Hacia la unión con Dios

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Atenuantes del pecado de abortar

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 2, 2017

La periodista Claudia Palacios publicó en el periódico EL TIEMPO el artículo:

Atenuantes del pecado de abortar: La Iglesia debe reconocer que el derecho canónico perdona el aborto en 10 causales:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/claudia-palacios/atenuantes-del-pecado-de-abortar-125474

 

Sobre este artículo, hay que aclarar algunas cosas:

1) Las «10 causales para que las sanciones no sean aplicadas» de las que habla la periodista se refieren no a la justicia divina (la de Dios) sino a las sanciones eclesiales (las de la Iglesia); por eso, los códices 1.323 y 1.324 del Código de Derecho Canónico están enmarcadas en el LIBRO VI: DE LAS SANCIONES EN LA IGLESIA.

Esto quiere decir que, aunque la Iglesia contemple esos atenuantes para la pena que impone a los pecadores, Dios castigará de todos modos el aborto a quienes no se arrepientan sinceramente y se acojan al Sacramento de la Reconciliación (confesión), por ser un homicidio realizado con premeditación (lo pensó antes de abortar), alevosía (contra una persona sin correr el riesgo de una reacción defensiva) y ventaja (de un superior contra un ser humano inferior e indefenso).

Comparándolo con la justicia penal, supongamos que a un homicida, por cometer este delito coaccionado por miedo grave o para evitar un perjuicio grave, en vez de una pena de 30 años, se le aplica una de 25 ó 20. Pero ese delito no deja de llamarse homicidio.

En el caso del aborto siempre se pretende la muerte de un ser humano no-nacido: es homicidio, aunque en algunos casos haya atenuantes.

Así, pues, si algunas jóvenes no abortaron «por temor a convertirse en pecadoras», como lo dice la periodista, hicieron bien pues, aunque la justicia de la Iglesia atenúe sus penas, el aborto sigue siendo un pecado gravísimo.

2) La cita que hace la periodista (que no está en el Código de Derecho Canónico): «No queda sujeto a pena quien cuando infringió una ley o precepto aún no había cumplido 16 años», vale para todos los delitos, como ella misma lo dice. Podríamos preguntar: ¿Si un joven de 15 años y 11 meses mata a un compañero de la escuela a puñaladas, ¿será que no es consciente del mal que hace? ¿Acaso se hará consciente el mes siguiente, cuando cumpla 16?

La experiencia demuestra que la conciencia acusa indefinidamente a las jóvenes que se realizan un aborto siendo menores de 16 años, prueba de que sabían que actuaron mal.

3) La fuente de la periodista —el sacerdote que l«pide no revelar su nombre para no meterse en líos con su comunidad»— no es buena, pues no es un auténtico seguidor de Jesucristo quien, por defender la verdad, llegó hasta las últimas consecuencias: dio su vida. Asimismo, todos los mártires de la Iglesia dieron su vida en defensa de la verdad; no fueron cobardes. Por eso, las opiniones de este sacerdote no deberían tenerse en cuenta.

Por otra parte, nace la pregunta: ¿A qué le teme este anónimo sacerdote? Según la periodista, fue él quien le reveló los códices que hablan de los atenuantes, «esa verdad que la mayoría de los sacerdotes y la alta jerarquía de la Iglesia, según él, se niegan a divulgar por miedo a perder el control sobre la conciencia de las personas». ¿Acaso el Código de Derecho Canónico -donde se encuentran esos códices- no fue publicado por la Iglesia hace más de treinta años?, ¿acaso no se consigue en todas las librerías católicas y en varios lugares de la Red? Véase, por ejemplo, la página oficial del Vaticano:

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html.

4) Parafraseando a la periodista, podemos decir que el problema no es [Su Santidad] Francisco, ni la pesada estructura eclesial; es la ignorancia de quienes se atreven a cuestionar personas e instituciones sin conocimiento de causa, como se demostró en los 3 numerales anteriores.

 

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¿Es pecado el aborto?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 22, 2016

AbortoAl hablar sobre este tema debemos tener en cuenta que lo que importa es la verdad, y la verdad nos la reveló Dios: cada pecado ofende a Dios porque se ofende la dignidad (el valor) de sus hijos predilectos: los seres humanos. Por eso Dios sufre cuando el hombre peca, no porque Él se sienta ofendido como Dios, sino porque ve que sus hijos se hunden en la posibilidad de irse al infierno, donde no podrá darles su amor (que es la razón para la cual los creó y es lo que más desea: hacerlos inmensamente felices con su infinito amor). Sufre, además, porque hizo al hombre para que fuera libre, y él decidió hacerse esclavo de las cosas que lo denigran, que lo bajan de categoría, que disminuyen su valor como hijos de Dios: los pecados.

