

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2018

Estas palabras de san Pablo en 1Co 8, 1, expresan lo que está ocurriendo con tanta frecuencia hoy: algunos católicos, asumiendo la responsabilidad que tienen, han acogido la invitación que hace la Iglesia de formarse estudiando la doctrina que enseña el Magisterio y que son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias

  • Documentos eclesiales

  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

  • Derecho canónico

  • Catecismo

  • Liturgia

  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Infortunadamente, muchos olvidan que, además de la doctrina, es necesario que la persona también estudie y —sobre todo— que viva la teología espiritual, que enseña todo lo que se relaciona con la ascética y la mística:

La ascética es el proceso purificador del alma, en el que predomina la voluntad del creyente por acercarse a la perfección y la iluminación.

La mística es la unión con la divinidad: una vez alcanzado el estado de pureza, el paso siguiente es el abandono absoluto de lo terrenal en espera de la unión con Dios.

La teología espiritual, también llamada espiritualidad, es aquella parte de  la teología católica que, a partir de los datos revelados y de la experiencia espiritual de los santos, indaga la vida espiritual: su concepto, los modos de progreso desde los inicios hasta la cumbre de la perfección mística.

Pero el objeto de la teología espiritual es la misma vida espiritual y la santidad: se explican los principios (que contienen elementos más especulativos) y las “tres vías” que muestran el camino de ascenso a la santidad desde un punto de vista más práctico. Se presentan las fuentes de la vida interior y su finalidad, la purificación del alma, los progresos del alma, la unión de las almas perfectas con Dios y las gracias extraordinarias. Se describen los principios fundamentales de la vida cristiana, el organismo sobrenatural y la perfección cristiana, el desarrollo normal de la vida cristiana y los fenómenos místicos extraordinarios. Para ello, se examinan los modos de oración y la intensidad recomendada para cada persona en el estado y etapa espiritual en el que se encuentra y se explica todo lo que concierne a la dirección espiritual y al discernimiento de los espíritus.

Por todo lo dicho, la Iglesia siempre ha enseñado que, para alcanzar el fin para el cual fue creado, todo bautizado debería no solo estudiar la doctrina, sino vivir la espiritualidad —la ascética y la mística—, para llegar a la santidad, a la unión con Dios.

Así, podemos afirmar que quienes ponen los medios para vivir una sólida vida espiritual, en busca de la santidad, sin preocuparse por formarse doctrinalmente, podrán equivocarse en conceptos y hasta podrían errar moralmente (aunque su interés en la santidad los librará con frecuencia de este defecto).

Por el contrario, quienes estudian la doctrina del Magisterio eclesial, sin ocuparse debidamente en su santidad, difícilmente se equivocarán en conceptos doctrinales, pero se quedarán cortos en su camino hacia la santidad, que es mucho más importante que el conocimiento, como se puede ver a continuación.

Jesucristo dejó perfectamente claro que todos debemos buscar —con la gracia de Dios—, la santidad, la perfección:

Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mt 5, 48)

El primer Papa, san Pedro, también lo mandó:

Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos. (1P 1, 15)

Y lo reiteró:

Como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy Yo. (1P 1, 16)

Lo mismo enseñó san Pablo, el otro pilar de la Iglesia:

Nos ha elegido en Él, antes de la fundación del Mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia. (Ef 1, 4)

…para presentarnos santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él. (Col 1, 22)

Y nos impulsa a conseguirlo:

Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados… (Col 3, 12)

A veces, como Jesús, usa la palabra: “Perfección”, en vez de: “Santidad”:

Para que os mantengáis perfectos. (Col 4, 12)

Hasta cuando dirige cartas a sus destinatarios los llama con ese nombre:

A todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación. (Rm 1, 7)

El apóstol Santiago también nos impulsa a esa perfección:

La paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros. (St 1, 4)

Esa doctrina no es solamente neotestamentaria. Desde el Antiguo Testamento se enseñaba:

Habla a toda la comunidad de los Israelitas y diles: Sed santos, porque Yo, vuestro Dios, soy santo. (Lv 19, 2)

Santificaos y sed santos. (Lv 20, 7)

Sed, pues, santos para Mí, pues yo soy santo. (Lv 20, 26)

Santos han de ser para su Dios. (Lv 21, 6)

Santificaos y sed santos, pues Yo soy santo. (Lv 11, 44)

Reiterándolo versículo a versículo:

Sed, pues santos, porque Yo soy santo. (Lv 11, 45)

Y todo esto lo enseñaron los Padres de la Iglesia:

“La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite” (San Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 1, 5).

Asimismo lo enseña nuestra Madre, la Santa Iglesia Católica:

“Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (LG 40).

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística” […] Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2014)

Y los santos lo expresan sencillamente como Amor:

«Tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro amor» (Santa Teresa del Niño Jesús, Acte d’offrande á l’Amour miséricordieux: Récréations pieuses-Priéres).

Tal y como lo enseñaron ella y tantos otros santos y también la Iglesia (ver cita anterior: LG 40), la santidad, la perfección del ser humano, consiste en la plenitud del amor, en la unión con el Amor, es amar con el Amor de Dios, es el Amor mismo.

Se puede concluir que es mucho más importante ser santos que sabios: es más importante la unión de Amor con el Dios–Amor que saber todo lo de Dios.

Además, existe un peligro inmenso para quienes concentran sus esfuerzos en el conocimiento, y dejan de lado su unión con Dios, su santidad: la soberbia. La historia lo ha demostrado: son innumerables las personas que se llenaron de conocimiento y cayeron en la tentación de la vanagloria y pretendieron desde entonces reducir todas las cosas espirituales a lo racional: si algo espiritual no se ajusta a sus conocimientos doctrinales, lo rechazan o lo ponen en duda. No se dan cuenta que Dios está muy por encima de la capacidad racional del ser humano y que su acción en el alma no puede ser interpretada o condicionada por el intelecto de unas simples criaturas. Tampoco advierten que el espíritu tiene sus propias leyes operativas, distintas e infinitamente más altas que las del raciocinio humano, que son inefables, inalcanzables, siempre un misterio, sobre todo tras la caída original, por la que el ser humano quedó tan falible, desvalido e incapacitado para amar con el Amor de Dios.

Algunos de ellos han llegado hasta el atrevimiento de cuestionar al Santo Padre, a la Iglesia, al Espíritu Santo. Es por eso que san Pablo escribió esa frase que intitula el presente artículo:

La ciencia hincha, solo el amor edifica. (1Co 8,1)

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‘Tenga cuidado, padre’

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 7, 2018

 

La siguiente es una conversación entre alguien a quien le gusta el sarcasmo y su párroco.

 

—¡Lo felicito, padre!

—¿Por qué, hijo?

—Es que usted hace mejor algunas cosas de la Liturgia de la Misa…

—Ah…

—De verdad, padre: usted sabe más que la tal Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos. Yo realmente lo admiro mucho. ¿Me firmaría un autógrafo?

—…Bueno, hijo…

—Pero tenga cuidado, padre.

—¿Y eso por qué, hijo?

—Es que de pronto pisa toda la humildad que se le cayó al piso…

 

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La castidad y la pureza en la vida sacerdotal (video o audio)

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 29, 2018

Si desea escuchar esta charla, haga clic aquí:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/fa44VUSMee?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=740833123909

 

Si desea verla, haga clic aquí:

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Oración del sacerdote para antes y después de escuchar las confesiones

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 9, 2017

ORACIÓN DEL SACERDOTE ANTES DE ESCUCHAR LAS CONFESIONES

Dame, Señor, la sabiduría que me asista cuando me encuentro en el confesionario, para que sepa juzgar a tu pueblo con justicia y a tus pobres con juicio. Haz que utilice las llaves del Reino de los cielos para que no abra a nadie que merece que esté cerrado y no cierre a quien merece que esté abierto. Haz que mi intención sea pura, mi celo sincero, mi caridad paciente y mi ministerio fecundo. Que sea dócil pero no débil, que mi seriedad no sea severa, que no desprecie al pobre ni alague al rico. Haz que sea amable al confortar a los pecadores, prudente al interrogarlos y experto al instruirlos. Te pido me concedas la gracia de ser capaz de alejarlos del mal, diligente en confirmarlos en el bien; que les ayude a ser mejores con la madurez de mis respuestas y con la rectitud de mis consejos; que ilumine lo que es oscuro, siendo sagaz en los temas complejos y victorioso en los difíciles; que no me detenga en los coloquios inútiles ni me deje contagiar por lo que está corrompido; que, salvando a los demás, no me pierda a mí mismo. Amén.

 

ORACIÓN DEL SACERDOTE DESPUÉS DE HABER ESCUCHADO CONFESIONES

Señor, Jesucristo, dulce amante y santificador de las almas, te ruego, con la infusión del Espíritu Santo, que purifiques mi corazón de todo sentimiento o pensamiento viciado y que suplas, con tu infinita piedad y misericordia, todo lo que en mi ministerio sea causa de pecado, por mi ignorancia o negligencia. Confío a tus amabilísimas heridas todas las almas que has conducido a la penitencia y santificado con tu preciosísima Sangre, para que tú las custodies todas en el temor a ti y las conserves con tu amor, las sostengas cada día con mayores virtudes y las conduzcas a la vida eterna. Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén. Señor, Jesucristo, Hijo del Dios viviente, recibe este mi ministerio como ofrenda por aquel amor dignísimo con el que escuchaste a Santa María Magdalena y a todos los pecadores que a ti han recurrido, y cualquier cosa haya hecho de forma negligente o con menor dignidad en la celebración de este Sacramento, súplela y satisfácela dignamente. Confío a tu dulcísimo Corazón a todos y a cada uno de los que he confesado y te ruego que los custodies y los preserves de cualquier recaída y que los conduzcas, después de las miserias de esta vida, a las alegrías eternas. Amén.

 

 

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Predicar mis propias ideas

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2017

He aquí parte del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores (Sermón 46, 1-2: CCL 41, 529-530):

“Yo, por mi parte, no pretendo exponer mis propias ideas. Porque si os propusiera mis ideas, también yo sería de aquellos pastores que, en lugar de apacentar las ovejas, se apacientan a sí mismos. Si, en cambio, hablo no de mis pensamientos, sino exponiendo la palabra del Señor, es el Señor quien os apacienta por mediación mía. Esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?; es como si se dijera: «Los pastores no deben apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas.» Ésta es la primera causa por la que el profeta reprende a tales pastores, porque se apacientan a sí mismos y no a las ovejas. ¿Y quiénes son, pues, aquellos pastores que se apacientan a sí mismos? Sin duda alguna son aquellos de los que el Apóstol afirma: Todos buscan sus intereses personales, no los de Cristo Jesús.”

Y ¿cómo distingo mis ideas de las del Espíritu Santo? Eso es fácil de discernir:

“No os dejéis seducir por doctrinas variadas y extrañas.” (He 13, 9a)

¿Doctrinas extrañas a qué? A la Revelación universal, a la Palabra eterna del Padre, a la enseñanza perenne de la Iglesia.

Si estoy enseñando lo que siempre ha enseñado la Iglesia, la Palabra eterna del Padre, es el Espíritu Santo quién habla por mí; pero si aparecen novedades en mi predicación, es que no tengo presente la Palabra de Dios:

“Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre.” (Hb 13, 8)

Quién tiene afán de novedades es el cristiano carnal; el cristiano espiritual descansa en la Verdad inmutable.

 

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El predicador

Posted by pablofranciscomaurino en abril 18, 2017

El predicador principiante confía en el poder de sus palabras;

el avanzado, en el poder de su testimonio;

el perfecto, en el poder de Dios.

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Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

______________

*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

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¿Cuántas veces se puede comulgar en un día?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 28, 2017

El Código de Derecho Canónico dice, en el códice nº 917:

«Quien ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe»

Esto significa, en buen romance, que los fieles pueden comulgar 2 veces al día, pero que quienes deseen recibir la comunión por segunda vez en el mismo día deben asistir a la celebración eucarística.

Por eso, aunque «se aconseja encarecidamente que los fieles reciban la sagrada comunión dentro de la celebración eucarística» (Ídem, n° 918, que es un consejo, no una orden), todos los fieles pueden (y tienen el derecho) de recibir la primera comunión del día sin la obligatoriedad de asistir a Misa.

Esa es la razón por la que el Viernes Santo, tanto los sacerdotes celebrantes como el pueblo, pueden comulgar sin que haya habido una celebración eucarística; también es esa la razón por la que a los enfermos se les lleva la comunión a sus casas o a la habitación del hospital; finalmente, es por eso que se les da el viático a los moribundos.

La sagrada comunión no se le puede negar, como lo explicita el mismo Código de Derecho Canónico, n° 915, sino a las siguientes personas:

«los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave.»

Al negarles la sagrada comunión a quienes llegan tarde a la celebración, se los pondría en el mismo nivel de los mencionados en este códice.

 

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Oraciones para antes y después de confesar

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2017

 

Oración del sacerdote antes de recibir confesiones

Dame, Señor, sabiduría asistente de tus sedes, para que sepa juzgar a tu pueblo en justicia, y a tus pobres en el juicio. Hazme tratar las llaves del reino de los cielos, de modo que no se lo abra a nadie al que se le deba cerrar, ni se lo cierre a nadie al que se lo deba abrir. Que sea mi intención pura, mi celo sincero, mi caridad paciente, mi trabajo fructuoso. Que haya en mí suavidad no remisa, aspereza no severa; que no desprecie al pobre, ni adule al rico. Hazme suave para animar a los pecadores, prudente para interrogarlos, experto para instruirlos. Concédeme, te ruego, habilidad para apartarlos del mal, diligencia para confirmarlos en el bien, industria para promoverlos a lo mejor, madurez en las respuestas, rectitud en los consejos, luz en las cosas oscuras, sagacidad en las complejas, victoria en las arduas; que no me detenga en coloquios inútiles, y no me contamine en las corrupciones; que salve a otros, no me pierda yo mismo. Amén.

Oración del sacerdote después de recibir confesiones

Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, recibe este ministerio como obsequio mío como aquel amor dignísimo por el que absolviste a todos los pecadores que a ti han acudido, y cualquier cosa que en la administración de este sacramento realice negligentemente o menos dignamente, tú lo suplas y te dignes satisfacerlo por ti mismo. Encomiendo a tu dulcísimo Corazón a todos y a cada uno que se han confesado conmigo, rogándote que los custodies y los preserves de las recaídas y que después de la miseria de esta vida los conduzcas conmigo a los gozos eternos. Amén.

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Cómo se prepara el sacerdote para la Santa Misa y como da gracias*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2017

La OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS DEL SUMO PONTÍFICE expidió el documento: El sacerdote en la “Praeparatio” y en la Acción de Gracias de la Santa Misa, el cual se puede leer en la siguiente dirección:

http://www.vatican.va/news_services/liturgy/details/ns_lit_doc_20100621_sac-praeparatio_sp.html

Esos textos aparecen en el Misal Romano (2008), en el apéndice VI, pp 1097-1103. Ahí se pueden encontrar. Son los siguientes:

PREPARACIÓN PARA LA MISA:

  1. Oración de san Ambrosio

  2. Oración de santo Tomás de Aquino

  3. Oración a la Santísima Virgen María

  4. Fórmula de la intención

ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA MISA:

  1. Oración de santo Tomás de Aquino

  2. Invocaciones a Nuestro Santísimo Redentor

  3. Oblación de sí mismo

  4. Oración a Jesucristo Crucificado

  5. Oración para pedir a Dios todas las gracias, atribuida al Papa Clemente XI

  6. Oración a la Santísima Virgen María

Sin embargo, he aquí otros que se han usado también:

Oración a todos los Ángeles y Santos antes de la Misa

Ángeles, Arcángeles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades, Virtudes de los cielos, Querubines y Serafines, Santos y Santas todos de Dios, especialmente mis Patronos, intercedan por mí para que pueda ofrecer dignamente a Dios omnipotente este sacrificio, para alabanza y gloria de su Nombre y en beneficio mío y de toda su Santa Iglesia. Amén.

Oración al Santo en cuyo honor se celebra la Misa

Oh San/Santa N., yo, miserable pecador, confiando en tus méritos, ofrezco ahora para tu honor y gloria el santísimo sacramento del Cuerpo y de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Te ruego humilde y devotamente que intercedas hoy por mí, para que ofrezca digna y aceptablemente este sacrificio, y pueda alabar eternamente a Dios contigo y con todos sus elegidos y reinar junto a Él. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Fórmula de la intención de la Santa Misa

Yo quiero celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y confeccionar el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo según el rito de la Santa Iglesia Romana, para alabanza de Dios omnipotente y de toda la Iglesia triunfante, para mi beneficio y el de toda la Iglesia militante, por todos los que se encomendaron a mis oraciones en general y en particular, y por la feliz situación de la Santa Iglesia Romana. Amén.

El Señor omnipotente y misericordioso nos conceda la alegría con la paz, la enmienda de la vida, tiempo de verdadera penitencia, la gracia y el consuelo del Espíritu Santo, y la perseverancia en las buenas obras. Amén.

 

Yo te adoro, Señor

Yo te adoro, Señor Jesucristo. Creo en Ti como Hijo de Dios, engendrado por el Padre, con quien compartes una misma naturaleza, unidos en un inmenso abrazo de amor, haciendo entrega al Padre de toda tu voluntad. Te confieso, Señor, como Dios y Hombre verdadero que, bajando del cielo a la tierra, reveló el amor del Padre, de quien con tu muerte en la Cruz cumpliste hasta el fin y siempre su voluntad.

Creo, también, que estás presente real y verdaderamente como Dios y Hombre en el Santísimo Sacramento del altar, donde se renueva de manera incruenta el sacrificio cruento de la Cruz.

También te doy gracias porque, por nosotros los hombres, te entregas cada día como víctima propiciatoria al Padre, dándole así el honor y la gloria que le son debidos y que ningún otro le podemos dar. De manera muy especial quiero darte gracias por haber elegido a este indigno siervo tuyo al estado sacerdotal para, en tu nombre, ofrecer por los hombres este sacrificio, con mi propia voz y mis propias manos.

Concédeme también que, por la sublimidad de este misterio, con el debido santo temor, con verdadero dolor y arrepentimiento, me acerque humildemente al altar.

Haz también que con atención y reverencia sepa ejercer el sagrado ministerio que me has encomendado. Sobre todo, concédeme la gracia de saber identificarme contigo, ofreciéndome al Padre como víctima de salvación. Concede este mismo espíritu de ofrecimiento y devoción a todos aquellos que asistan y participan en este santo sacrificio, de manera que, sabedores de la sublimidad de este Sacramento, participen de él con toda voluntad y entendimiento, ofreciéndose al Padre como víctimas de salvación.

En nombre de ellos y en el mío propio, Señor, Jesús, una vez más nos inmolamos contigo en el mismo sacrificio al Padre, dándole así todo honor, gloria, adoración y acción de gracias por todos. Sacrificio de propiciación por los pecados y por la salvación del mundo entero, y para pedir para nosotros tu divina gracia.

