Hacia la unión con Dios

HOMILÍA PARA EL 12 DE MAYO

IV DOMINGO DE PASCUA

¿Preocupados?

 

Quizá no nos demos cuenta, pero la religión católica es la religión de la Esperanza: ya no pasaremos hambre ni sed, no nos hará daño el sol ni el bochorno. Y Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos. Ni hambre o sed de libertad, de alegría, de paz. Nada nos hará daño. Felices, contemplaremos al Amor mismo, al Bien mismo, a la misma Bondad, cara a cara, todo junto.

Una felicidad que llena pero en la que, a la vez, se desea más.

El Dios que es todopoderoso, que es el dueño de la vida y de todo cuanto existe, no permitirá más sufrimientos, penas o dolores. Él supera a todos, y nadie podrá arrebatarnos de sus manos amorosas… ¡para siempre!

¿No es verdad que esto se nos olvida? ¿No es verdad que, muchas veces, nuestra vida pasa sin el color de la Esperanza? ¿No es verdad que hay algo que no nos deja vivir felices aquí abajo? Sabemos que necesitamos algo que no encontramos en la tierra…

¿Y si viviéramos con esa ilusión? Imaginemos una vida como debe ser la del cristiano —el bautismo nos dio una vida nueva— llena de esperanza en la Resurrección: ningún trabajo será duro, ningún esfuerzo será suficiente para luchar por la Vida que no tiene fin, por la paz y la alegría perennes…

Es más: sin esto, todo es nada: nada vale la pena si no triunfamos en la competencia por la otra vida, si no alcanzamos la inmortalidad, si no hacemos de nuestra muerte el día al nacimiento verdadero. Así es el catolicismo: hasta de lo más negativo para los hombres —la muerte— nace lo más positivo: la Vida eterna, donde habrá fuentes de aguas vivas, como lo dice la Liturgia.

Entre otras, esta es la misión del sacerdote: enseñar el sentido de nuestra existencia, el que aprendió del Buen Pastor: que lo que necesitamos para ser felices no lo encontraremos acá.

Y por eso el laico debe orar, ofrecer sacrificios y apoyar mucho a los sacerdotes, para que sean buenos pastores.