El aborto es un homicidio, un asesinato de un ser humano, hecho con alevosía (sin respetar el derecho que el niño tiene de vivir), premeditación (pensado, dándose cuenta de lo que se estaba por realizar), ventaja (el fuerte se aprovecha del débil, a la brava, con violencia) y, por último, es el asesinato de ¡un hijo!, no de un extraño. Por eso el aborto es uno de los pecados más graves que existen, es decir, hace sufrir mucho a Nuestro Señor.

La doctrina cristiana es, por una parte, la que está en el párrafo anterior, y nada la puede cambiar. Pero también incluye que Dios es infinitamente misericordioso y que sólo está esperando que la persona se arrepienta verdaderamente para perdonarlo; digámoslo así: cuando alguien comete el pecado del aborto (o cualquier otro pecado), Dios está ansioso, a la expectativa, deseando con todas sus fuerzas que la persona se arrepienta sinceramente de haber hecho sufrir a un Dios tan bueno y, cuando esa persona da el paso (se confiesa con un obispo o con un sacerdote que tiene la potestad de levantar la excomunión, en caso de haber realizado un aborto), ¡se pone feliz!, porque puede hacer lo que más le gusta: derramar su infinita misericordia, perdonar. Y cuando Él perdona, olvida que ocurrió: para Él ya no cuenta ese pecado. Por este acto, Dios da una nueva oportunidad para ir al Cielo: que la persona reinicie una nueva vida, una vida santa, por supuesto.

 

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Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

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La ciencia al servicio de la Fe

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 5, 2014

«La fe no perjudica ni se opone a la civilización ni al progreso, antes al contrario, cuanto más arraigada está en los hombres y en los pueblos, más se acrecienta en ellos la ciencia y el saber, porque Dios es la sabiduría infinita.» Este trozo del libro Un llamamiento al amor, ayuda a comprender un aspecto que puede olvidarse con facilidad: el Creador del universo es el mismo Creador del ser humano y es, en consecuencia, quien más sabe de nosotros mismos.

Por eso, conviene que los médicos, además de estudiar mucho y seguir los criterios de la ética profesional, se dejen conducir por Dios, quien es la infinita sabiduría. Y eso es fácil: se trata, simplemente, de poner la profesión al servicio de la vida, de la salud y del bienestar biológico y psicológico de los individuos.

Los médicos que hacen lo correcto, lo hacen por amor y oran por sus pacientes siempre tienen la asistencia del Espíritu Santo, de la Sabiduría increada. Son mejores médicos y mejores seres humanos.

Hacer lo contrario es poner los conocimientos científicos al servicio de la muerte, como cuando se realizan abortos o se eliminan seres humanos viejos, porque están enfermos y su enfermedad no tiene cura.

Y esto es luchar contra Dios, contra sus leyes: decidir por Él la muerte o la vida es usurpar su derecho inalienable: fue Él quien dio la vida y, por ello, es Él el único que puede quitarla.

Luchar contra Dios es, además, un acto estúpido: ¿quién podrá ganarle? Tarde o temprano llegará el juicio final, y entonces ya no le valdrán las disculpas al médico: «Es que yo quería solucionarle el problema a esa niña embarazada… »; «Sus padres la matarían si no abortaba»; «No tenía la plata para mantener a su hijo»; «Ella no quería tener ese hijo»; «Habría sido un hijo no deseado», o: «Se trataba de un caso que ya no tenía cura…»; «Sus familiares me autorizaron a hacer la eutanasia»…

Allá, en el juicio, solo se oirá la verdad: «¡Homicidio!»; y se emitirá la sentencia.

Pero, siempre que quede un poco de vida, hay la posibilidad de recapacitar, rectificar y cambiar; el médico que se ha equivocado puede, además, pedir perdón a Dios, y recibirá, no solo ese perdón, sino la gracia para poner su ciencia al servicio del bien.

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Ideas impopulares

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2014

No al aborto. No a la eutanasia. No a los anticonceptivos. No al matrimonio de homosexuales y no a que adopten niños. No a congelar y matar embriones…

Y, por otra parte, no al sacerdocio de mujeres ni a cambiar las bases de la doctrina cristiana: el Credo, los Sacramentos, los mandamientos y la oración.

Ante esta actitud de la Iglesia, muchos emiten sus juicios: “La Iglesia es muy conservadora.” “¡Qué retrógrada!; se quedó en la Edad Media…” “Por eso es que muchos se van…” “Si los curas fueran más inteligentes, aceptarían muchas cosas de estas, se adaptarían al mundo moderno.”…

Y relucen de una manera fulgurante —casi espectacular— el relativismo y el subjetivismo moral: “Eso del pecado es cuestionable; todo depende de las circunstancias.” “Lo que importa es lo que yo pienso, o cómo vea las cosas cada uno…”

Por eso, poco a poco, la humanidad sin guía, sin norte, sin valores, sin principios morales que la rijan, va cayendo en barrena, hacia su propia autodestrucción.