Mira piadosamente, Señor, Padre Santo, esta Hostia Inmaculada que tu querido Hijo te ofreció en la Cruz. Mira el rostro de tu Ungido, en quien siempre te has complacido. Por Él, a quien nos diste por hermano y nos vas a dar por alimento, danos, Señor, con paternal benevolencia, tu gracia y todo lo necesario y útil para nuestra santificación.

Acuérdate de todos aquellos por quienes tenemos la obligación de orar y de aquellos que nos lo han pedido. Acuérdate de los atribulados y afligidos, de los pecadores, de tu Iglesia santa y de todo el género humano. Amén.

ORACIONES AL REVESTIRSE:

Al lavar las manos

Da, Señor, la virtud a mis manos para que toda mancha sea removida y pueda servirte con una mente y un cuerpo puros.

Al ponerse el amito

Impón, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de salud, para combatir las asechanzas diabólicas.

Al ponerse el alba

Purifica, Señor, y limpia mi corazón, para que purificado con la sangre del Cordero merezca el gozo sempiterno.

Al ponerse el cíngulo

Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza y extingue en mis miembros el humor libidinoso, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y castidad.

Al ponerse la estola

Devuélveme, Señor, el estado de inmortalidad, que perdimos con el pecado de nuestros primeros padres: y, aunque indigno de acercarme a tu sagrado misterio concédeme la eterna gloria.

Al ponerse la casulla

Señor, que dijiste: mi yugo es suave y mi carga ligera; haz que lo lleve de tal manera, que me haga digno de conseguir tu gracia. Amén.

 

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Características de las celebraciones eucarísticas

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 2, 2017

Las celebraciones eucarísticas, en su orden de precedencia, son:

 

I. Domingos y solemnidades

 

II. Fiestas

 

III. Ferias privilegiadas

 

IV. Memorias obligatorias

 

V. Memorias libres / Misas votivas / Ferias

 

En la Eucaristía se diferencian así:

 

I.            Los domingos y las solemnidades tienen:

A.          Oraciones propias

B.          Gloria

C.          Credo

D.         2 lecturas y salmo propios

E.          Evangelio propio

 

II.          Las fiestas tienen:

A.          Oraciones propias

B.          Gloria

C.          1 lectura y salmo propios

D.         Evangelio propio

 

III.        Las ferias privilegiadas:

A.          Oraciones propias

B.          1 lectura y salmo propios

C.          Evangelio propio

IV.        Las memorias obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

V.          Las memorias libres las elige el sacerdote, por motivos pastorales (no personales). Si las elige, se hacen como las obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

VI.        Las misas votivas las elige el sacerdote, por motivos pastorales (no personales). Si las elige, se hacen como las obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

VII.      Ferias:

A.          Oraciones del domingo anterior u otras cualesquiera del misal, según las necesidades pastorales

B.          Lectura, salmo y Evangelio del día

 

Cuando una Fiesta del Señor o de la Virgen cae en domingo, se hacen las 3 lecturas que están en el leccionario, pero cuando cae entre semana, se escoge una de las 2 lecturas antes del Evangelio.

 

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Jaculatoria a María

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 20, 2016

Madre mía: haz que tu Hijo conquiste el corazón de cuantos llama a consagrarse a su servicio: que se enamoren tan apasionadamente de su amorosísima Persona, que vivan dichosos dando la vida por Él.

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‛No hay quién confiese’

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 17, 2015

Después de participar en unos seminarios sobre la nueva evangelización, presentados en su parroquia por un grupo de sacerdotes y laicos comprometidos, una señora quedó convencida de que el apostolado es una necesidad imperiosa: impulsar a sus amigos y conocidos a un proceso de conversión con el cual se inicia el camino a la santidad producirá una renovación de la Iglesia, como lo desea el Santo Padre. También aprendió que el primer paso de esa conversión consiste en lograr que cada uno de sus amigos se acerque al Sacramento de la Reconciliación: la gracia de Dios le llegará a cada uno de tal modo, que lo impulsará a una vida más espiritual, más cerca de Dios.

Fue un trabajo intenso, como se lo habían enseñado: primero, oró fuertemente por el alma de su amigo, con gran confianza en Dios; luego, ofreció algunos pequeños sacrificios por él; y, por último, lo evangelizó: le habló con mucha caridad y respeto del amor de Dios, de la misericordia que tuvo con nosotros, pecadores, muriendo en la Cruz con una muerte atroz, de la oportunidad que nos da siempre que pecamos de acercarnos a Él a través del Sacramento de la Penitencia donde, en vez de castigar a quien se acusa culpable, lo perdona misericordiosamente…

La gracia de Dios no se hizo esperar: este señor, que llevaba veinte años sin confesarse, se conmovió e hizo el propósito de hacerlo en la primera oportunidad. Ella, feliz, se dijo las palabras de Jesús: «Habrá mucha alegría en el Cielo por un pecador que se convierta», y le dio gracias a Dios…

Una semana después, se encontró en la calle con el señor. Ansiosa, le preguntó: «¿Cómo te fue?». Él, sin inmutarse, le dijo: «He visitado 7 iglesias: en unas, me dijeron que tenía que llamar para pedir una cita con el padre; fui a otras antes o después de la Misa, y los padres me dijeron que no podían atenderme; en ninguna iglesia encontré horario para confesiones… Voy a dejarlo para más adelante.»

Ella pensó con tristeza: «Si hubiera podido confesarse, ya estaría en gracia de Dios. Puede que ahora se arrepienta.»

Y oró: «Señor, te pido que los sacerdotes ayuden a salvar más almas».

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¿Matrimonio para los sacerdotes?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2015

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona histórica, concreta (no la metafísica), jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra —o viceversa—, porque ella —o él— es la imagen de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa: Signo sensible de un efecto interior y espiritual.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad, como tal, no necesita del Sacramento, del signo: Dios se convierte en el esposo del alma. ¡El sacerdote alcanza la realidad frontalmente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado. La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento, con signo (Sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir: todas sus acciones están encaminadas a lograr la verdadera y única felicidad en Dios, quien es su auténtico complemento.

El sacerdote se entrega directamente a Dios; no necesita el signo, es decir, no necesita el Sacramento. Tiene la realidad que verdaderamente lo complementa: Dios.

Por consiguiente, el sacerdote está por encima de los deseos sexuales del matrimonio; y realmente los desprecia, puesto que ya posee lo que el matrimonio apenas promete. Por esto mismo está muy lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones. He aquí la razón por la cual todos los seminaristas abrazan libremente el celibato antes de ordenarse.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Así, un sacerdote, por ejemplo, puede llegar a vivir su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que el celibato sea mejor que el matrimonio. Por un lado, tiene la ventaja de estar directamente con Dios, de haberse entregado directamente a Él; pero al casado le queda más fácil, más tangible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Así, pues, no existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Además, su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado.

De todo esto resulta que la dignidad del ser humano solo acepta dos opciones: entregarse por completo en el matrimonio a su cónyuge —la imagen de Dios—, o vivir una virginidad total, dirigiendo su amor, sin intermediarios, al Creador.

Así, todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

 

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Lo que dijo un pastor sobre los pastores

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2015

La carta pastoral de monseñor Paul S. Loverde, obispo de la diócesis de Arlington, dejó muchas enseñanzas para todos sus fieles, no solo acerca de su tema principal, la pornografía, sino otros muchos tópicos.

Efectivamente, ese documento, además de analizar profundamente la relación de la pornografía con la esencia del ser humano desde el punto de vista antropológico y teológico, aporta criterios clarísimos (como pocas veces se ha hecho) para entender el tema y deja orientaciones puntuales de grandísima riqueza para todas las poblaciones.

Una de las novedades que se puede destacar se refiere a la orientación para los sacerdotes.

Con su autoridad, el señor obispo menciona algo que quizá es verdaderamente oportuno, tanto para el tema de la pornografía como para su propia santidad y su pastoral. Se trata de la recomendación que les hace a los sacerdotes:

“Todos los sacerdotes deben tener una dirección espiritual permanente y frecuente. Estos encuentros con su director son una oportunidad invalorable e íntima de oír la voz del Maestro y de responder a su voluntad. Las conversaciones con los directores deben ser siempre francas y completas, sin esconder ninguna de las frustraciones y tentaciones de su ministerio, y revelar todas sus faltas. La humilde aceptación de dirección es una defensa segura contra los peligros de la impureza.” (IV)

He aquí un pastor que conoce las artimañas que el demonio usa en contra del clero, para destruir indirectamente a toda su feligresía. Es que Satanás sabe que es más eficaz herir al pastor, para que se dispersen las ovejas, que el pecado del escándalo es su técnica más fructífera; por eso mismo Jesús se admiró gritando: ¡Ay de los que producen escándalo!, ¡más les valiera que les ataran una rueda de molino al cuello y los lanzaran al mar!

Parece, de hecho, que esto le ha dado muy buenos resultados últimamente. No falta el día en el que nos recuerden algún desmán de un sacerdote, bien sea a través de los medios de comunicación, bien en conversaciones privadas…

Pero el obispo, el pastor, no se queda ahí: sabe él que el sacramento de la Reconciliación trae al alma del ministro ordenado la gracia necesaria para triunfar en la lucha contra el mal. Por eso añade:

“Ningún sacerdote puede ser un ministro de reconciliación idóneo si no busca con frecuencia la absolución. Los sacerdotes deben practicar con frecuencia la confesión en el sacramento de la penitencia. La demora o la disminución de la importancia de la confesión es señal de un corazón impenitente.” (Idem)

Y, ¿por qué se publicó este documento?

“Todos los sacerdotes deben rendir cuentas de sus actos privados y públicos. En realidad, como ministros de Cristo, ningún acto es verdaderamente privado, con excepción de su oración personal, y aun los frutos de ella deben ser discutidos abiertamente con su director. No permitan nunca que surja una vida privada que deban mantener en secreto de sus hermanos.” (Idem)

¡Buen pastor! Con pastores así y la obediencia de todos, la Iglesia se mostrará otra vez santa.

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A todas las mujeres*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 24, 2015

POR FAVOR Y POR AMOR, TENGA DISTANCIA CON EL SACERDOTE.

Señorita, señora:
Cuando usted, en un arranque de emotividad, siente el impulso de lanzarse al cuello del cura párroco y cogerlo a besos, o siente ganas de expresarle su amor y gratitud, por favor, piénselo bien, evite la abrazadera, evite la tocadera; eso, definitivamente, no es sano ni conveniente.

No es tan solo porque hay que guardar la distancia, compostura y las apariencias, sino porque usted está ante un ministro del Señor, y con su actitud puede convertirse en una tentación y la cáscara en el camino del presbítero.

Un sacerdote merece reverencia y respeto, por amor; también un poco de distancia.

Tanto usted como él son humanos, y pueden hacerse daño con éstas y otras emotivas manifestaciones afectivas.

La distancia entre el sacerdote y el laico (en este caso, la laica), así el sea su confesor o usted sea su hija espiritual, es necesaria.
Por otra parte, ni el padre deja de ser hombre ni usted mujer, así el interés primero sea tan sólo el de acercar el alma hacia Dios.

No lo llame por su apodo, tampoco le diga Carlitos a secas, él para usted, como para cualquier otro se llama el padre Carlos, padre Juan o padre Andrés.
No viva llamándolo como si fuera su amigo íntimo, no lo acose, déjelo crecer en su unidad con Dios, y no divida su corazón.

Queremos sacerdotes santos, pero también nosotros tenemos que actuar con santidad ante ellos.
Queremos sacerdotes célibes, ¿cierto?
Entonces, no los tentemos ni les hagamos daño con esas actitudes que van quebrantando su voluntad y poniendo en riesgo su vida consagrada.

Por último, por favor, ¡use ropa decente!
No es necesario que se arregle y se maquille así para la Santa Misa, no es necesario el uso de esos escotes pronunciados, ni ese colorete rojo encendido.

No ande sonriéndole al padre, mientras él da el sermón, ni le demuestre a las demás feligresas que usted ocupa un lugar de predilección en su corazón.

Un cura, para ser amigo de nuestra alma, tendrá que guardar un poco de distancia con nosotros, así lo queramos con todo el corazón y el nos aprecie de la misma manera.

¡A cuidar a nuestros sacerdotes!
No son tan solo las hienas de los medios de comunicación las que los despellejan; a veces, sin querer, son sus mismos feligreses.

Dios las bendiga.
Felipe Gómez

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Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

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La eficacia de la labor sacerdotal

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 20, 2015

La vida plena de un cristiano es unirse a la de Cristo. Pero esa unión no es la de un amigo que acompaña a otro, sino la del que vive intensamente su vida. Su unión es tan íntima, que sufre con lo que él sufre, goza con lo que él goza, desea lo que él desea… y así, sucesivamente.

Algunos han vivido así su relación con él. La gracia de Dios ha sido tan penetrante, que han podido comprender que no hubo en la vida de Jesús un anhelo más grande que el de salvar a las almas del terrible destino a que se veían abocadas por el pecado de soberbia que habían cometido contra su Dios, contra su hacedor, contra su eterno benefactor.

Entre las muchas cosas que se pueden rememorar están las palabras de san Pablo: Sufro en mi carne lo que le falta a Cristo. ¡Ese es el verdadero sentido de la vida del cristiano: ayudar a Jesús a redimir a los hombres! Pero no como quien se une a otro para hacer una buena labor en el mundo, no. Es siendo otros Cristos en medio de las gentes, ofreciendo cada instante de la vida a Dios Padre -como hizo Jesús- con afán redentor: el panorama es desolador; son muy pocos los hombres que cumplen con la ley de amor que nos dejó. Conviene recordar una y otra vez las palabras del aquel sacerdote que afirmaba que muchos se inventan “sus propias religioncitas”, y que no hacen lo único que les dará la vida eterna, esto es, amar como amó Jesús. ¡Cuántos estarán errando el camino al cielo! Para completar, son pocos los que ayudan a Cristo a pedir perdón a su Padre por las faltas cometidas.

En el alma sacerdotal, cada acción, cada palabra, cada pensamiento ofrecido al Padre en común unión con Cristo será un acto redentor y pasará de ser algo carente de valor a convertirse en uno valiosísimo, pues tendrá la bendición y la fuerza de todo un Dios. El brazo justiciero del Padre se verá sostenido otra vez y, por un tiempo más, seguirá su curso el tiempo de la misericordia.

Esa es la misión del sacerdote: corredimir intensa y profundamente. Y todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo de alguna manera.

Para eso, es necesario profundizar en la vida de Jesucristo, que sepamos que lo que redimió al mundo fue su Cruz. Si somos generosos, podremos ofrecer al Padre nuestra pequeña cruz de cada día uniéndola a la de Cristo, de manera que, así ofrendada, se potencialice su acción hasta salvar a todos.

Y si somos realmente libres y amamos de veras, podemos llegar a la perfección: crucificarnos con él en su Cruz, anulando todo ego y poniéndonos en sus manos para decirle que haga de nosotros lo que quiera. Ahí es cuando comenzaremos a ser discípulos suyos. Eso fue lo que logró san Francisco de Asís: pudo identificarse tanto con Cristo que las llagas de sus manos, pies, cabeza, costado… se marcaron en su cuerpo, y sintió, como Jesús, los dolores que le produjeron. Pronto llegará el día en que podamos afirmar con plenitud lo que dijo el apóstol: “Vivo yo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

 

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Las órdenes menores*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 5, 2013

Estas eran -antiguamente- las órdenes menores:

Ostiario

Clérigo que había obtenido la primera de las órdenes menores, hoy suprimida, cuyas funciones eran abrir y cerrar la iglesia, llamar a los dignos a tomar la comunión y repeler a los indignos.

Lector

Clérigo que se ocupaba antiguamente de enseñar a los catecúmenos y neófitos los rudimentos de la religión católica, y de leer el lugar de la Escritura sobre que el obispo iba a predicar a los fieles.

Exorcista

El que en virtud de orden o grado menor eclesiástico tenía potestad para exorcizar.

Acólito

Ministro de la Iglesia, que ha recibido la superior de las cuatro órdenes menores, y cuyo oficio era servir inmediato al altar.

Subdiácono

Clérigo ordenado de epístola.

.

Los órdenes menores son instituciones eclesiásticas a las que se accede por una ceremonia de consagración no sacramental relizada a fieles laicos para que desempeñen determinados servicios a la Iglesia. Con la recepción de uno de ellos, el ordenado pasa a formar parte del clero -esto implicaba, antes de la separación Iglesia-Estado, que se pasaba a estar solo bajo jurisdicción eclesiástica y se pasaba a gozar de los privilegios y asumir las obligaciones que este estado conllevaba- y antiguamente se le realizaba la primera tonsura clerical.

Así, dentro de la jerarquía católica, había ocho órdenes: cinco menores y tres mayores. Los órdenes menores son los de portero (u ostiario), lector, exorcista, acólito y subdiácono; los mayores, el diaconado, el presbiterado y el episcopado.

El portero u ostiario es el primer grado y en él se consagraba al guardián del templo, que llama a los fieles al sonido de las campanas y conserva las cosas sagradas: es el guardián del Santísimo Sacramento que se oculta en el sagrario.

En la ceremonia de ordenación, el obispo le presentaba al aspirante las dos llaves del templo sobre un plato y, mientras el aspirante las tocaba, le decía: «Actúa de tal suerte que puedas dar cuenta a Dios de las cosas sagradas que se guardan bajo estas dos llaves…»

El lector es a quien se le confería el oficio de leer o cantar públicamente en el templo las santas escrituras, según los libros del canto litúrgico; además ayudaba al diácono en sus labores ministeriales, enseñando el catecismo al pueblo, y bendiciendo hogares y bienes para consagrarlos a Dios. Quien recibe este orden también es llamado, a veces, cantor.

En la ceremonia de ordenación, el obispo le presentaba el Misal Romano y, mientras el candidato lo toca con su mano derecha, le dice: «Sé un fiel transmisor de la palabra de Dios, a fin de compartir la recompensa con los que desde el comienzo de los tiempos han administrado su palabra…».

El exorcista es a quien se le confiere el oficio de imponer las manos sobre los posesos del demonio, recitar los exorcismos aprobados por la iglesia y presentar el agua bendita. En la actualidad, este oficio eclesiástico solo lo pueden ejercer presbíteros con un permiso especial del ordinario de su diócesis.

En la ceremonia de ordenación, el obispo le presentaba el libro de exorcismos al ordenando para que lo tocara con la mano derecha, y le decía: «Recíbelo y confía a la memoria las fórmulas; recibe el poder de poner las manos sobre los energúmenos que ya han sido bautizados o sobre los que todavía son catecúmenos…».

El acólito es a quien se le confería el poder espiritual de portar luces en el templo y de presentar el vino y el agua.

