Hacia la unión con Dios

HOMILÍA PARA EL 30 DE ABRIL

III DOMINGO DE PASCUA

¡Levantémonos!

 

En este viaje hacia la otra vida, Jesús realiza a diario milagros, prodigios y señales entre nosotros: nos salva de numerosos peligros, nos evita sufrimientos, nos envía luces para saber qué camino seguir… A algunos —que están ciegos— les hace ver la vida espiritual; convierte a los pecadores; nos impulsa a hacer el bien… Sin embargo —como dice el Evangelio de hoy sobre los discípulos que iban de viaje— algo impide que nuestros ojos lo reconozcan.

Y, asimismo, entregamos a Jesús para que sea crucificado y muera: cada vez que pecamos, cada vez que agredimos a los demás, cada vez que incumplimos sus mandamientos, cada vez que dañamos el cosmos…

Nos dice san Pedro que tomemos en serio estos años en que vivimos fuera de la patria del Cielo, que no olvidemos que hemos sido rescatados de la vida vacía que vivíamos: el ansia desmedida por el placer, por el tener, por el reconocimiento de los demás, por el poder, etc.

Pero no lo hacemos: andamos más preocupados por las cosas materiales y por el momento actual…

Ese rescate no fue un rescate material de oro o plata, sino con la Sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha ni defecto. Jesús puede decirnos hoy, como en el Evangelio: «¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas!».

Ojalá se nos abran los ojos y lo reconozcamos, como les pasó a los discípulos que iban para Emaús; ojalá nos demos cuenta de que Él está con nosotros, junto a nosotros; ojalá nos percatemos de que nos está llamando para que nos acordemos de Él y de nuestros hermanos, que dejemos a un lado nuestro egoísmo y nos ocupemos de los demás; ojalá lo veamos en los demás…

Dice el Evangelio que, al aprender estas cosas y al ver que Jesús había resucitado, de inmediato, los discípulos se levantaron. Hagamos lo mismo ahora: levantémonos de inmediato a servir a Dios y a los demás.