¡Qué tal si la Iglesia Católica apagara su voz en contra de tanto desorden! ¡Qué tal si la única luz que brilla todavía en el mundo claudicara en sus principios, en su base doctrinal! ¡Qué tal si no se oyera ya la palabra de la Iglesia, clamando por el derecho a la vida de los nonatos y ancianos! ¿Quién reclamaría el orden moral? ¿Cómo estaría el mundo en estos momentos?, ¿no estaría peor de lo que está?

Sí, son ideas impopulares. Pero la misión de la Iglesia no es buscar la popularidad: es propiciar la verdadera felicidad de la gente, con la Palabra que el mismo Dios le encargó que predicara, es decir, enseñar la verdad auténtica. Si dejara de hacer esto, dejaría de ser la Iglesia Católica que fundó Jesucristo.

Esta es en la Iglesia que no cede ni se rinde ante ninguna presión externa, la Iglesia que no falla en la observancia de sus propios principios. ¿No da mucha paz saber que estamos en buenas manos?

 

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Un nuevo Papa

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 16, 2014

 

Siempre que sale electo un nuevo Papa, lo comienzan a llamar «Cardenal conservador», «retrógrado», «de derecha», el Cardenal del «no»: no al aborto, no a la eutanasia, no al matrimonio de homosexuales, no a la clonación, no a la ordenación de mujeres…

Así se van desglosando todos los «no» que la Iglesia Católica ha enseñado desde hace tantos años y que no puede dejar de enseñar: la Iglesia debe respetar su propia doctrina; de no hacerlo, perdería su identidad propia, traicionaría a su fundador y el mundo se quedaría sin un norte moral hacia dónde dirigirse.

Los que creen en un posible Papa que dijera sí al aborto, sí a la eutanasia, sí al matrimonio de homosexuales, sí a la clonación, sí a la ordenación de mujeres…, no han entendido que la Iglesia es de origen divino, no humano.

Fue Dios el que puso las reglas, y Dios es inmutable: nunca va a aceptar, por ejemplo, el homicidio de inocentes, como ocurre con el aborto. Lo que pueden hacer los hombres es seguir investigando para entender el porqué de esas decisiones divinas, como lo hizo la genética hace unos años: descubrió y demostró científicamente que la vida humana se inicia con la concepción: negar eso hoy sí es ser retrógrado.

Dios también puso otras reglas: no hay razón alguna para eliminar a los viejos o a los enfermos: el hombre es de tal dignidad —hecho a imagen y semejanza de Dios— que su vida vale más que cualquier circunstancia; por eso el «no» a la eutanasia será eterno en la Iglesia.

La Iglesia siempre defenderá lo que es evidente: que el ser humano masculino se complementa con el femenino y viceversa, tanto desde el punto de vista biológico, como del psicológico; por eso el matrimonio de homosexuales fue, es y será un desorden en la naturaleza creada por Dios…

Toda vida humana es el resultado natural del amor entre un hombre y una mujer; por eso, la Iglesia estará siempre en desacuerdo con la fertilización in vitro y con toda manipulación de la dignidad del ser humano…

Y con respecto a la ordenación de mujeres, ¿qué hacen algunos hombres entrometiéndose en las cosas de Dios? Él no lo decidió así; solo Él lo puede cambiar. Ni siquiera el Papa puede ordenar algo distinto.

Dios sabe lo que es bueno para sus hijos más que ellos mismos, Dios ama a sus hijos más que lo que ellos mismos se aman o se pueden imaginar.

La Iglesia, de la mano del Creador, se adapta a los tiempos modernos, pero no doblega sus creencias en aras de un falso «avanzar», porque avanzar es mejorar como seres humanos, no empeorar.

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Resistencia civil*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 17, 2009

Contra el aborto criminal

La Corte Constitucional en sentencia 355 del año 2006 autorizó el crimen del aborto contra los seres más inocentes e indefensos que se gestan en los vientres maternos.

En decisión más reciente, la Corte pretende imponer obligatoriamente la apología de este incalificable delito y su difusión en los colegios y establecimientos de educación.

Estas determinaciones de la Corte Constitucional, ante todo, son absolutamente contrarias a la ley moral natural y por tanto, a la voluntad de Dios expresada en el mandamiento que ordena: “No matarás”, e implícitamente a la invocación a la protección de Dios del preámbulo.

Igualmente, violan de modo claro directo y ostensible preceptos de la propia Constitución Nacional, cuya guarda está atribuida, paradójicamente, a la propia Corte violadora.

En efecto, la imposición del aborto comienza por desconocer el art. 11, que establece” El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte”.