Al ordenarse, el aspirante tocaba con su mano derecha el candelero con un cirio apagado que le presentaba el obispo, mientras este le decía: «Recibe este candelero y este cirio, y sabe que debes emplearlos para encender la iluminación de la iglesia, en el nombre del Señor…». Después el obispo le entregaba una vinajera vacía, y mientras el aspirante la tocaba con los dedos de la mano derecha, le decía: «Recibe esta vinajera para proveer el vino y el agua en la eucaristía de la sangre de Cristo, en el nombre del Señor…»

El subdiaconado es, por su naturaleza, un orden menor, pero en la Iglesia católica, entre el siglo XII y el XX, fue considerada como el primero de los órdenes mayores, por las obligaciones que implica. De hecho, el Concilio de Trento definió que la jerarquía de orden de institución Divina solo incluía los tres primeros grados de orden -episcopado, presbiterado y el diaconado (De sacramento ordinis, IV, 6). Aunque el Concilio declaró que los Padres y consejeros habían colocado el subdiaconado entre los órdenes mayores (De sacramento ordinis, II), fue considerado solo una institución eclesiástica. Tras el Vaticano II volvió a ser considerado como una orden menor debido a su tardía aparición y a que el rito de ordenación de los subdiáconos no es sacramental (no hay ni imposición de manos ni consagración al Espíritu Santo). En la actualidad siguen realizándose consagraciones de subdiáconos, especialmente a hombres casados o a quienes optan al sacramento del Orden sacerdotal. Esta institución tiene su origen en algunos obispados orientales, en los que, a imagen literal de los Hechos de los Apóstoles, solo se ordenaban siete diáconos. La función principal del subdiácono es leer durante la misa, una de las epístolas, y servir en el altar, subordinado al diácono. Al subdiácono también se le encarga el oficio de purificar fuera del altar los lienzos y vasos sagrados. Es el único orden menor que exige a quien lo ha recibido la lectura del Oficio Divino (ya no implica seguir el celibato).

Actualmente es la única orden menor que se sigue consagrando efectivamente e independiente de que el candidato vaya a recibir o no el Orden sacerdotal. En la ceremonia de ordenación, el aspirante debe tocar con los dedos de su mano derecha el cáliz y la patena vacíos, mientras el prelado le dice: «Ve el divino ministerio que te es confiado; es por eso que debo advertirte que te conduzcas siempre de una forma que agrade a Dios…» Y, tras tomar con su mano derecha las vinajeras y el libro de las Epístolas, el obispo le dice: «Recibe el libro de las Epístolas con el poder de leerlo para los vivos y los muertos».

Carta Apostólica en forma de Motu Proprio por la que se reforma en la Iglesia Latina la disciplina relativa a la primera tonsura a las Órdenes Menores y al Subdiaconado

PABLO PP. VI

1. En adelante no se confiere ya la Primera Tonsura. La incorporación al estado clerical queda vinculada al Diaconado.

2. Las que hasta ahora se conocían con el nombre de «Órdenes menores» se llamarán en adelante «Ministerios».

3. Los ministerios pueden ser confiados a seglares, de modo que no se consideren como algo reservado a los candidatos al sacramento del Orden.

4. Los ministerios que deben ser mantenidos en toda la Iglesia Latina, adaptándolos a las necesidades actuales, son dos, a saber: el de Lector y el de Acólito. Las funciones desempeñadas hasta ahora por el Subdiácono quedan confiadas al Lector y al Acólito; deja de existir por tanto, en la Iglesia Latina el Orden mayor del Subdiaconado. No obsta, sin embargo, el que, en algunos sitios, a juicio de las Conferencias Episcopales, el Acólito pueda ser llamado también Subdiácono.

5. El Lector queda instituido para la función, que le es propia, de leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por lo cual proclamará las lecturas de la Sagrada Escritura, pero no el Evangelio, en la Misa y en las demás celebraciones sagradas; faltando el salmista, recitará el Salmo interleccional; proclamará las intenciones de la Oración Universal de los fieles, cuando no haya a disposición Diácono o cantor; dirigirá el canto y la participación del pueblo fiel; instruirá a los fieles para recibir dignamente los Sacramentos. También podrá, cuando sea necesario, encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomiende temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura en los actos litúrgicos. Para realizar mejor y más perfectamente estas funciones, medite con asiduidad la Sagrada Escritura.

El Lector, consciente de la responsabilidad adquirida, procure con todo empeño y ponga los medios aptos para conseguir cada día más plenamente el suave y vivo amor, así como el conocimiento de la Sagrada Escritura, para llegar a ser más perfecto discípulo del Señor.

6. El Acólito queda instituido para ayudar al Diácono y prestar su servicio al sacerdote. Es propio de él cuidar el servicio del altar, asistir al Diácono y al sacerdote en las funciones litúrgicas, principalmente en la celebración de la Misa; además, distribuir, como miembro extraordinario, la Sagrada Comunión cuando faltan los ministros de que habla el c. 845 del C.I.C. o están imposibilitados por enfermedad, avanzada, edad o ministerio pastoral, o también cuando el número de fieles que se acerca a la Sagrada Mesa es tan elevado que se alargaría demasiado la Misa. En las mismas circunstancias especiales se le podrá encargar que exponga públicamente a la adoración de los fieles el Sacramento de la Sagrada Eucaristía y hacer después la reserva; pero no que bendiga el pueblo. Podrá también cuando sea necesario cuidar de la instrucción de los demás fieles, que por encargo temporal ayudan al sacerdote o al diácono en los actos litúrgicos llevando el misal, la cruz, las velas, etc., o realizando otras funciones semejantes. Todas estas funciones las ejercerá más dignamente participando con piedad cada día más ardiente en la Sagrada Eucaristía, alimentándose de ella y adquiriendo un más profundo conocimiento de la misma.

El Acólito, destinado de modo particular al servicio del altar; aprenda todo aquello que pertenece al culto público divino y trate de captar su sentido íntimo y espiritual; de forma que se ofrezca diariamente a sí mismo a Dios, siendo para todos un ejemplo de seriedad y devoción en el templo sagrado y, además, con sincero amor, se sienta cercano al Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, especialmente a los necesitados y enfermos.

7. La institución de Lector y de Acólito, según la venerable tradición de la Iglesia, se reserva a los varones.

8. Para que alguien pueda ser admitido a estos ministerios se requiere:

a. Petición libremente escrita y firmada por el aspirante, que ha de ser presentada al Ordinario (al Obispo y, en los Institutos clericales de perfección al Superior Mayor), a quien corresponde la aceptación.

b. Edad conveniente y dotes peculiares, que deben ser determinadas por la Conferencia Episcopal.

c. Firme voluntad de servir fielmente a Dios y al pueblo cristiano.

9. Los ministerios son conferidos por el Ordinario (el Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, el Superior Mayor) mediante el rito litúrgico «De Institutione Lectoris» y «De Institutione Acolythi», aprobado por la Sede Apostólica.

10. Deben observarse los intersticios, determinados por la Santa Sede o las Conferencias Episcopales, entre la colación del ministerio del Lectorado y del Acólito, cuando a las mismas personas se confiere más de un ministerio.

11. Los candidatos al Diaconado y al Sacerdocio deben recibir, si no los recibieron ya, los ministerios de Lector y Acólito y ejercerlos por un tiempo conveniente para prepararse mejor a los futuros servicios de la Palabra y del Altar. Para los mismos candidatos, la dispensa de recibir los ministerios queda reservada a la Santa Sede.

12. La colación de los ministerios no da derecho a que sea dada una sustentación o remuneración por parte de la Iglesia.

13. El rito de la institución del Lector y del Acólito será publicado próximamente por el Dicasterio competente de la Curia Romana.

Estas normas comienzan a ser válidas a partir del día primero de enero de 1973.

Mandamos que todo cuanto hemos decretado con la presente Carta, en forma de «Motu Proprio», tenga plena validez y eficacia, no obstante cualquier disposición en contrario.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 15 de agosto, en la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, del año 1972, décimo de nuestro Pontificado

PABLO PP. VI

El ministro extraordinario de la comunión

De acuerdo con el canon 910 § 1, son ministros ordinarios de la comunión el obispo, el presbítero y el diácono. Además, el Código de Derecho Canónico de 1983 introduce un concepto, novedoso respecto al Código de 1917, y es el de ministro extraordinario.

Esta figura fue introducida con motivo de la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II en 1973, mediante la Instrucción Immensae caritatis de la Sagrada Congregación para la Disciplina de los Sacramentos, de 29 de enero de 1973 (AAS 65 (1973) 265-266). Actualmente está recogida en el canon 910 §2:

Canon 910 § 2: Es ministro extraordinario de la sagrada comunión el acólito, o también otro fiel designado según el c. 230 § 3.

A su vez, el canon 230 § 3 indica lo siguiente:

Canon 230 § 3: Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores, ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada comunión, según las prescripciones del derecho.

Por lo tanto, de modo ordinario pueden administrar la comunión exclusivamente los clérigos indicados. Puede haber ministros extraordinarios de la comunión; para que éstos ejerzan tal función, el derecho requiere dos requisitos:

1º lo aconseje la necesidad de la Iglesia. El canon 230 § 3 habla de necesidad, no de utilidad de otro tipo. A modo de ejemplo sería necesidad que no se pueda atender a todos los fieles que piden la comunión, de modo que la Misa se alargaría excesivamente. Es el caso de peregrinaciones populares, u otras ocasiones similares. No se refiere por lo tanto a otros criterios, como son la mayor solemnidad de la ceremonia, o la celebración particular de un grupo de personas.

2º no haya ministros. No sería el caso previsto, si hay ministros que pueden atender al ministerio de la comunión con cierto incomodo. Sería muchas veces el caso de las comuniones a los enfermos, o de ordinario las misas parroquiales en que hay sacerdotes en la iglesia.

Acerca de este último requisito, el Consejo Pontificio dio una Respuesta auténtica el 1 de junio de 1988. De acuerdo con esta interpretación auténtica, no estaríamos en el caso previsto en estos cánones si están presentes en la iglesia ministros ordinarios que no estén impedidos, aunque no participen en la celebración eucarística.

El ministro extraordinario debe ser un acólito u otro laico. Por acólito no se entiende a cualquiera que ayude a Misa. El acolitado es uno de los ministerios laicales. El acólito está brevemente descrito en el canon 230 § 1. La figura del acólito en el derecho actual ha sido introducida por la Carta Apostólica Ministeria quaedam. Y en la regulación que hace del acólito, incluye la función de «distribuir, como miembro extraordinario, la Sagrada Comunión cuando faltan los ministros» (art. 6º). Esta mención, así como la que hace el canon 910, no significa que el acólito pueda dar la comunión casi como ministro ordinario, sino que, si se cumplen los requisitos previstos y está presente un acólito, se le debe preferir a otros laicos. El ministerio recibido del acolitado ya hace que tenga las debidas licencias para administrar el sacramento de la Eucaristía, pero se deben dar los demás requisitos que se han descrito en este artículo.

Si no hay un acólito instituido, la Instrucción Immensae caritatis de 1973 (apartado 1, artículo IV) ya citada, da un criterio: se debe escoger por este orden: un lector, un seminarista mayor, un religioso varón, una religiosa, un catequista, un varón o una mujer. El Ordinario del lugar puede cambiar, según su prudente juicio, este orden. El lector aquí es un término preciso, y se refiere a la persona que ha recibido el ministerio del lectorado, no es aquél que sube al ambón a leer incluso a diario. Esta persona puede ser escogida para administrar la comunión, pero no por el hecho de ser quien lee de modo habitual sino por sus propias características (si se cumple con los requisitos generales ya indicados) y de acuerdo con el orden que acabamos de citar.

Además, de acuerdo con la Instrucción Immensae caritatis, el laico designado para administrar la comunión puede ser ad tempus o ad actum, o si fuera verdaderamente necesario, de modo estable. La designación la hace el Ordinario, el cual puede delegar en ciertas autoridades.

PABLO VI

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO

MINISTERIA QUAEDAM

POR LA QUE SE REFORMA
EN LA IGLESIA LATINA LA DISCIPLINA RELATIVA
A LA PRIMERA TONSURA,
A LAS ORDENES MENORES Y AL SUBDIACONADO

La Iglesia instituyó ya en tiempos antiquísimos algunos ministerios para dar debidamente a Dios el culto sagrado y para el servicio del Pueblo de Dios, según sus necesidades; con ellos se encomendaba a los fieles, para que las ejercieran, funciones litúrgico-religiosas y de caridad, en conformidad con las diversas circunstancias. Estos ministerios se conferían muchas veces con un rito especial mediante el cual el fiel, una vez obtenida la bendición de Dios, quedaba constituido dentro de una clase o grado para desempeñar una determinada función eclesiástica.

Algunos de entre estos ministerios más estrechamente vinculados con las acciones litúrgicas, fueron considerados poco a poco instituciones previas a la recepción de las Ordenes sagradas; tanto es así que el Ostiariado, Lectorado, Exorcistado y Acolitado recibieron en la Iglesia Latina el nombre de Ordenes menores con relación al Subdiaconado, Diaconado y Presbiterado, que fueron llamadas Ordenes mayores y reservadas generalmente, aunque no en todas partes, a quienes por ellas se acercaban al Sacerdocio.

Pero como las Ordenes menores no han sido siempre las mismas y muchas de las funciones anejas a ellas, igual que ocurre ahora, las han ejercido en realidad también los seglares, parece oportuno revisar esta práctica y acomodarla a las necesidades actuales, al objeto de suprimir lo que en tales ministerios resulta ya inusitado; mantener lo que es todavía útil; introducir lo que sea necesario; y asimismo establecer lo que se debe exigir a los candidatos al Orden sagrado.

Durante la preparación del Concilio Ecuménico Vaticano II, no pocos Pastores de la Iglesia pidieron la revisión de las Ordenes menores y del Subdiaconado. El Concilio sin embargo, aunque no estableció nada sobre esto para la Iglesia Latina, enunció algunos principios que abrieron el camino para esclarecer la cuestión, y no hay duda de que las normas conciliares para una renovación general y ordenada de la liturgia[1] abarcan también lo que se refiere a los ministerios dentro de la asamblea litúrgica, de manera que, por la misma estructura de la celebración, aparece la Iglesia constituida en sus diversos Ordenes y ministerios[2]. De ahí que el Concilio Vaticano II estableciese que « en las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas ».[3]

Con esta proposición se relaciona estrechamente lo que se lee poco antes en la misma Constitución: « La Santa Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, ” linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido ” (1 Pet. 2, 9; cf. 2, 4-5). Al reformar y fomentar la sagrada liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria en la que han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano y, por lo mismo, los pastores de almas deben aspirar a ella con diligencia en toda su actuación pastoral por medio de una educación adecuada ».[4]

En la conservación y adaptación de los oficios peculiares a las necesidades actuales, se encuentran aquellos elementos que se relacionan más estrechamente con los ministerios, sobre todo, de la Palabra y del Altar, llamados en la Iglesia Latina Lectorado, Acolitado y Subdiaconado; y es conveniente conservarlos y acomodarlos, de modo que en lo sucesivo haya dos ministerios, a saber, el de Lector y el de Acólito, que abarquen también las funciones correspondientes al Subdiácono.

Además de los ministerios comunes a toda la Iglesia La-tina, nada impide que las Conferencias Episcopales pidan a la Sede Apostólica la institución de otros que por razones particulares crean necesarios o muy útiles en la propia región. Entre estos están, por ejemplo, el oficio de Ostiario, de Exorcista y de Catequista [5], y otros que se confíen a quienes se ocupan de las obras de caridad, cuando esta función no esté encomendada a los diáconos.

Está más en consonancia con la realidad y con la mentalidad actual el que estos ministerios no se llamen ya órdenes menores; que su misma colación no se llame « ordenación » sino « institución »; y además que sean propiamente clérigos, y tenidos como tales, solamente los que han recibido el Diaconado. Así aparecerá también mejor la diferencia entre clérigos y seglares, entre lo que es propio y está reservado a los clérigos y lo que puede confiarse a los seglares cristianos; de este modo se verá más claramente la relación mutua, en virtud de la cual el « sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan sin embargo el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo » .[6]

Por tanto, después de madura reflexión, pedido el voto de los peritos, consultadas las Conferencias Episcopales y teniendo en cuenta sus pareceres, y así mismo después de haber deliberado con nuestros venerables Hermanos que son miembros de las Sagradas Congregaciones competentes, con nuestra Autoridad Apostólica establecemos las siguientes normas, derogando, si es necesario y en cuanto lo sea, las prescripciones del Código de Derecho Canónico hasta ahora vigente, y las promulgamos con esta Carta.

I. En adelante no se confiere ya la primera Tonsura. La incorporación al estado clerical queda vinculada al Diaconado.

II. Las que hasta ahora se conocían con el nombre de « Ordenes menores », se llamarán en adelante « Ministerios ».

III. Los ministerios pueden ser confiados a seglares, de modo que no se consideren como algo reservado a los candidatos al sacramento del Orden.

IV. Los ministerios que deben ser mantenidos en toda la Iglesia Latina, adaptándolos a las necesidades actuales, son dos, a saber: el de Lector y el de Acólito. Las funciones desempeñadas hasta ahora por el Subdiácono, quedan confiadas al Lector y al Acólito; deja de existir por tanto en la Iglesia Latina el Orden mayor del Subdiaconado. No obsta sin embargo el que, en algunos sitios, a juicio de las Conferencias Episcopales, el Acólito pueda ser llamado también Subdiácono.

V. El Lector queda instituido para la función, que le es propia, de leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por lo cual proclamará las lecturas de la Sagrada Escritura, pero no el Evangelio, en la Misa y en las demás celebraciones sagradas; faltando el salmista, recitará el Salmo interleccional; proclamará las intenciones de la Oración Universal de los fieles, cuando no haya a disposición diácono o cantor; dirigirá el canto y la participación del pueblo fiel; instruirá a los fieles para recibir dignamente los Sacramentos. También podrá, cuando sea necesario, encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomiende temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura en los actos litúrgicos. Para realizar mejor y más perfectamente estas funciones, medite con asiduidad la Sagrada Escritura.

El Lector, consciente de la responsabilidad adquirida, procure con todo empeño y ponga los medios aptos para conseguir cada día más plenamente el suave y vivo amor [7], así como el conocimiento de la Sagrada Escritura, para llegar a ser más perfecto discípulo del Señor.

VI. El Acólito queda instituido para ayudar al diácono y prestar su servicio al sacerdote. Es propio de él cuidar el ser-vicio del altar, asistir al diácono y al sacerdote en las funciones litúrgicas, principalmente en la celebración de la Misa; además distribuir, como ministro extraordinario, la Sagrada Comunión cuando faltan los ministros de que habla el c. 845 del C. I. C. o están imposibilitados por enfermedad, avanzada edad o ministerio pastoral, o también cuando el número de fieles que se acerca a la Sagrada Mesa es tan elevado que se alargaría demasiado la Misa. En las mismas circunstancias especiales se le podrá encargar que exponga públicamente a la adoración de los fieles el Sacramento de la Sagrada Eucaristía y hacer después la reserva; pero no que bendiga al pueblo. Podrá también -cuando sea necesario- cuidar de la instrucción de los demás fieles, que por encargo temporal ayudan al sacerdote o al diácono en los actos litúrgicos llevando el misal, la cruz, las velas, etc., o realizando otras funciones semejantes. Todas estas funciones las ejercerá más dignamente participando con piedad cada día más ardiente en la Sagrada Eucaristía, alimentándose de ella y adquiriendo un más profundo conocimiento de la misma.

