Hacia la unión con Dios

HOMILÍA PARA EL 26 DE FEBRERO

VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Dios o el dinero

 

¿Andamos preocupados por la vida? Fijémonos en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros y, sin embargo, el Padre del Cielo, nuestro Padre, las alimenta. ¿No valemos mucho más que las aves? ¡Qué poca fe tenemos!

Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, el Padre nuestro, sabe que necesitamos todo eso. Oigamos lo que nos dice hoy: «¿Puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidara, yo nunca me olvidaría de ti.»

Y, ¿qué hacer para lograr que Él no se olvide de nosotros? Él también nos lo dice: Buscar primero el Reino de Dios y la Justicia de Dios, y se nos darán también todas las cosas que necesitamos.

Pero como nadie puede servir a dos patrones (necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro), no podemos servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. Es necesario que, de ahora en adelante, nos ocupemos más en saber la voluntad de Dios y en cumplirla, que en ganar más dinero o tener más cosas.

Cuando falta el dinero, ¿nos angustiamos más que cuando nos falta la Eucaristía del domingo? ¿Qué pensamientos ocupan más nuestra mente: nuestras posesiones o el estar en paz con Dios, confesados? ¿Llegamos a hacer cosas deshonestas por ganar un poco más de dinero? ¿Cobramos lo justo? ¿Pagamos lo justo? ¿Damos o pedimos comisiones «por debajo de cuerda»? ¿Cumplimos nuestro horario de trabajo o le robamos unos minutos a la empresa?…

Los hechos hablan más que las palabras. No podemos servir a Dios y al dinero.

Si queremos que nunca nos falte lo necesario —ni lo material ni lo espiritual—, tenemos que escoger.

«Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios lo que se merece.»