Haciendo caso omiso del carácter categórico, absoluto e imperativo de esta disposición, la Corte Constitucional hizo tres excepciones abusivas y caprichosas.

El art. 12 que prohíbe la tortura y los tratos crueles e inhumanos, también fue quebrantado, porque sean cualesquiera los métodos empleados para el aborto (cureta, inyección salina, aspiradora, etc.) necesariamente obligan al descuartizamiento del feto, de modo crudelísimo e inhumano.

En el aborto se da injusta prelación a los derechos de la abortante sobre su víctima, lo cual desconoce la regla contraria, consignada en el inciso segundo, in fine, del art. 44: “Los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás”.

El art. 93 resulta igualmente  quebrantado, porque el Pacto de San José de Costa Rica, que prevalece en el orden interno, dispone en su art. 41 “Que el derecho a la vida comienza a partir del momento de la concepción”.

De igual modo, la Corte Constitucional, que en fallos anteriores había rechazado el aborto como contrario al orden jurídico, al aceptarlo posteriormente, violó el principio de “tránsito a cosa juzgada Constitucional”, consagrado por el art. 243.

Finalmente, no sobra recordar que la Asamblea Constituyente que aprobó la actual Carta Suprema en 1991, según actas, discutió el pretendido derecho al aborto y expresamente lo negó.

¿De dónde acá, entonces, que un poder constituido como la Corte Constitucional, pueda desconocer flagrantemente la voluntad expresa del constituyente primario, sin convertirse en poder dictatorial y omnímodo?

Mas no sólo la imposición del aborto por la Corte Constitucional resulta estar en contravía de la Carta Suprema y de la moral.

También la imposición de ahora, para que en los colegios y demás establecimientos de educación se haga la apología y difusión de este execrable crimen, resulta igualmente violatoria del orden jurídico, ya que quebranta otros derechos fundamentales, cuales son el de la libertad educativa (art. 67) y el de la libertad de conciencia, consagrado en el art. 18, que dispone: “Se garantiza la libertad de conciencia. Nadie será molestado por razón de sus convicciones o creencias ni compelido a revelarlas ni obligado a actuar contra su conciencia”.

Con fundamento a las anteriores consideraciones, invitamos al pueblo de Colombia y en especial a las mujeres y a las jóvenes gestantes, a los educadores, a los médicos y paramédicos, no sólo a un vigoroso rechazo de las decisiones de la Corte Constitucional sobre la práctica del crimen del aborto o a su difusión y apología, sino también a un movimiento de resistencia civil contra tales decisiones, por ser inconstitucionales arbitrarias, abusivas y tiránicas.

José Galat, Rector Universidad La Gran Colombia

Aurelio Ignacio Cadavid López, Presidente Red Futuro de Colombia

Mónica Rueda Saiz, Presidenta Fundación de la Vida Humana

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Los mandamientos del cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2008

¿Fe afectiva o efectiva?

Es impresionante ver a tantos cristianos «comprometidos» o «convencidos» o «practicantes» que hablan de la felicidad que les causó acercarse a Dios, y de la imperiosa necesidad de alabar al Señor. Y la mayoría lo hacen: sus «Glorias», «Bendiciones» y «Alabanzas» llenan su día.

Pero también son muchos los que se quedan aterrados cuando se les pregunta si están viviendo bien los mandamientos del cristiano. Veamos un pasaje del Evangelio:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: «¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación:

«El que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los de­más a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cie­los. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

En eso consiste conocer a Cristo:

«Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos. Si alguien dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.» (1Jn 2, 3-4)

Cuando un doctor de la Ley le preguntó a Jesús qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, Él le dijo:

«¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?». El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» (Lc 10, 27-28)

Todos sabemos que amar es trabajar todo lo necesario para hacer feliz al amado; por tanto, amar a Dios y al prójimo, como lo dice el texto, es cumplir los mandamientos, y eso fue lo que produjo esa exclamación positiva de Jesús.

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

El mismo Jesús especificó cómo amarlo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15, 10)

La mejor alabanza a Dios, entonces, es cumplir sus mandamientos:

LOS MANDAMIENTOS DE

LA LEY DE DIOS

Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren al amor a Dios y los otros siete al amor al prójimo (Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-21).

1.Amarás a Dios sobre todas las cosas

Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.

2.No tomarás el nombre de Dios en vano

Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.

3.Santificarás las fiestas

Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.

4.Honrarás a tu padre y a tu madre

Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.

5.No matarás

Aquí se prohíben también el aborto y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.

6.No cometerás actos impuros

Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.

7.No robarás

Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.

8.No dirás falso testimonio ni mentirás

Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o “piadosas”.

9.No consentirás pensamientos ni deseos impu­ros

Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.

10.No codiciarás los bienes ajenos

Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejores que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

LOS MANDAMIENTOS DE

LA SANTA MADRE IGLESIA

Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles: «Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18, 18) quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos.