El Acólito, destinado de modo particular al servicio del altar, aprenda todo aquello que pertenece al culto público divino y trate de captar su sentido íntimo y espiritual; de forma que se ofrezca diariamente a sí mismo a Dios, siendo para todos un ejemplo de seriedad y devoción en el templo sagrado y además, con sincero amor, se sienta cercano al Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, especialmente a los necesitados y enfermos.

VII. La institución de Lector y de Acólito, según la venerable tradición de la Iglesia, se reserva a los varones.

VIII. Para que alguien pueda ser admitido a estos ministerios se requiere:

a) petición libremente escrita y firmada por el aspirante, que ha de ser presentada al Ordinario (al Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, al Superior Mayor) a quien corresponde la aceptación;

b) edad conveniente y dotes peculiares, que deben ser determinadas por la Conferencia Episcopal;

c) firme voluntad de servir fielmente a Dios y al pueblo cristiano.

IX. Los ministerios son conferidos por el Ordinario (el Obispo. y, en los Institutos clericales de perfección, el Superior Mayor) mediante el rito litúrgico « De Institutione Lectoris » y « De Institutione Acolythi », aprobado por la Sede Apostólica.

X. Deben observarse los intersticios, determinados por la Santa Sede o las Conferencias Episcopales, entre la colación del ministerio del Lectorado y del Acolitado, cuando a las mismas personas se confiere más de un ministerio.

XI. Los candidatos al Diaconado y al Sacerdocio deben recibir, si no los recibieron ya, los ministerios de Lector y Acólito y ejercerlos por un tiempo conveniente para prepararse mejor a los futuros servicios de la Palabra y del Altar. Para los mismos candidatos, la dispensa de recibir los ministerios queda reservada a la Santa Sede.

XII. La colación de los ministerios no da derecho a que sea dada una sustentación o remuneración por parte de la Iglesia.

XIII. El rito de la institución del Lector y del Acólito será publicado, próximamente por el Dicasterio competente de la Curia Romana.

Estas normas comienzan a ser válidas a partir del, día primero de enero de 1973.

Mandarnos que todo cuanto hemos decretado con la presente Carta, en forma de Motu Proprio, tenga plena validez y eficacia, no obstante cualquier disposición en contrario.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 15 de agosto, en la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, del año 1972, décimo de nuestro Pontificado.

PABLO PP. VI


Notas

[1] Cfr. Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 62: AAS 56, 1964, p. 117; cfr. también n. 21: l.c., pp. 105-106.

[2] Cfr. Ordo Missae, Institutio Generalis Missalis Romani, n. 58, ed. tip. 1969, p. 29.

[3] Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 58: AAS 56, 1964, p. 107.

[4] Ibíd.., n. 14: l.c., p. 104.

[5] Cfr. Decr. Ad Gentes, n. 15: AAS 58, 1966, p. 965; Ibíd.., n. 17: l.c., pp. 967-968.

[6] Const. Dogm. Lumen Gentium, n. 10: AAS 57, 1965, p. 14.

[7] Cfr. Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 24: AAS 56, 1964, p. 107; Const. Dogm. Dei Verbum, n. 25: AAS 58, 1966, p. 829.

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El oficio del ministro ordenado en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 27, 2012


La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

Uno de los campos en donde se puede expresar ese amor es en la celebración de las acciones litúrgicas, en la que «cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas»[1], ya que cada acción litúrgica tiene un fundamento teológico–sacramental y una justificación histórico–jurídica[2]; además, «la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales».[3]

He aquí algunos avisos de importancia acerca del culto del ministerio eucarístico, extractados de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II; del Missale Romanum; del Ritual De Sacra Communione et de culto mysterii eucharistici extra Missam; de las instrucciones: Eucharisticum mysterium, Memoriale Domini, Inmensæ caritatis y Liturgicæ instaurationis; de las instrucciones Inæstimabile Donum y Redemptionis Sacramentum de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; de la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos; del boletín: Actualidad litúrgica, del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal y de otros documentos de la Iglesia.

Obediencia

 

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud».[4]

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «les obedeció».[5]

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice: «Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado».[6]

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».[7]

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen».[8]

Y también es de Jesús la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho».[9]

La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino alerta sobre los errores más frecuentes «señalados desde las diversas partes del mundo católico: confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares, creciente pérdida del sentido de lo sagrado, desconocimiento del carácter eclesial de la liturgia […]. Ahora bien, todo esto no puede dar buenos frutos. Las consecuencias son —y no pueden menos de serlo— la resquebradura de la unidad de la Fe y de culto en la Iglesia, la inseguridad doctrinal, el escándalo y la perplejidad del pueblo de Dios».[10]

Aspectos generales

 

  • Ceñirse a las recomendaciones de los misales y leccionarios no solamente es un gesto de comunión eclesial, sino que muestra la humildad del Ministro ordenado y da ejemplo de obediencia al Magisterio de la Iglesia.

«El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión.»[11]

«Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.»[12]

Además, la uniformidad facilita a los fieles su participación activa, sin confundirlos: «La unidad de criterios entre uno y otro presidente de asambleas litúrgicas está cuestionando seriamente la participación de los fieles: “¿A qué nos atenemos?” Y: “¿A quién le creemos?”»[13].

  • Conviene mucho tener presentes los actos presidenciales, en los que actúa dirigiéndose a Dios en nombre de todo el pueblo o al pueblo en nombre de Dios y de Cristo, los cuales debe decir solo el sacerdote. Este es el caso de la doxología de la Plegaria Eucarística y de la Oración de la Paz.
  • Es también muy importante que el Ministro ordenado tenga en cuenta las oraciones que son secretas (que no deben decirse en voz alta), como la que se hace durante el lavabo o las que se hacen en la fracción del Pan.
  • «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».[14]
  • No conviene distorsionar las oraciones que trae el Misal Romano agregando intenciones particulares que el presidente quisiera incluir en las mismas (ejemplo: en la memoria de un santo, mencionar a un difunto en la oración colecta o en la oración sobre las ofrendas o en la oración después de la comunión).

Tampoco es bueno incluir, dentro de la celebración de la Santa Misa, oraciones no litúrgicas (por ejemplo: «Alma de Cristo, santifícame…» después de la comunión, una oración a la Santísima Virgen, etc.). Estas se pueden recitar después, si se desea.

  • Cuando hay canto no hay necesidad de decir la antífona (ejemplo: si se canta durante la comunión no será necesario leer la antífona de la comunión; lo mismo se aplica al canto de entrada).
  • El presidente de la asamblea debe favorecer el silencio y dar espacio para la oración.[15] Hay varios momentos especiales de silencio: en el acto penitencial, después del «Oremos» de la oración colecta, entre la primera lectura y el salmo, después de la homilía[16] y después de la comunión.
  • «Los pastores de almas deben fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles […], cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios».[17]
  • «El Misal Romano debe quedar como un instrumento para testimoniar y conformar la mutua unidad del Rito Romano en la diversidad de lenguas y culturas, como su signo preeminente».[18]
  • «Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.»[19]
  • «Los presbíteros presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la vestidura talar. No es apropiado, salvo los casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.»[20]
  • «Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.»[21]

Aspectos particulares

Ritos iniciales

 

  • Si se hace canto de entrada, no se recite la antífona; recuérdese que la antífona de entrada es el reemplazo del canto. Por eso, cuando no se hace canto de entrada, el presidente puede adaptar la antífona de entrada a manera de monición.[22] Obsérvese lo mismo para la antífona de la comunión.

 

à      No se permita que el acólito se siente en la sede, al lado del presidente; este lugar está reservado para los diáconos o para otros ministros ordenados en las concelebraciones. Destínese para ello una pequeña silla cerca de la credencia.

  • Alístense tanto el misal como el leccionario antes de la celebración (hacerlo después de la entrada, no solo da la impresión de improvisación y falta de preparación por parte del sacerdote, sino que es falta de cortesía con el pueblo hacerlo esperar).

Oraciones

  • Solamente en la oración colecta se usa la conclusión larga: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» o «Él, que vive y reina…» o «Tú que vives y…».

En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión se utiliza la terminación corta: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». o «Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». o «Tú que vives y reinas…».

Lecturas

¨    «Las lecturas […] sean confiadas a un lector o a otros laicos preparados espiritualmente y técnicamente».[23]

¨    La preparación espiritual presupone, por lo menos, una doble instrucción: bíblica y litúrgica. La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y, para entender a la luz de la Fe el núcleo central del mensaje revelado.

¨    La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre ésta y la liturgia eucarística.

¨    «La preparación técnica debe consistir en que los lectores sean cada día más aptos en el arte de proclamar delante del pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de voz».[24]

¨    Se requiere de práctica y de talleres para proclamar la Palabra, en vez de leerla, simplemente.[25] «La proclamación es un anuncio solemne, una declaración».[26]

¨    Es necesario diferenciar las lecturas para hacer una entonación adecuada de ellas: no es lo mismo recitar un cántico o un salmo que narrar una historia o leer una exhortación. Conviene que sean nombrados lectores quienes ya distinguen estos estilos literarios y el modo adecuado de proclamarlos.

q  Su compostura se notará especialmente en los actos de reverencia (genuflexiones al pasar ante el sagrario o ante Santísimo expuesto en la Custodia, inclinación de la cabeza ante el sacerdote–presidente, los crucifijos e imágenes…). Por esto mismo, no es necesario hacer inclinaciones de la cabeza al llegar al ambón o al retirarse: ni dirigidos hacia el sagrario ni, mucho menos, hacia el leccionario o ambón.

¨      Instrúyase a los lectores que no se debe leer lo que está escrito en color rojo. No se diga, por ejemplo, «Primera lectura» ni «Salmo responsorial» o «Al salmo respondemos» o «Salmo de respuesta».

Tampoco deben añadirse palabras, como: «Esta es Palabra de Dios» o «Es Palabra de Dios»; dígase con sencillez: «Palabra de Dios». La razón es que «el lector se identifica tanto con aquello que anuncia, que él mismo se hace Palabra de Dios».[27] Téngase cuidado de no hacer entonación de interrogación, como si se estuviera preguntando: «¿Palabra de Dios?»,[28] ni tampoco hacer la entonación que se suele hacer por un altoparlante solicitando a alguien en un aeropuerto o supermercado.

¨    El micrófono estará a una cuarta de distancia de la boca. Así se evitan circunstancias que impiden una buena comprensión de lo que se lee: por ejemplo, que la «P» suene como un golpe; la «S», como un silbido fuerte; o que se escuche la respiración.

¨      «No es necesario estar pasando la cinta de una hoja a otra; lo mejor es dejarla en su puesto para evitar posibles confusiones en otras celebraciones».[29]

¨      «Al terminar la lectura, haga una pausa de tres segundos antes de decir: «Palabra de Dios».[30]

¨      Es conveniente hacer unos instantes de silencio entre la primera lectura y el salmo, para facilitar la meditación.[31]

¨      «Si hay dos lectores para tres lecturas, el mismo que proclamó la primera hará la segunda y el otro proclamará el salmo»[32] y el versículo anterior al Evangelio. Asimismo, cuando hay una sola lectura, uno proclamará la lectura y el otro el salmo. El cambio de voz del lector al salmista y el espacio de tiempo entre la subida al ambón de estos dos ministros favorece la contemplación de la Palabra; por eso se insiste en que quien proclama el salmo no sea el mismo que proclamó la primera lectura[33], ya que es a todas luces un texto muy diverso.

Evangelio

¨      El versículo anterior al Evangelio suele ir intercalado entre el canto del Aleluya (salvo en cuaresma, que no se dice ni se canta el Aleluya). Como norma general, si se proclama el versículo, el canto debe hacerse; si no, se omite el versículo.[34]

  • El Evangelio debe proclamarse en el ambón, lugar destinado precisamente para proclamar la Palabra de Dios; no en la sede, desde donde solamente se realizan los ritos iniciales, la homilía y el rito de conclusión. Para entender esto, recuérdese que después del sagrario —si lo hay— el lugar de mayor importancia es el altar, al que lo sigue el ambón y, por último, la sede.
  • Al anunciar la proclamación del Evangelio, el sacerdote dice: «Lectura del santo Evangelio según…». En ese momento todos —incluyendo quien proclama— se signan con el dedo pulgar, se hacen tres cruces: la primera en la frente, para conocer mejor la palabra; la segunda en los labios, para anunciarla con ardor; y la tercera en el pecho, para vivirla en la práctica diaria. No se santiguan (hacerse la señal de la cruz desde la frente al ombligo y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad), porque ya se hizo al comienzo de la celebración y, en liturgia, se evitan los duplicados.[35]

 

  • Por esto mismo, es redundante santiguarse antes o después de la homilía (además, así se da la impresión de la no basta la bendición inicial).

Homilía

  • «La homilía tiene la finalidad de explicar a los fieles la palabra de Dios proclamada en las lecturas y actualizar su mensaje»[36], y corresponde al sacerdote o al diácono.[37]

«La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.»[38]

«Se predicará la homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo […]. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables, principalmente en ciertas ferias de Adviento y de Cuaresma».[39]

La predicación actualiza la Palabra y, para eso, conviene prepararla adecuadamente para no caer en la frialdad, la falta de convicción, la repetición de lo proclamado en las lecturas u otras cosas distintas a la aplicación de los textos bíblicos a la vida de los oyentes y del predicador mismo, lo cual muestra cierta improvisación.[40]

La homilía se hará desde la sede, preferencialmente.

Recuérdese que los sermones largos o muy teóricos (de poca aplicación para la vida diaria) no son eficaces desde el punto de vista pastoral.

Oración universal

  • El celebrante dirige la oración universal desde la sede.[41]

Presentación de ofrendas

  • Las fórmulas de presentación del pan y del vino se dicen habitualmente en voz baja; sólo se dicen en voz alta si no hay canto ni suena el órgano.[42]

 

Plegaria Eucarística

 

  • «Merece especial atención la Plegaria Eucarística, que es la parte central de la celebración de la Eucaristía. Hay que orarla con voz alta y clara, sin precipitación, haciendo pausas de interiorización».[43]

«Es un gravísimo abuso modificar las Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras compuestas privadamente».[44]

Se insiste en que el celebrante deje de dirigirse al pueblo y, como imagen de Cristo que ora al Padre, no hable sino a Dios.[45]

Recuérdese que solo las plegarias eucarísticas I, II y III admiten el uso de cualquier prefacio; las demás forman un todo con su prefacio y, por lo tanto, deben recitarse exclusivamente con él.

En la consagración del pan, el que preside dice: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…». No dice: «porque este es mi Cuerpo».

«En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.»[46]

  • La inclinación del celebrante al In spiritu humilitatis debe hacerse «profunde inclinatus».[47]
  • Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino, los fieles quedan en silencio respetuoso. El sacerdote, por lo tanto, no invite a decir «Señor mío y Dios mío…», oración que se recitaba antes de la reforma, porque la aclamación vendrá enseguida.
  • La doxología de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» la dice el presidente solo.[48]

Es que la Plegaria Eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote[49].

El pueblo responde: «Amén». Este «Amén» en particular debería resaltarse con el canto, dado que es el más importante de toda la Misa.[50]

Þ  «Recuérdese que durante la Plegaria Eucarística no se deben ejecutar cantos».[51] Tampoco debe ejecutarse música alguna.[52] Este otro documento enfatiza la norma: «Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales.»[53]

  • Inmediatamente después de la consagración del pan, adórese unos segundos el Cuerpo de Cristo con una genuflexión. Hágase lo mismo con la Sangre de Cristo.

 

Rito de la comunión

 

  • La oración de la paz es presidencial, es decir, la dice el sacerdote solo en nombre de toda la asamblea. El sacerdote termina esa oración diciendo: «…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» el pueblo concluye: «Tuyo es el reino…» (antes se decía: «Porque tuyo es el reino»).
  • El Pan eucarístico se muestra a los fieles sobre la patena o sobre el cáliz (se muestra una parte de la Hostia fraccionada).[54]

 

  • «La fracción del Pan se inicia después del gesto de la paz y debe realizarse con la debida reverencia sin alargarla innecesariamente, a fin de que el gesto [de la paz] no adquiera un excesivo realce».[55]

«El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles.»[56]

 

  • Instrúyase a los feligreses que «Conviene que cada uno de los fieles dé la paz de una manera sobria, únicamente a los que están cerca»[57], sin moverse de su puesto.[58]

El que da la paz puede decir: «La paz del Señor esté siempre contigo»; y el que la recibe, «Amén».[59]

v  «Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. […] esto no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.»[60]

v  «El fiel, religioso o seglar, autorizado como ministro extraordinario de la comunión, podrá distribuir la comunión, solamente cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito, cuando el sacerdote esté impedido por enfermedad o por su edad avanzada, o cuando el número de fieles que se acercan a la comunión sea tan grande que haría prolongar excesivamente la celebración de la Misa».[61] Léase también: «Cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.»[62] «Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente.»[63] «Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.»[64]

v  «Llamar [a alguien] ministro extraordinario significa que sólo puede ejercitar el cargo recibido en ausencia de los ministros ordinarios. Si hay diáconos o sacerdotes, son estos los que deben distribuir la Eucaristía, empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que reparten la comunión».[65]

v  «Si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición.»[66] El Obispo nombrará con el rito correspondiente al ministro extraordinario de la comunión que haya sido escogido y preparado por el párroco bajo los cánones establecidos; para ello se utiliza el Ritual del Culto (pp. 139-142).

«Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum[67] En esos casos esporádicos, en los misales se encuentra el «Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada comunión».

v  «Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.»[68]

v  Según el Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, Actualidad litúrgica, nº 28, p. 8-9 (cf.), es necesario que el ministro extraordinario de la comunión cumpla los siguientes requisitos:

  1. Conocer, estudiar y aplicar los documentos oficiales de la Iglesia relacionados con la liturgia eucarística.
  2. Saber los nombres de lugares, vestiduras, libros, vasos sagrados y utensilios litúrgicos en general.
  3. Participar de viva voz sabiendo bien las respuestas actuales de la celebración eucarística.
  4. Estar entrenado en el servicio al altar para cuando no se dispone de la presencia o ayuda de monaguillos.
  5. Conocer el Misal, distinguir las diversas partes que lo conforman y aprender a registrarlo.
  6. Entrenarse en el manejo y buen uso del incensario mediante prácticas que ayuden a utilizarlo con destreza y naturalidad.