El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.

1. Oír Misa entera los domingos y fiestas de precepto

Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Tanto los domingos como las fiestas, si hay dificultad para asistir el mismo día, se puede ir el día anterior por la tarde.

2. Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar

La Confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).

3. Comulgar por Pascua de Resurrección

La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).

4. Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia

El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc.

La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años (Canon 1252 del Código de Derecho Canónico).

5. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

La Iglesia Católica pide que se done por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane a la parroquia a la que cada uno pertenezca. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

El Sacramento de la Reconciliación

Los pecados mortales deben confesarse para ser perdonados. Por eso conviene saber las clases de pecados que existen:

A. Pecado mortal. Culpa que priva al hombre de la vida espiritual de la gracia, y lo hace enemigo de Dios y digno de la pena eterna, es decir, del infierno.

Para que haya pecado mortal deben darse las siguientes 3 condiciones:

1. Plena advertencia. Es darse cuenta de que se está haciendo, diciendo o pensando algo malo; o darse cuenta de que se está omitiendo hacer o decir algo.

2. Pleno consentimiento. Es hacer, decir o pensar algo, sabiendo que es malo; también es omitir hacer o decir algo.

3. Materia grave. Significa que la acción, las palabras, el pensamiento o la omisión sea algo grave, o que prive de un bien grande, de importancia.

Quien ha pecado mortalmente, una vez confesado, se evita la pena eterna[1].

Cuando se está en pecado mortal no se debe comulgar,

pues se estaría cometiendo un sacrilegio.

B. Pecado venial. Se da cuando falta una de las 3 condiciones anteriores: el que es cometido sin pleno consentimiento o sin plena advertencia o tiene materia leve (no grave). Por él se paga la pena del purgatorio, para ir después a gozar de la dicha eterna del cielo.

Pasos para hacer una Confesión

1. Examen de conciencia

Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia.

2. Contrición de corazón

Arrepentirse de haber ofendido a Dios.

3. Propósito de la enmienda

Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas.

4. Confesión de boca

Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna. Los que se olvidan sin culpa, también los perdona Dios (si son graves y se recuerdan después, hay que confesarlos en la siguiente ocasión).

5. Satisfacción de obra

Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga.


[1] Nota: el pecado del aborto es castigado por la Iglesia con la excomunión, es decir, el individuo queda apartado de la comunión de los fieles y del uso de los Sacramentos. Para levantar la excomunión es necesario que el penitente acuda a un obispo o a un sacerdote autorizado para ello.

En la ciudad de Bogotá, se pueden confesar en la Catedral, después de las 9:00 a.m. (teléfono: 3411954) o con los sacerdotes franciscanos (por ejemplo: cll. 16 nº 7-35, 3412357; cra. 11 nº 72-82, 2486119, etc.).

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¿Fe afectiva o efectiva?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2008

Es impresionante ver a tantos cristianos «comprometidos» o «convencidos» o «practicantes» que hablan de la felicidad que les causó acercarse a Dios, y de la imperiosa necesidad de alabar al Señor. Y la mayoría lo hacen: sus «Glorias», «Bendiciones» y «Alabanzas» llenan su día.

Pero también son muchos los que se quedan aterrados cuando se les pregunta si están viviendo bien los mandamientos del cristiano. Veamos un pasaje del Evangelio:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: «¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación:

«El que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los de­más a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cie­los. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

En eso consiste conocer a Cristo:

«Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos. Si alguien dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.» (1Jn 2, 3-4)

Cuando un doctor de la Ley le preguntó a Jesús qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, Él le dijo:

«¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?». El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» (Lc 10, 27-28)

Todos sabemos que amar es trabajar todo lo necesario para hacer feliz al amado; por tanto, amar a Dios y al prójimo, como lo dice el texto, es cumplir los mandamientos, y eso fue lo que produjo esa exclamación positiva de Jesús.

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

El mismo Jesús especificó cómo amarlo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15, 10)

La mejor alabanza a Dios, entonces, es cumplir sus mandamientos:

LOS MANDAMIENTOS DE

LA LEY DE DIOS

Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren al amor a Dios y los otros siete al amor al prójimo (Ex 20, 1-17; DT 5, 6-21).

 

1.Amarás a Dios sobre todas las cosas

Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.

2.No tomarás el nombre de Dios en vano

Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.

3.Santificarás las fiestas

Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.

4.Honrarás a tu padre y a tu madre

Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.

5.No matarás

Aquí se prohíben también el aborto y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.

6.No cometerás actos impuros

Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.

7.No robarás

Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.

8.No dirás falso testimonio ni mentirás

Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o “piadosas”.

9.No consentirás pensamientos ni deseos impu­ros

Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.