 

  • Los ministros extraordinarios de la comunión e incluso los diáconos y sacerdotes deben recibir el recipiente de la Eucaristía de manos del celebrante, detalle este sacramentalmente importante porque manifiesta que la Eucaristía se recibe del Señor.[69]
  • El sacerdote «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”, dando espera a la respuesta del comulgante. Ninguna otra fórmula cabe acá»; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.
  • «Cuando los fieles comulgan de rodillas no se les exige ningún otro signo de reverencia al Santísimo Sacramento, ya que la misma genuflexión es expresión de adoración. En cambio, cuando comulgan de pie, acercándose al altar procesionalmente, hagan un acto de reverencia antes de recibir el Sacramento, en el lugar y de manera adecuados, con tal de no desordenar el turno de los fieles»[70] (por ejemplo, una pequeña inclinación de la cabeza).
  • «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.»[71]
  • Autorizados por la Conferencia Episcopal, los fieles pueden recibir la comunión en la boca o en la mano, según lo deseen; pero se recomienda que, si lo hacen de este último modo, lo hagan cuando las manos están perfectamente limpias (para evitar que las partículas sagradas en las que sigue presente el Señor caigan al piso, se ha considerado siempre un signo de delicadeza que un acólito ponga la patena, y que los fieles reciban el Pan consagrado en la boca).
  • No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.»[72] «No se admite que los fieles tomen por sí mismos el Pan consagrado»[73], ni siquiera cuando el que comulga es monja, monje o seminarista. Razón: en liturgia no se contempla el autoservicio. Tampoco deben tomar el cáliz sagrado.[74]
  • «Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción».[75] «No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado.»[76]
  • «Se recomienda a los fieles no descuidar, después de la comunión, una justa y debida acción de gracias, quedando posiblemente en oración por un conveniente espacio de tiempo».[77]

No es litúrgico recitar oraciones, como sucede cuando, al acabar, algunos fieles —o a veces el mismo sacerdote— pronuncian la conocida oración: «Alma de Cristo, santifícame…»; este acto se sale de las rúbricas de la Santa Misa, razón por la cual está en el misal, para hacerse después de terminada la liturgia eucarística. Por otra parte, durante la celebración, las oraciones deben ser dirigidas por el presidente, es decir, el sacerdote, y son de carácter comunitario y no privado.

  • Lo que queda de la Sangre del Señor se la toma el sacerdote, el diácono o un acólito instituido que sirve de ministro del cáliz.[78]

 

  • Como señal de respeto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la limpieza de las patenas y los vasos sagrados debe hacerse sobre el corporal. Los purifica el sacerdote, uno de los concelebrantes, el diácono o un acólito instituido.[79] «El ministro extraordinario de la comunión está excluido notablemente de la lista de personas que pueden purificar los utensilios sagrados».[80]
  • La bendición se recibe de pie, salvo que se haga oración sobre el pueblo, que inclina la cabeza, en señal de humildad (no se arrodilla).

Rito de conclusión

  • Es preferible que la atención a los fieles que requieran al sacerdote se haga después de retirarse los ornamentos, a la salida de la sacristía.

 


[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 28

[2] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 10

[4] Rm 5, 19

[5] Lc 2, 51

[6] Jn 4, 34

[7] Flp 2, 5-8

[8] Hb 5, 8-10

[9] Lc 16, 10

[10] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, introducción

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 11

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 59

[13] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[14] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 22, par. 3

[15] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 11

[16] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[17] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 19;

cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 19

[18] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, final

[19] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 112

[20] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 128

[21] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 153

[22] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[23] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2

[24] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 19-20

[25] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[26] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 18

[27] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 22

[28] Cf. Ídem

[29] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 21

[30] Ídem

[31] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56 y 128

[32] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[33] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1, que cita al Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[34] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[35] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 134

[36] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 3;

cf. Sagrada Congregación para el Culto Divino, instrucción Liturgicæ instaurationes, 2, a

[37] Cf. Ídem

[38] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 66

[39] Sagrada Congregación de Ritos, Intrusión sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 53

[40] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 8

[41] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 71

[42] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 142;

cf. Ordinario de la Misa, 1975, 20-21

[43] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 20

[44] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 5

[45] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 31

[46] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 55

[47] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 143

[48] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 4

[49] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 52

[50] Ídem

[51] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 6

[52] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 12;

cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 30

[53] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 53

[54] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 84

[55] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 83

[56] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[57] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 82

[58] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[59] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 154

[60] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 151

[61] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 10;

cf. Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, Instrucción;

cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[62] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 158

[63] Ídem

[64] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 88

[65] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 21

[66] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[67] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[68] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 157

[69] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[70] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, 34;

Cf. Institutio generalis Missalis Romani, c; 246, d; 247, b;

Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 11

[71] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 93

[72] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 94

[73] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 9

[74] Cf. Ídem.

[75] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 103

[76] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 104

[77] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 17

[78] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 284b; 279

[79] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 163; 279

[80] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 37, p. 30

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Sacerdotalis Caelibatus*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2011

SACERDOTALIS CAELIBATUS
ENCÍCLICA DE SU SANTIDAD
PABLO VI
SOBRE EL CELIBATO SACERDOTAL

 

A los obispos,
a los hermanos en el sacerdocio,
a los fieles de todo el mundo católico

 

INTRODUCCIÓN

1. EL CELIBATO SACERDOTAL HOY

Situación actual

1. El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras.

Pero en el clima de los nuevos fermentos, se ha manifestado también la tendencia, más aún, la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya característica, cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo.

Una promesa nuestra al Concilio

2. Este estado de cosas, que sacude la conciencia y provoca la perplejidad en algunos sacerdotes y jóvenes aspirantes al sacerdocio y engendra confusión en muchos fieles, nos obliga a poner un término a la dilación para mantener la promesa que hicimos a los venerables padres del concilio, a los que declaramos nuestro propósito de dar nuevo lustre y vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales [1]. Entretanto, larga y fervorosamente hemos invocado las necesarias luces y ayudas del espíritu Paráclito, y hemos examinado, en la presencia de Dios, los pareceres y las instancias que nos han llegado de todas partes, ante todo de varios pastores de la Iglesia de Dios.

Amplitud y gravedad de la cuestión

3. La gran cuestión relativa al sagrado celibato del clero en la Iglesia se ha presentado durante mucho tiempo a nuestro espíritu en toda su amplitud y en toda su gravedad. Debe todavía hoy subsistir la severa y sublimadora obligación para los que pretenden acercarse a las sagradas órdenes mayores? Es hoy posible, es hoy conveniente la observancia de semejante obligación? No será ya llegado el momento para abolir el vínculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? No podría ser facultativa esta difícil observancia? No saldría favorecido el ministerio sacerdotal, facilitada la aproximación ecuménica? Y si la áurea ley del sagrado celibato debe todavía subsistir con qué razones ha de probarse hoy que es santa conveniente? Y con qué medios puede observarse y cómo convertirse de carga en ayuda para la vida sacerdotal?

La realidad y los problemas

4. Nuestra atención se ha detenido de modo particular en las objeciones que de varias formas se han formulado o se formulan contra el mantenimiento del sagrado celibato. Efectivamente, un tema tan importante y tan complejo nos obliga, en virtud de nuestro servicio apostólico, a considerar lealmente la realidad y los problemas que implica, pero iluminándolos, como es nuestro deber y nuestra misión, con la luz de la verdad que es Cristo, con el anhelo de cumplir en todo la voluntad de aquel que nos ha llamado a este oficio, y de manifestarnos como efectivamente somos ante la Iglesia, el siervo de los siervos de Dios.

2. OBJECIONES CONTRA EL CELIBATO SACERDOTAL

El celibato y el Nuevo Testamento

5. Se puede decir que nunca, como hoy, el terna del celibato eclesiástico se ha investigado con mayor intensidad y bajo todos sus aspectos, en el plano doctrinal, histórico, sociológico, psicológico y pastoral, y frecuentemente con intenciones fundamentalmente rectas, aunque a veces la palabras puedan haberlas traicionado.

Miremos honradamente las principales objeciones contra le ley del celibato eclesiástico, unido al sacerdocio.

La primera parece que proviene de la fuente más autorizada: el Nuevo Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los apóstoles, no exige e! celibato de los sagrados ministros, sino que más bien o propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5; Tit 1, 5-6).

Los Padres de la Iglesia

6. La íntima relación que los padres de la iglesia y los escritores eclesiásticos establecieron a lo largo de os siglos, entre la vocación al sacerdocio ministerial la sagrada virginidad encuentra su origen en mentalidades y situaciones históricas muy diversas de las nuestras. Muchas veces en los textos patrísticos se recomienda al clero, más que el celibato, la abstinencia con el uso del matrimonio, y las razones que se aducen en favor de la castidad perfecta de los sagrados ministros parecen a veces inspiradas en un excesivo pesimismo sobre la condición humana de la carne, o en una particular concepción de la pureza necesaria para el contacto con las cosas sagradas. Además los argumentos va no estarían en armonía con todos los ambientes socioculturales, donde la Iglesia está llamada hoy a actuar, por medio de sus sacerdotes.

Vocación y celibato

7. Una dificultad que muchos notan consiste en el hecho de que con la disciplina vigente del celibato se hace coincidir el carisma de la vocación sacerdotal con el carisma de la perfecta castidad, como estado de vida del ministro de Dios; y por eso se preguntan si es justo alejar del sacerdocio a los que tendrían vocación ministerial, sin tener la de la vida célibe.

El celibato y la escasez de clero

8. Mantener el celibato sacerdotal en la Iglesia traería además un daño gravísimo, allí donde la escasez numérica del clero, dolorosamente reconocida y lamentada por el mismo concilio [2], provoca situaciones dramáticas, obstaculizando la plena realización del plan divino de la salvación y poniendo a veces en peligro la misma posibilidad del primer anuncio del evangelio. Efectivamente, esta penuria de clero que preocupa, algunos la atribuyen al peso de la obligación del celibato.

Sombras en el celibato

9. No faltan tampoco quienes están convencidos de que un sacerdocio con el matrimonio no sólo quitaría la ocasión de infidelidades, desórdenes y dolorosas defecciones, que hieren y llenan de dolor a toda la Iglesia, sino que permitiría a los ministros de Cristo dar un testimonio más completo de vida cristiana, incluso en el campo de la familia, del cual su estado actual los excluye.

Violencia a la naturaleza

10. Hay también quien insiste en la afirmación según la cual el sacerdote, en virtud de su celibato, se encuentra en una situación física y psicológica antinatural, dañosa al equilibrio y a la maduración de su personalidad humana. Así sucede -dicen- que a menudo el sacerdote se agoste y carezca de calor humano, de una plena comunión de vida y de destino con el resto de sus hermanos, y se vea forzado a una soledad que es fuente de amargura y de desaliento. Todo esto ¿no indica acaso una injusta violencia y un injustificable desprecio de valores humanos que se derivan de la obra divina de la creación, y que se integran en la obra de la redención, realizada por Cristo?

Formación inadecuada

11. Observando además el modo como un candidato al sacerdocio llega a la aceptación de un compromiso tan gravoso, se alega que en la práctica es el resultado de una actitud pasiva, causada muchas veces por una formación no del todo adecuada y respetuosa de la libertad humana, más bien que el resultado de una decisión auténticamente personal; ya que el grado de conocimiento y de autodecisión del joven y su madurez psicofísica son bastante inferiores, y en todo caso desproporcionadas respecto a la entidad, a las dificultades objetivas y a la duración del compromiso que toma sobre sí.

3. CONFIRMACIÓN DEL CELIBATO ECLESIÁSTICO.
RECONOZCAMOS EL DON DE DIOS

12. No ignoramos que se pueden proponer también otras objeciones contra el sagrado celibato. Es este un tema muy complejo que toca en lo vivo la concepción habitual de la vida y que introduce en ella la luz superior, que proviene de la divina revelación; una serie interminable de dificultades se presentará a los que «no… entienden esta palabra» (Mt 19, 11), no conocen u olvidan el «don de Dios» (cf. Jn 4, 10) y no saben cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cual su admirable eficacia, su exuberante plenitud.

Testimonio del pasado y del presente

13. Semejante coro de objeciones parece que sofocaría la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo. No, esta voz es también ahora fuerte y serena; no viene solamente del pasado, sino también del presente. En nuestro cuidado de observar siempre la realidad, no podemos cerrar los ojos ante esta magnífica y sorprendente realidad; hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados —subdiáconos, diáconos, presbíteros, obispos— que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos por menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad y también con relativa facilidad. Este grandioso fenómeno prueba una, singular realidad del reino de Dios, que vive en el seno de la sociedad moderna, a la que presta humilde y benéfico servicio de «luz del mundo» y de «sal de la tierra» (cf. Mt 5, 13-114). No podemos silenciar nuestra admiración; en todo ello sopla, sin duda ninguna, el espíritu de Cristo.

Confirmación de la validez del celibato

14. Pensarnos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles, como en la profana.

La potestad de la Iglesia

15. Ciertamente, el carisma de la vocación sacerdotal, enderezado al culto divino y al servicio religioso y pastoral del Pueblo de Dios, es distinto del carisma que induce a la elección del celibato como estado de vida consagrada (cf. n. 5, 7); mas, la vocación sacerdotal, aunque divina en su inspiración, no viene a ser definitiva y operante sin la prueba y la aceptación de quien en la Iglesia tiene la potestad y la responsabilidad del ministerio para la comunidad eclesial; y por consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los tiempos y los lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y cuáles sus requisitos, para que puedan considerarse idóneos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma.

Propósito de la encíclica

16. Con espíritu de fe, consideramos, por lo mismo favorable la ocasión que nos ofrece la divina providencia para ilustrar nuevamente y de una manera más adaptada a los hombres de nuestro tiempo, las razones profundas del sagrado celibato, ya que, si las dificultades contra la fe «pueden estimular el espíritu a una más cuidadosa y profunda inteligencia de la misma» [3], no acontece de otro modo con la disciplina eclesiástica, que dirige la vida de los creyentes.

Nos mueve el gozo de contemplar en esta ocasión y desde este punto, de vista la divina riqueza y belleza de la Iglesia de Cristo, no siempre inmediatamente descifrable a los ojos humanos, porque es obra del amor del que es cabeza divina de la Iglesia, y porque se manifiesta en aquella perfección de santidad (cf. Ef 5, 25-27), que asombra al espíritu humano y encuentra insuficientes las fuerzas del ser humano para dar razón de ella.

I. ASPECTOS DOCTRINALES

1. LOS FUNDAMENTOS DEL CELIBATO SACERDOTAL

El concilio y el celibato

17. Ciertamente, como ha declarado el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II, la virginidad «no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias Orientales»[4], pero el mismo sagrado concilio no ha dudado confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos.

Argumentos antiguos puestos a nueva luz

18. No es la primera vez que se reflexiona sobre la «múltiple conveniencia» (1.c) del celibato para los ministros de Dios; y aunque las razones aducidas han sido diversas, según la diversa mentalidad y las diversas situaciones, han estado siempre inspiradas en consideraciones específicamente cristianas, en el fondo de las cuales late la intuición de motivos más profundos. Estos motivos pueden venir a mejor luz, no sin el influjo del Espíritu Santo, prometido por Cristo a los suyos para el conocimiento de las cosas venideras (cf. Jn 16, 13) y para hacer progresar en el pueblo de Dios la inteligencia del misterio de Cristo y de la Iglesia, sirviéndose también de la experiencia procurada por una penetración mayor de las cosas espirituales a través de los siglos [5].

A. DIMENSIÓN CRISTOLÓGICA

La novedad de Cristo

19. El sacerdocio cristiano, que es nuevo, solamente puede ser comprendido a la luz de la novedad de Cristo, pontífice sumo y eterno sacerdote, que ha instituido el sacerdocio ministerial, como real participación de su único sacerdocio [6]. El ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios (1Cor 4, 1) tiene por consiguiente en él también el modelo directo y el supremo ideal (cf. 1Cor 11, 1). El Señor Jesús, unigénito de Dios, enviado por el Padre al mundo, se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento (Jn 3, 5; Tit 3, 5), entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre (Jn 4, 34; 17, 4), Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación (2Cor 5, 17; Gál 6, 15), introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad (cf. Gál 3, 28).

Matrimonio y celibato en la novedad de Cristo

20. El matrimonio, que por voluntad de Dios continúa la obra de la primera creación (Gén 2, 18), asumido en el designio total de la salvación, adquiere también él nuevo significado y valor. Efectivamente, Jesús le ha restituido su primitiva dignidad (Mt 19, 38), lo ha honrado (cf. Jn 2, 1-11) y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia (Ef 5, 32). Así los cónyuges cristianos, en el ejercicio del mutuo amor, cumpliendo sus específicos deberes y tendiendo a la santidad que les es propia, marchan juntos hacia la patria celestial. Cristo, mediador de un testamento mas excelente (Heb 8, 6), ha abierto también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (1Cor 7, 33-35), manifiesta de modo más claro y completo la realidad, profundamente innovadora, del Nuevo Testamento.

Virginidad y sacerdocio en Cristo mediador

21. Cristo, Hijo único del Padre, en virtud de su misma encarnación, ha sido constituido mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre [7].

El celibato por el reino de los cielos

22. Jesús, que escogió los primeros ministros de la salvación y quiso que entrasen en la inteligencia de los misterios del reino de los cielos (Mt 13, 11; Mc 4, 11; Lc 8, 10), cooperadores de Dios con título especialísimo, embajadores suyos (2Cor 5, 20), y les llamó amigos y hermanos (Jn 15, 15; 20, 17), por los cuales se consagró a sí mismo, a fin de que fuesen consagrados en la verdad (Jn 17, 19), prometió una recompensa superabundante a todo el que hubiera abandonado casa, familia, mujer e hijos por el reino de Dios (Lc 18, 29-30). Más aún, recomendó también [8], con palabras cargadas de misterio y de expectación, una consagración todavía más perfecta al reino de los cielos por medio de la virginidad, como consecuencia de un don especial (Mt 19, 11-12). La respuesta a este divino carisma tiene como motivo el reino de los cielos (Ibíd.. v. 12); e igualmente de este reino, del evangelio (Mc 20, 29-30) y del nombre de Cristo (Mt 19,29) toman su motivo las invitaciones de Jesús a las arduas renuncias apostólicas, para una participación más íntima en su suerte.

Testimonio de Cristo

23. Es, pues, el misterio de la novedad de Cristo, de todo lo que él es y significa; es la suma de los más altos ideales del evangelio, y del reino; es una especial manifestación de la gracia que brota del misterio pascual del redentor, lo que hace deseable y digna la elección de la virginidad, por parte de los llamados por el Señor Jesús, con la intención no solamente de participar de su oficio sacerdotal, sino también de compartir con él su mismo estado de vida.

Plenitud de amor

24. La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Jn 15, 13; 3, 16); ella se cubre de misterio en el particular amor por las almas, a las cuales él ha hecho sentir sus llamadas más comprometedoras (cf. Mc 1, 21). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia «como señal y estímulo de caridad» [9]; señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos. Quién jamás puede ver en una vida entregada tan enteramente y por las razones que hemos expuesto, señales de pobreza espiritual, de egoísmo, mientras que por el contrario es, y debe ser, un raro y por demás significativo ejemplo de vida, que tiene como motor y fuerza el amor, en el que el hombre expresa su exclusiva grandeza? Quién jamás podrá dudar de la plenitud moral y espiritual de una vida de tal manera consagrada, no ya a un ideal aunque sea el más sublime, sino a Cristo y a su obra en favor de una humanidad nueva, en todos los lugares y en todos los tiempos?