10.No codiciarás los bienes ajenos

Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejores que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

 

 

 

LOS MANDAMIENTOS DE

LA SANTA MADRE IGLESIA

 

Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles: «Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18, 18) quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos.

El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.

 

1.Oír Misa entera los domingos y fiestas de precepto

Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Tanto los domingos como las fiestas, si hay dificultad para asistir el mismo día, se puede ir el día anterior por la tarde.

2.Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar

La Confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).

3.Comulgar por Pascua de Resurrección

La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).

4.Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia

El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc.

La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años (Canon 1252 del Código de Derecho Canónico).

5.Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

La Iglesia Católica pide que se done por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane a la parroquia a la que cada uno pertenezca. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

 

¿EXISTE EL INFIERNO?

 

No recibe el mismo castigo quien ataca a un ciudadano simple que quien lo hace a un policía o quien lo hace al presidente de la república. El primero pasará unas horas en la cárcel; el segundo, unos días; y el tercero, unas semanas o meses. Por lo tanto, no es el grado de la ofensa la que determina el castigo, sino la dignidad del ofendido. Y si alguien ofende a un Dios eterno, ¿cuánto tiempo deberá ser castigado?

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

El término “infierno” designa el lugar o, mejor, la situación de castigo que corresponde a los impíos. En este sentido es empleada con frecuencia en la Biblia por el mismo Jesucristo:

 

«Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22)

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.» (Mt 5, 29-30)

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9)

«¿Cómo lograrán escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 33)

«Yo les voy a mostrar a quién deben temer: teman a Aquel que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder para echarlo al infierno. Créanme que es a ése a quien deben temer.» (Lc 12, 5)

«Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo.» (Lc 16, 23)

«Y ahora yo te digo: tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del infierno jamás la podrán vencer.» (Mt 16, 18)

 

 

 

 

¿EXISTE EL PURGATORIO?

 

Es muy frecuente oír que el purgatorio no existe.

Acudamos a la Biblia para refrescar algunos conceptos:

«Al que calumnie al Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo, ni en el otro.» (Mt 12, 32)

De esta frase de Jesús se desprende que hay pecados que se perdonan en “este mundo”, y hay pecados que se perdonan “en el otro”.

Si así es, si se perdonan en la otra vida, ¿dónde se perdonan?

¿En el infierno? No puede ser, porque en el infierno no hay Redención.

¿En el cielo? Tampoco puede ser, porque allí nada ni nadie puede entrar manchado:

«Nada manchado entrará en ella [en la Nueva Jerusalén], ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.» (Ap 21, 27)

Debe haber entonces un lugar —un estado— donde se perdonen los pecados en el otro mundo, donde se purifican las almas antes de entrar al cielo. Ese estado es llamado purgatorio por los católicos.

«Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo.» (Mt 5, 25–26)

Son palabras de Jesús que hablan explícitamente de un lugar (“allí”) en donde “saldrás” “hasta que hayas pagado”.

Del infierno no puede ser, pues de allá nadie sale nunca.

Del cielo tampoco, porque allí no se paga nada.

En la Biblia se habla de la necesaria purificación: Pablo, por ejemplo, habla de una salvación pasando por el fuego:

«Sobre este cimiento se puede construir con oro, plata, piedras preciosas, madera, caña o paja. Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.» (1Co 3, 12-15)

Y, hablando de la necesidad de la muerte de Cristo, la carta a los hebreos explica esa purificación:

«Tal vez fuera necesario purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales; pero esas mismas realidades necesitan sacrificios más excelentes.» (Hb 9, 23)

Por otra parte, en el segundo libro de los Macabeos hay una clara alusión al purgatorio:

«Efectuó entre sus soldados una colecta y entonces envió hasta dos mil monedas de plata a Jerusalén a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado.

Todo esto lo hicieron muy bien inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y de acuerdo con la fe. Esta fue la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos; para que fueran perdonados de su pecado.» (2 Mc 12, 43–45)

Si los compañeros caídos habían sido buenos, ya se habrían ganado el cielo, y no tendrían necesidad de ese sacrificio ofrecido por Judas ni, como dice el texto, «orar por ellos».

Si —por el contrario— habían sido malos, se habrían ganado el infierno; y ya nada los salvaría.

La frase: «Judas ofreció este sacrificio por los muertos» obliga a pensar que algunos muertos no van ni al infierno ni al cielo. Entonces, ¿a dónde van? Es obvio deducir que irán a purgarse para ganarse esa «valiosa recompensa para los que mueren como creyentes».

 

El perdón de los pecados

 

Dios es infinitamente misericordioso: sabe que el pecado original dejó en el ser humano esa herida que nos hace tender al mal y, por eso, se inventó otro milagro de su amor: el perdón de los pecados. Es un tribunal de justicia en el que el reo se declara culpable y el juez (Dios), en vez de condenarlo, lo perdona.