Invitación al estudio

25. Esta perspectiva bíblica y teológica, que asocia nuestro sacerdocio ministerial al de Cristo, y que de la total y exclusiva entrega de Cristo a su misión salvífica saca el ejemplo y la razón de nuestra asimilación a la forma de caridad y de sacrificio, propia de Cristo redentor, nos parece tan fecunda y tan llena de verdades especulativas y prácticas, que os invitamos a vosotros, venerables hermanos, invitamos a los estudiosos de la doctrina cristiana y a los maestros de espíritu y a todos los sacerdotes capaces de las intuiciones sobrenaturales sobre su vocación, a perseverar en el estudio de estas perspectivas y penetrar en sus íntimas y fecundas realidades, de suerte que el vínculo entre el sacerdocio y el celibato aparezca cada vez mejor en su lógica luminosa y heroica, de amor único e ilimitado hacia Cristo Señor y hacia su Iglesia.

B. DIMENSIÓN ECLESIOLÓGICA

El celibato y el amor de Cristo y del sacerdote por la Iglesia

26. «Apresado por Cristo Jesús» (Fil 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada (cf. Ef 5, 26-27).

Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión, por la cual los hijos de Dios no son engendrados ni por la carne, ni por la sangre (Jn 1, 13)[10].

Unidad y armonía en la vida sacerdotal: el ministerio de la palabra

27. El sacerdote, dedicándose al servicio del Señor Jesús y de su cuerpo místico en completa libertad más facilitada gracias a su total ofrecimiento, realiza más plenamente la unidad y la armonía de su vida sacerdotal [11]. Crece en él la idoneidad para oír la palabra de Dios y para la oración. De hecho, la palabra de Dios, custodiada por la Iglesia, suscita en el sacerdote que diariamente la medita, la vive y la anuncia a los fieles, los ecos más vibrantes y profundos.

El oficio divino y la oración

28. Así, dedicado total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la Iglesia, como Cristo (cf. Lc 2, 49; 1Cor 7,. 32-33), su ministro, a imitación del sumo sacerdote, siempre vivo en la presencia de Dios para interceder en favor nuestro (Heb 9, 24; 7, 25), recibe, del atento y devoto rezo del oficio divino, con el que él presta su voz a la Iglesia que ora juntamente con su esposo [12], alegría e impulso incesantes, y experimenta la necesidad de prolongar su asiduidad en la oración, que es una función exquisitamente sacerdotal (Hch 6, 2).

El ministerio de la gracia y de la eucaristía

29. Y todo el resto de la vida del sacerdote adquiere mayor plenitud de significado y de eficacia santificadora. Su especial empeño en la propia santificación encuentra efectivamente nuevos incentivos en el ministerio de la gracia y en el ministerio de la eucaristía, en la que se encierra todo el bien de la Iglesia [13] actuando en persona de Cristo, el sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera, que lleva las señales del holocausto.

Vida plenísima y fecunda

30. ¿Qué otras consideraciones más podríamos hacer sobre el aumento de capacidad, de servicio, de amor, de sacrificio del sacerdote por todo el pueblo de Dios? Cristo ha dicho de sí: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto» (Jn 12, 24). Y el apóstol Pablo no dudaba en exponerse a morir cada día, para poseer en sus fieles una gloria en Cristo Jesús (cf. 1Cor 14, 31). Así el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallar la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios.

El sacerdote célibe en la comunidad de los fieles

31. En medio de la comunidad de los fieles, confiados a sus cuidados, el sacerdote es Cristo presente; de ahí la suma conveniencia de que en todo reproduzca su imagen y en particular de que siga su ejemplo, en su vida íntima lo mismo que en su vida de ministerio. Para sus hijos en Cristo el sacerdote es signo y prenda de las sublimes y nuevas realidades del reino de Dios, del que es dispensador, poseyéndolas por su parte en el grado más perfecto y alimentando la fe y la esperanza de todos los cristianos, que en cuanto tales están obligados a la observancia de la castidad, según el propio estado.

Eficacia pastoral del celibato

32. La consagración a Cristo, en virtud de un título nuevo y excelso cual es el celibato, permite además al sacerdote, como es evidente también en el campo práctico, la mayor eficiencia y la mejor actitud psicológica y afectiva para el ejercicio continuo de la caridad perfecta, que le permitirá, de manera más amplia y concreta, darse todo para utilidad de todos (2Cor 12, 15) [14] y le garantiza claramente una mayor libertad y disponibilidad en el ministerio pastoral [15], en su activa y amorosa presencia en medio del mundo al que Cristo lo ha enviado (Jn 17, 18), a, fin de que pague enteramente a todos los hijos de Dios la deuda que se les debe (Rom 1, 14).

C. DIMENSIÓN ESCATOLÓGICA

El anhelo del pueblo de Dios por el reino celestial

33. El reino de Dios que no es de este mundo (Jn 18, 36), está aquí en la tierra presente en misterio y llegará a su perfección con la venida gloriosa del Señor Jesús [16]. De este reino la Iglesia forma aquí abajo como el germen y el principio; y mientras que va creciendo lenta, pero seguramente, siente el anhelo de aquel reino perfecto y desea, con todas sus fuerzas, unirse a su rey en la gloria [17].

En la historia, el Pueblo de Dios, peregrino, está en camino hacia su verdadera patria (Fil 3, 20) donde se manifestará en toda su plenitud la filiación divina de los redimidos (1Jn 3, 2) y donde resplandecerá definitivamente la belleza transfigurada de la Esposa del Cordero divino [18].

El celibato como signo de los bienes celestiales

34. Nuestro Señor y Maestro ha dicho que «en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo» (Mt 22, 30). En el mundo de los hombres, ocupados en gran número en los cuidados terrenales y dominados con gran frecuencia por los deseos de la carne (cf. 1Jn 2, 16), el precioso don divino de la perfecta continencia por el reino de los cielos constituye precisamente «un signo particular de los bienes celestiales» [19], anuncia la presencia sobre la tierra de los últimos tiempos de la salvación (cf. 1Cor 7, 29-31) con el advenimiento de un mundo nuevo, y anticipa de alguna manera la consumación del reino, afirmando sus valores supremos, que un día brillarán en todos los hijos de Dios. Por eso, es un testimonio de la necesaria tensión del Pueblo de Dios hacia la meta última de su peregrinación terrenal y un estímulo para todos a alzar la mirada a las cosas que están allá arriba, en donde Cristo está sentado a la diestra del Padre y donde nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, hasta que se manifieste en la gloria (Col 3, 1-4).

2. EL CELIBATO EN LA VIDA DE LA IGLESIA

En la antigüedad

35. El estudio de los documentos históricos sobre el celibato eclesiástico sería demasiado largo, pero muy instructivo. Baste la siguiente indicación: en la antigüedad cristiana los padres y los escritores eclesiásticos dan testimonio de la difusión, tanto en oriente como en occidente, de la práctica libre del celibato en los sagrados ministros [20], por su gran conveniencia con su total dedicación al servicio de Dios y de su Iglesia.

La Iglesia de Occidente

36. La Iglesia de Occidente, desde los principios del siglo IV, mediante la intervención de varios concilios provinciales y de los sumos pontífices, corroboró, extendió y sancionó esta práctica [21]. Fueron sobre todo los supremos pastores y maestros de la Iglesia de Dios, custodios e intérpretes del patrimonio de la fe y de las santas costumbres cristianas, los que promovieron, defendieron y restauraron el celibato eclesiástico, en las sucesivas épocas de la historia, aun cuando se manifestaban oposiciones en el mismo clero y las costumbres de una sociedad en decadencia no favorecían ciertamente los heroísmos de la virtud. La obligación del celibato fue además solemnemente sancionada por el sagrado Concilio ecuménico Tridentino [22] e incluida finalmente en el Código de Derecho Canónico (can. 132,1) [nuevo can. 277].

El magisterio pontificio más reciente

37. Los sumos pontífices más cercanos a nosotros desplegaron su ardentísimo celo y su doctrina para iluminar y estimular al clero a esta observancia [23] y no querernos dejar de rendir un homenaje especial a la piadosísima memoria de nuestro inmediato predecesor, todavía vivo en el corazón del mundo, el cual, en el Sínodo romano pronunció, entre la sincera aprobación de nuestro clero de la urbe, las palabras siguientes: «Nos llega al corazón el que… alguno pueda fantasear sobre la voluntad o la conveniencia para la Iglesia católica de renunciar a lo que, durante siglos y siglos, fue y sigue siendo una de las glorias más nobles y más puras de su sacerdocio. La ley del celibato eclesiástico, y el cuidado de mantenerla, queda siempre como una evocación de las batallas de los tiempos heroicos, cuando la Iglesia de Dios tenía que combatir, y salió victoriosa, por el éxito de su trinomio glorioso, que es siempre símbolo de victoria: Iglesia de Cristo libre, casta y católica» [24]

La Iglesia de Oriente

38. Si es diversa la legislación de la Iglesia de Oriente en materia de disciplina del celibato en el clero, como fue finalmente establecida por el Concilio Trullano desde el año 692 [25], y como ha sido abiertamente reconocido por el Concilio Vaticano II [26], esto es debido también a una diversa situación histórica de aquella parte nobilísima de la Iglesia, situación a la que el Espíritu Santo ha acomodado su influjo providencial y sobrenaturalmente.

Aprovechamos esta ocasión para expresar nuestra estima y nuestro respeto a todo el clero de las Iglesias orientales y para reconocer en él ejemplos de fidelidad y de celo que lo hacen digno de sincera veneración.

La voz de los Padres orientales

39. Pero nos es también motivo de aliento para perseverar en la observancia de la disciplina en relación al celibato del clero, la apología que los padres orientales nos han dejado sobre la virginidad. Resuena en nuestro corazón, por ejemplo, la voz de san Gregorio Niseno, que nos recuerda que «la vida virginal es la imagen de la felicidad que nos espera en el mundo futuro» [27], y no menos nos conforta el encomio del sacerdocio, que seguimos meditando, de san Juan Crisóstomo, ordenado a ilustrar la necesaria armonía que debe reinar entre la vida privada del ministro del altar y la dignidad de la que está revestido, en orden a sus sagradas funciones: «a quien se acerca al sacerdocio, le conviene ser puro como si estuviera en el cielo» [28].

Significativas indicaciones en la tradición oriental

40. Por lo demás no es inútil observar que también en el oriente solamente los sacerdotes célibes son ordenados obispos y los sacerdotes mismos no pueden contraer matrimonio después de la ordenación sacerdotal; lo que deja entender que también aquellas venerables Iglesias poseen en cierta medida el principio del sacerdocio celibatario y el de una cierta conveniencia entre el celibato y el sacerdocio cristiano, del cual los obispos poseen el ápice y la plenitud [29].

La fidelidad de la Iglesia de Occidente a su propia tradición

41. En todo caso, la Iglesia de Occidente no puede faltar en su fidelidad a la propia y antigua tradición, y no cabe pensar que durante siglos haya seguido un camino que, en vez de favorecer la riqueza espiritual de cada una de las almas y del Pueblo de Dios, la haya en cierto modo comprometido; o que, con arbitrarias intervenciones jurídicas, haya reprimido la libre expansión de las más profundas realidades de la naturaleza y de la gracia.

Casos especiales

42. En virtud de la norma fundamental del gobierno de la Iglesia Católica, a la que arriba hemos aludido (n. 15), de la misma manera que por una parte queda confirmada la ley que requiere la elección libre y perpetua del celibato en aquellos que son admitidos a las sagradas órdenes, se podrá por otra permitir el estudio de las particulares condiciones de los ministros sagrados casados, pertenecientes a Iglesias o comunidades cristianas todavía separadas de la comunión católica, quienes, deseando dar su adhesión a la plenitud de esta comunión y ejercitar en ella su sagrado ministerio, fuesen admitidos a las funciones sacerdotales; pero en condiciones que no causen perjuicio a la disciplina vigente sobre el sagrado celibato.

Y que la autoridad de la Iglesia no rehúye el ejercicio de esta potestad lo demuestra la posibilidad, propuesta por el reciente concilio ecuménico, de conferir el sacro diaconado incluso a hombres de edad madura, que viven en el matrimonio [30].

Confirmación

43. Pero todo esto no significa relajación de la ley vigente y no debe interpretarse como un preludio de su abolición. Y más bien que condescender con esta hipótesis, que debilita en las almas el vigor y el amor que hace seguro y feliz el celibato, y oscurece la verdadera doctrina que justifica su existencia y glorifica su esplendor, promuévase el estudio en defensa del concepto espiritual y del valor moral de la virginidad y del celibato [31].

Don que Dios dará si se le pide

44. La sagrada virginidad es un don especial, pero la Iglesia entera de nuestro tiempo, representada solemne y universalmente por sus pastores responsables, y respetando siempre, como ya hemos dicho, la disciplina de las Iglesias Orientales, ha manifestado su plena certeza en el Espíritu de “que el don del celibato, tan congruente con el sacerdocio del Nuevo Testamento, lo otorgará generosamente el Padre, con tal de que los que por el sacramento del orden participan del sacerdocio de Cristo, más aún toda la Iglesia, lo pidan con humildad e insistencia [32]

La oración del Pueblo de Dios

45. Y hacemos en espíritu un llamamiento a todo el Pueblo de Dios, para que, cumpliendo con su deber de procurar el incremento de las vocaciones sacerdotales [33], suplique instantemente al Padre de todos, al esposo divino de la Iglesia y al Espíritu Santo, que es su alma, para que, por intercesión de la Bienaventurada Virgen y Madre de Cristo y de la Iglesia, comunique especialmente en nuestro tiempo este don divino, del cual el Padre ciertamente no es avaro, y para que las almas se dispongan a él con espíritu de profunda fe y de generoso amor.

Así, en nuestro mundo, que tiene necesidad de la gloria de Dios (cf. Rom 3, 23), los sacerdotes, configurados cada vez más perfectamente con el sacerdote único y sumo, sean gloria refulgente de Cristo (2Cor 8, 23) y por su medio sea magnificada «la gloria de la gracia» de Dios en el mundo de hoy (cf. Ef 1, 6).

El mundo de hoy y el celibato sacerdotal

46. Sí, venerables y carísimos hermanos en el sacerdocio, a quienes amamos «en el corazón de Jesucristo» (Fil 1, 8); precisamente el mundo en que hoy vivimos, atormentado por una crisis de crecimiento y de transformación, justamente orgulloso de los valores humanos y de las humanas conquistas, tiene urgente necesidad del testimonio de vidas consagradas a los más altos y sagrados valores del alma, a fin de que a este tiempo nuestro no le falte la rara e incomparable luz de las más sublimes conquistas del espíritu.

La escasez numérica de los sacerdotes

47. Nuestro Señor Jesucristo no vaciló en confiar a un puñado de hombres, que cualquiera hubiera juzgado insuficientes por número y calidad, la misión formidable de la evangelización del mundo entonces conocido; y a este «pequeño rebaño» le advirtió que no se desalentase (Lc 12, 32), porque con Él y por Él, gracias a su constante asistencia (Mt 28, 20), conseguirían la victoria sobre el mundo (Jn 16, 33). Jesús nos ha enseñado también que el reino de Dios tiene una fuerza íntima y secreta, que le permite crecer y llegar a madurar sin que el hombre lo sepa (Mc 4, 26-29). La mies del reino de los cielos es mucha y los obreros, hoy lo mismo que al principio, son pocos; ni han llegado jamás a un número tal que el juicio humano lo haya podido considerar suficiente. Pero el Señor del reino exige que se pida, para que el dueño de la mies mande los obreros a su campo (Mt 9, 37-38). Los consejos y la prudencia de los hombres no pueden estar por encima de la misteriosa sabiduría de aquel que en la historia de la salvación ha desafiado la sabiduría y el poder de los hombres, con su locura y su debilidad (1Cor 1, 20-31).

El arrojo de la fe

48. Hacemos un llamamiento al arrojo de la fe para expresar la profunda convicción de la Iglesia, según la cual una respuesta más comprometedora y generosa a la gracia, una confianza más explícita y cualificada en su potencia misteriosa y arrolladora, un testimonio más abierto y completo del misterio de Cristo, nunca la harán fracasar, a pesar de los cálculos humanos y de las apariencias exteriores, en su misión de salvar al mundo entero. Cada uno debe saber que lo puede todo en aquel que es el único que da la fuerza a las almas (Fil 4, 13) y el incremento a su Iglesia (1Cor 3, 6-7).

La raíz del problema

49. No se puede asentir fácilmente a la idea de que con la abolición del celibato eclesiástico, crecerían por el mero hecho, y de modo considerable, las vocaciones sagradas: la experiencia contemporánea de la Iglesia y de las comunidades eclesiales que permiten el matrimonio a sus ministros, parece testificar lo contrario. La causa de la disminución de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra parte, principalmente, por ejemplo, en la pérdida o en la atenuación del sentido de Dios y de lo sagrado en los individuos y en las familias, de la estima de la Iglesia como institución salvadora mediante, la fe y los sacramentos; por lo cual, el problema hay que estudiarlo en su verdadera raíz.

3. EL CELIBATO Y LOS VALORES HUMANOS

Renunciar al matrimonio por amor

50. La Iglesia, como más arriba decíamos (cf. n. 10), no ignora que la elección del sagrado celibato, al comprender una serie de severas renuncias que tocan al hombre en lo íntimo, lleva también consigo graves dificultades y problemas, a los que son especialmente sensibles los hombres de hoy. Efectivamente, podría parecer que el celibato no va de acuerdo con el solemne reconocimiento de los valores humanos, hecho por parte de la Iglesia en el reciente concilio; pero una consideración más atenta hace ver que el sacrificio del amor humano, tal corno es vivido en la familia, realizado por el sacerdote por amor de Cristo, es en realidad un homenaje rendido a aquel amor. Todo el mundo reconoce en realidad que la criatura humana ha ofrecido siempre a Dios lo que es digno del que da y del que recibe

El celibato, don de la gracia

51. Por otra parte, la Iglesia no puede y no debe ignorar que la elección del celibato, si se la hace con humana y cristiana prudencia y con responsabilidad, está presidida por la gracia, la cual no destruye la naturaleza, ni le hace violencia, sino que la eleva y le da capacidad y vigor sobrenaturales. Dios, que ha creado al hombre y lo ha redimido, sabe lo que le puede pedir y le da todo lo que es necesario a fin de que pueda realizar todo lo que su creador y redentor le pide. San Agustín, que había amplía y dolorosamente experimentado en sí mismo la naturaleza del hombre, exclamaba: «Da lo que mandes y manda lo que quieras« [34]

Dificultades superables

52. El conocimiento leal de las dificultades reales del celibato es muy útil, más aún, necesario, para que con plena conciencia se dé cuenta perfecta de lo que su celibato pide para ser auténtico y benéfico; pero con la misma lealtad no se debe atribuir a aquellas dificultades un valor y un peso mayor del que efectivamente tienen en el contexto humano y religioso, o declararlas de imposible solución.