Y Dios quiso, como se verá, que ese perdón se diera a través del sacramento de la Penitencia, Reconciliación o confesión de los pecados.

Sin embargo, a veces aparecen dudas acerca de si un pecador (el sacerdote) puede perdonar los pecados. Esas dudas tienen su base en el desconocimiento de la Biblia o en una interpretación errónea de la misma; y también, en no usar la lógica:

Cuando vamos donde un médico lo que nos importa es que nos cure, no su vida personal. Además, un médico enfermo puede curar a otro ser humano, no necesita estar sano. Lo mismo sucede con el sacerdote: aunque él sea un pecador como nosotros, puede perdonar los pecados, curar las almas; como el médico enfermo cura los cuerpos.

Asimismo, las sentencias de un juez son válidas, aunque él viva una vida desordenada, sea infiel a su esposa, no cumpla las leyes del tránsito, robe o mate…; todos sabemos que el juez malo, como el bueno, tiene autoridad delegada de la rama jurisdiccional; es decir, su autoridad no proviene de él mismo, proviene de una autoridad superior.

El sacerdote no perdona pecados porque él no los ha cometido, lo hace porque el sacerdote tiene una autoridad que provine de Dios, como lo dice Jesús en la Biblia:

«“¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.” Sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos”.» (Jn 20, 21-23)

Jesús mismo es el que deja a los apóstoles y discípulos este poder de perdonar los pecados.

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Dios se compromete a dar por bueno en el Cielo lo que sus ministros —la Iglesia que Él fundó— dictaminen en la tierra. A través de la Iglesia ha hecho el prodigio de acercar a nosotros el juicio, la sentencia —sentencia o juicio de salvación y perdón— de Dios.

«Viendo Jesús la fe de estos hombres, dijo al paralítico: “Amigo, tus pecados quedan perdonados.” De inmediato los maestros de la Ley y los fariseos empezaron a pensar: “¿Cómo puede blasfemar de este modo? ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?” Jesús leyó sus pensamientos y les dijo: “¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil decir: ‛Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‛Levántate y anda’? Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados.” Entonces dijo al paralítico: “Yo te lo ordeno: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Y al instante el hombre se levantó a la vista de todos, tomó la camilla en que estaba tendido y se fue a su casa dando gloria a Dios.» (Lc 5 20-25)

Algunos siguen pensando como los fariseos. Pero, ¿qué dijo la gente después de ese episodio?

«La gente, al ver esto, quedó muy impresionada, y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.» (Mt 9, 8)

Sacramento administrado por los hombres escogidos por Jesús y sus descendientes.

Más tarde, Pablo lo confirma:

«Todo eso es obra de Dios, que nos reconcilió con Él en Cristo y que a nosotros nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.» (2Co 5, 18)

Los sacerdotes son los sucesores de los apóstoles y de los discípulos, a quienes les delegó esa autoridad divina: Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que iban a necesitar del perdón de los pecados.

 

Dios es la autoridad superior que le da al sacerdote el poder de perdonar los pecados.

Por eso, en la Confesión el sacerdote dice:

«Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

 

La misma Biblia cuenta que el Sacramento de la Confesión se celebraba entre los primeros cristianos:

«Venían muchos y confesaban sus pecados.» (Hch 19, 18)

«Confiésense unos a otros sus pecados para que sean perdonados.» (St 5, 16)

Como se ve, el Sacramento de la Confesión o Reconciliación está descrito en la Biblia. Es que ese es uno de los servicios que le corresponde a todo sacerdote:

«Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres, y le piden representarlos ante Dios y presentar sus ofrendas y víctimas por el pecado.» (Hb 5, 1)

A propósito del sacerdote pecador, vale la pena decir que, aunque todos somos pecadores, quizá él sea menos pecador de lo que muchos imaginan, por las siguientes razones:

Þ  Su formación religiosa seria.

Þ  El gran respeto que siente por Dios.

Þ  La conciencia clara de que sus malas actuaciones darían lugar al escándalo del que se aterra Jesús en el Evangelio.

Þ  El temor de ofender a Dios, quien nos ama tanto, que le fue infundido en el seminario.

Þ  La asistencia y vigilancia de sus superiores.

Þ  Las oraciones que por él hacen muchos de sus feligreses y algunos religiosos.

Þ  La intercesión que la Virgen María y los santos hacen por los sacerdotes, «los otros Cristos», hijos predilectos de Dios.

Además, hay 4 aspectos que tienen peso a la hora de analizar las bondades del Sacramento de la Penitencia o Confesión:

1.    La seguridad que tiene el feligrés al oír las palabras del sacerdote: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Este acto lo llena de paz interior y de sensación de descargo de sus pecados, porque queda seguro de que Dios lo perdonó.