El celibato no contraría la naturaleza

53. No es justo repetir todavía (cf. n. 10), después de lo que la ciencia ha demostrado va, que el celibato es contra la naturaleza, por contrariar a exigencias físicas, psicológicas y afectivas legítimas, cuya realización sería necesaria para completar y madurar la personalidad humana: el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26-27), no es solamente carne, ni el instinto sexual lo es en él todo; el hombre es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; gracias a estas facultades es y debe tenerse como superior al universo; ellas le hacen dominador de los propios apetitos físicos, psicológicos y afectivos.

Mayor vinculación a Cristo y a la Iglesia

54. El motivo verdadero y profundo del sagrado celibato es, como ya hemos dicho, la elección de una relación personal más íntima y completa con el misterio de Cristo y de la Iglesia, a beneficio de toda la humanidad; en esta elección no hay duda de que aquellos supremos valores humanos tienen modo de manifestarse en máximo grado.

El celibato y la elevación del hombre

55. La elección del celibato no implica la ignorancia o desprecio del instinto sexual y de la afectividad, lo cual traería ciertamente consecuencias dañosas para el equilibrio físico o psicológico, sino que exige lúcida comprensión, atento dominio de sí mismo y sabia sublimación de la propia psiquis a un plano superior. De este modo, el celibato, elevando integralmente al hombre, contribuye efectivamente a su perfección.

El celibato y la maduración de la personalidad

56. El deseo natural y legítimo del hombre de amar a una mujer y de formarse una familia son, ciertamente, superados en el celibato; pero no se prueba que el matrimonio y la familia sean la única vía para la maduración integral de la persona humana. En el corazón del sacerdote no se ha apagado el amor. La caridad, bebida en su más puro manantial (cf. 1Jn 4, 8-16), ejercitada a imitación de Dios y de Cristo, no menos que cualquier auténtico amor, es exigente y concreta (cf. 1Jn 3, 16-18), ensancha hasta el infinito el horizonte del sacerdote, hace más profundo amplio su sentido de responsabilidad -índice de personalidad madura, educa en él, como expresión de una más alta y vasta paternidad, una plenitud y delicadeza de sentimientos [35], que lo enriquecen en medida superabundante.

El celibato y el matrimonio

57. Todo el Pueblo de Dios debe dar testimonio al misterio de Cristo y de su reino, pero este testimonio no es el mismo para todos. Dejando a sus hijos seglares casados la función del necesario testimonio de una vida conyugal y familiar auténtica y plenamente cristiana, la Iglesia confía a sus sacerdotes el testimonio de una vida totalmente dedicada a las más nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios.

Si al sacerdote le viene a faltar una experiencia personal y directa de la vida matrimonial, no le faltará ciertamente, a causa de su misma formación, de su ministerio y por la gracia de su estado, un conocimiento acaso más profundo todavía del corazón humano, que le permitirá penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser así de valiosa ayuda, con el consejo y con la asistencia, para los cónyuges y para las familias cristianas (cf. 1Cor 2, 15). La presencia, junto al hogar cristiano, del sacerdote que vive en plenitud su propio celibato, subrayará la dimensión espiritual de todo amor digno de este nombre, y su personal sacrificio merecerá a los fieles unidos por el sagrado vínculo del matrimonio las gracias de una auténtica unión.

La soledad del sacerdote célibe

58. Es cierto; por su celibato el sacerdote es un hombre solo; pero su soledad no es el vacío, porque está llena de Dios y de la exuberante riqueza de su reino. Además, para esta soledad, que debe ser plenitud interior y exterior de caridad, él se ha preparado, se la ha escogido conscientemente, y no por el orgullo de ser diferente de los demás, no por sustraerse a las responsabilidades comunes, no por desentenderse de sus hermanos o por desestima del mundo. Segregado del, mundo, el sacerdote no está separado del pueblo de Dios, porque ha sido constituido para provecho de los hombres (Heb 5, 1), consagrado enteramente a la caridad (cf. 1Cor 14, 4 s.) y al trabajo para el cual le ha asumido el Señor [36].

Cristo y la soledad sacerdotal

59. A veces la soledad pesará dolorosamente sobre el sacerdote, pero no por eso se arrepentirá de haberla escogido generosamente. También Cristo, en las horas más trágicas de su vida, se quedó solo, abandonado por los mismos que él había escogido como testigos y compañeros de su vida, y que había amado hasta el fin (Jn 13, 1); pero declaró: «Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16, 32). El que ha escogido ser todo de Cristo hallará ante todo en la intimidad con él y en su gracia la fuerza de espíritu necesaria para disipar la melancolía y para vencer los desalientos; no le faltará la protección de la Virgen, Madre de Jesús, los maternales cuidados de la Iglesia a cuyo servicio se ha consagrado; no le faltará la solicitud de su padre en Cristo, el obispo, no le faltará tampoco la fraterna intimidad de sus hermanos en el sacerdocio y el aliento de todo el pueblo de Dios. Y si la hostilidad, la desconfianza, la indiferencia de los hombres hiciesen a veces no poco amarga su soledad, él sabrá que de este modo comparte, con dramática evidencia, la misma suerte de Cristo, como un apóstol, que no es más que aquel que lo ha enviado (cf. Jn 13, 16; 15, 18), como un amigo admitido a los secretos más dolorosos y gloriosos del divino amigo, que lo ha escogido, para que con una vida aparentemente de muerte, lleve frutos misteriosos de vida eterna (cf. Jn 15-16, 20).

II ASPECTOS PASTORALES

1.LA FORMACIÓN SACERDOTAL

Una formación adecuada

60. La reflexión sobre la belleza, importancia e íntima conveniencia de la sagrada virginidad para los ministros de Cristo y de la Iglesia impone también al que en ésta es maestro y pastor el deber de asegurar y promover su positiva observancia, a partir del momento en que comienza la preparación para recibir un don tan precioso.

De hecho, la dificultad y los problemas que hacen a algunos penosa, o incluso imposible la observancia del celibato, derivan no raras veces de una formación sacerdotal que, por los profundos cambios de estos últimos tiempos, ya no resulta del todo adecuada para formar una personalidad digna de un hombre de Dios (1Tim 6, 11).

La ejecución de las normas del concilio

61. El Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II ha indicado ya a tal propósito criterios y normas sapientísimas, de acuerdo con el progreso de la psicología y de la pedagogía y con las nuevas condiciones de los hombres y de la sociedad contemporánea [37]. Nuestra voluntad es que se den cuanto antes instrucciones apropiadas, en las cuales el tema sea tratado con la necesaria amplitud, con la colaboración de personas expertas, para proporcionar un competente y oportuno auxilio a los que tienen en la Iglesia el gravísimo oficio de preparar a los futuros sacerdotes.

Respuesta personal a la vocación divina

62. El sacerdocio es un ministerio instituido por Cristo para servicio de su cuerpo místico que es la Iglesia, a cuya autoridad, por consiguiente, toca admitir en él a los que ella juzga aptos, es decir, a aquéllos a los que Dios ha concedido, juntamente con las otras señales de la vocación eclesiástica, también el carisma del sagrado celibato (cf. n. 15).

En virtud dé este carisma, corroborado por la ley canónica, el hombre está llamado a responder con libre, decisión y entrega total, subordinando el propio yo al beneplácito de Dios que lo llama. En concreto, la vocación divina se manifiesta en individuos determinados, en posesión de una estructura personal propia, a la que la gracia no suele hacer violencia. Por tanto, en el candidato al sacerdocio se debe cultivar el sentido de la receptividad del don divino y de la disponibilidad delante de Dios, dando esencial importancia a los medios sobrenaturales.

El proceso de la naturaleza y el proceso de la gracia

63. Pero es también necesario que se tenga exactamente cuenta de su estado biológico para poderlo guiar y orientar hacia el ideal del sacerdocio. Una formación verdaderamente adecuada debe por tanto coordinar armoniosamente el plano de la gracia y el plano de la naturaleza en sujetos cuyas condiciones reales y efectiva capacidad sean conocidas con claridad. Sus reales condiciones deberán ser comprobadas apenas se delineen las señales de la sagrada vocación con el cuidado más escrupuloso, sin fiarse de un apresurado y superficial juicio, sino recurriendo inclusive a la asistencia y ayuda de un médico o de un psicólogo competente. No se deberá omitir una seria investigación anamnésica para comprobar la idoneidad del sujeto aun sobre esta importantísima línea de los factores hereditarios.

Los no aptos

64. Los sujetos que se descubran física y psíquica o moralmente ineptos, deben ser inmediatamente apartados del camino del sacerdocio: sepan los educadores que éste es para ellos un gravísimo deber; no se abandonen a falaces esperanzas ni a peligrosas ilusiones y no permitan en modo alguno que el candidato las nutra, con resultados dañosos para él y para la Iglesia. Una vida tan total y delicadamente comprometida interna y externamente, como es la del sacerdocio célibe, excluye, de hecho, a los sujetos de insuficiente equilibrio psicofísico y moral, y no se debe pretender que la gracia supla en esto a la naturaleza.

Desarrollo de la personalidad

65. Una vez comprobada la idoneidad del sujeto, y después de haberlo recibido para recorrer el itinerario que lo conducirá a la meta del sacerdocio, se debe procurar el progresivo desarrollo de su personalidad, con la educación física, intelectual y moral ordenada al control y al dominio personal de los instintos, de los sentimientos y de las pasiones.

Necesidad de una disciplina

66. Esta educación se comprobará en la firmeza de ánimo con que se acepte una disciplina personal y comunitaria, cual es la que requiere la vida sacerdotal. Tal disciplina, cuya falta o insuficiencia es deplorable, porque expone a graves riesgos, no debe ser soportada sólo como una imposición desde fuera, sino, por así decirlo, interiorizada, integrada en el conjunto de la vida espiritual como un componente indispensable.

La iniciativa personal

67. El arte del educador deberá estimular a los jóvenes a la virtud sumamente evangélica de la sinceridad (cf. Mt 5, 37) y a la espontaneidad, favoreciendo toda buena iniciativa personal, a fin de que el sujeto mismo aprenda a conocerse y a valorarse, a asumir conscientemente las propias responsabilidades, a formarse en aquel dominio de sí que es de suma importancia en la educación sacerdotal.

El ejercicio de la autoridad

68. El ejercicio de la autoridad, cuyo principio debe en todo caso mantenerse firme, se inspirará en una sabia moderación, en sentimientos pastorales, y se desarrollará como en un coloquio y en un gradual entrenamiento, que consienta al educador una comprensión cada vez más profunda de la psicología del joven y dé a toda la obra educativa un carácter eminentemente positivo y persuasivo.

Una elección consciente

69. La formación integral del candidato al sacerdocio debe mirar a una serena, convencida y libre elección de los graves compromisos que habrá de asumir en su propia conciencia ante Dios y la Iglesia.

El ardor y la generosidad son cualidades admirables de la juventud, e iluminadas y promovidas con constancia, le merecen, con la bendición del Señor, la admiración y la confianza de la Iglesia y de todos los hombres. A los jóvenes no se les ha de esconder ninguna de las verdaderas dificultades personales y sociales que tendrán que afrontar con su elección, a fin de que su entusiasmo no sea superficial y fatuo; pero a una con las dificultades será justo poner de relieve, con no menor verdad y claridad, lo sublime de la elección, la cual, si por una parte provoca en la persona humana un cierto vacío físico y psíquico, por otra aporta una plenitud interior capaz de sublimarla desde lo más hondo.

Una ascesis para la maduración de la personalidad

70. Los jóvenes deberán convencerse que no pueden recorrer su difícil camino sin una ascesis particular, superior a la exigida a todos los otros fieles y propia de los aspirantes al sacerdocio. Una ascesis severa, pero no sofocante, que consista en un meditado y asiduo ejercicio de aquellas virtudes que hacen de un hombre un sacerdote: abnegación de sí mismo en el más alto grado — condición esencial para entregarse al seguimiento de Cristo (Mt 16, 24; Jn 12, 25)—; humildad y obediencia como expresión de verdad interior y de ordenada libertad; prudencia y justicia, fortaleza y templanza, virtudes sin las que no existir una vida religiosa verdadera y profunda; sentido de responsabilidad, de fidelidad y de lealtad en asumir los propios compromisos; armonía entre contemplación y acción; desprendimiento y espíritu de pobreza, que dan tono y vigor a la libertad evangélica; castidad como perseverante conquista, armonizada con todas las otras virtudes naturales y sobrenaturales; contacto sereno y seguro con el mundo, a cuyo servicio el candidato se consagrará por Cristo y por su reino.

De esta manera, el aspirante al sacerdocio conseguirá, con el auxilio de la gracia divina, una personalidad equilibrada, fuerte y madura, síntesis de elementos naturales y adquiridos, armonía de todas sus facultades a la luz de la fe y de la íntima unión con Cristo, que lo ha escogido para sí para el ministerio de la salvación del mundo.

Períodos de experimentación

71. Sin embargo, para juzgar con mayor certeza de a idoneidad de un joven al sacerdocio y para tener sucesivas pruebas de que ha alcanzado su madurez humana y sobrenatural, teniendo presente que es más difícil comportarse bien en la cura de las almas a causa de los peligros externos [38] será oportuno que el compromiso del sagrado celibato se observe durante períodos determinados de experimento, antes de convertirse en estable y definitivo con el presbiterado [39].

La elección del celibato como donación

72. Una vez obtenida la certeza moral de que la madurez del candidato ofrece suficientes garantías, estará él en situación de poder asumir la grave y suave obligación de la castidad sacerdotal, como donación total de sí al Señor y a su Iglesia.

De esta manera, la obligación del celibato que la Iglesia vincula objetivamente a la sagrada ordenación, la hace propia personalmente el mismo sujeto, bajo el influjo de la gracia divina y con plena conciencia y libertad, y como es obvio, no sin el consejo prudente y sabio de experimentados maestros del espíritu, aplicados no ya a imponer, sino a hacer más consciente la grande y libre opción; y en aquel solemne momento, que decidirá para siempre de toda su vida, el candidato sentirá no el peso de una imposición desde fuera, sino la íntima alegría de una elección hecha por amor de Cristo.

2. LA VIDA SACERDOTAL

Una conquista incesante

73. El sacerdote no debe creer que la ordenación se lo haga todo fácil y que lo ponga definitivamente a seguro contra toda tentación o peligro. La castidad no se adquiere de una vez para siempre, sino que es el resultado de una laboriosa conquista y de una afirmación cotidiana. El mundo de nuestro tiempo da gran realce al valor positivo del amor en la relación entre los sexos, pero ha multiplicado también las dificultades y los riesgos en este campo. Es necesario, por tanto, que el sacerdote, para salvaguardar con todo cuidado el bien de su castidad y para afirmar el sublime significado de la misma, considere con lucidez y serenidad su condición de hombre expuesto al combate espiritual contra las seducciones de la carne en sí mismo y en el mundo, con el propósito incesantemente renovado de perfeccionar cada vez más y cada vez mejor su irrevocable oblación, que la compromete a una plena, leal y verdadera fidelidad.

Los medios sobrenaturales

74. Nueva fuerza y nuevo gozo aportará al sacerdote de Cristo el profundizar cada día en la meditación y en la oración los motivos de su donación y la convicción de haber escogido la mejor parte. Implorará con humildad y perseverancia la gracia de la fidelidad, que nunca se niega a quien la pide con corazón sincero, recurriendo al mismo tiempo a los medios naturales y sobrenaturales de que dispone. No descuidará, sobre todo, aquellas normas ascéticas que garantiza la experiencia de la Iglesia, que en las circunstancias actuales no son menos necesarias que en otros tiempos [40].

Intensa vida espiritual

75. Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de aparecerle sin consistencia e incongruente.

La piedad sacerdotal, alimentada en la purísima fuente de la palabra de Dios y de la santísima eucaristía, vivida en el drama de la sagrada liturgia, animada de una tierna e iluminada devoción a la Virgen Madre del sumo eterno sacerdote y reina de los apóstoles  [41], lo pondrá en contacto con las fuentes de una auténtica vida espiritual, única que da solidísimo fundamento a la observancia de la sagrada virginidad.

El espíritu del ministerio sacerdotal

76. Con la gracia y la paz en el corazón, el sacerdote afrontará con magnanimidad las múltiples obligaciones de su vida y de su ministerio, encontrando en ellas, si las ejercita con fe y con celo, nuevas ocasiones de demostrar su total pertenencia a Cristo y a su Cuerpo místico por la santificación propia y de los demás. La caridad de Cristo que lo impulsa (2Cor 5, 14), le ayudará no a cohibir los mejores sentimientos de su ánimo, sino a volverlos más altos y sublimes en espíritu de consagración, a imitación de Cristo, el sumo Sacerdote que participó íntimamente en la vida de los hombres y los amó y sufrió por ellos (Heb 4, 15); a semejanza del apóstol Pablo, que participaba de las preocupaciones de todos (1Cor 9, 22; 2Cor 11, 29), para irradiar en el mundo la luz y la fuerza del evangelio de la gracia de Dios (Hch 20, 24).

Defensa de los peligros

77. Justamente celoso de la propia e íntegra donación al Señor, sepa el sacerdote defenderse de aquellas inclinaciones del sentimiento que ponen en juego una afectividad no suficientemente iluminada y guiada por el espíritu, y guárdese bien de buscar justificaciones espirituales y apostólicas a las que, en realidad, son peligrosas propensiones del corazón.

Ascética viril

78. La vida sacerdotal exige una intensidad espiritual genuina y segura para vivir del Espíritu y para conformarse al Espíritu (Gál 5, 25); una ascética interior exterior verdaderamente viril en quien, perteneciendo con especial título a Cristo, tiene en él y por él crucificada la carne con sus concupiscencias y apetitos (Gál 5, 24), no dudando por esto de afrontar duras largas pruebas (cf. 1Cor 9, 26-27). El ministro de Cristo podrá de este modo manifestar mejor al mundo los frutos del Espíritu, que son: «caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad» (Gál 5, 22-23).

La fraternidad sacerdotal

79. La castidad sacerdotal se incrementa, protege y defiende también con un género de vida, con un ambiente y con una actividad propias de un ministro de Dios; por lo que es necesario fomentar al máximo aquella «íntima fraternidad sacramental»  [42], de la que todos los sacerdotes gozan en virtud de la sagrada ordenación. Nuestro Señor Jesucristo enseñó la urgencia del mandamiento nuevo de la caridad y dio un admirable ejemplo de esta virtud cuando instituía el sacramento de la eucaristía y del sacerdocio católico (Jn 13, 15 y 34-35), y rogó al Padre celestial para que el amor con que el Padre lo amó desde siempre estuviese en sus ministros y él en ellos (Jn 17, 26).

Comunión de espíritu y de vida de los sacerdotes

80. Sea, por consiguiente, perfecta la comunión de espíritu entre los sacerdotes e intenso el intercambio de oraciones, de serena amistad y de ayudas de todo género. No se recomendará nunca bastante a los sacerdotes una cierta vida común entre ellos, toda enderezada al ministerio propiamente espiritual; la práctica de encuentros frecuentes con fraternal intercambio de ideas, de planes y de experiencias entre hermanos; el impulso a las asociaciones que favorecen la santidad sacerdotal.

Caridad con los hermanos en peligro

81. Reflexionen los sacerdotes sobre la amonestación del concilio  [43], que los exhorta a la común participación en el sacerdocio para que se sientan vivamente responsables respecto de los hermanos turbados por dificultades, que exponen a serio peligro el don divino que hay en ellos. Sientan el ardor de la caridad para con ellos, pues tienen más necesidad de amor, de comprensión, de oraciones, de ayudas discretas pero eficaces, y tienen un título para contar con la caridad sin límites de los que son y deben ser sus más verdaderos amigos.

Renovar la elección

82. Queríamos finalmente, como complemento y como recuerdo de nuestro coloquio epistolar con vosotros, venerables hermanos en el episcopado, y con vosotros, sacerdotes y ministros del altar, sugerir que cada uno de vosotros haga el propósito de renovar cada año, en el aniversario de su respectiva ordenación, o también todos juntos espiritualmente en el Jueves Santo, el día misterioso de la institución del sacerdocio, la entrega total y confiada a Nuestro Señor Jesucristo, de inflamar nuevamente de este modo en vosotros la conciencia de vuestra elección a su divino servicio, y de repetir al mismo tiempo, con humildad y ánimo, la promesa de vuestra indefectible fidelidad al único amor de él y a vuestra castísima oblación (cf. Rom 12, 1).

3. DOLOROSAS DESERCIONES

La verdadera responsabilidad

83. En este punto, nuestro corazón se vuelve con paterno amor, con gran estremecimiento y dolor hacia aquellos desgraciados, mas siempre amadísimos y queridísimos hermanos nuestros en el sacerdocio, que manteniendo impreso en su alma el sagrado carácter conferido en la ordenación sacerdotal, fueron o son desgraciadamente infieles a las obligaciones contraídas al tiempo de su consagración.

Su lamentable estado y las consecuencias privadas y públicas que de él se derivan mueven a algunos a pensar si no es precisamente el celibato propiamente responsable en algún modo de tales dramas y de los escándalos que por ellos sufre el Pueblo de Dios. En realidad, la responsabilidad recae no sobre el sagrado celibato en sí mismo, sino sobre una valoración a su tiempo no siempre suficiente y prudente de las cualidades del candidato al sacerdocio o sobre el modo con que los sagrados ministros viven su total consagración.

Motivos para las dispensas

84. La iglesia es sensibilísima a la triste suerte de estos sus hijos y tiene por necesario hacer toda clase de esfuerzos para prevenir o sanar las llagas que se le infieren con su defección. Siguiendo el ejemplo de nuestros inmediatos predecesores, también hemos querido y dispuesto que la investigación de las causas que se refieren a la ordenación sacerdotal se extienda a otros motivos gravísimos no previstos por la actual legislación canónica (cf. CIC can. 214) [nuevos cán. 290-291], que pueden dar lugar a fundadas y reales dudas sobre la plena libertad y responsabilidad del candidato al sacerdocio y sobre su idoneidad para el estado sacerdotal, con el fin de liberar de las cargas asumidas a cuantos un diligente proceso judicial demuestre efectivamente que no son aptos.

Justicia y caridad de la Iglesia

85. Las dispensas que eventualmente se vienen concediendo, en un porcentaje verdaderamente mínimo en comparación con el gran número de sacerdotes sanos y dignos, al mismo tiempo que proveen con justicia a la salud espiritual de los individuos, demuestran también la solicitud de la Iglesia por la tutela del sagrado celibato y la fidelidad integral de todos sus ministros. Al hacer esto, la Iglesia procede siempre con la amargura en el corazón, especialmente en los casos particularmente dolorosos en los que el negarse a rehusar llevar dignamente el yugo suave de Cristo se debe a crisis de fe, o a debilidades morales, por lo mismo frecuentemente responsables y escandalosas.

Llamamiento doloroso

86. Oh si supiesen estos sacerdotes cuánta pena, cuánto deshonor, cuánta turbación proporcionan a la santa Iglesia de Dios, si reflexionasen sobre la solemnidad y la belleza de los compromisos que asumieron, y sobre los peligros en que van a encontrarse en esta vida y en la futura, serían más cautos y más reflexivos en sus decisiones, más solícitos en la oración y más lógicos e intrépidos para prevenir las causas de su colapso espiritual y moral.

Solicitud hacia sacerdotes jóvenes

87. La madre Iglesia dirige particular interés hacía los casos de los sacerdotes todavía jóvenes que habían emprendido con entusiasmo y celo su vida de ministerio. ¿No les es quizá fácil hoy, en la tensión del deber sacerdotal, experimentar un momento de desconfianza, de duda, de pasión, de locura? Por esto, la Iglesia quiere que, especialmente en estos casos, se tienten todos los medios persuasivos, con el fin de inducir al hermano vacilante a la calma, a la confianza, al arrepentimiento, a la recuperación, y sólo cuando el caso ya no presenta solución alguna posible, se aparta al desgraciado ministro del ministerio a él confiado.

La concesión de las dispensas

88. Si se muestra irrecuperable para el sacerdocio, pero presenta todavía alguna disposición seria y buena para vivir cristianamente como seglar, la Sede Apostólica, estudiadas todas las circunstancias, de acuerdo con el ordinario o superior religioso, dejando que al dolor venza todavía el amor, concede a veces la dispensa pedida, no sin acompañarla con la imposición de obras de piedad y de reparación, a fin de que quede en el hijo desgraciado, mas siempre querido, un signo saludable del dolor maternal de la Iglesia y un recuerdo más vivo de la común necesidad de la divina misericordia.

Estímulo y aviso

89. Tal disciplina, severa y misericordiosa al mismo tiempo, inspirada siempre en justicia y en verdad, en suma prudencia y discreción, contribuirá sin duda a confirmar a los buenos sacerdotes en el propósito de una vida pura y santa y servirá de aviso a los aspirantes al sacerdocio, para que con la prudente guía de sus educadores, avancen hacia el altar con pleno conocimiento, con supremo desinterés, con arrojo de correspondencia a la gracia divina y a la voluntad de Cristo y de la Iglesia.

Consuelos

90. No queremos, por fin, dejar de agradecer con gozo profundo al Señor advirtiendo que no pocos de los que fueron desgraciadamente infieles por algún tiempo a su compromiso, habiendo recurrido con conmovedora buena voluntad a todos los medios idóneos, y principalmente a una intensa vida de, oración, de humildad, de esfuerzos perseverantes sostenidos con la asiduidad al sacramento de la penitencia, han vuelto a encontrar por gracia del sumo sacerdote la vía justa y han llegado a ser, para regocijo de todos, sus ejemplares ministros.

4. LA SOLICITUD DEL OBISPO

El obispo y sus sacerdotes

91. Nuestros queridísimos sacerdotes tienen el derecho y el deber de encontrar en vosotros, venerables hermanos en el episcopado, una ayuda insustituible y valiosísima para la observancia más fácil y feliz de los deberes contraídos. Vosotros los habéis recibido y destinado al sacerdocio, vosotros habéis impuesto las manos sobre sus cabezas, a vosotros os están unidos para el honor sacerdotal y en virtud del sacramento del orden, ellos os hacen presentes a vosotros en la comunidad de sus fieles, a vosotros os están unidos con ánimo confiado y grande, tomando sobre sí, según su grado, vuestros oficios y vuestra solicitud [44]. Al elegir el sagrado celibato, han seguido el ejemplo, vigente desde la antigüedad, de los obispos de Oriente y Occidente. Lo que constituye entre el obispo y el sacerdote un motivo nuevo de comunión y un factor propicio para vivirla más íntimamente.

Responsabilidad y caridad pastoral

92. Toda la ternura de Jesús por sus apóstoles se manifestó con toda evidencia cuando Él los hizo ministros de su cuerpo real y místico (cf. Jn 13-17); y también vosotros, en cuya persona «está presente en medio de los creyentes Nuestro Señor Jesucristo, pontífice sumo» [45], sabéis que lo mejor de vuestro corazón y de vuestras atenciones pastorales se lo debéis a los sacerdotes y a los jóvenes que se preparan para serlo [46]. Por ningún otro modo podéis vosotros manifestar mejor esta vuestra convicción que por la consciente responsabilidad, por la sinceridad e invencible caridad con la que dirigiréis la educación de los alumnos del santuario y ayudaréis con todos los medios a los sacerdotes a mantenerse fieles a su vocación y a sus deberes.

El corazón del obispo

93. La soledad humana del sacerdote, origen no último de desaliento y de tentaciones, sea atendida ante todo con vuestra fraterna y amigable presencia y acción [47] Antes de ser superiores y jueces, sed para vuestros sacerdotes maestros, padres, amigos y hermanos buenos y misericordiosos, prontos a comprender, a compadecer, a ayudar. Animad por todos los modos a vuestros sacerdotes a una amistad personal y a que se os abran confiadamente, que no suprima, sino que supere con la caridad pastoral el deber de obediencia jurídica, a fin de que la misma obediencia sea más voluntaria, leal y segura. Una devota amistad y una filial confianza con vosotros permitirá a los sacerdotes abriros sus almas a tiempo, confiaros sus dificultades en la certeza de poder disponer siempre de vuestro corazón para confiaros también las eventuales derrotas, sin el servil temor del castigo, sino en la espera filial de corrección, de perdón y de socorro, que les animará a emprender con nueva confianza su arduo camino.

Autoridad y paternidad

94. Todos vosotros, venerables hermanos, estáis ciertamente convencidos de que devolver a un ánimo sacerdotal el gozo y el entusiasmo por la propia vocación, la paz interior y la salvación, es un ministerio urgente y glorioso que tiene un influjo incalculable en una multitud de almas. Si en un cierto momento os veis constreñidos a recurrir a vuestra autoridad y a una justa severidad con los pocos que, después de haber resistido a vuestro corazón, causan con su conducta escándalo al pueblo de Dios, al tomar las necesarias medidas procurad poneros delante todo su arrepentimiento. A imitación de Nuestro Señor Jesucristo, pastor y obispo de nuestras almas (1Pe 2, 25), no quebréis la caña cascada, ni apaguéis la mecha humeante (Mt 12, 20); sanad como Jesús las llagas (cf. Mt 9, 12), salvad lo que estaba perdido (cf. Mt 18, 11), id con ansia y amor en busca de la oveja descarriada para traerla de nuevo al calor del redil (cf. Lc 15, 4 s.) e intentad como Él, hasta el fin (cf. Lc 22, 48), el reclamo al amigo infiel.

Magisterio y vigilancia

95. Estamos seguros, venerables hermanos, de que no dejaréis de tentar nada por cultivar asiduamente en vuestro clero, con vuestra doctrina y prudencia, con vuestro fervor pastoral, el ideal sagrado del celibato; y que no perderéis jamás de vista a los sacerdotes que han abandonado la casa de Dios, que es su verdadera casa, sea cual sea el éxito de su dolorosa aventura, porque ellos siguen siendo por siempre hijos vuestros.

5. LA AYUDA DE LOS FIELES

Responsabilidad de todo el Pueblo de Dios

96. La virtud sacerdotal es un bien de la Iglesia entera; es una riqueza y gloria no humana, que redunda en edificación y beneficio de todo el pueblo de Dios. Por eso, queremos dirigir nuestra afectuosa y apremiante exhortación a todos los fieles, nuestros hijos en Cristo, a fin de que se sientan responsables también ellos de la virtud de sus hermanos, que han tomado la misión de servirles en el sacerdocio para su salvación. Pidan y trabajen por las vocaciones sacerdotales y ayuden a los sacerdotes con devoción con amor filial, con dócil colaboración, con afectuosa intención de ofrecerles el aliento de una alegre correspondencia a sus cuidados pastorales. Animen a estos sus padres en Cristo a superar las dificultades de todo género que encuentran para cumplir sus deberes con plena fidelidad, para edificación del mundo. Cultiven con espíritu de fe y de caridad cristiana un profundo respeto y una delicada reserva respecto al sacerdote, de modo particular de su condición de hombre enteramente consagrado a Cristo y a su Iglesia.

Invitación a los seglares

97. Nuestra invitación se dirige en particular a aquellos seglares que buscan más asidua e intensamente a Dios y tienden a la perfección cristiana en la vida seglar. Estos podrán con su devota y cordial amistad ser una gran ayuda a los sagrados ministros. Los laicos, en efecto, integrados en el orden temporal y al mismo tiempo empeñados en una correspondencia más generosa y perfecta a la vocación bautismal, están en condiciones, en algunos casos, de iluminar y confortar al sacerdote, que, en el ministerio de Cristo de la Iglesia, podría recibir daño en la integridad de su vocación de ciertas situaciones y de cierto turbio espíritu del mundo. De este modo, todo el Pueblo de Dios honrará a Nuestro Señor Jesucristo en los que le representan y de los que Él dijo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado» (Mt 10, 40), prometiendo cierta recompensa al que ejercite la caridad de alguna manera con sus enviados (Ibíd., v. 42).

CONCLUSIÓN

La intercesión de María

98. Venerables hermanos nuestros, pastores del rebaño de Dios que está debajo de todos los cielos, y amadísimos sacerdotes hermanos e hijos nuestros: estando para concluir esta carta que os dirigimos con el ánimo abierto a toda la caridad de Cristo, os invitamos a volver con renovada confianza y con filial esperanza la mirada y el corazón a la dulcísima Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, para invocar sobre el sacerdocio católico su maternal y poderosa intercesión. El Pueblo de Dios admira y venera en ella la figura y el modelo de la Iglesia de Cristo en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con él. María Virgen y Madre obtenga a la Iglesia, a la que también saludamos como virgen y madre [48], el que se gloríe humildemente y siempre de la fidelidad de sus sacerdotes al don sublime de la sagrada virginidad, y el que vea cómo florece y se aprecia en una medida siempre mayor en todos los ambientes, a fin de que se multiplique sobre la tierra el ejército de los que siguen al divino Cordero adondequiera que él vaya (Ap 14, 4).

Firme esperanza de la Iglesia

99. La Iglesia proclama altamente esta esperanza suya en Cristo; es consciente de la dramática escasez del número de sacerdotes en comparación con las necesidades espirituales de la población del mundo; mas está firme en su esperanza, fundada en los infinitos y misteriosos recursos de la gracia, que la calidad espiritual de los sagrados ministros engendrará también la cantidad, porque a Dios todo le es posible (Mc 10, 27; Lc 1, 37).

En esta fe y en esta esperanza sea a todos auspicio de las gracias celestes y testimonio de nuestra paternal benevolencia, la bendición apostólica que os impartimos con todo el corazón.

Dado en Roma, en San Pedro, el 24 del mes de junio del año 1967, quinto de nuestro pontificado.

PAULUS PP. VI


NOTAS

[1] Carta del 10 octubre 1965 al Emmo. Card. E. Tisserant, leída en la 146 Congregación general, el 11 de octubre.

[2] Concilio Vaticano II, Decr. Christus Dominus, n. 35; Apostolicam actuositatem, n. 1; Presbyterorum ordinis, n. 10, 11; Ad gentes, n. 19, 38.

[3] Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, n. 62.

[4] Decr. Presbyter. ordinis, n. 1.6.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 8.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 28; Decr. Presbyter. ordinis, n. 2.

[7] Decr. Presbyter. ordinis, n. 16.

[8] Decr. Presbyter. ordinis, n. 16.

[9] Const. Lumen gentium, n. 42.

[10] Cf. Const. dogm. Lumen gentium, n. 42; Decr. Presbyter. ordinis, n. 16.

[11] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 14.

[12] Cf. Decr.  Presbyter. ordinis, n. 13.

[13] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 5.

[14] Decr. Optatain totius, n. 10.

[15] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 16.

[16] Const. past. Gaudiurn et spes, n. 39.

[17] Const. dogm. Lumen gentium, n. 5.

[18] Const. dogm. Lumen gentium, n. 48.

[19] Concilio Vaticano II, Decr. Perfectae caritatis, n. 12.

[20] Cf. Tertuliano, De exhort. castitatis, 13: PL 2, 978; San Epifanio, Adv. haer. 2, 48, 9 y 59, 4: PL 41, 869. 1025; San Efrén, Carmina nisibena, 18, 19, ed. G. Bickell. (Lipsiae 1866), 122; Eusebio de Cesárea, Demonstr. evang., 1, 9: PG 22, 81; San Cirilo de Jerusalén, Catech., 12, 25: PG 33, 757; San Ambrosio, De offic. ministr., 1, 50: PL 16, 97 s.; San Austín, De moribus Eccl. cathol., 1, 32: PL 32, 1339; San Jerónimo, Adv. Vigilant., 2: PL 23, 340-41; Sinesio, Obispo de Tolem., Epist., 105: PG 66, 1485.

[21] La primera vez en el Concilio de Elvira en España (c. a. 300), c. 33; Mansi 2, 11.

[22] Ses. 24, can. 9-10.

[23] San Pío X, Exhort. Haerent animo: ASS 41 (1908) 555-577; Benedicto XV, Carta al Arzob. de Praga F. Kordac, 29 enero 1920: AAS 12 (1920) 57 s.; Alloc. consist. 16 dic. 1920: AAS 12 (1920) 585-588; Pío XI, Enc. Ad catholici sacerdoti: AAS 28 (1936) 24-30; Pío XII, Exhort. Menti nostrae: AAS 42 (1950) 657-702; Enc. Sacra virginitas: AAS 46 (1954) 161-191; Juan XXIII, Enc. Sacerdotii nostri primordia: AAS 51 (1959) 554-556.

[24] Aloc. II al Sínodo romano, 26 enero 1960: AAS 52 (1960) 235-236 (texto latino, 226).

[25] Can. 6, 12, 13, 48: Mansi 11, 944-948, 965.

[26] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 16.

[27] De virginitate, 13: PG 46, 381-382.

[28] De sacerdotio, 1, 3, 4: PG 48, 642.

[29] Const. dogm. Lumen gentium, n. 21, 28, 64.

[30] Const. cit., n. 29.

[31] Const. cit., n. 42.

[32] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 16.

[33] Decr. Optatam totius, n. 2;  Presbyter. ordinis, n. 11.

[34] Confes., 1, 29, 40: PL 32, 796.

[35] Cf. 1 Tes 2, 11; 1 Cor 4, 15; 2 Cor 6, 13; Gál 4, 19; 1 Tim 5, 1-2.

[36] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 3.

[37] Decr. Optatam totius, n. 3-11; cf. Decr. Perfectae caritatis, 11. 12.

[38] Santo Tomás de Aquino, S. Th 2-2, q. 184, a. 8, c.

[39] Decr. Optatam totius, n. 12.

[40] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 16, 18.

[41] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 18.

[42] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 8.

[43] Decr. cit., ibíd.

[44] Const. dogm. Lumen gentium, n. 28.

[45] Const. dogm. Lumen gentium, u. 21.

[46] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 7.

[47] Decr. cit., ibíd.

[48] Const. dogm. Lumen gentium, n. 63, 64.

 

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