2.    La humildad que se necesita para contarle a «otro pecador» sus fallas enriquece espiritualmente al que se confiesa, lo acerca más a Dios, y le da una alegría espiritual muy grande («se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.», dijo María, la Madre de Dios).

3.    Los consejos que el sacerdote da, con la gracia de Dios, sirven para una lucha nueva y para sentir, a veces, una «sacudida» espiritual, que nos puede impulsar más a ser cada vez mejores.

4.    El penitente debe hacer luego una o varias oraciones o sacrificios en reparación por la ofensa cometida, y con esto siente haber saldado la cuenta.

 

El Sacramento de la Reconciliación

 

Los pecados mortales deben confesarse para ser perdonados. Por eso conviene saber las clases de pecados que existen:

A.  Pecado mortal. Culpa que priva al hombre de la vida espiritual de la gracia, y lo hace enemigo de Dios y digno de la pena eterna, es decir, del infierno.

Para que haya pecado mortal deben darse las siguientes 3 condiciones:

1. Plena advertencia. Es darse cuenta de que se está haciendo, diciendo o pensando algo malo; o darse cuenta de que se está omitiendo hacer o decir algo.

2. Pleno consentimiento. Es hacer, decir o pensar algo, sabiendo que es malo; también es omitir hacer o decir algo.

3. Materia grave. Significa que la acción, las palabras, el pensamiento o la omisión sea algo grave, o que prive de un bien grande, de importancia.

Quien ha pecado mortalmente, una vez confesado, se evita la pena eterna[1].

 

Cuando se está en pecado mortal no se debe comulgar,

pues se estaría cometiendo un sacrilegio.

 

B.Pecado venial. Se da cuando falta una de las 3 condiciones anteriores: el que es cometido sin pleno consentimiento o sin plena advertencia o tiene materia leve (no grave). Por él se paga la pena del purgatorio, para ir después a gozar de la dicha eterna del cielo.

 

Pasos para hacer una Confesión

1.  Examen de conciencia

Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia.

2.  Contrición de corazón

Arrepentirse de haber ofendido a Dios.

3.  Propósito de la enmienda

Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas.

4.  Confesión de boca

Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna. Los que se olvidan sin culpa, también los perdona Dios (si son graves y se recuerdan después, hay que confesarlos en la siguiente ocasión).

5.  Satisfacción de obra

    Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga.


[1] Nota: el pecado del aborto es castigado por la Iglesia con la excomunión, es decir, el individuo queda apartado de la comunión de los fieles y del uso de los Sacramentos. Para levantar la excomunión es necesario que el penitente acuda a un obispo o a un sacerdote autorizado para ello.

En la ciudad de Bogotá, se pueden confesar en la Catedral, después de las 9:00 a.m. (teléfono: 3411954) o con los sacerdotes franciscanos (por ejemplo: calle 16 nº 7-35, 3412357; carrera 11 nº 72-82, 2486119, etc.).

  

 

 

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Por los bebés abortados*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 4, 2008

Padre celestial, tú nos das la dádiva de la libertad de amar y seguir tus caminos y tus mandatos. Algunos padres escogen abusar de esta libertad destruyendo el regalo de la vida, tu obsequio.

Por favor, perdona a quienes destruyen la vida humana con el aborto, y da a esos niños abortados la oportunidad de disfrutarte por toda la eternidad.

Ayúdame a ser solidario con esos pequeños seres tuyos, tomando como propias las palabras de tu Hijo: “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Por eso, permíteme hoy, Padre, adoptar espiritualmente a un niño abortado, y ofrecer todas mis oraciones, mi trabajo, mis alegrías y mis sufrimientos por ese pequeñito, para que pueda vivir en tu gloria, con tu Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, un sólo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 

A María, madre de las mujeres heridas por el aborto

 

María de Belén y Nazaret, esposa de José, Virgen y Madre del Hijo de Dios hecho hombre, mujer del sufrimiento, modelo de Fe. Tú eres nuestra Madre: viviendo en el gozo de la presencia de Dios, cuidas de cada uno de nosotros con generosidad, compasión y ternura. A ti te confiamos todas las madres heridas por el aborto y sus hijos abortados. Que tu amor infinito consuele a nuestras hermanas devolviéndoles su dignidad. Sé para ellas un manantial de salud, paz y alegría; permíteles encontrar el consuelo de saber que sus hijos reposan en tus brazos.

Protege y bendice el trabajo de quienes apoyan a estas mujeres. Que puedan dar todo el amor y el consuelo a tus adoloridas hijas. Asístelos para que trabajen con coraje, dedicación y perseverancia, y así logren proteger a todas las mujeres del horror de abortar a sus hijos.

Da capacidad de comprensión a todos los que se acerquen a las madres que han abortado, especialmente a quienes puedan ayudarlas.

Y a nosotros, pobres pecadores, concédenos permanecer unidos en la presencia de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Anónimo

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